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Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.27 no.76 México may./ago. 2012

 

Artículos

 

Reflexiones en torno al análisis de las redes sociales en la pobreza

 

Reflections on the Analysis of Social Networks in Poverty

 

Alicia B. Gutiérrez1

 

1 Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Correo electrónico: aliciabeatrizgutierrez@gmail.com

 

Fecha de recepción: 01/05/2012.
Fecha de aceptación: 17/07/2012.

 

RESUMEN

Este artículo propone una serie de reflexiones teórico–metodológicas en torno al análisis de las redes sociales y su vinculación con la problemática de la producción–reproducción de la pobreza, las cuales se originan a partir de un conjunto de estudios que se vienen realizando en Córdoba, Argentina, desde hace más de veinte años, y constituyen el marco conceptual de una investigación que se encuentra actualmente en marcha, cuyo tema es "La producción y reproducción de la pobreza en el análisis de las redes sociales" y que se desarrolla en el municipio de Malvinas Argentinas, provincia de Córdoba.

Palabras clave: redes sociales, pobreza, espacio social, estrategias de reproducción social, capitales, estructuras.

 

ABSTRACT

This article proposes a series of theoretical–methodological reflections on the analysis of social networks and their relationship to the production and reproduction of poverty. The author's thinking originated based on a series of studies that have been carried out in Córdoba, Argentina, for more than 20 years. These studies are the conceptual framework of on–going research centered on the theme "The Production and Reproduction of Poverty in the Analysis of Social Networks" in the municipality of Malvinas Argentinas in the province of Córdoba.

Key words: social networks, poverty, social space, strategies of social reproduction, capital, structures.

 

INTRODUCCIÓN

Durante la llamada "década perdida" (1980–1990), la mayor parte de los países de América Latina sufrieron una aguda contracción económica; una disminución y concentración de los ingresos; y una mayor inequidad en su reparto. Todo ello, sumado a las políticas de ajuste de corte neoliberal que fueron protagonistas en la década siguiente –que ni siquiera estuvieron acompañadas por decisiones destinadas a enfrentar sus consecuencias sociales negativas–, se tradujo en un aumento de la pobreza y la indigencia, en números absolutos y relativos, y tanto en zonas urbanas como en rurales. Si bien las situaciones de mayor privación se observan en estas últimas, la pobreza se ha convertido en un fenómeno fundamentalmente urbano y junto a la "vieja pobreza" o pobreza estructural, apareció la "nueva pobreza".

Con sus especificidades, Argentina acompañó con más fuerza este proceso y la transformación de la economía iniciada en 1990, que estaba destinada a centrar la actividad económica alrededor del mercado, y dio ciertos resultados que durante los primeros años fueron favorables, pero que hacia 1995 presentaban ya un panorama francamente desalentador: el desempleo creció hasta alcanzar niveles del 18%, que no tenía precedentes históricos en el país; continuó la caída de los ingresos familiares; y se incrementó la precariedad en el trabajo, con la agudización de las medidas tendentes a la "flexibilización" de las relaciones laborales.

En efecto, en el nuevo contexto internacional, marcado por la pérdida de la centralidad del trabajo como elemento articulador de las sociedades y de la identidad de los individuos (Castel, 1997), la sociedad argentina sufrió un proceso de empobrecimiento general y de segmentación social, que ha sido analizado por diversos autores (Minujin, 1992, 1993; Murmis y Feldman, 1992; Beccaria, 1993, Gutiérrez, 2004a, etcétera). La pobreza dejó de ser así el producto de una crisis para constituirse en un problema estructural, resultado endémico de una nueva forma de funcionamiento económico. En ese marco, el crecimiento de las actividades con baja capacidad de absorción de mano de obra mostró la incapacidad de un modelo que desvincula crecimiento económico y desarrollo social (Benza y Calvi, 2004) y que estalló con la crisis económica, social y política de diciembre de 2001. Este escenario imponía tomar medidas urgentes, con el fin de aliviar las durísimas condiciones de la población, disminuir la conflictividad social y, de ese modo, asegurar la "gobernabilidad". En un primer momento, se intentó paliar la situación utilizando el recurso de poder de la coerción, a partir de la represión de las distintas manifestaciones de protesta. Sin embargo, esas medidas no dieron el resultado esperado, desde el momento en que los conflictos se multiplicaban en diversos puntos del país. Es entonces cuando comienzan a diseñarse nuevos planes sociales focalizados en torno a la población desempleada, como mecanismos de control estatal sobre los sectores populares movilizados.

Brevemente, puede decirse que históricamente la política social argentina ha transitado por un proceso que ha tendido, desde la integración–universalización de derechos, hacia la exclusión asistencializada que se encuentra implicada en las políticas focalizadas.

El trabajo había asumido un lugar central en la reproducción de la vida social, y en su articulación con el desarrollo de la política social fue la base y la condición de los derechos ciudadanos, en épocas de pleno empleo (Hintze, 2006). Ahora bien, simultáneamente con el proceso de empobrecimiento mencionado, se fue avanzando por un camino de pérdida de derechos, con respecto a la relativa universalidad precedente. Y así, de la crisis del Estado de Bienestar y sus intentos de reforma se pasó a la producción del llamado "Estado de Malestar" (Bustelo, 1993).

Todo ello ha tenido consecuencias importantes en el nivel de las estrategias de las familias inmersas en la pobreza: los beneficiarios de estas políticas se construyen a sí mismos no desde sus potencialidades (capitales objetivos e incorporados) sino desde el lugar del "sujeto carenciado". Es decir, dominan ampliamente las apuestas realizadas desde las falencias que habilitan a conseguir diferentes tipos de ayudas estatales, que las sustentadas en las capacidades y, sobre todo, en los derechos a exigir, individual y colectivamente, la inserción plena en la sociedad. Y estos procesos cobran dimensiones mayores cuando se encuentran relacionados con prácticas clientelares, como lo han mostrado diversos autores (Auyero, 2001 y 2002; Svampa, 2005; Lodola, 2005). Además, también es posible observar modificaciones en otro nivel de las estrategias: claramente, esta dinámica de la ciudadanía asistida–focalizada (Svampa, 2005) produce transformaciones en la forma de relacionarse las bases entre sí, fundamentalmente por el quiebre de los vínculos y de los lazos solidarios entre pares y entre esas bases y el poder político, mostrando con mayor crudeza las relaciones de dominación.

Ahora bien, siguiendo a Hintze (2006), es necesario subrayar que al producirse la crisis económica, social y política de 2001 emergió un nuevo contexto para re–pensar los derechos y la política social y, a partir de 2003, con la nueva orientación política y económica que se adopta desde el gobierno nacional, comenzaron a visualizarse otras estrategias para hacer frente al problema estructural del desempleo y de la pobreza.

Es en el marco de estos procesos que este artículo propone una serie de reflexiones teórico–metodológicas en torno al análisis de las redes sociales y su vinculación con la problemática de la producción–reproducción de la pobreza. Estas reflexiones se originan a partir de un conjunto de estudios que se vienen realizando en Córdoba, Argentina, desde hace más de veinte años, y constituyen el marco conceptual de una investigación actualmente en marcha, cuyo tema es "La producción y reproducción de la pobreza en el análisis de las redes sociales" y que se desarrolla en el municipio de Malvinas Argentinas, provincia de Córdoba, República Argentina.

