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Revista mexicana de sociología

versión On-line ISSN 2594-0651versión impresa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.65 no.2 México abr./jun. 2003

 

Interrogaciones a las Ciencias Sociales

 

El debate sobre la prospectiva de las Ciencias Sociales en los umbrales del nuevo milenio

 

The Debate on the Outlook for Social Sciences on the Threshold of the New Millenium

 

Gilberto Giménez*

 

* Doctor en Sociología, Universidad de La Sorbona, París III. Investigador titular del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Tema de especialización: Sociología de la cultura. Dirección: Ciudad de la Investigación en Humanidades, Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria. Código Postal 03410. Teléfono: 56-22-74-00, extensión 308. Correo electrónico: <gilberto@servidor.unam.mx>.

 

Recibido: 18 de abril de 2002.
Aceptado: 11 de noviembre de 2002.

 

Resumen

El debate internacional sobre el estatuto epistemológico de la Sociología frente a las ciencias "nomológicas", parece convenir en tres necesidades fundamentales: 1) revisar críticamente la primera centuria de vida de la Sociología para hacer un diagnóstico adecuado de su situación actual; 2) desbordar los marcos estrechamente localistas y nacionales del ejercicio de las Ciencias Sociales para abordar las grandes transformaciones mundiales de nuestro tiempo mediante la gestación de una Sociología de la globalización; y 3) contrarrestar la excesiva fragmentación de las Ciencias Sociales procurando recomponer su unidad en torno a un punto de convergencia: la Historia.

Palabras clave: Sociología; Ciencias Sociales; globalización; epistemología; Historia.

 

Abstract

The international debate on the epistemological status of Sociology vis-à-vis "nomological" sciences seems to agree that there are three fundamental needs: 1) to critically review the first century of life of Sociology in order to undertake an adequate diagnosis of its current status; 2) to go beyond the narrowly local and national frameworks of Social Sciences to explore the major world transformations of our time through the creation of a Sociology of globalization, and 3) to counteract the excessive fragmentation of Social Sciences by attempting to restore their unity around a point of convergence, namely History.

Key words: Sociology; Social Sciences; globalization; Epistemology; History.

 

I. INTRODUCCIÓN

CON PROPÓSITOS PRINCIPALMENTE informativos, nos proponemos abordar aquí algunas cuestiones sustantivas que se han planteado recientemente en la discusión internacional todavía en curso en torno a la situación actual de las Ciencias Sociales, en general, y de la Sociología, en particular, en el campo del conocimiento.

Destacaremos tres cuestiones que nos parecen particularmente notables a este respecto: 1) la prospectiva de las Ciencias Sociales a la entrada del nuevo milenio, según la visión de autores muy reconocidos en este ámbito científico; 2) la emergencia de la llamada "Sociología global" y 3) el debate actual sobre el estatuto epistemológico de la Sociología.

Como la mayor parte de los autores que citaremos más adelante hablan más de Sociología que de Ciencias Sociales, conviene aclarar una cuestión previa: ¿cuál es la relación entre las llamadas Ciencias Sociales y la Sociología? La respuesta parece obvia; incluso ha sido oficialmente institucionalizada en nuestra Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, así como en muchos otros departamentos de Ciencias Sociales en nuestro país y en América Latina: la Sociología es sólo una disciplina más (por cierto, no la más importante) entre otras muchas, como Ciencias Políticas, Ciencias de la Comunicación, Relaciones Internacionales, y otras. Además, priva la mayor confusión sobre el contenido específico, las fronteras y los métodos supuestamente propios de esa enigmática disciplina. Es difícil saber, por ejemplo, cuáles son los criterios para clasificar un proyecto de investigación como de "orientación sociológica", "antropológica" o "sociopsicológica".1

A nuestro modo de ver, todo el problema deriva de una falta de perspectiva histórica. En realidad, buena parte de las llamadas "Ciencias Sociales" ha sido desprendimiento temático o sectorial de la Sociología, por implosión interna o por exigencias de especialización en el proceso de lo que Dogan y Pahre (1991) han llamado "el ciclo histórico" de las disciplinas sociales. En efecto, según estos autores, el desarrollo de las Ciencias Sociales habría pasado por las siguientes fases históricas: la fase clásica o fundacional, en la que la Sociología se presenta como una ciencia de pretensión sintética y globalizante; la fase neoclásica o de expansión, en la que se enriquece el patrimonio clásico pero sin dejar de presentarse como un campo de conocimiento sintético y totalizador; la fase de especialización, que trae consigo la fragmentación de la Sociología en muchas subdisciplinas, cuya cantidad tiende a crecer exponencialmente; y la fase de "hibridación" o "amalgamación" (que no debe confundirse con "interdisciplinaridad") entre disciplinas fronterizas o entre segmentos de disciplinas, que sería la que con mayor fuerza se está manifestando en nuestros días. La pluralización de lo que hoy llamamos "Ciencias Sociales" se habría producido en la fase de la especialización. Jean-Claude Passeron (1991: 26) las llama "disciplinas autonomizantes", en el sentido de que aíslan por la sola abstracción un nivel de fenómenos o un subsistema del funcionamiento social (v. g. la comunicación, la población, el intercambio de bienes escasos), en contraposición a la Sociología, a la Antropología y a la Historia, que serían las tres Ciencias Sociales integrales orientadas al estudio del "hecho social total" (Mauss). De este modo, la Sociología no constituye simplemente una disciplina más entre otras, sino algo así como la nodriza o la célula madre a partir de la cual se habría generado la mayor parte de las llamadas "Ciencias Sociales" mediante un proceso de proliferación y autonomización. Esto explica, por un lado, la "porosidad de fronteras" entre las disciplinas sociales (que hace posible precisamente la hibridación o amalgamación entre ellas); y, por otra, el "aire de familia" que parecen tener en su conjunto, como si pertenecieran a la "misma especie teórica". Esto explica también por qué todos los manuales modernos de Sociología, incluido el último editado por la Internacional Sociological Association (Quah y Sales, 2000), abarca en su capitulado temas y materias que supuestamente pertenecen en exclusiva a otras disciplinas sociales (por ejemplo: feminismo, religión, etnicidad, poder y Estado, política internacional, movimientos sociales, comunicación, y otras).2

Las consideraciones anteriores no tienen nada que ver con una supuesta voluntad imperialista de la Sociología, sino con la historia de esta disciplina y con la Epistemología. Y no se trata de una cuestión menor, sin consecuencias para la práctica científica. De la comprensión de este problema dependen, entre otros rubros, la superación de lo que en algún lugar hemos llamado "chauvinismo disciplinario", la posibilidad de una transdisciplinaridad fecunda entre investigadores y docentes de todas las especialidades, y la posibilidad de construir una especie de identidad por lo menos genealógica para todos los científicos sociales, a pesar de la dispersión de sus intereses y tareas.

 

II. LA SOCIOLOGÍA EN LOS UMBRALES DEL NUEVO MILENIO

A principios del año 2000 apareció un número especial de la revista British Journal of Sociology,3 dedicado íntegramente a la prospectiva de la Sociología en la entrada del nuevo milenio. Los colaboradores fueron una docena de connotados sociólogos: Manuel Castells, Immanuel Wallerstein, Göran Therborn, Bruno Latour, Ulrich Beck y Saskia Sassen, entre otros. Estos autores exponían sus respectivas visiones acerca del futuro de la Sociología y de las Ciencias Sociales en el nuevo milenio que acababa de inaugurarse. Ante la imposibilidad de resumir aquí toda la riqueza y la variedad de las perspectivas presentadas, nos limitaremos a destacar a dos de los autores mencionados: I. Wallerstein y G. Therborn, por considerar que sus contribuciones son probablemente las más significativas y las que tienen mayor importancia para nosotros.

a) Immanuel Wallerstein: "De la Sociología a la Ciencia Social histórica: perspectivas y obstáculos"4

Cuando entramos en el siglo XIX, dice Wallerstein, no había ni Ciencia Social ni Sociología. Cuando entramos en el siglo XX, la "Ciencia Social" era un término vago y la "Sociología" era el nombre de una disciplina naciente que comenzaba a recibir una sanción universitaria en algunos pocos países occidentales. Y ahora que entramos en el siglo XXI, la "Sociología" ya es un campo organizado de estudios en la mayor parte de las universidades del mundo, mientras que la "Ciencia Social" sigue siendo un término vago que abarca ciertas zonas de interés intelectual.

La época dorada de la Sociología como disciplina habría sido la que se extiende entre 1945 y 1965. En esta época las tareas científicas de la disciplina parecían claras, su futuro parecía garantizado y sus líderes intelectuales se mostraban seguros de sí mismos.

Sin embargo, esa época dorada no duró mucho. A partir de 1965, la Sociología se fragmenta siguiendo diferentes derroteros, el futuro se vuelve incierto y las críticas externas se multiplican. Los desafíos que se presentan a la "cultura sociológica" son tan graves, que obligan a repensar algunas de sus premisas clásicas. Estos desafíos se derivan de los cambios generados en el sistema-mundo, y de los producidos en la esfera del mundo del conocimiento. Por eso, las cuestiones que planteamos en el siglo XXI en torno a la Sociología y las Ciencias Sociales son muy diferentes de las que planteábamos en el transcurso de los últimos 150 años.

