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Frontera norte

versión impresa ISSN 0187-7372

Frontera norte v.22 n.44 México jul./dic. 2010

 

Artículos

 

Mujeres purépechas en las maquiladoras de Tijuana: Entre la flexibilidad y significación del trabajo

 

Purépechas Women in the Maquiladoras of Tijuana: Between Flexibility and Meaning of Work

 

Areli Veloz Contreras

 

Estudiante del doctorado en ciencias antropológicas en la Universidad Autónoma Metropolitana–I Dirección electrónica: arveloz@yahoo.com.mx

 

Fecha de recepción: 27 de marzo de 2009
Fecha de aceptación: 24 de noviembre de 2009

 

Resumen

En este artículo se analizan las experiencias de trabajo de las mujeres purépechas en Tijuana. Se pone énfasis en el trabajo de las mujeres en las maquiladoras para entender el significado que actualmente le confieren a éste en un contexto de flexibilidad de las formas de trabajo industrial, lo que conlleva a transformaciones en las percepciones del trabajo mismo. Además, se menciona la ambigüedad de la inclusión a las maquiladoras como parte positiva en la significación del trabajo y la continuidad de las formas de desigualdad social por cuestiones de género, étnicas, de clase y migratorias.

Palabras clave: Flexibilidad del trabajo, experiencias vividas, significados del trabajo, Arantepacua, Tijuana.

 

Abstract

This article discusses the work experiences of Purépecha women in Tijuana. It puts emphasis on the maquiladora women's work to understand its given meaning in a context of flexible forms of industrial work that leads to changes in perceptions of the work itself. It also mentions the ambiguity of the maquiladora inclusion as a positive part in the meaning of work and the continuity of social inequality originated in gender, ethnic and migratory issues.

Keywords: Flexibility of work, experiences, meanings of work, Arantepacua, Tijuana.

 

INTRODUCCIÓN1

En el marco de la creciente incorporación de las mujeres a los mercados laborales se pueden identificar algunos rasgos que evidencian la transformación y reproducción de las formas de desigualdad por cuestiones genéricas en distintos espacios de trabajo. En las maquiladoras de la zona fronteriza se verá un escenario donde confluyen elementos que acentúan la desigualdad y discriminación sociales en el ámbito laboral como las cuestiones étnicas y de clase. La inserción de mujeres indígenas en la recomposición de los mercados de trabajo se enmarca por los prejuicios existentes en la sociedad, que naturalizan y legitiman —a través de mecanismos simbólicos y acciones concretas o como políticas sistemáticas y oficiales de los distintos niveles de gobiernos— las formas de desigualdad y discriminación (Bello y Rangel, 2000:7).

Otro factor que se tomará en cuenta para analizar las formas de desigualdad que experimentan las mujeres indígenas en los espacios laborales es su condición de migrante, ocasionada por la búsqueda de superación de la situación de pobreza que funge como telón de fondo en sus comunidades de origen. El traslado permanente de segmentos de la población de distintas regiones del país hacia Tijuana, desde mediados del siglo XX, ha implicado, por un lado, cambios relevantes en la división sexual del trabajo (en los lugares de origen y en el de llegada); y, por otro, ha conformado un entorno propicio para la emergencia de desigualdad étnica para las/os migrantes en el lugar de destino, adicional a la desigualdad genérica presente ya desde su lugar de origen.

El caso particular que se abordará aquí es el de las mujeres purépechas, que llegaron a Tijuana desde la década de 1980 y que junto con sus paisanos se han organizado en virtud de su lugar de procedencia en la organización llamada Corazón Purépecha, conformada por inmigrantes originarios del municipio de Arantepacua, Michoacán (Veloz, 2008:10).

La mayor parte de las mujeres de la organización había trabajado en su lugar de origen como bordadoras textiles en talleres o en sus propios hogares, otras ayudaban en la elaboración de muebles de madera en carpinterías propiedad de algún miembro de la familia o de su pareja y otras más laboraban como campesinas. Después de emigrar, la actividad principal de las mujeres en Tijuana es el trabajo de costura y de ensamble de productos médicos en la industria maquiladora, mientras que los hombres se ocupan, principalmente, como taxistas y ayudantes en la industria de la construcción.

En este artículo se buscará enfatizar el análisis de la significación que las mujeres le dan al trabajo en la maquiladora, a partir de sus experiencias vividas de trabajo en un contexto de flexibilidad laboral. Para esto, se tendrá en cuenta la flexibilidad del trabajo como parte medular de las transformaciones actuales en las formas de trabajo. Posteriormente, se abordará una rápida revisión sobre la temática de la emigración de las mujeres indígenas a las ciudades, destacando aquellos elementos que serán útiles para mi análisis. Por último, se caracterizarán las experiencias vividas de trabajo como estrategia analítica que permite conocer no sólo la descripción de actividades y trayectorias laborales, sino también saber qué sentidos específicos dan los sujetos a su propio trabajo. El análisis se encontrará transversalizado por los conceptos de género y etnia. En la relación de los ejes de flexibilidad, migración y experiencias vividas de trabajo, se tiene como objetivo considerar que los significados del trabajo para los sujetos no se dan sólo en un tiempo y espacio determinado, sino que el significado se va reconstruyendo a partir de una compleja relación de los acontecimientos del contexto actual, los ámbitos de vida donde interactúan los individuos y los procesos subjetivos que se van reconfigurando a lo largo de la vida.

Consecutivamente, se enfatizará en el trabajo flexible de las mujeres purépechas en las maquiladoras, considerando los elementos positivos de su inserción, pero también teniendo en cuenta que esta inclusión se lleva a cabo de manera diferenciada por la cuestiones étnica y genérica.

 

PERSPECTIVAS CONCEPTUALES Y METODOLÓGICAS

Este artículo se sitúa en el debate de los estudios del trabajo acerca de los cambios en las sociedades actuales por el paso de un sistema económico–político, dentro de la lógica del Estado–nación a uno neoliberal. El interés es indagar las consecuencias de este proceso en el mundo del trabajo para ciertos sujetos, como las purépechas migrantes en la ciudad de Tijuana, y el significado que le van confiriendo a sus prácticas laborales concretas.

Se toma en consideración tres ejes analíticos. El primero es el relacionado con el cambio del modelo de trabajo industrial taylorista–fordista hacia uno flexible. El modelo de trabajo flexible, según la caracterización de Carrillo y Hualde (1991:4), se refiere a la capacidad de la gerencia empresarial para ajustar el empleo, el uso de la fuerza de trabajo en el proceso productivo y el salario en razón de las condiciones de la producción (en el escenario cambiante del mercado), afectando con ello los espacios de negociación y las relaciones de poder entre empleados y empleadores dentro de las organizaciones. Además, supone nuevas formas de organización del trabajo, que conllevan a cambios en los horarios, en los puestos de trabajo, en el tipo de ocupación, en las tareas, en las responsabilidades (sobre todo las relacionadas con la calidad) y en los contratos de trabajo. Estas transformaciones, lógicamente, se han acompañado con cambios en las percepciones que los sujetos van adquiriendo del trabajo mismo (Zúñiga, 2008).

Para el análisis de las transformaciones del trabajo y su impacto hacia los sujetos se han desarrollado varias perspectivas, de las que aquí se recuperarán tres de sus debates principales. El primero es el referente a la tesis del "fin del trabajo". El argumento central de este planteamiento es que en la actualidad, por el proceso de mayor entrada de tecnología a la industria, el trabajo de los seres humanos está siendo paulatinamente sustituido por máquinas inteligentes, lo que ha causado que empleados de todos los niveles se incorporen a la lista de desocupados (Rifkin, 1996).

