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Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.23 no.68 México sep./dic. 2008

 

Varia sociológica

 

Vulnerabilidad y desafiliación social en la obra de Robert Castel

 

Nelson Arteaga Botello1

 

1 Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Autónoma del Estado de México, Cerro de Coatepec, s/n, Ciudad Universitaria, Toluca de Lerdo, Estado de México. Correo electrónico: arbnelson@yahoo.com

 

Fecha de recepción: 15/01/07,
Fecha de aceptación: 09/07/08

 

RESUMEN

En el presente trabajo se analizan los conceptos de vulnerabilidad y desafiliación social desarrollados en la obra de Robert Castel. El objetivo es mostrar cómo estos conceptos derivan de la discusión que este sociólogo francés establece tanto con la microsociología de Erving Goffman como con la genealógica de Michel Foucault. En este documento se explora la manera en que dicha discusión tiene como eje de desarrollo el examen del individuo moderno desde dos ángulos: el primero se refiere a los soportes institucionales que permiten la construcción de la individualidad, y el segundo a la configuración de estos soportes a través de la historia.

Palabras clave: Goffman, Foucault, vulnerabilidad, desafiliación.

 

ABSTRACT

This article analyzes the concepts of vulnerability and social disaffiliation in the work of Robert Castel. The aim is to show how these concepts are derived from the discussion this French sociologist takes up both with the micro-sociology of Erving Goffman and the genealogical sociology of Michel Foucault. The author explores how this discussion centers on the examination of the modern individual from two standpoints: the institutional supports that make the construction of individuality possible and how these supports have been configured down through history.

Key words: Goffman, Foucault, vulnerability, disaffiliation.

 

INTRODUCCIÓN

El presente documento tiene como objetivo realizar un recorrido que permita apreciar la conformación de las bases que sustentan el planteamiento del sociólogo francés Robert Castel alrededor de dos términos fundamentales en su trabajo: vulnerabilidad y desafiliación social. Dicho camino pretende ofrecer un cuadro inicial que exponga los fundamentos teóricos que dan origen a ambos términos, al igual que la forma en que se construye una propuesta metodológica particular de análisis sociológico.

El trabajo de Castel ha estado conformado en términos generales por dos campos que, bajo una primera mirada, parecerían algo desvinculados: por un lado, la locura y sus espacios de tratamiento (el asilo psiquiátrico) y, por otro, los problemas de vulnerabilidad social y las instituciones dedicadas a atenderla. Del primer tipo de problemas se derivan los análisis desarrollados en El orden psiquiátrico (1976) y La gestión de los riesgos (1981); con respecto al segundo tipo de problemas está, por ejemplo, La metamorfosis de la cuestión social (1995). Cada uno de estos trabajos da cuenta de varias líneas que permiten observar la manera en que ciertos sectores de la sociedad son objetos de examen, tratamiento y exclusión a partir de criterios morales, filosóficos y científicos. Si bien es cierto que sus textos responden a una perspectiva teórica inaugurada por Michel Foucault (que en términos generales podría ser denominada como genealógica), el mismo Castel (1994) reconoce que no puede ser considerado como un foucaultiano ortodoxo, señalando que sus estudios deben buena parte de su desarrollo a la sociología interaccionista de Erving Goffman (Castel, 1989).2

Una afirmación que sorprende, pues a primera vista poco tienen en común las perspectivas teóricas de Foucault y de Goffman, que en lo único en que coincidieron fue, quizás, en el hecho de que ambos analizaron en algún momento de su trayectoria intelectual la institución del hospital psiquiátrico –aunque sus maneras de abordarlo fueron diferentes. De hecho, los análisis que realiza Castel, tanto en el ámbito del orden psiquiátrico como en el de la cuestión social, nos remiten a una observación basada en una perspectiva histórico-social que deja muy poco espacio para una visión situacional al estilo de Goffman. ¿Cómo se establece, por tanto, una intersección entre las dos formas de analizar la sociedad que da por resultado una perspectiva de estudio que no es una simple suma de miradas, ni un modelo que tiende a corregir las aparentes deficiencias de una teoría con los supuestos aciertos de otra?

En este trabajo se tratará de mostrar que esta articulación se construye al tomarse como punto de partida el análisis de la construcción del hombre moderno. Ello a partir de distinguir dos momentos de ese análisis. El primero se refiere a los soportes institucionales que permiten la conformación de la individualidad del hombre moderno, y el segundo a la configuración de estos soportes a través de la historia. Los conceptos de vulnerabilidad y desafiliación social nos permiten apreciar cómo se construye un análisis de este tipo, y el presente trabajo busca diseccionar este proceso. Para ello, el documento se divide en cuatro partes. En las dos primeras se exploran las lecturas que el propio Castel hace de las perspectivas goffmiana y foucaultiana, las cuales le permiten sustentar sus conceptos de vulnerabilidad y desafiliación social. La tercera examina el planteamiento sobre ambos conceptos que realiza Castel, subrayando el vínculo que tienen con sus trabajos anteriores sobre la psiquiatría. Finalmente, en la cuarta parte se trata de sintetizar la puerta que abre la perspectiva de Castel como mirada sociológica general aunque, de igual forma, se repara en las criticas que se han efectuado a su propuesta, en particular en aquellas que apuntan a la inconsistencia de su análisis sobre los soportes que permiten constituir la individualidad del hombre moderno.

 

PROBLEMATIZACIÓN, GENEALOGÍA Y DISPOSITIVOS: LA HERECIA DE FOUCAULT

Al analizar los conceptos de vulnerabilidad y de desafiliación social, la noción de problematización utilizada por Castel se encuentra ligada al trabajo desarrollado por Michel Foucault. Ciertamente, en términos específicos no existe una reflexión amplia de este último alrededor de dicha noción; a lo sumo la abordó de forma muy rápida y superficial dejando la sensación de haber dibujado apenas un contorno. De hecho, apunta Castel (1994), más que aportar una definición de qué es una problematización Foucault ofreció más bien una descripción: "La problematización no es una representación de un objeto preexistente, o la creación de un discurso de un objeto que no existe. Ella es la totalidad discursiva y no discursiva de prácticas que proporcionan algo al juego de la verdad y la falsedad, colocándola como un objeto para la mente" (Foucault, 1984: 1,489).

