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Revista mexicana de sociología

versión On-line ISSN 2594-0651versión impresa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.71 spe México dic. 2009

 

Artículos

 

Hacia la recuperación del lugar de las ciencias sociales en la sociedad de conocimiento en México

 

Towards the Recovery of the Place of Social Sciences in the Knowledge Society in Mexico

 

Esteban Krotz*

 

* Maestro en Antropología Social por la Universidad Iberoamericana, doctor en Filosofía por la Hochschule für Philosophie en Munich. Unidad de Ciencias Sociales, Centro de Investigaciones Regionales, Universidad Autónoma de Yucatán y Departamento de Antropología, Universidad Autónoma Metropolitana–Iztapalapa. Temas de especialización: filosofía e historia de las ciencias antropológicas; antropología política y jurídica; problemas del desarrollo; filosofía intercultural. Dirección: Centro de Investigaciones Regionales, Universidad Autónoma de Yucatán, calle 61, núm. 525, por 66 y 68, centro histórico, 97000 Mérida, Yuc.; tel.: (999) 9242 767; fax: (999) 9242 767; correo electrónico: kroqui@prodigy.net.mx.

 

Resumen

Este artículo analiza la transformación del sistema mexicano de ciencia, tecnología y educación superior. En este escenario aparecen elementos que hipotecan el avance de las ciencias sociales en el país e incluso atentan contra su identidad tradicional. Con referencia especial a la Antropología sociocultural, se aboga por estudiar tres aspectos clave de las ciencias sociales mexicanas para disponer del conocimiento empírico necesario para su fomento. El trabajo termina con un llamado a la recuperación de la dimensión utópica de las ciencias sociales.

Palabras clave: investigación sociocientífica, Antropología sociocultural, dimensión utópica, México.

 

Abstract

This article analyzes the current transformation of the Mexican system of science, technology and higher education. This system contains factors that jeopardize the advance of the social sciences in the country and threaten their traditional identity. With particular reference to socio–cultural anthropology, the author suggests the study of three aspects of social sciences in Mexico to obtain the empirical knowledge necessary to promote it. The study ends with a call to restore the Utopian dimension of the social sciences.

Key words: socio–scientific research, socio–cultural anthropology, Utopian dimension, Mexico.

 

COMENTARIOS PREVIOS SOBRE LAS LIMITACIONES DE LO QUE SIGUE

Antes de iniciar este trabajo sobre el lugar de las ciencias sociales en la sociedad mexicana actual, es pertinente precisar tres limitantes de lo que sigue.1

En primer lugar, cuando se habla aquí de ciencia y ciencias sociales, se tiene en la mira principalmente una de sus vertientes, a saber, la investigación (o sea, la creación de conocimiento científico nuevo); esto significa que queda en segundo lugar la educación superior (o sea, la transmisión del conocimiento científico a nuevas generaciones, en la cual, a veces, la investigación en el sentido señalado ocupa un cierto lugar de importancia, especialmente en el nivel de doctorado, pero muchas veces no aparece como componente formativo esencial). Solamente de manera marginal se abordarán al final algunos aspectos de la circulación de los resultados de la investigación sociocientífica en ámbitos sociales más amplios.

En segundo lugar, lo que sigue se basa en la situación de sólo una de las ciencias sociales mexicanas, la Antropología (sociocultural), aunque muchos de sus problemas parecen ser similares a los de otras disciplinas sociales e incluso comparte algunos con ellas.2

En tercer lugar parece conveniente señalar que el presente trabajo enfoca la situación de las ciencias sociales fundamentalmente desde la academia. Aquí, dicho sea de paso en vista del centralismo reinante, hay que tomar en cuenta que el vocablo "universidad" se refiere en México a realidades institucionales y laborales bastante diferentes entre sí y a que las situaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México, del Instituto Politécnico y de la Universidad Autónoma Metropolitana son poco comparables con las de la mayoría de las universidades ubicadas en el exterior del altiplano central (llamado en la capital también con frecuencia "el interior" del país). En estas últimas, por ejemplo, la investigación científica suele constituir un agregado tardío —y no pocas veces de carácter fuertemente retórico— a la labor considerada definitoria de la universidad como "institución de educación superior", o sea, a la titulación de graduados y postgraduados,3 mientras que las tres instituciones "educativas" capitalinas arriba mencionadas son impensables sin su importante y al mismo tiempo rutinaria actividad en la investigación científica.

 

LA SITUACIÓN GENERAL DE LA CIENCIA EN MÉXICO COMO CONTEXTO DEL DIAGNÓSTICO PENDIENTE

Analizar el lugar y el papel actuales y su distancia del lugar y el papel deseables de las ciencias sociales en la sociedad actual, significa enfrentar el reto de encontrar para las ciencias sociales mexicanas un lugar en y para la construcción de una sociedad planetaria que hoy día es llamada con frecuencia "sociedad del conocimiento" y donde cierto tipo de conocimiento se está volviendo cada vez más importante.

Sin embargo, parece pertinente señalar que calificar a la sociedad actual como sociedad de conocimiento, no significa que haya ahora más interés general que antes por un conocimiento verdadero, científico, útil o al menos en algún sentido compensatorio o promisorio para la enorme cantidad de víctimas de la etapa actual de la globalización; más bien, el término citado hace referencia al hecho de que vivimos en una sociedad en la que cierta clase de información se ha vuelto mercancía codiciada y, más aún, medio de producción de importancia creciente, por lo que quienes participamos en la generación del conocimiento científico estamos bajo el acoso constante de múltiples esfuerzos para organizar la creación y el uso de este tipo de información de conformidad con los intereses de las fuerzas sociales dominantes. Esto último no es nada nuevo, por supuesto, pero las condiciones actuales de la generación y circulación de conocimientos y opiniones con su crecimiento exponencial y su velocidad y amplitud de difusión, han alcanzado niveles insospechados hace solamente una generación de científicos y ciudadanos en general.

Sin embargo, como en casi todo, también aquí se aprecia una situación un tanto paradójica, porque si bien es cierto que gran parte de la población mexicana —para no hablar de la de otras partes del mundo4— está excluida del aprovechamiento y, mucho más todavía, de la posibilidad de incidir en la generación del conocimiento universal de la humanidad, también es cierto que el acceso a él no puede controlarse por completo. Así, mientras que en los niveles nacional e internacional cada vez más logros cognitivos son declarados propiedad privada mediante el sistema de patentes, también es verdad que están incrementándose e incluso institucionalizándose diversas modalidades de piratería, practicadas —frecuente aunque desde luego no únicamente— por individuos pertenecientes a los estratos menos favorecidos y por empresas e instituciones gubernamentales de países dependientes y sólo incipientemente industrializados. Y mientras que se trata de proteger cada vez más el copyright para favorecer a determinados generadores de conocimiento y a los patrocinadores, gestores y beneficiarios comerciales de éstos últimos, igualmente están fortaleciéndose las propuestas identificadas con las ideas del copyleft y del llamado "acceso abierto", que consideran los resultados de la creación científica patrimonio de la humanidad entera.5

Es en esta coyuntura ambigua y aún abierta que hay que considerar dos situaciones de entrada bastante adversas en nuestro país, para poder apreciar correctamente la magnitud de la tarea pendiente de posicionar mejor en la sociedad mexicana la ciencia en general y las ciencias sociales en particular.

