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Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.27 no.77 México sep./dic. 2012

 

Reseñas

 

La migración y sus efectos en la cultura, de Yerko Castro Neira (coord.)1

 

Marta Torres Falcón2

 

2 Profesora-investigadora del Departamento de Sociología, Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco.

 

La migración es un fenómeno complejo y multifacético. No es algo nuevo. Cruzar las fronteras ha sido una experiencia conocida prácticamente en todo el mundo y todos los tiempos. El ánimo de moverse de un lugar a otro para conocer nuevas culturas es inherente al ser humano. Por ello ha pervivido a lo largo de la historia, aunque cada sociedad le imprime sus propios matices. La migración es un fenómeno social total, para usar un concepto de Marcel Mauss; sus dimensiones y efectos son de tal magnitud y están entrelazados de tal manera que no es posible analizar cada elemento de manera aislada. Los motivos para migrar, la decisión, el trayecto, la inserción en la sociedad receptora y los vínculos con la sociedad de origen son distintas aristas de la experiencia. La migración siempre deja una huella indeleble en la vida de cada sujeto que la experimenta.

La globalización tiene varias dimensiones (económica, política, jurídica, cultural) y cada una de ellas marca ciertas pautas para los procesos migratorios. La más visible es la económica. Los análisis desde esta perspectiva abordan los flujos de capital que se mueven cotidianamente, el peso que han adquirido las remesas, la pobreza como factor de expulsión, etcétera. Una visión que incorpore la dimensión política colocará el énfasis en los alcances de las nociones tradicionales de ciudadanía e incluso de nacionalidad, así como la participación de migrantes en movimientos sociales diversos. Un común denominador a los procesos de globalización es la maleabilidad de las fronteras: flexibles hasta casi desaparecer para el intercambio de información, de bienes o incluso de divisas, y rígidas hasta el extremo ante la circulación de seres humanos.

El conjunto de trabajos que integran La migración y sus efectos en la cultura, volumen coordinado por Yerko Castro Neira, reconoce el fuerte impacto de la experiencia migratoria en los sujetos y, por ello, intenta un acercamiento cualitativo a las personas concretas, los seres de carne y hueso que ciertamente engrosan varias estadísticas -migrantes (i)legales, remesas, subempleo, condiciones críticas de ocupación, votos desde el exterior, entre otras- y que frecuentemente son invisibles. Con base en una metodología multisituada, las y los investigadores han seguido a los sujetos para conocerlos realmente, rescatar su experiencia y darle un espacio justo a cada detalle. Las historias que circulan entre las páginas del libro constatan esa marca imborrable en todas las facetas de la vida.

 

LA INEVITABLE ALTERIDAD

Ser migrante significa ser otro. Más específicamente, "el otro" o incluso "lo otro". Los extranjeros han sido definidos como peligrosos, lo cual es una definición amplia y generalmente ambigua. No se explica exactamente por qué son peligrosos, pero con la construcción de ese estigma se les despoja de su humanidad. Antes de ver a la persona, de reconocer una historia frecuentemente marcada por el dolor y la injusticia, se impone el rechazo. En su capítulo, Bernardo Bolaños analiza cómo el Estado moderno se arroga la potestad de proteger a su población de esos peligros. Las políticas migratorias ilustran claramente este proceso. Los migrantes son clasificados, estigmatizados ante la opinión pública, amedrentados e invisibilizados.

Ser migrante indocumentado(a) tiene varias implicaciones. La primera de ellas es la invisibilidad; se sabe que tienen una presencia muy fuerte en determinadas ciudades y que realizan distintos trabajos en circunstancias no siempre adecuadas. Aun así se construye la invisibilidad. La sociedad receptora no quiere reconocerlos y los propios migrantes viven temerosos de ser descubiertos y sancionados.

El ánimo de pasar inadvertidos, la movilidad continua, el hecho mismo de esconderse y la vulnerabilidad a veces extrema son también analizados en otros capítulos. Yerko Castro describe la imagen de los migrantes como la síntesis amenazadora de lo social: sospechosos por definición tienen que ser vigilados y controlados. Valentina Glockner apunta la necesidad de reflexionar sobre los márgenes, ahí donde incluso el valor de la vida es cuestionado. Si hay algún factor común a todas las experiencias migratorias es el miedo: al rechazo, a la violencia, a ser descubiertos y deportados.

Los estigmas construidos sobre la población migrante son variados en su forma y sus alcances. En casos extremos se les considera pandilleros o delincuentes; de una manera más generalizada se les atribuyen características tales como la pereza, la suciedad, los malos modales, el desorden. Hugo S. Rojas explica la objetivación del rechazo: a simples verduras se les atribuyen características insalubres vinculadas con la nacionalidad y el precio se castiga. Ahí también se verifica la frontera cultural.

Ser "otro" alude a la diferencia. Ser "el otro" implica una noción de alteridad: distinto, extraño, peligroso. Ser "lo otro" agrega la cosificación.

 

LA ESPECIFICIDAD DEL GÉNERO

La migración -fenómeno social total- se redefine por género. Cada uno de los elementos que se articulan en esa experiencia registra la huella del género. En su análisis sobre la maternidad transnacional, Hiroko Asakura analiza la centralidad de los mandatos y expectativas definidos como masculinos o femeninos: la idealización de la maternidad como destino incuestionable de toda mujer, la provisión económica a cargo del padre o esposo, el cuidado de los hijos e hijas, la decisión misma de salir de casa. Las migrantes son mujeres transgresoras que viven una paradoja: se separan de sus hijos (con lo cual se exponen a la censura), precisamente porque lo más importante para ellas son sus hijos (con lo cual acatan el mandato social). La provisión económica es una tarea masculina que estas mujeres suelen asumir.

