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Frontera norte

versión impresa ISSN 0187-7372

Frontera norte vol.23 no.45 México ene./jun. 2011

 

Nota crítica

 

La diversidad de las sociedades fronterizas México/Estados Unidos

 

The Diversity of Mexican/US Border Societies.

 

Víctor Aurelio Zúñiga González

 

Universidad de Monterrey. Dirección electrónica: victor.aurelio.zuniga@udem.edu.mx

 

Introducción1

El propósito de este ensayo es presentar una serie de argumentos que dibujan la heterogeneidad de las sociedades que se han formado a lo largo de la frontera México–Estados Unidos; para lograr el objetivo, procederé primeramente a mostrar cómo el caso de la frontera Tijuana–San Diego constituye un tipo especial de adyacencia fronteriza. A partir de esta observación, ofreceré una breve y tentativa taxonomía de las sociedades fronterizas, para, finalmente, esbozar una polémica que se deriva de las conclusiones del ensayo.

Preguntarse por la heterogeneidad de las fronteras México–Estados Unidos tiene un interés científico, pero también posee dimensiones políticas y culturales. Esto se debe a que las categorías que gozan de legitimidad académica suministran una cierta visión del espacio humano que, luego, termina justificando y alimentando decisiones que toman los órganos gubernamentales centrales y locales.

Quisiera ilustrar lo anterior. En encuentros en los que se toman decisiones sobre acciones, eventos o políticas que tienen que ver con las sociedades fronterizas del norte de México, se observa con frecuencia que la frontera Tijuana–San Diego se presenta como el arquetipo de lo que es la frontera México–Estados Unidos y los intercambios que en estos coloquios se desarrollan usan esa premisa sin ponerla en tela de juicio. Veamos cómo funciona la frontera Tijuana–San Diego–arquetipo:

La frontera no es sólo una definición del espacio territorial, como tampoco es sólo un área de conflictos y tensiones internacionales, sino, ante todo, una región geográfica en la cual se trazan líneas divisorias que separan dos realidades distintas (Miranda, 1981:XXI–XXII).

Uno de los trabajos más citados actualmente en la literatura sobre las condiciones socioeconómicas de la región fronteriza norte es el escrito por Víctor L. Urquidi y Sofía Méndez [...] En este trabajo se destaca como uno de los problemas más serios de esta zona la falta de integración de la economía de la frontera a la economía nacional (Bustamante, 1981:10).

Para empezar, la frontera mexicana ha sido tradicionalmente el resumidero de un país, campo de experimentación ideológica donde actúan el 'desarraigo' (en este caso, el otro nombre de la crisis económica y la brutalidad política), el chovinismo, la desnacionalización de México (Monsiváis, 1981:291).

[movimientos juveniles] Entre estos últimos, destacó, a partir de la segunda mitad de la década pasada, el cholismo: el fenómeno juvenil más masificado que se ha presentado entre los jóvenes pobres del norte del país (Valenzuela, 1992:63).2

Así pues, en estos textos se observará que la frontera Tijuana/San Diego, un tipo de confluencia espacial entre México y Estados Unidos, se utiliza como arquetipo de toda la frontera; una premisa que funciona por sí sola, como si se tratase de una evidencia.

El tema y la pregunta que se abordan en este trabajo pudiesen parecer asuntos domésticos, es decir, que solamente preocuparían a los fronterizos. Intentaré mostrar, a lo largo de mi argumentación, que no es así. La discusión conducirá a un campo más extenso que es el de las relaciones Norte–Sur, mostrando que dichas relaciones no son unívocas. Esto es —para hablar con los términos utilizados por Michel Foucher (1986)—, los puntos de confluencia entre el Norte y el Sur producen configuraciones sintópicas del espacio–frontera derivadas de múltiples temporalidades —diacronías— que cohabitan en un mismo marco espacial (Zúñiga, 1993).