En otros términos, estas prácticas discursivas y no discursivas a las que se refiere Foucault apuntan a las instituciones; las administraciones; las regulaciones o las normatividades; las prácticas administrativas; y a los principios, las teorías, las estrategias y los programas de gobierno; así como a sus objetivos, deseos e ideales; y a sus agentes y autoridades. De igual forma apelan a los espacios arquitectónicos y llegan incluso a tomar en consideración las proposiciones morales, filosóficas y científicas (Castel, 1994), todo lo cual tiene como objetivo no tanto puntualizar cómo funcionan los gobiernos, sino explorar las vías de producción de la verdad y de la falsedad como el corazón del análisis histórico, así como del debate político y del sociológico.

Dicha producción de los juegos de verdad se encuentra ubicada en la determinación de una situación presente, a partir de un problema que resulta central para los actores políticos y académicos o por la mera opinión generada por los medios masivos de comunicación. El punto de partida es el presente con el objetivo de establecer su genealogía, su saber histórico. Para escribir la "historia del presente" se debe de considerar a la historia en términos de cómo es vista por el "presente", desde cierta "actualidad" (Foucault, 1975). Esta estrategia de análisis contiene en su interior una serie de elementos que es necesario considerar en la medida en que el presente soporta una carga, un peso, que viene del pasado; y la tarea del presente es poner esta carga en una dimensión que nos permita entender cómo se ha ramificado (Potte-Bonneville, 2007). Ciertamente, el pasado no se repite a sí mismo hasta el presente; sin embargo, el presente no actúa fuera del pasado, sino que innova utilizándolo. La genealogía implica, en otros términos, el "acoplamiento de los conocimientos eruditos [históricos] y las memorias locales [presentes], acoplamiento que permite la constitución de un saber histórico de las luchas y la utilización de ese saber en tácticas actuales" (Foucault, 2006: 22).

Castel (1994) considera que un análisis de este tipo presenta algunas dificultades que es necesario sortear, particularmente cinco.3 La primera es evitar que la historia del presente –que lee la historia basada en las cuestiones formuladas en el "ahora"– no sea una proyección de las preocupaciones actuales hacia el pasado: aquello que regularmente es denominado "presentismo" (Canguilhem, 1994). En segundo lugar, se necesita construir un criterio de ruptura que permita establecer dónde comienza el análisis, y evitar así que la reconstrucción genealógica termine dirigiéndose cada vez más hacia atrás en el pasado. Ello implica asumir –lo cual nos lleva al tercer obstáculo– que el fenómeno del presente no puede ser el mismo que en el pasado, es decir, que no puede, en última instancia, tratarse de una mera repetición, algo que nos obliga a considerar que existen rupturas bajo un mismo horizonte en la definición de una problematización. El cuarto obstáculo lo representan los datos y los materiales históricos examinados, lo cual implica su selección sin que se pretenda reconstruir toda una época, pero tampoco sin dejar el núcleo de la problematización como un caso desconectado. Finalmente, el quinto aspecto a tomar en cuenta consiste en que los historiadores no trabajan con problematizaciones –en el sentido en que lo planteó Foucault–, lo que conduce a algunos de ellos a pensar que el trabajo genealógico está fuera del rigor exigido por la disciplina.

La propuesta que sugiere Castel (1995) para resolver estos obstáculos radica, en primer lugar, en considerar que si bien la problematización está ligada con la historia, más bien se refiere a un trabajo analítico de carácter sociológico. Castel entiende por problematización un campo unificado de cuestiones (de las cuales hay que definir sus características comunes); que han surgido en un momento dado (que se debe datar); que son varias veces reformuladas a través de procesos de crisis y que integran datos nuevos (transformaciones cuya precisión resulta necesaria). Es por esta presencia que se hace imperativo regresar sobre la propia historia de las cuestiones que hoy resultan relevantes. Sin embargo, en palabras de Castel, si hacer historia del presente "[...] proscribe hacer un uso del pasado que contradiga las exigencias de la metodología histórica, me parece legítimo proponer al material histórico cuestiones que los historiadores no han hecho necesariamente, y hacerlas a partir de otras categorías, y en el caso que nos ocupa, de categorías sociológicas" (Castel, 1995: 25).

Lo anterior implica releer la historia más que reescribirla o revisarla; construir "otro discurso" de datos históricos a partir de una lectura sociológica que pueda articularse, si se quiere, con aquélla de los historiadores. Hacer historia del presente es observar las rupturas en un telón de fondo común, lo que introduce la cuestión del cambio. Un aspecto que remite la mayor parte de las veces a la observación de los fenómenos sociales como el resultado de transformaciones seriales y, con ello, a la intromisión de juicios de valor sobre el sentido y las finalidades últimas del cambio, lo cual puede atraer fácilmente el prejuicio del investigador sobre los datos que maneja. De ahí que Castel sugiera el término de "metamorfosis" con el fin de definir la transformación del conjunto de elementos de un sistema de problematización, marcando así cómo pasa un sistema de una coherencia a otra, donde puede mantener sus mismas funciones a través de prácticas totalmente renovadas, instaurar otras, fracturar algunas más, adquirir nuevas; en una frase: "dialéctica de lo mismo y lo diferente" (Castel, 1995: 21).

