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Argumentos (México, D.F.)

Print version ISSN 0187-5795

Argumentos (Méx.) vol.26 n.72 México May./Aug. 2013

 

Dossier. Ruy Mauro Marini: 40 años de Dialéctica de la dependencia

 

El pensamiento de Ruy Mauro Marini y su actualidad para las ciencias sociales

 

Carlos Eduardo Martins*

 

* Doctor en sociología por la Universidad de São Paulo. Es profesor adjunto y jefe del Departamento de Ciencia Política en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Coordina el Laboratorio de Estudios sobre Hegemonía y Contrahegemonía en la misma Universidad, y también el Grupo de Integración y Unión Sudamericana del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso). Su más reciente libro se titula Globalización, dependencia y neoliberalismo en América Latina, editado por Boitempo, São Paulo, 2011.

 

Resumen

El artículo analiza la obra de Ruy Mauro Marini destacando sus principales aportes a la teoría del capitalismo dependiente, como las nociones: superexplotación, subimperialismo, Estado de contrainsurgencia y Estado de cuarto poder, de igual modo su valoración del pensamiento social latinoamericano. Al mismo tiempo se señalan algunos aspectos referidos a la actualidad de su pensamiento.

Palabras clave: Ruy Mauro Marini, teoría de la dependencia, economía política de la dependencia, marxismo.

 

Abstract

This article analyzes the work of Ruy Mauro Marini highlighting its main thesis about the dependent capitalism, such as overexploitation, sub-imperalism, state of counterin-surgency, state of fourth power, and his interpretation of Latin American thought. At the same time refer some aspects about current importance of his thought.

Key words: Ruy Mauro Marini, dependence theory, political economy of dependence, marxism.

 

Introducción

La obra de Ruy Mauro Marini es una de las más importantes y originales del pensamiento social y del marxismo en el siglo XX. Muy difundido en América Latina, paradójicamente el pensamiento de Marini aún es poco conocido en Brasil. Diversas razones contribuyen para eso.

La primera razón se debe al golpe militar de 1964, que lo apartó del país antes de que el autor desarrollara gran parte de su producción. Los ecos de la dictadura siguieron presentes tras la amnistía política de 1979, ya que, en el caso de Marini, la amnistía se extendió al campo profesional solamente en 1987, cuando fue reintegrado a la Universidad de Brasilia (UNB), de la cual había sido expulsado por los militares. La segunda razón tiene que ver con la derrota de los movimientos revolucionarios en América Latina en la década de 1970, lo que ha permitido la rearticulación de la ofensiva conservadora, limitando así el aislamiento ideológico de las dictaduras. La tercera está relacionada al hecho de que la estrategia burguesa de redemocratización logró articular un nuevo consenso ideológico, encontrando un campo de actuación específico en las ciencias sociales. Con especial fuerza en Brasil, la Fundación Ford ha cumplido un papel muy importante, tratando de constituir una comunidad académica emergente capaz de dirigir la base económica que se había generado en el contexto democrático. Se sustituyó así el enfoque transdisciplinario —que había caracterizado el pensamiento latinoamericano de las décadas de 1950, I960 y 1970— por el enfoque analítico, que fragmentó las ciencias sociales en disciplinas autónomas y desautorizó intervenciones globales en las sociedades, limitándose a gestionar y acomodar dimensiones sistémicas específicas. Economía, política, historia, sociología, antropología y relaciones internacionales se convirtieron en "propietarias" de determinadas dimensiones de la realidad, rechazando la socialización de sus objetos de conocimiento.

Fernando Henrique Cardoso fue pionero en la articulación del papel que la Fundación Ford ha ejercido en Brasil y América Latina. El resultado ha sido la formación de una comunidad académica liberal, comprometida con la dominación burguesa y subordinada a la hegemonía estadounidense, pero que rechazaba la dictadura y, en menor grado, el imperialismo como formas de ejercicio del poder. Esta comunidad ha consolidado posiciones en la universidad brasileña y en los medios de comunicación de masa, oponiéndose a la reintegración del enfoque latinoamericanista a la cultura política brasileña. La publicación por parte del Centro Brasileiro de Análise e Planejamento (Cebrap) —institución financiada por la Fundación Ford— de una crítica de Fernando Henrique Cardoso y José Serra a la obra de Marini —sin la respuesta del autor, durante la vigencia de la dictadura, censurando el debate que sí ha ocurrido en México— ha contribuido para desvirtuar la obra de Marini en Brasil. Por fin, el desmantelamiento de las universidades públicas por la ofensiva neoliberal dificultó la reconstrucción de la ciencia social articulada al interés de las grandes mayorías. Pero son precisamente las crisis económica, social, política e ideológica del neoliberalismo las que impulsan la relectura de la obra de Marini para reflexionar acerca de los dilemas de la actualidad.

La obra de Marini desarrolla cuatro temas de gran relevancia. En primer lugar, la economía política de la dependencia, que a partir de la década de 1990 se convierte en economía política de la globalización. El segundo gran tema es el análisis del modelo político latinoamericano. El tercero es el socialismo como movimiento político y experiencia estatal y civilizatoria, que tiene presencia destacada en su obra. El cuarto es el pensamiento latinoamericano, cuyas principales corrientes él sistematiza y analiza durante la década de 1990, considerando la tarea de su revisión crítica para atender los desafíos del siglo XXI.

 

La economía política Mariniana

Se puede situar entre 1969 y 1979 la primera fase de la economía política formulada por Marini. Ésta se desarrolla por un conjunto de textos del autor: Dialéctica de la dependencia (1973); "Las razones del neodesarrollismo: respuesta a F.H. Cardoso y J. Serra" (1978b); "Plusvalía extraordinaria y acumulación de capital" (1979b) y "El ciclo del capital en la economía dependiente" (1979a). A estos textos es posible agregar el libro Subdesarrollo y revolución, sobre todo el prefacio a la 5a. edición (1974). Dialéctica de la dependencia es el texto más famoso, pero no el único, ni tampoco necesariamente el más importante; sienta la base de una economía política de la dependencia que fue profundizada después y se volvió objeto de grandes polémicas, entre las cuales se destacan las que sostuvieron Cardoso y Serra, de un lado, y Agustín Cueva, de otro. En la década de 1990 el autor inicia una segunda fase de su economía política, centrada, en especial, en su texto "Procesos y tendencias de la globalización capitalista" (1996).

¿Cuáles son las principales tesis de la economía política de la dependencia formulada por Marini?

El autor parte de la comprensión del capitalismo como un sistema mundial jerarquizado, monopólico y desigual, que produce y reproduce patrones nacionales/locales distintos de acumulación. Este sistema crea centros mundiales de acumulación de capital y regiones dependientes insertadas en un proceso global de transferencia de valor que tiende a retroalimentar esta polarización. Mientras en los centros la acumulación tiende a gravitar hacia la plusvalía relativa a la medida en que el modo de producción capitalista y su base industrial se desarrollan, en los países dependientes los patrones de acumulación están basados en la superexplotación del trabajo.

