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Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.32 no.92 México sep./dic. 2017

 

ARTÍCULOS DE INVESTIGACIÓN

Buenos ciudadanos que no votan. Mecanismos entre desencanto y abstención

Good Citizens Who Don’t Vote. Mechanisms between Disillusionment and Abstention

Héctor Gutiérrez Sánchez* 

*Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Autónoma de Querétaro. Maestría en Ciencias Sociales. Correo electrónico: ciudadanohector@yahoo.com.mx


Resumen:

Muchos estudios sugieren que el desencanto político puede causar abstencionismo electoral en México, pero no presentan pruebas empíricas. A través de entrevistas y una encuesta estadísticamente analizada, se encontró que el desencanto y la participación sí están vinculados, pero de modo complejo; cuando las personas confían en los políticos votan mucho, pero cuando no, asumen una de dos posturas: o son abstencionistas para no ser copartícipes del mal que los candidatos traerán, o votan para cumplir su deber cívico y culpan luego a los políticos por no hacer su parte para el bien de México.

Palabras clave: abstencionismo; desencanto; participación electoral

Abstract:

Many studies suggest that political disillusionment can cause electoral abstentionism in Mexico, but without presenting any empirical proof. Using interviews and a statistically analyzed survey, the author found that disillusionment and participation are indeed linked, but in a complex way. When people trust politicians, they vote a great deal, but when they do not, they act in one of two ways: they either abstain in order to refrain from participating in the negative things the candidates will do, or they vote to fulfill their civic duty and then blame the politicians for not doing their part for the good of Mexico.

Key words: abstentionism; disillusionment; electoral participation

Introducción

Este trabajo presenta resultados de una investigación sobre abstencionismo electoral y desencanto político. Se comienza con una revisión teórica donde se muestra cómo prácticamente todos los estudios con evidencia empírica sobre abstencionismo en México han seguido la veta teórica de la modernización; fuera de ellos, casi sólo se encuentran reflexiones ensayísticas o hipótesis. Una cantidad importante de trabajos discuten sobre la posible relación entre desencanto político y abstencionismo, pero ninguno presenta pruebas empíricas de dicha vinculación; además, no suele quedar claro el mecanismo que articula ambos elementos.

La ausencia de evidencia empírica y de un mecanismo claro que vincule desencanto y abstencionismo son los pilares sobre los que se construye el planteamiento del problema, a partir del cual se muestran las preguntas y objetivos. Luego se describe la metodología que guió la recolección de datos empíricos.

La sección de resultados comienza mostrando cuán mala es la imagen de los políticos, así como la relación entre el nivel de desencanto y la propensión a votar. No se halló evidencia que apoye la hipótesis de un retraimiento generalizado de la vida pública. En lugar de eso, se encontró que las personas al estar frente a una elección en la que no confían en ningún candidato toman una de dos posturas: o dejan de votar para no apoyar a quien creen que le hará mal al país o votan para cumplir con su parte y dejar a otros la responsabilidad de cumplir con la suya. Este último esquema es luego puesto a prueba con la ayuda de estudios estadísticos.

Participación electoral y desencanto

El tema de la participación electoral no tiene una importancia obvia; dependiendo del contexto puede ser algo deseable, peligroso o irrelevante. Una votación nutrida puede ser un síntoma bienvenido de una democracia consolidada, pero también puede mostrar el poder de un régimen despótico. Como lo señala Sartori (1993), las elecciones no son sinónimo inequívoco de democracia. Dahl (1971) y Bobbio (1986) coinciden en este punto.

Hace algunas décadas, el voto en México era algo de relativamente poca importancia:

Cuando había un partido claramente dominante y los otros estaban subordinados a éste, sin posibilidades de éxito electoral, la lucha por las candidaturas y el acceso al poder se decidían antes de las elecciones, en los círculos informales de la política donde participan los gobernantes y algunos ciudadanos privilegiados (por sus relaciones personales o su poder económico, militar, etcétera). En estas circunstancias, las elecciones se convertían en un ritual de ratificación de un poder previamente asignado (Gómez, 2009: 97).

Los cambios en el sistema político mexicano han dado cada vez más peso al voto. El triunfo en la arena electoral es ahora un requisito para acceder al poder político, lo que hace de México un país más democrático y torna relevante la conducta electoral. En este contexto resulta pertinente el estudio del abstencionismo, pues la democracia necesita una votación más o menos nutrida tanto para legitimarse a sí misma (como sistema político) como para proveer legitimidad a los gobiernos. Nohlen (2004) abona a esta idea señalando que las elecciones son también un canal de comunicación que lleva el sentir del pueblo al gobierno, por lo que sería deseable una participación electoral abultada. Para el caso mexicano, también hay que considerar el argumento de Zovatto (2006), quien propone que el abstencionismo es particularmente peligroso para una democracia que se está consolidando, pues una baja participación ciudadana puede desalentar a quienes luchan por lograr esta consolidación, lo que podría retrasar gravemente este proceso, o incluso revertir la democratización de una país.

Ya que el tema del abstencionismo se volvió relevante, se ha escrito mucho sobre la dupla abstencionismo-participación; desde columnas periodísticas hasta libros completos sobre el tema. Sin embargo, la investigación propiamente científica y basada en evidencia empírica rigurosa es un tanto escasa; además, está muy concentrada en una única veta teórica. La mayoría de los estudios sobre participación electoral en México que cuentan con fundamentos empíricos se cobijan bajo la idea de modernización; esta teoría propone que el paso de una sociedad rural y tradicional a otra urbana y moderna conllevaría también cambios en la conducta electoral, lo que implicaría una votación más numerosa y razonada.

Esta idea domina los estudios sobre abstencionismo desde dos frentes: el primero se inspira en el estudio de Almond y Verba (1963) y busca relacionar ideologías individuales más o menos modernas con la probabilidad de votar. Uno de los últimos trabajos con este perfil es el libro Participación y abstencionismo electoral en México (Morales et al., 2011). Dicho texto no recupera las categorías originales de cultura política, por lo que no se mencionan parroquianos, súbditos ni ciudadanos; en lugar de eso, se divide a los mexicanos en premodernos, modernos y posmodernos, pero se sigue relacionando a la modernización con la participación electoral.

La otra forma que ha tomado la teoría de la modernización consiste en estudios sociológicos que intentan mostrar cómo la pertenencia a un grupo social más o menos moderno determina la propensión a votar. Este tipo de estudio es muy popular en México y tiene una larga historia, comenzando con el trabajo de Reyna (1971) y llegando hasta un reciente escrito (Lizama, 2012) que arriba a la misma idea modernizadora a través de un moderno y sofisticado herramental estadístico-espacial.

