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Investigación bibliotecológica

versión impresa ISSN 0187-358X

Investig. bibl vol.20 no.40 México ene./jun. 2006

 

Reseñas

 

PIGLIA, RICARDO, El último lector

 

por Héctor Guillermo Alfaro López

 

Barcelona, Anagrama, 2005.

 

¿Qué es un lector? La pregunta es ardua y compleja. De múltiples maneras se ha tratado de contestarla por quienes reflexionan sobre el acto de la lectura en sí mismo. Aunque hay que precisar que no todos los lectores se plantean tan "anormal" pregunta, de hecho la mayoría de ellos, inclusive los más enviciados con la lectura, en muy escasos momentos, y quizá en ninguno, se plantean ¿qué es un lector? Pregunta que por derivación implícita podría plantearse ¿qué soy yo como lector? Ante tal escasez de planteamientos que se hacen sobre tal pregunta se podría argumentar aquello que señala que el ojo no se ve a sí mismo; de manera análoga puede decirse que el lector se dedica a leer, no a verse a sí mismo a través del acto de la lectura. Pero semejante analogía no es operativa puesto que debido a las características inherentes al actode leer, queda potencialmente abierta la puerta para plantear esa pregunta: el ver es un acto de percepción y el leer un acto de intelección; cuando se lee no sólo se ve sino que principalmente se lleva a cabo un complejo proceso intelectivo. Ese mismo despliegue intelectivo que conlleva la práctica de la lectura hace que en una determinada fase el proceso de descodificación e interpretación del contenido de un texto, el lector pueda girar sobre sí mismo; esto es, de llevar a cabo un acto de reflexión para plantearse ¿qué es un lector? La mayoría de los lectores se contentará con simplemente llevar a cabo su lectura "como Dios manda", pero unos cuantos lectores, y sobre todo aquellos cuya curiosidad o necesidad de conocimiento e investigación les lleva más lejos, se plantean esa pregunta. Frente a esta anomalía cabe hacer una pregunta ¿Por qué no conformarse con llevar a cabo el simple acto de la lectura, que en todo esto es lo más importante (de hecho si no se lee, si no existiera la actividad de la lectura, ni siquiera se plantearía la pregunta, lo que significa que ella es un producto derivado y no un principio fundante), y no estar enredándose con estas disquisiciones que hasta pueden obnubilar el goce de la lectura? Tal vez la respuesta que cabría dar a esta contundente pregunta es que el ser humano no sólo se conforma con llevar a cabo actividades para satisfacer necesidades o requerimientos inmediatos de diversa índole, sino que asimismo tiene que plantearse la interrogante sobre el sentido de esas actividades que realiza, lo que también es una necesidad, aunque de mayor complejidad. Buscar y encontrar sentido en lo que se hace es afirmarse a sí mismo y en relación con el mundo. Un mundo pletórico de sentido es un lugar más satisfactoriamente habitable.

El hombre busca sentido no sólo en lo que lee sino también en su propia actividad como lector. De hecho porque busca sentido en lo que lee es que también discierne el sentido de sí como lector. Por ello no es una pregunta oficiosa u ociosa plantear ¿qué es el lector? El escritor Ricardo Piglia ha comprendido plenamente la necesidad y las implicaciones (y complicaciones) de plantearse esa pregunta. Su libro El último lector es un periplo imaginativo en torno a esa extraña pregunta. Piglia tiene claro que lo que guía su periplo es la búsqueda de sentido que gravita sobre la pregunta ¿qué es el lector? de ahí que sea ésta el puerto de salida de su navegación, tal es el título del primer capitulo del libro, el cual deja claramente establecida la ruta de navegación que seguirá:

Buscamos, entonces, las figuraciones del lector en la literatura; esto es, las representaciones imaginarias del arte de leer ficción. Intentamos una historia imaginaria de los lectores y no una historia de la lectura. No nos preguntaremos tanto qué es leer, sino quién es el que lee (dónde está leyendo, para qué, en qué condiciones, cuál es su historia) (...) Para poder definir al lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo, es decir, nombrarlo, individualizarlo, contar su historia. La literatura hace eso: le da, al lector, un nombre y una historia, lo sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un contexto preciso, lo integra en una narración particular. La pregunta 'qué es el lector' es, en definitiva, la pregunta de la literatura. Esa pregunta la constituye, no es externa a sí misma, es su condición de existencia. Y su respuesta —para beneficio de todos nosotros, lectores imperfectos pero reales— es un relato: inquietante, singular, y siempre distinto."

La ruta de Piglia queda así precisada y delimitada, buscar al lector con santo y seña; esto es, con un rostro identificable (y hasta conocido), y no a aquellos lectores anónimos de quienes suelen hablar la historia, la pedagogía, la sociología o la psicología. Lo que no quiere decir que estas disciplinas en algún momento no individualicen al lector, destacándolo por sobre el anonimato colectivo, pero no es lo prioritario.

