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Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.23 no.68 México sep./dic. 2008

 

Traducciones y entrevistas

 

El movimiento estudiantil en América Latina*

 

Jean Meyer**

 

 

** Profesor-investigador de la División de Historia del Centro de Investigación y Docencia Económicas.

 

Traducción de Mónica Portnoy

 

NOTA DEL AUTOR A LA TRADUCCIÓN

Ese texto fue redactado en 1969 cuando el autor tenía 27 años. Se encontraba en México desde 1965, trabajando en El Colegio de México. La revista francesa Esprit, en la cual escribía sobre América Latina desde 1966, preparaba un número sobre el movimiento estudiantil en el mundo, para el primer aniversario del mayo de 68 francés. Me pidió un texto sobre nuestra América latina y sus estudiantes. A cuarenta años de distancia debo decir que se encuentran errores fácticos en el artículo, así como opiniones, juicios e hipótesis que hoy en día no sostendría. Si embargo, hasta la fecha no se ha aclarado totalmente la tragedia mexicana del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco y tampoco hay acuerdo sobre las cifras de muertos.

Por lo tanto, lo mejor es reproducir el artículo tal cual, sin notas ni comentarios. Lo único que puede interesar al lector es saber que el autor fue expulsado del país, como extranjero pernicioso, al poco tiempo de haberse publicado en la revista Esprit. Pudo regresar hasta 1973, gracias a la influencia de don Daniel Cosío Villegas, a la hora de la "apertura".

 

EL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL EN AMÉRICA LATINA

En agosto de 1966, el Cuarto Congreso de Estudiantes Latinoamericanos, realizado en La Habana, se ramificaba, después de haber fundado la Organización Continental de Estudiantes Latinoamericanos, organización destinada a "promover la solidaridad activa de los estudiantes del continente en la lucha contra el imperialismo, y a consolidar los vínculos que los unían con los campesinos y con los obreros".

Se trataba, en términos originales, de retomar el sueño bolivariano del movimiento de Córdoba que, en 1918, ponía en marcha la cruzada por la autonomía universitaria y el cogobierno, por un lado, y la reacción contra el imperialismo cultural de Europa y de Estados Unidos, por el otro. Desde entonces, el mito de la juventud incorruptible no ha dejado de agitar al continente:

La juventud vive siempre en trance de heroismo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca nunca en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes no se hace mérito adulando o comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan a sus maestros y directores, seguros de que el acierto ha de coronar sus determinaciones. En adelante, sólo podrán ser maestros en la república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien (Manifiesto de Córdoba, 1918).

Los estudiantes, cuya actividad política aparece como excepcionalmente intensa desde hace cincuenta años tomaron, parecería ser, al pie de la letra las palabras de Juan Montalvo: "¡Malestar en el pueblo, en el que los jóvenes se humillan frente al tirano; malestar en el pueblo, en el que los jóvenes no hacen que el mundo tiemble!" Y es una convicción muy difundida el hecho de que el movimiento estudiantil de América Latina es "el movimiento estudiantil más activo y más poderoso en términos políticos del mundo",1 ya que "el movimiento estudiantil es el principal actor de una crisis universitaria sincronizada con las crisis sociales que sacuden a América." 2 Y el cuadro es impresionante, incluso si nos conformamos sólo con los últimos años:

• 1963: los estudiantes juegan un papel principal en el cambio político radical en Ecuador.

• 1964: participan (¿provocan?) en la caída del régimen en Ecuador y en Bolivia.

• 1966: agitación estudiantil en México (ciudad de México, Morelia, Culiacán, Hermosillo), en Ecuador, en Chile (Concepción), en Colombia (Medellín) y sobre todo en Brasil (de marzo a septiembre el movimiento de protesta contra la dictadura militar gana todas las universidades y culmina en Río el 21 de septiembre cuando peleas muy violentas enfrentan a los estudiantes y a la policía) y en Venezuela (junio de 1966, motines en Caracas luego del "suicidio", en los locales de la policía, de Ojeda, veterano de la lucha revolucionaria. El apoyo otorgado a las guerrillas y la agitación permanente llevan al gobierno a ocupar la Universidad de Caracas el 14 de diciembre).

• 1967: Venezuela, 2 de marzo, cierre temporal de la Universidad. Brasil, mayo: grandes manifestaciones en Recife contra el acuerdo cultural firmado con Estados Unidos y una reforma universitaria a la estadounidense.

• 1968: motines en Río en mayo, junio y julio. Escaramuzas muy violentas en Lima a partir del 20 de julio. Inicio de la crisis mexicana.