Por un lado es palmario el desprecio general hacia la investigación científico–tecnológica en el país, el cual se muestra, por ejemplo, en:

• El incumplimiento, repetido año con año sin consecuencia alguna, de la disposición legal establecida por la Ley de Ciencia y Tecnología de destinar al menos 1% de Producto Interno Bruto a la investigación científica y tecnológica en el país.6

• El sinuoso proceso de conformación de las comisiones de la Cámara de Diputados al inicio de la LX Legislatura actual, donde la comisión que menos interés despertó fue precisamente la Comisión de Ciencia y Tecnología.7

• La casi nula participación de la empresa privada en el financiamiento de la investigación científica y tecnológica del país (lo cual no se explica solamente por la enorme cantidad de empresas grandes en el país que no son más que filiales o franquicias de empresas extranjeras, motivo por el cual no tienen interés en fomentar la investigación en México).

• Las políticas federales de ciencia y tecnología y de educación superior (las estatales y municipales son prácticamente inexistentes), que siguen creando y manteniendo universidades en las cuales la investigación científica real8 no juega un papel relevante y que parecen ser en cualquier crisis económica o financiera uno de los primeros rubros destinados al recorte.

• La convicción muy reducida en el seno de la sociedad mexicana de que en sus universidades y centros de investigación se esté generando —o se deba o pueda generar— el conocimiento científico necesario para la solución de problemas cognitivos importantes y para la aplicación práctica de sus resultados, apreciación, al parecer, ampliamente compartida por los mismos profesores, técnicos y estudiantes universitarios con respecto a su institución particular (Krotz, 1990, 1997).

Por el otro lado, está una serie de cambios profundos en el sistema universitario mexicano que son experimentados a diario en todas las instituciones, pero pocas veces analizados de forma sistemática.9 A ellos está dedicado el siguiente apartado.

 

BREVE MIRADA HACIA LAS TRANSFORMACIONES ACTUALES DEL SISTEMA DE CIENCIA Y TECNOLOGÍA Y DE EDUCACIÓN SUPERIOR DEL PAÍS

Desde mediados de los años ochenta es palpable en el escenario descrito una paulatina y persistente transformación de la universidad pública mexicana hacia lo que ya es la realidad de la abrumadora mayoría de las cada vez más numerosas universidades privadas en el país: escuelas de carácter técnico, desprovistas de cualquier actividad de investigación, que preparan con una infraestructura mínima mano de obra para un (supuesto) mercado laboral.

Paradójicamente, cuando en un cierto número de universidades se había formado, después de varios lustros de costosos programas federales de becas para postgrados en general y para docentes universitarios en particular, una cierta "masa crítica" de académicos con maestrías y doctorados, y cuando se podía esperar el arranque en serio de una considerable actividad de investigación en dichas universidades (e incluso en algunas instituciones de educación superior pertenecientes a otras ramas, tales como institutos tecnológicos o universidades pedagógicas), se fortaleció una concepción de la universidad pública como institución de "educación superior" sin más, es decir, educación impartida ante todo por "docentes". Aparte de la consideración de las plenamente vigentes críticas de Paulo Freire a la "educación bancaria",10 vale aquí la observación sobre la tesis "el mejor profesor es el investigador activo", hecha por el antiguo rector general de la Universidad Autónoma Metropolitana, Fernando Salmerón, hace ya casi dos décadas (1993[1992]: 177, 178), en el sentido de que solamente a partir de la investigación "se puede intentar la renovación de las universidades mexicanas", y en la que coincidía con la hasta el día de hoy influyente concepción de Ángel Palerm Vich de la enseñanza de la Antropología en México.

Hay dos áreas donde los rasgos de esta "nueva universidad", que Pablo González Casanova (2003) ha calificado como victoria del "capitalismo académico",11 se encuentran, por así decirlo, a flor de tierra: las modificaciones impuestas uniformemente a los planes de estudio en todo el país, y la nueva concepción del profesorado impulsada e interiorizada ante todo a través de los mecanismos llamados de "evaluación académica".

Tal vez los efectos más visibles de esta transformación se encuentren en los currículums de todas las disciplinas y todos los niveles, desde la disminución de los tiempos de estudio (lo que incluye la presión sobre las maestrías de convertirse en etapa previa al doctorado de programas "integrales" de postgrado) hasta el establecimiento de penalidades para estudiantes, docentes e instituciones que se pasan de los lapsos máximos permitidos, independientemente de las condiciones económicas y socioculturales de los estudiantes o de la infraestructura efectivamente existente en las universidades.

Botón de muestra son los múltiples mecanismos repentinamente establecidos en todos lados para "abatir el rezago" acumulado en cuanto a la "eficiencia terminal" y para prevenirlo en el futuro y donde, por ejemplo, un cursillo "de titulación", un "examen de conocimientos" o la aceptación en un postgrado puede convertir a un rezagado estadísticamente en titulado sin necesidad de tesis o tesina.

También es interesante aquí el nuevo vocabulario predominante en el medio universitario, pues pueden constatarse ahora maneras antes poco acostumbradas de ver al estudiantado. En una, la/os estudiantes son tratada/os como "clientes", a los que se les "ofertan" cursos y se les "vende"12 una serie de "créditos", cuya "aprobación" acumulativa constituye su "carrera". En otra son concebida/os como "insumo" de un "programa" de producción industrial de titulados; congruentemente con esto, su admisión a la carrera es manejada a modo de selección de "materia prima" para tal fin, por lo cual cualquier retraso en su titulación o un cambio de carrera se convierte en una falla adjudicable a los "recursos humanos" responsables del proceso de selección y/o del proceso de "producción".13 Por tanto, no puede extrañar que una licenciatura sea entendida como un "valor agregado" que el sistema universitario proporciona al ciudadano, y que un postgrado se establezca con la finalidad de "formar capital intelectual de alto nivel científico y tecnológico".14

Con respecto al profesorado, también se observan cambios lingüísticos similares. Es cierto que la idea del docente y/o investigador universitario, que desarrolla con base en sus conocimientos altamente especializados y con libertad creativa su "cátedra" en la investigación y la docencia, tradicionalmente no ha sido tan extendida en México como en otros países,15 pero sin duda había estado germinando a lo largo de sus años de formación de postgrado en no pocos de los nuevos profesores. Éstos, sin embargo, al integrarse ahora a una universidad, se dan cuenta de que son tratados más bien como "personal académico" poco diferenciado, en principio sustituible por cualquier colega y contratados para "cumplir" con programas, ritmos y requisitos establecidos por instancias externas y no orientado por autoridades académicas, sino contabilizados en cuanto actividades y resultados por aparatos burocráticos que "aplican" criterios de captura y medición provenientes de diversas partes de la administración pública (aunque también se ha venido dando un llamativo proceso de outsourcing de funciones de "certificación" de estudiantes, egresados y profesores a empresas privadas). Su cosificación sigue avanzando, por lo que en ocasiones ya son simples "recursos humanos" a disposición de los "directivos" de dependencias e instituciones y de sus cada vez más abultados y cada vez menos transparentes aparatos administrativos.16 Es coherente con su subordinación e insignificancia que los profesores universitarios no generan políticas académicas, sino que solamente suelen ser invitados a "tomar conocimiento" y, en dado caso, "enriquecer" propuestas emanadas de los "consejos de administración" de sus instituciones.