Wallerstein (quien se ha caracterizado siempre por su sentido histórico y holista) afirma que la Sociología nace en una época de optimismo histórico, en la que dominaba la creencia en el progreso indefinido de la humanidad en virtud del desarrollo tecnológico. Se pensaba que el progreso no sólo era bueno y deseable, sino también inevitable, por más de que en su transcurso se produjeran sufrimientos y daños colaterales. Dentro de dicho contexto, la Sociología asume dos grandes tareas: 1) el estudio de la génesis de esta marcha hacia el progreso y 2) cómo afrontar los daños colaterales que se producen en el transcurso de tal marcha.

La creencia en el progreso indefinido dio origen a lo que suele llamarse "grandes narrativas". La predominante fue la visión liberal de la Historia, según la cual la humanidad aspira a una sociedad libre e individualista en la que se maximice la variedad de opciones posibles y se impulse a las personas a desarrollar sus capacidades dentro de un sistema que rechaza la legitimidad de los privilegios adquiridos.

La Sociología se nutre de esta visión y crea el concepto de modernidad, la cual se describe mediante dicotomías tales como: contrato vs. status, Gesellschaft vs. Gemeinschaft, solidaridad orgánica vs. solidaridad mecánica, y así por el estilo.

Había dos variaciones opcionales a esta narrativa liberal: una conservadora, que no prosperó nunca en el ámbito de la Sociología (aunque hubo sociólogos conservadores); y otra marxista, que representaba la vía más radical. Sin embargo, según Wallerstein, la narrativa marxista no es muy diferente, a fin de cuentas, de la liberal. En efecto, el marxismo hace hincapié en la tesis de que la era presente no es el último, sino sólo el penúltimo momento del progreso histórico. Esta revisión del escenario tiene importantes consecuencias para el análisis del presente ("lucha de clases") y para la acción política ("revolución"); pero el marxismo comparte con el liberalismo la creencia en la centralidad de una conceptualización binaria del presente y en la inevitabilidad del progreso.

Se ha dicho que la segunda preocupación de los sociólogos fue cómo afrontar los daños colaterales producidos en el curso de la marcha hacia el progreso. Todos parecen compartir la idea de que en su desplazamiento de la premodernidad a la modernidad, muchos individuos y grupos son lastimados y golpeados. En consecuencia, realizan actividades y asumen actitudes antisociales, por lo menos en el corto plazo. De aquí se origina cierto desorden generalizado que suele describirse como "desorden urbano". Por tanto, los sociólogos estudian la desviación, la pobreza, el crimen y todas las "enfermedades" atribuidas a la transición de la premodernidad a la modernidad. Ello genera la imagen de los sociólogos como "trabajadores sociales" o como "teóricos de los trabajadores sociales".

Las dos preocupaciones señaladas —el origen de la modernidad y el problema del desorden urbano— no han desaparecido; pero tienden a eclipsarse, y hoy nos parecen más bien pintorescas, afirma Wallerstein.

En la actualidad, la mayor parte de los sociólogos se ocupan de "problemas-post" (post-concern): post-industrialismo, post-modernidad, post-colonialismo... Súbitamente, la modernidad parece ser el pasado; no el presente.

El desorden urbano no desaparece, sino que se acrecienta. En consecuencia, los sociólogos siguen operando como "trabajadores sociales"; pero se han vuelto más circunspectos y están menos seguros de la efectividad de los remedios que proponen.

La palabra clave para describir la situación contemporánea es globalización. En lo personal, Wallerstein opina que el término carece de sentido como concepto analítico, y que más bien sirve como lema comercial o político. Sin embargo, representa, sostiene el autor, una insistencia —compartida por intelectuales y público en general— en que algo nuevo se está produciendo en nuestros días. Esta sensación empata muy bien con el síndrome de los "conceptos-post" y coincide con la vaga angustia que parece acompañar la llegada del nuevo milenio.

En nuestros días, la elite neoliberal todavía cree en un glorioso futuro y hasta lo predican. No obstante, la polarización económica dentro del sistema-mundo se ha profundizado, lo cual ha acarreado un considerable escepticismo entre las masas que ni creen en las promesas de bienestar propaladas por los media, ni creen en los movimientos y partidos contra-sistémicos que dicen representarlas y que también ofrecen un glorioso futuro alternativo.

Según Wallerstein, la cuestión mayor para nosotros puede plantearse en los siguientes términos: ¿prometen la tecnología y la modernidad (llámese globalización, post-modernidad o como sea) un empuje lineal hacia delante, o nos llevan a un colapso del sistema-mundo existente?

¿Cómo responder a este interrogante? Antes, a la entrada del siglo XX, la respuesta parecía clara. La ciencia (newtoniana, determinista y lineal) era aceptada como el único modo legítimo de responder a la cuestión señalada. Se trataba de una ciencia autonomizada, primero de la Teología y luego de la Filosofía y de las Humanidades, con lo que se introdujo la nefasta división del conocimiento en lo que se ha dado en llamar las dos culturas,5 división que ha dominado la estructura del conocimiento en las dos últimas centurias. De aquí surgió la dicotomía entre ciencia y Filosofía/Humanidades. La primera se consideraba como nomotética; la segunda, como idiográfica y hermenéutica. Esta dicotomía repercutió en la Sociología mediante el llamado Methodenstreit, esto es, disputa por el método. El resultado fue la fragmentación de las Ciencias Sociales en muchas disciplinas, algunas de las cuales se definían como "nomotéticas" (Economía, Ciencia Política, Sociología), y otras como "idiográficas" (Historia, Antropología, Estudios Orientales).

El modelo de las "dos culturas" está siendo cuestionado muy profundamente en nuestros tiempos en virtud de un movimiento de pinza no planeado, que se ha manifestado en el transcurso de las dos últimas décadas.

Por un lado surgen en el campo de las Ciencias Naturales (y Matemáticas) las llamadas ciencias de la complejidad, cuyo impacto ha comenzado a sentirse desde la década de los setenta. Sus cultores cuestionan el modelo fundamental de la ciencia moderna (baconiana/cartesiana/newtoniana), que es determinista, reduccionista y lineal. El nuevo grupo argumenta que el viejo modelo, lejos de describir la totalidad de los fenómenos naturales, sólo describe casos muy limitados y especiales. De este modo, los científicos de la complejidad invierten casi todas las premisas del mecanicismo newtoniano e insisten sobre "la flecha del tiempo" y "el fin de las certezas".

Por otro lado aparecen los Estudios Culturales, un movimiento que ha surgido en el ámbito de las Humanidades (Filosofía, Estudios Literarios) y que critica el punto de vista dominante en su propio campo como, por ejemplo, el de que existen cánones estéticos que reflejan juicios universalmente válidos sobre el mundo de los artefactos culturales. Según los nuevos estudiosos, los juicios estéticos son particularistas y no universales. Además, están socialmente condicionados y en evolución permanente. Por último, reflejan posiciones sociales y conflictos de poder. Lo que ocurre, entonces, es que se relativiza el estudio de la "cultura". Tal movimiento coincide con demandas de los grupos minoritarios dominados para ser reconocidos dentro del sistema universitario como objetos y sujetos de estudio (mujeres, innumerables grupos de clase, raciales, étnicos y sexuales oprimidos y definidos como "minorías").

El grupo de los "Estudios Culturales" se ha vuelto cada vez más importante en las facultades de Humanidades, concluye Wallerstein, pensando seguramente en la influencia de la escuela del mismo nombre formada desde los años sesenta en Inglaterra en torno a la Universidad de Birmingham.

Siempre según el mismo autor, las Ciencias Sociales han sido afectadas por ambos movimientos tendientes a cambiar las estructuras del conocimiento de un modelo centrífugo a otro centrípeto. De 1850 a 1970 el sistema universitario mundial ha separado las facultades de Ciencias Naturales de las de Humanidades, que se movían en direcciones opuestas. Las Ciencias Sociales se situaban más o menos en el medio, y eran jaladas por ambas fuerzas.

En la actualidad, los científicos de la complejidad hablan un lenguaje cercano al de las Ciencias Sociales, y los partidarios de los Estudios Culturales hacen lo mismo (v. g., afirman que los valores y juicios están socialmente condicionados). El modelo del conocimiento se vuelve centrípeto en el sentido de que los dos extremos se mueven hacia el punto intermedio ocupado por las Ciencias Sociales.

En opinión de Wallerstein, se trata de una coyuntura inmejorable para la reafirmación de la Sociología y de las Ciencias Sociales, en general. "Para los que pensamos que la metáfora de las dos culturas ha sido un desastre intelectual [dice], éste es un momento de júbilo, pero también de responsabilidad." Las Ciencias Sociales deben clarificar este movimiento de convergencia promoviendo una nueva síntesis que permita reunificar las bases epistemológicas de la estructura del conocimiento. Sobre todo, deben buscar su propia reunificación, porque uno de los efectos del modelo de las "dos culturas" ha sido la fragmentación de las Ciencias Sociales en una infinidad de disciplinas autonomizadas.

