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Frontera norte

versión impresa ISSN 0187-7372

Frontera norte vol.21 no.41 México ene./jun. 2009

 

Reseña bibliográfica

 

La democracia de las élites. La lucha por el poder en Tijuana

 

Vicente Sánchez Munguía*

 

Benedicto Ruiz Vargas. Librería El Día/Editorial Entre Líneas, Tijuana, 2008

 

* Profesor–investigador del Departamento de Estudios de Administración Pública, El Colegio de la Frontera Norte. Dirección electrónica: vsanchez@colef.mx.

 

Los cambios políticos ocurridos en México desde hace casi dos décadas y que han llevado a la instauración de un régimen democrático han sido motivo de una considerable producción académica y literaria plasmada en una larga lista de títulos y revistas especializadas. Benedicto Ruiz Vargas ha hecho un esfuerzo por ir más allá de la mera alternancia en el gobierno de Baja California y nos ofrece un trabajo con una perspectiva histórica que, junto al contexto sociocultural que explora, ayudan a entender la relación entre los grupos que han detentado el poder en el estado a través del tiempo. El libro se suma a una producción previa sobre la ciudad y la región que muestra el interés por entender y explicar los procesos políticos y socioculturales que han marcado los perfiles que dibujan la identidad de Tijuana. Se trata de un libro cuidado en su estructura, discurso y edición. Una obra que a partir de una visión crítica explica cómo ha sido la lucha por el control territorial de Baja California entre las fuerzas políticas y el papel central que en esa lucha desempeñó y ha desempeñado el territorio fronterizo, y Tijuana de manera particular.

La breve pero puntual retrospectiva histórica que hace Ruiz Vargas le permite recuperar los elementos constitutivos de una sociedad enclavada en uno de los territorios lejanos al centro del poder político y económico del país, lo mismo durante la Colonia que en el México convulso del siglo XIX y principios del XX. Estos referentes cobran relevancia por cuanto uno de los aspectos esenciales de la importancia adquirida por Tijuana en sus inicios tiene relación con su lejanía física de la sede del poder central, pero su localización en el mapa le otorgó a su vez un carácter estratégico desde el punto de vista de la geopolítica, al convertirse en la puerta de entrada a la parte más lejana del territorio mexicano, en medio de las ambiciones expansionistas de Estados Unidos o las iniciativas de aventura hacia Baja California emprendidas por agentes de ese país en busca de rentabilizar hallazgos de recursos naturales por explotar en la zona.

La lejanía y el carácter estratégico de Tijuana fueron la fuente de un estado de tensión entre el férreo control centralista y la autonomía de los grupos locales de poder que buscaban la oportunidad para aprovechar cualquier vacío dejado por el gobierno federal para capitalizarlo a su favor, de modo que entre el objetivo de control político que ejerció el gobierno federal y el oportunismo de los grupos locales y regionales de poder, siempre fue quedando al margen el resto de la población que, para las primeras décadas del siglo XX, corresponde a un núcleo pequeño de ésta, lo cual no quiere decir sin importancia. Las jefaturas políticas se rotaban entre un grupo reducido de personalidades vinculadas al poder central, al que protestaban lealtad a cambio de la protección a sus negocios, ésa fue la pauta durante la dictadura de Porfirio Díaz.

Con el tiempo, la ubicación fronteriza le otorgó a Tijuana uno de los sellos indelebles que le han marcado en el imaginario colectivo nacional, al convertirse en un importante centro de juegos de apuesta y consumo de alcohol a partir de 1919. Ese tipo de actividades se convirtieron en el factor clave del auge económico que vivió esta ciudad como resultado de la aplicación en Estados Unidos de la Ley Volstead, por la cual se prohibió la venta de bebidas alcohólicas y el juego en aquel país. La administración y el otorgamiento de permisos para la venta de alcohol, los negocios de juego y la prostitución no sólo fueron la base de la acumulación de fortunas, sino que propiciaron nuevamente una relación estrecha entre el poder político y el poder económico en el estado y en la ciudad, en donde los políticos obtuvieron beneficios económicos por la venta de permisos y protección a los negocios del alcohol, el juego y hasta el consumo de drogas. Tanto Esteban Cantú como Abelardo L. Rodríguez, en su papel de gobernadores enviados por el centro, llegaron a representar el prototipo de los políticos que desde su posición de poder vincularon la política con los negocios en esta parte del país, logrando acumular poder y riqueza de manera personal.

