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Argumentos (México, D.F.)

versão impressa ISSN 0187-5795

Argumentos (Méx.) vol.20 no.54 México Mai./Ago. 2007

 

Dossier: América Latina ¿fin del neoliberalismo?

 

Entre la explotación redoblada y la actualidad de la revolución: América Latina hoy*

 

Jaime Osorio

 

Universidad Autónoma Metropolitana–Unidad Xochimilco, Departamento de Relaciones Sociales.

 

Resumen

En América Latina la actualidad de la revolución constituye una tendencia que la atraviesa de manera estructural, siendo la explotación redoblada el proceso que internaliza las contradicciones del sistema y que agudiza los conflictos locales de la reproducción del capital. Desde este punto de vista se analizan las más recientes transformaciones económicas y políticas acontecidas en la región, en aras de ofrecer un marco explicativo a la emergencia de importantes movimientos populares y gobiernos que vuelven a poner en entredicho la dominación.

Palabras clave: América Latina, actualidad de la revolución, explotación redoblada, movimientos sociales, estado neooligárquico.

 

Abstract

In Latin America the actuality of the revolution constitutes a tendency that runs trough its structure, been the redoubled exploitation the process that internalizes the contradictions of the system worsening the local conflicts of the reproduction of the capital. From this point of view, we analyze the most recent economic and politic transformations in the region with the purpose of presenting an explicative frame to the emergence of important popular movements and governments that once again challenge the domination.

Key words: Latin America, actuality of the revolution, redoubled exploitation, social movements, new oligarchic state.

 

INTRODUCCIÓN

Los análisis sobre América Latina formulados por el pensamiento académico prevaleciente y por organismos internacionales se basan, por lo general, en el denominador común de una supuesta falta de madurez de la región respecto de las formas que el capitalismo presenta en naciones o en regiones del llamado mundo central. Por ello, en su intento por explicar lo que ocurre en la región, son comunes las afirmaciones que hablan de reformas económicas insuficientes, instituciones políticas que no se han consolidado o culturas políticas que no terminan de alcanzar niveles adecuados. Subyace una brecha no cubierta respecto de lo que acontece en algún modelo predominantemente europeo o en Estados Unidos.

Constituimos —en esas versiones— una región inmadura, que necesita acelerar su marcha para ingresar al desarrollo, a la democracia, a la conformación de ciudadanías responsables, y con ello dejar atrás el lastre de la falta de crecimiento o de crecimiento con desigualdad, el populismo o la fácil seducción de las masas por líderes tropicales.

En este trabajo partimos de un supuesto radicalmente distinto. La historia regional se hace inteligible en el marco de las relaciones establecidas en el seno del capitalismo como un sistema mundial, las que de manera simultánea propician distintas formas de despliegue capitalista —centros y periferias, economías desarrolladas y subdesarrolladas, entre algunos de sus nombres más comunes— las cuales —bajo lógicas generales y comunes— presentan ciertas particularidades. El problema del análisis sobre América Latina no es por tanto ofrecer un listado de supuestas tareas pendientes, sino de dar cuenta —en el seno de aquellas relaciones— de las formas particulares como la región se constituye. Desde esta posición podremos buscar explicaciones sobre lo que la región es, y no sobre lo que debería ser.

Si pensamos en la actualidad regional: ¿hay algo más estructural o sólo simple contingencia en la emergencia de importantes movimientos populares en la última década y su común rechazo a las políticas neoliberales en América Latina? Ante la exhuberancia de la coyuntura parece pertinente tomar alguna distancia para reflexionar sobre el aquí y el ahora. Para ello comenzaremos jalando el hilo que propicia en América Latina la urgencia de explicar la originalidad de la región. Quizás allí encontremos razones de su continuo caminar por derroteros donde la tragedia se muestra como un rasgo permanente, pero también donde otra historia, en pos de una vida digna, emerge de manera recurrente como una utopía posible.

 

ACTUALIDAD DE LA REVOLUCIÓN

Iniciar esta reflexión desde el tema de la actualidad de la revolución se fundamenta en un hecho nada despreciable: tras la puesta en marcha en América Latina —entre las décadas de 1960 y 1980 del siglo XX— de operaciones militares de exterminio sobre una amplia franja de dirigentes sociales y políticos y de sectores sociales politizados y de una guerra de terror sobre el conjunto de la población, acompañada o seguida del impulso de políticas económicas de corte neoliberal que constituyen verdaderos ejercicios de biopoder,1 que buscan proseguir por otros medios la constitución de cuerpos y mentes dóciles y el disciplinamiento societal, en un plazo muy corto —considerando el peso de los elementos antes mencionados—, asistimos a una amplia reorganización popular y la retoma de la iniciativa política, planteando nuevos problemas al dominio y al poder del capital.

Este nuevo renacer de la vocación de las clases subordinadas de la región, presente en las rebeliones indígenas en México (1994) y más tarde en Ecuador (2000) y Bolivia (2003 y 2005), con la destitución de por lo menos cinco presidentes entre estas dos naciones en menos de una década, la asonada popular que terminó por derribar el gobierno de Fernando de la Rúa en Argentina (2001), la movilización popular que impidió el golpe de Estado contra Hugo Chávez en Venezuela (2002) y la emergencia y accionar del Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, por señalar algunos hitos significativos, habla de un estado de cosas que se entronca con una historia permanentemente revivida, acentuada en los últimos años, y que como un río profundo vuelve a brotar en la superficie, a pesar de las múltiples acciones de los sectores dominantes, locales e internacionales, por detenerlo o encauzarlo.

El tema de la actualidad de la revolución ocupa en Lenin un lugar privilegiado en su reflexión, en aras de encontrar los elementos que permitieran ofrecer asideros a su convicción sobre las reales posibilidades revolucionarias en Rusia a comienzos del siglo XX. En su desarrollo se imbrican dos perspectivas. La primera se refiere a la apertura de una etapa en la historia del capitalismo —el ingreso a su fase imperialista—,2 donde la revolución se presenta como un proceso posible y necesario.3 El elemento incluido, como exclusión, referido a la barbarie que representa el despliegue del capital en la historia, en esta nueva etapa tenderá a prevalecer cada vez más por sobre su condición civilizatoria y de progreso. El predominio del capital monopólico —y en especial del financiero— y el agresivo reparto extensivo e intensivo del mundo4 agotaron los tiempos del capitalismo, donde su tarea revolucionaria abría perspectivas de una vida más digna para el género humano, convirtiendo sus grandes transformaciones (sea en la ciencia o en la técnica), por el contrario, en factores de degradación social. Sin embargo, son esas transformaciones las que sientan las bases reales para el cambio de la sociedad.

La segunda perspectiva —establecida su actualidad— gira en torno a las preguntas: ¿dónde tenderán a producirse las nuevas revoluciones?, ¿existen espacios sociales privilegiados donde apunten a gestarse de manera recurrente rebeliones sociales con la potencia de modificar el cuadro de las relaciones de poder vigentes?