En efecto, nuestro autor observa que la curva de las divisiones y subdivisiones disciplinarias se ha empinado enormemente desde 1950. A partir de esta fecha se inicia la proliferación de "nuevas disciplinas" reconocidas, si no universalmente, sí dentro de segmentos significativos de la comunidad académica. Ahora bien, el concepto de "disciplinas separadas", por razones de especialización, sólo tiene sentido si su cantidad es reducida, opina Wallerstein. Si dicha cantidad crece en demasía, como ocurre en nuestros días, sólo puede tratarse de pequeñas áreas de actividad académica en torno a las cuales se reúnen momentáneamente varios investigadores. Así pues, carece de sentido "enseñar" a nuestros estudiantes y graduados dichas áreas reducidas como si fueran disciplinas autónomas, y con mayor razón conferir "doctorados" en esos ámbitos. Hacerlo así equivaldría a mutilar la capacidad de nuestros estudiantes para pensar como científicos sociales, y a convertirlos en simples técnicos adiestrados. El resultado intelectual sería en este caso la ceguera colectiva.

Frente a dicho proceso de fragmentación disciplinaria, se nos presentan tres escenarios posibles:

- O continuamos remendando la estructura organizacional de las Ciencias Sociales hasta que un día se desmorone por su propio peso.

- O esperamos la intrusión de un deus ex machina (o de muchos) que reorganice las Ciencias Sociales para nosotros. Wallerstein señala que sobran candidatos para hacerlo en los Ministerios de Educación y en las administraciones de la universidad. Sólo que la motivación principal de tales burócratas sería probablemente la racionalización para reducir costos, aunque disimulen este propósito bajo pretextos académicos.

- O asumimos nosotros mismos la tarea de reunificar y de re-dividir el campo de las Ciencias Sociales con el objeto de crear una división del trabajo más inteligente, que permita un avance intelectual significativo en el siglo XXI.

Wallerstein opina que este último escenario es el más deseable. Pero subraya que la reunificación propugnada sólo podrá realizarse sobre la base de lo que él llama ciencia social histórica, que entraña el presupuesto epistemológico de que toda descripción útil de la realidad es necesaria y simultáneamente histórica (esto es, toma en cuenta no sólo la especificidad de la situación, sino también los cambios incesantes de las estructuras bajo estudio), así como científico-social (es decir, comporta la búsqueda de explicaciones estructurales de larga duración).

En la Ciencia Social así reunificada, no será posible aceptar una división significativa entre los planos económico, político y sociocultural. Además, habrá que trascender la distinción entre lo moderno y lo premoderno; entre lo civilizado y lo bárbaro; entre lo avanzado y lo atrasado, para introducir la tensión universal-particular en el centro del trabajo sociológico. Ello permitirá someter todas las zonas, grupos y estratos sociales al mismo tipo de análisis crítico. Se trata de una tarea difícil —opina Wallerstein—, que estaremos en condiciones de consumar sólo cuando la "ciencia social histórica" se haya convertido en un ejercicio realmente global. En nuestros días ocurre precisamente lo contrario. Las Ciencias Sociales se practican mayormente en una pequeña área del mundo; aunque, por cierto, la más rica. Esta situación altera estructuralmente el análisis sociológico.

Ahora bien, tal alteración no se corrige invitando a científicos sociales asiáticos, europeos o latinoamericanos a asistir a nuestros coloquios o a enseñar en nuestras universidades occidentales, señala Wallerstein. Se requiere un sistemático desplazamiento de los financiamientos y de los fondos hacia la periferia del mundo. Se requiere que los académicos occidentales entren en contacto con el resto del mundo más para aprender que para enseñar. Se requiere que todos los científicos sociales puedan leer en seis o siete lenguas los trabajos realizados en otras partes del mundo. Se requiere, en suma, una verdadera transformación en el mundo de las Ciencias Sociales.

Wallerstein se declara moderadamente optimista de que esto ocurra dentro de los próximos 25 o 50 años. No obstante, los obstáculos —opina— son enormes. En efecto, por una parte la transformación del mundo del conocimiento está ligada intrínsecamente a la transformación del sistema-mundo existente; y, por otra, hay muchos interesados en mantener la situación imperante bajo sus peores aspectos, entre ellos los gatekeeper burocráticos de nuestras universidades.

b) Göran Therborn: "Ante el nacimiento de la segunda centuria de la Sociología: tiempos de reflexividad, espacios de identidad y nudos del conocimiento"6

Göran Therborn, sociólogo sueco de ascendencia marxista y actualmente miembro del Colegio Sueco de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales, comienza afirmando que, antes de ponderar su entrada en el tercer milenio cristiano, la Sociología debería hacer un balance de su primer centenario.7 Consecuentemente, en este artículo el autor se propone revisar la experiencia de la pasada centuria como background para poner de relieve la situación actual y las potencialidades futuras de la disciplina. Y esto lo hace desde una doble perspectiva: una histórica y otra "espacial".

Al asumir la perspectiva histórica, Therborn hace desfilar ante nuestros ojos las concepciones predominantes acerca de tres dimensiones de la realidad social: la cosmología social, la percepción de la direccionalidad del mundo y las ideas acerca del modo apropiado del conocimiento. Desde el punto de vista espacial, nuestro autor explora lo que llama "espacios de identidad" de la disciplina y de la práctica sociológica; selecciona aquí también tres dimensiones: el espacio de las instituciones y de las disciplinas, el de la práctica común y cotidiana, así como el de la imaginación y de la investigación.

Comencemos con la perspectiva histórica, en la que se destaca —como queda dicho— la sucesión de los grandes temas sociológicos en relación con las tres dimensiones señaladas.

En su fase clásica, la Sociología estuvo dominada por tres tópicos básicos: la evolución, el progreso y la ciencia. La cosmología social era la de un mundo en evolución permanente; desde esta perspectiva, la problemática de los orígenes de las realidades sociales ocupaba un lugar central en la preocupación de los sociólogos: de Durkheim a Weber, pasando por el sueco-finlandés Edward Westermarck. De aquí la obsesión por estudiar las formas más simples y primitivas de los fenómenos sociales, como la religión en Durkheim; no por simple curiosidad histórica, sino como medio para explicar sus formas más complejas y evolucionadas en el presente.

Por eso los conceptos clave de los fundadores de la Sociología estaban ligados a la evolución en el tiempo, desde la teoría de los "tres estadios" de Comte hasta la serie de díadas evolucionistas: status y contrato, sociedad militar y sociedad industrial, Gemeinschaft y Gesellschaft, solidaridad orgánica y mecánica, dominación tradicional y racional, y así por el estilo.

La evolución histórica tenía una dirección evaluativa: marchaba hacia el progreso. La tarea mayor de la Sociología era alinearse con esa direccionalidad y contribuir a acelerarla. Ello a pesar de que Weber tuviera sobre dicho "progreso" ideas más sombrías que los padres fundadores norteamericanos.

El modo de conocimiento apropiado era la ciencia, que en alemán (Wissenschaft) evoca la idea de erudición académica. Es precisamente en Alemania donde se elabora una especificación ulterior de la ciencia en términos de la dicotomía Ciencias Naturales/Ciencias del Espíritu (Geisteswissenschaften, es decir: Ciencias Culturales). Esta dicotomía constituye, como sabemos, el trasfondo de los escritos metodológicos de Max Weber.

El evolucionismo perdió su atractivo en las trincheras de la primera Guerra Mundial; en su lugar, entró en escena —tanto en Sociología como en Antropología— una cosmología diferente: la estructura de la realidad social, más que su evolución. Y la direccionalidad era la contribución de los elementos estructurales al orden funcional.

La ciencia sigue siendo el modo incuestionado de conocimiento; pero se convierte también en objeto de análisis estructural-funcional. Eran los tiempos de Talcott Parsons, Robert Merton, Bronislaw Malinowski, A. R. Radcliffe-Brown y Claude Lévi-Strauss.

Entre 1950 y 1960 puede observarse un retorno efímero del evolucionismo bajo el concepto de modernización, que es muy similar al evolucionismo sociológico clásico, pero disociado de su obsesión por los orígenes. El foco de atención era más bien la evolución actualmente en curso, como puede observarse en el opus magnum de William Goode (1963) sobre la familia, donde se subraya su evolución mundial hacia "cierto tipo de familia conyugal" por efecto de la industrialización y de la urbanización.

Sin embargo, muy pronto surge una oposición tanto al estructuralismo como al funcionalismo: los marxistas y las feministas se ocupan de la estructura del capitalismo y de las relaciones de género, respectivamente. Ellos también disciernen una direccionalidad social hacia un futuro mejor, pero reclaman un mejor conocimiento de las estructuras y de la índole de esa direccionalidad. En efecto, las estructuras se conciben como contradictorias y generadoras de antagonismo entre explotadores y explotados, entre opresores y oprimidos; en cambio, la marcha hacia un futuro mejor se considera discontinua, ya que tiene que pasar por una ruptura. En cuanto al conocimiento científico, cae un poco de su pedestal académico, ya que incluye también la "toma de conciencia" a partir de la práctica y el "ascenso de la conciencia política".

