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Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.32 no.90 México ene./abr. 2017

 

Notas de investigación

Instauración y desarrollo de la sociología de la cultura en Brasil*

The Institution and Development of the Sociology of Culture in Brazil

Instituição e desenvolvimento da sociologia da cultura no Brasil

Angela Alonso** 

Fernando Antonio Pinheiro Filho*** 

Traducción:

Sonia Radaelli

**Universidade de São Paulo. Correo electrónico: amolando@uol.com.br

***Universidade de São Paulo. Correo electrónico: fepf@usp.br


Resumen:

El artículo construye un panorama sobre la instauración de la sociología de la cultura en Brasil y su desarrollo histórico, relacionando el proceso de especialización en las ciencias sociales con las condiciones institucionales y el contexto social y político del país.

Palabras clave: sociología; cultura; Brasil

Abstract:

The article draws a portrait of the sociology of culture in Brazil and its historical development, relating the process of specialization in the social sciences with the country’s institutional conditions and social and political context.

Keywords: sociology; culture; Brazil

Resumo:

O artigo constroi um quadro da implementação da sociologia da cultura no Brasil e seu desenvolvimento historico, relacionando o processo de especialização nas ciências sociais com as condições institucionais e o contexto social e politico do país.

Palavras-chave: sociologia; cultura; Brasil

A la sociología de la cultura en Brasil le costó mucho trabajo constituirse como campo autónomo, a pesar de su carácter de excepción en el contexto latinoamericano, donde esa área no tuvo desarrollo comparable. Entre las posibles condicionantes de esa diferencia, cabe destacar la presencia de un grupo de profesores franceses en las primeras décadas de existencia de la Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras de la Universidad de São Paulo (1934-1955), el cual contó con la participación de herederos directos del proyecto durkheimiano de una sociología de las representaciones colectivas, como Paul Arbousse-Bastide, Claude Lévi-Strauss y Roger Bastide. En otro momento, a partir de finales de la década de 1960, la difusión de la obra de Pierre Bourdieu reactualizó esa tendencia.

La construcción de esa área de estudios corrió al compás de la propia institucionalización de la sociología como disciplina universitaria, en paralelo con su especialización progresiva. Hasta finales de los años sesenta ese proceso era aún muy incipiente, de tal manera que los trabajos sobre los más diversos fenómenos culturales -folclore, religión, arte, literatura- quedaban condicionados a la problemática más general de la modernización y de sus efectos en Brasil, configurándose antes como una perspectiva para la discusión de esas cuestiones y no como área autónoma. Desde este ángulo, una sociología de la cultura, en un sentido más estricto, empieza a ser diseñada a partir de los años setenta, cuando se hacen visibles los efectos de un doble cambio. Por un lado, se establecen las condiciones institucionales para el desarrollo del área, durante el régimen militar (1964-1985), en el que, a pesar de las acciones represivas contra instituciones y liderazgos intelectuales, el sistema de enseñanza e investigación en ciencias sociales fue beneficiado por la creación de la red de universidades públicas y de agencias de fomento, que hicieron viable el funcionamiento de nuevos programas de posgrado en el país. Por otro lado, los procesos combinados de industrialización y metropolización aceleradas de las décadas de 1960 y 1970 generaron una clase media urbana y una producción cultural de masa con miras a atenderla. En ese segundo periodo, la sociología de la cultura brasileña respondió a tales circunstancias, ganando especificidad; y al moldearse por la reacción a la expansión de la industria cultural, terminó fijando como su mayor referencia a la teoría crítica frankfurtiana.

Nótese que en esa fase el conjunto de las investigaciones estaba todavía centrado en un problema más general -o sea, la organización del Estado y la democratización de la sociedad-, de modo que la especialidad avanzara sin que eso implicase una autonomización marcada de las áreas de investigación. Sólo a partir de la redemocratización, la definición de las áreas en las ciencias sociales se hizo más consistente, en la medida en que circunscripciones específicas de objetos, problemas, métodos, referencias teóricas, cánones, etcétera, delimitaron mejor las fronteras entre las diferentes especialidades. De modo riguroso, podríamos hablar de una sociología de la cultura propiamente dicha, que se desarrolló a partir de los años noventa en adelante.

