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Investigación bibliotecológica

versión impresa ISSN 0187-358X

Investig. bibl. v.23 n.48 México may./ago. 2009

 

Reseñas

 

NAUMIS PEÑA, CATALINA. Memorias del I Simposio Internacional sobre Organización del conocimiento: Bibliotecología y Terminología

 

Por Mauricio Sánchez Menchero

 

México: UNAM, Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas, 2009. 606 p.

 

Hace casi cien años Émil Durkheim señalaba en su libro Las formas elementales de la vida religiosa (1912), que categorías del pensamiento humano como género, fuerza, personalidad, eficacia no han estado nunca fijas de una forma definitiva. En todo caso, el dominio que han ejercido sobre el pensamiento varían en función de los tiempos y las sociedades. La reflexión del sociólogo francés no estaba errada pues consideró los avatares de la organización del conocimiento en sus diferentes edades históricas.

Un ejemplo sobre la idea que expone Durkheim fueron los nuevos términos acuñados para referirse a la novedosa realidad a la que se enfrentaron conquistadores y misioneros en tierras americanas. Ya en su libro de Los cuatro viajes, Cristóbal Colón testimoniaba y describía al chile como "su pimienta, d'ella que vale más que pimienta, y toda la gente no come sin ella, que la halla muy sana". Para mediados del s. XVI, Fray Toribio de Benavente "Motolinía" al redactar su obra Historia de los indios de la Nueva España pensaba en cuál sería la mejor forma de transmitirles a sus interlocutores metropolitanos la información y el conocimiento del ignoto entorno geográfico. Así, el franciscano echó mano tanto de conceptos jurídicos medievales tales como rey, reino, vasallo, palacio, etcétera. Además conformó una especie de glosario donde las definiciones de las cosas se realizaban más por aproximaciones que por definiciones. De esta forma comparaba los productos mexicanos con alimentos consumidos en España. Es el caso del aguacate que —a decir de Motolinía— lo describía como la pera por su forma y tamaño, y con el piñón por su sabor.

Un siglo más tarde, el inglés John Wilkins constituyó un idioma analítico. Para el académico británico —a decir de Jorge Luis Borges— era necesaria la construcción de palabras que se definieran a sí mismas. En su empeño dividió el universo en cuarenta categorías, subdividibles en diferencias y en especies.

Asignó a cada género un monosílabo de dos letras; a cada diferencia una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, [quería] decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama.

Desde luego un recorrido pormenorizado a lo largo de la historia nos arrojaría más ejemplos sobre está búsqueda continua para sistematizar las categorías del pensamiento humano. Nuestra época no es la excepción. Algunos pensadores han utilizado el concepto postmoderno para nombrar el momento actual. Un término que Octavio Paz criticaba al preguntarse cómo se iba a llamar al periodo siguiente: ¿post–post modernismo?

Y es que no es algo banal el acto de darle nombre a las cosas. Al contrario es una condición indispensable para llegar a determinarlas. En palabras de Elizabeth Luna se trata de la función peculiar y específica de la ciencia.

Así se comprende por que la filología representa un aspecto necesario e integrante de la teoría del conocimiento.

Lo que es una realidad es que el uso de programas planteados por informáticos, traductores y terminólogos para recuperar palabras, nos ha conducido a una situación inédita de trabajo e investigación que demanda contar con una buena formación lingüística al momento de abordar el tema terminológico y bibliotecológico.

Se trata de una tarea nada fácil de enfrentar. De ahí que se dispusiera, en agosto de 2007, el I Simposio Internacional de Organización del Conocimiento: Bibliotecología y Terminología. Un evento que contó con once conferencias magistrales y ocho sesiones de trabajo con 28 ponencias y 48 participantes. Y que, como resultado palpable del mismo, ahora se presenta el libro Organización del conocimiento: bibliotecología y terminología, editado por el Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas de la UNAM en 2009.

Reseñar una obra voluminosa de más de 600 páginas no es una tarea fácil. Por lo tanto sólo mencionaremos a continuación algunas ideas contenidas principalmente en la introducción y en las conferencias magistrales. Pero antes nos vamos a permitir introducir una tríada conceptual que ha servido para organizar nuestra lectura. Se trata de los conceptos que conforman las culturas de información, conocimiento y comunicación. Y es que a partir de estos términos pretendemos entender y ubicar la concepción epistemológica que se presenta a lo largo del texto que reseñamos. Es decir, nos preguntamos ¿qué conocemos? y ¿cómo conocemos? Y todavía más aún: ¿cómo conocemos el conocer? En palabras del epistemólogo Rolando García se trata de observar la historia como un laboratorio del conocimiento.

Entre las características principales de la información —como señala Gerardo Sierra— podemos decir que "se trata de un bien de naturaleza intelectual, inmaterial", que es registrado y presentado en soportes físicos. Desde luego

no es escasa; [por el contrario] cada vez es más abundante y su uso no es excluyente. La pueden utilizar varias personas a la vez, salvo cuando su valor está precisamente en la privacidad y ex clusividad.

Y con respecto al conocimiento,

decimos que éste es fruto de las asociaciones que el cerebro es capaz de hacer a partir del análisis de información almacenada. Además, el conocimiento se elabora para dar respuesta a alguna cuestión de interés particular; por tanto, el conocimiento siempre supone más que la información de la que se ha partido para construirlo; tiene una funcionalidad.