Esta localidad se encuentra ubicada a 16 kilómetros de la ciudad de Córdoba, capital de la provincia del mismo nombre. Nació como un caserío a la orilla del ferrocarril en el siglo XIX, pero fue en las dos últimas décadas del siglo XX cuando cobró impulso allí la radicación de la población y se observó una marcada reactivación en la venta de lotes.

Malvinas Argentinas presenta graves deficiencias en infraestructura y equipamientos urbanos, carece de dinámica económica propia y es altamente dependiente de la ciudad de Córdoba, pero al mismo tiempo ofrece ventajas para las condiciones de vida de sus habitantes, principalmente por su cercanía a la capital (centro de abastecimiento y de trabajo) y por el costo accesible del suelo y de la vivienda. Por todo ello, se constituyó en un centro receptor de población de menores ingresos, fundamentalmente provenientes de la ciudad capital, cobrando así características de "ciudad dormitorio de pobres" (Tecco y Bressan, 2003).

En efecto, según datos del Censo Nacional de Población de 2001, Malvinas Argentinas contaba con 8,628 habitantes, una cantidad que implica un 67% más que la del censo de 1991 (5,160 habitantes).

En 2004 (último relevamiento del cual se tienen datos oficiales) tenía un total de 2,756 viviendas ocupadas, con un promedio de 4.5 personas por vivienda (para la provincia y para la nación este promedio alcanzaba 3.4 y 3.6, respectivamente). Además, en ese año trabajaban 1.5 personas por hogar, mientras que el ingreso mensual medio por familia ascendía a $ 514.00.2

Del 68% de población sin sus necesidades básicas insatisfechas (NBI) según datos del censo de 2001, se pasa a un 60% en 2004, así como también del 75% de hogares sin NBI se descendió al 68%; es decir, se observa un empeoramiento de las condiciones generales de alrededor de ocho puntos en el breve lapso de tres años.

En síntesis, puede decirse que la investigación se inserta en la problemática general de la pobreza e intenta echar luz sobre su producción y reproducción. Para ello, se parte de un enfoque analítico relacional, cuyo eje es la noción de estrategias de reproducción social. Entre otras, especialmente se analizan aquellas que implican la movilización de capital social, recurso a partir del cual las familias pobres construyen redes (entre sí y con otros agentes e instituciones que ocupan otras posiciones en el espacio social) que pueden incidir tanto en la superación como en la reproducción de sus condiciones de pobreza.

Los supuestos teóricos fundamentales de los que se parte son los siguientes:

a) la pobreza no se produce/reproduce de manera independiente de la producción/reproducción de la riqueza (o de la no–pobreza);

b) en esa producción/reproducción relacional intervienen diferentes niveles de agentes sociales (de manera consciente o no consciente) con distintos recursos objetivos y simbólicos y con diferentes niveles de implicación y compromiso;

c) al ser producida/reproducida por medio de prácticas concretas, las condiciones de pobreza son susceptibles de ser modificadas, a partir de la posibilidad de develar las estructuras, los agentes y sus prácticas, y los mecanismos de su producción/reproducción.

En otras palabras, si suponemos que las situaciones de pobreza, como cualquier otro fenómeno social, son el resultado de la acción dialéctica de estructuras y de agentes sociales que, en diferentes niveles y sin ser necesariamente conscientes de los mecanismos, producen y reproducen las condiciones que las generan y las multiplican (Bourdieu, 1988 y 1990; Giddens, 1987 y 1995), las preguntas más generales que se plantean son: ¿cuáles son esas estructuras?; ¿cómo se caracterizan?; ¿en torno a cuáles recursos o capitales se constituyen?; ¿quiénes son los agentes sociales concretos?; ¿cómo es posible abordarlos?; ¿cuáles son los mecanismos a partir de los cuáles se enlazan agentes y estructuras y, al hacerlo, producen y reproducen las relaciones de poder, de desigualdad y, con ello, la pobreza?; ¿qué papel juegan aquí los diferentes tipos de redes sociales que involucran a familias pobres o a algunos de sus miembros?

Teniendo en cuenta los supuestos y las preguntas mencionadas, plantearé aquí, en un primer momento, los principales aspectos teórico–metodológicos de la investigación y el modo en que se insertan en los debates actuales de los estudios sobre la pobreza. Luego, en un segundo momento, presentaré los avances realizados en torno a la primera etapa, ligada fundamentalmente a su dimensión cuantitativa–estructural. Finalmente, pretendo mostrar la importancia de reconstruir la trama de relaciones sociales más amplias que, siendo independientes de las prácticas e interacciones de los agentes concretos, constituyen sus condiciones de posibilidad y la base objetiva de sus sentidos vividos.

 

TOMAS DE POSICIÓN TEÓRICO–METODOLÓGICAS

El planteamiento general de la investigación parte del concepto de estrategias de reproducción social, que es central en lo que se denomina un enfoque reiacionai de la pobreza (Gutiérrez, 2007),3 y a las que se considera un "conjunto de prácticas fenomenalmente muy diferentes, por medio de las cuales los individuos y las familias tienden, de manera consciente o inconsciente, a conservar o a aumentar su patrimonio, y correlativamente a mantener o mejorar su posición en la estructura de las relaciones de clase" (Bourdieu, 1988: 122). Estas estrategias tienen, como factores explicativos:

a) el volumen y la estructura del capital que cada familia (y cada clase y/o fracción de clase) tiene que reproducir, entendiendo que la noción de capital remite tanto a recursos económicos, cuanto culturales, sociales y simbólicos;

b) los instrumentos de reproducción social disponibles para cada uno de esos grupos, es decir, las posibilidades estructurales concretas que se les presentan a las familias, en relación con sus recursos, para percibirlas y aprehenderlas;

c) el estado de la relación de fuerzas entre las clases, y concretamente la estructura de relaciones que simultáneamente condiciona los márgenes de acción de cada clase y de cada fracción de clase; y

d) los habitus incorporados, como interiorización de la exterioridad, como estructuras de disposiciones a actuar, a percibir y a valorar cursos de acción posibles (Bourdieu, 1988).

Teniendo en cuenta los elementos señalados subrayamos, en primer lugar, que es a partir de las estrategias producidas por el conjunto de los agentes sociales (los pobres y los no–pobres), de manera consciente o no consciente, como se producen y se reproducen, simultáneamente, en una misma estructura social, las condiciones de la pobreza y las de la no–pobreza.

En segundo lugar, destacamos que en el volumen de recursos a partir de los cuales comienzan a definirse esas prácticas (capital económico, cultural, social y simbólico), ocupa un lugar central la noción de capital social4 en los análisis relativos a las familias insertas en la pobreza.

En efecto, desde los clásicos estudios de Larissa Lomnitz en una barriada mexicana, en numerosas oportunidades se han asociado de alguna manera estas nociones: recursos sociales, redes y pobreza (Lomnitz, 1978, 1979, 1994; Ramos 1984; Kessler, 1998; Auyero, 2001 y 2004; Hintze, 2004; Gutiérrez, 2004a).

Después de asumir esta cuestión, proponemos como eje de interrogación los lazos entre el capital social (bajo sus diferentes formas), las redes que se articulan sobre esa base y las diferentes estrategias puestas en marcha de ese modo.

