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Revista mexicana de sociología

versión On-line ISSN 2594-0651versión impresa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.74 no.1 México ene./mar. 2012

 

Artículos

 

Espectacularidad y comportamientos de masa. El problema de la autoría (externa)

 

Spectacular and mass behavior. The problem of authorship (external)

 

Jesús Gutiérrez Brito*

 

* Doctor en sociología y ciencias políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Temas: estudio de la dinámica grupal, sociología del consumo turístico, técnicas cualitativas de investigación social. Facultad de Ciencias Políticas y Sociología (UNED), Departamento de Sociología (I), C/Obispo Trejo s/n, 28040, Madrid, España. Tel.: + 91 398 84 54, Fax: + 91 398 76 34. Correo electrónico: <jgutierrez@poli.uned.es>.

 

Recibido: 19 de octubre de 2010.
Aceptado: 13 de octubre de 2011.

 

Resumen

En este artículo se aborda la autoría política y social de los comportamientos colectivos espontáneos y la facultad que tienen las masas y/o las multitudes para actuar responsablemente por iniciativa propia y al margen de influencias o manipulaciones externas. El análisis realizado aborda los problemas formales que entraña el hecho de asumir comportamientos colectivos del tipo señalado, pero también algunas dificultades relacionadas con la explicación de la imitación y su potencial autorreflexivo. El objetivo final de este análisis lleva a presentar el concepto de espectacularidad como instrumento para replantear y avanzar nuevas soluciones al problema de la desautorización en estas formaciones sociales históricamente calificadas como irracionales y/o instintivas.

Palabras clave: comportamiento de masas, movilización de masas, control social, conciencia colectiva, espectáculos, espectadores.

 

Abstract

This article discusses the problem of the political and social authorship in the collective spontaneous behaviors, and the facul-ty that the crowds and/or multitudes have to perform on own initiative responsibly and without influence or external manipulation. The current analysis approaches the formal problems than entails to the fact to assume this type of collective behaviors, but also some difficulties related with the explanation of theimitation and his auto-reflexive potential. The end purpose of this analysis leads to present espectacularidad"s concept like instrument to redefine and to advance new solutions to the problem of the disavowal in these social formations once historically were regarded as irrationalists and/or instinctive.

Keys words: mass behaviour, mass mobility, social control, collective consciousness, entertainments, spectators.

 

Este texto aborda el problema de la autoría política y social en los comportamientos colectivos espontáneos, en los que un número indefinido de individuos desarrolla y sostiene acciones conjuntas. Se trata de comportamientos aparentemente influenciados, cuando no inconsistentes o irracionales, que se vinculan por norma a la desautorización1 de las masas o multitudes que los manifiestan fuera del concierto estipulado por un orden u organización previa.

Aunque dicha desautorización ha sido entendida mayormente como consecuencia del estatus que la psicología de las masas atribuye tradicionalmente a un sujeto social menor de edad e irresponsable, en la práctica esta deficiente madurez (y consecuente tutela) encubre el problema mayor de facultar a la masa de iniciativa propia e independencia para llevar a cabo una acción cualquiera.

Tomando como punto de partida la incapacidad que se atribuye a la masa para actuar con voluntad propia y por sí misma, la cuestión que se debate en estas páginas es si dicha autoría puede existir realmente, y si es posible concebir un comportamiento social donde necesariamente coexistan a la vez, y en un solo movimiento, los comportamientos independientes de individuos responsables y los del conjunto unitario donde se engloban.2 En consecuencia, un planteamiento de este tipo lleva a presuponer y desarrollar en este trabajo la existencia de un sujeto social que pueda ser autor uno y múltiple al mismo tiempo, y en relación con este reto, la dificultad de ver en este sujeto paradójico la capacidad efectiva de la masa para alcanzar la mayoría de edad y producir comportamientos autónomos e independientes de autorías o manipulaciones externas.

Para ello, a lo largo de este trabajo se concretan situaciones de diverso tipo con la finalidad de observar parcialmente las dificultades de localizar y adjudicar autoría a comportamientos colectivos catalogados como "desautorizados". De este modo, se critica la idea de recurrir por sistema a un tipo de autoría externa al colectivo que realmente emprende y finaliza la acción, así como la relevancia que pudiera tener la acción imitativa para salvar el escollo y generar autonomía en situaciones o contextos que se decantan sistemáticamente por la manipulación. El objetivo final de estas críticas lleva a introducir el concepto de espectacularidad (Gutiérrez, 1999) como instrumento para replantear el problema y avanzar soluciones contra la desautorización de estas formaciones sociales históricamente reprimidas y calificadas como irracionales y/o instintivas.

 

OBJETIVOS Y METODOLOGÍA

Tomando como punto de partida la desautorización a los comportamientos de la masa, este trabajo se plantea los siguientes objetivos para el análisis:

1. Poner de manifiesto las dificultades de diverso tipo con las que se encuentra una posible autoría de la masa y la importancia que esto tiene para su caracterización en los ámbitos científico, político y social.

2. Vincular la resolución de dichas dificultades a las recientes posiciones explicativas de corte sistémico que proclaman una soberanía autónoma de las masas frente a supuestas influencias o manipulaciones externas.

3. Criticar el enfoque sistémico, con el propósito de mostrar su incongruencia y sus limitaciones en el tema de la autoría, e introducir el concepto de espectacularidad como alternativa explicativa capaz de clarificar el problema de las condiciones o circunstancias externas que justifican la espontaneidad y autonomía de una voluntad colectiva.

4. Mostrar el funcionamiento teórico de la espectacularidad en la autoría de los comportamientos colectivos y su influencia en la manera de observarlos.

En el plano práctico, a partir de una categorización de los comportamientos colectivos espontáneos, y en el plano argumentativo (lógico y lingüístico) se muestra la importancia empírica de abordar la desautorización de las masas a partir de las resistencias y dificultades que entraña prescindir de una hipotética e influyente autoría externa.

A su vez, dicha autoría externa (influyente y manipuladora) es analizada a la luz de los trabajos clásicos de teóricos de las masas, como Freud (1920-1922), Le Bon (1895), Scipio (1891), Tarde (1890, 1901), etc., y es referida a la importancia que adquiere en estos autores la imitación como efecto (no la causa) del vínculo dependiente que establece la masa con un líder o influencia externa, luego de lo cual se pasa a criticar las posiciones teóricas actuales que reconocen en el proceso imitador un motivo suficiente para "emancipar" y promover comportamientos autónomos en la masa sojuzgada (Crocq, 1984, 1978; Quarantelli, 1977; Dupuy, 1999, 2002; Orléan 1989).

Luego de la crítica al enfoque emancipador (especialmente sistémico), y considerando la importancia (explícita o implícita) que tiene el fenómeno del espectáculo para la formación del comportamiento de la masa (Canetti, 1994; Bajtin, 1997; Merleau-Ponty, 1957; Lacan, 1987), se aplica y desarrolla el concepto de espectacularidad (Gutiérrez, 1999) como proceso imitador fundamentado en la mirada y la expectación.

 

LA IMITACIÓN COMO CAUSA Y EFECTO DE LOS COMPORTAMIENTOS COLECTIVOS ESPONTÁNEOS

Es importante situar el problema de la autoría de las masas en un plano práctico para concretar las primeras reflexiones, a partir de las cuales podemos comenzar a hablar de comportamientos colectivos espontáneos.

