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Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.36 no.103 Ciudad de México may./ago. 2021  Epub 06-Dic-2021

 

Notas in memoriam

Comentarios al texto de René Coulomb Autogestión, democracia y territorio. Ciudad de México 1968-2018. Una retrospectiva

Priscilla Connolly*  

*Profesora-investigadora del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco. Correo electrónico: <pconnollyd@gmail.com>.


Introducción

Al rendir homenaje a René Coulomb aprovecho para reflexionar sobre el tema que fue un eje muy importante, quizás el núcleo central de su labor universitaria en la docencia, investigación y difusión de la cultura: la autogestión urbana.

Es por ello que, desde una perspectiva académica, su contribución a la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco (UAM-A), al Departamento de Sociología y al Área de Sociología Urbana ha sido su legado, que es mucho más que sus reflexiones sobre la autogestión, la democratización y la política en la Ciudad de México.

En general, y en particular, él también nos ha legado importantes contribuciones sobre la política habitacional; por ejemplo, sus trabajos sobre la política o falta de política de la vivienda de alquiler y el alquiler informal en las colonias populares son referencia obligada: Inquilinato, mitos y realidades (Coulomb, 1977b), y Cambiar de casa, pero no de barrio (Coulomb, 1977a), por mencionar sólo algunos de sus principales textos.

Lo mismo podemos decir de sus publicaciones en torno a la problemática de los centros históricos en México y en otras ciudades del mundo, y muestra de ello son sus obras tempranas: “Políticas urbanas en la ciudad central del área metropolitana en la Ciudad de México (1958‐1983)” (1983), y “Logement locatif et dynamique de l'habitat dans la ville de Mexico” (1988). En este tenor, las ideas de René sobre la planeación y la planeación estratégica también han sido de gran relevancia a nivel nacional e internacional, dado que su trabajo ha dejado una huella invaluable.

Además de su labor en la investigación, la que ejerció como docente en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco, fue loable, ya que fue miembro del Consejo Académico en el periodo 1997‐1998; coordinador de la Maestría en Planeación y Políticas Metropolitanas (MPPM), de julio de 2003 a septiembre de 2007, y miembro del Comité de Posgrado de la División de Ciencias Sociales y Humanidades (DCSyH) durante el mismo periodo. Ante todo, su aporte fundamental fue su capacidad para vincular el quehacer universitario con el trabajo práctico de acompañamiento y asesoría a las organizaciones vecinales y populares, de origen y naturaleza muy diversos, en su empeño por construir una mejor ciudad, y también por resistir la destrucción de la ya existente. Esto, desde luego, sintetizado en su aporte teórico: autogestión, democracia y territorio.

El principal aporte académico: la teoría generada por la práctica

Su principal aporte académico consistió en teorizar su experiencia práctica, en la cual demostró cómo la teoría se hace, se deshace y se vuelve a hacer a partir de la práctica, lo cual es una gran contribución a nuestra manera de pensar la teoría.

Hace poco menos de un año fui invitada a un taller en Hamburgo, Alemania, para intercambiar ideas sobre la relación teoría-práctica en la investigación y la docencia universitarias, principalmente en las carreras de urbanismo, planeación y arquitectura, pero también en otras disciplinas académicas, como la sociología y la geografía. Fue muy interesante observar la gran diversidad de ideas, de los aproximadamente 25 participantes -procedentes de los cinco continentes con una preponderancia de europeos-, acerca de la definición de “teoría”, y la mayoría de ellas en una relación dicotómica con la “practica”: lo que hacen los investigadores a diferencia de lo que hacen los profesionistas (distinción que por cierto hace el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología [CONACyT] al clasificar los programas de posgrado). La teoría también puede ser lo que atañe a los investigadores sociales en contraste con los arquitectos y los planificadores; lo que los académicos hacen en la universidad a diferencia de lo que hacen afuera como profesionistas, activistas políticos o miembros de algún grupo comunitario.

También se piensa en “teoría” como un concepto que los investigadores deben tener en claro antes de realizar su trabajo de campo o en la recopilación de los datos empíricos (procedimiento que se impone en nuestra docencia en investigación); así, la teoría se aplica o, incluso, es algo que nunca se puede aplicar, pues la teoría también se planteó como una especie de modelo o ideal diferente a la realidad. Y éste parece ser el significado que René quiere dar al concepto de “autogestión” como una utopía o “tipo ideal” que impulsa la acción, pero no estoy segura de que esto sea la idea más importante que yo tomaría del ejemplo de su vida. De entrada, aclaro, la autogestión urbana, permanentemente necesaria, no me parece nada utópica sino una necesidad en determinadas situaciones.