Una vez dicho esto, ¿cuál es la influencia política de los estudiantes? Se manifiestan, vuelcan los autobuses, apedrean las embajadas estadounidenses y a los Nixon... desde 1918. Desde 1918 luchan por el cambio, por la revolución, contra los oligarcas, y los estudiantes de hoy son los oligarcas del mañana. Uno no puede evitar que le llame la atención una permanencia destacable: permanencia del enemigo al que hay que acabar, permanencia de los obstáculos al cambio; y de preguntarse si esta agitación sirve para algo.

El problema político y el problema universitario son inseparables y no se puede comprender la actitud política de los estudiantes excepto en el marco de la crisis universitaria y del movimiento de la Reforma Universitaria (Córdoba). Cuando el estudiante entra a la universidad ya está en otro mundo, y primero, materialmente, en un santuario que goza (¿gozaba?) de la extraterritorialidad, en una república libre y democrática que se pretende heredera de las universidades de Bolonia y Salamanca. Ello explica la imagen que el estudiante se hace de sí mismo, la que presenta al público y la que frecuentemente el público acepta y que, así, encierra al estudiante en un espejo. El carácter excepcional de su situación en regímenes políticos en los que la democracia y la justicia no constituyen la regla lo convirtió en el salvador del mundo, en el campeón del pueblo y en el heredero de una tradición revolucionaria en la que no faltan los mártires y donde prolifera la hagiografía. Desde entonces se puede tomar conciencia de las ambigüedades del movimiento, a partir de la diferencia entre la visión y la realidad. La actividad política resulta intensa para el estudiante revolucionario, pero su ideal de representante del pueblo no corresponde con sus actos: la acción estudiantil se moviliza esencialmente contra las autoridades universitarias y respecto de problemas universitarios, ya que los estudiantes tienen preocupaciones que, a menudo, son más profesionales que políticas. Cuando se presentan los grandes movimientos (en México, 1966; en Brasil, 1967-1968), la solidaridad funciona sobre bases estudiantiles, incluso si muy rápidamente las consignas antiyanquis o revolucionarias disfrazan la escena. De esta manera, en México, en 1966, uno hubiera podido creer en la última fase de una toma del poder por parte de auténticos revolucionarios; el escenario estaba planteado, las réplicas sonaban justas, se hablaba de estrangular a la reacción y las células militantes se multiplicaban como los mítines. Las barbas y los trajes de campaña marcaban la pauta. Una vez obtenida la dimisión del rector –no había otra reivindicación y, de hecho, el gobierno era el que manipulaba todo de manera notable– cada quien regresaría sensatamente a su casa, se retiraron los alambrados y las inscripciones se borraron.

Por lo tanto, el problema es complejo, como lo es la sociedad global de la que el movimiento estudiantil puede reflejar las tensiones, pero si el activismo político y sus características son incomprensibles sin referencia a la sociedad y a la coyuntura, ello no significa que el movimiento estudiantil sea la proyección fiel de la sociedad. Por el contrario, el movimiento es muy capaz de encerrarse en sí mismo y de abstraerse de la sociedad. Lo hizo en tiempos de Vargas en Brasil, de Perón en Argentina y la discontinuidad entre los estudiantes y la sociedad a menudo se convierte en la regla.

La convicción de que el movimiento es poderoso se basa en la movilización aparente de grandes tropas. De hecho, el porcentaje de activistas es muy bajo, lo que no impide que esta masa apática sea capaz de seguir a los jefes (dicho sea de paso, debemos preguntarnos por qué en determinado momento se sigue a los jefes y por qué [después] ya no se les sigue o no se va más allá, lo que plantea el problema de los límites del poder y del poder a secas de los líderes estudiantiles). La fuerza del movimiento estudiantil no deja de tener altibajos, lo que se explica tanto por la dialéctica interna dirigentes-dirigidos como por la dialéctica externa movimiento estudiantil-sociedad. ¿Un ejemplo? El movimiento argentino que desde 1918 era tradicionalmente muy poderoso (ochenta mil estudiantes únicamente en Buenos Aires) fue incapaz de movilizar a sus tropas contra los militares que acababan de derrocar al presidente Illia y debió acantonarse en la expectativa, aparentemente porque sus dirigentes no tenían las preocupaciones de la masa.

¿Cómo explicar el abismo que separa la importancia aparente del movimiento estudiantil y la realidad de su impotencia? Porque no se puede decir que el movimiento haya tenido consecuencias políticas revolucionarias. Antes de analizar la realidad del poder estudiantil señalemos que el estudiante es, por definición, transitorio y que su actitud frente al mundo adulto está compuesta por una ambivalencia más importante que las ideas políticas en la determinación de su conducta. Señalemos también que si la fuerza del movimiento nos parece mítica, sucede lo mismo con el alto grado de autonomía que algunos le adjudican; de hecho, para remediar el carácter transitorio del estudiante, para asegurarle una continuidad al movimiento, sólo encontramos dos soluciones: el estudiante profesional de la política y la afiliación a los partidos políticos, lo que generalmente es lo mismo: el líder estudiantil profesional que está al servicio de un partido.