La respuesta de Lenin a esta segunda perspectiva —la cadena imperialista se rompe en sus eslabones débiles— hizo girar en 180 grados la lectura sobre las posibilidades de la revolución prevaleciente en la época. Considerando el capitalismo como un sistema que se despliega planetariamente, la tensión revolucionaria que le es inherente no alcanza su potencia superadora en las regiones donde el desarrollo tecnológico y productivo es más avanzado —las naciones y regiones centrales—, sino en aquellas en donde las contradicciones del capitalismo, en tanto sistema, se condensan y encuentran puntos de saturación temprana, propiciando que su fuerza civilizatoria pase rápidamente a segundo plano frente a la barbarie desatada. En la tesis leninista, los eslabones débiles de la cadena imperialista se ubican particularmente —diríamos hoy— en la periferia del sistema y no en sus centros, en el mundo dependiente y no en el campo, inmediato o cercano, del mundo imperial.5

Importa destacar que en la formulación leninista se imbrica una caracterización de una nueva etapa del capitalismo (primera versión) para explicar el porqué en determinadas regiones se tenderán a producir rupturas políticas (segunda versión). Esa imbricación se hará presente en América Latina para cuando los debates en torno a la actualidad de la revolución alcancen toda su fuerza en la década de 1960.

Una lectura desde estas coordenadas nos ofrece una valiosa pista para los desarrollos teóricos en torno a la originalidad de la región: los procesos y sus modos de desenvolverse en esta parte del mundo no son expresión de un insuficiente desarrollo capitalista. Por el contrario, lo que tenemos aquí es un exceso en dicho desarrollo, en tanto espacio social particular de condensación de contradicciones del sistema capitalista, contradicciones que se internalizan y se despliegan en la lógica y el modo de ser de la reproducción local del capitalismo. De allí la original forma dependiente y su derivación política: formamos parte de una región dentro de un sistema mundial, resultado de la extensión de la lógica del capital, de una de sus formas de hacerse historia, donde el conflicto social en general y su potencialidad de generar rupturas es un proceso con connotaciones estructurales.6

No sólo somos contemporáneos entonces a una época donde opera la actualidad de la revolución, sino que como región nos ubicamos en una franja económico–político–social del sistema donde dicha actualidad irrumpe y se hace presente de manera recurrente.7 Esta doble contemporaneidades un rasgo que como latinoamericanos marca nuestro "estar en el mundo".

Los grandes cambios que atraviesa el sistema mundial capitalista desde fines del siglo XX a inicios del siglo XXI, de la mano del gran capital, han vuelto a detonar la actualidad de la revolución en América Latina. El conjunto del globo terráqueo como campo de operaciones del capital, sea por la acción de un acrecentado y voraz capital financiero, desplegando infinidad de formas para reproducirse, elevando la apropiación de riqueza y trabajo desde el mundo dependiente a los centros imperiales; sea por las operaciones del capital propiamente industrial, segmentando procesos productivos y estableciendo cadenas en los más variados rincones del planeta, han propiciado una nueva División Internacional del Trabajo. Ésta no sólo refiere a los valores de uso fundamentales producidos en unas y otras regiones (sustentados en el conocimiento y la innovación tecnológica en el mundo central, además de las labores de mando y control, frente a partes o ensambles de bienes industriales, agrícolas o de servicios en la periferia y funciones menores en materia de conocimiento y dirección), sino también a una agudización de la explotación redoblada, la que estructuralmente arraigada en el mundo dependiente, se extiende a su vez sobre sectores de las economías centrales, aunque sin el peso estructural del caso anterior, propiciando cadenas de subcontratación entre empresas (en muchos casos transfronteras) que mientras más se desciende en las mismas, nos muestran mayores pérdidas de derechos, salarios y condiciones de existencia de los trabajadores, elevando la precariedad, la informalidad, el trabajo a destajo y el pauperismo en general. En definitiva, un conjunto de medidas que tienen como denominador común acentuar el poder despótico del capital de poner la vida de los trabajadores en entredicho.

Si la formulación de los eslabones débiles implicó llenar de nuevos significados los postulados referidos al dónde de los procesos potenciales de ruptura, y las experiencias revolucionarias dieron prueba de la nueva época abierta, quedaban sin embargo un sinnúmero de temas pendientes. Entre la actualidad (o madurez) de la revolución y su hacerse se imbrica un complejo número de factores para que aquéllas sean factibles. Las condiciones de la revolución reclaman mucho más que la simple adición evolutiva de elementos,8 porque se conforman en el tiempo social condensado, allí donde el kairós se nos presenta como "un chronos contraído y abreviado".9 En tiempos de esa naturaleza se derrumban los entramados ideológicos y las construcciones simbólicas de la realidad conformadas en torno a la visión del mundo de los dominadores, y amplios sectores sociales asimilan experiencias y aprendizajes que en tiempos normales llevarían años. Por ello, la subjetividad también sufre verdaderos saltos. La emancipación social deja de percibirse como una parusía, y de una utopía deseada pero inalcanzable comienza a encarnar en el accionar extraordinario que sin mayores razonamientos se convierte en práctica ordinaria de muchos, alimentando la tensión entre el "ya y un aún no"10 de la autodeterminación social.

En clara alusión a la idea anterior —señalada por Agamben—, Daniel Bensaid indica que "en la inconforme conformidad de la época, [las revoluciones] son un poder y una virtualidad del presente, a la vez de su tiempo y a contratiempo, demasiado temprano y demasiado tarde, entre el ya–no y el aún–no".11 Esa es la utopía de la revolución, lo imposiblemente posible, que emerge entonces siempre como un proceso inmaduro entre el "aún no" y el "ya". Por ello el nuevo poder siempre se establece "prematuramente",12 porque "la revolución no tiene un 'debido tiempo'".13 La revolución, en fin, "señala un momento de decisión crucial e irrevocable"14 que reclama necesariamente saltos (al vacío en la lógica de lo posible) y rupturas.

El conjunto de la tesis leninista en relación con la madurez y viabilidad de la revolución implicó romper el sentido común del "realismo político" y sostener que "aquellos que esperan a que lleguen las condiciones objetivas de la revolución, esperarán siempre".15 Las revoluciones son una intervención social y política que acelera tiempos y condiciones. La organización y la voluntad de poder tienen así un papel relevante en la madurez y en la posibilidad de los cambios societales.16

Problemas y debates similares se encuentran en el interrogante que se formularon intelectuales militantes latinoamericanos en los años sesenta del siglo pasado, sorprendidos en términos políticos y teóricos por la gesta encabezada por Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio en Cuba: Fqué hizo posible que emergiera y triunfara una revolución en el Caribe —y no en los países de mayor desarrollo relativo en la región, como Brasil, México o Argentina— y que, además, a poco andar, se reclame socialista?

Sus respuestas —no siempre suficientemente fundamentadas— caminaron en dirección contraria a las formuladas por quienes habían compaginado sin mayores problemas el marxismo con el etapismo desarrollista de la madurez de las condiciones objetivas. Se hizo necesaria, por lo menos, una nueva lectura de Marx y de Lenin. Desde allí surgieron planteamientos que orientaron la búsqueda de explicaciones sobre lo que acontecía en la región:

• Retomando las tesis leninistas se señaló que América Latina y el Caribe constituyen una región madura para la revolución. Ésta, por tanto, es una tarea actual y no para etapas posteriores de desarrollo capitalista.

• Ello es resultado de una forma particular de estructuración y despliegue del capitalismo en la zona. América Latina es capitalista, por lo menos desde mediados del siglo XIX, y no una región precapitalista, feudal, semifeudal, o con un capitalismo atrasado o inmaduro, como postuló en su momento el marxismo ortodoxo.

• En sentido contrario a la idea de que América Latina requiere de más desarrollo del capitalismo, bajo el supuesto de que ello le permitiría acercarse a las formas del capitalismo en el mundo central, además de aproximarla a las posibilidades de la revolución, se señalará que el capitalismo en América Latina es un capitalismo maduro, pero original, caracterizado como dependiente, el cual sólo puede caminar propiciando "el desarrollo (capitalista) del subdesarrollo".17 Así, la intensificación del capitalismo en la región tenderá no sólo a alejarla de los pretendidos modelos económicos o políticos de desarrollo, generalmente tomados —o construidos a partir— del mundo central, sino que acentuará los desequilibrios estructurales, las brechas entre "lo arcaico" y "lo moderno", en fin, las contradicciones del capital en esta parte del mundo.