Regresando a la relación entre la teoría y la práctica, más o menos la tercera parte de los participantes en el taller en Hamburgo, incluida yo, rechazamos la posibilidad de ver la teoría-práctica en términos dicotómicos o excluyentes. Cuando mucho, la teoría se refiere a un conjunto de conceptos relacionados que organizan nuestro trabajo como académicos, y no es algo distinto a la práctica, sino que es algo que se hace, no existe una sin la otra, y aunque no siempre está explícita la parte teórica, invariablemente se justifican los trabajos académicos con alguna implicación práctica, sea ésta la de resolver un problema nacional o solamente acumular puntos por publicar en revistas de prestigio internacional. Concretamente propuse que puede ser útil observar cómo las implicaciones prácticas que motivan a los investigadores determinan sus elaboraciones teóricas, idea que ya se había aplicado en varios trabajos previos. En resumen, los conceptos, la teoría, no existen sin la práctica de quien los elabora.

Considero que el trabajo de René apoya mi posición cuando escribe sobre la “necesidad que sentí, en mis primeros trabajos académicos, de explicitar los elementos definitorios de lo que entendía como proyecto y como prácticas de autogestión urbana” (Coulomb, 2018). Necesidad que sintió entonces y, por lo visto, a la que no ha dejado de darle vueltas hasta ahora.

Los conceptos teóricos de la “autogestión urbana” y la “gestión urbana”

De su obra emergen dos conceptos que, si bien él no inventó (el de “autogestión”), cabe señalar que tuvo muchas experiencias que lo ayudaron a acuñarlo: por ejemplo, sus diversas vivencias prácticas e históricas, desde la Comuna de París hasta el autogobierno en la entonces Escuela Nacional de Arquitectura1 de la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1972, pasando por la primera fase de la Revolución rusa y, por supuesto, las barricadas de 1968 en París. Empero René, junto con otras memorables personas (Pía Herrasti, Cristina Sánchez-Mejorada y Emilio Duhau), contribuyeron a darle forma al concepto de autogestión urbana. Como él explica, dicho concepto lo vincula necesariamente con la acción colectiva, territorialmente organizada bajo el principio de la democracia participativa, de la producción material de algún bien o servicio. “Autogestión urbana”, pues, es la administración urbana con adjetivo, con una cualidad específica, pero a René no le gustó el término “administración urbana”, por lo que tuvo que inventar otro concepto.

La “gestión urbana”. Concepto sin adjetivos o valores implícitos

René le asignó un nuevo significado al concepto de gestión urbana (y esto lo hacen mucho los franceses), en este caso a la “gestión” la llevó más allá de significar la simple administración urbana.2 En otros textos definió “gestión urbana” como la “interfaz” entre el gobierno, principalmente el local, y la población afectada o beneficiada por las políticas urbanas. Esta acepción de “gestión urbana” tuvo mucho éxito, fue ampliamente citada y articuló una serie de investigaciones importantes que él coordinó durante la década de los noventa del siglo pasado, y ejemplo de ello fue la investigación sobre la autogestión y el hábitat popular que llevó a cabo con el financiamiento de la Ford Foundation.

En un principio, tuve cierta reticencia hacia el uso del concepto “gestión” en este contexto, ya que puede confundirse con por lo menos dos significados distintos de la palabra en español (la gestión de la licencia, o la gestión del expresidente Carlos Salinas de Gortari, la gestión universitaria), pero hoy, frente a las ambigüedades de la “gobernanza” y la “gobernabilidad”, me parece que la “gestión” a secas, sin valores o calificativos implícitos, es una mejor alternativa para nombrar a la práctica cotidiana del gobierno frente a la ciudadanía en materia de política urbana: esa práctica de la ventanilla y lo que hace la policía en la calle que, desde luego, es tanto o más importante que la “política” enunciada.

De ahí, me queda una objeción a la definición de “gestión urbana” que planteó René, que lo aclara en una nota a pie de página de su texto donde sí le quiere imponer condiciones valorativas: “Para que exista ‘gestión urbana’ es necesario que las necesidades individuales se constituyan en demandas sociales. La atención de necesidades en forma asistencialista o filantrópica evita que estas necesidades se conviertan en demandas sociales y requieran ser atendidas por la gestión urbana” (Coulomb, 2012: 345). Aquí tenemos el problema no sólo de cómo definir a las “demandas sociales” y cómo éstas se expresan, sino que también hay que reconocer, siguiendo el magnífico estudio de Topalov (1984) , que por lo general los grandes avances en la gestión urbana no responden directamente a demandas sociales. Topalov estudió las reformas urbanas en algunos países europeos del siglo XIX y, si bien recuerdo, encontró que nadie las estaba pidiendo. En México sería difícil atribuir la creación del Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (INFONAVIT), a una demanda social concreta. En cambio, la expropiación de los predios después de los sismos de 1985, esto sí. Recomiendo quitar la nota al pie y dejar que la “gestión urbana” conserve su neutralidad, o bien, desarrollar más lo que se quiere decir por “demanda social”. En fin, ¿cómo se llamaría la interfaz entre gobierno y población en los casos de políticas que no responden a demandas sociales concretas?

