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Revista mexicana de sociología

versión On-line ISSN 2594-0651versión impresa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.71 no.1 México ene./mar. 2009

 

Artículos

 

Los mercados de trabajo urbanos de México a principios del siglo XXI

 

Mexican Urban Labor Markets in the Early 21st Century

 

Brígida García Guzmán*

 

* Doctora en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesora e investigadora del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de El Colegio de México. Temas de especialización: mercados de trabajo, familia, género. Dirección: Camino del Ajusco 20, Pedregal de Santa Teresa, México, D. F., C.P. 10740. Tel.: (55) 5449 3000, ext. 4086; fax: (55) 5645 0464; correo electrónico: bgarcia@colmex.mx.

 

Recibido: 18 de enero de 2008
Aceptado: 12 de agosto de 2008

 

Resumen

En este estudio se analiza la situación laboral en 32 de las principales ciudades mexicanas, haciendo uso de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) de 2006. Destacamos la situación de precariedad existente en términos de ausencia de contratos de trabajo y de protección social, y también nos detenemos en el desempleo, la extendida presencia de los trabajadores por cuenta propia y de los micronegocios, los bajos niveles de ingresos, las jornadas parciales involuntarias y los niveles de sindicalización. Con base en este conjunto de ejes de reflexión construimos un índice de la situación laboral para los residentes en las ciudades estudiadas, que busca jerarquizar la información referida a estos contextos urbanos en el marco de carencias muy considerables en los mercados de trabajo en México.

Palabras clave: mercados de trabajo, precariedad laboral, ciudades mexicanas, encuestas de empleo.

 

Abstract

This study analyzes the labor situation in 32 of the most important Mexican cities based on the 2006 National Occupation and Employment Survey (ENOE). It highlights the existing precariousness in terms of the lack of labor contracts and social protection, as well as unemployment, the widespread presence of self–employed workers and micro–businesses, low salaries, part–time jobs and unionizing levels. Based on these factors, the author constructs an index of the labor situation for the residents of the cases studied, which attempts to arrange the information referred to these precarious labor markets in a hierarchical order.

Key words: labor markets, job precariousness, Mexican cities, employment surveys.

 

En los últimos años se han ampliado los esfuerzos por conocer la evolución del mercado de trabajo mexicano durante las décadas de los noventa y de 2000. Como es conocido, estos decenios comprenden diferentes subperiodos de modesto crecimiento y crisis en el marco de una estrategia de desarrollo neoliberal que fomenta el aumento de las exportaciones y la inversión económica extranjera. Las tasas de desempleo se han mantenido bajas, a excepción de lo ocurrido alrededor de la crisis devaluatoria de 1995, pero nuestros mercados laborales siguen presentando carencias muy acentuadas en lo que respecta a ocupaciones y empleos con ingresos y otras condiciones de trabajo adecuadas.

Nuestro propósito en este estudio es analizar el escenario laboral en 32 de las principales ciudades del país, haciendo uso de la información más actualizada a nuestra disposición, la cual proviene de las bases de datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) de 2006. Comenzamos por dar cuenta de las nuevas facetas que se presentan en los mercados de trabajo urbanos, a la vez que damos seguimiento a las problemáticas más tradicionales y que han recibido mayor atención en el pasado reciente. En particular, destacamos la situación de precariedad existente en términos de ausencia de contratos de trabajo y de esquemas más inclusivos de protección social, pero también nos detenemos en el desempleo, la extendida presencia de los trabajadores por cuenta propia y de los micronegocios, los bajos niveles de ingresos, las jornadas parciales involuntarias y los niveles de sindicalización. Con base en este conjunto de ejes de reflexión construimos una serie de indicadores —para hombres y mujeres por separado— y nos damos a la tarea de conformar un índice de la situación laboral para los residentes en las ciudades estudiadas, el cual busca jerarquizar la información referida a estos contextos urbanos en el marco de carencias muy considerables en los mercados de trabajo en México.

En una primera parte del artículo reconstruimos los antecedentes de investigación sobre la fuerza de trabajo en las ciudades mexicanas, con objeto de precisar los avances en el conocimiento y distinguir las fuentes y los indicadores más frecuentemente utilizados. Enseguida presentamos nuestros ejes analíticos y los indicadores individuales que construimos, y nos detenemos en el comportamiento que muestran en el ámbito nacional.

En la siguiente sección llevamos a cabo un análisis factorial, el cual nos permite construir un índice resumen de la situación laboral de hombres y mujeres residentes en diferentes ciudades en el año de 2006. A continuación analizamos las distintas ubicaciones y destacamos la participación de los diversos centros urbanos en las estrategias de fomento a la inversión extranjera en distintos rubros, la industria maquiladora y la expansión turística, así como también su falta de vinculación con estos procesos de mayor vigencia actual. En todo caso, buscamos no perder de vista la importancia que han tenido en el pasado diversos contextos urbanos y su peso en términos demográficos, económicos y políticos, como sucede en el caso de la ciudad de México. En una parte final sintetizamos nuestros resultados e intentamos puntualizar las que consideramos que pueden ser nuestras principales contribuciones.

 

ANTECEDENTES

La situación laboral mexicana de los últimos lustros es conocida en varios aspectos. En el década de los noventa la industria mexicana mantuvo, aunque con vaivenes, alguna capacidad de absorción de mano de obra debido en gran parte a la expansión de las empresas maquiladoras. Sin embargo, dicho proceso experimentó un visible retroceso en los primeros años de la década actual, cuando se redujo la demanda norteamericana por nuestras exportaciones y muchas de estas empresas salieron del país. En términos generales, el comercio y los servicios han absorbido una gran parte del crecimiento reciente de la fuerza de trabajo mexicana, y mucho de esto ha ocurrido en condiciones poco favorables.

Para dar cuenta de las desventajas que se enfrentan en nuestros mercados laborales, es frecuente que se haga alusión a la permanente importancia del trabajo por cuenta propia y/o de los micronegocios (véase OIT, 2006). Asimismo, se menciona a menudo el bajo poder adquisitivo de los distintos tipos de ingresos y la creciente desigualdad en los mismos a favor de los trabajadores más calificados (véase De la Garza y Salas, 2003 y 2006; Salas y Zepeda, 2003 y 2006; Meza González, 2005; OIT, 2006). Por último, es causa de inquietud que más de la mitad de la mano de obra se mantenga sin acceso a ninguna prestación laboral en los primeros años del siglo XXI, y que un número creciente de los nuevos empleos registrados por el Instituto Mexicano del Seguro Social a partir de 2004 hayan sido eventuales (véase Rojas y Salas, 2007; García, 2008).

El panorama anterior es mejor conocido en el nivel nacional que en el regional o local. No obstante, con el paso de los años se ha incrementado gradualmente el conocimiento existente sobre las tendencias y rasgos particulares de los mercados de trabajo locales en el país. Se trata ciertamente de un conocimiento heterogéneo y fragmentado, debido a que las investigaciones toman en cuenta diversos subconjuntos de ciudades y/o regiones, se concentran en ramas de actividad diferentes o exploran distintas problemáticas en torno a la evolución de los mercados o de las condiciones laborales.