• Este es un camino de reflexión posible para comprender las razones de la actualidad de la revolución en la región.

 

LA EXPLOTACIÓN REDOBLADA

Sobre estas premisas, la cuestión teórico–política por excelencia se centró en definir las modalidades de reproducción del capital que hacen que la originalidad y específica madurez de este capitalismo, calificado como dependiente, fundamentara a su vez el quehacer de las organizaciones políticas que asumían la tarea de la actualidad de la revolución.18 En medio de una efervescencia teórica que se multiplicó en los más diversos rincones académicos y políticos de la región,19 fue el sociólogo brasileño Ruy Mauro Marini quien terminó ofreciendo las respuestas teóricas más acabadas al problema anterior.20

Luego de su reinserción al capitalismo mundial tras los procesos de independencia, el hecho de producir para mercados ya existentes en otras regiones, particularmente Europa y más tarde Estados Unidos, propició que el capital latinoamericano, al no reclamar el consumo de los trabajadores locales para resolver en lo fundamental la realización de la plusvalía, pudo establecer modalidades de explotación en donde se viola de manera permanente y estructural el valor de la fuerza de trabajo, favoreciendo que parte del fondo de consumo del obrero sea convertido en fondo de acumulación del capital. Así se agudiza al máximo el conflicto que vive el capital frente al poseedor de la fuerza de trabajo: en tanto productor trata de exprimirlo al máximo, y en tanto potencial consumidor lo reclama con un elevado poder de consumo o realización.

En el capitalismo del mundo central esta contradicción encontró límites por la necesidad del capital de crear y ensanchar mercados internos (ante la débil demanda de las economías periféricas y de las colonias), debiendo incorporar masivamente a los trabajadores al consumo y, de manera simultánea, incrementar la plusvalía. La fórmula para equilibrar esta ecuación la encontró el capital en la elevación permanente de la productividad, en particular en las ramas generadoras de bienes salarios y en la de los bienes de capital que allí intervienen, acortando así el tiempo real de trabajo necesario, a pesar del incremento de productos que se incorporan a la canasta de los bienes–salarios.

La tendencia del capital en nuestra región de apropiarse de parte del fondo de consumo de los obreros —azuzada por la apropiación de valor desde las economías centrales por múltiples y diversos mecanismos y favorecida por la alianza del capital local con el capital extranjero— se reproduce como un denominador permanente en la historia del capitalismo regional, más allá de las morigeraciones que se han podido presentar en algunos momentos históricos acotados.

Visto desde la larga duración, es muy breve el periodo en donde el capital que opera en América Latina incorporó de manera significativa a amplias capas asalariadas al consumo de bienes producidos por las ramas ejes de la acumulación, situación que se presentó en el llamado proceso de industrialización. Este patrón de reproducción tiene una extensión temporal más amplia, pero el periodo de generación de un consumo de masas en los hechos duró alrededor de dos décadas y sólo en los países de relativo mayor desarrollo en la región. En el resto, cuando ello alcanzó forma, su tiempo fue aún más corto.

La superexplotación y la ruptura en el ciclo del capital que se produce en su reproducción en el mundo dependiente constituyeron dos de los soportes de la internalización de la dependencia, que en fechas previas al trabajo de Marini, seguía marcada como un elemento externo o bien con una insuficiente teorización para pensarla como proceso inherente al despliegue local del capital, en el marco de su inserción al sistema mundial capitalista.

Este salto teórico propiciado en la reflexión no fue menor; en lo más inmediato permitía engarzar la peculiaridad del capitalismo dependiente con una formulación concreta respecto al porqué de la actualidad de la revolución en esta zona. Es la particularidad de la reproducción del capital, la explotación redoblada (o super explotación), el proceso en donde la revolución se actualiza en el capitalismo dependiente latinoamericano.

Este vínculo será uno de los puntos centrales en el corte de aguas que se producirá en el propio campo de los llamados estudios de la dependencia, de donde algunos de sus antiguos impulsores decidirán tomar distancia.21 Dependencia es mucho más que responsabilidades del imperialismo, del capital extranjero, o desequilibrios estructurales internos por insuficiente capitalismo para explicar el "atraso". Es, por el contrario, una modalidad de reproducción del capital, donde tanto el capital extranjero como el local desempeñan un papel de primer orden, extremando la contradicción capital–trabajo y estableciendo un régimen que, de manera regular, sitúa la vida de los trabajadores en entredicho. El poder despótico sobre la vida alcanza así sus formas más feroces: el capital puede dar muerte a las encarnaciones vivas del trabajo sin que sea considerado homicida.22 En ese orden, el capital no puede sino producir una aguda tensión de las contradicciones que pulsionan por liquidarlo.

Ese vínculo será a su vez una de las razones por las cuales el tema de la dependencia será relegado para cuando se desata la ofensiva contrainsurgente en la región, con el cierre de muchos centros de estudio e investigación en ciencias sociales y el marxismo sea proscrito de planes y programas de estudio, particularmente en el sur del continente. Fue esta acción política y no una avanzada teórica lo que propició su "olvido" en las décadas posteriores.

 

LA REFUNDACIÓN SOCIETAL

Las políticas contrainsurgentes aplicadas en América Latina durante las décadas de 1960 a 1980 fueron mucho más que medidas para hacer frente a la emergencia de brotes guerrilleros o de movimientos y gobiernos populares. Implicó la puesta en marcha de políticas de disciplinamiento y control social que hicieran factible la construcción de nuevas modalidades de reproducción del capital y de un nuevo Estado neooligárquico, botín de unos cuantos grupos económicos crecientemente poderosos. Las sociedades latinoamericanas fueron objeto desde esas décadas de una verdadera refundación.

Si los cambios económicos no alcanzaron expresión en los primeros años,23 pronto se hicieron manifiestos tras el golpe militar en Chile en 1973, el arribo de los Chicago boys —discípulos locales de los monetaristas Arnold Harberger y Milton Friedman en la Universidad de Chicago— a los principales cargos económicos y el establecimiento de políticas económicas de corte neoliberal, mismas que se extendieron a todos los rincones de la región, alcanzando posiciones hegemónicas en el sistema al ser avaladas —no aplicadas— por el gobierno de Ronald Reagan en los Estados Unidos, e implementadas posteriormente por Margaret Thatcher en Gran Bretaña.

 

POLÍTICAS NEOLIBERALES Y NUEVO PATRÓN EXPORTADOR

El neoliberalismo, en tanto política económica, permitió en América Latina la conformación de algo más profundo y de largo aliento: un nuevo patrón de reproducción del capital, asunto vital ante los signos de agotamiento a esas fechas de la etapa avanzada del patrón de industrialización en la región y la expansión de una fase recesiva en el capitalismo del mundo central. Estos eran los prolegómenos de la reestructuración mundial del capitalismo y sus manifestaciones locales, que proseguiría en los años posteriores, proceso que terminó vulgarizándose bajo el terminó "globalización".