1. Actualmente, y en especial en el ámbito de lo político y de los medios de comunicación, los comportamientos espontáneos de la masa, los más notables y, por tanto, más evidentes, se relacionan con la desintegración del vínculo social. Es decir, pertenecen a la clase de comportamientos que giran en torno al pánico y la huida. Ejemplos de esta categoría se encuentran sin problema alguno en las dramáticas noticias de que decenas de personas mueren por aplastamiento a la entrada o salida de un evento multitudinario. 2. Es cierto que desde el punto de vista científico esta categoría de comportamientos desintegradores de lo social son, a su manera, una forma de respuesta "organizada" e incluso "racional" de los sujetos que afrontan situaciones amenazantes e inciertas dentro de una masa (Dupuy, 1999; Mawson, 2007), pero es evidente que los aspectos de descomposición social y anomia, tradicionalmente asociados a esta manera de representar a las masas o multitudes,3 sólo contribuyen a arrojar más sospechas y resistencias sobre una supuesta capacidad real para crear (organizar) acciones sociales conjuntas sin tener por ello que disolverlas. 3. Si se habla de disolución del vínculo social es porque se puede plantear otra categoría de comportamientos donde, lejos de existir desintegración, los vínculos se refuerzan y se multiplican, incluso son aprovechados por instituciones y organizaciones en un intento por instrumentalizar y desarrollar la incipiente integración. Esta categoría comprende, sobre todo, comportamientos que tienen su repercusión mediática en la política, especialmente relacionados con protestas o revueltas sociales que surgen espontáneamente sin previo aviso, de forma repentina y en principio al margen de los medios de comunicación, sin un aparente concierto o centro que organice la acción. Podría incluirse en esta categoría a las numerosas protestas que recientemente cobraron notoriedad bajo el nombre de "primavera árabe", incluso a las protestas actuales, recogidas en "movimientos de indignados" contra la crisis económica mundial y los actuales sistemas políticos y financieros. 4. Esta categoría de comportamientos integradores de masa es fácilmente reconocible porque suele estar vinculada y necesitada de una autoría externa, que es la que supuestamente activa (prende o justifica) la acción de la masa.4 Son comportamientos donde nadie del colectivo tiene la responsabilidad de los hechos y, sin embargo, es relativamente fácil atribuir dicha responsabilidad a alguno de los sujetos (individuos) actuantes (líderes), incluso a sujetos relacionados de manera indirecta y externa con el suceso descrito: una conspiración urdida secretamente, un accidente fortuito o la participación de una organización paralela, etc. La resistencia a entender que dichos comportamientos son de todos los integrantes y de cada uno en particular es una cuestión que suscita el análisis y es el punto de partida que se adopta para entender la desautorización de las masas: las contradicciones lógicas y formales que entraña prescindir de una supuesta autoría externa.

Desde un punto de vista argumentativo, la referencia a una teoría del liderazgo, señalando a un sujeto externo, es recurrente y bien conocida, a pesar de no resolver la paradoja de una autoría productora de los comportamientos que manifiesta de manera espontánea una masa supuestamente responsable y autónoma. Dicha contradicción consiste en que el líder y la masa se buscan mutuamente a partir del sentimiento narcisista que se profesan entre sí. Son las cualidades del líder, su carisma o atractivo, lo que activa e irradia sentimientos encontrados en una masa de hombres que le profesan su incondicional amor. Según la teoría freudiana (Freud [1920-1922], 1979), sería el vínculo afectivo que la masa mantiene con el líder lo que explica la identidad de la masa como tal. Ahora bien, en este modélico juego de atracción y/o enamoramiento, los seducidos adquieren una voluntad de masa a la par que la pierden por distinguirse claramente de aquel sujeto externo que la construye y manipula. A la vez que el líder atribuye identidad y cuerpo unitario a la masa, usurpa necesariamente su voluntad y responsabilidad. De esta forma, la paradoja de un sujeto (la masa) sujetado (líder) lleva de nuevo a concebir la autoría en términos de contradicción, ya que no es posible apelar a instancias formativas externas para afirmar una autonomía y una espontaneidad que sólo pueden ser internas.

En contra de la formulación psicoanalítica, la aparente contracción referida se resuelve en la medida que el narcisismo del líder imita el amor que la masa le profesa y, viceversa, la masa imita el amor que el líder siente por sí mismo (Dupuy, 1999: 78 y 79). De este modo, el liderazgo deja de entenderse como la causa principal, para pasar a ser un simple efecto del proceso imitativo entre el líder y la masa. Este enfoque, procedente de la teoría sistémica y de la actual dinámica de los comportamientos colectivos,5 pone de relieve que el líder es un producto más del sistema y, por tanto, del propio hacer colectivo que circunstancialmente lo percibe como externo. En palabras de Dupuy:

Tratar al jefe como un punto fijo endógeno, es afirmar que no son cualidades intrínsecas (su pretendido narcisismo o carisma) las que le otorgan su posición central, sino el proceso por el cual el sistema-masa se cierra sobre sí mismo (1999: 78).

Sin embargo, esta recuperación de la masa como formación natural y autónoma no le devuelve su relevante y legítima responsabilidad en la acción. Aunque el enfoque sistémico llegue a combatir la idea de masa artificial,6 incluso a liberar a la masa de su bien amado amo, la voluntad de la masa queda sometida al funcionamiento ciego e impredecible del sistema. A pesar de la benéfica liberación y del reconocimiento de la superación de un líder o sujeto externo que influye y obstruye la autonomía de la masa, ésta sigue siendo necesariamente un sujeto social sujetado por la reificación del sistema. Incluso la supuesta autonomía ya referida no debería evitar la pregunta sobre las particulares circunstancias e influencias que llevaron a provocar en la masa comportamientos totalmente espontáneos o sin aparente causa externa. Por otro lado, este interés por la espontaneidad de determinados comportamientos colectivos no debe ignorar el problema añadido sobre qué significa ser sujeto de la acción en un contexto de muchos como el referido, y muy especialmente teniendo en cuenta la teoría de la imitación-sugestión (Leys, 1993).

En este sentido, es muy posible que la idea de contagio7 sea la metáfora de más éxito y la que mejor se ha ajustado al surgimiento de los comportamientos colectivos sin una autoría estable y claramente definida de antemano. La misma teoría psicoanalítica, así como la obra de teóricos clásicos de las masas, como Tarde, Le Bon o Scipio, no ha ignorado los argumentos a favor de un mecanismo de contagio asociado al difuso concepto de alma colectiva. Ahora bien, ya se ha señalado que en estos primeros esbozos teóricos el contagio seductor liderado es sólo un efecto y no la causa principal del fenómeno estudiado.8 Para Le Bon, como para Freud, el fenómeno de la sugestión es un elemento clave a partir del cual se puede subordinar el contagio de la masa y encumbrar la figura del líder o encantador de hombres.

