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Argumentos (México, D.F.)

versão impressa ISSN 0187-5795

Argumentos (Méx.) vol.20 no.53 México Jan./Abr. 2007

 

Diversa

 

Cuatro factores fundamentales en la teoría de la cultura política de Seymour M. Lipset

 

Roberto García Jurado

 

Universidad Autónoma Metropolitana–Xochimilco.

 

Resumen

A pesar de que Seymour M. Lipset es ampliamente reconocido en el campo de la ciencia política contemporánea por su enunciación de la correlación positiva entre el desarrollo económico y la democracia, este artículo se propone mostrar cómo dentro de su teoría de la democracia se otorga un papel más determinante a la cultura política que al desarrollo económico. Asimismo, se desglosa su teoría de la cultura política en los cuatro factores que a mi juicio son fundamentales: la religión protestante, la educación productivista, la personalidad pluralista y la conciencia de clase débil. Estos cuatro factores son desglosados a los largo del artículo y sometidos a una revisión crítica que apunta a reconsiderar la contribución teórica de Lipset.

Palabras clave: cultura política, protestantismo, extremismo político, conciencia de clase, excepcionalismo.

 

Abstract

Although Seymour M. Lipset is well–known in the field of contemporary political science because of his proposition of the positive correlation between economic development and democracy, this paper propound that in his democratic theory the political culture is most important than economic development. Likewise, his theory of the political culture is itemized in order to consider the four factors that, in my opinion, are most important: protestantism, productive education, pluralist personality, and weak class conscience. These four factors are itemized at length in the paper and are critical revised in order to reconsider the theoretical contribution of Lipset.

 

En el desarrollo de la teoría política contemporánea, Lipset ha sido reconocido principalmente por su enunciación de la correlación positiva entre el desarrollo económico y el gobierno democrático. Sin embargo, en repetidas ocasiones ha mencionado explícitamente que, para él, la base más significativa y determinante de la democracia no es el nivel de desarrollo económico, sino la conformación de la cultura política.1

Así, a pesar de que la insignia teórica de Lipset pareciera ser su enunciación de la correlación positiva entre el desarrollo económico y la democracia, fuera de El hombre político y algunos artículos sueltos, no ha prestado mayor atención al tema. Por el contrario, dentro de su amplísima obra intelectual, ha dedicado muchos de sus trabajos a explorar la relación entre la cultura política y la democracia. Dentro de esta vertiente destacan escritos como Prejudice and society, La primera nación nueva, La política de la sinrazón, The confidence gap, La división continental, Jews and the new american scene, El excepcionalismo americano, It didn't apeen here y, en cierto modo, cabrían también dos escritos tempranos y fundamentales como Agrarian socialism y La movilidad social en la sociedad industrial.2

Ninguno de estos textos ha alcanzado la repercusión que tuvo El hombre político, lo que tal vez explique de algún modo que esté tan poco difundido su planteamiento acerca de la relación entre la cultura política y la democracia. Además, a diferencia del texto clásico de Almond y Verba (1963) The civic culture, cuya metodología y formulación teórica produjeron un efecto muy convincente en el ámbito académico, la argumentación de Lipset se encuentra diseminada en varios de estos textos y no ha alcanzado a convertirse en un corpus teórico unitario y coherente. Del mismo modo, para demostrar su hipótesis, Lipset se ha valido de una gran cantidad de fuentes y técnicas de investigación que van desde las encuestas y entrevistas a fondo diseñadas por él mismo, hasta el análisis de contenido periodístico, la interpretación de la literatura nacional, los documentos políticos o las encuestas y entrevistas realizadas por terceras personas para los más diversos fines. Todo esto ha hecho parecer que la evidencia empírica que presentó para demostrar su hipótesis sobre la correlación entre el desarrollo económico y la democracia parezca mucho más convincente que el resto de los argumentos que ha utilizado para mostrar que este vínculo pasa por la cultura política, cuya relación con la democracia es más directa, al grado de superar la simple correlación establecida con el desarrollo económico para convertirse prácticamente en una explicación causal.

Además, a diferencia de la claridad con la que Lipset presentó los indicadores del desarrollo económico que se correlacionaban con la democracia, no parece que haya podido sistematizar ni clarificar del mismo modo los indicadores de la cultura política que se vinculan con la democracia, o no lo ha hecho al menos como Almond, cuyas evidencias parecían más convincentes.

Como se dijo antes, Lipset ha desarrollado su tesis sobre la vinculación entre la cultura política y la democracia de una manera un tanto dispersa, cuyos elementos hay que rescatar y unir a partir de varios de sus escritos. Sin embargo, una visión comprensiva de éstos permitiría apreciar que distingue cuatro factores determinantes de la cultura política que influyen en el sostenimiento de un régimen democrático: la religión, la educación, la personalidad política y la conciencia de clase.

 

PROTESTANTISMO Y DEMOCRACIA

En lo que respecta a la religión, Lipset acusa claramente la influencia de Max Weber. Y bueno, no sólo en la religión. Una de las características más notables de su análisis sociológico es la clara influencia del pensamiento weberiano. De manera reiterada, Lipset declara su desacuerdo con la teoría social de Marx, que descansa en el concepto de clase social y el efecto determinante de ésta en las instituciones políticas, para proponer la mayor utilidad del análisis sociológico de Weber, el cual además de considerar el concepto de clase social, otorga una atención especial al concepto de estatus, con lo que el análisis social gana en tanto no se circunscribe sólo a las cuestiones relacionadas con la riqueza y el ingreso, sino que se introducen factores de enorme relevancia como el prestigio y el reconocimiento.3

Derivado precisamente de este análisis weberiano, Lipset asumió plenamente la tesis desarrollada en La ética protestante que establece un nexo directo entre el ethos religioso y el comportamiento económico, particularmente entre la ética protestante y el capitalismo. Weber, como después haría en cierto modo Lipset, abre el primer capítulo de su libro llamando la atención sobre la correlación que veía en la sociedad europea de su época entre los individuos que profesaban el protestantismo por un lado y, por el otro, los propietarios del capital y los segmentos profesionales mejor colocados. Después explicaba que más allá de una simple correlación se trataba más bien de un vínculo causal entre la ética del protestantismo y la conducta económica racional acorde a los parámetros del capitalismo.4

