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Investigación bibliotecológica

On-line version ISSN 2448-8321Print version ISSN 0187-358X

Investig. bibl vol.23 n.47 México Jan./Apr. 2009

 

Artículos

 

Las bibliotecas, imprentas y librerías en las guías de forasteros y obras relacionadas de la Ciudad de México*

 

Libraries, printing houses and bookshops in foreigners' guides and other related works in Mexico City

 

Noé Ángeles Escobar,** Janet J. Díaz Aguilar,*** Xavier Romero Miranda*** y Miguel Sosa****

 

** El Colegio de México. México. nangeles@colmex.mx

*** Ambos autores pertenencen al Posgrado en Bibliotecología y Estudios de la Información, UNAM–FFL–CUIB. (Janet: jdaaidol@hotmail.com); (Xavier: romixa10@yahoo.com.mx.)

**** Cinvestav, México. msosa@cinvestav.mx

 

Artículo recibido: 12 de septiembre de 2008.
Artículo aceptado: 6 de febrero de 2009.

 

RESUMEN

Se realiza una revisión de la literatura de viajes, se compilan, con base en ella, datos relevantes sobre bibliotecas, imprentas y librerías. Se muestra una descripción general de la literatura de viajes y se propone una clasificación para el género. Y también se expone la información que sirve como fuente para reconstruir parte de la historia de la cultura impresa que existió en la ciudad de México en el siglo XIX, principalmente a partir de las guías de forasteros.

Palabras Clave: Guías de Forasteros. Literatura de Viajes. Imprentas. Librerías. Bibliotecas. Ciudad de México

 

ABSTRACT

Revision and compilation on travel literature written mainly by foreigners about relevant data on libraries, printing houses and bookshops. A general description of travel literature based on travel guides is given, and a classification for this gender is proposed. Also is included information which can be used to reconstruct part of the printed culture related to this matter, which existed in Mexico City during the 19th Century.

Keywords: Foreigners' guides; Travel Literature; Printing Houses; Bookshops; Libraries; Mexico City.

 

INTRODUCCIÓN

Este trabajo pretende ubicar los datos relativos a la cultura impresa presentes en la literatura de viajes de la ciudad de México, además de establecer la importancia de dichas obras como fuentes de información de carácter histórico.

Las obras referidas a viajes son documentos valiosos que en su momento fueron un instrumento para orientar a las personas por medio de la descripción de lugares, y a su vez constituyeron un medio para mostrar los sitios de interés de una región. Sin duda la literatura de viajes es fascinante, ya que los relatos y descripciones hechos por viajeros en sus diarios o bitácoras nos transportan en el tiempo. Los numerosos y envolventes textos de viaje han propiciado la producción de una gran cantidad de literatura sobre sus pormenores, las características de la tierra visitada, los usos y costumbres de sus habitantes, los partes de guerra y en fin, de todo aquello que pareciera importante para el narrador. Conscientes de que la literatura de viajes es copiosa y ha sido ampliamente estudiada,1 es conveniente aclarar que en este trabajo sólo forma parte del contexto y se retoma para introducir y ubicar nuestro objeto de estudio; extendernos en su análisis nos desviaría de la intención primordial de mostrar las menciones de la cultura impresa consignadas en las guías de forasteros y obras relacionadas en la ciudad de México.

Por lo tanto advertimos al lector que se quiso destacar, en la selección de obras, su desarrollo e importancia como fuente para obtener datos sobre bibliotecas, librerías, imprentas y noticias de interés sobre la cultura impresa.

La metodología empleada para el desarrollo de está investigación consistió en cuatro etapas. La primera fue determinar el tipo de información relacionada con la cultura impresa en las guías de forasteros de la ciudad de México, que se debía incluir en el análisis: librerías, bibliotecas, imprentas, impresores, bibliotecarios, etcétera.

En un primer momento se analizaron exclusivamente las guías de forasteros dado que el objetivo de estos impresos consistía en mostrar un panorama del lugar descrito, a través de la mención de sus sitios de interés, tales como edificios públicos, religiosos, lugares de recreo, etcétera, además de datos relativos a servidores públicos y eclesiásticos. De hecho en los albores de su publicación las guías de forasteros contenían información mayormente relacionada con la nómina de funcionarios y personas notables de un lugar, y las obras que le dan origen a dichas guías son precisamente una suerte de directorios útiles para hacer negocios. En el avance de la investigación se detectó que, además de las guías de forasteros, existieron otro tipo de obras que incluían informaciones similares, aunque se denominaron guías de viajeros y almanaques o calendarios.

Como parte de la segunda etapa se llevó a cabo una revisión bibliográfica en catálogos de bibliotecas para determinar, del amplio universo de obras publicadas, cuáles de ellas podrían ser susceptibles de consultarse.

En la tercera etapa se eligieron las obras que habrían de analizarse, bajo tres criterios:

a) Pertinencia: contenían datos de la cultura impresa.

b) Disponibilidad: podían ser consultadas

c) Cobertura: se seleccionaron las obras que abarcaban las etapas de inicio, apogeo y la dispersión de la información de las guías de forasteros y obras relacionadas en otras fuentes de información hacia fines del siglo XIX.

En la última etapa se realizó una revisión detallada de seis de ellas (cuatro guías de forasteros, una de viajeros y un almanaque) de las que se compilaron datos relevantes acerca de la cultura impresa.

Así pues, para comenzar se muestra una descripción general de la literatura de viajes y sus divisiones genéricas identificadas, destacando entre ellas las guías de forasteros; enseguida se muestran en detalle los datos obtenidos de cada uno de los trabajos y se concluye con las apreciaciones de los autores sobre la investigación realizada.

 

VIAJES Y LITERATURA

La idea de viajar por tierras desconocidas resulta seductora para cualquier persona no obstante que el hecho de viajar no siempre fue una actividad placentera. A lo largo de la historia han quedado evidencias continuas sobre los viajes y los viajeros. Sin embargo, la concepción del viaje era distinta a su significado actual, pues los primeros viajes realizados se hacían en condiciones poco favorables, tanto en comodidades como en cuanto a la seguridad física y patrimonial de las personas, a lo que hay que agregar que los primeros viajeros fueron una minoría, casi siempre vinculada al comercio, con la conquista de nuevos territorios y con el proselitismo religioso, por lo que podemos decir que las motivaciones primigenias eran económicas y políticas, lo que sin duda se asocia con las clases privilegiadas. En épocas posteriores los viajes han sido impulsados por anhelos tales como mejorar las condiciones de vida y salud, el descanso o el simple cambio de residencia, y su realización está al alcance prácticamente de cualquier miembro de la sociedad.

Desde un enfoque preponderantemente teórico acerca de los viajes, encontramos que el historiador y humanista italiano Paston, afirma que

... el viaje de recreo sólo es posible a partir del siglo XVI. En este periodo es cuando aparecen los primeros libros de los grandes viajeros —ediciones de finales del siglo XVI hasta el siglo XVIII—. Montaigne lleva a cabo una amplia reflexión sobre el viaje y sir Francis Bacon, en la Inglaterra de 1602, realiza un ensayo muy elaborado titulado Of Trave, donde estima que el viaje debe ser parte de la educación de los jóvenes y de la experiencia de los de más edad.2

Dicho enfoque tiene la particularidad de ponderar los viajes como una fuente de conocimiento y un complemento del desarrollo intelectual de todo individuo, lo cual implica que la acción de viajar trasciende el traslado físico, motivado simplemente por el placer o la necesidad, y adquiere un carácter formativo.

Es necesario diferenciar que un viaje se refiere al traslado a un destino conocido, las más de las veces por personas distintas al viajero, y se diferencia de las expediciones de conquista en el sentido de que éstas están impulsadas por el deseo de descubrir nuevos territorios; sin embargo, éstas últimas generalmente sirven para documentar la existencia de lugares no conocidos y permitir su conocimiento general.

Con el aumento de los viajes surge de manera paralela la necesidad por parte de los viajeros de contar con información previa acerca de aquellos lugares que deseaban visitar. Se ha documentado que a fines de la Edad Media el auge de peregrinaciones a lugares santos en distintas partes del mundo impulsó la aparición de las guías de viajeros, la primera de las cuales dataría del siglo XIV, según el mismo González Suaréz (2007) y la cual contenía información detallada sobre los países y regiones que cruzarían los peregrinos y sobre el tipo de hospedaje que podría encontrarse; esto con la intención de prevenir y ayudar a los viajeros a hacer su viaje mucho menos riesgoso en tierras desconocidas.