Cada vez más frecuentemente incluso las formas de organización de quienes alguna vez fueron "académicos" y ahora solamente son "capital humano" para generar "réditos" educativos, dejan de surgir de la actividad de investigación o docente; en vez de ello hay que seguir los lineamientos cambiantes que provienen de diferentes instancias políticas y político–administrativas, usualmente ubicadas en la capital del país. Hay que reconocer que la más reciente y extendida de estas formas de organización, la de los curiosamente llamados "cuerpos académicos" (compuestos por "perfiles deseables" enlazados en "redes" para generar "productos", preferentemente "colectivos" y evaluados cuantitativamente), ha superado la usual barrera del cambio sexenal. Pero, como lo ha señalado un conocido estudioso de la vida universitaria y de la vida de los estudiantes, dichas formas de organización trataron a las universidades como tabulae rasae y no tomaron en cuenta las formas de organización ya existentes, por lo cual se pregunta qué pasaría si un cambio de ideas en los funcionarios de la Secretaría de Educación Pública llegara a abolir dichas formas de organización de la misma manera repentina y vertical como fueron creadas (De Garay Sánchez, 2009: 23).

El modelo "gerencial" de la "nueva universidad", que privilegia a los órganos unipersonales y ha atrofiado los órganos colegiados, se apoya en dos dispositivos estrechamente interrelacionados que tienen una dimensión operativa y otra enculturadora.

El primero de los dos elementos es la llamada "eficientización" de la burocracia administrativa. Uno de sus fines ha sido desde siempre la elaboración y el control de inventarios compuestos por entidades idénticas y por tanto sumables y restables y asignables, aunque para ello tenga que estandarizar realidades disímbolas y cuantificar aspectos cualitativos.17 Su uso de la computadora y de la Internet la ha hecho más temible, además de que ha llevado a que los profesores universitarios tengan que dedicar cada vez más tiempo en lapsos cada vez más acotados al llenado de formatos electrónicos, al registro de líneas, metas, objetivos, actividades y resultados, a la codificación de datos, al informe sobre porcentajes de logros, al escaneo de documentos, y al estudio cuidadoso de los voluminosos instructivos necesarios para llenar formatos, codificar información, transmitir documentos digitalizados y luego entregarlos personalmente —desde luego en original y copia en papel la información transmitida de manera electrónica—, actividades que anteriormente eran realizadas en buena medida por personal secretarial entrenado para ello.18

El otro elemento es la pléyade de instrumentos de "evaluación académica", cuyo crecimiento desde el ominoso año de 1984 parece imparable y que se basan precisamente en los citados inventarios cuantitativos de las actividades de los académicos, programas de estudio, dependencias, instituciones, y sobre la cual ya existen numerosos análisis y pronunciamientos de diversos sectores de la comunidad académica.19 Dada la desmedida injerencia de la Secretaría de Hacienda en su formulación y aplicación y dada su vinculación estricta con el financiamiento incluso de actividades académicas rutinarias, dichas "evaluaciones" proporcionan actualmente los únicos criterios realmente significativos para la planeación, selección y realización del "desempeño" de la mayoría de los universitarios y de los responsables de programas de estudio, dependencias e instituciones.

De esta manera se difunde por la vía práctica un modelo de universidad y un modelo de ciencia,20 sin que haya habido una discusión y mucho menos un consenso de las comunidades científicas y académicas al respecto. Pero con cada llenado de un formato, con cada intento de adentrarse en las conceptualizaciones de las instancias evaluadoras, con cada esfuerzo de "adecuar" objetivos, actividades y resultados a los parámetros de funcionamiento establecidos por la "nueva universidad", se refuerza este modelo21 y se sigue "reenculturando" a los académicos mexicanos en funciones y "enculturando" a los nuevos a una determinada concepción de ciencia, de educación superior y de desarrollo social y cultural que como tal, los académicos que tratan de "sobrevivir" (Silva Montes, 2007: 20) en la selva de los estímulos, no discuten, y que las comunidades científicas y académicas del país no han logrado analizar y debatir sistemáticamente.

Es más, en algunas ocasiones se ha señalado desde las instituciones federales que decidieron y mantienen esta concepción de universidad, ciencia y desarrollo sociocultural, que sus críticos simplemente son reacios a cualquier escrutinio externo de sus actividades. Este último es, sin duda, necesario, y hay que admitir que en muchas universidades han existido y siguen existiendo formas de enseñar y de investigar poco defendibles en vista de las necesidades vitales insatisfechas de tantos ciudadanos. Pero sin el fomento real del trabajo colegiado en investigación y docencia (que no es lo mismo que el trabajo "colectivo" promovido por instancias como el Programa de Mejoramiento del Profesorado) basado en el principio de subsidiariedad, todas las medidas impuestas van a durar sólo mientras dure su vinculación con el financiamiento de las actividades académicas cotidianas, ya que serán vistas por los individuos y las instituciones básicamente como canales para acceder a dicho financiamiento.

 

HIPOTECAS ADICIONALES PARA LAS CIENCIAS SOCIALES

En los dos apartados anteriores se esbozó el contexto general en el que se plantea la tarea de construir un lugar apropiado para la ciencia como un instrumento que incremente nuestra comprensión del mundo —inanimado y animado, material y social, natural y cultural— y que nos provea de las bases cognitivas para su transformación en función de menos miseria y de verdadera justicia social, de menos rivalidad feroz y de más ayuda mutua entre los individuos y los grupos. Sin embargo, las ciencias sociales mexicanas en general y la Antropología sociocultural en particular cargan con varias "hipotecas adicionales" derivadas de la naturaleza propia de estas disciplinas.

La más asfixiante de estas hipotecas es su limitada aceptación como generadoras de conocimiento científico como tal; en vez de ello, en caso de que se les vea alguna utilidad práctica, suelen ser conceptualizadas ante todo como instrumentos de ingeniería social en función de decisiones ya tomadas desde el poder sobre determinados sectores sociales,22 si no es que como adornos un tanto exóticos de la vida universitaria, una especie de ballet folclórico letrado, aprovechable para nutrir las infaltables revistas omnisciencias "de presentación institucional", para llenar vistosos catálogos editoriales y para solemnizar eventos conmemorativos, pero sin mayor significado cognitivo, de poca rentabilidad económica y, por tanto, en el fondo, bastante prescindibles.

Como muestra de lo anterior, dos botones.

Uno es la inexistencia, con contadísimas excepciones fuera del Distrito Federal, de bibliotecas de ciencias sociales y humanidades bien equipadas, inteligentemente administradas, ágilmente actualizadas y organizadas a partir de las necesidades de la investigación, en vez de que los investigadores sigan dependiendo, más de medio siglo después, de la fundación de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) y más de treinta años después de la creación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y del Consejo Mexicano de Ciencias Sociales (Comecso), de bibliotecas extranjeras incluso para poder acceder a los clásicos de su disciplina, para poder estudiar las grandes obras de las diferentes civilizaciones mundiales o simplemente para revisar las principales publicaciones sobre la región en la que se encuentra la universidad en cuestión.23 Mientras que —al menos en teoría— a las ciencias exactas y a las ingenierías poco se les disputa la necesidad de laboratorios, equipos de cómputo con software actualizado, granjas experimentales, hemerotecas virtuales y estancias en "el campo", en las ciencias sociales hay que seguir justificando y regateando asignaciones presupuestales para libros y revistas, estancias de investigación y reuniones, trabajo de campo y contratación de auxiliares para recorridos y encuestas, aun cuando los importes necesarios correspondan solamente a pequeñas fracciones de lo que se eroga para las ciencias naturales.24

El otro botón de muestra es un tipo de debate sobre problemas nacionales que evidentemente precisan de la concurrencia de especialistas de varias disciplinas, reflejado en un número reciente de la revista Ciencia de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC, una de cuyas diez secciones agrupa a todas las "ciencias sociales y humanidades", disciplinas a las que está adscrita casi una quinta parte de sus miembros).25 Es un número monográfico (Varios, 2007) dedicado al tema del agua, que ha sido identificado como uno de los principales focos de conflictos internos e internacionales del siglo XXI; de modo por demás interesante, el tema es abordado desde la física y la química, la geología y la astronomía, la biología y la geografía. Pero el único trabajo científico social incluido en el número trata de la época prehispánica. Los numerosos estudios generados por las ciencias sociales mexicanas desde hace décadas sobre el agua en el campo y la ciudad como problema social y político, los cuales incluso han llevado a la creación de publicaciones periódicas, un archivo y un museo especializados, simplemente no son considerados relevantes para formar parte de una aproximación científica multidisciplinaria al tema "agua".26

En relación con lo anterior hay que señalar el peso exorbitante de las disciplinas llamadas naturales o exactas en las instituciones federales dedicadas a la promoción y la certificación de las actividades científicas en el país.27 Éste puede observarse en la imposición creciente de formas de trabajar usuales en ciencias naturales o exactas al trabajo de los especialistas en ciencias sociales y humanidades.