Cuando el movimiento estudiantil logra efectivamente conservar su autonomía, lo que parece una victoria de nadie de hecho es el comienzo del fin. Para regresar al ejemplo argentino, el aislamiento de los dirigentes respecto de las masas estudiantiles no hace más que reflejar, en ese nivel interno, la soledad del movimiento estudiantil en la vida argentina; la autonomía se paga con el aislamiento respecto de las otras formas sociales y se traduce en la impotencia. El éxito de los estudiantes que derrocan a Pérez Jiménez en Venezuela (o que creen derrocarlo) no es más que la expresión más visible de la victoria de una coalición de grupos sociales. Este carácter espectacular ha generado ilusiones: el carácter visible del movimiento estudiantil equivoca la realidad de su fuerza.

En las tres revoluciones latinoamericanas del siglo XX los estudiantes no desempeñaron un papel importante. En las revoluciones mexicana y boliviana su participación fue nula, y si en Cuba se les encuentra entre los revolucionarios eso no quiere decir nada; en Cuba el papel de los jóvenes en general fue esencial, a tal punto que Fidel Castro pudo afirmar que se buscaría en vano a un hombre de más de cuarenta años que comprendiera la revolución. Una generación de edad separa a Fidel de los exiliados cubanos. Por lo tanto, los estudiantes sólo fueron jóvenes entre jóvenes. Sobre todo estamos, una vez más, frente a un mito difícil de destruir. Herbert Matthews,3 uno de los primeros periodistas estadounidenses en acercarse a Castro, afirma que el asalto al Moncada fue realizado por estudiantes. Por suerte Hugh Thomas4 restableció la realidad: el único grupo estudiantil organizado que debía participar en la operación (cinco hombres) faltó a su compromiso en el último minuto y el único estudiante que efectivamente participó en el combate fue Ramiro Valdés (en el Ministerio del Interior, en 1965). Raúl Castro acababa de dejar la universidad y de los otros 165, sin considerar a Fidel, sólo siete habían realizado estudios (entre ellos un doctor, tres contadores, un topógrafo). En el "Granma" encontramos la misma proporción, ya que Guevara era médico y Faustino Pérez estudiante de medicina; Cienfuegos era empleado de comercio; Almeida, albañil; Universo Sánchez, campesino; y Almeijeiras, chofer. El caso de Almeida es típico: el mayor en una familia de diez hijos, realizó tres años de primaria y luego se ganó la vida como aguacatero antes de convertirse en albañil, que tocaba la guitarra para completar su paga. Se puede decir lo mismo de Julio Díaz, de Redondo, de Calixto García y de los 19 sobrevivientes (19 y no doce).5

El papel primordial de los estudiantes, por lo tanto, es un mito, aunque sus raíces son históricamente sólidas puesto que en Cuba se remontan a los años 1920-1940 de las luchas contra Machado, Céspedes, Batista. La teoría pretende que la revolución sea el hecho de la masa campesina guiada por los estudiantes radicales (no se trata de la teoría de Guevara, quien sólo brinda una importancia marginal al movimiento estudiantil). Todavía haría falta que llegaran a nacer los narodniki latinoamericanos; mientras tanto, el indigenismo es una farsa, la universidad es el planeta Marte y Francisco Juliao6 tiene razón al burlarse de los "fines de semana revolucionarios" de los estudiantes que van a probar suerte como campesinos.

Esto lleva al fracaso del MOEC colombiano (Movimiento Obrero Estudiantil y Campesino), de la URJE en Ecuador (Unión Revolucionaria de Juventudes Ecuatorianas), de los febreristas paraguayos y del Movimiento del 14 de Junio en Santo Domingo.