En nuestros tiempos —y con esto entramos en la década de los noventa—, la cosmología social dominante es muy diferente de las que prevalecieron en la primera centuria de la Sociología. Los temas de estrategia y contingencia han venido a sustituir a los de evolución y progreso, a los de estructura y orden funcional y a los de estructura contradictoria y emancipación.

Así, por ejemplo, en su estudio sobre la familia en Bearn, Bourdieu concibe el matrimonio como una estrategia que forma parte de un "sistema de estrategias de reproducción" de las familias, como son las estrategias de fertilidad, educación, ahorro familiar, y otras. Therborn incluye bajo esta misma rúbrica "cosmológica", la obra de Anthony Giddens y de Jürgen Habermas.

Por lo general, el resultado de tales estrategias en los más diversos campos se concibe como contingente, es decir, como desprovisto de una dirección particular. Therborn nos remite aquí a los teóricos de la "modernidad reflexiva", como el propio Giddens, Ulrich Beck y S. Lasch. En efecto, para estos autores la dirección de nuestra propia época es incierta, ambigua y riesgosa. Y, de hecho, "muchas modernidades son posibles", como dice Beck. Lo que ahora predomina es una concepción "post-desarrollista" del cambio; esto es: una concepción no direccional de él. Incluso la idea misma de cambio parece evaporarse cuando se afirma que la sociedad se encuentra en perpetuo movimiento, y como inmersa en un estado de fluidez continua y sin contornos fijos.

Por lo que toca a la ciencia, ésta parece haber perdido el aura que la rodeaba en tiempos de los clásicos. Los modos científicos de conocimiento —al menos en sus formas positivistas— han sido drásticamente devaluados en la teoría sociológica contemporánea, particularmente en el ámbito anglosajón. En Antropología se observa una tendencia similar, como lo comprueba la llamada "antropología postmoderna" (James Clifford y Marcus). Bourdieu es una de las pocas figuras que siguen afirmando el carácter rigurosamente científico de la empresa sociológica, sin temor a ser tildado de "positivista" o "cientista".8

La interpretación y el discurso argumentado (como modo de explicación) parecen ser los modelos predominantes de conocimiento en la Sociología contemporánea. Jeffrey Alexander, por ejemplo, afirma que "el discurso se ha convertido en una actividad disciplinaria en cuanto medio de explicación". Se entiende aquí por "discurso": "el arte de presentar una argumentación plausible o de narrar una historia convincente".

Deben situarse en tal perspectiva de interpretación y discurso los diferentes marbetes inventados por los sociólogos para dar sentido al mundo contemporáneo. ¿Vivimos en la post-modernidad, o quizás en la segunda (o tercera) modernidad? ¿O más bien en una "sociedad de riesgo" ? ¿O tal vez en una "sociedad vivencial" (Erlebnisgesellschaft, event-society)? El repertorio de las posibles etiquetas para conferir sentido al mundo de hoy es inagotable.

Por lo que toca al futuro, las preocupaciones que en la actualidad predominan respecto de los actores y sus estrategias posiblemente estén llamadas a cambiar al entrar en esta segunda centuria de la Sociología. En efecto, la problemática estructura-agency ha sido inventada por los antiestructuralistas y resuelta, consecuentemente, en favor del agente y sus estrategias, por lo general al margen de todo condicionamiento estructural o sistémico. Dicho enfoque unilateral reportó algunas ventajas, pero a costa de grandes costos. Por eso Therborn cree que en el futuro las investigaciones se centrarán más en actores-insertos-en-sistemas (actors-in-system); se atribuirán a sus opciones y estrategias tendencias hacia algunas direcciones, pero también inercias y resistencias hacia otras. Tal enfoque presupone que los sistemas tienden a situar a los actores dentro de un juego de posiciones diferenciales, pero sin cancelar la posibilidad de movilidad individual ni de modificación colectiva. Nuestro autor recomienda recurrir a las teorías de Bourdieu o al sistemismo de Niklas Luhman para apoyar este modo de ver las cosas.

Por lo que toca a la concepción hoy prevaleciente del conocimiento, con su polémica defensiva en torno a las diferencias entre Sociología y Ciencias Naturales o en torno a la concepción post-positivista de estas últimas, Therborn piensa que perderá todo interés en el futuro.

Tarde o temprano, afirma, se plantearán preguntas más difíciles, como, por ejemplo: ¿Cómo puede compararse la Sociología como Ciencia Social con la Ciencia Política y la Economía? ¿Puede contribuir la Sociología de modo específico a los estudios culturales? ¿Cuál es la diferencia positiva entre un estudio sociológico, un talk show televisivo, un periodismo de investigación y una novela (o teatro) de tema social? ¿Tiene algún valor añadido la investigación sociológica cuando se la compara con las investigaciones que realizan las oficinas de estadísticas, las empresas de sondeos de opinión, los especialistas en mercadotecnia y los consultores de toda especie?

Therborn compendia su revisión de la sucesión histórica de los grandes temas sociológicos en el siguiente cuadro:

Pasemos ahora a lo que Therborn llama "espacios de identidad sociológica". Según nuestro autor, la práctica de la Sociología tiene una triple colocación espacial. Por un lado está el espacio institucional de la academia, con sus disciplinas, interdisciplinas y no disciplinas. Por otro, el espacio de la práctica y del desempeño de un rol. Y por último, el de la imaginación y la investigación, que delimita el horizonte de la mirada disciplinaria y el área donde se aplica el poder de la imaginación y las herramientas de la disciplina.

¿Cómo se colocan los practicantes y los estudiantes de Sociología en el espacio institucional y disciplinario?

Dentro de la Asociación Alemana de Sociología, Max Weber, Georges Simmel y sus colegas no consideraban a la Sociología como una disciplina claramente delimitada, sino más bien como una perspectiva de estudios sociales. La "patria académica" de Weber era la Economía; la de Simmel, la Filosofía. Sólo secundariamente se veían a sí mismos como sociólogos. Durkheim y su círculo, en cambio, se sitúan como sociólogos dentro de un territorio disciplinario de contenido claro y de contornos bien definidos. El mapa de este territorio aparece diseñado mediante las rúbricas que organizan el contenido temático de L'Année Sociologique, desde su primer número. Therborn lo compara con el que se delinea en el volumen 28, número 1 y 2 de la revista Contemporary Sociology (aparecida en 1999); con ello queda de manifiesto la enorme extensión y diversificación que ha experimentado el territorio de la Sociología desde los tiempos de Durkheim. Su contenido se define variablemente según los Departamentos y las agrupaciones de Departamentos. Sus "adyacencias" pueden incluir o no, digamos, Ciencias Políticas, Economía, Estudios Literarios, Filosofía, Trabajo Social, Historia y Psicología.

La hipótesis subyacente es que la autocolocación de los sociólogos en un determinado territorio disciplinario y la definición de lo que les es propio, sólo próximo o totalmente ajeno, afecta la práctica de la Sociología, sus estándares, sus aspiraciones y sus recursos cognitivos.

Un segundo espacio considerado son las prácticas habituales de los sociólogos. Dichas prácticas están sujetas a tensiones y conflictos, porque se sitúan a medio camino entre dos polos: las Humanidades y la ciencia (según la variedad de sus definiciones). No obstante, también se encuentran a medio camino entre dos roles intelectuales diferentes que entrañan relaciones sociales también diferentes: el del científico predominantemente orientado hacia sus pares (y superiores) académicos; y el del intelectual cívico que se dirige predominantemente a una audiencia social más amplia y aspira, por ejemplo, a adquirir cierta celebridad mediática. De donde surgen dos cuestiones fundamentales que afectan la identidad del sociólogo: ¿quién soy o debo ser?; y ¿a quién debo hablar? El siguiente diagrama ilustra esta configuración espacial:

Tal sería el espacio donde se juega la identidad de rol de los sociólogos y sus crisis periódicas. Las posiciones pueden variar —y de hecho han variado— entre los cuatro polos señalados según las diferentes tradiciones nacionales, universitarias o departamentales, en relación con la disciplina. De aquí las tensiones y conflictos inherentes a la Sociología tal como hoy la conocemos.

Sin embargo, se plantea otro desafío proveniente de fuera que también pone en cuestión la identidad de rol del sociólogo. En nuestros días, las oficinas de estadísticas, los ministerios del gobierno, los grandes municipios, las corporaciones, las ONG, las empresas de sondeos de opinión, los periódicos y los medios audiovisuales generan una inmensa cantidad de información sobre la sociedad. En cierto modo, usurpan el papel que tradicionalmente se atribuía a los sociólogos y demás científicos sociales. Para Therborn, una salida posible consiste en establecer una distinción neta entre información y conocimiento. Este último connota una visión profunda y sistematizada de las cosas, que sólo se adquiere mediante el aprendizaje y el entrenamiento escolar, y va madurando con la edad y la experiencia profesional. En contraste, la "información" connota la acumulación asistemática de saberes puntuales que resultan del simple hecho de formular preguntas adecuadas a las personas adecuadas.