No obstante, la posición que considera el contagio mental como el elemento central del problema, aquella que encuentra en el contagio la causa y no el efecto del encantamiento, es la que se apoya en el fenómeno de la imitación como verdadero proceso desencadenante de un tipo de comportamiento social donde todos imitan (copian) a todos (Dupuy, 1999; Turner y Lewis, 1987), a partir del cual se puede referir la autorreflexibidad de un sistema (colectivo) que se comporta autónomamente. Sin embargo, este nuevo motor o núcleo fuerte del problema deja sin resolver algunos inconvenientes que es necesario dilucidar a propósito de la autoría en comportamientos colectivos espontáneos.

El primero de ellos es la necesidad de la imitación misma, es decir, los motivos o factores desencadenantes que llevan a justificar la acción imitativa más allá de la imitación y la respuesta-reflejo que viene dándose en el mundo animal.9 Aunque el mecanismo de la imitación permita postular la autonomía del comportamiento colectivo, su presencia y funcionamiento no hacen a este mecanismo menos dependiente ni más autónomo de otros comportamientos ajenos (externos) a la acción imitadora.

Es Dupuy (1999), en referencia a los modelos formales de Orléan, quien señala un esquema básico imitativo a partir de un sujeto A, que por algún motivo indeterminado (un rumor, un ruido, una señal, etc.) piensa que el sujeto B quiere un objeto (O). Aunque dicho motivo indeterminado es parte fundamental del problema, su omisión formal es lo que permite que el sujeto A se adelante en la acción y justifique la imitación del sujeto B, autocumpliéndose así las sospechas iniciales de A. Pero obsérvese que en este nuevo esquema modélico permanece algo externo y oculto que justifica a priori la imitación, a la vez que la valida. Ese algo, especialmente desde el punto de vista de la autoría, desempeña el papel de catalizador del proceso imitativo; lo que significa retrotraer el análisis de la imitación a un momento anterior que nada tiene que ver con el proceso imitador. ¿Qué cosa justifica si no la imitación?, ¿por qué motivo B debería imitar a A, si no es porque algo o alguien exterior al proceso sugiere en A algún tipo de intención o voluntad en B, ya sea real o ficticia?

Es cierto que en dicho modelo la imitación responde a un juego especular de suposiciones donde el motivo indeterminado acaba desprendiéndose y es reemplazado u olvidado por la arbitrariedad del proceso imitativo, lo que no significa que la huella de la autoría externa no persista como sombra o hilo invisible que produce y controla la imitación misma. Para reconocer esta influencia sólo hay que fijarse en el caso de los mercados financieros y el papel manipulador y tramposo que ejercen los medios de comunicación (y otros resortes con intereses económicos) en el supuesto juego limpio que rige al mercado.

El problema, por tanto, es el siguiente: si se quiere realmente impugnar el carácter desautorizado de los comportamientos multitudinarios, de los comportamientos influenciados de la masa, es porque se renuncia a introducir un motivo externo (ajeno) a la génesis y activación del postulado proceso mimético.10 Y esto significa que la acción inicial debe partir del mismo colectivo, y no de la influencia e intereses que se ejercen sobre él. De lo contrario, la supuesta desautorización impugnada se transforma de nuevo en un efecto más o menos calculado de una autoría encubierta que permanece fuera del juego especulativo/autorreflexivo.

Se considera, por tanto, que el potencial autorreflexivo que encierra el proceso de la imitación no será completo ni válido mientras no se incluya el dispositivo activador dentro del propio mecanismo activado, es decir, hasta que el dispositivo detonador no se incluya dentro de la misma detonación. Ahora bien, ¿cómo afrontar esta nueva paradoja?, ¿cómo concebir un mecanismo de carácter imitativo que se active a sí mismo? En definitiva, ¿cómo incluir la autoría en la manifiesta "imitación desautorizada" de las masas o multitudes enajenadas?

Una posible respuesta a esta paradoja se encuentra en el fenómeno de la espectacularidad, que tiene en común con la imitación la capacidad de generar comportamientos emergentes, supuestamente externos y transcendentes, aunque sin el lastre sospechoso y ambiguo de una posible autoría externa que los justifique y determine. Tal como se plantea aquí, la espectacularidad tiene su lugar en el estudio de los espectáculos en general, mostrando el alcance de estos fenómenos más allá de la función que representan y por los medios de comunicación de masas que los potencian. El fenómeno del espectáculo se revela ahora como uno de los espacios privilegiados donde los individuos se desprenden de sí mismos a favor de una colectividad que se ve influenciada, a su vez, por los comportamientos individuales de cada uno de ellos.

En realidad, el fenómeno de la espectacularidad resuelve a su manera el problema lógico y político que "imposibilita" la observación y aceptación de comportamientos colectivos responsables formados por individualidades. En términos lingüísticos, dicha imposibilidad se reduce a mostrar el cumplimiento de ciertas relaciones entre la subjetividad parlante y los objetos de que habla.11 Estas relaciones (García Calvo, 1973), ocultas bajo una regla gramatical universal, prohíben expresiones asumibles pero extrañamente ilógicas como "nos amo" y "me amamos"; es decir, impiden decir y, por tanto, señalar y reconocer realidades construidas por relaciones entre un "yo" (sujeto) y un "nosotros" (grupo, comunidad o sociedad) que participan simultáneamente y por igual en una misma acción común.

Se trataría de esclarecer y combatir la idea acerca de por qué cuando en una acción actúo yo no estamos simultáneamente actuando nosotros y viceversa. Esta inusitada y compleja relación paradójica se manifiesta claramente allí donde varias personas realizan una acción común y al mismo tiempo esas mismas personas realizan una acción individual o personal sobre dicha acción conjunta. No por azar, para García Calvo el ejemplo del coro griego es un caso paradigmático, donde hay voces simultáneas pronunciando el "yo de cada individuo" o el "yo representativo de la conciencia coral". Lo relevante para los comportamientos colectivos es que, salvo el ejercicio de una violencia gramatical, no se puede aceptar que la acción reflexiva del yo se refleje y active en el nosotros y viceversa.12

En definitiva, no nos es dado imaginar ni expresar gramaticalmente una instancia o lugar común para aunar la reciprocidad colectiva a la reflexividad subjetiva. Más aún, es impensable un topos donde el que habla o produce la acción pueda hablarse o actuarse en los otros. No es válido imaginar a través del lenguaje un espacio donde el individuo se fusione con la sociedad, formando lo uno y lo plural, o múltiple, al mismo tiempo. Como señala García Calvo, el lenguaje no permite, salvo incorrecciones gramaticales y graves dislocaciones lógicas, sintagmas como "me amamos". Su significado y sentido desborda las palabras y la lógica racional, aunque no la lógica social y humana.

En este breve estudio, el espectáculo representa analíticamente ese lugar privilegiado que contradice dos creencias firmemente arraigadas en la idea de complementariedad lineal que se halla en la lengua: la Identidad y el Tiempo. Como acierta a señalar García Calvo (1973: 301), "nos está prohibido creer en las dos al mismo tiempo, lo cual sería tan imposible como amenazador para el Orden dominante". En efecto, ambas creencias son contradictorias entre sí, puesto que si soy uno no puedo ser también, y al mismo tiempo, varios. Esta falta de sentido, especialmente para el ámbito político y jurídico, es un inconveniente a salvar para la definición de los espectáculos, pero lo es más para señalar y entender ciertos comportamientos colectivos que son etiquetados como irracionales y/o desautorizados.