Además de este enfoque, eminentemente instrumental, existe otra vertiente textual, muy cercana a la literatura, en la cual se relatan las experiencias de una persona sobre su viaje a un destino determinado, las cuales casi siempre tienen un estilo epopéyico. El ejemplo más antiguo de que se tiene registro es la Odisea, obra que relata las vicisitudes del regreso de Odiseo a su isla, después de la guerra de Troya. Otra de las obras que figuran dentro del género es el Libro de las maravillas del mundo, del viajero y comerciante Marco Polo, que narra sus aventuras a lo largo del mundo; es uno de los relatos más difundidos durante la Edad Media y uno de los libros de viajes más famosos de todos los tiempos.

Entre las disciplinas que han abordado el tema de los viajes encontramos la literatura, la geografía, la historia, la antropología y las artes plásticas, entre muchas otras (García Castañeda, 1999). Podemos distinguir dos tipos de obras relativas a los viajes: las instrumentales y las narrativas. El carácter de cada una de ellas se deriva principalmente de la intención con que sus autores las concibieron. Las obras de carácter narrativo tienen la intención de contar las experiencias, aventuras, observaciones, opiniones, etcétera, de una persona sobre su viaje a un lugar determinado, y en ellas se incluyen todos los detalles relativos al traslado, llegada, estancia y regreso del mismo; la intención de estas obras es precisamente el relato per se.

En cambio las obras de carácter instrumental están enfocadas a ser una herramienta para el viajero, por lo que procuran dar datos precisos que ayuden a las personas a guiarse en un lugar desconocido y proporcionan información organizada, de tal manera que sea lo suficientemente clara para los usuarios potenciales. Entre las informaciones de carácter general se encuentran las que contienen monumentos importantes, oficinas de gobierno, servicios comerciales, sitios de recreo, asuntos religiosos y recintos culturales, entre otros.

En la siguiente figura se muestra la clasificación que proponemos sobre la literatura de viajes de acuerdo con el propósito de su creación y uso.

Es indudable que ambos tipos de obras fueron creadas por gente que tenía tanto los recursos necesarios para viajar como los conocimientos para plasmar sus observaciones en un documento escrito y, principalmente, el deseo de compartir las experiencias adquiridas durante sus viajes; además, refiriéndonos específicamente a las obras de carácter instrumental, el objetivo de sus creadores era, como ya lo mencionamos, construir una herramienta de apoyo para el viajero y difundir diversos aspectos considerados importantes de sus lugares o países de origen; lo que implica que no necesariamente los autores eran "viajeros" sino, más bien, expositores de su propia realidad.

Los libros de viajeros, con sus historias ambientadas en tierras lejanas habitadas por gentes exóticas y que reflejan otros modos de vida, lograron satisfacer el apetito de un público ávido de novedades y ansioso por descubrir nuevos horizontes. Como ejemplo podrían mencionarse las cartas de Hernán Cortés, que ofrecieron a Europa una primera y seductora visión del extraordinario Imperio Azteca. En todo caso los libros de viajeros satisfacían algo más que una simple curiosidad; estas obras le aportaron a Europa una importante información práctica sobre geografía, navegación, rutas terrestres, productos naturales y mercados potenciales, información que resultó sumamente valiosa para las aventuras comerciales y militares emprendidas por europeos.

Los libros de viajes conforman un género literario que ha gozado de una enorme popularidad durante siglos. Por lo general se entiende como libro o relato de viajes aquél que se ajusta a una o más de las siguientes características:

• Relato no ficticio escrito en primera persona del singular (o plural) que describe un viaje a través de un país extranjero con numerosas observaciones sobre el paisaje, la geografía, la flora, los habitantes, el modo de vida, la historia y las costumbres de un país.

• Recuento de una aventura que a menudo se basa en los emocionantes incidentes del itinerario o los dramas históricos relacionados con las localidades visitadas por el narrador.

Por otra parte entre las obras de carácter instrumental encontramos dos tipos principales: las guías de forasteros y las guías de viajeros. Las primeras eran, de hecho, un directorio ordenado por rubros y estaban dirigidas principalmente a orientar a los visitantes sobre las personas y servicios públicos de una ciudad, mientras que las últimas tenían un enfoque más cercano a la acepción moderna del término turismo, pues además de algunos de los datos incluidos en las guías de forasteros, incluían información sobre servicios diversos y puntos de interés, tales como recintos o monumentos históricos, culturales, religiosos, etcétera.

Respecto a la intencionalidad de estos trabajos, en la introducción de su obra, Arróniz (1862/1991) escribe:

Nuestro país, se convirtió en el objeto de estudio de viajeros anglosajones, alemanes y franceses, quienes tras la descripción del paisaje, de los usos y costumbres, de la admiración por la arquitectura y los vestigios arqueológicos, del análisis del pasado y el presente, favorecían los intereses capitalistas de sus propias naciones; [y]muestran a trasluz el futuro de las industrias, las concesiones, los empréstitos, las importaciones y exportaciones, las comunicaciones y las explotaciones mineras petroleras.

Se pueden distinguir dos grupos de viajeros: uno que analiza, describe y observa con ojos críticos, emite juicios y manifiesta un sentimiento protector ligado a un interés económico, y otro que critica y juzga sin conocimiento de causa. [El objetivo principal de esta obra es] presentar a la vista del viajero todo lo que pudiese interesarle, y estuviera en relación con lo útil y pintoresco; refutando con ejemplos irrecusables a esos autores que se han ocupado ligeramente y con malevolencia de nuestra querida patria. A ellos se dirige mostrándoles con pruebas, [...] entre otras muchas, de que no han visto México, o lo han descrito al antojo de su fantasía y con miras siniestras y dañada intención.

Este tipo de guías se publicaba de manera independiente, aunque podía hacerse junto con otro tipo de obras, como los almanaques o los calendarios,3 y en algunos casos en el título mismo se encontraba enunciada tal situación. En un sentido estrictamente descriptivo podríamos pensar que de este tipo de trabajos resultaba una suerte de radiografía de la ciudad o lugar al que se referían, por lo que se presume que sería de interés (pensando, por ejemplo, en la concepción del viaje como actividad formativa) que las bibliotecas, los archivos, las librerías y las imprentas fuesen un tópico mencionado en ellos. El hecho mismo de que la información sobre estos temas fuera incluida puede interpretarse como una representación de elementos de la cultura de la sociedad mexicana en aquellos momentos. Sin embargo, cabe tener presente que, a pesar de que el tiempo comprendido entre fines del siglo XVIII y muy marcadamente durante todo el siglo XIX puede considerarse como un periodo en el cual florecieron en general las ideas y al mismo tiempo hubo un gran desarrollo tecnológico en el mundo, también ocurrió que el contexto del momento histórico a nivel local era de inestabilidad política y esto neutralizó, y por supuesto limitó, gran parte de los esfuerzos vinculados a la vida cultural en nuestro país. Aun así, la producción editorial, como motor que activa la cultura impresa, estaba bastante consolidada y habría de proseguir su desarrollo; es a partir de este hecho que ubicaremos datos relevantes.

Dado el universo de obras publicadas entre los siglos XVIII y XIX sobre viajes, y específicamente sobre la ciudad de México, el presente trabajo revisa detalladamente seis de estas obras: cuatro guías de forasteros, una guía de viajeros y un almanaque, de los que extraemos los datos referentes a imprentas, librerías y bibliotecas, los cuales pueden constituir un indicador del valor que tendrían en ese momento dichas manifestaciones culturales. Es conveniente aclarar que la información incluida en algunos casos no sólo se refiere a estos tópicos, ya que las obras analizadas eventualmente contienen información relacionada con los temas principales, por lo cual se ha procurado incluir en la descripción de cada documento toda aquella información considerada relevante para el mundo de la cultura impresa. El énfasis se pone en las guías de forasteros, porque representan todo un género relacionado con la literatura de viajes y que se asocia con la historia de un lugar; se presenta la información de otras fuentes para al menos poner en perspectiva futuros estudios.

 

SOBRE LAS GUÍAS DE FORASTEROS

Las guías de forasteros son retratos de las actividades que una sociedad desarrollaba cotidianamente en una ciudad, ya que describían entre otras cosas los lugares de interés para quien llegara como visitante y eran el referente de los viajeros durante su estancia en cierta ciudad. Según Lamadrid Lusarreta (1971) las guías de forasteros y los calendarios mexicanos tienen su origen en la época colonial, surgen una vez que la ciudad crece y hay necesidad de describir los lugares de interés común y que en un momento dado pudieran ser relevantes para quien estuviera de visita en el lugar. Las guías de forasteros surgen como tales a partir del siglo XVIII, traían consigo las ideas de los calendarios que ya se producían en el siglo anterior, y evolucionaron para llegar a contenidos específicos.