Una de sus expresiones más visibles es el fomento de la publicación de artículos en revistas extranjeras (a veces identificadas sin más como "internacionales" y, por tanto, consideradas frecuentemente a priori más valiosas que las que se editan —y se leen— en el país28) y de capítulos en libros colectivos. Otra es la presión reciente hacia el trabajo —e incluso la publicación— llamado "colectivo", cuyo modelo es el laboratorio donde diferentes individuos jerárquicamente organizados colaboran para la realización de un objetivo establecido por el dueño de las instalaciones. En cambio, formas tradicionalmente cultivadas de actividades colectivas en ciencias sociales y humanidades, desde el debate sinuoso y repetido sobre aspectos básicos de sus disciplinas hasta la comparación de información e interpretaciones en contextos sociales y culturales diferentes, son frecuentemente descalificadas como lujos innecesarios. Igualmente son menospreciados elementos tan centrales como la reseña crítica —como ponencia oral y como escrito— de obras de colegas, y la " traducción" de experiencias cotidianas al vocabulario especializado de las ciencias sociales y humanas, para no hablar de los experimentos para aprovechar en la generación de información, el análisis y la difusión de sus resultados, los medios audiovisuales y digitales actualmente en desarrollo.

Un punto particularmente crucial es aquí la realización de un trabajo escrito propio al final de la carrera por parte de un estudiante de licenciatura (este cuestionamiento ya ha afectado el nivel de maestría y es de temerse que, de seguir con esta dinámica, pronto alcance también el de doctorado).

Como es sabido, este tipo de trabajo —llámese tesis, tesina, reporte de investigación, monografía, informe etnográfico— no parece necesario en muchas carreras de ciencias naturales y las ingenierías. Pero ¿puede imaginarse la conclusión de una carrera en ciencias sociales y humanidades sin un texto claramente estructurado que exponga sistemáticamente información empírica de primera mano y/o bibliográfica y documental y la analice a la luz de otros estudios sobre la misma temática y de conceptos centrales de la disciplina, que explique y justifique su modo de proceder en la recopilación de datos y la selección de bibliografía y enfoque y que formule como resultado de la argumentación empírica y teóricamente comprobada, algunas conclusiones reflexivas sobre el fenómeno sociocultural estudiado y sobre la teoría, los métodos y las técnicas utilizadas? Este trabajo final propio (por lo que los profesores en ciencias sociales usualmente no firman los resultados derivados de las tesis de sus estudiantes), aunque guiado es, más allá de la comprobación escolar de la capacidad de manejo de alguna bibliografía y de algunos métodos y técnicas para la sistematización de información sobre un fenómeno sociocultural, también una etapa culminante en el aprendizaje de "pensar" críticamente la dimensión de lo social.

Sin embargo, el trabajo de campo de profesores (con quienes los estudiantes podrían aprenderlo) y de estudiantes (que en muchos programas de estudio no reciben ni de lejos el equivalente del costo de instalación y operación de un laboratorio en el cual sus compañeros de las ciencias "duras" o las ingenierías pueden entrenarse) se encuentra cada vez más acosado por el nuevo modelo de universidad. Por consiguiente, la convivencia prolongada con determinados sectores sociales, que permitiría la familiarización con su cultura para poder producir una "síntesis bastante dinámica y contradictoria" del antropólogo como "alguien de adentro y alguien de afuera" (Jackson, 2000: 518), es sustituida por la encuesta y la visita ocasional. El trabajo de campo en lugares de difícil acceso se defiende con dificultad frente al estudio del contexto urbano en el cual está ubicada la universidad. En su mayoría, ni los programas de licenciatura ni los de postgrado permiten el aprendizaje de una de las 68 lenguas nacionales29 reconocidas por la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas del año 2003, y los sistemas de becas no permiten extensiones para tal fin.

Se ha comentado que en general muchos de los sistemas institucionales de "estímulos" de la "nueva universidad" fomentan más la mediocridad que la innovación; más el proyecto repetitivo pero con resultados seguros que la incursión en nuevas temáticas de perspectivas abiertas; más la investigación de corto plazo para poder reportar resultados semestrales o anuales que el programa de investigación "básica" de envergadura que tiene largas fases sin resultados "medibles". Para la Antropología, se agregan a estas limitaciones los férreos ritmos administrativos. Es una pregunta hipotética, pero ¿quién puede imaginarse el estudio de fenómenos socioculturales que tienen lugar entre noviembre y febrero, cuando en el penúltimo mes del año "se cierran" las administraciones y se inicia el periodo de informes, y cuando en los primeros dos meses del año en ninguna institución universitaria se sabe con qué presupuesto se contará y, además, los académicos están febrilmente dedicados a solicitar, copiar, verificar, enlistar y contar los comprobantes exigidos siempre en otros formatos y con otros requisitos para los programas institucionales de estímulos? Sobra señalar que en esta maraña de tasaciones cuantitativas, criterios de relevancia mercantiles y ritmos administrativos, no hay espacio para la inquietud, bastante extendida todavía en tesistas y profesores al inicio de su carrera académica, de "devolver" a los objetos de estudio parte de lo aprendido sobre ellos e incluso de plantear la investigación social como una empresa de colaboración comprometida con movimientos y grupos sociales encaminados hacia la reforma social, o sea, en términos de Pablo González Casanova (2002: 13), "acabar con la cultura sin diálogo entre los que son predominantemente reflexivos y los que son predominantemente activistas".

Es el conjunto de elementos descritos en este y el anterior apartado lo que parece producir una profunda pero silenciosa transformación de la Antropología y probablemente de otras ciencias sociales en el país.

Profunda, porque restringe la presencia de la investigación en los programas de estudio y, en general, concede un lugar solamente marginal a la investigación de la disciplina en la universidad; impone, mediante penalizaciones y complementos salariales significativos, ritmos y lapsos, formas de organización de los grupos de investigación y modos de comunicación de resultados que reflejan una combinación del modelo de las ciencias naturales con los afanes homogeneizantes de la burocracia administrativa y con los intereses de aprovechamiento técnico, inmediato y subordinado en función de objetivos establecidos por otros actores sociales.

Silenciosa, porque hasta la fecha ha transcurrido en medio de no pocas expresiones individuales de rechazo, pero sin que la comunidad antropológica haya logrado su estudio sistemático como parte de las condiciones de producción y reproducción del conocimiento antropológico y de las mismas comunidades académicas y profesionales. O sea, parece darse un cambio de identidad de la institución universitaria y una renuncia a la generación de conocimiento científico nuevo en el país, que redunda en una transformación del perfil de la Antropología sin que ésta se haga explícita.