Tal vez la situación mejor conocida, o por lo menos la que más ha llamado la atención, es la que ha caracterizado a algunas ciudades de la frontera norte, en comparación con las grandes áreas metropolitanas de la ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, y de otras áreas urbanas del norte, centro y sur–sureste del país.1 Como se sabe, desde antes de la reorientación de la estrategia de desarrollo económico, fueron las ciudades fronterizas las que primero se distinguieron por recibir importantes flujos de inversión extranjera directa y más específicamente por la expansión inicial de la industria maquiladora que recibió distintos tipos de apoyos gubernamentales en materia arancelaria y fiscal, y se benefició de la creación de infraestructura y parques industriales. Ya para la segunda mitad del decenio de los ochenta y principios de los años noventa, se documentaba que estos procesos habían dado pie a una redistribución del personal ocupado en la industria de transformación en beneficio de la zona norte, aunque los números absolutos en las mayores áreas metropolitanas seguían siendo de consideración. Asimismo, se indicaba que los promedios generales de ingreso y las prestaciones laborales en algunas ciudades fronterizas eran más elevados que en las ciudades del centro (véase Browning y Zenteno, 1993; Roberts, 1993; Oliveira y García, 1996).

Durante la década de los noventa las ciudades fronterizas siguieron beneficiándose del crecimiento de los flujos de inversión extranjera directa, de la firma del Tratado de Libre Comercio y de la devaluación que tuvo lugar hacia mediados del decenio. No obstante, es importante destacar la diversidad entre ellas, característica señalada de tiempo atrás y que tiene su origen tanto en los propios rasgos socioeconómicos de estas ciudades, como en los de las áreas urbanas norteamericanas que son sus pares del otro lado de la frontera (véase Browning y Zenteno, 1993). En el seguimiento que hace Coubes (2003) durante el lapso 1988–2000 de las cuatro ciudades fronterizas que formaron en ese periodo parte de la ENEU (Tijuana, Ciudad Juárez, Matamoros y Nuevo Laredo), esa autora llega a la conclusión de que el proceso de integración económica en México había tenido consecuencias diferenciadas regionalmente, aun dentro de la zona fronteriza. Las ciudades mayores que Tijuana y Ciudad Juárez habían sido las más beneficiadas porque en ellas se había expandido el empleo maquilador, habían descendido los niveles de desempleo hacia el final de los años noventa, se habían reducido la informalidad y los micronegocios. En cambio, a las localidades medias de Nuevo Laredo y Matamoros las denomina como las perdedoras de estos procesos.2

La difícil coyuntura económica, política y social de comienzos de la década de 2000 hizo que disminuyera significativamente el flujo de inversión extranjera hacia las ciudades de la frontera norte, además de que las exportaciones mexicanas perdieron terreno frente a las chinas en el mercado de Estados Unidos. Bajo estas circunstancias se observó un retroceso en las tasas de participación económica —especialmente en las femeninas— y un descenso pronunciado en la mano de obra industrial de dichas áreas urbanas. Sin embargo, aun en esta situación de desventaja, Tijuana, y en alguna medida también Ciudad Juárez, mantuvieron hacia el año de 2003 sus mejores posiciones relativas en términos de ingresos promedio y de cobertura social frente a otras ciudades mexicanas (en un marco de carencias generalizadas) (Ariza, 2006).3

Los mercados laborales de las grandes áreas metropolitanas de la ciudad de México, Guadalajara y Monterrey también han sido objeto de escrutinio detallado en diversos trabajos que han buscado establecer las principales diferencias entre ellos a lo largo del tiempo.4 García y Oliveira (2001b) indican que en el decenio de los noventa la ciudad de México siguió perdiendo su carácter de motor industrial de la nación; la ciudad capital continuó especializándose en esos años en las actividades de comercio y servicios, y sus micronegocios siguieron expandiéndose (véase también Zenteno, 2002 y Rojas García, 2004). De las tres, Monterrey es la que mantenía hacia finales de los años noventa un sector más amplio de trabajadores asalariados protegidos (con acceso a prestaciones laborales y contrato por tiempo indefinido). Asimismo, cuando se tomó en cuenta una serie de factores intervinientes, los ingresos promedio que se percibieron en la capital regiomontana en el año 2000 se confirmaron como más altos que los de la ciudad de México (García y Oliveira, 2003). No obstante lo anterior, es importante tener en cuenta que cuando se analiza la evolución de varios indicadores de las condiciones laborales en Monterrey a lo largo del tiempo, el panorama no es muy esperanzador, por lo que volveremos sobre esta línea de argumentación cuando analicemos nuestros resultados (véase, Zenteno, 2002; Meza González, 2005; Martínez de la Peña, 2006; Solís, 2007).

Fuera de las grandes áreas metropolitanas y de las ciudades fronterizas, se han hecho menos esfuerzos por profundizar en las transformaciones de los demás mercados de trabajo locales urbanos, en una perspectiva comparativa. Sin embargo, es importante destacar los resultados de algunos análisis. García (1999) señala que, en el marco de una tendencia hacia la terciarización de las ciudades mexicanas en la década de los noventa, sobresalen los casos de Puebla, Tijuana, León, Chihuahua y Matamoros (además de Ciudad Juárez y Monterrey), por ser centros urbanos que se especializan en manufacturas, aunque no todos se vinculen con la estrategia exportadora y su vocación industrial se remonte más bien al periodo caracterizado por la sustitución de importaciones.5 Más allá de la especialización por ramas económicas, referencias explícitas a las condiciones de trabajo imperantes en un buen número de ciudades mexicanas durante los años noventa pueden ser encontradas en los estudios de Zenteno (2002) y Rojas García (2004).6 Zenteno (2002) estudió para 24 contextos urbanos los cambios en la actividad económica masculina y femenina, las transformaciones en el desempleo y las probabilidades de encontrar empleos asalariados con y sin prestaciones, ocupaciones a destajo, comisión o porcentaje y trabajos por cuenta propia. Por su parte, Rojas García (2004) incluye indicadores de desempleo, jornadas parciales, bajos ingresos, microindustrias, trabajos asalariados sin beneficios y trabajo sin remuneración, y lleva a cabo ejercicios de análisis factorial y de conglomerados, con el fin de jerarquizar la precariedad laboral en 38 mercados locales de trabajo (también incluye en un segundo momento el análisis de la información referida a contratos).

En el marco del deterioro que mostraron los mercados laborales de la mayoría de los centros urbanos del país, Zenteno (2002) destaca lo ocurrido en las siguientes ciudades, en el lapso 1993–1998: Chihuahua y Saltillo acompañarían a Tijuana y Ciudad Juárez como concentraciones urbanas del norte mexicano donde las oportunidades de empleo mejoraron en ese periodo bajo estudio. Rojas García (2004) también coincide en torno a Tijuana, Ciudad Juárez y la mejoría de las condiciones de trabajo en Saltillo; asimismo, en su estudio Chihuahua está dentro del grupo de ciudades mejor ubicadas, tanto en 1994 como en 1998. En el sistema urbano del occidente, Zenteno distingue a Aguascalientes (además de Guadalajara) también por mostrar una mejoría en la calidad del empleo asalariado como consecuencia del crecimiento de la manufactura orientada hacia la exportación. Sin embargo, la jerarquización de Rojas García no permite apoyar estas conclusiones.

En el extremo opuesto, la ciudad que ambos autores coinciden que experimentó uno de los mayores deterioros fue Acapulco, centro urbano turístico que se ha quedado atrás frente a la inversión realizada en otras ciudades como Cancún.7 Zenteno también incluye dentro de los contextos con peores condiciones a Torreón, Culiacán y Hermosillo (lo cual demuestra, según este autor, la heterogeneidad de la situación prevaleciente en el norte y noroeste), y a Toluca, área urbana del centro del país donde el panorama laboral se presentaba como más sombrío en los años noventa (seguida de cerca por la ciudad de México y Puebla). El ejercicio de García y Rojas no permite llegar a las mismas conclusiones en los casos de Hermosillo, Culiacán, Toluca y Puebla, por lo que será muy importante seguir de cerca el comportamiento de estas ciudades a mediados de la década de 2000.

