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Argumentos (México, D.F.)

versión impresa ISSN 0187-5795

Argumentos (Méx.) vol.19 no.50 México ene./abr. 2006

 

Aportes de investigación

 

El movimiento de los trabajadores desocupados en Argentina: cambios estructurales, subjetividad y acción colectiva en el orden social neoliberal*

 

The movement of unemployed workers in Argentina: structural changes, subjectivity and collective action in the neoliberal social order

 

Martín Retamozo**

 

** Universidad Nacional de La Plata, Argentina.

 

Cuando el dolor se parece a un país,
se parece a mi país.
Los sin nada se envuelven con
un pájaro humilde que no tiene método.
Juan Gelman

 

Resumen

En el marco de la crisis del modelo hegemónico que trastocó las condiciones de sociabilidad de amplios sectores durante la década de 1990, en Argentina surgieron distintas experiencias de acción colectiva. Entre las más novedosas está la movilización de grupos de desocupados. Este artículo busca reconstruir analíticamente los elementos —especialmente ligados a las subjetividades— que hicieron posible la acción de los desempleados como respuesta a los cambios en la estructuración de las relaciones sociales. Asimismo, analiza las implicaciones del movimiento social y sus acciones para la interpelación del orden social de dominación. En particular, se subraya la relevancia de aspectos políticos (nuevas y viejas formas de representación de los trabajadores) y culturales (identidades y subjetividades colectivas), que junto con la apropiación de un repertorio de protesta, contribuyen a comprender el surgimiento de uno de los actores sociales particulares de la era neoliberal argentina: los "piqueteros". La reconstrucción de los aspectos relacionados con la estructura, la subjetividad y la acción permitirá avanzar en la comprensión de las implicaciones del movimiento en la disputa por la conformación del orden social.

 

Abstract

In the crisis of a model of hegemony which upset sociability during the Nineties, one finds in Argentina several experiments of collective action. Between newest one finds the movement of unemployed. This essay wants to rebuild the elements —especially around subjectivity which produced the action of unemployed like a response to the changes of social relations. At the same time, one makes the analysis of actions of social movements to confront the social order of domination. Particularly, one underlines the political aspects (forms of working representation) and cultural (collective identities and subjectivities) to understand the eruption of a particular social actor at the time neoliberal Argentinean: "piqueteros".

 

Résumé

Dans la crise d'un modèle d'hégémonie qui a bouleversé la sociabilité pendant les années quatre–vingt–dix, on trouve en Argentine plusieurs expériences d'action collective. Entre les plus nouvelles on trouve le mouvement de chômeurs. Cet essai veut reconstruire les éléments —surtout autour la subjectivité— qui ont produit l'action des chômeurs comme une réponse aux changements de relations sociales. Au même temps, on fait l'analyse d'actions de mouvements sociaux pour confronter l'ordre social de domination. Particulièrement, on souligne les aspects politiques (formes de représentation ouvrière) et culturelles (identités et subjectivités collectives) pour comprendre l'éruption d'un acteur social particulier à l'époque néolibéral argentine: les "piqueteros".

 

INTRODUCCIÓN

En América Latina, y en Argentina en particular, el neoliberalismo supuso la redefinición de las relaciones sociales de dominación. Éstas fueron la consolidación de un proyecto hegemónico que tuvo terribles implicaciones económicas, políticas y culturales para los pueblos latinoamericanos. No obstante, los contextos de sociabilidad trastrocados por el neoliberalismo se transformaron en espacios para la construcción y multiplicación de acciones colectivas y movilizaciones sociales. Los casos de México, Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador, por nombrar algunos países que fueron escenario de levantamientos y movilizaciones, son ilustrativos de la conflictividad social generada por un orden social productor de marginalidad, pobreza y desigualdad.

El caso de Argentina resulta particularmente ilustrativo de la era neoliberal, básicamente por tres motivos. Primero, por la profundidad y las dimensiones de un reordenamiento social que excedió el plano económico y tuvo impacto en los espacios simbólicos y de participación política. Segundo, por el grado de desintegración social, pobreza y desigualdad que contribuyeron a hacer paradigmática su "crisis". Y tercero, por las respuestas de acción colectiva y organización elaboradas por sectores subalternos que atrajeron la atención de investigadores y organizaciones políticas de todo el mundo.

Una de esas "novedades" que concitó el interés fue la movilización de los desocupados. Los ahora famosos "piqueteros"1 se convirtieron rápidamente en referente de múltiples grupos e intelectuales, suscitando las más diversas interpretaciones, especialmente cuando grandes contingentes protagonizaron acciones colectivas en el Conurbano Bonaerense, donde alcanzaron masividad y características particulares2 (Colectivo Situaciones, 2002a y 2002b; Svampa y Pereyra, 2003; Zibecchi, 2003; Delamata, 2004; Flores, 2005). Así, a la par del lento comienzo de la dislocación de la hegemonía neoliberal3 y el crecimiento de acciones colectivas subalternas, aumentó también el esfuerzo por explicar y comprender el nuevo ciclo que parecía abrirse en América Latina y en el país del sur en particular.

Con el objetivo de aportar elementos para la comprensión de la acción y la movilización de los desocupados en Argentina, el presente artículo tiene como ejes integradores dos interrogantes. El primero se vincula con la pregunta sobre cómo fue posible que hombres y mujeres desocupados se organizaran y movilizaran, en principio, por fuera de las estructuras sindicales y partidarias. Interrogante que formulada en términos más sociológicos podría enunciarse: ¿cómo fue posible la acción colectiva de grupos marginados? El segundo eje se refiere a las consecuencias que la movilización de desocupados tiene para el futuro del país, esto es: ¿qué implicaciones tiene esta movilización para el orden social?

Situados en ese debate proponemos un enfoque sobre la construcción de la protesta, los sujetos colectivos y la disputa por el orden social, que se ubica frente a dos posiciones que pueden encontrarse en la literatura sobre el tema. Estas son: primero, que las movilizaciones de los desocupados argentinos son reacciones espasmódicas ante el deterioro de las condiciones de vida de los sectores populares; segundo, que la aparición de los desocupados movilizados supone la emergencia de un sujeto necesariamente emancipatorio.