Alejandra Aquino, al abordar los ecos de la migración en la Sierra Norte de Oaxaca, articula género y generación como ejes de análisis. En Yalalag existe una sensación generalizada de encierro. Las jóvenes resienten y critican la vigilancia, las presiones para casarse y el control de la sexualidad. Sobre los hombres, por otra parte, se formula la exigencia de asumir los roles masculinos (trabajo y provisión económica) y se produce la burla si realizan tareas femeninas (barrer o ir al mercado). Existe un servero estigma sobre las madres solteras y los hombres abandonados.

Camelia Tigau, en su análisis sobre los/las profesionistas migrantes, entrevista a un número considerable de mujeres (aproximadamente un tercio de quienes participaron en la encuesta). El dato en sí es indicativo de que ellas también forman parte de esa migración de élite.

Si bien en los otros capítulos no se considera el género como una herramienta analítica, los trabajos muestran una activa participación de las mujeres en las organizaciones sociales de ex braceros (Schaffhauser); en el comercio de comestibles en la frontera sur (Rojas); en el nuevo movimiento jaranero (Cardona), entre otros espacios. Es importante recuperar las experiencias y advertir que el género es un constructo en continua reformulación.

 

UN MOSAICO DE EMOCIONES

La movilidad tiene un motor fundamentalmente económico. Los hombres y mujeres cuyas historias dan sustancia a las investigaciones que componen el volumen, migran en busca de mejores condiciones de vida: jóvenes oaxaqueños, mujeres centroamericanas, niños que se emplean como jornaleros agrícolas o recolectores de basura, hombres adultos del occidente de México, comerciantes de la frontera sur, braceros y aun trabajadores de la élite global. Esa motivación económica está siempre articulada con otros componentes. En estos trabajos se subrayan los sentimientos, las emociones, la construcción de sueños, la memoria, la habilidad para vivir en dos mundos de manera paralela y frecuentemente simultánea.

La dimensión emocional, en general poco estudiada, ocupa en este libro un lugar central. Shinji Hirai, en su trabajo con migrantes originarios de Jalostotitlán, recupera la historia de la comunidad y los significados que se atribuyen al rancho y a la ciudad. La nostalgia es narrada a partir del contraste y del inevitable sentido de pérdida de la "patria chica". También las mujeres centroamericanas entrevistadas por Hiroko Asakura refieren una fuerte carga de nostalgia que se entrelaza con el miedo de perder el cariño de sus hijos. Añoranza, malestar y culpa son emociones predominantes en este grupo.

La subjetividad es un aspecto importante en el análisis de Alejandra Aquino sobre las motivaciones para migrar. Sin duda existe una lógica económica, pero la autora recupera también las nuevas aspiraciones de los jóvenes, que migran básicamente porque quisieron hacerlo (aun si podían estudiar o trabajar en el lugar de origen) o porque se sienten atraídos por un nuevo estilo de vida que promete movilidad física y social, así como otros modelos de pareja y de familia. Ishtar Cardona reconstruye el sistema simbólico de la práctica musical, específicamente el son jarocho, producto de la hibridación cultural. La dimensión emocional, tan poco reconocida y analizada, es la que condensa la totalidad del fenómeno social de la migración.

 

LOS ROSTROS DE LA VIOLENCIA

La violencia ocupa un papel protagónico en los procesos migratorios. Está presente en las sociedades de origen, en el trayecto, en los lugares de tránsito y en los de destino. Muchos migrantes centroamericanos deciden salir de sus países por guerras civiles, violencia comunitaria o familiar. Hiroko Asakura menciona la violencia del compañero íntimo como un factor de expulsión de las mujeres. Yerko Castro analiza la imagen ambigua sobre los migrantes centroamericanos, que son señalados y considerados pandilleros y delincuentes, a la vez que se proclama el respeto a sus derechos; la migración implica un enfrentamiento con la violencia y por ello los migrantes construyen su identidad a partir de diversas rupturas y discontinuidades. Así, mientras en Arizona hay marchas en contra de los migrantes, en Oaxaca son ellos quienes se manifiestan contra la violencia.

El capítulo de Soledad Álvarez está dedicado específicamente a la violencia en el corredor migratorio: el tren de la muerte, las desapariciones, el acoso interminable. La industria migratoria clandestina habilita el cruce de fronteras y produce ganancias cuantiosas a sus artífices y ejecutores.

La violencia también es institucional. Yerko Castro anota que en Estados Unidos los migrantes sufren el acoso de la ley, en tanto que en México viven la violencia a pesar de la ley. El análisis de Philippe Schaffhauser enfoca un movimiento poco (re) conocido: los ex braceros. Se trata de gente marginada, de la tercera edad, sin recursos ni educación formal que, retomando el concepto de William James, han nacido dos veces: como fuerza de trabajo avasallada por intereses internacionales y como ciudadanos en lucha por sus derechos sociales.

En síntesis, los trabajos reunidos en este volumen están cifrados en la reflexión, el análisis, la discusión de casos etnográficos, la originalidad y la recuperación de las experiencias humanas. Fundamentalmente, en esa "definición existencial" que, en palabras de su coordinador, "conlleva un involucramiento ético".

 

NOTA

1 Yerko Castro Neira (coord.), La migración y sus efectos en la cultura, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), colección "Intersecciones", México D. F., 2012.         [ Links ]

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