Un campo de problematización trae consigo la definición y concreción de uno o varios dispositivos, es decir, de un conjunto heterogéneo conformado por discursos; instituciones; complejos arquitectónicos; decisiones reglamentarias, leyes y medidas administrativas; enunciados científicos; y proposiciones filosóficas, morales y filantrópicas. En breve, el dispositivo puntualiza lo dicho y lo no dicho, lo que permite responder a una urgencia: "el dispositivo tiene, por tanto, una función estratégica dominante" (Foucault, 1977: 299). Ello implica que los dispositivos son una manera de observar el entorno y de formar un ambiente, no tanto como un espacio de adquisición del conocimiento sino como de transmisión del saber o como una red de mediación del saber. En este sentido, un dispositivo no es un "mundo cerrado" en tanto que es un punto donde inicia la apertura y el reconocimiento de otros dispositivos y donde existe la posibilidad de que se modifique la propia acción social. Lo cual apela a un cierto "tiempo sociológico", tiempo de cambio; de modificación en las configuraciones sociales donde resulta relevante no sólo realizar la genealogía de un dispositivo, sino hacer evidente su topografía actual; de reparar en las fronteras que establecen los dispositivos; de dibujar sus fronteras; de indicar los juegos de verdad y falsedad que plantean.

Se puede observar que la construcción elaborada por Castel del concepto de desafiliación, como debilidad de los soportes del individuo moderno –y el cual está fuertemente vinculado con el lugar que este último tiene en la división social del trabajo y en las redes de sociabilidad–, pierde su fuerte acento estructural y fijo con la perspectiva genealógica que retoma de la propia lectura desde Foucault. Ello le proporciona un sentido dinámico a la reconstrucción de los soportes de la individualidad en la modernidad, pero esta propuesta analítica que sugiere Castel no puede entenderse como un mero ajuste de perspectivas; constituye, al parecer, como se verá a continuación, un juego de espejos entre Foucault y Goffman que, utilizando la idea de la metamorfosis –entendida como la transformación de un conjunto de elementos de un sistema de problematización–, permite mantener, renovar e instaurar un aparato analítico particular.

¿Cómo "funciona"? En términos generales en el análisis que propone Castel se puede percibir cómo los soportes de la individualidad resultan demasiado inertes si no son puestos a la luz de la perspectiva genealógica de corte foucaultiano, pero ésta, a su vez, tiene que colocarse en un espacio de problematización a través de conceptos sociológicos –a los que recurre Castel apoyándose en las herramientas teóricas de Goffman. Sin embargo, la lectura que realiza Castel de este último aparece, como a continuación se notará, fuera de la tradicional tónica que lo encierra en la corriente microsocial, y subraya más la herencia macrosocial de Durkheim. En este punto, el carácter de la investigación casteliana se apega más a la idea del propio Durkheim de que el individuo moderno es un producto social, y para entender este proceso es necesario comprender su posibilidad y fragilidad en un contexto social e institucional particular. Esto no es, en última instancia, algo sin sentido en la medida en que entre Goffman, Foucault y Durkheim existe –si bien con sus diferencias pronunciadas y contradicciones– un interés particular por el individuo y su cuerpo, la persona y su subjetividad (Castel, 1981; Donzelot, 1984; Fassin y Memmi, 2004). Sin duda, Castel ha podido tejer un hilo entre estos autores expresando –quizás de forma no novedosa aunque sí diferente– un planteamiento que privilegia los juegos de constitución del individuo mediante el trazo de la emergencia y metamorfosis de campos de problematización y dispositivos que definen soportes a la individualidad del hombre moderno. La mirada se dirige, además, al punto donde los soportes se encuentran fragilizados, es decir, a los procesos de desafiliación y sus zonas de vulnerabilidad: aquellos espacios donde el individuo comienza a ver socavadas las instancias que le permitirán constituirse precisamente como individuo.4 Para ello, Castel incluye en sus trabajos la perspectiva de Goffman, de quien dice que introduce para él la cuestión que será central en su reflexión, es decir, los soportes sociales e institucionales que permiten la configuración de la individualidad del hombre moderno. En el siguiente apartado se mostrará el peso que tiene el pensamiento de Goffman en la perspectiva teórica de Castel para, después, observar cómo la genealógica redondea dicha perspectiva, lo cual permite obtener una mirada sociológica particular.

 

INDIVIDUOS E INSTITUCIONES: LA HERENCIA DE GOFFMAN

Castel reconoce en Goffman una fuente elemental para el desarrollo de su teoría. Mientras se encontraba recopilando información para su trabajo El orden psiquiátrico se topó con el texto Internados de Goffman, por el cual fue, en palabras del propio Castel (1989), seducido. La atracción que sentía por este texto no respondía, no obstante, a la perspectiva microsocial que sugería el autor, sino más bien a la situación aparentemente marginal que tenían sus conceptos macrosociológicos y globales que "[...] alimentan las configuraciones puntuales" (Castel, 1989: 31). La inversión elaborada por Castel a la perspectiva tradicional de la propuesta goffmiana, fundamentalmente considerada como interaccionista –o localizada en una especie de situacionismo metodológico (Joseph, 1998)– ciertamente no es nueva. Algunos autores han considerado que, si bien Goffman apostó por una mirada centrada en las situaciones, lo que se puede advertir –pese a un cierto hiperempirismo centrado en la descripción de las interacciones– es una importante dosis de la perspectiva durkheimiana, en particular vista desde textos como Las formas elementales de la vida religiosa y La división del trabajo social.5 Lo anterior responde un poco a la necesidad de reconocer que las interacciones tomadas como algo sin contexto no tienen mucho sentido si no se observa que esa dimensión macrosocial es la condición de "[...] posibilidad que permite el orden de la interacción" (Castel, 1989: 32).

Para afianzar su lectura, Castel asienta la necesidad de recuperar el concepto de institución total, el cual ha de entenderse como "[...] un lugar de residencia y trabajo, donde un gran número de individuos en igual situación, aislados de la sociedad por un periodo apreciable de tiempo, comparten en su encierro una rutina diaria, administrada formalmente" (Goffman, 2001: 13).

Estos lugares pueden ser instituciones sociales como los centros psiquiátricos, las prisiones, los hospitales o los campos de concentración. Todos estas instituciones comparten, de diversas maneras, algunas de estas características: 1) funcionan como espacios aislados y cerrados; 2) existe un ambiente promiscuo entre los individuos que ocupan estos espacios; 3) la administración del establecimiento se encarga de cubrir las necesidades de los internos; y 4) en ellos se hace una referencia constante a un corpus teórico o filosófico que facilita la organización de la vida diaria de sus ocupantes. Sin embargo, lo importante para Castel es tomar el concepto de institución social definido por Goffman más como un término estructural que situacional. Para Castel (1989), las características de dichas instituciones no pueden entenderse en tanto auspiciadas por interacciones o situaciones de cualquier tipo, sino respondiendo a efectos institucionales que conservan una dimensión trans-subjetiva e histórica.

