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Investigación bibliotecológica

versión impresa ISSN 0187-358X

Investig. bibl vol.22 no.45 México may./ago. 2008

 

Reseñas

 

INFANTES, VÍCTOR. Del libro áureo.

 

por Idalia García

 

Madrid: Calambur, 2006. 211 p. (Biblioteca Litterae 10). ISBN 84–96049–89–2

 

Hay libros que pueden ser fascinantes o esclarecedores. Este que hoy presentamos es la suma de ambas características. Su autor, Víctor Infantes, es un autor prolijo cuya obra nos ha acostumbrado a la presencia de los libros. Para algunos lectores esta presencia puede resultar toda una pesadilla; para otros, entre los que me incluyo, es como encontrarse con viejos amigos. En efecto, el doctor Infantes consigue este efecto a través de sus cuidadosas líneas en donde van apareciendo uno a uno esos libros,

armado sólo de palabras a la descripción imposible de una cosmología donde habita (encerrados) los mundos que lo constituyen (p. 11).

A esta práctica se suman las puntuales notas que acompañan todos sus trabajos, lo que nos permite armar un universo de relaciones posibles y una inevitable deuda con las lecturas. Hay que decir además, que nuestro autor escribe con frases de enorme belleza que hacen de esta lectura casi un suspiro.

En esta ocasión, esos viejos libros son los protagonistas de los textos que se han reunido bajo el afortunado título Del libro áureo. Si duda, debemos aplaudir esta decisión editorial por una razón principal: nos han ahorrado el trabajo de búsqueda y recuperación de los textos del doctor Infantes publicados previamente en otros espacios, como actas de congresos y publicaciones periódicas. Son un total de dieciséis trabajos compilados, de los cuales los primeros seis están dedicados a la "Tipología de la enunciación literaria en la prosa áurea". Estos textos fueron publicados entre 1996 y 2004, en memorias de congresos. Los diez restantes, dedicados a diferentes temáticas sobre impresos antiguos, fueron publicados entre 1983 y el 2005, tanto en memorias de congresos, revistas especializadas y conmemoraciones.

Existe una frase del doctor Infantes en el liminar con el que inicia esta compilación que nos invita a reflexionar y, que en lo personal se convirtió en un eje durante toda la lectura: nuestro autor dice que cuando hablamos de impresos antiguos

incluso estamos seguros de que la identificación automática que establecemos entre su mención y su reconocimiento es incuestionable (p. 17).

Nada más cierto tanto para aquél que trabaja en la custodia de libros antiguos, como para quién realiza investigación disciplinar sobre esos objetos.

Estamos frente a un libro sobre libros, pero de aquellos publicados durante el Siglo de Oro, que son objetos materiales, de ahí que sea

con el asentamiento del vehículo impreso cuando se inicia el problema de identificarlos textos (p. 20).

Pero debemos precisar que a pesar de haber sido publicados con anterioridad, todos los textos se han organizado en siete capítulos de forma armónica. Estos son: "De la morfología del libro de una arquitectura gráfica", "De la titulación", "De la primera letra", "Del formato", "De la representación", "Del recuerdo", y finalmente "De los textos del libro".

El primero, de la morfología (sobre la estructura de las palabras), es una forma de prólogo en la que el autor consigue apresarnos a través de una breve narración en donde cada parte material de los libros se hace presente, como un horizonte que al tiempo nos coloca a este libro en concreto frente a nosotros, sus lectores. Así, nos explica como los trabajos se han reunido hermanados edificando un nuevo libro, "libres de reformas posteriores para remachar sus soldaduras" (p. 12). Los textos se han impreso "con las licencias necesarias" de las que tenemos cuenta por su procedencia y, ahora gracias al empeño de Emilio Torné.