Una buena parte de las dificultades que manifiestan dichos comportamientos colectivos se debe a una imposición del orden social recreado en y por un lenguaje y una lógica que sólo puede llegar a pensarlos y expresarlos como comportamientos individuales unitarios o conjuntos, en caso de coincidir individualmente en un determinado objeto o foco de interés común. El principal motivo para recurrir al espectáculo es facilitar la tarea y contribuir a paliar esta dificultad extrema que impide representar y pensar la autoría de un sujeto social que actúa como uno y múltiple al mismo tiempo.

 

ESPECTÁCULO Y MASA

Como punto de partida, es oportuno tomar la idea general que sostiene que "no hay una vocación definida por el espectáculo. Aspiramos a ser espectadores de todo" (Herrera, 1974: 41). Y en tanto que abordamos la totalidad de las cosas y los seres vivientes, no queda más indicación diferencial del espectáculo que la del propio espectador y su participación como referencia obligada para abarcar un interés tan amplio y variado.

Por otro lado, la idea de espectáculo aparece de forma muy vaga e inexacta si se entiende simplemente como cualquier acción que se ejecuta en público para divertir y/o recrear.13 Así, diversión y recreación serían más que suficientes para generar un espectáculo; hecho, por otro lado, bastante improbable, puesto que un espectáculo se compone de algo más, es decir, requiere de un elemento básico para su comprensión: un tipo de participación del espectador en la acción objeto de expectación.

De ahí que no toda acción, aunque sea pública y esté orientada a la diversión y el recreo, se transforme automáticamente en espectáculo. Por el contrario, la manifestación del fenómeno exige que el propio espectador se encuentre, a su vez, dentro de la representación, como parte integrante e integradora del fenómeno, peculiaridad que debe tenerse en cuenta a partir de este momento.

Con esta idea, el concepto de espectáculo aparece formulado a su manera por el sentido común. Cuando un individuo inculpa a otro de "dar un espectáculo en plena vía pública" no hace más que señalar la acción donde están necesariamente las acciones de todos aquellos individuos (viandantes espectadores) que demostraron su interés y terminaron por transformar cuantitativa y cualitativamente el efecto de la acción originaria. Por tanto, el sujeto colectivo expectante es lo que en síntesis define a un espectáculo como un acontecimiento social global. Lo contrario no sería más que representación o función pública garantizada por una determinada autoridad institucional, o por las personas y técnicas que mediatizan y dan vida a una determinada escenificación supuestamente pública o para otros.

Esta concepción de un sujeto colectivo expectante cobra especial importancia en la masa que describe Elias Canetti (1994).14 Como señala este autor, el espectáculo es parte de una forma primigenia de contacto entre los hombres que es la masa. Sin embargo, el concepto de masa que refiere Canetti no tiene aquí el sentido que sugieren la psicología social y la ideología burguesa cuando tratan de domarla y/o combatirla sin tregua. El referente masa de Canetti es, ante todo, un tipo de relación social básica sobre la que se sostiene el resto de las relaciones sociales más impersonales e institucionales.15 En este tipo de relación social se reconocen valiosos elementos para la acotación conceptual del espectáculo,16 especialmente donde un colectivo de hombres se une sin diferencias y sin motivos aparentemente externos, salvo la imperiosa necesidad de verse y sentirse juntos y unidos.

El resultado de tan peculiar relación social es el crecimiento del número de personas que la componen, y refuerzan, a su vez, el continuo crecimiento numérico del nuevo estado emergente. Es por eso que el fin de estas relaciones primigenias no es otro que crecer, propagarse a través del espacio como una especie de metástasis social, abierta a todos y cada uno de los hombres y grupos sociales que pueblan el mundo. La descripción de Canetti es aquí enormemente elocuente:

Una aparición tan enigmática como universal es la de la masa que de pronto aparece donde antes no había nada. Puede que unas pocas personas hayan estado juntas, cinco, diez o doce, solamente. Nada se había anunciado, nada se esperaba. De pronto, todo está lleno de gente. De todos los lados afluyen otras personas como si las calles tuviesen sólo una dirección. Muchos no saben qué ocurrió, no pueden responder a ninguna pregunta; sin embargo, tienen prisa de estar allí donde se encuentra la mayoría (1994: 11).

Ahora bien, en atención a lo sorprendente de la cita: ¿qué es lo que no pueden responder aquellos que se ven involucrados en un fenómeno semejante?, ¿qué es lo que hizo activar las voluntades de tanta gente y a la vez de una manera tan espontánea y tan urgente, en concreto para un fin último que responde a la llamada del crecimiento y la prolongación (sin límites) del número de relaciones y personas que se suman al nuevo ambiente? Canetti no da una respuesta concluyente, salvo la que ahora se toma como hilo conductor para seguir profundizando en una forma social primigenia, que es la muta.

El origen de las relaciones que comprende la masa de Canetti parte de la muta, una primitiva formación social de la cual surge la "masa abierta".17 La muta es un grupo de hombres excitados que nada desean con mayor vehemencia que ser más, más hombres, más pies y manos, más cabezas. Hay distintos tipos de mutas, pero la más primigenia es la que surge en torno a la caza. Como señala Canetti (1994: 111), la muta "debía fortalecer la pulsión hacia un mayor número de hombres". Y este proceso de multiplicación, el primigenio deseo del hombre de ser más, más cabezas, más lanzas y más piernas, se convierte sorprendentemente en el núcleo principal a partir del cual los hombres llaman y atraen a otros hombres, seres o cosas.

Paradójicamente, en la descripción de la muta se encuentra el implícito de que el crecimiento y la multiplicación son un poderoso y fundamental elemento de atracción para otros hombres. De ahí la importancia que tienen las relaciones comunitarias fundadas en relaciones especulares donde recíprocamente unos sujetos se miran y son mirados por y en presencia de otros (Bajtin, 1997). Es patente que la masa quiere crecer y ser más, pero para ser más tiene que atraer a otros, y la forma de conseguirlo es a través de relaciones que se objetivan al proyectarse ellas mismas entre sí como en un espejo; es decir, mediante relaciones que se producen y mantienen a través del vínculo especular donde se duplican recurrentemente hasta el infinito. Por eso todos los hombres corren a un mismo lugar y nadie sabe decir por qué. Aunque todos adviertan el motivo individual nadie lo prolonga hasta el límite transformador que esta compleja mediación especular expresa internamente.

Dicho esto, es preciso aclarar algo más respecto a lo que a grandes trazos se viene describiendo. Esa relación especular en la cual traban contacto las personas no refleja sólo a los sujetos-individuos, sino también a la totalidad de individuos entre los cuales uno mismo es parte recíproca al mismo tiempo. Y más aún, si el vínculo especular se activa es porque las relaciones que se entablan tienen el denominador común de la expectación espectacular, donde se acumula un determinado nivel de tensión para emprender la acción conjunta. La pregunta ahora es, desde el punto de vista de la autoría, qué es lo que media en última instancia para provocar un estado de expectación semejante.