 

LA NECESIDAD DE UN MEJOR (AUTO)CONOCMIENTO DE LAS CIENCIAS SOCIALES EN MÉXICO

Todo lo anterior indica también que para buscar el mejoramiento de la actual posición de las ciencias sociales en México, debe tenerse una visión general más clara de qué son, en qué fase de desarrollo están y en qué circunstancias institucionales se practican las ciencias sociales y, particularmente, la investigación sociocientífica en el país.

Por ello, actividades como los diversos estados de la cuestión elaborados en años pasados por el Consejo Mexicano de Ciencias Sociales30 o el Ciclo de seminarios itinerantes de discusión y análisis de las ciencias sociales del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México,31 son imprescindibles y deben desarrollarse de modo más intensivo, sistemático y permanente, porque no solamente proveen al gremio de elementos para la toma de decisiones y para la fundamentación de reclamos y de propuestas, sino que también proporcionan a los investigadores información sobre las condiciones en las que se desarrolla su producción de conocimientos, las cuales, en cierto sentido, siempre son también elementos constitutivos de ésta.32

Parece que hay tres ejes centrales para este análisis y esta reflexión pendientes.

 

a) ¿Cómo forman y validan las ciencias sociales mexicanas sus conceptos?

Ésta es, en vista de que aprehendemos y explicamos la realidad social ante todo mediante conceptos, una pregunta clave, para cuya contestación no se dispone de mucha información. Dicha contestación resulta más difícil a causa de la reducida cultura del debate33 y de la reseña crítica en la actualidad.

De lo que se trataría es de observar los procesos de investigación en nuestras instituciones y la confección de nuestras publicaciones especializadas; de comprender sus dinámicas peculiares y su relación con la estructura del poder de la institución y de la administración pública y su ubicación en la arena nacional e internacional de lucha de los intereses sociales.

Un tema guía al respecto —o una introducción al tema— podría ser el esclarecimiento de las causas, los motivos y los resultados de la llamativa sustitución conceptual acontecida durante los años ochenta y noventa del siglo pasado, mediante la cual vocablos omnipresentes durante varios lustros en todas las ciencias sociales, tales como clase social, pueblo, explotación, revolución, cedieron su lugar a otros ahora igualmente frecuentes tales como distinción y diferencia, sociedad civil, exclusión, reforma del Estado (Krotz, 2004a: 229), y esto sin que haya habido un recambio generacional en las instituciones y mucho menos aún un cambio en la estructura social del país. ¿Cómo operó esta sustitución? ¿En qué medida sus resultados han ayudado a entender mejor procesos e instituciones sociales, continuidades y cambios culturales? ¿Cuál fue el precio de esta transformación pocas veces explicitada por sus artífices y partícipes?34

 

b) ¿Cómo surgen y cómo se trabajan los temas de investigación considerados atractivos en las instituciones académicas?

Esta pregunta se encuentra directamente vinculada con la anterior. Especialmente en ciencias sociales tales como la Sociología, la Politología, la Historia social o la Antropología, se puede observar en el último cuarto de siglo un importante "giro cultural" y/o "giro lingüístico", que ha llevado a la ampliación significativa de los fenómenos socioculturales abordados por estas disciplinas y que ha ido a la par del incremento del número de sus practicantes e instituciones en el país (Krotz, 1993).

Un interesante cuestionamiento al respecto podría derivarse de una paráfrasis del título de un libro del antropólogo Eduardo Menéndez,35 ya que se podría preguntar por el lugar que el "lado oscuro de la cultura y de la sociedad" ocupa actualmente en la investigación social. Las causas de la pobreza persistente; la relación entre la reforma electoral y el fastidio que expresan muchos ciudadanos con respecto a las instituciones parlamentarias; las perspectivas de la creciente economía informal que desde hace tiempo ha dejado de ser un fenómeno transitorio; las consecuencias de la expatriación forzada de millones de ciudadanos por razones económicas; la distancia entre la progresión imparable del crimen organizado, por una parte, y la respuesta más retórica que efectiva de los poderes ejecutivos y legislativos para controlarlo, por otra; estos temas y varios más, tales como la debacle de la seguridad social y la extensión de la violencia en la vida cotidiana, constituyen indudablemente preocupaciones fuertes de muchos ciudadanos. Pero, ¿son también temas centrales de la investigación y del debate en las ciencias sociales actuales?36

 

c) ¿Cómo se difunden los conocimientos generados en ciencias sociales en el país?

De mucha importancia parece ser también el monitoreo de las formas en que se difunden los conocimientos generados por las ciencias sociales mexicanas en el seno de la sociedad nacional, no solamente entre los especialistas en ciencias sociales. Por una parte, llama la atención el fuerte aumento del número de publicaciones (especialmente libros colectivos, pero también revistas37) en ciencias sociales en los últimos años; por otra parte, no se observa un incremento paralelo de la presencia de información empírica y/o de reflexión conceptual en el debate público sobre la realidad del país ni en las instancias que toman decisiones en los diferentes niveles de gobierno.

Es evidente que la preocupación por el estado de las ciencias sociales no debe sustituir a la preocupación de las ciencias sociales por los problemas cognitivos y sociales. Pero, como ya se mencionó, la situación general de las disciplinas sociales influye sobre cualquier proyecto de investigación particular, que debe ser considerado como parte de la misma. Por otra parte, sería poco congruente que las ciencias especializadas en organización social no trataran de usar su conocimiento para mejorar su condición mediante la revisión constante de su organización gremial e institucional, así como su relación con los destinatarios de sus comunicaciones.38

Para esta tarea parece ser importante, finalmente, no estudiar el caso mexicano como un caso aislado. Pero, ¿hacia dónde mirar? Las instancias gubernamentales instan, por lo general, a mirar hacia el norte, para compararnos con lo que ellas consideran la meta a alcanzar.39 Sin embargo, como lo demuestran incluso campos temáticos tan "universales" como los energéticos, los transportes o los recursos marinos —para no hablar de fenómenos sociales como el trabajo, las relaciones interétnicas o la migración—, las agendas políticas y de investigación de los países metropolitanos se distinguen marcadamente de las del sur,40 a pesar de que, desde luego, ambos hemisferios socioculturales forman parte del mismo mundo "globalizado". ¿No sería, por consiguiente, más provechoso dirigir la mirada comparativa hacia el sur aunque sea, ante todo, para reconocer mejor la situación actual, sus causas y sus perspectivas?41

Esta pregunta parece crucial también en vista del desarrollismo plano observable en la política científica vigente y hasta en algunos ambientes académicos antropológicos. Pero una cosa es exigir una participación mucho mayor de las actividades de investigación (social) y de educación superior (especialmente en las ciencias sociales y humanidades no tan fuertemente profesionalizadas, casi técnicas ya, como la Administración y el Derecho) en los presupuestos públicos y el Producto Interno Bruto, porque solamente con más y mejor conocimiento sociocultural se pueden encontrar soluciones a los problemas del país y del mundo actual (el tema del cambio climático es un excelente ejemplo para mostrar la imbricación de problemas "naturales" y "sociales"), y otra cosa muy diferente es exigir esta participación para únicamente generar la misma ciencia —natural, social, básica y aplicada, etcétera— cultivada en el norte, en nuestros países. Porque hay que recordar que en los países originarios de la ciencia, la investigación científica —también la social— ha estado asociada estructuralmente a la "consolidación de un aceitado aparato científico–técnico [...] profundamente imbricado con la demanda militar y la exportación de capitales y tecnología bajo la forma de inversión directa en la industria hacia la periferia" (Sutz, 1983: 269). Exigir mucho más —y mucho mejor— ciencia no puede, por consiguiente, significar imitar, sino que implica la reformulación de los objetivos y de la idea misma de ciencia desde el punto de vista de las sociedades que se componen mayoritariamente de los perdedores del modelo civilizacional actual.