La “autogestión urbana” y sus valores implícitos y limitaciones

Si bien, para su definición genérica la “gestión urbana” que a mi juicio no necesitaría calificaciones, el concepto de “autogestión urbana”, que define Coulomb, sí implica ciertas condiciones. Al mismo tiempo, y de manera muy valiente, planteó sus propias dudas acerca de estas definiciones, advirtiendo algunas posibles limitaciones de la autogestión urbana, por ejemplo, da por supuesto que la autogestión es democrática (si no es democrática, no es autogestión)

Aquí, el principal problema es que la democracia también tiene adjetivos, salvo en situaciones de autoritarismo absoluto, cuando cualquier apertura democrática representa una mejoría. Entonces se puede hablar de democracia sin adjetivos, aunque cuando ya se tiene esta apertura empieza la discusión sobre qué se entiende por democracia. Lo mismo pasa con la autogestión. Frente a una gestión urbana extremadamente autoritaria, la autogestión representa un paso hacia la democracia, o así lo esperamos, pero una vez ahí, lo democrático de la autogestión se encuentra en tela de juicio. Atinadamente, René menciona el libro de nuestro querido colega Óscar Núñez (1990) en el que examina las “innovaciones democráticas” en las prácticas del Movimiento Urbano Popular (MUP). Sin embargo, el hecho de que, con excepción de los trabajos citados del propio René con Cristina Sánchez (Coulomb y Sánchez Mejorada, 1992: 254) y los escritos con Pía Herrasti (Coulomb y Herrasti, 1998: 137‐176; Coulomb, Herrasti y Sánchez, 1997: 139-174), no haya tenido mayor eco es indicativo de la poca discusión en torno a las prácticas cotidianas de la autogestión democrática.

Por mi parte, sugiero que en lugar de definir la autogestión urbana en oposición al clientelismo político se debe aceptar un contínuum de situaciones, más o menos democráticas en la práctica, desde el corporativismo más despótico hasta las decisiones colectivas más participativas, pasando por el asambleísmo, las comisiones y las inevitables estructuras representativas.

En todo caso, toda la sección de la ponencia sobre la autogestión y el Movimiento Urbano Popular ofrece excelentes reflexiones para ahondar en la importancia de las prácticas autogestionarias. Cabe destacar que me parece sumamente pertinente su pregunta en torno a “los efectos políticos de las prácticas autogestionarias [del MUP], cómo impactaban [o no] en la cultura política todavía dominante; […] y si contribuían -y bajo qué condiciones de posibilidad- en el proceso de democratización de la gestión urbana” (Coulomb, 2018). Sin embargo, no hay demasiado optimismo en sus reflexiones al respecto.

La autogestión urbana como práctica emergente alternativa o como forma de gestión permanente

La cita anterior demuestra una preocupación fundamental de René, desarrollada a lo largo de varias páginas de su texto: la trascendencia o permanencia de la autogestión urbana. Dicha preocupación se encuentra claramente relacionada con su idea de la “autogestión” como una especie de utopía. Y aquí cabe contar una breve anécdota: conocí a René en una reunión de vecinos, en la colonia Guerrero, a mediados de los años setenta. Estaban revisando una encuesta que habían hecho con los habitantes de las vecindades y él regañaba a la comisión responsable, compuesta principalmente por señoras, por las deficiencias en los resultados. La encuesta formaba parte del “autodiagnóstico” para la elaboración de su propuesta de cooperativa de vivienda habitacional, o quizá para la autogestión de su plan parcial de desarrollo del Barrio de los Ángeles. Las mujeres se mostraban un poco desconcertadas por la manera tan directa en la que René les comunicaba su crítica, pero al igual que sus alumnos de sociología, algunos años después, quedaban encantadas con el aprendizaje.