Establecer la distinción entre política económica y patrón de reproducción permite sortear los equívocos que provoca la confusión entre ambos elementos, como ocurre por ejemplo en nociones como "modelo neoliberal", un territorio conceptualmente equivocado que no permite comprender los cambios (mayores o menores) que puede sufrir la política económica (en este caso neoliberal) y, por lo tanto, la continuidad del patrón de reproducción.24

Entre mediados de la década de 1970 —teniendo a la economía chilena como punta de lanza— y fines de última del siglo XX, América Latina asiste, con significativos avances y no pocos retrocesos, a la puesta en marcha de un nuevo patrón de reproducción del capital: el exportador de especialización productiva. Este nuevo patrón volverá a actualizar —acentuado por la crisis de la tasa de ganancia en el plano local y mundial y los afanes de su recuperación— bajo nuevas condiciones, los nudos estructurales constitutivos a la condición dependiente, tales como la violación del valor de la fuerza de trabajo y la ruptura del ciclo del capital,25 los que acentúan la conflictiva relación que establece el capital frente al trabajador en tanto productor y en tanto potencial consumidor.

De manera breve señalo algunas características del nuevo patrón de reproducción, cuyo camino fue allanado por las políticas neoliberales:

a)  Se abandona la idea de una industrialización extensa y diversificada, presente en el proyecto que guió el proceso de industrialización en la zona,26 para privilegiarse, por el contrario, la acumulación en sólo algunas ramas o rubros especializados, propiciando un relegamiento del sector secundario —calificado este proceso como desindustrialización— frente al auge de nuevos rubros, particularmente agrícolas o agroindustriales, de la minería, aunque ahora redimensionados, de productos energéticos —como el tradicional petróleo, gas y ahora etanol— y de diversas actividades del sector servicios.

b)  Estos movimientos van de la mano con la segmentación y dislocación de los procesos productivos en la actual etapa de mundialización, favorecida por los importantes avances en materia de comunicaciones y transporte. Si tomamos como ejemplo lo que acontece con la industria automotriz, ahora se tiende a privilegiar la producción sólo de alguna etapa del proceso total, o bien el ensamblaje del producto final con piezas provenientes de los más diversos rincones del planeta.

c)  Los principales ejes de la acumulación orientan su producción a los mercados mundiales, lo que supone una reedición, bajo nuevas condiciones, de la tendencia del antiguo patrón agro–minero exportador prevaleciente en la región en el siglo XIX e inicios del siglo XX.

d) Ante la preeminencia que alcanzan los mercados externos como campo de realización de la plusvalía, el mercado interno conformado por los salarios sufre un violento deterioro, lo que se pone de manifiesto en la abrupta caída salarial.

e)  Esta caída salarial indica que partes que corresponden al fondo de consumo de los trabajadores han sido depredadas, pasando a formar parte del fondo de acumulación del capital. Las condiciones laborales y de vida de los trabajadores, en general, han sufrido un violento deterioro en las últimas décadas. La tasa de explotación y de superexplotación se ha incrementando; crece el empleo precario y la informalidad; se multiplica el desempleo y el subempleo. La pobreza, en fin, se dispara y alcanza no sólo a la enorme masa de desempleados. En la actualidad se puede tener empleo en América Latina y ubicarse en la franja de la pobreza.

f) Esta cara del mundo del trabajo va asociada al crecimiento de la riqueza en pequeñas pero poderosas franjas sociales del capital, particularmente de aquellas ligadas a las actividades exportadoras privilegiadas por el nuevo patrón de reproducción.

g)  Un reducido sector asalariado, estrechamente vinculado a labores de control, conocimiento y valorización del gran capital, sea en la industria, el comercio o los servicios, ve incrementados sus ingresos. Entre el mercado de la plusvalía no acumulada y los altos salarios de este sector se crea un poderoso pero estrecho mercado interno, al cual se dirige parte de la producción de punta local y las importaciones suntuarias. Este mercado se asemeja a los prósperos mercados existentes en el mundo central, con sus derivados acá en núcleos comerciales y de vivienda que operan como verdaderos enclaves en extensas sociedades pauperizadas.27

h) Derivado de los elementos anteriores, la polarización social alcanza niveles nunca vistos, siendo América Latina la región donde la distribución del ingreso muestra grandes diferencias entre los deciles más ricos frente a los más pobres, haciendo trizas los supuestos monetaristas y neoliberales de la derrama que propiciaría el crecimiento en materia de ingresos.

i) El capital extranjero asume nueva preeminencia, sea bajo la forma de capital productivo, profitando de las múltiples facilidades otorgadas a las inversiones extranjeras y de la subasta de empresas públicas, erigiéndose en uno de los baluartes del modelo exportador,28 sea como capital financiero en la banca o bien sacando ventaja de la apertura de las actividades bursátiles a sus acciones especulativas.29

 

NUEVOS SUBIMPERIALISMOS

La apertura de barreras comerciales, el auge exportador y el control de mercados que conlleva, han vuelto a potenciar la vocación subimperialista30 de algunas economías regionales. Grandes capitales brasileños, argentinos y chilenos se expanden por la región sur del continente, en tanto los grandes capitales mexicanos se hacen fuertes en Centroamérica y alcanzan la parte sur de la región o incursionan en otras regiones, todos ellos de la mano del Estado, que los potencia y protege.31 Los acuerdos de libre comercio entre Estados de la zona y los proyectos de mercados regionales se ven así azuzados y mediatizados por los proyectos subimperiales.32 Hay un nuevo discurso "regionalista" y "nacionalista" que forma parte de este proceso.33

 

NEOOLIGARQUIZACIÓN CON CORO ELECTORAL

La puesta en marcha de este agresivo proyecto de reproducción del capital fue posible luego de una violenta ofensiva que incluyó golpes militares, desarticulación de organizaciones obreras y populares, liquidación de partidos políticos, cierre de parlamentos, asesinatos o desapariciones de dirigentes políticos y sociales, entre sus medidas más conocidas. Toda una máquina de guerra desplegada a lo largo y ancho del subcontinente, con un elevado grado de articulación y coordinación.34

Posesionado en el amplio espacio social que tales medidas le otorgaron, el capital pudo dirimir las disputas internas propiciadas por los reajustes que reclamaba la acumulación. En dichas disputas, será el sector del gran capital local el que termine imponiendo sus condiciones en sus diferentes fracciones (financiera, industrial, agrícola, comercial y de servicios), que desde las décadas de 1950–1960, desde la industria, mantenía estrechas alianzas con el capital extranjero. Su poder económico y tecnológico (fortalecido por el redimensionamiento de sus alianzas con el capital externo) le permitió ponerse a la cabeza de un nuevo proyecto modernizador, plenamente articulable a las readecuaciones global izad o ras que operaban en el sistema mundial. Ha sido de la mano de este sector social y de su nuevo proyecto de reproducción abierto al mercado mundial que América Latina reorganizó su economía y las bases de su reinserción en la economía internacional.35

Aquel espacio ganado por las medidas contrainsurgentes fue el que hizo posible que una vez que se reinstalaran y multiplicaran las contiendas electorales, entre las décadas de 1980 y 1990, particularmente en los países donde éstas fueron canceladas o relegadas, aquéllas no constituyeran una mayor amenaza para los proyectos hegemónicos. Por el contrario, el voto y las elecciones tendieron a constituirse en la forma fundamental de legitimación del nuevo orden estatal. Así, al "Estado" neooligárquico se sumaba un coro electoral, que terminó reemplazando a los regímenes dictatoriales, fueran civiles o militares, en la región.

 

EL BUNKER HEGEMÓNICO

En un movimiento paralelo al auge electoral, en América Latina se producen importantes readecuaciones en el terreno estatal que caminan en una dirección inadvertida para el imaginario que desarrolló la teoría de la transición democrática: asuntos públicos fundamentales quedaron al margen de la decisión ciudadana. En su forma más inmediata, porque muchos de los nuevos titulares del Poder Ejecutivo terminaron impulsando una política económica totalmente alejada de sus ofertas de campaña.