Hasta aquí algunos de los resultados más sobresalientes sobre la situación laboral imperante en las principales ciudades del país en los últimos lustros. Como vimos, los trabajos mencionados descansan en la ENEU, pero para los fines de este trabajo es menester tener en consideración que se utilizan distintos indicadores y metodologías para dar cuenta de lo acontecido. Además, hay que tener en consideración que la ampliación de las edades jóvenes en la estructura demográfica del país y la entrada creciente de las mujeres al mercado de trabajo han hecho imprescindible la diferenciación por edades y por géneros de las transformaciones laborales.

En términos sectoriales los vaivenes de la industria, y especialmente del empleo maquilador, han despertado la atención de muchos, dado el énfasis que éste ha recibido como una posible palanca de cambio de la situación laboral por lo menos a nivel local. En cuanto a condiciones de trabajo, el desempleo ha sido analizado, pero no tal vez con toda la siste–maticidad que se requeriría, lo cual probablemente se deba a los bajos niveles que éste alcanza en el país.8 La circunstancia que se presenta con respecto al desempleo ha llevado a los distintos tipos de estudiosos de los mercados de trabajo locales (y el nacional) a concentrarse en fenómenos de mayor alcance cuantitativo, como son la persistencia y/o ampliación de la informalidad o de la precariedad a lo largo de toda la estructura ocupacional.

En lo que respecta a la informalidad, los análisis se han hecho eco de las formas más frecuentemente planteadas para cuantificar este fenómeno, ya sea por medio de la referencia a los micronegocios y al trabajo por cuenta propia, o más bien profundizando en la falta de regulación laboral en lo que toca a la ausencia de prestaciones sociales. Desde mediados de los años noventa consideramos que se fue haciendo cada vez más evidente que los informales o los marginales no estaban solos al enfrentar condiciones desfavorables, y que los empleos que se consideraban protegidos o formales en la industria, el comercio y los servicios también estaban sufriendo transformaciones de diversos tipos. Así creció el interés por explorar la calidad de todas las ocupaciones, o más específicamente el grado de precariedad imperante por medio de indicadores sobre ingresos, jornadas de trabajo irregulares, inexistencia de protección social y de contratos de trabajo, principalmente.9

 

EL MERCADO LABORAL EN LAS CIUDADES MEXICANAS EN LA PRIMERA DÉCADA DEL SIGLO XXI

A partir del año 2000 se han seguido observando altibajos en las tasas de crecimiento económico en el país. La información con que contamos para analizar los mercados de trabajo en el ámbito local corresponde a 2006, un año de turbulencia electoral pero de resultados económicos satisfactorios si se tiene en cuenta lo ocurrido en años anteriores.10 En 2005 el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) inauguró una nueva serie de encuestas de ocupación denominada ahora Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). Esta nueva fuente amplía de manera importante la información que se recolectaba anteriormente en la serie ENE–ENEU, y en lo que corresponde a las ciudades nos ofrece la posibilidad de estudiar la situación laboral en 32 contextos urbanos (uno por cada entidad federativa). Ésta es la encuesta en la que se basa el análisis que llevamos a cabo en esta parte central de nuestro texto.11

Los indicadores que hemos seleccionado se basan en buena medida en la experiencia previa acumulada, así como en una reflexión sistemática que hemos llevado a cabo sobre los principales ejes analíticos hacia los cuales convergen los antiguos y nuevos planteamientos sobre la situación laboral imperante en países como México (véase García, 2007).12 En primer lugar nos detenemos en las tasas de participación económica para hombres y mujeres y en la distribución de la población activa por ramas de actividad (cuadros 1 y 2); enseguida indicamos las variaciones que se presentan en las tasas de desempleo general y juvenil en las 32 ciudades (cuadro 3). En un momento posterior profundizamos en las condiciones de trabajo imperantes en estos contextos urbanos en lo concerniente a micronegocios precarios, bajos ingresos, prestaciones sociales, contratos de trabajo, sindicalización y jornada parcial involuntaria; los indicadores referidos a todas estas dimensiones se estudian al inicio por separado (cuadros 45), y luego se lleva a cabo un análisis factorial que permite construir un índice comparativo de la situación laboral en estas ciudades (cuadros 67).

 

Acerca de la participación económica urbana

Como es conocido, las tasas de participación económica (proporción que representa la población activa dentro de la población en edad de trabajar) constituyen una medida del grado de involucramiento de la población femenina y masculina en el mercado de trabajo; abarcan tanto a los desocupados como a los ocupados de diversa índole, desde los que declaran trabajar al menos una hora a la semana hasta los de tiempo completo y los que sobretrabajan. Aunque se trata de un indicador burdo, ha mostrado ser útil para separar a la población que no desea o no puede participar económicamente respecto de aquella involucrada de alguna manera en estas actividades (cuadros 1 y 2). En 2006, 79% de los varones y 41% de las mujeres mexicanas de 14 años y más eran económicamente activos (si se toma como referencia a la población de 12 años y más, las cifras son 74% y 39%, respectivamente; datos de la ENOE, 2006). La cifra que ha mostrado mayor variación en los últimos lustros es la tasa femenina, porque no sólo existe una mayor demanda de puestos de trabajo en el comercio y los servicios que son usualmente desempeñados por mujeres, sino que ellas se autoemplean o trabajan en el negocio familiar sin pago de manera más pronunciada, cuando las condiciones económicas así lo ameritan. A lo anterior habría que añadir factores tales como la elevación de la escolaridad femenina y el descenso de la fecundidad, todo lo cual influye en la creciente incorporación femenina en el mercado de trabajo.13

Las tasas de participación económica en las ciudades muestran variaciones que llaman la atención. La más alta en el caso masculino (y también femenino) corresponde a Cancún, una ciudad con crecimiento continuo de la infraestructura turística, donde ha existido demanda de trabajo para ambos géneros. En el caso femenino también destaca con tasas especialmente elevadas —por encima de 50%— un conjunto de otras ciudades que no se distingue por un dinamismo económico particular (Oaxaca, Pachuca, Tepic). Lo anterior nos hace recordar que estas tasas registran como económicamente activas a personas con vínculos muy diversos con el mercado de trabajo, y que pueden ser elevadas en situaciones económicas diferentes como se ha constatado a nivel nacional e internacional en otros momentos históricos (para una discusión al respecto, véase Oliveira y García, 1990). Además, es probable que en los contextos urbanos menos privilegiados en términos relativos, las mujeres abandonen la escuela y se incorporen a la actividad extradoméstica a edades más tempranas que en las demás ciudades.

