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Argumentos (México, D.F.)

versión impresa ISSN 0187-5795

Argumentos (Méx.) vol.27 no.74 México ene./abr. 2014

 

Dossier. Procesos educativos y dinámicas sociales contemporáneas

 

Rejuvenecer la protesta. Los movimientos sociales van a la escuela

 

Armando Bartra*

 

* Estudia la carrera de filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México, institución en la que es docente tanto en la Facultad de Filosofía y Letras como en la de Economía. Ha sido profesor en la Universidad Autónoma del Estado de México y en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Desde 2004 es maestro investigador en el posgrado en desarrollo rural de la Universidad Autónoma Metropolitana. Dirige el Instituto de Estudios para el Desarrollo Rural “Maya” A.C. y coordina el Suplemento La Jornada del Campo, del diario La Jornada.

 

Resumen

Tomando distancia de las visiones instrumentales de la política que adopta cierta sociología anglosajona, se abordan los recientes movimientos juveniles como performances y utopías autocumplidas a los que cabe aproximarse con conceptos tales como grotesco y carnaval. Un repaso sobre rebeldías recientes como las de México en 2012 y las de Brasil en 2013, permite ubicar provisionalmente algunas de sus características destacadas como la imaginación, el humor y la voluntad de forma que les otorgan un carácter visionario, grotesco, festivo y celebratorio, sin soslayar su limitada eficacia y poca persistencia que los ponen en desventaja frente a otros actores contestatarios más estructurados. Pese a lo cual, se concluye que los recientes movimientos juveniles están llamados a ser parte sustantiva de la nueva rebeldía social.

Palabras clave: movimiento social, jóvenes, carnaval, grotesco, utopía, imaginación política.


Abstract

Moving away from the instrumental views of politics held by certain Anglo-Saxon sociology, the recent youth movements are here focused as performances and self-accomplished utopias, which can be grasped trough the concepts of grotesque and carnival. A review on recent rebellions, such as those of Mexico 2012 and Brazil 2013, allows us to point out some of their most prominent characteristics: imagination, humor and willpower, which confer these movements a visionary, grotesque, festive and merry temper –without ignoring the drawbacks of limited efficiency and lack of persistence that puts them in disadvantage against better structured protest actors. Nevertheless, it is concluded that recent youth movements are called to be an essential part of the new social rebelliousness.

Key words: social movement, youth, carnival, grotesque, utopia, political imagination.

 

Introducción

La revolución no tiene que ser experimentada como la
serie de penalidades que tenemos que sufrir para la felicidad
y libertad de las generaciones futuras, sino precisamente
como esas penalidades presentes sobre las que esa
felicidad y libertad futuras proyectan ya su sombra. En
ellas ya somos libres cuando estamos luchando por la libertad
y ya somos felices mientras luchamos por la felicidad.

Slavoj Žižek (2010)

No entendemos lo que está ocurriendo. Ni en nuestros tiempos
conseguimos llevar 100 mil personas a la calle en pocas
horas. Ellos, los jóvenes, dicen que nosotros usamos un repertorio
del siglo pasado para dialogar y que no entendemos lo
que está pasando. Nosotros estábamos acostumbrados a un
vehículo con altoparlantes y líderes para negociar. Ellos no
usan ni vehículo ni comando [...]

Gilberto Carvalho
(en Rousseff, 2013)

Los tiempos que corren –y vaya que corren– son tiempos de jóvenes. Lo testimonian las movilizaciones que desde 2011 y aun antes han ocurrido en calles y plazas de Chile, Egipto, Túnez, España, Grecia, Estados Unidos, Colombia, Canadá, México, Turquía, Brasil, Ucrania... Y cuando los tiempos rejuvenecen hay que deshacerse de vejestorios intelectuales y jubilar ideas rancias que no sirven más.

 

“El programa somos nosotros”

Una de las añejas presunciones que se han ido desacreditando con el desgaste de la modernidad es el carácter puramente instrumental de la política. Visión pragmática que viene desde Maquiavelo y que tiene una de sus expresiones extremas en las propuestas de cierta sociología anglosajona contemporánea que reduce los movimientos sociales a acciones colectivas protagonizadas por individuos racionales a los que no mueve más que el atisbo de oportunidades y el cálculo de costos y beneficios.

Pero no sólo se desfonda el chato y calculador utilitarismo sociopolítico, también se erosiona el providencialismo: la idea de que hay una predestinación, una “razón histórica” que trabaja a favor del curso progresivo de los tiempos.

La experiencia juvenil de la crisis va acompañada del descreimiento en las profecías científicas decimonónicas: en las viejas promesas de futuro que reclamaban a los militantes libertarios los sufrimientos que hicieran falta para abrirle paso a las arcadias precontratadas y mil veces anunciadas por los agoreros casi bicentenarios de la emancipación humana.

Y en esa medida la praxis contestataria transita de simple lucha revolucionaria o reivindicativa de carácter finalista que se agota en la siempre pospuesta consecución de ciertos objetivos inamovibles, a ser también performance emancipatorio que satisface por sí mismo; deja de ser sólo un medio a ser también un fin; pasa de utopía siempre posdatada a utopía autocumplida. Rasgo performativo (Turner, 1986) de las luchas, que junto con el carácter celebratorio, carnavalesco y grotesco de las acciones libertarias colectivas, me parece fundamental en las experiencias de la crisis, sobre todo en las que protagonizan los jóvenes.

Y es que los jóvenes tocan de oído. Inexpertas en los andamiajes que aprisionan el accionar de grupos formales y partidos, las nuevas generaciones improvisan, inventan, jazzean; marchando a campo traviesa enfilan por rumbos poco transitados. Por eso a los políticos profesionales –tanto de izquierda como de derecha– los sacan de quicio protestas que no dicen claramente lo que quieren porque seguramente –piensan los carcamales– ni siquiera saben lo que quieren. Pero es precisamente la inmediatez de los movimientos juveniles lo que les permite sacar a flote lo sumergido, ponerle palabras (cantos, bailes, gestos, gritos) a lo indecible. La insatisfacción de los jóvenes de clase media, que por lo general son los que protagonizan estas luchas, no es la única ni es por fuerza la socialmente prioritaria cuando hay sectores mayoritarios también agraviados y más lacerados que a veces permanecen silenciosos y a la expectativa. Pero el malestar de los jóvenes es el más significativo porque mira al futuro. Un futuro que no tienen o que no quieren como se les anuncia, pero que en cualquier caso quisieran diseñar a su aire y por su pie.

Ante el sorpresivo activismo de los proverbialmente inmaduros, analistas de todo signo se afanan en descubrir lo que realmente buscan pero no saben formular. Así los desarrollistas dicen que los jóvenes encolerizados expresan los deseos de los que recientemente llegaron a las clases medias pero no ven satisfechas sus expectativas en términos de educación, transporte, salud..., es decir, calidad de vida. Y seguramente lo que afirman es cierto. Los posdesarrollistas sostienen que en el fondo los jóvenes representan la vocación anticapitalista de nuestros pueblos y quisieran acabar con el neoliberalismo, el extractivismo, el colonialismo interno y otras maldiciones sistémicas.

Y sin duda algo de verdad hay en sus aseveraciones. Pero mi impresión es que se quedan cortos al confundir sus propios planteos programáticos con los deseos profundos de los protagonistas sociales.

Habría que escuchar sus propias voces: “¿Qué queremos de Wall Street? Nada, porque nada puede ofrecernos. Hemos venido a desvanecer nuestros fantasmas”, escribieron en 2011 los ocupantes del Parque Zuccotti, junto al gran centro financiero. Y cuando se les preguntaba por su plataforma reivindicativa decían: “El programa somos nosotros” (revista Tidal, 2011). A fines de ese mismo año en un mitin celebrado en Tel-Aviv, una pancarta proclamaba: “El triunfo es ya habernos reunido”. En 2012 un estudiante mexicano sintetizaba así el sentido de su movimiento: “La meta del 132 es la reapropiación de la política por la sociedad” (Muñoz, 2011). Sobre los jóvenes que en junio de 2013 desquiciaron Brasil, escribió el Movimiento de los Sin Tierra (MST): “Ellos quieren participar de alguna forma. Aunque sea caminar por la calle sin represión” (La Jornada, 22 de junio de 2013).

No trivializo sus proyectos y visiones de futuro aprovechando la presunta falta de perspectiva histórica de los rebeldes principiantes. Al contrario, quiero destacar su radical negativa a que se les convierta en simples peticionistas. “¿Qué quieren?”, dice el poder. “Nada que nos puedan dar. Nada que pueda ser concedido por ustedes”, contestan. “Pero ¿algo desean?”, insiste. “Deseamos desear”, reviran recuperando a Freud a través del Antiedipo de Deleuze y Guattari (1972).

Las necesidades radicales (Márkus, 2007) que subyacen en los movimientos trascendentes, se hacen visibles –incluso ante sus propios protagonistas– sólo en la medida en que el accionar colectivo remueve lo “políticamente correcto”, va disolviendo la capa de lugares comunes y rompiendo las inercias que conducen a repetir lo tan sabido. Así, en la Primera declaración de la Selva Lacandona los pueblos chiapanecos insurrectos enumeraban el consabido rosario de demandas: tierra, trabajo, educación, salud, vivienda..., reivindicaciones legítimas y hasta vitales pero periféricas a sus agravios ancestrales; a sus exigencias profundas que aparecieron al calor de los combates armados y pacíficos que los iban empoderando. Y estas necesidades radicales fueron dignidad y derechos autonómicos, dos cuestiones que de hecho no pueden concederse pues más que un tener, son un hacer.