Efectivamente, si el texto de Internados parece un fresco hiperempirista sumamente fragmentado de interacciones se debe, en gran medida, al hecho de que la estructura de las instituciones totales parece tender a crear dicha atomización, al funcionar como fragmentadora de la experiencia de quienes se encuentran en ellas –a través de la regulación de los tiempos de la vida institucional (comer, trabajar, descansar, etcétera). Cuando el paciente o el interno se asimilan a estas condiciones, señala Goffman (2001: 190), es que han logrado hacerse de los ajustes primarios que les permiten "[...] cooperar en una organización, aportando la actividad requerida en las condiciones requeridas [...]". Por el contrario, cuando los pacientes o internos emplean medios "[...] esquivando los supuestos implícitos acerca de lo que debería hacerse y alcanzarse y, en última instancia, sobre lo que debería hacerse [se dice que existe un ajuste secundario]" (2001: 190). En ambos casos, señala Castel (1989), dichos ajustes sólo se pueden alcanzar debido a que son prácticas producidas por los propios constreñimientos institucionales.

Las instituciones totales –en tanto marcos organizadores de prácticas individuales– permiten comprender la constitución del "sí mismo" (self ). Sin embargo, hacen posible también que, por un efecto de reflejo, se pueda observar que en ellas se consolidan, aparentemente, vidas normales y sujetos normales. Por supuesto, si la institución total constriñe la vida de sus pacientes e internos a una rutina y a situaciones de ajustes primarios y secundarios, quienes no se encuentran insertos en una institución total están abiertos a vivir su vida transitando en múltiples instituciones:

Una sociedad normal, en el sentido de no totalitaria, es una sociedad de pluralismo institucional. El señalamiento es menos banal si comprendemos por esto que toda institución es totalitaria a partir del momento en que es única. El totalitarismo no es más que el autodesarrollo de una lógica institucional dejada a ella misma [...]. Y su funcionamiento no puede ser reequilibrado más que por la existencia de otras instituciones que intervienen como contra fuerzas para neutralizar la tendencia imperialista inscrita en la lógica de toda forma particular de organización (Castel, 1989: 38).

En este sentido, la definición goffmiana del "sí mismo" solamente puede hallarse en el juego que admite la existencia de un pluralismo institucional. Se trata de una cualidad central para comprender, por una parte, la condición de posibilidad del "sí mismo" desde la perspectiva de Goffman; por otra parte, permite entender que el individuo es un efecto de situaciones –el individuo no toma su fachada de una percha, sino de la situación a la que se enfrenta (Goffman, 1990). Como lo señala Castel (1989), el "sí mismo" aparece en la medida en que se puede colocar en configuraciones de interrelaciones culturales diferentes. De la misma manera que el pluralismo de las organizaciones neutraliza su tendencia a la hegemonía, el "sí mismo" se constituye únicamente en un sistema de interacciones establecido sobre un pluralismo institucional. No obstante, en tanto que el "sí mismo" convive en un ambiente institucionalmente más plural, pareciera que siempre está en el límite de la ruptura y en una situación de vulnerabilidad de la "fachada". De ahí que Goffman se aboque, para demostrar lo anterior, a seleccionar las situaciones más extremas de vulnerabilidad de la "fachada": los espías, los locos, los mutilados, los pordioseros, entre otros, siempre localizados en los márgenes de los órdenes sociales de la interacción (Castel, 1989).

Esta vulnerabilidad del individuo en las interacciones depende de un orden social, que le sirve, por decirlo de alguna manera, como transfondo. Para Castel esta circunstancia no puede llevar a considerar a lo microsocial como el resultado de lo macrosocial, lo cual obliga a comenzar cualquier estudio siempre desde este punto de partida. Muy por el contrario, se debe partir de la especificidad del orden de la interacción y de su sistema propio de constreñimientos, en la medida en que es allí donde los individuos se mueven, mientras que el orden macrosocial queda en posición de exterioridad en relación con el orden de las interacciones, aunque de cierta manera algo de este orden se entreve en las fallas de la interacción.

En términos generales se puede observar que el análisis de la vulnerabilidad propuesto por Castel (1989) se sustenta en el análisis de los soportes que abastecen un espacio institucional al individuo para desarrollar su fachada. Estos soportes permiten la construcción de los espacios de posibilidad del individuo y su capacidad de representarse en las interacciones. Para Castel (1989), el concepto de institución total facilita la comprensión de la conformación de estos soportes o zócalos que mantienen una dimensión trans-subjetiva e histórica. Además, hacen posible visualizar lo que es una sociedad normal –una sociedad con pluralidad institucional–, donde los individuos pueden colocarse a partir de configuraciones de interrelaciones en contextos culturales diferentes. Sin embargo, lo relevante de este tipo de perspectiva es el examen de aquellos sujetos que se localizan en los márgenes de lo social, y que permiten dar cuenta del arreglo de ciertos recorridos hacia la vulnerabilidad. De esta forma, lo que obtiene Castel de Goffman es un horizonte que permite apreciar cómo la presencia de ciertos soportes habilitan la conformación de la individualidad del hombre moderno, la construcción de su interioridad, al igual que la posibilidad de que los sujetos construyan estrategias de acción como actores, en tanto que, por el contrario, quienes no cuentan con ciertos soportes se encuentran desafiliados y poblando determinados espacios de vulnerabilidad (Castel y Haroche, 2003).

