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Frontera norte

versión impresa ISSN 0187-7372

Frontera norte v.22 n.44 México jul./dic. 2010

 

Nota crítica

 

De la frontera nacional a la frontera pluricultural

 

From the National Border to the Multi–Cultural Border

 

Jorge Eduardo Brenna B.

 

Profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana–Xochimilco Dirección electrónica: jbrenna@correo.xoc.uam.mx

 

La presente nota crítica pretende establecer los términos de una discusión, partiendo de la crisis del espacio nacional, para replantear la noción de frontera en estados plurinacionales y en los estados que coexisten con éstos. Ello supone encontrar respuestas al problema de las identidades nacionales, construidas sobre la idea de nación, que sirvieron eficazmente para producir la integración simbólica de los sujetos y, a partir de eso, lograr los consensos y la legitimidad requeridos para el funcionamiento político del Estado–nación. Las fronteras nacionales han dejado de ser fronteras económicas exclusivamente, y con la inercia de la mundialización tendiente a una integración de espacios económicos se observa el estallido de la diferencia cultural, por ende, las fronteras más que nunca son y deben ser consideradas como espacios pluriculturales que demandan políticas de gobierno mayormente democráticas y plurales, éste es el caso de la frontera entre Estados Unidos y México. La naturaleza del conflicto en la frontera entre ambos países demanda una refuncionalización de la lógica, de las reglas y de los valores con que los diferentes niveles de gobierno afrontan los conflictos fronterizos para transformarlos mediante un verdadero diálogo y negociación.

 

I

El llamado "estallido cultural", al que Octavio Paz (1985) se refería como "la sublevación de los particularismos",1 se encuentra en el centro de las transformaciones de índole global que caracterizan a nuestro tiempo. Lo anterior supone empezar a ubicarse en un diagnóstico que permita entender la pluralidad de los órdenes políticos que de esto se derivan, y que, sin lugar a dudas, ha venido a entorpecer la fallida universalización del supuesto modelo homogéneo de Occidente.

El problema de nuestro tiempo es la creación y el sostenimiento de un orden político capaz de innovar mecanismos que alojen creativa y políticamente la multiplicidad identitaria en sus diversas e inciertas formas. La necesidad de espacios políticos en donde las diferencias identitarias (de intereses) se diriman a través del intercambio y la negociación supone afinar los mecanismos de diálogo sin ocultar las dimensiones de los conflictos, sin dejar de reconocer que existen disputas abiertas que dividen y separan, pero que no impiden el logro de acuerdos respecto de los reclamos respectivos de las partes. La necesidad de crear los mecanismos para una sociedad reconciliada apela al diálogo y a la negociación como espacio compartido susceptible de ser construido por la voluntad política negociadora de los grupos particulares.

Desafortunadamente, la lógica de la violencia en el nuevo siglo y en las últimas décadas del XX es la de una guerra total contra el enemigo, el totalmente otro —los antiguos griegos denominaban polemos a este tipo de violencia contra el otro, el bárbaro de extraña apariencia y "lengua incomprensible" (Toscano, 1998).2 Aunque, paradójicamente, hoy el enemigo es literalmente el vecino de casa (recuérdese el caso de la ex Yugoslavia y las guerras derivadas de la fragmentación de los países de la región de los Balcanes). A ese vecino incómodo es al que se coloca en la mira de nuestras fobias identitarias y al que se identifica como una amenaza para la supervivencia propia. Es a esta encarnación negativa de la alteridad "al que, o hay que alejar con la fuerza, o hay que exterminar. Sin un resquicio para el compromiso la coexistencia, la compasión, el respeto de límites o reglas en el combate" (Toscano, 1998:40).