Lipset, como muchos otros autores modernos, prolongó la correlación weberiana entre el ethos protestante y el comportamiento económico para vincular al primero directamente con las instituciones políticas. Para demostrarlo, argumenta que existe plena evidencia histórica de que los países que tienen los gobiernos democráticos más antiguos y estables son precisamente aquellos en los que la mayoría de la población es protestante. Presumiblemente, la razón de ello es que en el protestantismo se carece de las jerarquías eclesiásticas piramidales que sí tienen otras iglesias, es decir, la práctica de ese culto se realiza contando con un amplio margen de libertades espirituales y disciplinarias, lo que permite que los fieles a esa iglesia practiquen y disfruten su libertad religiosa como muy pocos otros lo hacen. De esta manera, deduce que la valoración que éstos confieren a la libertad religiosa se ha extendido a otras libertades ciudadanas, procurando preservarlas y ampliarlas, lo cual ha implicado que se adhieran al régimen político de la democracia liberal, el cual es el que les garantiza el disfrute de esas libertades.5

Parafraseando a Barrington Moore, quien dice: "si no hay burguesía, no hay capitalismo", Lipset diría: "si no hay mentalidad burguesa, no hay democracia", y tipifica como un verdadero héroe cultural de la sociedad moderna al individuo con mentalidad capitalista, dispuesto a afrontar riesgos, a comprometerse en empresas innovadoras y a competir de manera irrestricta con los demás en un mercado libre y abierto. Un tipo de hombre que sólo se desenvolvió y difundió a partir del auge protestante.

Lipset ha descrito con gran amplitud cómo esta tradición religiosa ha sido particularmente significativa en los Estados Unidos, donde desde un principio la sociedad se fundó teniendo como base la libertad religiosa, la cual permitió que este aprecio se extendiera también a otras actividades sociales. Además, el protestantismo fue particularmente importante en la sociedad norteamericana porque desde un principio los grupos religiosos fueron considerados asociaciones puramente voluntarias, a las cuales los individuos se acercaban y adherían con plena libertad, conscientes de que tales organizaciones eran los medios apropiados para llevar a cabo la persecución de sus fines particulares. Por esta razón, el asociacionismo típico de la democracia norteamericana, como lo apreciara Tocqueville, estuvo reforzado y apuntalado por las propias prácticas religiosas de los protestantes.6

En este sentido, tanto en Europa como en América la tolerancia religiosa fue una necesidad impuesta por los requerimientos de la conservación social y estatal, la cual se habría visto seriamente amenazada de haber continuado los conflictos y las guerras religiosas que caracterizaron el inicio de la época moderna. De este modo, el desarrollo de la tolerancia en muchos otros aspectos de la vida social está directamente conectada con esta convivencia pacífica entre las distintas religiones practicadas por la población europea.

Así, en la actualidad, la democracia se ha convertido en un gobierno y un régimen político que no sólo tolera la diversidad de los valores, conductas y religiones en la sociedad, sino que postula la conveniencia de la diversidad de valores y alienta la pluralidad de grupos, concepciones y opiniones dentro de la sociedad.

En este sentido, Lipset ha incursionado también en una intensa polémica sobre el carácter nacional y religioso de los estadounidenses y su vinculación con la pujanza económica y social de este país. Desde Tocqueville, la caracterización política y social de Estados Unidos ha tendido a calificarlo de un país excepcional; ante sus ojos, no sólo se presentaba como el único país moderno de cultura occidental carente de un pasado feudal, sino también era el que ostentaba la primera constitución escrita del mundo moderno, la más temprana institucionalización de los partidos políticos, la más irrestricta libertad religiosa y, por supuesto, el que había adoptado ya en su vida política y social una forma de gobierno democrática que apenas despuntaba en el horizonte de las naciones europeas de la época.

Lipset, sin duda alguna, es el autor contemporáneo que más ha explorado los aspectos políticos y sociales de lo que se ha dado en llamar el excepcionalismo americano. A este tema ha dedicado no sólo el libro que lleva ese título, El excepcionalismo americano, sino también pueden contarse para este fin textos como La primera nación nueva, La política de la sinrazón, The confidence gap, La división continental, Jews and new american scene e It didn't hapeen here.7

En todos estos textos, Lipset ha desarrollado la idea de que Estados Unidos ha sido una nación excepcional por su acento en el antiestatismo, antielitismo, igualitarismo, individualismo y su aceptación de la meritocracia. Retomando la expresión de Myrdal, se ha formado todo un credo americano que ha definido a un pueblo, el cual a partir de esta ideología ha construido su propia identidad nacional.

Sin embargo, muchos autores han planteado que una buena parte de ese credo americano ha quedado en el pasado, y el puritanismo de la ética protestante que alguna vez caracterizó a la sociedad norteamericana y le dio el impulso económico y social que la convirtió en una potencia mundial ha desparecido, quedando tan sólo un hedonismo y una anomia que apuntan hacia su deterioro irremediable.8

No obstante, Lipset considera que si acaso puede hablarse del fin del excepcionalismo político y social estadounidense, esto se debe más a la tendencia de las naciones europeas a parecerse a los Estados Unidos que a la pérdida de los rasgos típicos de su carácter social.

Lipset reconoce que en los últimos años la democracia se ha extendido a países que tienen una religión distinta a la protestante, principalmente a los países de religión católica, lo cual ha sido ampliamente expuesto y desarrollado también por Samuel Huntington. Estos países han experimentado una serie de transformaciones que han establecido bases más propicias para la instalación de un gobierno democrático. Incluso la propia iglesia católica ha cambiado notablemente su actitud, deslindándose de los gobiernos represivos y autoritarios, lo que ha contribuido también a divulgar e impulsar a la democracia en los países católicos. Por lo tanto, en la actualidad puede decirse que tanto el protestantismo como el catolicismo son bases religiosas apropiadas para la estabilidad democrática. Más aún, si en una etapa de la historia moderna el desarrollo del capitalismo estuvo vinculado a la difusión del protestantismo, en las últimas tres décadas las tasas más altas de crecimiento económico no se registran ni en los países protestantes ni en los católicos, sino en las naciones asiáticas de confesiones muy diversas. En muchos de estos países, o en los que predomina la religión ortodoxa o musulmana, y particularmente en los de esta última, los imperativos y restricciones religiosas parecen poco compatibles con las libertades e instituciones democráticas, lo cual ciertamente parece haber dejado de ser un obstáculo al desarrollo económico, aunque sigue representando una seria limitación a la expansión de la democracia a nivel mundial.9