Con todo, es posible retroceder bastante en la génesis de la sociología de la cultura si, en vez de entenderla como una especialidad, la tomamos como un ángulo de observación de la realidad social. En esa dirección, un interés por la cultura es constitutivo de lo que se convino llamar “explicación de la formación de la nación”, de los dilemas de su modernización conservadora e incompleta y de los efectos de ambos procesos sobre la sociabilidad y la política. Esta perspectiva remonta al siglo XIX, cuando se intentó definir la especificidad de la cultura brasileña en términos de teorías de la identidad nacional, teniendo como componente central el mestizaje: la cultura brasileña sería híbrida por nacimiento, resultado de la combinación entre las fuentes europeas del colonizador, la autóctona, indígena, y la africana, traída de contrabando con la esclavitud. El peso de cada elemento explicativo varió a lo largo del tiempo. En el periodo de la posindependencia nacional, el acento fue nativista: se veía la cultura brasileña como una fusión de la europea con la indígena. A finales del siglo XIX tal mitología de la nacionalidad fue cuestionada, con la inclusión de un tercer elemento: el africano. De 1870 a 1930 una larga serie de autores interpretó la cultura brasileña a partir del mestizaje, fuera cultural o étnico, donde la raíz africana estuvo ganando gradualmente mayor peso.

Este abordaje participó en la institucionalización de las ciencias sociales en Brasil a partir de los años de 1930 -como ya lo mencionamos-, cuando el tratamiento de la cultura en el sentido antropológico, como autoproducción de una forma de vida colectiva, adquirió nuevas herramientas metodológicas que incrementaron el imperativo de la observación empírica. Al mismo tiempo, la presencia de Roger Bastide, profesor de sociología en la Universidad de São Paulo (fundada en 1934) entre 1938 y 1954, puede interpretarse como un marco para el establecimiento de una sociología de la cultura como esfera relativamente diferenciada de producción y circulación de objetos culturales. Nótese que la temática dominante en la sociología académica recién implantada, según dijimos, giraba alrededor del proceso de modernización del país, lo que determinó un eje central para el tratamiento de la cultura y la discusión sobre el lugar de la cultura popular frente a la dinamización económica capitalista. Los trabajos de Florestan Fernandes (1961), otro exponente de la primera generación, sobre el estatuto social del folclore y el debate al respecto con Bastide son ejemplares en ese sentido. Por otro lado, Bastide innovó al volver su atención hacia la discusión sociológica de nuevos objetos, como el barroco mineiro, la poesía negra, el candomblé y, principalmente, al desplazar el énfasis de la modernización capitalista hacia las articulaciones de esos temas con los presupuestos simbólicos más generales de la organización de la cultura y hacia el análisis del lenguaje (Bastide, 1945, 1946y 1959). En ese punto, un comentario más amplio sobre el libro de 1945, Arte e Sociedade, ayuda sin duda a delinear caminos inaugurados por su autor que tendrían un intenso florecimiento en la sociología de la cultura producida en el siglo XXI.

En ese libro, Bastide se preocupa por evitar la relación de exterioridad entre arte y sociedad, postulada -aunque no explícitamente- por la mayoría de sus antecesores, que consiste en pensar los términos como realidades distintas cuyos puntos de contacto cabría explicar. Contra esa tendencia, dominante tanto en los trabajos inspirados por el marxismo como en la historia del arte con preocupaciones sociologizantes, se sirve de una concepción relacional de la sociedad que construye el esencialismo y le permite no pensar la obra a partir de lo social ni tampoco lo contrario, sino tomar el arte directamente como un fenómeno social; vale decir, como sociedad, arrancando la investigación desde las interrelaciones entre productores, mediadores, consumidores e instituciones que contribuyen para hacer existir lo que llamamos arte. Paralelamente, el libro postula la necesidad de especialización, remitiendo al programa de enseñanza vigente en la Universidad de São Paulo, que consistía en una división entre las disciplinas dedicadas a la sociología general y a las sociologías especiales. En la misma dirección, promueve una división del trabajo intelectual como oportunidad para desarrollar una línea de investigación propia, que incluía en el debate sociológico sobre el arte cuestiones como la creencia, el gusto, los valores, la moda -este último tema fue trabajado en primer lugar por Gilda de Mello e Souza, tutorada de Bastide, en su libro O Espírito das Roupas.