A quienes acostumbran poner sus propios deseos en boca de los movimientos, les convendría reflexionar sobre la paradoja de que los históricamente más desfavorecidos en la distribución social de satisfactores no pongan por delante la exigencia de que mediante recursos públicos compensatorios se remedie dicha injusticia, sino que por el contrario prioricen necesidades radicales que en rigor nadie puede conceder pues su satisfacción será obra de ellos mismos, y sólo demanden que no se les obstaculice. Cuando el gobierno les ofrecía “piso firme” y otras bagatelas, los indios insumisos exigían derechos. Y cuando se les preguntaba por el más importante, decían que era el derecho a tener derechos. Quién los entiende.

En algún sitio Marx dijo que el proletariado tenía que hacer la revolución no sólo para construir el socialismo sino también para salir del fango en que se encontraba, valga decir: para recuperar su dignidad (la dignidad de una clase, de un género, de un pueblo, de una generación...). Y una vez más el viejo Marx tenía razón.

 

No perderse la diversión

Quizá porque nuestra revolución fue una larga guerra con más o menos un millón de muertos, quizá porque nuestras mayores huelgas obreras terminaron en represiones militares, quizá porque nuestro 68 culminó en un baño de sangre, quizá porque casi todos nuestros líderes justicieros murieron asesinados..., en México tenemos una visión necrológica, panteonera de la rebeldía social y con frecuencia olvidamos su lado jubiloso, festivo, lúdico, carnavalesco. Mariana, del 132, describe así el ánimo de las marchas. “Era indignación, no enojo. Marchábamos con mucha alegría. Las consignas eran distintas, con humor” (Muñoz, 2011:69). Por fortuna los jóvenes, que hoy están saliendo a las calles en muchos países, a bailar y cantar su indignación, nos recuerdan que, como decía Monsiváis ayer, “La seriedad es un robo” y, como decía Herzen en el siglo XIX, “La risa es revolucionaria”. No es la primera vez que el espíritu burlesco politizado toma la calle, ocurrió en el 68 del pasado siglo y también a principios de la década de 1980 cuando, acosados por los revolucionarios de corsé, los neosituacionistas de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) que “reivindicaban el sentido del humor como herramienta crítica”, les gritaban: “¡Falócratas los solemnes!” (Paredes, 2014:192) .

Pero al leer lo que sobre los nuevos y novísimos movimientos se escribe sentimos con frecuencia que algo falta, que algo nos estamos perdiendo. Y este algo que los sociólogos y analistas nos escamotean es la insensatez, la desmesura; es el “momento de la pasión” que diría Benedetto Croce, es la “catarsis política” que diría Antonio Gramsci. Ambos seguidores en esto del vitalismo de Henri Bergson (1999:319): “nuestro pensamiento, en su forma puramente lógica, es incapaz de representarse la verdadera naturaleza de la vida”, y sobre todo de la teoría de la acción revolucionaria de Georges Sorel (1963:46), para quien no la razón sino el mito es lo que permite “comprender la actividad, los sentimientos y las ideas de las masas populares”.

En algunos meritorios académicos que se ocupan de la llamada “acción colectiva”, encuentro la tendencia a trabajar con modelos, definiciones, enumeraciones y clasi­ficatorias que en el mejor de los casos soportan una analítica de los movimientos sociales, una disección más o menos pertinente de sus elementos constitutivos a la que sin embargo se le escapa el pathos crociano, la catarsis gramsciana o, en otros términos, su dimensión dialéctica entendida hegelianamente como nihilización creativa.

Porque la clave de los movimientos que hacen historia está en que ejercen el poder de la imaginación política para saltar fuera del tiempo lineal, en un ejercicio del todo semejante al que Gastón Bachelard veía en la imaginación poética; la imaginación que “escapa a la causalidad” y al “desprendernos del pasado y de la realidad, se abre al porvenir” (Bachelard, 1965:28). Los tiempos calmos hablan en prosa, los movimientos sociales son los poetas de la historia.

Bien lo sabía Hugo Chávez, cuya creatividad política le abrió la puerta a una América Latina si no del todo justa y libertaria, cuando menos inesperada y sorprendente, una América Latina que antes de su primer triunfo electoral en 1998 ninguna prospectiva hubiera pronosticado. Decía Chávez: “El camino que elegimos nos obliga a crear permanentemente. No hay modelos anteriores. Hay que crear en la marcha de los acontecimientos”, y concluía: “Esto es lo revolucionario” (en Caloni, 2013).

El cartesianismo del pensamiento instrumental propio de la modernidad busca reducirlo todo a causas y efectos, a medios y fines. Por su parte el providencialismo de derecha o de izquierda con su visión unilineal y progresiva de la historia, nos convoca a ver en los acontecimientos sociales la sucesión de escalones por los que ascendemos a un futuro preestablecido. En la misma tesitura cierta sociología se ocupa sólo de las “leyes” o “regularidades” presuntamente explicativas del curso social e ignora el acontecimiento imprevisible, irrepetible, inexplicable, imposible. En todos estos enfoques se pierde el lado carnavalesco y performático de la acción multitudinaria; una praxis por lo general imaginativa y creadora que en la visión sociológica positivista es reducida a eventuales convergencias de individuos racionales movidos por el cálculo de los costos y los beneficios.

Mascarón de proa de esta sociología es la propuesta de Mancur Olson (1999): un modelo racionalista de la acción –tanto de la individual como de la colectiva– cuyo protagonista es un siempre sensato y calculador hommoeconomicus, un paradigma neoutilitarista incapaz de adentrarse en las abismales vetas de transgresión e irracio­nalidad siempre presentes en los movimientos sociales, rupturas que en esta visión aparecen como exabruptos marginales e indeseables, como epifenómenos de una acción racional que es lo que en verdad importa.

Algo semejante sucede con las lecturas estructuralistas y funcionalistas que, reconociendo la existencia no residual de comportamientos colectivos insensatos, los ven como producto de sistemas integrados y efecto de órdenes normativos previos, a cuyas necesidades responden o de cuyas contradicciones dan cuenta.

Aunque diversos, estos enfoques son todos herederos de la ilustración, el iluminismo y el positivismo de Augusto Comte (1962:60): “el verdadero espíritu positivo consiste sobre todo en ver para prever, en estudiar lo que es para deducir lo que será, según el dogma general de la invariabilidad de las leyes naturales”. Legado chatamente determinista que reformuló nítidamente Durkheim en sus Reglas del método sociológico:

Nuestro principal objetivo es extender a la conducta humana el racionalismo científico, haciendo ver que, considerada en el pasado, puede reducirse a relaciones de causa-efecto que una operación no menos racional puede transformar, seguidamente, en una serie de reglas para el porvenir. Lo que se ha llamado entre nosotros positivismo no es más que una consecuencia de este racionalismo (Durkheim, 2011:9).

Gracias a Nietzsche y Freud, entre otros, la insensatez recuperó el lugar que el radical desencanto del mundo había querido quitarle. Pero no hay vuelta atrás. El iluminismo, el cientificismo y su lucha contra el oscurantismo y la superstición no fueron en vano y la recuperación de lo oscuro de lo irreflexivo se hace hoy desde la razón, aunque la de ahora es una razón descentrada que reconoce sus límites; es desde la ciencia que se valora la importancia de las intuiciones totalizadoras del que Lévi-Strauss llamó “pensamiento salvaje”; es desde la conciencia que se explora el inconsciente develado por el psicoanálisis; y es desde la universalidad –ciertamente incluyente y relativizada– que se reconoce la irreductibilidad de las singularidades.

Pero tampoco es posible volver atrás, a un racionalismo positivista previo a la crisis del ego cogito, como lo hacen las corrientes sociológicas de las que aquí tomo distancia. Y es que desde estos miradores la acción –individual o colectiva– es vista o como manifestación de una racionalidad ontológica constitutiva del sujeto y previa a todo acto posible, y/o como efecto y función de un sistema estructurado y coherente. En ninguna de estas atalayas la praxis aparece como originaria, como constituyente de relaciones sociales y no sólo como constituida por éstas. Y por lo mismo ninguno da cuenta de la dimensión impredecible y poiética de los movimientos sociales, en tanto que verdaderos acontecimientos creadores de fugaces experiencias inéditas y con ello –quizá– de relaciones sociales más estables pero también nuevas.

Si a ciertos sociólogos se les escurre la realidad por las rendijas del andamiaje conceptual, es frecuente que por engolosinarse en los detalles a los etnólogos se les extravíe la vida de sus exóticas criaturas. La recuperación del pathos, de la catarsis, del alma de la “acción colectiva”, es un desafío de las ciencias sociales que ya enfrentaron antes los literatos y los cronistas de viajes. Decía Stendhal, autor de la novela El rojo y el negro: “Describir usos y costumbres deja frío. Hay que transformar la descripción es estupor [...] transformar la descripción en un sentimiento” (citado en Ginsburg, 2010:262) .

En un brillante capítulo de El antropólogo como autor, titulado significativamente “Estar allí”, Clifford Geertz escribe: “La habilidad de los antropólogos para hacernos tomar en serio lo que dicen, tiene menos que ver con su aspecto factual o su aire de elegancia conceptual, que con su capacidad de convencernos de que lo que dicen es resultado de haber podido penetrar (o, si se prefiere, ser penetrados por) la otra forma de vida; de haber, de un modo u otro, realmente ‘estado allí’. Y en la persuasión de que ese milagro invisible ha ocurrido es donde interviene la escritura” (Geertz, 1997:14).

