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Argumentos (México, D.F.)

versión impresa ISSN 0187-5795

Argumentos (Méx.) vol.26 no.73 México sep./dic. 2013

 

Dossier. A 20 años de la rebelión zapatista

 

Percepciones de niños y niñas zapatistas: Guerra, resistencia y autonomía

 

Angélica Rico Montoya*

 

* Maestra en desarrollo rural por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, donde realizó una tesis sobre los efectos de la guerra de baja intensidad en los niños zapatistas de un municipio autónomo de la Selva Lacandona. De 1994 a 1997 fue corresponsal de guerra en Chiapas para distintos medios impresos regionales y nacionales. Se tituló como licenciada en comunicación y mercadotecnia con una tesis sobre el papel de los medios masivos en el conflicto armado en Chiapas, en la Universidad de la Comunicación. Colabora en Asociación Civil Colabal en la elaboración de proyectos productivos y de difusión de derechos humanos en pueblos indígenas de varios estados desde 1995. Actualmente labora en la Secretaría de Educación del Distrito Federal, en el área de Planeación y Evaluación de Proyectos Educativos para población migrante, personas con alguna discapacidad, madres solteras y niños en situación de calle. Ha publicado Helos ahí(1999); 13 canicas (2000) y Cuando el cielo llora (2007).

 

Resumen

Uno de los objetivos principales en la guerra de baja intensidad es aislar a la guerrilla de sus bases de apoyo y de manera especial suprimir a las siguientes generaciones de adversarios. Los niños indígenas como posibles continuadores de la organización y la vida comunal, son un grupo objetivo de la inteligencia militar. Sin embargo, los niños y niñas zapatistas no son sólo víctimas ante la violencia, sino que se han convertido en verdaderos actores, respondiendo ante ésta con sus propias prácticas de resistencia y participando activamente en las estrategias impulsadas por el movimiento zapatista, para la construcción de su autonomía.

Palabras clave: infancia, EZLN, guerra de baja intensidad, autonomía, resistencia.

 

Abstract

One of the main objectives of low intensity warfare is isolating the guerrillas from their support bases and especially suppress the next generations of opponents. Indigenous infants are, as potential successors to the organization and community life, a target group of the military intelligence. However, the Zapatista children are not only victims of violence, but have become real actors, responding to it with their own practices of resistance and actively participating in the strategic efforts by the Zapatista Movement for the construction of their autonomy.

Key words: infantry, EZLN, low intensity warfare, autonomy, resistance.

 

INTRODUCCIÓN

No sólo sigue habiendo millones de niños víctimas
de la guerra, sino que con demasiada frecuencia
son sus principales objetivos (Otannu, 2003:6).

 

Algunas perspectivas que desde la academia dificultan el estudio de los efectos de la guerra en la población civil y principalmente en la infancia indígena zapatista son, en primer término, el reconocimiento de que existe una guerra de baja intensidad (GBI) en Chiapas, cuyo concepto, proceso y especificidades se siguen revisando, discutiendo y analizando. Y en segundo término, y más grave aún, el reconocimiento del niño, no como individuo en formación, sino como sujeto activo, con sus propias experiencias, aprendizajes, y prácticas de resistencia en un contexto de guerra.

Fue hasta finales del siglo XX, cuando diversos estudios sociales comenzaron a desarrollar el denominado "nuevo paradigma de la infancia", como análisis crítico ante la indiferencia de algunos investigadores para con la niñez. Lo cual tiende a ser atribuido a una perspectiva adultocéntrica, equivalente al androcentrismo, y que conlleva la omisión de sus puntos de vista y la desatención a sus experiencias (Prout y James, 1997), así como su paralelismo con las mujeres y sus ámbitos de incidencia: el hogar, la crianza, la afectividad, parecen sustentar la invisibilidad de la que han sido objeto estos sectores (Jociles, Franzé y Póveda, 2011).

Las distintas formas de nombrar la niñez tienen una base heredada de las tradiciones históricas, políticas, científicas, ideológicas, etcétera, que se expresan desde la carencia, el minus, la falta, la debilidad. La hegemonía de los discursos se inscribe a partir de una perspectiva jerárquica que sitúa arriba al adulto/a y abajo al niño/a en las representaciones sociales (Loyola, 2008).

Si consideramos las designaciones de la infancia desde los soportes de una estructura profunda o desde "esquemas de pensamiento no pensados", en el decir de Pierre Bourdieu, podemos establecer una larga lista de oposiciones asimétricas que relegan la niñez a la casilla desfavorecida: poder-debilidad, alto-bajo, activo-pasivo, habla-silencio, lleno-vacío, presencia-ausencia, plus-minus, mayor-menor, sujeto-objeto, visible-invisible, saber-ignorancia, grande-pequeño. Estos binomios establecen clases organizadas jerárquicamente y se despliegan por todos los discursos y prácticas educativas (Loyola, 2008; Szulc, 2011).

Así es que partiendo de los estudios de la antropología de la infancia en este trabajo decidimos comenzar por el reconocimiento de los niños y niñas como sujetos sociales y sujetos culturales plenos, que tienen el derecho a expresarse, opinar, intervenir y participar en la toma de decisiones de aquellos asuntos que les competen acorde con el contexto histórico de su comunidad. En su construcción como sujeto activo, el niño actúa sobre la realidad para adaptarse en ella, transformándola y transformándose a sí mismo.

En las comunidades indígenas y rurales se puede observar un modelo de niñez diferente del pautado hegemónicamente, para la clase media urbana occidental. Tal como Andrea Szulc (2011) observó en las comunidades mapuches, la acción subordinada de los niños no implica suponerlos objetos pasivos de su entorno ya que ellos se articulan con representaciones y prácticas, que aun siendo pequeños, les asignan ciertas capacidades, habilidades y responsabilidades. Esta relativa autonomía se vincula con el entorno cotidiano, con el convivir y aprender a manejar su ecosistema y a sobrevivir en él. Los niños zapatistas al igual que los adultos que los cuidan, participan en actividades productivas, políticas, culturales y educativas que buscan la transformación social, motivo por el que se ven inmersos en un contexto de confrontación donde la guerra de contrainsurgencia intenta acabar con el proceso autonómico y educativo impulsado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y sus bases de apoyo.