En otra clave analítica, la atención a la cultura popular y la incorporación de elementos antropológicos comparecen también en la obra de Gilberto Freyre, alumno de Franz Boas, cuya presencia en México se dio por medio de la obra de Manuel Gamio, principal precursor de la antropología mexicana. Sus libros, producidos entre los años treinta y setenta, son ensayos eruditos fundados en una metodología innovadora, en la que la cultura se asoma principalmente como un conjunto de prácticas sociales. En concomitancia con lo que la historia de los Annalles en Francia llevaba a cabo, Freyre inventó en Brasil una sociología de lo cotidiano, transformando en objeto de investigación lo inusitado y aparentemente irrelevante -como anuncios de zapatos y anotaciones en abanicos- y combinando elementos de cultura erudita y popular, analizando tanto la moda menor popular como los retratos artísticos, los rituales religiosos y gastronómicos, la vestimenta del esclavo y la alta costura. Su “sociología proustiana” -como él la definió- opera en espiral, volviendo sucesivas veces a los mismos temas, pero cambiando puntos de vista y materiales, con los conceptos condensados por enumeración de vivencias concretas y profusión de detalles, con miras a producir en el lector la sensación del fenómeno estudiado. Su principal objeto fue la formación, crisis y desagregación de la sociedad patriarcal brasileña,1 resaltando la oposición entre fuerzas de cambio y conservación, y su acomodo a través de “equilibrios de antagonismos”. Vale destacar como ejemplo del carácter innovador de su propuesta, vislumbrando caminos para una sociología de la cultura más autónoma, la interpretación sobre la existencia de muchos escritores mulatos, recordando que varios de ellos eran hijos rechazados de grandes hacendados con sus esclavas que, como forma de acomodo, tuvieron estudios superiores costeados en Brasil o en Europa, dando origen a una categoría de escritores capaz de transponer en la obra esa dimensión singularmente trágica de su experiencia social, como habría sido el caso del gran poeta romántico Gonçalves Dias. Enseñando en el análisis del texto cómo la condición ambigua puede operar en la génesis de una vocación literaria genuina, Freyre se distancia de los análisis corrientes que acentuaban el desconcierto entre la obra y la realidad social.

Desde esta perspectiva, quedan por lo menos dos legados para la sociología de la cultura posterior: uno temático, la positivización del carácter mestizo de la cultura brasileña, la acentuación del hibridismo como lo característico de la “brasilidad”; otro metodológico, el uso del periódico, del testimonio, de la cultura material (sobre todo los objetos triviales), como vía de acceso a los sentidos, a la sensibilidad, a la sociabilidad y a los valores -más allá de la perspectiva analítica seminal que desarrolló, abriendo un nuevo canal para la investigación de la cultura en general y de la literatura en particular.