El capítulo segundo "de la titulación", aborda el problema de la identificación como género literario. Nombrar a los objetos de la imprenta manual, tanto desde nuestra perspectiva moderna como desde quienes los produjeron y comercializaron, es tratar con diferentes percepciones entre la reconstrucción que intentamos hacer de una cultura libresca y una realidad materializada en libros que debemos admitir. Como nos dice el Dr. Infantes,

probablemente la mejor manera de iniciar una relación crítica con una obra es la de mencionarla o conocerla por su verdadero nombre (p. 25).

De esta manera comienza el análisis de las palabras que se emplearon para titular las obras de la literatura áurea. La primera de éstas es "libro", ya sea como titulo ofrecido en la portada, en el colofón o en la terminación. Sin embargo este nombre refiere a textos con una cierta extensión como noción de una estructura formal y literaria, pero también a la idea de libro como división de las partes de una obra. A partir de la presentación de algunos ejemplos de este tipo nombramiento, nuestro autor se pregunta si existe un género literario que se llame libro. La respuesta que nos ofrece es que no, porque no parece haber uniformidad y ni coherencia en esta titulación, que dio nombre a tantos textos del pasado.

La siguiente palabra de análisis es "crónica", de la cual hay testimonios abundantes. Esta denominación se empleó para libros que narran hechos históricos, pero no solamente ya que también se uso en textos literarios. De esta manera el autor nos dice que esta palabra sirve para "rotular cualquier tipo de historia" (p. 39). Por lo cual, tampoco permite agrupar obras con características comunes o significativas. Y así da lugar a la presencia de numerosos ejemplos de estos libros, para mostrar la serie de obras que con este nombre pretenden diferenciarse de otras similares, en un intento de hacia una tradición histórica y menos literaria. La aplicación de un rotulo que identifica un texto, fue también labor de impresores y editores, pero es el lector quién otorga un rango literario.

Otra palabra de análisis de la titulación es "historia". El estudio, cinco años posterior al primero, reconoce que

la realidad no es siempre como nosotros queramos que sea y algo hay que atender a la objetividad de lo que la propia época se empeñó en dejarnos expuesto (p. 51).

Como en los anteriores, el uso del sustantivo, ofrece numerosas interpretaciones tanto de quienes lo escriben como de quienes lo leen. Desde esta perspectiva debemos diferenciar la historia de los hechos acaecidos y la historia en el ámbito religioso. Para ejemplificar esta forma de titulación, el autor vuelve a presentarnos un número considerable de libros antiguos, de ambos casos (el propiamente histórico y el religioso), que le sirven para explicar cómo el término es empleado para aclarar el contenido de una obra, siempre que se considere más información que la portada en sí misma.

El texto dedicado a la palabra de titulación "tratado", nos indica que casi ningún texto de ficción fue rotulado así, pero que esta palabra es empleada para designar un texto en prosa que se encuentra más en los documentos preliminares. Pero al igual que con los anteriores, los ejemplos mostrados sirven para mantener la postura de que las titulaciones no son empleadas de forma unitaria, pero que se emplean para denominar textos en prosa, literarios o no. Así la mención de tratado denomina a un tipo de obra, pero se utilizara acompañado de una especificación "literaria" de la materia que ocupa la obra, bien sea una referencia geográfica, bien sea la mención del personaje principal, o por su forma de cerrar: "aquí termina este tratado" (p. 74)

La última forma de titulación que ocupa las preocupaciones de investigación del Dr. Infantes presentadas en este texto es "cuento". Es aquí donde el autor nos habla de la complejidad de la investigación que realiza, ya que debe localizar todos los textos, tanto manuscritos como impresos, para cotejarlos y leerlos, y sólo así buscar similitudes o características comunes que le permitan constituir un género literario de las obras acogidas bajo una titulación concreta. Esta titulación de "cuento" es la que resulta más compleja porque ya había sido analizado con anterioridad debido a la numerosa presencia de este tipo de obras, frente a las ya citadas. Por esa razón existen problemas concretos a saber para este estudio: la primera es una necesaria conceptualización diferente porque el título permite una tipificación genérica con variantes retóricas. Cuestión que no pasaba con libro, crónica o tratado.