El autor establece así un punto de partida para su estudio, en donde el origen de las élites políticas, principal motivo de su análisis, queda establecido una vez que hace el viaje retrospectivo en la historia de la relación de la península con el poder central y logra poner bajo el reflector a los personajes que destacadamente se ocupaban de establecer y dar mantenimiento a las alianzas entre los incipientes grupos locales y quienes detentaban el poder a nivel nacional. En ese sentido, no obstante que el subtítulo del libro se refiere a la conformación de las élites regionales y la lucha por el poder en Tijuana, en realidad se trata en mucho de Baja California, y es así porque en gran medida los intereses tanto del gobierno federal mexicano como de los grupos con intereses en la región, siempre fueron mucho más allá de Tijuana, desde el punto de vista territorial y geopolítico, no obstante que esta ciudad fue siempre, y con mucho, la cereza del pastel.

Aunque el libro tiene como propósito fundamental ofrecernos una interpretación sobre el origen, evolución y papel de las élites políticas, el autor emprende un esfuerzo didáctico para poner en perspectiva el escenario en el que los grupos que detentan el poder político lo materializan. Parte del escenario corresponde a los procesos que caracterizan a Tijuana y determinan sus perfiles como espacio abierto e interactivo de múltiples contactos sociales y culturales, en donde la inmigración y el contacto permanente con Estados Unidos han sido factores destacados de los procesos culturales regionales, lo que ha sido motivo de importantes debates en torno a las improntas culturales que esas interacciones traen consigo. En esa perspectiva, Tijuana ha sido el laboratorio para la aplicación de diversos enfoques teóricos que buscan explicar los procesos de construcción de las identidades en espacios abiertos al contacto permanente con los otros agentes que provienen de espacios y culturas diferentes. El autor debate en diversos momentos con otros autores y a sus propuestas de interpretación propone otras y sugiere vetas para posibles investigaciones sobre estos temas.

Una vez adentrado en el tema de las élites políticas que anuncia el título del libro, Ruiz Vargas nos pone al tanto de algunas constantes que cruzan la historia regional, en la que el poder político y el económico han ido de la mano y concentrados en un pequeño grupo, lo mismo durante la Colonia que en el porfiriato, en la posrevolución y en la era del PRI, pero también en el ya largo período en que ha gobernado el PAN. El autor centra su atención en el origen y en la trayectoria de los partidos políticos en el estado, y su desempeño en el ejercicio de gobierno, sin perder de vista el contexto que marca el devenir del país en el tras fondo estructural de lo que ocurre en Baja California. De este modo, el período posrevolucionario, tal como lo escribe el autor, parece en efecto una reedición del fin del siglo XIX, con gobiernos encabezados por personajes de extracción militar, con una alta rotación en el cargo de gobernador, asociada a los reacomodos que tenían lugar entre el grupo triunfante de la revolución mexicana y en pleno período de creación de las instituciones del nuevo Estado mexicano, durante el cual la población de Baja California se multiplicó y generó mayores necesidades de infraestructura.

Una vez que la presidencia del país volvió a estar a cargo de un civil, con Miguel Alemán como presidente, Baja California dejó atrás su estatus de territorio federal administrado centralmente a través de gobernadores nombrados por el presidente de la república en turno, así se tratara de una mera formalidad, y pasó a ser reconocido como un nuevo estado de la federación. Al mismo tiempo, el partido de la élite en el poder cambió de nombre y se inició la era del Partido Revolucionario Institucional (PRI), de modo que el nuevo estado de Baja California prácticamente nació como un estado priísta, toda vez que las primeras elecciones para gobernador las ganó este partido con Braulio Maldonado como su candidato, iniciando así un período de gobiernos priístas hasta 1989, cuando el PAN logró desplazar al PRI del gobierno del estado.

El autor dedica gran parte del apartado sobre el PRI a analizar el primer gobierno priísta del estado, el cual dice no ha recibido la atención que merece y menos el tratamiento objetivo del contexto de limitaciones en que tuvo que desarrollarse. Ese gobierno habría sido marcado por las urgencias de crear las instituciones de este nuevo estado de la federación, en medio de la escasez de recursos y de las ingentes demandas de la población que llegaba a Baja California de otras partes del país, pero a las limitaciones financieras y de organización institucional se agregaron las de orden político, atribuidas al estilo personal de gobernar de Maldonado, a las restricciones que imponían las formas en que se habían creado los derechos de propiedad agraria, que se tradujeron en severas limitaciones al crecimiento ordenado de las ciudades en el estado y derivaron en fuertes conflictos con quienes detentaban la propiedad de la tierra, mediante el acaparamiento de la propiedad en los contornos e inmediaciones urbanas. Por si fuera poco, había un ambiente de tensiones ideológicas impuestas por el anticomunismo de la época en el que remaba el PAN, que capitalizaba el descontento de los grupos afectados por el gobierno de Braulio Maldonado, el cual a su vez recurrió a la persecución de sus opositores, a la censura de la prensa y a otros excesos en el uso del poder.