 

COMENTARIO FINAL: LA RECUPERACIÓN DE LA DIMENSIÓN UTÓPICA DE LAS CIENCIAS SOCIALES

Esta última consideración lleva a señalar que cuando se habló arriba de la reducida aceptación de las ciencias sociales en el México actual, se omitió una causa importante de esta situación que pertenece a otra dimensión. Y es que hay que tener presente que en mayor o menor grado, todas las ciencias sociales —independientemente de la posición política o ética de sus practicantes— tienen un lado utilitario para el status quo, porque son utilizables para la ingeniería social desde el poder y para la legitimación de decisiones tomadas en función de intereses de determinados sectores del estrato dominante.

Pero también tienen, en mayor o menor medida, un lado contrario, esencialmente crítico del status quo y, por tanto, incómodo para los círculos que detentan el poder.

Este segundo lado sale a relucir en seguida y casi automáticamente en la recopilación de información etnográfica sobre cualquier tema, ya que revela por doquier la existencia de desigualdad, pobreza, imposición, explotación; habla de congéneres con perspectivas de vidas truncadas, de seres humanos denigrados por los poderes, el mercado y muchas instituciones públicas y privadas.

Incluso cuando tales hechos son interpretados de manera tranquilizadora por investigadores conminados a no crear inquietud o preocupados por no afectar la "gobernabilidad", los mismos datos conllevan el potencial de inquietar e incomodar y pueden ser utilizados para fundamentar el cuestionamiento del sistema social imperante, desenmascarar los intereses ocultos que lo mantienen, desnudar a sus beneficiarios, aglutinar a los inconformes.

Un revelador ejemplo es la trabajosa transición del sistema mexicano hacia una democracia parlamentaria con alternancia de partidos en el poder, la cual fue acompañada e impulsada significativamente durante los últimos dos decenios del siglo pasado por las ciencias sociales. Pero su auge no duró mucho. Por una parte, irritó la asociación cuestionadora establecida en toda América Latina entre el "retorno" a formas democráticas de gobierno durante los años ochenta y la calificación de precisamente esa década como "perdida" en términos de mejoramiento socioeconómico de las grandes mayorías.42 Por otra parte, "si bien se han consolidado los regímenes democráticos, estamos en presencia de democracias incompletas [...] A esto se agrega la democratización social concebida como la superación de las desigualdades sociales y la extrema pobreza" (De Sierra et al., 2007: 50), idea que ha sido combatida exitosamente en el seno de los mismos partidos políticos. También en la institución universitaria, los espacios para la participación y de debate libre, crítico y creativo de profesores y estudiantes se han reducido significativamente lo que, a decir del politólogo H. C. F. Mansilla (2003: 28), ha llevado a "una especie de desprestigio de las ciencias sociales y, de manera concomitante, un descenso de la calidad intelectual de los productos de estas disciplinas y así una declinación de la conciencia crítica de la sociedad con respecto a sí misma".

Pero frente a la mitificación corriente del mercado, de la madre tierra, de la globalización o de la cultura como entidades cuasi divinas, las ciencias sociales reivindican por sí mismas las posibilidades de acción en sociedad y en la sociedad y, por tanto, la responsabilidad ética y política de los individuos y de los grupos sociales; igualmente, descubren racionalidad en las culturas populares denostadas por los heraldos del progreso globalizado y revelan los desatinos ecológicos del sistema socioeconómico vigente; demuestran la dimensión social de la mayoría de los llamados desastres "naturales" y permiten entrever alternativas para la organización económica que, en vez de buscar rendimientos financieros cada vez más altos en lapsos cada vez más cortos, persiguen la creación de bienes útiles para la vida feliz de la población mundial entera.

Es por esta ambigüedad que se usó en el título y al inicio de este trabajo la palabra "recuperar". Porque habría que considerar en el intento teórico–práctico de definir el papel actual de las ciencias sociales en la sociedad nacional–internacional, la necesidad de reanudar un proyecto cognitivo que celebraba —en menor o mayor grado, desde Comte y Fourier hasta Tylor y Weber y pasando por Mikluho–Maklai, Morgan, Kropotkin y Marx y sin olvidar los ensayos prácticos de Owen y Cabet, Weitling y Morris— el hecho de contar por primera vez en la historia de la humanidad con un instrumento cognitivo para entender los fenómenos socioculturales y, con base en sus resultados, convertir la sociedad humana, como lo formulara Tomás Moro en la época de los primeros encuentros entre europeos y americanos, en sociedad humana verdaderamente digna de tal nombre.

En vista de la historia de las ciencias sociales mexicanas de la segunda mitad del siglo XX, hay que subrayar que la afirmación anterior no debe malinterpretarse como un ingenuo llamado a una contraproducente repolitización o reideologización de las ciencias sociales en el sentido de la "importación de los modelos políticos al campo científico" (Bourdieu, 2003: 124), ni como alegato a favor del establecimiento impropio de temas de investigación obligatorios a modo de "prioridades" nacionales o regionales definidas por alguna instancia administrativa en turno, que apoya su poder definitorio en la capacidad de otorgar fondos para el estudio de estas y solamente estas temáticas.

Sí, en cambio, se trata de expresar la preocupación por recuperar esta dimensión utópica todavía presente a modo de eco en las ciencias sociales nacientes de fines del siglo XIX, pero posteriormente desvanecida de modo paralelo a su paulatina consolidación institucional y, por decirlo de alguna manera, a su "éxito social".43

Se trata, en última instancia, de la preocupación por una explicación de los fenómenos sociales y culturales que combine la denuncia del escándalo de —en palabras de Bartolomé de Las Casas— la muerte prematura e injusta de tantos, con la búsqueda de alternativas concretas, tarea que urge, aunque a veces tendemos a olvidarla en la quietud de nuestros cubículos, por la fascinación que ejercen sobre nosotros nuestros temas de estudio, o por las marañas administrativas en las que nos envuelven las instituciones y las ocurrencias de sus directivos, o por nuestra búsqueda de reconocimiento académico y mayores ingresos o simplemente porque la exploración de lo asombroso nuevo que está emergiendo en el presente se ha vuelto rutina.

 

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NOTAS

1 El presente texto es una versión revisada y ampliada de la ponencia que con un título similar se presentó el 22 de agosto de 2007 en la mesa 6 ("El lugar de las ciencias sociales en la sociedad del conocimiento") del seminario internacional "Las ciencias sociales: reflexiones sobre su futuro y retos" (Instituto de Investigaciones Sociales–UNAM, México, D. F.). El autor aprovecha la oportunidad para agradecer a la doctora Rosalba Casas, organizadora de los "Seminarios itinerantes en ciencias sociales" y del mencionado seminario, que fueron de mucha importancia para la reanimación del Consejo Mexicano de Ciencias Sociales (Comecso), su invitación y sus gestiones que le permitieron participar en el evento.

2 El presente trabajo se elaboró como resultado parcial del proyecto de investigación "Antropología de la Antropología: diagnóstico y perspectivas de la Antropología en México", coordinado por la doctora Ana Paula de Teresa y el autor. Dicho proyecto AdelA, que cuenta con apoyo del Consejo Mexicano de Ciencia y Tecnología, fue establecido por la Red Mexicana de Instituciones de Formación de Antropólogos (RedMIFA), la asociación de las facultades y escuelas de Antropología del país, como un proyecto de auto diagnóstico de las ciencias antropológicas (entre las que dominan las especialidades de Antropología social y Etnología).