En efecto, la tradición política liberal fue creando la ficción de que los "diferentes" se encontraban siempre situados "fuera" o en el exterior de una determinada organización política, homogénea en su interior, esto es, el Estado–nación. Para el liberalismo y su democracia el problema estalló cuando se constató que los "diferentes" ya no se encuentran solamente "fuera", sino también "dentro" de la sociedad —supuestamente homogénea— debido a diversas causas, tales como la emigración laboral y económica o la emigración política. La constatación de este hecho ha implicado la puesta en práctica de una cierta diferenciación o fragmentación en el concepto tradicional de ciudadanía y el surgimiento de un conflicto social, político y jurídico por cuanto los grupos diferenciados reclaman también sus derechos y libertades desde un punto de vista jurídico, a la vez que el reconocimiento y preservación de su propia identidad desde un punto de vista político (Brenna, 2006). Ante esa situación se hizo necesario replantearse el concepto de ciudadanía desde nuevos contextos tanto particulares como globales (Kymlicka, 1999). La integración social de una comunidad diferenciada no puede llevarse a cabo mediante la asimilación o la homologación, sino mediante el reconocimiento, la aceptación y la integración social de todas las diferencias, sin posibilidad de exclusión, marginación o inferiorización de alguna de ellas. Después de este preámbulo, paso al tema de la crisis del Estado nacional para reflexionar en torno de las transformaciones de las fronteras nacionales.

 

II

El Estado nacional ha sido el producto más típico de la modernidad y del capitalismo liberal–burgués en tanto esfera de influencia de los mercados locales frente al mercado mundial siempre presente y espacio en el que se producían y se reproducían las identidades correspondientes asumidas como identidades "nacionales". Sin embargo, éstas se construyeron sobre las bases de un criterio de mercado y control territorial, más que sobre la de uno o varios rasgos afines a las comunidades insertas en las fronteras establecidas por los estados nacionales. Esto tuvo como consecuencia que un gran número de particularismos culturales propios de comunidades "minoritarias" tuvieran que ser marginadas obligándoseles a una integración económica, política y cultural en tanto se consolidaba el aparato de Estado como un núcleo monopolizador de la fuerza coactiva y legítima. Este proceso fue favorecido por una economía mundial que requería del Estado–nación como espacio de mercado y de poder dentro de una economía–mundo articulada y funcional a los imperios económicos y políticos. El siglo XX fue el siglo de la expansión y crisis del Estado nacional; las dos guerras mundiales evidenciaron la caprichosa arbitrariedad de las fronteras nacionales y de la fuerza de los imperios para moverlas a su antojo.

Autores como Ricardo Petrella (1997:44) hablan de "mundialización"3 más que de globalización, una reorganización del mundo a escala global, en la que la geoeconomía supone nuevas configuraciones que han puesto fin a la idea de economía nacional "como la base más pertinente y eficaz para organizar y administrar la producción y distribución de la riqueza". Para él, el papel que han desempeñado los estados nacionales en el desarrollo capitalista dista mucho de haber dejado de existir; por el contrario, la proliferación de estados–nación después del derrumbe del Muro de Berlín los ha hecho abundar en funciones nuevas.4 El quid estriba, según Petrella, en que "[lo nacional] sigue siendo uno de los niveles importantes pero no es ya el principal nivel estratégico para los actores claves en el campo del desarrollo científico, de la innovación tecnológica y del crecimiento socioeconómico". No es un macrocambio entre capitalismo/ poscapitalismo, sino el paso de la era de la riqueza de las naciones a la de la riqueza mundial. O bien, como apunta Revelli (1997), la ruptura de la cadena Territorio Estado Riqueza supone un viraje radical que pone en juego al mismo Estado–nación, a partir de una desestructuración de la continuidad de la cadena que había sido base de lo político en la modernidad.

En palabras de Arrighi (1997), el resultado de tan compulsivo proceso es la existencia de "semisoberanías" y "cuasiEstados" como resultado de las tendencias a largo plazo del moderno sistema mundial; dichos fenómenos claramente se materializaron antes de la expansión financiera global de las décadas de 1970 y 1980.

