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Frontera norte

Print version ISSN 0187-7372

Frontera norte vol.23 no.46 México July/Dec. 2011

 

Reseñas bibliográficas

 

Hay dos sexos. Ensayos de feminología

 

Teresa Fernández de Juan

 

Antoinette Fouque, México, Siglo XXI Editores, 2008

 

Profesora– investigadora de El Colegio de la Frontera Norte Dirección electrónica: teresaf@colef.mx

 

Dedicado ambigua e inteligentemente a su madre y a su hija, en Hay dos sexos. Ensayos de feminología,1 Antoinette Fouque nos muestra distintos momentos de la historia de movimientos feministas a través de la visión propia, el análisis y la experiencia de vida de su autora, cofundadora del Movimiento de Liberación de las Mujeres (MF) en mayo de 1968 en Francia. Psicoanalista, que coexistió en la misma época de Simone de Beavoir, y directora actual de investigaciones en la Universidad de París VIII.

Jugando en toda su obra con las palabras y con un gran contenido simbólico,2 la autora nos describe:

Se nace niña o varón [...] Yo nací niña, en 1936, de una madre analfabeta y genial y de un activo militante del Frente Popular Francés. [...] A mi madre, la tuve ocupada desde que me concibió (palabra que para los chinos significa nacimiento), así que viví el Frente Popular a través de ella y a través de su enojo por ese tercer embarazo, impuesto a casi 40 años, que venía a atropellar su libertad. [...] Mi madre tenía pesadillas acerca de que su cría no tenía pies. [...] Nací niña en una cultura donde sólo dios y el hombre tienen derecho de ciudadanía. [...] Hace 27 años, me cayó a mí encima el embarazo [...] suerte más que infortunio, pero 10 años antes me había enfermado de algo con etioliogía prenatal: una especie de esclerosis múltiple, contraída en tiempos en que mi madre soñaba que yo no tenía pies, y que en aquella época constituía una contraindicación y, por ende, un motivo de aborto terapéutico. Pero pasé el acto. Siento el deseo de tener hijos. Y tengo miedo también [...] La angustia y la esperanza siempre van a la par.

Comenta además que la creación es necesariamente paradójica. Así, por ejemplo, Freud que durante medio siglo teorizó la cura por la palabra padeció al final de su vida de un cáncer en la mandíbula que le impedía hablar.

Y su propio movimiento, que nunca confundió con la motricidad "tiene seguramente un vínculo con mi parálisis [...] Finalmente, al igual que la sed enseña lo que vale el agua, la inmovilidad me enseñó lo que es el movimiento".

Un momento de gran importancia es cuando recalca:

El embarazo como experiencia me confirmó, con más exaltación de la que en mi vida hubiera podido imaginar, que efectivamente, hay dos sexos [...] Si (bien) un hombre y yo concebimos, real y legítimamente juntos, tuve (sin embargo) que fabricar yo sola, y durante nueve meses. Tras el juego sexual y el placer del amor, siguió un trabajo intenso e incesante (de mi parte)" (p. 5).

Su tesis central radica en la defensa de reconocer a los dos sexos, irreductibles además el uno al otro,4 debido fundamentalmente a la disimetría del hombre y de la mujer en cuanto al trabajo de procreación, o sea en la experiencia de la gestación.

Fouque enuncia la interesante hipótesis de que, en realidad, lo que funda a la misoginia, antes que el odio o el miedo, es la envidia: no a lo que son las mujeres, sino a lo que ellas hacen, a su capacidad procreadora. A partir de un semen varón y de un óvulo hembra, de un genitor y de una genitora, las mujeres, mediante el trabajo de su propio cuerpo, carne y espíritu, hacen a los hijos (varones y hembras), que hablan y piensan. Sin embargo, la autora recalca que no se trata de defender la maternidad al extremo de explotar la división sexual del trabajo en tanto la mujer sólo deba dedicarse a la procreación, relegándola por completo al hogar, pues con esto pareciera que estuvieran penalizadas por una actividad calificada de inactiva. Cuando en realidad las mujeres son la fuente principal del recurso humano que es la propia humanidad, con cerebros ingeniosos y de inteligencias creadoras. La procreación, por otro lado, no es un deber sino un derecho fundamental, que incluye, por supuesto, la prerrogativa a decidir sobre la anticoncepción y el aborto (p. 194). También aclara que la actividad profesional de las mujeres de ninguna manera constituye un freno a la procreación.

El libro es polémico, ofrece muchos elementos de análisis e invita a reflexiones fundamentales, porque su énfasis en la existencia de los dos sexos conlleva a una confrontación con pensamientos religiosos, psicoanalistas, de algunas tesis feministas5 y hasta de izquierda, desde sus interpretaciones acerca del socialismo hasta sus lecturas de Marx y Engels, a pesar de que éstas nutrieron mucho su saber.

