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Sociológica (México)

versão impressa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.26 no.73 México Mai./Ago. 2011

 

Artículos

 

Lineamientos para un análisis de las identidades sociodeportivas en el fútbol

 

Guidelines for an Analysis of Socio–Sport Identities in Soccer

 

Juan Rogelio Ramírez Paredes1

 

1 Profesor–investigador del Área de Historia de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa. Correo electrónico: eclud1070@yahoo.com.mx

 

Fecha de recepción: 25/09/2009
Fecha de aceptación: 17/11/2010

 

RESUMEN

El presente artículo pretende mostrar uno de los ejes contemporáneos mediante el cual se han venido procesando algunas de las nuevas formas de identidad social en nuestra contemporaneidad: el deporte en general y, específicamente, el fútbol. En este sentido, el texto muestra la multidimensionalidad del fútbol y propone líneas de análisis básicas en relación con aquella dimensión que se vincula a la generación de identidades sociodeportivas. En el estado de la cuestión se reconoce una carencia importante de este tipo de estudios en México y se llama la atención sobre su pertinencia.

Palabras clave: juego, deporte, espectáculo, negocio, identidad, identidad sociodeportiva.

 

ABSTRACT

The aim of this article is to show one of the central axes for processing some of the new forms of social identity in our contemporaneity: sports in general, and specifically, soccer. The text deals with soccer's multidimensionality and proposes lines of basic analysis vis–à–vis the dimension linked to the generation of socio–sport identities. As far as research has gone today, an important absence of this kind of studies in Mexico is generally recognized as is their importance.

Key words: game, sport, spectacle, business, identity, socio–sport identity.

 

Nosotros no hacemos football, hacemos fútbol.
PELÉ

 

INTRODUCCIÓN

He decidido tomar una frase que Pelé ha usado en un comercial televisivo porque resulta bastante indicativa. Ello, en la medida en que muestra la capacidad de apropiación latinoamericana que, en el caso del fútbol, es reconocida mundialmente y que en términos históricos y sociales pareciera ser lo que mejor nos define. Además, muestra la importancia específica del fútbol para los latinoamericanos.

Pese a que el fútbol es una constante de carácter mundial, la mayoría de la literatura "seria" al respecto, cuando menos la más conocida, tiende a ser elaborada desde el punto de vista organizacional–empresarial. Se da por descontada la primacía del fútbol como industria y negocio, se discuten someramente sus otros aspectos y se termina juzgando que hay poco de qué hablar al respecto. Al final, lo que deja dinero es de lo que vale la pena hablar y publicar: liderazgos, clubes deportivos exitosos, mercadotecnia, relación con los medios de difusión masiva. Todos ellos se vuelven lugares comunes y reiterados desde los cuales se discute y hacia los cuales se dirigen los discursos. Pareciera ser que quienes escriben de fútbol desde un punto de vista administrativo–empresarial no tienen la capacidad para abordarlo desde otro punto de vista, ni tampoco el interés.2 Quienes escriben desde el punto de vista de la vivencia (periodistas, ex jugadores, ex entrenadores), usualmente carecen de la preparación adecuada para hacerlo en función de dar el peso adecuado al contexto histórico del fútbol y la relación entre ambos. En este sentido, puede notarse un uso excedido de géneros como la biografía o la autobiografía que persiguen, generalmente, la ganancia fácil a partir de un material de baja calidad intelectual que vende porque difunde anécdotas u otros aspectos poco conocidos de los futbolistas ídolos.

En el caso latinoamericano, el fútbol es un elemento constitutivo fundamental de la cotidianidad de nuestras sociedades y, sin embargo, la producción académica para analizarlo y comprenderlo resulta contrastante.3

En México, el fútbol no ha sido; como en otras latitudes, objeto de análisis numerosos y, menos aún, rigurosos y serios. Más allá de los reportajes periodísticos y de la amplísima hemerografía al respecto, nos encontramos con una literatura bibliográfica escasa en donde se ha abusado de las biografías o autobiografías, de las anécdotas y de las "historias" de los clubes nacionales o del papel de México en torneos internacionales. En ambos casos, los resultados son pobres por la falta de rigor teórico y su poca trascendencia en cuanto a la exploración de los vínculos del fútbol con su contexto histórico, en el sentido más profundo y amplio de la palabra.4

En el caso de la revista Sociológica, en sus ya 25 años únicamente ha publicado un artículo al respecto y se trató de un análisis casuístico referido al ámbito costarricense (Villena, 1999). Durante este cuarto de siglo de vida de Sociológica, México ha participado en los siete mundiales de fútbol realizados y ha sido sede de uno de ellos; además, ha visto transcurrir 38 torneos de primera división organizados por la Federación Mexicana de Fútbol (FMF), además de muchas otras participaciones en torneos internacionales tanto de su selección nacional como de los diversos clubes agremiados a la FMF.5 Luego entonces, a pesar de la relevancia del tema, historiográficamente son aún pocos los estudios al respecto, aunque existe una tendencia al incremento de esta literatura en los tiempos recientes.6

Quienes podrían profundizar en el tema, académicos e intelectuales, no tienen el interés para hacerlo y, como motivo del prejuicio que los desanima normalmente, son además unos desconocedores al respecto.7 Tal prejuicio se apoya, históricamente, en la cómoda descalificación de que el fútbol es medio de manipulación de las masas y no merece ni mayor explicación, ni tentativa alguna para comprenderlo desde el ámbito de la ciencia social. Por lo tanto, cuando existe una reflexión al respecto normalmente es corta y sin grandes alcances ni pretensiones.8

Entonces, la pertinencia de este artículo me parece justificada, particularmente en la medida en que el fútbol es relevante desde los diferentes ámbitos de su multidimensionalidad.

El presente artículo se divide en tres partes. En la primera se realiza una reflexión general sobre el deporte en nuestra actualidad, con la finalidad de generar un contexto de comprensión para los dos apartados restantes. En la segunda se aborda la multidimensionalidad del fútbol. Se pretende exponer esta actividad a las diferentes perspectivas desde las cuáles es posible comprenderlo. Se trata de una reflexión de lo que encierra el fútbol en sí y en relación con su contexto. En la tercera se parte del reconocimiento de un ángulo tan poco analizado como importante en la construcción de la vida social y cotidiana de nuestro país: su aspecto de generador de identidades. Se pretende, así, discutir sobre los lineamientos teóricos y analíticos para desarrollar estudios específicos al respecto.