Lo que proponemos es pensar en el carácter de proceso histórico que tiene la acción colectiva, en tanto complejas y dinámicas construcciones por parte de sujetos sociales que se (re)constituyen en ese mismo proceso. Eso implica la necesidad de reconstruir tanto los elementos vinculados al contexto social como los procesos de mediación subjetiva puestos en juego por un sector de la clase trabajadora —los desocupados—, en el marco del nuevo orden de dominio que les ha permitido el desarrollo de acciones colectivas (tanto disruptivas como de matriz cotidiana y comunitaria). En efecto, esas respuestas colectivas a la situación de pobreza y desocupación no pueden entenderse sin una aproximación a las características históricas y culturales particulares a partir de las cuales los sectores populares construyen sus subjetividades y acciones, sus organizaciones y movimientos sociales. Por lo mismo, las potencialidades y limitaciones en el accionar de la disputa por el orden social no pueden concebirse con independencia de una reconstrucción de esos procesos que vinculan estructura, subjetividad y acción.

En tal sentido, y este trabajo apunta en esa dirección, un enfoque capaz de dar cuenta de las complejidades de la acción colectiva y los procesos sociales implicados debe nutrirse de: a) un análisis de las condiciones estructurales y los procesos culturales de los sectores populares que trajo consigo el neoliberalismo; b) un estudio de los procesos colectivos de significación y configuración subjetiva que median entre la estructura y la acción; y c) una investigación sobre las implicaciones de las acciones colectivas (prácticas y praxis), los discursos y organizaciones en la conformación de actores y proyectos en pugna por la hegemonía en la sociedad. En esa perspectiva, proponemos recuperar la importancia de las subjetividades colectivas en el proceso histórico, sin perder de vista ni los aspectos vinculados con la estructuración de las clases sociales ni los contextos políticos en que la acción se desarrolla.

En la primera parte de este artículo haremos algunas referencias básicas sobre los procesos de reestructuración social, atendiendo los aspectos que incidieron directamente en la conformación del movimiento de desocupados. En la segunda desarrollaremos aspectos vinculados con las mediaciones subjetivas puestas en juego por los sectores subalternos para dar sentido a la nueva situación, y los elementos que les permitieron la consecución de acciones colectivas. En la tercera parte, como conclusión, analizaremos las consecuencias de la conformación del movimiento social para el orden social imperante.

 

ESTRUCTURAS: EL NEOLIBERALISMO EN ARGENTINA O "NADA SERÁ LO QUE SOLÍA SER"

Cualquier análisis de la puesta en marcha del neoliberalismo en Argentina estará incompleto sin una referencia a la última dictadura militar (1976–1983). Esto, al menos, por dos razones fundamentales: a) por que ahí se sentaron las bases para el desmantelamiento de la matriz productiva del país y comenzó el proceso de desregulación y apertura en el marco del aumento del endeudamiento externo (Aspiazu, Basualdo y Khavisse, 2004); y b) porque el proyecto de la dictadura tuvo claramente un objetivo de disciplinamiento social, por medio del ejercicio de la violencia física y simbólica, y de desarticulación de las organizaciones populares mediante la persecución, la tortura, la desaparición y el asesinato. De esa forma, en la década de 1990 el neoliberalismo consolidó su hegemonía y se emprendieron la radicalización de las transformaciones del Estado y las reformas orientadas al mercado. Esto supuso no sólo un reordenamiento de la relación Estado, mercado y sociedad civil, bajo un nuevo modelo y una alteración del espacio histórico en el que se forman los grupos sociales, sino también el imperio de una concepción ideológica que en el plano retórico predicaba la inviabilidad de formas alternativas de organización social.

No corresponde aquí plantear en detalle un análisis pormenorizado de los muchos cambios estructurales que en distintos ámbitos de la sociedad argentina impuso el neoliberalismo. No obstante, mencionaremos los principales procesos que afectaron la conformación de las clases subalternas y las condiciones de sociabilidad en el mundo popular. Esto supone indicar los contextos sociales trastrocados para dar lugar al Régimen Social de Acumulación (Nun, 2001) y las transformaciones simbólicas constitutivas de la hegemonía neoliberal.

Una de las consecuencias más relevantes y visibles de las reformas neoliberales en Argentina fue el incremento brutal de la desocupación y la precarización de los puestos de trabajo (informalidad y flexibilidad sin protección), fenómenos inauditos en la historia de un país que tradicionalmente registró índices de desempleo abierto moderados (Beccaria, 2002), aunque con ciertos grados de precariedad e informalidad (Beccaria y Maurizio, 2004) en especial a partir de 1975 (Bayón, 2003). La reestructuración puesta en práctica desde la década de 1990, introdujo cambios sustanciales en el mundo del trabajo, acentuando el proceso de los años anteriores. En ese plano, las medidas de apertura, la desregulación y la liberalización fueron acompañadas por políticas tendientes a la flexibilización,4 que supuestamente buscaban adaptar las relaciones laborales al nuevo modelo (Palomino, 2002). Sin embargo, lejos de aumentar la capacidad para absorber la oferta laboral, la flexibilización contribuyó a incrementar la pérdida de calidad de los empleos. Por su parte, la desocupación no sólo tuvo drásticas consecuencias respecto de las condiciones de reproducción material (aumento de la pobreza) de los sectores populares sino que, también, funcionó como mecanismo de disciplina social y presión sobre el salario. De esa manera, el incremento del desempleo alteró las condiciones de sociabilidad de un sector importante de los trabajadores argentinos y, por tanto, los espacios de experiencia y construcción de la acción colectiva.

