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Revista mexicana de sociología

versión On-line ISSN 2594-0651versión impresa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.68 no.2 México abr./jun. 2006

 

Artículos

 

Por primera vez, el presente fue moderno

 

For the First Time, the Present was Modern

 

Ricardo Pozas Horcasitas*

 

* Doctor en Sociología Política, Escuela de Altos Estudios, Universidad de París. Investigador titular del Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México. Temas de especialización: Modernidad; Iglesia Católica; Gobierno Laico y Poder Religioso; Creación del Poder Institucional. Dirección: Circuito Maestro Mario de la Cueva, Ciudad de la Investigación en Humanidades, Ciudad Universitaria. México, D. F. Código Postal: 04510. Teléfono y fax: 55-62-74-18. Correo electrónico: <pozas@servidor.unam.mx >.

 

Recibido: 23 de mayo, 2005.
Aceptado: 28 de octubre, 2005.

 

Resumen

El texto recorre el proceso de construcción simbólica y cultural del cristianismo, hasta culminar en el catolicismo como la cosmovisión hegemónica que construye la representación de la modernidad como elemento de diferenciación frente al pasado inmediato; el propósito es resaltar el valor de lo actual. A lo largo del trabajo se sigue el proceso de consolidación de la institución eclesiástica y su relación con el poder político. Este proceso entraña la escritura de la apología del cristianismo, como nueva versión del mundo que resignifica el pasado y lo convierte en lo viejo, así como en la tradición frente a la cual se diferencian los procesos que se identifican como modernidad.

Palabras clave: modernidad; institucionalización de la religión católica; poder religioso; poder secular.

 

Abstract

The text reviews the symbolic and cultural construction process of Christianity, up to Catholicism as the hegemonic world picture that bulids up the representation of modernity as differenciating element vis-à-vis the immediate past, so as to highlight the value of the present. The work follows up the consolidation process of the ecclesiastical institution and its relationship with the political power. Such process entails the writing of the Christendom apology as a new version of the world that resignifies the past and turns it into the old, as well as into the tradition in front of which the processes identified as modernity are differentiated.

Key words: modernity; Catholic religion institutionalization; religious power; secular power.

 

LA CONDICIÓN DE LA MODERNIDAD está contenida en la raíz misma de su etimología latina: modernus; moderno significa "reciente", "justo ahora", "que existe desde hace poco". Moderno deriva de modus, "modo", palabra que en su origen latino no sólo significa "únicamente", "precisamente", "ya", "en seguida", sino que tal vez pudo haber tenido el sentido de "ahora", acepción que pervive en el periodo románico. La palabra moderno en su forma latina, modernus, se utilizó por primera vez en el siglo V con la finalidad de distinguir el presente —que se había vuelto oficialmente cristiano— del pasado, que era romano y pagano.1

El presente texto recorre el transcurrir de los eventos que culminaron en la institucionalización del cristianismo, curso de los hechos en los que se amalgamaron los elementos dispersos del cristianismo para edificar la religión católica mediante la consolidación de una unidad simbólica institucionalizada, coherente y unitaria, donde las distintas partes reforzaron el sentido unívoco y fundante de la autoridad religiosa. El clero que dirigió la institución eclesiástica convirtió el mito en la fuente de su poder de mando sobre sus fieles: los creyentes católicos.

El largo proceso unificador de las versiones sobre Dios, culmina en la elaboración de un relato omnicomprensivo, excluyente y verdadero que se convierte en la versión oficial: un todo depurado y explicativo que sin-cretiza —al conjugar y jerarquizar— las versiones dispersas y contradictorias de la tradición cristiana prevaleciente hasta entonces. Fuera quedaron las otras narraciones de la tradición oral y los textos calificados como apócrifos.2

La versión oficial y totalizadora que contenía los distintos mitos protagonizados por Cristo (uno más —que la decadencia de una época volvió el único— de los seguidores de la más añeja de las tradiciones judías: la heterodoxa, semillero de grandes hombres), edificó la unidad textual de los Evangelios, la cual encerraba las posibles variantes, complementarias del discurso sagrado que fundamentaba el catolicismo.3 La palabra de Dios se volvió palabra escrita, palabra depurada por la autoridad que elaboró el canon: catálogo de libros tenido por la iglesia como auténticos.

El largo proceso de institucionalización del cristianismo va desde principios del siglo IV, cuando cesó la persecución de los cristianos reiniciada por Diocleciano (284-305), hasta finales del mismo siglo, cuando —bajo el papado de Dámaso I (1 de octubre de 366-11 de diciembre de 384), el 27 de febrero de 380, Teodosio —mediante el edicto de Tesalónica— declaró la fe cristiana como la religión oficial del imperio.

La persecución de los cristianos ("la última gran guerra de exterminio del paganismo contra el cristianismo"), reiniciada por Diocleciano (284-305)4 comenzó en el año 303 y se concentró especialmente en Palestina y Egipto.

Diocleciano transformó la unidad espacial del imperio romano al dividirlo en dos grandes gobiernos: el occidental —incluida la provincia de África y en el que quedaron todas las provincias de lengua latina, con excepción de los países danubianos— y el oriental, con Egipto, formado por el mundo helénico. La soberanía también fue partida en dos: Diocleciano se encargó de oriente; occidente fue entregado a Maximiano. Los dos emperadores eran iguales en dignidad, pero el más antiguo ejercía una primacía de prestigio y disponía de todo el poder legislativo; también cambiaron el derecho sucesorio de carácter hereditario por el sistema de elección del más digno. Al romper el vínculo con Roma y trasladar la capital del imperio a oriente (en la ciudad de Nicomedia), el emperador rompió el cerco de la guardia pretoriana y del Senado, instituciones que poseían la capacidad de manipular a la plebe.

El cambio en las relaciones de poder promovidas por Diocleciano culminaron en la transformación del mundo religioso del imperio, y proclamaron el culto solar como la religión del Estado. Los emperadores pretendían ser hijos de dioses. Diocleciano (quien se asumía descendiente del dios solar, Júpiter) proclamó la unidad religiosa del imperio; para lograrlo, el 23 de febrero de 303 dictó una ley —válida para todo el imperio— en la que se ordenaba la clausura de la totalidad de las iglesias cristianas, la confiscación de los cementerios y demás propiedades, así como de sus libros sagrados. Con ello daba comienzo la persecución más sangrienta que conoció el imperio romano.

Diocleciano abdicó en 305 y logró que Maximiano también lo hiciera. Ambos fueron sucedidos por dos césares, nombrados por ellos, bajo el principio de la sucesión del más digno: Constancio Cloro (250-306) para los territorios de occidente; y Cayo Galerio (293-311), general de origen dacio, para los territorios de oriente. Este último emperador publicó una ley (30 de abril de 311) que reconocía a los cristianos el derecho de profesar su religión, con lo que la Iglesia adquiría personalidad jurídica. Los bienes confiscados durante la persecución les fueron devueltos (entre ellos los panteones) y, por primera vez, el papa Melquiades o Milicíades (2 de julio de 311-19 de enero de 314) pudo presidir (un 13 de abril de 313) la Pascua en Roma sin ningún temor.