Una vez que México obtuvo su independencia, las guías de forasteros se convirtieron en un elemento para difundir los cambios en el país, sobre todo los políticos y resultaron esenciales para los innumerables viajeros que visitaron el país ya por razones diplomáticas, ya por razones comerciales; las guías de forasteros cumplieron la función de "[...] facilitar la estancia de los que, desconociendo una ciudad, tuvieran o quisieran pasar un tiempo en ella" (Corvera Poiré, 2005: 354). Con un estilo serio, descriptivo, pintoresco a veces, producidas con los medios técnicos de que se dispone en ese momento, lo que intentan es presentar una imagen del lugar que describen, en un inicio principalmente a partir de sus instituciones y de las personas que las integran; por ese lado, serían más bien un directorio,4 tal como lo establece Iguíniz (1959) cuando define a una guía de este tipo como el "libro manual que aparece anualmente y que contiene, entre otros datos, los nombres de las personas que ejercen los cargos civiles y eclesiásticos",5 y esto persigue un objetivo de una índole diferente a la de una guía de viajeros, a la que el mismo Iguíniz (1959) caracteriza como "manual... con información referente a una ciudad, región o país, o acerca de un edificio, museo, etc.", hecho que queda más precisamente enmarcado con el título de la obra de Marcos Arróniz (1862/1991): Manual del viajero en Méjico, ó compendio de la historia de la Ciudad de Méjico, con la descripción é historia de sus templos, conventos, edificios públicos, las costumbres de sus habitantes, etc., y con el plan de dicha ciudad.

Estas obras se reconocen y se nombran a sí mismas útiles6 y muchas veces van acompañadas de un también muy útil calendario cuyo contenido presenta las divisiones del año, las épocas de los principales fenómenos astronómicos, el santoral, las festividades religiosas, etcétera (Iguíniz, 1959).

De cómo comenzaron a publicarse en México Zúñiga Saldaña (2005) nos dice que

Don Felipe de Zúñiga y Ontiveros publicaba todos los años una nómina de los funcionarios públicos que residían en la capital, misma que se convirtió desde 1776 en una Guía de forasteros, en virtud del privilegio exclusivo que le concedió ese año el virrey, don Antonio María de Bucareli, extendiéndolo también al Calendario manual. En 1792, Zúñiga y Ontiveros ofreció contribuir con mil pesos para la publicación de las Floras Americanas, a condición de que pudiera traspasar ese privilegio a su hijo don Mariano, quien también era agrimensor con título real y estaba muy familiarizado con todo lo referente al oficio de impresor, por haber colaborado siempre en el negocio paterno. En efecto, se le concedió el privilegio exclusivo por diez años para imprimir el Calendario Manual de bolsillo y la Guía de forasteros de México, por real cédula de 26 de diciembre de 1792, previo el pago de la cantidad que ofrecía; no obstante, en marzo de 1793 el Virrey anunciaba a la Corte que Zúñiga no cumplía aún con ese requisito.7

Al respecto del origen, Lamadrid Lusarreta (1971) en su bibliografía sobre guías de forasteros y calendarios mexicanos, menciona una referencia fechada en 1775 que parece ser la primera obra nombrada como guía de forasteros. Sobre la nómina de funcionarios que es el antecedente de las guías de forasteros, el mismo Lamadrid Lusarreta incluye, del año 1761, la Guía para que las personas, que tuvieren negocios en esta corte, sepan las casas de los sujetos, que obtienen [sic] empleo en los tribunales, y juzgados de ella. De acuerdo con esto, nominalmente "tenían como fin facilitar a quien lo necesitara el contacto con los hombres poderosos del reino" (Corvera Poiré, 2005:354); aunque después comenzaron a incluir datos históricos (de edificios, de personas) e información práctica (sobre los sorteos de la lotería, sobre la salida de correspondencia, etcétera), en esencia continuaron siendo directorios.8 Esta característica, para la época, las dotó de un cierto sentido pragmático, de utilidad o para hacer negocios, a diferencia de las guías de viajeros, que son más bien descriptivas del lugar que refieren.

Para ubicar el interés de estas obras como fuentes de información, de acuerdo con lo que menciona Castañeda (2005:101) al analizar las obras que José María Berrueco, librero de la ciudad de México, llevó a vender a la Feria de San Juan de los Lagos de 1804, podemos ver que

Después de las novenas y los romances, los calendarios y los pronósticos (calendarios en que se anunciaban los fenómenos meteorológicos) eran otros los libritos [... ] que les interesaban mucho a las personas. El librero Berrueco tuvo que haber llevado a la Feria de San Juan los dos calendarios y los pronósticos9 que imprimía don Mariano Joseph de Zúñiga y Ontiveros en la ciudad de México:

Calendario manual para el año del Señor de 1805. Dispuesto por don Mariano Joseph de Zúñiga y Ontiveros, agrimensor por S. M. (Q. D. G.) Con privilegio real. En México: en la oficina del autor, 16o. 16 p.

Calendario manual y guía de forasteros en México para el año de 1805. Por don Mariano de Zúñiga y Ontiveros. Con privilegio. En la oficina del autor, 12o. 198 p.

Se les llamaba manuales porque eran muy pequeños (con un formato de a octavo, doceavo o dieciseisavo) y se podían manejar con facilidad. Los "calendarios tendidos" eran los de "pliego extendido" y los "calendarios de bolsa" los que tenían el tamaño del bolsillo. Los pobres compraban el Calendario manual y los ricos el Calendario manual y guía de forasteros, que podía publicarse gracias a la enorme demanda que tenía el primero. Los lectores encontraban en los calendarios "las notas cronológicas" con los acontecimientos más relevantes en la historia de la humanidad, el "martirologio romano", el "cómputo eclesiástico", las "fiestas movibles" (las fechas que cambiaban cada año), las "témporas" (o las cuatro estaciones del año), las velaciones, algún soneto, el cálculo de eclipses, los días del jubileo y una "miscelánea curiosa" con datos como éste: "el año de 1626 fue el primer uso del chocolate".

Aquí ya tenemos, digamos, un sesgo sobre a quiénes estaba dirigida una guía de forasteros (a los ricos, dice Castañeda), y podemos relacionarlo con toda la explicación que hace Almonte en 1852 para justificar el costo de su guía (que además, no incluye un calendario) comparándola con otras que no tienen los tres mapas y seis vistas, que la de él sí incluye.

Sobre la popularidad que habría alcanzado el formato de guías de forasteros puede mencionarse a Fernández de Lizardi, que lo toma como modelo para escribir un poema en el que pícaramente ofrece consejos útiles a un payo por si va a la ciudad de México. El poema se llama México por dentro o sea guía de forasteros, y su utilidad radica en presentar a varios personajes con los que el visitante se puede topar en las calles de la ciudad. Aquí un fragmento del mismo:

10

Revisando el poema completo de Fernández de Lizardi se nota que cumple con todas las características de una guía de forasteros verdadera: da cuenta de personajes y de los lugares donde se les puede localizar, además de consejos para el visitante.

Cabe destacar que este formato, al menos mencionado como tal, fue motivo de un edicto de la Santa Inquisición del 10 de junio de 1785.11 Tal edicto prohíbe la lectura y posesión de

una Obra ô Libelo manuscrito, compuesto por primera, segunda, tercera y quarta parte, en verso, y Idioma Castellano, sin nombre del Autor, y con el Título de Guía de Forasteros de México dirigido a dar noticia con señas arto individuales de las Mugeres prostitutas, que se supone haver en esta Ciudad; cuya Obra aún el más licencioso Poeta del Gentilismo debiera avergonzarse de que se le atribuyese, y cuyo inmundo lenguaje pudiera justamente llamarse oprobio, no solo de la Christiana castidad, sino aún de la humanidad y la honestidad civil... siendo además todo su contexto sumamente inductivo â torpeza, escandaloso, ofensivo de oídos piadosos y castos, satirico, ê injurioso por la infame propalación de Personas, y crimenes que devieran sepultarse en el más vergonzoso silencio, y consiguientemente digno por muchas razones de una especial, pronta, y severa prohibición.