Al hablar de un cambio en las formas de sociabilidad nos referimos a transformaciones en los espacios y las maneras en que los hombres y mujeres establecen relaciones sociales en los diferentes ámbitos de la vida, los cuales se vieron afectados por el nuevo patrón impuesto en el mundo del trabajo. Este cambio supone una alteración de los espacios en que se generan los lazos sociales, lo que a su vez produce una experiencia colectiva particular en aspectos como el trabajo (incluido el no trabajo), el territorio, el ocio, los afectos, las formas de participación y las representaciones sociales, entre otros. Es decir, ocurre una reconfiguración de la vida cotidiana (Heller, 1977). Al contexto macro de las condiciones de vida de los sectores populares debe agregarse el grave impacto de la reconversión de las funciones del Estado en lo que respecta, por ejemplo, a sus formas de regular aspectos como la salud y la educación, bienes universales garantizados por el Estado argentino. Con esto se afectó la forma de integración social vinculada al puesto de empleo formal y a la provisión de bienes básicos. Esas transformaciones sociales no hubieran podido concretarse de no haberse desplegado un andamiaje de dispositivos discursivos tendientes a legitimar las reformas.

Dentro de las narrativas de la crisis (Grassi, 2002) que construyeron las condiciones para articular la hegemonía neoliberal, consolidada a principios de los noventa, una de las más importantes fue aquella que culpaba al Estado de ineficiente y predicaba que la mano invisible del mercado podía obtener mayor eficiencia en la distribución de los bienes públicos (Galafassi, 2002). Así, las privatizaciones pusieron en manos de particulares la administración de recursos que habían sido clave en el modelo de desarrollo e integración anterior. Ese proceso no sólo supuso la creación de monopolios y la mercantilización de servicios como la salud y la previsión social, sino también trajo aparejada una idea dominante que atribuía al plano individual la responsabilidad por las consecuencias sociales que afectaban a los ciudadanos, tales como la pobreza o la desocupación. La constitución de la subjetividad culpógena (Bleichmar, 2005; Flores, 2005) se sustentó en responsabilizar a los individuos afectados (los desempleados) por ser incapaces para adaptarse a los nuevos tiempos de la globalización y la modernización del país. Es decir, las reformas neoliberales no sólo produjeron una reestructuración de las clases subalternas y la mercantilización de los espacios de integración social, sino que —contemporáneamente— implicaron la construcción de dispositivos culturales de dominación. Así, hechos como la privatización de los espacios, además de producir daños en la ciudadanía al hacer desiguales las posibilidades de acceso a los bienes sociales, tuvieron también un importante impacto cultural en la consolidación del imaginario neoliberal.

Varias preguntas se desprenden de lo anterior: en el contexto de dominación neoliberal y en el marco de sus drásticas consecuencias sociales ¿cómo fue posible la construcción de la acción colectiva de protesta y qué impactos ha tenido ésta en la conformación del orden social? Esto implica investigar sobre los contextos de las acciones de protesta social que fueron elaboradas como respuestas al modelo cuyas características y consecuencias hemos esbozado. Lo anterior no supone una relación directa que vincule el deterioro de las condiciones materiales con un incremento de la acción colectiva. Antes bien, los procesos de acción colectiva que se desarrollaron en Argentina en el marco de periodos históricos como el reciente, necesitan ser explicados con base en sus condiciones de posibilidad, su proceso constitutivo y las potencialidades para el cambio en el orden social. Eso supone articular en la explicación los niveles estructurales, antes desarrollados, con los espacios de experiencias colectivas —donde los hombres y mujeres construyen identidades, percepciones comunes y respuestas a los cambios que los afectan—, y las acciones que inciden en el contexto en que se despliega la propia acción. Así, los movimientos sociales como el de los desocupados, no pueden concebirse como reacciones mecánicas sino como respuestas construidas socialmente a partir de una experiencia común que no se desarrolla de igual manera en los lugares en los que el neoliberalismo dejó sus drásticas huellas.

 

SUJETO, ACCIÓN Y ORGANIZACIÓN: LA SUBJETIVIDAD COLECTIVA
Y LOS PROCESOS DE CONSTRUCCIÓN POPULAR EN TIEMPOS DE NEOLIBERALISMO

La relación entre estructura y acción ha sido un tema clásico de la teoría social, la cual le dio tratamiento a partir de diferentes dicotomías (sociedad–individuos, macro–micro, objeto–sujeto). Ese tópico se actualizó en el estudio de la protesta social, en especial frente a la existencia de dos procesos: los abruptos cambios en la estructuración de las clases subalternas (producto de las reformas) y, en ese contexto, una significativa cantidad de acciones colectivas disruptivas. En tal sentido, muchos estudios volvieron, central o tangencialmente, sobre el problema de la relación entre la estructura y la acción (Spaltemberg y Maceira, 2001) para explicar tanto la movilización de protesta como su ausencia.

En este plano, nuestra posición significa repensar la importancia de los procesos subjetivos que median entre las estructuras sociales y las acciones de los grupos.5 En consonancia, sostenemos que, para la construcción de la acción colectiva propia de los movimientos sociales, es necesaria una configuración subjetiva capaz de dar sentido a esas situaciones particulares a partir de códigos semánticos que faciliten la acción conjunta y la organización. Entendemos por configuración subjetiva, siguiendo a Enrique de la Garza (2001), un proceso social de movilización colectiva con códigos de significados que la dotan de sentido frente a una situación concreta. Esos códigos son construcciones sociales sedimentadas6 que condensan sentidos y que los sujetos movilizan para resignificar procesos y situaciones particulares. Por ejemplo, simplificando al extremo, la desocupación (un dato, digamos, "objetivo") puede movilizar códigos que la signifiquen como "responsabilidad de los individuos que no pueden adaptarse a la modernización del país" o "problema social producto de las reformas neoliberales". En el primer caso la responsabilidad recae en el individuo y el problema se remite a la esfera privada, por lo tanto la acción colectiva se dificulta. En el segundo el problema se construye como colectivo, y hace posible dar sentido a la desocupación como una injusticia que sufre el sujeto y que habilita desplegar una acción tendiente a exigir la reparación (Rancière, 1996 y 2000).