Autores como Gortz y Offe (citados en De la Garza, 1999:15) han sugerido que "el fin del trabajo" coincide con las nociones posmodernas de desarticulación, del fin de las ideologías y de la historia. Al amparo de la tesis del "fin del trabajo" se ha decretado el agotamiento de las ideas marxistas y de las teorías holistas, sobre todo de aquellas que acentúan la importancia del trabajo en el conjunto de las relaciones sociales.

El segundo debate al que se hará mención se desarrolla en torno de la idea de la pérdida de la centralidad del trabajo en la experiencia de vida social de los sujetos. Se señala una fragmentación de los mundos de vida de los trabajadores, en la que ya no conciben el trabajo como parte medular en la conformación de identidades individuales, pero tampoco se concibe una total desarticulación del ámbito laboral con los demás mundos de vida. En esta perspectiva, se observa que otros espacios, no necesariamente los del trabajo, se han vuelto más importantes en la constitución de las identidades (De la Garza, 1999:17).

En una postura similar, Beck (1999:17) menciona que se está en una "comunidad de riesgo", lo cual se vincula con una nueva autonomía e inseguridad en el empleo. El autor apunta cinco características de las sociedades en cuanto al riesgo en el empleo: 1) el trabajo local, dentro de una lógica global, se vuelve frágil, ya que aumenta el trabajo de tiempo parcial, por cuenta propia, por contratos eventuales y otras formas de trabajo inestable; 2) hay mayores índices de pobreza a causa del elevado número de desempleados; 3) cada vez más individuos son sustituidos por tecnologías inteligentes; 4) el empleo se vuelve cada vez más precario, las bases del Estado se deterioran y las biografías laborales se diluyen, y 5) en la actualidad, la flexibilidad se ha erigido como forma predominante de las relaciones laborales.

Una tercera línea de debate es aquella que plantea la vigencia de la centralidad del trabajo, aunque con transformaciones. En esta postura se expone que el trabajo sigue siendo un factor central en la constitución de identidades, ya que el trabajo asalariado no ha desaparecido, sino que se encuentra en un proceso de precariedad que atraviesa el conjunto de situaciones del trabajo y afecta, de manera diferente, las distintas categorías socioprofesionales, con lo cual se estaría ante grados desiguales de riesgo de precariedad y desempleo. Estos dos factores pueden mermar las posibilidades de regulaciones colectivas favorables para los trabajadores, provocando que algunos segmentos de la población se vean débiles y, por tanto, se encuentren "desgajados" de sus alcances colectivos (Castel, 1997:21).

En el mismo tenor se menciona que la flexibilidad laboral no ha ocasionado una pérdida de la centralidad del trabajo para los individuos, ya que sigue siendo relevante tanto en la estructura social como en el desarrollo psíquico. No obstante, se ha visualizado que los cambios del trabajo reflejan distintas contradicciones, observándose incidencias identitarias importantes que mezclan la racionalización y la innovación como complejas relaciones en el mundo del trabajo —y no como simples formas y categorías de empleo—, lo cual involucra las exigencias de los empresarios al contratar, formar o administrar los "recursos humanos" y las maneras en que se rebelan o se adapten los asalariados (Dubar, 2003:125).

Los tres debates muestran que los cambios en el mundo del trabajo son innegables, pero cómo se interpretan varía y difiere según el espacio laboral, geográfico y los sujetos a los cuales me refiero. Así, las transformaciones en el mundo del trabajo como en su organización, la introducción de nueva tecnología, la expansión de servicios, la "revolución del conocimiento", las emergentes formas de competencia, la mayor presencia de las mujeres y de las/os niñas/os en los mercados de trabajo, la fragilidad de las relaciones laborales y la creciente flexibilidad del trabajo —que se visibiliza, por ejemplo, en la exclusión o inclusión de ciertas personas a espacios de trabajo específicos—, son condiciones que indudablemente impactan los significados que las personas le confieren al trabajo (Guadarrama, 2008:331).

No obstante, la revisión de las perspectivas teóricas para el análisis de las transformaciones del trabajo y su impacto hacia los sujetos deja margen para plantear algunas preguntas: ¿Cómo significan los sujetos que no estuvieron incluidos en los mercados de trabajo industrial del modelo taylorista–fordista las nuevas formas del trabajo flexible que se ha analizado desde este referente? ¿Cómo entender los impactos del cambio del mundo del trabajo cuando se habla de sujetos que históricamente han estado invisibilizados del sistema económico industrial, como el caso de las mujeres indígenas?

Para avanzar en la resolución de estas interrogantes, retomaré como segundo eje analítico la emigración de las mujeres a las ciudades, considerándolo como un proceso de visibilidad (pero con una contundente continuidad en la desigualdad del género, de la etnia y de la clase) de sus formas de trabajo en un sistema de trabajo flexible.

Entre las décadas de 1970 y 1980 los estudios acerca de la migración de las mujeres y los mercados de trabajo a los que se incorporaban eran escasos, y los que había, tal proceso se interpretaba a partir de una visión histórico–estructural, resaltando la posición de estas mujeres como subordinadas bajo un sistema capitalista. Con excepción de Arizpe, los estudios desarrollados dejaron de lado la cuestión étnica; sólo algunos describían las actividades femeninas sin llegar a analizar y cuestionar el papel de la mujer en las relaciones sociales (Arizpe, 1978 y 1985; Palacios, 1986; Barbieri, 1986).

Para la década de 1990 los estudios acerca de la emigración de mujeres indígenas hacia las ciudades empezaron a incorporar la perspectiva de género, dando pie a que lo individual y lo subjetivo adquirieran relevancia; esto llevó a que sobresalieran temáticas como la cuestión identitaria, la comunidad y el trabajo, analizadas desde una visión más subjetiva (Oehmichen y Barrera, 1999; Mummert y Pérez, 1998; Velasco, 1995; Lestage, 2001).

A finales de la década de 1990 y principios del siglo XXI, los estudios acerca de las mujeres migrantes en los centros urbanos son más diversos, ya que la cuestión de la heterogeneidad de la categoría de género se va entrelazando, en mayor medida, con la identidad y la discriminación, entre otros aspectos que se tornan cruciales en las investigaciones realizadas en el período señalado.

Sin embargo, hace falta ahondar más en las relaciones de género–etnia, vistas desde los mercados de trabajo, ya que algunos estudios sólo mencionan el ámbito laboral como una descripción de actividades, sobre todo las encasilladas al trabajo doméstico y al ambulantaje (Oehmichen y Barrera, 1999; Bonfil, 2003; Thacker, 2003; Escamilla y Martínez, 2003), omitiendo así otros mercados de trabajo y ciudades donde se encontraban las mujeres migrantes, como en la industria maquiladora del norte de México.

No obstante, hay que mencionar que se han realizado pocas investigaciones que resaltan una nueva figura obrera, femenina e indígena. Aguiar (1998), Castilla (2004) y Labreque (2006) muestran el trabajo de las mujeres indígenas en sus comunidades de origen (específicamente en Yucatán), y apuntan las transformaciones que las mujeres y la comunidad han experimentado con la entrada de las maquiladoras. Labrecque (2006:49) sostiene que hay una continuidad en cuanto a las formas de subordinación de las mujeres bajo un sistema global y patriarcal.

