SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.23 número68El movimiento estudiantil en América LatinaCuatro décadas después: Entrevista con Raúl Álvarez Garín índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.23 no.68 México sep./dic. 2008

 

Traducciones y entrevistas

 

Sobre el 68. Entrevista con Gilberto Guevara Niebla

 

Iván Pliego Moreno1

 

1 Profesor-investigador del Departamento de Sociología, Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco y editor de Sociológica.

 

Iván Pliego Moreno (IPM). Dr. Guevara, nos interesa conocer no solamente sus experiencias como participante, sino sobre todo su valoración como académico; han pasado ya cuatro décadas. Para las jóvenes generaciones, ¿qué es el movimiento del 68?, ¿qué fue?, ¿por qué es importante recordarlo?

Gilberto Guevara Niebla (GGN). Desde mi perspectiva, lo ocurrido en el 68 fue una protesta juvenil contra un sistema político autoritario, que tuvo un carácter cívico-democrático que hoy se hace más perceptible. Las demandas que los estudiantes hacían eran estrictamente de respeto a la legalidad; apertura democrática; respeto a las libertades políticas. Esas eran las banderas de 1968 y creo que, con el tiempo, esas banderas se reflejaron en el proceso de democratización que vivió el país.

Ahora bien, existe un lado amargo, negro, del 68, que tiene que ver con el trauma que generó la represión de Tlatelolco el 2 de octubre. Ciertos núcleos de estudiantes que sufrieron esa experiencia terrible se radicalizaron. Tlatelolco produjo una carga de odio y de resentimiento social que se materializó en unas expresiones políticas cada vez más radicales que derivaron hacia el movimiento de guerrilla urbana que se produjo entre 1971 y 1976 y afectó a todo el país; pero no solamente eso, sino que también se dio una interpretación confusa de lo sucedido. Era difícil para cualquier estudiante asimilar lo que ocurría, bajo la balacera de Tlatelolco.

Porque los estudiantes creían que vivían en un Estado democrático, legal, con una institucionalidad legal, de tal manera que por eso luchaban, por el cumplimiento de la ley, y sus demandas eran, digamos, rudimentariamente democráticas. En consecuencia, ser recibidos a balazos en una congregación pacífica, como lo fue el mitin del 2 de octubre del 68, pues lo tomaron con asombro. No encuentro las palabras exactas, pero una persona que cree que vive en una sociedad democrática de repente recibe, a través de la violencia, una demostración brutal, salvaje, de que no era tal la sociedad en que vivía. El problema es que no había una concepción alternativa; los jóvenes no estaban preparados para esa experiencia; entonces, lo que tú tienes es que esa generación, masivamente, no estoy hablando de los diez mil que estaban en el mitin, sino más bien de toda la generación estudiantil de la época, vivió un colapso, un colapso subjetivo, digamos.

El 3 de octubre apareció en el periódico Excélsior un pequeño desplegado de estudiantes de arquitectura que expresa claramente el trauma. Decía: "Ayer fuimos a un mitin, fuimos recibidos a balazos, no entendemos lo que pasó". Efectivamente, es lo que te decía. No entendíamos cómo el gobierno, que era el papá gobierno, finalmente con toda una imagen paterna, se convertía en un monstruo.

Dado que no cuentas con una explicación racional, alternativa, la violencia te conduce a la locura, a la irracionalidad; es decir, Tlatelolco produce efectos subjetivos que llevan a muchos jóvenes a buscar, literalmente, salidas falsas, como el hippismo, las drogas, la guerrilla, esto es, a elegir tendencias autodestructivas. Cuántos jóvenes no murieron por las drogas. Yo recuerdo, entonces, un movimiento que era prístino, que era claro, cuyas demandas eran simples, y que era sencillo en sus expresiones. Dejando de lado su parte festiva, de quedarse de ver con los amigos, de choteo, que a las autoridades les interesa mucho cargarle al movimiento, se trataba en realidad de un movimiento cuyos fines eran muy claros, de un movimiento pacífico, legal, que no se proponía más que el cumplimiento de la legalidad. De allí viene una herencia de radicalismo que se ha asociado a sentimientos de odio, de resentimiento; un radicalismo que lamentablemente perdura, que es uno de los efectos perdurables del 68.