Aunque en la gran mayoría de los centros urbanos del país la fuerza de trabajo de ambos géneros se concentra en el comercio y los servicios, es útil observar en cuáles de ellos la industria manufacturera continúa absorbiendo mano de obra por encima de los promedios nacionales (cuadros 1 y 2). Como se ha visto, se trata de una industria que juega un importante papel en la dinámica económica nacional, y su reorientación geográfica ha formado parte integral de la estrategia de desarrollo más reciente. De las ciudades de las que contamos con información,14 sobresalen León, Saltillo y Tlaxcala con población activa masculina en el sector secundario por arriba de 40%, seguidas de cerca por Chihuahua y Monterrey. León, ciudad donde se concentra la industria del calzado y de artículos de piel, jugó un papel importante dentro de la estrategia de desarrollo por sustitución de importaciones, y es interesante comprobar que a pesar de la competencia externa, todavía tienen un peso relevante sus trabajadores industriales masculinos, los cuales se han empleado generalmente en pequeños y medianos talleres manufactureros.15

La industria en Tlaxcala —principalmente textil y de la confección— es de corte tradicional, y en sentido contrario se ubican los casos de Saltillo, Chihuahua y Monterrey, los cuales se relacionan más claramente con la nueva orientación del desarrollo nacional centrada en el impulso a las maquiladoras y las exportaciones manufactureras. Dentro de este panorama habría que subrayar que Monterrey —y también Guadalajara— siguen alejándose de la ciudad de México, donde la terciarización de la economía local ha continuado sin interrupciones desde las décadas de los ochenta y noventa. Asimismo, cuando se analiza un conjunto apreciable de ciudades como el que nos ocupa en este artículo, también es posible comprobar que la población activa femenina industrial no sólo continúa siendo relevante en algunas ciudades norteñas sede de las empresas maquiladoras (Tijuana y Chihuahua, en nuestro caso), sino en contextos urbanos como León y Tlaxcala donde se asienta la industria de corte más tradicional, o más orientada hacia el mercado local.

Las referencias hechas a la industria en el espacio nacional tienen el propósito de indicar la posible especialización económica de las ciudades, más que inferir a partir de aquí un nivel específico de condiciones de trabajo. Aunque durante mucho tiempo se partió del supuesto de que la industria manufacturera era el motor principal del dinamismo económico, éste es hoy un punto de partida limitado por el importante papel que juegan los distintos tipos de servicios en la expansión económica y la globalización actual. No obstante, sabemos que en México el proceso de terciarización es muy heterogéneo, lo cual hace necesario indagar de forma específica la evolución de distintos tipos de indicadores sobre las condiciones de trabajo a lo largo de toda la estructura ocupacional urbana.

Como paso previo al análisis de la situación de la población ocupada en todas las ramas de actividad, es útil también hacer alusión a las tasas de desempleo abierto total y juvenil (para hombres y mujeres) a nivel nacional y de las 32 ciudades objeto de estudio (cuadro 3). Como ha sido usual hasta ahora en el caso mexicano, los dos tipos de tasas de desempleo para el segundo trimestre del año 2006 alcanzan niveles relativamente bajos, pero son más elevados para los jóvenes y para las mujeres en general.

Las variaciones en las ciudades ofrecen algunas pistas para entender el comportamiento de este fenómeno en el país. La cifra más alta de desempleo total y juvenil (para hombres y mujeres) es la de Saltillo. A primera vista esto puede resultar paradójico, pues se trata de una ciudad donde se sabe que se han ofrecido oportunidades de empleo en los años recientes. Lo que puede estar ocurriendo es que también existe o ha sido atraída allí una cantidad importante de personas que están buscando empleo con la esperanza de encontrarlo y por eso se definen como desempleados abiertos (lo mismo podría decirse de Chihuahua y Aguascalientes, en el caso masculino). Y también sorprende en sentido contrario que contextos urbanos como Acapulco presenten tasas de desempleo total y juvenil —masculinas y femeninas— tan bajas. Aquí podría conjeturarse a la inversa de lo hecho anteriormente y plantear que en esta ciudad no se buscan muchos empleos porque se sabe que éstos son escasos, o existen menos personas calificadas y con apoyo familiar que puedan dedicar el tiempo necesario a buscarlos. De cualquier manera, al observar el cuadro 3 se presentan muchas situaciones con respecto a las tasas de desempleo a nivel local —sobre todo en el caso femenino— que no se ajustan a los razonamientos esbozados, los cuales ameritarían la realización de estudios más específicos.

 

Acerca de las condiciones de trabajo

Como adelantamos, en los cuadros 4 y 5 se presentan diversos indicadores que buscan dar cuenta de distintas facetas de las condiciones de trabajo imperantes. Dado que luego combinamos estos indicadores en varios índices (cuadros 67), en un primer momento más bien nos interesa introducir los distintos ejes de reflexión y hacer una indicación somera de su comportamiento en el ámbito nacional, para después retomar el análisis de las ciudades.

En primer lugar están considerados los micronegocios (no agrícolas) precarios. Vimos que durante las últimas décadas se ha hecho mucho hincapié en la heterogeneidad de nuestros mercados laborales en cuanto a formas de producir y de prestar servicios, y sigue llamando la atención la persistencia de los trabajadores no asalariados y de aquellos que laboran en establecimientos pequeños (además de las trabajadoras domésticas), donde se supone que imperan las peores condiciones laborales (perspectiva de la informalidad). Ahora bien, también es cierto que no todos los pequeños negocios o establecimientos en la actualidad están ligados a la economía de la pobreza (véase Pérez Sáinz, 1998), razón por la cual consideramos acertado incluir otros criterios para identificar a los más precarios como son la inexistencia de contratos, prestaciones, o de un registro ante las autoridades hacendarias.16 En el segundo trimestre del año 2006, aproximadamente un tercio de la población ocupada masculina se ubicaba en estos micronegocios precarios a nivel nacional, y en el caso femenino tenemos una cifra aún más elevada (41%). La población activa total en micronegocios precarios ha seguido una tendencia ascendente en los últimos años (véase García, 2008).

Un segundo indicador que habremos de tener en cuenta se refiere a los ingresos percibidos por los trabajadores, en el país y en las ciudades objeto de estudio. Como se sabe, la preocupación por los bajos ingresos está presente en viejos y nuevos esquemas de interpretación sobre la situación laboral que nos caracteriza, y se trata de una dimensión analítica que favorecen, sobre todo, los estudios de corte económico. Aunque sería relevante conocer la tendencia seguida por los trabajadores con bajos y altos ingresos (además de la creciente diferencia entre ellos), en aras de ofrecer una visión más sintética nos hemos inclinado por trabajar con la mediana de los ingresos por hora (se sabe que la media está afectada por los extremos de la distribución). Asimismo, en vez de seleccionar una línea absoluta de bajos ingresos (como sería la percepción de uno o dos dólares al día que suelen proponer el Banco Mundial y otros organismos internacionales), nos pareció sugerente analizar una cifra relativa con respecto a la mediana nacional, pues lo que buscamos es situar a las ciudades en una escala progresiva en esos términos.

La información que se presenta en los cuadros 4 y 5 hace patente la magnitud de los bajos salarios en México. En este contexto, es útil recordar que en el curso de la década de 2000 se han observado ligeros aumentos en las remuneraciones; sin embargo, los rezagos de décadas pasadas son de consideración y los ingresos promedio todavía se encuentran lejos de poder garantizar una vida digna (véase De la Garza Toledo, 2006a).