La superexplotación se caracteriza por la reducción de los precios de la fuerza de trabajo por debajo de su valor y se desarrolla mediante cuatro mecanismos: el aumento de la jornada o de la intensidad de trabajo sin la remuneración equivalente al mayor desgaste del trabajador; la reducción salarial; o, finalmente, el aumento de la cualificación del trabajador sin la remuneración equivalente al aumento del valor de la fuerza de trabajo.1 Estos mecanismos pueden desarrollarse aisladamente o de modo combinado, según la fase en curso de la acumulación de capital, pero representan mayor desgaste del trabajador y, por consecuencia, el agotamiento prematuro y la limitación de su fuerza de trabajo, en condiciones tecnológicas determinadas.

Y ¿por qué la superexplotación sería la característica específica de la acumulación de los países dependientes? La respuesta de Marini lo lleva a la teoría general de la acumulación de capital para buscar en el capitalismo dependiente sus condiciones específicas de actuación, siguiendo estrictamente el método marxista de moverse de lo abstracto a lo concreto. Para el autor, la innovación tecnológica y la plusvalía extraordinaria están ligadas prioritariamente al segmento de bienes de consumo de lujo. Este tema es abordado con detalle en "Plusvalía extraordinaria y acumulación de capital" (1979b), desarrollando una problemática abordada inicialmente en Dialéctica de la dependencia (1973). En este artículo, el autor se preocupa por la plusvalía extraordinaria, ultrapasando el plan de análisis del capitalista individual en el interior de su ramo para situarse en el plan intersectorial, al preguntarse acerca de cuál sector sería capaz de sostener su establecimiento de forma sistemática.

La plusvalía extraordinaria desvaloriza individualmente las mercancías, pero mantiene su valor social, una vez que está fundada en el monopolio tecnológico, ampliando la masa física de mercancías. Su realización, cuando se convierte en ganancia extraordinaria, exige una demanda ampliada. Esta demanda no puede ser impulsada por bienes de consumo necesario, pues esto supondría la transferencia de plusvalía retirada de la fuerza de trabajo, bajo la forma de aumento de los costos de trabajo y caída de los precios, destruyendo total o parcialmente la ganancia extraordinaria. Ésta es proporcionada, preferencialmente, por los bienes de consumo de lujo y sus insumos productivos: su base material es la economía relativa de trabajo establecida por la innovación tecnológica que desplaza la demanda de los trabajadores hacia el capital.

La plusvalía extraordinaria, que promueve la innovación tecnológica, presenta una importante contradicción con la plusvalía relativa. A diferencia de ésta, no amplía la producción de plusvalía. Representa solamente una nueva repartición de la masa de plusvalía disponible, pues no desvaloriza socialmente la mercancía. Se concentra en el sector de bienes de consumo suntuarios, desvinculando el progreso técnico de la desvalorización de la fuerza de trabajo y de los bienes de consumo necesarios que el trabajador utiliza para reproducirla.

Fue exactamente esa tendencia de desvincular el dinamismo del progreso técnico de los bienes de consumo necesarios que ha llevado el capital a desarrollar el mercado mundial como importante fundamento de su modo de producción y de la revolución industrial. Se ha concentrado en aproximadamente 20% a 25% de la humanidad (Europa occidental, Estados Unidos, Canadá, Japón, Australia, Nueva Zelanda y las élites de la periferia y semiperiferia), ampliando el tipo de demanda que le permite mantener el valor social de mercancía independiente de la reducción de su valor individual. Esta configuración de la demanda mundial, impulsada por la innovación tecnológica y por sus efectos distributivos, fue uno de los factores que estuvo en la base del secular deterioro de los precios de los productos primarios y básicos vis-à-vis a los manufacturados y de lujo.

Frente a la apropiación de plusvalía fundada en el dinamismo tecnológico del segmento de bienes de consumo suntuario, el segmento de bienes de consumo necesario intenta reaccionar. Hay dos formas de hacerlo: la primera, propia de los países centrales, es neutralizar parcialmente el monopolio del sector de bienes de consumo de lujo mediante la competencia tecnológica. Para esto, es necesario cierto grado de homogeneidades tecnológicas intersectorial y social. Este proceso permitirá inicialmente al empresario individual que actúa en el segmento de bienes necesarios alcanzar la plusvalía extraordinaria en su interior. Sin embargo, en el momento en que la competencia tecnológica se generaliza en este segmento, los monopolios intrasectoriales se reducen y las mercancías que componen el valor de fuerza de trabajo se desvalorizan socialmente, generando plusvalía relativa. La otra forma es mediante la superexplotación del trabajo. Incapaz de neutralizar incluso relativamente los efectos tóxicos del monopolio tecnológico sobre su tasa de ganancia, el sector de bienes de consumo necesario recurre a la superexplotación del trabajo para restablecerla, aumentando la tasa de plusvalía y la tasa media de ganancia, movimiento éste que no se puede hacer sin la destrucción y concentración de capitales en el mismo ramo. Esta situación ocurre cuando la parte constituida por la masa de valor referente a la producción de plusvalía del sector de bienes de consumo necesario llega a ser inferior a la representada por la apropiación que sufre. Para que esto se establezca, son necesarias dos condiciones: la productividad y/o el dinamismo en este segmento debe ser inferior a la mitad de aquella en el segmento de bienes de consumo suntuario; y éste, a su vez, debe determinar las condiciones medias de producción en proporción por lo menos equivalente al segmento de bienes necesarios.2

Esa segunda situación configura la condición típica de dependencia. En ésta, la tecnología extranjera ingresa en intervalos, concentrándose en el segmento de bienes de consumo suntuarios, y limita drásticamente la capacidad de respuesta local. Esto ocurre en función de la conjunción de dos factores: las asimetrías tecnológicas presentes en la economía mundial y el control del Estado en los países dependientes por segmentos de los capitales locales que buscan la ganancia extraordinaria y utilizan, para esto, la tecnología extranjera, internalizando una especialización productiva complementaria a la establecida por el gran capital internacional en sus Estados nacionales de origen. La tecnología extranjera se dirige, inicial y prioritariamente, a la producción de bienes que pueden desvalorizar el capital constante, circulante y variable en los países centrales y, posteriormente —durante la industrialización de los países dependientes, sin eliminar esta primera orientación—, preferencialmente al consumo suntuario interno. La superexplotación no alcanza, claro está, solamente el segmento de bienes necesarios. Se generaliza en la formación social. Recompone la tasa de ganancia de las empresas del sector de bienes de consumo suntuario que sufren asimetrías tecnológicas y las tasas de ganancias de las filiales de las empresas extranjeras que transfieren excedentes para propietarios no residentes y lideran el dinamismo tecnológico. Se cristaliza un segmento monopólico de la burguesía nacional, asociado a la tecnología extranjera, que genera altas tasas de plusvalía y de ganancia, beneficiándose del mercado de trabajo regido por la superexplotación para proyectarse nacional e internacionalmente.