Para ilustrar que todas las leyes que nos rigen sólo toman en cuenta a un solo sexo (el masculino), expone cómo en el caso del psicoanálisis, cuando Freud defiende que estaríamos avasalladas a la envidia del pene, del falo (siempre erecto, objeto simbólico que figura todo lo codiciable, todo lo deseable para la Mirada, objeto de narcisismo incluso), más bien oculta la envidia o deseo al útero, real y más pujante6 Y aún hay más: no hay una sola líbido, según expone el psicoanálisis (la líbido masculina), sino que también existe la líbido femenina, negada entre las corrientes religiosas y vista incluso como pecaminosa.

Trabajar por la igualdad implica construirnos identidades propias pero heterogéneas, adaptarnos sin denegarnos, reintegrar también nuestra identidad sexuada, original, en vez de reprimirla, forcluirla7 o ignorarla (39).

[...]

El útero (la función y el órgano) no por ser genital deja de ser sexual [...] Placer uterino, matriz de lo viviente, es a la vez el sexo que juega y que goza, el cuerpo en trabajo y la carne pensante (86 y 87).

En cuanto a la religión, empieza ilustrando con el monoteísmo, en el que no hay sino un solo dios. La virgen no es más que una santa; es sagrada, pero no divina, y todos los valores que aportan las mujeres están sometidos a la estructura del Uno: un solo dios: el padre, que en el Génesis, no creado y creando al hombre, saca a la mujer del hombre. Eva sale de la costilla de Adán, es una identidad derivada. Y es una inversión. El Uno como representante de toda la especie humana. Los sacerdotes sólo pueden ser hombres, a imagen de Cristo que tiene cuerpo de hombre, por lo que las mujeres de ninguna manera pueden ser sacerdotisas sin resultar obscenas. Dios condena a la mujer adúltera, y cuando por fin concede el que su hijo hecho hombre tenga una madre carnal es a condición de que ésta permanezca virgen, y privada de divinidad.

En su crítica a la izquierda plantea que en lo que el cristianismo es un filiarcado (una religión del hijo), el socialismo es quizá su versión laica, pero en ambos resulta difícil indicar un puesto para las mujeres.8 De ahí la importancia de introducir a la feminología como un campo epistemológico recientemente abierto junto a las ciencias del hombre, con la "promesa de enriquecimiento mutuo", como ciencia humana de la parte que les incumbe a las mujeres en toda la producción.

Gran parte de su análisis está dedicado a la clarificación y crítica violenta a ese racismo velado y naturalizado que es la misoginia, que designa al odio cuyo objeto es la mujer y las discriminaciones que se derivan de ella, desde cómo se rebaja a las mujeres hasta su asesinato, lo cual (señala) no implica abogar (como el misógino que existe entre muchas mujeres) por un universalismo igualitario al reducir a toda la humanidad a un solo sexo, pues esto conllevaría a restringirla a una seudomixicidad neutral y por ende masculina, monosexuada y homosexuada, misoginia que resulta más difícil de detectar pues, según su lógica, cualquier mujer que logre conquistar la gloria y la visibilidad, o sea el derecho hasta entonces reservado a los hombres, se vuelve en el acto un hombre. Como el modelo era sólo uno, la línea de horizonte para muchas mujeres consistía en volverse hombres como los demás.9 El contenido de su obra nos ilustra y conmueve, debido a que, como ella misma expresa, a pesar de remitirse a la explotación contra las mujeres y a la consiguiente lucha que ésta originó a partir de 1944, esta situación se mantiene en lamentable actualidad.

De tal forma, a pesar de la hermosa frase de Mao Zadong: "Las mujeres son la otra mitad del cielo", que según Antoinette originó en su parte más poética el movimiento de liberación de las mujeres en Francia, nuestro cuerpo sigue sin pertenecemos, y a trabajo igual el salario sigue siendo desigual. Denuncia cómo en nuestros días coexisten las maternidades precoces, el incesto y la pedofilia en números escandalosos. Pese a que las mujeres producen las dos terceras partes de las riquezas mundiales, sólo poseen uno por ciento de las mismas. Es importante sobre todo cuando recalca que la deriva liberal continúa relegando a las mujeres a los dos oficios "naturales" de su condición humana e histórica: la procreación y la prostitución; que no son más que dos esclavitudes inmemoriales para proporcionarle hijos y placer a los hombres. De ahí la racionalización actual de la trata de niñas y jóvenes como un comercio internacional; el que en la guerra las mujeres resultaran frecuentemente violadas (incluso delante de sus familias) con la justificación de destruir, a través de ellas, el honor y el poder de un pueblo. Y el que miles de mujeres fueran deportadas y encerradas para "preñarlas", pues no bastaba con masacrarlas sino también utilizarlas como máquinas para producir futuras generaciones serbias.

