SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.28 issue1The boss author indexsubject indexsearch form
Home Pagealphabetic serial listing  

Services on Demand

Journal

Article

Indicators

Related links

  • Have no similar articlesSimilars in SciELO

Share


Perinatología y reproducción humana

Print version ISSN 0187-5337

Perinatol. Reprod. Hum. vol.28 n.1 México Jan./Mar. 2014

 

Perinatología en el mundo

 

Maternidad Espinosa de los Reyes. 1972-1973

 

Maternity Clinic Espinosa de los Reyes. 1972-1973

 

María del Carmen Valderrama-Zaldívar

 

* Historiadora.

 

No recuerdo exactamente los años, pero debió ser a principios de la década de los setentas, yo tendría unos 16 o 17 años máximo y estudiaba la preparatoria en una escuela de monjas. No sé si otras escuelas lo hicieran, pero en la mía las monjas nos pedían realizar un servicio social, el cual constaba de tres opciones: pertenecer a la estudiantina de la escuela, ir a visitar los viernes el asilo de ancianos Mundet o trabajar dos días a la semana en la maternidad Espinosa de los Reyes, en la que se atendía a mujeres de bajos recursos económicos.

Como yo carezco de dotes musicales, no fui aceptada en la estudiantina, la Madre Directora me mencionó también que el asilo estaba completo y que la única opción que me quedaba era la maternidad: "Como tu papá es médico, es una muy buena alternativa para ti". Tal vez no fueron sus palabras exactas, pero el hecho es que no me quedó más remedio que ir a la maternidad. Es oportuno aclarar que no me hacía la más mínima ilusión, pero a mis padres les gustó la idea y creo que hasta les entusiasmó.

Éramos cuatro o seis compañeras. Nos dieron uniformes completos de enfermera, y el horario iba de tres de la tarde a siete de la noche. El primer día que llegamos nos recibió un doctor, al cual no recuerdo haber vuelto a ver durante todo el año que estuve ahí. Había dos enfermeras y varias auxiliares, otra mujer encargada de la cocina y nosotras, escuinclas preparatorianas que éramos realmente bastante inútiles.

Ese primer día sólo nos enseñaron las instalaciones de la maternidad: era una vieja casona antigua de las Lomas de Chapultepec con un gran jardín poco cuidado que la rodeaba y una entrada hermosa al frente. La casa había sido adaptada para darle la función de pequeña clínica de maternidad. En la parte de abajo estaba la sala donde las mujeres daban a luz, el consultorio del doctor, una pequeña recepción para los que ingresaban, y sólo recuerdo los corredores con sillas para que la gente esperase su turno. Las habitaciones de la parte superior de la vieja casona funcionaban como cuartos de recuperación donde las mujeres "descansaban" después del parto; creo recordar unas seis u ocho camas por pieza. Habían adaptado un área para baños con regaderas. Al final de un largo pasillo, estaba un pequeño cunero que tenía dos incubadoras, un fregadero de metal, repisas con frascos y utensilios diversos, así como tres o cuatro pequeñas cunas de hospital. La antigua cocina de la casa funcionaba como tal y tenía un acceso hacia un patio trasero y en una especie de sótano.

Cuando volví a mi casa después de ese primer día, mis papas me preguntaron cómo me había ido; yo dije que no quería regresar: ni el uniforme que me habían dado me pareció agradable. Pero no hubo negación o súplica que valiera, así que me vi obligada a volver.

Los primeros días fueron más bien de ociosidad: no nos dejaban hacer mucho que digamos, hasta que una de las enfermeras nos vio tan sin quehacer que empezó a ponernos a trabajar: pensó que era más útil que ayudáramos en la limpieza de los bebés recién nacidos. Así que nos enseñó primero con un muñeco de plástico cómo debíamos asearlo, y luego -para mi sorpresa- llegó uno de verdad. Fue una gran impresión ver al bebé todo lleno de sangre y con una pinza en el cordón umbilical. La enfermera nos dejó al bebé y se fue; mi compañera y yo hicimos un gran esfuerzo por asearlo lo mejor posible.

El cunero no era para mí: no podía trabajar con esos pequeños indefensos, asearlos, darles de comer -supongo que leche-, acostarlos todos amontonados en las cunas y ver cómo los más pequeñitos tenían que estar en la incubadora. Renuncié al cunero cuando por primera vez vi a un bebé con labio leporino, pero lo más traumático fue cuando llegó un bebito de color azul, que casi no respiraba, y que afortunadamente fue trasladado a un hospital.

Creo que la jefa de enfermeras se dio cuenta de que estaba a punto de desistir y decidió cambiarme a trabajar con las señoras parturientas. Ese era a la vista de mis compañeras el peor de los trabajos; sin embargo, para mí fue una bendición: aprendí mucho de ellas. Estas mujeres nunca se quejaban de nada y siempre con palabras o gestos de humildad agradecían lo muy poco que yo podía hacer por ellas. Yo masajeaba su vientre para encontrar los coágulos de sangre que todavía estaban dentro de su útero y causaban los famosos entuertos, les ayudaba con compresas tibias sobre sus pechos a que "bajara" la leche, las acompañaba a bañarse, lavaba cómodos, cambiaba sábanas y limpiaba sangre. Pero lo más importante era oír a esas mujeres contar sus historias. Había quienes daban a luz en la mañana y a las pocas horas ya estaban fuera, pues había que atender a sus otros hijos en casa.

No era nada agradable ver y oír como las enfermeras las trataban de mala manera, les gritaban despectivamente que tenían que meterse a bañar o que no se quejaran si sentían algún dolor. Personalmente, creo que ninguna mujer se merece ese maltrato, y mucho menos por el hecho de pertenecer a una condición social baja. Ninguna de las mujeres se quejaba de nada o hacía notar la incomodidad en la que se encontraba después de su parto. Yo siempre las vi bajar la cabeza y resignadamente obedecer las órdenes que se les daban, y nunca, lo repito, quejarse de malestar o dolor alguno. Recuerdo también que cuando les llevaba la "cena", siempre había un "muchas gracias, niña", o el famoso "Dios te lo pague".

Sin darme cuenta estuve un año completo, lo que ninguna de mis compañeras logró. Al finalizar mi servicio social yo decidí que quería seguir asistiendo, en lugar de dos días, cuatro, como lo había estado haciendo los últimos meses. Cuando le dije a la Madre Superiora de la preparatoria que quería continuar, me dio la noticia de que la maternidad Espinosa de los Reyes iba a ser derruida y en su lugar se iba a construir un hospital en forma . Por un lado me dio gusto, pero por el otro me dio tristeza, pues en el nuevo hospital seguramente yo ya no tendría cabida. Lo que empezó como una obligación, término siendo una verdadera lección para mí de amor, humanidad, tolerancia y humildad.

 

Nota

Este artículo puede ser consultado en versión completa en: http://www.medigraphic.com/inper

Creative Commons License All the contents of this journal, except where otherwise noted, is licensed under a Creative Commons Attribution License