Actualmente, la centralidad del Estado nacional está fuertemente cuestionada: los límites internacionales del Estado son permeables a la globalización de la producción, el comercio, la cultura, las finanzas, de lo cual resulta una pérdida de control de los estados sobre sus destinos. La soberanía de los estados está comprometida también por los cambios en los patrones de alianzas y federaciones regionales. El concepto de nación y de Estado de derecho nacen al mismo tiempo para dotar al individuo moderno de su identidad colectiva, identidad en tanto ciudadanos: como hombres libres e iguales en derechos. Es por ello que el concepto de identidad está sobrecargado de atributos considerados universales como la democracia, la igualdad política y jurídica, entre otros (Brenna, 2006:34).

¿Qué aspectos esenciales mueven a la globalización? ¿Por qué son consideradas tendencias contradictorias la desintegración y la homogeneización? Ambas tendencias muestran un doble juego funcional a este proceso, ya que una origina a la otra, muchas de las veces. Y se plantea así, porque la tan aclamada búsqueda de la homogeneización, integración o unificación de regiones en los planos económico, social y político (con lo que se persigue derribar fronteras de todo tipo en los entornos más cercanos) tiene como fin establecer relaciones duraderas a largo plazo entre las diversas naciones.5 La realidad es que, por un lado, tal unificación provoca que el mismo proceso de globalización tienda a crear espacios regionales más o menos unidos y homogéneos —lo mismo que económicamente más prósperos—, lo cual por lo regular origina una correspondiente desintegración. Consecuencia lógica de la llamada "homogeneización" de sólo algunos países, ya que la formación de bloques o creación de espacios regionales —por ejemplo, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte— y la adopción de políticas neoliberales, son partes de un modelo que genera obstáculos para aquellos países que no cuentan con las características que presupone esta integración (es el caso de México en la dinámica regional norteamericana), lo cual da lugar a desproporciones económicas así como a desintegraciones sociales.6

Se afirma que, en un primer momento, la integración sería política y económica, a fin de poder generar las condiciones institucionales para la expansión del capital, mientras que la integración social constituiría el proceso de legitimación7 de las nuevas instituciones, que de esta manera hacen de la integración política la construcción de nuevas organizaciones que puedan asegurar un marco jurídico ampliado que proteja la propiedad privada y formalice, al mismo tiempo, las relaciones contractuales obligatorias, asegurando así una oferta adecuada de mano de obra (Frambes–Buxeda,1993:281). En este contexto vale empezar a preguntarse en torno de lo que ha sucedido con la idea de frontera nacional.

 

III

Frontera nacional, espacios transfronterizos

Hay una constante dualidad en la esencia misma de la frontera, una complejidad que responde a las historias contradictorias detrás de ellas: son una abstracción en el mapa y sin embargo son una realidad concreta que toma formas diversas (Estado, región, imperio, cultura o civilización). Lo que sí es claro es que las fronteras nacionales, como tales, han sido construidas como espacios sociales con el fin de delimitar geopolíticamente los estados nacionales.

En las fronteras se concretan los esfuerzos por dar contenido cultural a las identidades nacionales; en éstas es dónde se percibe cómo se construyen, se legitiman y difunden los contenidos de estas identidades. En las fronteras se han ido construyendo espacios de exclusión/protección que marcan lo nacional de lo extranjero. Mientras tanto, el individuo que se desenvuelve en ese espacio "híbrido" lucha por adaptarse a un ámbito de supervivencia a pesar de la posible hostilidad de los que coexisten en el espacio fronterizo hincado en lo nacional. De ahí que para entender los procesos que han acontecido en las fronteras nacionales se tenga que trascender la cuestión de la identidad nacional (como dato de origen) y haya que enfocarse al análisis de los procesos sociales y culturales que vertiginosamente suceden en ese espacio, lo que a final de cuentas redunda en la comprensión de cómo se resignifican las propias identidades étnicas y culturales.