Pero este impasse lo que ocultaba era un asunto de fondo: la conformación de un espacio condensado de poder dentro del propio Estado, un bunker hegemónico, en donde un reducido número de personeros, concentrados principalmente en los ministerios de Hacienda, Economía y/o Comercio y en la banca central, terminan decidiendo sobre las cuestiones referidas al rumbo de la economía, al modelo de desarrollo, para decirlo en términos de la antigua CEPAL, y sobre las formas de inserción al mercado mundial y de participación en la llamada globalización.

El asunto que queremos destacar no es el primario respecto a la ruptura que el capital establece entre economía y política y a la creación de una esfera política sin capacidad de modificar las bases de sustentación de la esfera económica. Me refiero aquí a cómo, dentro del propio Estado, sobre aquellas bases, la toma de decisiones económicas se ha centralizado, quedando en pocas manos. Esto da cuenta de un nuevo blindaje de quienes hegemonizan el poder, no sólo frente a las clases dominadas y subalternas, sino también frente a otras fracciones y sectores del propio capital.

Las disputas electorales, en una primera etapa, no conmovieron mayormente al bunker hegemónico, como tampoco los vaivenes que dichas disputas propiciaban en el recambio de la clase reinante.36 Este blindaje permite una primera explicación sobre la persistencia de las políticas neoliberales en la región, más allá del color de las fuerzas políticas que alcanzaran las cúspides del aparato estatal.

Es al interior de ese blindaje que han operado las propuestas económicas neoliberales formuladas por organismos internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Cabe señalar que —una vez que se han establecido las bases fundamentales del nuevo patrón de reproducción y que se asiste a una rearticulación y reanimación del campo popular— se incrementan las voces que desde los propios organismos internacionales y desde los despachos que gobiernan para el gran capital en la región reclaman atemperar la ortodoxia monetarista.37 Sin embargo, es importante preguntarse por las razones de la fuerza alcanzada por el ideario neoliberal —no sólo en la región— en un abanico muy amplio de fuerzas políticas.

 

EL ÉXITO IDEOLÓGICO NEOLIBERAL

SENTIDO COMÚN Y RÉGIMEN DE VERDAD

Junto a la fuerza ganada por el gran capital en la etapa contrainsurgente, existen por lo menos otros tres elementos que valdría la pena destacar para comprender la persistencia neoliberal. El primero refiere al éxito ideológico del neoliberalismo y su constitución en un basamento social, donde nociones y modos de pensar inherentes a su discurso o derivados del mismo, como mercado (pero el creado por las políticas neoliberales), equilibrios macroeconómicos, individualismo, éxito, consumismo, ganadores, perdedores, etcétera, se han convertido en componentes del lenguaje diario y herramientas para una suerte de "interpretación" del sentido común del mundo social.38 La vida social es, de esta manera, pensada desde una lógica neoliberal casi inmanente.39

El segundo dice relación con el peso ganado por la escuela neoclásica en la formación de nuevos economistas, cientistas políticos y administradores, y que en sus fundamentos en torno al individualismo metodológico alcanzan a la sociología y a otros ámbitos disciplinarios y de especialización (innovación tecnológica, educación, psicología social, etcétera), sea en los centros universitarios locales, como en los programas de posgrado de universidades estadounidenses, donde de manera predominante se han terminado formando un sinnúmero de especialistas latinoamericanos que han ocupado altas posiciones en las labores de dirección en el Estado en las últimas décadas.

El neoliberalismo y el monetarismo han logrado imponer un régimen de verdad, al decir de Foucault, erigiéndose en el paradigma de cientificidad en el debate económico y ejerciendo su influencia epistémica en las adecuaciones a planes de estudio en el resto de las ciencias sociales de la región.

Los dos elementos antes mencionados han favorecido así que organizaciones políticas que recorren todo el espectro político hayan terminado asumiendo al neoliberalismo como una herramienta necesaria, ajena a toda impronta política, válido por tanto para sustentar cualquier proyecto económico "científico". Por ello, no ha sido extraño —no sólo en América Latina— que partidos calificados de izquierda admitieran con mayor frecuencia en sus filas y en el gobierno, cuando lo alcanzaron, a "técnicos" monetaristas.

 

EL NEOLIBERALISMO COMO EJERCICIO BIOPOLÍTICO

Las ciencias sociales han destacado al neoliberalismo como elemento de la economía (sea como política económica o como modelo económico). Sin embargo, es pertinente destacar que el neoliberalismo constituye, prioritariamente, una forma de hacer política. Su extendida y larga aplicación ha constituido la exacerbación de la tendencia del capital a poner la vida en entredicho y, por tanto, un ejercicio de biopoder.40 El neoliberalismo le ha permitido al capital continuar la ruptura y la atomización social iniciada con la contrainsurgencia, pero ya no sólo sobre los núcleos politizados y activos que privilegiaron las acciones militares contrainsurgentes, sino por la vía del terror sobre el resto de la población. Cumplidas las tareas militares abiertas, ha sido la política neoliberal uno de los instrumentos claves de la guerra del capital para cuando el debate se dirigía a preocuparse por la transición a la democracia o por su consolidación. El universo social de dicha guerra se ha extendido, convirtiendo en objetivo prioritario al conjunto de las clases subordinadas, desde la asepsia del mercado y de medidas técnicas que ocultan el ejercicio de poder aplicado.

El brutal deterioro en las condiciones de vida y de existencia propiciados por esta política, derrumbando los salarios, precarizando los empleos, desatando todas las fuerzas generadoras de la pobreza, se han convertido en un medio eficaz para la creación de cuerpos y mentes dóciles y el disciplinamiento de las clases subordinadas por medio del hambre y la inseguridad laboral. Junto a la puesta en marcha del nuevo patrón de reproducción, el neoliberalismo ha permitido continuar la desarticulación social iniciada por medidas armadas, vía la fragmentación sindical, la segmentación de los procesos productivos, rompiendo vínculos sociales (como en las reformas a los sistemas de pensiones, salud y educación), incentivando el individualismo, alentando propuestas "focalizadas" y con un fuerte "clasismo racista" para atemperar la pobreza extrema. Ha sido entonces mucho más que simple política económica: el neoliberalismo constituye una operación propiamente política, la continuación de la política contrainsurgente del capital, por otros medios.

 

UNA NUEVA ETAPA

LA RÁPIDA REARTICULACIÓN POPULAR

La historia latinoamericana ha dado un significativo giro en la última década. En un plazo relativamente corto, si se considera la magnitud que alcanzó el estado de guerra, civil o militar, entre las décadas de 1960–1980, y la puesta en marcha de un patrón de reproducción y de políticas neoliberal que exacerbaron la capacidad del poder de poner la vida en entredicho, se asiste a la recomposición y reorganización social y política de diversos sectores populares en la región que reactualizan la condición de eslabón débil de la región.