A diferencia de una guerra convencional, donde las fuerzas armadas buscan salir al campo de batalla para de esta forma proteger a la población civil, en la GBI se busca lo contrario, todo lugar, empezando por la mente, es el campo de batalla, su objetivo es minar la moral de los combatientes y quitar el apoyo social a la guerrilla. Las grandes batallas tienen lugar en poblaciones civiles, donde el riesgo de generar bajas colaterales es altísimo (Bartolomé, 1999). Cabe señalar que mientras para el Estado y su ejército esta guerra es de baja intensidad, por el uso mínimo de la fuerza militar, para el grupo revolucionario objetivo de la contrainsurgencia, en este caso el EZLN y las bases zapatistas, la GBI representa una guerra integral de desgaste, es decir, "una guerra realizada por sucesivos operativos puntuales que asfixian al enemigo en los terrenos político, económico y militar". Evitando en lo posible acciones espectaculares para no llamar la atención internacional (Pérez-Sales, 2002:25).

 

¿POR QUÉ SE ELIGIÓ LA GUERRA DE BAJA INTENSIDAD?

A raíz del levantamiento armado de 1994 en Chiapas y después de los 12 días de conflicto bélico; la inteligencia militar federal determinó que la estrategia más adecuada para acabar con el EZLN era la guerra de baja intensidad, al considerar la fuerte base social zapatista, en las comunidades de la Selva y los Altos, el desconocimiento del terreno por parte de los soldados federales y por ver a la Selva Lacandona como un territorio geoestratégico, rico en biodiversidad, recursos naturales y energéticos (Hidalgo, 2006:28).

Este plan se manifestó públicamente el 9 de febrero de 1995, con el rompimiento unilateral de cese al fuego, por parte del gobierno federal y la entrada de su ejército en zona zapatista. Después del ataque militar, la orden gubernamental fue promover el regreso de más de 30 000 indígenas desplazados en enero de 1994, con el ofrecimiento de dar apoyo a los ejidatarios, productores y comuneros. Los desplazados que regresaron, priístas en su mayoría, empezaron a ocupar tierras de las bases de apoyo zapatistas. Preparando así el clima de enfrentamiento entre indígenas, para iniciar con la táctica de GBI, denominada aldeas estratégicas, la cual consistía en reubicar nuevos grupos progobierno, dentro de las comunidades zapatistas, a fin de que funcionaran como espías y se incorporaran a los grupos paramilitares en las tareas de "autodefensa".

La militarización de la zona y la creciente acción paramilitar funcionó paralela a las mesas de diálogo, debilitando políticamente al EZLN e incentivando desde instancias oficiales, enfrentamientos intercomunitarios, con la finalidad de que el ejército federal tuviera el pretexto para desarmar a todas las partes en conflicto (Pérez, Santiago y Álvarez, 2002:44), incluyendo al Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Más que acabar con el EZLN físicamente, la estrategia de contrainsurgencia ha buscado fragmentar el tejido social comunitario y formar grupos paramilitares que lastimen a la población civil y en especial a sus bases de apoyo. Desde la Masacre de Acteal perpetuada por el grupo paramilitar Máscara roja el 22 de diciembre de 1997, la estrategia militar ha visto a los niños zapatistas como posibles adversarios.

Los niños como continuadores de la organización y lucha zapatista se han convertido en un grupo objetivo en la GBI; para comprender esta afirmación vale la pena recordar la consigna de los grupos paramilitares (Paz y justicia, MIRA y Chinchulines) de la zonas con presencia zapatista: ¡Vamos a acabar con la semilla zapatista! El grupo paramilitar Máscara roja, gritó esta consigna en Acteal, mientras asesinaba a 45 indígenas, en su gran mayoría mujeres y niños, quienes aunque no eran bases del EZLN, sino de la organización de Las Abejas, reivindicaban las demandas zapatistas. Un análisis del discurso simbólico del ataque, ha sido que las mujeres y los niños, al ser simpatizantes del movimiento, representan la continuidad de la vida comunitaria, de la organización y de la etnia.

Para analizar el contexto de guerra en el que se desenvuelven los niños(as) zapatistas y la manera en que experimentan el conflicto, se debe entender que la violencia no es algo que les pasa ocasionalmente, sino una dimensión constante de su existencia (Ferrandiz y Feixa, 2004). Los niños por el simple hecho de haber nacido en una familia zapatista, son considerados zapatistas, por lo tanto son perseguidos, amenazados, violentados y detenidos casi al igual que sus padres y hermanos mayores.

La guerra tiene un impacto global en el desarrollo emocional del niño: en sus actividades, relaciones humanas, normas morales, incluso en su visión de vida; no es sólo una situación externa de estrés con la que debe lidiar; sino que se vuelve parte importante de su vida mental. "Las guerras, las batallas, el deseo de venganza, las actitudes nacionalistas, la destrucción, se transforman en sentimientos, símbolos y modelos para la vida emocional del niño" (Martín-Baró, 1990:253).

El mundo de cada niño está lleno de temores y ansiedades, cada edad tiene su propio objeto de temor; la paz significa que los niños puedan tener miedo a los espíritus y monstruos, pero que en el instante que se desee, pueden volver a una realidad segura. En contraste, el niño que vive en el mundo de la violencia y la guerra, no tiene la seguridad de un final feliz. Durante la guerra crece familiarizado con la destrucción, la violencia y la hostilidad que los adultos parecen aceptar y tomar como una forma normal de vida. Cuanta más crueldad, violencia y amenazas se den en el ambiente de un niño, más difícil resultará controlar sus sentimientos de odio y agresión (Martín-Baró, 1990:256).

Actualmente la zona zapatista continúa presa de rumores e incursiones armadas violentas, amenaza de desalojo de las comunidades por parte del ejército federal y de la impunidad de los grupos paramilitares, que mantienen a la gente en estado de angustia y que han incendiando casas, milpas y solares, obligando a poblaciones enteras a huir como desplazados, de las cuales más de la mitad son niños y adolescentes.

La permanencia del ejército federal dentro y fuera de las comunidades indígenas provoca efectos graves en la población, puesto que ha producido una militarización de los servicios públicos, se ha extendido la prostitución y el consumo de drogas en las comunidades indígenas cercanas a campamentos militares, detectándose además, explotación sexual de niñas y adolescentes de origen indígena. Existe preocupación entre los padres y los grupos de la sociedad civil, porque la presencia militar y las actividades de los grupos paramilitares en la zona enseñan a los niños que la violencia es el método más apropiado para resolver los problemas. En los "conflictos de baja intensidad" los niños y especialmente las niñas, son sometidas a violencia física y psicológica, sin ningún tipo de regulación que los proteja.