La conformación de la subjetividad es un proceso complejo en el que interactúan dispositivos, instituciones de control (Foucault, 1976 y 1991) y la capacidad de configurar sentidos a partir de mediaciones propias del campo subjetivo ligadas, por ejemplo, a la reflexividad (Giddens, 1995). Por su parte, las subjetividades colectivas se constituyen de diferentes formas en distintos periodos y momentos históricos. En efecto, los espacios para la conformación de los sujetos sociales se abren especialmente en periodos de crisis de hegemonía; es decir, cuando operan acontecimientos que producen que los sentidos dominantes aparezcan como menos determinantes y naturalizados. Es importante destacar esto puesto que el proceso de significación que involucró (e involucra aún) a los desocupados se insertó precisamente en la disputa por los sentidos en una situación crítica de las condiciones de sociabilidad. En este aspecto, la conformación de los desocupados como sujetos es indisociable de una dislocación hegemónica (Laclau, 1996). Es decir, de una crisis que permite cuestionar significaciones dominantes y movilizar códigos distintos que hacen posible atribuir sentido a la situación. En particular, el contexto de los significados tuvo que ver con la percepción de que el orden neoliberal producía marginalidad e incumplía las promesas de desarrollo económico y social en las que se había sustentado argumentativamente. En este caso, el deterioro de las condiciones materiales de vida de los sectores populares en Argentina, configuró un espacio de experiencias subalternas que se conjugó progresivamente con la percepción colectiva de que las altas tasas de desocupación, el aumento de la desigualdad y la pobreza, no eran consecuencias no deseadas del modelo sino el desencadenamiento de su lógica. En ese marco, se abrieron procesos de subjetivación social no exentos de disputas, pero que oficiaron como condición de factibilidad para la experiencia de la movilización a partir de la constitución de un antagonismo social (Laclau, 2005).

Ahora bien, la construcción de la respuesta colectiva no se desarrolla en el vacío y con independencia del contexto, en tanto la subjetividad se construye en la operación misma de dar sentido a experiencias presentes en la vida social y la historia popular, no pretendemos agotar las múltiples dimensiones y elementos que se conjugaron en la conformación del movimiento de desocupados. No obstante, en la reconstrucción de los factores que incidieron en su constitución, cabe destacar dos que por su importancia fueron centrales para que éste adquiriera los rasgos que evidencia en la actualidad. Éstos son, en primer lugar, haber articulado la percepción del agravio en una demanda popular y colectiva inscrita en la continuidad subjetiva de los sectores populares (el derecho al trabajo). Y, en segundo, haber construido una gama de acciones colectivas ligadas, por un lado, al repertorio de protesta conocido como "piquete" y, por otro, al despliegue de acciones y experiencias con matrices comunitarias y territoriales.

 

A. LA DEMANDA POR "TRABAJO":
VIEJOS SENTIDOS Y NUEVAS ORGANIZACIONES

Los procesos de reordenamientos estructurales bruscos, como los referidos, introducen alteraciones en las condiciones de construcción de las subjetividades colectivas y modifican la posibilidad de construcción de los sujetos sociales que disputan la hegemonía. La influencia de los nuevos espacios populares en las formas de la protesta social en Argentina ha sido referida por varios autores (Scribano y Schuster, 2001), en particular porque introdujo cambios en las formas tradicionales de movilización de los sectores de trabajadores del país.

En este plano, uno de los vínculos afectados por la nueva situación se relaciona con el sindicalismo. Esto porque los cambios en el mercado de trabajo y la nueva composición de la clase obrera pusieron a las organizaciones sindicales, históricamente monopólicas en el procesamiento de las demandas en el mundo laboral, frente a varios problemas. En primer lugar, la tradicional Confederación General del Trabajo (CGT) vio afectada su capacidad de afiliación debido al aumento de la desocupación y la informalidad. Segundo, en especial luego de la estrategia de incentivos selectivos puesta en operación por parte del gobierno de Carlos Menem, el viejo sindicalismo sufrió una acentuada deslegitimación para representar los reclamos populares. Tercero, el disciplinamiento y las nuevas condiciones de trabajo afectaron la huelga como repertorio de acción en importantes sectores de clase. Esto último no significa que las huelgas desaparecieran y que hayan sido reemplazadas por los cortes de ruta, pero sí que la posibilidad de acción colectiva varió al igual que los ámbitos organizacionales tradicionales de los trabajadores.7

La crisis de representación afectó a los sindicatos en general y produjo una mayor concentración en la formación de liderazgos territoriales y comunitarios, algo especialmente relevante dado el proceso de reterritorialización que afectó a las agrupaciones sociales. Es decir, ante las específicas condiciones de sociabilidad de las clases populares, los procesos de conformación de subjetividades subalternas en el conurbano de Buenos Aires adquirieron una fuerte impronta territorial, enmarcada, a su vez, en el proceso de transformación del peronismo como identidad popular (Svampa y Martuccelli, 1997) y del sindicalismo clásico en tanto forma de organización. En consecuencia, ante la falla en las mediaciones —a causa de las limitaciones de las organizaciones sindicales tradicionales—, la crisis identitaria peronista y las nuevas condiciones y conflictos (más ligados a la pobreza, la falta de empleo y el territorio), se abrieron espacios de acción y construcción de nuevas subjetividades en los sectores populares.

La posibilidad de poner en marcha la acción por parte de ciertas configuraciones colectivas, depende del tipo de significados que construya y de los contextos para su desarrollo. En ese sentido, la reterritorialización de un sector de la clase trabajadora en Argentina introdujo una nueva significación del barrio como espacio de construcción de lazos sociales. Este aspecto es relevante ya que la destrucción de algunas pertenencias colectivas, ligadas por ejemplo, al puesto de empleo, tuvieron como contraparte la emergencia nodal de otras experiencias, que se mantenían subalternas y que no tenían epicentro en la fábrica sino que se inscribían en los nuevos territorios de clase: el barrio. Esas organizaciones comunitarias y de impronta territorial también se hicieron cargo de articular sus acciones tomando la demanda de trabajo como eje de sus construcciones. La nueva territorialidad puso en el centro de las relaciones sociales las experiencias comunitarias existentes en el conurbano bonaerense, especialmente las vinculadas con la formación de los asentamientos de los años ochenta y las Comunidades Eclesiales de Base. Esto daría cuenta de las dos vertientes de las organizaciones de desocupados que germinaron en partidos del conurbano, como La Matanza y Florencio Varela, que dieron origen, hacia 1995, al Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD), a partir de la iniciativa de militantes políticos sin pertenencia partidaria insertos en los territorios (peronistas, guevaristas, cristianos), y a organizaciones como la Federación de Tierra Vivienda y Hábitat (FTV) y la Corriente Clasista y Combativa (CCC), proveniente directamente de las experiencias de los asentamientos.