Yo creo que la lógica de la conducta actual de la izquierda no sería explicable sin este efecto traumático del 2 de octubre: cómo ves tú a la izquierda de irracional, de desconfiada de la autoridad. Hubo un pensador, un sociólogo, que estudió el efecto de la sucesión generacional en la historia. Me refiero a Karl Mannheim, quien nos explica que lo que marca a una generación es una experiencia dura, una experiencia memorable, aunque él mismo nos hace la siguiente observación: los que viven la experiencia memorable son unos cuantos, pero los otros, de la misma edad, no viven con la misma intensidad dicha experiencia. En consecuencia, Mannheim nos habla del criterio sociológico de considerar a las unidades nacionales para separar el efecto diverso que tiene la experiencia comentada entre su miembros.

En nuestro caso, el 2 de octubre tuvo un impacto negativo, el cual se explica porque los jóvenes concluyen, después de sufrir la balacera y la masacre, que tales acontecimientos tuvieron como consecuencia que el Estado de legalidad desapareciera y se colapsara. Sin embargo, no es verdad que la democracia se estuviese colapsando. Lo que ocurrió fue que un sector relativamente reducido de la sociedad había sido fuertemente maltratado.

No obstante, la sociedad siguió marchando, a su ritmo, y la mayor parte de los mexicanos no vivíamos en un Estado policíaco. Es decir, los estudiantes, de hecho, no se enfrentaron a un totalitarismo. Se trataba, más bien, de un Estado autoritario. Esa es una gran diferencia, porque lo único que el grupo dominante pudo hacer después de tanto tiempo fue aislar la experiencia, es decir, procurar bloquear la memoria del 68, desacreditarla, con obras como ese libro, El Móndrigo, y otras publicaciones. Desacreditarla, aislarla y, sobre todo, impedir que los miembros más conspicuos de ese movimiento llegaran a tener alguna intervención notable en la vida pública. En consecuencia, los líderes del país pudieron mantener su fachada de democráticos y de civilistas, mientras que el grupo que había experimentado la masacre se persuadía equivocadamente de que el gobierno había pasado del autoritarismo al totalitarismo.

Entonces ese proceso mental equivoco fue lo que produjo este radicalismo que, a largo plazo, ha resultado en un fracaso, como lo siguen siendo, lamentablemente, personalidades políticas como López Obrador o como los zapatistas, quienes no lo perciben, pero el radicalismo no es una moneda que tenga perspectiva, porque continúa siendo una conducta que auto aísla; que te separa del main stream, de la corriente principal de pensamiento de la sociedad.

En cambio, otra parte de los estudiantes no vivieron Tlatelolco, y continuaron sus vidas mediante el recurso de las universidades privadas. De esta forma, si bien las escuelas públicas superiores se politizaron y radicalizaron, otras como el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), el Tecnológico de Monterrey y la Universidad Iberoamericana no sufrieron ese proceso y, en consecuencia, se convirtieron en los proveedores de cuadros preferidos por el gobierno, por todo el sector público y por las empresas privadas. Es decir, en la perspectiva de largo plazo los actos del 68 resultan muy diversos en su naturaleza. Podría mencionar algunos de sus efectos. Los hay de índole psicológica subjetiva; institucionales; sobre la cultura. Por ejemplo, algo notable fue que en 1971 comenzó la llamada apertura política de Echeverría, la de los medios de comunicación, que consistió en una liberalización en los mismos que fue creciendo. Luego se dieron el fortalecimiento del sindicalismo; la lucha electoral; la reforma electoral de 1978; y la lucha de las masas por el respeto al voto, que prácticamente concluiría con la reforma de 1996, que le otorgó la autonomía al Instituto Federal Electoral (IFE), aunque después se presentarían nuevas expresiones.