Desde mediados de la década de 1990, dicha recomposición rompió la barrera del reflujo propiciando una creciente presencia y ensanchando la escena política. Los hitos se multiplican: tomas y movilizaciones del Movimiento de los Sin Tierra en Brasil; alzamiento indígena en Chiapas, México; movilizaciones indígenas en Ecuador y Bolivia que obligan a la renuncia de diversos gobiernos; renuncia del gobierno de Fernando de la Rúa en Argentina ante una verdadera sublevación popular; resistencia popular en Venezuela que impide la asonada mediático–militar que busca derribar el gobierno de Hugo Chávez; triunfo electoral de Evo Morales en Bolivia y grandes movilizaciones para dirimir las atribuciones de la Asamblea Constituyente; conformación de un gran movimiento popular en México en apoyo a la candidatura de Andrés Manuel López Obrador y diversas acciones de resistencia para impedir su desafuero y, posteriormente, de protesta por el fraude electoral; conformación de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), también en México, y una prolongada lucha en reclamo de la renuncia del gobernador del Estado; triunfo de Rafael Correa en Ecuador y movilizaciones y luchas callejeras e institucionales para convocar a una Asamblea Constituyente, refrendado en un exitoso plebiscito.

Esta apretada lista constituye la punta del iceberg reorganizativo y movilizador. Todo indica que estamos frente a un nuevo periodo en la historia política regional. Su signo —desde sectores sociales diversos— es el rechazo al estado de cosas existente, encarnado en el patrón de reproducción del capital en marcha y las políticas neoliberales que lo han impulsado, aunque ello se realice sin una visión abarcadora y sean aspectos parciales los que se destaquen en las protestas. Ese rechazo también se extiende al campo político prevaleciente, que incluye, en grados diversos, instituciones, sean partidos, titulares del Ejecutivo, parlamentos y altas autoridades del poder Judicial, así como a una amplia gama de personeros de la clase política.

A la fecha, sin embargo, salvo las excepciones de los procesos en Venezuela y Bolivia, a los que podría sumarse Ecuador, podría señalarse que a pesar de la fuerza y extensión de la irrupción social actual, ni el nuevo patrón exportador, ni el Estado neooligárquico con coro electoral, ni el bunker hegemónico han sufrido mayores debilitamientos. Más aún, salvo aquellas excepciones, estos permanecen y en no pocos casos se han fortalecido.

 

LO ELECTORAL Y SUS NUEVAS SIGNIFICACIONES

Sería unilateral afirmar que ha sido la lucha electoral la detonadora de esta nueva situación; pero también lo sería desconocer la significación que aquellas disputas han desempeñado en los últimos años en este proceso. Ello no deja de ser una paradoja si se considera la magra percepción de la democracia (léase del papel de la lucha electoral y de los recambios así alcanzados) que denotan los estudios realizados por diversos organismos en la región. Dicha percepción tuvo como base —en un primer momento–la gestación de una enorme brecha entre las esperanzas despertadas por la llamada democratización y los pobres resultados alcanzados en una población sometida a precarias condiciones de existencia.41 Las disputas y recambios electorales no afectaban el blindaje del Estado neooligárquico, dejando a las elecciones como simple coro que favorecía la legitimación. Los gobiernos de Alberto Fujimori, Carlos Menem y Fernando Henrique Cardoso expresan bien esta situación. Sin embargo, por lo menos en el terreno del recambio de la clase reinante, han ocurrido fenómenos nuevos en los últimos años.

Varios factores pudieran estar operando en esta dirección. Las entronizaciones de Ricardo Lagos en Chile en 2000, ex funcionario en el gobierno popular de Salvador Allende y connotado antipinochetista, y de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil en 2003, dirigente sindical y fundador del Partido de los Trabajadores, fortalecieron el imaginario de que por medio de las elecciones era factible que personeros de "izquierda" ganaran en las urnas y formaran gobierno. Esto otorgó nuevos contenidos y legitimidad a procesos electorales que habían perdido parte importante de su fuerza en la región.

Se establece así un movimiento paralelo, cuando no articulaciones, entre esta nueva tendencia presente en el campo electoral y aquella otra referida a la rearticulación y reanimación de diversos sectores populares, proceso que, no hay que olvidar, ya había logrado la renuncia de mandatarios en Bolivia, Ecuador y Argentina.

También debe considerarse que tanto para los centros imperiales como para el capital local pasar por la experiencia de algunos gobiernos de "izquierda" terminó aminorando las reticencias a los mismos, al constatar que sus gestiones no planteaban mayores retos a sus intereses, a lo que se agregó a urgente concentración que le reclamaron otras regiones a la Casa Blanca.

Es así como se arriba a inicios de 2007 a un nuevo cuadro: de las once elecciones presidenciales realizadas en América Latina entre noviembre de 2005 y 2006, en siete de ellas triunfaron candidatos que cuando menos podrían calificarse como ajenos a la derecha.42 En ese universo cabría distinguir entre aquellos gobiernos que no cuentan con movimientos sociales activos entre su base de apoyo y que su gestión tiende a regirse en lo sustancial por la ortodoxia monetarista, de otros que han arribado a la dirección del Ejecutivo impulsados por organizaciones sociales movilizadas, o que en sus mandatos las han gestado, que mantienen distancia con la ortodoxia monetarista e impulsan el establecimiento de una nueva relación entre gobernantes y gobernados.

Entre los primeros cabría ubicar a los gobierno de Bachelet en Chile, Tavaré Vazquez en Uruguay y Lula da Silva en Brasil. Entre los segundos se ubicarían los gobiernos de Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia. En un territorio que es mucho más que los primeros pero también mucho menos que los segundos podría ubicarse el gobierno de Néstor Kirchner en Argentina, en tanto el de Rafael Correa en Ecuador pareciera aproximarse a los segundos.

 

LAS REDEFINICIONES EN LA IZQUIERDA

Actualmente, hablar de gobiernos de izquierda tiene el peligro de remitirnos al imaginario de mediados del siglo XX, cuando estas nociones tenían otro contenido. En el universo de izquierda se ha producido en los últimos treinta años una verdadera mutación política e ideológica que tiene referentes en la derrota del mayo francés, la invasión soviética a Checoslovaquia, el derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular en Chile, la derrota política y militar de una amplia gama de fuerzas políticas y movimientos guerrilleros desde el cono sur de América hasta Centroamérica, la derrota electoral y la descomposición sandinista en la década de 1980 y el derrumbe de la Unión Soviética, entre algunos hitos destacados.

Todo ello alentó un giro teórico que propició el desplazamiento, en grados diversos, hacia el "realismo político" y el desarrollo de fórmulas que justificaron la convivencia con un orden social que alguna vez se consideró necesario revolucionar y ahora, a lo sumo, hacerlo menos "salvaje" y/o depredador.

Desde este giro aparecen en Europa Occidental los primeros modelos de fuerzas de "izquierda" que alcanzan la dirección del gobierno y que terminan convirtiéndose en administradoras eficientes de la nueva etapa de reestructuración y expansión del capital, como ha tendido a ocurrir con los gobiernos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), tanto de Felipe González como el de José Luis Rodríguez Zapatero.43

En América Latina muchas fuerzas políticas han sufrido este giro y algunas de ellas se encuentran en la base de los diversos gobiernos de "izquierda", particularmente de aquellos gobiernos relacionados con la primera descripción. Una de sus características más relevantes es la mistificación con que han enfrentado "la economía", tanto en lo que se refiere al patrón de reproducción de especialización productiva, como a la política económica neoliberal, a los que consideran intocables, con la justificación de mantener ordenadas las variables macroeconómicas, lo cual les deja un reducido espacio para ejercer algunas medidas que atemperen los aspectos más disruptivos de la marcha de la actual economía. En los hechos, siguen impulsando el nuevo patrón de reproducción sin abandonar la visión monetarista de la política económica.44