Los estudios cobijados bajo la idea de la modernización frecuentemente buscan evidencia empírica para fundamentar sus conclusiones; sin embargo, los datos no siempre favorecen a la teoría y han surgido contraejemplos y críticas. Por ejemplo, Lehoucq y Wall (2001) muestran cómo en las elecciones legislativas y presidenciales (primera vuelta) de Guatemala no hay una clara relación entre indicadores de desarrollo social y participación electoral; no obstante, en segundas vueltas presidenciales esta relación sí aparece y muestra correlaciones importantes (.491, .402). Los autores explican este hallazgo sugiriendo que las segundas vueltas se concentran en los centros más poblados, mismos que generalmente son urbanos y tienen mayor desarrollo, lo cual significaría que no es precisamente la modernización lo que se vincula con la participación, sino que las campañas electorales en ocasiones se concentran en las regiones con más electores, mismas que circunstancialmente son zonas urbanas modernas.

Honduras también es un caso difícil de explicar para la teoría de la modernización; ahí sí aparece una relación entre desarrollo y participación electoral, pero es inversa: donde pareciera haber más modernidad hay menos participación. Al igual que en Guatemala, esta relación fluctúa, siendo más fuerte a inicios de la década de 1980 y llegando casi a desaparecer cerca de 1990; además, depende de los indicadores específicos que se utilicen; por ejemplo, la desnutrición y el analfabetismo tienen una fuerte relación con el abstencionismo, mientras que el ingreso tiene una mucho menor (Cálix y Sonnleitner, 2006). México también tiene sus complejidades; sí parece existir una relación positiva entre desarrollo y participación, aunque ésta fluctúa a lo largo del tiempo. Además, ciertas ciudades turísticas como Cancún y Puerto Vallarta combinan un alto nivel de desarrollo con una baja participación electoral (Sonnleitner, 2007). A escala internacional, se suele asumir que las naciones más modernas tienen mayor participación; sin embargo, al analizar varios países latinoamericanos entre 1980 y 2000, no se encontró una relación estadísticamente significativa entre la riqueza y la participación electoral (Fornos, Power y Garand, 2004).

Entonces, los datos empíricos son ambiguos en relación con la teoría de la modernización; a veces sí aparece la relación desarrollo-participación, en otros contextos no es detectable, y ocasionalmente llega a ser inversa. Además, como lo muestran Lehoucq y Wall (2001), las variables vinculadas con la modernización suelen estar correlacionadas con otros factores -como la concentración geográfica de las campañas- que podrían ser las verdaderas causas. Todo esto genera dudas respecto a la validez de la teoría de la modernización; aun así, hay pocos estudios que expliquen el abstencionismo con otros marcos teóricos. Probablemente el único enfoque ajeno a la modernización es el de la elección racional, según el cual las personas buscarán maximizar sus ganancias minimizando sus costos. Bajo esta idea se han efectuado estudios que intentan relacionar la búsqueda de beneficios gubernamentales con la preferencia electoral, como los de Barry Ames (1970), Molinar y Weldon (1994) y Marcos S. Reyes (1994). Sin embargo, la aplicación de esta teoría a la participación-abstención ha estado llena de problemas. Según la elección racional, la probabilidad de votar se reflejaría en una ecuación del tipo: Ganancia de la votación (probabilidad de que se vote) = ((probabilidad de que el voto decida la elección) x (diferencia entre un candidato y otro)) - (coso de votar) + (deber moral del voto) (Riker y Ordeshook 1968). El problema con este argumento es que la probabilidad de que un voto particular decida la elección tiende fuertemente a cero en una contienda donde participan millones de personas, por lo que -según esta teoría- nadie debería votar, lo que claramente contradice la realidad. La teoría racional es poco común en los estudios políticos mexicanos, pero es la única que claramente se aleja de la teoría de la modernización, por lo que vale la pena mencionarla; además, será utilizada más adelante para hacer algunas reflexiones sobre los hallazgos empíricos de esta investigación.

Así pues, los esfuerzos por explicar el abstencionismo en México están dominados por la teoría de la modernización. Sin embargo, esta teoría constantemente falla y ha sido contradicha por los resultados empíricos, lo que supone una invitación a la búsqueda de nuevas teorías y explicaciones. Un fenómeno que recientemente se ha propuesto como posible determinante del abstencionismo es el desencanto político. El concepto de “desencanto” o “desafección” está presente en múltiples formas y contextos, y por lo general describe un sentimiento de desmovilización, inconformidad y desasosiego que puede seguir al surgimiento y éxito de un movimiento. En el contexto histórico-espacial de este trabajo, el desencanto apunta principalmente hacia el gobierno y los partidos, con particular énfasis en los acontecimientos posteriores a la transición democrática de los últimos años del siglo XX; la idea es que los mexicanos que se movilizaron electoralmente para la alternancia partidista del año 2000 no han visto satisfechas sus aspiraciones, lo cual podría provocar un desdén por lo electoral.

La relación desencanto-abstencionismo en México se comienza a investigar de forma clara poco después de la llegada de Vicente Fox a la Presidencia. En el año 2003 aparece un artículo de Mora y Rodríguez (2003) según el cual los votantes que apoyaron a Fox, al comprobar que sus ilusiones políticas no se cumplieron, se desmovilizaron y provocaron gran abstencionismo en las elecciones de 2003. Ese sería el primero de varios trabajos que vincularían el desencanto con el abstencionismo mexicano. Bruno Lutz (2005a y 2005b) publica en 2005 dos trabajos sobre el asunto; Jorge Alonso (2010) hace también su propia reflexión sobre el tema; y recientemente Rogelio López Sánchez (2013) presenta la misma idea apoyado por planteamientos posmodernos según los cuales la atomización de las personas las aleja de las instituciones, lo que en el área política supone un desinterés generalizado por lo político y, en consecuencia, una baja participación. Una de las publicaciones más radicales a este respecto es la tesis de Francisco Ricardo Mijares (2006), en donde no sólo se vincula al desencanto con la participación, sino que se le presenta como la principal causa del abstencionismo electoral en México.

La idea del desencanto como posible causa del abstencionismo se ha vuelto una especie de lugar común sobre el que mucho se ha reflexionado y debatido, pero que, desafortunadamente, casi no ha sido comprobada empíricamente. La mayoría de los artículos encontrados se presentan como una “reflexión” o dejan sus ideas en calidad de “hipótesis”. Varias investigaciones presentan ciertos intentos de comprobación, pero son claramente insuficientes; por ejemplo, el trabajo de Mijares (2006) es el más ambicioso en sus aspiraciones declaradas y sólo vincula de forma teórica y conceptual el desencanto con el abstencionismo: muestra lo que teóricamente deberían ser las causas del abstencionismo y las vincula con su visión teóricamente construida del desencanto. Algunos artículos más cuidadosos consignan ciertas coincidencias cronológicas entre escándalos o fallas de los gobiernos y caídas en la participación, pero bajo esa lógica cualquier acontecimiento acaecido en ese periodo podría ser una causa de abstencionismo, además de que no se comprueba que eventos semejantes hayan generado efectos parecidos en otros tiempos o lugares.