En sentido estricto no se trataba de una "verdadera" guía de forasteros, pero tomaba como pretexto su formato para dar información útil acerca de un interés específico y de unos personajes al caso ("Mugeres prostitutas"). Es notable que apenas diez años después de que se publica la primera guía de forasteros (nombrada como tal) por Felipe de Zúñiga y Ontiveros, aparezca esta otra de tono "satírico" e "infame". Es notable también la semejanza con el poema de Fernández de Lizardi: ambos escritos en verso y éste presentando a "las antojadizas en la calle de las Golosas", entre otros personajes.

Mariano de Zúñiga y Ontiveros continuó imprimiendo el calendario y la guía de forasteros hasta 1825; sin embargo, a partir del establecimiento del México independiente, en 1821, no contó más con el derecho en exclusiva12 y ya en el 1822 pueden ubicarse dos guías de forasteros: la de Zúñiga y Ontiveros, titulada Calendario Manual y guía de forasteros en México, para el año de 1822, y la que elaboró Alejandro Valdés, llamada Guía de forasteros de este Imperio Mexicano, y calendario para el año de 1822. Ambas pueden considerarse las primeras obras de este tipo publicadas tras la Independencia.

De las guías coloniales a las del México independiente hay cambios evidentes que van desde que ya no se anota a un virrey sino a un presidente (con lo que se incorporan también los cambios en la estructura burocrática, con nombres propios de personas y sus cargos), hasta la inclusión de contenidos más descriptivos del país, con la intención de difundir la imagen del mismo ante los ojos del mundo (de los forasteros). Sobre el contexto en el que ocurre esto Corvera Poiré (2005:354) señala que

... libre ya de las trabas impuestas por la Corona española, parecía factible coquetear con otras naciones para iniciar con ellas relaciones diplomáticas y comerciales,

siendo las guías un espacio donde quedaría consignada la apertura. Destaca también el hecho de que a lo largo del siglo XIX los "grandes adelantos en las comunicaciones" facilitan la movilidad de la gente, la cual necesitará y valorará la información que se le pueda ofrecer sobre el lugar al que se dirige y donde pasará algún tiempo. Así, las guías comienzan a crecer e integran además de la información habitual (nómina de personas) datos históricos e información de índole práctica; en este sentido, como mejor puede definirse una guía de forasteros es, además de ser un directorio, como un prontuario, sobre todo cuando han evolucionado hacia mediados del siglo XIX.

El auge de las guías de forasteros se da justamente durante el siglo XIX. Así se refleja en la compilación que hace Lamadrid Lusarreta (1971) en su obra Guías de forasteros y calendarios mexicanos de los siglos XVIII y XIX, existentes en la Biblioteca Nacional. El autor incluye:

Como puede verse, mientras que en el siglo XVIII se produjeron 19 guías de forasteros (nombradas como tales) por sólo dos personas, en el siglo XIX aparecen 36, por diferentes autores y con contenidos más variados.

Entre los autores (muchas veces el impresor era el autor de la guía) de este tipo de obras encontramos a los mencionados Felipe y Mariano de Zúñiga y Ontiveros, Alejandro Valdés, Mariano Galván Rivera, Juan Nepomuceno Almonte, Marcos Arróniz, Adalberto Cardona, Celestino Díaz, P. Hoeck, Juan N. del Valle, Juan E. Pérez, Aurelio J. Venegas y José Villa Gordoa, Ireneo Paz, Manuel Payno, Antonio García Cubas y José L. Groso.

Con el paso del tiempo estas obras han adquirido gran valor como fuente de información histórica pues son muy precisas para dar noticias sobre el gobierno de la nación y sus funcionarios y además dan razón tanto de loS cuerpos diplomáticos y de México en el extranjero, como de los extranjeros en México, así como la inclusión de diversas estadísticas13 (Corvera Poiré, 2005:358). Vistas en conjunto y de manera retrospectiva estas obras se constituyen en testigos del cambio en las estructuras políticas, económicas y sociales del país, durante el siglo XIX. Sobre lo mismo, Uribe Castro (1989) indica que

El solo observar —y comparar— lo que una sociedad considera 'datos útiles' (o sea, el material que, por definición, contiene una guía de forasteros) daría para muchos análisis y recopilación de información.14

También cabe destacar una función ulterior de las guías de forasteros como documentos que refieren el valor patrimonial de un lugar pues con los datos que incluyen en su publicación original y trascendiendo el tiempo, evidencian la existencia de bienes dignos de representar la esencia de una localidad, aquello que su gente, a través del autor de la guía, considera digno de aprecio.15 En este mismo sentido, pero considerando sus características como objetos físicos, puede seguirse la trayectoria de las guías en su conjunto para identificar elementos de carácter bibliológico; por ejemplo, para valorar la evolución de las técnicas de impresión (desde el simple texto a la inclusión de imágenes y de ahí a las imágenes a color), en su afán por resultar atractivas para el lector, se las puede tomar como un buen caso de análisis de un género literario con fines utilitarios.

Sobre el devenir de estas guías, Uribe Castro (1989) nos dice que

La versión moderna de las guías de forasteros sería un híbrido entre guía turística, almanaque mundial y páginas amarillas del directorio telefónico. De la primera, toma los mapas o claves geográficos, los sitios de interés, los resúmenes históricos, la información sobre transporte. De los almanaques mundiales contiene el calendario —con énfasis especial en las celebraciones religiosas, las fiestas de guardar, y el santoral— y las fases de la luna. Y con las páginas amarillas se identifica en contener listas de profesionales y servicios. Y, al igual que las guías turísticas, almanaques y directorios telefónicos para nuestro tiempo, en el siglo XIX no fueron escasas las guías de forasteros en las ciudades americanas y europeas.

 

MENCIONES SOBRE LA CULTURA IMPRESA EN DIFERENTES GUÍAS Y OBRAS RELACIONADAS

A continuación presentamos una breve descripción de las seis obras seleccionadas para la revisión de este trabajo junto con la imagen de su portada y los datos relativos a la cultura impresa en la ciudad de México que incluye cada una de ellas. Cronológicamente la selección de las guías analizadas corresponde al inicio histórico de estas obras (una de finales del siglo XVIII y otra del año inmediato anterior a la declaración de Independencia, ambas todavía con los Zúñiga y Ontiveros como productores y propietarios del privilegio de impresión), su apogeo a mediados del siglo XIX (se presentan dos guías de forasteros y un manual de geografía) y el tiempo en que sus contenidos comenzaban ya a dispersarse en otros tipos de obras (como el Almanaque Bouret). Con esto se procuró, a partir de las fuentes disponibles para su consulta en el tiempo en que se efectuó esta investigación, abarcar todo el siglo durante el cual las guías fueron obras de circulación corriente en la ciudad. Si bien, aunque proporcionalmente con respecto a otros contenidos, la información sobre la cultura impresa que recogen las guías no es la que ocupa más espacio, su relevancia radica precisamente en que fue tomada en cuenta y quedó registrada para la posteridad, con lo que es posible obtener datos para reconstruir y complementar su historia, con base en un contexto. Es importante mencionar que se ha respetado la escritura original de los textos que se transcriben y que para resaltar esos contenidos, éstos se registran con una fuente tipográfica de menor tamaño.

Vale aclarar que la selección de obras reseñadas no es un ejercicio comparativo, se propone más bien capturar un estado de cosas que en conjunto pueden darnos evidencias de la evolución de la cultura impresa y potencialmente aportar información sobre su desarrollo ulterior en conjunto con otros instrumentos y fuentes.

 

Zúñiga y Ontiveros, Mariano de (1797)
Calendario manual y guía de forasteros en México, para el año de 1797
México: En la Oficina del Autor. 198 p. : 1 mapa pleg. ; 13 cm.

De las características generales, cabe destacar que en esta guía, y en la siguiente, sólo se menciona a los bibliotecarios de la Universidad, las funciones que desempeñan y sus domicilios. Por entonces el contenido se limitaba predominantemente a ofrecer un directorio de personas que integran las instituciones del Virreinato. La tipografía, aunque clara, no era elegante ni pretenciosa y en todo caso hay que tener en cuenta que se trataba de una obra de carácter eminentemente utilitario, por lo que el contenido gráfico se limitaba al grabado de un escudo al inicio, un "Plan de la ciudad de México" (de fecha 1791 y dedicado al conde de Revillagigedo, en tono rojizo, plegado, al final) y a la inclusión de viñetas en la parte correspondiente al calendario para indicar las fases de la luna.