La escena pública romana estaba colmada de luchas por el poder, situación que culminó con la muerte de Galerio (311) y convirtió a Constantino (Flavius Valerius) Aurelios Constantinus (385-336) en el personaje central de esta época. Era hijo de Constancio (el augusto de occidente), y de Helena5 (cristiana unida a su padre en concubinato, matrimonio romano reconocido como de rango inferior). Esta situación familiar lo predispuso a sincretizar en su origen el doble vínculo religioso: el romano y el católico. A la muerte de su padre en York (306), Constantino fue proclamado ahí Augusto por el ejército. En los años 305 y 306, Constantino Augusto invadió Italia, marchó sobre Roma y derrotó a Majencio, quien se había proclamado Augusto de Occidente, en la mítica batalla cerca del puente Milvio, en las proximidades de la ciudad (febrero de 312). En su marcha sobre Roma, Constantino tuvo su primera revelación cristiana: Las leyendas —escritas por Eusebio (260-340), escritor cristiano griego y obispo de Cesárea en Palestina,6 y por Lactancio (Lucilio Cecilio, o quizá Celio, Firmiano) (245-325 d. C.)—,7 en las cuales se afirma que había tenido una visión de la cruz de Cristo frente al sol (Apolo era en la cosmogonía romana el dios del sol y Constantino era uno de sus adoradores) con la siguiente inscripción: "Con ésta vencerás". Ante los muros de Roma, Constantino tuvo una visión ulterior que le decía que debía hacer que los soldados marcaran en sus escudos el monograma de la palabra Christos, Cristo, con la Chi y la rho cruzadas. Constantino consideró su victoria como fruto del favor que le había otorgado el Dios de los cristianos y fue el principio de la leyenda de su fe.

En el mundo romano (y clásico) había una relación utilitaria con la divinidad: los dioses probaban su eficiencia suprahumana en las batallas en las que participaban guerreando al lado de sus adoradores. En las batallas romanas no sólo vencían los hombres: con ellos también lo hacían unos dioses frente a otros; y el dios de los cristianos probó a Constantino su superioridad frente a los dioses paganos invocados (como parte del ritual militar) por su enemigo Majencio.

Por su parte, Licinio (césar de oriente) derrotó a Maximiano, y quedó junto con Constantino como los dos Augustos victoriosos y únicos emperadores. Ambos se reunieron en Milán (febrero, 313) y decidieron no sólo confirmar el edicto de Galerio sino añadir —en favor de la Iglesia cristiana— disposiciones que la hacían pasar de la simple tolerancia a su pleno reconocimiento social. Con ello aceptaban la demanda de la jerarquía eclesiástica cristiana como legítima. Comenzaba lo que los historiadores llaman imperio cristiano. Durante algunas décadas, el cristianismo compartiría su legitimidad con las antiguas religiones (a las que no reconocía como verdaderas), así como con el judaísmo, cuyo status de religio licita no había sido alterado.

El acto jurídico que dio al cristianismo pleno reconocimiento social significó para el poder político romano la aceptación de la fuerza del cristianismo como movimiento social en expansión. Había resultado inútil dominarlo mediante persecuciones, las cuales lo único que habían logrado era alentar la identidad y solidificar la cohesión de los cristianos, lo que confirmaba el núcleo duro de su ideología: el sacrificio terrenal para obtener la gloria eterna. Asimismo, se había propiciado la conversión del creyente individual en mártir universal de una fe colectiva en ascenso, que hacía frente en el campo simbólico a la decadencia institucional del imperio y a su incapacidad de construir la dirección cultural del pueblo romano.

Al dar fin a las persecuciones, Constantino buscó eliminar una de las fuentes del desprestigio del poder político imperial. Era imposible gobernar sin los cristianos. La legitimidad y el reconocimiento social exigía al gobernante la capacidad de construir la dirección institucionalizada de los cambios sociales que asentarían el futuro poder del Estado frente a una sociedad diversificada mediante la romanización de los bárbaros y los vándalos, multiplicidad de tradiciones que contenían en las distintas modalidades de la religión cristiana una unidad de representación colectiva constitutiva de una nueva identidad social, surgida de la amalgama simbólica de la diversidad cultural de los individuos que formaban la nueva sociedad romana.

En los albores del cristianismo, la inteligencia política de los obispos que construyeron la institución eclesiástica, tuvo como principio rector de su acción política: diferenciar su capacidad de maniobra terrena de su fuente divina de autoridad, a la que servían y representaban en la Tierra. Se trata de un principio diferenciador de su práctica de poder, que les permite hasta hoy tomar (en el momento adecuado) la distancia debida frente a los conflictos por dirimir el mando político y la dirección del Estado. Tal capacidad de administrar el tiempo ritual del poder simbólico del mundo, les dio la posibilidad de constituirse en la dirección expresa de una nueva fuerza social en expansión, en nombre de la cual hablaban y demandaban desplazar a las instituciones religiosas y culturales en caída, identificadas como la sustancia de la época romana.

En el 312, el emperador Constantino disolvió la guardia pretoriana. La precaria alianza entre él y Licinio (quien comenzó a perseguir a los cristianos de oriente) desembocó en una guerra (324) de la que Constantino resultó triunfador y se erigió en emperador único;8 con ello, restableció la unidad del imperio, consolidó el poder imperial que culminó con la creación de un sistema de sucesión dinástica hereditaria e inició la construcción de una nueva capital —territorialización del poder que asentaba en el espacio la densidad simbólica de la concentración del mando— en la antigua ciudad griega de Bizancio, llamada originalmente "Nueva Roma" y finalmente consagrada en una ceremonia como Constantinopla (330). El acontecimiento intensificó la escisión entre oriente y occidente; asimismo, la ciudad proyectó el esplendor del imperio y sobrevivió más de mil años a la caída de Roma.

Constantino consolidó su poder y el del imperio mediante el fortalecimiento de la Iglesia católica y de su jerarquía dirigente, ambas afianzadas por la expansión de las comunidades cristianas. Los acuerdos del poder imperial con la Iglesia convirtieron al emperador en la figura política mayor durante la época del papa Melquiades o (san) Milcíades (2 de julio de 311-10 de enero de 314); ello consolidó una nueva fuente de legitimidad en el gobierno del imperio, al volverse la cabeza del Estado romano la protectora de la institución dirigente del más amplio movimiento social-religioso en expansión que hasta entonces conociera la historia de occidente. El emperador intervino personalmente en los asuntos eclesiásticos y en los conflictos ocasionados por los cismas promovidos por Donato: el donatismo9 (314), y por Arrio: el arrianismo (325).10

Al dar a los obispos la posesión de los bienes que habían sido confiscados a los templos paganos, el emperador convirtió a la Iglesia en la mayor potencia económica de la época. Constantino asimiló a los obispos las funciones de los gobernadores civiles y les reconoció el derecho de jurisdicción disciplinaria sobre los clérigos; con ello les otorgaba el poder arbitral sobre los fieles.

Bajo el reinado de Constantino (274-337), el cristianismo se volvió el culto del emperador.11 La adopción del cristianismo no causó ruptura alguna en la concepción del poder, ya que si bien el emperador dejó de ser considerado un dios, su autoridad continuó siendo calificada de divina. En esta nueva condición, el emperador no implantó ninguna modificación en la liturgia de la adoración en su honor.