El problema con ciertos sociólogos de la acción colectiva es que no sólo no me convencen de que estuvieron ahí, ni siquiera me convencen de que les hubiera gustado estar ahí. Yo, en cambio, soy de la opinión de que cuando uno realmente estuvo ahí tiene que hacer valer sociológicamente esa vivencia. Y que ponerla en acto a la hora de escribir no es incompatible con la necesaria “vigilancia epistemológica”, que entre otros preconizan Gastón Bachelard y Pierre Bourdieu. Sigo en esto no únicamente las arriba mencionadas recomendaciones de Geertz, sino también su ejemplo en el espléndido libro Tras los hechos, donde reconoce que, como sus informantes, también él tiene “historias que contar, visiones que revelar”. Y lo hace seleccionando fragmentos “arreglados y cortados a propósito para que encajen”, con el fin de “tratar de inducir a alguien en algún sitio a mirar ciertas cosas de la misma forma” en que yo las miro (Geertz, 1996:67). Seguiré pues, su consejo.

Veamos. El 27 de julio de 2012, un exitoso novelista policíaco algo pasado de peso, un joven historiador y un filósofo entrado en años narraban episodios de la Revolución Mexicana a un público bullicioso y participante que se arracimaba en la esquina derecha de la carpa que el 132 había instalado bajo el Monumento a la Revolución. En la otra esquina de la gran tienda de campaña se afanaban los encargados de organizar el cerco a Televisa, en el que iban a participar también los del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, despedidos del Sindicato Mexicano de Electricistas y otros contingentes. Fuera, bajo una llovizna persistente de la que mal protegía la alta cúpula del monumento, la banda se ocupaba en los más diversos menesteres: desde botear y pintar carteles hasta comer y fajar. Y no podían faltar los curiosos, tránsfugas del balneario en que los chilangos hemos transformado la fuente de la Plaza de la Constitución. Otros días había ahí tocadas, teatro callejero, slam poético, debates, batucada... Aquello era un desmadre, un espléndido desmadre. Más allá de los consensos y disensos políticos que bajo esas carpas se cocinaron, las semanas de la acampada Re-evolución fueron una fiesta, un carnaval y a veces un aquelarre con hartas brujas y machos cabríos. Un trance utópico, un performance contrahegemónico, un ritual contestatario que tatuó para siempre el alma de sus oficiantes. Cierto, después del primero de diciembre todo se fue al carajo y el 132 anda a los tumbos, entre desfondándose y refundándose, pero lo bailado ¿quién se los quita?...

¿Qué nos dice este texto? Ante todo que yo estaba ahí y que lo disfrutaba. Y también que además de denostar al duopolio televisivo y tratar de impedir la imposición de Peña Nieto, las acciones del 132 fueron epifanías, trances extáticos durante los cuales los oficiantes eran visitados por el “duende” al que invocaba el poeta García Lorca (1965), tocados por el “aura” mesiánica de Walter Benjamin (2008), de modo que si bien en términos de logros, por una parte, y de daños corporales, por la otra, el balance del movimiento es francamente rojo (dicho esto sin metáfora) es de esperarse que, como el 68 del pasado siglo, el 132 irá calando en el imaginario colectivo de esta generación y de las próximas. Que no le digan, que no le cuenten, esta hornada de mexicanos insumisos ya tuvo su mito fundacional.

Va otra. El primero de diciembre de 2012 yo protestaba por la imposición de Peña Nieto, y lo hacía con Andrés Manuel López Obrador y los de Morena en el Ángel de la Independencia, un lugar futbolero donde era difícil que prendiera la provocación. Mientras tanto, a algunos kilómetros de ahí, en los alrededores de San Lázaro, el 132 junto con otros contingentes de la Convención Nacional contra la Imposición, merodeaban por las proximidades de la muralla metálica que acordonaba el Palacio Legislativo. Todos sabíamos que de haber violencia el día de la toma de posesión de “el copetes”, el beneficiado sería el gobierno, y que –tal como ocurrió– las proximidades de la barricada eran el lugar perfecto para la provocación. Sin embargo, mientras que mi cabeza racional estaba en el Ángel con los prudentes, mi corazón apasionado estaba con los que protestaban de bulto y arriesgaban el pellejo por el rumbo del Congreso de la Unión. Porque en los movimientos sociales hay algo más que cálculo político y a veces las palabras no bastan, hay que poner el cuerpo.

¿Qué podemos leer aquí, además del íntimo desgarramiento de un activista setentón que ya no se anima a poner el cuerpo, porque se lo rompen? Sin duda, que los movimientos sociales se desarrollan en “arenas” donde los “actores” muestran su “agencia” en “interfaz” con otros “actores” y otras “arenas”; que hay “ciclos de protesta” y que ésta responde a “agravios”, aprovecha las “oportunidades”, echa mano de sus “repertorios de confrontación” y tiene “costos de transacción”, como nos enseñan Norman Long, Mancur Olson, Sidney Tarrow, Charles Tilly y otros connotados especialistas en la acción. Pero, además de cosas que podemos nombrar con los términos por ellos acuñados, debiéramos percatarnos de que los movimientos también tienen que ver con el cuerpo y escurren sudor, adrenalina, sangre; una dimensión irreductible al cálculo y que, en el fondo, es lo que los hace invencibles.

Como invencibles son las comunidades zapatistas que a fines de 1993 decidieron por asamblea que en vez de morir de pobreza, hambre, enfermedad, parto, borrachera, filo, bala o humillación; que en vez de morir muertes impuestas por los otros, iban a morir su propia muerte, una muerte elegida que los hace invencibles. Y si alguien piensa que esto no es más que literatura, le recomiendo leer al Sup o de perdida la Fenomenología del espíritu, de Hegel, quien en el apartado sobre lo que se ha dado en llamar la “dialéctica del amo y el esclavo”, escribe: “Solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad [...] El individuo que no ha arriesgado la vida puede ser reconocido como persona pero no ha alcanzado la verdad de ese reconocimiento”.

Sin subestimar la capacidad explicativa de paradigmas más o menos novedosos como “acción colectiva”, “acción racional”, “movilización de recursos”, “interaccionismo simbólico”, “actor red”, “conductividad estructural”, “teoría de las oportunidades”[...], creo que también puede ser útil ver las experiencias juveniles debutantes a la luz de viejos resortes y añosos comportamientos como el mito, el aquelarre y el carnaval. Un mitin, una marcha, un bloqueo carretero, la toma colectiva de espacios públicos con fines contestatarios –o que ahora llaman “ocupar” o “acampar”– no son aquelarres ni carnavales ni ritos que actualicen mitos, no hay ahí brujas ni machos cabríos (bueno, no muchos) ni comportamientos previamente codificados, además de que se celebran cuando hace falta y no por fuerza en Semana Santa. Hoy de lo que se trata es de carnavalizar la política. El desafío es seguir sacando al carnaval de la cuaresma y de su acotamiento como espectáculo, empleando sus poderosos recursos en desquiciar el orden que nos agobia.

 

Las voces de la calle

En muchos lugares del mundo esta carnavalización ya está ocurriendo. En Chile el 14 de agosto de 2011, los “pingüinos” de secundaria y otros estudiantes que exigen educación superior gratuita y de calidad, organizaron en Valparaíso una Marcha carnaval hacia la sede del Congreso, en la que hubo consignas políticas pero también disfraces, pintura corporal, batucada. Dos meses después, en Nueva York, los manifestantes de Ocupa Wall Street desfilaron por las calles de Manhattan devorando puñados de dólares y disfrazados de zombis: muertos vivientes como los banqueros que sangran a la humanidad. Ese mismo año en Colombia los jóvenes de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil se movilizaban contra la reforma educativa. Al año siguiente en Quebec, Canadá, los estudiantes emprendían una huelga contra el incremento en el pago de la matrícula, que duraría 100 días y movilizaría a 200 mil personas por las calles de Montreal. A mediados de 2012 el movimiento #YoSoy132 rejuvenecía en México a la anquilosada protesta social con marchas multitudinarias y una alharaquienta acampada en el Monumento a la Revolución. En 2013 los jóvenes turcos que se manifiestaban en la plaza Taksim y el parque Gesi, en Estambul, primero contra un desarrollo urbano inconsulto y luego contra la represión gubernamental, sacaron ñar sus canciones y el coreógrafo Erdem Gunduz inventó una forma inédita de protesta: las vigilias inmóviles y solitarias en la plaza, que pronto fueron replicadas por cientos de nuevos imperturbables “solitarios”. En junio de 2013, en Brasil, tras varios días de protestas multitudinarias y espontáneas disparadas por un alza en el precio del transporte, los manifestantes decidieron acampar con sus hijos pequeños frente al Congreso Nacional, en Brasilia, ahí una pancarta decía “Cuidado, protestas jugando”.

Hay muchas cosas destacables en estos movimientos, entre éstas la imperiosa necesidad de teatralizar, de ritualizar y en definitiva de estetizar sus acciones. Esteti­zación de la protesta que nada tiene que ver con la belleza y sí con que, para una gene­ración graduada en los videojuegos y en los videoclips, continente mata contenido o, dicho de otro modo, forma es fondo.

Una generación a la que no dejaron intervenir el mundo, hecho por sus mayores de una vez y para siempre, y a la que no dejaron intervenir la historia porque dizque ya había terminado. Pero que, a cambio de estas prohibiciones y ataduras, mediante las pintas y el esténcil intervino los muros; mediante el fotoshop intervino las imágenes serializadas de los medios; mediante tatuajes y piercing intervino su cuerpo; mediante música tecno, tachas y sicotrópicos intervino sus sentidos. Una generación así no puede escalar sus intervenciones expandiéndolas ahora al ámbito sociopolítico, sin exaltar la dimensión formal, estética de la acción colectiva.