El sector monopólico de la burguesía dependiente, representado por el gran capital internacional y nacional, tiene como base de su plusvalía extraordinaria el monopolio sectorial que ejerce en la economía dependiente, transfiriendo para los capitales de composición social mediana3 o inferior las pérdidas que sufre por su inserción mundial dependiente. Éstas se manifiestan en el deterioro de los términos de intercambio, en las remesas de ganancias y en los pagos de intereses/amortizaciones de deudas o de servicios tecnológicos, comerciales y financieros internacionales.

Las inversiones del segmento de bienes de consumo necesarios pasan a estar vinculada:

1) A la expansión demográfica del número de trabajadores incorporados al proceso de trabajo y al asalariamiento, mantenido el nivel medio de los salarios.

2) Al aumento de la jornada de trabajo, de su intensidad o de la calificación de la fuerza de trabajo, y del coeficiente representado por su múltiplo, aunque la superexplotación limite, en parte o en la totalidad, la expresión de mayor desgaste o del aumento del valor de fuerza de trabajo en sus precios.

3) Al aumento del valor moral e histórico de la fuerza de trabajo, variable ésta limitada por la propia superexplotación, que le restringe las condiciones específicas de formación al poner fuertes restricciones al desarrollo social y político de los procesos democráticos.

4) A la devaluación de los bienes de consumo suntuarios en función de la competencia permanente para la fijación de la plusvalía extraordinaria.4 Esa devaluación puede incluir poco a poco parte de estos bienes de consumo a la esfera de consumo popular —principalmente durante los ciclos largos de expansión del capitalismo, cuando las innovaciones tecnológicas se difunden—, desde que el valor de la fuerza de trabajo aumente, aunque menos proporcionalmente, los salarios para incorporar mercancías más caras que las que por tradición pertenecen a la esfera de consumo popular. Tales bienes podrán, empero, ser nuevamente retirados de la esfera de consumo popular, si los mecanismos de caída de los precios de la fuerza de trabajo por debajo de su valor se acentúan. Se trata de un proceso diferente de la forma de ampliación del consumo típica de la plusvalía relativa, en la cual la expansión del consumo de los trabajadores se da por la disminución del valor de los bienes de consumo necesarios.

En la década de 1990, Marini (1992 y 1996) se vuelca hacia la globalización capitalista, buscando analizar sus fundamentos.5 Él afirma que la superexplotación, entonces característica de la periferia, se generaliza en dirección a los centros del sistema mundial. Para explicar este movimiento, el autor apunta hacia dos nuevas formas de obtención de plusvalía extraordinaria en el capitalismo globalizado: el monopolio de la ciencia y del trabajo intensivo en conocimiento y la descentralización de las tecnologías físicas, que pierden su lugar estratégico en la división internacional del trabajo y son transferidas para la periferia y semiperiferia en la búsqueda del trabajo superexplotado. Éste pasa a producir mercancías para el mercado mundial que compiten parcialmente con la especialización productiva de los centros, utilizando tecnologías con alta productividad. El resultado es la tendencia a nivelar la composición técnica del capital en el mundo, mediante la reorganización de la división internacional del trabajo que crea un nuevo monopolio, de dimensiones globales, capaz de imponer significativas asimetrías a la burguesía de base estrictamente nacional de los países centrales. Esta burguesía, en consecuencia, recurre a la superexplotación frente a su incapacidad de restablecer sus tasas de ganancia a partir del dinamismo de la corrida tecnológica.

El otro tema de importancia central en la economía política mariniana es el sub-imperialismo, que presenta dos dimensiones: la económica y la política. En el nivel económico, se convierte en la alternativa más dinámica para la realización de las mercancías, una vez que la composición orgánica del capital en los países dependientes alcanza el nivel intermediario con la introducción de la industria de bienes de consumo durables en la región. El aumento de las escalas productivas encuentra límites de realización en la formación social basada en la superexplotación. Estos límites pueden ser sobrepasados sólo parcialmente con la transferencia de ingreso hacia los segmentos de consumo suntuario, pues la disponibilidad de ingreso para el consumo no es garantía de que el consumo realmente ocurra, una vez que la mercancía debe representar determinado valor de uso para quienes la compran. La demanda estatal, otra forma de realización de mercancías, encuentra límites en la oposición de los monopolios privados a la construcción de un poderoso capitalismo de Estado, centrado en las empresas estatales y buscando ampliar la autonomía tecnológica. El riesgo de esta alternativa, que ha movilizado segmentos del sector militar y de la burocracia estatal, fue una de las razones para que el gran capital desplazara su apoyo a las dictaduras para la transición hacia democracias controladas por las élites burguesas.

El subimperialismo, teorizado por Marini en la década de 1970, se caracteriza, desde el punto de vista económico, por el alto dinamismo de las exportaciones de mercancías —en particular, las manufacturas—, por la exportación de capital y por el control regional de materias-primas y abastecimiento energético. El movimiento de despliegue internacional se daría sobre todo en dirección a otros países dependientes, para los cuales los países subimperialistas se presentarían como subcentros integradores. Para Marini (1977), en América Latina, entre los tres países en condiciones de desarrollar una trayectoria subimperialista (Brasil, Argentina y México), solamente Brasil tendría posibilidades de ejercer tal política.

La autonomía de los centros subimperialistas sería limitada por el imperialismo, del cual dependería tecnológica e ideológicamente. Sin embargo, este límite no impediría el establecimiento de importantes contradicciones en el proceso de jerarquización entre países subimperialistas e imperialistas. La afirmación del subimperialismo dependería de la política estatal que lograra utilizar las posibilidades internacionales del pasaje de la unipolaridad hacia la integración jerarquizada —cuando el gran capital internacional restablece su autonomía relativa en relación con el Estado norteamericano y desarrolla la transición hacia la hegemonía compartida— para impulsar un proyecto regional asimétrico.6 Su mayor expresión fue el aparato tecnomilitar construido por las dictaduras latinoamericanas y su concepto de fronteras ideológicas. Sin embargo, varios factores restringieron las posibilidades del subimperialismo, sin necesariamente eliminarlo: el apoyo del capital internacional a los procesos de redemocratización frente a las pretensiones de potencia de las dictaduras militares; la centralización financiera mundial impulsada por Estados Unidos en la década de 1980, que ha colapsado la base financiera de los proyectos de modernización latinoamericanos y su pretensión de internalizar la industria pesada apoyada en el crédito internacional; y la internacionalización de procesos productivos y mercados internos a partir del neoliberalismo (Marini, 1992 y 1996).