El estado del arte es muy distinto en otros países. Por ejemplo, en Estados Unidos ya había encuestas levantadas entre 1952 y 1978 que ponían a prueba el vínculo entre desencanto y participación, encontrándose que para esa población y momento no había una relación causal entre los dos fenómenos (Miller, 1980). Incluso en otros países latinoamericanos se pueden encontrar estudios con bases empíricas limitadas, pero sólidas, como el de Valencia (2010) y colaboradores, quienes trabajaron con jóvenes de una única universidad colombiana. Desafortunadamente, lo que se sabe del tema en otras naciones podría no ser válido para el México actual, pues el contexto determina mucho de la relación desencanto-abstencionismo; por ejemplo, después del fraude electoral mexicano de 1988 se podía esperar una relación entre el malestar de las personas y cierta tendencia a no participar, probablemente por un sentimiento de futilidad del voto en un sistema fraudulento; por otro lado, el malestar de la población contra el gobierno parece haberse transformado en un importante voto de castigo, que ayudó a Vicente Fox a llegar a la Presidencia. La democracia es un sistema competitivo y relativamente volátil, por lo que no existe una relación obvia entre abstencionismo y desencanto. Por esta razón, ni se puede asumir directamente que lo que sucede en otros contextos pasa también en México, ni se puede obviar la comprobación empírica de este vínculo.

Ahora bien, la relación desencanto-abstencionismo en el México actual no sólo carece de evidencia empírica que la sustente, sino que además necesita un mecanismo claro que la articule. Los artículos y libros encontrados sobre el tema suelen ser poco claros respecto de cómo el desencanto lleva a que las personas no voten. Probablemente el mecanismo causal más claramente expuesto es el que se soporta en la posmodernidad: algunos estudios se apoyan en pensadores como Habermas y Lypovetsky para argumentar que la llegada de la posmodernidad atomiza a las personas y las aleja de las principales instituciones sociales. Esta es una hipótesis clara en la medida en que supondría un alejamiento generalizado de la vida pública, que -entre otras cosas- tendría el efecto de hacer menos interesante el acto de votar. López Sánchez (2013) es un buen ejemplo de un académico con esta postura.

Hay también voces que se oponen a esta hipótesis, señalando que más que darse una falta generalizada de atracción por la política, el interés existe pero no encuentra en los partidos políticos actuales ningún modo para canalizarse. Autores como Lutz (2005b) y Jorge Alonso (2010) ven en el voto nulo y otros movimientos pruebas de una sociedad con alicientes, pero sin posibilidades de vaciar su voluntad en un candidato electoral. Esta postura puede confrontar la hipótesis posmoderna, pero no posee mecanismos tan claros, pues no especifica cómo sucede que las personas no encuentren relación entre sus intereses y la oferta política, y no se trata de algo obvio; quizá la gente crea que todos los políticos son iguales en relación con sus preocupaciones, quizá se crea que la clase política en general está en contra de las aspiraciones de los individuos, quizá los intereses políticos de la población ya no pasan por los cargos de elección popular. Las críticas a la hipótesis posmoderna pueden ser muy loables, pero son más la negación del mecanismo posmoderno que la propuesta de uno distinto.

Objetivos y metodología

En resumen, el abstencionismo en México es un tema dominado por la teoría de la modernización, pero dicho enfoque constantemente presenta debilidades y arroja resultados empíricos contradictorios, lo que invita a buscar nuevas explicaciones. Una novedosa y prometedora posibilidad es el análisis del desencanto como una posible causa del abstencionismo, quizás a través de un sujeto posmoderno alejado de todo tipo de instituciones políticas, o probablemente con personas interesadas pero incapaces de expresar su voluntad por la vía electoral.

De este contexto teórico se desprenden los objetivos de este trabajo. El primero de ellos es descubrir si efectivamente existe un vínculo entre el desencanto y la participación electoral. Como se detalla con anterioridad, esta idea no es nueva, sino que se ha usado para el caso mexicano por casi veinte años, aunque falta la prueba empírica que la confirme. En segundo lugar, pero no por ello menos importante, este estudio pretende encontrar el mecanismo que une al desencanto y el abstencionismo. La hipótesis posmoderna tiene clara la herramienta que propone, pero no se sabe si es correcta, pues no ha sido sometida a prueba empírica; si esta propuesta resultara refutada, será necesario buscar otros instrumentos.

Probablemente, la forma más directa de lograr estos objetivos de investigación sería utilizar una de las varias encuestas políticas que abordan el tema, como la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas (ENCUP) o las de Latinobarómetro. Estas grandes encuestas siempre tienen el atractivo de que trabajan con una muestra grande con representatividad nacional. Sin embargo, es tan poco lo que se sabe sobre el desencanto político mexicano que este camino sería muy poco productivo; por ejemplo, si se intentase construir un índice del desencanto resulta poco claro qué variables deberían incluirse o excluirse; ¿la evaluación de los tribunales electorales es parte del desencanto político de los mexicanos?; ¿la opinión acerca de la policía lo es? Además, con las encuestas existentes se podrían probar algunos mecanismos causales ya propuestos, pero difícilmente se lograría generar inductivamente nuevas hipótesis sobre cómo se relacionan el desencanto y la abstención. Estos argumentos hicieron necesaria una fase cualitativa previa a la cuantitativa. Se optó por una metodología mixta: primero se hicieron entrevistas semiestructuradas y luego lo ahí encontrado sirvió para levantar una encuesta. Los objetivos de la primera fase cualitativo-comprensiva fueron construir un arquetipo del desencanto que luego sería medido, así como generar hipótesis sobre el mecanismo que uniría la participación con el desencanto. Se realizaron un total de diez entrevistas a mayores de edad en el centro de la ciudad de Querétaro; al contrario de otros estudios, no se entrevistó a una población particular -estudiantes, por ejemplo (Cuna, 2012)-, sino que se buscó hablar con población adulta en general. Al abordar a los informantes no se hicieron distinciones por sexo, edad o clase social; se optó por trabajar en el primer cuadro de la ciudad porque ahí (a diferencia de las plazas comerciales o las universidades) concurren todo tipo de personas. Sólo se hicieron diez entrevistas puesto que se encontró mucha homogeneidad en las respuestas y los últimos informantes aportaron muy poco a lo que ya se sabía. El número de casos en esta fase se determinó con el criterio de saturación más que buscando una muestra grande y estadísticamente representativa (aspecto que sí se contempló en la muestra cuantitativa). Siguiendo los cánones regulares de una entrevista semiestructurada (Merton y Kendall, 1946), se buscó la máxima empatía posible con los informantes; no se forzaron las preguntas ni se impusieron puntos de vista u opiniones. Se deseaba que las personas se expresaran en sus propios términos para así captar de forma fiel su punto de vista sobre la política y lo electoral. Las entrevistas se realizaron entre el 1° y el 20 de julio del 2015, unas semanas después de la elección intermedia de ese año a la que se hizo referencia para casi todo el trabajo de campo. En el análisis cualitativo no se recurrió a ningún modelo lingüístico o hermenéutico en particular; tampoco se usó ningún software específico para métodos cualitativos, debido a que no se planeaba presentar algún resultado puramente cualitativo, sino sólo utilizar lo ahí aprendido para generar una encuesta que midiera lo mejor posible los fenómenos estudiados.