El segundo problema es la denominación que es absolutamente uniforme; el tercero es la habitual brevedad de las obras por lo que son incluidas insertas en otras cuyos contextos pueden ser bien diferentes. La pretensión del autor es encontrar aquellos que existen de forma aislada e independiente. Si bien son testimonios escasos, pero representativos de una forma editorial concreta en búsqueda de lectores. Nuevamente nuestro autor trae a escena varios ejemplos. Tanto excepciones a la regla como confirmaciones a la misma, que ayudan a ser comprensibles sus conclusiones: que los libros solamente existen cuando los nombramos y que esta acción, es una forma de conocerlos y al mismo tiempo de reconocerlos.

El siguiente texto de esta compilación está dedicado a un elemento decorativo del impreso antiguo: las capitulares (denominadas iniciales en la literatura española), y la certeza de la existencia de alfabetos completos como una serie de escenas continuas. El autor se interesa por las que ha tenido a bien denominar como "letras con historia", en tanto que refieren a hechos temáticos secuenciales con un argumento o una historia continua. Estas letras ocupan la primera forma visual de la escritura con la que un lector se encuentra. Sin embargo el destino de muchas de estas series de letras no será la unidad, sino la dispersión "entre los bosques impresos de los libros españoles" (p. 97).

El texto muestra estas islas que pudieron haber formado parte de un continente narrativo, pero muchas son "letras sin historia" que permitirían armar una compilación de todas ellas, que serán gradualmente sustituidas por las mayúsculas (o capitales). Para sistematizar la búsqueda de tan particular información, nuestro autor sugiere cuatro planteamientos: Identificación efectiva de que se trata de un alfabeto secuencial; fechas de aparición y transmisión en el tiempo, aisladas o en su conjunto; la técnica de construcción, factura y tamaño, así como la tipología y motivos del argumento; y finalmente, lugar de inclusión en el libro impreso y posible relación de contenido.

A partir de estas consideraciones, el autor nos ofrece una primera selección de los testimonios compilados por orden cronológico en donde veremos nuevamente la presencia de numerosos libros antiguos que se relacionan unos con otros, así como con aquellos textos modernos que los han integrado o mostrado en su análisis. En esta selección veremos descripciones de esas letras con sus medidas correspondientes, así como la referencia de los otros impresos antiguos en donde han aparecido y la posible familia del alfabeto al que corresponden. El autor cierra este texto ofendiendo una completa relación bibliográfica dedicada al tema que, sin duda, servirá para orientar a quienes se interesen en esta temática iconográfica.

El siguiente texto está dedicado al formato, empezando por el análisis de los impresos de una sola hoja que se produjeron en los primeros tiempos de la imprenta. Aquí es en donde el autor nos precisa que toda página de un libro debemos traducirla en hoja impresa, porque esto nos ayuda a entender cómo la decisión del formato en la impresión es previa al resultado. Esta característica, solemos obviarla y olvidarla y se trata de una

distribución geométrica encaminada a calcular el papel necesario, los costes de producción, las horas de trabajo, y demás operaciones prácticas imprescindibles para confeccionar un libro (p. 113).

En especial son importantes estas líneas porque destacan la dificultad de trabajar con las hojas impresas, que no son parte de una unidad sino que éstas mismas son esa unidad.

Por su característica material, se han conservado pocos ejemplares de estas hojas, cuyo destino no ha sido siempre tan afortunado como un libro que se conserva dentro de una biblioteca. De ahí la dificultad de realizar un inventario de una producción que nuestro autor denomina como "obritas" y cuya finalidad era transmitir un mensaje icónico y textual. Son textos breves y con una pertinencia informativa que se realizan para ser conocidos. Desde el siglo XV, se publican numerosas hojas impresas, pero a partir del siglo XVI serán miles de hojas que son un testimonio de la representación tipográfica interesante para la historia cultural.