Lo malo está en que el "conocimiento" —entendido como se ha definido anteriormente— tiende a ser drásticamente devaluado no sólo por las agencias del gobierno, sino también por las burocracias universitarias, debido a que la eficacia de la propia universidad tiende a ser medida sólo por la cantidad de "información útil" que es capaz de generar. Sin embargo, en realidad, frente a la proliferación de instituciones extrauniversitarias en búsqueda de "información", la única ventaja competitiva de la academia radica en su capacidad de generar conocimiento, y no sólo información.

Existe, por último, el espacio de la imaginación y de la investigación sociológicas. En la Sociología clásica, este espacio era el del universo social del género humano, considerado como una totalidad única, aunque con diferentes grados de evolución y de estratificación social. Tal preocupación universalista subyace a la teoría de los "tres estadios" de Comte, a las díadas evolucionistas de sus sucesores y a la búsqueda durkheimiana de lo "simple y elemental" como medio de explicación del "hombre de hoy". Dígase lo mismo de Max Weber, para quien la historia universal tiene por tarea explicar por qué sólo en Occidente llegó a madurar el "racionalismo universal" que generó significados y valores también universales.

Del universalismo, la Sociología pasa al particularismo que se interesa principalmente por lo local. El descubrimiento de lo local se produce por dos vías: la de la Antropología, que se ocupa de las comunidades locales "primitivas", particularmente a partir de la primera Guerra Mundial (Frazer, Malinowski); y la de la escuela de Chicago, que estudia los barrios y los centros de las ciudades estadounidenses.

A partir de la segunda Guerra Mundial, se impone a la atención de los sociólogos lo nacional. Con el apoyo de los gobiernos, de los organismos de inteligencia y hasta del ejército, se desarrollan nuevos métodos de investigación de alcance nacional, como las encuestas basadas en muestras representativas (nacional sample survey) que permiten a los sociólogos obtener información sobre la "opinión pública" y el estado de la nación. La agenda neoevolucionista de la teoría de la "modernización" —que surge en esta época— también entraña una concepción nacional del espacio social, ya que su puesta en marcha tenía que realizarse forzosamente a escala nacional-estatal, por más de que se la concibiera como un proceso de alcance universal.

Al final de la primera centuria de la Sociología, estamos entrando en un nuevo espacio de imaginación y de investigación: lo global. El interés actual por lo global difiere de la preocupación universalista de los clásicos porque su punto de partida no radica ya en supuestas generalidades inherentes a la especie humana, sino en la presencia de una conectividad e intercomunicación de alcance global. Se trata de una ruptura decisiva con la perspectiva eurocéntrica de los clásicos, ya que la nueva "Sociología global" aparta la imaginación y la investigación de la nación y del espacio noratlántico, para centrarlas sobre un cosmos global en el que ya no existen puestos de observación privilegiados ni tiempo absoluto. De aquí el surgimiento, en el campo de las Ciencias Sociales, de redes globales de investigación y de encuestas multicontinentales.9

En la parte final de su artículo, Göran Therborn aborda el problema de cómo registrar y sistematizar el rico legado de la Sociología en su primera centuria, dada la enorme extensión de los campos explorados y la inexistencia de un paradigma común. El autor presenta su respuesta en dos pasos.

En primer lugar, si bien no existe una teoría sociológica general capaz de sistematizar dicho legado, por lo menos se puede afirmar que hay una manera "típicamente sociológica" de abordar la vida social. En efecto, contrariamente a lo que hacen los economistas, los sociólogos —por extensión, los antropólogos y la mayor parte de los politólogos— parten de la presuposición de que la diversidad de los actores y de los sistemas sociales que operan en un determinado contexto espacio-temporal genera tendencias y lógicas diferentes que orientan la acción en un determinado sentido. En la perspectiva socioantropológica, la acción social varía, porque varían los actores en cuanto a su peso histórico-cultural, su posición en el sistema social y los recursos materiales y simbólicos de que disponen.

En segundo lugar, y sin salirse del marco anterior, es posible registrar la acumulación de los aportes y de las innovaciones en torno a determinados "nudos del conocimiento sociológico", constituidos a partir de tres preguntas básicas relativas a la formación y a la dinámica de los actores y de los sistemas sociales:

1) ¿Se han producido nuevos conocimientos acerca de problemas ya planteados relativos a la formación y a la dinámica de los actores y de los sistemas sociales, así como a la dinámica de la acción y de las tendencias sistémicas?

2) ¿Se han producido nuevos conocimientos respecto de problemas anteriormente no planteados en torno a la formación o dinámica (o ambas) de los actores y sistemas sociales?

3) ¿Se han producido nuevos conocimientos relativos a nuevos fenómenos, o nuevas respuestas a nuevas cuestiones surgidas en torno a la acción y los sistemas sociales?

Göran Therborn opina que es posible responder positivamente a todas estas cuestiones; aduce varios ejemplos al respecto. Ello indica —termina diciendo el autor— que (más allá de las oscilaciones coyunturales de las cosmologías y de las epistemologías, y más allá de la variación de posiciones en los espacios de identidad) la Sociología ha producido un legado centenario que en la entrada de la segunda centuria más vale proteger y conservar.

 

III. EL ADVENIMIENTO DE LA "SOCIOLOGÍA GLOBAL"

Uno de los hechos más significativos y notables en el campo de las Ciencias Sociales ha sido la emergencia de la llamada "Sociología global". Acabamos de ver que, según Göran Therborn, lo global es la última derivación de la Sociología, después de haber errado entre lo local, lo nacional y lo universal.

En efecto, a comienzos del nuevo milenio no sólo se han multiplicado las antologías de textos sociológicos sobre la globalización (cf. Held y McGrew, 2000; Lechner y Boli, 2000), sino también las monografías introductorias sobre el mismo tema (v. g. Scholte, 2000) y, más recientemente todavía, una serie de textbooks de notable calidad (v. g., Cohen y Kennedy, 2000; Held, 2000), bajo la rúbrica expresa de global sociology.

Una Sociología global es una Sociología que asume la globalidad y la vida social humana en el planeta como un problema grave. Por lo tanto difiere, como se dijo antes, de una Sociología meramente universalista, como la de los clásicos.

El primer capítulo de una Sociología global tiene que debatir obligadamente los diferentes sentidos del término "globalización". De hecho, hay un amplio consenso entre los más diferentes autores sobre el carácter ambiguo y nebuloso del término en cuestión. Ya vimos más arriba que Wallerstein se niega a conferirle validez como concepto analítico, y apenas lo acepta como síntoma de una vaga percepción de que algo nuevo está surgiendo.

En efecto, se ha dicho que la globalización es en gran medida una globalización imaginada (García Canclini, 1999). Pese a su aparente evidencia y a su enorme difusión en el ámbito de la política, la academia, las empresas, la publicidad y la mercadotecnia, no hay en el campo de las Ciencias Sociales y Políticas el más mínimo consenso sobre la índole, el significado y el alcance del término referido. Las opiniones al respecto varían entre dos polos contrapuestos: por un lado están los que consideran a la globalización como la gran novedad de nuestro tiempo, como un nuevo orden mundial de índole sobre todo económica y tecnológica que se va imponiendo inexorablemente en el mundo entero con la lógica de un sistema autorregulado frente al cual no caben alternativas. Por otro lado están los que la consideran como el gran cliché de nuestro tiempo (the cliché of our times), como un espejismo o como un mito ("un mito necesario", señalan Hirst y Thompson en una obra reciente).10 En un extremo se hallan entonces los "globalistas" y los "hiperglobalistas"; en el otro, los "escépticos", según la tipología propuesta recientemente por Sigrid Arzt (2001). Entre ambos puede situarse una amplia variedad de posiciones intermedias.

En una monografía reciente, Jan Aart Scholte (2000: 5) pasa revista a los múltiples significados del término en cuestión y selecciona cinco de entre ellos que, si bien a menudo suelen superponerse, comportan en realidad énfasis muy diferentes.

1) En un primer sentido, la globalización sería equivalente a internacionalización y denotaría el incremento exponencial del intercambio internacional y de la interdependencia entre todos los países del orbe. Por lo mismo, sería un término redundante ya que bastaría el lenguaje de las relaciones internacionales para referirse al mismo fenómeno.

2) En un segundo sentido, la globalización sería lo mismo que liberalización, y entrañaría el proceso de supresión gradual, por parte de la mayoría de los gobiernos, de todas las restricciones y barreras que entorpecen el libre flujo financiero y comercial, con el fin de favorecer la integración económica internacional. No obstante, en esta perspectiva el concepto sigue siendo redundante, porque ya se dispone desde la época de los economistas clásicos del vocabulario del libre comercio y del libre mercado (free trade) para designar dicho proceso.