Algunos verán en esta voluntad de forma un eco del barroco con el que presunta­mente se estetizó el mestizaje americano (Echeverría, 2000). Yo veo más bien una intención grotesca (Bartra, 2013), una necesidad de transgredir que se manifiesta primero en el orden de las apariencias. Una actitud iconoclasta que se expresa me­diante prácticas de inversión por las que se carnaliza el espíritu, se mundaniza lo sublime, se trivializa lo elevado y en general se pone al mundo de cabeza, es decir sobre sus verdaderos pies, si admitimos que desde hace mucho andamos alrevesados.

Transgresión carnavalesca que aplica para las propias prácticas contestatarias: la primera marcha grande del 132 no fue del Ángel de la Independencia al Zócalo, como se estila, sino al revés: del Zócalo al Ángel; la siguiente manifestación fue una paradoja pues no la convocó nadie, o más bien fue desconvocada para evitar provocaciones, y sin embargo se realizó y fue multitudinaria; en contraste con los prolongados y retóricos mítines con que concluyen las movilizaciones convencionales, en las del 132 por lo general no hay tribuna, ni sonido, ni oradores... No es de intención, es que así suceden las cosas al otro lado del espejo, como bien sabían Alicia y Lewis.

Los más recientes fueron años con aura, que diría el filósofo, con duende, que diría el poeta. Años de desmecatadas carnestolendas donde el Corán y la Biblia compartían en buen plan las alharaquientas plazas magrebíes; pandemonium altermundista de encimosos ocupa y chimiscoleros piratas cibernéticos; aquelarre contestatario donde grotescos activistas, unos tiernitos y otros que ya no se cuecen al primer hervor, suplían con ventaja a los íncubos y súcubos del Medioevo... Quizá entre 2011 y 2013 no cambiamos el mundo pero sin duda lo hicimos menos siniestro y opresivo, más aireado y luminoso.

El testimonio de un aganaktismenigriego ilustra bien el talante neoutópico de los activistas del tercer milenio:

¿Cómo se hace la revolución? Sepa. Pero hoy, en Grecia, se despliega desobediencia popular en todos lados. Vivimos dentro de su sistema, vivimos entre ellos, pero pensamos, actuamos y respiramos como si estuviéramos más allá de su mundo cerrado. Nos sentimos más libres. Rompemos todos los días la disciplina que intentan imponer [...] Vivimos entre ellos y sin ellos, trabajando por la mañana y participando en marchas, protestas, asambleas en la tarde [...] Creamos en cada barrio pequeños grupos de apoyo para no pagar los impuestos, para reconectar la luz en las casas que no pueden pagar, para ocupar los espacios de trabajo, para reaprender a hacer las cosas a nuestra manera, para no sentirnos solos (citado en Esteva, La Jornada, 14 de noviembre de 2011).

En el número uno de la revista Tidal de los Ocupa Wall Street, aparecido en diciembre de 2011, el movimiento estadounidense se explica:

Nos nacieron en un mundo de fantasmas e ilusiones que han perseguido nuestras mentes a lo largo de todas nuestras vidas [...] Crecimos en este mundo de pantallas e hipérbole e imaginería surrealista [...] No tenemos una idea clara de cómo se siente realmente la vida [...] Hemos venido a Wall Street como refugiados de esta tierra nativa de sueños, buscando asilo en la realidad [...] ¿Qué queremos de Wall Street? Nada, porque nada puede ofrecernos [...] Hemos venido a desvanecer nuestros fantasmas [...] a construir relaciones genuinas entre nosotros y con el mundo; y a recordarnos que otro camino es posible [...] (Esteva, “El futuro podría estar llegando”, La Jornada, 19 de febrero de 2012).

Restablecer la multidimensional convivencia, propia de las comunidades verdaderas, es la función específicamente carnavalesca de las acciones colectivas contestatarias. Tienen razón los Ocupa Wall Street, el programa son ellos mismos, no una lista de demandas justas sino una utopía vivida, altermundismo en acto, aquelarre. Algunos habrá que vayan a verlos como quien visita un zoológico, pero de lo que se trata es de meterse en la jaula hasta que la especie en extinción sean los otros.

“Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”, han dicho los indignados de la madrileña Plaza del Sol, citando a Shakespeare. Consigna memorable que no desmerece frente al “Seamos realistas, pidamos lo imposible” de sus abuelos, los enragés del Barrio Latino.

La sorpresiva marejada juvenil brasileña iniciada en junio de 2013, documenta nítidamente el nuevo tipo de activismo social cuyo nacimiento –o renacimiento porque ya existió en los sesenta del pasado siglo– estamos presenciando. El jueves seis de ese mes dos mil manifestantes protestaban en São Paulo por una alza de pasaje en el transporte urbano, el jueves siguiente ya eran 50 mil en São Paulo y había réplicas en otras ciudades, pasada una semana más un millón 250 mil personas se manifestaba en 460 ciudades brasileñas y ya para entonces las demandas se habían extendido del transporte a la educación y la salud, además de la exigencia de acabar con la corrupción y con el dispendio motivado por la preparación del Mundial de futbol de 2014, del que Brasil sería sede. Un factor incendiario que calentó la lucha y propició el vandalismo fue la violenta represión de la fuerza pública. Aunque las primeras acciones las convocó a través de las redes sociales un Movimiento Pase Libre (MPL), que tiene unos 270 mil seguidores y demanda la gratuidad del trasporte público, las movilizaciones subsecuentes se extendieron casi sin convocatoria, sin dirección aparente y sin que los participantes estuvieran formalmente estructurados, hasta que a fines de junio algunas convergencias sindicales como la Central Única de Trabajadores (CUT) y la Unión General de Trabajadores (UGT), y organizaciones campesinas como el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), anunciaron que se incorporaban al movimiento respaldando sus propuestas y esgrimiendo demandas propias.

Al principio la perplejidad de muchos por el estallido, pretendía sustentarse en el hecho cierto de que en la década reciente han gobernado Brasil Luiz Inácio “Lula” da Silva y Dilma Rousseff, militantes del Partido de los Trabajadores, y que durante sus administraciones se crearon casi dos millones de empleos anuales, los salarios reales aumentaron 50% y cerca de 40 millones salieron de la pobreza e ingresaron en la clase media. Medio pelo al que pertenecen la mayoría de quienes se movilizan y que, según esto, no tendrían razón para protestar.

Con el paso de los días fue resultando evidente que si bien es constatable y plausible el ascenso social de muchos brasileños antes extremadamente pobres, Brasil sigue siendo uno de los países socialmente más polarizados del continente con un Coeficiente de Gini de 0.547, también lo es que la calidad de la vida urbana empeoró dramáticamente en la década pasada, pues no se invirtió en transporte público y otros servicios básicos, mientras que la especulación inmobiliaria elevaba el precio de la tierra y el monto de los alquileres que se incrementaba 150% en los últimos tres años;1 además de que si bien en los años recientes se duplicó el número de universidades públicas la oferta educativa sigue siendo de mala calidad e insuficiente pues el índice de escolaridad es de apenas 7.2 años. A esto se agrega que la moderada prosperidad de millones de pobres ha ido acompañada del ofensivo enriquecimiento de un puñado de ricos; que la infraestructura destinada al Mundial de futbol de 2014, que organiza Brasil, está suponiendo un gasto exorbitante, y que desde 2011 la economía casi se estancó mientras que se disparaba la inflación. Entonces, hay factores estructurales que explican el malestar. Pero ¿eso es todo?, ¿en el fondo lo que hay son sólo indicadores socioeconómicos insatisfactorios?

Según encuestas recientes, 80% de los brasileños quisiera mejor transporte y otro tanto demanda mejores servicios médicos, mientras que uno de cada tres quiere mejor educación y menos corrupción. Paradójicamente 70% manifiesta estar satisfecho con lo que hoy tiene... y sin embargo 75% apoya las marchas. ¿Quién los entiende? A menos que las marchas no sean sólo un medio para conseguir mejores servicios sino algo más: un modo de decir “¡Aquí estamos y el país es nuestro!”.

Porque en Brasil la millonaria inclusión social ocurrida en la última década fue impulsada desde arriba por el gobierno, pero sin que mediara participación social. Los mayores de 30 años posiblemente participaron en la resistencia a la dictadura entre 1964 y 1979, en las grandes movilizaciones para destituir al presidente Collor de Melo en 1992, o para llevar a Lula al gobierno en las elecciones de 2002, pero los nacidos en la última década del siglo XX, la llamada “generación del milenio”, han visto pasar los años sin participar en la historia.

Y están hartos. No sólo porque los que gobiernan no lo hacen del todo bien, sino porque gobiernan sin ellos; porque en el gigante del Cono Sur los jóvenes –no los inventados por los medios o por las estadísticas sino los realmente existentes– son espectrales, son invisibles.

A diferencia de lo que ocurre en todos los demás países donde los jóvenes protestan, en Brasil hay un gobierno de izquierda encabezado por una mujer, Dilma Rousseff, que cuando tenía los mismos 20 años que han cumplido o cumplirán pronto muchos de los que hoy gritan en las calles, era guerrillera. Y da la impresión de que Dilma se dio cuenta de lo que el movimiento representaba. Después de unos días de pasmo, la presidenta declaró enfáticamente: “Mi gobierno está oyendo las voces democráticas que piden cambios [...] Yo los estoy oyendo [...] Las calles quieren más salud, educación, seguridad, transporte”. Y reconoció que “las manifestaciones trajeron importantes lecciones” y “tenemos que aprovechar el vigor” de ese movimiento. Tres días después se reunió con representantes del MPL y después con gobernadores y alcaldes; posteriormente propuso cinco pactos para responder a las “voces de la calle”, puntos que como era de esperarse se refieren a educación, salud y trasporte, rubros a los que se piensa destinar toda la renta petrolera.