Estos testimonios también son interesantes por su conservación, que es el resultado afortunado de algún coleccionista anónimo, que van apareciendo poco a poco como una sorpresa. Son tan variadas en sus contenidos estas hojas, que nos informan sobre el precio del pan, el decoro de los vestidos, el control de las armas, entre otros aspectos de conocimiento público. Representan una permanencia de la palabra real, legal y eclesiástica que muy a menudo son ignorados en los repertorios bibliográficos. Sobre esto el autor se pregunta bajo qué términos puede indagarse sobre una unidad bibliográfica que habitualmente no tiene un título que lo nombre. Esas hojas evolucionarán hacia los pliegos sueltos con características propias y singulares que se mantendrán durante casi cuatro siglos. La decisión editorial que originó estos testimonios tipográficos fueron la base de todo libro impreso y muestran la cultura letrada de una época.

Este libro, integra también un texto dedicado a uno de los formatos más comunes en el libro antiguo: el octavo. Este es el resultado de la decisión tomada por Aldo Manucio en 1501 para una impresión de las obras de Virgilio. Con esta noticia da inicio el Dr. Infantes al texto dedicado al formato que hizo posible trasportar un libro a prácticamente cualquier sitio. Con este cambio editorial la lectura de atril encerrada en un espacio definido, se hace más pública. Ahora bien resulta importante porque como nos indica nuestro autor

el formato de los libros, el primer contacto visual con su representación, derivan de los tamaños de papel y de los dobleces que se efectúan sobre el pliego base (139).

Desde el siglo XVI el formato base de los libros fuel el cuarto, un único pliego doblado cuyo resultado son ocho páginas, y que se corresponde con los denominados pliegos sueltos.

El penúltimo texto está dedicado a la representación de la imagen impresa. Sobre esto el autor nos recuerda que en nuestra realidad de estudio, el texto se hace presente y lo aprehendemos sólo a través de su representación gráfica y de su forma explícita. A través de éstas nos llega un texto, no siempre de la misma forma y, desde luego, de forma consecutiva. El estudio se hace todavía más rico si contamos con la posibilidad de estudiar el manuscrito que será convertido en un libro impreso para observar las transformaciones y ordenamiento de un texto, las correcciones y versiones del mismo, así como la continuidad de un discurso. El lector es quien recibe este texto estructurado de una cosmografía que necesita de un autor alfabetizado. Es necesario recuperar esa mancha gráfica como una geografía concebida para un lector y que sólo de esta manera será interpretado a través del entendimiento.

Todos los lectores tienen preferencia sobre una obra, la mía no es una excepción. Es la última parte del libro que está dedicada a la memoria de los libros impresos: el inventario. Aquí, nuestro autor nos recuerda que se trata de instantes fugaz de una existencia. A partir de aquí, el Dr. Infantes nos conduce a analizar las formas en que los inventarios de bibliotecas antiguas se han estudiado, como la publicación de los mismos y en ocasiones el estudio más o menos pormenorizado de los libros que ahí fueron registrados. De ahí que nos invite a considerar que en estos estudios debemos realizar una transcripción adecuada, una clasificación y una tipología documental, cuantitativa y referencial.

Este texto incluye una reflexión por demás interesante: la pregunta sobre la ausencia de ciertos libros en los inventarios de las bibliotecas antiguas. En este apartado el autor nos proporciona una clasificación "abierta y provisional" (p. 174) que considera a la biblioteca práctica, la biblioteca profesional, la biblioteca patrimonial y la biblioteca museo. Pero también nos invita a reflexionar sobre la pertinencia de denominar "inventario de biblioteca" a lo que deberíamos nombrar como "inventario de libros", puesto que las ausencias están presentes y son palpables lo que nos conduce a reflexionar sobre lo que no se ha registrado y las razones por las que no se hizo, como la biblioteca prestada, devaluada o la silenciada.