La jornada parcial involuntaria es el tercer indicador que hemos considerado pertinente incluir. Se trata de un aspecto que ha recibido siempre atención en esquemas conceptuales como el subempleo, y en la actualidad sigue despertando interés porque puede ser un componente de los denominados empleos atípicos que han crecido con la flexibilización en marcha. Aproximadamente una quinta parte de los varones a nivel nacional trabaja jornadas parciales de forma involuntaria, y la cifra correspondiente en el caso de las mujeres asciende a 36%. Es conocido que las mujeres trabajan en forma parcial de manera más frecuente que los varones, lo cual se debe a sus responsabilidades socialmente establecidas en torno a las tareas domésticas y reproductivas. No obstante, llama la atención el tamaño de las diferencias encontradas entre los géneros cuando se trata de jornadas parciales involuntarias. Este dato —y las mayores tasas de desempleo abierto femenino— nos indican que las mujeres mexicanas están buscando activamente tener una presencia bastante más pronunciada de la que ya tienen en los mercados de trabajo del país. No existen suficientes estudios en México sobre el grado de precariedad que caracteriza a estas ocupaciones de tiempo parcial, por lo que a primera vista no resulta fácil interpretar las diferencias entre ciudades.17 Será interesante analizar la manera en que se combina esta dimensión con otras que incorporamos al construir los índices resumen.

Los últimos tres indicadores (ausencia de prestaciones, de contratos permanentes y de sindicalización) despiertan un interés creciente entre los estudiosos de las condiciones laborales. Aun en condiciones de dinamismo económico y de descenso de los niveles de desempleo (como el que caracterizó a América Latina en los años 2003–2006), se ha documentado la precarización en lo que respecta a prestaciones y contratos (véase CEPAL, 2006; OIT, 2006). Por su parte, es conocido el descenso en el poder de negociación de los sindicatos en la etapa actual, así como la importancia que le han atribuido organizaciones como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) a la promoción del diálogo social en el marco de su agenda de promoción del trabajo decente (o digno) (véase Anker et al., 2003; Ghai, 2003). Nuestros indicadores en estos casos buscan maximizar las diferencias entre la población económicamente activa en lo que toca a las distintas dimensiones: sin ningún tipo de prestación implica que no se cuenta con ninguna prestación social (aguinaldo, vacaciones pagadas, reparto de utilidades, crédito para vivienda y otros), ni tampoco con atención médica; sin contrato permanente involucra a los que no tienen ningún tipo de contrato o a los que tienen contratos verbales o temporales (pero en ningún caso cuentan con la seguridad de los contratos indefinidos); por último, los no sindicalizados son aquellos que declaran no pertenecer a ningún tipo de sindicato.18

Una elevada proporción de la fuerza de trabajo del país se encontraba en 2006 en la situación de ausencia de prestaciones (61% de los varones y 57% de las mujeres), sin contratos permanentes (74% y 71%) y no sindicalizados (91% y 87% respectivamente).19 Sorprende encontrar que la fuerza de trabajo femenina se ubique ligeramente por encima de la masculina en lo que respecta a prestaciones, contratos y sindicalización. En otros trabajos también se ha encontrado esta mejor ubicación de las mujeres en cuanto a prestaciones y contratos en algunos sectores del mercado de trabajo (véase Rendón y Salas, 2000; García y Oliveira, 2001a), lo cual se debe a que ellas se ubican más que los hombres en establecimientos medianos y grandes en algunos tipos de industrias y en servicios educativos y de salud (públicos y privados). Habrá que seguir profundizando en estas diferencias entre géneros, pero ahora incorporando los datos sobre sindicalización.

 

Índices de situación laboral

Para obtener un índice resumen de las condiciones de trabajo se procedió a realizar un análisis factorial cuyos principales resultados están detallados en el Anexo metodológico. Los indicadores originales que fueron incorporados a dicho ejercicio son los listados en los cuadros 4 y 5.20 Se obtuvieron dos factores principales que explican 60% de la varianza en el caso de los hombres y 67% en el de las mujeres. En ambas situaciones, en el primer factor el peso principal lo tienen los pequeños establecimientos, la ausencia de prestaciones, de contratos y de sindicalización, por lo que dicho factor podría interpretarse como relacionado con la economía informal (definida por el tamaño del establecimiento y por la ausencia de regulaciones laborales). En el segundo factor pesan primordialmente los bajos ingresos y la jornada parcial involuntaria, pero relacionados de manera inversa (el primer aspecto tiene signo positivo y el segundo negativo). Esto nos indica que los hombres y mujeres que trabajan a tiempo parcial de manera involuntaria no son necesariamente los más necesitados en términos de ingresos. A partir de aquí se construyeron los índices de situación laboral por ciudad que se presentan en los cuadros 6 y 7, tanto si se considera un solo factor como la combinación de ambos.21

En el análisis que sigue nuestro interés se centrará en los resultados más sistemáticos y en la ubicación de las áreas urbanas en grandes bloques (por ejemplo, los primeros y últimos lugares, o aquellas que quedan posicionadas en la primera mitad del ordenamiento en comparación con la segunda). Sabemos que la construcción de índices y su posterior jerarquización depende mucho de los indicadores que se utilicen y del método estadístico que se emplee.

En el caso masculino, sobresalen de manera sistemática Saltillo, Monterrey, Chihuahua, Hermosillo y La Paz como las cinco ciudades con mejores condiciones de trabajo en el segundo trimestre de 2006. En el caso femenino el panorama se presenta un poco más heterogéneo. Chihuahua ocupa el primer lugar, pero también aparecen en buena posición Tijuana y Zacatecas, y en cambio Saltillo no está en el conjunto mejor situado. Muchos de estos contextos (junto con Ciudad Juárez, que hasta el momento de este análisis no ha sido incluida en la ENOE) han venido siendo identificados por diversos autores como ciudades con mayor dinamismo económico desde la década de los noventa.

Conforme a nuestro análisis, destaca en el caso de Chihuahua el porcentaje de ocupados en micronegocios precarios, pues dicha ciudad tiene la proporción más baja en ese indicador en todo el espectro urbano nacional, tanto en el caso de la mano de obra masculina como femenina.22 Este centro urbano también está bien ubicado en lo que respecta a ingresos, pero el nivel de sindicalización masculino es bajo. Por cierto que la reducida actividad sindical en la ciudad se presenta oficialmente como uno de sus principales atractivos (junto con otros aspectos como la alta disponibilidad y calidad de sus servicios logísticos, legales y de recursos humanos; véase <www.municipiochihuahua.gob.mx/economia/>.

Nuestro ejercicio confirma asimismo que de las tres grandes áreas metropolitanas, Monterrey es la mejor situada y la que más se separa de la ciudad de México en lo que respecta a condiciones laborales prevalecientes.23 Hay que subrayar que estamos llevando a cabo un diagnóstico para un año en particular, y que varios de los estudios que han sido llevados a cabo a lo largo del tiempo para esta ciudad nos permiten relativizar el resultado que presentamos. Por ejemplo, Martínez de la Peña (2006) analizó la evolución de los ingresos en la capital regiomontana en el periodo 1990–2003 y llegó a la conclusión de que éstos han seguido una tendencia preocupante hacia el estancamiento. En esta misma línea de argumentación estaría el artículo de Meza González (2005) para el periodo 1988–1999. Dicha autora indica que en Monterrey —a diferencia de la ciudad de México y Guadalajara— se experimentó en ese lapso un descenso pronunciado de los salarios promedio en todos los percentiles de la distribución, y que además el premio a la educación superior disminuyó (este estudio se refiere sólo a varones adultos que trabajan más de 30 horas a la semana). Patricio Solís (véase Solís, 2007) también fundamenta desde varios puntos de vista los problemas que ha enfrentado la movilidad social de los varones en Monterrey en las cuatro últimas décadas del siglo XX.