Para Castel estos espacios de vulnerabilidad se encuentran ligados –desde una perspectiva de larga duración– al lugar ocupado por un individuo en la división social del trabajo, a su participación en las redes de sociabilidad y en los sistemas de protección, los cuales permiten cubrirlo frente a los avatares de la existencia –cuestión a la que Castel (2003) llama seguridad social. En otras palabras, para este autor el lugar que el individuo ocupa en el sistema salarial –en tanto institución social– le ha permitido obtener un soporte objetivo, una manera de poder construir un "sí mismo" en la medida en que posibilita su acceso a otras instituciones sociales (Castel, 2006c). En este sentido, los conceptos de desafiliación y vulnerabilidad social dibujan esos vínculos intermediarios e inestables que conjugan la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de proximidad, produciendo que el sujeto reduzca su registro de interacciones y relaciones institucionales.6 Con todo, Castel considera que el herramental teórico de Goffman soslaya de alguna manera, por su tendencia a lo microsocial, la conformación histórica y los avatares de la definición de los soportes del individuo moderno. Será, por tanto, la perspectiva genealógica que abre Foucault la que le proporcione, de acuerdo con Castel, el sentido dinámico a la construcción de los mencionados soportes objetivos del individuo moderno.

 

VULNERABILIDAD Y DESAFILIACIÓN SOCIAL

En su libro La metamorfosis de la cuestión social, Castel pretende realizar –como lo señala el subtítulo de su libro– una historia del asalariado. Su espacio de análisis son los últimos cinco siglos (del XVI al XX) de la historia de Francia. Su intención es examinar un proceso social contemporáneo que enfrentan la mayoría de las sociedades postindustriales: la falta creciente de empleo, que va acompañada de un debilitamiento generalizado de las condiciones y protecciones laborales de aquellos que sí se encuentran insertos en el mercado de trabajo. Su objetivo central es subrayar el efecto que estos procesos tienen en la constitución de los soportes sociales del individuo. A partir de la elaboración de una "historia del presente", Castel trata de visualizar el sistema de transformación social cuyo legado aparece en la actualidad: reconstruir el presente como el efecto de una memoria heredada que es necesario comprender.

Para su propósito, Castel considera como central el análisis de la relación de los individuos con el trabajo –o la ausencia de esa relación. No concibe el trabajo en tanto una relación técnica de producción, sino como un soporte privilegiado de inscripción en la estructura social. Para este autor, existe una fuerte correlación entre el lugar ocupado por un individuo en la división social del trabajo –así como su participación en las redes de sociabilidad– y los sistemas de protección que permiten asegurarlo frente a las eventualidades de la existencia (Castel, 1995; 2003). Las distintas capas que protegen a los individuos pueden ser consideradas metafóricamente, apunta Castel, como zonas de cohesión social. De esta manera, una inserción sólida en determinadas redes laborales, donde se tenga una cierta seguridad en términos salariales y de protección a la salud, entre otros aspectos, implica la ubicación del individuo en una zona de integración; mientras que su inserción en redes laborales débiles genera un proceso de vulnerabilidad social: "[...] una zona intermediaria, inestable, que conjuga la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de proximidad" (Castel, 1995: 17).

Para Castel la vulnerabilidad no es un término estático, pues un individuo puede localizarse en distintas zonas de vulnerabilidad. Esta posición le permite al autor realizar una crítica al término de exclusión social –muy en boga en Europa, en particular en Francia en los últimos años–7 y sugerir la utilización del concepto de "desafiliación": proceso mediante el cual un individuo se encuentra disociado de las redes sociales y societales que permiten su protección de los imponderables de la vida (Castel, 1995). La decisión para utilizar el término "desafiliación" radica en que el concepto de exclusión parecería reflejar, para Castel, una inmovilidad y designar en cierta medida un estado o diversos estados de privación, y con ello soslayarse los procesos que generan esos estados de privación. Además, el término exclusión provoca la sensación de referirse a una sociedad que al parecer está dividida en dos: los que se encuentran afuera –los excluidos– y los que se localizan adentro –los incluidos–, como si no existieran matices de afiliación en función de los distintos niveles y escalas del orden y de la estructura social. Por el contrario, cuando se habla de desafiliación se tiene como objetivo visualizar no tanto una ruptura sino un recorrido hacia una zona de vulnerabilidad –esa zona inestable que mezcla la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de proximidad–, lo que permite, además, subrayar la relación de disociación con respecto de algo, apreciándose el hecho de que un individuo puede estar vinculado, por ejemplo, más estrechamente con las relaciones societales y menos con las estructuras institucionales de trabajo.

Al establecer la desafiliación un recorrido diverso y accidentado de vulnerabilidades, más que homogéneo y plano, resulta importante cartografiar sus rupturas y continuidades; en una palabra, su metamorfosis. Con este término Castel trata de señalar las transformaciones históricas de la desafiliación, poniendo la atención en sus principales cristalizaciones –las cuales traen consigo siempre algo nuevo y a la vez permanente. Ciertamente, la desafiliación no reenvía siempre a las mismas zonas de vulnerabilidad. No es lo mismo el desafiliado del siglo XVI y aquel que se puede encontrar a finales del XX; ni siquiera es lo mismo el desafiliado de la década de los sesenta y aquel que resiente aún los efectos de las políticas de ajuste de los ochenta. Con todo, cada uno de ellos comparte algo común: ocupan una posición homóloga en la estructura social, y los procesos que produce su situación son igualmente comparables (Castel, 1995).

Sin embargo, Castel no sólo apunta a dar cuenta de las metamorfosis de la vulnerabilidad y de la desafiliación social, sino que también lo hace hacia el plano de la interrogación que formula la sociedad sobre su propia capacidad para responder a estos problemas. Esto es lo que se define como la metamorfosis de la cuestión social: "[...] una aporía fundamental sobre la que una sociedad experimenta el enigma de su cohesión social e intenta conjurar el riesgo de su fractura" (Castel, 1995: 25). De esta forma, trata de observar tanto las transformaciones de la vulnerabilidad y de la desafiliación social como las interrogantes elaboradas por la sociedad sobre las causas de dichos procesos y las soluciones que se consideran más acertadas para enfrentarlas. La importancia de analizar estos dos momentos parte de la consideración de que en ellos se ponen en juego las bases de actuación de los individuos en una sociedad. De esta manera, Castel considera que para el individuo "[...] es necesario [contar con] una instancia, una matriz o un zócalo sobre los cuales [...] pueda apoyarse, y que le otorgue dicha consistencia. Para decirlo de otra manera –puesto que todas estas metáforas son aproximativas–, le es necesario disponer de una cierta superficie, ocupar un cierto espacio en la sociedad, para desarrollar la capacidad de ser un individuo" (Castel y Haroche, 2003: 21).