Además de Freyre, muchos otros autores escribieron entre 1930 y 1950 teniendo como tema el proceso de mestizaje y las dificultades de la modernización social, en lo que se convino en llamar “ciclo de las formaciones”: libros que incluyen el término en el título y reconstruyen la génesis de una dimensión particular de la sociedad brasileña. Dos obras de esa tendencia tratan directamente la cultura y tuvieron mucha influencia en las décadas subsecuentes. Una de ellas es Contribuição à história das ideias no Brasil, de João Cruz Costa (1956), quien propone entender la manera por la cual doctrinas intelectuales europeas -sobre todo el positivismo- conformaron la “experiencia americana, el proceso de formación de la sociedad nacional brasileña”. El libro abrió un camino para la investigación de la cultura como conjunto de ideas, cuya aprehensión exigía una lectura estructural del texto, y puso en la agenda la relación de “influencia” entre sistemas de pensamiento “importados” de Europa y su adaptación a Brasil. El otro libro del ciclo de las formaciones es sobre literatura. Su autor, Antonio Candido, fue alumno de Bastide y lector de Auerbach. A formação da literatura brasileira: momentos decisivos (Candido, 1959) propone un trípode -autor, obra y público- en el que elementos exteriores al texto alcanzan estatuto analítico. Su solución, entender la transformación de la materia social en forma literaria, haría escuela entre la crítica y la sociología de la literatura que se desarrollaron a partir de su transición institucional como profesor en la Universidade de São Paulo (USP), de la sociología hacia las letras. Asumiendo la identidad profesional de crítico literario -y en ese sentido, reculando respecto de un compromiso más estrecho con la sociología-, Candido se convirtió en la gran referencia brasileña en los estudios literarios de orientación sociológica, generando una vasta producción en donde los problemas de la autonomía y del condicionamiento social de la obra literaria fueron el punto de discusión permanente.

El estatuto de la sociología de la cultura sufrió una inflexión con el golpe de Estado de 1964, cuyos efectos se prolongarían durante las dos décadas siguientes. Por un lado, la política se inmiscuyó en el estudio de la cultura durante todo el régimen militar (1964-1985), gracias al involucramiento de muchos sociólogos en el movimiento por la redemocratización del país. En ese contexto florecieron cepas de marxismo, sobre todo la gramsciana, que encaminó una sociología de la cultura como análisis de los productores de ideas, los intelectuales. Valorizada en el presente, la categoría de “intelectual público” fue proyectada hacia atrás en una vasta gama de estudios de rescate de las obras de silenciados por la historia, sobre todo los clasificados como “intelectuales radicales” -por ejemplo Joaquim Nabuco, cuyas obras serían una protosociología de Brasil. Esta tendencia hacia la izquierda fue contrabalanceada, cuando regresó la democracia en los años ochenta, por la recuperación de intelectuales conservadores del siglo XIX, como Oliveira Vianna y el vizconde de Uruguay.

Por otro lado, el campo adquirió nuevos contornos gracias a la expansión del sistema universitario. La institucionalización de la sociología como disciplina universitaria alcanzó su madurez, abriendo las condiciones de posibilidad para el surgimiento de una sociología de la cultura que efectivamente reivindicara ese nombre. Ya vimos que el crecimiento del posgrado, financiado por el Estado, impulsó el proceso de especialización y que, en un movimiento correlativo, la consolidación de un mercado de bienes simbólicos condujo a la discusión respecto de la cultura al horizonte de la teoría crítica de matriz frankfurtiana, dominante en el periodo, haciendo converger la construcción de los objetos hacia el espectro de la sociedad de masas. Queda por señalar que la atención se dirigió más específicamente al universo de la publicidad y de los medios de comunicación de masas y sus productos, expresados en los trabajos pioneros de Gabriel Cohn (1973), que sistematizan los paradigmas de análisis de la sociología de la comunicación, y de Renato Ortiz (1988), quien reconstruye la formación de la industria cultural en Brasil.

Una intersección entre la sociología de los intelectuales y la de la cultura de inspiración frankfurtiana es el análisis de Roberto Schwarz (1990 y 2000), discípulo de Antonio Candido, sobre el mayor escritor nacional, Machado de Assis. Se trata de una crítica inmanente a una obra literaria, que investiga la solución estética lograda por el novelista para expresar la dialéctica entre atraso y desarrollo, reputada como propia del caso brasileño. Retorna así el tópico de la “importación de ideas”. Con todo, aquí este proceso se vincula a una experiencia social concreta y específica: la situación de Brasil como país de la periferia del capitalismo y, como tal, servicial al centro, tanto en la economía como en las ideas. De ahí se deriva la tesis de la inexistencia de acumulación intelectual en el Brasil de los ochenta -excluidos los autores de “estatura aislada”, capaces de combinar tradición e innovación, como es el caso del propio Machado de Assis.