El origen del poder del emperador dejó de ser divino y se volvió humano con autoridad divina. Paradójicamente, este acto secular significó una verdadera revolución cultural en el significado del mito fundador del poder político de la Antigüedad; además, estableció el principio de una división de funciones entre la autoridad civil y la autoridad religiosa, en la cual el único lazo en común era el emperador.

La Iglesia católica consolidó todos los atributos del gobierno autónomo al construir en el siglo IV un poder legislativo propio, que desde el Concilio de Ancira (314) había afirmado el poder que poseía de legislar para sí misma —como lo venía haciendo de facto antes de esa época— pues impuso la excomunión como la más grave de las sanciones religiosas a los cristianos. En 320, el Concilio de Neocesárea reglamentó las condiciones de ingreso en el diaconado; en el Concilio de Antioquía (en 341) estableció el estatuto jurídico del episcopado y los bienes de la Iglesia. Todas estas normas habían de formar parte del Derecho público imperial y, desde entonces, el clero formó dentro de la sociedad un estamento enteramente aparte; no sólo por razón de su exclusiva consagración al culto, sino también por vivir a la sombra de un Derecho privativo.

En el año 325 se celebró el Primer Concilio Ecuménico12 en Nicea de Bitinia, convocado por el emperador Constantino para fijar la fecha de la Pascua13 y hacer frente al problema del arrianismo, que sustentaba la inferioridad del verbo de Dios.14 En este concilio se creó la unidad de la divinidad mediante el dogma, que termina con la polémica de la naturaleza básica de Cristo y Dios. Dicho conflicto (propio de la naturaleza de las afluentes en las que abreva el cristianismo) se resuelve por la mayoría de votos de los miembros de la asamblea conciliar ecumé-nica:15 300 votos en favor y 3 en contra, el de Arriano y los de dos obispos llamados "sus secuaces". se impone la tesis de la consustancialidad que sustenta el concepto de Dios trinidad, con lo que se indica que en Dios hay tres personas realmente distintas e iguales por ser consustanciales en una naturaleza única e indivisible: se trata de un misterio que ha sido revelado por Dios. Este enigma de las tres personas en una se resuelve en el mito, que subsume en la tríada (entidad abstracta e indiferenciada) todas las tradiciones religiosas anteriores.

El milagro de la unidad teológica (de la calidad consustancial de Dios) fue en realidad el milagro del consenso, construido por la conciencia de la mayoría de los obispos de pertenecer a una aristocracia que consolida la creación de las bases doctrinales de la más fuerte institución: la Iglesia. La ortodoxia católica se edifica sobre la unidad simbólica, que supone la subordinación de las versiones y creencias particulares a la unidad teológica sin fisuras posibles, a un mito único y refundante de la cohesión institucional, mediante la subordinación de todos a la jerarquía que la representa.

La cohesión de la elite gobernante de la Iglesia católica edificó el milagro político de la unidad simbólica, que sustenta a la institución que dirige. En el principio de su consolidación, la elite mencionada funda el núcleo duro de su argumentación ideológica mediante un mito único y unificador que subsume en la consustancialidad la diversidad teológica, subordinando las otras versiones del mito fundador a la versión oficial y convirtiendo a esos creyentes de las versiones no oficiales en disidentes, como en el caso de Arrio. La cohesión de la elite en el poder depende también de los recursos simbólicos que posee para ejercer la coerción en su interior y sobre la comunidad cristiana que dirige; asimismo, depende del poder institucional —pero sobre todo simbólico— que le da la legitimidad de excluir a los que ponen en duda la autoridad de su mando, cuando criticaban el fundamento mítico que la sustenta. Este conjunto de recursos otorga a la jerarquía eclesiástica la capacidad de convertir a los disidentes —mediante un principio normativo de fe— en externos a la Iglesia y sobre todo a la religión: en herejes.

En Nicea, los obispos triunfantes consolidan un bastión más de la ortodoxia católica y la consuman en la elaboración del rezo institucional más importante de la cristiandad, el que pone a la Iglesia en el mismo nivel que el misterio de Dios: el Credo.16

En el periodo de Constantino se pasa del sábado (shabat), como día de la festividad sagrada más importante del pueblo judío, al domingo, en un acto de sincretización con la cosmogonía romana —día de la festividad de Apolo, el dios sol— como día del señor cristiano y de la celebración religiosa en la cual se reza el Credo.17

El misterio se volvió dogma y el dogma se reiteró en el rezo, discurso ofrecido en el ritmo de la misa, ámbito ritualizado en el que el sacerdote realiza el oficio eclesiástico y —en la representación popular— los fieles entran en contacto con la divinidad.

Mediante la cultura oral, el rito de la oración se convierte en el vehículo más eficiente de la reiteración dogmática: se aprende por repetición; se socializa por rezo; y, mediante el ritmo verbalizado de la oración, se llena de sonidos especiales el territorio único de la Iglesia. El domingo se vuelve un tiempo diferente, fundado en la exclusividad frente al conjunto de los días de la semana. Esta conjunción de tiempo,territorio y voz colectiva, se amalgama en la ceremonia de la comunión grupal de los creyentes, unidos por el rito: el tiempo y el espacio asientan un evento cultural de excepción, que reitera la autoridad sacerdotal de quien dirige el acto y recibe la obediencia de la comunidad que asiste. La misa es un acto que reitera y confirma la autoridad cotidiana del representante de la institución sobre el común. El primer acto de obediencia se halla en el seguimiento que los feligreses hacen del ritmo de las distintas partes componentes de la ceremonia y los ritos que los convocan a obedecer, por medio de los hombres que representan a Dios. Ahí (en ese acto) se encarna una modalidad de la consustancialidad: la obediencia a Dios, mediante la obediencia a los representantes de su institución terrena: los sacerdotes.

El rito de la misa construye una identidad colectiva: es un acto simbólico de excepción que corta el tiempo diario y lo condensa en un territorio singular, elevado a la condición institucional de sagrado: la Iglesia (nombre que designa un espacio específico, un templo y una institución en su conjunto) es un todo amalgamado en una sola palabra. El evento de la misa cierra —con el discurso fundamentado en la textualidad sagrada— el horizonte valorativo y analítico de las representaciones del mundo.

Construida por mayoría de votos la unidad indiferenciada de Dios, se procedió a elaborar la unificación de la textualidad que narra el origen sagrado de la Iglesia católica: las enseñanzas de Cristo. La autoridad institucional procedió a elaborar la unidad de la escritura sagrada, e introdujo la coherencia del relato sobre el que se edificó la palabra autorizada de Dios como palabra verdadera, como escritura depurada y excluyente. De las 50 versiones bíblicas existentes entonces, sólo 27 documentos constituyen el Nuevo Testamento. Con el papa Anastasio se establecieron un Dios, un credo y una escritura que lo funda y lo prueba. Los supuestos de la ortodoxia cristiana habían quedado edificados.

En plena evolución desde su triunfo, la Iglesia impuso al imperio una política de intolerancia religiosa. La única fuerza intelectual activa fue el cristianismo, que se impuso en todas las esferas y obligó a que todos los valores fueran objeto de revisión desde su ortodoxia.