Detengámonos en el caso venezolano.7 Los estudiantes de la Universidad de Caracas (25 mil de los 35 mil de todo el país) se encuentran activos desde hace años, desde la caída del dictador Pérez Jiménez y la consolidación inmediata de la democracia que fue, en gran medida, su obra bajo el gobierno provisional del almirante Larrazábal. Luego se convertirían, si no en líderes, sí al menos en los inspiradores de la lucha armada contra Betancourt y Leoni. Ya en 1962, el profesor Humberto Cuenca (fallecido en 1965) escribía: "Todas las universidades del continente deben dar un entrenamiento militar a sus estudiantes [...] para defenderse no sólo con la fuerza de la mente sino también con las armas"; y en 1964: "La vanguardia revolucionaria es estudiantil; el fenómeno se generaliza en América Latina".8 Desde 1959 había sido el inspirador de las "brigadas universitarias", milicia estudiantil armada, para evitar un regreso ofensivo de la reacción apoyada por determinados sectores del ejército. De hecho, desde 1959 el movimiento estudiantil no hizo otra cosa que sufrir fracasos. En lugar de originar un movimiento de masas, los estudiantes se apartaron de las masas, no fueron capaces de implicar a las barriadas9 contra el gobierno, no tuvieron el apoyo de los campesinos ni el de los obreros, e incluso perdieron el control de su base demográfica, las escuelas secundarias; perdieron la simpatía de la que gozaban cuando se les atribuía la caída del dictador y ese declive fue proporcional a la consolidación del régimen. A partir de 1959, momento de apogeo del movimiento, los estudiantes no han hecho más que batirse en retirada, a tal punto que en 1968 se limitaron a luchar para sobrevivir al interior de la universidad. El 14 de diciembre de 1966, el ejército y la policía pusieron fin a la extraterritorialidad del campus y, más adelante, los decretos de Leoni prácticamente dieron el control de la universidad al gobierno, el cual quedaba encargado de mantener el orden en ese lugar. Mientras que el éxodo de los estudiantes hacia las universidades privadas disminuye el número de sus propios estudiantes, la Universidad de Caracas ya no ejerce su actividad más que sobre sí misma y su acción política se reduce al juego intelectual. En diez años, el movimiento estudiantil venezolano conoció los extremos del éxito y de la derrota.10

En Brasil el movimiento había, de manera muy reciente (el movimiento de Córdoba no había triunfado en ese país) obtenido éxitos brillantes: en 1963 la huelga de todas las universidades permitió lograr la cogestión; y en 1966 y 1968 las protestas contra la represión en el medio estudiantil llegaron a preocupar al régimen. De hecho, los estudiantes fueron, en cada una de las ocasiones, incapaces de hacer que sus victorias llegaran al plano de la política. El éxito no implica un progreso; el movimiento no llega a movilizar a los estudiantes de modo permanente. Todo lo que hace es aparecer de vez en cuando mediante explosiones de fuerza variable. Una vez más, la fuerza y la debilidad del movimiento se encuentran en su autonomía-aislamiento. Lo que le otorga mérito ante los ojos de la opinión pública, y lo que puede arrastrar eventualmente a las multitudes, es el hecho de que aparece como independiente y, en consecuencia, como puro. Su debilidad se origina en lo mismo: debilitada la euforia de una victoria muy limitada cada vez (una medida cancelada, camaradas liberados), las ilusiones se disipan y se plantea la pregunta: "¿Y ahora, qué hacer?", interrogante que siempre permanece sin respuesta, ya que el movimiento está aislado, sin vínculos sociales o políticos. Lo que plantea el problema en estos términos: la alianza y la desaparición, o la autonomía y la esterilización.

Estos dos ejemplos demuestran que la eficacia de la acción política de los estudiantes está ligada a la situación del país. "La cantidad y la calidad de sus intervenciones está ligada a la flexibilidad de las instituciones políticas y a la fuerza de los grupos que representan los intereses establecidos".11 Los estudiantes siempre expresan una gran actividad, pero ésta tiene una repercusión variable. Frecuentemente en el centro de la oposición (y su gran papel comienza cuando las demás oposiciones están amordazadas: la universidad es la última en ser controlada, ¿por qué?, ¿acaso será porque los estudiantes son los hijos de los gobernantes?), los gobiernos les temen porque sus movimientos a menudo son incontrolables y desembocan en el martirio. Participaron en la caída de las dictaduras, y son los catalizadores que conllevan la intervención positiva o negativa de los sectores verdaderamente decisivos; a menudo, el ejército.

Allí donde existe un diálogo político activo, como en Chile, por ejemplo, los estudiantes ya no controlan la marcha de los acontecimientos y la dirección de la política; no pueden más que integrarse a la democracia cristiana o al Frap (Frente de Acción Popular).