Las entrevistas arrojaron mucha información, pero fueron pocas, además de que sus resultados son inductivos y peligrosamente empiristas. Debido a ello, se generó una encuesta que intentó medir el abstencionismo, el desencanto (como se le había captado en la fase cualitativa) y elementos sobre el mecanismo que podría unir ambos fenómenos. La encuesta contenía preguntas básicas sobre edad, sexo y haber votado o no. Además, el cuestionario contenía 19 enunciados y la indicación de marcar qué tan de acuerdo se estaba con ellos: “Desacuerdo total”, “Poco desacuerdo”, “Poco acuerdo” o “Acuerdo total”. Las 19 frases fueron generadas en función de lo obtenido en las entrevistas; no se copió textualmente ningún enunciado de los entrevistados, pero la encuesta sí buscó captar posturas y sentimientos visualizados en la fase cualitativa. Por ejemplo, el trabajo cualitativo mostró claramente que las respuestas no consideran a las instituciones, sino sólo a las personas, por lo que el cuestionario siempre preguntó por “los políticos” o “los candidatos” y no hubo menciones de partidos o poderes. Igualmente, los individuos a quienes entrevistamos dijeron sentirse responsables de lo que llegara a hacer un gobernante por el que votaran, lo que se transformó en reactivos como: “me siento muy decepcionado cuando voto por alguien que resulta ser mal gobernante” o “me da coraje votar por alguien que luego es mal gobernante”. Previo al levantamiento principal, se realizó una encuesta piloto de cuarenta casos el 27 de julio de 2015, se hicieron ajustes menores y se procedió con la encuesta principal. En la sección de resultados se mencionan y utilizan todas las preguntas de la encuesta.

Al no contar con suficientes recursos financieros, no se consiguió una muestra grande con representatividad nacional. En lugar de eso se encuestó en la Universidad Autónoma de Querétaro (sesenta casos); en el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), también en Querétaro (53 casos); en la Universidad de Guadalajara (58 casos); y en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (51 casos). La muestra total fue de 222 casos y se generó entre julio y septiembre del 2015. Se eligió a la población universitaria por su disponibilidad para ser encuestada, su tasa de rechazo fue de sólo 5 por ciento (las grandes encuestas nacionales suelen tener más de 70 por ciento). Trabajar con población universitaria implicaba cierto riesgo de sesgos, tanto por la edad como por la educación. Para eludir estas dificultades se evitaron las facultades de Ciencias Sociales y de Humanidades y se comparó a los queretanos encuestados en la universidad con los encuestados en el ISSSTE, los primeros con una edad promedio de 21.8 años y los segundos con 49.2 (diferencia estadísticamente significativa en una prueba T para muestra independiente P = .0001), comparación en la cual el abstencionismo no mostró disparidades importantes entre estos dos grupos. En el ISSSTE se tuvo una participación declarada del 73.8 por ciento, mientras que en la universidad fue de 77.9, resultado que arroja un valor P de .549 en una prueba de chi². Es poco probable un sesgo por la selección de estudiantes cuando esta cualidad no está relacionada con la variable dependiente “participación”. Finalmente, se eligieron las ciudades de Querétaro, Guadalajara y Puebla porque entre las tres cubrieron todas las posibilidades de concurrencia electoral que se sabe que está relacionada con la participación (Ávila, 2014). Puebla no tuvo concurrencia y su participación declarada fue de 50 por ciento; Guadalajara tuvo concurrencia parcial y una participación del 81 por ciento, mientras que Querétaro tuvo concurrencia completa y su participación fue de 75.6. La participación sí fue estadísticamente diferente entre ciudades con distinta concurrencia (P = .001 en prueba de chi²), pero ni el sexo ni la edad mostraron relación con el abstencionismo. La muestra contiene 129 varones y 84 mujeres, la edad promedio es de 27 años, 156 (71.2 por ciento) personas dijeron haber votado en la elección de 2015, y 63 (28.7 por ciento) se abstuvieron. 191 (90 por ciento) dicen tener intenciones de sufragar en la siguiente elección y 21 (9.9 por ciento) afirman que no votarán en la próxima oportunidad.

La metodología de esta investigación fue profundamente mixta, pues el trabajo cualitativo no es un mero apoyo de lo cuantitativo ni viceversa. Se aprovechó la capacidad inductiva y comprensiva de la técnica cualitativa para generar mejores mediciones acerca del desencanto y construir hipótesis de sus mecanismos causales, aunque no se esperaba que sus resultados tuvieran mucha solidez o representatividad. Por su parte, el trabajo cuantitativo aporta un tamaño de muestra mucho mayor, así como nueva evidencia que permite eludir la crítica al empirismo, pues no genera en sí misma nuevas hipótesis, sino que sólo somete a prueba las que se produjeron previamente en la fase cualitativa. Los resultados de la encuesta son la evidencia más sólida para lo aquí presentado, pero sólo tienen sentido en la medida en que el ejercicio se basó en los hallazgos cualitativos. De otra manera se habrían generado resultados matemáticamente sólidos pero escasamente elocuentes, tal como habría sucedido si sólo se recurriera a las grandes encuestas políticas.

Desencanto y abstención

El primer resultado significativo del trabajo de campo es que sí existe una relación importante entre el desencanto político y la propensión a votar. Para mostrarlo, se necesita indagar si se votó y el grado de desencanto; lo primero fue más sencillo que lo segundo. Gracias a lo encontrado en las entrevistas se generaron seis frases que recogían las principales quejas e inconformidades de los entrevistados hacia los políticos, mismas que dieron cuenta de un alto grado de desencanto político:

Fuente: elaboración del autor con datos propios

Cuadro 1 Frecuencias y porcentajes de indicadores de desencanto 

Nótese cómo las frases de los reactivos son muy pesimistas y aun así apareció mucho acuerdo con ellas. Cerca de un tercio de las personas no encontró ningún candidato bueno en la última elección. Casi la mitad no cree que habrá ningún candidato bueno la próxima votación. Alrededor de tres cuartas partes de los individuos concuerda en algún grado con la idea de que todos los políticos son corruptos (no se preguntó por “algún” “algunos” o “la mayoría”, se preguntó por “todos”). Más de la mitad de los sujetos piensa que todo seguirá igual (con la carga negativa que eso conlleva), independientemente de los resultados electorales. La única pregunta con un resultado más o menos esperanzador es la que indagó sobre si había políticos buenos y malos; cerca de 75 por ciento de las respuestas concuerda con esa idea en algún grado, lo que implica cierta posibilidad de un político con buena imagen.