Con la redemocratización, a mediados de los años ochenta, tres movimientos se combinaron para caracterizar la sociología de la cultura: se volvió menos servicial a la agenda política; sufrió una dispersión temática; y se profundizó su profesionalización, en el sentido de una formación más técnica, que responde a criterios de productividad y cientificidad y valora la práctica de la investigación. Como correlato de ello, en el plano teórico se dio el pasaje paulatino de la dominación del marxismo -se tratara de la teoría de Theodor W. Adorno o de la gramsciana- hacia el instrumental de Pierre Bourdieu, referencia central de la sociología en la cultura al lado de autores como Norbert Elias y Raymond Williams. La sociología de la cultura alcanzó mayor autonomía como subdisciplina con la multiplicación de los temas y abordajes; el aumento del rigor, que se tradujo, por ejemplo, en una exigencia de crítica de las fuentes; y, paralelamente, con las variaciones en las escalas de observación, las cuales comprenden obras, autores, críticos, públicos e instituciones, entre otras posibilidades empíricas de circunscripción no excluyentes entre sí. El impacto de la obra de Bourdieu en Brasil, tal vez único en el contexto latinoamericano, justifica una breve incursión por algunos meandros de su recepción más tardía.

Retomando como marco la apertura del sistema político brasileño en 1985, recordemos que las características centrales de las ciencias sociales en el periodo fueron su expansión aún más pronunciada -la creación de nuevos cursos de grado y programas de posgrado, el crecimiento del número de publicaciones y el fortalecimiento de las asociaciones científicas de las disciplinas-, la mayor profesionalización de las carreras, la especialización estricta al interior de cada una de las disciplinas y la dispersión temática correspondiente. Se volvió imposible discernir desde entonces una cuestión suficientemente amplia para reunir en torno de un eje las investigaciones realizadas en todo el país, como había sucedido en los periodos anteriores alrededor de los temas de la modernización (fase de fundación) y la democratización (fase de expansión), la cual conllevó, por lo tanto, un alejamiento progresivo entre dichas disciplinas y las coyunturas políticas inmediatas -o un proceso de “autonomización”, en los términos de Bourdieu-, a no ser en las especialidades referidas directamente a dichos problemas.