 

EDUCACIÓN Y PRODUCTIVIDAD

En segundo lugar, por lo que respecta a la educación, debe advertirse que Lipset no es el primero ni el único que ha señalado la función preponderante que tiene la educación en el fomento y soporte de la democracia, ya que la dinámica del gobierno democrático requiere que la población cuente con un nivel educativo suficiente para ejercer sus derechos civiles y políticos. Retomando los conceptos de Gabriel Almond, Lipset plantea que la educación eleva la competencia subjetiva de los ciudadanos, reafirma su autoestima, hace menos atemorizante el mundo y les imbuye mayor confianza en las grandes instituciones de la sociedad. Sin embargo, tal vez lo más relevante del enfoque de Lipset sea que no sólo señala la importancia del nivel educativo para el sostenimiento de la democracia, esto es, del número promedio de años que la población ha acudido a la escuela, sino que denota también la significación del tipo de educación que se imparte, particularmente en los países que están en el proceso o en vísperas de la transición democrática.

Utilizando las categorías del análisis sociológico parsoniano, Lipset considera que el tipo de educación que se imparte en la gran mayoría de las sociedades subdesarrolladas se orienta por el particularismo, opuesto al universalismo que requiere una sociedad más abierta. Esto significa que la educación resalta las particularidades que distinguen a un sector social de otro, estableciendo diferencias jerárquicas que muy poco contribuyen a la aceptación de criterios universalistas, esto es, de criterios que definan al individuo y a los diferentes sectores sociales como miembros con iguales derechos y atribuciones dentro de un determinado universo social. Este tipo de actitudes daña y vulnera el espíritu de respeto y reconocimiento que requiere un sistema democrático.10

De manera similar, apunta que en los países subdesarrollados se desalientan las inclinaciones y habilidades con respecto a la acumulación de capital, así como se critica y rechaza la orientación hacia el éxito, es decir, el afán competitivo que impulsa a los hombres a sobresalir con respecto a los demás en todas y cada una de las actividades sociales. En estos países existe una mentalidad precapitalista cuya aversión al riesgo obstruye el desarrollo económico. Lipset compara esta actitud con la que existe en los países desarrollados de inspiración liberal, y observa que en éstos es distinto, pues el espíritu empresarial y la orientación hacia el éxito son sancionados positivamente a nivel social.11

En este sentido, cita como ejemplo de esto la actitud de los empresarios frente a los negocios en los países subdesarrollados, en los cuales su preocupación principal no es la acumulación de capital, sino el mantenimiento de su posición en la sociedad, privilegiando sobre todo la conservación del prestigio, el renombre y la distinción de su familia, fomentando una mentalidad precapitalista que lo lleva a rechazar incluso la legitimidad de los sindicatos, ya que sigue viendo a la sociedad como un conjunto de segmentos de adscripción rígida, antes que como una serie de grupos persiguiendo un interés legítimo.

Según esto, la orientación hacia el éxito que se observa en los países más liberales no está presente en los subdesarrollados; en su lugar, se observa un inmovilismo y una resistencia al cambio que obstruye un comportamiento económico más racional y emprendedor, el cual es necesario para integrar una clase social próspera, cuya suerte esté ligada al desarrollo y crecimiento económico del país. Un empresariado de este tipo mantendría su interés en la estabilidad de los negocios y la economía, así como tendría mayor inclinación hacia el respeto de las libertades civiles, con lo cual se construiría un factor de apoyo adicional a la democracia.12

Del mismo modo, refiriéndose a los países de América Latina que tienen un pasado colonial ibérico, Lipset señala que en su educación superior siempre han ocupado un lugar privilegiado las profesiones relacionadas con las ciencias sociales y el derecho, despreciando o poniendo en segundo lugar a aquellas vinculadas con el trabajo manual y productivo. Esto propicia que muchos de estos estudiantes vean frustradas sus expectativas profesionales en tanto que las carreras que estudian son las de menor demanda y menores retribuciones en el mercado de trabajo. Este rechazo implícito hacia los valores e instituciones de la sociedad industrial puede percibirse también en los intelectuales y eruditos universitarios de la región, quienes parecen seguir atados a ideas románticas de cambio social radical. Para Lipset, esto se debe principalmente a la actitud que asumió la aristocracia ibérica que se instaló en estas colonias, la cual siempre desdeñó el trabajo productivo, no considerándose digna de ocuparse de él y despreciando a quienes sí lo hacían. Así, para la aristocracia, el tipo de educación digna de reconocimiento, y que le resultaba más útil, era sólo aquella que se requería en la corte y en la administración colonial, esto es, las ciencias sociales, las humanidades y principalmente el derecho.13

Como puede observarse, para Lipset la debilidad de la cultura política democrática en muchos de estos países no se debe solamente a los bajos niveles generales de educación, lo cual ciertamente es uno de los principales obstáculos, sino también obedece al tipo de educación que se imparte y a los valores sociales que se difunden. Estas carencias son las que hacen tan difícil la conformación de una cultura política que sirva de soporte a las instituciones democráticas y, a su vez, que permita construir una ciudadanía acorde con la vida democrática.

Sin embargo, esta visión instrumental y productivista de la educación podría no ser la que mejor se ajustara a una sociedad democrática moderna, y tal vez menos aún a una sociedad en proceso de modernización. La idea de que lo más importante en una nación es canalizar todos los esfuerzos y recursos humanos a elevar la producción económica pasa por alto que el hombre es algo más que un organismo con necesidades orgánicas vitales, cuya existencia se satisface con la disposición de los medios para satisfacerlas. Visto desde la perspectiva social, una sociedad también es mucho más que una empresa de producción de satisfactores materiales.

Lipset no parece reparar en que las humanidades y las ciencias sociales satisfacen también otras necesidades del individuo, tal vez más espirituales o lúdicas, más recreativas o simbólicas, pero igualmente necesarias en tanto que el hombre es un organismo cuyas necesidades vitales van más allá de la absorción de nutrientes, y su existencia humana se distingue precisamente por sus deseos, fantasías y temores, que son alimentados o ahuyentados por otras actividades distintas a la producción material.