Al hablar de la biblioteca de la Pontificia Universidad, los datos que consigna son los siguientes:

Bibliotecorios [sic] (p. 111)

Vespertino, Dr. D. Agustin Beye de Cisneros, en la de Medinas.
Matutino,
Dr. D. Joseph Bonifacio Sanchez de Lara, ausente.
Sustituto
[sic], Dr. D. Manuel Gomez, en el Seminario.
Secretario,
D. Diego Posada, puente del Correo mayor.
Síndico Tesorero,
D. Ignacio de la Sierra, calle de Santa Clara.
Contador,
D. Ignacio Soto Carrillo.

 

Zúñiga y Ontiveros, Mariano de (1820)
Calendario manual y guía de forasteros en Méjico, para el año de 1820
México: En la Oficina del Autor. 246 p. : 1 mapa pleg. ; 14 cm.

Es importante recordar que Don Mariano de Zúñiga y Ontiveros obtuvo del Virrey el privilegio para imprimir las guías de forasteros, por lo que buena parte de la producción inicial de las mismas salió de sus planchas. En la guía correspondiente a 1820 repite el formato de proporcionar la lista de bibliotecarios que trabajaban en la biblioteca de la Pontificia Universidad en ese año, y además incluye las mismas imágenes que la guía revisada previamente (el escudo, el Plan de 1791 —aunque no en tono rojizo— y las viñetas) y agrega otras más, destacando que en el frontispicio aparece un grabado de Fernando VII, Rey de España (lo cual sin lugar a dudas constituye una forma de congraciarse con la corona), además de un "Mapa de las cercanías de México", plegado al final del texto. Un detalle curioso es que el nombre del autor aparece como "D. Mariano Josef de Zúñiga y Ontiveros".

Bibliotecarios (p. 120)

Matutino, Dr. D. José Mariano Apecechea, c. T de las damas n. 5
Vespertino, Dr. D. Vicente Ortiz
Secretario, D. Josef María Rivera, en la Universidad.
Síndico Tesorero, D. José Sánchez Quixada, c. 2. de S Ramon n. 8
Contador, D. José Joaquin Beltran.
Vedel 1, D. Joseph Gabriel Rivera y Peña, plazuela del Volador
Vedel 2, D. Miguel Mayordomo, en la Universidad.

 

Almonte, Juan Nepomuceno (1852)
Guía de forasteros, y repertorio de conocimientos útiles
México: Imprenta de I. Cumplido. viii, 638 p. ; 16 cm.

Con una biografía político–militar plena de claroscuros, quien destacase primeramente por haber sido hijo natural del insurgente D. José María Morelos y Pavón y como militar activo a favor de la instauración del imperio de Maximiliano de Habsburgo, se ganó el repudio de los liberales; no obstante todo Juan Nepomuceno Almonte declara que por entonces había una notable falta de una guía de forasteros de la capital, "tanto para la comodidad de los nacionales, como para los estrangeros que la frecuentan, y aun para los mismos habitantes radicados en ella".

La guía, además de que en la introducción justifica el porqué de su alto costo y explica que incluye "tres mapas y seis vistas", combina el estilo descriptivo con el enumerativo para hablar de los sitios o cosas a las que refiere en su trabajo. Las "vistas" son en realidad litografías de edificios destacados y en la introducción admite haber usado algunas obras precedentes para elaborar la propia. Además de la extensión de la obra destaca el arreglo alfabético que se le hizo a ésta y la inclusión de un índice (tabla de contenido en realidad), aparte de que no se refería exclusivamente a la ciudad de México sino que también mostraba un gran cúmulo de datos de la gran mayoría de entidades de la República.

Registra los siguientes datos relativos a la cultura impresa:

Imprentas (p. 456)

La del Sr. Cumplido.
La del Sr. Boix y Besserer
La del Sr. García Torres.
La del Sr. Andrade.
La del Sr. Rafael.
La del Sr. Segura.
La del Sr. Murguía.
La del Sr. García Navarro.
La del Sr. Lara.
La del Sr. La Voz de la Religión
Hay otras varias imprentas que sería demasiado largo enumerar.

Librerías (p. 456)

"Las hay muy bien surtidas en los portales de mercaderes, de agustinos, del Aguila de Oro, de la calle de los Rebeldes, en la imprenta del Sr. Cumplido, de la calle del Arzobispado y la de la calle de Santo Domingo".

Bibliotecas (p. 485)
Públicas y particulares.

De las primeras, hay en la capital tres, que son: la de la Catedral, que consta de 13,000 volúmenes impresos y manuscritos; la de la Universidad, que tiene sobre 9,000, y la de San Gregorio, con más de 4,000. Además de éstas, hay otras librerías y gabinetes de lectura, pertenecientes a particulares, cuyas obras puede leer el público pagando el precio de suscripción establecido en los mismos.

Aunque, como se ve, es todavía muy reducido en México el número de bibliotecas públicas, no sucede lo mismo respecto de la particulares, pues de éstas, hay multitud, en las que se encuentran desde 200 hasta 8,000 y más volúmenes, pudiendo asegurarse que de toda la América española no hay nación alguna en la que se hallen tantas y tan ricas colecciones de libros y de instrumentos para el estudio de las ciencias, como las que existen en la República Mexicana.

Entre las bibliotecas destinadas para el uso de los colegios, merecen citarse la de San Juan de Letrán, que consta hoy de 11 a 12,000 volúmenes, y la de San Ildefonso, que tiene 8, 361.

Además de las bibliotecas mencionadas específicamente en la sección dedicada a ellas, Almonte se refiere a otros colegios e instituciones que seguramente también contaban con alguna colección, como: la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, el Colegio Nacional de Medicina, la Academia Nacional de San Carlos y probablemente también las diez "escuelas de instrucción pública por particulares".

 

Galván Rivera, Mariano (1854)
Guía de forasteros en la ciudad de Mégico, para el año de 1854: contiene las
partes política, judicial, eclesiástica, militar y comercial. Mégico [sic]:
Santiago Pérez. 352 p. ; 15 cm.

Célebre por la impresión del Calendario que a la posteridad llevó su nombre e incluso actualmente se conoce como tal, Mariano Galván Rivera dedicó también sus esfuerzos a compilar e imprimir una guía de forasteros que procurase reunir toda la información que necesitare algún visitante. A diferencia de Almonte y a pesar de su relativa contemporaneidad, o quizá precisamente por eso, el estilo de Galván Rivera es totalmente enumerativo y remite irremediablemente a los trabajos de los Zúñiga y Ontiveros, tanto por lo escueto aunque abundante de la información, como por la forma de presentarla; sin embargo es necesario decir que la guía de Galván, dados los avances de la época, es tipográficamente superior, como puede notarse en el retrato de Antonio López de Santa Anna, impreso también en el frontispicio de la obra. Las menciones que incluye son:

Bibliotecas en la ciudad (p. 344)

Catedral en el mismo edificio
Universidad, en el mismo edificio
[Las incluye en la sección "Miscelánea", es decir en la que trata de los datos que se habían pasado por alto o de los que se tuvo noticia ya para finalizar la obra].

Bibliotecarios de la Nacional y Pontificia Universidad (p. 139)

Matutino, Dr. D. Juan de Dios Martinez Roldan, curato de la Palma
Vespertino, Dr. D José María Benítez.
Secretario, Br. D. Miguel Velazquez de Leon, c. del Correo mayor n. 2.
Síndico tesorero, D. José María Durán, c. de S. Ildefonso n. 7
Contador, D. Ignacio Granados, cuadrante de S. Miguel.
Bedel 1° D. José María Velazquez de León, en la Universidad.
Id. 2° D. José Guzman, esquina de la misma n. 1.

Encuadernaciones (p. 338)

Aguilar d. Trinidad, S. José el Real letra A.
Castro d. Francisco, Manrique.
Delanoe Hermanos 2ª de S. Francisco.
Escamilla d. Manuel, S. José el Real. n. 16
Gutiérrez d. Amado, Coliseo n. 1
Gutiertez [sic] d. José G., Cadena.
Montes de Oca d. José Marín, Vergara.
Vargas d. Juan, Medinas.
Vazquez d. Luciano, Zuleta.
Vega d. Miguel, Sta. Teresa.
Vega d. Pedro, S. Felipe Neri.
Villanueva d. José María, Cordobanes.