Por otro lado, la contundente consagración de Bourdieu -sobre todo en Europa y Estados Unidos- impulsó en Brasil una política editorial más sistemática y abarcadora, que multiplicó la publicación de sus libros, siguiendo por lo general el ritmo de las ediciones francesas, pero también trayendo versiones brasileñas de obras importantes del periodo anterior, como El oficio de sociólogo (en Brasil en 2002/en Francia en 1967), El amor al arte (2003/1966) y La distinción. Criterios y bases sociales del gusto (2007/1979). Probablemente, estas ediciones tardías fueron una consecuencia del éxito académico y editorial de Las reglas del arte (Bourdieu, 1996). Este libro, publicado en Francia en 1992, y cuatro años después en Brasil, es paradigmático de la nueva tendencia de acompañar más de cerca el calendario de las publicaciones francesas, que incluye también La miseria del mundo (1997/1993), Sobre la televisión (1997/1996), Meditaciones pascalianas (1997/1997), Contrafuegos (1998/1998), La dominación masculina (1998/1998). En ese grupo de escritos de la década de 1990, Las reglas del arte ocupó un lugar central en el contexto brasileño, sea por ofrecer un modelo de análisis que buscaba suavizar el dualismo rígido entre interpretación interna y externa de la obra de arte, sea por el rendimiento empírico de la aplicación cruzada de las nociones de campo y habitus. Posteriormente, el interés por las incursiones militantes de Bourdieu lograría un impulso directamente favorecido por los otros títulos referidos. Especialmente Sobre la televisión, Contrafuegos y La miseria del mundo conquistaron la simpatía entre sectores de la intelectualidad brasileña alineados a la izquierda, antes refractarios a la obra de Bourdieu. Tales libros también causaron una repercusión considerable en los medios de comunicación del país, principalmente en los periódicos de Río de Janeiro y São Paulo. De cualquier modo, la recepción más favorable de Bourdieu se vincula, sobre todo, al notable desarrollo del área de la sociología de la cultura en Brasil a partir de los noventa del siglo pasado. Una de las dimensiones centrales de ese movimiento está relacionada con la actuación académica de Sérgio Miceli, discípulo de Bourdieu y uno de sus introductores en Brasil, en ese nuevo contexto -particularmente por la investigación que dirigió en el Instituto de Estudios Sociales y Políticos (IDESP) sobre la História das Ciências Sociais no Brasil (1989) y por su ingreso en la Universidad de São Paulo como profesor.2 Reuniendo a investigadores de diversas disciplinas (entre otros a los antropólogos Fernando Peixoto, Lilia Schwartz, Mariza Corrêa y Heloísa Pontes; la socióloga Maria Arminda do Nascimento Arruda; los cientistas políticos Fernando Limongi e Maria Hermínia Tavares de Almeida), el equipo realizó una sociología de las ciencias sociales que se volvió obra de referencia gracias al sumo cuidado que se puso en deslindar los perfiles institucionales; los patrones de profesionalización de la actividad académica; los embates generacionales; y las lógicas internas de sociabilidad de los grupos. A pesar de la heterogeneidad en la formación de los participantes y de las diferencias entre los textos reunidos, los análisis de Bourdieu sobre el campo intelectual fueron decisivos para la estructuración más general del trabajo, una especie de punto de viraje si tomamos en cuenta que su perspectiva analítica renovadora influenció directamente las innumerables investigaciones realizadas posteriormente. De modo más general, cabe decir que la obra colectiva implica un cambio significativo en el cuerpo teórico de esa área específica, ocurriendo el desplazamiento de la vertiente frankfurtiana por otra centrada en Bourdieu, pero inspirada también en Norbert Elias, Fritz Ringer, Raymond Williams y Carl Schorske, entre otros autores.

Por lo anterior, la sociología de la cultura ha sido en las últimas décadas la subárea más importante para la asimilación de la sociología de Bourdieu en Brasil.3 Sumada al mayor empeño editorial en traducir la obra del sociólogo y al cambio de su imagen política derivada de la publicación de libros más militantes, dicha configuración ha impulsado en años recientes la incorporación del autor en otras áreas, por ejemplo, la sociología económica, la sociología de la religión, la teoría social, los estudios en el área de la comunicación y los estudios de género. En todos esos casos existe un movimiento de diseño de los objetos de estudio impactado por sus aspectos culturales, mitigando así la delimitación más estricta del campo de la especialización.

La producción individual de Miceli ilustra bien esos pasajes, con libros que enfocan sucesivamente el análisis de los programas televisivos de auditorio; el mecenazgo público y la cooptación por el Estado como condición de posibilidad de la vida intelectual en el país; y la interpretación del modernismo en la literatura y en las artes plásticas (Miceli, 1972, 1979 y 1996). Más que un tema entre otros, el modernismo constituye un capítulo central en la sociología de la cultura, casi una especialidad, por su peso específico en la dinámica cultural y por emerger casi simultáneamente a la propia consolidación de la sociología científica, estimulando así prácticas de reflexión en donde las dos experiencias están articuladas (Arruda, 2001). En ese sentido, durante el periodo se da una transición de la agenda de la modernización, que vinculaba la cultura con los procesos socioeconómicos del desarrollo nacional, hacia la del modernismo, que enfoca la dinámica interna al campo de la cultura.