 

El modelo político latinoamericano y la cuestión del socialismo

Marini se dedica a la teorización del modelo político latinoamericano. Uno de sus principales aportes en este campo es el concepto de Estado de contrainsurgencia, cuya emergencia, desarrollo y crisis Marini analiza en diferentes textos (1978a, 1992 y 1995). Esta forma de Estado encuentra condiciones objetivas para su desarrollo a partir de la integración de los sistemas productivos latinoamericanos mediante la inversión extranjera directa (IED). Esta integración multiplica la monopolización del capital y la superexplotación del trabajo, genera dialécticamente un movimiento de masas que presiona los límites conservadores del pacto populista y es enfrentado internamente por el conjunto de la burguesía y del sector militar, bajo el liderazgo y auxilio de la estrategia estadounidense de contrainsurgencia. Estos segmentos aprovechan las debilidades del movimiento popular, marcado por la influencia populista y reformista, para derrotarlo. Esta doctrina presenta identidades y diferencias en relación con el fascismo, una vez que ambas son formas específicas de contrarrevolución; si, por un lado, como el fascismo, se propone aniquilar al enemigo, impidiéndole seguir su oposición, por otro lado sugiere restablecer la democracia burguesa, para superar así el periodo de crisis y excepción. La incapacidad de formar una base de masas pequeño-burguesas, sea en función de la proletarización de estas camadas, sea debido a la amplitud de la superexplotación o de la desnacionalización realizada por la economía política de la contrainsurgencia, confiere privilegios a las fuerzas armadas como pilar del golpe de Estado y de la dictadura a ser implantada, lo que acentúa las diferencias en relación con el fascismo.

El Estado de contrainsurgencia no se restringe necesariamente a la forma dictatorial. Se habilita al construir democracias tuteladas, configurando aparatos militares y económicos más allá del control del poder legislativo, que lo constituyen como Estado corporativo de la burguesía monopólica y de las fuerzas armadas. Esta evolución se dio durante la transición democrática, lo que el autor llama de Estados de cuarto poder, cuando el gran capital y el aparato represivo buscaron institucionalizar democracias vigiladas y bajo control. Dos factores limitan la fórmula del Estado de cuarto poder: la recomposición de los movimientos sociales que opusieran fuerte ofensiva por la ampliación de la democratización en la década de 1980, y las fracturas provocadas por el neoliberalismo en el bloque burgués-militar que ha sostenido el Estado de contrainsurgencia. El neoliberalismo impulsó la reconversión del sector productivo latinoamericano, destruyendo parcialmente segmentos de mayor valor agregado, imponiendo fuertes desnacionalizaciones productiva, comercial y financiera, y aumentando el endeudamiento estatal. Este proceso ha confrontado las pretensiones de afirmación nacional de los militares; de modo muy claro, la media y baja oficialidades, menos articuladas con el gran capital.

Para el autor, las democracias liberales en América Latina se asientan sobre la gran fragilidad institucional. La superexplotación del trabajo implica altos niveles de desigualdad de ingreso y propiedad, además de una significativa pobreza estructural, entrando en contradicción con la ideología liberal que promete progreso material y libertad a los individuos. La superexplotación no puede ser combatida eficazmente mediante los mecanismos de la democracia representativa, que suponen la pasividad de las grandes mayorías de la población y abren margen para importantes retrocesos en conquistas acumuladas en la economía política del trabajo. Un proyecto político comprometido con cambios estructurales sustantivos, como la erradicación de la pobreza y la reducción de las desigualdades, implica la organización de la clase trabajadora y de los movimientos sociales como sujetos políticos. En sus formas más avanzadas y orgánicas, implica sobrepasar la democracia parlamentaria en dirección a la democracia participativa, lo que incluye la socialización de la gestión de empresas, del Estado y de la sociedad en general, configurando un amplio proceso de emergencia de la subjetividad popular. Este tema ha sido tratado por Marini en El reformismo y la contrarrevolución: estudios sobre Chile (1976), al abordar la cuestión de la dualidad de poderes, en que menciona el choque entre las dinámicas social y política de la clase trabajadora y la institucionalidad burguesa-liberal, centrada en la representación política. El gran capital y sus líderes recurren al Estado de contrainsurgencia para destruirlas, pero, para eso, necesitan recuperar la iniciativa política, apoyándose en las debilidades organizativas de la clase trabajadora. La introducción de reformas sociales de contenido popular coliciona con la resistencia del gran capital, apoyado por parcelas significativas de los sectores medianos y de la pequeña burguesía, y tiende a desplegarse en capitalismo de Estado o en formas de transición al socialismo. Para el autor, las posibilidades de autonomía del capitalismo de Estado son limitadas y lo más probable es su evolución al socialismo o su desmantelamiento por la imposición del Estado de contrainsurgencia.

En su artículo "Dos notas sobre el socialismo" (1993), Marini señala el carácter histórico, provisorio y limitado de las formas iniciales del Estado socialista. Tal como el capitalismo ha surgido en el siglo XVI, a partir del control del Estado por el capital comercial y bancario, sin tener sus fuerzas productivas plenamente desarrolladas, el socialismo es una forma de transición para una sociedad superior, que surge en situación de escasez, en el siglo XX, sin los elementos para establecer plenamente sus formas políticas, económicas, sociales y culturales. El capitalismo ha tardado casi 300 años para transformar el control económico sobre el Estado absolutista en las condiciones materiales para el desarrollo de sus fuerzas productivas o de su revolución política y cultural, afirmando el Estado liberal y el primado del individuo sobre las corporaciones. Así, el control político de los trabajadores sobre el Estado no implica simultáneamente el desarrollo de formas societarias vinculadas al modo de producción comunista. Pero la aceleración tecnológica, provocada por el propio capitalismo, permite reducir en mucho este periodo de transición. El desarrollo del socialismo implica el establecimiento de fuerzas productivas centradas en el hombre. Éstas están basadas en el trabajo intelectual, en la mundialización de los procesos productivos, en la nivelación tecnológica internacional y en la democracia radical, en que el gobierno de la mayoría se desplaza de la coerción hacia la persuasión como principio central de ejercicio del poder.

Según el autor, el bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas en que se establecieron las experiencias socialistas del siglo XX generó un conjunto de importantes distorsiones concernientes a la potencialidad de esta formación social. Los más importantes son la sustitución del proletariado y de segmentos populares por el partido como sujeto histórico y el intento de suprimir el mercado en un momento en que los niveles de desarrollo de las relaciones sociales no permitían hacerlo sin afectar sustanciosamente el dinamismo económico y la eficiencia. Para Marini (1993), la revisión del socialismo, en el siglo XXI, debería implicar simultáneamente la democratización y descentralización de la gestión a los trabajadores y el restablecimiento de los mecanismos de mercado, que se revelasen necesarios a la eliminación de la escasez. Debería, además, multiplicar su internacionalización, saliendo del plano nacional de un solo país hacia el regional y mundial. En América Latina, la dimensión regional del socialismo afirmaría las nacionalidades y correspondería al nivel más amplio de desarrollo de las fuerzas productivas introducidas por la globalización, permitiendo la integración a la economía mundial y la preservación de soberanías y principios internos de globalización.