 

SUJETOS DE LA ESPECTACULARIDAD: LA EXPECTACIÓN DE LOS EXPECTANTES

No hace falta señalar la importancia que tiene la mirada18 para todo lo referido hasta el momento. Las acciones que desencadenan las masas están sustentadas en la acción común de la mirada, entendida como una forma de expresar y relacionarse sin otra aparente intencionalidad que la de darse a ver. Hay una diferencia radical entre lo dado a ver (referido ala mirada) y lo visto (referido al ojo, o la visión). La preexistencia de lo dado a ver es anterior y va más allá de lo visto por el ojo. Merleau-Ponty llamaba la atención sobre la idea de que, ante todo, somos seres mirados en el espectáculo del mundo (Cf. Lacan, 1987: 82). Ahora bien, ser seres mirados significa principalmente que somos dados a ver como algo que supuestamente ve (Merleau-Ponty, 1957). Lo importante de esta precisión es que la mirada está ahí, independientemente de la visión y su aparente intencionalidad (externa o interna). Además, la mirada, a pesar de sostenerla y activarla uno, es a la vez ajena y siempre necesariamente para y por otros. Como los ocelos que muestran las mariposas en sus alas, la mirada que producen es ciega porque nada ve, y si dichas manchas en forma de ojos parecen ver es porque el depredador les atribuye una visión que realmente no tienen y que parte del mirar (es decir, el depredador participa y es parte de la visión que en cierta forma sostiene la mirada de la mariposa). Del mismo modo, la masa se configura a la luz del espectáculo como el lugar donde los múltiples ojos se transforman en ocelos y, a través de la acción de mirar, la visión (el ojo y la intención de ver algo) pierde toda importancia a favor de un estar mirando sin mayor decisión. ¿No se habla y con razón de la ceguera de las multitudes o masas (que sus comportamientos son ciegos y en sus desenfrenos embisten contra todo y todos sin importar qué o quiénes)? Esta ceguera, esta "mirada ciega", de las multitudes o masas no debe ser entendida como una disfuncionalidad o incapacidad para la conciencia o visión. Al contrario, su función, a partir de ahora, es la prueba y la advertencia de que en la acción de "mirar en la nada" no hay más intención que el hecho de darse a ver ante los demás y como una parte indisociable y originaria de lo que ellos (los que forman la masa) ven. En el mirar la masa se organiza y es donde la espectacularidad toma fuerza para generar una forma típica de ser y actuar.

Un paso más en el desarrollo de este trabajo es diferenciar en el espectáculo los movimientos por los que la mirada alcanza su repentina centralidad, vinculada a la espectacularidad de la expectación.

Como se puede observar en la figura 1, dicha centralidad tiene por objeto a un sujeto espectador al que se le da a ver (mostrar), a la vez que es objeto de eso mismo que es dado a ver y de lo cual otros quieren participar de la misma forma que él. Por un lado está el acto de dar algo a ver o mostrar a alguien (función representada). Por el otro está el acto de ese alguien expectante (espectador de segundo orden) que espera ver lo que se da a ver (espectador de primer orden). Por último está el acto de alguien cuya expectación (espectador de tercer orden) se centra en lo que otros expectantes pretender ver en la función representada (espectacularidad). Estas tres actuaciones guardan entre sí relaciones paradójicas, especulares y reflexivas al mismo tiempo.

 

La vertiente especular queda de manifiesto ahí donde se halla reciprocidad entre los espectadores que ven una misma función representada: yo soy espectador de la función que otros expectantes pretenden ver y, viceversa, otros son espectadores de la función en la que yo soy un expectante más. Adviértase ahora que esa relación especular es recíproca y reflexiva a la vez, de manera que es la expectación de la función representada la que queda incluida en la función donde yo aparezco como expectante y, viceversa, mi expectación queda incluida en la función donde otros aparecen como espectadores.

Estas precisiones permiten aventurar dos cosas de especial importancia para la comprensión del espectáculo y los comportamientos colectivos desautorizados que se abordan en este trabajo: la primera cuestión hace referencia a la total autonomía de la expectación sobre lo dado a ver, es decir, aquello que en apariencia organiza la espectacularidad y que a priori es la esencia de todo espectáculo: la función representada al margen del espectador. Nunca mejor dicho: lo dado a ver es aquí un puro pretexto para la expectación. Y como pretexto, su presencia es prescindible hasta el punto de olvidarse o simplemente aparecer como inexistente porque nada es necesario para el estado abierto de la expectación que genera la espectacularidad y en la cual se forma.

El mismo arte cinematográfico ha explotado cómicamente esta desvinculación entre uno y otro aspectos del espectáculo. La figura 2 es una tira secuencial de fotogramas para ilustrar la espectacularidad vinculada a un comportamiento trivial cualquiera.

 

En el primer fotograma aparece un sujeto (Chaplin) que juguetea despreocupadamente con su bastón, ajeno a los transeúntes, que pasan sin prestar mayor atención. En el segundo fotograma surge un segundo sujeto no menos ocioso y despreocupado que el primero. Si el primero se centra en la actividad de su bastón, el segundo se preocupa por observar lo que el primero hace, convirtiéndose en un espectador y confirmando la actividad del primero como si se tratara de una función representada para otros. En el tercer fotograma aparece un tercer personaje, que acompaña al interés del segundo pero, a diferencia de éste, su atención se centra en cierta actitud expectante concretada en la relación del primero con el segundo, produciéndose el espectáculo seguido del cual, cuarto fotograma, otras personas se arremolinan por la expectación que inadvertidamente se ha generado en torno a la misma actitud expectante y en torno al hipotético espectáculo de la escena involuntariamente representada: el momento de la espectacularidad.

Como se puede observar, a pesar de que el supuesto motivo aglutinador de los viandantes sigue sin desvelarse, aquellas personas siguen atraídas y son atrayentes para otro cualquiera. Lo de menos es el motivo externo que dio origen al insospechado proceso, puesto que dicho motivo podría no existir o existir sólo para la primera persona que se detuvo. El resto de la multitud no atiende a otra cosa que no sea la misma relación especular que otras personas reflejan; es el espejo lo que sustituye y representa al supuesto motivo de atracción. Pero lo llamativo del asunto es que el espejo es parte y producto de la representación. Tal como lo revela Foucault (1990) en el análisis de Las Meninas de Velázquez, por encima o por debajo de la disimulada representación pictórica se oculta el mecanismo especular. El cuadro se da a ver como una escena cuya realidad se esconde en la presencia invisible del espejo. Curiosamente, como señala Foucault (1990: 16), "de todas las representaciones que representa el cuadro, es la única visible; pero nadie la ve". Esta mención fantasmal es, en definitiva, una representación que se dará a sí misma como espectacularidad, como expectación de los espectadores que asisten inadvertidamente al reflejo de la escena vivida.

Por otro lado, si la espectacularidad desvincula la expectación de lo dado a ver, lo segundo que permite es la referencia a un lugar común (paradójico) donde la acción individual (singular) se construye simultáneamente con la acción conjunta (plural). El ejemplo más gráfico se encuentra empíricamente en el fenómeno gestual de la ola, un comportamiento colectivo a-centrado que se produce en los modernos estadios de futbol o en otros recintos similares (Farkas et al., 2003). La extraordinaria sincronización y unidad del movimiento de la masa daría a entender que realmente existe una voz que coordina y/o enseña a realizar este tipo de ejercicios multitudinarios. Sin embargo, eso es del todo improbable para el caso de un amplio escenario a donde concurren miles de personas llegadas de todas partes y sin ningún conocimiento previo entre ellas.