La nave sobre la que Piglia emprende su travesía es la literatura, es precisamente ésta la que tiene como prioridad, como objetivo esencial, la especificidad, la particularidad, la distinción; en suma, la individualización de los personajes de ficción que ella procrea, e incluso individualiza al autor que los crea; los vasos comunicantes entre autor y entes de ficción son múltiples y continuos. Uno y otros se proyectan mutuamente individualizándose, de ahí que la literatura sea vía real para ubicar al lector dándole un nombre y un lugar llámese ente de ficción o autor. Por vía de lo imaginario, lo "onírico", la literatura ubica al lector bautizándolo; y al fijar las escenas de lectura individualiza y designa al que lee, lo hace ver en un contexto preciso. El lector se hace identificable, con lo que a su vez se identifica con todos los lectores anónimos y &ecute;stos se identifican con él. Así, los lectores nominados de la literatura son como un espejo donde se reflejan los lectores innominados, anónimos, reales, y al hacerlo comienzan a tener nombre.

Pero además con esto el libro de Piglia nos explica el carácter difuso de la frontera entre realidad y ficción, y nos muestra que el pasadizo entre ambas esferas es la lectura. Pasadizo de dos direcciones: de la realidad a la ficción, pero también de la ficción a la realidad. Cada lector a su modo particular cruza en una o en ambas direcciones. La literatura al darle nombre y lugar al lector nos muestra la dirección que sigue éste en su lectura. Los restantes capítulos del libro El último lector describen a algunos de esos lectores con nombre distinguible (y hasta entrañablemente querido), con un lugar específico y con la dirección seguida en su lectura (lo que significa su particular manera de entenderla y llevarla a cabo). Al conducir hasta ese extremo la individualidad de los lectores,la literatura (y Piglia como su intérprete) nos dice de paso que no hay dos lectores iguales y por ende que la lectura en el fondo no es una práctica homogénea y que su heterogeneidad se exhibe más allá de la inmediata fase descodificadora. Por eso cada lector es único: es el último lector.

Entre esos entrañables lectores de que nos habla Piglia se alternan nombres reales y nombres ficticios, es decir, lectores de la realidad y lectores de la ficción. Con lo que nuevamente nos muestra cómo se difumina la frontera entre realidad y ficción. Los lectores de ambas esferas, dentro del universo de la literatura, se confunden o se funden unos con otros, por eso vemos desfilar a lectores como Borges, Kafka o el Che Guevara fundiéndose con los personajes por ellos creados o confundiéndose con ese alter ego que proyectaron en sus escritos: tanto esos personajes de ficción como sus alter egos son lectores perfectos, purificados de las imperfecciones de que adolecen los lectores reales. Por el otro lado vemos a esos lectores literarios como Madame Bovary, Don Quijote o Robinson Crusoe, cuya práctica de la lectura los lleva al desvarío o a la redención. La lectura (o la forma de leer) de cada uno de estos personajes reales o de ficción contesta la pregunta ¿Qué es un lector? para la cual, como se deduce de la multiplicidad de formas de leer que exhiben todos ellos, no hay una sola respuesta. Piglia implícitamente nos está diciendo que cuando algún reflexivo lector se plantea esa pregunta tiene de inmediato la respuesta con su propia forma de leer. De hecho ésta es la mejor lección que nos da el libro de Piglia, que cada uno de nosotros lectores únicos y diferenciados somos el último lector.

Pero en otra dimensión el libro de Ricardo Piglia El último lector nos deja, a aquellos que pertenecemos al ámbito bibliotecológico, una lección de más largo alcance. En una época como la nuestra en que el especialismo se ahonda debemos abrir o, más exactamente, ampliar la mirada para mejor comprender, en este caso, una de las prácticas primordiales que estudia la bibliotecología: la lectura. Ampliación de la mirada que incide sobre aquél que lleva a cabo esa práctica: el lector.

Originalmente se ha considerado en el campo bibliotecológico que para estudiar la práctica de la lectura se tenía que recurrir a disciplinas estables, por no decir "serias", como la pedagogía, la historia, la sociología o la psicología. Esto implicaba que para no perder esa seriedad cognoscitiva se evitara a toda costa recurrir a conocimientos poco serios como la literatura: considerada más una actividad lúdica que cognoscitiva. Pero el libro de Piglia sostiene que la literatura no es algo vulgar y sin importancia con lo cual se mata el ocio, sino una disciplina con un importante fundamento cognoscitivo (lo que por supuesto en ningún momento cancela o limita su sustancia primordial: el gozo). La literatura nos permite conocer a los lectores en su práctica única, propia, diferencial de la lectura y no como un conjunto indiferenciado, anónimo, de lectores que realizarán una práctica homogénea de la lectura. Y son precisamente lectores únicos y diferenciales los que concurren a las bibliotecas. Frente al bibliotecario se presentan para solicitar sus servicios, lectores que tienen un nombre y que buscan en la biblioteca su lugar como lectores, y ahí emprenderá cada uno su propio camino en la lectura. Esto es algo que debe quedar grabado firmemente en el decálogo de los servicios que ofrece el bibliotecario (y, por extensión, dentro de los conocimientos de los bibliotecólogos), de ahí el pertinente llamado implícito en el libro de Piglia para que lean literatura.

Leamos, pues, literatura y una buena puerta de acceso es El último lector de Ricardo Piglia.