En los regímenes populistas también son poco influyentes: en México, su influencia política es nula, a diferencia de lo que habitualmente pensamos. De julio a octubre de 1968 desempeñaron un papel, el que se les dio. La crisis estudiantil se parece mucho, a partir del mes de julio, a una provocación, como lo fue en 1966 el asunto de la Ciudad Universitaria, fabricado por la Presidencia de la República para quitarse de encima al rector Chávez. Las escuelas vocacionales y el Instituto Politécnico [Nacional], para acceder al cual las primeras preparan a los alumnos, se ponen en movimiento sistemáticamente –se trata de los elementos más inquietos y son los más violentos debido a su excepcional origen plebeyo–, se les lanza a la calle... y sigue la represión. ¿Necesitamos pruebas de esta represión sistemática? Al principio, una pelea arreglada que enfrenta a varios cientos de alumnos de escuelas preparatorias (de la Universidad) y de las vocacionales. El suceso pertenecía al ámbito de la sociología de las bandas adolescentes y la política no tenía nada que hacer allí; no tenía nada de extraño y las autoridades siempre manifiestan la mayor de las indulgencias para este tipo de actividades, ya que los estudiantes pueden, en la cotidianeidad, parar e incendiar los autobuses por las razones más insignificantes. Para sorpresa de todos, los jovenzuelos (14 a 18 años) fueron atacados por cerca de mil granaderos, quienes no contentos con despejar el lugar a culatazos ocuparon las escuelas, dañando todo lo que encontraban en su camino. La agitación estudiantil resultante sirve para justificar la intervención del ejército: el 30 de julio a las 00:30 horas, los paracaidistas abren la Escuela Nacional Preparatoria número 1 con un bazucazo. Una vez más, los medios empleados no tienen justificación alguna. El mismo día, el presidente Díaz Ordaz sale fuera de la capital en gira de trabajo. Hasta finales del siguiente mes el movimiento estudiantil organiza grandes manifestaciones. Después de la del 13 de agosto (150 mil personas) busca el diálogo con el gobierno, ya que no tiene ninguna reivindicación política. Los estudiantes reclaman la liberación de los compañeros; la indemnización a los heridos y a las familias de los muertos (ocho muertos y cinco desaparecidos); el castigo a los culpables. El 30 [de agosto], para sorpresa general, el ejército ocupa Tlatelolco, barrio ultramoderno en el centro norte de la ciudad, so pretexto de impedir un mitin. Se piensa en un golpe de Estado militar ya que el ministro de Guerra, en su comunicado a la prensa, no menciona al poder civil.

Del 1 al 18 de septiembre el movimiento estudiantil vuelve a caer, a pesar del ametrallamiento del que son objeto, de noche, las escuelas preparatorias y El Colegio de México, posiblemente por agentes del gobierno. El 18 por la noche el ejército ocupa la Ciudad Universitaria, sin que se entienda por qué; el 24, los granaderos pretenden ocupar el Politécnico y son rechazados; el ejército interviene y debe recular dos veces frente a la inaudita resistencia de los estudiantes, prácticamente desarmados. Se recogen dos fusiles calibre 22 y un montón de pistolas de bajo calibre. La Associated Press anuncia la muerte de 19 estudiantes. El movimiento parece acabado puesto que la Universidad no apoya un ápice al Poli, considerado como demasiado comprometedor; se conforma con pequeños mítines para explicar a la gente que los estudiantes no tienen nada que ver con la violencia. El 26, mitin en Tlatelolco, sin incidentes. El 2 de octubre, el secretario de Gobernación declara, a las 14:00 horas: "El camino está abierto para una resolución total de los problemas expuestos en las reivindicaciones estudiantiles [...] ". Y el mismo día, a las 18:15, comienza la masacre de Tlatelolco, llevada a cabo de acuerdo con un plan bien montado. Doscientos muertos, quinientos heridos, dos mil arrestados, represión fuera de la capital que golpea ámbitos que no tienen nada que ver con los estudiantes, inicio de la caza de brujas entre los intelectuales, delaciones. El 9 se abren pláticas cordiales entre el Comité de Huelga estudiantil (¿de dónde sale, ya que sus miembros fueron arrestados y probablemente fusilados [comunicado de Reuters] en Tlatelolco?) y los representantes de un presidente que se había negado al diálogo durante dos meses.

Estamos frente a un caso ejemplar: se hace estallar un problema, desde luego existente, que no está maduro, para liquidarlo (es cierto que París inspiró mucho más al gobierno que a los estudiantes mexicanos) y para utilizarlo con otros fines. Cada vez que el movimiento amenaza con apagarse, el gobierno golpea: la influencia política del movimiento es nula; el movimiento nunca se ganó a las otras capas de la población. Los obreros, en particular, le son violentamente hostiles.

Sucedió exactamente lo mismo en muchos otros países de América Latina, en tiempos de Vargas, de Perón, del [Movimiento Nacional Revolucionario] MNR boliviano. En una sociedad en que los grupos de presión son débiles (Bolivia) los estudiantes pueden desempeñar un papel importante, justamente donde el juego político está bloqueado, igual que en Brasil. Sin embargo, en los dos casos su estrecha base social los detiene. Capaces de derrocar al poder no pueden tomarlo; como fue el caso para el gobierno estudiantil de Grau San Martín en Cuba, en 1933, quien se murió incluso antes de que Batista lo reemplazara. Son los ejércitos y no los estudiantes quienes llenan el vacío.