Fábricas de papel (p. 339–340)

– De Belén, en el molino de trigos inmediato á Tacubaya, su despacho en Megico 3ª de S. Francisco n. 4, Sres.. Carrillo, Benfield y Orozco.
De la Peña pobre, inmediaciones de Tlalpan, los mismos señores.
De Loreto, en Tizapan, inmediaciones de S. Angel, Sres Carrillo y Cano: su despacho en Mégico 3ª de S. Francisco n. 4.
De Sta. Teresa, inmediaciones de Contreras, D. Jorge Hamecken, su despacho en Mégico, 2ª de San Francisco n. 10.

Librerías (p. 318), Nombres con los que son conocidas


Antigua librería. D. José María Andrade, portal de Agustinos n. 3
Librería Megicana, D. Hipolito Brown, esquina de los portales de Agustinos y Mercaderes.
Librería núm.
7 D. Mariano Galván Rivera, portal de Mercaderes n. 7.
––––––––––Americana. D. Carlos Besserel y comp., c. del Refugio n. 6.
––––––––––Madrileña. de Gaspar y Roig, portal del Aguila de oro n. 6.
––––––––––Española, D. José Pujol y Esther, 1ª de Plateros n. 11.
––––––––––é imprenta. D. Luis Abadiano y Valdes, 1ª de Sto. Domingo.
––––––––––Nueva. D. Pedro Guillet, c. del Arzopispado [sic] n. 10.
––––––––––D. Cristóbal de Palomino, Coliseo viejo n. 21.
––––––––––de Simón Blanquel, Coliseo n. 1.
Alacena de D. Antonio de la Torre, esquina de los portales de Mercaderes y Agustinos.
––––––––––D. Cristóbal de la Torre, portal de Agustinos n. 5.
––––––––––de D. Pedro Castro, esquina del portal de Mercaderes.

Imprentas (p. 319)

Boix d. Andrés, bajos de S. Agustín.
Cumplido d. Ignacio, Rebeldes n. 2.
Cerralde y comp. d. Vicente, Medinas n. 6.
García Torres d. Vicente, Cordobanes n. 5.
Gardida d. Tomás S., S, Juan de Letran n. 3 (Voz de la Religión).
Lara d. José Mariano, Palma n. 4.
Murguía d. Manuel y comp., puente quebrado n. 50, y su despacho, en
el portal del Águila de Oro.
Navarro d. Juan R., Chiquis n. 6
Perez y comp. d. Santiago, Angel n. 2.
Rafael d. Rafael, Cadena n. 13
Redondas d. Manuel, Escalerillas n. 2
Segura Argüelles d. Vicente, Cadena n. 10, y su despacho, portal del Aguila de Oro.

Litografías (p. 320)

Decaen y comp. esquina del callejón del Espiritu Santo.
Inclán d. Ignacio, S. José el Real.
Murguía d. Manuel y comp., portal del Aguila de Oro.
Salazar d. Hipólito, c. de la Palma n. 4.

Finalmente de esta guía hay que decir que también funcionaba como medio promocional de otros libros (práctica común durante el siglo XIX). Al final anuncia comercialmente al Catecismo de la doctrina cristiana, del padre Gerónimo de Ripalda, del que indica su contenido y dice que está "bien impreso, en buen papel y encuadernado de duración" y que "se vende á un real por uno. – A nueve reales la docena. – A doce pesos [la] gruesa. – A setenta y cinco pesos millar". Está publicado, obviamente, por el mismo Galván Rivera.

 

Hermosa, Jesús (1857). Manual de geografía y estadística de la
República Mexicana
París: Librería de Rosa, Bouret et Cia. 256 p. ; 17 cm.

A pesar de que el título específico de la obra no parece referirse a los trabajos objeto de nuestro interés, vale decir que desde la introducción de la misma se puede notar que el libro no es otra cosa sino una guía de viajeros en toda forma. Es interesante notar que a pesar de los avances de la época en las técnicas de impresión, en toda la obra no se incluye una sola imagen, salvo el grabado de la portada y las tablas estadísticas que se presentan, las cuales no son precisamente numerosas. El estilo de la obra es descriptivo y el arreglo de la primera parte es por temas, aunque no alfabético, mientras que en la segunda parte habla de las entidades federativas, en orden alfabético, además de que dentro de cada apartado los subtemas tienen también un arreglo alfabético. Tiene también un índice que en realidad es tabla de contenido.

Como la gran mayoría de la literatura de la época, éste no puede considerarse estrictamente como un libro técnico, de hecho el autor admite también haber usado otras fuentes para la compilación de su obra, aunque en ese entonces no se estilaba citar como ahora, de ahí que se comprenda que omita el crédito correspondiente a Almonte por haber transcrito exactamente la misma descripción que hace éste respecto a las bibliotecas existentes (si es que tal información fue, asimismo, producida originalmente por Almonte), mientras que de otros aspectos de la cultura impresa no menciona nada; de cualquier forma la obra en cuestión es un buen ejemplo de las guías de viajeros publicadas durante el siglo XIX y de sus propósitos generales.

 

Mille, R., & Leduc, A. (Eds.). (1897)
Almanaque Bouret para el año de 1897
México: Libr. de la Vda. de C. Bouret. 338 p. ; 22 cm.

Muchas características distinguen al Almanaque Bouret del resto de trabajos aquí analizados. El haber sido impreso al final del siglo XIX lo hizo beneficiario de los adelantos técnicos de la época, pues la cubierta, que se encuentra impresa a color, procura retratar el progreso del país, al tiempo que resalta el nacionalismo y los distintos elementos de la sociedad del momento. Otro aspecto que resalta es que su publicación era patrocinada por la casa Bouret, aunque su compilación le fue encargada a dos colaboradores de la misma.

Sobre los almanaques en cuanto tales, Ludlow (1992:XII) nos dice:

Si bien no hay un acuerdo sobre la raíz etimológica de este vocablo, según el Diccionario Enclopédico Ilustrado, se precisa que estas publicaciones, además de presentarse ordenadamente, con base en un calendario, contienen notas y noticias sobre materias de índole diversa, que tratan temas de literatura o medicina, a la vez que nociones de agricultura, informaciones estadísticas, efemérides y consejos prácticos.

Iguíniz (1959) establece tres acepciones bastante prácticas y descriptivas de almanaque: 1. Sinónimo de calendario. 2. Obra publicada anualmente que contiene, además del calendario, que no es más que un accesorio, composiciones y estudios de carácter ameno e instructivo. 3. Publicación anual que proporciona datos y noticias de alguna especialidad.

El Almanaque Bouret cumple con todas las características mencionadas, sobre todo en la segunda definición de Iguíniz, un ejemplo de esto son los siguientes contenidos: información sobre el Primer Censo General de Habitantes de 1895; Reglas de Sociedad; El Ama de Casa, o sea, Guía de la Mujer Bien Educada; Recreaciones Científicas; Guía Abreviada de Medicina Práctica; biografías varias, etcétera, además desde luego de informaciones relativas a lugares y sitios de interés. Vale destacar que tenía múltiples patrocinios, pues son numerosos los anuncios comerciales de productos y servicios varios.

En lo que respecta a las menciones a la cultura impresa, el almanaque consigna en su sección de bibliotecas públicas, al Archivo Público y General de la Nación (situado en el patio central del Palacio), la Biblioteca Nacional (que tenía como director al Sr. D. José María Vigil, y a D. José María Agreda como subdirector) de la que declara que "esta biblioteca comenzó a formarse en el año de 1867, con los volúmenes de la biblioteca pública de la Catedral, después se aumentaron los de algunos conventos y los de la Compañía de Jesús. En la actualidad posee más de 160,000 volúmenes y cada mes se hacen nuevas adquisiciones" (p. 298). También menciona la Biblioteca Nocturna (situada en la capilla de la tercera orden de San Agustín, al costado izquierdo de la Biblioteca Nacional), la Biblioteca de la Escuela Nacional Preparatoria (situada en los bajos de la Escuela, calle de San Ildefonso), así como a la biblioteca de la Sociedad Científica Antonio Álzate (situada en la calle de Cavaría no. 19). Y termina diciendo que "además todas las escuelas nacionales superiores tienen sus bibliotecas para los alumnos" (p. 299).

Aunque el almanaque no registra un directorio de imprentas, en cambio lista y describe brevemente 24 periódicos publicados en la época; tampoco lista las librerías de la ciudad de México, pero sí incluye un catálogo de los libros que se encontraban a la venta en la librería de la Viuda de Ch. Bouret, situada en 5 de Mayo 14, ciudad de México.