De tal manera, se observa que las condiciones cambiantes de los mercados de trabajo y los impactos en los distintos grupos sociales y sujetos en cuestión reflejan la articulación de lo estructural con lo subjetivo. Esto da la posibilidad de entender, con mayor profundidad, cuáles son los impactos de los cambios en el mundo del trabajo, en el caso que aquí interesa.

Retomaré el tercer y último eje analítico, referente a las experiencias vividas de trabajo. Aquí, desde una visión fenomenológica, se tendrá presente la subjetividad, poniendo acento en las experiencias de los sujetos en el mundo del trabajo. Para esto, siguiendo a Schutz (1993:104), concebiré el mundo interno como una vivencia, en el que la experiencia vivida se convierte en una configuración o tramas de significados, entendidas como nuestras múltiples vivencias, dadas en contextos determinados y que con el tiempo se van sintetizando y transformándose en algo unificado.

Lindon (2006:46–47) sostiene que la experiencia vivida de trabajo da cuenta de cómo se significa el trabajo, no sólo describiendo sus actividades y sus trayectorias laborales, sino escuchando cómo es que sujetos específicos sienten y dan sentido a su propio trabajo. Así, se puede ver cómo las mujeres, al hablar de su trabajo, se remitirán no sólo a la descripción de actividades, sino a darle coherencia y significados a la situación particular. Esta configuración que los sujetos van construyendo será hecha a partir de sus múltiples vivencias; sin embargo, esto se encontrará cargado de signos y códigos que vienen del exterior, por ejemplo, los referentes al género y a la etnia. De tal forma, si interesa el análisis de las formas de desigualdad social por cuestiones genéricas, migratorias y étnicas, lo planteado por las sujetos como femenino contra masculino, localista contra migrante e indígena contra mestizo, puede expresarse, ante situaciones específicas, por medio de nuevos códigos, que implican transformaciones y continuidades en la significación que le dan, en este caso, al trabajo en la maquila.

Por otro lado, hay que destacar que una configuración subjetiva no depende sólo de un mundo de vida, como el del trabajo, sino de los diversos mundos de vida con sus múltiples experiencias. Por tanto, las mujeres pueden narrar sus experiencias del mundo de vida del trabajo, pero en éstas se podrán observar articulaciones con otras experiencias como la migratoria, la familiar o la comunitaria (Reygadas, 2001).

Con lo anterior se tiene presente que el mundo del trabajo se encuentra entrelazado a aspectos estructurales, de acción y subjetivos, como las cuestiones de la etnia y el género, observables dentro de estructuras sociales jerárquicas que ponen en posiciones desiguales a los sujetos; esto no constriñe a los individuos menos favorecidos a un papel absolutamente pasivo, sino que hay un margen de libertad donde, por medio de la subjetividad, se crean mecanismos de acción que visibilizan, ya sea en las prácticas o en el imaginario, las inconformidades ante las estructuras de poder (De la Garza, 2001:102).

La estrategia analítica, por otro lado, recurrirá a los conceptos de género y etnia como parte transversal en los ejes de flexibilidad, migración y experiencias vividas de trabajo. Se entenderá por género aquel que se sostiene en la conexión relacional entre dos posiciones: 1) como elemento integrante de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y 2) como forma primaria de relaciones de poder significativas (Scott, 1996). Sin embargo, cómo son vividas las relaciones de poder por cada mujer varía y difiere de acuerdo con la clase social, la etnia, la raza, la edad y el lugar que ocupa dentro de una estructura desigual de oportunidades (Cervantes, 1994:11), así como en función del espacio temporal donde estén ubicadas.

Articulado con lo anterior, acudiré al concepto de etnicidad, entendido a partir de las relaciones de poder en la sociedad, inscritas en un "campo de alta profundidad histórica que no puede ser exclusiva de manifestaciones contextuales expresadas en un momento dado, ya que se transforma a lo largo del tiempo" (Bartolomé y Varese, 1990:45). De tal modo, ser purépecha o mixteco, por mencionar algunos ejemplos, no puede ser equivalente, ni reducirse, a tener un patrimonio de cultura material precolombino, o a ser campesino, o a tener determinada indumentaria, ni a vivir en un tipo particular de vivienda.

De esta manera, se advierte que lo característico de una etnia específica no es el conjunto de sus rasgos culturales, o la lengua (aunque en algunos casos resulta fundamental), ni su forma de organización específica, ni su particular historia, "sino la integración (no la suma) de estos factores" en el nivel de las representaciones ideológicas colectivas del grupo que se esté estudiando. La adscripción a una etnia, según esta caracterización, se basa en una conciencia social específica, que recupera los factores culturales, lingüísticos, organizacionales e históricos, tanto del pasado como del presente, los integra como elementos sociales distintivos y los confronta con los "otros" (Bartolomé y Varese, 1990:46).

De tal forma, el género y la etnia tienen en común los siguientes aspectos: 1) las relaciones y conflictos de poder dentro de una sociedad estratificada y situada en un contexto histórico determinado; 2) la historicidad, vista como un proceso, confiere dinamismo a lo étnico y genérico, y 3) la integración de ciertos elementos, o ejes, que los distinguen y los diferencian colectiva e individualmente. Aquí se busca destacar cómo se sintetizan estos elementos en ciertos espacios de la vida cotidiana como el trabajo.

En lo concerniente al caso de las mujeres purépechas se observa que sus experiencias y significados del trabajo en las maquiladoras pueden tener algunos de los factores que se han destacado en los conceptos de género y etnia, tales como relaciones o conflictos de poder por ser indígenas y por ser mujeres, en un contexto donde socialmente son "las otras"; según concepciones construidas socialmente que se transforman y continúan a través del tiempo, tanto en la comunidad de origen como en Tijuana. Pero también se tiene en cuenta que la integración de elementos genéricos y étnicos no es estática, sino que está en transformación constante, tanto de manera individual como colectiva, no olvidando que esta integración no se da sólo por la aprehensión, sino también por la agencia.2

 

HERRAMIENTA METODOLÓGICA

Durante la investigación de campo, en 2007, que motivó las reflexiones que aquí presento se realizaron nueve historias de vida a mujeres purépechas de Arantepacua, Michoacán, pertenecientes a la organización Corazón Purépecha. También se hizo trabajo de observación etnográfica tanto en las colonias como en los parques industriales. Se entrevistó, además, a dos encargadas de recursos humanos en una maquiladora donde trabajaban aproximadamente 13 mujeres purépechas.

Los sujetos de estudio llegaron a la ciudad en las décadas de 1980 y 1990 respectivamente; emigraron de Michoacán a Tijuana a causa de la pobreza, apoyándose en las redes sociales en la ciudad o movidos por sus anhelos y deseos individuales. La edad de las mujeres entrevistadas estaba entre los 30 y 55 años, todas tenían entre seis y dos hijos. La mayoría vivía con sus hijos, esposo y, en ocasiones, con algún otro familiar como padres, primos o sobrinos. Tres de ellas eran jefas de familia y vivían con algún familiar.