A partir del reinado de Constantino se inicia un proceso intelectual que funda la nueva escritura, con la que se introduce un orden y un sentido a la historia universal a partir de la fe cristiana. El escritor cristiano griego y obispo de Cesárea en Palestina, Eusebio (260-340), publica en griego su obra más importante, que no cuenta con ningúnprecedente: la Historia eclesiástica, que le ha valido el título de padre de la historia de la Iglesia.18 Por su parte, el escritor latino Lactancio, en su obra Nicomedia, escribe una retórica en prosa ciceroniana (se le llamó el Cicerón cristiano) —en un tono más bien persuasivo que polémico—, en la que justifica la fe por la razón antes que por la autoridad.19 Para Lactancio, los acontecimientos políticos cobran un sentido moral y religioso; también entrañan una enseñanza: significan una advertencia divina. La literatura cristiana se inspira en su origen directamente en los profetas, retoma su tradición judía y edifica su propia apología a partir del miedo social al castigo divino producido por la desobediencia a la institución eclesiástica que habla por Dios, pronosticando el futuro de la desobediencia a Dios.

El cristianismo surge en el apogeo de la sociedad esclavista romana. Este movimiento corre paralelo a una verdadera revolución cultural e ideológica, que se da en el seno de la sociedad romana pluralizada por el mestizaje y que se expresa en el ascenso incontenible de la religión católica. En ella los marginales encuentran una nueva identidad colectiva, que convierte a los desposeídos en los elegidos ("los últimos serán los primeros") al ofrecerles un nuevo contenido de la libertad y de dicha eterna frente al sometimiento y a la desgracia terrena.

El cristianismo es la primera religión que universaliza la posibilidad humana de libertad, al dejar de ser particular, étnica o tribal (como las anteriores), con dioses exclusivos que protejan sólo a los suyos, a los de una comunidad frente a los otros dioses de los otros grupos o pueblos. Esta nueva religión surge del judaísmo, que había universalizado la idea de Dios,20 pero que fue —y sigue siendo— el dios del pueblo judío. El cristianismo crea un dios para todos, para la diversidad de pueblos, grupos, razas, etnias o segmentos sociales que formaban la prole romana. Es una fe que no excluye, que no exige ser de un pueblo en especial para ser aceptado en ella: al dios cristiano se le ruega en todas las lenguas. El cristianismo se asienta en la universalidad del individuo y no en la exclusión de la particularidad social que funda las diferencias de la identidad colectiva, étnica o grupal. La nueva universalidad se confirma al convertir a todos los hombres en iguales ante un solo dios, independientemente de los rasgos personales que establezcan las diferencias terrenales.

En el entorno de la desagregación de las instituciones romanas, de la recomposición de la organización social producida por las invasiones y la asimilación a la vida romana de los invasores (situación que se caracterizó por las rupturas y conflictos políticos), el catolicismo se convirtió en una nueva representación del mundo. Esta cosmovisión se asienta como elemento constitutivo de una nueva fe que da identidad y esperanza a los que viven el fin del esplendor y el orden romanos. Era condición que daba sentido y fundamento moral a las primeras reacciones místicas surgidas en el seno de la cristiandad y en contra de la acumulación de riqueza por parte de la Iglesia: la consolidación de los privilegios del clero y el lujo del que se rodeaban los prelados. Para comienzos del siglo IV, la corriente mística surgida en el siglo III en Egipto —que atrajo al desierto a los eremitas en busca de pureza y renunciamiento— dio origen al cenobitismo, movimiento que a mediados del siglo IV se extendió en Occidente y que adoptó la costumbre oriental de la vida solitaria en desprecio al mundo.21 El dálmata san Jerónimo y los asiáticos san Basilio y san Juan Crisóstomo, se erigen en moralistas, en jueces que ven en las invasiones bárbaras al imperio un castigo de Dios por causa de las costumbres frívolas y corrompidas de la sociedad romana.

San Jerónimo (347-420) considera responsables del castigo divino a la liviandad de las costumbres y al pensamiento antiguo: ambos fueron englobados por él en una misma actitud prevaleciente en su época y frente a la cual utiliza el ascetismo lo mismo para atacar a la aristocracia del intelecto —todavía muy próxima a la filosofía helénica— que a la aristocracia social. La Iglesia —afirma el santo— no nació de la Academia, ni del Liceo, sino de la plebe más vil. La obra más importante de san Jerónimo fue la traducción de la mayor parte de la Biblia de sus lenguas originales al latín, la llamada Vulgata (esto es, el texto común).22 Además, creó las bases de la escuela exegética que habrían de seguir los monjes de la Edad Media. San Jerónimo quiere que el pensamiento se despoje de cuanto no sea Dios; por eso pretende que la Biblia sustituya a Homero, a Virgilio, a Cicerón, a Píndaro y a Horacio.

La erudición de san Jerónimo no fue superada en la Iglesia primitiva. Influido por Cicerón, Virgilio, Horacio y otros —cuyos ecos aparecen en sus textos—, su latín es apreciado como clásico. Hubo en un principio considerable oposición a sus traducciones, por parte de los que permanecían fieles a las antiguas y más familiares versiones; pero la excelencia de su trabajo fue comprendida gradualmente y las suyas resultaron las traducciones elegidas (tal vez en el siglo VI) cuando se reunieron los diferentes libros en una Biblia única.

En medio de aquella fiebre mística, la filosofía helénica se extingue; y con ella, la ciencia. Inútil fue que Lactancio23 —influido aún por la cultura antigua— hubiera aspirado a presentar a Cristo como la coronación de la obra esbozada por grandes pensadores como Sócrates, Platón, Lucrecio, Cicerón y Séneca, en sus esfuerzos en pos de la verdad; inútil que hubiera querido adaptar la ciencia a la nueva fe. Para mantenerse fiel a la Biblia (libro santo de la Iglesia), se vio obligado a rechazar todas sus propuestas.

El cristianismo vencedor no tolerará ni a paganos ni a heréticos, puesto que posee la verdad. Este encerramiento dogmático se sustentará cada vez más en la conversión masiva de los bárbaros, cuya tradición de pensamiento no concebía la libertad de conciencia (construcción identitaria del mundo greco-latino). Para ellos, el nivel cultural e intelectual que se había alcanzado en Roma no sólo era desconocido, sino contrario a su diversidad y atentatorio de su nueva identidad cristiana, según la religión oficial vigente.

Así, quedó consolidada la visión cristiana como la religión de la pobreza, fundada en la humildad y el ascetismo. Aparece desde entonces la gran paradoja del cristianismo, en la cual la jerarquía y el papado no dejarán de ser ricos y poderosos, mientras la comunidad cristiana y algunos de sus dirigentes espirituales abrazaban la fe de la humildad, condición de la resignación que se convirtió en el único camino de la salvación. Entre estas dos condiciones extremas del ser cristiano surgirán, a lo largo de sus historias, las principales tensiones ideológicas y políticas, y —de tiempo en tiempo— sus más profundos cismas encabezados por sacerdotes que cuestionaron la autoridad y el estilo de vida del papado, siempre fundado en la rigidez dogmática que lo sustenta. Desde entonces, los conflictos de conciencia y de crítica a los dogmas no son ajenos a la oposición de la práctica del poder y su usufructo burocrático e institucional.

Como todo proceso de institucionalización, el del cristianismo trajo consigo —en la medida en que se consolidaba— una serie de acciones tendientes tanto a fortalecer la centralización como a construir una estructura interna jerarquizada de poder y autoridad que necesitaba de la asignación normada de obligaciones y derechos, los cuales hacían funcional las partes de la comunidad cristiana en la institución eclesiástica.