Son muchos los aportes que en las ciencias sociales latinoamericanas se han realizado y se llevan a cabo actualmente (tanto en el plano teórico como en el empírico), que toman uno o varios de los conceptos de la problemática aquí mencionados y que, a continuación, se sistematizarán y se pondrán en discusión, señalando acercamientos y rupturas con la perspectiva teórico–metodológica que se emplea.

 

CON Y CONTRA EL ENFOQUE DE LOS "PERPETRADORES" DE LA POBREZA

La tradición latinoamericana en general y la argentina en particular han problematizado en diversos contextos de producción distintas maneras de encarar el análisis de la pobreza, resaltando algunos conceptos centrales: desde la noción de pobreza; la perspectiva de la marginalidad a través de sus diferentes aproximaciones (ecológico–urbanística, cultural, económica, multidimensional); el enfoque de las estrategias, el de la exclusión y el de la vulnerabilidad social.5

Actualmente cobra importancia en el debate el llamado enfoque de los "perpetradores de la pobreza", que reconoce especialmente los aportes de Else Øyen (2003 y 2004). Discutiendo la supuesta neutralidad–objetividad de varios análisis de la pobreza, la noción de "producción de la pobreza" intenta vincular esta problemática con las acciones de determinados actores (individuales o colectivos). De este modo, un proceso productor de pobreza sería un fenómeno duradero, que va siguiendo una suerte de patrón repetitivo, en el cual las prácticas de determinados actores posibilitan que la pobreza aumente o sea sostenida y en donde las víctimas de la situación (la población pobre) se encuentran en una circunstancia que implica pocas o nulas posibilidades de cambiar (Øyen, 2004). Por ello, resulta necesario identificar a los actores que producen pobreza o que ayudan a sostenerla. Algunos son más visibles, otros están escondidos tras redes complejas, donde se mezclan, simultáneamente, fuerzas que aumentan y que reducen la pobreza (Øyen, 2003).

Este enfoque intenta identificar los procesos y los actores perpetradores de la pobreza, que actúan en los diferentes niveles y que de alguna manera contribuyen con el mantenimiento del proceso de producción de la pobreza.

De esta manera, para comprender este fenómeno, es necesario observar a la población no pobre, su forma de producir y/o de sostener la pobreza. Aquí es importante destacar también los trabajos de Antonio Cattani, quien explícitamente muestra que las formas de apropiación de la riqueza, en el mismo contexto estructural, están relacionadas con el aumento de la pobreza y que, en definitiva, la explotación y el empobrecimiento de un gran número de trabajadores se traduce en el enriquecimiento de un número muy limitado de personas (Cattani, 2007). Más aún, muestra cómo las actividades fraudulentas (tales como la falsificación contable, la sub o sobrefacturación, la evasión fiscal, etcétera) asociadas a la riqueza tienen consecuencias muy claras sobre las desigualdades (Cattani, 2008).

En relación con ello, cabe destacar que en el enfoque que pretende dar cuenta de las maneras como se produce (y reproduce) la pobreza, se suele recordar explícitamente que, si bien ésta es resultado de acciones humanas, lo es en el marco de procesos sociohistóricos y estructurales de más larga data (Álvarez Leguizamón, 2005 y 2007).

Retomando lo planteado anteriormente, podrían formularse las siguientes preguntas: ¿Cuáles son las condiciones estructurales –e históricas– que permiten la existencia de actores y mecanismos que perpetúan la pobreza?; ¿cuáles son las prácticas concretas de esos perpetradores (agentes individuales o colectivos) que producen–reproducen la estructura que sostiene, simultáneamente, la pobreza y la riqueza?

Pensar en identificar a los perpetradores de la pobreza es, indudablemente, una llave analítica importante. En la perspectiva teórica que sostenemos, el primer paso sería identificar las posiciones sociales (y los recursos asociados a ellas) que, más allá de quienes las ocupan, tienen ligada una orientación objetiva para obrar como tales. Es decir, resulta necesario construir primero las condiciones estructurales específicas que los hacen posibles. El segundo paso es señalar concretamente a los agentes e instituciones que ocupan esas posiciones, tanto a quienes subjetivamente pudieran estar interesados en producir–sostener la pobreza, como a quienes generan prácticas y representaciones que aunque no conlleven esa intencionalidad (o, incluso, pretendieran lo contrario) actúan, sin embargo, en el mismo sentido.

 

CON Y CONTRA EL ENFOQUE DE LAS ESTRATEGIAS FAMILIARES

Retomando el concepto de "estrategias de reproducción social" al que se ha hecho referencia, recordemos que la perspectiva analítica en la que se inserta esta investigación es la de las estrategias familiares en la pobreza. Por cierto, este enfoque no es nuevo, ya que remite a las discusiones en las ciencias latinoamericanas de las décadas de 1970 y 1980, que se han retomado y explicitado en otro lugar (Gutiérrez, 2004a, 2004b y 2005).

Existen ciertos aspectos generales que constituyeron verdaderos aportes teóricos y metodológicos a la problemática de la pobreza: la propia noción de estrategia, que asegura un cierto margen de autonomía individual a los actores sociales y que no remite necesariamente a una acción deliberada, planificada, consciente; la utilización de la familia (considerada como unidad doméstica) como unidad de análisis; y la consideración de su posición social como factor explicativo fundamental.

En la actualidad, en ese marco y para ubicar las diferentes dimensiones del problema, en las ciencias sociales argentinas se destacan especialmente los trabajos de Amalia Eguía y de Susana Ortale (Eguía, 2004; Eguía y Ortale, 2005 y 2007; Ortale, 2003), cuyos aportes pueden sintetizarse de la siguiente manera:

a) El punto de partida para analizar las estrategias familiares son siempre "los recursos" de los pobres. Ello permite conducir un estudio integral de las condiciones de vida en la pobreza y asegura mayor potencial de explicación y comprensión de la complejidad del fenómeno.

b) Esos recursos tienen una dimensión material y una simbólica, y es necesario tener en cuenta a ambas. Igualmente, tan importantes como las estrategias que generan los pobres, son las representaciones que de esas estrategias y de sus condiciones se hacen quienes viven en esa situación.

c) Esos recursos existen y valen en un contexto estructural determinado. Evidentemente, tanto los de las familias pobres como los de las que no lo son tienen un valor que no puede tomarse como esencia, sino como relación: valen o dejan de valer en situaciones históricas concretas.

d) Los recursos no son individuales sino familiares. Ambas autoras destacan la importancia de tomar a la familia como unidad de análisis de las estrategias de reproducción social en general o de las estrategias alimentarias en particular, destacando su valor como elemento articulador entre los niveles micro y macrosociales.

En el marco global de la perspectiva estratégica, las autoras mencionadas incluyen también el análisis de la conformación de redes sociales, destacan su importancia en la reproducción familiar (Eguía, 2004) y dirigen becarios dedicados a este estudio específico (Alzugaray, 2007).

Para relacionar los diferentes aspectos teóricos mencionados hasta aquí es necesario explicitar dos cuestiones: Por un lado, si bien el encuadre teórico general es el concepto de estrategias de reproducción social, en esta investigación se focaliza el análisis en aquéllas asociadas con las redes sociales. Es decir, a las que ligan a las familias (o a algunos de sus miembros) con otras familias pobres y con otros agentes e instituciones que ocupan otras posiciones en el espacio social.

