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Argumentos (México, D.F.)

versión impresa ISSN 0187-5795

Argumentos (Méx.) vol.27 no.74 México ene./abr. 2014

 

Crítica de libros

 

Sueños en la vigilia

 

Miguel Ángel Hinojosa C.*

 

* Sociólogo, psicólogo y maestro en psicología social de grupos e instituciones por la UAM-Xochimilco; desde 1988 está dedicado al mundo de la edición y actualmente es responsable de la Sección de Publicaciones de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de esta institución universitaria.

 

A Madiba, Nelson Mandela,
ejemplo de paz,
de inteligencia en la lucha,
de perseverancia y amor
¡símbolo de libertad!


18-6-1918/5-12-2013

[...] que se te va pasando el tiempo mujer,
y que la vida se te va,
sólo te pido que te vuelvas de verdad,
y que el silencio, se convierta en carnaval.
[...] Por qué será, que te quedas adentro,
no te quedes, que acá afuera es carnaval,
carnaval toda la vida, y una noche junto a vos,
si no hay galope, se nos para el corazón...

Fabulosos Cadillacs
“Carnaval toda la vida”.

 

En 1998 cuando me formaba como editor, en Versal, especialización editorial, uno de mis maestros, Miguel Ángel Guzmán o Roberto Zavala Ruiz, o ambos, ya no sé, afirmaba que el editor debe considerar al menos tres componentes principales al diseñar el libro:

1. El autor: el libro debe reflejar su espíritu, sus ideas, sus propuestas, su forma de ser, su carácter, debe ser espejo donde el autor se refleje.

2. El lector: el diseño debe considerar a quién está dirigido el libro, lo debe atraer, seducir desde los forros hasta el más mínimo detalle en cada una de las páginas; para ello se debe considerar toda la estructura editorial: formato, caja, tipografía, cornisas, cabezas, folios, plecas, márgenes, interlineado, tipo de papel y cartulina, diseño de forros, si lleva fotos, imágenes, cuadros, gráficas, colores, etcétera, y por supuesto, debe ser accesible económicamente para el lector, debe serle necesario, útil, imprescindible, debe valer lo que se invierte en él.

3. El libro propiamente dicho: éste debe tener espíritu, presencia, debe ser autónomo, independiente del autor y la editorial, es fruto de su trabajo, es de su estirpe, pero no les pertenece, debe tener vida, color, género, olor, sabor, sensualidad, se debe dejar admirar, tocar, acariciar; el caso es que, al estar editado, solito se defienda, solito enamore.

En el caso que aquí nos ocupa,1 cumple desde mi perspectiva, con cada uno de los elementos antes mencionados, al leerlo notarán ustedes que es un libro inteligente, versátil, divertido, múltiple, rebelde, revolucionario, carnavalesco, lleno de imágenes, sabiduría, humor, conocimiento, utopía, verdad, poesía e ideas y..., en muchos sentidos, así es Armando Bartra, su autor. Pero además, este es un libro que enamora, que emociona, que libera, que alza la voz, que pacifica, que remueve, que da esperanza, que conmueve y..., estoy seguro de ello, así son la gran mayoría de sus lectores, al menos, los lectores a los que, desde mi punto de vista, va dirigido, entonces, para resumir, es un libro bien pensado y bien sentido, que hace pensar y sentir.

El texto, o los múltiples textos que este libro incluye, se sostiene en ideas, pensamientos, sueños, mitos, estudios, imaginación, cuestionamientos, aclaraciones, reflexiones, diálogos y utopía; en lo impensable, en la acción poética, en la historia, y aunque usted no lo crea, en el porvenir, en el anhelo de lo que se quiere, se sueña, se imagina, y por ello mismo, se está seguro: puede ser. Es un libro quijotesco ya que sus puntos de apoyo son el deseo, la locura, la aventura, la lucha diaria, el ver el mundo desde otra óptica, desde lo impensable bien pensado, además claro desde las fuentes que nutren al autor: lecturas, películas, canciones, historietas, carteles de cine, sucesos o acontecimientos sociales, noticias; todos estos elementos más su experiencia de vida le dan a Bartra las ideas que nos comparte en estas páginas; así, pasa de El Gordo y el Flaco a Walter Benjamin y García Lorca, de Lorca a Cantinflas o Don Quijote, de éste a Juana Inés, de Sor Juana a Monsiváis, de Monsi a Paz, Gramsci, Žižek, Sartre y Wallerstein, o de 1968 a Ocupa Wall Street, YoSoy132, los indignados españoles, la primavera árabe, los pingüinos de Chile, las insurgencias civiles de 2011 y 2012..., y más, muchos más.