Asimismo —apoyados en Jorge A. González— podemos decir que la información nos permite interactuar con los objetos de la realidad a partir de abstracciones e inferencias que nos dejan coordinar acciones con otros. A esta capacidad para coordinar acciones le llamamos comunicación. Tenemos entonces que la información y el conocimiento son una pareja inseparable: no hay conocimiento sin información, pero, al contrario, puede haber mucha información y no haber conocimiento. Además, la información y el conocimiento hacen posible y le dan sentido a la comunicación. El arte de conocer está estrechamente relacionado con el arte de generar información y conocemos precisamente para coordinarnos con otros. Información, conocimiento y comunicación son, pues, una tríada esencial de la especie humana que puede ser objeto de desarrollo, es decir, se pueden aprender y compartir para aumentar nuestra capacidad para resolver problemas concretos.

Ahora bien, en la introducción del libro, Catalina Naumis nos recuerda que las nuevas tecnologías permiten un acceso a la información que se genera en diferentes formatos. Por lo mismo existen programas que ayudan a recopilar las búsquedas de los usuarios y mantener registros de sus intereses. Pero los problemas surgen debido a que

la polisemia y la ambigüedad del lenguaje pueden interferir en la comunicación científica, a diferencia de lo que ocurre con los lenguajes documentales o controlados basados en los términos usados en las lenguas de especialidad.

Por eso urge desarrollar sistemas de información con indización de contenidos externos en español y contenidos propios del país que se mantengan estructurados de acuerdo con la cultura que comparten.

De ahí que en el campo bibliote–cológico se estén utilizando una gran variedad de medios de transmisión del conocimiento, al tiempo que se amplían los recursos bibliográficos a través de sistemas de información eficaces. No es casual –afirma la Dra. Naumis– que

los organismos internacionales de normalización bibliográfica además de revisar sus propios códigos están proponiendo nuevos sistemas de registro aplicando metadatos, que son la llave de acceso a los contenidos documentales en el medio digital, lo que exige la profundización en lenguajes de intercambio con las computadoras.

Y es que diversas investigaciones –como indica María José López Huertas– demuestran que la utilización del método terminológico para conocer las dinámicas conceptuales que las disciplinas y especialidades científicas tiene muchas más posibilidades de las reconocidas tradicionalmente, restringidas a estudios principalmente descriptivos. De hecho, un modo de evitar nuevas babeles o construcciones intra, inter o trans disciplinarias inconexas, puede partir del análisis —apunta José López Yepes— de los procedimientos habituales para la formación de términos cuando éstos no existen. Por ejemplo, la creación de palabras o neologismos. Es decir, las procedentes del griego y del latín, que entonces se denominan cultismos, como el vocablo cyber (kybernetes = piloto de una nave) que ahora se añade como prefijo a palabras como (ciber) café, espacio o cultura.

Sin embargo en ocasiones a pesar de su origen griego, los neologismos se vuelven incultismos cuando manifiestan una reducción y pobreza de lenguaje al momento no sólo ya de intentar indexarlos, sino de explicar la realidad. Es el caso del vocablo nárke (adormecimiento) del que proviene narkôtikós. De donde proceden todas las derivaciones a partir del prefijo narco: menudeo, corrido, y, a finales del 2008, hasta narcorreina en referencia a la Señorita Sinaloa. En todo caso y, a diferencia de la jerga periodística, en el discurso científico lo que importa no es inventar —como afirma José López Yepes— un vocabulario original, sino a partir del lenguaje común, depurarlo de tal modo que, sin renunciar a su filiación, responda al rigor y relativa univocidad que exige su carácter teórico.

Así pues, en la sociedad actual —como señala Gerardo Sierra— donde se generan cantidades infinitas de información de todo tipo, una de las exigencias básicas a la que todo ciudadano se enfrenta es el aprovechamiento de ésta para construir conocimiento. Es decir se trata de gestionar la información a partir de dos momentos:

• buscar información en diversas fuentes, tales como bibliotecas, diarios, enciclopedias, Internet, revistas, etcétera, para luego

• analizar la información que nos permita relacionarla, valorarla, seleccionarla y ordenarla en función de nuestras necesidades de conocimiento.

A este par —información y conocimiento— nosotros añadiríamos el tercer elemento antes mencionado: la comunicación. Ya que sólo a través de una atenta escucha de los problemas de todas las comunidades que habitan en nuestro país, se podrá establecer un diálogo entre las poderosas herramientas que puede maniobrar el mundo académico —en nuestro caso el de la Bibliotecología— y las características y aspiraciones de las poblaciones que, por efecto de un diseño histórico social y tecnológico, han sido dejadas de lado en la tarea de generar conocimiento. Por eso, una razón del quehacer bibliotecológico y terminológico debe ser una tarea atenta a la palabra del otro, de alguien que no solamente tiene orejas sino también boca.

La tarea queda pues en manos del lector atento del libro Organización del conocimiento: bibliotecología y terminología. Un material que sería conveniente hubiese contado con un índice temático, pero las cuestiones editoriales —precios de papel y de tinta— habrían imposibilitado esta sugerencia. Pero al menos contamos con un material muy rico para reflexionar sobre la importancia que cada día cobra la terminología para constituir sistemas de información que posibiliten un mejor conocimiento gracias a una comunicación y un servicio bibliotecológico de calidad.