Pero lo que me parece más importante del planteamiento hecho por Dilma el 24 de junio, es la propuesta de que el Congreso convoque a una asamblea constituyente y si no es posible un referendo, que deberá discutir una reforma política destinada a acotar a los partidos y a los parlamentarios, grupos de interés que el sistema actual ñas mantiene sumidos en un fangoso mundo de chantajes y pago de favores, que es la base de la incontrolable corrupción. De hecho lo que se propone es abrir un periodo de amplia participación ciudadana que permita construir un nuevo pacto social, cuando menos en lo tocante a las reglas del juego político. Y con esto la presidenta rebasa por la izquierda al movimiento, no con base en concesiones, dádivas y promesas sino buscando que la movilización popular sirva para modificar la correlación de fuerzas a favor del polo progresista. La iniciativa era buena pero, a principios de 2014 cuando escribo esto, las fuerzas conservadoras no la habían dejado pasar.

En la postura del gobierno brasileño encuentro un eco del planteamiento sobre las “tensiones creativas” que hace unos años hiciera otro gobernante progresista, Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, refiriéndose a que cuando hay un cambio social en curso, las contradicciones “al interior del amplio bloque popular”, es decir entre los diferentes sectores del pueblo, que quieren democratizar las decisiones, y el gobierno, que por definición tiende a concentrarlas, son deseables y constructivas pues pueden resolverse a favor del proceso (García Linera, s.f.).

 

YoSoy132

En 2012 también en México los chavos se hartaron, y su coraje cobró la forma de multitudinarias, airadas, carnavalescas movilizaciones. Despliegues callejeros como el del 19 de mayo de 2012, una acción no partidista pero claramente política y en repudio a Enrique Peña Nieto, entonces candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la Presidencia de la República, y contra las televisoras que lo respaldaban, que fue convocada por estudiantes de la Universidad Iberoamericana a través de las redes sociales y movilizó a 40 mil personas en el DF y a 10 mil en los estados. Como el mitin del 20 de ese mismo mes, también convocado mediante internet, pero esta vez por activistas culturales del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), y que congregó a 20 mil jóvenes en el Zócalo, en apoyo al candidato de la izquierda a la Presidencia de la República. Como la concentración del 21 en la Plaza de las Tres Culturas, donde jóvenes adherentes de Morena provenientes de todo el país escucharon a López Obrador. Como la acción del 23 del mismo mes, ya convocada por el recién constituido movimiento estudiantil YoSoy132, que llevó a la llamada Estela de la Corrupción conocida por los jóvenes como “la suavicrema” a unas 20 mil personas críticas de la manipulación mediática en favor de la derecha.

El punto más alto de una movilización social juvenil que a la postre resultó intensamente política y claramente electoral pero a la vez tajantemente apartidista, fueron las grandes marchas del 10 de junio de 2012, que convocaron a más de 100 mil personas en la capital de la República, seis mil en Guadalajara, dos mil en Cuernavaca y contingentes mayores o menores en 18 ciudades más.

A esto siguieron una Asamblea Cultural que con el apoyo de Circo Demente y la música de Panteón Rococó, Los de abajo, Los músicos de José, Los malditos cocodrilos, Botellita de jerez, Natalia Lafoucade y Barricada Azul reunió a 100 mil en un Zócalo lleno de banda aperrada por la aglomeración. A la algarabía sigue el 30 de junio una “marcha del silencio” en acatamiento de la prohibición de hacer política en la inminencia de los comicios. Tras del anuncio de los resultados electorales se convoca una marcha contra la imposición y el 26 de julio un nuevo cerco a Televisa.

Así, con una breve pero intensa secuencia de acciones callejeras, los estudiantes reaparecieron multitudinariamente en la escena política mexicana después de un mutis histórico de casi medio siglo, apenas interrumpido en 1986 y 1999 por huelgas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) motivadas por cuestiones educativas. Y lo hicieron con una añeja bandera antisistémica: el repudio al autoritarismo manifiesto en la imposición de gobernantes, leyes y políticas, pero también de decisiones menudas igualmente opresivas. Una antidemocracia cuya contraparte es el “masaje” mediático que nos recetan las televisoras.

Sorprendió a algunos que el antiautoritarismo juvenil se asociara con la defensa de los comicios como espacio no único pero sí privilegiado de la democracia. Pero ellos lo tenían claro. “Nos han tratado de separar del término ‘política’ como si fuera una enfermedad [...] Somos apartidistas (pero) todo el tiempo hacemos política” (Muñoz, 2012:134), observa Virginia de la UNAM y del 132. Y redondea la idea Melissa.

El movimiento se declara apartidista porque no sigue la línea ideológica de ningún par­tido, pero no es apolítico porque lo que hacemos es política. López Obrador [...] no hubiera sido la solución a todos los problemas que hay, pero creó el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), que tiene una línea electoral pero con una base ciudadana. No queríamos plantear el voto nulo, queríamos que la gente pudiera decidir entre las opciones que hay. Sin embargo el movimiento fue claro y dijo que la lucha iba a seguir adelante aunque ganara López Obrador (Muñoz, 2012:154).

La politización electoral de un movimiento que sin embargo era ajeno a los partidos abrió la puerta para que, por medio de la Convención Nacional contra la Imposición, organizaciones sociales que hasta ese momento se habían abstenido de participar abiertamente en la campaña, se incorporaran a la lucha contra el candidato de la derecha y así, de soslayo, apoyaran al candidato de las izquierdas. Por cierto, habría que recordar que en el segundo encuentro de la Convención, realizado en Oaxaca, participó entre otras muchas una delegación de Morena sin que la abuchearan por protopartidista.

No podemos saber de cierto si en 2012 los jóvenes votaron y por quién. Pero declaraciones como las arriba citadas, planteamientos del 132 como el Posicionamiento ante las elecciones, hecho público el 26 de junio: “Respetamos el voto libre, crítico e informado de quien ha decidido dar la lucha electoral”, y también el haber participado en las movilizaciones del 132, coreado sus consignas y leído algunos de los incontables carteles personalizados que los marchantes exhibían, da sólidos elementos para suponer que los estudiantes de enseñanza media y superior no son, en su mayoría, ni conservadores ni electoralmente abstinentes. Lo que explica, en parte, que en la elección presidencial la izquierda haya ganado la mayoría de los distritos urbanos de clase media, donde se concentra gran parte de la población escolarizada en edad de sufragar.

En el principio estuvo el tropezón de Enrique Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde no pudo mencionar tres lecturas que lo hayan marcado. El tuit de su hija Paulina, que llamó a los críticos “prole” y “bola de pendejos”, acrecentó el escándalo. Pero, lo que catapultó el movimiento fue su respuesta al ser cuestionado durante una comparecencia ante estudiantes de la Universidad Iberoamericana campus Santa Fe, institución privada propiedad de los jesuitas a la que concurren jóvenes de posición económica más que desahogada (tan así que cuando con mala leche los periodistas les preguntan quién financia sus movilizaciones, responden: “¡Papi!”... en broma, claro). Ahí, el candidato del PRI alardeó de la cruenta agresión a los pobladores de San Salvador Atenco perpetrada durante su gobierno en el Estado de México, en un balconeador desplante verbal
digno del ex presidente Díaz Ordaz: el Chacal del 68. Lo de Atenco, dijo, “fue una acción determinada personalmente para restablecer el orden y la paz, en el legítimo derecho que tiene el Estado mexicano de hacer uso de la fuerza”. Tampoco le ayudó al hombre que se apuntaba para cumplir y hacer cumplir la Constitución, no saber qué significa “anomia”. Todo aderezado con el impúdico manipuleo del duopolio televisivo, que haciéndose eco de personeros del candidato como Pedro Joaquín Coldwell, acusó a los inconformes de la Ibero de ser porros al servicio de López Obrador.

Con base en las decenas de entrevistas realizadas por los periodistas de la revista electrónica Desinfórmate, traté de reconstruir los acontecimientos del 11 de mayo. Y lo hice recuperando el habla de los chavos, neolalia que los balconea como nativos digitales de la generación que nació con un mouse en la mano.

Démosle clic. En 2006, cuando ocurrió la represión en Atenco ordenada por el presidente Calderón y el gobernador Peña Nieto, seis emputados chavos y chavas de la Ibero bajaron y repartieron Romper el cerco, el devedé del Canal 6 de Julio, y aventaron unos flyers en el campus. Nadie los peló y la seguridad les quitó todo. En 2012 fue distinto.

En cuanto saben que el 11 de mayo Peña Nieto irá a la Ibero de Santa Fe, los que estudian comunicación se coordinan por WhatsApp para hacer en la compu máscaras de Carlos Salinas y flyers sobre Atenco, que en la mañana imprimen, además de varios stenciles y una manta de las tradicionales hecha sobre la sábana que uno de ellos expropia a su familia. Los de historia, por su parte, editan un devedé documentando las trapacerías del PRI y lo reparten. La tarde y la noche anteriores, y la mañana del 11, los tuits y retuits se multiplican y la red de followers se extiende. Cuando llega el candidato a la Ibero, además de sus seguidores con copetes de goma, lo esperan la manta, los flyers, las máscaras de Salinas, gente con las manos pintadas de rojo, decenas de carteles con mensajes injuriosos y unas chavas con playeras pintadas que debajo sólo traen el brassiere para que la seguridad no se las pueda quitar. Además, los inconformes han preparado preguntas comprometedoras y algunas de éstas salen en el sorteo. Peña Nieto primero se balconea, luego se paniquea y al final se esconde en el baño. Cientos de celulares registran y suben las imágenes, que los ausentes captan en el streeming y otros reciben por Skype. El livestream, los innumerables memes y hasta un quizz en el que participa un medio digital del norte, hacen del hashtag #EPNlaiberoNoTeQuiere un duradero trending topic. Saturadas, algunas compus crashean... En los días siguientes los videos delatores se suben al YouTube mientras que el Twitter y el Facebook se calientan y más hashtags sobre el candidato y sus desfiguros se vuelven trending topic. Y el colmo, algunas intervenciones en las asambleas de la Ibero emplean Powerpoint... Lo demás es historia.