En el Concilio de Nicea, la Iglesia confiere la primacía a los obispos de Roma, de Alejandría (que ostentaban el nombre de papas), y de Antioquía, viejas capitales de los imperios romano, egipcio y seléucida,24sobre los demás obispos. Sin embargo, el papa de Roma tenía la prerrogativa sobre los otros dos de aprobar las decisiones doctrinales de los concilios.

Durante el papado de Dámaso I (1 de octubre de 366-11 de diciembre de 384) se realizó el Concilio Ecuménico de Constantinopla (381), para clarificar definitivamente la doctrina con un símbolo de fe que precisaba aún más el creado en Nicea. Este afán de los obispos culminó en el documento llamado Símbolo niceo-constantinopolitano, que complementa el credo original. En este concilio, la Iglesia se atribuyó oficialmente la jurisdicción suprema en materia doctrinal y organizó un verdadero poder ejecutivo propio, el cual quedó consolidado con la preeminencia del obispo de Roma sobre los de Alejandría y Antioquía, no sólo por razones políticas sino también religiosas. El papa aparece como la figura constitutiva de la unidad integradora, con lo que la Iglesia adquiría así —dentro de los mismos cuadros del imperio absoluto— una constitución monárquica autónoma. Un año antes, en 380, el cristianismo había sido elevado a religión oficial del imperio.

El emperador romano Teodosio I, el Grande (388-395), al no poder expulsar a los godos, tuvo que consentir en asignarles tierras en Tracia. Fue cristiano devoto y seguidor del credo de Nicea; ejerció mano dura contra los herejes; finalmente, en 391 —tal vez por influencia de san Ambrosio— puso fin a todas las formas de paganismo en el imperio. Así, fundó el Estado ortodoxo cristiano; de ahí su sobrenombre de El grande. Después de Teodosio I, el imperio se dividió en dos partes: la Oriental y la Occidental. El imperio fue dividido entre sus dos hijos: Arcadio como gobernador de Bizancio/Constantinopla en Oriente; y Honorio, quien quedó a cargo de Roma en Occidente. A partir de entonces hubo una completa separación de la administración, incluso de la sucesión. Cuando el imperio de Occidente se derrumbó en el siglo V, declinaron las relaciones entre Oriente y Occidente.

El papado de Bonifacio I (28 de diciembre de 418-4 de septiembre de 422) dictó la prohibición a las mujeres de subir al altar, incluso para quemar incienso o tocar con sus manos los objetos sagrados. El pontífice estableció un severo impedimento para que los esclavos pudieran ser ordenados; su liberación entraba en las condiciones indispensables para el sacramento.

En el siglo V fue entregada Roma, la capital del imperio occidental, a los papas y —con ella— todo el prestigio que continuaba unido a sunombre. Una nueva capital apareció en el imperio: la de la Iglesia, Roma, sede del primer obispo de la cristiandad.

Uno de los hechos que hizo culminar (a mediados del siglo V) la primacía del catolicismo como la religión oficial del imperio y fortaleció el poder de mando e influencia de la Iglesia frente al poder político de los gobernantes, fue quedar convertida en la institución depositaria de la autoridad que investía de legitimidad a los gobernantes del Estado.

El desorden y la desagregación del imperio romano culminaron en el siglo V. Casi todas las costas de África y España habían sido conquistadas; las grandes ciudades marítimas de Cartago y Cartagena se hallaban en manos de los bárbaros. Occidente había perdido sus provincias más bellas, y Constantinopla se hallaba no sólo herida en su prosperidad económica, sino que en el año 450 (a la muerte, sin heredero, de Teodosio II) se inició una era de conflicto por el poder de sucesión en el trono, el cual finalmente fue tomado por Marciano (450-457), mílite de Tracia.

La idea de sanción legítima del poder político por un orden superior, estaba profundamente arraigada en la cultura romana de Constantinopla. Para hacer aceptable el golpe de Estado, Marciano consideró indispensable que lo coronara el patriarca de Constantinopla.

En la historia institucional de Europa, la coronación de Marciano por el patriarca, constituye una ceremonia de gran importancia, al quedar establecida la legitimidad monárquica por derecho divino, sobre el doble principio de la herencia y de la confirmación de la Iglesia católica como fuente de la autoridad. De igual modo que en Egipto, a falta de heredero el gran sacerdote de Amón consagraba a un nuevo rey; ahora se reconocía a la Iglesia católica el ejercicio de conferir el poder imperial.25

A partir de su autoridad simbólica, la Iglesia confirió un nuevo sentido de orden y cohesión institucional al Estado, al confirmar la credibilidad social de los gobernantes y quedar convertida en la fuente incuestionable de legitimidad de los individuos y grupos que accedían al gobierno. La jerarquía eclesiástica adquirió la condición de ser el resguardo de la autoridad política, condición dada por la situación crítica en la que se vivía y en la que había la necesidad de una sanción supra-social, divina, que confirmara al poder secular. A partir de aquí quedaba claro que el poder político se confirmaba apelando a la construcción de una representación simbólica, universal y abstracta, que englobaba y contenía la representación social de la identidad católica dominante. Tal invocación garantizaba la subordinación y la obediencia a los gobernantes de los individuos y grupos de católicos. Este acto cultural confirmó que la condición necesaria para ser gobernante, consistía en colocar la fuente del poder político de mando por encima de los gobernados: más allá del de los iguales.

El papel de la Iglesia católica como fuente de la legitimidad del poder político de los gobernantes del Estado cubrió —con cuestionamientos y conflictos— 11 siglos: hasta 1648, con la firma de los acuerdos de paz de Westfalia, los cuales constituyen un hito en la consolidación del Estado moderno en su largo proceso de secularización. En dicho pacto se otorgaba la soberanía a 350 príncipes alemanes, después de la guerra de los 30 años. En el tiempo transcurrido en ese conflicto, decrece el poder del Sacro Imperio Romano Germánico. Esta autonomización del poder político frente a la Iglesia, corre paralelo al proceso de acumulación privada de capital que desmembra el viejo orden feudal.

La paz de Westfalia tenía como objetivo brindar estabilidad, mediante la creación de una organización estable que concentrara su actividad dentro de cada territorio, delimitando el poder dentro de las fronteras y rompiendo la hegemonía de un poder supraestatal y territorial.

A mediados del siglo V, la unidad de las provincias de Oriente y Occidente se había desgajado del imperio; en el año 468, Constantinopla pierde frente a los vándalos el control del Mediterráneo. En el año 452 los hunos devastaban partes de Italia, pero su rey Atila (conocido como El azote de Dios) fue persuadido por el papa León I, el Grande, para que se retirara sin entrar en Roma. Tres años después la ciudad cayó ante Genserico, rey de los vándalos, que pasó 15 días saqueando sus tesoros. El último emperador romano de Occidente fue el joven Rómulo Augústulo, quien reinó brevemente entre 475-476. Fue depuesto por Odo(v)acro, jefe germano de la guardia imperial, quien fue proclamado rey de Italia por el ejército y reconoció al emperador de Oriente como señor supremo. Con Odoacro, el imperio romano de Occidente llegó a su fin.