El repliegue de las formas tradicionales de organización marca una ruptura en la experiencia de muchos desocupados respecto de la situación ocupacional anterior. Sin embargo, también es imprescindible destacar las continuidades, perceptibles aún en el contexto de las fallas de las experiencias organizativas clásicas. Así, en el contexto de la crisis organizacional, cabe destacar que la conformación de las subjetividades colectivas, imprescindible para el proceso organizativo, supone integrar ciertos sentidos en lo que Gramsci llamó "visiones del mundo", que son construcciones históricas subalternas. En efecto, la experiencia de la participación en el Movimiento de Desocupados se produce en un espacio de cruce y resignificación de prácticas históricas, presentes en los sectores populares ahora en situación de pobreza y desempleo. Eso nos recuerda que los sujetos no realizan las construcciones de sentido y las experiencias colectivas desde el vacío. Por el contrario, resignifican determinadas situaciones a partir de reproducir, crear y reconstruir los sentidos sedimentados en la cultura. Esto lo hacen enmarcados en experiencias colectivas particulares, y con base en formas de apropiación (y reelaboración) de códigos dominantes, que varían de acuerdo con los grupos y clases, y los contextos en que son utilizados. De esa manera, los códigos para dar sentido que se encuentran en la cultura, son actualizados en los procesos subjetivos particulares e históricos, articulándolos en un campo semántico. En gran medida, fue la persistencia de estratos fosilizados (Gramsci, 1977) o latentes, que permanecían condensados en espacios subalternos de la cultura, los que hicieron posible por parte de los desocupados, la concreción de una experiencia, la cual recurrió a la movilización de esos significados —que fueron sacados de su anquilo–samiento ante la necesidad de los sujetos de dar sentido a los nuevos contextos en que los desocupados deben reproducirse—.8 Eso sucedió en un contexto, entrada la segunda mitad de los noventa, de incipientes fisuras en el discurso hegemónico neoliberal, ante la evidencia de consecuencias catastróficas. La construcción de sentidos colectivos, recurriendo a la actualización de diversas formas de dar sentido fue, junto con la crisis de las representaciones, parte de las condiciones de posibilidad que permitieron las acciones colectivas protagonizadas por los desocupados en Argentina.

Conviene destacar que las disputas por el sentido no implican una orientación de transformación social. A lo que nos referimos es, específicamente, a que la construcción social de la demanda parte de una operación significativa, sobre una situación determinada, para convertirla en antagonismo. En tal situación, se construye la necesidad de enfrentar el deterioro de las condiciones de los hogares del conurbano, y los sujetos, en ese camino, demandan aquello que en su imaginario les brinda la posibilidad de satisfacer sus expectativas: a saber, trabajo (y no cualquier trabajo sino con adjetivos de "genuino" o "digno").

Como parte del mismo proceso histórico, y simultáneamente, el progresivo deterioro de los ingresos y la imposibilidad a corto plazo de una solución colectiva (en un contexto de desempleo extremo) generó las condiciones para que los individuos articularan estrategias dirigidas a encontrar redes que hicieran posible el acceso a recursos. Esta línea argumentativa se refuerza con la constatación de que fueron las mujeres con hijos a cargo, en su mayoría, las primeras en ingresar y conformar las organizaciones de desocupados en tanto asumieron el rol de garantizar el alimento cotidiano. Ahora bien, esto no explica por qué la estrategia vislumbró la participación en organizaciones de desocupados y no contempló recurrir a otras instancias propias de la asistencia social, como las importantes redes clientelares del justicialismo bonaerense y la cada vez más extendida presencia de religiones con políticas asistencialistas. Lo cierto es que esas estrategias están presentes en los sectores populares bonaerenses; las redes clientelares no se han roto (aunque sí se han sobrecargado y encontrado competencia) y el crecimiento de religiones como las pentecostales es incesante (Semán, 2003). Esos factores ayudan a comprender por qué a pesar de la masividad del desempleo, las organizaciones sólo congregan a un porcentaje pequeño de los desocupados.

En el plano de la "supervivencia" en condiciones de deterioro, la participación de los desocupados en organizaciones y acciones colectivas es, desde este punto de vista, una opción entre otras igualmente válidas. Sin embargo, perderíamos de vista un aspecto sustancial de las acciones protagonizadas por los desocupados si restringiéramos nuestra visión a la elección racional para satisfacer una "necesidad material". Precisamente, un beneficio extra presente en la experiencia de las organizaciones de desocupados se encuentra en el hecho de haber constituido un espacio propicio para resolver, o al menos contribuir a solucionar, aspectos vinculados con lo simbólico, como la contención, la integración y el reconocimiento. Es decir, la participación, además de ofrecer una respuesta a la situación derivada del desempeño, permitió la construcción de la palabra de los invisibilizados y la reconstrucción de lazos sociales en un nuevo contexto. La participación de los desocupados adquiere así rasgos particulares, en tanto supone un proceso subjetivo que incluye la construcción de la demanda colectiva y la apertura de un proceso organizativo generador de experiencias que reconfiguran la propia subjetividad. De esa manera, los aspectos vinculados con las subjetividades colectivas, en tanto formas de dar sentido, aparecen como una clave para la comprensión del fenómeno en cuestión, porque proveen elementos para analizar las transformaciones colectivas propias de la participación a partir de una experiencia como la que albergan en su seno las organizaciones de desocupados.