En Chiapas, por ejemplo, ni siquiera hay un reconocimiento explícito de parte del gobierno federal de que hay guerra, luego entonces la Convención de Ginebra no puede ser invocada como defensa de los derechos humanos de las víctimas. En los intensos y reducidos escenarios de la guerra de guerrillas, la aldea es el campo de batalla y las poblaciones civiles el objetivo fundamental de los combates. Los ataques de grupos paramilitares, los conflictos político-sociales y la militarización de la vida cotidiana contribuyen a la omnipresencia del control y de la amenaza represiva, de este modo se propicia un ambiente de inseguridad permanente (Martín-Baró, 1990:166).

Afortunadamente, las niñas y niños zapatistas, no sólo son víctimas de la estrategia de GBI, sino que se han convertido en verdaderos actores dentro del movimiento, participan en cinturones, asambleas, proyectos autónomos y actos públicos. Además de ser parte activa del proceso autonómico zapatista como promotores de salud, educación, agroecología y derechos humanos.

De ahí el interés por observar la problemática que enfrentan los niños y niñas de la Selva Lacandona, en un contexto de GBI, la forma en que ésta afecta su vida, su resistencia y la manera en que participan y se apropian del proyecto de Autonomía Zapatista desde la praxis cotidiana, motivo por el que en este artículo enfatizamos la perspectiva de los niños, la percepción que tienen de sí mismos y de su entorno, así como la manera en que crean y recrean conocimientos socioculturales fuera de la influencia de los adultos.

Esta perspectiva nos ha llevado a destacar que los niños y niñas no están aislados sino que la interacción sociocultural es determinante para sus actitudes y percepciones, motivo por el que ha sido necesario reconocer los contextos sociales, culturales y políticos en los que se desenvuelve su familia, considerando que el ámbito familiar es el primer escalón de la sociedad en el que participa el individuo. Como afirma Salles (1992:167) las relaciones familiares al mismo tiempo que producen cultura, entendida como generadora de identidades, formas de acción y de convivencia íntima, son ámbitos culturales macrosociales previamente producidos, interpretados y asimilados según las idiosincrasias propias de las personas que componen el grupo, así como la relación que tengan con las culturas dominantes, las cuales determinan a su vez, la apropiación o rechazo del discurso dominante en la cotidianidad. En este sentido, lo que pudimos observar fue que a pesar de que las familias zapatistas y no zapatistas se desenvuelven en el mismo contexto y comparten la misma cosmovisión tseltal, la ideología política de las familias, no sólo es determinante para su percepción ante la GBI, sino para sus relaciones con el poder.

Mientras de un lado las familias zapatistas construyen un proceso autonómico a contracorriente del poder gubernamental, por el otro, hay familias no zapatistas, que sustentan su supervivencia en los proyectos asistenciales de los gobierno federal o estatal, los cuales, además de fortalecer su hegemonía local, pretenden deslegitimar la autonomía, demostrando a la sociedad en su conjunto que ésta no es un proyecto viable. Esta confrontación cotidiana conlleva resistencias, contradicciones, readaptaciones e incluso consensos para coexistir. Esta situación permite que se desarrollen dos proyectos sociales en un mismo territorio.

En torno a los niños y niñas zapatistas ha surgido un conflicto entre dos partes diametralmente opuestas: por un lado, para los adultos zapatistas sus niños representan la supervivencia del pueblo indígena y la continuidad a su proyecto de autonomía; mientras para el gobierno y el ejército federal, los niños zapatistas representan la continuidad de un proyecto revolucionario, el cual, está asentado en un territorio geoestratégico, por su biodiversidad, recursos naturales y energéticos, por lo cual este proyecto debe ser detenido. La GBI se convierte en la opción perfecta, porque es una guerra que no busca la muerte física del enemigo (EZLN), ni la devastación de su territorio; sino aislar al ejército rebelde de sus bases de apoyo, dividir al movimiento y desmoralizarlo con mecanismos psicológicos, políticos, económicos y culturales, a tal grado que deje de ser una alternativa posible.

 

LA COTIDIANIDAD

Realizamos esta investigación en una comunidad tseltal perteneciente al Municipio Autónomo en Rebeldía Ricardo Flores Magón (MAR-RFM) en el que trabajamos desde el 2001. Dicha comunidad se estableció a mediados de la década de 1940, en el corazón de la Selva Lacandona, a partir de la migración de comunidades de otros municipios por expulsiones o búsqueda de nuevas tierras. En las décadas de 1970 y 1980, algunos habitantes comenzaron a integrarse al movimiento campesino y posteriormente participaron en la formación del EZLN de manera clandestina. En diciembre de 1994, la comunidad se declaró públicamente como parte de un Municipio Autónomo Zapatista y en 1995 el ejército federal entró al territorio zapatista para reprimir la presencia del EZLN en la comunidad.

Metodológicamente en esta investigación planteamos dos unidades de análisis:

1. La comunidad tseltal, en su conjunto, incluyendo a los niños(as), a partir de un "Diálogo cultural", con talleres y entrevistas colectivas en la asamblea comunitaria y entrevistas informales a las autoridades del Consejo Autónomo.

2. Niños y niñas tseltales, representada por una muestra de 27 niños y niñas de 9 a 12 años.

Trabajamos con técnicas etnográficas como la observación participante, entrevistas abiertas, semiestructuradas, conversaciones informales, diario de campo, audiograbaciones y fotografías. Iniciamos nuestro diario de campo, acompañando durante varios días a una familia zapatista con la finalidad de reconocer la rutina diaria y observar los eventos disruptivos propios del contexto en el que se desenvuelve esta comunidad, así como las reacciones ante estos eventos.

El registro de actividades cotidianas nos permitió entender el contexto y las prácticas culturales para poder cruzarlas con los testimonios, juegos infantiles y los datos obtenidos con la técnica de dibujos-entrevistas que realizamos en aula y que nos permitieron reconocer algunos referentes significativos para ellos: como el retén militar, los aviones y las tanquetas, los paramilitares, los zapatistas, la escuela y el botiquín autónomo, así como el Caracol.