La mayoría tenía entre siete y 10 años trabajando en la maquila y dos tenían más de 20 laborando en la misma empresa. Ingresaron a la maquila sin poseer una previa experiencia en el trabajo industrial aunque, como se verá en el siguiente apartado, en Arantepacua, Michoacán, algunas ya trabajaban cosiendo y ayudando en los talleres de madera de algún familiar. Tres de las mujeres no sabían leer ni escribir, dos tenían estudios de primaria, una preparatoria terminada y las demás estudios de secundaria. Cuando se realizaron las entrevistas, algunas de ellas trabajaban cosiendo en una maquiladora de muebles y de accesorios para personal de seguridad; otras eran ensambladoras en una maquiladora de productos médicos y de aparatos eléctricos y sólo una de ellas, la de nivel educativo más alto, era supervisora en una empresa.

 

EXPERIENCIAS VIVIDAS DE TRABAJO EN ARANTEPACUA

Para entender las experiencias y significados del trabajo para las mujeres purépechas en la industria maquiladora es necesario referir las experiencias de trabajo en su lugar de origen, ya que los sujetos no se encuentran en los espacios de trabajo con "la mente en blanco" sino que traen consigo experiencias, conocimientos y sentidos del trabajo acumulados, que van configurando la significación del trabajo mismo (Reygadas, 2001).

Para comprender lo anterior, hay que mencionar que en las zonas rurales, como Arantepacua, se ha dado un proceso de cambio inducido por factores externos: la crisis del campo, la deforestación de la sierra purépecha, los cambios climatológicos y los pocos espacios de trabajo para los miembros de la comunidad, lo que ha ocasionado que en las comunidades campesinas haya una pérdida paulatina del trabajo agrícola como eje articulador de la economía rural y familiar, además de que se ha venido monetarizando. Estos fenómenos han provocado que, por un lado, se busquen opciones de empleo para abatir la pobreza que caracteriza a las comunidades y, por otro, una acentuación de la migración —en un primer momento mayoritariamente masculina—, dando como resultado una feminización del trabajo en el espacio rural. Estos procesos llevaron a una reconfiguración de la división sexual del trabajo en el lugar de origen.

Tales cambios en el nivel contextual provocaron que las mujeres experimentaran transformaciones tanto en sus formas de trabajo (recordando que las tareas de las mujeres purépechas en Arantepacua eran, principalmente, el cuidado de animales en el campo, elaborando su propia indumentaria, "ayudando" en los talleres de carpintería y en el campo y encargarse del trabajo doméstico) como en su organización, ya que involucraron la realización de nuevas tareas y la búsqueda de formas de empleo que pudieran ayudar a la subsistencia del hogar en un contexto de pobreza y de los pocos espacios de trabajo. Con todo esto, también se verificaron cambios en las relaciones genéricas que se gestaban en Arantepacua.

Las transformaciones descritas llevaron a las purépechas a realizar tareas que tradicionalmente eran conferidas al hombre, como trabajar en la cosecha y recolección de la parcela y las actividades llevadas a cabo en los talleres de carpintería. No obstante, estas faenas fueron invisibilizadas ya que dentro de las pautas culturales de la comunidad la figura femenina es concebida, de manera rígida, en el espacio privado vinculado con las actividades domésticas.

Las mujeres de Arantepacua también retomaron actividades que se conformaban a partir de los saberes adjudicados a lo femenino y a lo doméstico, como coser y bordar blusas, limpiar y preparar alimentos. Ante esto, empezaron a involucrarse en formas de trabajo más comerciales: trabajar a destajo produciendo blusas bordadas a mano, elaborar comida para vender en las calles de las ciudades o pueblos cercanos y vender muebles de madera en las carreteras. Estas actividades se entrelazaban con el trabajo que los hombres habían abandonado, debido a la migración, y con las tareas domésticas.

Por tanto, la feminización del trabajo en las comunidades indígenas reflejó, de entrada, las "multiactividades" que ellas debían cubrir mientras los hombres estaban ausentes y la búsqueda de alternativas de empleo para la subsistencia familiar (recordando que en un entorno rural los espacios de trabajo se veían limitados, y más aún para las mujeres), por lo que las tareas que fueron realizando estaban inscritas bajo "conocimientos femeninos", heredados históricamente, y que reutilizaron para traspasarlos del trabajo reproductivo al trabajo asalariado.

Además, estas formas de trabajo que pasaban de una economía rural a otra mercantil mostraban características de ocupación sin contratos, horas y jornadas no contabilizadas, descalificadas y con salarios bajos e inseguros, lo que provocaba una cierta vulnerabilidad de las mujeres hacia los cambios dados en el trabajo en el campo en un contexto de crisis.

De tal forma, el trabajo de las mujeres en Arantepacua mostró transformaciones en el entorno rural, ya que tienen mayor presencia en los espacios públicos por medio del trabajo asalariado, pero éste tiende a ser invisibilizado, puesto que el trabajo que han tenido que realizar marca una continuidad en cuanto a las relaciones de género desde una lógica patriarcal.

Por otro lado, se observa una ambigüedad en los cambios de las formas de trabajo de las mujeres, en virtud de que existe una mayor flexibilidad de las actividades que implica más trabajo, mayor movilidad entre una tarea y otra, sin salarios estables y sin prestaciones laborales. Pero, por otro lado, la ausencia masculina ha llevado a las mujeres a realizar otras tareas que hacen menos rígidas las relaciones de género en la comunidad.

En resumen, se puede decir que las experiencias de trabajo de las purépechas en Arantepacua, Michoacán, mostraron que al emigrar los hombres se dio una mayor feminización del trabajo, caracterizada por ser más flexible en un entorno rural y agudizado en un contexto de mayor pobreza en las comunidades indígenas.

 

LA FLEXIBILIDAD DEL TRABAJO EN LA INDUSTRIA MAQUILADORA: TRANSFORMACIONES Y CONTINUIDADES DE LAS EXPERIENCIAS VIVIDAS DE TRABAJO

Al llegar a Tijuana las mujeres no se desprenden de sus experiencias vividas en el entorno rural, por lo que las formas de trabajo que realizaban en sus lugares de origen se articulan a una lógica de trabajo industrial en la ciudad. Las nuevas experiencias vividas de trabajo en la maquiladora marcan transformaciones en la organización del trabajo, pero no en la lógica del trabajo femenino que traían consigo. Por ello, se afirma que las capacidades de las mujeres para realizar el trabajo de manera flexible es un conocimiento–aprendizaje que se incorpora a las formas de trabajo flexible de la industria maquiladora.

En primer lugar, se da un cambio de espacios, ya que pasan de lo rural a lo urbano y de trabajar en el sector servicios o agrícola al industrial, lo cual refleja cambios y continuidades en el trabajo conferido históricamente a las mujeres. Por ejemplo, están las actividades dentro de la maquiladora que son delegadas a la figura femenina, como coser, que es considerado el empleo de menor nivel dentro de la industria y, por ende, el menos pagado, ya que no se requiere mayor escolaridad. Trabajar cosiendo, lo que las mujeres también hacían en sus lugares de origen, marca la reproducción de una devaluación de las actividades adjudicadas social y culturalmente a la figura femenina; a esto se le suma que las purépechas traían consigo un saber hacer artesanal, el cual es un conocimiento no visibilizado, de tal suerte que estos saberes son socialmente ilegitimados en una lógica no sólo patriarcal sino también neoliberal.