En Roma, frente al poder imperial en descomposición, el papa había logrado mantener sólidamente el poder de la Iglesia, que requirió de León I, el Grande, en 451 (el mismo año en que este papa mítico hizo retroceder a Atila frente a Roma), confirmar una vez más —en el Concilio de Calcedonia— la doctrina pontifical ortodoxa; además, las diferencias teológicas quedaban asentadas entre Roma y Constantinopla. Para el siglo V, el catolicismo había desbordado las fronteras del imperio; empero, sus modalidades internas marcaron la diferencia entre el cristianismo romano y sus otras versiones.

Este largo proceso de unificación de la identidad simbólica de la religión cristiana —construido con base en la representación depurada de la divinidad y en la escritura cerrada de su textualidad sagrada y oficial (lo uno por lo otro)— culminó en el año 440, cuando la Iglesia católica adquirió su plena institucionalización. Asimismo, dejó claros los límites oficiales dentro de los cuales se ubicaban las posibilidades hermenéuticas e interpretativas de los mitos fundadores y de las creencias de la religión cristiana.

La solidificación de la identidad simbólica cristiana corrió paralela a la consolidación de la estructura jerárquica de mando en la Iglesia al dejar establecidos en el diseño institucional el status de poder adscrito a la jerarquía, que asignaban el reconocimiento, la autoridad y la obediencia en la escala de los funcionarios, así como la sanción correspondiente dentro de la institución y en la comunidad católica a la desobediencia del orden normativo representado por la autoridad institucional. En este orden jurídico se sostenía la institución y dejaba claros los canales de movilidad interna ascendente que acreditaban la obediencia, al abrir posibilidades de ascenso en la escala política de mando; con ello la burocracia estaba echada a andar.

Desde mediados del siglo V, los obispos de Constantinopla, Alejandría y Antioquía, llevan el título de patriarcas. Al igual que el papa de Roma, los patriarcas consagraban a los metropolitanos y a los obispos de su jurisdicción; respecto de ellos, su poder era jurisdiccional. Fue el papa León I quien construyó —en ese vacío de poder que era Roma— la fuerza en torno a su persona y logró la autoridad suficiente para crear la jerarquía del papado, poder que significó el paso de la preponderancia de uno entre los cuatro obispos a la supremacía del de Roma.

El papa constituía una figura institucional; ello entrañaba que un obispo poseía la autoridad sobre todos los demás de su jerarquía. Este poder centralizador del papado uniformizó la Iglesia católica y fundó la era en la que la institución se autodenominó moderna; además, convirtió su presente en el tiempo que nombró lo nuevo y consolidó el contenido simbólico de su autoridad para la comunidad católica, al establecer teológicamente la diferencia entre la institución eclesiástica romana y las otras modalidades institucionales del cristianismo. Sobre todo al marcar un punto de inflexión frente a las formas institucionales anteriores, entre ellas la práctica de la religión misma. El presente, oficialmente cristiano, nombró el pasado religioso greco-romano y pagano que le dio origen como tradición, como cosmovisión de un pasado superado.26

La construcción del papado como culminación del largo proceso de consolidación centralizadora del poder en manos de la Iglesia, y la representación institucional del catolicismo como la verdad simbólica del cristianismo, aparece —intelectual y culturalmente— como el contenido de lo nuevo: como el primer significado de lo moderno.

La culminación de la institucionalización de la Iglesia como representación de lo moderno, se expresa en la reorganización del tiempo natural como un nuevo tiempo simbólico y ritual, modificación que marca a lo largo del continuum lineal y ascendente, los distintos eventos que dan origen a los ciclos en los que se divide el tiempo; asimismo, se confirman los periodos dedicados a eventos y personajes que marcan la celebración de los ritos de la religión católica: los santorales. La Iglesia se vuelve la administradora del tiempo colectivo y monopoliza sus contenidos posibles.27

A comienzos del siglo V, Paulo Orosio28 designa ya la propia época como Tempora Chistiana. Su filosofía de la Historia establece la continuidad suprahistórica desde el nacimiento de Jesucristo hasta su presente, concepción en la que desaparece la oposición conceptual entre actualidad moderna y antigüedad cargada de autoridad.29 Esta oposición conceptual se hace visible en el nuevo par de vocablos antiqui y moderni, que por primera vez es utilizado por el estadista y escritor romano Flavio Magno Aurelio Casiodoro (49 0-5 8 3),30 quien consideraba a Roma y a la cultura antigua como "el pasado". Casiodoro fue el primero en plasmar la oposición —históricamente poderosa— que en el concepto antiquitas separa un pasado modélico de la modernidad de una época progresiva. Para él, la presencia del reino de Dios se halla bajo el ideal de la misión de renovar la pasada grandeza del imperio romano y su cultura.

En Casiodoro todavía no se plantean dos versiones sobre el pasado clásico, perspectivas que después serán centrales en la concepción de modernidad, a saber: la cuestión relativa al progreso, decadencia y renacimiento; y la concepción histórica que tienen de sí mismos los moderni medievales, basada en la creencia de la igualdad e incluso en la superioridad de la Tempora Christiana.31

Paradójicamente, en el mensaje cristiano se encuentra la fuente misma del paradigma de la modernidad, el cual se funda en la diferenciación entre la tradición y lo nuevo. Este último adquiere la mayorvaloración en la representación social, y la diferenciación culmina su conceptualización en la Edad Media. Tal díada se ha transformado en la simiente del pensamiento secular moderno, mediante una racionalidad que concibe el movimiento de la sociedad por la dinámica producida en la relación diferenciada y excluyente de los términos que la componen; además, edifica en el mundo de las representaciones culturales e ideológicas un doble pathos: el que afirma lo nuevo o el que rechaza "lo ya pasado".

La palabra modernus queda plenamente atestiguada por primera vez en la última década del siglo v y principios del siglo vi, en la época de transición de la antigua Roma al nuevo mundo católico. En los documentos más antiguos, la palabra tiene al principio únicamente el significado técnico de "frontera de la actualidad" que corresponde a su origen etimológico: modernus.

W. Freund ha demostrado con razonamientos suficientes que modernus no significa —tan sólo— nuevo, sino actual, matiz de significado decisivo en la nueva acuñación de la palabra.32

Entre los conceptos temporales afines por su significado, sólo modernus cumple la función de designar exclusivamente el histórico ahora: de la actualidad.

 

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NOTAS

1 Hans Robert Jauss, La historia de la literatura como provocación (Barcelona: Editorial Península, 1976), p. 15. Jürgen Habermas, "La modernidad, un proyecto incompleto", en Ensayos políticos, 4a. ed. (Barcelona: Editorial Península, 2000), p. 266.

2 Los evangelios apócrifos, edición crítica y bilingüe, introducción de Santos Otero (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1999).

3 Como ejemplo de este proceso excluyente de "las otras tradiciones" se encuentra la obra de Eusebio, Praeparatio evangelica ("La preparación evangélica"), en la cual expone que la tradición griega es inferior a la hebrea y que lo mejor de la filosofía griega coincidió simplemente con la enseñanza bíblica o derivó de ella. Esta obra es valiosa además por el hecho de incluir muchas citas de autores clásicos, hoy perdidas. Vide infra.