Por otra parte, las fronteras nacionales siempre han sido fronteras de exclusión, y lo siguen siendo aún en el paradigmático caso de la unificación europea bajo el Tratado de Maastricht. Se crea un mundo unificado pero se crean nuevas clasificaciones frente a las minorías; nuevas marcas para una exclusión vieja que se renueva; nuevas medidas proteccionistas, nuevas deportaciones y nuevas medidas terroristas contra el terrorismo (real o inventado); nuevos sectores excluidos, siempre los del sur, los inmigrantes procedentes del tercer mundo, del este de Europa, la "gente de color" y las mujeres. El Estado nación, como comunidad imaginada (Anderson, 1993), es más una construcción ideológica para clasificar, jerarquizar y a la vez ocultar y negar la existencia de la alteridad cultural sobre todo en el espacio de la frontera nacional; y esto tanto en Europa como en América, pues también América Latina excluye a sus propias minorías marginalizadas, estigmatizadas y ubicadas como foráneas en sus propios territorios.

El desdibujamiento de la geometría territorial, construida orgullosamente por una civilización occidental racionalista y universalista, ha dejado al desnudo una geopolítica caótica que busca conformar a toda costa ejes de poder y de influencia que sobrepasan a los estados, como esqueleto de un orden mundial que no acierta a acomodar sus piezas sin violencia. Las fronteras actuales se yuxtaponen y atraviesan cargando consigo la herencia de toda una historia nacional que daba cobertura, justificación y validez a los estados y sus identidades (Badie y Smouts, 2000).

Las fronteras se esfuman en Europa pero se refuerzan en otras partes para separar lo que siempre ha estado unido o quiere estarlo a pesar de las diferencias culturales o de las visiones de mundo. Se construye hoy día una cerca electrónica de 350 kilómetros para separar Cisjordania de Israel y de Jerusalén. Otro tanto está ocurriendo en la frontera México–Estados Unidos. Los estados y las corporaciones se unifican dejando a un lado los límites nacionales pero quieren seguir teniendo separados a los pueblos y a los individuos que ya han elegido sus vínculos culturales, laborales, sus comunidades imaginadas más allá de las fronteras nacionales. Es por ello que las nacionalidades se despiertan violentamente dando lugar a una multiplicidad de microconflictos localizados. Fronteras más porosas que ayer; sin embargo infinitamente más numerosas que a principios del siglo XIX, cuando sólo algunos imperios se repartían las tierras habitadas.

Se puede hablar de regiones de fronteras, entendidas como espacios interculturales, interétnicos e intersocietarios en los que hay un cruce dinámico y complejo de diversas territorialidades y visiones del mundo. La resultante es un espacio en el que se construyen y recrean identidades y posiciones políticas, mismas que se relacionan de manera compleja y conflictiva según la dinámica sociocultural y política que induzcan los actores sociales que las detentan. La idea de una "región transfronteriza" demarca una zona de intercambios dinámicos a nivel de personas, de valores, de símbolos y de mercancías que llevan una huella identitaria (nacional, regional, global); intercambios tan dinámicos que no forzosamente tienden a coincidir con las demarcaciones nacionales. Este espacio contiene fronteras, aunque en los hechos las trascienda (el norte de México y el sur de Estados Unidos, la región transfronteriza del Caribe, la región andina, etcétera); y ello es relevante no sólo porque corresponden a diferentes entidades político–administrativas, sino porque ellas implican diversos órdenes societarios y posiciones políticas en interacción.

Otra dimensión interesante a este nivel es la transnacionalidad como situación que acontece "más allá" de las fronteras nacionales sin que implique una negación de la "nacionalidad" de la que parte. Una transnacionalidad que atañe a prácticas sociales fuera de las fronteras nacionales que llevan la marca de la nacionalidad. ¿Llegará el día en que las prácticas sociales en diversas regiones transfronterizas de una América del Norte producto de una integración de estados nacionales revelen al mismo tiempo un carácter transnacional y se expliquen sólo por las prácticas socio–culturales cotidianas de los habitantes de esas regiones transfronterizas?