No obstante, este conocimiento que las mujeres transfieren a su lugar de trabajo en la maquila se acompaña de aprendizajes, ya que dentro del mercado de trabajo industrial las tareas realizadas en las líneas de producción, que suelen ser las más repetitivas y monótonas, requieren otros conocimientos además de coser a mano, manejar las máquinas de costura y las de ensamble, así como adaptarse a los ritmos y horas de trabajo. Las mujeres, a partir de sus experiencias vividas de trabajo, reinterpretan estas formas como retos en el ámbito laboral, por lo cual existe una reconfiguración del conocimiento–aprendizaje del trabajo de las purépechas, que se gesta al realizar las actividades dentro de la maquiladora, como menciona Zaida (2007),3 quien tiene siete años laborando en la maquila:

ensamblar todo manual, es manual todo; a ensamblar, a revisar material; más difícil, es una maquinita donde le pedía [...] le llaman la banda; es un plástico muy delgadito que va hacia el tubo donde se empieza el primer procedimiento que se le colocan así y ahí. Se me hacía bien difícil, porque ese plastiquito lo metes en una maquinita y lo ponía así y se me botaba, porque no lo agarraba fuerte; me ponía nerviosa en la maquinita y un día duré así, y ya al día siguiente ya agarré luego, luego y ahora ya no se me hace nada difícil [...] todo, me gusta todo, poner tapas, poner bolsas, embolsar, poner bata; me gusta todo.

Entre las formas que las mujeres adoptan en la maquiladora está trabajar en diferentes actividades, además de combinar distintas maneras de organización del trabajo; por ejemplo, combinar el trabajo por "estándar de producción" con el de destajo, o sólo trabajar a destajo, así como adaptarse a la relativa flexibilidad en los horarios y en los turnos. En el ámbito laboral coexisten otras alternativas de ocupación dentro de la maquila para generar más ingresos, como la venta de mercancías traídas del "otro lado" o la organización de cundinas (tandas); además, en las actividades prácticas se entrelaza la lógica de trabajo artesanal con el industrial.

Lo anterior no es algo completamente ajeno para las purépechas, ya que reviven en Tijuana elementos de sus experiencias vividas de trabajo. En primer lugar, se distingue su adaptación a las diversas actividades que realizan en la empresa cuando lo requiere; tal como decía una de las entrevistadas: "Hay que aprender distintos modelos para que haya intercambio de personal en las líneas de producción" (Carmen, entrevista, 2007), con lo que se vería una resignificación de su experiencia de trabajo en su comunidad de origen, cuando los hombres empezaron a emigrar y ellas tuvieron que realizar nuevas tareas dentro de su organización de trabajo rural y doméstico. En segundo lugar, existe una combinación de tareas dentro de la maquila, porque algunas mujeres deben coser distintos modelos, revisar el material y empacar, y las que ensamblan también hacen distintas actividades; en todo esto, no se puede dejar de lado las articulaciones con el trabajo doméstico. En Arantepacua, las mujeres experimentaban ya la eventualidad de sus tareas, tanto en el campo como en los talleres de carpintería, al trabajar haciendo blusas, al elaborar comida para vender, así como realizar las labores domésticas, inscritas dentro de una lógica rural de subsistencia comunal, que también veían como las tareas que "debían" realizar cotidianamente. En tercer lugar, la rapidez con que trabajan las mujeres es algo que en sus lugares de origen ya se venía dando en el trabajo a destajo cosiendo y bordando blusas.

Lo antes dicho muestra que las mujeres han estado inmersas tanto en el contexto de crisis rural como en el industrial–urbano. En el entorno rural se observó una feminización del trabajo en la comunidad purépecha de Arantepacua, que ha implicado que las mujeres busquen alternativas para la subsistencia familiar, pero, a la vez, han buscado mejorar sus condiciones por medio del desplazamiento hacia otros lugares que van teniendo "fama" en las ofertas de empleo para las mujeres. Estos procesos han involucrado la transferencia de una mano de obra barata, que se inserta en el mundo laboral de manera invisible, en un mercado de trabajo industrial que se ha venido feminizando desde hace varias décadas. Al respecto, Ana, que llegó a Tijuana en la década de 1990 con su esposo y cuatro hijas, menciona:

me vine pues porque allá no hay trabajo allá, no hay nada de trabajo y aquí pues sí hay, y pues ya acostumbramos aquí por el trabajo [...] pues, nada más por trabajo; si estuviera el trabajo allá, siquiera para ganar 500 pesos a la semana pues ya íbamos a estar allá, pero no hay allá (Ana, entrevista, 2007).

Además de lo mencionado, existen otros elementos; por ejemplo, el salario y las prestaciones laborales, que en los análisis sobre flexibilidad laboral en la industria se han marcado como elementos de retroceso en los derechos laborales. No obstante, la mano de obra que prevalecía cuando los trabajadores tenían mejores condiciones de ocupación se caracterizaba por ser mayoritariamente masculina y no indígena, mientras que los espacios de trabajo para las indígenas migrantes en las ciudades se encasillaban en actividades de vendedoras ambulantes y trabajadoras domésticas. Sin embargo, en el contexto actual, se han incluido nuevas figuras obreras, como el caso de las purépechas, que han interpretado, desde sus experiencias vividas y su historicidad étnica específica, estas formas de inclusión en el mundo del trabajo industrial.

La inclusión a la industria maquiladora vista de manera positiva

Las nuevas experiencias vividas de las mujeres en Tijuana reflejan una inclusión y acceso a espacios y bienes materiales que en Arantepacua no tenían, tomando en cuenta que las comunidades indígenas han estado históricamente asociadas a la exclusión y discriminación, debido al alejamiento de los poblados, a las carencias económicas, a las pocas alternativas de trabajo, a la baja escolaridad, a la desnutrición, aspectos característicos de la pobreza indígena en el país.

En este caso, la comunidad purépecha, de alguna manera, se ha enfrentado no sólo con la discriminación, sino también con la desigualdad en los mercados de trabajo, en un entorno de crisis que procuran aminorar mediante su integración a la sociedad nacional en un contexto global. Estos procesos enmarcan la emigración de las purépechas hacia aquellas ciudades donde hay formas de trabajo que desde su capital cultural y social pueden realizar. A esto se refiere Gema, quien llegó a Tijuana a la edad de 20 años en la década de 1980, acompañada de sus padres y de su hermana:

Venimos, pues porque allá [Arantepacua] no hay trabajo para mujeres y aquí [Tijuana] sí en las maquiladoras; y allá no pueden, pues porque allá nada más puro tejer para las mujeres y pues ganan poquito; pues aquí más o menos, más que allá. Acá mucha gente viene a trabajar y ya se queda aquí; se queda y pues sí, ahí no la llevamos (Gema, entrevista, 2007).

La integración de las mujeres a las maquiladoras de Tijuana como contraste a sus experiencias vividas de trabajo, que mostraban una vivencia de pobreza, ha llevado a que, en un primer instante, esto se visibilice de modo positivo, puesto que ahora, por trabajar, obtienen ciertos beneficios laborales que anteriormente se les había negado, teniendo en cuenta que todas las mujeres entrevistadas tienen las prestaciones básicas que marca la Ley federal de trabajo.

Entre los beneficios significativos obtenidos está la visibilidad del trabajo y de su saber hacer, otorgados por su inserción en el mercado de trabajo industrial y también por parte de la comunidad de origen donde, desde sus pautas culturales, han podido realizar actividades generadoras de ingresos monetarios, transformando así la percepción de una mujer inscrita en el entorno doméstico bajo rígidas relaciones de género; no obstante, en la ciudad se ha reconfigurado, ya que ahora no sólo implica que se nombre y se interprete como ayuda sino que se concibe y visibiliza como trabajo, tal como mencionan algunas entrevistadas:

allá nada más hay trabajo para los hombres pero en el campo. Las mujeres nos dedicamos allá a los quehaceres de la casa o ayudar a hacer cosas a nuestras mamás (Carmen, entrevista, 2007).

pues allá se cansa más de andar tejiendo, bordando y aquí no, a mí me tocó bien en la maquiladora porque trabajaba todo el tiempo sentada todo el día y pues no era muy cansado; un poquito sí de sentarse, pero era mejor aquí que allá; se me hacía mejor (Gema, entrevista, 2007).