Esta matriz o superficie está directamente ligada con los procesos de cohesión y vulnerabilidad social, pero también con las instancias sociales que permiten la constitución de espacios de soporte para el individuo. En el contexto de las sociedades modernas, el Estado es la instancia que tradicionalmente ha venido constituyendo esas superficies de soporte. En general, se puede apuntar que el desarrollo del Estado-nación ha sido acompañado de una configuración particular que permite garantizar un conjunto de protecciones en el marco geográfico y simbólico de la nación, en la medida en que ésta tiene un cierto control sobre determinados recursos –económicos, ecológicos, laborales, por mencionar sólo algunos–, lo cual en mayor o menor proporción garantiza una serie de protecciones de carácter civil –libertades fundamentales y seguridad sobre bienes y personas–, así como los derechos sociales (Castel, 2003). Aún más, hasta un determinado punto el Estado-nación es capaz de generar una propiedad social que permite, a través de un orden jurídico e institucional, que los no propietarios tengan un sostén frente a ciertas condiciones de riesgo. Sin embargo, es cierto que el umbral de protecciones que en este sentido puede proporcionar un Estado resulta sumamente móvil, y que dichas protecciones pueden fortalecerse en ciertos momentos históricos y debilitarse significativamente en otros. De aquí la importancia que Castel otorga al análisis de las condiciones institucionales para facilitar un examen sobre las posibilidades de constitución de la individualidad en la modernidad. Por ejemplo, el proyecto teórico de Castel radica en la reconstrucción de la trayectoria de la vulnerabilidad y de la desafiliación a partir del planteamiento de un problema actual, tratando de rastrear en el pasado su conformación. En otras palabras, da cuenta de las problemáticas del individuo contemporáneo a partir de "[...] hacer una historia de su presente, de aprehender lo que ella ofrece de específico en relación con sus configuraciones anteriores" (Castel y Haroche, 2003: 37). Esta estrategia de análisis puede localizarse no sólo en los textos que analizan el problema de la desafiliación y de la vulnerabilidad. En El orden psiquiátrico plantea, en un primer momento, la cuestión de la historia del presente –entendida igualmente como metamorfosis– para el caso del sistema psiquiátrico. Efectivamente, en este texto trata de axiomatizar el conjunto de datos que constituyen una política de la salud mental durante los siglos xix y XX, siguiendo sus transformaciones en por lo menos cuatro ejes: un código teórico; una tecnología de intervención; un dispositivo institucional; y un cuerpo de profesionales así como de usuarios a su interior (Castel, 1976). El objetivo es observar qué carga del pasado de este sistema psiquiátrico está presente en la actualidad en la definición de lo que es el "enfermo mental", examinándose cómo se articulan la medicina y la administración estatal para hacer su objeto de atención a un individuo que se considera imposibilitado para decidir sobre sí mismo; qué recorridos se han seguido desde entonces hasta nuestros días; qué otras instancias se han involucrado; qué impacto tienen sobre la configuración del "enfermo mental". Se trata de una cuestión central en la medida en que la definición de lo patológico implica inicialmente –por una serie de entidades públicas de distinto orden– la definición de lo normal, lo cual lo obliga a preguntarse qué particularidades componen a un individuo –y no a cualquier individuo, sino a un individuo moderno.

Sobre este punto Castel retornará años después en su libro La gestión de los riesgos (1981), pero partiendo no ya desde el papel que juegan las instituciones psiquiátricas y el aparato administrativo estatal, sino desde la aparición y hegemonía de lo que él denomina como tecnopsicologías: innovaciones de carácter aparentemente cuasilúdicas, como los "[...] ejercicios de intensificación del ‘potencial humano', [las] técnicas de desarrollo del capital relacional, [la] producción de una cultura psicológica de masas que los consumidores bulímicos engullen como un análogo de las formas de sociabilidad perdida" (Castel, 1981: 14).

Estas tecnopsicologías son formas que dibujan la gestión de las fragilidades individuales después de la crisis de las instituciones psiquiátricas establecidas luego de la Segunda Guerra Mundial. Castel analiza este nuevo escenario desde tres procesos. El primero, a partir del examen del regreso de cierto objetivismo médico en detrimento de la psiquiatría dentro del espectro de la medicina general; luego, conforme a una mutación de las tecnologías preventivas que subordinan la actividad curativa a una gestión administrativa de las poblaciones en riesgo "psicológico"; y, finalmente, desde la promoción de un trabajo psicológico sobre los sujetos hacia sí mismos que hace de la movilización del sujeto la nueva panacea para afrontar los problemas de la vida social. Es sobre estos procesos que se está conformando, para Castel (1976), un nuevo espacio de constitución de soportes del individuo gestionados ya no solamente por el Estado y sus instituciones, sino también por otras entidades privadas y organismos sociales, que en su actuación modelan formas particulares de individualidad.

De esta suerte, tanto en su texto acerca de la cuestión social como en sus libros antecedentes, Castel esboza una cartografía de los soportes de la individualidad moderna a través del examen sociohistórico (genealógico) de las instituciones que hacen posible esa individualidad. A través de la introducción de términos como "historia del presente"; "campo de problematización" y "metamorfosis", Castel va clarificando estos soportes, localizando –sobre todo en su texto sobre la cuestión social– los espacios donde los soportes parecen desvanecerse, conformando zonas de vulnerabilidad y procesos de desafiliación.