 

ESPACIOS Y FORMAS DE GBI: RETÉN MILITAR

Aunque en el contexto actual los militares no han matado, en el imaginario de los niños y niñas siguen presentes: los juicios sumarios a civiles en 1994, la entrada del ejército a su comunidad (1995), el entrenamiento de paramilitares, las torturas a los detenidos, las fumigaciones que secan las milpas y los alimentos de la montaña, indispensables para su supervivencia. También está presente la imagen cotidiana de ver encañonados a sus padres cuando los revisan en el retén o los detienen, y el sentimiento de angustia porque puedan matarlos.

El llamado retén militar por parte de los niños, niñas y adolescentes, es un cuartel militar con pista de aterrizaje, barracas donde viven los soldados, puesto de control y revisión. A su alrededor hay negocios clandestinos donde se vende alcohol y droga, algunas casas que alquilan cuartos para los turistas que llegan a pasear a la cascada y casas de prostitución administradas por gente ajena a la comunidad.

Los camiones son grandes, tienen sus armas, nos apuntan cuando estamos jugando, nosotros nos tiramos en la carretera o les apuntamos con unos palos (Beto, 11 años). Los guachos viven ahí, ahí lavan, se bañan, juegan cartas (Rolando, 11 años). Todas las noches ponen música, se ponen bien bolos (borrachos). Mi papá apaga la luz para que no sepan que estamos despiertos y quieran molestarnos (Pati, 9 años). Cuando paso con mis hermanas y los soldados se están bañando, nos gritan para que los veamos, nos invitan a bañarnos con ellos..., nosotras corremos (Leticia, 12 años). Traen a sus mujeres, son como sus esposas pero cada semana cambian (Rosa, 12 años).

A diferencia de los niños, para las niñas, el retén militar no sólo representa una violencia física sino simbólica, ya que introduce nuevos valores, ideas, costumbres que rompen con la cultura de las comunidades y sus sistemas normativos: como beber en la vía pública, fumar mariguana y vender droga, pasear con las prostitutas, poner música toda la noche, permitir el tráfico de animales y maderas preciosas, como la caoba, que va en contra del desarrollo sustentable de la comunidad.

Otro suceso significativo para los niños, niñas y adolescentes, sobre el actuar de los soldados en su comunidad, es que les regalan dulces para ganar su confianza:

A veces los soldados nos avientan dulces cuando vamos pasando, quieren que seamos amigos, pero ¿cómo si llegaron sin pedir permiso? (Pedro, 12 años).

Una vez mi hermano recogió los dulces del suelo, mi papá lo regañó, le dijo que no comiera nada de los soldados, que lo iban a envenenar (Julián, 12 años).

A Evaristo no le dieron veneno, sino droga, después se hizo chinchulín (Miguel, 14 años).

En la televisión vimos cómo los niños se acercaron a un tanque para recibir los dulces y se murieron con la bomba (Josué, 6 años).

Los dulces que obsequian los soldados a decir de los niños no sólo es para obtener información sino favores:

Hay chamaquitos a los que les dan dulces a cambio de que lleven a sus hermanas en las tardes, para vacilar pues (Jorge, 13 años).

Cuando llegaron, molestaban a las muchachas, muchas quedaron embarazadas, todavía siguen violando a las muchachas priístas, sus papás se las venden a los soldados (Josefina, 13 años).

Josefina nos contó que a su prima Josefa de16 años la violaron en el retén militar, cuando regresó a su casa, su papá le pegó, se emborrachó y fue a hablar con el soldado que la violó para que se casara con ella. El soldado le dio cuatro mil pesos, a cambio de que la siguiera mandando todos los días [...]

El retén militar y el cambio de tropa constante además de las violaciones, ha generado prostitución. El abuso de mujeres por parte de los soldados es cotidiano. En 1995, violaban a las mujeres por ser zapatistas, después de la Ley de concordia y pacificación, firmada por el EZLN y el gobierno federal, ese año, se detuvieron las violaciones en la comunidad, en contra de las zapatistas; sin embargo, continúan las agresiones a las mujeres priístas, muchas veces con el acuerdo de sus padres y de sus hermanos. Los soldados ofrecen dinero por las muchachas a sus padres, a los niños les dan regalos a cambio de que lleven a sus hermanas mayores o los amenazan.

Cuando pasamos puras muchachas, los soldados te rodean, dicen cosas, quieren revisarte, te tocan... algunas sí se dejan..., si los avientas se enojan y es peor... yo ya no voy a la milpa sola, sólo cuando va mi papá o mis hermanos (Josefina, 13 años).

Cuando abusan de una muchacha ya no puede casarse, los muchachos ya no la quieren, sólo puede irse a divertir soldados o salir a trabajar a Ocosingo (Rosa, 13 años). Los paramilitares también violan mujeres, pero ellos se las llevan y lejos y ya nunca regresan (Adela, 13 años).

Yo por eso estudio en la escuela autónoma, para conocer mis derechos y defenderme con las Leyes revolucionarias de mujeres (Josefina, 13 años).

Con estas reflexiones las niñas/adolescentes nos hablan de su cultura, de sus miedos, de su dolor, de la violencia que ejercen los soldados hacia la mujer, así como de la ausencia de la ley, aunque también se refieren a sus derechos como mujer y a las "Leyes revolucionarias" como una posibilidad, no sólo de que haya justicia para ellas, sino de que ellas mismas la ejerzan.

 

PARAMILITARES. ¿MITO O REALIDAD?

Otra táctica militar que ha resquebrajado de manera importante el tejido social de la comunidad es la formación de grupos paramilitares, fomentada de manera clandestina por el ejército federal. A decir de los habitantes se invita a formar parte de los grupos paramilitares (MIRA, Paz y justicia o Chinchulines) a jóvenes y hombres adultos sin tierra, excluidos del proceso agrario y de las decisiones del ejido, por medio de los partidos políticos y en otras ocasiones de manera independiente. O bien, a partir de los programas de gobierno se les organiza para "proteger" sus proyectos bajo la premisa de la autodefensa civil.

La paramilitarización les ofrece una salida a su situación económica y prestigio porque las armas les confieren poder. Los jóvenes entrenados raramente atacan en sus propios ejidos, por eso se sabe que los que hostigan a la comunidad vienen de ejidos priístas como Siria, Palestina, Damasco y comunidades como San Antonio Escobar, donde también se ha evidenciado la presencia de mujeres paramilitares.