3 En vista de que muchas veces los responsables de la política científica y educativa del país y también alguna/os colegas ubicada/os en la capital de la República desconocen la realidad de la vida cotidiana de mucha/os investigadora/es "de provincia", hay que recordar aquí que ésta es marcada por situaciones poco coherentes con el lugar que ocupa México entre los países del mundo en cuanto a población, producto interno bruto y volumen de exportaciones: desde la necesidad permanente de tener que justificar al interior de la institución universitaria la pertinencia de la investigación científica como una de las actividades centrales de la universidad, hasta su penalización mediante los sistemas institucionales de estímulos, desde las interrupciones en el suministro de energía eléctrica cuando llueve hasta las instalaciones computacionales anticuadas, desde la inexistencia de bibliotecas y hemerotecas propiamente dichas hasta la necesidad de tener que regatear a diario correo, papel y tinta.

4 Frente al optimismo a veces desbordado por las posibilidades de la Internet en este contexto, el antiguo director general de la Unesco, Federico Mayor Zaragoza (2004), recuerda: "¿Han pensado alguna vez que el cincuenta por ciento de la humanidad no tiene agua corriente y por tanto no tiene facilidades higiénicas, mientras hablamos de la globalización de los medios de comunicación? La mitad de la humanidad, unos 3 000 millones de personas, nunca han hecho una llamada telefónica". Gilberto Giménez, especialista de la UNAM en análisis de la cultura, aporta datos semejantes que cuestionan igualmente el —ingenuo o interesado— "triunfalismo globalizador" (2004: 127).

5 Véase al respecto la Fundación Software Libre América Latina (http://www.fsfla.org/svnwiki/), el Directory of Open Access Journals (http://www.doaj.org/doaj?func=home), la Open Archives Initiative (http://www.openarchives.org/), el proyecto Scientific Commons (http://en.scientificcommons.org/about) y, en México, la Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal (http://redalyc.uaemex.mx/).

6 Véase el artículo 9 bis de la Ley de Ciencia y Tecnología vigente (http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/doc/242.doc). Según Rosaura Ruiz Gutiérrez, presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias, "actualmente se dedica 0.37 del PIB" a la investigación científica y tecnológica (véase http://www.jornada.unam.mx/2008/04/29/index.php). Conviene considerar qué tan lejos está la condición mexicana de la de países con tradición científica e infraestructura material correspondiente mucho mayor, en relación, por ejemplo, con la llamada "estrategia de Lisboa", formulada en 2002, a través de la cual los países europeos quieren pasar del promedio de 2% —frente a 2.5% en Estados Unidos— a 3%, y esto ¡en el corto plazo, es decir, hasta 2010! (véase http://ec.europa.eu/invest–in–research/index_en.htm). Otros datos comparativos relacionados con el porcentaje del PIB y con el número de doctores graduados se encuentran en el estudio de José Luis Reyna (2007: 312, 323).

7 Algo semejante vale para el tardado nombramiento del titular del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de la actual administración federal, cuya gestión fue severamente criticada en junio de 2009 en un foro de la citada Academia Mexicana de la Ciencia sobre la ciencia mexicana como "zona de desastre" (http://www.comunicacion.amc.edu.mx/comunicados/la–ciencia–en–mexico–es–zona–de–desastre–coinciden–cientificos/, http://www.comunicacion.amc.edu.mx/amc–en–medios/demandan–renuncia–del–titular–de–conacyt/).

8 Se dice "real" porque desde hace algunos años se ha puesto de moda "hacer investigación" en las universidades públicas y hasta en algunas privadas, pero cuando ésta pretende ser real, tiene que desarrollarse a menudo en contra o al menos sin apoyo efectivo de las autoridades y de su aparato administrativo, cosa que se evidencia a primera vista al visitar las instalaciones dedicadas a tal tarea (donde no es infrecuente que el cibercafé de enfrente tenga mejores conexiones con la Internet que el "centro de investigación científica" o que los montos destinados a la investigación ni siquiera se desglosen en el presupuesto anual de la institución).

9 Dejamos aquí de lado el que en muchos países latinoamericanos se reportan cambios similares (véase, por ejemplo, Palermo, 2002 y Lander, 2002) y que tales cambios se encuentran entrelazados de modo todavía poco estudiado con el llamado "proceso de Bolonia", iniciado en 1999, que parece lograr la extinción deliberada de la concepción humboldtiana de universidad en Europa (véase para esto, por ejemplo, Pena–Vega, 2009 y la aguda crítica de Mattelart, 2006:156).

10 Véase para un resumen reciente Santos Gómez (2008), apartado 2.

11 Hay que recordar en este contexto que, como lo ha diagnosticado el hasta 2006 secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Atilio Borón (2003), el neoliberalismo no se reduce a una forma de organizar la economía, sino que es un modelo de organización de toda la sociedad.

12 Como es sabido, este término no es usado en sentido metafórico, sino que todos los programas e instituciones académicas de las universidades públicas están siendo presionados desde hace tiempo para generar "recursos propios" mediante el cobro de sus "productos".

13 ;Aquí aparece una llamativa incongruencia con respecto a las tutorías, ya que si un docente anima a un estudiante a cambiar de carrera, esto puede ser lo mejor para dicho estudiante, pero el docente tendría un tutoreado menos por reportar y las estadísticas del programa se verían afectadas negativamente por un ingresado "desertor".

14 Convocatoria de postgrado aparecida en el Diario de Yucatán, 28 de mayo de 2009 (sección Local, pág. 8). En este sentido, el psicólogo E. Ribes Iñesta (2009: 72) hace notar que "la educación ya no es concebida como un derecho ciudadano [...] Hoy en día, la educación es contemplada, en el mejor de los casos, como una inversión, en el contexto general del desarrollo económico de la sociedad".

15 Hay que recordar aquí que la figura del profesor–investigador, que labora en al menos dos de las tres funciones consideradas sustantivas de la universidad, se difunde masivamente en el país sólo a partir de la fundación de la Universidad Autónoma Metropolitana a mediados de los años setenta del siglo pasado.

16 No se puede dejar de relacionar aquí la fuerte intervención directa de la Secretaría de Hacienda en asuntos académicos, con la omnipresencia del lenguaje empresarial neoliberal en los aparatos administrativos y las instancias de dirección de las universidades. En este sentido, vale la pena apuntar que hace ya treinta años, Iván Illich (1985: 128) observó que la palabra ciencia "ha venido a significar una empresa institucional en vez de una actividad personal; la solución de un rompecabezas en vez del despliegue imprevisible de la creatividad humana" y que "en una sociedad que se define por el consumo del saber, la creatividad es mutilada y la imaginación se atrofia".

17 Para una crítica temprana desde la Antropología puede verse Varela (2004).

18 A esto se agrega que las actividades mencionadas tienen que realizarse a menudo en condiciones infraestructurales sumamente deficientes (software anticuado, conexiones con interrupciones frecuentes, impresoras inaccesibles, telefonía restringida, etcétera) que, por cierto, son las que las mismas instancias que exigen estas actividades administrativas han proporcionado a los profesores.

19 Un interesante compendio al respecto sigue siendo el número monográfico sobre el tema de la revista Avance y Perspectivas (De Ibarrola, 2005); para un estudio de caso puede verse el libro de G. Álvarez Mendiola (2004).

20 En el siguiente apartado se abundará sobre más aspectos de esta concepción de ciencia que, evidentemente, privilegia el modelo de las ciencias llamadas naturales o exactas y la investigación "aplicada".