 

Singularidad de la configuración sintópica Tijuana–San Diego

Uno de los rasgos más sobresalientes de la frontera Tijuana–San Diego es el crecimiento demográfico tan acelerado y analiza otros fenómenos juveniles en las ciudades que la caracteriza desde hace 50 años. De hecho, es el punto fronterizo más poblado de todos, sin comparación, acercándose paulatinamente a la cifra de 4.3 millones de habitantes (tres en la zona metropolitana de San Diego y uno punto tres en Tijuana y su región). Aún más, en el marco nacional, cada una de estas ciudades tiene un lugar importante. Tijuana es la quinta o sexta ciudad mexicana por su población, al tiempo que San Diego es la sexta ciudad de Estados Unidos justo después de Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Houston y Filadelfa. Para dar una idea del ritmo de crecimiento poblacional tan acelerado que ha venido experimentando esta región basta decir que, en 1930, Tijuana no tenía más que 12 000 habitantes; 70 años después, su población se había multiplicado casi por 100. Y a lo largo de estos primeros años del siglo XXI no parece que la tasa de crecimiento se haya frenado significativamente. Por otro lado, los demógrafos californianos estiman que San Diego tendrá aproximadamente 3.6 millones de habitantes en 2020, al tiempo que los demógrafos mexicanos pronostican 2.4 millones para Tijuana en esa misma fecha.

Visto este rasgo desde otro ángulo, la población de esta región fronteriza es casi la mitad de la totalidad de la población asentada en los condados y municipios fronterizos en toda la frontera México–Estados Unidos, y en 10 años más ahí se encontrará a más de la mitad de la población fronteriza de ambos lados.

Estos datos muestran cómo las dos ciudades son polos importantes de atracción de migrantes internos de sus propios países y de migrantes provenientes de otros países. En consecuencia, ambas, aunque con modalidades diferentes, han experimentado crecimientos económicos significativos. El tamaño de estas concentraciones urbanas es, a la vez, el que explica la dimensión humana de los intercambios que ahí se producen y por qué la línea que las divide es la que se cruza más veces en el mundo con 20 500 000 vehículos por año.

Del lado estadounidense, se encuentra que San Diego, y su región, no solamente es la sede de múltiples firmas industriales privadas estadounidenses y asiáticas, sino también es una zona que se ha beneficiado de cuantiosas inversiones federales de carácter estratégico. Esto se conjuga con la posición geográfica de la ciudad que ofrece ventajas climáticas y paisajísticas envidiables, por lo que se ha convertido en un destino preferido de los estratos sociales de altos ingresos de Estados Unidos y otros países del mundo. Lo anterior explica las estructuras demográfica, étnica y de clase social de la ciudad. Por un lado, no es una ciudad de jóvenes; por el contrario, más de 40 por ciento de sus habitantes tienen 45 años o más; por otro, San Diego es la concentración urbana con los más altos ingresos promedio de Estados Unidos; y, finalmente, un dato importante: San Diego es una ciudad de angloestadounidenses que representaban, en 2000, más de la mitad de la población (54 %), así como es una ciudad de asiático–estadounidenses y asiáticos que, el mismo año, representaban la quinta parte de la población. En otras palabras, es una ciudad que hace frontera con México, pero en la que proporcionalmente no hay muchos mexicanos y mexicoestadounidenses.

Del lado mexicano, la historia se presenta de la siguiente manera. Tijuana a lo largo de todo el siglo XIX y la primera del siglo XX está situada en una zona casi incomunicada con el resto de México. Su aislamiento no es necesariamente resultado de la distancia, sino principalmente de su escasísima población. De hecho, su primer poblamiento significativo (1910–1930) no proviene propiamente de México, sino de California. Hacia finales de la década de 1930, la totalidad de los empleadores eran estadounidenses, asiáticos, rusos, etcétera, y sólo una ínfma proporción de los empleados eran mexicanos (Piñera, 1985). En síntesis, su aislamiento del resto de México, así como la migración procedente del norte hicieron de Tijuana un enclave californiano.

A 80 años de distancia de esa época, se sabe que la pequeña Tijuana se ha convertido en una ciudad industrial, sin perder el vigoroso sector de servicios que siempre la ha caracterizado. De hecho, un poco más de 40 por ciento de la población económicamente activa se emplea en el sector secundario, contra 52 por ciento en el transporte, los restaurantes, hoteles, comercios y otros muchos subsectores del terciario. Ciudad poblada de migrantes de primera generación provenientes de todo México y de otras partes del mundo, Tijuana se ha caracterizado por décadas por ser una ciudad que alberga una población flotante. Hacia la década de 1990, se estimaba que más de la mitad de los migrantes mexicanos que ingresaban a Estados Unidos lo hacía por la frontera Tijuana–San Diego. Esa proporción ha cambiado en la última década, pero sin que esta puerta de acceso a Estados Unidos haya dejado de ser importante.