Todos los reactivos hablan de personas, ya sea como “candidatos” o “políticos”, como se mencionó en la sección metodológica; las entrevistas precedieron a las encuestas y en éstas se encontró que los entrevistados no tienen casi ningún vínculo con las instituciones. Ello no significa que los partidos no importen, pero no son los puntos sobre los que se fijan los individuos. La gente supone o imagina cosas de los candidatos según el partido del que provengan; sin embargo, las respuestas siempre nos hablan de personas. La ciudadanía siente que “Fox” los decepcionó, que “los políticos” son corruptos; nunca nadie dijo que votó por tal o cual partido y siente algo al respecto. En las entrevistas los sujetos siempre hablaban de personas con nombres y apellidos.

Regresando al desencanto con “los políticos”, se creó un índice con las variables antes descritas, que contempló la suma de aquellas que mostraban posturas “positivas” respecto de los políticos, restándole las que los describían mal, por lo que se conformó un indicador de “confianza” (no refiere a un concepto teórico, simplemente es más sencillo interpretar estadísticamente la “confianza” que su opuesto, el “desencanto”). Este índice tuvo un promedio de .443, desviación estándar de .24, mínimo de -9 y máximo de 9 y se utilizó para vincular el desencanto con la participación. Al tratarse de un índice que suma seis variables ordinales de cuatro categorías, y por haber asumido 17 valores diferentes, se puede pensar esta variable como métrica, lo que permite hacer una prueba T. La variable dicotómica consiste en si la persona votó o no en la última elección (junio de 2015); la métrica es su nivel de confianza en los políticos. Quienes sí votaron tienen una confianza promedio de .93, y quienes se abstuvieron, de -.73; la diferencia es de 1.67 puntos, lo que resulta mucho al considerar que la desviación estándar es de .24; se trata de una diferencia estadísticamente significativa con un valor P de .0014 en la prueba T. Con más del 99 por ciento de certeza, se puede decir que la confianza en los políticos es diferente entre los que votan y los que se abstienen. Dado que el índice de confianza no cumple todas las características esperadas en una variable métrica, el procedimiento se repitió usando una prueba chi² con una versión dicotómica del índice. Dicha variable dejaba a la mitad de la muestra como “confiados” y a la otra mitad como “desencantados”; luego se buscó su relación con la variable dicotómica “votó en la última elección” y el resultado es un valor P de .001, confirmando lo visto en la prueba T. Entre los “confiados” se aprecia un abstencionismo del 18.2%, mientras que entre los “desencantados” es del 38.26% (más del doble). Más adelante se dividirá la muestra en función de esta versión dicotómica del índice de confianza.

Ahora bien, el desencanto/confianza no sólo se relacionó con haber votado en la última elección, también está vinculado con la intención de participar en las siguientes votaciones. En ese caso, la prueba T arroja un valor P menor a .0001 y una diferencia de 3.3; quienes dicen que votarán en la próxima elección tienen una confianza de .858, mientras que quienes aseguran que se abstendrán tienen -2.5 Con más del 99.9% de certeza se puede afirmar que el nivel de confianza/desencanto se relaciona con la intención de voto en las próximas elecciones. Al igual que en el caso anterior, se utilizó la versión dicotómica del índice de confianza para hacer una prueba chi², que con un valor P de .017 confirma lo ya visto con la prueba T.

Existe una relación entre el abstencionismo y el desencanto. Esto en sí mismo ya es un resultado destacable, pues si bien era esperado y coincide con la teoría, no se había comprobado empíricamente en el México contemporáneo. Tras este hallazgo, se volvió necesario conocer los mecanismos que unen estos dos fenómenos, pues como se mostró antes, hay más de una forma de relacionarlos. Algo que resultó evidente es que los datos empíricos contradicen la hipótesis posmoderna del retraimiento total de la cosa pública. En las entrevistas se encontraron seis abstencionistas y cuatro personas que sí votaron en la última elección; de los seis primeros, sólo uno podría ser considerado como un informante apático de la vida política. El resto son abstencionistas, pero tenían importantes razones para no participar; además, sabían lo que pasaba con la vida pública del país, y también tenían opiniones intensas al respecto. Así, por ejemplo, una entrevistada declaraba: “Yo prefiero no votar, no votar, así [de simple], la verdad, a darles más crédito a los funcionarios para que entren a la Gubernatura, a la Presidencia, no, para mí, yo prefiero no votar y prefiero tirar el voto”.

Evidentemente no existe una indiferencia total hacia la política, sino más bien un deseo de no apoyar aquello que se considera corrupto; de no ser parte de ese mal. Los entrevistados por lo general veían su voto como un acto de confianza; piensan que estar en el gobierno es tener un gran deber y una gran responsabilidad con el destino de México, y en la medida en que el país les preocupa sólo quieren dejarlo en manos de buenas personas. Esto se refleja en un constante discurso del voto como un acto de confianza en los políticos. Aquí tres ejemplos claros: “Es el voto de confianza y muchas de las veces, se rompe”; “Me provocaba coraje, o sea, uno confiaba en ellos y no lo hacen, no desempeñan bien sus cargos”; “Ah, ¡por supuesto!, si votas por él es porque estás confiando”.

La importancia del voto y de la vida política también se observó en las encuestas. Ante la frase: “me siento muy decepcionado cuando voto por alguien que resulta ser mal gobernante”, el 12 por ciento de los encuestados dijo estar en desacuerdo total, el 8 afirma tener poco desacuerdo, 12.9 tiene poco acuerdo y el 66.6 por ciento afirma estar en total acuerdo. Hay que notar que la frase es superlativa, pues habla de estar “muy” decepcionado, y que más de la mitad de la muestra cae en la categoría más extrema de acuerdo total.

De modo semejante, frente al enunciado: “me da coraje votar por alguien que luego es mal gobernante”, el 66.2 por ciento responde estar en total acuerdo, mientras que sólo 2.7 por ciento dice estar en completo desacuerdo. Más de la mitad de los encuestados optan por la categoría extrema de acuerdo, manifestando sentimientos muy fuertes en relación con el desempeño de los gobernantes electos. Una persona alienada o ensimismada que ya no está interesada en lo público no debería expresar tanta intensidad en sus posturas o emociones respecto de un tema que supuestamente ya no le interesa.