Aprendizajes como coser y bordar blusas, que en Arantepacua eran formas de trabajo doméstico —ya que las mujeres realizaban su indumentaria—, y que después se utilizaron como formas de trabajo remunerado para la subsistencia económica del hogar, en Tijuana constituyen un saber hacer curricular empleado en las industrias y, por ende, pagado y con derecho a ciertas prestaciones laborales. Así, la visibilidad del trabajo de las mujeres en la maquiladora implica, entre otras cosas, integrarse a una lógica de trabajo industrial, por lo cual ellas aceptan, de modo favorable, algunos de los beneficios que brinda este mercado de trabajo en Tijuana: salario, prestaciones laborales, días de descanso, horas extras y vacaciones. Carmen, quien llegó en la década de 1990 a la ciudad y tiene siete años trabajando en la industria, es jefa de familia, menciona que eran indispensables las horas extras, ya que tenía que mantener sola a sus tres hijos y a sus padres:

me gusta mucho cuando haiga tiempo extra, me gusta trabajar más así, porque nos conviene trabajar más así, porque nos pagan aparte tiempo extra; nos pagan bonos de producción y dan más vales de despensa y parte de la semana; hay otro del sábado, hay otro del domingo, hay otro del viernes y así, o sea que nos conviene más si hay así, por eso vamos, no quiero perder cuando haiga, pero cuando no, pues normal; normal me vengo a las siete el jueves y ya el viernes, sábado y domingo me paso aquí (Carmen, entrevista, 2007).

De tal forma, cuando llegaron a la ciudad y entraron a trabajar en las maquiladoras experimentaron algunos aspectos favorables: a) mayor seguridad para cubrir las necesidades básicas de la familia, ya que si bien son salarios bajos también son "seguros", como dice una de ellas: "tan siquiera ya sé que el viernes me van a pagar" (Ana, entrevista, 2007); b) los salarios han implicado que las purépechas tengan acceso a bienes materiales que en sus lugares de origen les era completamente difícil obtener por las rigideces con las cuales se llevan a cabo las relaciones de género; por ejemplo, la obtención de un terreno y otros bienes que han sido de gran ayuda para las mujeres, como los aparatos electrodomésticos que hacen mucho más práctico el trabajo en el hogar (recordando que en su pueblo recogían leña para cocinar, lavaban en los arroyos, traían agua en cubetas desde largas distancias hasta su vivienda), y c) el salario ha beneficiado a los hijos, ya que las mujeres destinan gran parte de éste tanto a sus comodidades como a su educación; pueden enviar dinero a sus familiares, por lo que se convierten en el sustento de la familia, tanto en Arantepacua como en Tijuana.

Para las purépechas llegar a Tijuana e ingresar a la industria maquiladora significó tener acceso al Infonavit, IMSS y Fonacot, que en sus lugares de origen era imposible tanto para la comunidad como para ellas. Sin embargo, a pesar de que obtienen estas prestaciones la mayoría no las utiliza, ya que hacerlo requiere información y adaptación hacia lo que ofrecen tales beneficios. En el caso de la vivienda implica una aceptación o rechazo en las formas de la distribución de los espacios dentro de las casas de interés social, mostrando así la diversidad de las prácticas culturales en las ciudades, por lo que la mayoría de las entrevistadas prefería resignificar sus estilos de la vivienda en Tijuana, por medio de la compra de un terreno donde pudieran reproducir algunos elementos de sus formas de vida rural. En ese sentido, Juana, que llegó a Tijuana en la década de 1980, a la edad de 30, es jefa de familia y tiene 20 años trabajando en la misma maquiladora y en el mismo puesto de trabajo; ante la pregunta: ¿Y nunca pensó adquirir una casa de Infonavit?, respondió:

No, como todo el tiempo estar pagando, como que no. Y luego es chiquito los cuartos y no hay terreno para plantar plantas ni nada; yo ahí tengo bien muchas plantas y el patio está grande y tengo plantitas porque me gusta mucho plantar plantas; me gustan las flores; plantas de alcatraz, rosales, azucena, margaritas, malvas, me gusta todo eso, hierbabuena, chiles, a veces cilantro [...] por eso lo planto para no estar comprando para cocinar, a veces no compramos chiles tampoco, ahí los compramos de la mata (Juana, entrevista, 2007).

Los días de "descanso", por su parte, suelen ser algo ambiguos, ya que si bien hay dos o tres días por semana que no acuden a trabajar (según el turno que tengan), algunas mujeres utilizan ese tiempo para trabajar horas extras y para llevar a cabo las tareas domésticas; pero si se contrasta con lo vivido en su comunidad, las mujeres mencionan que el trabajo en la maquila suele ser mejor, ya que en Arantepacua sus actividades oscilaban entre el trabajo doméstico, en los servicios y en el campo; no tenían un horario o jornada de trabajo contabilizada o estable, por lo que éste se tornaba irregular. Al llegar a la ciudad y trabajar empiezan a experimentar el horario industrial, que implica jornadas con remuneraciones según las horas contabilizadas. Juana, quien siempre trabajó en su lugar de origen, puesto que quedó viuda y tuvo que mantener a sus hijos y a su madre, menciona:

allá trabajaba entre semana, los cinco días trabajaba y ya el viernes ponía el nixtamal para el sábado hacer tamales; el sábado y domingo, y otra vez el lunes trabajaba. Nunca descansé, nunca tuve yo descanso. Aquí vine a descansar en Tijuana, dos días a la semana, dos días, pues porque sábado y domingo no trabajamos, solamente cuando hay extras vamos los sábados, pero aquí me sentía bien rara yo porque no tenía que trabajar sábado y domingo [risas], porque yo estaba acostumbrada a trabajar el sábado también, nunca descansé (Juana, entrevista, 2007).

Sin embargo, la ambigüedad consiste en que el descanso está invadido por el trabajo doméstico y el trabajo en horas extras en la maquila. Algunas mencionan que los fines de semana son los momentos en que conviven con los hijos, familiares y paisanos. Así, se muestra que en Tijuana, a diferencia de lo vivido en Arantepacua, las cargas de trabajo pueden ser menos pesadas, pero el descanso que ellas tienen no se da a plenitud.

Si bien la inclusión de las mujeres a las maquiladoras las ha favorecido en algunos aspectos, éstos también se entrelazan con las desigualdades que experimentan dentro de la industria; y es que las relaciones sociales dentro de la maquila y en el entorno urbano no implican un cambio trascendental en las formas de discriminación y diferenciación tanto étnica como genérica, sino que se siguen reproduciendo con algunas características que a continuación abordaré.