4 Jacob Burckhardt, Del paganismo al cristianismo (México: Fondo de Cultura Económica, 1945). El autor explica la persecución de los cristianos por Diocleciano de la siguiente manera: "Creo que jugó un gran papel un importante acontecimiento personal cuyas huellas se han hecho desaparecer luego con el mayor celo. Una inscripción en honor de Diocleciano achaca a los cristianos que pretendían derrocar el Estado: republicam evertebant, expresión que —en tal forma— parece carecer de valor pero que muy bien puede encerrar un núcleo de verdad. ¿Trataron acaso los cristianos, en la sensación que tenían de su expansión creciente, de apoderarse de la dignidad imperial?" (p. 282).

5 Helena procedía de Cafar Facar, Mesopotamia, y sería cristiana. Según la versión del historiador Hamza Isaphanens, era de Edessa y cayó allí mismo como prisionera en manos de Cloro —sirvió en una taberna de Naïssus—. Es de esperar que su hijo mayor no dictara, pensando en ella, la ley Cod. Teodos IX, 7, 1 (del año 326) y por la cual —más por desprecio que por misericordia— las dueñas de tabernas y sus sirvientas fueron excluidas de las leyes de adulterio (adulteris). Cfr. Jacob Burckhardt, Del paganismo al cristianismo, op. cit., p. 297.

6 Cfr. M. C. Howatson, Oxford Companion to Classical Literature, 2a. ed. (Oxford: Oxford University Press, 1981), p. 349.

7 Este mito de la revelación premonitoria del sueño, se basa en los relatos de Lactancio, apologista cristiano y famoso escritor y retórico latino, cuya fama le mereció —ya en edad avanzada— haber sido llamado por Constantino el Grande a la Galia, para convertirse en tutor de su hijo menor: Crispo. sólo se conservan sus obras cristianas, en su obra De mortibus persecutorum (,Sobre las muertes y los perseguidores, escrita en la Galia en 318. Poco después del triunfo de Constantino, la obra constituye un pavoroso relato sobre los sucesivos destinos de los emperadores que persiguieron a los cristianos, especialmente en la época de Lactancio. Al estar escrito por un testigo presencial, el libro presenta un interés considerable. Incluye un relato del sueño de Constantino antes de la batalla del puente Milvio. Op. cit., p. 481.

8 Constantino tuvo tres hijos a los que nombró césares: Crispo, Constancio II y Constantino II. En el año 326, Constantino condenó a muerte a su hijo mayor,Crispo. A la muerte de Constantino (337) se desató una pugna dinástica entre sus hijos y los demás miembros de la familia. Después de una matanza de casi todos estos últimos, se llegó a un acuerdo para el reparto del imperio: Flavio Julio Constante (el menor) heredaría occidente; Constancio, oriente.

9 El donatismo fue un movimiento de resistencia rigorista dentro de la Iglesia, promovido por Donato, que dividió a la comunidad cristiana —acompañado de disturbios— y que buscaba la exclusión de los Lapsi (voz latina que significa "caídos"). Con dicho vocablo se designó a los cristianos que durante la persecución de Decio (250) consintieron en participar en un sacrificio pagano a los dioses de Roma, o en haber entregado libros sagrados y propiedades a los romanos. se les denominaba traditor. El movimiento promovido por Donato era en contra de Ceciliano, obispo de Cartago, acusado de ilegítimo porque en su consagración como obispo de Cartago intervino un lapsi: Félix de Aptunga. El fondo del movimiento entrañaba resolver una profunda querella teológica que fue resuelta en el sentido romano, en el sínodo convocado por san Milcíades: la validez del sacramento no depende de la conducta moral de quien la imparte.

10 Vide supra, cita 14.

11 No obstante el mito de su fe cristiana, Constantino recibió el sacramento del bautismo en su lecho de muerte de manos de un obispo considerado favorable al arrianismo. La leyenda cristiana cuenta que san silvestre (papa silvestre I, 31 de enero de 314-31 de diciembre de 335) convirtió, bautizó y curó de la lepra a Constantino. En la Iglesia de oriente se le consideraba un santo.

12 Por Concilio Ecuménico se entiende el ejercicio de la plena y suprema potestad de toda la Iglesia, mediante actos estricta o propiamente colegiales. Esta potestad suprema del colegio de los obispos debe ser promovida o libremente aceptada, en su caso, por el romano pontífice; se ejerce mediante acción conjunta de los obispos dispersos por el mundo; y significa, de hecho, el acto supremo de la communio episcopal.

El adjetivo ecuménico tiene el sentido primigenio de significar la participación de los obispos de la oikumene, es decir, el mundo greco-latino existente en la Antigüedad.

13 La fecha de Pascua se fijó en el primer domingo siguiente al primer plenilunio de primavera —o domingo siguiente al 14 de Nizán en el calendario hebreo—, que era la praxis de la Iglesia de Roma y de la mayor parte de las iglesias.

14 El arrianismo es la herejía de Arrio y sus seguidores, según la cual Jesucristo es la más perfecta de las criaturas y su dignidad, la más alta después de la de Dios; no es por tanto consustancial con el Padre y carece en consecuencia de los atributos de la divinidad. sólo por gracia recibe tal denominación.

15 Los obispos asistentes suelen ser 318, en clara alusión a los 318 siervos de Abraham (Génesis 14: 14); aunque en realidad debió oscilar entre 250 y 300, si nos atenemos al testimonio del Eusebio de Cesárea, escritor griego, historiador de la Iglesia y obispo de Cesárea en Palestina.

16 [...] "Creo en un solo Dios

Padre

todopoderoso, creador del cielo y de la Tierra, de todas las cosas visibles e invisibles.

Hijo

Y en un solo Señor, Jesucristo, Hijo unigénito de Dios. Y nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no hecho, consustancial al Padre: por quien todas las cosas fueron hechas. Quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó de los cielos.

Y se Encarnó, por obra del Espíritu Santo, de María Virgen: Y SE HIZO HOMBRE. CRUCIFICADO TAMBIÉN por NOSOTROS, PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATOS, Y FUE SUPULTADO. Y RESUCITÓ AL TERCER DÍA, SEGÚN LAS ESCRITURAS. SUBIÓ AL CIELO: ESTÁ SENTADO A LA DIESTRA DEL PADRE.Y otra vez ha de venir con gloria a juzgar a los vivos y a los MUERTOS: Y SU REINO NO TENDRÁ FIN (sic).

Espíritu Santo

Creo en el Espíritu Santo, Señor y vivificador. Que del Padre y del Hijo procede. Que con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado. Que habló por medio de los profetas.

La Santa Iglesia

Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Y espero la resurrección de los muertos.

Y la visa del siglo venidero, amén. Dominico Gaspar LeFebvre, Misal diario vesperal, O. S. B. de la abadía de Saint André Desclée (Brujas, Bélgica: Brouwer y Cía., 1940),pp. 968-969.

17 "Concluyéronse, pues, los cielos y la Tierra y todo su aparato, y dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios de toda la obra creadora que Dios había hecho.

Esos fueron los orígenes de los cielos y la Tierra cuando fueron creados." Génesis 2: 1-4.

El judío imita el descanso de Dios en el Shabbat; está prohibido realizar todo tipo de trabajo como así debería ser todo lo que le rodea. Aunque en caso de peligro y supervivencia, estas restricciones se suspenden.