Los paramilitares son una realidad que despierta muchos mitos; por la relativa cercanía de la comunidad con la frontera con Guatemala, los habitantes suelen contar historias de los kaibiles que llegaban persiguiendo a los refugiados guatemaltecos y que en la actualidad son asesores del ejército federal y de los paramilitares chiapanecos. Situación que genera muchas similitudes en sus formas de ataque: comen carne cruda, hacen ruidos como animales, decapitan a sus víctimas o las mutilan. Los testimonios de los niños y niñas/adolescentes sobre los paramilitares denotan mucho miedo, incluso más del que pueden tenerle a los soldados federales. Para los niños y niñas todos los paramilitares son "chinchulines" aunque el grupo paramilitar que ataca en la zona no es el de Chinchulines sino el MIRA cuyo brazo político al parecer es la Organización para la Defensa de los Derechos Indígenas y Campesinos (OPDDIC) que dirige Pedro Chulín, quien fue diputado local.

Los chinchulines mataron a mi papá, empezamos a oír ruidos como jamalchitam (jabalí), mi papá me dijo que cuidara a mi mamá que no saliéramos, se oyeron balazos y después risas, gritos. Parecía que estaban bien bolos (borrachos) (María, 11 años).

Me contó José, un chamaquito de la Siria, que a su tío también lo mataron los chinchulines, se fue a la milpa y ya no regresó, lo encontraron sin cabeza en la parcela (Julio, 12 años).

Ellos no son como los guachos (soldados), también tienen armas, pero ellos sí conocen la montaña, saben dónde esconderse, cazar animales y así crudos, se los comen, por eso pueden imitar los sonidos de la selva cuando matan (Pancho, 11 años).

Una vez con mi mamá encontramos la cabeza de un niño en un palo, en nuestra milpa, yo me asusté mucho, todas las noches lo soñaba, me tuvieron que curar de espanto. Nunca se supo quién era ese niño pero mi abuelito decía que fueron los del MIRA, los antizapatistas que quieren asustarnos (Victoria, 11 años).

Los chinchulines, son traicioneros, no matan de frente, te agarran en emboscada o matan niños y mujeres, mi primo se hizo paramilitar y dice que va a matar a todos los zapatistas (Beto, 9 años).

El hijo de mi tía, también se fue con los antizapatistas, dice que ahí sí hay dinero y que pueden tomar trago (Gabriel, 11 años).

Sin embargo, aunque los juegos y testimonios de los niños, niñas y adolescentes están plagados de referencia a los paramilitares en los dibujos no aparecen; pero ellos refieren que son seres que se comportan como animales y no respetan nada ni a nadie, matan siempre en grupo, a traición y de forma cruel, cortando la cabeza de sus víctimas o mutilándolas, casi siempre actúan drogados o alcoholizados.

Posiblemente la estrategia paramilitar ha sido una de las más efectivas en Chiapas, porque no sólo utiliza ataques militares y psicológicos para crear terror en la población, sino que desquebraja el tejido social comunitario al confrontar a integrantes de una misma familia. Los lazos familiares son esenciales para conservar la vida comunal, sin éstos empieza a perderse el respeto a la asamblea, a los acuerdos, a la propia solidaridad entre los miembros del ejido.

Para algunos niños, niñas y adolescentes, sobre todo para los más pequeños, no existe una frontera entre los miedos imaginarios y el peligro real, Moreno (1991:47), encontró en Guatemala casos en los que los niños eran incapaces de distinguir el mundo real de la fantasía, a diferencia de lo que ocurre en tiempos de paz, la frontera entre la maldad imaginada y la tragedia real se disipa, y el niño vive experiencias terribles como el asesinato de sus familiares o la destrucción de su hogar (Moreno, 1991:47).

El enemigo se vuelve el objeto de agresión y miedo del niño, remplazando a los objetos que dominan sus emociones en tiempo de paz. Muestra de esto es que muchos niños nunca han visto a los paramilitares, pero la gran mayoría dice que los ha escuchado cuando atacan o cuando pasan gritando por la comunidad, conocen historias o incluso han sido amenazados por ellos. De ahí que los niños no pueden dibujarlos pero sí juegan a zapatistas contra paramilitares.

 

LA LUCHA INTERNA. LAS DIFERENCIAS

En apariencia los niños y niñas se relacionan de manera similar con el retén militar, sin embargo en sus testimonios y dibujos notamos que los varones reconocen la violencia de forma más directa, constantemente se refieren a los disparos, los ataques paramilitares y la acción de los soldados de encañonarlos a ellos o a sus padres, en cambio en los testimonios de las niñas se perciben formas de violencia más sutiles como la agresión que sienten ante la mirada de los soldados y sus palabras, cuando las espían en el río o revisan a sus mamás y hermanas mayores en el retén. En sus juegos también se expresan diferencias significativas, los de los niños son más bruscos, evidentes en su temática de guerra, a diferencia de las niñas cuyos juegos aunque denotan la violencia de su contexto es más velada.

Esta situación puede deberse a las prácticas de crianza, la educación y los roles que desempeñan hombres y mujeres. A los varones al ser los proveedores del hogar, se les permite expresarse públicamente, mientras las niñas deben permanecer ocultas en el ambiente doméstico, por ser las protectoras del ámbito familiar. Algunos estudios de psicología han demostrado que los hombres son más propensos a expresar su miedo e ira a partir de la violencia, al contrario de las mujeres, quienes tienden a reprimir esos estados generando trastornos de depresión.

Pasando los 12 años se acrecientan las diferencias entre hombres y mujeres, mientras los jovencitos pueden participar activamente en la vida pública y política de la comunidad y del Municipio, en actividades deportivas, recreativas, eventos político-autónomos dentro y fuera de su comunidad. Las adolescentes dejan de jugar y empiezan a tener mayores responsabilidades en su casa, se cree que deben empezar a preparase para el matrimonio, la gran mayoría tiene que dejar la escuela porque ya son grandes y deben ayudar a sus madres en el hogar. Situación que las obliga a alejarse de casi todos los espacios en los que puedan socializar con otros adolescentes y seguir preparándose; es quizá esta condición de asilamiento, la que las hace más vulnerables ante el acoso y seducción de los militares y la violencia de los paramilitares.