Hubo también un efecto del 68 que se registra en el movimiento urbano popular; así como una fuerte influencia sobre la educación superior, positiva y negativa al mismo tiempo, compleja, que se reflejó en la sobrepolitización de las universidades, produciéndose un incuestionable derrumbe en la calidad de los servicios educativos. También hubieron consecuencias culturales en los jóvenes. Fue muy perceptible, por ejemplo, la expansión de las escuelas activas poco después de los años setenta, aunque sobre todo en el sector privado. No obstante, toda esta democratización estaba, lamentablemente, poco racionalizada. También se proyectó en la escuela pública, incluidos los niveles de primaria y secundaria, en que los profesores cambiaron sus actitudes y conductas hacia los alumnos, produciéndose una relación cada vez de mayor respeto para el alumnado, lo cual asimismo ocurría, por supuesto, en las universidades, en las cuales el cambio cultural fue muy visible. Una prueba es que comenzaron a proliferar los nuevos planes de estudio, y sin duda se abrió un espacio para la creatividad que antes no existía. Se crearon nuevas instituciones educativas, como la Universidad Autónoma Metropolitana; el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH); el Colegio de Bachilleres; y las universidades autónomas de Aguascalientes, Nayarit y Baja California Sur, entre otras instituciones de educación superior modernas con una orientación innovadora.

En el plano de las disciplinas sociales el hecho más notable que se puede asociar, aunque desde luego no atribuirse exclusivamente al movimiento del 68, es la revisión en el campo de la historia, por ejemplo, del valor de la Revolución Mexicana; la revaloración del porfirismo; el debate sobre la verdadera naturaleza de la Revolución Mexicana, quizás lo recuerdas; contamos con el video, en el que participan Arnaldo Córdova, Héctor Aguilar Camín, Roger Bartra y otros intelectuales. Lo importante es que se dieron cambios en espacios como la historia y la arquitectura. Un ejemplo de ello en esta última fue el surgimiento de movimientos en favor del urbanismo, que revolucionó a la arquitectura mexicana. También en las ciencias se produjeron experimentos muy interesantes. En mi carrera, que es la biología, se desarrollaron mucho la ecología y la botánica, entre otros temas, áreas que habían estado desatendidas; e igualmente se desarrolló la investigación de frontera, en disciplinas como la citología y la genética.

En el terreno del derecho también se dio una revaloración de la disciplina en su conjunto, aunque ha sido muy lenta, por cierto, lo cual tiene que ver más que nada con la resistencia del Poder Judicial, que es donde menos visible ha sido la modernización democrática. En el caso de la economía podemos observar cómo al mismo tiempo que el 68 le abrió el camino a la "marxistización" del currículum, poniéndose a El capital como el eje temático de la carrera, sobre todo en la UNAM, a la par ese quiebre dio lugar a la "liberalización" en escuelas como el ITAM, y al consecuente resurgimiento del liberalismo económico, y de todas sus teorías y prácticas, que anda tan de moda.

En áreas disciplinares como la práctica médica surgieron nuevas tendencias como la medicina comunitaria. Se originó toda una orientación social de la medicina, la cual desemboca, finalmente, en programas como el Seguro Popular. Cuando yo trabajaba como biólogo en el campo de la medicina me tocó atestiguar en parte esa reorientación hacia la medicina social.

En fin, sería necesario hacer una revisión mucho más pormenorizada, pero prácticamente todas las disciplinas de la cultura cambiaron. En el arte fue notable el impacto que tuvo el 68 sobre la pintura, la música, la arquitectura, la escultura. El notable escultor Sebastián, por ejemplo, fue militante del 68.

Obviamente que el movimiento también influyó en la mismísima política priísta. Pueden registrarse hechos como que el propio Carlos Salinas de Gortari fue un participante pasivo, mientras que Ernesto Zedillo fue un colaborador activo del movimiento estudiantil. No todos los priístas vivieron de la misma forma lo que había pasado. Ese es otro error que ha cometido el sector más radical del 68: pensar que el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Estado y el ejército son un bloque y que hay que descalificarlos conjuntamente. Se trata de un error grave. Incluso había militares que no estuvieron de acuerdo con Tlatelolco; gente moderna y civilizada como sin duda la hay dentro del ejército, dentro del PRI, e incluso al interior del propio Estado, personas que nunca compartieron las medidas drásticas que se adoptaron. Son matices que nunca se tomaron en cuenta y que han tenido consecuencias catastróficas para la izquierda.