Marini (1993) plantea que la relación entre democracia y socialismo es contradictoria. En su sentido pleno, el socialismo significa la máxima realización de la democracia, entendida como el gobierno ejercido por las mayorías, centrado en la persuasión. Sin embargo, esta alternativa depende del desarrollo de las bases materiales, sociales, políticas y morales del socialismo, como Estado y movimientos sociales. El fortalecimiento de la alternativa socialista podría significar la aproximación del proceso revolucionario a la vía pacífica, implicando política de alianzas en el seno de la clase trabajadora (diversos segmentos del proletariado y del campesinado) y de tolerancia a la burguesía, que resultaría en el pluralismo, bajo el liderazgo político e ideológico de los trabajadores. En contraste, a la mayor debilidad del socialismo correspondería el fortalecimiento de la coerción y del alejamiento de la alternativa democrática. En este contexto, la democracia podría representar su disolución. Sin embargo, el desplazamiento excesivo a la coerción implicaría otra forma de amenaza al proyecto socialista, con el riesgo de ruptura interna del partido en relación con la meta de transición al comunismo. El restablecimiento de la burocracia, bajo la forma socialista, si combinado con la supresión del mercado, puede conllevar problemas para el desarrollo económico. La capacidad del poder central de asignar recursos con eficiencia, eficacia y efectividad encuentra restricciones en las limitaciones de los instrumentos de medición de la utilidad social de productos y servicios. Para Marx, el mercado sólo es parcialmente superado por el desarrollo de la burocracia como forma de asignación de recursos. En realidad, tiende a combinarse con ésta para desarrollarse. Solamente la democratización y la socialización del poder tendrán la capacidad de articularse con las instancias centrales de decisión y sustituir el mercado como instrumento de medición de la utilidad social de productos y servicios.

En su análisis sobre el Estado, Marini (1978a, 1992 y 1995) distingue dos niveles de poder: el de las instituciones sociales a partir de las cuales una clase construye sus relaciones de dominación, y el de su síntesis en el aparato jurídico-político institucional, por medio del Estado, que ejerce su dictadura basada en la coerción, representada en la ley. Para el autor, hay una relación dialéctica entre estas dos dimensiones. El aparato jurídico-político estatal expresa y fundamenta relaciones de dominación entre las clases sociales que sólo pueden ser transformadas de hecho a partir de cambios en la estructura de este aparato coercitivo. Estos cambios, a su vez, no pueden ser impuestos unilateralmente, de arriba hacia abajo, y dependen de transformaciones que se desarrollarán hasta cierto punto en el seno de la propia sociedad, que, al hacerlo, es capaz de sostenerlos y desarrollarlos en el ámbito del aparato jurídico-político estatal.

La democracia parlamentaria se articula a la burocracia como modelo de gestión, al despotismo de la subsunción formal y real del trabajo al capital y a la pasividad político-social de las masas, cuya actividad se circunscribe al ejercicio periódico del voto, lo que no constituye, pues, una forma adecuada para la construcción del socialismo. La transición democrática al socialismo requiere la construcción de una institucionalidad que rompa con el despotismo del capital, transfiera a los trabajadores los mecanismos de dirección social y política, y los represente públicamente en el aparato estatal. La forma pacífica de esta transición depende de la penetración de la ideología socialista, democrática y popular en segmentos del aparato represivo del Estado, capaces de neutralizar, en el propio Estado y el en conjunto de la sociedad, la rebelión burguesa frente al desarrollo de los mecanismos de participación social. Sin embargo, el autor resalta que la violencia está presente incluso en la transición pacífica: se impone la socialización de los medios de producción y del excedente económico, aunque este proceso pueda combinarse con la preservación de las burguesías pequeña y mediana (Marini, 1976).

 

La contribución al pensamiento social y el debate en el interior de la teoría de la dependencia

En la década de 1990, Marini realiza un balance del pensamiento social latinoamericano y de su obra. Al analizarla, la inscribe en el ámbito de la segunda floración marxista de la teoría de la dependencia, de las décadas de 1960 y 1970, que siguió la de 1920. En esta década, autores como José Carlos Mariátegui y Ramiro Guerra habían señalado que la debilidad de las burguesías latinoamericanas y su incapacidad de enfrentar el imperialismo las conducían a la subordinación y asociación con el imperialismo. No serían propulsoras de una revolución democrático-burguesa, basada en la reforma agraria y la revolución industrial que pudiera integrar la población latinoamericana en el consumo de masas y propiciar una soberanía científica o tecnológica. Los países latinoamericanos se tornarían en Estados dirigidos por oligarquías primario-exportadoras, en asociación con los capitales comercial y bancario, fundamentalmente extranjeros, que controlarían el sector exportador y de servicios. La industrialización se convierte en una tarea a ser cumplida por el socialismo, impulsado por el proletariado urbano y apoyado por las masas rurales inscritas en distintas formas de relaciones de trabajo y propiedad.

La teoría de la dependencia, que se desarrolla en la década de 1960, pone en cuestión muchos de los supuestos establecidos en la década de 1920. Si, por un lado, mantiene la tesis acerca de la burguesía latinoamericana y de su asociación con el imperialismo, por otro plantea que esta asociación conduce al dinamismo y al desarrollo de las fuerzas productivas y a la hegemonía de la fracción industrial del capital sobre la fracción agraria en el conjunto de la región, sobre todo en los Estados con mayor mercado interno y base demográfica. A partir de esta convergencia básica, se crean profundas diferencias entre los teóricos de la dependencia acerca de las tendencias que caracterizarían el capitalismo dependiente y de los modelos de desarrollo político y económico que deberían buscarse. Las divergencias acerca de las tendencias del capitalismo dependiente se refieren principalmente al papel ejercido por el capital extranjero, por el mercado interno y por las formas políticas de su promoción.

Fernando Henrique Cardoso y Enzo Falleto construyen la versión weberiana de la dependencia. Para ellos, la dependencia es el paradigma de desarrollo de los Estados periféricos. Por esto, hacen restricciones a los modelos políticos que intentan condicionar las relaciones con el mercado mundial y sus principales actores al ejercicio de la soberanía nacional, lo que exigiría la fuerte presencia reguladora del Estado. Nacionalismo, populismo y socialismo son descartados como propiciadores de alternativas de desarrollo para los países latinoamericanos, una vez que promoverían el autoritarismo, el corporativismo y las dificultades de diferenciación del sistema productivo —esto es, la estancación—, combinación articulada por la presencia excesiva de la burocracia estatal. El autoritarismo que se despliega en América Latina en las décadas de 1960 y 1970 es entendido por Cardoso (1975, 1979 y 1995) como una fórmula política sostenida mucho más por una burocracia corporativa civil-militar, afirmada en el Estado por medio de anillos burocráticos y a quienes el autor llama de burguesía estatal, que por las burguesías empresariales extranjera y nacional enraizadas en las sociedades civiles. Para los autores, el grado de autonomía de los Estados frente al gran capital internacional debe ser limitado, garantizando así el dinamismo económico, la ampliación del mercado interno y una democracia estable.