Si en las sociedades modernas son necesarias las profesiones vinculadas a las humanidades y las ciencias sociales, en las sociedades en proceso de modernización lo son todavía más, ya que este proceso requiere construir una sociedad cohesionada, ávida de una identidad y una cultura nacional, de símbolos integradores, de tradiciones, ritos y mitologías que solo pueden brindarse desde un espació distinto al circuito de la producción material.14

Aun cuando Lipset cree decantarse por la democracia liberal, parece que no se inclina del mismo modo por una educación liberal. Como señala una puntillosa crítica de esta visión productivista de la educación, tal pareciera que se quisiera educar ahora a la juventud como en el pasado se educaba a las jovencitas, es decir, prepararla tan sólo para los asuntos domésticos, para proveer las necesidades de la familia. La educación humanista pareciera entonces un lujo sólo al alcance de los ricos, tal y como funcionó en algún tiempo la educación europea, ofreciendo a los hijos de las familias acomodadas una formación integral en las artes y las ciencias mientras que al resto de la sociedad se le relegaba a las profesiones productivas.

La democracia liberal requiere entonces de una educación liberal, una educación que enseñe a los individuos a vivir en libertad. La ideología conservadora se ha caracterizado por confiar preponderantemente en la ambición y el trabajo duro como medios para la superación del individuo, en cambio, una de las características del mejor liberalismo es su confianza en la educación para alcanzar este objetivo.15

Sin embargo, es conveniente reiterar que el concepto de ciudadanía de Lipset es completamente distinto al que hiciera famoso Rousseau; se adhiere a un concepto de ciudadano poco interesado en la política, apenas funcional para los requerimientos de las democracias contemporáneas. En palabras de Lasch, se trata de la misma concepción que minimiza al Estado y por ende plantea también una ciudadanía mínima.16

Para él, el ciudadano que requiere la democracia no es aquél perfectamente informado de los asuntos públicos, con un alto grado de involucramiento en ellos y una participación política constante y activa, no, este modelo corresponde a un ideal que tal vez nunca ha existido. Este tipo de ciudadano ilustrado, racional y militante no sólo es una rara avis en la democracia contemporánea, sino que además tal vez no sea necesario.17

Para Lipset, la democracia requiere de un cierto número de individuos que se dediquen a la actividad política, de los cuales ciertamente debe esperarse que sean lo suficientemente ilustrados, comprometidos y militantes en su actividad. Pero en comparación con la población total, basta que este conjunto sea una minoría, de hecho, comúnmente se reduce a un pequeño grupo. Esto no significa por supuesto que el resto de los ciudadanos deban permanecer completamente al margen de la política. Lo que la democracia requiere de ellos es que tengan una buena educación; que estén bien informados sobre las cuestiones generales que atañen al Estado, y que tengan además la capacidad de desarrollar cierto involucramiento en los asuntos públicos.

 

LA PERSONALIDAD POLÍTICA Y EL EXTREMISMO

El tercer rasgo de la cultura política que resalta Lipset es el de la personalidad política. Lipset se refiere a esta cuestión en varios textos, pero donde más específicamente la trata es en Prejudice and society, La política de la sinrazón y La primera nación nueva.

En Prejudice and society acusa, como Almond, una clara influencia de los intelectuales alemanes emigrados a Estados Unidos, sobre todo de Adorno y Horkheimer, quienes habían comenzado a desarrollar desde los años treinta toda un teorización sobre los prejuicios sociales y la personalidad política que habría de ejercer un poderoso influjo en la academia de ese país.

Las actitudes sociales discriminatorias del periodo de estreguerras en Europa, especialmente en Alemania, y las que se observaron en la posguerra en Estados Unidos, habían mostrado que los prejuicios sociales podían dar sustento a actos de proscripción, persecución y opresión de determinados grupos sociales minoritarios, como los judíos, los comunistas o los negros. Así, se evidenció que los prejuicios sociales representaban un serio peligro para las condiciones de la vida moderna, pues debido a ellos una sociedad podía llegar a negar el trato igualitario y respetuoso a cierto tipo de personas simplemente por el hecho de pertenecer a una raza, religión, etnia o ideología particular.18

Del examen que hizo Lipset al respecto, dedujo que las actitudes prejuiciadas se generaban fundamentalmente a partir de conductas prejuiciadas. Es decir, la actitud, antes que ser un mero proceso mental racional o ideológico, es sobre todo una derivación de determinados comportamientos excluyentes, muchos de los cuales pueden existir aún sin producir la actitud correspondiente; sin darle un encuadre psicológico o ideológico al acto de la proscripción. Con esta formulación, Lipset redimensionaba las actitudes prejuiciadas para darle un contenido más sociológico que psicológico.19

Muchas de estas actitudes prejuciadas forman parte del estereotipo de la personalidad autoritaria que por la década de los cincuenta recibió gran atención por parte de politólogos, sociólogos y psicólogos sociales, como se expuso en el capítulo anterior. Lipset consentía que, en efecto, la personalidad autoritaria era contraria a los valores de la democracia, sin embargo, también admitía que la estabilidad democrática podía alcanzarse aun ahí donde hubiera una gran variación en los códigos valorativos de la sociedad, es decir, aun dentro de una sociedad democrática podían encontrarse individuos o segmentos de la población con actitudes prejuiciadas o personalidades autoritarias sin que ello amenace seriamente la viabilidad del régimen.

Asumía, así, que no era factible establecer una correspondencia muy estrecha entre la estructura familiar, el carácter nacional o las actitudes sociales con las instituciones políticas. Sin embargo, daba cabida también a la influencia de estos factores en la sociedad y el tipo de régimen existentes.