La situación es distinta en los gobiernos de Chávez y de Morales. A pesar de sus diferencias, el primero propiciando desde el Estado la organización del movimiento popular, en tanto el segundo emerge como resultado de una amplia organización y movilización social previa, ambos postulan medidas (como la convocatoria a una nueva Constituyente y el aliento a la organización y movilización popular, con grados diversos de autonomía) que abren un campo de significativa importancia en términos de cuestionar las formas (con perspectivas de operar también en el fondo) del ejercicio del poder político. La política neoliberal ha sido la más afectada, como también cimientos del Estado neooligárquico y del bunker hegemónico. Estos gobiernos han llevado a su límite las fronteras establecidas por las llamadas transiciones a la democracia y las han rebasado, ofreciendo otro proyecto —ahora sí popular— de democratización.45

 

CONCLUSIONES

Este es el contexto que otorga las claves para explicar la forma como se entroniza y la política que implementa el nuevo gobierno mexicano, el cual acelera medidas pendientes requeridas por la reproducción que impulsa el gran capital, como reformas al sistema de pensiones, despliegue del aparato militar por diversos rincones del país bajo la cobertura de la lucha contra el narcotráfico y la represión contra dirigentes y militantes sociales de diversos movimientos, bajo coberturas legales que buscan identificar luchas sociales con delincuencia. Todo parece indicar que ha comenzado a tomar forma un nuevo tipo de autoritarismo, el cual busca proyectarse más allá de las fronteras mexicanas. Llegamos así al agotamiento en la región del proyecto político e ideológico que fue caracterizado como transición democrática. En estas coordenadas, se agota también el espacio para fuerzas y gobiernos que se reclaman de izquierda y que administran las políticas del gran capital. La disputa por la democracia dejó de ser un asunto teórico y se ha trasladado de lleno al terreno político–social, expresándose en proyectos políticos que tenderán a crecientes distanciamientos. La polarización política terminará así tomando nuevas formas no sólo en las calles sino también en el espacio propiamente institucional.

 

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NOTAS

* Este artículo adelanta algunas ideas que el autor desarrolla en un libro de próxima publicación.

1 Michel Foucault colocó el tema en el debate contemporáneo. Véase su Historia de la sexualidad I, La voluntad de poder, Siglo XXI Editores, México, 1977. Él mismo fue retomado posteriormente por Giorgio Agamben en Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre–textos, Valencia, 1998.

2 Vladimir I. Lenin, "El imperialismo fase superior del capitalismo", Obras escogidas, tomo 1, Progreso, Moscú, 1961, pp. 689–798.

3 "El capitalismo en su fase imperialista, conduce de lleno a la socialización de la producción en sus más variados aspectos (...) pero el inmenso progreso de la humanidad que ha llegado a esa socialización, beneficia (...) a los especuladores". Lenin, op. cit., pp. 709–710.

4 "El desarrollo de los lazos económicos internacionales y (...) el sistema de relaciones de producción en el mundo, puede ocurrir de dos modos: los lazos económicos pueden desarrollarse en longitud, englobar regiones hasta entonces ajenas al ciclo de la vida capitalista y dar lugar así a un desarrollo extensivo de la economía mundial, o bien esos lazos se desarrollan en profundidad, se multiplican y estrechan, y entonces tenemos un desarrollo intensivo de dicha economía". N. Bujarin, La economía mundial y el imperialismo, Cuadernos de Pasado y Presente, núm. 21, Córdoba, 1976 (1ª edición 1971), p. 45 (las cursivas son mías).

5 Las tempranas revoluciones en México y luego en Rusia en el siglo XX, que inauguraron la nueva cartografía de las revoluciones en el capitalismo, terminaron por otorgar credenciales a las tesis leninistas. La idea de la revolución en el mundo dependiente, en particular en Rusia —"el estallido de un levantamiento popular que produciría una reacción en cadena en Europa"–, no le fue ajena a Marx. Véase Perry Anderson, "Las ideas y la acción política en el cambio histórico", en A. Borón, J. Amadeo y S. González (comps.), La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas, CLACSO, Buenos Aires, 2006, p. 385.

6 Lo estructural remite esencialmente a un campo de relaciones sociales, las que al hacerse mundo terminan asumiendo formas institucionales.

7 México 1910, Guatemala 1944–1954, Bolivia 1952, Cuba 1959, Chile 1970–73, Nicaragua 1979, El Salvador 1980, Ecuador 2000, Venezuela de 2002 en adelante, Bolivia 2003–2005 y en adelante, entre los hitos más destacados.

8 Por ello, Daniel Bensaid señala que "un acontecimiento (la revolución) que se inserta como un eslabón dócil en el encadenamiento ordenado de los trabajos y los días ya no será acontecimiento, sino pura rutina". En "Una mirada a la historia y la lucha de clases", en A. Borón et al., La teoría marxista hoy, op. cit., p. 251.

9 Giorgio Agamben, El tiempo que resta. Comentario a la Carta a los romanos, Trotta, Madrid, 2006, p. 73.

10 G. Agamben, op. cit., p. 74. Dando cuenta de la tensión entre el "ya" y el "aún no", Agamben señala en relación con el tiempo mesiánico, que "el evento mesiánico se ha cumplido ya, pero su presencia contiene en su interior otro tiempo, que extiende la parusía, pero no para diferirla, sino, por el contrario, para hacerla aprehensible", ibid., p. 75 (las cursivas son mías).

11 D. Bensaid, "Una mirada a la historia y la lucha de clases", op. cit., p. 254.

12 Slavoj Zizek, Repetir Lenin, Akal, Madrid, 2004, pp. 9–11.

13 Slavoj Zizek, op. cit., p. 13.

14 Elias José Palti, Verdades y saberes del marxismo. Reacciones de una tradición política ante su "crisis", Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005, p. 13.

15 Slavoj Zizek, op. cit., p. 12.

16 "El problema (en términos de organización) es ahora rigurosamente el problema leninista", afirma Zizek, esto es, "¿cómo inventar la estructura organizativa que confiera (al malestar reinante en múltiples espacios y sectores y que se expresa en los movimientos antiglobalización) la FORMA de la exigencia política universal?". Porque el límite de movimientos como el feminismo, el antirracismo y los movimientos ecologistas, "es que no son POLÍTICOS en el sentido de un singular universal: son 'movimientos de un solo tema', que carecen de la dimensión de la universalidad, es decir, que no se relacionan con la TOTALIDAD social". Slavoj Zizek, op. cit., p. 111 (mayúsculas en el original).

17 En la acertada síntesis formulada por Andre Gunder Frank en Capitalismo y subdesarrollo en América Latina, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1970. Nótese de paso que esta idea no remite a la de estancamiento. Se podrá crecer, pero acentuando el subdesarrollo.

18 La evaluación de las prácticas de las organizaciones "revolucionarias" en América Latina y de las tesis que orientaron su quehacer en los sesentas y setentas del siglo XX rebasa con mucho los límites de esta exposición. Pero no cabe duda que es un tema de la mayor significación que reclama un análisis pormenorizado.

19 Proceso del cual damos cuenta en un libro de próxima publicación.

20 En particular en su libro Dialéctica de la dependencia, Serie popular Era, México, 1973.

21 El caso más sintomático es el de Fernando Henrique Cardoso, quien muy pronto señalará sus desacuerdos con Marini. La polémica principal se puede ver en el artículo del primero, escrito junto a José Serra, titulado "Las desventuras de la dialéctica de la dependencia", y en la respuesta de Marini, "Las razones del neodesarrollismo", ambos publicados en la Revista Mexicana de Sociología, núm. extraordinario, 1978, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, México.