A las adolescentes prácticamente les resulta imposible participar en la vida pública y política de su comunidad y organización. Casi nunca pueden participar en los eventos políticos, salvo excepciones, en las que el padre o la madre tienen un cargo político que les permite construir otro tipo de relaciones familiares, en las que no sólo los hombres, sino las hijas y esposas tienen derecho a continuar sus estudios y participar activamente en la organización.

 

AUTONOMÍA Y RESISTENCIA

Otro eje que atraviesa la cotidianidad de los infantes es el proceso de autonomía, la cual es una alternativa de desarrollo integral, la "práctica de ciudadanos culturalmente constituidos en sujetos (colectivos) que desde su condición subalterna construyen nuevas relaciones con la nación y el Estado" (Flores, 2001:191) y que nosotros conceptualizamos, partiendo de la experiencia de la Autonomía Zapatista propia de la región como: la expresión concreta al ejercicio del derecho a la libre determinación de los pueblos indígenas zapatistas para decidir el tipo de desarrollo económico, político, social y cultural que deseen y que les permita seguir siendo pueblo con su propia identidad y formas organizativas.

La autonomía incide en todos los ámbitos sociales, incluyendo el educativo. La educación en el MAR-RFM no sólo busca enseñar a los niños la lecto-escritura o a sumar y restar, sino a que reflexionen sobre su historia, identidad, territorio y de cómo su resistencia fortalece la construcción de la autonomía; esta situación ha permitido que los niños se identifiquen con los valores, símbolos y principios de la organización zapatista, provocando, en ellos, sentido de pertenencia a un grupo.

El proceso de autonomía zapatista no puede estar desvinculado de la estrategia de resistencia, si consideramos que la permanencia de las culturas indígenas a decir de Guillermo Bonfil Batalla (1987:91) se expresa en tres procesos: el de resistencia, el de innovación y el de apropiación, podemos comprender que para los pueblos indios, las resistencias forman una intricada red de estrategias que se expresan no sólo en el campo político sino en un amplio espacio de la cultura y en la vida cotidiana.

Toda relación de poder lleva en sí la rebeldía de los sujetos, la obstinación de la voluntad que se niega a ser modelada. A esta obstinación Foucault la denomina resistencia; "resistencia que puede ser consciente o inconsciente, adoptar mil formas, ser activa enfrentando el poder o, bien, pasiva e intentar salirse del juego; también puede ser solitaria, organizada o espontánea" (García, 2002:38).

Socializarse en un contexto de guerra-militar y psicológica, es muy complicado para el niño, sobre todo si no cuenta con toda la información que requiere para comprender su realidad. A decir de Martín-Baró (1990:244), el niño que se socializa en un ámbito de guerra, se encuentra en el dilema de construir una identidad en dos sentidos: interiorizando la violencia y la mentira institucionalizada o una identidad socialmente estigmatizada, con frecuencia no menos violenta, porque tiene que recurrir a la autenticidad clandestina como requisito de supervivencia.

Estas dos polaridades hacen parecer que el niño no tiene opción en este contexto; sin embargo, en Chiapas, hemos podido observar que el proceso de autonomía permite a los niños, niñas y adolescentes zapatistas, construir otra categoría, ellos no necesitan esconderse ni desarrollar una identidad estigmatizada, sino que pueden ser partícipes en la construcción de un futuro diferente, ya que cuenta con los espacios autónomos donde puede identificarse y reconocerse zapatistas.

Los niños y niñas zapatistas igual que los adultos son desplazados, amenazados, detenidos en el retén, además de participar en las actividades productivas, están integrados en la vida comunitaria, no sólo observando y aprendiendo sino participando, siendo reconocidos como parte importante de la comunidad y de la organización zapatista. Este reconocimiento a su actuar les permite crecer con cierta autoestima, situación que se ve reflejada en su capacidad de opinar sobre los sucesos importantes que ocurren en su cotidianidad, y dar propuestas, de ahí que a los 12 años tengan voz en las asambleas y que sus padres les permitan participar desde pequeños en las actividades políticas y culturales del EZLN en su comunidad, además de acudir a los actos políticos propios del municipio o del Caracol, a pesar del riesgo que esto implica. Al igual que Corona y Pérez (2000) pudimos observar que los niños en movimientos de resistencia de comunidades de tradición indígena, participan de manera natural y desde temprana edad en toda actividad importante de su comunidad, a diferencia de lo que ocurre en las zonas urbanas donde se excluye a la infancia de los actos políticos en un afán de protección.

Estas formas de resistencia se construyen de manera familiar, fortaleciendo su cosmovisión y sus valores culturales. Muestra de esto es la relación de los niños (as) zapatistas con sus territorios identitarios, la cual es política, comunitaria y de refugio frente a las agresiones externas, de ahí que para los pequeños la Madre Tierra se defiende aún a costa de su propia seguridad como lo pudimos constatar en sus testimonios.

Así como niños, niñas y adolescentes crean sus propios espacios para jugar, para pensar, para pasear y esconderse, la propia estrategia de reproducción político-cultural de los pueblos zapatistas contrarrestan la intromisión del ejército federal en su territorio, construyendo con sus propios valores, símbolos, relaciones políticas, un paisaje de resistencia y autonomía, con el fortalecimiento de sus espacios locales y sistemas normativos que se les enseñan a los niños desde muy temprana edad a partir de leyendas, mitos, símbolos y celebraciones dentro y fuera de la escuela autónoma. El ejército puede ocupar territorios pero no puede ganar corazones y mentes porque el Estado carece de legitimidad.

 

ESPACIOS DE RESISTENCIA

En los espacios de resistencia zapatista además de hacer política, se incorporan nuevas prácticas socioculturales y formas de relacionarse, esto se observa no sólo en los espacios formales de socialización como lo es la escuela autónoma, sino de manera esencial en otros espacios informales de enseñanza y aprendizaje dentro de la comunidad: en fiestas, asambleas, en las casas y la milpa. Estos espacios autónomos no sólo son físicos, construidos de forma organizada, sino simbólicos: sociales, culturales, políticos y económicos, con sus propias formas de relacionarse, reglas y compromisos establecidos y aceptados con anterioridad por los zapatistas y no zapatistas cuando los ocupan. Ejemplos de éstos son la escuela autónoma, el botiquín autónomo, las clínicas de salud, las casas ejidales donde se realizan las asambleas y se ejerce la justicia autónoma.