Además de esta evidencia descriptiva, se hicieron pruebas “bivariadas”: si fuera cierto que los desencantados con la política tienen apatía hacia ésta y por eso votan menos, deberíamos poder observar una relación entre cuán indiferente es la gente hacia lo político y cuánto vota. Sin embargo, ninguna de las dos variables sobre sentir coraje y decepción por los malos gobernantes se relaciona con la participación en la última elección o en la que sigue: se hicieron las cuatro pruebas T correspondientes y en ningún caso apareció una relación estadísticamente significativa. Las variables sobre voto (pasado o futuro) son dicotómicas y para hacer las pruebas T se asumieron las variables ordinales sobre decepción y coraje como métricas, además de que nada distinto sucedió cuando se usaron versiones dicotómicas de estas últimas.

Toda la evidencia empírica encontrada contradice la hipótesis posmoderna del desinterés generalizado: ni los abstencionistas son indiferentes a la vida política, ni existe apatía extendida sobre el tema de los gobernantes. Se puede desechar la hipótesis posmoderna, lo que parece apoyar la teoría según la cual sí hay interés por la política, aunque éste no pasa por lo electoral; sin embargo, quedan dudas sobre cómo sucede lo anterior.

Buenos ciudadanos que no votan y votantes atomizados

Dos elementos ya mencionados son la base del mecanismo que parece unir desencanto y abstención: las personas tienen muy poca confianza en la clase política y los ciudadanos perciben que al votar por alguien, lo apoyan para llegar a una posición clave. Bajo estas premisas, votar implica ayudar a que una mala persona tome un cargo importante y dañe al país; como nadie quiere apoyar algo malo para México es mejor no votar.

Las personas no parecen creer que el voto sea irrelevante o inherentemente indeseable, sino que hay algo que se opone a su impulso de participar. Se propone aquí que los individuos sí quisieran votar, pero tienen también una razón importante para abstenerse: no quieren llevar a malas personas a los puestos clave del país. La hipótesis posmoderna describe cómo la gente deja de querer votar, mientras que aquí se muestra un argumento que más bien sostiene que la mayoría contiene su deseo de votar. La combinación de malos políticos con ciudadanos responsables consigue que los sujetos prefieran no votar antes que apoyar a malos candidatos, pues de hacerlo estarían colaborando con la ruina del país. Esta lógica es clara en varias de las entrevistas con abstencionistas: “No, [votar] es darles más poder, darles más poder para que vayan arriba y manos a la obra y todos sus costalitos llenos”; “¿Que va a haber votación?; ¡que la haya!, yo me moriré y no iré a votar, no tiene caso. Que otros los hagan subir, yo no”.

En la medida en que los políticos son todos malos (o así se les ve), no es bueno votar por ellos, pues esta acción colabora con la corrupción de estos funcionarios que trae mal al país y nadie quiere perjudicar a la nación. En otros fragmentos de las entrevistas se destacan las consecuencias morales de votar por un mal político: Decepcionado, te sientes parte de esa gente que […], te sientes parte de ellos, ¿no? De alguna manera, pues estabas, pensabas, ¿no?, que estabas en la misma sintonía con ellos; que por eso fue por lo que votaste y al estar así, pues, sientes que apoyaste todo eso malo que hicieron después”.

Nadie quiere sentir que apoyó “todo eso malo”, por lo que es mejor no votar por quien se sabe que hará mal. Este argumento fue muy común y se mostró incluso en su modo contrafáctico, pues algunos abstencionistas decían que volverían a las urnas si encontraran algún buen candidato en el futuro: “[volvería a votar] Cuando yo vea que los políticos realmente hacen algo por su país”; “Mira, sí [es importante votar], pero no por estos políticos, si hubiera otro tipo de políticos, otro tipo de personas, pero siempre son los mismos”; “Pues depende de qué es lo que proponga, qué tal si ese sí”; “Pues a la mejor que salga alguien y diga, pues este sí es el bueno”.

En las entrevistas, cinco de seis abstencionistas parecían seguir la lógica según la cual no votan porque no quieren ser parte de los males que los políticos traerán consigo, por lo que les niegan su apoyo electoral. Ahora bien, entre los que sí votan apareció una lógica interesante que en buena medida bloquea el argumento de los abstencionistas: “Tal vez es mi conciencia ciudadana, sí, sí, finalmente yo tengo la decisión de decir si es fulano o zutano, yo, yo, ya lo que los otros decidan [que sea] lo que ellos quieran”; “[al votar] Al menos yo siento que estoy cumpliendo con mi parte como ciudadana”.

Según este argumento, quizá los políticos son malos, pero eso no es razón para que la persona no haga lo que considera su deber ciudadano y elija a la mejor o a la “menos peor” de las opciones. Ante la maldad de los políticos no se asume una postura derrotista y se decide retirarse del sistema, sino que se cumple con el deber cívico y se deja que otros (los políticos) hagan también su parte.

La primera lógica impulsa al abstencionismo porque no se quiere llevar a alguien malo al poder: Como no se votó, el individuo queda moralmente liberado de apoyar al mal gobierno electo, pero no se hace nada para evitar esa maldad, se asume una especie de inmovilidad o resistencia pasiva. La segunda lógica es más activa: pese a los malos políticos, el sujeto se mantiene en el sistema y cumple con su deber de elegir la mejor opción. Este cumplimiento del deber lo inmuniza ante las desgracias que el político elegido provocará, pues es el político quien falla, no el elector.

Esta última postura es un tanto “atomista”, pues permite a la persona desentenderse del mundo. En la medida en que el votante hizo “su parte” deja en manos de los demás hacer la propia para el bien de México, pero entonces la persona que ya votó no tiene mayor papel a posteriori. Como el votante “ya cumplió” no tiene responsabilidades ni obligaciones hasta la siguiente elección; puede aislarse bajo la idea de que ya hizo lo que le correspondía y desentenderse del mundo al que, además, le puede exigir que también haga su parte. Esta “atomización” es visible cuando a estos votantes se les pregunta qué pasa cuando votan y su candidato se vuelve un mal gobernante: “Digo, finalmente uno, aunque muchas veces no es lo que uno espera, este, pues no puede uno dejar de tomar decisiones”; “Pues en parte bien porque creí en alguien, que había prometido algo, algo nuevo, algo mejor para el país, y en parte decepcionado porque todo lo que dijo no lo cumplió, entonces, culpa mía no es”.