 

RECAPITULACIÓN Y CRÍTICA DE UNA PERSPECTIVA

La propuesta que Castel plantea resulta sugerente en la medida en que establece un diagnóstico sobre las condiciones de posibilidad del individuo en la sociedad moderna. Por un recorrido teórico que reenvía a corrientes de interpretación diferentes es posible observar cómo se va construyendo una mirada que permite examinar las condiciones contemporáneas sobre las cuales se están edificando los soportes de la individualidad. Si actualmente la cuestión social se refiere a un mundo donde las condiciones de inserción laboral de la población son acentuadamente precarias, lo más probable es que su capacidad para constituir cierta subjetividad y ciertas estrategias de acción se encuentre limitada, lo cual sin duda es cierto también para otras expresiones sociales, igualmente problemáticas para las ciencias sociales: la delincuencia, la violencia, el racismo, la discriminación, la ciudadanía, la inmigración, entre otras. Recientemente, Castel (2007) ha explorado estas cuestiones, sobre todo a raíz de las revueltas durante el otoño de 2005 a lo largo de los suburbios de varias ciudades francesas, donde el autor halló una estrecha relación entre la representación de la inutilidad social de los jóvenes de las banlieues (incapacidad para integrarse al orden productivo) y la expresión de cierta peligrosidad –al hacerlos responsables del desarrollo de la inseguridad. De acuerdo con este autor, al identificar con una zona precisa a un tipo específico de sujeto, como en el caso de los suburbios franceses, donde la mayoría de los habitantes son jóvenes árabes, desempleados y excluidos de la educación formal, se ponen en marcha políticas institucionales concretas (policía, servicios de salud, educativos o laborales, entre otras) para disminuir los efectos de una alteridad total, en la que se cristalizan los temores y los rechazos de los sujetos no vulnerables. Dichas políticas institucionales pondrían en práctica lo que Foucault (2004) llama los dispositivos de seguridad, al mismo tiempo civiles y sociales, o mejor, biopolíticos, es decir, que unen el orden del conocimiento penal con aquél de la salud en el contexto de una sociedad liberal.

No obstante la ampliación del campo de la investigación social, la propuesta de Castel ha recibido importantes críticas, sobre todo de cierta corriente inscrita en la sociología de la acción que considera su posición como demasiado inserta en una línea hipersociológica, que reduce al individuo a un efecto de las estructuras sociales, impidiendo pensar en él como creador de sus propias formas de acción (Dubet, 1994). Como lo apunta Martuccelli (2002: 581), la perspectiva de Castel tiende a dar un peso mayor a la idea de Locke "[...] y a su comprensión del importante papel de la propiedad en tanto que soporte del individuo". Efectivamente, en una corriente que inaugura el propio Locke y que recorrerán tanto Tocqueville como Durkheim, a la modernidad se la percibe como un proceso alimentado por la fisura de las relaciones comunitarias y por el incremento de las protecciones que proporciona el Estado. Lo cual resulta ambivalente: por un lado, estos soportes tienden a proteger al individuo pero, de igual forma, son un factor importante que puede propiciar su retraimiento. De ahí que Durkheim (1996) caracterice esta relación en términos de "dependencia liberadora".

Según Martuccelli (2002), Castel se inserta en esta tradición. Los soportes que permiten la construcción de la individualidad del hombre moderno son considerados como las condiciones objetivas de posibilidad del individuo, el lugar donde se pueden apoyar para que se transformen en actores y establezcan estrategias personales. Se trata en cierta forma, considera Martuccelli, de una mirada limitada porque resulta de una visión plana de la desafiliación en la medida en que, se piensa, las personas desafiliadas o que están ocupando zonas de vulnerabilidad son incapaces de generar mecanismos de individuación más allá de los soportes institucionales y societales. En otras palabras, todo ello nos conduce a la conclusión de que "[...] la sociedad civil es incapaz de asegurar ella misma su cohesión" (Martuccelli, 2002: 96). Este aspecto señalado por Martuccelli resulta fundamental. Si bien no se puede negar que los recursos monetarios, los derechos sociales y el acceso a ciertas instituciones de protección son necesarios, estas condiciones no representan más que la punta del iceberg de la construcción del individuo moderno: la posibilidad que tiene de crearse a sí mismo a partir de la esfera de la producción de sentido no puede soslayarse en ningún momento y pensarse como anclada de manera inevitable a un soporte. Al parecer la perspectiva histórica de Castel –concluye Martuccelli– lo obliga a no pensar la individualidad fuera del contexto de lo que ha sido la historia moderna (acotada para el caso entre los siglos XVI y XX), lo cual en cierta medida lo inclina a desdeñar la construcción de las subjetividades.

De alguna manera este pareciera ser el problema que enfrentan los trabajos apegados a los análisis que realizó Foucault, con los cuales si bien Castel no se apega de forma ortodoxa, sí mantiene un vínculo. Como lo señala Touraine (2005), uno comprende mejor la impaciencia con la que el propio Foucault quiso separarse de las categorías más generales de su obra –las narrativas y los discursos– y buscó, casi al final de su producción, los actos concretos de creación y mantenimiento del orden, ya que consideraba que la vida es también búsqueda de autonomía y no sólo cristalizaciones de la dominación. Castel responde a estas críticas subrayando la necesidad de interrogarnos por los soportes de la individualidad y, sobre todo, efectuando una revisión de las relaciones de poder que la estructuran, respondiendo así a la demanda social (Castel, 2006a; 2006b). Es en este sentido que menciona que él no niega las condiciones de actor y de sujeto, como lo sugieren las perspectivas centradas en la acción; y, sin embargo, insiste en que cuando las relaciones modernas o capitalistas despojan al individuo de su dependencia tradicional en estructuras fijas, éste debe apoyarse sobre algún punto para poder existir:

[...] ello no tiene nada que ver –en todo caso la cuestión no se plantea en ese plano– con el nivel de las interrelaciones del individuo, si bien resulta claro que el propietario puede desarrollar –y de hecho desarrolla– relaciones intersubjetivas. Por otra parte, podemos perfectamente interesarnos, como lo ha hecho recientemente Alain Touraine, en el devenir-sujeto del individuo. Sin embargo, no es ello lo que nos atañe [...], sino más bien las condiciones previas para entrar en un proceso de devenir-sujeto [...]. Yo insisto, por mi parte, en el hecho de que, para entrar en la aventura del sujeto, es necesario ante todo ser un individuo dotado de soportes de independencia (Castel y Haroche, 2003: 19).