La libre participación de miles de individuos en un movimiento unitario y conjunto sólo puede entenderse desde el supuesto que admite la existencia de un sujeto y un espacio común donde concurren lo individual y lo colectivo al mismo tiempo. Si se recurre a la espectacularidad diremos que la expectación de aquellos que están expectantes produce una situación receptiva donde cada individuo se reconoce y es reconocido por los demás. La ola permite intuir que hay una conexión larvada entre los espectadores y el público en general, pero sobre todo respalda la idea de que dicha conexión es producto de la reflexividad de las relaciones especulares que se generan en una escena común. No hay, por tanto, necesidad de un sujeto o voz cantante que inicie y/o prosiga el movimiento ondulatorio. Nadie toma la iniciativa de poner en marcha la avalancha de gente agitándose ordenadamente en sus asientos. En realidad, todos a la vez, y cada uno en particular, pasan a formar parte de una misma corriente que los sacude por igual. Es cierto que la ola se produce con la intervención de los sujetos individuos ejecutores de la acción ondulatoria, pero no es menos cierto que la ondulación transciende la individualidad de dichos sujetos y los proyecta al conjunto de individuos (la masa) que se comportan con asombrosa sincronía. Esta proeza colectiva, tan admirable como poco reconocida y estudiada, demuestra la capacidad autorreflexiva que libera la espectacularidad, entendida en términos de expectación y crecimiento numérico de los individuos que incluye.

 

ECUACIONES DE LA ESPECTACULARIDAD

Señala Canetti (1994) que la masa abierta, si no crece, muere y desaparece. Es el carácter de proceso reflexivo abierto a ella misma lo que hace de la masa un fenómeno especialmente vivo que requiere ser entendido en clave de constante movimiento y cambio. De ese movimiento depende tanto su formación como su existencia y caducidad en el tiempo. De la misma forma, la espectacularidad se centra no en la función representada para ser vista, sino en el proceso que dicho pretexto puede activar en el público espectador. Ese proceso tiene la facultad de poder llegar a ser independiente del escenario original e incluso generar un escenario distinto y mayor que el anterior. El motivo de la espectacularidad puede ser incierto o no tener un verdadero interés para el conjunto de los sujetos involucrados, pero no cabe duda de que la presencia, y especialmente la presencia de muchos, tiene un interés añadido y fundamental porque promueve la indefectible espera y la expectación mantenida de unos con otros. Esperan muchos porque "muchos" (ahora no importa cuántos sino más bien la escena que presentan) pueden pasar a ser parte de lo esperado. Es decir, que la cantidad de los convocados puede llegar a convertirse en cualidad o esencia de la convocatoria hasta el punto de transformar el tipo de interés inicial. Este momento transformador apunta a un umbral o límite a partir del cual:

1. La relevancia de lo dado a ver (como función representada al margen del espectador) es de un interés, o de una importancia e intensidad, menor que la expectación generada por los mismos sujetos expectantes. En función de dicho umbral, la espectacularidad emerge y termina por sustituir al foco de atención que los sujetos congregados mantenían con anterioridad por el simple hecho de asistir expectantes a la función representada.

2. La presencia y adición de un espectador a la expectación de lo dado a ver transforma al conjunto de espectadores en parte indisociable de dicha expectación. Del mismo modo que el grupo serial de Sartre se transforma en grupo de fusión por la adición a la serie de un nuevo sujeto que no es solo (n+1), en el caso de la espectacularidad ese sujeto espectador sería mucho más y, a la vez, algo distinto a otro espectador añadido a la escena.

Ahora bien, este umbral depende, a su vez, de situaciones en las que otras cuestiones entran en juego. El factor "muchos" no es sólo cantidad, sino también circunstancias en las que la cantidad de sujetos congregados adquiere influencias y efectos particulares. Por ejemplo, es bien sabido que los medios de comunicación de masas actúan en determinados acontecimientos como amplificadores o altavoces sociales. De ellos se dice que propagan y potencian sucesos cuyo alcance es limitado o reducido, incluso que son aprovechados por algunos sujetos para alcanzar y ordenar (a través de agendas temáticas) ciertos niveles de notoriedad y popularidad que no alcanzarían por sí mismos. Sin embargo, para el caso de la espectacularidad, no parecen jugar un papel tan eficaz y decisivo.

Por el contrario, los medios de comunicación de masas potencian la función representada (lo dado a ver) en detrimento de la espectacularidad que genera la expectación de la masa. En buena medida están reforzando la atención del público sobre el acontecimiento comunicado y mediatizan (amortiguan) la expectación difiriendo (trasladando) la presencia del público espectador. Aunque parezca una contradicción, millones de personas ante el televisor no son "muchos". Estas personas pueden presenciar a través de los medios un suceso relevante y, a la par, su presencia masificada no estar a la altura de una multitud donde los integrantes mantienen un contacto real y directo entre sí. Tal como refiere König (1968), los medios de comunicación de masas, instrumentos de un sistema de producción masificado, individualizan, atomizan y aislan a los sujetos; es algo muy distinto de la idea de masa como sujeto social, que tiene una historia y una identidad independiente de estos medios y en esencia contraria a ellos.

La mediación no es, por tanto, un factor impulsor de la espectacularidad, sino todo lo contrario. A mayor mediación menor probabilidad de espectacularidad, y más alejada del umbral que opera dicha transformación. En razón de lo señalado, los medios de comunicación como la televisión generan entre el público un interés mayor o menor por la expectación, incluso pueden llegar a crear un interés que antes no existía, pero en ningún caso parece que incentiven o produzcan las sensaciones y/o los efectos de la espectacularidad que en este trabajo se refieren.

Si la presencia no mediatizada de los sujetos es un factor importante para el surgimiento de la espectacularidad, la proximidad física y emocional entre éstos es un añadido que refuerza y acrecienta la expectación misma. Esta relación puede observarse en la importancia que tienen la cercanía y el contacto para la masa, especialmente donde las retenciones forzadas son en buena medida la causa de aglomeraciones y atropellos que no habrían sucedido de haber encontrado paso libre.

Otra evidencia se encuentra en los límites o cerramientos que acogen a un número importante de personas. Barriadas, guetos, campos de futbol, recintos de todo tipo, son considerados lugares que separan a la vez que reagrupan y aproximan a los sujetos. Las grandes aglomeraciones de gente no sólo son tratadas preventivamente por motivos de número, sino también atendiendo a factores relacionados con la densidad y el roce o fricción producto del constreñimiento. Como bien sabe cualquier autoridad competente, miles de personas en un espacio abierto no presentan el mismo riesgo que si son hacinadas en un lugar cerrado.

Lo mismo podría decirse de la precipitación de personas que se ven atraídas y acumuladas por un supuesto foco de atención. El tiempo transcurrido para la agrupación de muchas personas fluctúa y esta agrupación puede ser, por sí misma, motivo de expectación. Precipitaciones muy rápidas o repentinas están relacionadas con una mayor probabilidad de espectacularidad. Esto es evidente en las situaciones de pánico donde la gente huye y se agolpa hasta el punto de colapsar la huida. Aquí, la rápida acumulación de acciones y personas parece actuar potenciando la expectación que ya genera un volumen importante de sujetos, lo que lleva en ocasiones a incrementar el número y el interés de los congregados.