Para Cardoso, el capital extranjero capitaliza la región aunque provoque salidas superiores a las entradas mediante pagos de remesas de ganancias, intereses, regalías, etcétera. Esto se daría en función de la crisis de realización de plusvalía que en retorno de la exportación de capitales provoca en los países centrales, solucionada parcialmente mediante gastos militares y de bienestar social. El crédito extranjero y el endeudamiento externo promoverían la continuidad del desarrollo en la periferia y el control relativo de los desequilibrios macroeconómicos. La penetración del capital extranjero en la promoción de la industrialización de los países dependientes generalizaría la plusvalía relativa e impulsaría la reducción de los costos de la fuerza de trabajo (Cardoso y Faletto, 1977 y 1984) (Cardoso, 1979 y 1995). Para el autor, la presencia de áreas de pobreza corresponde más a la persistencia del capitalismo competitivo y del precapitalismo que a la presencia expansiva del capitalismo monopólico.7

En el ensayo que escribe en homenaje a los 40 años de Dependencia y desarrollo en América Latina, Cardoso (2010) retoma estos temas, reforzando sus tesis centrales de las décadas de1970 y 1980. Él defiende para América Latina una nueva socialdemocracia de mercado, que acepte las políticas promovidas por las potencias occidentales, consideradas como referencia central de oportunidad para el desarrollo. Esta socialdemocracia debe alejar el riesgo de lo que llama de populismo regresivo, manifiesto en Venezuela por el presidente Hugo Chávez, en Ecuador por el presidente Rafael Correa, en Bolivia por el presidente Evo Morales, o en Argentina del entonces presidente Néstor Kirchner y, posteriormente, de la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner, y debe también sostenerse no sólo en sindicatos o liderazgos laboristas, pero sí en las clases medias y en una opinión pública difusa —mediática y digital— que presione al gobierno a cumplir ciertos consensos establecidos por la globalización: la adopción de la economía de mercado globalizada, con la supresión de lo que denomina nacionalismo de medios —en referencia explícita al término creado por Helio Jaguaribe para designar el uso del proteccionismo nacionalista como condicionante del desarrollo; el combate a la pobreza por medio de políticas compensatorias y de mínimo ingreso, sin violar las reglas del mercado y los límites fiscales determinados por el sector financiero al Estado mediante la deuda pública; la institucionalización de la democracia representativa; y el abandono de una política tercermundista de resultados en favor de un esfuerzo activo en las iniciativas de las potencias tradicionales del siglo XX, como mejor forma de aumentar los márgenes de maniobra de América Latina.8

Marini (1992), a su vez, destaca su propia contribución para la construcción de una teoría marxista de la dependencia en el grupo que originalmente ha reunido Theotonio dos Santos y Vania Bambirra, enfatizando sus aportes al método a partir de la economía política de la dependencia, en la cual formula los conceptos de superexplotación y subimperialismo. El capitalismo dependiente es fuertemente excluyente, superexplotador y limitador de la potencialidad de los pueblos y países de la región. Estas limitaciones son más intolerables cuanto más los países centrales transfieren nuevas olas tecnológicas a los países de la periferia, impulsando sus fuerzas productivas y, por tanto, las condiciones objetivas para romper los vínculos internos y externos de la dependencia. Estos autores proponen procesos de transición al socialismo para erradicar la superexplotación, expandir el mercado interno y buscar propósitos regionales para impulsar el dinamismo económico. Tal socialismo no tendría como objetivo apartarse de la economía mundial, sino integrarse a ésta con soberanía a partir de la redefinición de las relaciones de poder internas para revertir su condición periférica.

Se ha visto que, para Marini, la superexplotación del trabajo está basada en las transferencias de valor y plusvalía impulsadas por la competencia monopólica. Ésta se establece no sólo en el plano internacional, sino también en el interior de los países dependientes mediante la configuración de la burguesía monopólica y asociada, constituida por la búsqueda de plusvalía extraordinaria. Son estas dos dimensiones que articuladamente producen la superexplotación. Como menciona Marini (1978b), "la superexplotación es acicateada por el intercambio desigual, pero no deriva de él, sino de la fiebre de ganancia que crea el mercado mundial".

Al analizar el tema del deterioro de los términos de intercambio, Marini menciona su articulación con la plusvalía extraordinaria y las transferencias de valor. Ésta está basada en el monopolio tecnológico y establece precios por encima del valor, siempre que la competencia no le impida hacerlo, implicando intercambio desigual de valores y transferencia de plusvalía generada en otros sectores, que se extrema en detrimento de los segmentos de menor intensidad tecnológica relativa, lo que resulta en la superexplotación del trabajo para el restablecimiento de sus tasas de plusvalía y de ganancia. El autor critica el pensamiento cepalino por la ausencia de una teoría del valor que le permita comprender la naturaleza global del fenómeno, inscrito en el plano de la competencia y del mercado mundial, y le atribuye las causas a su expresión aparente y empírica, como el bajo costo de la fuerza de trabajo y las limitaciones de la demanda internacional. Al basarse en la teoría de los factores de producción, que asocia el precio del producto a la suma de costos de los factores de producción (capital, trabajo y tierra), la teoría cepalina no es capaz de comprender cómo la innovación tecnológica introducida por la acumulación capitalista transfiere valores y demanda del trabajo al capital, contribuyendo para formar un mercado mundial concentrado en las mercancías de bienes de consumo suntuarios. En esta crítica Marini (1978b) extiende a Cardoso y Serra en la polémica que trabaron en la Revista Mexicana de Sociología: la ausencia de la teoría valor-trabajo marxista y de la percepción de la unidad dialéctica entre valor y precio hace que conciban el intercambio desigual sin transferencia de valores y de plusvalía. Para Cardoso y Serra, la plusvalía extraordinaria, que reduce la cantidad de trabajo por unidad de producto o su valor individual sin alterar el valor social o precio, no implicaría transferencias de valor mediante el intercambio por parte de la nación desfavorecida, una vez que los valores individual/social y el precio de sus mercancías permanecerían inalterados. Plantean que la nación desfavorecida empobrecería relativamente, pero no absolutamente. Sin embargo, no consideran que:

1) La búsqueda por plusvalía extraordinaria por parte de la burguesía dependiente incide sobre el intercambio desigual y aumenta la cantidad de trabajo transferida por la nación desfavorecida para obtener la misma cuota de valor, una vez que, no obstante se mantienen los valores sociales, los valores individuales de las mercancías de los países centrales bajaron.

2) El aumento de la plusvalía extraordinaria en los países dependientes redistribuye internamente las tasas de plusvalía intersectorial e intrasectorialmente.

3) El sustento en el largo plazo de la plusvalía extraordinaria en la economía mundial —o sea, en situación de equilibrio de oferta y demanda— exige la reducción de la tasa de plusvalía de los empresarios individuales desfavorecidos por la plusvalía extraordinaria, así como la reducción del valor social de las mercancías de los sectores de composición técnica inferior o media, sometidos a la situación de competencia monopólica.

Mientras Cardoso y Serra ubican en el monopolio tecnológico el progreso técnico y la plusvalía relativa, y apoyan su expansión, atribuyendo al sector con mayor competencia —o sea, a las pequeñas y medianas empresas y a los sectores precapitalistas— los altos niveles de pobreza y la plusvalía absoluta, Marini percibe en las relaciones de competencia en los mercados mundial e internos de los países dependientes transferencias de plusvalía que crean un mercado de trabajo regulado por la superexplotación del trabajo, la cual incide prioritariamente sobre los sectores de composición técnica inferior o media y de la cual se beneficiará el propio sector monopólico de los países dependientes.

