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Sociológica (México)

versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.25 no.72 México ene./abr. 2010

 

Reseñas

 

Los altermundistas

 

por Roberto García Jurado1

 

Michel Wieviorka (comp.), Otro mundo... Discrepancias, sorpresas y derivas en la antimundialización, Fondo de Cultura Económica, México, 2009, 364 pp.

 

1 Profesor–investigador y coordinador de la Maestría en Políticas Públicas en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco. Correo electrónico: rgarcia@correo.xoc.uam.mx

 

LA HISTORIA MÁS RECIENTE DEL MUNDO contemporáneo está marcada por dos fechas emblemáticas: 1989, la caída del Muro de Berlín; y 2001, el ataque al World Trade Center (WTC) de Nueva York. La caída del Muro de Berlín es y será todo un hito en la historia contemporánea no sólo por las profundas y lógicas consecuencias que trajo para todos los países que durante la segunda mitad del siglo XX pertenecieron al bloque socialista, sino también porque alteró sensiblemente la composición y espectro político de todo el mundo, forzando la recomposición de la alineación de las fuerzas políticas, los sistemas de partidos y las corrientes ideológicas. Por su lado, el ataque al WTC de Nueva York también tuvo profundas consecuencias no sólo al interior de los Estados Unidos, por obvias razones, sino también para el resto de la humanidad, ya que a partir de ese momento quedó más claramente definido en términos políticos y militares el nuevo orden mundial, comandado por los Estados Unidos.

Ambas fechas tienen una enorme significación para el proceso de globalización que hemos estado viviendo desde el último cuarto del siglo XX; sin embargo, cada una de ellas tiene un significado diferente. Si 1989 parecía inaugurar una era en la cual el conjunto de las civilizaciones de nuestro planeta confluiría hacía un mismo sistema económico y político, el 2001 mostró no sólo que no había tal confluencia sino que seguiríamos viviendo en un mundo polarizado por las más amplias y profundas diferencias económicas, políticas y culturales.

No obstante, entre 1989 y 2001 se dio una especie de jauja protagonizada por quienes daban la bienvenida al nuevo orden mundial, por quienes confiaban en que el destino de la humanidad comenzaba a ser más claro y distinguible dado que el capitalismo en su versión más liberal terminaría por uniformar no sólo las múltiples diferencias de los sistemas económicos y políticos, sino también a las culturas, hábitos de vida y formas de pensamiento. Entonces, pocos eran los que desconfiaban y menos aún los que apostaban por otra alternativa, por creer que otro mundo era posible.

La recopilación que ahora nos ofrece Michel Wieviorka tiene como eje fundamental precisamente los movimientos sociales altermundistas que han surgido en las últimas dos décadas. Se trata de un compendio un tanto irregular en el que algunos trabajos lucen más que otros, y en donde destacan sobre todo los nombres del propio Wieviorka; el de Immanuel Wallerstein, que contribuye con un pequeño ensayo sobre la historia de los movimientos sociales; y el de Yvon Le Bot, muy conocido en nuestro país debido a sus trabajos sobre América Latina y en especial por su libro sobre el zapatismo en Chiapas. También merecen cierta atención el artículo de Elaine Coburn sobre la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el de Antimo L. Farro sobre el caso italiano.

El ensayo de Wieviorka, uno de los más notables del libro, se destaca por ofrecer una amplia explicación de la evolución de los objetivos de los movimientos altermundistas. Aunque en los primeros años de los noventa muchos de los individuos participantes en estos movimientos parecían oponerse cándida y ciegamente a lo que era irreversible, la globalización, al correr el tiempo y, sobre todo ahora, en la primera década del nuevo siglo, la mayor parte de estos movimientos y de los individuos que los forman tienen claro que no se trata de oponerse a toda globalización, y mucho menos de seguir rompiendo cristales de establecimientos como los McDonalds, sino de oponerse a esta globalización, es decir, a la forma en que está siendo llevada a cabo por los actores mayormente involucrados: los países desarrollados, las organizaciones multilaterales y las empresas transnacionales.

Wieviorka explica cómo los movimientos sociales ya no se oponen simple y llanamente a la globalización, si es que alguna vez lo hicieron, sino que se oponen a la globalización emprendida por las vías del capitalismo liberal, a la impulsada por la OMC, el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM), que no sólo es ciega ante las desigualdades sociales sino que parece fomentarlas.