La internet y los recursos digitales le dieron enter al 132, pero como ha insistido la chilena Camila Vallejo, refiriéndose al movimiento estudiantil de su país, los movimientos necesitan trascender a la red:

Las redes sociales posibilitan la articulación del movimiento –dice Tania, del 132– Sin embargo perdemos donde las plataformas no han sido desarrolladas. Necesitamos encontrarnos en la interuniversitaria para hacernos escuchar, vernos fuera de las redes sigue siendo fundamental (Muñoz, 2012:240-241).

Desde mayo de 2012 la nación comenzó a hablar por boca de sus jóvenes. Y era elocuente: “El futuro es ahora”, decía un tuit; “La vida empieza después de los comerciales”, puso en su cartel un manifestante; “Si no ardemos ahora ¿quién iluminará esta oscuridad?”, garabateó otro. “Es mi primera vez, y votaré por el pez”, escribió una niña, aludiendo a López Obrador, candidato de la izquierda y proverbial Pejelagarto.

A fines de 2012, cuando la imposición se había consumado, acuñaron frases como: “Me duele México”, “Me gustas democracia porque estás como ausente”, “México lindo y que herido”, y una que resulta premonitoria cuando la reforma energética que nos asestó el debutante gobierno de Peña Nieto amenaza con entregar a las trasnacionales y otros inversionistas privados, no los fierros de Pemex pero sí la renta petrolera: “Quien compra la Presidencia, venderá el país”.

No encuentro en el discurso verbal del 132 escritos memorables como los del Sup, por ejemplo, pero sí frases contundentes, lapidarias. Capacidad de síntesis atribuible a la disciplina del twitter. En el discurso con el que agradeció que le otorgaran el Premio Nobel, el poeta Joseph Brodsky dijo. “Creo que para quien ha leído mucho a Dickens, disparar contra el prójimo en nombre de una idea es más problemático que para quien no lo ha leído”. El anónimo manifestante del 132 escribió con plumón en su cartulina, a partir de una letra de Calle 13, “Quien lee poco, dispara mucho”. No cabe duda: tuit mata rollo.

En un mes, los escolares de educación media y superior pasaron de ser público desatento a ocupar el centro del escenario político. Antes de junio de 2012, los jóvenes estudiantes ya estaban ahí, agazapados en las redes sociales del mundo virtual donde hoy conviven. Y siguen en la red que por ratos se transformó en un carnaval contestatario lleno de humor y de ira: “Sesenta años durmiendo, doce años soñando. Yo ya desperté ¿Y tú?”. Pero también están en las calles: “No vine por mi torta, vine por mis huevos”. “El poder está en nuestras manos –han dicho– no perdamos la oportunidad de hacer y cambiar la historia de nuestro país”.

Al principio el movimiento se orientó contra los medios electrónicos y en particular las televisoras que los descalificaban y eran las gestoras de la imposición presidencial. Pero en pocos días amplió su perspectiva y para el 28 de junio ya se definía como “antineoliberal” (Muñoz, 2012:316-317). “Nuestros pasos tienen memoria”, proclamaba un cartel, y el manifiesto leído el 26 de julio en el cerco a Televisa es, entre otras cosas, un puntilloso memorial de los agravios sufridos por las dos últimas generaciones de mexicanos:

Cuando llegamos estaba el mundo y éramos ya un pueblo con hambre y siglos de opresión. Éramos cúmulo de descontento, éramos fraudes electorales sin revolución, éramos Chiapas y 500 años sin nombre levantados en armas, éramos Aguas Blancas y el pueblo en la tierra asesinado, éramos crisis y deudas ajenas, manos sin trabajo, éramos huelga, barricadas aplastadas, Atenco y Oaxaca, mujeres violadas y asesinadas, víctimas de represión. Éramos trabajo de esclavos, familias migrantes, infancia calcinada, cuerpos en puentes colgados, víctimas del terrorismo de Estado, moneda de cambio en una campaña, asesinato como libre mercado [...] Dijimos que #YoSoy132 es ponerse de pie ante la afrenta y negarse a bajar la cabeza. Es no aceptar la representación que nos imponen como realidad (Muñoz, 2012:321).

Si “el sistema” es todo lo que nos jode, las movilizaciones juveniles de 2012 fueron antisistémicas y lo dejaron claro en el ya citado discurso del cerco a Televisa, que fija seis puntos programáticos: “Democratización de los medios de comunicación”, “Cambio del modelo educativo, científico y tecnológico”, “Cambio del modelo económico neoliberal”, “Cambio en el modelo de seguridad nacional”, “Vinculación con los movimientos sociales” y “Cumplimiento del derecho a la salud”.

Pero sobre todo tienen una espontaneidad y una frescura infrecuentes. A fuerza de photoshop y plotter, la marcha del 10 de junio de 2012 fue una fiesta de la imaginación en la que cada manifestante llevaba su propio mensaje. Batucada, aquelarre, carnaval contestatario en el que no faltaron consignas tan políticamente incorrectas como el “¡Peña puto!, ¡Peña puto!” que coreaban alborozadas un puñado de niñas “Bonitas pero no pendejas”, como dice su cartel, que hace no demasiados años debían gritar “¡Moco, pito y caca!”, con idéntico ánimo transgresor.

Una somera revisión de las grandes eclosiones populares empezando por la Revolución Francesa y la Comuna de París y pasando por los carnavales contestatarios de 1968, permite constatar que más allá de sus resultados tangibles las grandes emergencias sociales son eventos culturales a veces míticamente fundacionales, que metamorfosean a quienes las viven y a la postre transforman también los imaginarios colectivos de los pueblos que las reciben como herencia. Todos los enrolados participan de la experiencia extática pero algunos se animan a comunicarla y a darle el peso político que tiene.

La Gran Revolución de 1789 puso patas arriba el imaginario de Occidente; la Comuna de París de 1871 redefinió el talante del socialismo; la Revolución Rusa de 1917 inauguró el mundo bipolar del siglo XX; el 68 francés dio banderazo de salida al protagonismo de los movimientos sociales. Y si estas emergencias populares ocurridas en lapsos de alrededor de medio siglo, no fueron simples eslabones de una cadena causal preestablecida sino verdaderos acontecimientos, es decir disruptivos y fundacionales, hay que verlas también como trances iniciáticos, como vivencias inauditas de cuyo vértigo dan fe sus protagonistas más abismados.

Ese día todo era posible [...] El futuro fue presente, es decir, ya no hay tiempo sino un relámpago de eternidad (Jules Michelet, citado en Lévi-Strauss, 1970:189) (Francia, 1789).

Era una fiesta sin principio ni fin [...] Parecía que el universo entero estuviera al revés; lo increíble se había convertido en habitual, lo imposible en posible (Mijaíl Bakunin citado en Rezler, 1974:40) (Francia, 1871).

Y luego la palabra [...] Conferencias debates, discursos [...] en teatros, circos, escuelas, clubes, salas de reuniones de los sóviets, locales sindicales, cuarteles [...] Los 40 mil obreros de la fábrica Putilov saliendo en torrentes para escuchar a socialdemócratas, socialistas revolucionarios, anarquistas [...] Durante meses, en Petrogrado y en toda Rusia, cada esquina era una tribuna pública (John Reed, 1974:41) (Rusia, 1917).

En el momento de la explosión, un lunes cualquiera, todos nos echamos a la calle por primera vez [...] Había mucha gente [...] Las primeras piedras [...] He vivido momentos de libertad que me parece muy difícil que vuelva a tener en mi vida (Julián G. en Durandeaux, 1970:24) (Francia, 1968).

Idéntica vivencia encontramos en los debutantes chavos del 132. Habla Mariana:

Cuando entran los contingentes al Zócalo, todos guardan silencio. Volteas a ver y muchos están llorando. Es un silencio tan solemne [...] Pero luego se escucha el grito ¡YoSoy132! [...] Conmueve mucho [...] Hay un compa que dice que este movimiento es lúdico y terapéutico; que sabemos que hay cosas inevitables pero cuando estamos juntos es mucho menos peor. Una de las grandes aportaciones del movimiento fue sacarnos de la soledad [...] y darnos algo que se nos había negado a los jóvenes: tener comunidad (Muñoz, 2012:95).

Y digo yo: el que al irrumpir en el gran comal cívico del Zócalo saliendo en contestatario tropel de la caja de ecos que es Madero, no haya sentido ñáñaras y sabido que hora sí tenía comunidad, que alce la primera ceja sociológica.

El 132 no cambió a México pero cambió a sus participantes y esto, tarde o temprano, cala en los sentimientos de la nación. Hablan tres de los entrevistados por Desinfórmate:

Dice Luis: “Lo que viví en el ITAM, cambió mi vida, nunca lo voy a olvidar”. Recuerda Virginia: “A mí también me cambió la vida un montón... El día de la marcha de la suavicrema, de verdad, nunca había sentido esta cosa en la panza y en la piel, así que dije, no mames, es un montón de gente”. Remacha Sandra:

El movimiento cambió mi vida. No fue sólo en la Ibero. Luego el enojo se contagió a los jóvenes que estaban en el DF, en los diferentes estados o en otros países [...] Yo no creo que sólo haya cambiado mi vida, cambió la vida del país en general.