Dentro de las ciudades con mejor situación laboral en 2006, destaca asimismo Saltillo para la fuerza de trabajo masculina.24 Se trata del primer lugar en lo que toca a los varones, pero debemos recordar que esta área urbana también tenía en el momento del análisis la tasa de desempleo más elevada, por lo que la conformación global de su mercado de trabajo presenta facetas encontradas. Es interesante señalar que Saltillo tiene un bajo porcentaje de varones ocupados en micronegocios precarios y una buena cantidad de mano de obra masculina que cuenta con contratos permanentes (en este indicador la situación que allí impera es incluso mejor que la regiomontana).

La ubicación de Hermosillo en los mejores lugares llama la atención, sobre todo porque los estudios que hemos revisado no coincidían en todos los aspectos relacionados con el comportamiento de su mercado de trabajo en los últimos años.25 En 2006, este centro urbano presentaba un muy reducido porcentaje de mano de obra masculina en micronegocios precarios (21%, cifra análoga a la de Chihuahua), y ocupaba uno de los primeros lugares a nivel nacional (tanto para hombres como para mujeres) en lo que respecta a la existencia de contratos permanentes. Por último, es menester destacar el buen lugar que tiene la ciudad de La Paz.26 En 2006 se caracteriza primordialmente por presentar reducidos porcentajes de mujeres en micronegocios precarios, sin prestaciones sociales y sin sindicalización.

En el extremo opuesto de lo visto hasta aquí, nuestro análisis permite ubicar principalmente a Tlaxcala, Acapulco, Cuernavaca, Puebla, Oaxaca y Tuxtla Gutiérrez, como ciudades que frecuentemente ocupan los últimos lugares, tanto para la mano de obra masculina como femenina.27 Todos estos centros urbanos forman parte de estados que tradicionalmente han sido considerados rezagados en el país, pero conviene detenernos en algunas características específicas de sus mercados laborales hacia mediados de la década de 2000.

Tlaxcala, como hemos indicado arriba, continúa siendo una ciudad con una importante actividad manufacturera (principalmente en las ramas textil y de la confección), aunque en gran parte de los casos se trata de micro y pequeñas industrias (véase Alonso, 2006). Según la información que manejamos para el conjunto de los sectores de actividad, tiene un importante porcentaje de mano de obra ocupada en micronegocios precarios, además de distinguirse por ocupar el último lugar en lo que toca a prestaciones y existencia de contratos, tanto para la mano de obra masculina como femenina (alrededor de 68% sin prestaciones y 80% sin contratos permanentes).

Acapulco y Cuernavaca, dos ciudades más conocidas por su infraestructura turística en el centro–sur del país, también están entre las que tienen peores condiciones laborales en el año 2006. En las últimas décadas, Acapulco se ha mantenido como un destino turístico importante en México, pero las inversiones en ese rubro se han diversificado, y otras ciudades como Cancún y sus alrededores (entre las incluidas en este trabajo) constituyen hoy el primordial atractivo. En el caso de Cuernavaca, se ha documentado la importancia de su sector informal y la precariedad de su fuerza de trabajo desde la década de los noventa (véase Olivera, 2004). Según nuestra información para 2006, ambas ciudades tienen carencias importantes que se manifiestan en gran parte de los indicadores que hemos seleccionado. No obstante, los problemas se presentan como más acuciosos en el caso de la ciudad de Acapulco.

El panorama de los centros urbanos con mayores dificultades laborales lo completan Oaxaca y Tuxtla Gutiérrez (además del caso de Puebla que examinamos más abajo). Las primeras son capitales estatales que sin duda concentran algunas oportunidades de empleo en el comercio y distintos tipos de servicios, pero que según nuestra información se enfrentan a una situación relativamente más grave que otras en lo que concierne a la calidad de sus ocupaciones. Sobresale en este sentido la inseguridad e inestabilidad de las mismas, captadas por medio de los indicadores de ausencia de prestaciones y contratos.

Fuera de las ciudades analizadas, es menester también volver sobre el caso de las tres principales áreas metropolitanas del país, y especialmente examinar la situación del trabajo en la ciudad de México. El lugar que ésta ocupa en nuestro ordenamiento de índices es bastante bajo (lugar 26 en el caso de los hombres y 22 o 23 en el de las mujeres). Guadalajara, en comparación, se ubica dentro de la primera mitad de ciudades, y Monterrey —que ya hemos visto con anterioridad— entre las primeras cinco. Todos los estudios anteriores que conocemos ya situaban a las principales metrópolis del país en el orden que nuestro estudio confirma, sin embargo, ahora es posible precisar la distancia que separa a las tres dentro de un conjunto mayor de centros urbanos. En el año de 2006, es muy clara la mejor posición relativa de las dos ciudades que siguen en tamaño a la ciudad de México, y en este contexto habría que tener en cuenta que algunos autores ya habían destacado que en la década de los noventa se observaron mejorías en la situación laboral en Guadalajara, pero no en la capital (véase Zenteno, 2002; García y Oliveira, 2001a).

Para precisar lo que sucede en la ciudad de México es menester recordar que se están analizando datos para el conjunto de esta Zona Metropolitana (conformada por el Distrito Federal y un número importante de municipios del Estado de México), la cual está muy diferenciada en términos socioespaciales. Si se calculan nuestros índices de situación laboral por estados en vez de por ciudades, se evidencia que el Distrito Federal está bastante mejor ubicado en el espacio nacional que el conjunto de la metrópolis, puesto que ocupa el décimo lugar entre las entidades federativas en el caso de los varones y el octavo en el de las mujeres.28

Las transformaciones que han ocurrido en la capital a raíz de que perdió su carácter de motor industrial de la nación y destino principal de los flujos migratorios, han sido objeto de numerosos estudios ( véanse, por ejemplo, los reunidos en Garza, 2000). Se ha constatado que las sucesivas crisis socioeconómicas han afectado a la ciudad de México de manera especial y los niveles de pobreza aumentaron significativamente en el conjunto de la metrópolis en los años noventa (véase Damián, 2000; Rojas García, 2003). No obstante, hay que remarcar que se trata de una ciudad de más de 18 millones de habitantes en el año 2005 (más grande que la suma de las once que le siguen en tamaño; véase el cuadro A–1), y que constituye el centro económico y político más importante de la nación.

Mención especial también debe ser hecha de las ciudades que rodean a la capital mexicana, generalmente consideradas como parte del subsistema urbano de la ciudad de México o del centro del país, las cuales se encuentran estrechamente interconectadas con la capital en términos económicos y laborales.29 En este subconjunto sobresale Querétaro como la mejor situada en cuanto a condiciones de trabajo, y Puebla, Cuernavaca y Tlaxcala como las más rezagadas (véanse los cuadros 6 y 7).

Por último, ante la imposibilidad de detenernos en cada una de las demás ciudades que incluye la ENOE, consideramos que sí es importante indicar algunas situaciones adicionales de especial interés. Por ejemplo, es interesante apuntar que Villahermosa fue la ciudad mejor ubicada del sureste mexicano en 2006 (la inundación que sufrió en 2007 probablemente hará difícil que mantenga ese lugar en los años por venir). Cancún, por su parte, que es la ciudad con tasas de participación económica más elevadas, no forma parte de los primeros lugares pero se sitúa dentro de la primera mitad de ciudades en cuanto a condiciones de trabajo para la mano de obra masculina. En el lado contrario, nuestro trabajo permite ratificar los problemas que actualmente enfrenta León, la gran ciudad guanajuatense de la industria del calzado y de artículos de piel. Esta área urbana queda ubicada dentro de la segunda mitad de las ciudades analizadas, como reflejo tal vez de la dura competencia a que han estado expuestos sus establecimientos manufactureros a raíz de la apertura comercial del país. Asimismo, esperábamos un mejor sitio para Aguascalientes (sobre todo en el caso de los trabajadores masculinos), dado que ésta ha sido un área de expansión de la industria maquiladora textil, así como sede de la industria automotriz y de novedosos proyectos de descentralización gubernamental.30 Correspondería a investigaciones más específicas profundizar en las particularidades de estos y otros mercados laborales locales.