 

EL DEPORTE EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

La fetichización del cuerpo del deportista, la conversión del lance acrobático estético en espectacular y la cosificación del placer lúdico con pretensiones homogeneizadoras fungen como elementos condicionantes para hacer, de todo deporte, un espectáculo–negocio. Aunque cada deporte fija un campo de acción con reglas específicas, sí puede considerarse que estos son los rasgos que lo caracterizan, en general, en el mundo contemporáneo.9

Dentro del primer aspecto nos encontramos con cuerpos que portan signos inequívocos no sólo de buena salud y desarrollo físico, sino de tecnología incorporada. En el primer sentido, "evocan la belleza corporal como un valor social que muchas veces suele definir triunfos y fracasos, tanto en las relaciones personales como en la vida profesional" (Barreto, 2006: 71).

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La belleza, como signo de valor social, cobra importancia en una sociedad donde el instante, la intrascendencia y lo aparente han cobrado una fuerza inusitada. El ejemplo que al respecto registra la antropóloga Carmen Marina Barreto Vargas, en relación con la concepción del deporte como mercancía, resulta inequívoco: "Directivas de federaciones internacionales, como la de baloncesto o voleibol, conminan a las jugadoras a lucir equipamientos deportivos ajustados para favorecer el espectáculo y promocionar estos deportes. Con los cuerpos de las deportistas se atrae a las audiencias, convirtiendo en rentable el deporte femenino" (Barreto, 2006: 69). Tal situación, evidentemente, se hace extensiva al deporte masculino.

Estos cuerpos deportivos poseen añadidos tecnológicos en su superdesarrollo físico mediante los procesos de entrenamiento, la nutrición, la medicina deportiva e, incluso, la cosmética. La función tecnológica no sólo impacta en los estereotipos físicos de los deportistas, sino en el segundo aspecto a tratar: la conversión de la estética deportiva en espectáculo.

La obligación de generar una plasticidad deportiva constante, que refleje un dominio técnico y corporal que permita hacer de la estética deportiva un show incesante, que rentabilice la industria del deporte y al deporte mismo como espectáculo, obliga a buscar factores de producción al respecto. Implica la necesidad de obtener una calidad técnica sumamente elevada.

Ello, en primera instancia, generó un deporte profesional e hizo de los deportistas, durante el transcurso del siglo XX, unos profesionistas del deporte. Más adelante fueron unos mercaderes de los más diversos objetos que se puedan asociar a una imagen, por cierto, bastante rentable.

Por otro lado, incorporó de manera paulatina y creciente la tecnología al deporte, procurando generar un campo de producción de resultados deportivos, más que óptimos, "exitosos".10 En este sentido:

Como la ciencia y la tecnología no pueden producir campeones y derribar los récords a la misma velocidad que exige el espectáculo deportivo, se recurre al doping para lograrlo. […] En el caso del deporte, el cuerpo biológico se muestra demasiado frágil para soportar una explotación deportiva excesiva, y si lo importante parece ser la espectacularidad de una competición frecuente y constante, no queda más remedio que apelar a un cuerpo tecnológico. Las intervenciones tecnológicas sobre el cuerpo son cada vez más intensas y frecuentes. Un cuerpo dopado puede entenderse como un cuerpo reconstruido tecnológicamente.

La tecnología médica y la ingeniería genética pueden modificar los cuerpos con implantes, máquinas y prótesis. Además, determinadas prácticas médicas están estableciendo una división de los deportistas entre los que se dopan y optan a la victoria, y los que, al no doparse, difícilmente tendrán alguna opción de alcanzarla, transgrediendo así una de las señas de identidad del deporte que consiste en diseñar escenarios donde los participantes disfrutan de una igualdad de oportunidades. La urgencia inmediata por conseguir un cuerpo perfecto o ser el mejor de los deportistas conlleva la manipulación sanguínea, incluyendo el uso de sangre antóloga (de la misma persona), homóloga (del mismo grupo, pero diferente persona) o heteróloga (del mismo grupo, pero de diferente especie animal); [conlleva también] el consumo de eritropoyetina sintética (EPO), hormonas artificiales de crecimiento, esteroides, anabolizantes y otras drogas, que intentan borrar los límites entre lo natural y lo artificial. Aplicadas masivamente a los deportistas de élite, como los ciclistas y los atletas, pueden producir medallas de oro, trofeos mundiales e internacionales; [así como] infartos, apoplejías, alteraciones del metabolismo, trastornos glandulares, impotencia sexual, deformaciones musculares y óseas, cáncer y vejez prematura (Barreto, 2006: 74–75).

La incorporación de la tecnología deportiva a esta actividad física transparenta las desigualdades sociales y económicas de los deportistas.11 Desigualdades de clase en las competencias locales; de nacionalidad en las internacionales. La incorporación de la tecnología deportiva muestra y ensancha la brecha histórica entre los países en este terreno. Finalmente, se muestra éticamente injusta al medir marcas históricas conseguidas en condiciones diferentes y siempre desventajosas para los atletas anteriores.

Por último, la cosificación del placer lúdico con pretensiones homogeneizadoras pasa por la construcción sociocultural del "buen público", en el sentido bourdieuano, en donde se presupone que todos buscan divertirse. La diversión se convierte, en nuestro tiempo, en una máxima axiológica de carácter excluyente para quien no la acepta.

La forma concreta que asume la diversión en la sociedad de consumo moderna es el espectáculo. El espectáculo es garante de la diversión, dado que uno paga para que se le divierta y los resultados orientarán al mercado de consumo. En este sentido el espectáculo ha implicado, sobre todo en las últimas décadas, que la diversión que uno mismo se genera coexista con plenitud con la que uno se compra.12

En el caso del deporte como espectáculo, además de la numerosa asistencia a los recintos deportivos los medios masivos de difusión generan un proceso de homogeneización cultural que pretende aparecer como una ventana para el "buen público trabajador que desea distraerse de los problemas de la vida cotidiana, al menos el fin de semana".

Durante este proceso ocurre una exaltación mediática del triunfador con claros tintes políticos que favorecen a las posiciones ideológicas que se afincan en el individualismo.13 Se reconoce la perfección del deportista como una maquinaria que genera triunfos, historia y dinero. Los costos de las transacciones y los contratos deportivos se ponderan como una medida adecuada para dar el reconocimiento social y la importancia a un deportista. Los medios se encuentran al pendiente de los registros históricos de los contratos y las operaciones mercantiles más elevadas, siempre superadas por las nuevas y dadas a conocer, también, de modo espectacular. En realidad:

El deportista encarna la unificación y la centralización de los gestos y movimientos eficaces, operativos, y es así como se convierte en un modelo de máquina industrial de producir buenos resultados deportivos. Es la perfección tecnológica encarnada en un cuerpo; es, en última instancia, un cyborg" (Barreto, 2006: 76).

Un cyborg, sí, pero con propietario, un cyborg al servicio del capital.

 

LAS DIMENSIONES DEL FÚTBOL

El fútbol es una sola actividad y, sin embargo, encierra varios aspectos. Algunos de ellos resultan esenciales en cuanto a su propio sentido y razón de ser; otros, más bien, están relacionados con su contexto histórico de una manera que no son condiciones fundamentales para que exista.