Un aspecto que ayuda a comprender la capacidad de acción vinculada con la movilización/configuración de subjetividades colectivas, se asocia con la articulación de la demanda–eje de los movimientos. La consigna de "trabajo genuino" que, como sostuvimos, sintetiza la orientación del reclamo de casi todos los movimientos de desocupados en Argentina, adquiere un notable sentido en el contexto de quiebre de las expectativas y las representaciones sociales de lo sectores de la clase trabajadora tradicional, y la experimentación por parte de esos mismos sujetos de las nuevas relaciones sociales, estructuradas tan lejanamente a las de antaño. Es decir, ciertos tramos de la subjetividad, movilizados clásicamente para dar sentido, comenzaron a desmoronarse ante una realidad social que distaba mucho de dejarse leer a partir de los viejos esquemas populares.9 El imaginario de la integración social, con base en el empleo formal y las expectativas de bienestar (y ascenso social), que fue el eje de gran parte de la clase obrera, se hizo añicos ante una situación social enmarcada por el deterioro de las condiciones y posibilidades de empleo. En ese contexto la disputa por la producción de sentidos adquiere nuevamente relevancia, puesto que la demanda de "trabajo" supone, por un lado, la continuidad de las experiencias, representaciones e imaginarios populares (el trabajo como derecho) y, por otro, interpela al orden social manifestándole una demanda que choca con la capacidad estructural del sistema para satisfacerla colectivamente. De ahí lo conflictivo y la radicalidad, al menos inicial, del movimiento de los desocupados, en tanto instaló sobre un reclamo construido como "legítimo" sentidos que habilitaron la acción colectiva, en un orden social en el que satisfacer esa demanda es, al menos, muy problemático.

 

B. EL PIQUETE COMO REPERTORIO DE PROTESTA
Y LAS ACCIONES COLECTIVAS COMUNITARIAS

El proceso de reconfiguración subjetiva, en el contexto de ruptura de las mediaciones organizativas de un sector de la clase trabajadora congregada en el conurbano, se articuló con un repertorio de la acción colectiva que le otorgó la visibilidad y la radicalidad suficientes para irrumpir en la esfera pública. Hablamos, claro, del piquete.10 Como repertorio para las protestas sociales en Argentina, el piquete se transformó en modular. Descubierto en las puebladas de 1996 en el sur del país (en las localidades de Cutral Co y Plaza Huincul, provincia de Neuquén), el corte de ruta fue reapropiado particularmente por los trabajadores desocupados, reimprimiéndole el bagaje cultural de los desempleados con tradición sindical, que adaptaron el piquete de fábrica al piquete de ruta. Progresivamente, los desocupados construyeron el repertorio, no como un simple reemplazo a partir de la imposibilidad de hacer huelga, sino como una respuesta desde las nuevas condiciones de la composición de la clase trabajadora en Argentina y su reterritorialización.

La importancia del piquete, en particular en sus inicios, se puede resumir en cinco ámbitos. Primero, la disruptividad y la eficacia como método de protesta situó a las autoridades en el dilema de optar entre la represión o la negociación, en el marco de un reclamo que había logrado una estructura argumentativa que le otorgaba legitimidad (el derecho constitucional al trabajo). Segundo, otorgó un lugar simbólico de experiencia y referencia para la construcción de lazos de solidaridad y organización. Tercero, supuso la irrupción de una realidad social (los que no contaban en el orden, como dice Rancière) y la entrada de los desocupados en la esfera pública por fuera de los canales institucionales, a partir de repolitizar y volver a hacer público el espacio de la ruta. Cuarto, permitió a las organizaciones obtener la disposición, administración y gestión autónoma de recursos públicos tales como planes alimentarios y de empleo.

La quinta merece un párrafo aparte. La apropiación simbólica del piquete en la configuración subjetiva otorgó al movimiento de desocupados radicalidad, la cual, al identificarse inicialmente con un método de acción directa, adquirió una "identidad insurgente"11 (Auyero, 2002) a pesar de que sus reclamos son, en muchos casos, minimalistas12 (Palomino, 2003). La construcción de una acción directa como el piquete, que exige a los participantes poner su cuerpo para disrumpir y abrir un espacio político en la ruta, nos habla de procesos de construcción de una subjetividad particular. Ahí la identificación de un agravio, de un enemigo y la constitución de un "nosotros", es un proceso social dinámico en el que entran en juego aspectos racionales, valorativos y afectivos, entre otros, en una configuración que articula diferentes elementos para significar situaciones y disponer acciones. Comprender las dimensiones iniciales del piquete es relevante para dar cuenta de la forma que adquirió el movimiento de desocupados en Argentina.

No obstante, el impacto social, fuertemente influenciado por el tamiz que los medios de comunicación le dieron a los piquetes, dificultó la apreciación de otros espacios de acción colectiva que han sido desatendidos y que deben ser estudiados con exhaustividad. Nos referimos a las acciones de matriz territorial y comunitaria vinculadas a los comedores, talleres, cooperativas y emprendimientos productivos sostenidos por trabajadores desocupados, frecuentemente utilizados como espacios de contraprestación por la recepción de planes sociales. La importancia de enfocar la atención en estos espacios radica en que no sólo sostienen a los piquetes como centro de elaboración de las acciones disruptivas, sino que ponen en juego criterios organizacionales, políticos y económicos para regir las actividades cotidianas de los desocupados.

La producción comunitaria y el carácter territorial de la misma no se agota al generar relaciones sociales (lo que representa uno de sus aspectos más relevantes), también hace un aporte, en nuestra clave de lectura, a la conformación subjetiva. En la actualidad, como lo demuestra la observación de las actividades que realizan los desocupados, el entramado de relaciones sociales y representaciones del movimiento se teje con mayor densidad en el territorio, por encima de la situación de acción disruptiva en la ruta. Estas acciones colectivas replegadas en el barrio, que conforman las relaciones sociales experimentadas por los desocupados, son complejas interacciones que no tienen un sentido unívoco y muchas veces están en contradicción con los discursos que los líderes de las organizaciones elaboran.

 

¿LA DISPUTA POR EL ORDEN SOCIAL?
CONSIDERACIONES FINALES

Las condiciones de sociabilidad en las que se desarrolla la vida cotidiana y las relaciones sociales, reconfiguradas a partir de una ordenación neoliberal, pusieron a los sujetos en nuevos contextos para la acción, destinada a enfrentar la situación deteriorada. La existencia de redes asociativas sumergidas y el aporte de militantes sociales, ofreció soportes para estabilizar la participación y la organización de los sectores subalternos cuando los repertorios organizacionales clásicos vinculados a los sindicatos se vieron rebasados. No obstante, en nuestra clave de lectura, para que estos elementos habiliten el logro de la acción y la movilización, deben ser significados por un proceso de subjetividad colectiva.