Los siguientes gobiernos del PRI en el estado habrían de abjurar del ideario político de Maldonado y las orientaciones que había seguido su gobierno, y puesto que el PRI y el gobierno a nivel federal también se habían alejado de las ideas en que se habían sustentado los gobiernos posrevolucionarios, no dudaron en entrar en alianzas regionales con los grupos a los que Maldonado había combatido, es decir, a los grupos tradicionales que sustentaban su poder económico a partir de su asociación con el capital norteamericano en la región.

Los mayores logros de los gobiernos del PRI en Baja California tuvieron lugar en la década de los setenta del siglo pasado con el gobernador Milton Castellanos, quien aprovechando la buena relación con el gobierno federal, particularmente con Luis Echeverría, logró materializar algunas de las obras de infraestructura más importantes que se hayan construido en el estado. Sin embargo, el nepotismo y los excesos que marcaron la decadencia del PRI a nivel nacional tuvieron su expresión también en el estado, y se materializaron en los gobiernos de Roberto de la Madrid y de Xicoténcatl Leyva Mortera, quienes alejados de las orientaciones políticas que habían caracterizado el gobierno de Castellanos, contribuyeron a la debacle electoral del PRI en las elecciones de 1989, en que perdió el control del gobierno del estado.

Por su parte, el PAN surgió en Baja California, igual que en el resto del país, al calor de las políticas reformistas de Cárdenas y del anticomunismo, pero también lo hizo en torno a demandas concretas que tenían que ver con la situación particular de Baja California en su calidad de territorio administrado centralmente, por lo cual una demanda compartida por el PAN y otros sectores de la sociedad fue la de la conversión del territorio en estado de la federación. La conexión del PAN con demandas de la población y en la coyuntura particular del gobierno de Braulio Maldonado que afectó intereses de los grupos económicos de la región, fue un factor que permitió un crecimiento temprano de ese partido en el estado, y de hecho se convirtió en un competidor del PRI con posibilidades reales de acceder al gobierno, no obstante que lo hacía en desventaja obvia y enfrentado al régimen político en el plano nacional.

El PAN mostró la fortaleza que había alcanzado cuando en las elecciones de 1968 ganó con amplio margen en los municipios de Tijuana y Mexicali, las cuales fueron anuladas para no reconocer esos triunfos de la oposición al gobierno del PRI. Esta parte del libro es particularmente interesante porque muestra que el triunfo del PAN en 1989 no fue producto de la casualidad, sino de una trayectoria opositora con bases sociales identificadas con los principios doctrinarios y las demandas encabezadas por este partido que había mostrado su tesón de lucha, a pesar del desconocimiento de sus legítimos triunfos electorales.

Uno de los aspectos que destaca el libro es que a lo largo de la historia de Baja California y de Tijuana, el poder ha sido una cuestión limitada a un reducido grupo, tanto en lo político, en lo económico, pero también en lo cultural. Las élites políticas y los grupos económicos de la región han mostrado siempre su habilidad para manipular los factores de orden geoestratégico para negociar con el poder federal, al mismo tiempo que, sin importar sus filiaciones partidarias, han mantenido el control de acceso al poder en el gobierno, lo que explicaría en alguna medida el limitado impacto que ha tenido la alternancia en el gobierno en el estado y en los municipios de Baja California, en cuanto a la democratización de las instituciones estatales y las formas de gobernar.

En el espectro de las fuerzas políticas del estado, el autor enfatiza la ausencia de la izquierda y la incapacidad de esa fuerza para articularse en torno a un proyecto político con fundamento ético y humanista, frente a la rapacidad del neoliberalismo que representan las élites políticas que gobiernan la entidad. En vez de ello, la izquierda se ha fragmentado en medio de la confusión ideológica y el pragmatismo, lo que ha llevado a sus cuadros a asimilarse con sus adversarios históricos e ideológicos, ya sea con su integración a otros partidos o abriendo las puertas de las organizaciones de la izquierda a tránsfugas de otros partidos que representan la antítesis de las propuestas con las que se ha asociado históricamente a la izquierda.

Finalmente, vale la pena mencionar que el libro es producto de un esfuerzo editorial igualmente encomiable por parte de la librería El Día y la editorial Entre Líneas, dos empresas culturales locales que han apostado a recuperar la memoria sobre el acontecer de la ciudad de Tijuana y la región, apoyando la reflexión, el debate y el trabajo intelectual de quienes logran organizar sus ideas y darles forma en un texto con calidad para ser editado y llevado al público.