Con respecto a la familia, no dudaba en otorgarle una función determinante en la socialización política. En los análisis que hizo en esta materia, descubrió, por ejemplo, que entre 2/3 y ¾ de los individuos votaba por el mismo partido político que sus padres, o que los niños que habían enfrentado una niñez dura eran los más propensos a adoptar posiciones políticas extremistas y tenían además los más fuertes impulsos de movilidad social ascendente; más aún, planteaba que, en general, el modelo de la familia propulsora de los hijos hacia la movilidad social ascendente era la que tenía un padre débil y una madre fuerte.20

El carácter nacional también ejercía una notable influencia. Recurriendo a fuentes distintas que The civic culture, por ejemplo, llegaba a conclusiones muy parecidas a las de este estudio en su comparación de las culturas políticas nacionales: afirmaba que podía encontrarse una personalidad más democrática en la población estadounidense que en las de cualquier otra parte, y elaboraba una clasificación muy parecida a la de Almond en tanto que colocaba en segundo, tercero y cuarto sitio, respectivamente, a la población inglesa, francesa y alemana.21

En concordancia con el resto de sus apreciaciones sobre el carácter nacional de sus compatriotas, en este aspecto en particular Lipset volvía a ponderar positivamente la personalidad política de los estadounidenses presentándola como la más democrática del mundo occidental. Así, polemizaba de nuevo con David Riesman, quien había desarrollado una extensa crítica de este aspecto en The lonely crowd, caracterizando al estadounidense típico como poseedor de una personalidad orientada hacia los demás, es decir, una persona cuyos juicios y opiniones se formaban esencialmente siguiendo los de otros individuos, carente de toda autonomía y de la capacidad para discernir por sí mismo, lo que traicionaba la herencia liberal de la sociedad norteamericana.

El sentido de la crítica de Riesman a esta personalidad tendía a destacar principalmente que al depender de otra opinión para formar la suya, traslada a otro su responsabilidad y atribución ciudadana para decidir acerca de los asuntos públicos. Del mismo modo que no puede discernir por sí mismo, tampoco puede tolerar ni aceptar con facilidad que otros individuos no compartan la opinión mayoritaria. Incluso tampoco comprende claramente ni acepta que otros ciudadanos se distingan y descuellen, ya que para este tipo de personalidad el igualitarismo es llevado al extremo, al grado de sentir el impulso y la necesidad de cortar los tallos altos, para usar la frase que Lipset atribuye a la concepción igualitaria de los australianos, quienes adoptan este igualitarismo extremo para enfatizar la igual procedencia de todos los individuos que componen su sociedad.22

Lipset rechazaba la crítica de Riesman en primer lugar porque consideraba que una personalidad orientada hacia los demás no era contraria a una sociedad liberal y democrática, por el contrario, en tanto que el logro de las metas y objetivos individuales dentro de una sociedad de este tipo requiere de la aceptación, cooperación y reconocimiento de los demás, nada más funcional y útil que las opiniones propias se ajusten a las del resto de sus congéneres. Más aún, Lipset consideraba que la personalidad orientada por sí misma, que Riesman oponía a la primera y ponderaba positivamente era más propia de sociedades elitistas y aristocráticas que de las democráticas.

Lipset termina reconociendo que tal vez una personalidad totalmente orientada hacia los demás no sería del todo recomendable para el mejor funcionamiento de la democracia, ya que este régimen requiere tanto del conflicto como del consenso, y las personas que se guían de manera absoluta por la opinión de los demás no pueden sustentar ideas, juicios o intereses esencialmente propios que conduzcan a un conflicto real y fructífero. La confrontación requiere de la diferencia, y ésta no puede existir ahí donde los individuos transfieren unos a otros la responsabilidad de la opinión personal. Por otro lado, una personalidad totalmente orientada por sí misma tampoco le resulta aceptable, por lo que termina por proponer una que se encuentre entre uno y otro extremo.23

La influencia de Horkheimer y Adorno en estos temas se deja translucir también en el intento de Lipset por crear una escala M, a semejanza de la escala F de La personalidad autoritaria.24

A diferencia de la escala F, que fue diseñada para clasificar las actitudes políticas de los individuos ubicadas entre los extremos de la democracia y el autoritarismo, la escala M de Lipset trataba de tipificar lo que llamó el modelo monista, cuyo conjunto de actitudes y valores podía englobarse en tres rasgos: moralismo político, intolerancia nativista y teoría de la conspiración. Para Lipset los extremos de su escala no eran los de Adorno, la democracia y el autoritarismo, sino el pluralismo y el monismo, ya que para él la esencia de una sociedad democrática era el pluralismo, y lo contrario a ella era el extremismo, que bien podía llamársele monismo.25

Como los fascistas de la escala F, los monistas de la escala Meran extremistas políticos que compartían muchas características, siendo la más importante su actitud intolerante, racista, prejuiciada y, en general, antidemocrática. Para Lipset, en uno y otro caso, los individuos así caracterizados, no deben satanizarse irremediablemente, sino ser ubicados como un producto de las condiciones cambiantes de las sociedades que llegan a provocar temores tendientes a suscitar este tipo de actitudes. Debido en buena medida a éstas, las personas se inclinan fácilmente al extremismo político e ideológico, y dejan de ver a la democracia como un terreno abierto de confrontación entre diferentes ideas políticas, que es reemplazado por un Armagedón donde habrá de librarse la batalla final entre el bien y el mal.

 

UNA CONCIENCIA DE CLASE MÍNIMA

Finalmente, el cuarto factor de la cultura política que destaca Lipset es el de la conciencia de clase. Asegura que uno de los factores más dañinos para la cohesión social es una conciencia de clase sólida y arraigada. Una conciencia de clase de este tipo afecta a la democracia y a la convivencia social debido a que imbuye en los individuos la percepción de que tienen intereses contrapuestos e irreconciliables, y que por lo tanto cualquier decisión o acción pública favorecerá a una u otra clase social, pero nunca al conjunto de ellas. Se trata de un juego de suma cero, en el cual unos ganan lo que otros pierden.26

Además, en contraposición a la tradición marxista, Lipset argumenta que las sociedades en donde se produce la conciencia de clase más sólida e intransigente son aquellas en las que se observan las reminiscencias feudales más indelebles, es decir, la conciencia de clase no aparece o se acentúa por el advenimiento de la industrialización y el capitalismo, sino por la reacción ante estos de una sociedad con profundas improntas y resabios feudales. En estas sociedades de origen aristocrático la descomposición y reorganización social producida por la industrialización provoca incertidumbre y confusión sobre la propia identidad social, es decir, se genera una anomia social que se expresa mediante la necesidad de señalar y acentuar las diferencias de clase como principio de identidad social. Por lo tanto, la conciencia de clase no es un producto del capitalismo y la industrialización, sino del choque cultural que su arribo produce en una sociedad en la cual existen o existieron fuertes divisiones estamentales.27

Para Lipset, el hecho de que Estados Unidos no haya atravesado nunca por una etapa feudal y se haya asentado desde el principio sobre bases burguesas y capitalistas explica en buena medida que no se produjera ni desarrollara allí una vigorosa ideología socialista, y que tampoco se crearan partidos políticos comunistas fuertes, ni una conciencia de clase combativa y radical. Asumiendo la expresión de Walter Dean Burnham, quien dijo "sin feudalismo, no hay socialismo", Lipset atribuye a este hecho una importancia capital, dado que lo considera fundamental para comprender la historia política y el escenario actual de ese país, que constituye además la reformulación más significativa de lo que alguna vez llamó Tocqeville el excepcionalismo americano.