Los atomizados piensan que votar por un mal gobernante “culpa suya no es”. Por otro lado, cuando se les planteó este mismo escenario a quienes asumen la primera postura abstencionista, sólo se obtuvieron quejas y decepciones, así como sentimientos de incómoda complicidad con el mal gobierno por el que votaron. Quienes insisten en votar aunque los candidatos sean malos no parecen experimentar la culpa de llevar políticos deshonestos o incompetentes al poder, pues ellos “hicieron su parte”, así que “culpa suya no es”. Bajo esta óptica, cualquier mal que pueda venir después no es ya su responsabilidad. Esta atomización es interesante porque guarda cierta semejanza con la hipótesis posmoderna. El supuesto actor posmoderno se desentiende del mundo y por eso no vota, mientras que el votante atomizado sí sufraga, y sólo por haber cumplido con “su parte” ya se puede desentender del mundo.

Así pues, se tiene una hipótesis bastante sofisticada y de dos etapas: se parte de que las personas quieren lo mejor para su país y de que votar es llevar a alguien a un puesto clave para el destino de México. En una primera etapa, quienes creen que sí hay buenos políticos (aunque sean pocos) votarán sin mayor reparo por aquello que piensan es lo mejor para la nación. Por otro lado, quienes están convencidos de que los políticos son malos (más numerosos que los primeros) entran en la segunda fase y asumen una de dos posturas: o dejan de votar para no apoyar a los malos políticos que dañan a México, o se atomizan, esto es, cumplen con su deber y se desentienden del destino del país al exigir que los demás cumplan con su parte. Para facilidad en la exposición, se hablará en adelante de “confiados” para quienes consideran que sí existen los políticos buenos; de “desencantados” para quienes no; y de “derrotistas” para los que deciden abstenerse y “atomistas” para quienes optan por seguir votando. Esta hipótesis puede expresarse de forma gráfica.

Fuente: Elaboración propia.

Figura 1 Esquema de la hipótesis 

Esta hipótesis es en sí misma un producto valioso para comprender el abstencionismo en México; no sólo sugiere que sí hay una relación entre desencanto y abstencionismo (como tanto se hace en la literatura), sino que además explica cómo se establece: muestra los mecanismos que vinculan ambos fenómenos sin recurrir a la idea de personas desinteresadas de su país. La hipótesis se generó principalmente durante la fase cualitativa, en la cual la mayoría de los informantes tomaban una postura más que otra, aunque también se encontró un poco de ambas posiciones en cada entrevistado. Este par de lógicas no sólo fue visible en las entrevistas, sino que también se incluyó en la encuesta. Del mismo modo en que se incluyeron frases para medir el desencanto político, la encuesta contenía preguntas que buscaban captar las posturas derrotista y atomista. Dichos reactivos son los siguientes:

Atomismo:

  • “Cuando voto, yo cumplo con mi parte, aunque los políticos y otros ciudadanos no hagan la suya”.

  • “Ser un buen ciudadano implica votar aunque las opciones no sean muy buenas”.

  • “Si en una elección todas las opciones son malas, debo buscar y elegir a la ‘menos mala’ ”.

  • “México sólo cambiará por lo que haga uno en lo individual, no por quién esté en el gobierno”.

  • “Mi principal deber como ciudadano es elegir la mejor opción de entre los candidatos”.

Derrotismo:

  • “Cuando se vota, se le ‘sigue el juego’ a los políticos, al gobierno y a los partidos”.

  • “Prefiero no votar que votar por un mal político”.

  • “Votar es ser parte de un sistema político corrupto”.

  • “Si voto, me vuelvo cómplice de lo que hagan los políticos”.

Al igual que con los relativos al desencanto, estos reactivos fueron contestados en cuatro niveles de acuerdo; y las preguntas se transformaron en un índice. Sin embargo, estos indicadores no deben tratarse como dos variables independientes, pues según la hipótesis aquí planteada tanto el atomismo como el derrotismo son posturas opuestas para lidiar con las elecciones y los malos candidatos; una huye de la responsabilidad de votar por malos políticos concentrándose en el deber individual cumplido, mientras que la otra evita esa responsabilidad absteniéndose. Ya que una postura sólo podría existir en ausencia de la otra, se generó una escala única que presentaba valores bajos para los derrotistas y altos para los atomistas. El índice de derrotismo-atomismo fue la suma de las variables atomistas menos cada variable derrotista; esta nueva variable tiene un promedio de 6.2 y una desviación estándar de .34, el valor mínimo fue -8 y el máximo 41. Al igual que con el índice de desencanto, lo importante sería relacionar esta variable con la conducta electoral.

La hipótesis sugiere que los atomistas sí votan y los derrotistas no; si esto es correcto, debería observarse una relación estadísticamente significativa entre la escala derrotismo-atomismo y la votación. Siguiendo los pasos del análisis sobre el desencanto, se hizo primero una prueba T que asume el índice como métrico y se repitió el ejercicio con una prueba chi² que no tiene tal supuesto.

La prueba T arrojo un valor P de .0032, por lo que con más del 99.9% de confianza se puede decir que las personas que votaron en la última elección son significativamente más atomistas y menos derrotistas que las que no; quienes sí sufragaron tienen un promedio de 6.8 y los que se abstuvieron sólo de 4.6. Una diferencia de 2.2 puntos en la escala derrotismo-atomismo es significativa para una desviación estándar de .34.

La dupla derrotismo-atomismo no sólo se relaciona con la participación electoral en la última jornada, sino también con la intención de voto para la siguiente. La prueba T, que relaciona la intención de votar en la siguiente elección con el índice derrotismo-atomismo arroja un valor P menor a .0001; por ello, con más del 99.9% de confianza se puede afirmar que quienes sí pretenden votar en la siguiente elección son significativamente más atomistas y menos derrotistas que los que no. En este procedimiento, los que sí votarán tienen un valor de 6.6, mientras que los que se abstendrán arrojan un promedio de 2, para una diferencia de 4.6, más de diez veces el valor de la desviación estándar de la variable.

Para confirmar estos hallazgos se realizaron dos pruebas de chi² en las cuales el índice derrotismo-atomismo se transformó en variable dicotómica y se vio si se relacionaba con las variables sobre comportamiento electoral. Esta prueba no-paramétrica arrojó un valor P de .001 para la relación entre el índice dicotómico y participar en la elección pasada y de .021 para la intención de votar en la siguiente elección. Se confirmaron los resultados de las pruebas T.

Tanto la relación desencanto-participación como el vínculo derrotismo-atomismo son pruebas que confirman la hipótesis aquí planteada, pero hay que recordar que la relación entre el derrotismo-atomismo y el abstencionismo -según el esquema antes construido- sólo debería de ubicarse entre los desencantados, pues quienes sí encuentran candidatos confiables no tendrían que decidir entre atomismo y derrotismo. Para comprobar lo anterior, las pruebas T que vinculan el índice derrotismo-atomismo con la participación se repitieron, dividiendo la muestra según la variable dicotómica de confianza que se generó antes. Los resultados de estas pruebas se vacían en el Cuadro 2.