Por otro lado, como uno de los objetivos generales es contribuir a elucidar los factores que contribuyen a producir y/o reproducir la pobreza y, como se ha mencionado, se considera que esta situación responde a condiciones estructurales e históricas, se inserta el estudio de las prácticas y de las representaciones en un análisis de las condiciones objetivas, que involucra, en el diseño metodológico, una dimensión cuantitativa del problema.

 

CON Y CONTRA LOS ENFOQUES VINCULADOS AL CONCEPTO DE "CAPITAL SOCIAL"

Ya se ha mencionado que el concepto de capital social ha sido y sigue siendo objeto de grandes discusiones y que particularmente se han retomado algunas de ellas (Gutiérrez, 2005 y 2008a).

Ahora bien, resulta importante señalar que la perspectiva teórica que se toma, desde un enfoque relacional, incorpora una mirada estructuralista (Bourdieu, 1980), por oposición a una perspectiva sustancialista del problema (sostenida especialmente por Coleman, 1987, 1988 y 1990). Ambas miradas, evidentemente, remiten a modos de abordaje diferentes (y en muchos sentidos opuestos) de la acción social.6

Además de los textos mencionados, relativos especialmente al ámbito internacional, cabe destacar aquí algunos aportes de autores argentinos, además de las presentaciones ya citadas de Baranger (1997 y 2000) y de Hintze (2004), esta última claramente ligada al capital social en la pobreza. Entre los estudios empíricos, cabe citar los trabajos de Forni (2001), Forni, Siles y Barreiro (2004) y Forni y Nardone (2005). En éstos se observa un esfuerzo interesante por estudiar los procesos de organización comunitaria en un contexto histórico (el de la agudización del proceso de empobrecimiento), cuando muchos otros estudios se concentran en percibir y mostrar la destrucción del tejido social y la desafiliación social. También es interesante el modo como se intentan adecuar diferentes herramientas analíticas elaboradas en otros contextos sociohistóricos a la realidad de la Argentina actual.

Ahora bien, frente a estos trabajos cabe destacar una diferencia fundamental con respecto a la perspectiva analítica que guía nuestros estudios. En los primeros, el capital social "se crea sencillamente allí donde las relaciones entre personas se coordinan para facilitar una acción colectiva" (Forni, Siles y Barreiro, 2004: 3). Es decir, el capital social se construye en la interacción entre individuos, y el análisis se centra en esa interacción, sin considerar una dimensión estructural que, siendo independiente de los individuos, fija los límites y las posibilidades de sus acciones y de sus interacciones.

En la misma línea, focalizado en el nivel de las interacciones sociales se ubica, para el caso de Córdoba, el trabajo de Valdemarca et al. (2006), que parte del supuesto de que el capital social siempre "favorece" la integración colectiva (función de integración del capital social) y en donde se deja de lado, por ello, la posibilidad de identificar conflictos y relaciones de poder; es decir, no se tiene en cuenta lo que con frecuencia se observa empíricamente: la conformación de redes asimétricas de distinto tipo que involucran a agentes sociales dotados de diferentes tipos de recursos y que se posicionan de manera diferente en las estructuras de las relaciones de dominación.

Tomando de Baranger (1997 y 2000) su formulación de que el capital social en Bourdieu es relacional "por partida doble", en esta investigación se identifican dos espacios analíticos: por un lado, las interacciones y, por el otro, la estructura de relaciones objetivas que las posibilitan y fijan sus límites. Es decir, aquí el capital social es relacional en la medida en que alude a relaciones (entendidas como vínculos) que se establecen entre agentes e instituciones, pero también lo es en el otro sentido: el de las estructuras objetivas (materiales y simbólicas, externas e incorporadas), que son independientes de esos agentes e instituciones y que constituyen los límites y las potencialidades de esos vínculos.

Precisamente, en "Formas de sociabilidad y lazos sociales", Miguel Murmis y Silvio Feldman (2002) se preguntan: "¿En qué medida la vida social se construye como un sistema de relaciones y hasta dónde esas relaciones plasman los encuentros y desencuentros a través de los cuales se hacen patentes nexos y rupturas entre sujetos sociales?" (Murmis y Feldman, 2002: 13). Es esta preocupación la que involucra el estatus ontológico y epistemológico, así como la articulación entre la estructura y la interacción, la que está de algún modo presente en el conjunto de textos que componen el volumen colectivo Sociedad y sociabilidad en la Argentina de los noventa (Beccaria et al., 2002); y también la que subyace en los trabajos ya citados de Kessler (1998) y de Auyero (2001 y 2004).

Al sistematizar distintos estudios relativos a la teoría de las redes y al capital social, Murmis y Feldman (2002) realizan importantes aportes, de los que destacan fundamentalmente dos, por su pertinencia con respecto a la problemática aquí planteada:

a) La necesidad de realizar análisis circunstanciados. Esta afirmación tiene dos elementos implicados: por un lado, supone captar el despliegue de una diversidad de relaciones que permiten registrar tipos de situaciones y, con ello, identificar los vínculos en áreas específicas de interacción y en diferentes contextos de sociabilidad; y por otro, implica conectar esas experiencias vinculares con las posiciones estructurales de los agentes.

b) Retomando a Georg Simmel rescatan la necesidad de considerar también en el análisis a la "lucha" en el marco de las redes y, con ello, no sólo a las relaciones que tienden a la integración y cohesión social sino también a las conflictivas, en sus diversos grados, ya sean éstas institucionalizadas o no.

En este sentido aparece clara la necesidad de involucrar en el análisis de las redes sociales, junto a los mecanismos de integración y de solidaridad, las dimensiones de poder y de conflicto, intentando explicar y comprender las diferentes formas que pudieran adoptar, en el marco de condiciones estructurales concretas y situadas en el tiempo y en el espacio. Por otra parte, esos mismos análisis circunstanciados se constituyen en insumos valiosos que permiten avanzar en la investigación de otras realidades, en un diálogo constante entre reflexión teórica y estudios empíricos.

 

SOLIDARIDAD Y CONFLICTO, RECURSOS Y PODERES DE LAS REDES SOCIALES EN LA POBREZA

En efecto, en una investigación anterior, realizada en un barrio pobre de la ciudad de Córdoba, Argentina (Gutiérrez, 2004a), se han reconstruido cuatro tipos de redes sociales en las cuales las familias pobres entrelazan parte de sus estrategias de reproducción social y que esquemáticamente se pueden presentar del siguiente modo:

1) Redes de intercambio "clásico" de bienes y servicios (q ue son conformadas por un conjunto variable de familias pobres entre sí) entre parientes y vecinos más cercanos, que consisten especialmente en intercambiar comida, herramientas o en pequeños préstamos de dinero y ciertos servicios como el cuidado de niños pequeños o algunas tareas domésticas (limpieza, lavado y planchado de ropa, etcétera).

2) Red colectiva entre familias, que va cobrando diferentes formas de institucionalización, a lo largo del tiempo, hasta constituir una Cooperativa de Vivienda y Consumo. Se trata de una red donde el aporte de cada familia (a partir de alguno o varios de sus miembros) conforma un capital social colectivo que es un recurso valioso de acción, precisamente como conjunto solidario, en la medida en que les permite vincularse especialmente con agentes e instituciones (partidos políticos, ongs, instituciones del Estado en sus niveles municipal, provincial, nacional, etcétera) que ocupan otras posiciones en el espacio social.