En ese proceso social en el que se conforman las subjetividades colectivas, también se forjan armas para disputar el conflicto, se producen y movilizan imaginarios habilitantes para la acción, a la vez que se activan espacios para la conformación de identidades y se constituye la determinación de las alteridades (adversarios, aliados, etcétera). En el caso que nos ocupa, se constituyó un movimiento social articulado sobre una demanda popular vinculada al "trabajo", que disputó con acciones cotidianas y disruptivas la administración de recursos públicos, en un proceso de lucha por el orden social. Ahora bien, como una respuesta social y colectivamente construida ¿hasta qué punto pueden estas acciones poner en jaque la lógica del orden dominante y generar alternativas políticas populares viables?

Daremos respuesta a esta pregunta con una estrategia argumentativa que supone implicar dos planos. En primer lugar, observando con atención las relaciones sociales construidas en el campo de experiencia establecido al interior del propio movimiento y, en segundo, atendiendo la relación de las demandas del movimiento de desocupados respecto de la ordenación social imperante en Argentina.

 

A) LA EXPERIENCIA DEL MOVIMIENTO DE DESOCUPADOS:
PRÁCTICAS Y PRAXIS

Hemos sostenido que uno de los aspectos más relevantes de la movilización social se relaciona con las formas de la subjetividad colectiva y la posibilidad de la conformación de sujetos sociales. En consonancia, la constitución y potencialidad de transformación de los sujetos se vincula con su capacidad para consolidar subjetividades sociales (Almeyra, 2004) y para elaborar acciones tendientes a establecer relaciones más libres y democráticas. Ahora bien, en el plexo de relaciones sociales que es posible reconstruir en las heterogéneas organizaciones de desocupados, nos encontramos con situaciones contradictorias en tanto emergen vínculos de dominación junto a experiencias autónomas. Eso nos lleva a retomar la distinción que propone García Canclini (1990), quien diferencia entre prácticas y praxis. Sintéticamente, podemos decir que mientras las prácticas son acciones que reproducen el orden social, las praxis tienden a la transformación. Así, un aspecto fundamental de la posibilidad de generar relaciones sociales que disputen la lógica dominante se juega en el incremento (o la primacía) de las praxis sobre las prácticas. Un ejemplo de esto puede verse en el manejo de la asistencia social. Los grupos de desocupados que administran planes sociales pueden construir criterios de asignación clientelares (prácticas) o transformarlos en recursos administrados con criterios de justicia, construidos colectivamente, con orientación solidaria y comunitaria (praxis). Lo mismo puede pensarse de la puesta en marcha de cooperativas y formas de producción social que son capaces de transformarse en espacios socialmen–te valiosos para experimentar formas creativas de organización del trabajo, pero que frecuentemente se ven atravesadas por prácticas competitivas o individualistas. El espacio de la asamblea, que la gran mayoría de los grupos reivindica como soberano y que concitó la atención como forma de toma de decisiones colectivamente vinculante, es otro ejemplo. Por un lado tiene rasgos de democracia, de base horizontal, donde todos son sujetos provistos de palabra; por otro, esos aspectos se cruzan con asimetrías visibles que se acrecentan en el espacios asambleario, ya que la capacidad retórica, el manejo de información, la vestimenta y hasta el lugar físico que ocupa cada uno de los integrantes, son aspectos que frecuentemente multiplican las relaciones de poder. Lo cierto es que los estudios sustentados en exhaustivos trabajos de campo (Grimson y otros, 2003; Delamata, 2004; Bidasecca, 2004) reconocen que en todo el arco de organizaciones de desocupados conviven relaciones sociales que tienden a reproducir situaciones de poder (desigualdad de género, por ejemplo), junto con praxis que suponen la apertura de nuevas experiencias colectivas.

En muchos aspectos la perspectiva de un sujeto contrahegemónico se vincula con la capacidad de construir praxis por sobre las prácticas. Es preciso destacar que varias de las organizaciones y sus referentes trabajan colectivamente tematizando estos problemas por medio de talleres, espacios de formación y debate, como una forma de revisar sus prácticas y transformarlas en experiencias educativas. Si el ejercicio de la praxis tiene una relación dialéctica con subjetividades que movilizan códigos de significación igualmente críticos, es decir, con la posibilidad de construir subjetividades que faciliten acciones transformadoras, entonces, mucho del poder crítico–emancipatorio del movimiento de desocupados se juega en su capacidad de crear espacios propicios para consolidar subjetividades y praxis liberadoras (Dussel, 1998). Este es un espacio abierto al interior de los movimientos de desocupados.

 

B) LA DEMANDA DE LOS DESOCUPADOS
Y EL ORDEN SOCIAL EN ARGENTINA

La demanda condensada en "trabajo digno" supone una interpelación al orden social. Si bien no consideramos la acción de los desocupados como una lucha contra la exclusión —puesto que no hay un "afuera" de la sociedad—, sí es posible concebirla como la rebelión de hombres y mujeres frente a los lugares marginales que el neoliberalismo les asigna. Los participantes de base protestan para que se les integre al orden social mediante el trabajo. Luchan por la materialización del derecho al trabajo y una ciudadanía social (salud y educación), el cual, mientras el mismo sistema social lo reconoce (mediante la constitución) a la vez, de facto, se los niega. Ahí radica una paradoja o tensión del movimiento de desocupados: por un lado exige una integración por medio del empleo formal y, en ese mismo acto, impugna un ordenamiento social que los daña. Eso no implica que el movimiento conlleve inmanentemente un proceso de transformación social. A los problemas derivados de las acciones que reproducen el orden y se encuentran al interior del movimiento, hay que sumar que el propio sistema político se encargó de ofrecer formas de mediación al reclamo —imposibles de cumplir por parte del Estado–para garantizar trabajo digno a las grandes masas de desocupados. La puesta en marcha de gigantescos planes de asistencia social, que ofician como dispositivos de control, y la opción ofrecida a las organizaciones de desocupados para que se conviertan en cooperativas o promuevan microemprendimientos productivos, fueron algunas de las principales estrategias puestas en marcha por el Estado. La relación de los movimientos de desocupados con el orden social es mucho más compleja de lo que a primera vista aparece e incluye dilemas entre la disrupción de la protesta y la incorporación a la institucionalidad.13