Fuente: Elaboración del autor con datos propios.

Cuadro 2 Relación derrotismo-atomismo y participación según desencanto 

La relación entre atomismo-derrotismo y abstencionismo sólo aparece cuando la gente no confía en sus políticos; esto es más visible cuando se usa la variable de la elección pasada que cuando se considera la intención de voto para la siguiente. Esta última evidencia consolida aún más la hipótesis según la cual los ciudadanos tienen una primera división entre confiar o no en los políticos y quienes no lo hacen son quienes enfrentan la dicotomía entre atomizarse o rendirse y no votar. No se esperaría que la dicotomía atomizarse-rendirse tuviera sentido o determinara nada entre quienes no están desencantados con los políticos y esto es justo lo observado en los datos. Como se puede ver en el Cuadro 2, el índice atomismo-derrotismo sólo importa entre los desencantados.

Antes de cerrar la sección de resultados cabe señalar que si se divide la muestra entre confiados y desencantados y a estos últimos en atomistas y derrotistas, se encuentra que los “confiados” tienen un abstencionismo de 18.2 por ciento. Ahora bien, de entre los desencantados, quienes son más atomistas tienen un abstencionismo del 28 por ciento, pero quienes son más derrotistas presentan uno del 48.2, el más alto de cualquier subgrupo en este estudio.

Conclusiones

Este artículo partió de mostrar la necesidad de nuevas teorías explicativas que den cuenta del abstencionismo electoral en México. Con esto en mente se exploró al desencanto como posible causa, pero no se hallaron estudios que confirmaran dicha relación con evidencia empírica ni mecanismos causales claros.

El trabajo de campo mostró que sí hay una relación entre el desencanto y el abstencionismo, pero al contrario de lo sugerido por la teoría posmoderna, no existe un alejamiento generalizado de la política. En lugar de eso, se encontró que las personas asumen su responsabilidad al apoyar a un candidato y se consideran en parte culpables por el mal que el político haga desde su cargo. Entonces, si los individuos no confían en los políticos no votan cómodamente, lo que los conduce a una dicotomía: pueden no votar para así no apoyar el mal que traerá el candidato (derrotistas), o pueden votar y escudarse en la satisfacción de haber cumplido con su parte y dejar que los demás hagan lo propio (atomistas). Esta hipótesis se probó al encontrarse una relación estadísticamente significativa entre la postura derrotista-atomista y la participación electoral; además, dicha relación sólo se observó entre quienes menos confían en los políticos.

Este trabajo representa un gran avance en el entendimiento del abstencionismo en México. En primer lugar, no se recurre en ningún momento a la inestable teoría de la modernización, y, en segundo lugar, se presenta evidencia empírica sólida que comprueba la ya sospechada relación entre desencanto y abstencionismo. Asimismo, se propone un mecanismo claro que vincula tal desencanto con la conducta electoral.

Se espera también que este trabajo sirva para pensar y debatir varios asuntos importantes para la democracia mexicana. Las posturas derrotista y atomista merecen un debate ético que está más allá de los objetivos de este trabajo, pero que es muy necesario. No es sencillo condenar ni apoyar ninguna postura, pues ambas parten de una buena voluntad hacia el país; se tienen aquí dos soluciones insatisfactorias a una situación desafortunada. La dicotomía es semejante a la que tendrían los marinos subordinados a un capitán incompetente; pueden abandonar el barco y desoír a su capitán para que sus acciones no lleven al buque a la ruina, o pueden mantenerse firmes en su puesto y ser fieles a su cargo, pero sabrán que al seguir a su superior estarán activamente llevando al barco a su perdición. La decisión no es sencilla ni moralmente clara. Esta dicotomía merece un profundo debate moral que no cabe dentro de los objetivos de este trabajo.

Por otro lado, este estudio aporta un importante argumento al tema de las campañas políticas negativas. Se muestra aquí que las personas tienden a no votar cuando creen que todas las opciones son malas; en consecuencia, se esperaría una mayor participación si la imagen de los políticos mejorara. Bajo estas premisas, es posible que las campañas políticas dedicadas principalmente a atacar a los adversarios agraven el problema del abstencionismo, por lo que quizá valga la pena evitarlas.

Esta investigación es un avance en la comprensión del abstencionismo y sus conclusiones aportan elementos a varios debates. Sin embargo, el trabajo deja tras de sí algunos pendientes de índole científica que deberían atenderse para una mejor comprensión del tema. En primer lugar, es necesario confirmar los hallazgos aquí consignados en una escala nacional. Como se dijo, esta investigación se realizó con recursos limitados, por lo que una encuesta más amplia permitiría no sólo confirmar lo aquí señalado, sino además revisar detalles más específicos, como la manera en que la clase social, la educación o el estado de origen alteran lo aquí planteado. Igualmente, un trabajo de campo más extenso permitiría afinar las entrevistas y cuestionarios, logrando una mejor medición del atomismo-derrotismo.

El resultado de este esfuerzo invita a repensar la teoría de la acción racional, pero basada en fines menos egoístas y más morales. En su versión original, la teoría de la acción racional se refiere a ganancias y costos para un sujeto más bien aislado y egoísta (salvo quizás en el caso del deber moral del voto). Por otro lado, este estudio encontró a personas que huyen de la culpa de llevar a un mal político al gobierno o que buscan lograr ser moralmente inmunes al resultado de su votación. Estas conclusiones generan la hipótesis de una economía de las culpas y deberes cívicos, lo que podría llevar a una nueva ecuación que determine la probabilidad del voto, pero ya no en función de las ganancias egoístas que el partido seleccionado pueda traer al votante, sino en función de sentimientos de deber y de culpa por apoyar a un candidato u otro. Quizá si se hallaran más determinantes morales del voto, se podría intentar una nueva versión de la ecuación de la participación, una que especifique cómo las personas buscan apoyar a su nación y esquivar el costo de respaldar a un mal político.

Finalmente, ahora que se sabe el impacto de la confianza en los políticos se debe recordar que no sólo importa el desempeño real de los funcionarios sino también cómo son percibidos por la ciudadanía. Esto abre un tema de investigación: ¿cómo y por qué un político es considerado bueno o malo a los ojos de la ciudadanía? Evidentemente se puede hacer un llamado a la clase política para que mejore su desempeño y ayude así al problema del abstencionismo, pero aun si los políticos mejoraran, eso no garantizaría que los potenciales electores noten dichos cambios. La ciencia política deberá indagar qué, en particular, es lo que los sujetos toman en cuenta al juzgar a un político, para tener así puntos sensibles que se puedan abordar prioritariamente para mejorar su imagen y coadyuvar de esta forma a la solidez de la democracia mexicana.

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Recibido: 30 de Septiembre de 2015; Aprobado: 17 de Mayo de 2017

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