En primer lugar el fútbol es, esencialmente, juego. Lo cual significa que el fútbol es un juego antes y por sobre cualquier otra cosa. Es posible considerar que el fútbol es esencialmente un juego en la medida en que no requiere de otra cosa para subsistir como tal que una pelota, algunos participantes y un mínimo espacio. Todos estos elementos (la pelota, los participantes y el espacio) pueden, a su vez, tener características variadísimas. De tal manera, la existencia de esta actividad y su sentido se orientan, inicial y fundamentalmente, por el goce lúdico. Incluso pueden establecerse variantes del juego dependiendo del número de participantes, o generar acciones individuales que requieran un control técnico asociadas al fútbol ("dominar" la pelota, afinar la puntería "tirando" en contra de una pared a modo de portería, etcétera).

Independientemente de que exista un marcador que determina quién gana o pierde en el juego, la evocación de esta actividad se orienta a la diversión conjunta, a obtener un placer grupal más que a establecer un campo de batalla. La mejor prueba de ello es que se puede prescindir del árbitro, pues no solamente se presupone la honestidad del rival, sino se subordina una equivocación –que podría ser desventajosa para alguien– por debajo de la satisfacción de la actividad en sí misma. Aceptar de antemano una equivocación que altere el marcador y, por lo tanto, el resultado final, no es más que la prueba del sentido básico de este juego.

El fútbol es un fin en sí mismo, no un medio para obtener algo más. En este sentido, el marcador final es secundario a la pura actividad del juego fútbol. La competencia se pondera con el parámetro del disfrute de la misma, no del resultado final, y se considera no más que como una condición para el desarrollo del juego.

Si las actividades que conllevan al goce de la diversión o del entretenimiento son variables históricamente, no lo es el propio placer lúdico, pues todas las culturas a lo largo de la historia lo han conocido y ejercido. La sustancia del fútbol apunta, de manera decisiva, al homo ludens.

Si bien el fútbol puede ser practicado por un niño pequeño o una persona mayor de cualquier sexo, con alguna discapacidad física o mental, sin importar su origen social en el sentido más amplio de la palabra, su desarrollo óptimo requiere de una mayor condición física.

Este desarrollo óptimo alude a una competencia de alto nivel en donde, en términos de ética deportiva, lo importante es competir, no ganar. En este sentido, la orientación filosófica del deporte añade al valor de la amistad y al de compartir juntos aquellos asociados a la salud y a la ampliación de las capacidades físicas y mentales. El triunfo se pondera como algo importante, pero siempre sometido a valores desprendidos de la convivencia, la solidaridad humana, la salud, el desarrollo físico, la honestidad, la igualdad deportiva y el respeto. El fútbol como deporte puede, de cualquier modo, ser practicado casi por cualquiera, pero no cualquiera puede llegar a los más altos niveles deportivos.

El alto rendimiento deportivo implica un desarrollo físico que hace de la puntualidad, la disciplina y el esfuerzo un cúmulo de valores–condiciones que son los propios de todo deporte. Más si estos valores se encuentran por debajo de la máxima deportiva fundamental en términos de lo que debiera de ser ("lo importante es competir"), entonces el contexto histórico actual con el que se relaciona el fútbol, y el deporte en general, altera fundamentalmente todos estos altos valores.

Todos los deportes poseen un sentido estético. El fútbol, en su desarrollo como actividad física, posee una estética corporal. El lance acrobático, en pos de un objetivo deportivo, culmina el predominio de la imagen y sintetiza los elementos propios de nuestro contexto histórico.

Si hablamos en términos estrictamente estéticos, sin lugar a dudas que el deporte es un espacio privilegiado al respecto. Cada uno de ellos implica no sólo la realidad del dominio técnico, sino la hiperrealidad de las jugadas de fantasía.14 En este sentido, existen estilistas en todos los deportes. En el caso del fútbol, además de la imagen que consagra la capacidad física y el dominio técnico, nos topamos con un tipo de deportista en franca extinción. Se trata de la figura mítica del futbolista que, antes que ser competidor, es un esteta del fútbol. Un hombre que juega a ser artista en el deporte y que, básicamente, se divierte explotando características sobresalientes de su dominio técnico. Se trata de un hombre–niño que, más que preocupado por marcar un gol está atento por ver–hacer cómo va a entrar la pelota en la portería. Lo importante no es el tanto, sino cómo se logra. Históricamente, pocos equipos en el mundo han logrado, por ciertos momentos, estos sueños fantásticos.15

Se trata de las verdaderas figuras que han hecho del fútbol un dios–disc jockey que mezcla sentimientos e imágenes durante una sesión de juego. Al partícipe del lance futbolístico se le permite sentir(se) parte del instante estético–visual consagrado. El espectador, en tanto, aprecia una dinámica corporal de un instante histórico que puede llegar a convertirse en imagen mitificada.

El sentido estético del fútbol está presente en el juego y se realiza plenamente en el deporte. No contraviene al sentido lúdico y, frecuentemente, se funde con éste. Sin embargo, es a partir de la estética plástica del fútbol de la que se derivan otras posibilidades que contravienen su sentido lúdico y su ética deportiva.

Las imágenes estéticas del fútbol no se generan a cada instante, ni en todos los partidos. Se requieren auras de autenticidad y contextos deportivos que les confieran mayor valor. Estos símbolos imaginarios generan arraigos importantes. Por lo tanto, se vuelven valiosos.

Empero, su valor no se acota a los sentidos fundamentales y originarios del fútbol. De acuerdo con nuestro contexto histórico contemporáneo, la plasticidad de la jugada se trastoca en espectáculo o show. La sociedad de consumo actual ha nacido tendente a producir y consumir el espectáculo, por lo que estas imágenes no son la excepción en su forma de ser presentadas.

La fetichización del cuerpo del deportista, la conversión del lance acrobático estético en espectacular y la cosificación del placer lúdico con pretensiones homogeneizadoras también son, para el fútbol, elementos condicionantes para hacer de éste un espectáculo–negocio. A continuación analizaré estos tres elementos.

Los futbolistas, como los deportistas de otras disciplinas, terminan siendo territorios–cuerpos donde se inscriben representaciones simbólicas que portan signos de mercantilización. El futbolista encuentra allí un valor añadido como medio de venta que, de hecho, es más visible para la sociedad y más importante para los clubes de fútbol que su propia valía como jugador.

En el mundo del fútbol, la conversión de su plasticidad estética en espectáculo se realiza, por un lado, mediante la incorporación de la tecnología deportiva (nuevos zapatos y balones), que mejora las capacidades técnicas de los jugadores, por lo cual ésta resulta benéfica para los menos aptos. De tal modo es posible lograr ejecuciones de mejor nivel únicamente por el empleo de esta tecnología. Este sencillo cambio de instrumentos de juego tiene un carácter técnico, económico e institucional que expresa la mundialización del deporte en general y, específicamente, del fútbol.

