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Investigación bibliotecológica

versión impresa ISSN 0187-358X

Investig. bibl vol.21 no.42 México ene./jun. 2007

 

Reseñas

 

MONTES GRACIELA. El corral de la infancia.

 

por Graciela Leticia Raya Alonso

 

Colección "Espacios para la lectura". 2ª ed. México, F. C. E., 2001.

 

Las grandes pasiones de la escritora Graciela Montes son la escritura y los niños, su prolífica producción es prueba de ello, pero sobre todo de su compromiso con ambas pasiones. De ahí que el eje en torno al cual gira en general su obra ensayística sean la historicidad de la infancia y la oposición cultural entre la imaginación o fantasía (propia tanto del mundo de los niños como del de la literatura) y la realidad (impuesta por los adultos). No obstante, en El corral de la infancia introduce un elemento más: la influencia de la economía en las políticas culturales y editoriales.

Y es que, en un mundo donde la economía de mercado se ha vuelto una de las principales directrices pareciera que no hay lugar para la imaginación, lo que para una escritora comprometida como Graciela Montes constituye una importante preocupación. Reflejo de ello es que la autora no se ha conformado "simplemente" con escribir historias para niños, sino que se ha compenetrado profundamente con ellas, como ella misma evidencia con los estudios que ha llevado a cabo sobre el investigador francés Marc Soriano relacionados con la literatura como medio para acercar a los niños a la fantasía y al conocimiento; así como con las tesis del psicoanalista heterodoxo Donald Winnicott con respecto al juego y su importancia para el desarrollo y adquisición de conocimientos del niño, donde el libro puede ser convertido en un "objeto transicional", tal como la muñeca o el oso de peluche.

Tales investigaciones le han servido para enriquecer su propia escritura y sobre todo para transmitirnos una idea quizá elemental, pero no por ello menos importante: no existe nada más serio para un niño que el juego, y la lectura puede formar parte de él. Porque el niño, a diferencia del adulto, se relaciona de manera natural con la lectura. No necesitamos pedirle que crea en lo que lee, para él esa historia que le ha sido leída es real, cada palabra, cada dibujo, cada inflexión que el adulto realice durante el espacio de lectura serán asimilados, vividos, memorizados, ritualizados hasta que sin apenas darse cuenta ya formen parte de su vida.

Lección que Graciela Montes ha entendido a partir de su propia experiencia como lectora, porque no estamos únicamente ante una imaginativa escritora sino también ante una gran lectora y como tal tiene sus autores predilectos, los clásicos de la literatura infantil: Charles Perrault, Hans Christian Andersen y Lewis Carroll, quienes con sus historias han sido y siguen siendo guía de múltiples generaciones, a pesar de estar "contaminados", en mayor o menor medida, por ese virus llamado fantasía y por ende estar peligrosamente inclinados hacia la crítica social, pues tanto las moralejas insertas en los cuentos de Perraul diseñadas para alertar a las jóvenes incautas como en el caso de la Caperucita roja, como la fantasía realista con un toque de crítica social presente en historias como La vendedora de fósforos (Lafos-forerita) de Andersen, y hasta en el nonsense (el absurdo, el disparate) de la Alicia de Carrol, se tocan directamente temas fundamentales del mundo de los adultos que si no hubieran sido acordonadas oportunamente hubieran producido serias fisuras en ese orden perfectamente delimitado por las reglas sociales e institucionales.

Esta reflexión en torno a su propia experiencia lúdica le da pie a la autora para desarrollar seriamente el tema de la infancia y el lugar que ocupa dentro de la sociedad; tema que durante mucho tiempo estuvo marginado, casi ignorado, hasta que poco a poco fue haciéndose presente para llegar a ocupar una posición igual de importante que otros temas para el desarrollo y bienestar de la comunidad. Sociedad que, sin embargo, debido a la vulnerabilidad del niño considera que debe protegerlo y resguardarlo, incluso de sí mismo. Este reconocimiento del niño como ese "otro", igual, aunque diferente, requirió transformar, inventar y reinventar toda una realidad para él comenzando por la alimentación, el vestido, el trabajo (y más tarde la legislación del mismo) hasta las actividades de tipo intelectivo como el juego, la escritura y la lectura. Y dado que la literatura tiene un alto contenido de fantasía e imaginación, cuando el niño entra en contacto con ella puede darse de manera natural ese pacto con la lectura, que en los adultos es un artificio, de ahí que Graciela Montes haga hincapié en la importancia de incorporar la lectura como parte de un juego que a la postre contribuya para generar lectores e incluso futuros escritores.

Y aquí nuevamente habla la voz de su experiencia, pues Graciela Montes se nutre de la vitalidad de los niños cual si fuera un "ogro", y al interactuar con ellos le basta con proponer una palabra o un tema para de inmediato darse cuenta de que ha logrado interesarlos y hacerlos que se sumerjan por completo en un mundo aparte donde el tiempo se diluye y la fantasía se desborda. Y es que la imaginación es una característica connatural a la infancia que sólo cede ante la paciente y consistente barrera que los adultos construyen alrededor del niño. Cerco hecho con trocitos de realidad que poco a poco van acorralando la fantasía hasta anular o, por lo menos, contener la creatividad.