¡Y todo esto estuvo sucediendo nada más y nada menos que en la Europa de los años de la década de 1990! Con estos y otros espeluznantes actos, la autora ilustra la necesidad del surgimiento de los distintos movimientos feministas, incluso de aquellos que implicaban excluir a los hombres para contramarcar esa segregación y posicionarse, en un momento histórico en el que no se podía proceder de otro modo. Actualmente, defiende que lo que se requiere es un esfuerzo de maduración para que ambos sexos coexistan y se conjuguen juntos en democracia. Acentúa que no habrá una verdadera igualdad entre los sexos sino con el reconocimiento de las riquezas vitales que las mujeres, por tener hijos, aportan a la humanidad, el cual paradójicamente, por no tener precio, sigue desestimándose.

"Si es cierto que las razas no existen [apunta la autora] sí que existen dos sexos" (p. 104). Es una realidad insoslayable, irreductible. "Mañana, los jóvenes serán viejos, los blancos y los negros, con el mestizaje, serán café con leche, pero las mujeres, seguirán siendo mujeres" (p. 102). Su mensaje fundamental reside en el hecho de que la especie humana es sexuada, y su supervivencia depende de esta realidad y de este principio: la fecundidad.

Si la anatomía es el destino, también lo es para los hombres. Igualdad y diferencia no pueden ir la una sin la otra, o sacrificar la una por la otra. Si no procedemos así, nos vedamos el paso a la genitalidad simbólica [...] cuando incluso genial y geniI(t)al, se trata de la misma palabra: reconocer el genio de un científico o de un artista, es admirar su capacidad para producir un significante viviente (único), que no existía antes de que la creara (p. 59).

Por ende, la mejor manera de luchar contra la discriminación, nacida de la diferencia y de la disimetría entre los sexos, no es ni negarla ni eliminarla.

Queremos —apunta la autora— una democratización que reconozca el genio de las mujeres en cuanto a su genitalidad y su identidad propia [...] La gratitud, como relevo de la envidia o del deseo, es la virtud ateologal que yo prefiero [...] Es el sentimiento 'po/ético' mismo, el reconocimiento, en la infinita polisemia que brota del francés re–conaissance: el renacer [...] el nacimiento por venir (pp. 90 y 91).

Éste debe triunfar en relación con lo desconocido, el oscurantismo y con la envidia hacia las mujeres.

 

NOTAS

1 Este libro fue presentado en la XXVIII Feria del Libro de Tijuana, conjuntamente con la representante de la autora en México, Patricia Rodríguez, psicoanalista e investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quien propuso traducir esta presentación al francés para consumo y uso de Antoinette Fouque.

2 Típico de su acercamiento literario con Roland Barthes, pero sobre todo del psicoanálisis, del cual, a pesar de su postura crítica, ella se nutre de toda la obra de Freud, de Melanie Klein, discípula y compañera de Lacan y otros seguidores.

4 Aquí radica una de sus disimetrías con algunos supuestos defendidos por Simone de Beavoir en el libro El segundo sexo, editado por Cátedra, en 1998, por lo que el título de este libro y su contenido central aluden también a su contradicción con lo expresado por Beavoir.

5 Que implica no sólo algunos postulados de Beavoir sino también a las ultrafeministas que aún hoy, ahistóricamente, luchan por excluir a los hombres.

6 Aunque detectar esta envidia no basta, también hay que pensar sus repercusiones políticas, que son, en todos los campos, las violencias reales y simbólicas infligidas a las mujeres, tomado de la página 24, donde expone cómo la lectura de Melanie Klein confirma su intuición al respecto.

7 La palabra forclusión, utilizada profusamente en sus escritos, es retomada de su concepción original en el psicoanálisis lacaniano para traducir la palabra "rechazo" y a la vez con su utilización en el campo jurídico, como sinónimo de exclusión.

8 No obstante, la autora reconoce: "El psicoanálisis es mi madre, su intimidad cuestionante, su angustia vigilante, y lo político es mi padre, su rebelión de proletario, su compromiso con la resistencia. Una pareja que se conjuga sin cesar y en constante desemparejamiento para que cada cual afirme la singularidad de su campo y la identidad de su cuerpo" (p.49).

9 Ya que "a los hombres les incumbe la creación, la cultura, el concepto, le legitimidad, el privilegio, el genio humano [...] y a nosotras la procreación, la concepción casi animal, la genitalidad culpable, la ilegitimidad, las discriminaciones" (p. 26).