En el origen de la crisis estudiantil mexicana de 1968 está el presidente de la República, que es reincidente: [su estrategia consiste en] desencadenar un problema latente para ajustar cuentas, lo que permite, al mismo tiempo, desplazar los verdaderos problemas. Las cuentas se ajustaron, pero el aprendiz de brujo le echó la mano al ejército. Lo utilizó de manera imprudente durante dos años, otorgándole un papel político. En la intervención del ejército se dio un salto cuantitativo –de quinientos hombres en provincia a diez mil en la capital– que se vuelve cualitativo y coloca a México, de hecho, bajo el dominio de los militares. Golpe militar que puede consolidarse como tal, o evolucionar hacia la toma visible del poder. Esto no se hará a la manera fascista, ya que [García] Barragán (el ministro) no es un "gorila" sino un "auténtico revolucionario", un general de los años veinte, amigo de Cárdenas, el gran presidente de la reforma agraria y de la nacionalización del petróleo. El golpe de Estado o la toma legal del poder (el hombre de los militares en las elecciones de 1970, que ya se habrá decidido en 1969) se presentaría como la intervención de la verdadera revolución mexicana contra la reacción y Estados Unidos. ¿Acaso los generales peruanos no nacionalizaron el petróleo en octubre de 1968? Recordemos una vez más a Batista en 1933, o a Barrientos en 1964 luego de que los motines estudiantiles de Cochabamba derrocaran a Paz Estensoro. Y las palabras de Passarinho, ministro del Trabajo brasileño, deben tomarse en serio cuando el 11 de julio de 1968 dijo que la agitación estudiantil corría el riesgo de llevar a una fascistización del régimen que haría añorar a Castelló Branco.

A partir de 1960 se produce el retroceso: en 1964 cae Goulart; en 1966 cae Illia sin que los estudiantes pudieran hacer nada. En 1966, el presidente colombiano Lleras Restrepo y el presidente venezolano Leoni atentaron contra el estatuto universitario sin que los estudiantes pudieran siquiera defenderse. Que un poder tan grande se reduzca a nada en tan poco tiempo plantea el problema de las bases del movimiento, de sus orígenes sociales y de su ideología.

 

ALISTAIR HENNESSY12 ofrece el siguiente cuadro:

 

 

Los estudiantes o bien provienen de las clases medias bajas y, en ese caso, la universidad les dará el diploma, es decir, el medio para hacer crecer su seguridad; o bien proceden de las clases medias acomodadas y, en ese caso, el diploma les permitirá conservar su situación de clase, los protegerá de la proletarización. Los hijos de obreros y de campesinos sólo representan el 7% de los estudiantes de América Latina.

Dichos estudiantes, surgidos de las clases medias, adoptan un extremismo de izquierda que no corresponde en nada con su situación de clase y que es difícil de explicar mediante razones "positivas". La ideología explica la actitud de estos privilegiados que parecen combatir los intereses de las clases de las cuales descienden. Esta ideología contraria a sus intereses nace, en principio, de una frustración fundamental y sin la cual no se entendería nada: la inadecuación absoluta de las universidades a las necesidades del país; no contribuyen a su progreso sino que, en última instancia, representan un obstáculo para el mismo; no producen los expertos necesarios e inquietan a los estudiantes al no proponerles más que un porvenir oscuro para la mayoría, o la salida hacia Estados Unidos para los privilegiados. Por lo tanto, el extremismo político va acompañado de la incompetencia académica; la situación es aún peor en las escuelas secundarias, que juegan un papel esencial en la agitación estudiantil, escuelas superpobladas donde enseñan maestros incapaces, mal pagados y menospreciados.