El shabbat está ya mencionado en el Antiguo Testamento. Es un mandato de Dios que, mediante Moisés, dio al pueblo judío en el desierto: las tablas que contienen los diez mandamientos que se dividen en dos unidades. Los cinco primeros simbolizan la relación entre Dios y el hombre; mientras que los siguientes cinco se refieren a la relación entre los hombres. En el decálogo aparecen dos referencias al shabbat: "Recuerda el día del Shabbat" (Éxodo 20: 8) y "mantén el día sábado" (Deuteronomio5: 12).

Se dice que si todos los judíos cumplieran con el shabbat, el Mesías haría su aparición. Los místicos consideran que durante el shabbat los aspectos femeninos y masculinos de Dios se reúnen; por lo tanto es el momento adecuado para tener relaciones entre marido y mujer.

El shabbat es un día de cósmica armonía en que las fuerzas del mal no tienen control. Biblia de Jerusalén (Bilbao: Desclee de Brouwer, 1975); Alan Unterman, "Shabbat", en Dictionary of Jewish Lore & Legends (Londres: Thames and Hudson, 1991),p. 177.

18 Esta obra consta de diez libros y constituye la fuente principal para la historia de la Iglesia primitiva en Oriente desde su fundación. La versión final corresponde al año 324 y se conserva el original en griego, así como también las versiones en latín, siríaco y armenio. Entre otras obra suyas están Los mártires de Palestina, relato testimonial de las persecuciones (desde el 303 al 313) iniciadas por el emperador romano Diocleciano. El escritor Eusebio argumenta en su obra Praeparatio evangelica [La preparación evangélica] que la tradición griega es inferior a la hebrea y que lo mejor de la filosofía griega coincidió simplemente con la enseñanza bíblica, pero esta última no derivó de ella. Dicha obra es también valiosa por el hecho de incluir muchas citas de autores clásicos, hoy perdidos. Sus dos libros Chronikon [Crónica] tienen importancia para el estudio de la historia antigua. Cfr. M. C. Howatson, Oxford Companion to Classical Literature, 2a. ed. (Oxford: Oxford University Press, 1981), p. 349.

19 Sólo se conservan sus obras cristianas. Las principales entre éstas son: De oficio Dei [Sobre la obra de Dios] (303-304), en la cual pretende demostrar la existencia de la providencia divina tomando como base la forma del cuerpo humano; De ira Dei [Sobre la ira de Dios] sostiene contra algunos filósofos que la ira es un componente necesario del carácter de Dios, que debe repartir justo castigo contra los malhechores; y las Institutiones divinae [Instituciones divinas], siete libros escritos entre los años 305 y 313. Esta obra de gran envergadura es una defensa de la doctrina cristiana como sistema armónico y lógico; fue dirigida a los lectores paganos cultos y no recurrió a las escrituras sino al testimonio de los propios escritores paganos. Cfr. M. C. Howatson, 1981, op. cit., p. 480.

20 Véase Isaías 44: 6.

21 Uno de los primeros cenobitas —que llevaban estilos de vida bastante variados— fue San Benito de Nurcia (480-529), quien realizó el gran esfuerzo de organizar en un solo texto (extraordinariamente inteligente) las experiencias recogidas en la vida cenobita.

22 El papa Dámaso le había sugerido originalmente esta obra, durante su estancia en Roma en la década de 380. La finalidad de la obra era disponer de un texto autorizado para reemplazar los manuscritos antiguos latinos, con sus graves variantes textuales en circulación a finales del siglo IV. Los textos latinos anteriores a la Vulgata de San Jerónimo son conocidos como las antiguas versiones latinas. Además de sus traducciones, hay también una colección de 150 cartas (incluidas varias falsificaciones), entre las cuales se cuenta con 10 dirigidas a san Agustín, que revisten gran importancia histórica.

23 Véase supra, cita 19.

24 Conjunto de varias ciudades de Asia fundadas en los tiempos de los seléucidas, nombre de la dinastía que fundó Seleuco I Nicátor, general de Alejandro creador de la dinastía griega de los seléucidas (354-280 a. de C.). Reunió a sus estados Frigia, Mesopotamia y Armenia; asimismo, cubrió casi todo el imperio de Alejandro.

25 El emperador León (457-474), otro militar de Tracia que sucedió a Marciano, hizo legitimar su advenimiento en la misma manera. El acto tradicional de la consagración se implantaba, suprimiendo las guerras internas que tan a menudo había ocasionado la falta de sucesión dinástica.

26 Jürgen Habermas, "La modernidad, un proyecto incompleto", en Ensayos políticos, 4a. ed. (Barcelona: Editorial Península, 2000), p. 266.

27 Para el problema del tiempo ritual, véase el capítulo "Futuro pasado del comienzo de la modernidad", en Futuro pasado: para una semántica de los tiempos históricos, de Reinhart Koselleck, 21-40 (Barcelona: Paidós, 1993).

28 Historiador cristiano originario de España, que buscó refugio junto a san Agustín en el norte de África para huir de los bárbaros invasores de su tierra natal. A petición de san Agustín, compuso en 474 Historiarum adversus paganos libri septem [Historia contra los paganos en siete libros], historia del mundo hasta sus propios días. El objetivo de la obra era contrarrestar la opinión pagana de que la conversión del imperio romano al cristianismo era la causa de los desastres presentes (alegando que los mismos desastres ya ocurrían antes del ascenso del cristianismo). La parte final del último tomo abarca los sucesos del tiempo de Orosio, por lo que esta obra constituye una valiosa fuente histórica. Durante la Edad Media, Historiarum adversus paganos sirvió de manual histórico del mundo antiguo.

29 Para el pasado, falta en Orosio el concepto de antiquitas, y en el presente metahistórico de su Tempora Christiana tampoco se elimina el tiempo actual. Walter Freund, p. 22, citado por Hans Robert Jauss, op. cit., p. 16.

30 Después de desempeñar varios cargos públicos, en el año 540 se retiró al estudio de la filología y la vida cristiana como monje en un monasterio que fundó en Vivario, en Brucio (Calabria). Publicó 12 libros de sus Variae Epistolae [Cartas diversas]. Entre sus restantes escritos está una Historia de los godos, de la que se ha conservado un resumen; una Breve historia del mundo hasta 519, muy popular en la Edad Media; y algunos trabajos de gramática. La obra más importante de la última parte de su vida fue Institutiones [Instituciones], guía para la educación seglar y religiosa de los monjes. La parte seglar estuvo basada en las siete artes liberales (fluctuante clasificación de los temas que compusieron el programa educativo en Occidente durante la Edad Media, desde bien entrado el siglo V d. de C. en adelante). La denominación parece tener origen en Aristóteles, quien en la Política habla de eleutherai epistemai, "rama del conocimiento digno de un hombre libre", el conocimiento básico necesario para un ciudano educado de la manera idónea. Se dividían en el Trivium, a saber: gramática —esto es literatura—, retórica y dialéctica; y el más avanzado quadrivium, es decir: aritmética, geometría, música y astronomía. Da también instrucciones sobre la copia de manuscritos. Casiodoro desempeñó un papel importante en la transmisión de la cultura literaria al mundo medieval de Occidente.

31 Walter Freund, Modernus und andere Zeitbegriffre des Mittelalters (Colonia: Graz, 1957), p. 22, citado por Hans Robert Jauss, op. cit., p. 16.

32 Op. cit., p. 15.

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