El mejor ejemplo sería el de una Europa que cada vez más se constituye en un espacio transfrontera, nacido como una reacción frente al riesgo de la uniformización del mundo y asumiendo necesariamente una postura de respeto por la diversidad. La visión europea de la integración regional ha tenido que renunciar a la tradición política de las fronteras absolutas y las identidades nacionales monolíticas causantes de tantas guerras en su geografía. Hoy en día Europa se está haciendo a sí misma como una superposición de fronteras en las que se revelan todas las historias nacionales, todas las culturas y las nuevas prácticas trasnacionales de cada uno de los pueblos que la constituyen.

Estas complejas relaciones entre pueblos y sociedades nacionales en espacios transfronterizos están detrás de la geopolítica de los conflictos en esas regiones debido en gran medida a la constante interacción entre grupos étnicos y los diferentes sectores que conforman las sociedades nacionales. Estos espacios han pasado a constituirse en auténticos "escenarios de conflicto" marcados por una intensa dinámica de posicionamiento de sus actores sociales que atienden a estrategias individuales o colectivas, espontáneas u organizadas ya sea para conservar o bien para transformar el conjunto de relaciones establecidas en esa zona de frontera. Aunque hay que decirlo, estas regiones se han vuelto laboratorios sociales en lo que, a diferencia de las sociedades nacionales centrales, se genera un aprendizaje cotidiano para convivir con la diferencia, poniendo a prueba la capacidad de tolerancia de los actores sociales frente a la convivencia interétnica.

 

IV

La frontera pluricultural: La frontera no se crea ni se destruye... sólo se transforma

Las fronteras no desaparecen, se flexibilizan y se hacen selectivas siempre fieles a su función de exclusión, introduciendo nuevas formas de desigualdad. La frontera entre México y Estados Unidos es el mejor ejemplo: una de las más largas y conflictivas del mundo. Pero además es simbólica: une y separa a Estados Unidos del resto de América Latina, convirtiéndose además en La Meca a la que tratan de llegar los olvidados de las políticas de los estados nacionales latinoamericanos en busca del paraíso perdido (nunca vivido por cierto). Precisamente esa larga frontera (desde San Diego–Tijuana hasta Brownsville–Matamoros) es cruzada diariamente por casi cinco mil trabajadores en condiciones legales o ilegales.

Sin exagerar, a través del laberinto de las fronteras nuevas se plantea toda la cuestión del orden mundial. La realización de las identidades y su capacidad para coexistir juntas en el seno de un mismo territorio, ya se trate de una región, de un país o de un continente, están condicionando la estabilidad mundial en tanto que ya se vive desde hace décadas un clima de polarización y choque de identidades de comunidades pluriculturales de origen aunque monoculturales en valores.

Después de la histórica caída del Muro de Berlín los intentos por reproducir una lógica de guerra fría transformando en enemigos a aquellos que tienen otra identidad viene a ser la auténtica tercera guerra mundial de este siglo. La explosividad de ese intento de amalgamar a los otros calificándolos y excluyéndolos, arrojándolos a la marginalidad social y política posee más kilotones que cualquier bomba nuclear. De ahí que sea necesario reenfocar bien las miras telescópicas hacia los verdaderos enemigos: la intolerancia, la exclusión, el racismo, los odios nacionales, los fundamentalismos de todo tipo (religiosos y políticos). Hay que reconocer que se está acabando y debe acabarse un mundo en el que sólo se escucha una sola voz. La paz de las fronteras pluriculturales no puede depender de una sola nación pues ninguna puede garantizar el equilibrio mundial.

Querer homogeneizar al mundo ha sido el sueño de Occidente, pero también de otras civilizaciones a las que se ha estigmatizado desde hace siglos con el paganismo y la otredad. Tal pretensión es un auténtico delirio que lo único que ha provocado ha sido una negación de las fronteras y las identidades haciendo que, tras de su pretendida desaparición, broten de nuevo cargadas de más odio reproduciendo al infinito la diversidad sin posibilidad de negociar los espacios de convivencia; con ello sólo se ha logrado potenciar la amenaza y la violencia de grupos que hacen del odio identitario la consigna de todos los días que alimenta su violenta militancia. Y ambas amenazas, las de los estados monolíticos violentos (negadores de la diversidad) y la de los grupos fundamentalistas alimentados por ésos, son ahora la verdadera amenaza global.