A todo lo anterior el estudiante responde mediante un confusionismo contestatario, en apariencia revolucionario y marxista, en los hechos apolítico y descontento. Las tomas de posición representan las antiposiciones de individuos que viven en situación anómica. El descrédito total de los partidos tradicionales le cierra al estudiante una posible vía de integración, la afiliación política, y lo vuelve receptivo a cualquier ideología crítica y simplificadora; la pequeña burguesía –incluso si el término no es el adecuado–, acorralada entre el pueblo y los grupos dirigentes, siempre ha sido la fracción política más radical, "aventurera", la menos consciente de la fuerza de los partidos y de las masas. Siempre ha sido catastrófica, cuando no insensata, en su acción política, arrojándose en un extremismo delirante y abandonando a los obreros y a los campesinos a la represión a partir del momento en que el asunto se pone caliente. Esta ruptura entre el estudiante y el mundo se traduce en la demagogia irresponsable de movimientos como el Copei (Comité Político Electoral Independiente) en Venezuela; la Açào Popular en Brasil; o los MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) de Venezuela y de Perú. Estas formaciones que se creen marxistas sólo son radicales, y unen el idealismo de la juventud al puritanismo intolerante de las clases medias en expansión. Su utopismo radical se manifiesta mediante un horror metafísico respecto de la organización y la movilización de las masas; y con los movimientos milenaristas comparten la esperanza de una liberación próxima y total del hombre en un mundo totalmente bueno y bello; su negación absoluta de la sociedad; y la ausencia de planes para reformar una sociedad que los englobe. Se refugian entonces en una actitud contestataria vehemente y estéril. Por lo tanto, ¿hasta dónde puede llegar este comportamiento contrario a sus intereses de clase? Se puede poner en duda su capacidad para asumirlo hasta el fin. ¿Amenazan verdaderamente con su comportamiento real a los grupos de los que surgen? En todas partes existe un abismo entre las declaraciones ideológicas y su contenido efectivo; en este caso, ello es todavía más cierto. ¿Acaso no ocultan su deseo de llegar al poder? Después de todo, ¿no es la universidad una escuela de cuadros políticos?; ¿no salieron Betancourt y Leoni de allí? América Latina siempre fue gobernada por los licenciados y los generales... y los estudiantes quieren cambiar el mundo, es cierto, pero mientras tanto obtienen los diplomas necesarios para integrarse a la sociedad, y tanto en Perú como en Chile un gobierno hábil canaliza sus energías en actividades inspiradas en los Cuerpos de Paz: Cooperación Popular Universitaria.

"La facilidad con la cual los estudiantes obtienen favores y dinero de las organizaciones políticas les ha dado la ilusión de la omnipotencia. De hecho, esos políticos utilizan a los estudiantes más de lo que éstos influyen en la vida política", decía un lúcido líder estudiantil, y finalmente sólo es en tanto masa manipulable que los estudiantes participan en la vida política.

¿El porvenir? Los gobiernos, incapaces de reformar las universidades, evitan el conflicto duplicando las universidades autónomas mediante institutos y privilegiando a las universidades privadas, frecuentemente católicas y siempre caras. La primera consecuencia de la crisis mexicana es que, ya en octubre de 1968, las inscripciones a las universidades de origen estadounidense, como la "Universidad de las Américas", o a las jesuitas, como la "Iberoamericana", se duplicaron. La mayoría de los estudiantes ejemplifican las aspiraciones de su grupo social: riqueza, seguridad, prestigio, y su activismo sólo proviene de su inquietud: una vez que se titulan, se calman; en cada generación, sólo unos pocos permanecen fieles a sus ideas de juventud; los más inquietos se exilian y regresan sosegados; la mayoría se hunde en la inconciencia de las clases medias o en el cinismo conformista de los dirigentes.

Por último, la idea sociológica del conflicto de las generaciones no funciona, puesto que un estudio llevado a cabo en Chile demuestra que los hijos de los democristianos, así como los de los miembros del Frap (Frente de Acción Popular) retoman las actitudes políticas de sus padres en un 94%. El activismo estudiantil chileno no pone de manifiesto el conflicto entre las generaciones sino más bien la politización general; esta continuidad política de las generaciones podría explicar la lentitud de los cambios en América y el carácter milagroso de la revolución cubana.

Cuba es el único país que llegó a adaptar el sistema universitario a las necesidades de un país subdesarrollado y sigue siendo cierto el hecho de que la reforma universitaria no es posible sin una revolución total.13

Existe otra alternativa universitaria la cual, por cierto, no es revolucionaria: concentración del poder, racionalización, burocratización y despersonalización; en resumen, la universidad estadounidense, la universidad-empresa que tiene contratos con el gobierno y con la industria.

¿Qué se puede concluir? En América Latina se producen cambios... pero no aquellos que se esperaban: el prestigio y los valores de los sistemas en funcionamiento no han sido quebrantados y por todas partes se regresa a un centralismo semiautoritario que otorga la supremacía a un Estado despótico parecido, curiosamente, a la monarquía de los Borbones. Las poblaciones rurales aportan a la ciudad su aceptación de la jerarquía y del patrocinio; los obreros luchan por mejorar una situación que ya les es favorable (relativamente, al menos); los militares, surgidos de la clase media baja, quieren el orden. Se ha creído demasiado en las promesas de los grupos que hablan de progreso (ejército e Iglesia), o de revolución (estudiantes e intelectuales); lo que esos grupos pretenden es que la sociedad tradicional de clase alta, con sus valores y sus privilegios, se extienda a la nación; los estudiantes, a pesar de su radicalismo verbal, pasan con una facilidad desconcertante a la ortodoxia, esperan de la universidad su seguridad y, probablemente, esta última constituye la mejor explicación para entender que los agitadores se transformen en respetables titulados. El diploma es un fetiche que hace milagros.