Una inclusión diferenciada: la relación genérica y étnica en las maquiladoras

La definición que las mujeres se hacían de sí mismas en su comunidad de origen no se perdió al momento en que ellas llegaron a Tijuana, sino que adquiere otra dimensión, ya que no sólo se conciben como mujeres frente a los hombres, sino que en un contexto de diversidad cultural también se identifican como parte de una comunidad étnica. En el mundo del trabajo esto se reflejó en la manera que iban definiendo su identidad de acuerdo con sus referentes culturales y sociales, que marcaban, por un lado, sus conocimientos y aprendizajes adquiridos en la comunidad y, por otro, las rigideces de las relaciones de género. Sin embargo, la interacción con las/os otras/os provocaría que ellas resignificaran —de manera racional y no racional, conforme sus referentes simbólicos y el contexto económico, político y social donde están ubicadas— qué elementos de su vida cotidiana, en especial lo que concierne al trabajo, adquirirían un nuevo sentido.

No obstante, la reconfiguración de ciertos elementos de índoles genérica y étnica de las mujeres purépechas en el mundo del trabajo no se da de manera individual y aislada, sino que se encuentra inscrita en relaciones sociales que marcan desigualdades y jerarquizaciones legitimadas socialmente a lo largo del tiempo.

Lo anterior se articula con la posición de las purépechas en las relaciones sociales que se gestan en Tijuana, ya que las construcciones sociales y culturales, dentro de las maquiladoras, retroalimentan formas de discriminación y diferenciación por cuestiones étnicas y genéricas. Esto puede verse en la narrativa de Nidia, quien tiene aproximadamente 50 años; llegó a Tijuana en la década de 1970, cuenta con estudios de preparatoria y es supervisora desde hace 20 años en la misma maquiladora:

y ha habido, por ejemplo, de mujeres pues alguna que otra que a veces son altaneras y pues a veces el simple hecho de que sepan que es uno, o que tiene uno raíces indígenas pues lo quieren ver a uno como menos. Hay uno que me decía totonaca, que yo era totonaca, pero no me decía directamente sino que decía. Y un día yo me molesté y le dije: "mira, totonaca, totonaca pero yo te doy las órdenes, y no soy totonaca soy purépecha", y ya cosillas así (Nidia, entrevista, 2007).

En la industria maquiladora, la reconfiguración de las experiencias vividas no sólo reflejó de manera positiva su inclusión a ésta (por medio de ciertos beneficios laborales que ahí obtenían), sino que se entrelazó a una inclusión diferenciada en dicho espacio de trabajo. Si bien ahora las mujeres se encuentran en un ámbito donde anteriormente no tenían presencia —con acceso a créditos, servicio médico, un sueldo fijo y "seguro", y cuentan con opciones para obtener una vivienda, entre otros beneficios mencionados—, esta admisión se encuentra mediada por su condición de mujer y de indígena, que refleja sus diferencias ante los demás y que representa mayores grados de vulnerabilidad en un contexto urbano/industrial. Entre las características de vulnerabilidad por su condición de mujeres indígenas se puede señalar: a) el caso de ser migrantes de zonas rurales; b) la baja o nula escolaridad; c) las dificultades en algunas de ellas para hablar fluidamente el español, y d) la división sexual del trabajo, que delega a las mujeres en el ámbito doméstico, las posiciona en actividades poco valoradas socialmente; por ende, se recibe una menor retribución económica por el conocimiento que se traspasa al mercado de trabajo industrial. Estos elementos favorecen a las empresas, ya que facilitan la aceptación, por parte de las purépechas, de tipos de contratos y jornadas de trabajos irregulares, bajos sueldos, disponibilidad para trabajar cuando la empresa lo requiere, aspectos que propician que se siga reproduciendo la pobreza, a pesar de que ésta tiende, en un primer momento, a ser reinterpretada y vivida de manera favorable.

La inclusión al trabajo remunerado es interpretada por las mujeres como mejorías de acuerdo con sus experiencias de trabajo vivido en su comunidad de origen y porque tienen acceso a ciertos beneficios que antes carecían. Sin embargo, con el paso del tiempo se observa que estas experiencias se convierten en estancamientos, que vislumbran una pobreza y marginación reconfigurada en la ciudad de Tijuana. Muestra de ello sería el nulo ascenso en el trabajo y el bajo salario que reciben por sus jornadas laborales, a pesar de que algunas mujeres tienen más de 20 años trabajando en este sector; además, sus condiciones de vida no han mejorado de modo sustancial desde su llegada a la ciudad, ya que viven en colonias con altos índices delictivos, carentes de servicios públicos, escasa infraestructura educativa, médica, sanitaria y vial, características de la marginación urbana.

Las purépechas que viven en Tijuana se enfrentan a las diferencias culturales en una ciudad heterogénea, expresadas en desigualdades en las posiciones sociales en espacios específicos, como en la maquila, donde los puestos de trabajo que alcanzan, los recursos económicos que obtienen por sus jornadas laborales, el tipo de vivienda que habitan, dan cuenta de las diferencias según el origen étnico y la condición de género; esto, a su vez, muestra el sometimiento a un trabajo precario, legitimado por un orden global que pone en posiciones desiguales a los sujetos integrados en el espacio en común de la maquiladora.

Además, existen otras maneras en las que se visibilizan las desigualdades genéricas y étnicas. Las mujeres indígenas sólo tienen acceso a ciertos espacios, como el trabajo de costureras o ensambladoras en la maquiladora en las áreas de producción más bajas, lo que remite a pensar que el traspaso del trabajo doméstico al fabril conlleva a obtener bajos salarios y a pocas o nulas posibilidades de ascenso hacia mejores puestos.

Las purépechas en las maquiladoras también se encuentran insertas en relaciones de poder que marcan las posiciones desiguales genéricas y étnicas. En cuanto a las relaciones que las mujeres tienen con los encargados de sus áreas de trabajo, como el caso de las supervisoras, existe una visión paternalista (o maternalista) que refleja la figura de una mujer indígena vulnerable, a la cual hay que ayudar porque se le concibe como "incapacitada" para hacerlo por sí misma. Esto muestra sutiles relaciones de poder que marcan la diferenciación por medio de los ofrecimientos de ayuda. No obstante, estas situaciones provocan obstáculos para un posible ascenso, lo que comporta que sigan realizando las tareas más bajas en la empresa. Como diría Laura, una supervisora no indígena, al hablar del trabajo de una mujer purépecha en la línea de producción:

les pongo algo más difícil, algo que no han hecho y ya ellas no me sacan producción. Como que ellas nada más de lo que aprenden fáciles y nada más ahí llegan, como que tienen un tope algo así, algunas, no todas, pero hablando de las que están aquí sí (Laura, entrevista, 2007).

De igual manera están las relaciones que las mujeres entablan con las/os compañeras/os de trabajo. Aquí se podría observar una articulación entre los conflictos generados por la pertenencia étnica y la reafirmación de su identidad a partir de la convivencia con las/os otras/os. Para algunas, los comentarios acerca de su etnicidad, que se expresan cuando las mujeres acaban de llegar a la maquiladora, suelen ser los que permean las interacciones cotidianas en el lugar de trabajo. Esto ha provocado que algunas busquen lugares de trabajo donde haya más miembros de la comunidad o de otras comunidades étnicas:

como nosotras andábamos ahí muchos y ahí nos peleamos y así, como es de las fábricas que criticaban mucho a mí y dije: "¡ah, no!", y como no me gustan problemas dije: "mejor me voy a cambiar donde yo estaba antes"; y ya regresé y ahí estoy otra vez porque ahí me siento bien a gusto y porque el patrón de nosotras [refiriéndose a sus paisanas] es bien amable con nosotras; nos trata muy bien (Ana, entrevista, 2007).

al principio una se pone ahí nerviosa, pero poco a poco ya vas conociendo a las personas, a tus amigos, a tus amigas, y así. Me la llevo bien, porque no soy de esas personas que soy criticona y eso; trato de llevármela bien pues yo les digo que sí sé hablar purépecha, yo les digo que sí sé. Nada más no soy la única que habla así, hay otros así. Si están unos ahí que de Chiapas y de Oaxaca que también tienen otro dialecto de hablar, pero lo que ellos hablan yo no les entiendo y lo que yo hablo, mi idioma, tampoco lo entienden, pero si saben que hablo dialecto (Zaida, entrevista, 2007).