22 Jaime Osorio, "Biopoder y biocapital. El trabajador como moderno homo sacer", Argumentos, núm. 52, septiembre–diciembre, 2006, UAM–Xochimilco, México. Ahí critico el planteamiento sobre el biopoder formulado por Giorgio Agamben en Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida (Pre–textos, Valencia, 1998), quien retoma los señalamientos de Foucault sobre el tema.

23 La etapa contrainsurgente se inicia con el golpe militar en Brasil, en abril de 1964, y contempla –entre otros hechos– la masacre de octubre de 1968 en México.

24 Sería como confundir, por ejemplo, el patrón de reproducción industrial con la política keynesiana (o cepalina) que le abrió caminos. Pero en el caso del neoliberalismo así tiende en lo general a ocurrir. Para profundizar en el tema véase de Jaime Osorio, Crítica de la economía vulgar. Reproducción del capital y dependencia, UAZ/Miguel Ángel Porrúa, México, 2004; en particular el capítulo II.

25 Ruy Mauro Marini, Dialéctica de la dependencia, op. cit.

26 Mismo que alcanzó sus formas más avanzadas en las economías más fuertes: Brasil, México y Argentina.

27 Fenómenos como éste, y el "descubrimiento" del pauperismo en el mundo central han llevado a Hardt y Negri, entre otros, a señalar el fin de los centros y las periferias, ocultando la permanencia de elementos definitorios, como la transferencia de valores de unas regiones (periféricas) a otras (centrales). Véase de estos autores Imperio, Paidós, Buenos Aires, 2002, cap. XV, pp. 299–319. Una crítica formulada a estos autores puede verse en Jaime Osorio, El Estado en el centro de la mundialización. La sociedad civil y el asunto del poder, FCE, México, 2004, cap. VI.

28 De las 200 mayores empresas exportadoras entre 1996 y el 2000 en América Latina y el Caribe, 98 eran de propiedad extranjera. La inversión extranjera en América Latina y el Caribe 2000, CEPAL, Santiago, 2001, p. 41.

29 En México, en 2001, el capital extranjero controlaba 90% de los activos en la banca; para el mismo año en Chile lo hacía en 62%. La inversión extranjera en América Latina y el Caribe 2000, op. cit., p. 19.

30 El término subimperialismo fue acuñado por Ruy Mauro Marini para dar cuenta de la emergencia de tendencias imperialistas en economías ubicadas en el mundo dependiente, en particular haciendo referencia a Brasil. Véase Subdesarrollo y dependencia, México, Siglo XXI Editores, 1969.

31 Considerando el periodo 1992–2006, el total de la inversión directa de Brasil en el exterior fue de 81 mil 79 millones de dólares; de México, 31 mil 721 millones; de Chile, 28 mil 221 millones, y de Argentina, 21 mil 654 millones de dólares. La inversión extranjera en América Latina y el Caribe 2006, CEPAL, Santiago, 2007, p. 60.

32 Tal es el caso del Mercosur, donde los capitales brasileños y argentinos mantienen una aguda disputa, subordinando los intereses de los Estados más débiles. También los acuerdos comerciales de México y los países centroamericanos.

33 Cabría distinguir el discurso nacionalista que ha ganado presencia en los últimos años frente a la ofensiva de las grandes potencias imperiales en el cuadro de un sistema mundializado, con una raíz más económica (caso Brasil y Argentina), que política (Venezuela). El nacionalismo sub imperial tiene sus fuentes más cercanas al primero que al segundo.

34 Convendría recordar que los signos iniciales de los actuales procesos integradores en la zona se establecieron desde los Estados contrainsurgentes, lo que les permitió en las décadas de 1970–1980 establecer una estrecha coordinación de su maquinaria de inteligencia y de muerte, en aras de detener, trasladar y asesinar o desaparecer "subversivos", por mandatos de otros Estados. La operación Cóndor en el cono sur fue quizá la forma más acabada de esta forma de integración.

35 Cabría señalar que no es lo mismo crear economías exportadoras sobre la base de un brutal deterioro de las condiciones de consumo y de vida de los trabajadores, como ocurre en el actual patrón en América Latina, que aquellas que por lo menos sostienen el nivel de vida de éstos.

36 Aquella franja social que administra el aparato estatal.

37 Un caso paradigmático en tal sentido es el del economista Joseph Stiglitz, con cargos de dirección en el Banco Mundial en la etapa más monetarista del organismo, Premio Nóbel, quien desde los años noventa se ha convertido en un crítico de la globalización neoliberal.

38 Tras destacar esta suerte de "hegemonía neoliberal" en los diversos continentes, Perry Anderson afirma que estamos ante "la ideología política más exitosa en la historia mundial". Véase op. cit., p. 389.

39 Para Glyn Daly, "la ideología neoliberal persigue naturalizar el capitalismo presentando sus resultados de ganadores y perdedores como si fueran simplemente una cuestión de azar y sano juicio de un mercado neutral". En Slavoj Zizek, Arriesgar lo imposible. Conversaciones con Glyn Daly, Trotta, Madrid, 2006, p. 22.

40 El término lo generaliza Michel Foucault en Historia de la sexualidad I. La voluntad de poder, Siglo XXI Editores, México, 1977. Una crítica y reformulación del mismo puede verse en Jaime Osorio, "Biopoder y biocapital. El trabajador como moderno homo sacer", Herramienta, núm. 33, Buenos Aires, octubre de 2006.

41 El estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que coordinó Dante Caputo (La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, PNUD, Santiago, 2004), realizado en los primeros años del 2000, da buena cuenta de esta situación, aunque no de la que se inicia con los gobiernos de "izquierda".

42 Morales en Bolivia, Bachelet en Chile, reelección de Lula en Brasil, Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua y reelección de Chávez en Venezuela. A ellos se agregan los arribos de Arias en Costa Rica, García en Perú, la reelección de Uribe en Colombia, Zelaya en Honduras y Calderón en México.

43 Una vez terminado su segundo mandato, Felipe González se ha convertido en un intelectual orgánico del gran capital español y latinoamericano. Son frecuentes sus conferencias, por ejemplo, en reuniones y eventos organizados por el multimillonario mexicano Carlos Slim. Las gestiones de los gobiernos del PSOE han sido activas a su vez en el significativo papel que han ganado los capitales españoles en América Latina en las últimas décadas, tanto en la banca como en comunicaciones y energía.

44 A pesar de ello, el gran capital no siempre ha terminado de confiar en sus gestiones. Aquí parece imperar un instinto de clase que prevalece. Es ese instinto de clase del gran capital (y del capital en general) el que pudiera explicar sus reticencias hacia Lula en la segunda elección, luego de una primera gestión que fortaleció a la gran burguesía; también los desplantes de las grandes cúpulas empresariales contra el gobierno de Bachelet, a la muerte del dictador Pinochet, reclamando funerales presidenciales, y la activa intervención de organizaciones empresariales atacando la moderada candidatura (en términos del programa) de Andrés Manuel López Obrador en México. El temor a nuevos gobiernos de impronta popular, tras los ejemplos de Chávez y Morales, es algo que hoy el capital latinoamericano no está dispuesto a aceptar sin más.

45 Es difícil predecir en qué terminarán los procesos abiertos en Venezuela y Bolivia, que caminan a contrapelo de las tendencias prevalecientes en la región en las últimas décadas, en medio de agudas disputas sociales internas. Esta incertidumbre aumenta ante la creciente preocupación que comienza a mostrar Estados Unidos por lo que acontece en la zona. La visita de Bush a algunos países de la zona, en los primeros meses de 2007, forma parte de esta renovada atención desde Washington.

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