Estos espacios físicos, son lugares de relaciones que construyen las comunidades con sus propios sistemas normativos en cada una de sus instituciones locales comunitarias, municipales y regionales, pero eso sí con el respeto a las leyes revolucionarias en todo el territorio zapatista. Cuando hay fiesta zapatista en la comunidad, en el caracol o en el municipio, no se puede beber alcohol, ingerir drogas, no pueden entrar los soldados, los policías ni el gobierno oficial. Estos sistemas normativos son respetados no sólo por los zapatistas sino por todos los que llegan a estos espacios.

La propuesta de autonomía zapatista conlleva un proceso de reproducción y cambio en las comunidades rebeldes, no sólo fortalece los lazos comunales y la cultura sino que incorpora e incluso busca eliminar algunas costumbres que afectan a la vida comunitaria como las adicciones al alcohol y las drogas o la poca participación de las mujeres en la vida política. A decir de una autoridad del Municipio Autónomo:

El cacicazgo nos ha llevado a adoptar prácticas que se hicieron costumbres y que a la larga repercuten políticamente. Por ejemplo, el trago. En las fincas, pagaban a nuestros abuelos su trabajo con trago, para que no tomaran conciencia, esto se hizo práctica y después costumbre ahora dicen que es un uso y costumbre indígena, tomar trago en las fiestas religiosas. Los zapatistas no tomamos trago y hacemos fiestas (Autoridad autónoma del municipio).

 

EL LENGUAJE DE LA RESISTENCIA

En este contexto de GBI y la autonomía que se vive en la comunidad no sólo cambia el simbolismo de los dibujos, sino el lenguaje cotidiano, niños y niñas incorporan a su lengua palabras y conceptos en español, que carecen de traducción pero que deben aprender para sobrevivir... Es curioso escuchar pláticas en las que incorporan al tseltal palabras como: comboys, retén o cuartel militar, guachos, puesto de control, municipio autónomo, demandas zapatistas, subcomandante, capitán, milicianos, insurgentes, bases de apoyo, sobrevuelos, emboscadas, paramilitares, desplazados, vuelos rasantes, pistola... El saber lo que significa una emboscada o un ataque paramilitar puede salvar la vida de ellos y la de sus padres.

El silencio es la otra parte del lenguaje de la resistencia, el silencio de las bases zapatistas permitió que el EZLN creciera en las comunidades de forma clandestina. Desde pequeños los niños y niñas aprenden a guardar secretos para protegerse ellos y a sus familiares. Las palabras y conceptos que utilizan no son las de los adultos, tienen sus propias interpretaciones, códigos y significados. No manejan discursos impuestos, se apropian de lo que observan y escuchan, empiezan a imitarlo en su vida, sus pláticas y juegos.

La ideología política de las familias también determina la percepción de los niños, muestra de esto son las opiniones de los niños y niñas zapatistas y los "no-zapatistas", quienes aunque comparten el mismo contexto, cultura y explotación parecen vivir en dos fases de una misma realidad, situación que se hace evidente en el concepto de guerra que los niños expresaron en esta investigación.

Ante el concepto de guerra los niños zapatistas nos decían que:

La guerra es cuando matan a nuestros a papás (Petrona, 8 años).

Guerra es que tengamos que escondernos en la montaña (María, 11 años).

La única solución es responder la guerra (Sebastián 9 años).

Guerra es tener que apagar las luces y no hacer ruido cuando llegan los chinchulines (Pedro, 11 años).

Después de la guerra va a venir la libertad (Miguel, 11 años).

La guerra del gobierno es muerte, la de nosotros es para vivir mejor (Beto, 11 años).

Guerra es que los guachos suelten a los perros para que nos muerdan (José, 9 años). Guerra es que nos revisen en el retén y que nos digan cosas feas cuando pasamos (Julia, 12 años).

La percepción que los niños tienen sobre la guerra nos habla de una agresión constante y cotidiana que busca acabar con ellos y sus familias. A diferencia de los niños "no-zapatistas", con los que pudimos platicar, la concepción de guerra es: la de combates, bombas, disparos, muertos como en 1994, nos describen a la guerra convencional, para estos niños en este momento no hay guerra en su comunidad, a pesar del reten militar.

La guerra es cuando echan bomba (Ramón, 9 años).

En el 94 hubo guerra y muchos muertos (Lorena, 11 años).

La guerra es entre soldados y zapatistas, no con nosotros (Domingo, 10 años).

Mi papá dice que cuando empiecen los balazos los soldados van a matar a los zapatistas (Evaristo, 10 años).

Mi papá dice que si empieza la guerra nosotros nos vamos de la comunidad (Jorge, 11 años).

Aunque sus papás les digan que la guerra no es contra ellos porque no son zapatistas, sus testimonios denotan temor y confusión; las percepciones de los niños cambian dependiendo su grupo de referencia. Si los zapatistas son blanco en la guerra de baja intensidad, son precisamente sus niños los que están percibiendo las agresiones de una manera más directa.

La información que reciben los dos grupos de niños tseltales, así como las reacciones de sus padres, filtran el impacto de las experiencias traumáticas en contexto de guerra. La actitud de los adultos no sólo es importante en la elaboración de duelo ante una perdida, sino ante cualquier experiencia bélica. A decir de Moreno (1991:56), si la experiencia se comunica en el ambiente en que se vivió, existen menos posibilidades de aparición de un trastorno en el niño. Los acontecimientos violentos son más fácilmente superados por los niños si su ambiente familiar/físico no es alterado y si existe una comunicación adecuada.

Los niños y niñas zapatistas conjuntan sus miedos a los miedos colectivos de los que les rodean y a sus experiencias bélicas, si las familias reaccionan con serenidad ante los ataques y agresiones, el impacto es menor para los niños. La presencia de la familia y en el caso que nos ocupa de la comunidad y organización, es una garantía de seguridad para los niños zapatistas debido a que el conocimiento de las bases zapatistas, con respecto a la guerra de baja intensidad y su compromiso político, les ha permitido crear en torno a los niños espacios de reflexión, donde los pequeños pueden escuchar porqué están luchando sus padres y abuelos, preguntar sus dudas en un ambiente propicio, decir lo que sienten y por lo tanto, interactuar con los estructuras militares insertas en su comunidad, desde una distancia relativamente segura. Sin embargo, los niños y niñas no sólo obedecen sino opinan, preguntan y exigen sus propios espacios de reflexión dentro y fuera de la escuela autónoma donde ellos dicen lo que sienten y piensan, además construyen su propia forma de ser autónomos y de diferenciarse de los niños no zapatistas, como podemos notarlo en sus reflexiones en torno a la autonomía y la resistencia:

AUTONOMÍA:

Es que nadie nos venga a decir qué hacer (Juan, 9 años).

