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Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.23 no.68 México sep./dic. 2008

 

Artículos

 

Nuestros varios sesenta y ochos: memoria y olvido, mitos e institucionalización

 

José Othón Quiroz Trejo*

 

* Profesor-investigador del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco. Correo electrónico: othonquiroz@hotmail.com

 

Fecha de recepción: 27/10/08,
Fecha de aceptación: 16/02/09

 

RESUMEN

En estas páginas se aborda el movimiento estudiantil (ME) de los representantes del Consejo Nacional de Huelga; el de los brigadistas y activistas-masa; y el de la sociedad que lo apoyó, con dos breves intersticios sobre las relaciones del ME con la contracultura y la izquierda. Contra el olvido y la memoria selectiva se rastrean otras voces, en un análisis atravesado por una sociología de la memoria y el olvido. El artículo intercala reflexiones sobre la mitificación; las vanguardias; los movimientos sociales; el pueblo; la multitud; las generaciones; y la contradictoria, complementaria y tensa relación entre lo instituyente y lo instituido.

Palabras clave: movimiento estudiantil, izquierda, multitud, memoria y olvido, contracultura, mito social, imaginario sociopolítico, institucionalización y procesos sociales instituyentes.

 

ABSTRACT

These pages delve into the student movement made up of the National Strike Council representatives; the one made up of brigade members and rank-and-file activists (activistas-masa); and the one made up of the society that supported it, with two brief interstices about relations between the student movement and the counterculture and the left. To counter forgetfulness and selective memory, the article traces other voices in an analysis crisscrossed by a sociology of memory and forgetfulness. It mingles reflections about mystification; vanguards; social movements; the people; the crowd; generations; and the contradictory, complementary, tense relationship between the instituting and the instituted.

Key words: student movement, left, crowd, memory and forgetfulness, counterculture, social myth, socio-political imaginary, institutionalization and instituting social processes.

 

PREFACIO

Este trabajo es una reflexión a partir de procesar recuerdos, sumergirme en mi archivo documental, releer algunos artículos personales sobre el tema y consultar las fuentes tradicionales sobre el movimiento estudiantil de 1968 (ME68). En cada una de las últimas tres décadas he realizado un trabajo sobre el movimiento, buscando llenar vacíos, evitar los lugares comunes y, sobre todo, no idealizar los hechos y sus repercusiones. Para quienes lo presenciamos es tarea difícil, pero se pueden ensayar procesos de reflexión que –sin contener las emociones que genera escribir sobre lo vivido–, busquen procesos que encausen la pasión, la dosifiquen y la lleven de la mano del análisis objetivo. Este artículo intenta caminar por esa ruta y, al mismo tiempo, busca proporcionar elementos que sirvan para recuperar y enriquecer la rica, compleja y contradictoria experiencia del ME68, en un presente y un futuro económica y políticamente inciertos. Por ello, es importante acotar el objeto de estudio y así evitar las generalizaciones. También es necesario no caer en la apología que idealice el movimiento y sus consecuencias. Aunque tampoco hay que colocarse del lado diametralmente opuesto, pues en épocas de renovado nihilismo y conservadurismo no faltan las voces y las plumas que quieran revisar la historia para borrarla, minimizarla o adecuarla a los tiempos y posturas ideológico-políticas en turno.

En aras de mantener esa difícil intención, a la vez razonable y sensible, lo primero que deseo precisar es que cuando hablo de temas como la puesta en práctica de mecanismos de democracia directa; del despliegue político libertario y liberal; de la defensa de las garantías individuales –ejercicio de un individualismo social y colectivizante–; y del carácter instituyente del movimiento estudiantil, me refiero al periodo que va de la constitución del Consejo Nacional de Huelga (CNH), en la primera semana de agosto (Cazés, 2000: 39) a la toma de las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Politécnico Nacional (IPN), el 19 y el 24 de septiembre, respectivamente. Periodo en que el imaginario sociopolítico del movimiento; sus formas de organización y de relación entre los representantes, bases y organizaciones intermedias; y su encuentro con la sociedad de la época estuvieron marcados por la autonomía, la independencia del Estado, el pluralismo político y el ejercicio democrático. Breve verano instituyente, interrumpido por la ocupación militar de los campus universitarios. Las condiciones del despliegue del imaginario y el accionar libertario y demócrata radical del ME68, que lo llevaron a establecer una sinergia sociopolítica entre sus miembros, y entre el propio movimiento y la sociedad –el pueblo–,1 se fincaron en un conjunto de situaciones propicias que cambiaron cuando intervino el ejército en las escuelas. Cuando hablo del ME68 me refiero al periodo que va del 26 de julio a la matanza del 2 de octubre. Ese día se cerró un ciclo y se inició otro movimiento estudiantil que merece tratamientos diferentes e incluso otros términos para denominarlo.2

El artículo está basado en la información directa y testimonial de quien lo escribe. Durante el ME68 fui parte de las brigadas de la Facultad de Comercio y Administración y, posteriormente, co-organizador del Comité de Lucha. Durante cuatro décadas he recopilado información sobre el conflicto y sus interpretaciones. Además de la memoria y lo guardado en documentos de un archivo personal como fuentes de primera mano, los datos y los hechos comentados parten de fuentes como las cronologías; trabajos de recopilación documental y testimonial; y de análisis elaborados sobre el tema que hoy son considerados clásicos.3

 

INTRODUCCIÓN

Y cuando desperté, todavía estaba ahí. Como en el instantáneo cuento de Augusto Monterroso, el recuerdo y la presencia cíclica del movimiento estudiantil de 1968, antes del MEs de octubre, cada año y, sobre todo, cada década, reaparecen. Difícil ejercicio analizar con ojos de protagonista y, al mismo tiempo, mitigar las emociones encontradas que suscita un largo movimiento social rememorado a partir de una fecha infausta. Difícil ejercicio hacer una reflexión objetiva sobre hechos que todavía no han merecido un respuesta seria del Estado que los desató y que borró las pistas necesarias para su esclarecimiento. Difícil olvidar cuando no se han cerrado las heridas ni ajustado las cuentas. Por fortuna, la mirada sociológica heterodoxa contemporánea permite abordar el tema más allá de la razón instrumental o de la razón puramente estructural: razones parciales, incompletas, quintaesencia de una modernidad que se agota. Hoy podemos recurrir a la razón sensible y observar ese acontecimiento con un distanciamiento racional y su inevitable dosis de proximidad sensible. Analizarlo desde diferentes posturas, incluso paradójicas: mezclar la implicación emocional, la empatía social y el pensar con distanciamiento (Maffesoli, 1997: 15).

Han pasado cuatro décadas y los autores intelectuales de un crimen masivo han sido declarados inocentes. Uno de ellos murió sin el repudio institucional que se merecía –el social ya lo tenía– y el otro continúa vivo, vociferando con el mismo viejo tono autoritario de quien formó parte de un Estado corporativo que sólo mudó de partido gobernante. El resto –Alfonso Corona del Rosal, Rafael Sánchez Vargas, Guillermo Martínez Domínguez, Marcelino García Barragán, Ricardo Flores Tapia–, los cuadros medios y los ejecutantes vivos o muertos , siguen impunes. Otros, los que no mataron en 1968 o en 1971 sino años después, contratados por empresarios o líderes sindicales para asesinar obreros, campesinos y militantes políticos disidentes ni siquiera han sido objeto de juicios. Siguen sus vidas diarias, tal vez riéndose de la justicia mexicana y bendiciendo la permanencia de un régimen que entregó su herencia de viejas prácticas corruptas a nuevas manos partidarias. Por otro lado, el sector de la sociedad que ha vivido agraviado por casi medio siglo no ha recibido, como en otros países, el beneficio del ajuste transhistórico de cuentas que ayuda a cicatrizar heridas; que reconcilia a sus miembros con el presente incierto, con un futuro de escisión y con los recuerdos de un pasado no superado. Por ello, ni el 2 de octubre ni el movimiento estudiantil y popular se olvidan. He aquí una razón para seguir escribiendo sobre un acontecimiento que nos partió el alma y la historia, que marcó los rumbos sociales, políticos y culturales de la segunda mitad del siglo pasado.

El movimiento estudiantil es un erizo o un pez. Es un tema difícil de tratar. Al tocarlo duele o se resbala. El simple hecho de recordarlo mueve fibras profundas. Duele un pasado que se tergiversa y un presente sin esclarecimiento cabal de las acciones represivas. Hay tantos movimientos como sectores que participaron: si se busca encerrarlo en visiones únicas, homogéneas o institucionales, se escapa. Otro motivo para reflexionar sobre esta acción colectiva del pasado, desde la óptica de un sociólogo que escudriña en la historia, es la necesidad de contrarrestar su tergiversación que es, en sí misma, olvido parcial; olvido de su pluralidad, heterogeneidad y radicalidad; de sus ansias de libertad; de su vocación incorruptible y de su negación a convertirse en institución. Se trata de recrear el movimiento, no de fortalecer la historia de sus burocracias. Ante el olvido de las nuevas generaciones, hijas del desencanto y de la saturación de información que desinforma, del olvido o de la mitificación de los que fueron seducidos por el poder efímero; que se cansaron del largo y sinuoso camino recorrido que conduce al punto de partida y se decepcionaron ante una izquierda que volvió a sus orígenes de secta autoritaria, está el poder de la memoria colectiva. Ante las voces de quienes se asumen como dirigentes y depositarios históricos de las razones y objetivos múltiples del ME68, administrando recuerdos y olvidos que no les pertenecen pues son patrimonio de una colectividad plural, heterogénea y radical, está la reconstrucción de la memoria de los olvidados.

El movimiento estudiantil y popular de 1968 se debate entre la memoria, el olvido y la institucionalización. Hechos sociohistóricos, mitificación, leyenda y olvido: inevitable continuum del tiempo inexorable. Cuando los actores mueren o cuando el "pueblo" se apropia de las banderas de otros, las adopta y las adapta, transforma su narrativa de acuerdo con el imaginario predominante. La mitificación no es sólo privativa de las masas anónimas; en sus versiones secularizadas también forma parte de los procesos encabezados por dirigencias ilustradas, sectas y partidos políticos contemporáneos. He aquí más razones para reflexionar y, simultáneamente, para intentar informar sobre las visiones perdidas; para mantener las voces de la diversidad, sus sueños y utopías; el respeto a la otredad, a los brigadistas, a la bases y al pueblo, sin los y las cuales los representantes no hubieran sido más que vanguardias solitarias, sectas en busca de sujetos. El problema de la personalización de lo colectivo, de la homogeneidad de lo diverso, de la individualización de la opinión no es una cuestión que atañe únicamente al movimiento estudiantil mexicano. En Francia también se dio. Como lo expresa una estudiosa del mayo del 68 francés:

La reducción de un movimiento de masas a los itinerarios individuales de los denominados líderes, portavoces o representantes (sobre todo si estos representantes han renunciado a sus "errores del pasado") es una vieja táctica de confiscación cuya eficacia se ha puesto a prueba en más de una ocasión. Limitada de esa forma, toda revuelta colectiva pierde carácter incisivo [...]. La insurrección se restringe, así, al dominio de unas pocas "personalidades" a las que los medios conceden innumerables ocasiones de revisar o reinventar sus anteriores motivaciones (Ross, 2008: 27).

En México, conforme trascurren las décadas ese fenómeno va decantando en una relación bilateral entre medios y "voces autorizadas" que refuerzan la institucionalidad contemporánea. Sin que dejen de tener la parte de razón que les corresponde como una porción del movimiento y de las infinitas visiones colectivas que lo conformaron, Gilberto Guevara Niebla (Guevara, 2008) y Luís González de Alba (González de Alba, 2008) hablan sin expresar que sus opiniones son a título personal; en sus entrevistas refrendan su caracterización del ME como un movimiento democrático sin más. Se olvidan de la radicalidad y el carácter instituyente y antisistémico de dicho movimiento y, de paso, ambos avalan los logros de una democratización si no precaria, por lo menos inconclusa. Lo hacen en una nación cercada por militares y narcotraficantes; con un neoautoritarismo ejercido en y a través de los medios; y con un régimen corporativo hegemonizado por grupos empresariales de corte conservador.

Además de las versiones repetitivas de algunos representantes del Consejo Nacional de Huelga (CNH) existen tantos sesenta y ochos como escuelas que participaron, generaciones que se encontraron, clases que se aglutinaron, puntos de vista que se conjugaron e individuos que se incorporaron a una totalidad organizativa y de acción. En estas páginas abordaré el sesenta y ocho de los representantes del CNH, el de los brigadistas y el de los activistas-masa,4 así como el de la sociedad que lo apoyó, con dos breves intersticios sobre el ME y sus relaciones con la contracultura y la izquierda. Contra el olvido y la memoria de los pocos intentaré dejar rastros de otras voces, opiniones y objetivos, en un análisis atravesado por una sociología de la memoria y el olvido. Durante dicho análisis intercalo breves reflexiones sobre la mitificación, las vanguardias, los movimientos sociales, el pueblo, la multitud, las generaciones, y la contradictoria, complementaria y tensa relación entre lo instituyente y lo instituido.5 Esos son los contenidos que ofrece esta otra mirada al movimiento estudiantil y popular de 1968.

 

EL 68 DE LOS REPRESENTANTES ANTE EL CNH: ENTRE LO INSTITUYENTE Y LO INSTITUIDO

En el cuadragésimo aniversario seguirán proliferando las reediciones o nuevos libros de algunos miembros destacados del CNH. Como otro ladrillo en la pared, si no se incentivan otras investigaciones y la propagación de otras voces esos representantes colaborarán a la construcción de una memoria instituida del 68. Hay que recordar y recalcar que el movimiento no tuvo dirigentes sino representantes ante el CNH. Esa fue una de las innovaciones organizativas del ME68, que garantizó la confianza de quienes se sumaron a las movilizaciones y, con ella, la duración del activismo, de sus órganos de gestión y del propio movimiento. A pesar de la importancia del acontecimiento y del número de involucrados directa e indirectamente en el mismo, la tendencia es a recuperar sólo los testimonios de los representantes. No hay investigaciones que intenten buscar otras memorias y presentar o recopilar historias de vida que neutralicen esa tendencia que, año con año, sigue centralizando las visiones y parcializando los puntos de vista sobre el ME68.

Si somos puntuales y consecuentes con sus formas de gestión y funcionamiento, admitiremos que el ME no tenía líderes en el sentido de la cultura política de la época,6 influenciada en gran medida por las prácticas de los políticos surgidos del partido oficial y sus intelectuales orgánicos. Para el gobierno, los dirigentes de los movimientos sociales eran sujetos a los cuales reprimía, cooptaba o compraba mediante los equivalentes del tristemente celebre cañonazo obregonista de cincuenta mil pesos. Para la sociedad y para los estudiantes medianamente informados la política de los años sesenta era sinónimo de corrupción y de dominio de los trabajadores y campesinos por parte de líderes y centrales corporativas (Fidel Velásquez, Confederación de Trabajadores de México [CTM], o Confederación Nacional Campesina [CNC]); de partidos comparsa (Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, PARM; y Partido Popular Socialista, PPS); de dirigentes vitalicios de una izquierda oficial (Vicente Lombardo Toledano); de intelectuales al servicio del sistema (Salvador Novo, Martín Luis Guzmán); de represión y de matanzas jamás aclaradas (Rubén Jaramillo y su familia); y de presos políticos injustamente encarcelados (Demetrio Vallejo, Valentín Campa, David Alfaro Siqueiros).

Ante el imaginario sociopolítico que se levantaba sobre ese orden institucional, el ME se dio formas de organización y representación originales; actuó y tomó decisiones que buscaban, a toda costa, diferenciarse de las que provenían de la tradición antidemocrática del sistema político mexicano. Por ello, la estructura organizativa y el activismo que la hacía funcionar operaron exitosamente durante varias semanas sobre la base de una relación complementaria, abierta y no subordinada entre las bases estudiantiles en general, los brigadistas y los representantes ante el CNH, que formaban un todo dinámico que buscaba el apoyo de la sociedad. Dichos representantes informaban y rendían cuentas de sus actos diariamente ante las asambleas por escuela o en el propio seno del CNH. Brigadistas, activistas y asambleístas en general participaban en la gestión del movimiento; aprobaban o adecuaban los acuerdos diariamente; regresaban al CNH para verificar que la voz de los asambleístas fuera escuchada en el pleno del Consejo. Desde los primeros días de la huelga se construyó una organización fundamentada en una democracia radical que emanaba del respeto a las bases de apoyo (Ramírez, 1998: vol. 1, 206). Las asambleas, los comités de lucha, las comisiones, las brigadas y el CNH conformaban una totalidad integrada, en la cual cada una de sus partes era importante y vital para lograr lo que durante casi cincuenta días se constituyó como una democracia utópica (Zermeño, 1994), como algunos la llamaron, y que se basó en la relación sinérgica entre esas instancias.

Los dirigentes o representantes dependían de la acción de las bases y éstas, a su vez, de sus representantes. La mejor cobertura contra la separación de los representantes de sus representados, que en el pasado había propiciado que en otros movimientos estudiantiles, obreros o campesinos los líderes se corrompieran o los reprimieran, estaba constituida por un conjunto de medidas que fueron resultado de acuerdos formales e informales nacidos en la discusión de pasillo, en las asambleas, en el CNH, así como de la creatividad colectiva cotidiana; acuerdos que incluían la transparencia de las acciones tanto de las bases como de los representantes; la rotación de los voceros para no crear representantes imprescindibles; el fortalecimiento de un órgano de representación amplio, donde el trabajo y el interés colectivos prevalecieran sobre los intereses individuales; la información continua y, sobre todo: las asambleas diarias plurales y basadas en el respeto crítico; el activismo cotidiano de todas las comisiones de los comités de lucha; y las acciones de las brigadas para informar a la sociedad y autofinanciar el movimiento mediante el boteo o la recepción de donaciones de alimentos o materiales para mantener las guardias y generar la propaganda necesaria.

Por otro lado, hay que reconocer que los representantes hicieron su parte. Funcionaron realmente como una representación colectiva convencida de ser honesta, transparente e incorruptible,7 así como de la necesidad de aprovechar al CNH y al me en su totalidad, para lograr un giro total, alternativo y ejemplar en la manera de hacer política. Se propusieron tener y mantener una coordinación colectiva; y ejercieron una reflexión y una creatividad individual y colectiva que articuló, entre otras cosas, candados para evitar prácticas semejantes a las de los políticos del sistema, así como formas de control para que evitar que el culto a la personalidad propiciara que alguien se desprendiera del colectivo, y con ello se abrieran posibilidades de que los representantes del gobierno encontraran cabezas para negociar a espaldas del movimiento. Fue tal la convicción sobre la necesidad de transparentar sus acciones que cuando las autoridades llamaron al diálogo (Cazés, 2000: 77-81) el CNH se reunió y respondió que lo aceptaba, pero que debería de ser público.8

La prueba de que la totalidad funcionaba fue que la acción coordinada de activistas y representantes, completándose o potenciándose unos a otros, permitió la incipiente identificación del ME68 con otros sectores de la sociedad. Ese periodo que Durkheim llamaría de alta densidad moral; esos "momentos de entusiasmo colectivo en los cuales el individuo se identifica con la sociedad y se eleva a un nivel superior, adhiriéndose a las grandes transformaciones sociales" (Melucci, 1999: 27); esas coyunturas espacio-temporales propias de un Estado naciente donde sociedad e individuo se manifiestan juntos y proponen cambios profundos (Alberoni, 1988: 13) preocupaban e inquietaban al gobierno. Esa totalidad alternativa, integral y dinámica; de representantes, brigadistas, bases y sociedad fue desarticulada por el gobierno mediante la toma militar de la ciudad universitaria y de las instalaciones del Instituto Politécnico, separando así al CNH de sus bases, e intentando posteriormente negociar a la manera tradicional. Como no lo logró, la represión fue el siguiente paso.

Las décadas transcurren y el tiempo y la sociedad mitifican e institucionalizan. En los ritmos de la claudicación a los principios juveniles, en su "pasteurización" y en la institucionalización de las vanguardias juegan un papel determinante las diferencias de edad dentro de las generaciones. Durante el movimiento se unieron bases y representantes independientemente de sus diferentes grupos etarios –los representantes en general tenían mayor edad. Pasados los cuarenta años, los patrones generacionales de experiencia y de pensamiento (Mannheim, 1982: 73) se diferencian más claramente. Algunos representantes hoy muestran esas divergencias: pierden radicalidad, se institucionalizan.

Dentro del abanico democrático por el que pugnaba el ME –la democracia libertaria, la reformista, la revolucionaria y la social (Zermeño, 2008: 70-76), Gilberto Guevara Niebla opta abiertamente por la reformista, mientras que Luís González de Alba –agudo en sus análisis sobre los cambios culturales que siguieron a los años sesenta–, en lo político comienza a aceptar los avances democráticos del país. Como lo expresa un crítico de sus posiciones (Gaytán, 2008: 21), Guevara y González de Alba, junto con Raúl Álvarez Garín, están construyendo el mito del 68 demócrata reformista. Si somos fieles a la memoria del ME, podemos percatarnos de que esa y muchas otras posturas formaron parte de su imaginario sociopolítico plural. No entiendo por qué hoy el autor se sorprende de que ciertos representantes asuman abiertamente esas posiciones. Por otro lado, el mito sociopolítico secular es una construcción colectiva, en la que intervienen, en este caso, no sólo los ex miembros del CNH, sino también la prensa, la televisión, la radio, los políticos, el propio gobierno y todos los que comparten dichas posiciones. El problema central no es el mito, sino que la memoria y el olvido sean seleccionados, discriminados y depositados en voceros considerados como representativos del movimiento; no es el mito democrático reformista de unos cuantos, sino su conversión en visión hegemónica de todo el movimiento, su trasformación en mito único. El problema consiste en que los medios de comunicación publicitan únicamente esas posiciones y las memorias de quienes las refuerzan, mientras que el olvido como profilaxis del orden institucional deja fuera las otras posturas sobre la democracia. Desde las de la vieja izquierda que veía en el 68 el inicio de la revolución comunista, hasta las que surgían de los sueños de una izquierda heterodoxa en ciernes, que pugnaba por cambios culturales y políticos en el aquí y ahora de aquellos años. Es importante dar cuenta de la mitificación e institucionalización en cualquiera de sus formas, pero lo es más investigar las fuentes alternativas; así como buscar las voces, las experiencias y los deseos de las bases y de los otros sectores del ME.

Lo que afirma Octavio Paz sobre la poesía (Paz, 1999: 333) se puede aplicar a las vanguardias políticas modernas; a las generaciones de irredentos iconoclastas y a algunos representantes del CNH, que en su crítica a lo tradicional terminan, al correr del tiempo, por construir una tradición, aunque se trate de una tradición de ruptura. Los años se acumulan y la institucionalización es difícil de sortear. Para mantener su fuerza transformadora y subversiva, las vanguardias modernas están condenadas al cambio perpetuo y algunos representantes del CNH están comenzando a estancarse.

Por lo que se refiere al ME68, si algo estuvo en contra de lo instituido por las izquierdas y derechas de la época fue su carácter demócrata radical; su defensa de la libertad colectiva a partir de la reivindicación de las garantías individuales; su paradójico liberalismo político con intenciones igualitarias; y la pluralidad, el carácter lúdico y la antisolemnidad de sus acciones políticas. Fue por esas antinomias creativas que el corporativismo gubernamental y los partidos de la vieja izquierda estalinista. como el Partido Popular Socialista, lo repudiaron. La izquierda del Partido Comunista Mexicano (PCM) tuvo que ceder ante las bases y los representantes emergentes y sus banderas democratizadoras, si bien es cierto que en las filas de la Juventud Comunista de México, pertenecientes al propio PCM, había un sector importante de militantes que a principios de 1968 había convocado, organizado y participado en la marcha nacional por las libertades democráticas.9 Después de la toma de las instalaciones universitarias y de la represión del 2 de octubre retornó lo instituido; renacieron los partidos y las vanguardias; se aletargó la incipiente participación desde abajo; se inhibió la construcción de una sociedad civil activa.

 

PRIMER INTERSTICIO: LA CONTRACULTURA Y EL ME

En otro lugar he escrito que en realidad durante el final de la década de los sesenta se produjo una gran oleada de rebelión juvenil con dos vertientes: el ME y el movimiento contracultural (Quiroz, 1998: 41-42). Una gran base juvenil amplia fue el caldo de cultivo de donde se alimentaron el movimiento estudiantil y las versiones mexicanas de los incipientes movimientos contraculturales: jipitecas, yipitecas y rockeros. La ruta politizada y la ruta de la onda, que construyeron vasos comunicantes entre sí, puntos de encuentro: estudiantes rockeros, contraculturales y chavos de la onda que se politizaron y vivieron de cerca el ME; activistas politizados que gustaban del rock y vivían contraculturalmente. Basten dos ejemplos y sendas anécdotas para ilustrar la encarnación en una sola persona del imaginario y valores de la contracultura y la politización proveniente del imaginario sociopolítico del ME. El caso del cineasta Leobardo López que, como en Inglaterra o Estados Unidos, planteaba que había que colocar flores en los fusiles de los soldados. En las asambleas se conoció esta sugerencia, aunque nadie se atrevió a llevarla a cabo. Leobardo era una de las muchas versiones mexicanas del yippie –hippie politizado, miembro del Youth International Party, y realizó el primer documental sobre el movimiento: El Grito. Murió joven, tal vez desilusionado por la imposibilidad de sintetizar lo contracultural con el imaginario político rebelde de los jóvenes mexicanos; quizá decepcionado por la incapacidad de vivir plenamente el amor y la paz en un régimen autoritario y violento acabo suicidándose. Hombre al margen de su tiempo y de su espacio fue un adelanto del ser posmoderno, que también tuvo atisbos y algunos pioneros dentro del ME.

Otro relato que nos recuerda la presencia del imaginario hippie, yippie y rockero en las acciones individuales dentro del ME –ese magma social, contradictorio, complejo y, a pesar de ciertos reticentes, plural–, es el que cuenta Carlos Sevilla, detenido en la toma de Ciudad Universitaria (CU). En la jefatura de policía, Sevilla se encuentra con Darío, estudiante de arquitectura quien, a decir del propio narrador:

[...] era un bicho raro en ese tiempo [...]. Quienes lo interrogaron se vieron desconcertados por su valor y la originalidad de sus respuestas, luego de que habían comenzado burlándose de su aspecto estrafalario.

—Tú, pinche greñudo, ¿qué pitos tocas en este argüende?; ¿eres líder de los comunistas putos, o qué?— fue inquirido.

—Paz y amor hermano —contestó Darío— yo no dirijo a nadie pero los quiero a todos.

—A chingá, a chingá [...], ¿a poco también quieres a este cabrón?— dijo el interrogador dirigiéndose al mecanógrafo que escribía el acta.

—Sí —respondió Darío—, y a ti también porque son mis hermanos, hijos del Creador [...].

—¡No me chingues! [...]. Mejor confiesa que estás metido hasta el cuello en este desmadre [...]. Te va a llevar la chingada.

—Nada de lo humano me es ajeno, hermano. Yo estoy donde están mis hermanos para dar y recibir amor. Lo que me va a ocurrir está escrito y yo lo acepto con gusto y humildad.

—Hijo de tu chingada madre, y si te doy una calentadita para que sueltes la sopa, ¿la vas a recibir con gusto? —preguntó el interrogador al tiempo que le descargaba un puñetazo en el rostro.

—Sí, hermano —respondió Darío sin inmutarse.

—¡No se puede con este cabrón, está loco! —exclamó el investigador dirigiéndose al que parecía ser el coordinador, que había seguido la conversación.

—Pues mándalo ya al carajo —respondió el coordinador— pero que antes le corten el pelo (Sevilla, 2008: 50).

Las rígidas divisiones propias del pensamiento de la época no conseguían entender la naturaleza del individuo y su colectividad; la mezcla de la que estábamos hechos. La manera en que se entrecruzaron las generaciones, sus formas de ser y de pensar, y la química social que de ellas surgía fueron adelantos de la hibridación social característica del futuro mediato. Tanto a los personajes del relato, como a la izquierda dogmática o a la derecha conservadora, les era difícil digerir lo diferente. En realidad el ME fue un proceso de encuentro y síntesis de pasados, presentes y futuros sociales. Culturalmente, se trató de un proceso continuo donde los participantes más experimentados combinaban sus herencias culturales acumuladas, sus formas de lucha, de organización y de conciencia, y las transmitían a las otras generaciones. La relación entre los activistas politizados y los rockeros y jipitecas –cada cual con su propia composición social y estatus escolar–, fue contradictoria y tensa. Los más heterodoxos los aceptaban sin problemas, pero para algunos sectores de la izquierda dogmática eran víctimas enajenadas del imperialismo cultural yanqui.

Cuando se hablaba de los jipis, "yipis" y rockeros como protagonistas de la literatura de la onda se les consideraba como individuos apolíticos. En la izquierda prevalecía una visión política, instrumental y althusseriana, que se centraba en las prácticas de los políticos y burócratas que formaban parte de los "aparatos de Estado". Todavía no prendían las ideas de Michel Foucault sobre el ejercicio del "biopoder" en la vida cotidiana. Jipis, yipis y rockeros vivían ese tipo de represión en la familia, en la escuela, en la prohibición a sus conciertos, en la estigmatización de sus apariencias. Intuían que el poder se ejercía en y más allá de los "aparatos de Estado". Se adelantaban a la observación de la "biopolítica" propia de la modernidad tardía y de la posmodernidad. Ellos fueron los precursores directos e indirectos de los nuevos movimientos sociales que le siguieron al movimiento estudiantil, al movimiento obrero, al campesino y al urbano-popular.

 

EL 68 DE LOS BRIGADISTAS Y LOS ACTIVISTAS-MASA

El ME comienza, como en círculos concéntricos, con la participación estudiantil, a la cual le siguen las de los profesores, los funcionarios universitarios progresistas, los padres de familia y el resto de la sociedad. Si tomamos otro criterio de análisis, podemos afirmar que la reverberación involucra a los sectores politizados de la izquierda de la época; a la gran base de apoyo juvenil con diversos grados de politización; a la clase media citadina; a los obreros urbanos; a los campesinos "rural-urbanos" de Topilejo; a los profesionistas e, incluso, a algunos sectores "conciliadores" del gobierno. Las reflexiones sobre este acontecimiento se han centrado en los representantes del CNH y en la gran base de apoyo juvenil politizada del ala de las humanidades de Ciudad Universitaria. Poco se sabe sobre los participantes de base de la Universidad de Chapingo, de la Escuela Normal de Maestros, del Instituto Politécnico Nacional, de las preparatorias y las vocacionales, así como de los sectores técnicos de la propia UNAM y del Politécnico.

En los relativamente escasos análisis sobre el 68, la participación de los protagonistas se ha medido partiendo de los criterios de la izquierda o de los sectores más politizados del movimiento. Existe una inmensa laguna de información sobre otros sectores, como aquellos que podríamos calificar como las bases estudiantiles y magisteriales no radicales. Por otro lado, en el ME, como en otros movimientos sociales del pasado, la historia de la participación de las masas acaba reducida a las acciones del colectivo anónimo y a la voz plasmada en sus cantos, consignas, mantas o carteles. No hay registro de las voces de sus miembros, menos aún de sus emociones, opiniones y deseos. La prensa de ayer y de hoy reproduce la cultura política institucional. Sus coberturas se centran en las élites. Como en el pasado autoritario, los medios de comunicación, a través de sus reporteros, fotógrafos y camarógrafos, continúan dándole prioridad a la opinión de los dirigentes, los líderes y los representantes. Se trata de medios parciales y sin visión histórica, que dejan plasmada una cronología fragmentada de la vida sociopolítica. Al igual que en el caso de la historia del movimiento obrero, campesino y urbano-popular, lo que debería ser un cúmulo de recuerdos de la multitud movilizada en 68 se reduce a los testimonios de unos cuantos. Por otro lado, sus crónicas, análisis, entrevistas e imágenes privilegian lo espectacular, olvidándose de la labor diaria y silenciosa de colectivos o individuos que, al igual que las acciones épicas, coadyuvaron a mantener cohesionados a los estudiantes y buscaron el apoyo de la sociedad para el movimiento. Antes que la memoria falle y desaparezcan los protagonistas hay que procurar que dejen plasmadas sus historias. Todavía hay tiempo de recuperar esa historia viva para poder hablar de una memoria colectiva que vaya más allá de los hechos y de los individuos (Halbwachs, 2004a: 66).10

La participación en el ME fue heterogénea, diferenciada por escuelas, por composición social, incluso por edades e individuos. A pesar de la confluencia intergeneracional que mantuvo el movimiento, los contingentes más jóvenes de las preparatorias y de las escuelas vocacionales fueron los más aguerridos. Las batallas campales con las fuerzas del orden en defensa de sus escuelas llenaron las páginas de los diarios durante los primeros días del conflicto. Las escuelas menos politizadas debían, además de llevar adelante sus tareas cotidianas, garantizar que se mantuviera la huelga entre estudiantes tradicionalmente caracterizados por posiciones conservadoras, e incluso cercanas a lo que en aquella época representaba ser de derecha. Por otro lado, el activismo de tiempo completo implicaba que los padres mantuvieran en general el apoyo económico de los estudiantes. Aunque muchos con menores recursos trabajaban para mantener sus estudios o su estancia en la ciudad si provenían de la provincia. Otros laboraban como parte de su formación escolar. En ambos casos su participación era intensiva –mucha actividad en pocas horas–, esporádica, mínima o nula.

En la cadena organizativa del ME, el activista-masa –individuo de permanencia estable, fugaz o intermitente, que jugaba papeles diferentes: elemento anónimo en las marchas; apoyo en los mítines relámpago; realizador febril de actividades diarias sin atadura a ningún grupo o brigada– era primordial. Poco se sabe de ellos; muchos acabaron siendo los cuadros que se incrustaron como bases críticas en las asambleas por escuela y en las reuniones del CNH.

La figura más importante en la totalidad organizativa del ME fue la brigada, que se alimentaba de los activistas-masa y de los activistas con alguna experiencia de lucha previa que mantenían una presencia más estable. La brigada se convirtió en una escuela cotidiana de cuadros que se calificaban en la acción dentro de las escuelas y en las experiencias externas en su relación con la sociedad. Elaborar la propaganda, imprimirla, organizar la ruta de la brigada, botear, hablar en público, vigilar que no hubiera fuerzas represivas, discutir los resultados de los mítines relámpago, crear nuevas formas de difusión y de lucha, recoger el sentir de la sociedad para llevarlo al seno de las instancias colectivas de información, discusión y organización del movimiento, todas eran acciones que formaban y creaban un saber colectivo. En las brigadas se aprovechaban las cualidades personales, aunque siempre al interior de una relación dinámica, complementaria y dialéctica entre el individuo y el grupo. Para algunos activistas de tiempo parcial, su labor continuaba fuera de las escuelas, en la plática con los amigos del barrio o la colonia; con los padres, hermanos y los compañeros de trabajo. Que los balcones de las secretarías de Estado y de los centros de trabajo del primer cuadro de la ciudad se abrieran para que sus ocupantes aplaudieran las marchas estudiantiles fue, en gran medida, el resultado de ese trabajo individual y colectivo de brigadistas y activistas-masa.

Recuperando la experiencia personal en una escuela poco politizada como la Facultad de Comercio y Administración, donde incluso había varios simpatizantes del derechista Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, podemos constatar cómo hasta estos elementos, que estaban en contra de ir a la huelga, terminaron por plegarse a la decisión de las asambleas generales.11 Los miembros de la Sociedad de Alumnos se transformaron, hábilmente, en comité de lucha para evitar ser rebasados por los nuevos activistas. Uno de los representantes ante el CNH, simpatizante priísta en aquellos años, cambio su filiación política a un partido de izquierda surgido después del 68. Terminada la huelga parte del Comité de Lucha volvió a constituirse como Sociedad de Alumnos (Quiroz, 1988: 58). Con los activistas surgidos del movimiento se formó otro comité de lucha,12 de donde salieron: un director de la preparatoria popular; un cineasta y, posteriormente, secretario del Sindicato de Trabajadores Académicos de la Universidad Autónoma de Guerrero; y un periodista de la revista Por qué, anarquista irredento que un día se fue de la ciudad buscando mejor calidad de vida y luchó por la creación del Museo del Pueblo de Mexicali. Nuevos miembros del Comité de Lucha provenientes de la preparatoria participaron, años más tarde, en la fundación del primer Sindicato de Trabajadores Bancarios en 1972, reprimido por los banqueros con la anuencia de Fidel Velázquez y de Luis Echeverría. Dos lustros después, dos ex miembros del mismo Comité de Lucha organizaron la segunda ola de sindicalización en 1982 (Quiroz, 2005). Se trata de historias de los activistas de base surgidos al calor del movimiento y de su inercia posterior. Falta, insisto, un esfuerzo que recoja las memorias de los brigadistas, los activistas-masa y las bases anónimas.

Para continuar con la reseña de la actuación de los estudiantes de la Facultad de Comercio y Administración en el ME68 y de su relación con la sociedad diremos que conforme avanzó el ME en su faceta pacífica democrática se fue articulando, poco a poco, un imaginario sociopolítico diferente al del inicio del conflicto. Las asambleas eran nutridas; la participación de los estudiantes en las comisiones y brigadas se incrementaba; crecía la confianza entre los alumnos más participativos, los activistas de ocasión y el resto de quienes asistían al paro activo. Las discusiones entre conocidos y compañeros de grupo antecedían a las asambleas; la huelga seguía siendo aprobada, explícita e implícitamente, en las asambleas diarias o mediante el silencio cómplice de los sectores menos participativos y el retiro –por la falta de argumentos– de los renuentes. Lo que más entusiasmaba a los activistas y desarmaba a los potenciales opositores a la huelga era la confirmación, en los hechos, de que se podía ejercer cotidianamente la opinión crítica sobre el conflicto y que más que dirigentes lo que había era coordinadores de actividades; la comprobación de que los representantes rendían cuentas a sus representados y de que éstos los presionaban, vigilaban y les exigían congruencia. A los activistas surgidos al calor del movimiento les entusiasmaba constatar que la participación de las mayorías le imprimía a la cotidianeidad huelguística un sello democrático y alternativo al ejercicio de la política tradicional, y les animaba el apoyo que crecía entre los mayores –profesores, padres y madres de familia y en la sociedad.

El principal argumento en contra del movimiento por parte de los no convencidos era el escepticismo. En sus intervenciones o discusiones de pasillo recurrían a las explicaciones "realistas" para demostrar que, en un país de transas, corrupción, acuerdos tras bambalinas y traiciones nada se podía hacer y que el movimiento era inútil. En ese sentido, el pliego petitorio,13 que resultó aglutinador, no sectario y respetuoso de las posiciones consensuadas en el ejercicio diario de la democracia radical de base, ayudó a convencer a los sectores conservadores de esa Facultad. Para otros, el pliego sirvió para incrementar la confianza colectiva en las posibilidades de hacer política, incorporándole una dosis de valores: una ética intuitiva de tiempos de cambio.

Finalmente, habría que resaltar la importancia del pacifismo del ME que marcó las acciones desde el 1º de agosto, fecha de la primera manifestación encabezada por maestros, autoridades y el rector de la UNAM, hasta la toma de Ciudad Universitaria por el ejército el 18 de septiembre. El terreno de la violencia era el del Estado. En el inicio del movimiento los estudiantes más jóvenes respondieron a las agresiones de granaderos, policías y ejército. Los estrategas del gobierno observaban la legitimidad social que adquiría el movimiento con sus acciones pacíficas día a día. Conocían la fortaleza interna de sus organizaciones; la transparencia; y los controles individuales y colectivos que les impedían comprar o cooptar a los líderes. Por ello, a partir de la toma de Ciudad Universitaria sacaron a los estudiantes de su territorio, desarticularon la relación diaria entre sus representantes y los activistas, y provocaron e impulsaron una nueva escalada de violencia: territorio propicio para un gobierno represivo. El pacifismo continuó siendo la divisa del ME exiliado en los espacios urbanos que rodeaban a los centros universitarios. Tlatelolco, símbolo del desarrollo estabilizador, versión mexicana de los milagros económicos de la posguerra, fue escenario de enfrentamientos cruentos, donde las familias de los estudiantes y los habitantes resistieron a las fuerzas represivas. El gobierno optó de nuevo por la violencia en contra de la confrontación pacífica; por la represión en contra de un ejercicio democrático que ponía en entredicho a su propio régimen.

 

SEGUNDO INTERSTICIO: VIEJA O NUEVA IZQUIERDA

La vieja izquierda marxista leninista de la época se adecuó al ejercicio del respeto crítico de la mayoría no politizada o con posiciones políticas diversas. El Partido Comunista de México (PCM) condenó la invasión soviética de Checoslovaquia, e incluso antes de que el movimiento estallara ya venía enarbolando las banderas en defensa de las libertades democráticas. Aunque tenía una presencia importante en el CNH y en las brigadas de las escuelas más politizadas, era minoría en relación con el resto del ME. Los movimientos estudiantiles de 1968 dieron materia para que en el mundo se incrementara el optimismo en torno al surgimiento de una nueva izquierda. En México el movimiento había logrado, durante el corto verano de la democracia utópica, que las diversas vertientes de la lucha democrática –libertaria, revolucionaria, social y reformista– se aglutinaran temporalmente en un buen ejercicio de unidad de la diversidad. Las ricas experiencias, la creatividad de las bases y los representantes y, en general, las lecciones de ese periodo no fueron capitalizadas para la construcción y surgimiento de una nueva izquierda.

La violencia del Estado en la toma de Ciudad Universitaria y el sometimiento de las escuelas del Instituto Politécnico; la devastadora matanza del 2 de octubre y la breve embriaguez de nacionalismo y el espíritu olímpico desarticularon las formas de organización estudiantiles. No se pudo aprovechar la inercia de una incipiente democracia construida desde las bases, basada en el respeto del pluralismo, la autonomía individual y colectiva en ciernes, y los avances de una relación de nuevo tipo con la sociedad. La propia forma en que el CNH se autodisolvió desanimó a los comités de lucha y a los activistas que todavía buscaban darle continuidad al movimiento, incluso con la huelga levantada. Lo cierto es que la represión había modificado totalmente la situación. Se había perdido la sinergia lograda antes de las ocupaciones de las instalaciones de las escuelas en huelga. A ello coadyuvó también la persecución de los representantes y la represión de los activistas, que continuó después del 2 de octubre (por ejemplo, con el asesinato de un brigadista por parte de la policía y de un estudiante a manos de los porros). Ya no se podía mantener el movimiento, y antes que convertirse en una instancia burocrática el CNH prefirió disolverse el 4 de diciembre (Ramírez, 1998: vol. 2, 503-507), aunque no sin algunos reclamos.

A partir de ese momento, además del PCM comenzaron a surgir varios grupos políticos de izquierda. En lugar de una nueva izquierda autónoma, plural, heterodoxa, democrática en su funcionamiento interno y en su relación externa con la sociedad, proliferaron las sectas dogmáticas, vanguardistas, antidemocráticas y paternalistas en su relación con los estudiantes no politizados y con la sociedad, a los que veían como objetos a "concientizar". Maoístas, guevaristas, trotsquistas, reformistas, nacionalistas, neopopulistas, entre otros, acabaron constituyendo versiones renovadas de la vieja izquierda con su pasado dogmático y autoritario. Los destellos de una nueva izquierda que atravesaron las diferentes vertientes democratizadoras durante el movimiento, que coexistían críticamente con la diversidad, no se concretizaron. Sus miembros no tenían experiencia organizativa –pues nacieron al calor del movimiento, no de las viejas organizaciones leninistas, y fueron rebasados por las nuevas formaciones partidarias de las vanguardias tradicionales, que aprovecharon una vigorosa oferta de militantes deseosos de dar continuidad a su activismo reciente en el ME. Al final, los beneficiados con esos nuevos cuadros fueron ciertas organizaciones que, salvo algunas excepciones, reprodujeron los peores vicios de la vieja izquierda.14

Es interesante constatar cómo, sin proponérselo explícitamente, el ME mexicano recogió algunos planteamientos del pensamiento de la nueva izquierda europea que, en su vertiente más radical, venían del 68 francés y de sus comités de acción. Varios de sus lineamientos se sintetizaron y adaptaron a las propuestas que surgieron de la creatividad desplegada por las bases y los representantes en el corto verano mexicano de la democracia de base. He aquí algunos de los principios de acción que recogió Daniel Cohn Bendit y que se convertirían en algunas de las reivindicaciones de las organizaciones de la nueva izquierda:

1. El reconocimiento de la pluralidad y la diversidad de tendencias políticas en el movimiento revolucionario [...]; 2. La revocabilidad de los delegados y el poder efectivo de la colectividad [...]; 3. La circulación de ideas y la lucha permanente contra todo acaparamiento de la información y del saber [...]; 4. La lucha contra todo tipo de jerarquización [...]; 5. La abolición en la práctica de la división del trabajo [...]; 7. La superación en la práctica de toda tentación de origen hebraico-cristiano que nos haga concebir la lucha como algo intrínsecamente abnegado y sacrificado, y la comprensión de que la lucha revolucionaria sólo puede concebirse como un juego en el que todos desean participar (Cohn Bendit, 1968: 101).

La nueva izquierda mexicana sin partido –que asumió estas premisas (en muchos casos sin conocer su fuente) como respuestas a una tradición institucional de hacer política– también era libertaria. Soñaba con cambios culturales en los valores y en las costumbres, en el aquí y el ahora de la época. En esa vertiente se encontraban los gérmenes del feminismo, del ecologismo, de la libertad sexual, del respeto a la cultura y al tiempo libre de los jóvenes jipitecas, yipitecas y rockeros. En pos de la recuperación de la memoria heterodoxa recurro a un testimonio que refrenda la postura de una izquierda que, sin saberlo todavía, iba más allá de la modernidad:

[...] desafiando costumbres y prejuicios, igual salimos a la calle en el 68 que nos lanzamos al concierto de rock en Avándaro y conocimos de cerca las balas el "Jueves de Corpus". Si bien el marxismo expresaba las inquietudes por construir una sociedad más justa, el esquematismo y el dogmatismo de muchos de sus seguidores limitaban nuestras aspiraciones de una "libertad total" [...]. Siguiendo la apuesta de "romper con la tradición", así como con la afirmación de "¡cambiar la vida!", nos hicimos cómplices de los pensamientos críticos y negativos que nos permitieran un intento de salir de los límites impuestos por cualquier sistema coercitivo [...] (Garzón Bates, 2000: 9-10).

Bella síntesis de una nueva izquierda, eso era el encuentro de Daniel Cohn Bendit con el "libertarismo" contracultural. Aunque lejos de recuperarse esos elementos en las nuevas organizaciones que siguieron al 68, en lugar del surgimiento de una o varias nuevas izquierdas, nacieron versiones renovadas de la vieja izquierda leninista autoritaria, heterónoma y dogmática.

Ante la imposibilidad de darle cauces igualitarios al liberalismo político radical, en un país donde la pobreza era una cuestión endémica, las banderas sociales fueron el sustento de una izquierda heterónoma que olvidó lo libertario y contracultural del ME68.

 

EL 68 DEL PUEBLO: MULTITUD Y MITO

¡Únete pueblo, te están explotando! Invitación al pueblo para sumarse al movimiento, consigna que revelaba la parte social de la lucha democrática. Pueblo significaba todo aquello que estuviera fuera del tiempo y territorio de la escuela preparatoria, vocacional o profesional. Ese pueblo estaba formado por la clase media urbana hija del desarrollo estabilizador, compuesta por trabajadores que laboraban en las secretarías y órganos gubernamentales situados en los edificios del centro histórico. Las amas de casa, comerciantes, profesionistas, técnicos calificados y profesionales dedicados a la enseñanza; los obreros industriales de la periferia citadina; los trabajadores de servicios y los campesinos de la frontera campo-ciudad, todos ellos conformaban los interlocutores de las brigadas y de los mítines relámpago del ME. Era a partir de ellos también que el movimiento estudiantil se definía, tal como lo señala Zigmunt Bauman en relación con los intelectuales, cuando sostiene que toda definición es un intento de trazar los límites de su propia identidad. "Cada límite divide el territorio en dos lados: aquí y allá, adentro y afuera, nosotros y ellos. Cada autodefinición es, en definitiva, la enunciación de una oposición marcada por la presencia de una distinción en un lado del límite y su ausencia en el otro" (Bauman, 1997: 17).

El pueblo eran también los habitantes de un territorio: el que circundaba las preparatorias y vocacionales del centro de la ciudad; el que rodeaba el Casco de Santo Tomás y Ciudad Universitaria, el que abarcaba la unidad habitacional de Tlatelolco. Después de la ocupación militar de los recintos politécnicos de Zacatenco y del Casco –lugares que habían vivido las batallas campales entre las fuerzas del orden y los estudiantes que defendían sus escuelas–, Tlatelolco –en donde se ubicaba la escuela vocacional 7– fue convirtiéndose en un símbolo de la unión entre la sociedad circundante y los estudiantes. Al repudiar a granaderos, ejército y policía, los habitantes de esta unidad no sólo defendían a sus hijos, sino que también expresaban su descontento con las acciones represivas del gobierno. El 21 de septiembre, cuando el ME fue de nuevo orillado a responder a la violencia del Estado, en Tlatelolco los granaderos, la policía montada y los agentes de tránsito disolvieron violentamente un mitin y después se enfrentaron, durante siete horas, a los estudiantes y habitantes de la unidad. Un teniente del ejército que visitaba a su familia disparó contra tres granaderos que golpearon a su madre (Cazés, 2000: 184). Después vino el 2 de octubre. Entre el 2 y el 12 de octubre la ciudad vivió prácticamente bajo una dictadura por parte de las fuerzas represivas del gobierno. El 2 de noviembre, día de muertos, apareció una enorme "V" de la victoria15 con una cruz en su centro, rodeada de sempasúchiles y otras ofrendas florales e innumerables veladoras (Cazés, 2000: 278), sobre la plaza donde cayeron los estudiantes y miembros de la sociedad que los apoyaban. Nacía otro mito del 68, el que el pueblo construyó.

La Ilustración hizo de la modernidad un proceso racional y, en el extremo, instrumental. En sus excesos desencantadores, la Ilustración consideró al mito como mera fábula y ficción. Sin embargo, el mito se seculariza, se "moderniza" y se transforma en parte del imaginario sociopolítico contemporáneo. Sironneau plantea que: "No es posible hacer del mito político moderno una simple ‘imagen acción' [capaz de hacer vibrar] un impulso irracional de la lucha revolucionaria, ni tampoco una representación colectiva rebasada, propia de las sociedades arcaicas tradicionales y ajena a las sociedades modernas, calificadas en el caso de históricas o prometéicas" (Sironneau, 1986: 33). Antes de que se volvieran a permitir las marchas, en la plaza central de la unidad Tlatelolco los habitantes colocaban ofrendas y veladoras. Así como algunos formaron parte del proceso de creación del mito democrático reformista del 68, los habitantes anónimos de Tlatelolco fueron copartícipes del proceso social de creación del mito del 2 de octubre, del culto a la versión fúnebre del ME68.16

Leyendo sociológicamente los acontecimientos de 1968, el movimiento puso en duda el ámbito y la capacidad de explicación de conceptos como movimiento social, clases, pueblo, masas, turbas, multitud. Incluso la unidad política que los legisladores le atribuían al pueblo estorbaba sus acciones y su definición conceptual. Hoy, vista la historia con una mirada contemporánea, podemos aventurarnos a decir que aquellos años estaban mostrando algunos adelantos de realidades sociales, presentado atisbos de futuros mediatos. Nuevos movimientos sociales, nuevos comportamientos políticos de masas reactivas: suma de singularidades plurales. Los conceptos, a momentos, resultaban rígidos. Al pueblo se le concebía como unidad. Sin embargo, al amalgamarse con los estudiantes y, en el futuro, con otros movimientos sociales, la diferencia entre pueblo unitario y masas plurales se borraba en los hechos. Por otro lado, persistían las concepciones escépticas sobre las masas, consideradas pasivas e incapaces de actuar por sí mismas.17

Conforme avanzó el final del siglo, la izquierda surgida del ME se relacionó con viejos y nuevos movimiento sociales; con acciones colectivas de la sociedad civil durante el terremoto de 1985; con protestas masivas de ciudadanos contra los resultados de las elecciones de 1988 y 2006. En el siglo XXI las masas ya no son sinónimo de heterogeneidad, ni el pueblo de unidad homogénea e impenetrable. Dichas características y las propias categorías de masas y pueblo han sido superadas por las acciones que aglutinan a las masas plurales en encuentros unitarios momentáneos, como en el surgimiento de la llamada multitud, acción colectiva que fusiona singularidades plurales en protestas masivas tan efímeras como la respuesta a sus demandas. En México, la multitud tiene uno de sus orígenes en la acción conjunta del ME68, y con ella cambió el carácter único y cerrado del concepto político de pueblo y de las visiones escépticas sobre las masas. Las nuevas acciones de masas multitudinarias se componen de un conjunto de singularidades unificadas coyunturalmente y del pueblo antes concebido como unidad indiferenciada. El ME68 comenzó a mostrar las posibilidades de unir lo diverso. Si hoy la multitud está formada por un conjunto de singularidades plurales (Hardt y Negri, 2004: 127) y el pueblo puede diversificarse, tal vez asistimos a la creación de un término que sintetiza algunos encuentros contemporáneos de las masas unificables y de un pueblo diferenciado.18

 

OLVIDO, MEMORIA, MITOS E INSTITUCIONALIZACIÓN

La historia, independientemente de los ritmos que le demos al tiempo, es irrefrenable. Cuarenta años, y todavía salen a las calles viejas y nuevas generaciones, recordando el ME68 y pidiendo castigo a los culpables. Poniendo al día la mortuoria celebración con nuevas demandas y formas de lucha, marchan jóvenes y viejos, juntos y separados. Hay continuidad y ruptura, hoyos negros y retrocesos. Han pasado cuarenta años, tenemos dos mitos sobre el 68, el de los demócratas reformistas y el de un pueblo trágico que rescata el lado "moridor" del movimiento. Hay olvido, mitificación y adecuación de las memorias a los mitos seculares. Contra los procesos sociohistóricos, los recuerdos sectorizados, la institucionalización imperceptible, los mitos, las leyendas, las narraciones y ficciones múltiples e irrefrenables no hay respuestas, y si las hay, no son únicas ni de validez duradera. Sólo la permanencia vital de una generación que continúa buscando justicia para los reprimidos y castigo a los represores garantiza que la historia siga cauces más incluyentes. Mientras, la mitificación y la institucionalización continúan.

Para mantener una memoria plural, además de la acción vital de los que quedan y de los contagiados que los siguen, independientemente de las distancias etarias y de las diferencias generacionales, deben multiplicarse los recuerdos –que son en sí colectivos y reproducen momentos colectivos (Halbwachs, 2004b: 319)– e ir más allá de las memorias de los representantes del CNH, incorporando asimismo los testimonios de brigadistas, activistas de ocasión, participantes anónimos de actos masivos y miembros del pueblo que lucharon junto con el ME. Existen varios intentos por recuperar sus testimonios. Uno de ellos fue parte de una convocatoria radiofónica que recopiló respuestas generales, en cuarenta páginas de un capítulo de un libro en el cual se destinaron 105 páginas a las voces de los representantes (Jardón, 1998: 147-293). A pesar de esfuerzos como el Memorial del 68 de la UNAM y otras instituciones e investigadores interesados en el tema,19 todavía son escasas las memorias que recogen la diversidad de voces, imágenes y recuerdos del movimiento. Son todavía pocos los testimonios del "pueblo" más allá de lo abstracto: de los trabajadores del gobierno que se rebelaron en el acto de desagravio a la bandera del 28 de agosto; de los vecinos del Casco de Santo Tomás y de Zacatenco en la ocupación militar de las escuelas del Politécnico el 24 de septiembre; de los habitantes de Tlatelolco el 21 de septiembre, en el mitin del 27 de septiembre y en la matanza del 2 de octubre.

De la misma manera en que la proliferación de las voces enriquecerá las reflexiones futuras sobre el ME68, y aunque estoy en desacuerdo con la mitificación de la matanza, que entre otros aspectos olvida los días gozosos del corto verano de la democracia radical, la fiesta, el ludismo y la creatividad desplegada en contraposición a la violencia gubernamental, no hay manera de detener las reacciones sociales e individuales que buscan crear mitos contestatarios o adecuados a los gobiernos en turno o venideros. La mejor forma de contrarrestar la institucionalización pasteurizada del ME consiste en recoger sus rasgos subversivos y esenciales: su pluralidad, su condición instituyente, su unidad de lo diverso, su síntesis plural de singularidades, su denuncia de la explotación y su respeto crítico por la diferencia. De nueva cuenta recalco la necesidad de buscar nuevas fuentes y de seguir la resonancia de la memoria perdida. En tanto se vayan descubriendo y recogiendo nuevos testimonios se multiplicarán los recuerdos y, es cierto, posiblemente también se incrementarán los mitos, pero más triste sería que el movimiento acabara por ser solamente la verdad oficial o semioficial de los representantes, resumen de un poder simbólico personalizado por los testimonios y los mitos autorizados y únicos.

Los diferentes movimientos estudiantiles de 1968 fueron la expresión de un proceso de interrelación e internacionalización del capitalismo y de la modernidad; le anunciaban al mundo, a través de sus luchas, otro momento del mismo proceso: la globalización futura. En todos hubo represión, pero ninguna con la magnitud de la que se dio en México. Además de los 85 muertos reconocidos por el "Informe de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado" (Femospp) hay que sumar a quienes murieron a lo largo del movimiento y a las 42 personas asesinadas por el grupo paramilitar conocido como los halcones en la marcha del 10 de junio de 1971 (Valle, 2008: 95-98 y 194-196). Países como Chile, Argentina y España han efectuado un ajuste de cuentas con su pasado, han señalado y castigado a los culpables de asesinatos y actos represivos de los gobiernos autoritarios. En México no ha sucedido nada. Gustavo Díaz Ordaz, siempre prepotente y orgulloso de sus actos, murió de muerte natural; Luis Echeverría, aún vivo, acaba de hacer una declaración semejante a las de su jefe.

Al margen de su importancia como temas de historia social y de sociología histórica, en México han faltado reflexiones sobre la memoria y el olvido. Ante el gélido estímulo de la memoria acicateada por la proximidad de la fecha trágica del 2 de octubre surgen algunas ideas sueltas cada año. Para Nietzsche, los pueblos se ven precisados a establecer "el límite desde el cual el pasado ha de olvidarse, para no convertirse en sepulturero del presente" (Nietzsche, 2000: 39). Alguien podría decir que en el caso del 68 esa cuestión era más que pertinente, sobre todo para un país –o un régimen– que intentaba hacer del escaparate de las olimpiadas su plataforma de lanzamiento hacia otro momento del desarrollo económico y con ello abrir un hueco en la cortina de nopal para mostrarse al mundo. Por desgracia la cuestión nunca se formuló y se complicó su planteamiento con los hechos sangrientos de 1968, los que le siguieron y las nuevas dudas que dejaron las acciones de un Estado que no esclarece ni se hace responsable de sus actos ante la sociedad. Más adelante, el mismo autor plantea que la capacidad de precisar el grado de permanencia de recuerdos y olvidos depende de "la fuerza plástica de un individuo, pueblo o cultura", y he aquí un bello párrafo que engarza con estas reflexiones concluyentes, en el cual Nietzsche se refiere "a esa fuerza para crecer desde la propia esencia, [para] transformar y asimilar lo que es pasado y extraño, cicatrizar heridas, reparar las pérdidas, rehacer las formas destruidas" (Nietzsche, 2000: 39-41).

Para la generación del 68, así como para otras que se suman a partir de nuevos agravios del Estado y sus gobiernos, está pendiente ese ajuste entre historia y olvido. En este sentido, la Femospp falló. Por lo pronto, aunque el olvido también es importante, en el momento actual todavía resulta impertinente. No se puede olvidar lo que está presente de diferentes formas y en diversos grados en los protagonistas que están vivos y continúan transmitiendo sus experiencias a las nuevas generaciones. No se puede olvidar, porque el Estado no ha asumido sus excesos ni castigado a los culpables. Cierto, es vital utilizar la historia en beneficio del presente, pero también el exceso de historia aniquila. Lograr el equilibrio entre la memoria y el olvido es una tarea pendiente en el México del siglo XXI, pero las trabas como el 2 de octubre y otras más que se han acumulado en cuarenta años mantienen al país suspendido perpetuamente entre el pasado y el presente.

En la memoria colectiva no hay olvido total ni recuerdo obsesivo.

 

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Excélsior 1973 "¿Atracogobierno?", inserción pagada por GUIA, 7 de agosto.         [ Links ]

 

Notas

1 Como una prolongación de la acción en las escuelas, los activistas llevaban sus consignas libertarias, sus experiencias democrático-radicales y las críticas a la cultura política del país, al seno de la sociedad y a la vida cotidiana del momento.

2 Es necesario periodizar las diferentes etapas del ME68 y lo que vino después. Las generaciones más jóvenes buscaron, después del 2 de octubre, diferentes vías para dar continuidad al movimiento y expresar sus deseos de cambiar el país. En la mayoría de sus alternativas se perdió lo esencial, lo que tenía de instituyente el ME68: su carácter plural, democrático y liberal en lo político. Las acciones que siguieron a la matanza del 2 de octubre –con diversos imaginarios sociopolíticos, demandas, formas de lucha y de organización– fueron rutas organizativas donde predominaron las versiones actualizadas de viejos esquemas partidarios, antiliberales, heterónomos e incluso autoritarios: el activismo político estudiantil en escuelas de educación superior; los grupos guerrilleros; y la formación de sindicatos y partidos de izquierda tradicional e instituida fueron parte de lo que conformó la acción colectiva del movimiento estudiantil post sesenta y ocho.

3 Hoy existen nuevas fuentes de primera y segunda mano; nuevos archivos, compilaciones, testimonios y libros sobre el tema; sin embargo, este trabajo se ubica en el terreno del análisis sociológico de la historia, más que en la historia misma; por ello fue suficiente –además de la memoria, biblioteca y archivo personales– consultar fuentes imprescindibles como El movimiento estudiantil de México (Ramírez, 1998) y México: una democracia utópica. El movimiento estudiantil del 68 (Zermeño, 1994). Para ubicar las interpretaciones, las reflexiones y los hechos en el tiempo recurrí a una excelente cronología publicada en 1968, Relación de hechos: julio/agosto/septiembre/octubre/1968 (Revista de la Universidad de México: 1968) y a Crónica 1968 (Cazés, 2000).

4 Me refiero a los activistas de base miembros de brigadas o no , cuya participación dependía de la escuela y de la situación social del activista. Pertenecer a escuelas donde era necesario trabajar desde el inicio de la carrera o tener que hacerlo para mantener los estudios limitaba sus acciones. Podían ser parte de las marchas, brigadistas esporádicos o activistas de "medio tiempo", a diferencia de los miembros de los comités de lucha y los representantes ante el Consejo Nacional de Huelga.

5 Proceso ineluctable y contradictorio que siguen las acciones colectivas instituyentes que buscan transformar lo instituido y que pasan, con el tiempo, a formar parte del orden institucional. El ME68 conserva, a pesar de las décadas trascurridas, elementos instituyentes que todavía no han sido incorporados a nuestro frágil orden democrático. Para profundizar sobre los procesos de institucionalización véanse El Estado y el inconsciente (Lourau, 1980) y La institución imaginaria de la sociedad (Castoriadis, 1989).

6 Me refiero a la cultura política del Partido Revolucionario Institucional (PRI), de la cual todavía vivimos su inercia o contemporización, a través del propio PRI y de otros partidos de centro, de izquierda y derecha , incluyendo al Partido Acción Nacional (PAN).

7 A pesar de algunos casos excepcionales, la plana mayor del CNH abrió una página nueva en la historia de las representaciones de los movimientos estudiantiles, que antes de 1968 se caracterizaban por sus manejos oscuros y porque los dirigentes los usaban como catapulta política para obtener beneficios personales, como puestos dentro del PRI o trabajos en el gobierno.

8 Sin idealizar el funcionamiento del CNH que poco a poco tendía a convertirse en algo parecido al órgano dirigente de un partido político (Zermeño, 1994: 114), la dinámica y la creatividad de las brigadas y de las asambleas generales le suministraban dosis diarias de democracia de base.

9 El Heraldo de México, uno de los diarios más conservadores de la época, daba cuenta en primera plana de la ruta que seguía la marcha y de las reacciones de los sectores conservadores de las ciudades por donde pasaba (El Heraldo de México, 1968: 1A).

10 Un estudio de ese tipo que vale la pena revisar es Memoria y olvido de la guerra civil española (Aguilar, 1996).

11 Aunque el repliegue sólo fue momentáneo. Años más tarde el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación volvió, ahora bajo la denominación de Guardia Unificadora Ibero Americana (GUIA), la cual mediante desplegados de una plana atacaba a los "comitecos" –miembros del Comité de Lucha de la Facultad de Comercio y Administración–, a su director y a diferentes actores del movimiento estudiantil posterior al sesenta y ocho (Excélsior, 1973: 13A).

12 Al regresar a clases, los sectores más radicales del Comité de Lucha se agruparon, ante el retorno de la Sociedad de Alumnos, en grupos culturales de cuya fusión surgió un nuevo comité. Entonces era difícil la interlocución con una escuela que volvió a su original conservadurismo. El lema de uno de esos grupos: "Humanización y victoria hasta alcanzarla" (como lo asentaba un volante de 1969 titulado A los estudiantes de la Facultad de Comercio y Administración) refleja la actitud cuidadosa de sus miembros, que buscaban tocar las fibras "humanistas" de los estudiantes para interesarlos en los problemas escolares de esa facultad, así como en los problemas sociales del país.

13 El pliego petitorio mostró, entre otras cosas, la intención de mantener unidas a las escuelas, a las diferentes posiciones políticas, a la sociedad que comenzaba a apoyar: mantener la unidad de lo diverso y oponer la razón a la violencia. Sus seis principales demandas eran: 1) libertad a los presos políticos; 2) destitución del jefe y del subjefe de la policía del Distrito Federal y del comandante de los granaderos –generales Luís Cueto Ramírez, Raúl Mendiolea y teniente coronel Armando Frías–; 3) extinción del cuerpo de granaderos; 4) derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal de la Federación; 5) indemnización de las familias de los muertos y heridos desde el inicio del movimiento; y 6) deslinde de responsabilidades de los actos de represión por parte de las autoridades a través de la policía, granaderos y ejército. El pliego satisfizo las expectativas políticas del momento. La demanda de libertad de los presos políticos le dio un objetivo concreto a la lucha libertaria, además de que radicalizó el deseo de mayores libertades democráticas. La derogación de los artículos 45 y 45 bis abría brechas para la transformación de una legalidad represiva a través de la democracia. El resto de los puntos llamaba al gobierno y al Estado a rendir cuentas de sus actos; posiblemente ésta fuese una de las demandas más importantes del pliego y una que aún mantiene su vigencia (Volpi, 2008).

14 Las opciones de la izquierda de la época eran escasas y provenían de la vieja izquierda heterónoma: el marxismo leninismo del PCM y su disidencia representada por la Liga Comunista Espartaco, junto con el Partido Mexicano del Proletariado, "con un marxismo leninismo más acorde con la realidad nacional" (Zermeño, 1994: 104) eran los polos de atracción más conocidos.

15 El símbolo popularizado como V de la victoria por Winston Churchill fue utilizado por los hippies junto con su frase: amor y paz, y por el movimiento estudiantil con los dos sentidos, el de victoria y el de amor y paz.

16 Es verdad que además del peso de la masacre sobre la memoria de los estudiantes y de los grupos sociales que se unieron al movimiento existe una multiplicidad de factores que influyeron en la construcción del mito; sin embargo, uno de los orígenes visibles está en la ofrenda colocada sobre la plaza el día 2 de noviembre de 1968.

17 Ecos intelectuales de finales del siglo XIX, como las críticas de Le Bon y de Freud a las masas y muchedumbres, o las de Ortega y Gasset a las masas de principios del siglo XX.

18 En México, la multitud pluriclasista y suma colectiva de singularidades ha tenido expresiones de diferente tonalidad política. Las marchas blancas, sin duda con reivindicaciones legítimas, parecen olvidar la importancia de la igualdad social como precondición para la seguridad pública. Por el contrario, las marchas que se opusieron al desafuero parecen centrarse en la política y en las reivindicaciones sociales, poniendo en segundo término las reivindicaciones civiles y la defensa de las garantías individuales.

19 Afortunadamente, la creación y recuperación de fuentes está avanzando. En los próximos años tendremos nuevos análisis basados en nuevos testimonios.

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