Desde esta perspectiva, los efectos desintegradores más claros de una conciencia de clase arraigada se observan en los polos de la sociedad. En los sectores acaudalados se produce un desprecio absoluto por los otros grupos sociales, lo que provoca que actúen siempre con gran prepotencia. Para estos sectores es muy difícil concebir que el resto de los ciudadanos puedan ser iguales a ellos en algun aspecto, incluso en el ejercicio de los derechos políticos más elementales. Del mismo modo, cuando esta conciencia se presenta en el extremo contrario, el de los menos favorecidos, se produce igualmente un efecto de marginación social. Los sectores menos acaudalados que desarrollan una conciencia de clase profunda no conciben que pueda establecerse ninguna cooperación productiva con el resto de la sociedad, mucho menos con las élites económicas. Para ellos, el desarrollo económico y el enriquecimiento del país sólo favorece a quienes ocupan la cúspide de la pirámide del ingreso, ninguna ventaja perciben en él, por lo que consideran inútil su cooperación en dicha empresa.28 Una de las observaciones más interesantes de Lipset sobre este asunto, es que uno de los rasgos más notables de la madurez democrática de una sociedad es que reaccione de manera uniforme frente a determinados sucesos políticos o sociales, es decir, que sea capaz de identificar algo así como el bien común, algo que de manera genérica y global afecta o perjudica a toda la comunidad. Es decir, más allá de la estrecha concepción del pluralismo que plantea la dinámica social y política como una competencia entre grupos y asociaciones en la que unos ganan lo que otros pierden, Lipset propone que en la sociedad democrática debe existir tanto la competencia como el consenso.29

A pesar de que Lipset considera dañina para la vida democrática una conciencia de clase radical, poniendo como ejemplo el caso de los Estados Unidos, cabría preguntarse si, por el contrario, es benéfica para la sociedad la dilución de la conciencia de clase. El mismo Lipset admite que lo que llama excepcionalismo americano tiene dos filos, uno favorable y otro desfavorable. En el primero resalta su gran inversión en educación y el nivel de escolarización con ello logrado, su defensa irrestricta de las libertades civiles y políticas, su vocación meritocrática, su buen desempeño económico y su capacidad para generar empleos; sin embargo, en el lado anverso, es el país con más litigios legales en el mundo, el que tiene los menores índices de votación entre las sociedades desarrolladas, el que tiene uno de los índices de sindicalización más bajos, y también el que tiene la mayor desigualdad de ingreso en este mismo conjunto. Ante un panorama así, cabría preguntarse ¿una conciencia de clase más fuerte no animaría al deprimido sindicalismo norteamericano, tan necesario para lograr condiciones más justas de empleo? ¿una mayor conciencia de clase no ayudaría en la formación de un partido socialdemócrata que abriera el sistema bipartidista tan excluyente? ¿acaso una conciencia de clase más vigorosa no ayudaría también a reducir la enorme brecha del ingreso que hay ahí?

Lipset pareciera concebir a la clase social únicamente en términos marxistas, como vehículo revolucionario y potencial dictador colectivo. Sin embargo, la lucha de clases real que se ha desarrollado en los dos últimos siglos en Europa ha contribuido a resolver o atenuar algunos de los problemas que Lipset presenta como la cara negativa del excepcionalismo americano. Aunque él no lo cree así, bien valdría la pena admitir esa posibilidad, sobre todo al reflexionar sobre su predicción, con tintes amenazantes en cierto sentido, de que el excepcionalismo americano está llegando a su fin en la medida en que las naciones desarrolladas tienden a parecerse cada vez más a Estados Unidos, lo que no parece muy alentador a la luz de su estructura social tan polarizada.30

En varios de sus escritos Lipset admite el peligro de la polarización económica de la sociedad. Acepta que la pobreza genera un sentimiento de frustración y separación social que es difícil de extirpar, y la pobreza extrema prácticamente excluye y proscribe a los individuos del espacio social, cuya reincorporación es también una tarea ardua y compleja. Es por ello que la única manera de reducir esta conciencia de clase es incorporar a la mayor parte de los sectores sociales al desarrollo económico y hacerlos partícipes de sus beneficios, sólo así podrán adherirse voluntariamente a una actividad económica en la que su contribución sea reconocida, y podrán percibir también que aunque tienen intereses de clase que los diferencian del resto de la sociedad, existen también ciertos objetivos en los que pueden existir coincidencias.

La percepción o la creencia de que los beneficios del desarrollo se reparten de manera más o menos proporcional entre la sociedad genera asimismo un sentimiento de adhesión al cuerpo social, una conciencia de verdadera comunidad de destino que reduce las tensiones sociales. Además, en Movilidad social en la sociedad industrial plantea que si esta distribución generalizada de beneficios está acompañada de una movilidad social dinámica, entonces la atracción que ejerce el orden social sobre los estratos bajos es mayor, pues éstos no sólo tienen el aliciente de mejorar sus condiciones sociales de manera absoluta, sino también de manera relativa, esto es, pueden albergar la expectativa de ocupar en algún momento una posición social distinta.31

Sin embargo, a pesar de que estos factores pueden generar y propiciar una mayor cohesión social, esto no significa que se borren completamente las diferencias en la conciencia social y política de los diferentes sectores de la población. Lipset señala que, por ejemplo, mientras en los sectores educados y superiores de la sociedad existe una inclinación al liberalismo no económico, es decir, al liberalismo político, en los estratos más bajos y menos educados no se percibe esta simpatía, en su lugar, se observa una inclinación hacia el liberalismo económico, esto es, en términos del vocabulario político estadounidense, una simpatía hacia la intervención estatal y la expansión del gasto social, lo que significa en realidad una preferencia por un Estado de bienestar fuerte.32