Por último, la presencia y relevancia de lo dado a ver externamente parece tener una influencia decisiva e inversa sobre la espectacularidad. Como ya se ha indicado, para situar el umbral de la espectacularidad es necesario atender a la relegación u olvido de lo dado a ver como condición favorable e indispensable. Los intermedios, las esperas, las recuperaciones, suspensiones, etc., se consideran momentos críticos en los que la atención concedida a la función representada se retrae a una tensa expectación entre los congregados. En los intersticios de lo dado a ver sin poder (o a la espera de) ser visto se encuentra más que nunca la situación incierta y lábil de muchas miradas expectantes que pudieran pasar a ser el foco principal de la atención. En definitiva, lo que estas circunstancias o situaciones señalan es que la espectacularidad no es un fenómeno simple y previsible en cuanto a cuestiones prácticas se refiere. Quedan por desentrañar con mayor detenimiento y rigor los diversos factores que influyen en la espectacularidad y los efectos que tienen para su formación o inhibición. Los referidos brevemente no son más que una mínima indicación de las complejidades que plantea la observación empírica de la espectacularidad y su importancia para conocer de otra manera los comportamientos de las masas y su tratamiento en la actualidad.

 

CONCLUSIÓN

Es muy probable que la desautorización de los comportamientos colectivos multitudinarios y espontáneos sea el rasgo empírico más evidente con el que actualmente se puede identificar y reconocer a la masa. Un tipo de comportamiento sin facultad para la acción (o un sujeto que no puede responsabilizarse de sus comportamientos) es lo que define y concreta a priori a la masa cuando actúa en los términos descritos a lo largo de este artículo. Los impedimentos por los que la masa deja de estar facultada (y es un incierto sujeto sin responsabilidad política y social) surgen cuando estudiamos la autoría de la masa y especialmente la influencia de una autoría externa que la constituye y/o sustituye en su voluntad con fines manipuladores.

Como se ha podido ver, el lenguaje en correlación y mediación con el pensamiento impide concebir una autoría que sea una y múltiple a la vez, lo que supone entender a las masas y sus comportamientos como acciones individuales encontradas en la excitación o estimulación que produce la presencia de un objeto o foco de atención común a muchos.19 En este sentido, podemos decir que un primer y fundamental impedimento para la autoría de la masa se encuentra en el mismo proceso lógico que la conceptualiza y define a partir de individualidades agrupadas y sometidas por diversos motivos, lo que supone señalar también la imposibilidad de la masa para comunicar y comunicarse a través del lenguaje, y la necesidad y posibilidad de desplazar dicha capacidad comunicativa al ámbito prelingüístico de la acción gestual, como la mirada, la proximidad y/o el contacto físico.

Por otro lado, la presencia e influencia de una autoría externa en los comportamientos colectivos desautorizados requieren una explicación alternativa que permita prescindir realmente de ella. En este caso el impedimento es doble, ya que no es suficiente con postular una autonomía de la masa, sino también incluir en dicha reivindicación el proceso por el cual se convierte en un sujeto realmente autónomo y con iniciativa propia. Como ya se ha señalado, la imitación puede ayudar a prescindir de una autoría externa, pero siempre que el motivo desencadenante tenga su lugar en la imitación misma. De otro modo, la imitación sólo podrá entenderse como un resorte efectivo por el cual la masa pasa a ser parte de un sistema abierto que se cierra sobre sí mismo, omitiendo así el problema de quién o qué fue lo que en realidad activó el cierre. A través de la espectacularidad de las acciones producidas en los espectáculos (tal como se entienden en este trabajo), la práctica donde todos copian o imitan a todos tiende a resolverse sin necesidad de recurrir a una instancia externa y/o ajena a la acción emprendida. A través de la misma expectación de los expectantes pueden generarse espontáneamente, traspasado cierto umbral y en determinadas condiciones favorables, comportamientos autónomos en las multitudes. Hay, por tanto, fundamento para sostener la paradójica presencia de un sujeto social compuesto por acciones reflexivas individuales que se reflejan y actualizan necesariamente en el conjunto unitario que las comprende. Sobre este peculiar sujeto es posible proyectar a una masa capaz de actuar con iniciativa propia e independiente de injerencias externas, lo que supone devolver a esta formación social su estatus de actor social con plena capacidad de respuesta y de intervención en los asuntos sociales, políticos y/o económicos. Dicha respuesta podrá ser desautorizada en un intento por deslegitimar la voluntad de la masa, o bien podrá ser también manipulada (instrumentalizada) en un intento por dar cierto continuismo (y confusión) a las acciones emprendidas. En tanto sujeto mudo, sujeto de la mirada, de lo que no será capaz la masa es de utilizar argumentos para pronunciarse sobre dichas manipulaciones o desautorizaciones, lo que hace de este sujeto social un "objeto débil", sometido a intereses particulares ajenos a su manera de expresarse y actuar.

En definitiva, el desarrollo y alcance de estos planteamientos no sólo permiten considerar de otra manera los comportamientos de la masa. También modifican sustancialmente la manera de plantear y observar los fenómenos donde la masa actúa tradicionalmente como sujeto supuestamente irresponsable. Por ejemplo, la violencia en determinados espectáculos de masas —en especial la que se desarrolla en algunos campos de juego y para ciertos deportes— es analizada necesariamente como fenómeno producido por la actitud violenta y provocadora de algunos "fanáticos" arropados por el grupo (Clarke, 1978; Marsch, 1982; Canter, Comber y Uzzell, 1989; Dunnig, 1990). El hooligan violento (criminalizado) no es sólo un fenómeno social relacionado con la violencia en los campos de futbol, sino también el producto resultante de las resistencias para plantear y observar dicha violencia en términos de masas responsables cuyas acciones se articulan en torno a cierta manera violenta de generarse la expectación entre el público asistente (Gutiérrez, 1999).

En otro ámbito, como la economía financiera, el fenómeno de la violencia de masas da paso al fenómeno del pánico y la euforia en los mercados. En este caso, el reflejo economicista de las operaciones bursátiles puede ser entendido como negativa a aceptar la espectacularidad que genera una multitud de inversores. La espectacularidad de la economía incita a una manera distinta de plantear la actividad financiera y el comportamiento de una buena parte de inversores que desconocen o entienden de otro modo los motivos que impulsan las decisiones económicas. Una economía que "se mira" (y "es vista" en la multiplicidad de miradas con interés económico) plantea nuevas formas de entender ciertos comportamientos que no se ajustan a la tradicional racionalidad económica, contribuyendo así a dar responsabilidad a la masa frente a la individualización personal de los sujetos económicos y la consistente lógica del mercado.20

En definitiva, este dominio de la expectación sobre la escena expectante genera efectos inadvertidos sobre el comportamiento de la gente y llama la atención, a la vez, sobre fenómenos y disciplinas que tienen muy en cuenta la producción de relaciones sociales, tal como sucede con las redes sociales en Internet, o ciertos espectáculos de masas y eventos donde cobra especial importancia el ambiente en forma de escena, clímax o sintonía. Pero también resalta ahí donde el contexto ya la presupone o se consume masivamente, es decir, en lugares o espacios donde rutinariamente se producen aglomeraciones y en medios de comunicación de masas tradicionales, como la radio o la televisión, donde las relaciones sociales se representan y organizan sistemáticamente.