La superexplotación no impide necesariamente el crecimiento del mercado interno para los segmentos populares, pero establece fuertes restricciones a este crecimiento.9 Éste, como se ha visto, puede ser impulsado, independientemente de la expansión demográfica, cuando haya un aumento del valor de la fuerza de trabajo que supere la caída de los precios de la fuerza de trabajo con relación a su valor. Esto puede darse por la combinación del aumento de calificación de fuerza de trabajo y de la intensidad del trabajo y, en los límites institucionales de la democracia burguesa, por el aumento del valor moral de fuerza de trabajo mediante procesos políticos que impugnan parcialmente la economía política del capital y distribuyan una fracción de la plusvalía concentrada en el segmento monopólico.

Para Marini, el capital extranjero, no obstante presente cíclicos de predominio de ingresos o de salidas, tiende, en el conjunto, a descapitalizar los procesos de acumulación en América Latina, restringiéndoles el mercado interno. Este capital es controlado por propietarios no residentes, a quien debe proporcionar una tasa de ganancia positiva, y sólo el desplazamiento del dinamismo de la acumulación para nuevas regiones, relacionadas a cambios que impliquen alteraciones sustantivas en el proceso global de acumulación, podría hacerlos poner de lado las ventajas acumuladas en el ámbito de la división internacional del trabajo, así como las obtenidas por la utilización del monopolio de la violencia en su espacio nacional de soberanía.

La burguesía dependiente y asociada presenta así fuerte tendencia antidemocrática. El desarrollo de los procesos democráticos en movimientos sociales y políticos que cuestionan la superexplotación del trabajo amenazan la institucionalidad política en la región, desestabilizándola. El descenso de la teoría marxista de la dependencia estuvo asociado a la represión desplegada contra el nacionalismo popular que se gestó en la década de 1960 y 1970 y, en particular, contra el gobierno de Salvador Allende en Chile, una represión que se expresó principlmente a partir de la imposición de golpes militares en América Latina. Esta situación ha provocado un importante retroceso teórico-metodológico en la región, que resultó en el establecimiento del endogenismo y del neodesarrollismo. El endogenismo priorizó los factores internos en la explicación de los procesos de acumulación de capital y subdesarrollo en América Latina, fijando la noción de articulación de modos de producción para explicar, a partir de los vínculos entre segmentos modernos y atrasados en el ámbito de la sociedad periférica, la especificidad del capitalismo latinoamericano. Marini (1992 y 1994b) señala que este enfoque sobrevalora el concepto de modo de producción y los procesos de acumulación primitiva para su configuración, descuidando la importancia de la circulación en los procesos de acumulación de capital. Al hacerlo, el autor no restringe la especificidad del proceso de producción del capital, pero señala que tal proceso es precedido y sucedido por la circulación de capital. Esta última se desarrolla a partir de la economía mundial e impulsa la división internacional del trabajo, que estructura los sistemas productivos en los espacios nacionales. La realización del valor, a su vez, es regulada por la competencia originada, en última instancia, en el mercado mundial. El restablecimiento de la totalidad de los procesos de acumulación de capital permite ubicar las determinaciones históricas del proceso de producción de capital, recuperando los nexos entre las dimensiones internas y externas. Se vuelve crucial para la comprensión del capitalismo latinoamericano ubicar su lugar en la jerarquía espacial organizada por el capital en la economía mundial. Entre los endogenistas, Marini señala, por ejemplo, a Agustín Cueva —el más internacionalista y quien, en la década de 1960, hará autocríticas, acercándose a la teoría de la dependencia—, y otros como Enrique Semo, Roger Bartra y Ciro Flamarion Cardoso.

El endogenismo presentó el imperialismo como última variable de interpretación de los procesos de acumulación de capital en América Latina y abrió espacio para la afirmación del neodesarrollismo. De acuerdo con Marini, esta corriente expresó el periodo de afirmación de la burguesía industrial latinoamericana; especialmente, en Brasil, México y Argentina, en la década de 1970, cuando se inició en los países centrales la crisis de largo plazo que se extendió hasta 1994. Esto ha permitido a la burguesía industrial latinoamericana aprovecharse de las rivalidades interimperialistas para promover el crecimiento acelerado de la industrialización hasta el inicio de la década de 1980, cuando la elevación de las tasas de interés en Estados Unidos puso en entredicho las bases financieras de esta expansión apoyada en la deuda externa. Este enfoque es diferente del nacional-desarrollismo en función de:

1) Aceptar ampliamente la presencia del capital extranjero como actor central, y no sólo residual y complementar, de la industrialización de la región, articulado a los otros dos pilares: el Estado y el capital nacional.

2) Poner énfasis en los procesos distribución de ingreso y en la democracia para el establecimiento de estilo de desarrollo que incorpore las grandes masas, alejándose de los textos cepalinos de la década de 1950, que entendían automáticamente el papel progresista de la industrialización y veían el Estado como neutro.

3) Afirmar el protagonismo del ciclo endógeno de la acumulación de capital sobre los condicionantes de la economía mundial, en función del dinamismo del mercado interno, asociado al desarrollo de los sectores de bienes de capital y de bienes de consumo. Para el neodesarrollismo, la presencia destacada de la propiedad extranjera era de menor importancia, pues la industrialización había internalizado los centros de decisión, de modo que la democracia garantizaría la distribución del ingreso y los estilos de desarrollo volcados para el segmento de bienes de consumo de masa. Entre los principales autores que defendieron este enfoque se encuentran Maria da Conceição Tavares, Ado Ferrer, Francisco de Oliveira, João Manuel Cardoso de Mello, además de dependentistas como Fernando Henrique Cardoso o cepalinos como Raúl Prebisch y Celso Furtado, estos últimos más cuidadosos en relación con la internacionalización de los centros de decisión.

En este contexto, se desarrollaron los estudios neogramscianos en América Latina, que, motivados por la perspectiva de redemocratización, son influenciados por la lectura particular que el Partido Comunista Italiano realizó de la obra de Gramsci. Así, el neogramscianismo ha enfatizado la autonomía de la sociedad civil frente al Estado, minimizando su conquista, para insertar las luchas populares en el ámbito de la legalidad democrático-burguesa realizada principalmente en los aparatos privados de hegemonía, de los cuales el Estado será cada vez más una expresión. América Latina, especialmente sus países más industrializados, tendría cruzada la frontera del Oriente para el Occidente, modernizando sus clases dominantes, que aceptarían el predominio de la hegemonía/consentimiento sobre la dominación/despotismo. El neogramscianismo no pone atención al hecho de que, para Gramsci, hegemonía significa el equilibrio entre coerción y consentimiento, olvidando así la dialéctica entre guerras de posición y movimiento, entre insurrección y procesos institucionales, entre poder estatal y hegemonía en la sociedad civil presente en la obra del autor. Entre los neogramscianos, Marini (1992) señala a José Aricó, José Carlos Portantiero, Carlos Pereira y Carlos Nelson Coutinho.