En los últimos años, el abordaje bourdieusiano se generalizó, apareciendo sólo o en asociaciones en la mayor parte de los trabajos específicos sobre cultura. No obstante, se revitalizaron dos líneas clásicas. Por un lado, los estudios sobre la industria cultural se renovaron a partir del cuestionamiento de los límites de la crítica de la forma mercancía establecida por los frankfurtianos. El valor de mercado ya no es concebido como lo que elimina el sentido estético y el potencial contestatario, de tal modo que áreas como la teledramaturgia, la música popular urbana y el cine pasaron a ser analizadas en función de las intencionalidades propias de los proyectos y de sus efectos (sobre todo en el plano de la recepción), sin perjuicio de la dimensión crítica. Por otro lado, hay un refortalecimiento del estudio sobre intelectuales e ideas, en la clave de lo que se convino llamar “pensamiento social brasileño”. Ahí se ubican derivaciones de los antiguos estudios de intelectuales, obras y procesos de circulación de ideas, pero ahora bajo bases teóricas diversificadas y con tratamientos más cercanos a la historia, inspirados en Poccock, Skinner, Koselleck y Tilly, quienes buscan explicar la producción de ideas a partir del contexto sociopolítico y de la intencionalidad de los agentes, en un amplio abanico temático, con atención creciente a procesos transnacionales de producción, circulación y apropiación de ideas, y desentendiéndose de las barreras disciplinarias entre las diversas ciencias sociales. En suma, mirando retrospectivamente la historia de la sociología de la cultura en Brasil se pueden reconocer diversos desplazamientos conceptuales:

  1. De los tópicos de la identidad nacional (mestizaje) y de la concepción antropológica de la noción de cultura hacia una consideración de ésta como dimensión relativamente autónoma de prácticas. Por otro lado, este proceso de autonomización es negado por la vertiente que trabaja con la intersección entre cultura y política.

  2. La cultura popular, en un principio valorizada como rasgo identitario, pasó al ocaso analítico cuando el sesgo de las masas se volvió el único modo de existencia relevante para lo popular y, más recientemente, la división entre lo popular, lo mercantil y lo erudito perdió su carácter de principio de jerarquización de los objetos.

  3. La figura del intelectual público, que se ocupaba de la cuestión cultural, todavía existe, pero ahora compite con el profesional especializado en sociología de la cultura, a quien cabe interpretar todo el proceso, de modo que su práctica incluye considerar las condicionantes de la propia vida intelectual.

La sociología de la cultura en Brasil puede todavía ser caracterizada en negativo, por aquello que no abarca. En ese sentido, la sociología de la religión se desarrolló de manera independiente, sin intersección relevante con el dominio de la cultura. El desarrollo de estudios culturales también es incipiente y casi restringido al campo de los estudios literarios. Otra ausencia es la que se refiere a las investigaciones comparativas. La mayor parte de las veces, los trabajos son estudios de caso. Cuando se presentan comparaciones, por lo general son intranacionales, es decir, el foco está más en la singularidad que en los rasgos comunes que el fenómeno pueda tener respecto de otros países. Una última laguna es de naturaleza metodológica. Los trabajos se basan en investigación documental y en entrevistas y testimonios, con miras a un análisis cualitativo. Hay resistencia para el uso de la cuantificación en el análisis de la cultura que, en ese sentido, guarda todavía cierta aura como objeto de estudio.

Actualmente, la sociología de la cultura tiene una presencia marcada en las principales universidades brasileñas; está definitivamente establecida como área de investigación, reconocida por los órganos de fomento y al interior de las instancias de producción y divulgación del trabajo científico; y tiene una agenda vasta y teóricamente diversificada. Su vitalidad se expresa también en el gran número de estudiantes dedicados al tema y el incremento de intercambios internacionales de los investigadores

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*Traducción del portugués: Sonia Radaelli. Revisión de la traducción: Diego Ignacio Bugeda Bernal.

2En función de lo anterior, el Departamento de Sociología de la USP, que había sido refractario a Bourdieu, se volvió la institución académica central para su recepción. Una evidencia de dicho papel es el gran número de referencias al sociólogo francés en la revista Tempo Social (editada por ese departamento), algunas de ellas inscritas en artículos de sus herederos directos.

3Eso no significa que Bourdieu sea una referencia consensual y unificadora al interior de dicha subárea, en la que la historia de las ideas cuenta con gran prestigio y es resistente a los abordajes sociológicos más estrictos de inspiración bourdieusiana.

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