3) Redes de intercambio diferido intergeneracional (de familias pobres entre sí), que involucran a dos generaciones diferentes y que instituyen a la mujer–madre como la principal receptora y distribuidora de los bienes y de los servicios que circulan allí. Se trata de redes familiares que comprometen la estrategia habitacional, especialmente en un momento específico del ciclo vital de los hijos: ante una nueva unión legal o de hecho, y en condiciones materiales que impiden la neolocalidad, la nueva pareja se instala en la casa de una de las madres,7 que de este modo "ayudan" a los hijos en esta etapa, ofreciendo espacio físico y compartiendo cierto equipamiento doméstico y, a veces también, la comida y otros gastos. El intercambio es diferido, pues se espera que los hijos "devuelvan" esa ayuda en otro momento de su ciclo vital, y cuando sus propios hijos se encuentren en una situación similar: "[...] las cosas se van haciendo así, a mí me ayudó mi mamá, yo ayudo a mi hija ahora y seguro que a ella le va a tocar lo mismo con sus hijos". Otros bienes que circulan dentro de la red son producto de donaciones realizadas por otros parientes o por los empleadores de alguno de los miembros de la familia (especialmente ropa y calzado, pero también muebles o electrodomésticos que se descartan). En todos estos casos, quien recibe los bienes es la mujer–madre que los acondiciona y es quien decide, según una jerarquía de prioridades, cuál de los miembros de la red recibe cada uno de esos objetos.

4) Redes de intercambio de reciprocidad indirecta especializada (de familias pobres con no–pobres), donde se intercambian diferentes bienes y servicios cuyas posibilidades se fundamentan en la disponibilidad especial de ciertos capitales: las familias pobres, dotadas de un capital social colectivo con tasas de conversión (según los contextos históricos) en otras especies de capital; los no–pobres, a su vez, dotados de capitales sociales y culturales a partir de los cuales generan las prácticas que involucran en ese juego. En este trabajo se analizó especialmente a las redes que esas familias han mantenido con el grupo revolucionario urbano Montoneros, en los primeros años de la década de 1970, cuando las condiciones estructurales permitían la conversión de ese capital social colectivo en capital político; con dos ongs que habían tenido acciones en el barrio ya en plena dictadura militar, en los primeros años de 1980, y que continúan hasta finalizar la década; y con representantes de las dos fuerzas políticas mayoritarias, el justicialismo y el radicalismo, en la segunda mitad de los ochenta y a lo largo de los noventa, una vez recuperada la democracia argentina. En éste último caso, nuevamente el capital social colectivo es susceptible de transformarse en capital político, aunque con un sentido diferente al de la época anterior. (Gutiérrez, 2004a). En ese trabajo fue importante insertar el estudio de los diferentes tipos de redes sociales que involucraban a las familias pobres residentes en el barrio, con las redes de relaciones de poder más amplias, e introducir la dimensión del conflicto en el análisis, en una doble dirección.

En primer lugar, con respecto a las redes que enlazan a pobres y no–pobres. Aquí el conflicto, al menos latente, se manifiesta en el hecho de que se articulan modos de reproducción diferentes. Así, por un lado, en el primer caso, el de los Montoneros en el campo político argentino, en el que se encuentran en un fuerte proceso de acumulación de capital político–revolucionario;8 en el segundo, el de las ongs en su propio espacio de juego y, en el tercero, el de los agentes representantes de las fuerzas políticas mayoritarias en el campo político–partidario. Por otro lado, el de las familias pobres en el sector del espacio social de la pobreza. Considerando esa articulación simultánea de diferentes modos de reproducción (y no necesariamente buscada como programa explícito –y a veces, incluso, al contrario–), creemos que es necesario introducir en el análisis de este tipo de redes sociales la cuestión de elucidar en qué medida se pueden reforzar así –en muchos aspectos– las relaciones de poder implicadas.

En segundo lugar, resulta fundamental reflexionar en estos términos, en referencia al estudio de las redes que sólo involucran a las familias pobres. En efecto, también las relaciones de conflicto y de poder se hicieron visibles al estudiar la importancia que adquieren dos tipos de mecanismos. Por un lado, se trata de la concentración y monopolización del capital social colectivo (es decir, un grupo reducido de familias logra acumular de manera diferencial, a través de sus funciones de gestión de la Cooperativa, la administración de un patrimonio común, cuya fuerza radica justamente en que involucra a un número mucho mayor de grupos familiares), que incluye estrategias de transmisión hereditaria, familiar y comunitaria de ese capital y de la capacidad para administrarlo. Por otro lado, en esas mismas prácticas pudo observarse la potencialidad de ese capital social para la acumulación y conservación de otros recursos (especialmente económicos), mostrando tasas variables de inversión–reconversión en otras especies de capital.9

Por otra parte, en un primer estudio exploratorio realizado en Malvinas Argentinas se trabajó especialmente en torno a procesos constructivos de viviendas populares en dos barrios recientemente creados: El Hornero II y Nicolás de Bari, surgidos en el marco de un proceso de relocalización –política pública mediante– de diversas familias residentes en "villas" pobres de la ciudad de Córdoba.

Para los efectos de este artículo destacamos que ese estudio muestra cómo en el mismo contexto político y en la misma localidad (Malvinas Argentinas, provincia de Córdoba, República Argentina) se conforman dos redes sociales diferentes ligadas a dos organizaciones colectivas: la cooperativa "El Hornero" y la asociación civil "Nicolás de Bari". En otras palabras, se observa cómo un mismo programa habitacional cobra especificidad en lo que podrían llamarse dos modalidades diferentes de gestión del habitat (como procesos objetivos y como sentidos vividos) asociadas a distintas trayectorias de acumulación del capital social colectivo y a sus diferentes posibilidades de reconversión en otras especies de capital, especialmente en capital militante, en el sentido de Mattonti y Poupeau (2005). Así, pudo mostrarse cómo trayectorias diferentes de capital social colectivo, aun en el marco de condiciones de vida similares (familias pobres residentes en la ciudad de Córdoba, que no han resuelto todavía su estrategia habitacional), condicionan fuertemente la manera como se gestiona el hábitat popular, pudiéndose distinguir dos modalidades claramente diferenciadas: una denominada gestión empresarial del habitat; la otra llamada gestión militante del habitat (Gutiérrez, 2008c).

Estos tipos de redes identificados en estudios previos muestran distintas maneras acerca de cómo se manifiestan las condiciones estructurales (y sus trayectorias) y las formas que pueden adquirir las relaciones de desigualdad y de poder, lo que nos obliga a tomarlas en consideración a la hora de encarar otras realidades empíricas.

 

ESTRUCTURA E INTERACCIONES EN EL ANÁLISIS DE LAS REDES SOCIALES

En consecuencia, a partir de estas discusiones teóricas y de los resultados de los estudios anteriores, en la presente investigación se introduce explícitamente el análisis de redes en el marco de las demás estructuras sociales y, por ello, inmersas en sistemas de relaciones de dominación–dependencia.

Por otra parte, es necesario considerar las distintas dimensiones de esas relaciones de poder: por un lado, las asociadas a las condiciones objetivas que permiten visualizar relaciones de fuerza y de conflicto y, por otro, las vinculadas con sus manifestaciones concretas, en prácticas, interacciones, representaciones y discursos.