3) En un tercer sentido, el término "globalización" se emplea como sinónimo de universalización. En esta perspectiva, lo global sería simplemente todo lo que tiene un alcance o una vigencia mundial (como los derechos humanos, las religiones mundiales, el calendario gregoriano o el uso del automóvil); la globalización sería el proceso de difusión de objetos y experiencias en todos los rincones del mundo. Por lo tanto, también aquí el término en cuestión resulta redundante.

4) La globalización también se emplea (y es su cuarto sentido) como equivalente a occidentalización o modernización, principalmente en su versión norteamericana. Por lo tanto denotaría "[...] la dinámica por la cual las estructuras sociales de la modernidad (capitalismo, racionalismo, industrialismo, burocratismo, y otros) se expanden por todo el mundo, destruyendo a su paso las culturas preexistentes y la autodeterminación local" (Scholte, 2000: 16). Éste suele ser el sentido implícito del término "globalización" en el discurso neozapatista de Chiapas; es también el sentido que subyace a expresiones como "macdonaldización" o "imperialismo de Hollywood". "La globalización no es nada más que lo que en el Tercer Mundo hemos llamado durante varias centurias 'colonización'", dice Martin Khor (citado por Scholte, 2000: 16). Como se echa de ver fácilmente, también aquí el término en cuestión resulta inútil y redundante.

5) El último sentido registrado por Scholte —y que él mismo reelabora por su cuenta— es el más interesante, porque remite a un fenómeno realmente nuevo que no se registra en las acepciones precedentes. En este caso se entiende por "globalización" el proceso de desterritorialización de sectores muy importantes de las relaciones sociales a nivel mundial o, como prefiere Scholte con toda razón, la proliferación de relaciones supraterritoriales. Es decir, de flujos, redes y transacciones disociados de toda lógica territorial; en otras palabras, no sometidos a las constricciones propias de las distancias territoriales y de la localización en espacios delimitados por fronteras.11 Tal es el caso, por ejemplo, de los flujos financieros, de la movilidad de los capitales, de las telecomunicaciones y de los medios electrónicos de comunicación.

Uno de los mayores teóricos de la globalización —entendida en el último sentido— es el sociólogo catalán Manuel Castells, quien figura también entre los colaboradores de la edición del milenio de la British Journal of Sociology.12 No falta quien lo considere "el Marx de la globalización", a raíz de la publicación de su reciente trilogía intitulada The Information Age. Economy, Society and Culture (2000).

En su artículo, Castells da por descontado que la tarea prioritaria de la Sociología a la entrada del nuevo milenio es el estudio y el análisis de las grandes transformaciones morfológicas y estructurales que afectan hoy a la mayor parte de las sociedades. Dichas transformaciones se resumen en el surgimiento de un nuevo tipo de estructura social: la sociedad de redes (network society). La contribución de Castells consiste precisamente en la propuesta de un paradigma teórico para analizar tal tipo de sociedad. Dicho paradigma se funda, según el autor, en una gran masa de datos empíricos; pero debe considerarse como provisorio y en proceso de elaboración, esto es: como work in progress.

Los componentes fundamentales de la sociedad de redes serían los siguientes:

1) Un nuevo paradigma tecnológico centrado en tecnologías de información/comunicación basadas en la microelectrónica y en la ingeniería.

2) Una nueva economía caracterizada por tres rasgos centrales:

-es informacional, por su capacidad de generar conocimientos, e información sobre procesos de producción, gestión y organización que acrecientan su competitividad;

-es global, en el sentido de que sus actividades principales y estratégicas tienen la capacidad de funcionar como una unidad a escala planetaria y en tiempo real;

-es de carácter reticular, o sea: está organizada en forma de redes de firmas y de segmentos de firmas. Lo que quiere decir que las grandes corporaciones se hallan centralizadas en forma de redes.

Tal nueva economía, afirma Castells, sigue siendo capitalista: "Por primera vez en la Historia, todo el planeta se ha vuelto capitalista, excepto Corea del Norte [...]", pero ha transformado profundamente la índole del trabajo y del empleo, al introducir, por ejemplo, la figura del "trabajo flexible". Por eso "[...] los elementos clave del nuevo mercado de trabajo son: el trabajo temporal o de medio tiempo, los arreglos laborales informales o semiformales, y la implacable mobilidad ocupacional".

3) Una nueva cultura, organizada primariamente en torno a un sistema integrado de medios de comunicación electrónica, que introduce un patrón similar de reticulación, flexibilidad y comunicación simbólica efímera. Esta nueva cultura ha afectado el modo de hacer política. En casi todos los países, los media se han convertido en espacios de la competencia política, lo que hace indispensable el llamado "marketing político".

4) Un nuevo tipo de Estado drásticamente transformado, con soberanía acotada y legitimidad minada por la corrupción, los escándalos y la dependencia excesiva de los medios electrónicos de comunicación. Ya no se trata del clásico Estado-nación, sino de un Estado de redes (network State), ya que se halla constituido por una compleja red de distribución del poder. La propia índole del poder ha cambiado. En efecto, antes se ejercía mediante una jerarquía de centros. Ahora, la red disuelve los centros y desorganiza las jerarquías.

5) Una redefinición del tiempo y del espacio, que son los funda mentos materiales de nuestra vida ("compresión del tiempo y del espacio", "desterritorialización", y otros).

Castells insiste en que todas estas transformaciones no pudieron haberse producido sin las nuevas tecnologías de información/comunicación. Dichas tecnologías no son la causa de las transformaciones, pero sí su medium indispensable. En efecto, los nuevos procesos son vehiculados por formas de organización que se basan en redes de información. Tal observación da pie para que Castells precise un poco más la índole y la lógica de funcionamiento de las redes.

Como forma de organización, las redes no son nuevas en nuestras sociedades. Lo novedoso es que las nuevas tecnologías de información/comunicación las han potenciado enormemente: las han hecho más flexibles, más adaptables al entorno y más eficaces, ya que permiten tanto la coordinación como la gestión de la complejidad.

Por definición, una red tiene nudos, pero no un centro, y tiende a funcionar como autómata. Esto quiere decir que los actores sociales pueden decidir y definir sus reglas, programas y objetivos. De hecho podemos observar una intensa lucha entre actores por controlar dichas posibilidades de decisión y definición. Sin embargo, una vez establecida o instalada la red, los actores se ven obligados a actuar según su lógica, por más dominantes que sean en términos de poder y de recursos.

Una consecuencia de tal funcionamiento cuasiautomático es la imposibilidad de destruir una red o una red de redes desde adentro. En efecto, sólo es posible hacerlo desde afuera, y por cierto de dos modos: a) resistir en forma de "comunas culturales", es decir: en forma de enclaves aislados de carácter religioso, fundamentalista, nacional, territorial o étnica; b) construir redes alternativas, como intentan hacerlo los ecologistas, las feministas y los movimientos de derechos humanos que se comunican por Internet.

En resumen, las redes de información/comunicación constituyen la espina dorsal de la sociedad de redes: ellas han transformado no sólo la morfología, sino también la estructura social. En efecto, han acarreado la transformación simultánea y sistémica de las relaciones de producción y consumo; de las relaciones de poder; y de las fundadas en la experiencia, la intimidad y el sexo. Todo lo cual conduce, en última instancia, a la transformación de la cultura.

Tal es, a grandes rasgos, el paradigma propuesto por Castells para analizar la globalización. Se trata, como se echa de ver, de una especie de tipo ideal de la "sociedad de redes". Sin embargo, cabe señalar que el paradigma tiene también cierto trasfondo marxista, ya que en la definición previa de los conceptos se habla de "modo de producción", "relaciones de producción" y "apropiación diferencial del excedente" o plusvalía. Por eso nuestro autor afirma que la globalización tiene un carácter altamente selectivo, desigual y polarizado. Lo cual significa que contiene simultáneamente mecanismos de inclusión y de exclusión, de integración y de marginación.

No obstante, el modelo marxista ha sido reconfigurado con la introducción de dimensiones completamente nuevas, como el concepto de "modo de desarrollo", tomado de Alain Touraine,13 y el de "experiencia", que remite a las relaciones subjetivas referidas a la vida afectiva, familiar y sexual.

 

IV. LA HISTORIA COMO PUNTO DE CONVERGENCIA DE LAS CIENCIAS SOCIALES

Si en el ámbito anglosajón se debate el futuro de la Sociología a la luz de su pasado y los desafíos que debe enfrentar de cara al nuevo milenio, en Francia (la patria de Gastón Bachelard) el debate se centra sobre los fundamentos epistemológicos de la misma. Se trata, por lo tanto, de un debate epistemológico. Sin embargo, lo que se invoca no son las epistemologías externas y normativas, elaboradas generalmente por filósofos de la ciencia o por teóricos del conocimiento (como Karl Popper y Gustav Hempel, por ejemplo), sino las epistemologías internas, generalmente analíticas y descriptivas, derivadas de la reflexión de los propios sociólogos sobre los fundamentos lógicos y la validez de sus prácticas investigativas. En efecto, los sociólogos aborrecen la pretensión de los filósofos (analíticos) de prescribirles desde fuera la manera como tendrían que trabajar en nombre de supuestas reglas universales del método científico (Gérard-Varet y Passeron, 1995).