Haré una síntesis de estos rasgos singulares de Tijuana–San Diego. La sana teoría de las fronteras (Foucher, 1986) enseña que éstas son como los montículos; más precisamente, como la cima de los montículos, lo que da lugar a escurrimientos, declives, intercambios, fusiones, etcétera. Como las cimas, las fronteras separan, pero también unen, excepto aquellas que tienen funciones herméticas y las que son fronteras vacías.

El efecto de cima y doble pendiente hace que se produzcan sintopías particulares; en el caso de Tijuana–San Diego, pudiera describirse así:

— un punto de la frontera suroeste de Estados Unidos experimenta un crecimiento económico y, por ende, demográfico sin precedentes que trajo consigo y

— un desplazamiento de su crecimiento hacia el otro lado de la frontera por lo que atrae también migración interna e internacional, produciendo con esto un doble efecto: se convierte en una línea con fuertes dispositivos de separación, al tiempo que, del lado sur, se produce un enclave estadounidense (y con el tiempo, de muchas otras firmas del mundo) dentro del territorio mexicano.

 

Las otras fronteras

La otra mitad de la población fronteriza reside en más o menos 20 puntos geográficos. Una primera clasificación des estas fronteras podría hacerse distinguiendo cuatro subregiones. La primera es la frontera agrícola ubicada en el eje Imperial Valley, California–Yuma, Arizona, del lado estadounidense, y de Mexicali, Baja California–San Luis Río Colorado, Sonora. Del lado mexicano se contó, en 2000, un poco más de un millón de personas, con ciudades que han mantenido su crecimiento de modo sostenido desde hace varias décadas, pero no con el ritmo que observábamos en Tijuana–San Diego. Solamente para tener una comparación: cuando Tijuana, en 1930, tenía 12 mil habitantes, Mexicali ya contaba con 32 mil. En el Censo de 2000, Tijuana había multiplicado su población por 100, mientras que Mexicali apenas por 23.

La frontera agrícola nace de la voluntad de los gobiernos de modernizar su agricultura aprovechando condiciones hidrológicas absolutamente únicas. Este rasgo agroindustrial de la región explica por qué un porcentaje tan importante de la población de Yuma (30 %) y de Imperial Valley (56 %) son de origen latinoamericano.

Luego, en dirección al este, hay una frontera cuasivacía, entre Arizona–Nuevo México y Sonora–Chihuahua, un inmenso no man's land con algunas ciudades pequeñas y medianas que son adyacencias entre economías que presentan menos disimilitudes entre sí, comparadas con los contrastes de otras regiones fronterizas. Del lado estadounidense están dos de los estados menos poblados, urbanizados e industrializados (Arizona y Nuevo México), vecinos de Sonora y Chihuahua, que se distinguen por su dinamismo económico en el contexto nacional. El punto más sobresaliente de esta frontera es el de la confluencia entre el condado de Santa Cruz, Arizona, y el municipio de Nogales, Sonora. En su conjunto reúne poco más de 200 000 habitantes.

Paso ahora a las ciudades gemelas de El Paso, Texas, y Ciudad Juárez, Chihuahua. Una frontera con más de dos millones de habitantes que constituye un fenómeno particular de cima y pendiente del montículo geográfico. En ella se produce el tipo de confluencia propia de las fronteras donde el Norte y el Sur se reúnen, pero en algunos aspectos se produce en sentido inverso. Ésta es una región donde el extremo oeste de Texas toca una de las regiones más industrializadas de México, que cuenta con una de las mejores redes ferroviarias desde fines del siglo XIX. No tiene nada de raro que, hoy día, del lado mexicano, más de la mitad de la población económicamente activa trabaje en la industria y que la tasa de desempleo suela ser menor que en el resto del país.