Para Lipset, el distanciamiento por parte de las clases obreras con respecto a los valores del liberalismo político tal vez no sea lo más preocupante de esta diferenciación, sino que este desapego se convierte en muchos casos en una abierta simpatía por el autoritarismo y las soluciones de fuerza. Más aún, en uno de los capítulos más polémicos de El hombre político, Lipset señala que lo que caracteriza a las clases obreras no es su compromiso con las libertades civiles y políticas, sino su inclinación a las soluciones de fuerza, al autoritarismo, caracterización que por cierto comparten algunos otros autores contemporáneos y que suscitó en su momento fuertes críticas.33

Ante ello habría que reconocer que la marginación social, los bajos niveles de educación, la carencia de oportunidades económicas y el sentimiento de nula influencia en las decisiones políticas provocan que las clases obreras no valoren un esquema de libertades políticas y civiles que en realidad no pueden disfrutar; sus condiciones materiales las excluyen de facto de esa posibilidad. El pleno ejercicio de estas libertades requiere que ciertas necesidades sociales y económicas mínimas estén cubiertas, así como que la sociedad brinde expectativas reales de incorporación de estas clases en posiciones de prestigio y responsabilidad.

Sin embargo, debido a que estos sectores ven cerrado o muy estrecho el acceso a las posiciones de prestigio y responsabilidad social que les permitan ejercer efectivamente las libertades civiles y políticas, se encuentran entonces más propensos a verse seducidos por alternativas autoritarias que prometen cambios contundentes y radicales; que ofrecen de manera inmediata y garantizada lo que otras alternativas políticas otorgan mediante un proceso gradual, evolutivo e incierto.

En contraste, en ciertas condiciones, los sectores más educados y mejor colocados en una sociedad democrática parecen más comprometidos con la preservación de las libertades civiles y políticas, aunque este compromiso no es incondicional, por lo que hay que tener siempre presente que en las clases superiores, como en las medias y en la obrera, se pueden encontrar actitudes intolerantes y autoritarias.

 

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NOTAS

1 Valga citarlo textualmente para mayor precisión: "Los factores culturales parecen desempeñar incluso un papel más importante que los económicos para promover la democracia. Para florecer, la democracia requiere de la aceptación por parte de la ciudadanía y de las élites políticas de la libertad de expresión, reunión, religión y de prensa. Más fundamentalmente, la democracia requiere del respeto universal para las instituciones y procedimientos de la vida política así como que los resultados que produce –leyes, reglamentos, políticas, y resultados electorales– sean respetados y obedecidos aun si no son gratos. En una cultura democrática, los procesos e instituciones confieren legitimidad sobre los resultados, por impopulares que puedan ser". Lipset, Seymour M. (ed.), The encyclopedia of democracy, Routledge, Londres, 1995, p. lx.

2 Varios de estos libros los ha hecho en coautoría con otras personas, además, tal vez convenga aclarar que como ocurre con el resto de la bibliografía usada en este texto, algunos títulos son citados en inglés y otros en español dependiendo de si se cuenta con la traducción correspondiente o de la edición que he tenido a mi alcance.

3 Véase Max Weber, Economía y sociedad, FCE, México, 1984.

4 Véase Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Premiá, México, 1984.

5 Véase S.M. Lipset, La división continental. Los valores y las instituciones de los Estados Unidos y Canadá, FCE, México, 1993 (11990). Especialmente el capítulo V; y Seymour M. Lipset, El excepcionalismo norteamericano. Una espada de dos filos, FCE, México, 2000 (11996).

6 Podría decirse que en más de un sentido la sociedad norteamericana ha sido inspirada por el mismo espíritu lockeano, para lo cual es pertinente recordar lo que Locke decía sobre la iglesia: "Entiendo que es una asociación libre de hombres que de común acuerdo se reúnen públicamente para venerar a Dios de una manera determinada que ellos juzgan grata a la divinidad y provechosa para la salvación de su alma". Véase John Locke, Carta sobre la tolerancia y otros ensayos, Grijalbo, Barcelona, 1969, p. 23. Asimismo, para el caso concreto de Estados Unidos, Lipset afirma: "Los Estados Unidos llegaron a ser la primera nación en la cual los grupos religiosos eran considerados como asociaciones puramente voluntarias". S.M Lipset, La primera nación nueva, EUDEBA, Buenos Aires, 1979, p. 177.

7 A pesar de retomar la expresión excepcionalismo americano de Tocqueville, Lipset le da un contenido adicional que no tenía originalmente, en tanto que para él lo más notable de esta naturaleza excepcional es que nunca hayan florecido y arraigado en esa tierra las ideas ni los partidos socialistas y comunistas.

8 Uno de los autores que más resonancia tuvo en la década de los cincuenta al pregonar este deterioro del ethos americano fue David Riesman. Lipset combatió abiertamente los planteamientos de Riesman en este sentido, negando que el carácter americano hubiera cambiado y que, en todo caso, lo que se criticaba no era en modo alguno un defecto de esa sociedad, sino probablemente una de sus virtudes. Véase David Riesman et al., The lonely crowd. A study of the changing american character, Doubleday Anchor, Nueva York, 1953; Seymour M. Lipset, "A changing american character?, en Seymour M. Lipset y Leo Lowenthal, Culture and social character. The work of David Riesman reviewed, Free Press, Nueva York, 1961; y Seymour M. Lipset, La primera nación nueva, op. cit. capítulo 3. Una critica de la sociedad americana similar a la de Riesman puede verse también en Daniel Bell, Las contradicciones culturales del capitalismo, Alianza–Conaculta, México, 1977.

9 Véase Samuel Huntington, La tercera ola, Paidós, Buenos Aires, 1984 y El choque de civilizaciones, Paidós, México, 1998.

10 Véase La primera nación nueva, op. cit., p. 224.

11 El acento que pone Lipset en la importancia de la orientación al éxito como palanca del desarrollo económico y social parece heredera de la tesis de David McClelland desarrollada ampliamente en The achieving society. D. van Nostrand, Princeton, 1961; véase también David McClelland, "El impulso de los negocios y la realización nacional", en Amitai Etzioni y Eva Etzioni (eds.), Los cambios sociales. Fuentes, tipos y consecuencias, FCE, México, 1968.