Pues bien, el debate interno sobre el estatuto epistemológico de la Sociología se desata en Francia a raíz de la aparición de la obra fundamental de Jean-Claude Passeron: Le raisonnement sociologique (1991), que fue precedida y casi orquestada por una serie de seminarios sobre el principio de racionalidad en el conocimiento de las acciones humanas en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París entre 1988 y 1991.14 Se trata de una obra que recoge y reelabora los materiales de la tesis de doctorado de Estado del mismo autor sobre los conceptos y el vocabulario empleados por la Sociología (Les mots de la sociologie).

Dicha obra llega como una buena noticia en el momento más oportuno: en medio del malestar difuso y de la atmósfera de crisis que parecía rodear a las Ciencias Sociales debido a la convergencia de múltiples factores, entre los cuales cabe señalar los siguientes:

-los fracasos de los grandes paradigmas que pretendían unificar a las Ciencias Sociales, como el marxismo, el estructuralismo, el estructural-funcionalismo, la escuela de los Annales, y otros;

-la espectacular proliferación de las especializaciones que parecían conducir a las Ciencias Sociales a un proceso incontenible de atomización centrífuga;

-la acusación de "impostura" lanzada contra las Ciencias Sociales por los filósofos positivistas de las ciencias;

-la anarquía epistemológica introducida por el "desconstruccionismo" de Derrida, de moda en Europa, la cual desencadenó lo que ha dado en llamarse la "primera gran crisis de la razón".

La preocupación fundamental de Passeron —que, como vimos, es también la de Göran Therborn e Immanuel Wallerstein— es la reunificación de las Ciencias Sociales. Nuestro autor cree encontrar un punto de convergencia entre ellas en la Historia entendida no como una disciplina particular, sino como un campo de conocimientos que parece compartir con las primeras el mismo objeto de estudio y, por vía de consecuencia, el mismo campo epistemológico.

La búsqueda de una convergencia con la Historia no es nueva en Sociología, y podemos rastrearla desde sus mismos orígenes. Wallerstein (1995: 21) cita a este respecto un texto notable de Durkheim en el prefacio que escribió para el primer número de L'Année sociologique:

No obstante, nuestra empresa puede ser útil también en otro sentido: puede servir para acercar a la Sociología algunas ciencias que se encuentran demasiado separadas, por desgracia para ellas y para nosotros. Pensamos, sobre todo, en la Historia. Incluso hoy son pocos los historiadores que se interesan por las investigaciones sociológicas y las consideran de interés [...] Servimos a la causa de la Historia al llevar al historiador a sobrepasar su habitual punto de vista, a extender su mirada más allá del país y del periodo que se propone estudiar, a preocuparse acerca de cuestiones generales que se desprenden de los hechos particulares que observa. Sin embargo, en cuanto la Historia compara, se vuelve indistinguible de la Sociología. Por otro lado, la Sociología no sólo no puede prescindir de la Historia, sino que necesita de historiadores que sean a su vez sociólogos. Mientras la Sociología se introduzca como una extranjera en el campo de la Historia para servirse, por así decirlo, de los datos que le interesan, no podrá más que examinarlos superficialmente [...] Por tanto, lejos de ser antagonistas, estas dos disciplinas tienden, naturalmente, la una hacia la otra [...]

Tal proyecto de convergencia se ha mantenido constante en la escuela durkheimiana, como lo demuestra la polémica entre el sociólogo François Simiand y el historiador Ch. Seignobos a comienzos del siglo XX.15 Del lado de los historiadores, sabemos que este mismo proyecto fue asumido por la escuela de los Annales, particularmente por Fernand Braudel (1999) y por Marc Bloch, cuyo libro La sociedad feudal ha sido considerado como uno de los más importantes trabajos sociológicos del siglo XX.16

Como hemos señalado, también Wallerstein comparte la idea de que la reunificación de las Ciencias Sociales sólo puede realizarse sobre la base de lo que él llama "ciencia social histórica". Y en una de sus cartas como presidente de la Asociación Internacional de Sociología, afirma estar de acuerdo con Durkheim cuando señala:

"[...] en cuanto la Historia compara, se vuelve indistinguible de la Sociología":

En lo personal estoy de acuerdo con Durkheim. Sólo que no puedo imaginar que un análisis sociológico sea válido sin colocar todos los datos plenamente en su contexto histórico. Por eso no puedo imaginar que sea posible hacer un análisis histórico sin utilizar el aparato conceptual que hemos llegado a llamar "Sociología". No obstante, si es así, ¿hay algún lugar para dos disciplinas separadas? Esto me parece una de las principales cuestiones en la discusión sobre el futuro de la Sociología y de las Ciencias Sociales en su conjunto en el siglo XXI (Wallerstein, 1995: 23-25).

Podríamos citar en esta misma línea a Pierre Bourdieu, cuya originalidad profunda radica, para muchos, en su relación y contribución constante a la Historia (Historia social, Historia de las prácticas culturales, Historia de la política y del Estado). Según Christofe Charle y Daniel Roche (Le Monde, 05.02.02), basta seguir la línea editorial de la revista fundada y animada por Bourdieu, Actes de la Recherche, interrogar sus obras, artículos y conferencias, e interpretar incluso sus intervenciones políticas para descubrir el hilo rojo de una Sociología a la vez antropológica e histórica. El proyecto de Actes de la Recherche habría sido precisamente cancelar las separaciones académicas entre las Ciencias Sociales heredadas del pasado:

Puedo afirmar que uno de mis combates más constantes, sobre todo mediante Actes de la Recherche en Sciences Sociales, se orienta a favorecer el surgimiento de una Ciencia Social unificada, en la que la Historia sería una Sociología histórica del pasado; y la Sociología, una Historia social del presente.

La originalidad de Jean-Claude Passeron radica en haber renovado y profundizado brillantemente el viejo tema de la convergencia entre Historia y Sociología; ello mediante una argumentación novedosa apoyada en el análisis meticuloso del discurso y del vocabulario de la Sociología.

En efecto, la tesis fundamental de Passeron postula que el conjunto de las Ciencias Sociales —que él denomina simplemente "Sociología", de acuerdo con los postulados de la escuela francesa— se inscribe en el campo de las ciencias históricas, debido a que su objeto propio, que son los hechos sociales, no puede disociarse de un determinado contexto espacio-temporal. Lo cual equivale a afirmar que el material de observación de los científicos sociales no es diferente del asumido por el historiador como objeto de narración. Dicho de otro modo, los fenómenos propios del "mundo histórico" revisten una propiedad que los distingue radicalmente de otros fenómenos empíricos, como los estudiados por las ciencias de la materia y de la vida: nunca pueden desprenderse del todo de un determinado contexto.17 Éste puede ser de mayor o menor amplitud (microcontextos, áreas de civilización, largos periodos históricos, y otros); pero siempre estará presente, al menos de modo implícito, en cualquier descripción o teorización de los fenómenos histórico-sociales.18 No se trata de una situación provisoria destinada a ser superada cuando las Ciencias Sociales lleguen a su "plena maduración", como suele decirse, sino de un régimen conceptual ligado a la forma de presentación de los fenómenos sociales.

Lo señalado anteriormente no significa que la Historia y el resto de las Ciencias Sociales se confundan en cuanto disciplinas. Al contrario: por más que compartan el mismo objeto, se distinguen por sus respectivos regímenes disciplinarios históricamente constituidos. Así, el discurso de la Historia parece haber asumido como propia y exclusiva la descripción de los "hechos" por referencia explícita a la singularidad espacio-temporal de los fenómenos observados. En cambio, las Ciencias Sociales tienden a desbordar lo estrictamente idiográfico, buscan sacar generalizaciones (siempre relativas y acotadas) mediante la comparación entre contextos bajo uno o varios aspectos semejantes.

Podríamos indagar todavía el porqué de lo que el propio Passeron llama propiedad deíctica19 de los hechos sociales, es decir, su referencia obligada a circunstancias específicas de lugar y tiempo. Quizá pudiera responderse que el contexto, lejos de constituir un simple encuadre o un marco exterior de los fenómenos histórico-sociales, los constituye y los define intrínsecamente como tales, sea porque los explica (si no en términos causales, por lo menos como su condición de posibilidad), sea porque permite conferirles determinados significados. Es decir, el contexto desempeña un doble papel respecto de los fenómenos históricos: 1) un papel explicativo, ya que toda acción o interacción social se explica no sólo por factores subjetivos (como la intención, las motivaciones o las disposiciones de los actores sociales), sino también por su situación contextual que funciona como disparador o fuerza inhibidora de ellos (Lahire, 1998: 53 y ss.); 2) y un papel hermenéutico, ya que permite el acceso a las claves de interpretación o del desciframiento correcto de los hechos considerados. "El contexto asume el papel de 'texto social' contra el cual podrían interpretarse las partes" (Bello, 1979: 178, citado por Olvera Serrano, 1992: 90). A ras de vida cotidiana, los propios actores sociales están habituados a interpretar automáticamente los acontecimientos que les afectan en función de un contexto determinado.