Construir nosotros mismo nuestras soluciones a nuestras necesidades (Juanito, 14 años).

Es tener un futuro mejor (María, 11 años).

Ser respetado como indígena (Josefina, 11 años).

Tener un Municipio que resuelva nuestros problemas y que respete al pueblo (Beto, 14 años).

Es que el pueblo mande y el gobierno obedece (Francisco, 12 años).

Primero vivir como queremos no como quieren los caxlanes (José Luis, 13 años).

RESISTENCIA:

No recibir proyectos de gobierno (María, 11 años).

Ser rebeldes y fuertes para aguantar la guerra (Rolando, 12 años).

No vivir de rodillas (Josefina, 11 años).

Ser libres para decidir lo que queremos (Beto, 12 años).

No estar con el gobierno (Juan, 9 años).

No rendirnos (Francisco, 12 años).

Resistencia es cuando no recibimos los dulces de los soldados aunque se nos antojen (José Luis, 11 años).

Considerando la diversidad de resistencias, entendemos las prácticas de resistencia en dos sentidos: como estrategia política que el EZLN ha determinado en su confrontación con el Estado, para fortalecer la construcción de su autonomía y de manera estratégica, como defensa ante la GBI, que los niños han ido interiorizando cotidianamente a partir de los discursos de los adultos y prácticas autonómicas. Y dos, como prácticas de resistencias que el niño desarrolla frente a las experiencias traumáticas de manera individual, las cuales dependen de la edad en que el niño empieza a vivir la guerra, las relaciones con sus familiares más cercanos, es decir, mecanismo de defensa psicológica a nivel micro. Esto sucede con algunos niños no zapatistas, quienes responden al contexto con la negación, o en el caso de los niños zapatistas con la creación de fantasías y juegos que les permiten sublimar las agresiones. Otra forma de resistencia psíquica que reconoció Martín-Baró (1990:230) en El Salvador y que pudimos constatar también en los pequeños zapatistas, es el compromiso político con una causa.

 

EL PASAMONTAÑAS

Otro rasgo propio de la resistencia zapatista es el uso del pasamontañas presente en los dibujos y en la vida cotidiana. El paliacate o el pasamontañas en el rostro, son símbolo de identidad del movimiento, igual que lo analizado por Furio Colombo (1999:55) en otros movimientos, este distintivo adoptado por el EZLN no sólo ha despertado interés en la opinión pública, sino que encarna la voluntad del movimiento provocando en el grupo rebelde un sentimiento de pertenencia y fuerza.

En sus dibujos, niños, niñas y adolescentes zapatistas diferencian los soldados de los insurgentes zapatistas por el pasamontañas, sin embargo en la cotidianidad, este símbolo es más que una forma de identificarse, muestra de esto son los testimonios que a continuación presentamos:

Es como ser más zapatistas, como decirles a todos que estamos orgullosos de serlo, que no tenemos miedo. El pueblo y los abuelos hablan por nosotros (Juanito, 12 años).

Siento fuerza aquí (señalando su pecho) (Jeremías, 9 años).

Se siente bonito. Cuando nuestros papás nos dejan usar nuestro paliacate, es como decir, que confían en nosotros (Mariana, 10 años).

Cuando usas el paliacate tienes que ser ejemplar, no decir mentiras, ni lastimar a la Madre Tierra, los adultos no pueden tomar trago (Laura, 11 años).

Sienten que cuando sus papás les cubren el rostro es que confían en ellos, que los reconocen como zapatistas y por lo tanto se sienten comprometidos a ser ejemplares: no decir mentiras, respetar a la Madre Tierra y a sus mayores, no aceptar los dulces que les dan los soldados e ir a la escuela autónoma. Refuncionalizando así el símbolo de las máscaras en los rituales mayas en la que la persona que usaba la máscara olvidaba el yo para convertirse en nosotros, es decir, el Pueblo, como nos explicaron los abuelos zapatistas de la comunidad.

Con el paliacate nos cuidamos para que no nos descubran. Cuando mataron a mi papá los paramilitares, mi mamá me puso su paliacate y salimos huyendo en la noche, hasta me cambió el nombre (Petrona, 9 años).

Cuando uso el pasamontañas soy como Emiliano Zapata, como Marcos, como el mayor Benito, soy mero zapatista (Juan, 9 años).

Como que el pasamontañas da valor, te dan ganas de resistir con más fuerza. Una vez que íbamos a la milpa, el Pedro dijo que estaba cansado de que lo revisaran los soldados, que ya no se iba a dejar. Otro poco se pone el paliacate para decirles a los soldados que él iba a liberar a su pueblo. Lo tuvimos que agarrar. Los guachos ni se enteraron (José Francisco, 12 años).

 

A MANERA DE CONCLUSIÓN

El contexto de guerra afecta los espacios físicos, pero de manera esencial la vida emocional de los niños y niñas zapatistas, los elementos bélicos no sólo se manifiestan en los dibujos sino en el lenguaje cotidiano, los pequeños tseltales incorporan a su lengua palabras y conceptos en español que no tienen traducción pero que deben conocer para sobrevivir en este contexto.

Los testimonios de los niños, niñas y adolescentes zapatistas denotan mayor temor por las pérdidas de sus familiares y de su territorio, que por su propia seguridad. Por lo que podemos decir que su resistencia y compromiso están íntimamente ligados al sentimiento de seguridad que les proporciona su familia, el acceso a la tierra y la protección de la organización. Igual que en los estudios realizados por Punamki en Palestina (1990) y Martín-Baró en El Salvador (1991), notamos que cuando la fuente de estrés es de naturaleza política, la determinación ideológica de luchar contra los problemas, responde más a una decisión colectiva y política que a una decisión individual o psicológica.

El proceso de autonomía en Chiapas permite a los niños ser zapatistas sin necesidad de esconderse, pueden ser partícipes en la construcción de un futuro diferente, ya que cuentan con los espacios autónomos donde puede identificarse, obtener información, plantear sus dudas e incluso sus desacuerdos. Este conocimiento permite al niño argumentar, construir un aprendizaje colectivo que le confiere sentido a una realidad conflictiva que los lastima.

 

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