 

REFLEXIONES FINALES

En este trabajo hemos buscado aportar al conocimiento de los mercados de trabajo locales en México, analizando la información más actualizada a nuestro alcance, la cual corresponde a la ENOE del segundo trimestre de 2006. Para ello nos hemos basado en un conjunto de indicadores sobre dimensiones laborales importantes como son el desempleo abierto, la relevancia de los micronegocios precarios, de los bajos ingresos y de las jornadas parciales involuntarias, así como la inexistencia de prestaciones, de contratos y de cualquier esquema de sindicalización. Detrás de esta selección de indicadores subyace la idea de que los problemas que afectan a nuestros mercados de trabajo no sólo se expresan en la falta absoluta de ocupaciones, o aun en la permanencia de muy pequeños negocios que no permiten una sobrevivencia digna, sino que a lo anterior se añade una creciente desprotección e inestabilidad en el ejercicio laboral. Los indicadores se calcularon para mujeres y hombres económicamente activos residentes en 32 ciudades el país, y luego se procedió a jerarquizar cada una de estas unidades residenciales mediante un análisis factorial. Dado que en este tipo de estudios la ubicación precisa de las distintas áreas o regiones siempre depende de la naturaleza de los indicadores y de los métodos estadísticos que se utilicen —entre otros aspectos—, decidimos darle el mayor realce a las posiciones extremas y a los hallazgos más sistemáticos. Asimismo, retomamos a partir de nuestros resultados las problemáticas que más han llamado la atención en la bibliografía especializada (comparación entre las tres principales áreas metropolitanas, o entre las ciudades fronterizas/norteñas frente al resto del espectro urbano nacional).

La selección de áreas urbanas que se ha hecho en la ENOE limita el acompañamiento que hoy podemos hacer sobre las condiciones de trabajo en las ciudades fronterizas, pues hasta 2006 sólo se contó con información sobre Tijuana. No obstante, dicha selección es suficientemente amplia como para poder ubicar en grandes regiones geográficas y socioeconómicas los mejores (o peores) desempeños laborales, en un contexto nacional donde sabemos que la mayoría de los trabajadores tiene que sobrellevar carencias considerables.

La mejor situación económica relativa que impera en casi todo el norte del país ha sido señalada por prácticamente todas las investigaciones existentes. Sabemos que dicha situación tiene raíces históricas añejas, y también conocemos la manera en que allí se han aprovechado los intercambios que hoy se han acelerado con la economía estadounidense. Estos elementos son centrales para explicar las mejores condiciones de trabajo relativas que encontramos —al igual que otros autores— en ciudades como Chihuahua, Monterrey, Saltillo, Hermosillo, La Paz (entre las incorporadas a la ENOE hasta 2006).

Por oposición a lo que sucede en el norte mexicano, es usual que las peores condiciones de vida se identifiquen en algunas entidades del centro y sur–sureste mexicanos. En este contexto, nuestra investigación no es la excepción, puesto que ciudades como Acapulco, Oaxaca y Tuxtla Gutiérrez casi siempre ocuparon algunos de los últimos lugares. En el centro del país, las áreas urbanas con situación laboral más desventajosa en la primera década del siglo XXI fueron Cuernavaca, Puebla y Tlaxcala, pertenecientes al subsistema de la ciudad de México.

Con este estudio intentamos también aportar a la discusión sobre las diferencias en las condiciones de trabajo imperantes en las tres principales áreas metropolitanas del país. Se conocía el mejor sitio relativo de Monterrey y la situación intermedia de Guadalajara, pero no tanto la apreciable distancia que separa en la actualidad a estos contextos urbanos de la ciudad de México en términos de su situación laboral. Esta última ciudad ocupa un lugar bastante rezagado en este particular, pero habría que recordar que se trata de un contexto urbano muy heterogéneo (con condiciones de trabajo mejores para los residentes del Distrito Federal), y que en términos absolutos allí encuentran oportunidades de trabajo una cantidad todavía sin paralelo de mexicanas/os.

Además de lo anterior, nuestro análisis permitió detectar otros escenarios de interés particular. En el lado positivo mencionamos a Villahermosa, ubicada muy cerca de las ciudades norteñas, aunque hay que recordar que la información que manejamos es anterior al episodio de la gran inundación de 2007. Asimismo, puntualizamos el caso de Querétaro como la ciudad con mejores condiciones relativas de trabajo en el subsistema urbano que rodea a la capital del país. Por el lado contrario, ratificamos los problemas más difíciles que se enfrentan en una gran área urbana como León, donde los desafíos son cada vez más importantes a partir de la apertura comercial. Y finalmente también señalamos que esperábamos una mejor ubicación para los trabajadores de Aguascalientes (especialmente los varones), dado que esta ciudad ha sido sede de diversos proyectos novedosos de industrialización y descentralización.

Con respecto a las diferencias globales entre la mano de obra femenina y la masculina, habría que apuntar que en muchas ocasiones el ordenamiento por ciudades es similar, aunque sabemos que las condiciones de trabajo en cada caso son distintas. No obstante, hay ciudades que se perfilan claramente con situaciones más favorables para los varones (Saltillo, Querétaro, Cancún), y otras para las mujeres (ciudad de México, Aguascalientes). Dadas las características de un trabajo como el nuestro, resulta imposible profundizar aquí en algunos de estos resultados, por lo que esperamos haber dado el primer paso para la realización de estudios en profundidad con mayor cantidad y diversidad de indicadores laborales.

 

AGRADECIMIENTOS

Agradezco las sugerencias y apoyos de Gustavo Garza, Orlandina de Oliveira y Rosa María Rubalcava en la elaboración de este trabajo. Asimismo, le doy las gracias a Rodrigo Negrete y a Guillermo Duardo del INEGI, así como a Virginia Levín por su respaldo en el manejo de la base de datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE).

 

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NOTAS

1 Muchos de los estudios sobre mercados de trabajo en las áreas urbanas mexicanas se han concentrado en 16 ciudades, para las cuales se cuenta con información sistemática de la Encuesta Nacional de Empleo Urbano (ENEU) desde finales de los años ochenta: ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Tijuana, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo, Matamoros, Chihuahua, San Luis Potosí, Tampico, Torreón, Puebla, León, Mérida, Orizaba y Veracruz (véase, por ejemplo, Parker y Pacheco, 1996; Estrella y Zenteno, 1998; García y Oliveira, 2001a; Meza González, 2005).

2 Zenteno (2002) y Rojas García (2004) también llegan a la conclusión de que Tijuana y Ciudad Juárez sobresalen por su dinamismo y la cobertura social que tuvo su mano de obra durante gran parte del decenio de los noventa.

3 Si se analiza el comportamiento del sector manufacturero en diferentes ciudades mexicanas, no siempre sale bien librada Ciudad Juárez en términos de salarios comparativos (véase Oliveira y García, 1996, datos para principios de los años noventa, y Velásquez, 2008, con datos hasta el año 2000). Asimismo, autoras como Marina Ariza señalan —para el año 2003— que el personal ocupado en las ciudades fronterizas tiene menor escolaridad relativa, que allí existen menos ocupaciones no manuales y que en estas áreas urbanas imperan los rangos más altos de desigualdad en lo que respecta a brechas de género en participación económica e ingresos medios por hora.