Como condensadores de la historia, los sujetos sociales son espacios analíticos sumamente valiosos para la investigación social que no niega sus compromisos ético–políticos. En tal perspectiva, hemos reconstruido algunos de los procesos estructurales y su significación subjetiva en los desocupados, los cuales, junto con los elementos identificados del contexto histórico y político, permitieron identificar la construcción de un movimiento social novedoso en los agitados tiempos del neoliberalismo latinoamericano. Reflexionamos tanto sobre las continuidades históricas, condición sine qua non para su emergencia, como en los dilemas y problemas que el movimiento de desocupados enfrenta, debido a su constitución subjetiva, en sus acciones y las formas de organización que se han dado.

Las potencialidades del movimiento (pero también sus limitaciones) están asociadas con la resolución que en el proceso histórico abierto adquieran, entre otros, los asuntos aquí reseñados. Nos referimos específicamente a las relaciones sociales que se elaboran al interior de las experiencias organizativas de los desocupados y a la paradoja de la demanda de trabajo digno que, mientras individualmente es resoluble en la lógica del sistema hegemónico, su universalización (trabajo para todos) comienza a radicalizar la interpelación de un orden social que no parece tener respuesta para el colectivo. La imposibilidad sistémica de absorber los problemas de los desocupados se incrementará si éstos articulan su demanda equivalentemente (Laclau, 2005) con los reclamos de otros movimientos sociales, tanto nacionales como globales. El proceso histórico es indeterminado y se encuentra abierto. El futuro del movimiento dependerá entonces de la consolidación o no de las subjetividades colectivas, del desarrollo de praxis liberadoras y de la articulación con otros sectores subalternos.

 

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NOTAS

* Este artículo se inscribe en el marco de la investigación que el autor desarrolla para obtener el grado de doctor en Ciencias Sociales en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) sede México.

1  Si bien los medios de comunicación siguen refiriéndose a los "piqueteros", a lo largo del presente artículo usamos el término "movimiento de desocupados" por ser más preciso para hablar del movimiento social que conjugó problemas de empleo y pobreza.

2 Es decir, los conglomerados urbanos que rodean la capital federal.

3  La dislocación del orden neoliberal no debe ser asociada con su necesaria transformación y, menos aún, con un cambio social progresista o emencipatorio. Antes bien, debería entenderse como una crisis de la estructura de dominación que permite la ampliación de lugares para lapraxis.

4 Según Beccaria y Maurizio (2004:539–540) las medidas más destacadas de la flexibilización han sido "i) reducción de las contribuciones patronales a la seguridad social (40% en promedio); ii) autorización para que las Convenciones Colectivas de Trabajo acuerden acerca de la modulación de la jornada laboral; iii) establecimiento de contratos a tiempo determinado; iv) implementación, en 1995, del periodo de prueba, y v) reducción de la indemnización por despido para aquellos con menos de dos años de antigüedad".

5 En este aspecto, la introducción en el análisis de aspectos ligados a la subjetividad colectiva, como proponemos, implica cumplir un requisito epistemológico en tanto lleva a dar cuenta de la construcción de la acción colectiva o la ausencia de la misma.

6 Esos códigos no se limitan a atribuciones racionales de sentido, implican también otros espacios ligados igualmente significativos, por ejemplo, emociones, valores y creencias, que operan para dar sentido a partir de razonamientos comunes, analogías, hipergeneralizaciones y tipificaciones, sobre las que han teorizado Agnes Heller (1977) y Alfred Schutz (1974), entre otros. Al respecto puede consultarse De la Garza, 2001.

7 La emergencia de la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) disputando la representación de los trabajadores a partir de una propuesta de autonomía (frente al Estado, la patronal y los partidos) y la articulación con los movimientos sociales, representa una respuesta organizativa a las nuevas condiciones que existen en el mundo laboral. No obstante, la CTA, a pesar de tener una fuerte presencia en sindicatos estatales, carece de representación en los sectores industriales.

8 Esto implica que los sentidos dominantes en la cultura no son meramente internalizados, de forma tal que determinan la subjetividad. Por el contrario, concebimos la existencia de un proceso de asimilación que, a su vez, supone como mediación determinada configuración subjetiva, la cual se ve rearticulada en ese proceso. Precisamente, en ese espacio radica la posibilidad de disputar la constitución de sentidos y la funcionalidad del concepto de subjetividad como instancia de mediación entre estructuras y acciones –aunque no se desconoce que existen espacios de conformación de determinadas subjetividades que reproducen el orden social–.

9 Esto fue notable en el grupo de desocupados proveniente de los sectores obreros tanto del interior del país como del Gran Buenos Aires.

10  El piquete consiste básicamente en la interrupción del tránsito vehicular mediante la obstrucción de las rutas, carreteras y puentes, a partir de la disposición sobre el camino, en forma de barricada, de neumáticos ardiendo.

11 Esto supone dilemas en contextos en los que la repetición del método produce fracturas en las alianzas con los sectores medios. Particularmente en la administración Kirchner, entre las organizaciones piqueteras y al interior de las mismas se produjo un fuerte debate sobre el agotamiento del piquete como método que en algún sentido buscaba responder al interrogante ¿cómo ser piqueteros sin hacer piquetes?

12 Especialmente en la fase del conflicto social en el que las organizaciones elaboran demandas que el gobierno sí puede resolver de inmediato (bolsas de comida, planes de empleo, etcétera).

13 Para retener los planes sociales y ser beneficiarios de la ayuda gubernamental las organizaciones deben adoptar el formato de asociación civil y rendir cuentas a los ministerios del Estado nacional y provincial.

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