“Esta marcha es más grande que las del 68 ¿verdad?”, pregunta esperanzado un manifestante adolescente a su acompañante canoso. Claro que es más grande, y más alegre, y más creativa [...] Por fin esta generación se libró del ritornelo con que las anteriores fueron atosigadas por padres y abuelos. Ya no el proverbial: “Yo a tu edad...”, sino el más insidioso: “Porque nosotros, los estudiantes del 68...”. Pase lo que pase en los años por venir este es el 68 del tercer milenio. Los del viejo 68 ya podemos morir en paz. En una manta portada por estudiantes del Instituto Politécnico Nacional, leo el mensaje que los chavos nos envían: “Somos nietos de los que no pudieron matar, hijos de los que no pudieron callar y alumnos de los que no pudieron comprar”.

El 132 se apagó y para muchos de sus participantes el languidecimiento todavía duele. Así las cosas, no me animo a terminar esto con una conclusión sociológica, sino con un alentador Continuará y dándoles la palabra a los protagonistas que hablan mucho mejor que los académicos. Dice Melissa:

Mi temor [...] Yo tengo 30 años y a mi generación le han tocado los tres grandes fraudes electorales [...] Nos ha tocado la crisis política, la crisis económica, la devaluación; nos tocó todo, los 70 mil muertos, la invasión del narcotráfico. El otro día mi padre hablaba de la marcha que hubo después del 88, y de que querían la revolución, y que los paró Cárdenas. Y yo le dije, bueno y por qué no hiciste nada [...] Me daría miedo decirles a mis hijos dentro de 30 años que viví algo así, y que nos cansamos, nos gastamos. Y que ellos sufran un México todavía peor que el que a mi generación le ha tocado vivir (Muñoz, 2012:167).

Dice Max:

La generación del 132 se planteaba como una generación perdida, hija del neoliberalismo, apática, individualista. Demostramos que no era así. Pero podríamos entrar en lo que los zapatistas llaman la larga noche; podríamos entrar en el espíritu de decepción, de desánimo, de desmotivación que nos estanque (Muñoz, 2012:169).

 

El debe y el haber de los movimientos juveniles

Seamos realistas, pidamos lo imposible, reza la consigna del Mayo francés de 1968, pero su complemento no menos válido es Seamos utópicos, hagamos lo que se pueda. Dicho de otro modo: no olvidemos nuestros sueños pero empujemos aquí y ahora los cambios necesarios para mejorar nuestra penosa situación.

La experiencia utópica y la subversión carnavalesca de las que me he ocupado, no niegan ni suplen otra dimensión igualmente importante del altermundismo: la que conforman la estrategia política contestataria y la ingeniería social reformista. Prácticas instrumentales que se mueven en la esfera del posibilismo y
demandan firmeza en los principios pero también eficacia y eficiencia. Ahora bien, desde la insoslayable perspectiva de la llamada realpolitik, el saldo del excéntrico
activismo con el que arranca el tercer milenio parece bastante modesto.

El asunto tiene historia. Recordemos que después del Mayo francés de 1968, en las elecciones de julio a la Asamblea Nacional, los partidarios del gobernante, general De Gaulle, con una mayoría absoluta de 7 millones de votos, derrotaron ampliamente a la izquierda electoral formada por el Partido Comunista Francés y la Federación de Izquierda Democrática y Socialista, que obtuvieron menos de 3 millones cada uno. Y así sucede en el cabalístico año de 2011: en la España de los indignados el derechista Partido Popular de Mariano Rajoy gana abrumadoramente la presidencia y la mayoría legislativa; en Egipto los jóvenes manifestantes de la Plaza Tahrir –en su mayoría libertarios y laicos– que en enero defenestran a Hosni Mubarak, y los partidos seculares que bien que mal los representan, son barridos en las elecciones legislativas de noviembre por agrupaciones integristas como los Hermanos Musulmanes y la Alianza Islámica, que juntos obtienen casi 70% de los votos; en Estados Unidos el activismo de los Ocupa Wall Street no hace mella en el imparable avance de la derecha Republicana y su Tea Party; en México la pasmosa emergencia del YoSoy132 no fue suficiente para impedir que su bestia negra: Peña Nieto, llegara a la Presidencia.

En lo que toca a nuestro país es claro que desde 2013 el 132 oscila entre el desfiguro y la reconfiguración. Y es que, guardadas las proporciones, el primero de diciembre de 2012 fue el 2 de octubre del nuevo movimiento estudiantil. Por las granadas lacrimógenas y las balas de goma que la policía federal disparaba al cuerpo de los manifestantes un joven perdió un ojo, un teatrero terminó en coma y un año después falleció, y muchos más fueron heridos. Mientras tanto, la policía de la ciudad detenía injustificadamente a 100 personas de las que 14 fueron enjuiciadas. La agresión de la autoridad defeña ha sido cuando menos investigada y cuando escribo esto, en mayo de 2014, se está en proceso de resarcir el daño. En cambio a la brutalidad de la fuerza federal no se le ha dado ningún seguimiento y siguen impunes sus responsables dentro de la administración de Peña Nieto, que ese mismo día tomaba las riendas del país.

El cerco de San Lázaro el día de la toma de posesión del nuevo gobierno, causó polémica y divisiones desde su planeación. Una corriente del movimiento contra la imposición proponía movilizarse en torno al palacio legislativo pero evitando los choques, mientras que otros insistían en la necesidad de “acciones contundentes”. A mi juicio la idea misma de desplazarse frente a las barricadas era discutible por riesgosa. Alguien, quizá los del Frente Popular Revolucionario, provenientes de Oaxaca y participantes en el movimiento de la Asamblea Popular de los Pueblos ón con que la insurgencia oaxaqueña trató de cercar el centro de la ciudad ocupado por la policía federal, terminó en una sangrienta confrontación que no se proponían ni deseaban. Y es que salir al encuentro de las posiciones fortificadas de la fuerza pública, cuando es cantado que el gobierno que la maneja está buscando el choque que justifique la satanización del movimiento por presuntamente violento, es siempre una decisión impertinente o cuando menos arriesgada.

Y los meses que siguieron al primero de diciembre de 2012 fueron aún más traumáticos que el propio día de la represión inaugural del régimen. La emblemática acampada del Monumento a la Revolución se desmanteló y muchos de los participantes originales en el 132 se desmovilizaron regresando a sus rutinas académicas. Aunque quizá no a sus viejos hábitos mentales, pues marchar por las calles en compañía de decenas de miles deja huellas imborrables. El resto se ha ido desgajando en diferentes tendencias. Creo reconocer entre éstas a una corriente narodniki, que se autodenomina “clasista” y busca conectar con las luchas de diferentes sectores populares, en el DF esta postura está representada sobre todo en el llamado Frente Oriente. Otros, que ya estaban cerca de Morena o que se vincularon posteriormente con esta organización, no sólo están rejuveneciendo a un obradorismo donde predominaba la tercera edad, también están llevando al futuro partido de las izquierdas un pertinente aire contestatario y movimientista. Otros más radicalizan el discurso, se ponen el pasamontañas y emprenden acciones de confrontación, por lo general con poca pertinencia y ningún consenso. De ellos se dice que son “provocadores” e “infiltrados”. Yo en cambio, sin compartir sus dichos ni sus hechos, pienso que más allá de los colados que cobran en Gobernación, lo que llaman “la ultra” es el producto natural de un movimiento que no alcanzó sus fines: Peña Nieto es presidente, Televisa sigue siendo el “gran hermano” y con el regreso del PRI al poder la imposición se extiende a todos los ámbitos. Pero que además fue reprimido y calumniado. ¿Qué esperaban de los jóvenes?, ¿que se fueran a sus casas a chatear y lamerse las heridas?

Por si no fuera suficiente la “guerra contra el narco”, en la primera mitad de 2013 la violencia social creció exponencialmente en México a resultas de las formas de autodefensa armada con que las comunidades rurales se defienden de la delincuencia organizada, incluyendo en ésta a la de la propia fuerza pública. Y también entre los estudiantes se van extendiendo las medidas drásticas y, en ocasiones, las acciones violentas. La Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) vivió una huelga de más de cien días; en octubre varias escuelas del Instituto Politécnico Nacional se fueron al paro; en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de Naucalpan un grupo de estudiantes incendió la Dirección, posteriormente otros jóvenes tomaron la Dirección General de los CCH, en Ciudad Universitaria y dos meses después un pequeño grupo ocupó la base de la Rectoría de la UNAM; más recientemente un puñado de estudiantes tomó las instalaciones de la Preparatoria 6, de la UNAM, y días después un grupo ocupó las oficinas de la Rectoría de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa; el 10 de junio pasado, en el 42 aniversario del halconazo, jóvenes encapuchados se enfrentaron a la fuerza pública en el Zócalo...

Interrogado sobre la presunta violencia de una parte del movimiento juvenil un miembro del Frente Oriente declaró recientemente:

La violencia viene del Estado. Es violencia que haya medio millón de jóvenes analfabetos; que 8 millones de jóvenes no tengan acceso a la educación [...] El sistema no nos da respuestas ni alternativas; nos han cerrado todas las puertas: la electoral, la del trabajo, la de la educación [...] eso es violencia (Rodríguez, Proceso, 19 de mayo de 2013).

Al llamar la atención sobre el aporte de los nuevos y novísimos movimientos juveniles no busco disminuir las virtudes de otros activismos sociales como los que protagonizan los sindicatos obreros, las uniones campesinas, los ciudadanos políticamente encuadrados o los cada vez más visibles pueblos originarios.