De esta manera, las redes son analizadas en un doble plano: estructural (que alude a las posiciones de los agentes que forman parte de las mismas) y vincular (que remite a las prácticas y representaciones de los agentes en interacción). Es decir, se proponen dos dimensiones analíticas para dar cuenta de las redes sociales:

a) Una dimensión estructural, que aborda las condiciones objetivas externas (históricamente situadas) y su relación con aquellos elementos que permiten ubicar a los agentes e instituciones en el espacio social: volumen y estructura del capital (objetivado e incorporado). Se trata de capital social, evidentemente, pero también de las otras formas de capital (económico, cultural y simbólico), que también se posicionan socialmente de manera diferenciada y que son susceptibles de ser intercambiadas. Así, esas diferentes especies de capital constituyen las condiciones de posibilidad de la circulación de distintos tipos de bienes y servicios entre los componentes de las redes.

b) Una dimensión vincular, que consiste en el análisis de las interacciones concretas; de su frecuencia; de la intensidad de los lazos que pudieran crearse; del tipo y calidad de los bienes (materiales o no–materiales) y de los servicios que circulan; de las representaciones que los participantes en las redes tienen acerca de sus prácticas y de las prácticas de los demás miembros, etcétera. Es importante incluir en el estudio elementos que se refieran a la subjetividad de los agentes implicados, ligados a sus trayectorias individuales y sus experiencias personales, en el marco de trayectorias colectivas.10

 

LA RECONSTRUCCIÓN DE LA ESTRUCTURA DE POSIBILIDADES: EL ESPACIO SOCIAL

Como parte de una primera etapa de abordaje estructural, se ha iniciado la construcción del espacio social de la localidad de Malvinas Argentinas. Para ello se ha realizado un análisis de la información del Censo de Población y Vivienda de 2001 (último en el que se tiene acceso a las bases de datos) desagregada a nivel de segmentos censales, recurriendo a técnicas multivariadas, acordes para la construcción del sistema de relaciones de aquel espacio, su estructura y las posiciones existentes.

Aquí estamos considerando como unidades de análisis a los segmentos censales, en tanto agrupamientos de viviendas próximas entre sí en el espacio geográfico. Una vez caracterizadas las regiones de este espacio y a partir de métodos de clasificación, se propuso el armado de clases (en tanto posiciones próximas en el espacio social); esto es, la construcción de una tipología de estos segmentos que toma en cuenta, de modo simultáneo, un conjunto de indicadores relevantes para el problema planteado. Es decir, partiendo de unidades de análisis y de propiedades vinculadas con el espacio geográfico construimos un espacio social, una estructura de relaciones sociales.

Asumir el espacio social como pluridimensional y con posiciones definidas en función de un sistema de coordenadas cuyos valores se corresponden con diferentes propiedades pertinentes, y donde los agentes se distribuyen en dos dimensiones, según el volumen global del capital y de acuerdo con la estructura de su patrimonio (Bourdieu, 1990), implica poner en juego una metodología apropiada para su construcción. Esto es, la utilización de técnicas de análisis multidimensional que permitan abordar de manera simultánea la propiedades reveladas (y consideradas eficientes en el sistema de relaciones que se pretende describir), articuladas con métodos de clasificación que consideren las coordenadas factoriales de cada segmento en aquel espacio. Sin embargo, los "agentes" seleccionados no son individuos sino segmentos censales. Y es que nada nos impide pensar la construcción del espacio social y el armado de clases tomando, desde la misma lógica, a los segmentos censales (en tanto conjunto de viviendas próximas en el espacio físico) como agrupamientos significativos, y dar cuenta así del espacio social que conforman y de las posiciones próximas en dicho espacio.

Ahora bien, ¿qué relación existe entre el espacio social, así entendido, y el espacio físico; entre la yuxtaposición de campos y la cartografía del terreno; entre las posiciones y las localizaciones geográficas? De hecho, el espacio social se retraduce de alguna manera en el espacio físico y cobra la forma de la relación entre la estructura de la distribución espacial de los agentes y la estructura espacial de los bienes y servicios (públicos y privados), mediados por los poderes de apropiación que brinda el volumen y la estructura de los capitales de esos agentes. Y como los diferentes campos –y los distintos espacios sociales físicamente objetivados– tienden a superponerse, es posible observar concentraciones de los bienes más escasos y sus propietarios en ciertos lugares del espacio físico (barrios ricos, espacios exclusivos y de lujo), que se oponen en todos los aspectos a aquellos que reagrupan a los más desposeídos (suburbios pobres, guetos) (Bourdieu, 1999).

Pueden tomarse entonces a los segmentos censales como unidades sociales que ocupan unos lugares en el espacio físico, que se retraducen en diferentes posiciones en el espacio social. Se supone así que estos segmentos tienen (más allá de que lo que verdaderamente los caracteriza es la proximidad física de las viviendas que los componen) alguna homogeneidad interna en torno a las propiedades sociales de los hogares que conforman las viviendas próximas en el espacio geográfico. Ello nos recuerda que al elaborar sus estrategias para vivir, los diferentes individuos y familias tienen oportunidades y márgenes de acción que son distintos y que dependen, en lo fundamental, de la gama y de la cantidad de los recursos que tengan para percibir esas oportunidades y aprovecharlas y, evidentemente, de la existencia físicamente accesible de esas oportunidades. En otras palabras, en la disposición de los instrumentos de reproducción social por parte de agentes dotados de diferentes volúmenes y estructuras de capitales juegan tanto la "distancia social real", esto es, las posibilidades concretas de apropiación que devienen de esos capitales que están en relación directa con la política social imperante en ese momento histórico, como la "distancia geográfica", es decir, la distribución espacial de los diferentes tipos de bienes y servicios.

En consecuencia, el espacio social conformado por los segmentos puede ser considerado pluridimensional, donde éstos ocupan posiciones conforme a coordenadas derivadas del sistema de propiedades (o las variables pertinentes consideradas al componer dicho espacio). Así, el análisis factorial es el método que se muestra como más apropiado para captar en su totalidad el conjunto de características consideradas y la estructura de sus relaciones y, en particular, el análisis de los componentes principales (ACP). Este método permite trabajar con el sistema de variables actuando en conjunto y no aisladamente, evitando tomar el espacio social de manera unidimensional. Una vez conformado éste, se podrían recortar clases en él, a partir de la aplicación de los métodos de clasificación jerárquica ascendente (CJA).