Por ello no es casual que la autora haya decidido comenzar El corral de la infancia con los ensayos más relevantes del libro: "Realidad y fantasía o cómo se construye el corral de la infancia" y "No hay como un buen ogro para comprender la infancia". Donde gratamente desarrolla estas ideas fundamentales: la infancia es una categoría histórica y la oposición fantasía-realidad es una cuestión cultural.

Su perspicacia para ver la infancia como categoría histórica le permite plantear que uno de los primeros corrales que se construyen en torno a los niños es la familia. Institución que se encarga de transmitirle de manera inmediata los valores y prejuicios propios de la sociedad de la que forma parte, imponiéndole de paso una primera barrera a la imaginación. Posteriormente esa tarea la continuarán las instituciones educativas, que dejando atrás la tradición oral propia de la familia, le darán al niño las herramientas técnicas del lenguaje (que puede ser convertido en un instrumento de control, en tanto que impone un significado unívoco para las palabras y las cosas y, al mismo tiempo, limita el conocimiento al establecer "rangos" de palabras propias para cada edad). La escuela es entonces el segundo corral de la infancia. Donde se hace de la lectura un monótono ejercicio de aprendizaje. Para cuando esos niños alcanzan la adolescencia la mayoría de ellos han extraviado la imaginación.

Las reflexiones de esta autora nos hacen conscientes de que hasta no hace mucho tiempo los niños vivían, en muchos sentidos, ignorados y marginados del mundo de los adultos, hasta que el desarrollo de la economía enfocada al mercado los hizo objeto de su interés y contribuyó a que los niños fueran "integrados" a la sociedad, no precisamente en condiciones de igualdad o de reconocimiento, sino como un nicho de mercado no explotado antes. Esta interferencia de la economía va a tocar todas las esferas de la vida (alimento, vestido, educación, recreación...), hasta llegar a la industria editorial.

Y aquí su escritura se torna grave al mostrarnos cómo esta penetración de la economía se convierte en una atadura para los escritores de libros infantiles, quienes más que dar rienda suelta a su creatividad tienen que sujetarse a una serie de fórmulas probadas enfocadas a la venta. Aspecto que, nos indica, también ha hecho mella en el género literario en sí mismo, pues al ser considerado como un objeto de mercado está siendo fragmentado en géneros cada vez más específicos.

Este cerco impuesto a la literatura llevó a la creación de la llamada "literatura infantil". Mas los niños, a pesar de su aparente inocencia, pueden ser para el orden instituido un peligro latente, esta situación, nos dice la autora, ha guiado a los censores literarios a vaciar a la "literatura infantil" de toda responsabilidad, compromiso y memoria, y a convertirla en un género sujeto a la comercialización y a las fórmulas fáciles y de rápido consumo. Fenómeno de suma importancia para la lectura pues al romperse el diálogo entre el emisor y el receptor se pierde también a esos futuros lectores potenciales que son los niños y los adolescentes.

Cuestión de suma importancia (aunque la literatura no es la vida y leer no es vivir) es que por medio de la lectura se cruza la frontera entre la realidad y la fantasía y se crea un lugar nuevo, diferente y propio, al que puede accederse únicamente si se cruza ese umbral, que para Graciela Montes constituye la frontera indómita a la que sólo el lector comprometido con la lectura puede llegar. Al someter la escritura a las reglas del mercado, se aniquila la imaginación, se encierra al lector entre las paredes de la objetividad, se cancela su poder de decisión e incluso se anula como lector al presentarle aventuras del todo predecibles, disfrazadas de novedosos estilos interactivos a partir de los cuales el lector elige acciones precisas que conducen a caminos preestablecidos, aun cuando la publicidad ofrezca construir "su propia aventura".

Así, a partir de dos ideas base: la historicidad de la infancia y la oposición cultural entre la fantasía y la realidad, Graciela Montes va hilando a través de sus ensayos la delicada relación entre: la lectura y su potencial creativo; la imaginación y su potencial de ruptura; el uso del lenguaje como herramienta del poder; la escritura, el mercado y las formas de dominación presentes en el mundo editorial; así como el derecho a sentir el placer de la escritura y a disfrutar del goce de una lectura creativa e imaginativa. Donde la "literatura infantil" se ha vuelto un sutil instrumento de control que sirve para "vigilar" y "castigar" —tal como planteaba Foucault— a quienes traspasan sus fronteras y que van más allá del niño, y se aplica también a las sociedades en su conjunto, leer a Graciela Montes nos hace cuestionarnos acerca construimos para "salvaguardar" a de nuestros propios corrales, los que nuestros propios niños.