Por esta razón, el movimiento estudiantil no sale de la encrucijada. Los periódicos tendrán siempre [sus notas] a la una: atentados a la autonomía universitaria y a mártires estudiantiles,14 aunque ello no cambiará gran cosa. El interés de esta experiencia amarga: descubrir la falsedad de los movimientos estudiantiles como élite revolucionaria, no es dejarnos en el escepticismo sino despertar en nosotros la duda absoluta y hacernos cuestionar no sólo a los estudiantes sino a todos los grupos que buscan, de hecho, la integración al sistema. ¿Por qué la revolución cubana no hizo explotar el continente? Se nos dirá que Estados Unidos está vigilante; es una respuesta un poco fácil, aunque sea parcialmente cierta, la cual les dará, sobre todo, tranquilidad de conciencia a los funcionarios que no son "nasserianos"; a la intelligentzia que no es revolucionaria; a la Iglesia que lo es aún menos y que habla todavía más. Ante la ausencia de reformistas sinceros o de verdaderos revolucionarios, América Latina volvió a caer en lo que Claudio Véliz llama "la encrucijada hispana", la del gobierno central paternalista. Quizás la paja sea yanqui, pero ¿y la viga?

 

Notas

* Publicado originalmente en francés, en Esprit, mayo de 1969, traducción de Mónica Portnoy, mportnoy@colmex.mx, agosto de 2008. Se ha respetado la notación y el sistema de referencias a pie de página, que no es el que se utiliza en Sociológica, para respetar al máximo la versión original del artículo que se presenta [nota del editor].

1 Joseph Fischer, en revista Minerva, vol. II, núm. 1, p. 40.         [ Links ]

2 Juan Oswaldo Yegros y Doria Berdichevsky, Universidad y estudiantes; universidad y peronismo, Buenos Aires, 1965.         [ Links ]

3 Herbert Matthews, The Cuban Story, 1961, p. 144.         [ Links ]

4 Hugh Thomas, Middle Class Politics and the Cuban Revolution, 1967, p. 259.         [ Links ]

5 Carlos Franqui, Le livre des douze.         [ Links ]

6 Cambao, La face cachée du Brésil, Máspero, 1968.         [ Links ]

7 Véase Orlando Albornoz, "Activismo político estudiantil en Venezuela", Aportes, núm. 5.         [ Links ]

8 Humberto Cuenca, Ejército, universidad y revolución, Buenos Aires, 1962; y La universidad revolucionaria, Caracas, 1964, p. 71        [ Links ]

9 Nota de la traductora: el autor se refiere a los bidonvilles, término francés que tiene distintas acepciones en América Latina: cinturones de pobreza, favelas, villas miseria, barriadas, barrios periféricos, pueblos jóvenes, barracas, chabolas, etcétera.         [ Links ]

10 Chris Hamilton, The Political Students and National Politics in Venezuela, Cambridge, Massachussets, 1967.         [ Links ]

11 Myron Glazer, "Las actitudes y actividades políticas de los estudiantes de la Universidad de Chile", Aportes, núm. 5, pp. 43-79.         [ Links ]

12 Alistair Hennessy, University Students in National Politics, 1967, p. 137.         [ Links ]

13 Véanse, La reforma de la enseñanza superior en Cuba, 1962; y Carlos Rafael Rodríguez, "La reforma universitaria en Cuba", Principios, julio de 1962, Chile.         [ Links ]

14 Se puede deplorar la actitud política de los estudiantes del Politécnico, víctimas de una provocación a la cual no hubieran querido hacer caso; nunca se dirá lo suficiente respecto de qué tan admirable fue su valentía. Como excepción entre los estudiantes, los del "Poli" no son ni privilegiados ni oportunistas. No es casualidad si un centinela respondía, después de los combates, a las buenas conciencias que le decían con indignación: "–Pero usted podría tener a sus hijos entre ellos. –Yo no tengo hijos, pero tengo dos hermanos que estudian en el Politécnico". Alumnos y profesores tienen, efectivamente, un origen proletario. Fueron increíblemente valerosos, puesto que no murieron por inconciencia o por accidente: se les conminó a que evacuaran su escuela y, conscientes de lo que les esperaba, desarmados, se negaron. Si hubiesen estado armados, del Politécnico sólo habría quedado piedra sobre piedra.         [ Links ]

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