A su vez, la utilización de métodos factoriales permite la representación del espacio social a través de planos factoriales que, a modo de diagramas, posibilitan el análisis y la visualización del conjunto de relaciones que se presentan simultáneamente entre las propiedades observadas. Esto es, el sistema completo de relaciones que constituye el verdadero principio de fuerzas que actúan en el campo. Así, es posible caracterizar las regiones del espacio conforme a la proyección de los vectores de crecimiento de las variables consideradas y dar cuenta del sistema de diferencias construido. Del mismo modo, esta representación del espacio social permite proyectar y visualizar la ubicación relativa de los agentes presentes en él (en este caso segmentos censales). Por último, y a partir de las proximidades y distancias en este espacio, es posible el armado de clases construidas sobre la base de las propiedades que devienen de la posición relativa o relacional de cada segmento en la estructura del sistema de relaciones. La ubicación de estas clases en el espacio social de posiciones construido a partir del acp puede visualizarse en el diagrama 1:

 

LA CARACTERIZACIÓN DE LAS CLASES: CONDICIONES DE POSIBILIDADES Y DE LÍMITES

En el marco de lo que podemos llamar el espacio social de Malvinas Argentinas hemos podido identificar fundamentalmente tres clases estadísticas. Una cuarta clase carece de interés, en la medida en que queda compuesta por sólo un segmento, que resultó con características que no permiten agruparlo junto a ninguno de los grupos existentes.11

Primero, distinguimos una "clase baja" que presenta carencias en el nivel de equipamiento de sus hogares (no poseen heladera ni lavarropas); se encuentra asociada a situaciones de pobreza medidas por las necesidades básicas insatisfechas (NBI); está compuesta mayoritariamente por inquilinos (a la vez que se asocia negativamente con la modalidad "propietarios de la vivienda y el terreno" de la variable "régimen de tenencia") y personas con "otra situación" de ocupación (modalidad que excluye a jubilados, pensionados y estudiantes). Al igual que con el régimen de tenencia del terreno y de la vivienda, esta clase se encuentra asociada de manera negativa con la modalidad "ocupados". Cabe destacar su asociación con fuertes carencias en el nivel de instrucción del jefe de hogar (segmentos asociados a una mayor proporción de jefes sin instrucción que el resto) que, sumada a la situación de NBI por asistencia escolar –presente como modalidad característica de la clase–, muestra el efecto de reproducción de la estructura patrimonial de base cultural (capital escolar) entre los jefes de hogar y sus hijos.

Luego, podemos identificar una "clase media" que presenta modalidades intermedias en sus principales variables asociadas. Nivel medio de equipamiento doméstico (caracterizado por la tenencia de lavarropas común –no automático ni semi–automático– heladera sin freezer y ausencia de computadora personal [PC]). Esta clase es la más numerosa (53% de los segmentos presentes) y, si bien no muestra asociaciones significativas con los niveles de instrucción u ocupación de los jefes de hogar, a diferencia de la anterior, se caracteriza por presentar una alta proporción de propietarios de la vivienda y del terreno.

Por último, encontramos una "clase alta" –con un 24% de los segmentos censales–, que se describe de ese modo por poseer asociadas en proporciones significativas modalidades correspondientes a un alto equipamiento del hogar (lavarropas automático, heladera con freezer y PC). A su vez, muestra proporciones elevadas de segmentos donde los jefes de hogar poseen un medio o alto nivel de instrucción (estudios secundarios completos o universitarios incompletos) lo que, junto a la ausencia de NBI, los diferencia significativamente del resto.

Finalmente, a modo de resumen del sistema de relaciones presentes podemos construir un esquema teórico del espacio social (ahora también empírico), donde cada clase ocupa una región en el espacio de posiciones, regiones que, si bien nunca se encuentran diferenciadas de manera exclusiva unas de otras, pueden ser analizadas como expresión de la situación de clase, en términos de condicionamientos asociados y posición relativa de cada clase. Ello puede visualizarse en el diagrama 2.

Puede considerarse el espacio social construido y el recorte de las clases que sobre él se realiza, como la estructura fundamental, en términos objetivos, sobre la cual se dibujan las posibilidades y las imposibilidades para participar en redes sociales y para hacerlo de una determinada manera y no de otra, a partir de la acumulación de ciertos recursos y la ausencia de otros.

Ello significa que partiendo de esta construcción del espacio social de Malvinas Argentinas es necesario avanzar en varios sentidos. En primer lugar, analizar instituciones concretas que ya han sido identificadas, que establecen redes con las familias pobres: escuelas, municipio (a través de la instrumentación de distintos programas, especialmente planes de empleo y de sostenimiento de ingresos),12 comedores, ONGS, iglesias. Aquí se consideran fundamentalmente dos cuestiones: volumen de recursos de la institución y tipo de servicios o transferencia de bienes que se ponen en juego en las redes.

En segundo lugar, y ya estrictamente relacionado con las familias pobres residentes en la localidad, hay que identificar a los agentes que respondan a los "perfiles" de cada una de las clases (conformadas aquí por segmentos censales), y ubicar su participación concreta en redes sociales de diferente tipo, reconstruyendo trayectorias específicas y analizando distintos aspectos de las interacciones implicadas, tales como su frecuencia, su intensidad, su grado de involucramiento.

Finalmente, un tercer momento permitirá realizar una tipología de redes sociales que muestre diferentes modos de articulación entre las condiciones materiales y simbólicas y las estrategias específicas, entre los sentidos objetivos y los sentidos vividos; en definitiva, distintas maneras por las cuales agentes y estructuras producen y reproducen las relaciones sociales, las de la pobreza y las de la no–pobreza.

 

CONCLUSIONES

A lo largo de este texto se ha reflexionado en torno a una perspectiva teórico–metodológica para estudiar a las redes sociales en la pobreza. Constituye un conjunto de tomas de posición con respecto a otras maneras de problematizar la cuestión, que se construyó paulatinamente, durante más de veinte años, mediante un diálogo permanente entre discusión teórica e investigación en el terreno.

En el plano empírico se ha mostrado, especialmente, una manera de reconstruir las estructuras objetivas externas, a partir de datos censales. Sin embargo, en todo momento se ha pretendido demostrar que se trata de un abordaje complejo que combina tanto metodologías cuantitativas como cualitativas, que reconstruye estructuras y trayectorias, y que pretende dar cuenta del lugar de las redes sociales en la producción y reproducción de la pobreza, en el marco de un enfoque relacional e histórico de la problemática.

Aquí se encuentran implicadas dos grandes categorías conceptuales: espacio social y estrategias de reproducción social, herramientas analíticas cuya definición y puesta en práctica en estudios empíricos concretos suponen una ruptura con el modo de pensamiento sustancialista y su sustitución por un modo de abordaje estructuralista, que pone el acento en las relaciones.

Así, el "espacio social" tal como el que hemos mostrado es una construcción elaborada por el investigador, a partir de la perspectiva teórica adoptada, para encarar su estudio y el de las hipótesis implicadas. Por ello, permite construir "clases en el papel" (Bourdieu, 1990) definidas unas en relación con las otras sobre la base de un espacio pluridimensional de posiciones (Bourdieu, 1990), una suerte de "fotografía" que sólo muestra un estado de las relaciones de fuerza entre esas clases construidas en un momento histórico determinado.

Las "estrategias de reproducción social" remiten a sus aspectos dinámicos. Comprenden el conjunto de prácticas concretas que agentes individuales y colectivos (la "familia" constituye la unidad de análisis fundamental en este sentido), sin ser necesariamente conscientes, ponen en marcha para resolver los distintos aspectos que atañen a su reproducción cotidiana y que, de ese modo, participan en la producción y reproducción de las relaciones sociales globales y de sus mecanismos de dominación.

¿Cómo se construye el espacio social?; ¿cuáles son los factores que explican las estrategias de reproducción social? Sin duda, hay un elemento central: es el conjunto de recursos económicos y no–económicos (culturales, sociales y simbólicos) y el peso que cada uno de ellos tiene en el patrimonio familiar, lo que se denomina volumen y estructura del capital, el principio de construcción de las clases y de las fracciones de clase en el marco de ese espacio y, a la vez, el principal factor que permite explicar las estrategias desplegadas en su dinámica.