4 Véase Escobar, 1986; González de la Rocha, 1995; Oliveira y García, 1996; Pozos, 1996; Estrella y Zenteno, 1998; García y Oliveira, 2001b; Zenteno, 2002; Rojas García, 2004.

5 En otras ciudades como Guadalajara y la ciudad de México, la población activa manufacturera es numéricamente muy importante, pero coexiste con mayor cantidad de mano de obra en el comercio y los servicios (García, 1999).

6 Plascencia López (2007) también analiza para doce ciudades lo que denomina el desarrollo económico salarial, con base en la ENEU para el periodo 1988–2002.

7 Rojas García (2004) también identifica a otras ciudades no incluidas en el análisis de Zenteno (2002) como parte del grupo peor ubicado o donde se deterioró más la situación laboral a fines de los años noventa: Celaya, Colima, Oaxaca, Orizaba, Tepic y Tuxtla Gutiérrez (además de Cuernavaca, Morelia y Veracruz).

8 Se aduce de manera frecuente que los bajos niveles de desempleo en México tienen su origen en problemas de definición y/o captación, así como en la inexistencia de un seguro de desempleo en el país. Además de estos aspectos, autores como Cristina Bayón (Bayón, 2006) indican que hay que profundizar en la importancia que se le otorga en México a tener un empleo protegido y estable, frente a la posibilidad más inmediata de generar ingresos mediante los pequeños negocios, lo cual es posiblemente una tradición sociocultural muy arraigada en nuestros sectores pobres.

9 Autores como Cruz Piñeiro también han hecho hincapié en las entradas y salidas del mercado de trabajo en diferentes momentos históricos para diversas ciudades del país (véase, por ejemplo, Cruz Piñeiro, 2004).

10 Después de tasas de crecimiento económico nulas o muy reducidas en los primeros años del siglo XXI, el país creció a un ritmo de 4.8% en 2006. Lamentablemente, dicho ritmo de crecimiento no se sostuvo en el año siguiente de 2007 (véase Presidencia de la República, 2007).

11 Dada la novedad de la ENOE, hasta ahora se ha hecho poco uso de la misma en los estudios sobre fuerza de trabajo en México. Una parte importante del tiempo dedicado a la elaboración de este artículo consistió en la exploración, diseño y validación de indicadores, tomando como referencia la información ya publicada del INEGI, así como las series anteriores conformadas con base en la serie ENE–ENEU.

12 En todos los cuadros que siguen se presenta al inicio la cifra para el total nacional, luego la correspondiente a las grandes áreas metropolitanas de ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, y en un bloque final las cifras de las demás ciudades en orden alfabético.

13 En 1991, las tasas de participación económica masculina y femenina a nivel nacional, para la población de 12 años y más, eran de 78% y 32% respectivamente (cifras de la ENE, 1991).

14 Hasta 2006, la ENOE no ha incluido a Ciudad Juárez, Matamoros o Nuevo Laredo, lo cual limita la apreciación que se podría hacer de lo sucedido en las ciudades fronterizas en el momento histórico que nos ocupa (en comparación con etapas previas).

15 No obstante, hay que tener en cuenta que esta presencia es menos importante que en la década de los noventa (véase Velásquez, 2008; Estrella y Zenteno, 1998), y que no se está aquí haciendo alusión a las condiciones de trabajo imperantes en la ciudad (véase la última parte del artículo).

16 Los micronegocios así definidos son a veces identificados como el sector no estructurado de los mercados de trabajo urbanos (véase INEGI, 2004).

17 Lo mismo podríamos decir de las tendencias a lo largo del tiempo. En los primeros años de la década de 2000, la proporción de la fuerza de trabajo de ambos géneros que se declaró trabajando de tiempo parcial en forma involuntaria fue de 13% (García, 2008).

18 La ENOE incluye una pregunta sobre pertenencia a sindicatos que no había sido considerada en otras encuestas de empleo en el país. Se trata de una pregunta difícil porque el sindicato no siempre es una institución transparente y conocida por los trabajadores en el caso mexicano (véase De la Garza Toledo, 2006b).

19 Aunque estos indicadores se aplican más a la fuerza de trabajo asalariada, en nuestro caso incluyen también a los trabajadores no asalariados (agrícolas y no agrícolas), pues estamos interesados en ofrecer un panorama general de lo que ocurre a nivel nacional y urbano.

20 En el caso de los micronegocios se consideró a todos los trabajadores en establecimientos pequeños (hasta de cinco trabajadores), pues la condición de inexistencia de prestaciones y de contratos ya está tenida en cuenta en variables separadas.

21 Estos ordenamientos están construidos a partir de las medias de los índices factoriales por ciudad. En el caso de la combinación de los dos factores, el resultado final es una suma de los dos índices factoriales multiplicados cada uno por su raíz característica.

22 Esta ciudad tenía poco más de 750 000 habitantes en el año 2005 (véase el cuadro A–1 del Apéndice), y es hoy asiento de muy diversos tipos de plantas maquiladoras en las ramas electrónica, de autopartes y textil.

23 Monterrey contaba con alrededor de 3 600 000 habitantes en 2005 (véase el cuadro A–1). Muchas de sus empresas han sido reestructuradas y forman parte de entidades multinacionales; el comercio y los servicios tienen desde hace varios años el principal peso en la economía de la ciudad, pero es importante tener en cuenta que casi 40% de la mano de obra masculina regiomontana todavía se emplea en el sector secundario (véase Pozas, 2002; Vásquez, 2008).

24 Saltillo ya tenía 725 000 habitantes en 2005 (véase el cuadro A–1). Se distingue hoy por ser sede de casi una cuarta parte de la producción automotriz en el país, y por tener uno de los productos por habitante mayores en México (véase Ariza, 2006).

25 La ciudad de Hermosillo, capital del estado de Sonora, rebasaba los 700 000 habitantes en 2005 (véase el cuadro A–1). Ejercicios de localización de las actividades económicas indican que este centro urbano se especializaba en servicios al inicio del siglo XXI (véase Lara, Velásquez y Rodríguez, 2007). Asimismo, se trata de una de las ciudades conocidas como áreas de expansión de la industria maquiladora (véase Carrillo y De la O, 2003).

26 La Paz, capital del estado de Baja California Sur, es la ciudad más pequeña de las que hemos analizado hasta aquí, pues todavía no contaba con 200 000 habitantes en 2005 (véase el cuadro A–1). Se suele presentar a este centro urbano como un lugar de tranquilidad y seguridad; allí son importantes las actividades comerciales, la infraestructura turística de restaurantes y hoteles, además de los servicios gubernamentales propios de una capital estatal.

27 Se trata de ciudades que fluctúan entre 250 000 y alrededor de 700 000 habitantes; Tlaxcala es la de menor tamaño y Puebla la mayor (véase el cuadro A–1).

28 Datos no mostrados en los cuadros. A nivel intrametropolitano, se sabe además que en las delegaciones centrales del Distrito Federal se concentran los mejores niveles de vida (véase Rubalcava y Schteingart, 2000).

29 Cuernavaca, Pachuca, Puebla, Querétaro, Tlaxcala y Toluca.

30 Habría que recordar aquí que las diferentes investigaciones para la década de los noventa tampoco coinciden en el diagnóstico que realizan sobre la situación laboral de Aguascalientes en ese periodo (compárense los resultados de Zenteno, 2002 y Rojas García, 2004).

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