Pero la fuente de su saber-decir-escribir está en la calle, en las plazas, el Zócalo, el metro, el Monumento a la Revolución, el Ángel de la Independencia, en la marcha, el mitin, el bloqueo, el plantón, la acampada, la ocupación, el cerco..., en el aquelarre, en el moderno Carnaval; en la gente de a pie, en el manifestante, pero no aquel que sólo está en las redes sociales de la internet, en el facebook o en twitter, sino ese que sale a la calle y marcha, el que asiste e insiste en transformar este mundo para mejor, es decir, Armando aprende de nosotros, de la gente común, del otro a quien luego refleja; si el libro es el reflejo del autor, Armando es el reflejo de nosotros, él es uno de nosotros y nosotros somos él, eso hace aún más atractivo el texto, más familiar, más cercano, más múltiple, más nosotros.

En este libro uno no sabe si una imagen vale más que mil palabras o si es al revés, si las palabras dicen más que las imágenes, el caso es que unas y otras, juntas, hacen una revolución, un escándalo en nuestro interior. Este libro es, precisamente, un Carnaval que “desquicia el orden que nos agobia”, tanto individual como socialmente, de ahí su diseño editorial, tan fuera de lo común, tan único y extraño, como cada uno de sus lectores, como cada uno de nosotros.

Y así como no hay final para los movimientos sociales, ya que su desenlace es el siguiente movimiento, es la continuidad de la lucha, porque con cada marcha, con cada plantón, con cada consigna, con cada acampada se crece en la liberación, en la fuerza interna, en el entendimiento; un grito libera, una marcha codo a codo, paso a paso, transforma; la vida se vuelve una lucha, una fiesta que se hereda de generación en generación; así, del mismo modo, este libro no tiene final, se termina donde empieza de nuevo, una palabra, una idea, una línea, un párrafo, una imagen, una foto, una página, un capítulo, se acrecienta, se complementa, se continúa con el siguiente y con el otro y con el otro y vuelta a empezar, pero ahora con “Hambre”, y nuevamente con las imágenes que le acompañan-ilustran-enriquecen para demostrarnos, junto con las palabras-ideas-razones, que no debería haber tal, que el hambre es un invento que se inventaron los que lucran con lo más elemental, con la vida, con el agua, con los derechos, con la alimentación, con nuestros genes, con los conocimientos ancestrales de los pueblos originarios, con nuestro trabajo, con la Madre Tierra, con la dignidad; esos que se ocultan detrás y dentro de organismos multinacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) o tras las trasnacionales como Monsanto, Nestlé, Kellogg’s, Coca-Cola, McDonald’s, Bimbo, Walmart, Sam’s, Bachoco, en fin, tantos y tantos consorcios que lucran con la carestía, la especulación, el desabasto, el hambre, la desnutrición, la obesidad, las enfermedades, las medicinas y..., vuelta a lo mismo, lucro, lucro, lucro, solapado por quienes se erigen en gobierno, en Estado, seres rapaces en contubernio, coludidos para robar, para saquear, para expoliar, para privatizar, para mantener, acrecentar, y perpetuar este, dice Bartra: “[...] sistema perverso que en su hambre insaciable de materias primas devora a la naturaleza mientras que alimenta a sus hijos con basura”.

Pero frente y contra ellos están también las insurgencias populares multinacionales que desde Oriente Medio, África, Europa o América Latina luchan por crear un modo distinto de vivir, diría Armando. Desde Túnez, Egipto, Libia, Siria, Marruecos, Sudáfrica, Arabia Saudita, España, Francia, Reino Unido, Ucrania, hasta Bolivia, Venezuela, Brasil, Uruguay, México, Argentina, Chile, Estados Unidos, todo el mundo un movimiento: los sin techo, los sin tierra, los sin maíz no hay país, los migrantes, los rurales, los campesinos, los despojados, los desterrados, los ocupa, los de abajo y los de más abajo y a la izquierda, los sin educación, los anony­mus, los sin trabajo, los indignados de siempre, los que ya no temen nada porque ya no tienen nada; frente a los acaparadores, los capitalistas, los conservadores neoliberalistas, los materiales, los plástico, diría Rubén Bladés, los saqueadores, los que despojan, los depredadores, los que talan, los que contaminan, los que cercan y ponen vallas, fronteras, límites, los banqueros, los agroindustriales, los “dueños de todo” y de nada a la vez, los que nos han llevado a lo que Armando denomina Gran Crisis, que no es sólo una simple crisis alimentaria ni económica ni política o social, que es de una carestía extrema pero no sólo en lo material, sino además, en lo intelectual, lo cultural, lo ético, lo ecológico, entre muchas otras crisis. Esto y más es abordado en Hambre/Carnaval, dos miradas a la crisis de la modernidad, que es un libro que también a veces indigna y duele y por ello mismo sólo quiero decirles que este libro va, porque la lucha va, y recordemos que “[...] el precio de separar sueño y vigilia es el aquietamiento en uno u otro extremo”, con ello Bartra nos invita a crear un modo distinto de vivir, donde haya sueños en la vigilia, que es como creo yo, se debe, soñarvivir.

 

Nota

1 Armando Bartra, Hambre/Carnaval, dos miradas a la crisis de la modernidad, México, UAM-Xochimilco/mc editores (2013).

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