 

ANÁLISIS DE LOS DATOS ENCONTRADOS

En la medida en que se revisó una pequeña muestra del universo de esta literatura relativa a la ciudad de México, cabe destacar algunos datos relevantes:

1. Como se ha venido anotando, en su origen colonial las guías de forasteros eran en esencia listados de nombres de personas (particularmente funcionarios) que se imprimieron con privilegio del virrey Antonio María de Bucareli, por Felipe de Zúñiga y Ontiveros y luego por su hijo Mariano. De este último, impresor de las dos guías analizadas (de 1797 y 1820), Quiñónez (2005:335) menciona que "fue un impresor connotado, pero un calendarista sin mayor interés por sus anuarios o falto de imaginación", y que "su única innovación visual consistió en incluir para 1818 los retratos de Fernando VII y su esposa... [y] no hizo renovaciones importantes en el contenido". Después de la Independencia dejó de tener el derecho exclusivo de impresión de estas obras, aunque continuó publicándolas hasta 1825. De interés sobre la cultura impresa las dos guías sólo incluyen los nombres de los bibliotecarios de la Universidad. Si es posible, por medio de otras fuentes, encontrar estos nombres, estos datos podrían servir para identificar quiénes eran y establecer, quizá, cómo vivieron y cómo era la vida de la gente que trabajaba en una biblioteca.

2. Hacia medidos del siglo XIX se hace visible un incremento en la información relativa a la cultura impresa como una muestra de la mayor disponibilidad de los medios que la producen, y también es manifiesto el cambio en los contenidos de las guías. Respectivamente Almonte y Galván Rivera (cuya diferencia en la fecha de publicación de sus obras es de sólo dos años), registran: imprentas (10 y 12); librerías (7 y 13) y bibliotecas públicas (3 y 2). En cuanto a las bibliotecas Almonte es más descriptivo, en tanto que Galván Rivera en general es más enumerativo y recuerda el sentido original de las guías de forasteros como directorios (por ejemplo, cuando incluye los nombres de los bibliotecarios de la Universidad). Una diferencia importante entre ambas guías es que la de Galván Rivera incluye información sobre encuadernadores (13), fábricas de papel (4) y litografías (4); puede entenderse así porque el autor era también impresor, a diferencia de Almonte (y puede presumirse que conociera también a los bibliotecarios que registra).

3. Por su parte el Almanaque Bouret destaca tres bibliotecas públicas, aunque con un cambio significativo: registra a la Biblioteca Nacional conformada desde 1867 con los fondos de la biblioteca de la Catedral (la biblioteca Nocturna era un anexo de la Nacional), además de la biblioteca de la Escuela Nacional Preparatoria y la de la Sociedad Científica Antonio Álzate. Aunque no quedan cuantificadas ni identificadas, el almanaque menciona de paso que "todas las escuelas nacionales superiores tienen sus bibliotecas para los alumnos", lo que ya significa un incremento con respecto a las registradas en las otras guías analizadas.

4. En el caso de Almonte y Hermosa, la información relativa a bibliotecas llegó a registrarse exactamente igual de una fuente a otra (en ambas obras, sobre bibliotecas privadas sólo se mencionan los gabinetes de lectura). Esto es, comprensible por un lado, porque existían sólo tres bibliotecas públicas que registrar; pero por el otro, parece ser que los autores se copiaban entre sí la información ya existente. Si de la revisión de un conjunto más amplio de obras se confirma este fenómeno, podrían establecerse algunos hechos interesantes acerca del uso de la información y de la autoría en esos tiempos. Cabe indicar que la obra de Hermosa es un "manual de estadística y geografía", mientras que la de Almonte es una guía de forasteros; es decir que como formato no entrarían en competencia directa por el "mercado de consumidores", lo que sí ocurriría entre las guías de Almonte y de Galván Rivera, las cuales sí tienen diferencias muy marcadas (de forma y contenido), como se menciona en el punto 2.

5. También se puede identificar un cambio importante de las guías de Zúñiga y Ontiveros (1797 y 1820) a las de Almonte, Galván Rivera y Hermosa (1852, 1854 y 1855 respectivamente) y el Almanaque Bouret (1897), puesto que de ser básicamente listas de nombres (directorios), se convirtieron en obras de carácter más descriptivo que abundaban en la presentación de bienes juzgados dignos de aprecio como parte del panorama de la ciudad. Este hecho, sin duda, convierte a estas obras en una fuente de información valiosa sobre el patrimonio cultural de un lugar (en este caso la ciudad de México). Además de que a partir de estos elementos también puede considerarse el análisis de la motivación y contribución de los contenidos de las guías a la concepción nacionalista que animó el surgimiento de otras publicaciones, sobre todo a partir de la guerra con Estados Unidos en 1847.16

 

CONCLUSIONES

La literatura de viajes equivale a una radiografía de la realidad de su tiempo, la cual llega a nosotros en forma de registros documentales que nos permiten construir una idea de dicha realidad. La estructura temática de las obras analizadas muestra poca información sobre los tópicos de nuestro interés, pues proporcionalmente con respecto a otros asuntos (como los nombres de personajes del gobierno o la descripción de determinados sitios) la información relativa a la cultura impresa no es muy copiosa; sin embargo algo ha quedado registrado para la posteridad en forma de datos que pueden conducir a especular acerca de cómo era el mundo de las bibliotecas, imprentas y librerías en esos tiempos. Aun si consideramos que estas obras registran poco, esto se debe a que en realidad no había muchos datos que incluir (como ocurre en el caso de las bibliotecas). De cualquier forma es importante destacar que integran datos que obviamente fueron juzgados de utilidad para los visitantes foráneos.

Como se ha podido observar, lo que definimos como literatura de viajes de carácter instrumental tuvo una evolución constante, tanto en lo que se refiere al formato de presentación de contenidos, como a los aspectos técnicos de su producción y a la cantidad de información que presentaban. Todos los trabajos analizados presentan, en mayor o menor medida, información representativa de lo que hemos venido llamando "cultura impresa"; incluso la propia existencia de estas guías es una manifestación de esa cultura.

Tales obras son portadoras de elementos que las dotan de un especial interés para el estudio de la historia de las bibliotecas, imprentas y librerías, puesto que en ellas se identifica una función de divulgación, por lo que la mención o inclusión de estos temas revela parte de la actividad y el desarrollo de la vida cultural en México.

En un sentido general, si se busca ubicar elementos de la cultura impresa en la literatura de viajes, pueden explorarse dos rutas: a) emplearlas como fuentes de información relevante para construir la historia de la cultura impresa de un lugar (al menos a partir de las menciones que se hagan sobre estos contenidos como información útil para el visitante), tal como los historiadores se valen de ellas para seguir el rastro de un fenómeno histórico, político, económico o social, y con ello intentar ubicar los cambios que ocurren de un periodo histórico a otro; o bien, b) utilizarlas para comparar, y en su caso complementar, las historias ya escritas y publicadas sobre bibliotecas, librerías e imprentas en los periodos en que florecieron las guías.

La evolución y los cambios observados en las distintas obras presentadas nos permitirían trazar una línea temporal completa que ilustre los elementos más representativos de su desarrollo (ver imágen en página siguiente). Aunque tal empresa requiere una investigación mucho más amplia; no obstante es posible, a partir del conjunto revisado, poner en perspectiva esa línea temporal, tomando en cuenta que dichos trabajos son representativos de momentos clave de este tipo de literatura: su inicio, su apogeo y su diversificación.

Para reconstruir la historia de la cultura impresa en México, se hace necesario explorar fuentes que han tratado el fenómeno directamente, pero también deben tenerse en cuenta aquellos trabajos que lo hacen de forma indirecta; es decir, que aunque no están propiamente dirigidos a tratar temas como la historia del libro, la historia de las bibliotecas, de la imprenta, de las librerías, etcétera, aportan información relevante para su estudio. Entre este tipo de obras podemos encontrar las que registran la historia de las ciudades, de los museos, de las escuelas y universidades, de los archivos, etcétera; en fin de todos aquellos temas relacionados con la historia de un lugar. Dentro de tales obras, se ubica la literatura de viajes pues, aunque su fin principal no fue registrar hechos de la cultura impresa resultan fuentes ricas en datos que apoyan su estudio. Estamos convencidos de que al rastrear un conjunto más amplio de guías de forasteros, por ejemplo las 55 registradas por Lamadrid Lusarreta, su revisión puede aportar elementos que ayuden a completar una parte importante de la historia de la cultura impresa en México. Esa revisión, más exhaustiva, seguramente arrojará resultados muy interesantes.