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Sin embargo, es necesario reconocer que la conversión de la plasticidad estética al show se cubre de manera diferente, de acuerdo con los contextos sociales específicos. Por ejemplo, en el caso mexicano se gastan cantidades millonarias en reforzar con extranjeros las partes centrales de la columna vertebral de un equipo (portero, defensa, medio, delantero) bajo la creencia de que así se acrecientan las posibilidades de triunfo.16 También con el apoyo de los medios masivos de difusión se presentan, mediante el discurso, imágenes o acciones que no corresponden necesariamente con la realidad del desarrollo de los encuentros deportivos. La locución exagerada alude, en términos generales, a irrealidades futbolísticas que se venden más bajo el eterno sopor de la identificación con el equipo que por obra y gracia de los gritos exagerados, los estilos de narración o la calidad del encuentro.17

Por otro lado, pueden aparecer dispersiones visuales durante las transmisiones o en reportajes previos y posteriores que, ante la pobreza futbolística, atiendan más a la vulgaridad (disfrazada de comicidad), a la tribuna o a gestos extradeportivos de los futbolistas o de los técnicos.18

El último elemento, la cosificación del placer lúdico con pretensiones homogeneizadoras, parte de la pretensión de que todos desean divertirse, además, en las formas concretas y específicas que las industrias del entretenimiento capitalista indican.

En México, los medios masivos de difusión han destacado, de entre los espectáculos deportivos, al fútbol.19 Todos los partidos de primera división tienen cobertura televisiva y, simultáneamente, también muchos en radio. Existe una prensa "deportiva" totalmente enfocada al fútbol masculino de primera división que, de manera sumamente excepcional, no coloca en sus encabezados alusiones a dicho torneo. Esto opera, incluso, aunque no se esté jugando el mismo, pues los periódicos están al pendiente del "fútbol de estufa".20

Las alusiones a una sociedad que se presume y pretende sea totalmente futbolera incluyen los más diversos medios publicitarios. La industria deportiva mexicana prácticamente empieza y termina en el fútbol y no tiene un peso menor en la vida cotidiana de las personas.

Tampoco en los usos políticos que se hace del fútbol–espectáculo. La carencia de instituciones y políticas deportivas adecuadas en nuestro país, así como de estudios serios al respecto que servirían de base para las mismas, no implican que no exista un aspecto político del deporte.

Particularmente en el fútbol, los llamados a un nacionalismo vacío, apoyado en estereotipos dañinos socialmente pero funcionales al sistema de dominación política y a la mercadotecnia, no son inútiles si se trata de pedir unidad nacional o de vender cualquier clase de productos.21 En el terreno deportivo, aunque "la selección somos todos" y siempre "sí se puede", la historia de nuestro fútbol en el concierto mundial indica otra cosa.

 

LA GENERACIÓN DE IDENTIDADES SOCIODEPORTIVAS

El deporte en general, y el fútbol en particular, se constituyen como un "campo" en el sentido bourdieuano. Es decir, como un segmento de realidad que genera sus propias reglas y códigos específicos internos, aunque interactúe de manera incesante con su contexto. De tal modo se hace necesario reconocerle con la mayor rigurosidad posible. El análisis aquí realizado de las características del deporte contemporáneo, del contexto que lo rodea, así como de la propia multidimensionalidad del fútbol apunta en este sentido. Pretende discernir algunos de los elementos que constituyen este campo. No son los únicos, por supuesto.22

Hasta aquí he analizado al fútbol como un juego, un deporte y un espectáculo–negocio. Resta plantear los lineamientos por los cuales sería fructífero analizar al fútbol en su relación con lo social, específicamente en la construcción de cierto tipo de identidades colectivas.

Antes de hacerlo hay que señalar que la dinámica de mundialización tiene, entre sus consecuencias indeseables, el dotar de una fuerte inseguridad a muchas personas. Las problemáticas sociales contemporáneas implican una carencia de elementos simbólicos que hacen que las personas desarrollen un sentido de la existencia pobre e, incluso, vacío. El contexto socioeconómico de millones de individuos los hace dudar si, verdaderamente, son poseedores de sus destinos. De tal suerte que una manera de compensar estas bajas de referencia es a partir del fortalecimiento de la identidad.

En este sentido, las gentes se adscriben a identidades múltiples, frecuentemente fragmentadas que, sin embargo, generan colectivos con adherencias visibles e importantes.23 En términos individuales estas adscripciones son limitadas y no constituyen la totalidad de la identidad de la persona, pero son funcionales en varios sentidos para determinar sus sentidos de vida, resolver sus crisis existenciales u orientar sus afectos, pensamientos y conductas.

En términos colectivos se generan grupos que adquieren connotaciones específicas. Son comunidades de gusto o afición que se vuelven importantes y cuyos ejes de interacción pueden ser desde la música de preferencia hasta la simpatía por un equipo de fútbol.24

Por esta circunstancia, todo análisis de las identidades sociodeportivas debe partir de esta premisa básica: el reconocimiento de las características generales y fundamentales del periodo de modernidad actual para entender la génesis y modo de estas novedosas identidades.

El fútbol no solamente ve trastocado su sentido lúdico fundamental por el contexto de un capitalismo de consumo que todo lo devora. El fútbol también influye sobre su contexto histórico y lo hace de maneras cada vez más nítidas.

Una de ellas consiste en la posibilidad de generar ciertas identidades sociales que he llamado identidades sociodeportivas. Esta categoría alude a un conjunto de prácticas, al establecimiento de códigos y a la generación de interacciones comunicativas cuyo eje es la devoción por un equipo específico y no otro. Las identidades sociodeportivas construyen espacios e imaginarios sociales y determinan usos del tiempo, del dinero y ciertas acciones individuales y colectivas específicas.25 A pesar de que dicha identidad se hace manifiesta en ambos niveles, en realidad alude a una colectividad con ciertas características: las identidades sociodeportivas son definiciones de colectivos que se constituyen a sí mismos como comunidades imaginarias. Para determinar los modos de las identidades sociodeportivas se hace necesaria una base conceptual del propio concepto de identidad.

Ya he señalado en otro lado que la identidad es susceptible de analizarse desde múltiples perspectivas. Sin embargo, enfatizando el aspecto de lo social, la identidad alude a "la matriz de intersubjetividad en donde se realizan procesos de reconocimiento a través de los diferentes discursos sociales" (Ramírez, 2009: 47).