¿En qué sentido las fronteras nacionales se han transformado?

Las fronteras ya no son sólo los escenarios en los que se disputan los valores nacionales y se defiende la soberanía. Hoy ocurren un sinnúmero de fenómenos en ellas, transformaciones de todo tipo: económicas, sociales, políticas pero sobre todo culturales, mismas que trascienden los límites de las dinámicas propias de los estados nacionales. La bidimensionalidad identitaria (nosotros y los otros) presente en toda frontera nacional ha cedido su lugar a una multidimensionalidad identitaria (diversos nosotros) detrás de una dinámica transfronteriza que constituye, crea y recrea a las comunidades pluriculturales que se forman en las fronteras en un ambiente potencialmente conflictivo. De ahí el reto de encontrar fórmulas políticas democráticas y sobre todo configurar una cultura política fronteriza para garantizar el diálogo y la negociación de los espacios vitales para reproducir a las comunidades culturales y garantizar la convivencia pacífica en estos espacios tan peculiares.

Entonces es importante avanzar en la creación de nuevos enfoques teóricos en torno de las fronteras concebidas como espacios de diversidad étnica y sociocultural, pero sobre todo asumir de manera realista que estas regiones son zonas de conflictos en las que hay que transformar al enemigo identitario en el interlocutor, al menos, con el que se decide negociadamente (creando en conjunto reglas y fórmulas democráticas) los pormenores de una comunidad fronteriza que comparte un destino común.

En el contexto de América del Norte se sabe bien que no hay políticas de corto, mediano o largo plazos que enfrenten los retos de unas fronteras evidentemente pluriculturales. Existe una mirada precaria en torno de un destino común para el futuro de los estados nacionales que componen esa macroregión del norte; por ejemplo, a los reclamos soberanistas de Estados Unidos y México, que apelan a un nacionalismo fuera de lugar (en especial después del 11 de septiembre de 2001), habría que responder con una visión abierta en cuanto a las fronteras como la de la Unión Europea (Canadá y Estados Unidos, de hecho, se han abierto al libre tránsito de personas): una sola frontera exterior y, al interior, fronteras abiertas como voto de confianza entre Estados nacionales que se respetan recíprocamente, toleran sus diferencias culturales —más intensas en las regiones fronterizas— pero, sobre todo, buscan protegerse mutuamente a través de una política de seguridad común que no discrimina ni excluye a unos para sobreproteger a otros. El resultado puede ser muy positivo: la creación de una plataforma democrática para que las distintas instancias de gobierno de los estados institucionalicen los conflictos de los espacios transfronterizos transformándolos, más que anulándolos.

La pluriculturalidad de la frontera reclama una cultura del conflicto y una cultura democrática nuevas para procesar la diversidad creciente. No hacerlo es estar abonando el terreno de una proliferación de microconflictos que, acumulados, pueden ser potencialmente fuentes de inestabilidad y violencia en las zonas fronterizas.

Los otros, los diferentes no están afuera, se encuentran dentro de las comunidades nacionales y responden también a intereses y valores semejantes, pero también están conectados con sus comunidades de origen. Es una dinámica de vaivén identitario que está caracterizando a los nuevos grupos humanos orientados cada vez más a los flujos migratorios que desata la globalización, en busca de horizontes nuevos. Algunas veces huyendo del hambre y la falta de oportunidades en el país de origen pero otras veces por una ambición de mundo que va más allá de las necesidades materiales.

Hay que producir más humanidad y más humanismo (Savater, 1998), lo cual supone renunciar a la política de exclusión y discriminación que ha caracterizado a las fronteras nacionales durante el auge del Estado nacional, y que ahora se actualiza con la ampliación de las fronteras. No es necesario producir más diversidad sino sumar la diversidad existente en torno de un proyecto colectivo de vida capaz de compartir el mundo y sus frutos, cooperativa y democráticamente. Aunque no se compartan las creencias, las fobias, las filias ni los fantasmas.