 

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ANEXO

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NOTAS

* Esta investigación fue coordinada por la Dra. Rosa María Fernández de Zamora en el marco del Seminario Bibliotecología y Estudios de la Información en México, UNAM–FFL–CUIB. rmfe@servidor.unam.mx .

1 El tema ha despertado tal interés que ha sido abordado desde diferentes disciplinas y enfoques. A nivel de la producción bibliográfica que lo estudia, en su tratamiento encontramos: los textos mismos que conforman la literatura de viajes, obras sobre historia y crítica de los mismos, el tema como género literario, estudios que emplean los textos como fuente para el análisis histórico y geográfico y obras que analizan la idea de "viaje". Además, para guiar el estudio del tema, encontramos también obras que van desde antologías, bibliografías, biografías, enciclopedias, actas de congresos, hasta revistas especializadas e incluso obras sobre cómo aprender a escribir textos de viaje. En el anexo final se ofrecen algunos estudios para los interesados en abundar en el asunto.

2 Citado por González Suárez (2007).

3 Ejemplos: Zúñiga y Ontiveros, Felipe de, Calendario manual y guía de forasteros para el año de 1778. Dispuestos por D. Felipe de Zúñiga y Ontiveros Filo–matemático de esta corte, y agrimensor titulado por S. Mag. (Q. D. G.) de tierras, aguas y minas de todo el reino. Nuevamente ilustrada con varías adiciones muy útiles y curiosas. México, Oficina del Autor, Calle de la Palma, [s. a.]; Galván Rivera, Mariano, Calendario manual y guía de forasteros de México para el año de 1829. [México], imprenta a cargo de Mariano Arévalo [s. a.].

4 Por ejemplo, Almonte (1852) divide su guía en cuatro partes: "La primera está dedicada á los supremos poderes de la nación y al Distrito federal, con todo lo anecso a él. La segunda se contrae á los gobiernos de los Estados y territorios. La tercera al gobierno eclesiástico, y la cuarta a diversos datos estadísticos, tanto de la república como de fuera de ella, é igualmente a algunas noticias curiosas sobre varias materias de interés general".

5 Aunque Corvera Poiré (2005: 355) indica que "es imposible decir con exactitud con qué frecuencia se publicaron, parece que rara vez se hicieron ediciones anuales y que fueron apareciendo según lo consideraron necesario sus propios autores, que en ocasiones prometieron 'próximas guías'".

6 Ver por ejemplo: Valle, Juan N. del (1864). El viajero en México: completa guia de forasteros para 1864; obra util a toda clase de personas. México : Impr. de Andrade y Escalante. [Referencia tomada de Lamadrid Lusarreta (1971)]. Almonte, Juan Nepomuceno (1852). Guía de forasteros y repertorio de conocimientos útiles. México: Imprenta de I. Cumplido.

7 En El Primer libro impreso en Venezuela: Edición facsimilar del Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela para el año de 1810 (p. 27), se menciona (erróneamente) que la primera guía mexicana data de 1796. Por cierto que esta obra incluye un resumen de la historia de Venezuela, atribuido a Andrés Bello, y en su contenido presenta las divisiones civil, fiscal o Real hacienda, eclesiástica, militar y mercantil; lo que confirma el hecho de que en esencia las guías de forasteros son directorios en sus orígenes.

8 Eran "guías de las personalidades civiles, religiosas y militares" (Lamadrid Lusarreta, p. [9]).

9 Sobre los pronósticos, Carmen Castañeda (2005:102, nota 7) introduce la siguiente cita curiosa: Isabel Quiñonez ha recogido un testimonio del contenido de los pronósticos y cómo los "sencillos habitantes del campo, y no pocos de las ciudades, creían a pie juntillas en la portentosa ciencia" de los pronósticos, publicados en los calendarios por Zúñiga y Ontiveros: Un día entró en su estancia un ranchero y poniendo encima de la mesa una taleguita llena de pesos, le dijo: "Señor, en mi tierra el mes de marzo suele ser de mucha sequedad: el año que viene necesito agua: si su merced quiere poner en el Calendario Lluvias en marzo, aquí están estos trescientos pesos..." Dio la casualidad que en efecto llovió aquel mes, cosa que no se había visto nunca por aquellas haciendas. Los rancheros se admiraban y daban gracias a Dios... Pero nuestro buen hombre, el que había pagado los trescientos pesos a Ontiveros, en cuanto oía a alguno... dejaba asomar a sus labios una sonrisa desdeñosa, y mirando a su interlocutor, respondía: — "¿Gracias a Dios?... ¡gracias a mi dinero!... esa agua que tanto les ha cuadrado, me ha costado a mí trescientos pesos". Escusado es decir que en cuanto se divulgó el caso, el crédito de Ontiveros creció de un modo asombroso, y pocos se atrevían a dudar de la exactitud de sus pronósticos.

10 Su nota dice: "Cuando acomodo calles particulares a los profesores de algunos vicios generales, deben entenderse alegórica y no literalmente, pues no porque digo, v.g., que se busque a las antojadizas en la calle de las Golosas, se ha de creer que cuantas viven en esa calle lo son, y así de las demás". El poema se publicó como un pliego suelto sin fecha de impresión y está incluido en el volumen de Poesías y fábulas publicado por Lizardi en 1817, fragmento tomado de Fernández de Lizardi (1984), Según Quiñónez (2005:337) el poema se publicó originalmente en 1812.

11 El edicto original se localiza en el Archivo General de la Nación de México; los autores agradecen a esta institución la reproducción proporcionada para este trabajo.

12 Precisamente debido al cambio de régimen, recordemos que durante la Colonia para desempeñarse como impresor era necesario disponer de un privilegio real, cuya distinción pocos podían alcanzar (Suárez de la Torre, 2005:10); mientras que, a partir de la Independencia, la industria editorial recibió un gran impulso, gracias a los decretos de libertad de prensa que trajo consigo, incluso si dicha libertad no se mantuvo a lo largo del siglo pues, dependiendo del gobierno en turno, podía ser respetada o retirada (Suárez de la Torre, 2005:12–13).

13 Para poner un ejemplo, en el Catálogo de documentos históricos de la estadística en México: siglos XVI–XIX (2005), del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, se incluye la guía de forasteros de Manuel Payno, llamada Calendario del comercio y guía de forasteros, para el año bisiesto de 1860. México: Imprenta de Ignacio Cumplido. El Catálogo es una fuente muy interesante que también incluye, de las obras relevantes para nuestro estudio, la descripción del Calendario de Lara y la Guía general descriptiva de la República Mexicana de J. Figueroa Doménech; en general es una obra relevante para ahondar en el análisis de otras fuentes que pueden contener información sobre la cultura impresa en México.

14 En este caso el autor revisa dos guías de forasteros de la ciudad de Bogotá: una de 1806 y otra de 1866 y compara los contenidos que presentan para resaltar los cambios sufridos por esa sociedad a lo largo de 60 años.

15 Esto vale también para las guías de viajeros. Sobre el particular hace un señalamiento muy puntual el Grupo de investigación de Teoría de la educación y educación no formal (2006), donde se destaca que las "guías de forasteros [..] vienen a ser las primeras publicaciones que sobre patrimonio encontramos editadas en nuestro país [en España]" (p. 578).

16 Al respecto, Suárez de la Torre (2005) hace un recuento de la importancia que tenía la industria editorial en el ámbito de la construcción nacional. Como ejemplo pro to típico se encuentra el Diccionario universal de historia y de geografía, obra dada a luz en España por una sociedad de literatos distinguidos, refundida y aumentada considerablemente para su publicación en México con noticias históricas, geográficas, estadísticas y biográficas sobre las Americas en general y especialmente sobre la República Mexicana, que se publicó entre 1853 y 1856, y que en su introducción declara que "Cuando por todas partes del mundo se nos desconoce y se nos calumnia; cuando nosotros mismos no sabemos ni nuestros elementos de riqueza, ni nuestras esperanzas de progreso, ni nuestros recuerdos tristes o gloriosos, ni los nombres que debemos respetar o despreciar; una obra que siquiera ensaye pintar todo esto, que intente reunirlo en una sola compilación, que se proponga juntar las piedras dispersas de ese edificio por formar, merece incuestionablemente la aprobación y el apoyo de cuantos han nacido en este suelo", (citado por Pi–Suñer Llorens, 2000 :xiv).

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