 

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Notas

1 Aplicado a un sujeto cualquiera, el uso corriente del término desautorización hace referencia a una ausencia de facultad (voluntad) para la acción, así como a la importancia que tiene la autoridad para conceder dicha facultad a un sujeto. La desautorización de las masas incluye este doble plano de no tener autoridad y, a la vez, reconocer en dicha ausencia una autoridad superior (externa) que la autoriza o desautoriza, según las circunstancias y los intereses.

2 En el ámbito de las ciencias sociales, es recurrente evitar las dificultades que entraña hablar de acción concertada u organizada cuando se trata del comportamiento de la masa. La única posibilidad de admitir dicha acción es porque la masa aparece como "punto de encuentro" donde convergen el conjunto de acciones independientes (Weber, 1992:19). Esto significa que lo que realmente caracteriza a la masa no es su estatus de sujeto unitario, sino "el objeto" por el que se interesa un número indeterminado de sujetos individualizados.

3 Este planteamiento ya está presente desde los primeros estudios sociológicos sobre las multitudes, identificando al pánico como la causa de la disolución de la masa o multitud (Park y Burgess, 1924: 876).

4 Estudios comparados sobre el tratamiento de desórdenes públicos actuales en Inglaterra y Estados Unidos (Waddington, 1992) ponen de manifiesto el desconcierto que producen estos acontecimientos en el conjunto de la sociedad y la clase política. A la vez, desde un punto de vista historiográfico, se observa en diversos casos la importancia que tiene un número indeterminado de circunstancias externas y/o concurrentes al cual atribuir la chispa (flashpoints) que lo prende todo.

5 Este enfoque tiene sus inicios sociológicos más directos en los trabajos de Orrian Klapp (1969, 1978), quien conjuga la teoría de sistemas y el interaccionismo simbólico. Para una visión actual del alcance del enfoque sistémico aplicado al comportamiento colectivo, véanse Goldenberg et al. (2000) y Solomon et al. (2000).

6 En el proceso inacabado de domesticación de las masas a lo largo de la historia, especialmente con el afianzamiento y desarrollo de la sociedad burguesa y el tratamiento analítico funcional de estas formaciones sociales, se ha pasado rápidamente de la naturalidad a la artificialidad, revelándose así la parte de manipulación y organización de la masa que es la masificación (especialmente por la industria y el mercado).

7 El comportamiento de las multitudes como fenómeno intelectual y moral (antes que físico) es una cuestión que trata el enfoque psicosocial y ha cobrado especial atención a la hora de explicar los repentinos cambios de los comportamientos individuales. Para tener una idea más amplia del valor histórico, teórico y social del fenómeno del contagio, véase Bashford y Hooker (2001). También es necesario señalar la connotación patológica que encierra el término contagio y, en particular, la versión que se vincula con la sugestión y la hipnosis en teóricos clásicos.

8 Uno de los primeros estudios que presentan la imitación como causa (no efecto) en la formación de la opinión se encuentra en el trabajo de Callen y Shapero (1974).

9 La esforzada relación entre el mundo animal y el humano no ha dejado escapar la oportunidad de buscar asombrosos parecidos entre los comportamientos "sociales" de distintas especies gregarias. Véanse al respecto Bonabeau (1997), Bonabeau et al. (1998) y Rodgers (2008). Por otro lado, la imitación humana no es comparable ni reducible a simple reflejo animal. Su potencial para la cohesión social hace de la imitación un medio cultural a través del cual los hombres se relacionan e interactúan con otros (Dijksterhuis, 2005).

10 La estrategia de incluir el factor exógeno como un factor endógeno más, emergiendo del sistema que se cierra sobre sí mismo, no resuelve el problema de la intencionalidad ajena en relación con la autoría del proceso descrito.

11 Entre estas relaciones se incluyen también las entabladas entre "el aspecto psíquico individual y el aspecto social del ser" (García Calvo, 1973: 269).

12 "Cuando oímos a un coro de la tragedia griega cantar en Yo, tendemos a justificar el uso del Yo; bien como referido al Yo de cada uno, bien como representado como una especie de Yo coral" (García Calvo, 1973: 292).

13 Seguimos aquí las definiciones del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española.

14 Llama la atención la escasa repercusión que ha tenido Elias Canetti en los estudios sobre la masa, y especialmente en los ámbitos de la sociología y la psicología social. Es posible que en este imperdonable olvido se encuentre precisamente la enorme fuerza y lucidez de sus intuiciones después de dedicar casi treinta años de estudio y una parte importante de su obra al fenómeno de las masas y su influencia en lo político y lo social.

15 A diferencia de otros autores que se han preocupado por estudiar la masa y sus acciones en distintos contextos y momentos históricos, el punto de vista de Canetti es un claro y raro exponente en donde podemos encontrar a la masa referida a ella misma y no a un objeto externo manipulador. Esta maniobra analítica permite a Canetti ver a la masa como fundamento del comportamiento social a lo largo del tiempo e incluso como sinónimo de éste.

16 Canetti (1994) refiere cuatro características básicas de las relaciones que encierra la masa y que son de gran ayuda para perfilar los límites del fenómeno espectáculo: en primer lugar, estas relaciones se extienden ilimitadamente y de manera imprevisible; en segundo lugar, promueven la absoluta igualdad, sin excepción alguna, entre los individuos; en tercer lugar, buscan una densidad que intensifique la relación entablada; y en cuarto lugar, este tipo de relaciones necesitan de un pretexto para mantenerse e intensificarse en el tiempo.

17 Canetti distingue tres estados de la masa: un primer estado es el de masa abierta, no limitada por institución o lugar concreto; su campo de acción es todo el mundo y su voracidad llega hasta el último hombre. Un segundo estado es el de masa cerrada, que se caracteriza por contener una organización que la limita en extensión pero la prolonga en duración e intensidad; y por último, un tercer estado es el de la masa cerrada doblemente a la sociedad y a la extensión que alcanza la masa abierta. Esta masa cerrada doblemente es la prototípica del espectáculo organizado: "Hacia afuera, contra la ciudad, la Arena ofrece una muralla inanimada. Hacia adentro levanta una muralla de hombres. Todos los presentes dan la espalda a la ciudad. Se han desprendido del orden de la ciudad, de sus paredes, de sus calles. Durante la duración de su estancia en la Arena no les importa lo que sucede en la ciudad" (Canetti, 1994: 24).

18 La mirada es entendida aquí como algo muy distinto de la visión. Véase al respecto el estudio de Lacan (1987) sobre "La esquicia del ojo y de la mirada".

19 Esta misma concepción se utiliza por sistema en el análisis de los espectáculos, identificando a este fenómeno social con la representación teatralizada que se da a ver al público (el foco de atención). En función de esta identificación reductora y simplista, el espectáculo teatral o el futbolístico es lo que se representa sistemáticamente en el teatro o en los estadios de futbol (Gutiérrez, 1999).

20 La economía, y muy particularmente la economía aplicada a los mercados financieros, es cada vez más sensible a la idea de un sujeto económico complejo, donde se fusionan la identidad personal y la colectiva. Véase al respecto Knorr Cetina y Bruegger (2002).

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