IPM: Menciona usted que algunas de las consecuencias para los jóvenes, para los estudiantes, fueron la desilusión, la radicalización...

GGN: Sólo para un núcleo...

IPM: En algún núcleo... Y en términos generales, como movimiento estudiantil, ¿qué vínculo podemos establecer entre lo que había en los años sesenta, o incluso antes, con lo que existe en la actualidad, si es que lo podemos abordar de esta manera.

GGN: En realidad, el movimiento estudiantil tuvo muchas direcciones en cuanto a sus efectos y demandas. Una demanda no explícita consistía en que se disolvieran las organizaciones corporativas de los estudiantes, esto es, las sociedades de alumnos, que eran estructuras parecidas a los sindicatos blancos, alentadas por el PRI y por los rectores de las universidades para controlar los centros educativos e impedir conflictos.

Entonces, de no haberse dado una solución violenta probablemente lo que hubiéramos obtenido es una versión democrática de esas organizaciones estudiantiles, pero Tlatelolco disparó la conciencia política de los estudiantes en otra dirección. En lugar de crear sociedades de alumnos democráticas lo que produjo Tlatelolco fue, curiosamente, una actitud antidemocrática; es decir, se perdió la fe en la democracia; en lo fundamental los estudiantes se oponían a la democracia después de Tlatelolco. El apelativo "demócrata" se convirtió en un insulto, y quienes proponíamos después de salir de la cárcel que las organizaciones estudiantiles se estructuraran democráticamente éramos condenados.

Nosotros salimos finalmente expulsados del movimiento estudiantil por nuestras ideas democráticas. Aunque Raúl Álvarez Garín ha cambiado mucho sus posturas desde entonces, en aquel momento él, Salvador Martínez della Roca y yo conformábamos la corriente democrática del movimiento, y los demócratas fuimos expulsados por los radicales y por los propios guerrilleros. Sólo hay que revisar las publicaciones de los partidarios de la guerrilla: desde el principio sostuvieron que el movimiento estudiantil de 1968 había sido traicionado por los líderes.

IPM: Ellos ya querían hacer la revolución.

GGN: En efecto, y no sólo condenaban a los líderes estudiantiles contrarios a sus posiciones, sino que además los amenazaban de muerte. Fue una situación tan difícil que simplemente nos expulsó del movimiento estudiantil. No volvimos a participar en él, excepto Salvador Martínez della Roca, quien volvió a hacerlo en 1986, aunque este último dato no tiene relevancia alguna.

Es curioso constatar cómo un movimiento democrático genera conductas contrarias a la democracia: una cultura antidemocrática que se dio en el mismo movimiento estudiantil, el cual en lugar de organizarse democráticamente lo hizo a través del activismo. Los líderes estudiantiles sólo valoraban a los estudiantes que estaban dispuestos a abandonar las clases para hacer política. Surgen entonces los comités de lucha, cuyo nombre lo dice todo. Eran organismos con una estructura vanguardista, que no lograron arrastrar a las masas estudiantiles, sino que de hecho se separaron de ellas. Curiosamente, puede afirmarse que la herencia del 68 a la posteridad fue la de un movimiento estudiantil sectario, no democrático, con un discurso crítico, pero codificado y cargado de marxismo, de ideología, que dio lugar a las expresiones más delirantes y de mayor fanatismo de la izquierda, como la de los enfermos de Sinaloa, que se propusieron destruir la universidad y que llegaron a asesinar universitarios; a destruir laboratorios y a quemar libros; a golpear a mujeres; a propinar golpizas a los maestros. Al propio Heberto Castillo le tocó; Carlos Monsiváis también lo vivió; yo mismo lo conocí de cerca: en mi propia familia fue asesinado un primo segundo. Mi familia fue perseguida, mi hermano encarcelado, la casa de mis padres y la mía propia fueron atacadas por la policía. Fueron años de vivir en el terror, un terror alimentado por el radicalismo, que era extremista, y por una conducta autoritaria del ejército y de la policía que parecía no conocer límites. Se trataba de los años de oro de Fernando Gutiérrez Barrios al frente de la Dirección Federal de Seguridad.