Durante el siglo XX se consolidó la premisa de que toda identidad (subjetiva) parte de lo intersubjetivo y no a la inversa:

A partir de entonces se desarrolló el planteamiento de que los discursos sociales, como forma concreta y diversa en la que se materializa el lenguaje–pensamiento, construyen identidades a través de la interpelación de los sujetos. Los discursos establecen redes de significado compartidos que propician un sentido de pertenencia, ciertas prácticas y un horizonte de futuro común. Es decir, crean identidades públicas que, además, inciden en el desarrollo de prácticas y de una autopercepción en el ámbito de la identidad de cada uno de los sujetos interpelados. A tal punto se desarrolló esta idea que hoy es una premisa epistemológica de la ciencia social.

Desde un punto de vista sociológico, por lo tanto, toda identidad es una identidad construida socialmente. Las identidades individuales se estarían haciendo, en un sentido social, por los pocos o muchos papeles que el individuo cumple en distintos contextos. Lo cual no significa que todos posean la misma significatividad, pero sí que todos ellos están inmersos en el espacio social. Las identidades colectivas también se constituirían desde el espacio de lo social, en la medida en que allí se encuentran, se reconocen, se asumen y se desarrollan ciertas prácticas. Por lo tanto, "individuo" o "colectivo" son simplemente categorías que se sustentan en un criterio cuantitativo, de singular o plural, pues ambas son inevitablemente sociales desde un punto de vista cualitativo. La sociología contemporánea se ha definido en considerar lo subjetivo como un producto de la intersubjetividad, y no a la inversa. Podemos afirmar que en el terreno del pensamiento social ha habido, en consecuencia, un exitoso proceso de desencialización en las teorías de la identidad que se ha acentuado a partir del final de la década de los ochenta del siglo pasado (Ramírez, 2009: 47–48).

El análisis de los discursos y sus formas, emanados de los perfiles diferenciados de los equipos de fútbol, es un punto fundamental para la comprensión de la manera en que se construyen tales identidades. A partir de ello sería posible desglosar un compendio de las características de tales identidades. Específicamente, dado que se trata de identidades colectivas, un análisis adecuado debería cubrir la formación de un "nosotros" a partir de los elementos que lo construyen y del modo en que se articulan. Tales componentes son:

a) un sentido de pertenencia

b) un grado de compromiso

c) una percepción de la otredad

d) una memoria histórica

e) ciertos espacios sociales (espacios sociodeportivos)

f) un conjunto de prácticas colectivas26

El sentido de pertenencia alude a las referencias cardinales que orientan la noción de un "nosotros". Es la indicación por la que discurre un canal afectivo que circunda al grupo y le otorga cohesión. En el caso del fútbol mexicano, un análisis al respecto debe considerar el nexo que se establece entre el equipo y la ciudad en términos de imaginario social. Salvo excepciones, la mayoría de los equipos toman su nombre de la ciudad que los acoge, por lo que es necesario tomar esta situación en cuenta.27

El grado de compromiso es la intensidad de la cohesión del colectivo. La fuerza de la adherencia puede ser variable, por lo que los miembros con mayor grado de compromiso constituyen el núcleo de la identidad. A su alrededor se encuentran miembros que conforme se alejan de tal núcleo pueden ser partícipes más ocasionales de las prácticas colectivas, aunque no dejan de formar parte de los seguidores.

La configuración de la "nosotridad" pasa por una construcción de la otredad que define no sólo a un otro club deportivo, sino a un rival. La relación con el otro está en función de una memoria histórica que define odios, respetos, afectos, afinidades, indiferencias.

La memoria histórica es la historia que el club comparte con sus seguidores. No sólo se trata de los registros oficiales, sino de aquellos elementos de realidad que, para el aficionado, implicaron una alteración de la historia y que aunque no se registran, tampoco se olvidan.28 Obviamente, la memoria histórica juega un papel de mitificación que coaliga con más fuerza al colectivo.

Los espacios sociodeportivos son espacios en donde las interacciones sociales giran alrededor de la preferencia por los colores del equipo y que, salvo que los estudios digan lo contrario, básicamente parecen reducirse al estadio y al campo de entrenamiento del equipo. ¿Podrían incluirse los foros virtuales de aficionados, sus clubes, los entrenamientos de las porristas o el transporte en el que viajan las porras y barras de animación? De un modo u otro, se trata de los espacios de construcción y realización de las prácticas del colectivo.

Las prácticas colectivas son aquellas acciones sociales que se dotan de códigos específicos para su realización. Están determinadas por el apoyo en la tribuna al equipo, pero también por las acciones individuales que expresan la adherencia al mismo.

Sin lugar a dudas, no es posible más que hacer este esbozo que complementa los diferentes aspectos que involucra el fútbol en su complejo papel de generador de identidades. Estudiar cada uno de ellos no sólo coadyuva a la comprensión de estas formas identitarias, sino que abre espacios propios para nuevas y necesarias investigaciones sobre un campo tan importante como asombrosamente inexplorado.

 

REFLEXIONES FINALES

El fútbol es un fenómeno social que comprende múltiples aristas. Es esencialmente juego, pero las condiciones en que desenvuelve permiten que, en sí mismo, pueda constituirse como deporte.

Sin embargo, las características que han definido a las actividades físicas han variado a lo largo de la historia. Pese a que prevalece, idealmente, la ética deportiva de los Juegos Olímpicos modernos, la realidad indica otra cosa. El deporte contemporáneo ha devenido, en general, en objeto de comercio al ser convertido en un mero espectáculo.

Esta situación se corresponde plenamente con los parámetros que impone la sociedad de consumo capitalista contemporánea. En este sentido, la fetichización icónica y comercial del cuerpo del deportista, la conversión de la plasticidad estético–deportiva en show y la cosificación del placer lúdico en una mercancía con afanes uniformantes son los elementos condicionantes por los que todo el deporte es hoy un espectáculo–negocio.

El uso de la tecnología incorporada ha permitido la realización de la creación de cuerpos modelo, así como el logro de altísimos rangos de rendimiento deportivo que han sostenido –a costa de la salud y prestigio moral de muchos deportistas– imágenes de plasticidad incesantes.

Cuando esto falla, y es el caso del fútbol en México, se recurre a diversas estrategias. Algunas tienen repercusiones negativas en el ámbito deportivo, como la extranjerización mal manejada de la liga. Otras se apoyan en un discurso mediático que se desfasa, frecuentemente, de la realidad de la calidad de los encuentros.

La venta de la diversión, por su parte, no nada más comercializa sino que genera un discurso ideológico individualista que, claramente, hace favores a los sistemas político y económico dominantes al apuntalar poca reflexión y una axiología propicia.

El fútbol, de acuerdo con las características de época en que vivimos, ha propiciado también el surgimiento de poderosas adherencias a las que he nombrado identidades sociodeportivas. Éstas comprenden cierto grupo de especificidades que es necesario analizar con seriedad y amplitud.