El protagonismo del neoliberalismo a partir de la década de 1980 ha puesto en crisis estos enfoques: la ruptura de los procesos de crecimiento económico a partir de la crisis de deuda externa, la desindustrialización y su control del Estado redefinieron las relaciones de poder internas e internacionales de América Latina. Para enfrentar esta realidad, Marini (1991 y 1992) propuso retomar de forma creativa el hilo de la teoría de la dependencia. Esta recuperación no debe ser una vuelta al pasado, sino el punto de partida de una revisión radical, que la libere de los vínculos con el desarrollismo hacia la teorización de una realidad más compleja establecida por los procesos de globalización, orientada a la creación de un socialismo original, democrático y libertario.

 

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Notas

1 Este último mecanismo no es citado explícitamente por Marini (1973) cuando especifica las variables que constituyen la superexplotación, pero está claramente presente en sus escritos, como lo confirma este pasaje de "Las razones del neodesarrollismo":

[...] las necesidades sociales son tan fundamentales como las estrictamente físicas para la reprodución de la fuerza de trabajo, acorde a las exigencias que plantea el mercado de trabajo y el mismo desarrollo de las fuerzas productivas. El obrero debe presentar, por ejemplo, el nivel mínimo de calificación (o educación) exigido, para poder vender su fuerza de trabajo, del mismo modo como no puede prescindir del radio, e incluso de la televisión, cuando estos medios de comunicación se generalizan so pena de convertirse en un bruto, por debajo de nivel cultural de la sociedad en que debe vivir y producir. Resumiendo: es posible afirmar que, pese al deterioro del salario real, el obrero ha visto aumentar el valor de su fuerza de trabajo, haciendo aún más dramática la brecha creciente entre dicho valor y el ingreso real que percibe. (Marini, 1978b).

2 En Superexploração do trabalho e economia política da dependência (Martins, 2009), presentamos un modelo matemático que ubica en la teoría marxista del valor las condiciones en que la superexplotación actúa tanto intrasectorialmente, en el sector de bienes de consumo suntuario, o intersectorialmente, sobre el segmento de bienes de consumo necesario. Hemos visto que la situación de total neutralización de la apropiación de plusvalía es aquella en que la tendencia monopólica es anulada y el dinamismo tecnológico del segmento de bienes de consumo necesario corresponde al total del sector de bienes de consumo suntuario. De modo contrario, la situación de mayor apropiación de plusvalía se da cuando el segmento de bienes de consumo necesario no presenta dinamismo tecnológico, sujetándose a la apropiación de plusvalía oriunda de la expansión del sector de bienes de consumo de lujo. Finalmente, la situación de equilibrio es aquella en que la productividad y/o dinamismo del sector de bienes de consumo popular equivale a la mitad de aquellos del sector de bienes de consumo suntuario. La superexplotación actuaría cuando el dinamismo/productividad del sector de bienes de consumo necesario se extiende hasta la mitad del sector dinamismo/productividad de los bienes de consumo suntuario, cuando este determinar es proporcional o por lo menos equivalente a aquél, entonces se dan las condiciones medianas de producción, en función de los efectos de esta proporcionalidad sobre la apropiación de la masa de plusvalía. Se están despreciando aquí los efectos de la elevación de la composición orgánica del capital que tienden a ampliar este límite.

3 En una economía con presencia monopólica estructurante, los capitales de composición mediana se nivelan por debajo de las condiciones sociales medianas de producción.

4 El tema de la devaluación de los bienes de consumo suntuarios en función de la competencia por la plusvalía extraordinaria aparece claramente en Plusvalía extraordinaria y acumulación de capital (1979b) y en El ciclo del capital en la economía dependiente (1979a): "En consecuencia, la posibilidad de que la plusvalía extraordinaria de IIb se traduzca en ganancia extraordinaria no se ve limitada en principio por el mercado, sino tan sólo por la competencia entre los capitales y su emigración de rama a rama" (Marini, 1979b:29). "Con esto —en caso de que (supongamos que por un descenso del precio internacional del equipo que A utiliza) B iguale su nivel tecnológico— la superioridad en términos de magnitud del capital que detenta le da condiciones para responder de inmediato introduciendo otro adelanto tecnológico que bajando nuevamente su costo de producción, restablezca su ganancia extraordinaria" (Marini, 1979a). El mismo tema todavía no está presente en Dialéctica de la dependencia (1973), trabajo brillante y seminal que lanza muchos de los supuestos del pensamiento de Marini, lo que hizo envejecer parcialmente ciertos pasajes: "Para ello concurrió decisivamente la vinculación de las nuevas técnicas de producción a ramas industriales orientadas hacia tipos de consumo que, si tienden a convertirse en consumo popular en los países avanzados, no pueden hacerlo bajo ningún supuesto en las sociedades dependientes. El abismo existente allí entre el nivel de vida de los trabajadores y el de los sectores que alimentan la esfera alta de la circulación hace inevitable que productos como automóviles, aparatos electrodomésticos, etc., se destinen necesariamente a esta última" (Marini, 1973:72).

5 Para Marini (1992), la globalización capitalista significa un movimiento en dirección a la mundialización de la ley del valor y a la nivelación de las tasas de ganancia que es impulsado por la apropiación de la revolución científico-técnica por el capital.

6 Véase Marini (1977). La literatura acerca de la transición de la hegemonía unipolar para la hegemonía compartida como parte de la crisis de hegemonía más amplia es muy abundante actualmente. Se inicia en la década 1970, en relación con el fin del patrón oro-dólar, ganando proyección en la teoría de la dependencia, con las obras de Theotonio dos Santos y Ruy Mauro Marini, y en la teoría del sistema mundial, con las obras de Giovanni Arrighi, Immanuel Wallerstein, Andre Gunder Frank y Beverly Silver. Abordamos esta temática en nuestro libro Globalização, dependência e neoliberalismo na América Latina (2011) y en diversas obras colectivas.

7 "No quiero negar la existencia de bolsones de miseria (a veces, en algunos países, la verdad es al revés: islas de prosperidad en mares de miseria), ni la existencia de "poblaciones marginales". Pero éstas se explican antes por la formación histórica del capitalismo en América Latina, en la cual se superpusieron diferentes modos de producción (subordinados, por cierto, al capitalista) —tal como lo ha descrito Aníbal Quijano— que por cualquier ley del capitalismo periférico o dependiente" (Cardoso, 1995:114).

8 "Para asegurar el 'nacionalismo de fines' y, por ende, el interés nacional, caben variaciones instrumentales. Por ejemplo, ¿es mejor hacer una política al estilo 'tercer-mundismo de resultados' y jugar todas las fichas en los países subdesarrollados para obtener un puesto en el Consejo de Seguridad, o creer que todavía no ha llegado el momento de una reforma de la ONU y, por eso, serviríamos mejor al propósito nacional si lucháramos por una ampliación del G-7, mientras nos llega el momento de dar un paso más grande? (Cardoso, 2010:86).

9 En este sentido, Marini (1978b) deja claro: "al hablar de estancamiento y regresión, no tengo en mente el monto absoluto de la producción, sino tasas de crecimiento (cf. DD, pp. 73-74) no descarto, pues —lo que sería ridículo—, que las ramas que producen para el consumo popular sigan creciendo [...]".

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