De la tesis fundamental arriba señalada, que describe muy bien el punto de convergencia de las diversas disciplinas sociales, se deriva una serie de consecuencias que señala los límites del conocimiento que ellas pueden proporcionar, no por una especie de debilidad congénita, sino debido a la índole propia de su objeto:

-la imposibilidad de una teoría general acerca de los hechos sociales; o, lo que es lo mismo: la pluralidad de los paradigmas como una exigencia normal de ellos, ya que pueden ser abordados desde una pluralidad de perspectivas igualmente válidas, como señalaba Weber al referirse a la Historia;

-la imposibilidad de enunciar leyes generales transhistóricas en las Ciencias Sociales, sino sólo generalidades contextualizadas resultantes de una comparación entre contextos semejantes bajo algún aspecto;

- la consecuente imposibilidad de una teoría social formulada en términos hipotético-deductivos a partir de universales lógicos, lo que entraña, a su vez, la imposibilidad de aplicar la contrastación popperiana como criterio de validez empírica;

-el recurso a la ejemplificación sistemática y programada como único criterio de validez ante la imposibilidad de la inducción empírica y de la verificación experimental;

-el recurso a la argumentación natural como único modo de razonamiento ante la imposibilidad de emplear un lenguaje total o parcialmente formalizado que permita el cálculo proposicional a la manera de los lógicos;20

-la imposibilidad de argumentar bajo la cláusula coeteris paribus, porque entrañaría la posibilidad de seleccionar determinadas "variables internas" desprendiéndolas de su contexto más amplio (las "variables externas", supuestamente estables);21

-la índole tipológica de la mayor parte de los conceptos empleados, que son nombres comunes imperfectos, o seminombres propios, ya que a menudo remiten implícita o explícitamente a determinados individuos históricos: piénsese, por ejemplo, en conceptos como "feudalismo", "fascismo", "burguesía", "carisma", "Iglesia"/ "secta", "monaquismo", "populismo", "ascetismo", y así por el estilo.

-finalmente, la imposibilidad de recurrir a la metodología de los modelos, como hace la econometría y la teoría de los juegos, so pena de convertir a las Ciencias Sociales en un entretenimiento puramente formal, incapaz de aprehender y comprender los fenómenos observados. Según Passeron, las Ciencias Sociales son "ciencias de encuesta" y no "ciencias del modelo" (Gérard-Varet y Passeron, 1995: 15 y ss.).

Los análisis de Passeron obligan a revisar la clasificación general de las ciencias para consignar el régimen epistemológico particular que corresponde a las Ciencias Sociales. Éstas pertenecerían, por supuesto, al ámbito de las ciencias empíricas; pero no de las nomológicas, como son las ciencias de la materia y de la vida. Nuestro autor propone llamarlas ciencias empíricas de observación del mundo histórico o, simplemente, ciencias históricas. Esta nueva clasificación puede visualizarse en el siguiente esquema:

 

V. A MODO DE CONCLUSIÓN

A lo largo de esta exposición hemos podido detectar por lo menos tres preocupaciones centrales de la Sociología en los umbrales del milenio que acaba de inaugurarse: 1) la necesidad de reunificarse y de recomponerse frente al proceso de fragmentación galopante a la que se ha visto sometida en los últimos 30 o 40 años; 2) la necesidad de abordar las grandes transformaciones económicas, políticas y culturales de nuestro tiempo, subsumidas bajo la rúbrica ambigua de "globalización", desbordando el estrecho espacio nacional dentro del cual se había anidado durante mucho tiempo el concepto de "formación social"; 3) la necesidad de definir su identidad epistemológica, para superar su complejo de inferioridad frente a las "ciencias duras" y reivindicar el lugar específico que le corresponde dentro del cuadro general de las ciencias, para poder entablar desde allí un diálogo fecundo con todas ellas.

Una característica común del debate que hemos intentado reseñar es la ausencia del lenguaje de la crisis. Los sociólogos y los científicos sociales encaran y problematizan sus tareas y responsabilidades futuras no a partir de un sentimiento de crisis, sino de la percepción de nuevos desafíos. Si la Sociología y, por extensión, el resto de las Ciencias Sociales, son capaces de responder a estos nuevos desafíos y alcanzan a elaborar el instrumental teórico-metodológico requerido para hacerles frente, habrán demostrado que su intervención sigue siendo vital en el mundo contemporáneo y que su funcionalidad no estaba ligada a la sociedad industrial clásica, ni mucho menos que se había agotado con ella.

 

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Notas

1 Por ejemplo, ¿cuáles habrán sido los criterios para que en el programa de doctorado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México se considerara una tesis intitulada "La etnografía de la cuenca de México" como "de orientación sociológica"; mientras que otra, intitulada "La cultura del narcotráfico en Sinaloa", se decretara como perteneciente al ámbito de las ciencias de la comunicación?

2 En muchos programas europeos de Ciencias Sociales, en el primer bienio se estudia la Sociología general (curso avanzado), la Sociología de las instituciones, la Antropología cultural y la Economía política. Sólo en el segundo bienio se contemplan las "especializaciones"; por ejemplo, territorio y ambiente, planificación social, trabajo, economía y organización, estudios europeos, y otras. Véase, por ejemplo, el programa de doctorado en Sociología de la Facultad de Sociología de la Universidad de Trento, Italia, año académico 2000-2001.

3 British Journal of Sociology 51, núm. 1 (enero-marzo de 2000). London School of Economics.

4 Op. cit., pp. 25-35. Wallerstein fue presidente de la Asociación Internacional de Sociología entre 1994 y 1998.

5 Esta expresión fue introducida por el sociólogo W. Lepenies (1985).

6 British Journal of Sociology, Op. cit.: 37-57.

7 En efecto, como lo señala el autor, la Sociología se institucionaliza en la década de 1890, la de las grandes obras de Durkheim, de las primeras revistas sociológicas (1893: Revue Internationale de Sociologie; 1895: American Journal of Sociology; 1898: L'Année Sociologique), y del primer Departamento de Sociología en una universidad (Universidad de Chicago, 1893).

8 En efecto, su proyecto apunta a "[...] una ciencia general de la economía de las prácticas, que no debe limitarse arbitrariamente a las prácticas socialmente reconocidas como económicas, puesto que debe esforzarse por captar todas las formas de capital y descubrir las leyes que regulan su conversión de una forma de capital a otra".

9 Therborn cita como ejemplo el World Values Survey, dirigido por Inglehart en los ochenta.

10 Hirst y Thompson, 1999.

11 En este sentido, suele hablarse de la "compresión del tiempo y del espacio" (Harvey, 1989) como una característica fundamental de la globalización.

12 Op. cit., pp. 5-24.

13 Castells define el "modo de desarrollo" de la siguiente manera: "[...] la compaginación tecnológica por medio de la cual los humanos actúan sobre la Naturaleza, sobre sí mismos y sobre sus semejantes".

14 Los resultados de estos seminarios fueron recogidos en el volumen colectivo Le modèle et l'enquête, editado por Gérard-Varet y el mismo Passeron en 1995.

15 El motivo de la polémica fue la pretensión de Simiand de imponer a los historiadores como modelo prescriptivo las "reglas del método sociológico" elaboradas por Durkheim.

16 El propio Bloch estaba muy consciente de la índole sociológica de su investigación histórica. Por ejemplo, confiesa en su libro: "He intentado, sin duda por primera vez, analizar un tipo de estructura social con todas sus conexiones. Probablemente no lo haya conseguido. Sin embargo, me parece que valía la pena realizar el esfuerzo; y eso es lo que hace que el libro resulte interesante" (citado por Wallerstein, 1995: 23).

17 Cuando habla de "contexto", Passeron no está pensando en una especie de "telón de fondo" frente al cual se desarrollarían los sucesos histórico-sociales, sino en una obligada inscripción en el tiempo y en el espacio que sería constitutiva de dichos acontecimientos y de su inteligibilidad. En efecto, para los historiadores la inscripción de un objeto en un contexto equivale a la puesta en relación de este objeto con otros objetos, con los cuales el primero está ligado por relaciones de interdependencia. Cabe señalar que un contexto nunca es un dato preexistente, sino algo construido como marco de referencia y de pertinencia para la interpretación. Además, un mismo objeto puede inscribirse simultáneamente en varios contextos.

18 "La disciplina de la Historia es, ante todo, la disciplina del contexto", ha afirmado E. P. Thompson (citado por Boutier y Julia, 1995: 35).

19 El término "deíctico" se aplica a elementos lingüísticos que se refieren a la instancia de la enunciación y a sus coordenadas espacio-temporales: "yo" – "tú" – "aquí" – "ahora".

20 Para Passeron, el razonamiento sociológico es un caso especial de la argumentación en las Ciencias Sociales.

21 Es lo que pretenden hacer, sin poder lograrlo nunca plenamente, las llamadas "Ciencias Sociales particulares" o "autonomizantes", que presumen poder distinguir entre cierta cantidad de "variables internas" y un contexto supuestamente invariable que sería el lugar de las "variables externas", las cuales se suponen constantes.

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