Este hecho ilustra, de cierta forma, por qué no creo que la autogestión urbana debe considerarse una utopía duradera -la ciudad que queremos-, pues a mi juicio, en la ciudad ideal no debe ser necesario que los vecinos de un barrio tengan que realizar encuestas y elaborar proyectos de vivienda y planes urbanísticos. Ciertamente, este tipo de ejercicios, propios de la autogestión urbana, brinda ineludibles beneficios educativos y son técnicas muy apropiadas para provocar el debate razonado y la formación de conciencia y consenso colectivos. Sin embargo, no puede pensarse como una actividad permanente. La situación de la colonia Guerrero en aquel entonces se asemejaba a una emergencia, ya que durante la presidencia de Luis Echeverría había desalojos violentos, las vecindades se venían abajo en tiempo de lluvias y las condiciones habitacionales eran execrables. En ese momento y lugar la autogestión era una manera de convertir la lucha inquilinaria, esencialmente defensiva, en una práctica ofensiva, con propuestas de construcción y planeación barrial alternativas a los proyectos gubernamentales.

Este carácter de “emergente” y “alternativo” de la autogestión urbana lo reconoce cuando habla de la inevitable asociación entre la autogestión urbana y el Movimiento Urbano Popular, con su clara oposición a los mecanismos de control social del Estado. Es decir, aquello parece “una etapa”, misma que, en la reconstrucción histórica de René, da lugar a otra, en la cual la autogestión de la vivienda es motor de la planeación participativa del barrio y de la movilización por el derecho a la ciudad.

Las limitaciones de la autogestión urbana en la planeación democrática

Éste resulta ser el tema fundamental del trabajo y estriba en las dos limitantes categóricas de su definición de la autogestión urbana: primero, se trata de procesos de producción, mantenimiento o reparación de los espacios construidos; y segundo, que la gestión participativa de dichos procesos se realice a escala barrial. A este respecto, dedicó un gran espacio para analizar las implicaciones de estas limitaciones, sobre todo en relación con la permanencia y consolidación del proceso participativo y su significado para la planeación democrática. Sobre lo primero, reconoció que el impulso de la participación plena tiende a disminuir, una vez que se ha resuelto el proyecto constructivo inicial, generalmente de vivienda. La gestión vecinal de otros bienes y servicios colectivos a escala barrial algunas veces obedece más a las voluntades de los promotores para mantener la movilización, que a las iniciativas participativas de los residentes, lo cual parece ser una primera limitación que René identificó en cuanto al papel de la autogestión en la planeación urbana, más allá de la solución de las necesidades inmediatas. Sin embargo, comprobó que los proyectos del tipo cultural, de rescate de tradiciones y de arraigo territorial también juegan un papel relevante para mantener viva la organización participativa.

Una segunda limitación que reconoció fue la cuestión de la escala de acción, plasmada en la frase “El interés de los vecinos de un barrio no es el interés general [de la ciudad]” (Coulomb, 2018). De ahí, propuso que debe haber algunos ámbitos de la planeación de la ciudad donde tiene que regir la democracia participativa, o la autogestión urbana, y otros donde regirá la democracia representativa a través de los órganos legislativos.

Reflexiones finales

Terminaría reiterando mi comentario inicial. Creo que el legado de René Coulomb es el ejemplo de un debate teórico surgido de la práctica, inspirado en una larga experiencia, no sólo en el acompañamiento de los procesos tempranos de la autogestión urbana, protagonizada por los grupos de bajos ingresos que buscan conseguir lo que no tienen, pues su trabajo de educación y acompañamiento tuvieron que ver también con las agrupaciones que buscan defender lo que ya tienen de la embestida de la desafortunada combinación de intereses inmobiliarios y autoridades corruptas. Finalmente, creo que dejó la tarea de convertir sus reflexiones teóricas sobre su experiencia personal en un instrumental capaz de organizar nuestra docencia en esta Universidad Autónoma Metropolitana, en especial, los que nos dedicamos a la sociología urbana y la planeación metropolitana.

Bibliografía

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1 “En el mes de abril de 1972 se define en la Escuela Nacional de Arquitectura de la Universidad [Nacional] Autónoma de México (ENA-UNAM) un movimiento académico, pedagógico y administrativo, que plantea la urgente necesidad de cambio en los planes de estudio, en los modelos de enseñanza-aprendizaje y en los organismos administrativos para adecuar la formación de los arquitectos a una realidad que hasta la fecha fue ignorada en la escuela. La enseñanza toma otro rumbo distinto, basado en los objetivos planteados por esta corriente renovadora llamada Autogobierno” (Contreras Rodríguez, et al., 1977).

2A saber, los procesos sociopolíticos que ocurren cuando el gobierno ejerce o intenta ejercer su política urbana en la práctica.

Recibido: 31 de Mayo de 2021; Aprobado: 11 de Junio de 2021

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