Así, cuando se analizan situaciones de pobreza, desde hace muchos años los estudios específicos han mostrado el peso que uno de esos recursos tiene: el capital social. Conceptualizado aquí también de modo relacional, y asociado a la noción de red, se asume la hipótesis de que las familias que viven en situaciones de precariedad resuelven muchos aspectos de sus prácticas cotidianas conformando redes con otras familias que viven en situaciones semejantes y, también, con agentes e instituciones que ocupan otras posiciones en el espacio social.

Por esas redes circulan diferentes tipos de bienes y de servicios y, como se ha señalado, no implican necesariamente intercambios entre iguales ni son siempre simétricas: más todavía, se insertan en las relaciones de poder más amplias del espacio social y suelen articular modos de reproducción diferentes, lo que genera conflictos y luchas, aun cuando se constituyan entre familias que comparten iguales condiciones de existencia. En efecto, tratándose de uno de los pocos recursos que los pobres pueden acumular, el capital social se constituye en una fuente de poder a través de la cual se pueden obtener otros recursos (económicos fundamentalmente, pero también simbólicos). Asimismo, es una fuente de conflicto y de lucha por su apropiación y por la monopolización de su forma más eficiente: el capital social colectivo, susceptible de ser reconvertido en otras especies, como el capital político o el capital militante.

Hemos propuesto entonces que el análisis de las redes sociales (como formas de capital social colectivo) se muestra como un aspecto fundamental para estar en condiciones de dar cuenta de ciertos mecanismos por los cuales se produce y se reproduce la pobreza; también lo es como un modo de identificar elementos "perpetradores de la pobreza". Ahora bien, se ha pretendido demostrar que ese análisis conlleva necesariamente una doble dimensión. Primero, una dimensión estructural, con la intención de mostrar las condiciones objetivas que hacen posible la conformación de esas redes y posicionar a los diversos participantes; luego, una dimensión vincular, que remite a las formas concretas, a las prácticas y representaciones de los agentes, a sus interacciones y sentidos vividos, cuyos límites son esas propias estructuras externas.

 

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NOTAS

2 Equivalentes, aproximadamente, a 172 dólares.

3 Allí se exponen las líneas generales de un análisis reiacionai para los estudios de la pobreza, que se considera una perspectiva fructífera en la medida en que posibilita la construcción de herramientas de abordaje para analizarla en todas sus dimensiones y, especialmente, en el contexto de la reproducción de la sociedad en su conjunto y de sus mecanismos de dominación. Partiendo del concepto de estrategias de reproducción social, se sostiene el carácter relacional del mismo en todos sus aspectos y en función de cada uno de los factores que intervienen: volumen y estructura del capital, estado de los instrumentos de reproducción social, estado de la relación de fuerzas entre las clases, habitus incorporados. Poniendo el énfasis en los recursos de la pobreza y, específicamente, en el capital social, se señalan las potencialidades analíticas que cada una de estas categorías tiene para dar cuenta de la problemática.

4 Por cierto, este concepto tiene una larga historia intelectual en las discusiones en las ciencias sociales, como lo han demostrado, entre otros, Platteau (1994), Woolcock (1998), Woolcock y Narayan (2000), Millán y Gordon (2004) y, en el contexto de nuestro país, Baranger (1997, 2000) y Hintze (2004). Se han sistematizado esas discusiones en Gutiérrez (2005), destacándose el valor heurístico del concepto, y en otros trabajos (Gutiérrez, 2008a y 2008b), la importancia que dicho concepto adquiere en un enfoque relacional, por oposición a un abordaje sustancialista.

5 En Gutiérrez, 2000, 2002, 2004a, 2004b, 2007, 2008c, pueden verse discusiones relacionadas con cada una de estas perspectivas, que apuntan a consolidar un marco analítico construido a partir de esas discusiones teóricas y de trabajos empíricos concretos. Allí se citan a los autores más representativos de todas estas aproximaciones al problema.

6 Se ha desarrollado especialmente este lazo entre los conceptos de capital social de Bourdieu y de Coleman y las teorías de la acción que sostienen (Gutiérrez, 2008a).

7 Las propietarias legales son las mujeres. En el barrio estudiado se pusieron en marcha dos planes de vivienda que, en sus reglamentaciones, ponían como requisito la titularidad femenina de la propiedad.

8 De hecho, los estudios específicos destacan a este movimiento como la fuerza revolucionaria urbana más importante (en cuanto a capacidad de movilización) de América Latina (véase Gillespie, 1987).

9 En Gutiérrez, 2005, se retoma la idea de Baranger (1997, 2000) de que el capital social es relacional por partida doble en la perspectiva de Pierre Bourdieu y se vuelve sobre esta investigación empírica. La idea es mostrar, a través de estos análisis concretos, las capacidades heurísticas del concepto, y dar cuenta del sentido de lo "relacional" del capital social (es un recurso que puede tomar diferentes formas, que posiciona a los agentes sociales en estructuras de poder, que permite relacionar a los pobres entre sí y a los pobres con los no–pobres). Es también relacional en función de la estructura en un doble sentido (considerando la estructura social más amplia y la escena social que puede construirse con el conjunto de familias pobres), y es una apuesta –enjeu– en un doble sentido (en el juego que se establece con los no–pobres, y en el marco de la organización colectiva en sí misma).

10 En síntesis, las cuatro dimensiones implicadas en el problema (estructural, histórica, material y simbólica) suponen, desde el punto de vista metodológico, la diversificación y complementación de estrategias: análisis de fuentes documentales; análisis a través de fuentes estadísticas, especialmente los censos de población disponibles; las encuestas a través de cuestionarios (para identificar volúmenes y estructuras de recursos y posicionar relacionalmente a las familias, y a otros agentes e instituciones involucradas en las redes); entrevistas semiestructuradas (a informantes clave, a miembros diferentes de las familias pobres, a otros agentes involucrados en los procesos); observación participante (permite analizar, por ejemplo, diversos aspectos de las redes de intercambio que no pueden ser abordados sólo a partir de una entrevista); e historias de vida (a los diferentes agentes, con el objetivo de reconstruir trayectorias individuales y colectivas).

11 Si bien el secreto estadístico impide ubicar física y concretamente cada uno de los segmentos, por sus características hemos podido deducir que éste se asocia a viviendas que ocupan ciertas instituciones (escuela, seminario) y no está vinculado con grupos familiares.

12 Según datos de la Secretaría de Desarrollo Social de la localidad, en 2008 se distribuían, a nivel municipal como el gestor de planes nacionales, cincuenta planes para jefas y jefes de hogar desocupados; 456 en el marco del Plan Familias; nueve programas de empleo comunitario (todos de transferencia de ingresos con contraprestaciones) y cinco proyectos del programa "Manos a la obra" (sobre la base de subsidios para microemprendimientos colectivos). Además, existen familias que reciben apoyos sociales de origen provincial que se distribuyen a través del Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia de Córdoba: 17 programas dentro del proyecto "Familia Joven" y otros como los programas "Igualdad de oportunidades", "Trabajo para todos" y "Volver al trabajo").

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