21 No puede tratarse aquí el problema de la simulación que en parte resulta inevitable para el sistema, por ejemplo, cuando se exige "planeación" y "programación" detalladas sin proporcionar información ni siquiera aproximada sobre los medios financieros disponibles, cuando se cambian repentinamente los criterios de evaluación, cuando se imponen fechas y lapsos únicamente a partir de la "racionalidad" administrativa totalmente desligada de la dinámica de los procesos de investigación y pedagógicos.

22 Congruentemente con esta concepción, se constata en un estudio sobre el lugar del análisis de la cultura en estrategias de modernización y globalización actuales, que a fines del siglo XIX y a comienzos del siglo XX el concepto de cultura era usado como arma de la crítica de la civilización industrial (en Inglaterra) y de la destrucción de las identidades sociales por el mercado capitalista (en Asia). Pero actualmente "'cultura' aparece regularmente cuando se trata de explicar por qué seres humanos y grupos no hacen caso, no quieren 'abrir' sus sociedades, cuando 'todavía' o 'a pesar de todo' quieren seguir con sus formas de vida abiertamente 'irracionales' [...]" (Rieger y Leibfried, 2004:15).

23 Resulta iluminador el contraste entre las universidades de provincia (donde en caso de realizarse estudios sociales éstos suelen tener que limitarse, a diferencia de las instituciones ubicadas en la capital, a estudiar "el desarrollo regional" de su propio entorno, pero sin contar con la bibliografía básica sobre este último), con lo que reporta Marcelino Cereijido (2006: 39) de los japoneses, de quienes dice que "también me explicaron que su sentido de la dignidad es tan alto que morirían de vergüenza si no fueran ellos quienes más conocen al Japón. Lo comparé con algunos países latinoamericanos, que si quieren saber sobre la geología de su patria piden un sabático para ir a averiguarlo en Austin, Texas, y si necesitan saber sobre alguno de sus presidentes acuden a Princeton, New Jersey, porque los descendientes del mandatario le vendieron documentos y archivos por unos cuantos miles de dólares. ¡Menos mal que las estrellas y galaxias no se pueden vender y hay que ir a verlas desde el hemisferio sur! De lo contrario alguna universidad del Primer Mundo las tendría seguramente acaparadas y los astrónomos del Cono Sur tendrían que ir a estudiarlas a Pasadena. Conozco mexicanos que han ido a hacer una tesis sobre el maíz a Oxford, y argentinos que fueron a estudiar el comercio inglés en el Río de la Plata a Yale. Entretanto los japoneses se empeñan en que quien más sepa sobre cualquier aspecto del Japón, sea cultural, geológico, histórico o biológico, sea japonés [...]".

24 Además, no parece ser infrecuente que las decisiones sobre bibliotecas y bases de datos sean tomadas por funcionarios más interesados en obtener alguna "certificación" externa que en satisfacer las necesidades de los investigadores y estudiantes de su universidad. Como parte del proyecto "Antropología de la Antropología" (véase http://adelaredmifa.org/) de la Red Mexicana de Instituciones de Formación de Antropólogos (RedMIFA) citado, está en curso un estudio sobre la bibliografía disciplinaria básica disponible en las bibliotecas universitarias del país, cuyos resultados preliminares son alarmantes.

25 Información tomada del portal electrónico de la AMC (http://www.amc.unam.mx/).

26 Hay que señalar, empero, que en otros números temáticos de la misma revista referidos, por ejemplo, a la alimentación o a los códices, ha habido mayor presencia de las ciencias sociales.

27 Así lo consigna también Rollin Kent (2002: 285–286); véase en este sentido igualmente G. Álvarez Mendiola (2004: 41).

28 En este contexto hay que recordar la larga tradición de las ciencias sociales y humanas en toda América Latina, de publicar los resultados de sus estudios también en revistas y hasta suplementos culturales dirigidos a la ciudadanía en general y a quienes toman las decisiones sobre sociedad y cultura.

29 Véase el catálogo oficial establecido por el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas: http://www.inali.gob.mx/catalogo2007/.

30 Véase, por ejemplo, el volumen editado por Manuel Perló (1994).

31 En el nivel de disciplinas específicas puede señalarse también la elaboración cíclica de los "estados de conocimiento" por parte del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE) o el arriba citado proyecto "Antropología de la Antropología".

32 En Krotz (1987) se halla un esquema al respecto, que intenta superar la conocida oposición entre enfoques externalistas e internalistas.

33 La ponencia de Diana Guillén (Instituto Mora) presentada en el seminario inicialmente citado, llama acertadamente la atención sobre esta falta actual de debate.

34 Según lo expuesto arriba, en este mismo sentido podrían estudiarse los cambios lingüísticos evidentes en los recientes documentos programáticos de las universidades del país.

35 La parte negada de la cultura (Menéndez, 2002); por su parte, Hugo Zemelmann (2004: 157) habla del "lado sombrío, tétrico, lo que se quiere ocultar con el concepto de globalización". Desde luego hay excepciones, por ejemplo, desde la Filosofía, hay que mencionar aquí La pobreza: un estudio filosófico, de Paulette Dieterlen (2003); desde la Antropología, Estudios sobre la violencia: teoría y práctica (Jacorzynski, 2002) y La apropiación, de Luis B. Reygadas (2008), y desde la Ciencia política, Igualmente libres, de Alejandro Sahui Maldonado (2009).

36 Aquí habría que considerar también la relación de la academia con el mundo extraacadémico de los profesionales en ciencias sociales, el cual ha estado cambiando sin haber sido tomado en cuenta por parte de los centros de formación antropológicos; para una reciente colección de trabajos sobre esta problemática en varios países puede verse el volumen editado por L. Field y R. Fox (2007) y discutido en la reunión anual 2008 de la American Anthropological Association.

37 Solamente las ciencias antropológicas mexicanas cuentan con alrededor de medio centenar de publicaciones periódicas (véanse las tablas de contenido en los volúmenes recientes del anuario Inventario Antropológico editado por la mencionada RedMIFA y la UAM–Iztapalapa).

38 En un alegato reciente a favor de un reposicionamiento de las ciencias sociales y humanidades en Alemania, se señala la necesidad de aprender de las ciencias naturales en la medida en que éstas han logrado presentar sus temáticas de investigación de tal forma que atraen ahora mucho más que antes la atención de diferentes públicos lectores (Heidbrink y Welzer, 2007: 13).

39 Pero ¿de qué sirve retar, para poner el ejemplo de un alto funcionario de la administración de la ciencia en el país (en el año de 2008), a los directivos de escuelas de Antropología de Chihuahua, Guerrero, Yucatán y Quintana Roo, entre otras, a que escojan una universidad estrella de Europa o Estados Unidos como meta y parangón comparativo, si no hay ninguna intención real de proporcionarles los medios financieros para equipararse?

40 Interesantes consideraciones en este sentido contiene la ponencia de Adrián Bonilla (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, sede Quito) en el simposio inicialmente mencionado.

41 En el caso de la Antropología, al menos empieza a haber, incluso en el seno de las antropologías hegemónicas, muestras de querer abandonar la tradicional visión eurocéntrica y evolucionista unilineal a favor del reconocimiento de una multilinealidad de desarrollos científicos (véase, como una expresión reciente en este sentido, a Cunin y Hernández, 2007:12). Por otra parte, el análisis de las particularidades de las "antropologías segundas" (Krotz, 2008) está apenas iniciándose.

42 Incluso se ha afirmado que un "problema fundamental es que la sociedad no es más igualitaria que durante el periodo de dictaduras, como lo señalan las estadísticas sobre la repartición del ingreso, que indican más bien un retroceso al respecto [...]" (Del Pozo, 2002: 41). (Las cursivas son mías.).

43 Véase para ampliar esto Krotz (2003 y 2004b: 324 y ss.).

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