Voy ahora al extremo este de la frontera México–Estados Unidos que tiene por centros de operación las ciudades de Nuevo Laredo, Tamaulipas, y Laredo, Texas, y que en su conjunto constituye una red de ciudades que giran en torno de dos polos económicos situados más o menos a la misma distancia de la línea fronteriza: Houston y Monterrey. Ambas ciudades con poblaciones similares (de cuatro a cinco millones). En las ciudades adyacentes a la frontera, en el lado norte de la misma, se encontrará una población mayoritariamente mexicana o de origen mexicano. Así por ejemplo, en el condado de Webb, donde se encuentra la ciudad de Laredo, Texas, 92 por ciento de la población es mexicana o de origen mexicano. Esta proporción es característica del resto de los condados fronterizos (varía de 55 % a 92 %) de Texas. En esta región todo sucede como si el Sur se hubiese desplegado rumbo al Norte. No es que se haya implantado un enclave mexicano en territorio de Estados Unidos, sino que las dinámicas fronterizas a lo largo de 150 años han producido una región difusa y fluida (Monnet, 2001), donde no está ni México, ni Estados Unidos, una especie de síntesis de la cohabitación entre el Norte y el Sur, producto tanto de la historia económica que explica el nacimiento y el desarrollo del capitalismo en Texas y el noreste de México (González, 1993) como de la implantación de la dominación angloestadounidese en Texas y sus consecuencias territoriales: desplazamiento forzado de la población mexicotexana hacia el sur (Montejano, 1991).

En su conjunto, en las ciudades del extremo este de la frontera México–Estados Unidos, habitan más de tres millones de personas distribuidas en una línea de menos de 600 kilómetros dedicadas principalmente a las actividades del comercio internacional, la producción industrial, agrícola y ganadera. Al tiempo, esta región constituye una de las zonas mejor comunicadas de Latinoamérica, con sus redes carreteras, ferroviarias y aeropuertos que están al servicio de su vocación económica. En consecuencia, no es el movimiento de personas lo que constituye la característica más visible de esta región fronteriza, sino el intercambio de mercancías como resultado de una experiencia acumulada por más de 150 años (Cerutti, 2001). Es por ello que los personajes más importantes de la imaginación popular de la región no son los "coyotes" sino los aduaneros, los policías, los contrabandistas y los pistoleros famosos.3

 

Conclusiones

La constatación de la diversidad de las fronteras es lo que permite comprender en qué medida la relación Norte–Sur no es unívoca, sino que se manifiesta en una variedad de formaciones regionales y microrregionales. La lógica del espacio está estrechamente ligada con la lógica del tiempo: las sintopías y diacronías van de la mano.

Sin embargo, la discusión a la que hice referencia al inicio del ensayo no es meramente académica, sino que tiene dimensiones políticas. Con ello quiero enfatizar que las premisas y representaciones geográficas inducen a tomas de decisiones gubernamentales. Dos de dichas premisas fueron puestas en tela de juicio en este ensayo (argumentando que carecen bases empíricas), a saber:

a) la frontera constituye una región homogénea donde la adyacencia de un país del norte y uno del sur produce los mismos efectos que se pueden observar en cualquier otra parte del mundo.

b) un punto de adyacencia —por cierto el más atractivo porque quizás es el menos común— se presenta como el arquetipo y el testigo de la frontera México–Estados Unidos. Arquetipo porque, se dice, representa lo que pasa en toda la frontera y testigo porque, se dice, que lo que ahí pasa, anuncia lo que va a pasar en el resto de las ciudades fronterizas.

Sugerí, a lo largo del ensayo, que ninguna de las dos premisas rinde buenas cuentas de lo que sucede realmente en las sociedades fronterizas. Desde México, D.F., o desde Washington, D.C., los tomadores de decisiones seguramente fundan sus representaciones en alguna de esas premisas. Pero los actores locales, los fronterizos conocen bien sus propias especificidades y luchan contra las visiones simplificadoras de su geografía que niegan sus propias historias.

Por último, vale la pregunta: ¿por qué Tijuana ha servido como arquetipo? Varios motivos quizás sirven de fundamento: 1) la cercanía a una metrópoli mundialmente conocida (Los Ángeles); 2) es, con mucho, la ciudad fronteriza que alberga el número más alto de académicos; 3) su pasado de glamour; 4) la proporción alta de residentes que provienen de la Ciudad de México, comparada con las otras ciudades fronterizas, y 5) la imaginería estadounidense que ha hecho de ésta la ciudad mexicana fronteriza por excelencia.

 

Bibliografía

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NOTAS

1Una versión preliminar de este trabajo se presentó en el XXIII Encuentro Internacional de Ciencias Sociales, en la Feria Internacional del Libro 2009, en Guadalajara, el 2, 3 y 4 de diciembre de 2009. Extiendo mi agradecimiento por sus valiosas observaciones al presente trabajo de Jorge Durand y Laura Velasco.

2Sobre este tema, véase Olvera (2005), quien describe del noreste de México.

3En itálicas porque me refiero a uno de los más acabados, célebres y bellos corridos de Julián Garza (Berrones, 2006).