Como se puede observar, Castel trata de establecer una distinción entre sus trabajos y aquellos que particularmente establecen una agenda desde la perspectiva de la acción. Sin embargo, considera que únicamente en apariencia son diferentes en tanto que, más bien, son de otra escala o, para usar sus palabras, se encuentran en "otro plano". Castel apunta que pretende explorar en otro surco, extrayendo un hilo de inteligibilidad a partir de un punto que se intenta privilegiar conscientemente, sin ignorar el hecho de que es posible escoger otro punto de partida, el cual, además, puede ser totalmente legítimo. Por ello, la lectura que se propone no descalifica otras posiciones, e incluso resalta el alcance de trabajos como los elaborados por Ricoeur, Elias, Renaut y Touraine, que privilegian la autonomía del sujeto más que sus posibilidades objetivas de constituirse como tal.

No obstante, no se debe suponer que estas interpretaciones resultan complementarias. Por el contrario, Castel es precavido para emprender esta clase de estrategia interdisciplinaria. Muy cercano a la idea de que la sociología es una disciplina, considera necesario evitar la confusión de órdenes y planos de investigación, pues con ello solamente se obtienen yuxtaposiciones de análisis e impresiones (Castel y Haroche, 2003). En este sentido, para Castel resulta fundamental hacer intervenir otras miradas que converjan con aquella que le sirve como de eje del análisis, cuestión que puede mantenerse en la medida en que se establezca, de entrada, un registro homogéneo de comprensión que posibilite el cotejo de las perspectivas, el examen de las diferencias y el enlace de los puntos de congruencia. En otras palabras, un discurso de este tipo es posible en tanto que se conserve su propio rigor y coherencia. Una propuesta difícil de conseguir, que resulta de una complejidad significativa, objetivo que Castel quizás difícilmente ha elaborado. Con todo, pareciera que ha dibujado apenas muy ligeramente sus contornos. Gracias a la aproximación de horizontes teóricos tan heterogéneos como los de Goffman y Foucault, el interaccionismo simbólico y la genealogía, respectivamente, pareciera constituirse una propuesta analítica y metodológica con su propia coherencia y rigor. De este modo, el trabajo de Castel buscaría entrelazar dos lógicas de análisis diferentes, logrando una propuesta teórica que, aparte de este documento, sería preciso sondear a fondo.

 

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Notas

2 Asimismo, Castel (2006a) reconoce una profunda relación de su trabajo con aquél elaborado por Pierre Bourdieu. Sin embargo, tanto de Foucault como de Bourdieu busca distanciarse mediante el mismo procedimiento crítico emprendido por ellos.

3 Como lo apuntan Varela y Álvarez-Uría (1997: 51): "[...] el concepto nietzscheano de genealogía tiende a ser considerado en la actualidad como un concepto exclusivamente foucaultiano. En realidad sirve para designar trabajos de otros analistas sociales y, en particular, los trabajos llevados a cabo por sociólogos clásicos tales como Marx, Weber y Durkheim. Estos científicos sociales fueron los precursores de una metodología que exige un uso determinado de la historia. Cuando hablamos de metodología no nos estamos refiriendo a técnicas de investigación social, sino también, y sobre todo, a las estrategias de objetivación, de un campo social sociológicamente construido; a los presupuestos epistemológicos y teóricos necesarios para elaborar un modelo de análisis sociológico".

4 El filósofo italiano Giorgio Agamben ha llegado a una conclusión teórica parecida a la de Castel a partir de las nociones foucaltianas de genealogía, biopolítica y dispositivo. Agamben analiza la constitución del individuo moderno a partir de la intervención de ciertos dispositivos en los procesos de subjetivación y de desubjetivación. Estos procesos se articulan mediante un acoplamiento de dispositivos que permiten la producción o disolución –desubjetivación– de sujetos específicos (el cristiano, el ciudadano, el obrero, el terrorista, etc.). Sin embargo, para Agamben los procesos contemporáneos de subjetivación implican una forma particular de sujeto, uno "larvario" o "espectral", situado en un cierto estado de "indeterminación" o de "excepción". Es en este espacio donde –mediante un movimiento de inclusión y exclusión– se constituyen las economías biopolíticas de gubernamentalidad, es decir, aquellas que vigilan, controlan, administran y gestionan la vida nuda de los sujetos, al decidir la suspensión o continuidad de la ley que los produce (Agamben, 2006; 2007).

5 Ciertamente Castel no es el único que hace una lectura durkheimiana de Goffman más que vinculada a Simmel –dos puntos de referencia teóricos a los cuales siempre se le aproxima (Bourdieu, 2004). Otros autores encuentran un vínculo más estrecho entre Goffman y Durkheim, aunque por el lado de los aspectos microsociales (Joseph, 1998; Collins, 2005; Winkin, 2005). Algunos otros (Becker, 2004) tratan, efectivamente, de acentuar su carga macrosocial, como lo hace Castel, en particular a partir del concepto de institución total. Para una visión general de las distintas lecturas de Goffman puede revisarse el texto de Martuccelli (1999).

6 El término desafiliación puede también encontrarse en la obra de Goffman, pero tiene otro sentido. Refiriéndose al problema de la desviación en relación con el estigma, para él la desafiliación es ante todo una toma de posición del estigmatizado que rechaza de forma voluntaria y abierta el lugar social que se le concede, lo cual fortalece su identidad de estigmatizado. En otras palabras, son los individuos que "[...] actúan de manera irregular y, en cierto modo, rebelde ante nuestras instituciones básicas: la familia, el sistema de clasificación escolar por edades, la estereotipada división de roles entre los sexos, el legítimo empleo full time, que implica el mantenimiento de una identidad personal única ratificada gubernamentalmente, y la segregación de clase y de raza. Estos son los desafiliados" (Goffman, 2003: 165).

7 Para una crítica al concepto de exclusión social véase el texto de Fassin (1996).

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