 

Bibliografía

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Notas

1 Dice Octavio Paz en su libro Tiempo nublado: 'Si una palabra define a estos años, esa palabra no es Revolución sino Revuelta. Pero Revuelta no sólo en el sentido de disturbio o mudanza violenta de un estado a otro sino también en el de un cambio que es regreso a los orígenes. Revuelta como Resurrección. Casi todas las grandes conmociones sociales de los últimos años han sido resurrecciones. Entre ellas la más notable ha sido la del sentimiento religioso, generalmente asociados a movimientos nacionalistas: el despertar del Islam, el fervor religioso en Rusia después de más de medio siglo de propaganda antirreligiosa y la vuelta, entre las élites intelectuales de ese país a modos de pensar y a filosofías que se creían desaparecidos con el zarismo[...]" Más adelante añade: "La resurrección de las tradiciones nacionales y religiosas no es sino una manifestación más de lo que hay que llamar la venganza histórica de los particularismos. Este ha sido el verdadero tema de estos años y lo será en los tiempos venideros. Negros, chicanos, vascos, bretones, irlandeses, valones, ucranianos, letones, lituanos, estonios, tártaros, armenios, checos, croatas, católicos, mexicanos y polacos, budistas, tibetanos, chiítas de Irán e Irak, judíos, palestinos, kurdos, una y otra vez asesinados, cristianos del Líbano, maharatas, tamiles, kmeres... Cada uno de estos nombres designa una particularidad étnica, religiosa, cultural, lingüística, sexual. Todas ellas son realidades irreductibles y que ninguna abstracción puede disolver. Vivimos la rebelión de las excepciones, ya no sufridas como anomalías o infracciones a una supuesta regla universal, sino asumidas como una verdad propia, como un destino. [...] La pretendida universalidad de los sistemas elaborados en Occidente durante el siglo xix se ha roto. Otro universalismo, plural, amanecí'. Las cursivas son mías.

2 Los griegos antiguos tenían otro nombre (stasis) para un tipo diferente de conflicto. A diferencia de la guerra total polemos) contra el enemigo, consideraban un tipo de conflicto ejercido "entre grupos que se reconocen recíprocamente como sujetos esencialmente afines pero que tienen una contraposición de intereses cuya solución se encierra en una prueba de fuerza cruenta" (Toscano, 1998:40).

3 Dice Ricardo Petrella: "La mundialización se refiere a la multiplicidad de lazos e interconexiones que existen entre los estados y las sociedades que construyen el actual sistema mundial. Describe el proceso mediante el cual los acontecimientos, las decisiones y las actividades en una parte del mundo llegan a tener consecuencias significativas para los individuos y comunidades de partes bastante distantes del globo".

4 Rosenau (1990) habla del paso de la era nacional a la posnacional asociada con las circunstancias específicas del sistema político internacional y al hecho de que 'la estructura monocéntrica del poder de los estados nacionales rivales ha sido sustituida por un reparto de poder policéntrico, que hace que una gran pluralidad de actores transnacionales y nacionales–estatales compitan o, en su caso, cooperen, entre sí". Beck (1998) —quien menciona a Rosenau— cita a David Held, quien matiza la postura de Rosenau al señalar que la pérdida de soberanía debe entenderse más como un "poder escindido" que es "percibido como algo fraccionado por toda una serie de actores —nacionales, regionales e internacionales— y que se encuentra limitado y maniatado precisamente por esta pluralidad inmanente".

5 "la integración es una característica necesaria para el desarrollo del capitalismo", véase Frambes–Buxeda

6 Los procesos de integración tienen carácter regional y tienen la tendencia a desarrollarse más completamente en aquellas regiones donde existan las condiciones económicas y políticas apropiadas, véase Frambes–Buxeda (1993:281).

7 Weber (1984:54) plantea que "la legitimidad es la justificación del dominio que ejerce el Estado sobre los hombres".