Los movimientos con estructura gremial o político partidista aprendieron de antiguo a definir con claridad sus plataformas programáticas, a planear, a coaligarse, a negociar; aprendieron a ser en la medida de lo posible eficientes y hasta eficaces. Por otra parte, quizá a causa de sus raíces ancestrales, los movimientos indígenas –aunque a veces estallan– son por lo general sordos profundos, perseverantes, han aprendido a encuevarse y durar. En cambio, sin duda por la condición transitoria de sus protagonistas individuales, a los movimientos juveniles les falta el pragmatismo aprendido que tienen los institucionales y la telúrica persistencia de que gozan los étnicos pero, en compensación, su rechazo a las esclerosadas rutinas políticas, su carácter creativo, su imaginación desbordada, su polimórfica perversión, su desconcertante imprevisibilidad les permiten desquiciar ordenes prácticos y simbólicos que parecían eternos. Los movimientos partidistas o gremiales trabajan en el ámbito de lo coyunturalmente factible y los pueblos indios reivindican lo históricamente necesario, mientras que en sus momentos de inspiración los movimientos juveniles son un salto a lo imposible a partir de lo grotesco.

El malestar de los jóvenes es global. El primero de junio de 2013 los chavos y otros inconformes estallaron en Turquía, país árabe donde sin embargo hay elecciones y cuyas estructuras la actual administración ha modernizado, cuando menos en lo aparente. Pero sin duda en Turquía hay mar de fondo, pues un desarrollo urbano inconsulto desató la furia popular, encabezada por los jóvenes clasemedieros que ocuparon la plaza Taksim y el parque Gezi, en Estambul, y la plaza Kugulu, en Ankara, exigiendo la renuncia del mandatario RecipTayyip Erdogan.

Más recientemente, el 6 de junio de 1913, decenas de miles de brasileños, en su mayoría jóvenes clasemedieros con educación superior, salieron a las calles a protestar por el alza del transporte público, en un movimiento sin dirigencia clara y convocado mediante las redes sociales, que pronto incorporó otras reivindicaciones sobre todo referentes a los servicios públicos. Rebelión popular de la que ya dimos cuenta.

En noviembre de ese mismo año fueron las grandes protestas mayormente juveniles escenificadas en la Plaza Maidán de Kiev, Ucrania, las que provocaron la caída del autoritario, represivo y prorruso, presidente Víctor Yanukovich. Participación popular que no impidió que lo sucediera un gobierno proccidental y neofascista.

Todo parece indicar que además de los agravios y carencias físicas hay en el mundo de los jóvenes un malestar cultural, una inconformidad metafísica como la que en el 68 del pasado siglo globalizó la lucha estudiantil. Una palanca contestataria que a los chatos cultores del posibilismo de plano se les escapa. Y es que los que se movilizan no son los de hasta abajo, sus motivos son diversos y a veces confusos y no los encabezan ni partidos ni direcciones gremiales. Pero todo hace pensar que los novísimos movimientos juveniles llegaron para quedarse y que con ellos –también con ellos– habrá que construir la historia del tercer milenio.

Vivimos un inextricable entrevero de estructuras, aparatos, inercias, intereses y rutinas, esto por el lado de la necesidad; y de procesos, movimientos, creatividad, deseo e imaginación, esto por el lado de la libertad. Nos movemos en una dialéctica política que va del estable centro a los fluidos márgenes. Un activismo de múltiples rostros donde subestimar lo excéntrico revolucionario porque supuestamente lo limita su condición voluntarista y efímera, achata la política; pero subestimar del centro conservador por su condición pragmática y gradualista, la banaliza. El precio de separar sueño y vigilia, posibilismo y experiencia utópica, es la inmovilidad, es el aquietamiento en uno u otro de los extremos. Tan necesaria es la negatividad de la llama, inaprensible pero quemante, como la contundencia sólida y afirmativa de la piedra.

Como el arte, la política demanda una pizca de inspiración y mucho de trans­piración. En ausencia de movimientos visionarios –generalmente minoritarios– que actualicen la utopía, el conservadurismo inmovilizaría a la sociedad; pero sin las morosas y por lo general prudentes mudanzas de los más, los estallidos fugaces no le harían ni cosquillas al status quo. Al principio los carnavales contestatarios asustan a los tímidos y a veces provocan corrimientos mayoritarios a la derecha pero, tarde o temprano, las experiencias altermundistas calan en el conjunto social. Y ésta debiera ser su principal apuesta. Así ocurrió con los aquelarres sesentaiocheros del pasado siglo, que en muchos países fueron estallidos socialmente circunscritos y sólo con el tiempo se volvieron parte entrañable del imaginario colectivo.

 

Posdata: un joven en vilo

Hijo de una disfuncional familia provinciana de origen campesino y reciente ads­crip­ción a la clase media, que en su ascenso social se había vuelto claustrofóbica y conservadora, Arturo es un niño solitario y sin amigos al que sus compañeros llaman “el cochino santurrón”. De él un profesor recuerda “sus uñas siempre limpias, cuadernos sin borrones, tareas asombrosamente correctas y buenas calificaciones; en resumen uno de esos pequeños monstruos ejemplares que encarnan la figura del nerd” (citado por Gascar, 1971:27).

Un día, a los 16 años, Arturo se rebela contra la familia, la escuela, la provincia... y convocado por un amigo mayor algo gay que escribe poemas, se marcha a la capital. En la gran ciudad el reprimido se destrampa: cultiva una larga melena, viste ropa estrafalaria, fuma pipa con la cazuela hacia abajo y un día sí y otro también se pone hasta atrás con su amigo Pablo.

Al año siguiente se desencadena ahí un movimiento popular tan confuso como radical, una revolución sin vanguardia ni estructura pero vehemente y apasionada, una “fiesta de la imaginación” que sacude profundamente al joven provinciano.

Se imagina sin esfuerzo el milagro que representa esta insurrección, esta explosión de fraternidad para un joven sometido a la opresión materna, religiosa, escolar –escribe Pierre Gascar. Vivir joven una revolución, un gran alzamiento popular, es algo que modifica para siempre nuestra sensibilidad, nuestra conciencia, nos une a la familia humana por lazos de los que no podremos nunca deshacernos, incluso en la soledad y a veces hasta en la negación (en Gascar, 1971:91).

El joven es Rimbaud, el alzamiento es la Comuna de París de 1871 y el resultado de la conjunción será una obra literaria desgarrada pero esplendente de la que forman parte poemas y prosas poéticas como “Iluminaciones” y “Una temporada en el infierno”. Años después André Breton ubicará el aporte de Rimbaud junto al del otro gran crítico de la modernidad:

Transformar el mundo, dijo Marx. Cambiar la vida, dijo Rimbaud. Estas consignas son para nosotros una sola (en Gascar, 1971:7).

Hace un siglo y medio, en septiembre de 1870, poco antes destripar del colegio, dejar a su madre e irse a París con el grueso de Paul Verlaine, el casi niño Arthur Rimbaud escribía:

Con diecisiete años no puedes ser formal. –¡Una tarde, te asqueas de jarra y limonada, de los cafés ruidosos con lustros deslumbrantes!– Y te vas por los tilos verdes de la alameda (Rimbaud, 2003:41).

Y en carta a un amigo confesaba su íntimo desgarramiento: “Estas locas cóleras me llevan hacia la batalla de París, donde tantos trabajadores mueren mientras yo estoy escribiendo”. Años después recordaría:

¿No transité una vez una juventud amable, heroica, fabulosa? [...] ¿Cuándo iremos, más allá de la playas y los montes, a saludar el nacimiento del trabajo nuevo, de la sagacidad nueva, la huida de los tiranos y los demonios, el fin de la superstición, a adorar –¡los primeros!– la Navidad sobre la Tierra? ¡El canto de los cielos, la marcha de los pueblos! Esclavos, no maldigamos la vida.

Pero más allá de sus poemas dedicados expresamente a la Comuna, como “Canto de guerra parisiense”, quiero terminar este breviario con fragmentos de un texto que contiene una poderosa imagen carnavalesca de la revolución. Empleando una prosa tan heterodoxa como la de los comunicados en red de sus pares del tercer milenio, el poeta adolescente abomina de los desfiles militares, al tiempo que celebra los carnavales: las marchas grotescas y contestatarias que se escenificaban en París en ños del siglo XIX bien llamados “Primavera de los pueblos”. La confrontación entre el ominoso cartesianismo de la soldadesca marchante y la desquiciante grotescidad de las carnestolendas tradicionales o políticas, dramatiza de manera insuperable la colisión de mundos en que hoy nos jugamos la vida.

Solidísimos bribones [...] ¡Ojos alelados a la manera de la noche de estío, rojos y negros, tricolores, de acero punteado por estrellas de oro; semblantes deformes, plomizos, lívidos, incendiados; alocadas ronqueras! ¡El paso cruel de los oropeles! [...] Los envían a pavonearse en la ciudad, ridículamente ataviados de un lujo repugnante [...] Sin comparación con nuestros Faquires y demás bufonadas escénicas. En trajes improvisados con el sabor del mal sueño representan endechas, tragedias de malandrines y de semidioses espirituales como nunca lo han sido la historia y las religiones. Chinos, hotentotes, zíngaros, necios, hienas, Molocs, viejas demencias, demonios siniestros, mezclan giros populares, maternales, con las posturas y las ternuras bestiales [...] Maestros juglares, transforman el lugar y las personas y emplean la comedia magnética. Llamean los ojos, la sangre canta, los huesos se ensanchan, las lágrimas y unos hilillos rojos chorrean. Su burla o su terror duran un minuto, o meses enteros.

Sólo yo tengo la clave de este desfile salvaje.

 

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Nota

1 La tesis de la crisis urbana es sostenida por el MST a partir de los análisis de la especialista Erminia Maricato. Véase la entrevista realizada para Brasil de Fato, publicada simultáneamente en La Jornada, “Es hora de que el gobierno se alíe con el pueblo: MST”, La Jornada, México, 25 de junio de 2013.

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