Los altermundistas también han ampliado los motivos de su rechazo hacia el capitalismo global que ha venido imponiéndose en las últimas décadas, pues ya no se concentran sobre todo en la denuncia o en la lucha en contra de la explotación del proletariado, como lo habían hecho los marxistas en el último siglo y medio, sino que ahora también denuncian procesos sociales más complejos como la exclusión, ese producto del capitalismo que se ha potenciado con la globalización y convierte a los seres humanos casi en productos marginales, desechables; o la alienación, acentuada también en esta época dado que los individuos se sienten cada vez más impotentes frente a fuerzas y agentes que escapan a su control; y también la depresión, ese problema clínico–social que hace experimentar a los seres humanos una sensación múltiple de fracaso y carencia, pues son considerados individual y exclusivamente responsables de todos sus problemas y privaciones.

El ensayo de Wallerstein sobre los movimientos antisistémicos es de gran interés. En él plantea cómo acuñó el concepto de movimientos antisistémicos para englobar a dos tipos de movimientos que se venían gestando desde finales del siglo XIX: los nacionales y los socialistas. Ambos podían visualizarse como antisistémicos en la medida en que trataban de desarticular el sistema predominante e imponer uno nuevo. En este sentido, se trataba de movimientos revolucionarios. No obstante, muchos de estos movimientos se desvanecieron entre el siglo XIX y el XX o, peor aún, triunfaron, convirtiendo lo que había sido protesta y negación contra el sistema en un nuevo sistema con vicios similares al anterior y con poco o nada de revolucionario.

Sin embargo, para Wallerstein 1968 significó el despegue en la conformación de nuevos movimientos sociales antisistémicos diferentes a los anteriores en muchos sentidos, aunque conservando la impugnación y rechazo al orden existente. Los movimientos altermundistas pertenecen a esta nueva generación.

Dadas las nuevas condiciones, estos movimientos también deberían perseguir fines distintos a los anteriores; deberían abrir varios frentes de batalla, pero sobre todo podrían contribuir a mantener vivo y despierto el debate sobre el conjunto de la organización social, algo de más difícil realización por parte de instancias como los partidos políticos, que por su naturaleza obedecen a otra lógica, pero asequible al movimiento altermundista, cuya aportación no sería menor.

El ensayo de Elaine Coburn dedicado al episodio de Seattle de 1999, cuando se manifestaron cerca de cincuenta mil personas en contra de la cumbre de la OMC, es también de gran interés. Curiosamente, más que analizar el movimiento en sí, Coburn se ocupa de la función de la OMC como promotora del comercio mundial.

El breve ensayo de Coburn es muy sugerente en tanto que señala cómo una de las características más relevantes de la mundialización que está en marcha es su carácter librecambista, es decir, que promueve una globalización que no puede ser vista con otros ojos que los del mercado capitalista. Perspicazmente, Coburn señala que, en efecto, esta es la ruta que se ha seguido en la mundialización en marcha, aunque no es la única y mucho menos la mejor. La economía es un asunto humano, social, y por lo tanto las sociedades en cuestión debían poner la economía a su servicio y no, como la globalización liberal lo hace aparecer, poner a las sociedades al servicio de la economía.

Coburn menciona también brevemente que la propia estructura de la OMC está diseñada para favorecer a los países desarrollados, ya que todo su aparato burocrático, sus modalidades de operación y sus protocolos y reglamentos cumplen el mismo fin. De modo que no sólo la OMC es totalmente antidemocrática, lo que va en contra del espíritu democrático que supuestamente acompañaba el triunfo de la economía de mercado de fines del siglo XX, sino que además defiende un esquema de comercio internacional profundamente injusto e inequitativo, que otorga groseras facilidades proteccionistas a los países desarrollados mientras que somete a los subdesarrollados a un supuesto libre flujo de mercancías igual para todos. La OMC se caracteriza también por defender dogmáticamente al comercio global, pero se muestra conforme con las barreras y restricciones al tráfico de personas, a la búsqueda de mejores condiciones sociales y laborales, a la libre decisión de los seres humanos para elegir dónde vivir.

Coburn explica que los manifestantes de Seattle en 1999 no protestaban contra la globalización, sino contra esta globalización. Como casi todos los colaboradores de esta obra, distingue que una de las características más importantes del movimiento altermundista es luchar en contra de la globalización liberal y todas sus injusticias.

Los trabajos reunidos en esta compilación proponen analizar los movimientos altermundistas desde muy diversas ópticas y latitudes, describiendo su naturaleza, evolución y potencialidades. Aunque francamente la mayoría de ellos están formulados en un tono complaciente y benévolo, los movimientos y las mentalidades altermundistas son de una heterogeneidad enorme; desde las visiones más lúcidas que proponen alternativas para mejorar y corregir los peores resabios de este proceso, hasta las más inocentes y negativas que destrozan establecimientos o convocan al boicot de productos. De todo ello, tal vez lo dicho por Wallerstein en su ensayo sea la manera más sana y optimista de analizar estos movimientos, esperando de ellos sugerencias, ideas y ficciones que permitan llevar a nuestra sociedad si no a otra completamente distinta, sí a una con menos fallas, errores e injusticias.