Por lo tanto, dada la importancia del fútbol en nuestro país y en el mundo, se hacen necesarios análisis multidimensionales y multidisciplinarios que impliquen estudios económicos, sociales, culturales, políticos e históricos al respecto.

En el campo sociológico se exige un análisis desde el punto de vista organizacional que trascienda el campo de lo empresarial, así como uno que contemple aspectos sociales referidos al campo de la identidad. Ello implicaría el estudio de la construcción de los perfiles de los equipos, así como el de sus respectivas aficiones. De tal modo podríamos definir sus características en el sentido más amplio y hondo del término.

Además, es necesario establecer puntos de contacto entre el análisis sociológico y el marco del proceso histórico para entender y ponderar de manera más adecuada la influencia y el peso del fútbol en la sociedad y viceversa. El fútbol es, al mismo tiempo, "expresión de" y "efecto hacia" la sociedad en la que se desenvuelve. Por lo tanto, los análisis sociológicos sobre la materia deben permitirnos ampliar nuestro panorama sobre otros aspectos humanos que se vinculan con los imaginarios sociales a través de la historia. Del mismo modo, las modificaciones que se van dando en las estructuras deportivas, en los sistemas de competencia, en las formas de apoyo y animación de los aficionados, los triunfos y las derrotas de tales o cuales equipos, y hasta las variaciones en las formas de juego, también encuentran puntos de explicación en fenómenos sociales que trascienden los aspectos deportivos.

El fútbol es importante como objeto de análisis sociológico porque sintetiza aspectos sociales, culturales, históricos, políticos y económicos de un país; concentra y guarda aspectos esenciales de la cultura política, del sistema de dominación, de los regionalismos geográfico–sociales, de los conflictos históricos, de las contradicciones sociales y de los espacios donde se gestan algunas de las probables nuevas formas de identidad de las sociedades de hoy en día. Al mismo tiempo, el fútbol expresa con claridad una mundialización que transcurre desigual cuando se hace concreta, es decir, cuando se localiza, y que se manifiesta de múltiples formas que van desde el número y calidad de los jugadores extranjeros en las ligas nacionales, el contrastante papel de los clubes y las selecciones en torneos internacionales, la dinámica de las transacciones comerciales deportivas, los procesos de comercialización de los eventos, el papel de las grandes firmas en la construcción social de las imágenes de los clubes y los torneos, hasta las pugnas por ocupar posiciones de poder en los organismos internacionales reguladores. Cada encuentro abre la posibilidad de entender una dinámica de relación histórica y social que conjuga los diferentes componentes sociales tanto en el nivel macro–micro, como en el objetivo–subjetivo. Además, cada enfrentamiento renueva la esperanza de un encuentro con la propia intimidad lúdica del fútbol, así como con expresiones de solidaridad y ética deportivas. Es decir, en cada partido se abre la posibilidad de la humanización mediante el deporte y el juego.

El fútbol, como objeto histórico, trasciende al análisis sociológico, aunque requiere de éste. Otras sociedades han comprendido la importancia del juego en las sociedades modernas contemporáneas y la relevancia del pensar sobre sus manifestaciones sociales. En México, la importancia que su sociedad ha otorgado al fútbol y que se refleja –entre otras muchas cosas– en un consumo de tiempo, energía y dinero, constriñe a estudios más serios y fructíferos.

Porque, nos guste o no, es innegable la validez social que cientos –quizá miles– de millones de personas en el planeta atribuyen al fútbol, permitiendo que entre a su vida de manera cotidiana. Seguir negando la importancia de estudios sobre la materia únicamente nos descoloca de una mirada más seria de un fenómeno social que contiene intuiciones éticas, expresa una época y crea la sociedad.

Quizá la frase del ex futbolista y ex entrenador inglés Bill Shankly, ya fallecido, sea exagerada, pero puede servir de base para reflexionar sobre nuestra evasión: "Algunos creen que el fútbol es sólo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso".

 

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BASES DE DATOS

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Notas

2 Un caso atípico, hasta cierto punto, es el del ex futbolista, ex entrenador, ex directivo deportivo, comentarista, empresario y escritor argentino Jorge Valdano.

3 Por ejemplo, mientras en México y Costa Rica la literatura es escasa y de baja calidad, en el caso brasileño existe una literatura prolífica y abundante desde hace tiempo. En esta última se comprende al fútbol como una industria económica y como parte de la cultura y, en ese sentido, se han realizado numerosos estudios desde diferentes disciplinas y perspectivas teóricas dentro de las mismas. Sólo por ofrecer una pequeña muestra de las tres últimas décadas, véanse: Witter y Bom (1982); Rodrigues (1994); Murad (1996); Jesus (1997); Mattos (1997); Guedes (1998); Rial (2006); etcétera. En el caso argentino, particularmente a partir de la obra del francés Christian Bromberger (2001), se proyectan con más fuerza los estudios sociales al respecto, destacándose la obra del sociólogo Roberto Di Giano (2005, 2006, 2007 y 2010).

4 Un ejemplo claro en este sentido es la literatura publicada por Televisa, mediante su Editorial Clío, coordinada por León Krauze y que, aun teniendo a su disposición una gran abundancia de recursos para realizar un ejercicio histórico trascendente, las ediciones fueron orientadas a producir discursos apologéticos, con resultados pobres y predecibles (véase, como muestra, Krauze, 1999).

5 Tales torneos se dividen en el torneo México 86; diez torneos de liga anuales y 28 torneos de liga semestrales (seis de invierno, seis de verano, ocho de apertura y ocho de clausura). Además, se han realizado torneos de Copa, de Campeón de Campeones y de pretemporada. En el plano internacional, los clubes mexicanos han participado en torneos como Copa Libertadores de América, Copa Sudamericana, Copa de Campeones de la Confederación de Fútbol Asociación de Norte, Centroamérica y el Caribe (Concacaf), Mundial de Clubes y partidos amistosos. La selección nacional "mayor" ha participado en competiciones como la Copa Oro, la Copa América y un sinfín de partidos amistosos dentro y fuera del territorio nacional. Por supuesto, además de la primera división y los juegos de la selección "mayor" existen otros torneos nacionales e internacionales de las fuerzas básicas de los clubes profesionales o de clubes de divisiones secundarias, así como la asistencia de selecciones mexicanas "menores" a Juegos Olímpicos o a otros torneos de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). Finalmente, son innumerables las competencias amateurs en todo el territorio nacional de todas las categorías de edades. A ello habría que agregar la práctica organizada del fútbol rápido y del de playa, además del fútbol femenil en todos sus niveles hasta ahora existentes, y la práctica informal del fútbol en el campo, la playa o la ciudad. A nivel internacional, la FIFA es el único organismo que agremia más países que la Organización de las Naciones Unidas.