12 Véase Reinhardt Bendix, Estado nacional y ciudadanía, Amorrortu, Buenos Aires, 1974. Especialmente el capítulo 3.

13 Véase Seymour M. Lipset, "Values, education and entrepreneurship", en S.M. Lipset y Aldo Solari (eds.), Elites in Latin America, Oxford University Press, Nueva York, 1967, pp. 8–35; y Seymour M. Lipset, "Culture and Economic Behavior: A Commentary", Journal of Labor Economics, vol. 11, núm. 1, enero, 1993.

14 Véase Edward Shils, Los intelectuales en los países en desarrollo, DIMELISA, México, 1974. Especialmente el ensayo "Hacia una moderna comunidad intelectual en los nuevos estados".

15 Véase Benjamin R. Barber, An aristocracy of everyone. The politics of education and the future of America, Ballantine Books, Nueva York, 1992; Diana Shaub, "Can liberal education survive liberal democracy?", The public interest, núm. 147, primavera de 2002; y Nathan Glazer, "Culture and achievement", The public interest, núm. 140, verano de 2000.

16 Véase Christopher Lasch, La rebelión de las élites y la traición a la democracia, Paidós, Barcelona, 1996. Especialmente el ensayo "¿Comunitarismo o populismo? La ética de la compasión y la ética del respeto".

17 Véase Seymour M. Lipset, El hombre político, REI, México, 1993 (11959) p. 29.

18 Desafortunadamente no he tenido a mi disposición el texto íntegro de Prejudice and society, por lo que estos comentarios se basan en un extracto del mismo. Véase Seymour M. Lipset y Earl Raab, "The prejudiced society", en Earl Raab, Major Social Problems, Harper & Row, Nueva York, 1973.

19 Véase el tratamiento de este mismo tema en Seymour M. Lipset y Earl Raab La política de la sinrazón. FCE, México, 1981 (11978) p. 380.

20 Véase Seymour M. Lipset, Paul F. Lazarsfeld, Allen H. Barton y Juan Linz, "The Psychology of Voting: An Analysis of Political Behavior", en Lindsey Garner (ed.), Handbook of Social psychology, Addison Wesley, Reading, 1954.; Seymour M. Lipset, El hombre político, op. cit., capítulos 4 y 5; y Seymour M. Lipset y Reinhardt Bendix, op. cit., Tercera Parte.

21 Véase Seymour M. Lipset, La primera nación nueva, op. cit., capítulo 8.

22 Véase David Riesman, The lonely crowd, op. cit.

23 Véase Seymour M. Lipset, La primera nación nueva, op. cit., capítulo 8.

24 T.W. Adorno, Else Frenkel–Brunswik, Daniel J. Levinson y R. Nevitt Sanford (1950), The authoritarian personality, Harper & Row, Nueva York.

25 Estas dos referencias pueden mostrar mejor estas conexiones: "Sin embargo, en la práctica, el extremismo significa sencillamente irse a los polos de la escala ideológica. En su sentido más peyorativo –el cual está vinculado a términos como 'autoritarismo' y 'totalitarismo'–, como un mal político absoluto, el extremismo no es tanto cuestión de temas cuanto de procedimientos". "De acuerdo con esas mismas normas, el extremismo describe fundamentalmente ese impulso que es hostil a un pluralismo de intereses y grupos, hostil a un sistema de muchos centros de poder y zonas de intimidad que no se someten. El extremismo es antipluralismo o –para valernos de un término ligeramente menos engorroso–es monismo". Seymour M. Lipset y Earl Raab, La política de la sinrazón, op. cit., pp. 20 y 22.

26 Véase Seymour M. Lipset, Consensus and conflict. Essays in political sociology, 1985, p. 220.

27 Ibidem. La primera nación nueva, op. cit., p. 131; y S.M. Lipset, Agrarian socialism. The Cooperative Commonwealth Federation in Saskatchewan, University of California Press, Berkley and Los Angeles, 1959.

28 Véase La primera nación nueva, op. cit., pp. 326–332.

29 "A esta altura estoy en condiciones de sugerir un posible indicador empírico del consenso político de una sociedad. Quizá cuanto más cohesivo y estable sea un sistema democrático, mayor será la posibilidad de la reacción de todos los sectores de la población ante los principales estímulos con igual orientación". Seymour M. Lipset et al., Sociología política y otras instituciones, Paidós, Buenos Aires, 1977, p. 31.

30 Véase Seymour M. Lipset, "The end of political exceptionalism", Instituto Juan March, Working Paper 1999/141; Seymour M. Lipset, El excepcionalismo americano, op. cit.; y Seymour M. Lipset y Gary Marks, It didn't hapeen here. W.W. Norton, Nueva York, 2000.

31 Véase Seymour M. Lipset y Reinhard Bendix, Movilidad social en la sociedad industrial, EUDEBA, Buenos Aires, 1969, (11959), p. 19. No obstante, autores como Chistopher Lasch consideran que el uso más frecuente del concepto de movilidad social es más ideológico que descriptivo. Véase La rebelión de las élites, op. cit.

32 En la tradición intelectual y académica estadounidense algunos conceptos políticos tienen un significado ligeramente distinto al que se les ha dado en el resto del mundo occidental. Por ejemplo, como ha quedado dicho, el liberalismo significa esencialmente asistencialismo; el populismo se usa frecuentemente para describir un régimen en el que muchas de las cuestiones gubernamentales se deciden por votación popular; y el neoconservadurismo engloba a un conjunto de intelectuales de izquierda antiestalinistas de la posguerra. Sobre el significado que tiene el liberalismo en Estados Unidos véase Luis Hartz, La tradición liberal en los Estados Unidos, FCE, México, 1994; para el de populismo Seymour M. Lipset, El excepcionalismo americano, op. cit.; y para el de neoconservadurismo Daniel Bell, El fin de las ideologías, MTSS, Madrid, 1992.

33 Véase El hombre político, op. cit., capítulo 4, "Autoritarismo de la clase de la clase obrera", y la crítica específica de éste en S.M. Miller y Frank Riessman, "'Working–Class Authoritarism': A Critique of Lipset", The British Journal of Sociology, vol. 12, núm. 3, septiembre de 1961.

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