Cuando tú enfrentas en el escenario político nacional a una guerrilla obtienes una inmejorable coartada para abusar de la legalidad; para los excesos; y para de paso contrarrestar también a tus oponentes políticos pacíficos, democráticos.

IPM: Dr. Guevara, un pensador y líder político de la época, Vicente Lombardo Toledano, criticaba al movimiento, aunque parece que no le alcanzó el tiempo para analizarlo debidamente...

GGN: Murió en 1968.

IPM: Así es, falleció poco después de lo ocurrido en octubre, pero su visión no era muy favorable acerca del movimiento estudiantil.

GGN: No, él pensaba que detrás de él estaban la CIA y el FBI, el imperialismo estadounidense, organizaciones que habían conspirado para promover el movimiento estudiantil, al igual que el Partido Comunista.

IPM: Que según él tenían la misma visión...

GGN: Yo creo que esa era también una desmesura. Es decir, la lógica misma de los acontecimientos domésticos puede explicar satisfactoriamente todo lo que ocurrió en 1968, sin necesidad de recurrir a una conjura internacional, fuera ésta de corte imperialista estadounidense o de corte soviético. Yo creo que la política, la escenografía política –como trato de demostrarlo en un libro [La libertad nunca se olvida]–, así como el escenario interno fueron lo suficientemente claros como para explicar lo que ocurrió, paso a paso.

IPM: Ahora que menciona este elemento...

GGN: De hecho, Lombardo no tuvo ninguna influencia significativa en el 68. La fuerza que llegó a tener ya se había perdido para le época del movimiento estudiantil.

IPM: Si acaso alguna vez la tuvo fue en los cuarenta, cuando la formación del Partido Popular.

GGN: Exacto.

IPM: Quería preguntarle, ya que sale a colación el elemento internacional, lo siguiente: en el 68, además del movimiento estudiantil en México, también tuvimos el mayo de París, o la primavera de Praga, en Checoslovaquia; ¿qué vinculación podría establecerse?; ¿hubo alguna influencia?; ¿fueron esos movimientos, de alguna manera, inspiración para los estudiantes mexicanos?

GGN: En realidad sería muy difícil explicar la simultaneidad de las rebeldías juveniles en el 68 sin la globalización de los medios de comunicación. Lo que ocurría en París nosotros lo sabíamos el mismo día, al igual que lo ocurrido en Estados Unidos. De tal manera que, sobre todo en Estados Unidos, las acciones del SDS (Students for a Democratic Society); el movimiento de los derechos civiles; el "movimiento de los lactantes", todo ello tenía una repercusión enorme sobre México. La irrupción de los Kennedy en el escenario político estadounidense y los magnicidios, todo era conocido aquí, pero además había otra cosa: era notoria una impresionante atención en Ciudad Universitaria a todo lo que ocurría en Estados Unidos. Muchos académicos de ese país vinieron a México y el ambiente era el de los sesenta: el rock and roll y las pandillas, aunque estas últimas ya se había pacificado mucho cuando iniciaron las protestas estudiantiles, si bien es cierto que en un determinado momento el pandillerismo urbano, las gangs, las pandillas en los barrios, se convirtieron en una verdadera epidemia en la ciudad de México, lo cual precisamente condujo a los Caso, a los Cueto y a los Mendiolea a la Jefatura de la Policía. Ellos llegaron con la misión específica de hacerle frente al Partido [Comunista], y bueno, pues se trataba más bien de la época del rock and roll, de los periódicos modernos, de la televisión.

IPM: De Vietnam.

GGN: La guerra de Vietnam, ¿con qué sensibilidad podía vivirse en México?; no con la misma que el Ché Guevara o la Revolución Cubana. Aunque esta última ya había también perdido mucho, pero no así el Ché, por ser un héroe, un mito perfectamente construido por él mismo, un mito generado en los sesenta que lamentablemente aún tiene vigencia. Todo ello contribuyó a crear una conciencia crítica con una mentalidad más abierta; una inteligencia que no habría tenido lugar en otras circunstancias; a crear, digamos, una atmósfera universitaria muy rica en estímulos políticos y culturales, como lo describí en una nota en la revista Nexos, en la que me referí a cómo teníamos acceso a los cine clubs y a cómo todos los años veíamos lo mejor del cine mundial en la reseña; asistíamos a buenos conciertos; disfrutábamos de lo mejor de la literatura. En fin, que fuimos una generación muy mimada culturalmente, pero al mismo tiempo muy despierta, activa, muy diferente de las nuevas generaciones, que son más pasivas. Nos interesaba la cultura, la política. Estábamos en todo.