6 Un esfuerzo por compilar la literatura referida a los aspectos sociales del fútbol en México es el que hace el Colegio de San Luis, en su base de datos: "Bibliografía sobre 'El Fútbol' ", en la colección Biblioteca del Colegio de San Luis [Biblioteca Rafael Montejano y Aguiñaga]; El Colegio de San Luis A.C. <http://biblio.colsan.edu.mx/recursos/archivos/biblio_fut.pdf>. Otro modesto intento al respecto es el de Trejo (2006). Además, debemos citar el caso de la librería Futbología, en la ciudad de México. Futbología es una librería que, a partir de 2004, se dedica a la difusión y venta de la literatura concerniente al fútbol, sin importar el enfoque o si se trata de fútbol mexicano o no. Finalmente, hay que mencionar el acervo de literatura concerniente al fútbol –en general– de la Biblioteca de la Universidad del Fútbol y Ciencias del Deporte de la ciudad de Pachuca. Este es, probablemente, el patrimonio más grande que existe sobre este tipo de literatura en el país. Obviamente, una gran cantidad del material de la Universidad del Fútbol y Ciencias del Deporte (como de muchas bibliotecas de las diversas escuelas de educación física) versa sobre aspectos reglamentarios, pedagógicos, médicos, técnicos, tácticos, físicos y psicológico–deportivos, los cuales no son objeto de reflexión en este artículo. En términos generales, en todos estos acervos se observa que el monto y la calidad de los estudios sociales, sobre el caso mexicano, resulta menor.

7 No pueden dejar de mencionarse los esfuerzos de autores nacionales, como el antropólogo Andrés Fábregas Puig, el escritor Juan Villoro y, en menor medida, el del ex futbolista Félix Fernández. En el caso de Fernández (2002) y Villoro (2006), por ejemplo, encontraríamos una literatura que tiende a situarse entre lo anecdótico y lo reflexivo. Mucho más importante es el caso de Fábregas (2001a, 2001b, 2006), quién ha tratado el tema con mayor rigurosidad desde una perspectiva antropológico–social, que se ramifica hacia otros ámbitos. Con todo, la importancia del tema desborda con mucho el esfuerzo de éstos y otros investigadores serios.

8 La Revista de la Universidad de México, en su número 28, publicó una sección titulada "Fútbol y literatura", que compendiaba notas sumamente breves sobre el tema. Salvo la exploración, bastante lejana de ser exitosa, de Trejo (2006) y las sustanciosas pero breves y muy generales reflexiones de Sicilia (2006), el resto de la sección no me parece tampoco de una gran envergadura.

9 De hecho, el deporte es históricamente moderno. Aunque muchas culturas han tenido formas de desarrollo físico o actividades que demuestran aptitudes físicas que pueden o no estar vinculadas a ritualidades sociales, religiosas o laicas, lo que nosotros entendemos por deporte no escapa al marco histórico–cultural al que pertenecemos: Occidente. En la cuna de esta civilización, en la Grecia antigua, el atleta ponderaba de la misma manera tanto a la competencia como al triunfo. Los Juegos Olímpicos no se desligaban de su concepción del mundo y guardaban un sentido de veneración religiosa y amistad interhelénica; además, el triunfador recogía una admiración y prestigio social permanentes. La figura del atleta fue sustituida por la del deportista con la llegada de la modernidad. Al mismo tiempo, los valores políticos modernos (originalmente franceses) fueron adjudicados a esta actividad. La fraternidad fue establecida como la base ética a partir de la cual debía desarrollarse la competencia. Siendo el francés Pierre de Coubertin quién reinicia los Juegos Olímpicos, esto no resulta extraño. Al parecer es a los ingleses, con un pensamiento moderno afecto a una ontología materialista que procura los análisis cuantitativos desde el siglo xvii, a quiénes debemos la invención del cronómetro y el fotocronógrafo. Estos inventos también resultaron útiles para cuantificar los resultados de los deportes de rapidez y establecer los primeros récords, ampliando enormemente el mundo de la estadística deportiva olímpica, a partir de la Olimpiada de Estocolmo en 1912. Sobre la invención del cronómetro, véase Carlson (2005); y sobre la del fotocronógrafo, Mattelart (1995).

10 El resultado óptimo, en donde un deportista logra superarse a sí mismo, pasa a segundo plano, pues se requiere un modelo "exitoso" que siempre lo es por sobre los demás. El éxito implica el triunfo, la primacía de ganar por encima del competir. Se persigue que el deportista sea una prueba viva de que "todo se puede" en el sistema social prevaleciente, ya que todo radica en la voluntad individual y no en las condiciones históricas que favorecen u obstaculizan el desarrollo deportivo.

11 Un ejemplo de ello son los zapatos deportivos Adidas–1, que fueron vendidos como los primeros zapatos inteligentes del mundo. "Los Adidas–1 tienen un microprocesador capaz de calcular cinco millones de operaciones por segundo para proporcionar la amortiguación perfecta en función de la velocidad, el peso del usuario y el tipo de superficie" (Barreto, 2006: 74). Sin embargo, los ejemplos sobran en todos los deportes. El último se apreció en las Olimpiadas de Beijing, en donde se batieron muchos registros olímpicos y mundiales a partir del uso de un traje de baño casi desechable, diseñado expresamente para coadyuvar decisivamente al desarrollo de la velocidad del nadador. Traje que, por cierto, difícilmente podría ser costeable por la mayoría de las federaciones de natación en el mundo para sus competidores. Traje de baño que tampoco pudieron usar los deportistas que poseían las marcas previas al nadador estadounidense Michael Phelps, el principal galardonado, y que los descoloca de una situación de igualdad en los parámetros de comparación. En el caso del fútbol, los balones y zapatos favorecen al jugador menos técnico, acrecentando las posibilidades de contar con una mayor calidad en su desempeño y vistosidad.

12 Esto se refleja en los espacios de baile, los juegos o en el uso del tiempo libre. En el primer caso, las discotecas mexicanas de mediados de los ochenta incorporaron "animadoras", dejando por descontado la incapacidad del asistente para divertirse por sí mismo danzando. En el caso de los juegos pareciera que se requiere cada vez más sofisticación en los mismos, por lo que los costos se incrementan. No basta un juego de mesa sencillo, sino sectores cada vez más amplios buscan juegos que implican desembolsos mayores: videojuegos o asistencias a lugares especializados como casinos y gotchas. En el caso del empleo del tiempo libre, la conversación, la cocina o las caminatas son desdeñadas por actividades que implican pagos para ser entretenido (cine, televisión de paga, table dance, espectáculos para mujeres, cantantes de moda, etcétera). Estos ejemplos ilustran las pretensiones de la industria de apuntalar al espectáculo como base de la diversión y a ésta como valor cultural. Dicha pretensión encuentra formas de resistencia festiva y de otro tipo, y por lo tanto no debe considerarse una tendencia social abrumadora o irreversible sino, únicamente, como otra parte de nuestro marco histórico, como un rasgo coexistente. Una reflexión sobre el significado social de las discotecas en México y Estados Unidos, así como del videojuego, puede verse en Ramírez (2009).

13 La historia, así, aparece hecha por los grandes hombres, por las grandes individualidades. En este sentido, coadyuva a lo que los historiadores llamamos "historias de bronce", aquellas que exaltan la figura mítica del héroe, del líder y/o del visionario. Dicho término cobró singular fuerza a partir del texto de González (1980).

14 Hiperrealidad que se expresa, a veces, en los juegos de video, y en los videos promocionales de campañas publicitarias (como la del jogo bonito de Nike de 2006) y, sobre todo, en los dibujos animados de fútbol (especialmente japoneses).

15 Por la capacidad técnica de sus integrantes, por haber existido en un momento en el que ya existía la televisión que capturó sus logros frente a equipos de otras épocas que no contaban con esta tecnología, por la propia evolución histórica de la estrategia y la táctica del fútbol, y por el aire mítico de sus logros deportivos, tenemos dos equipos nacionales cercanos a tal arquetipo. La selección brasileña de 1970 fue un equipo que mostró que la belleza del juego de talentos no riñe con la victoria. Por otra parte, la selección holandesa de 1974, carente del último paso para coronarse campeona del mundo, sería el equipo que mostraría la belleza del fútbol–asociación, aunque –penosamente– sin poder añadir la eficacia de la gloria final. Con ello mostraría, además, la importancia del azar en el juego. Elegí equipos nacionales debido a los motivos que llevan a los jugadores a participar en una selección. En cuanto a los clubes, la cosa podría ser algo diferente, aunque no del todo.

16 Por supuesto, el televidente mexicano ordinario difícilmente tiene parámetros de comparación futbolísticos internacionales, por lo que es relativamente consciente de la televisión que consume. De esta somnolencia despierta cada cuatro años para constatar, una vez más, la lenta evolución del fútbol mexicano. Lentitud que, por cierto, tiene entre sus causas este mal manejo de las contrataciones extranjeras en puestos clave de un equipo.

17 Esta situación en el deporte nos recuerda lo que el escritor Aldous Huxley señalaba en relación con el arte: nunca hubo una desproporción tan grande entre un arte talentoso y uno pobre, aunque tampoco hubo una producción artística tan elevada en ninguna época de la humanidad (Huxley, Croisière d'hiver en Amérique Centrale, París: 273, citado en Benjamin, 1972). Esta reflexión me llevó, en su momento, a acuñar el término de demanda del desecho para tratar de explicar las estrategias de las industrias culturales para lograr ventas sostenidas de un arte de bajísima calidad. Imposibilitadas para ofertar un arte talentoso, de acuerdo con los tiempos siempre desfasados del arte y las industrias culturales capitalistas, estas las últimas han optado por incidir en la demanda, generando así una demanda del desecho (Ramírez, 2009: 214–215). Por supuesto, en el caso del fútbol, la demanda del desecho tiene un componente de adherencia hacia la perseverancia de querer ver con pasión una liga que se sigue siempre como telenovela inagotable, se juegue mal o se juegue bien.

18 Una de las partes centrales de la tragedia cultural mexicana se encuentra en los medios masivos de comunicación. Hoy existe una tendencia sostenida a presentar la obscenidad, la agresión y la estupidez bajo la bandera inocente de la comicidad. Probablemente, los empresarios del medio presumen que estos elementos resultan más rentables que otros de mayor valía cultural. En realidad, en un contexto económico empobrecido la mayoría de la gente mira la televisión pública bajo la creencia –parcialmente cierta– de que no tiene a su alcance otra cosa. En este sentido, cualquier cosa que se presente (incluso una televisión con mayor nivel cultural) se vende.

19 El término "espectáculo deportivo" es una categoría jurídica que sanciona su "correcto funcionamiento" conforme a disposiciones legales vigentes. Dado que la sociedad de consumo se rige por lineamientos capitalistas en sus relaciones sociales, el consumo del espectáculo implica un pago obligado. La categoría "espectáculo deportivo" pretende denotar deportes que son, pretendidamente, presentados como espectáculo.

20 Lo que significa cubrir altas y bajas de jugadores de los equipos durante los recesos del torneo. También se ocupan de sus pretemporadas, juegos de preparación, declaraciones de los involucrados, su estado de salud, etcétera. Son encabezados ridículos de una prensa entregada por completo al dios dinero y que no merecería llamarse "deportiva", tanto por la amplitud de este término, como por sus fundamentos éticos.

21 Incluso los que atentan contra la salud y el desarrollo físico. O más bien, particularmente éstos, al menos en el caso mexicano.

22 Además de que es necesario un énfasis más acentuado del rol de los medios de difusión y los usos políticos del fútbol, habría que añadir la evolución histórica, táctica y estratégica del juego, así como el papel que desempeñan los factores oscuros de poder en el resultado, en el desenvolvimiento de los equipos y en la comercialización de jugadores y técnicos.

23 En el medio se usan frases como: "El fútbol es la esposa del soltero y la amante del casado", o "Uno puede cambiar de trabajo, casa, esposa e, incluso, nacionalidad, pero uno nunca cambia los colores de su equipo". Dichas sentencias pueden sonar exageradas para algunos, pero no para otros. Denotan una expresión que, sin ser universal, sí adquiere una validez social que va más allá de la hipótesis de la pura manipulación, por lo que no es posible seguir ignorando o reduciendo tal realidad sin estudiarla de manera más firme.

24 Un estudio específico al respecto, en el terreno musical, es el de Ramírez (2009).

25 Un término más preciso es, sin duda, el de identidades sociofutbolísticas. Sin embargo, me parece que el fenómeno puede ser extensivo a otros deportes de conjunto en diferentes latitudes. Aunque cada ámbito cuente con sus características específicas, también comparten ciertos elementos comunes.

26 Retomo los elementos que establecí y definí en Ramírez (2009: 49–51). A mi parecer, la modernidad contemporánea plantea nuevos ejes de constitución de identidad, como el deporte y la música. En este sentido, y a reserva de que los análisis sociológicos e históricos lo confirmen, me parece que retomar los elementos que construyen lo identitario de las identidades sociomusicales es un buen punto de partida. No me parece una hipótesis desdeñable si consideramos que ambas, tanto las identidades sociomusicales como las sociodeportivas, comparten el mismo contexto histórico de época y muestran rasgos análogos en su construcción y desarrollo.

27 Por ejemplo, este hecho ha sido considerado en los análisis específicos de Fábregas (2001a, 2006).

28 En este sentido, por ejemplo, se recuerdan arbitrajes tendenciosos a favor del equipo contrario, entre otras circunstancias.