Lo anterior marca una ambigüedad en la inclusión de las mujeres a las maquiladoras, ya que si bien las mujeres acceden a otros espacios y bienes materiales que carecían en sus lugares de origen, al llegar a Tijuana experimentan otras formas de vida que les marcan nuevos retos en su integración a un complejo campo de relaciones sociales, donde se reconfiguran no sólo las diferencias genéricas sino también las étnicas. Así, las mujeres purépechas migrantes que laboran en las maquiladoras experimentan la reproducción de desigualdades sociales y culturales en un entorno donde existe una diversidad cultural, como es el caso de la ciudad de Tijuana.

 

CONCLUSIONES

En este artículo comencé con una revisión de las distintas posturas teóricas que, en el contexto del cambio de un modelo taylorista–fordista a otro flexible, reflexionan acerca de las transformaciones tanto en las formas de trabajo como en su significado para los sujetos. Considero que estas perspectivas se interpretaron y valoraron desde referentes sociales y culturales particulares, sin tomar en cuenta, o sin profundizar, la diversidad de los sujetos que experimentan las transformaciones ni las especificidades espacio temporales. Puse atención en cómo se ha analizado a las mujeres indígenas en México, sobre todo desde la emigración a las ciudades y el mercado de trabajo donde se sitúan, detectando que en la actualidad hace falta reflexionar acerca de la relación género–etnia vista desde los lugares de trabajo, superando la mención del ámbito laboral sólo como descripción de actividades. Por medio del concepto de experiencias vividas de trabajo, trato de entender cómo es que las mujeres purépechas en las maquiladoras de Tijuana viven y significan el trabajo, entrelazando en el análisis factores estructurales que muchas de las veces guían las experiencias mismas, como los referentes genéricos y étnicos.

Tomando en cuenta lo anterior, analicé las experiencias de trabajo de las purépechas en su lugar de origen, destacando, en primera instancia, que debido a la emigración masculina se dio una mayor feminización del trabajo, caracterizado por su flexibilidad en el entorno rural y en un contexto de pobreza agudizada. En un segundo momento, la emigración de las mujeres a Tijuana es explicada por la búsqueda de mejoras en sus condiciones de vida, por el apoyo en redes sociales y por sus propios deseos y anhelos.

Al llegar a la ciudad, las mujeres ingresaron a la industria maquiladora, marcando así cambios y continuidades en la significación del trabajo. Entre los cambios principales estuvo la visibilidad del trabajo, ya que pasó de ser nombrado —por ellas mismas y por sus paisanos— "ayuda" a considerarse propiamente "trabajo". Aprendieron a realizar otras actividades dentro y fuera de la maquila, y algunas de ellas aprendieron a hablar español, entre otras cosas. Sin embargo, lo antes señalado estuvo entrelazado a la continuidad de sus experiencias en las actividades que ahora realizan en Tijuana, como coser y bordar blusas, siendo esto un saber hacer curricular que se reconfigura al ser aprovechado por la industria.

Igualmente, enfaticé que la inserción de las purépechas en la maquila, como experiencia vivida de trabajo, implicó un carácter dual; por un lado, significó de manera favorable algunas de las nuevas condiciones de ocupación que brinda este mercado de trabajo en Tijuana, como un ingreso monetario y el correspondiente acceso a bienes de consumo para ellas y los miembros de sus familias —aunque éste se ha tornado inestable en el contexto de crisis—, el acceso a prestaciones laborales, días de descanso, pago por horas extras y vacaciones, entre otros beneficios que en sus lugares de origen estaban restringidos tanto para la comunidad como para ellas; y, por otro lado, esto se encuentra mediado por cuestiones genéricas y étnicas, que reflejan diferencias identitarias, que en un contexto urbano industrial representa mayores grados de vulnerabilidad. Estos elementos se convierten en estancamientos en las formas de vida, que vislumbran una pobreza y una marginación reconfiguradas en Tijuana, cristalizadas en limitaciones en el tipo de trabajo al que pueden acceder y la persistencia de condiciones de pobreza en la vida de las mujeres. Sin embargo, ellas no son totalmente pasivas ya que van cuestionando sus formas de vida en la ciudad en un contexto de crisis.

 

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ENTREVISTAS

Ana, trabajadora de una maquiladora de empaque, [entrevista], abril de 2007, por Areli Veloz, [trabajo de campo], Experiencias y significados del trabajo: Mujeres purépechas en las maquiladoras de Tijuana, Tijuana.

Carmen, trabajadora de una maquiladora de costura, [entrevista], abril de 2007, por Areli Veloz, [trabajo de campo], Experiencias y significados del trabajo: Mujeres purépechas en las maquiladoras de Tijuana, Tijuana.

Gema, trabajadora de una maquiladora de ensamble, [entrevista], marzo de 2007, por Areli Veloz, [trabajo de campo], Experiencias y significados del trabajo: Mujeres purépechas en las maquiladoras de Tijuana, Tijuana.

Juana, trabajadora de una maquiladora de costura, [entrevista], febrero de 2007, por Areli Veloz, [trabajo de campo], Experiencias y significados del trabajo: Mujeres purépechas en las maquiladoras de Tijuana, Tijuana.

Laura, supervisora de una maquiladora de costura, [entrevista], marzo de 2007, por Areli Veloz, [trabajo de campo], Experiencias y significados del trabajo: Mujeres purépechas en las maquiladoras de Tijuana, Tijuana.

Nidia, supervisora de una maquiladora de ensamble, [entrevista], marzo de 2007, por Areli Veloz, [trabajo de campo], Experiencias y significados del trabajo: Mujeres purépechas en las maquiladoras de Tijuana, Tijuana.

Zaida, trabajadora de una maquiladora de ensamble, [entrevista], abril de 2007, por Areli Veloz, [trabajo de campo], Experiencias y significados del trabajo: Mujeres purépechas en las maquiladoras de Tijuana, Tijuana.

 

NOTAS

1 Este artículo reúne algunas de las ideas presentadas en la tesis de maestría: "Experiencias y significados del trabajo: Mujeres purépechas en las maquiladoras de Tijuana", presentada en noviembre de 2008 en el posgrado de estudios laborales en la Universidad Autónoma Metropolitana–Iztapalapa.

2 Tener una visión de agencia en los sujetos nos da la posibilidad de analizar sus formas de acción ya que trata de escapar de la visión funcionalista–estructuralista que posiciona a los sujetos en la aprehensión de las estructuras, y de lado extremo se encuentra la posición de los individualistas subjetivistas que perciben a los individuos como individuales de las construcciones estructurales y de dirigirse de manera racional. Ante esto, la agencia propone la capacidad de actuar de los sujetos tanto de manera individual como colectiva; esta actuación le confiere ciertos grados de poder al individuo y así pasa a ser un agente (Giddens citado en Ema, 2007:16).

3 El nombre de las mujeres fue cambiado para respetar la confidencialidad de sus historias.