IPM: No he visto esa nota de Nexos, pero la voy a buscar.

GGN: Se publicó en uno de sus últimos números.

IPM: De alguna manera ya lo ha comentado a lo largo de esta charla, pero tengo la tentación de hacerle la pregunta específica: ¿Qué ha cambiado de México en estos cuarenta años? Sobre todo me interesa su opinión respecto de este debate que se ha producido en el mundo académico acerca de la transición democrática mexicana o la alternancia política en el país.

GGN: Ha habido cambios institucionales. Existe una estructura electoral que sería muy difícil descalificar, muy poderosa, que tiene muchos candados para asegurar su eficacia y su imparcialidad. También hay una Comisión Nacional de Derechos Humanos; un instituto para garantizar la transparencia; un Instituto Nacional de Evaluación de la Educación, instituciones todas que eran inconcebibles antes. Han surgido contrapesos reales, de verdad, al poder político; cada vez hay más juego político en el Congreso; el presidencialismo persiste, subsiste, pero con cada día mayores contrapesos.

El culto al presidente de la República ha ido disminuyendo mucho. Tenemos una democratización real de las instituciones. Lo que sin embrago cambia muy lentamente es la conciencia de las personas, la cultura política. Es lo que está más rezagado. No estamos asumiendo plenamente el momento que las propias instituciones nos están invitando a vivir. Por ejemplo, quién puede dudar de que la política se ha democratizado, pero qué tanto se interesan y se preocupan la mayoría de las personas por la política. Tampoco la educación ha cumplido con eficacia con su tarea de formar ciudadanos. En consecuencia, enfrentamos un rezago, un desajuste, un gap, entre la reforma democrática y la cultura política.

Esa cultura política de los mexicanos es muy antidemocrática. Está cargada, por el lado de la izquierda, de actitudes intolerantes, pero también está cargada de la tradición que nos dejó el PRI, de clientelismo, paternalismo, sobornos, corrupción. No hemos podido saldar cuentas con esa cultura política que nos dejó el PRI, ni con la que nos legó la izquierda radical, pero tampoco con las intolerancias propias de la parte conservadora del PAN.

IPM: Claro. El ejemplo que me viene a la mente es el de la actitud de la Iglesia respecto del aborto.

GGN: El aborto siempre es un asunto polémico en todas partes, pero el verdadero problema es que la Iglesia pretende que el Estado sea religioso, quiere que en la educación se enseñe religión, busca acabar con nuestra tradición laica, sin importarle que la piedra de toque de todo nuestro edificio democrático sea justamente la secularización. En consecuencia es muy seria, muy importante, la necesidad de enfrentar esas tendencias no democráticas de la derecha.

IPM: No sé si tenga algún comentario final, alguna reflexión, alguna conclusión que usted quisiera decirnos.

GGN: Yo avizoro para México, y lo deseo fervientemente, un futuro democrático, y también creo que nuestra tarea es construir esa democracia. Nuestra generación debe de recuperar sus ideales. Se trata de la generación de la democracia, de una generación que peleó por la democracia, y creo que en estos momentos es muy importante luchar, sobre todo, por ese cambio en la política cultural, y en la cultura política, que mencionábamos. Es otras palabras, necesitamos promover los valores de la democracia; construir una sociedad más tolerante; aceptar que somos una comunidad plural; y también reconocer los rezagos sociales de México, como la pobreza y la marginalidad en la que viven los indígenas. Es preciso recuperar una visión honesta, objetiva y crítica de nuestra realidad, tal y como nos lo proponía el movimiento estudiantil de 1968.

IPM: Le agradezco mucho doctor Guevara.

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons