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versión impresa ISSN 0186-1042

Contad. Adm  n.231 México may./ago. 2010

 

Artículos de investigación

 

Desarrollo endógeno. Opción para el rearme humanizado del sistema productivo latinoamericano

 

Endogenous development. An option for a humanized rearmament of the Latin American production system

 

Arelis Vivas*, María Candelaria Rodríguez** y Ermelinda Mendoza de Ferrer***

 

* Profesora investigadora Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad de Carabobo, arelisvivas@gmail.com

** Profesora investigadora Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad de Carabobo, marycande65@hotmail.com

*** Profesora investigadora Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad de Carabobo, hmendoza1@uc.edu.ve

 

Fecha de recepción: 11.03.2009
Fecha de aceptación: 23.11.2009

 

Resumen

La estructura productiva latinoamericana en las últimas dos décadas del siglo XX sufrió una fuerte desarticulación por la aplicación de políticas económicas generadoras de un alto costo social, que se han centrado entre el keynesianismo y el neoliberalismo. Por esta razón, el objetivo de este trabajo es analizar el modelo de desarrollo endógeno como opción para rearmar el sistema productivo latinoamericano desde lo humano, partiendo de una revisión bibliográfica, que metodológicamente se inscribe en la perspectiva hermenéutica.

Se obtuvo como resultado el esbozo de algunas categorías genéricas, que apuntan hacia un imaginario centrado en la participación activa de la comunidad local para liderar el cambio estructural. Esto amerita una antropo–política sustentada en una planificación humana donde el Estado cree el marco regulador, ejerza función subsidiaria y no funja como benefactor. En el rearme del sistema productivo debe primar lo humano, orientado a satisfacer sus requerimientos mediante el trabajo bien realizado de sus actores, que propicie la coexistencia empresarial desde lo local, en una relación de competencia–complementariedad, que forme un tejido interindustrial integrado por las grandes, medianas y pequeñas empresas y que incluya a los microempresarios, así como al sector de la economía social en franca interdependencia con el medioambiente.

Palabras clave: desarrollo endógeno, sistema productivo, participación.

 

Abstract

In the last two decades of the 20th century, the Latin American productive structure underwent a strong disarticulation, due to the application of economic policies which generated a high social cost, and have fuctuated between Keynesianism and Neoliberalism. For such reason, the objective of this work is to analyze the endogenous development model as an option to rearm the Latin American productive system from the humane perspective, starting from a bibliographical revision that methodologically pertains to the hermeneutic perspective.

As a result, we obtained the outline of some generic categories, that aim towards an imaginary focused in the active participation of the local community to lead the structural change. It requires an anthropo–politics, sustained by a human planning, where the State creates the regulating frame, exerts a subsidiary function and does not act as a benefactor. The rearmament of the productive system must prioritize the human aspect, aimed at the satisfaction of its requirements, by means of the good job performed by its actors, as a cause for the enterprise coexistence at the local level, in a competitive–complementary relation which forms an interindustrial weave integrated by the large, medium and small companies, including microentrepreneurs and the social economy sector, in a frank interdependence with the environment.

Keywords: endogenous development, productive structure, participation.

 

Contextualización introductoria

En este trabajo el objeto de estudio se contextualiza a partir del encuentro con las marcas epistémicas del desarrollo en Latinoamérica para hacer algunas precisiones sobre el patrón de desarrollo al cual han estado plegados los países latinoamericanos desde la tercera década del siglo XX hasta la actualidad, que son dos momentos claramente diferenciados por el papel asumido por el Estado en materia económica, lo cual constituye las marcas epistémicas para la orientación del quehacer de los sistemas de producción en Latinoamérica. Dichos momentos se esbozan de la siguiente manera:

Primer momento. Aproximadamente dura seis décadas, inicia de 1930 hasta el inicio del cuarto tercio del siglo XX. En ese periodo la orientación del desarrollo era de corte keynesiano por ser el Estado quien conduce la demanda de bienes y de servicios; por esta razón, si la demanda se contrae el Estado la reactiva mediante un incremento del gasto público considerando la puesta en marcha de esta política, de las condiciones internas de la economía y de las del contexto internacional. En esta etapa las políticas económicas le asignan un papel clave a la vertiente interna de la demanda agregada como impulsora del crecimiento económico y se incentiva la industrialización a través de la sustitución de las importaciones. El colofón de esta etapa es la década de los ochenta, impregnada por avatares de una era convulsa en lo económico y social, en un contexto de pérdida de las libertades políticas por parte de la mayoría de estas naciones, sobreviniendo una marcada crisis en el subcontinente latinoamericano.

Segundo momento. Se inicia en los albores de la década de los noventa con la implementación de un conjunto de políticas de desarrollo sustentadas en la corriente económica denominada neoliberalismo, que tiene como antecedente el documento presentado en 1989 por el economista John Williamson, Consenso de Washington, el cual se refiere a las políticas en materia fiscal y monetaria exhortadas por organismos de Washington tales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Tesoro de EE.UU., entre otros, para que fuesen puestas en práctica por los países en desarrollo. Además de lo recomendado por los anteriores organismos, el neoliberalismo se sustenta en dos premisas básicas: una vinculada con la política económica internacional, que está centrada en auspiciar el libre comercio y la libre movilidad del capital entre fronteras; y otra relacionada con la política económica interna deslindada significativamente de la intervención del Estado, por lo que se propende a un proceso en el cual las empresas públicas pasen a manos privadas. Todo ello en un marco de desregularización de los mercados, incluyendo el mercado laboral.

Ahora bien, la yuxtaposición que se da en Latinoamérica, con respecto al papel del Estado en los dos momentos señalados, no surge por casualidad, deviene de un proceso de industrialización que tuvo sus aciertos, pero que no fueron capitalizados en función del colectivo; esto evidencia una balanza de pagos cada vez menos favorable y la crisis agravada de la deuda externa. Esta incidencia ocasionó que el Estado cambiara un esquema de políticas keynesianas a las neoliberales, las cuales se asumieron sin mayor oposición por las condiciones reinantes en el escenario, que en palabras de Escovar fueron propicias porque se estaba dando:

Internacionalmente la búsqueda de mercados a economías fuertes y en crisis de comercialización de excedentes como las de Estados Unidos y otros países europeos, sumada a una serie de hechos políticos y sociales (hegemonía de Estados Unidos, el Consenso de Washington, la revolución informática y tecnológica y la globalización) determinaron que el neoliberalismo se instale en Latinoamérica sin mayores oposiciones (2005: 1).

Es importante señalar que la instauración del neoliberalismo en Latinoamérica tuvo como principal problema la exclusión del tema de la equidad, lo cual resulta grave de acuerdo con lo que señala Josep Mària: "[…] porque uno de los lugares en donde más se aplican las políticas de ajuste derivadas del consenso (e implementadas por el FMI) es en América Latina. Y éste es el continente más desigual del planeta" (2005: 4). Asimismo, este autor se refiere como tema no incluido el problema ecológico, por lo que llama la atención el hecho que "[…] en un contexto de "victoria del capitalismo", las propuestas son más bien liberalizadoras o anti–estatalistas (sic); pero se habla muy poco de la necesaria tarea gubernamental de luchar para que se mantengan condiciones auténticas de competencia en los mercados" (2005: 4).

Dadas las circunstancias, someramente esbozadas en el párrafo anterior, en las dos últimas décadas del siglo XX la estructura industrial de América Latina se vio incidida por fuertes cambios, que representan un proceso de mutación estructural, tal como lo expresa Katz:

[…] se ha acelerado en años recientes durante la década de los noventa a medida que se fueran consolidando los programas de apertura externa de las economías de la región, la desregulación de múltiples mercados y la privatización de grandes sectores de actividad industrial, previamente dominados por empresas estatales. (1999: 5)

Como resultado de ello se produce una transformación en la configuración, actuación e incidencia relativa de los distintos sectores de producción de la mayoría de los países latinoamericanos, lo cual es bosquejado por Katz de la siguiente manera:

El cuadro regulatorio e institucional subyacente bajo cada sector de actividad productiva incluyendo los derechos de propiedad sobre los recursos naturales, las leyes de patentes, la legislación laboral, etc. así como también los actores mismos del proceso están experimentando una profunda metamorfosis.

Muchas firmas han abandonado el mercado, ha habido innumerables take overs y fusiones de empresas, y las que lograron sobrevivir han ido sufriendo una significativa transformación en la organización y planeamiento de la producción, en las estrategias de mercado y en sus capacidades tecnológicas y de marketing internacional. Nuevos actores se han ido incorporando al mercado, tornando la estructura productiva más densa y sofisticada, con más roundaboutness (subcontratación) local e internacional y con nuevas formas de interacción, tanto en la cooperación como en la confrontación, entre las firmas individuales (1999: 6).

Lo anterior devela los momentos históricos en los cuales se han producido las modificaciones de los procesos productivos y sociales en América Latina, que fueron caracterizando a una sociedad cada vez con mayor dependencia del mercado externo, y en franca linealidad con un positivismo avasallante, expresado en las consecuencias del neoliberalismo, que abre la compuerta para la construcción de nuevos saberes. Como lo expresa Reale:

Desde los últimos veinte años, una multiplicidad de conceptos tales como exclusión, inclusión, vulnerabilidad, resiliencia, empoderamiento y capital social, entre otros, han poblado las estrategias de indagación sobre las transformaciones en la región. De manera que la tarea de una crítica epistémica y metodológica alrededor de los aludidos conceptos se presenta hoy como una urgencia. Se trata de prácticas que deben orientarse a la construcción de caminos metodológicos que, a la vez, mejoren la comprensión científica y posibiliten una visión crítica sobre nuestras realidades (200: s/n).

En tal sentido, el estudio del desarrollo endógeno como expresión de la reformulación de los modelos desarrollo para América Latina permite sentar las bases para darle consistencia teórica y organicidad a un conjunto de saberes, que se distancian de lo convencional, marcando una forma de concebir la realidad latinoamericana y su desarrollo.

 

Inserción asimétrica de Latinoamérica en la globalización

La actividad empresarial en los países latinoamericanos es abrazada por el siglo XXI cargada de desventuras a causa de una inserción asimétrica en el proceso de globalización, dada por el intento de moldear el aparato productivo para producir bienes de consumo final, de capital y equipos principalmente electromecánicos y electrónicos sin tomar en cuenta las ventajas comparativas y competitivas; esto da lugar a estructuras de producción desancladas de la realidad latinoamericana porque se extrapolaron de economías desarrolladas sin atemperarlas. Sin embargo, la globalización es un hecho incontrovertible y los países latinoamericanos han tenido que coexistir con ella con el agravante que "[…] está enmarcada por un sistema de reglas establecido por los centros de poder mundial" (Ferrer, 1999: s/n). Tal hecho coloca a los países de América Latina en condiciones de fragilidad al forzarlos, tal como lo expresa Stiglitz:

[…] a abrirse a los productos importados que compiten con los elaborados por algunas industrias, peligrosamente vulnerables a la competencia de buena parte de industrias más vigorosas en otros países, puede tener consecuencias desastrosas, sociales y económicas […] Así, con demasiada frecuencia la liberalización no vino seguida del crecimiento prometido sino de más miseria (2002: 42).

Ello ha dado lugar a resultados distanciados totalmente de lo esperado, convirtiendo la apertura comercial en un ingenuo espejismo, como bien lo afirma Von Haldenwang:

[…] la mayoría de las sociedades latinoamericanas no se mueven actualmente en la economía mundial global, sino más bien en tierra de nadie, entre un desarrollo centrado en el Estado y un desarrollo de economía de mercado: el distanciamiento del Estado intervencionista de los años 70 ha tenido lugar en gran parte del plano macroeconómico, pero no así en el político administrativo. Los mercados se han desregulado y liberalizado, pero aún no se ha visto una gestión del desarrollo efectiva y orientada a la competencia. En lugar de la promesa no cumplida del Estado de bienestar a través de la intervención pública, ha surgido la promesa del mercado del bienestar a través del crecimiento. Promesa igualmente incumplida, porque las tasas de crecimiento son demasiado bajas para poder compensar el aumento de la productividad y el aún vertiginoso crecimiento de la población económicamente activa. Con pocas excepciones […] las probabilidades de que en un futuro próximo las sociedades latinoamericanas figuren entre los beneficiarios de la globalización son bajas (2002: 104).

En este orden de ideas, indiscutiblemente, América Latina está imbuida en un marasmo de desaciertos, contradicciones y paradojas, delineando lo que se podría calificar de globalización imperfecta. Tal situación ha dado lugar a una crisis multidimensional, que se encuentra en mayor o menor grado dependiendo de las características de cada país, orquestando una estructura socioeconómica excluyente, por ende, impregnada de insatisfacción creciente principalmente por parte de la población que se encuentra en condiciones de pobreza y que en 2005, según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en Latinoamérica era de 213 millones de personas, lo que representa el 40,6% de la población y del cual 16% está en condiciones de indigencia. Para 2008, de acuerdo con las cifras que presenta la CEPAL, la situación mejoró un poco, dado que el número de personas en situación de pobreza América Latina y el Caribe fue de 182 millones, lo que representa el 33,2% de la población; mientras que la pobreza extrema o indigencia se ubicó en el 12,9%, es decir, 71 millones de personas.

Ahora bien, la crisis mundial de 2009 indudablemente ha afectado esa mejoría porque la tasa de desempleo con respecto al año anterior aumentó y ello tiene su colateral como lo es el incremento de la pobreza. CEPAL y OIT señalan que en el segundo trimestre de 2009 la situación comparada con la del primer semestre se agravó afirmando que:

[en el] segundo trimestre, el desempleo urbano superó la tasa del mismo período del año anterior en un punto porcentual (un 8,5% frente a un 7,5%), mientras que en el primero esta brecha fue de 0,6 puntos porcentuales. Además, algunos indicadores muestran un aumento de la informalidad, un debilitamiento del empleo con protección social y una contracción del empleo de jornada completa (2009: 1).

Adicionalmente a los 15 millones de personas desempleadas en América Latina, según la CEPAL, la crisis ha generado tres millones desempleados a los cuales se les dificultará su inserción en el mercado del trabajo hasta finales de 2010 en un contexto económico de lenta recuperación.

Se plantea entonces un problema de apuntalamiento de desigualdad extrema en un medio abatido por un sin fin de dificultades en lo social, en lo económico y en lo político, a lo cual se le añade una tremenda crisis de legitimidad, amén de enfrentarse a un proceso de transición hacia la nueva economía que, de acuerdo con Castells, es el punto débil de América Latina, lo cual se debe:

[…] a la falta de flexibilidad organizativa de las empresas y a la baja capacidad tecnológica de la mayoría de los sectores de actividad tanto en generación como en uso de nuevas tecnologías. Ello implica que la mayor parte de las exportaciones, en todos los países menos Brasil, corresponden aún a productos agropecuarios, materias primas y productos extractivos. La exportación de productos manufacturados, en todos los países, sigue concentrándose en los sectores de menor valor añadido. Las exportaciones de servicios continúan mayoritariamente en las líneas tradicionales, como turismo (generalmente controlado por tour–operadores globales), con escasa competitividad en los servicios a las empresas, actividad de alto crecimiento y alto valor añadido (2003: 27).

Con todo ello, América Latina "[…] está integrada en la nueva economía global. Pero de forma desigual y tal vez insostenible, con altos costos sociales y económicos en la transición, y con amplios sectores sociales y territorios excluidos estructuralmente de ese proceso de modernización e integración económica" (Castells, 2003: 28). Esta situación se produce en el marco de una dinámica desarticulada de lo propio, donde ha primado un crecimiento económico a favor de los intereses foráneos. Debido a esto, el modelo instaurado en los noventa dio lugar a un conjunto de anomalías, moldeadas por un sistema económico donde el bienestar del colectivo sólo es un enunciado vaciado de contenido, en el cual "[…] la rentabilidad y el riesgo dependían cada vez menos del mercado y cada vez más de la protección y subvención estatal". Este autor también sostiene que gran parte de los recursos obtenidos no fueron destinados a mejorar la eficiencia empresarial, en consecuencia el incremento de la productividad no se hizo presente; mas lo que si se efectuó fue otorgar importantes sumas de dinero para conservar privilegios estatales e influir a su favor en "las reglas del juego" (Gómez, 2002: 44).

La actuación de las empresas, bajo el influjo de los acelerados cambios tecnológicos y la volatilidad del medio, disminuían su capacidad competitiva, trayendo como consecuencia el cierre de muchas de ellas; y las que no cerraron, en función de disminuir los costos laborales, eliminaron puestos de trabajo, lo cual tiñó el mapa latinoamericano de desempleo y pobreza. Esta situación es equiparable con descrito por Rifkin en la siguiente cita:

La muerte de la masa laboral global es interiorizada por millones de trabajadores que experimentan sus propias muertes individuales, a diario, en manos del patrón cuyo único objetivo es el beneficio de su empresa a cualquier precio, y frente a unos gobiernos desinteresados. Son los que esperan el despido y se ven forzados a aceptar trabajo a tiempo parcial con reducciones en los niveles salariales o a vivir de la beneficencia. Con cada indignación, su confianza y autoestima sufre una nueva mella. Se convierten en elementos sustituibles, después en innecesarios y finalmente en invisibles en el nuevo mundo tecnológico caracterizado por el comercio y los negocios en el ámbito mundial (1996: 236).

Lo cierto es que América Latina llega al siglo XXI precedida por un conjunto de adversas consecuencias, provenientes "[…] de las 'fallas de mercado' y de la debilidad de las 'instituciones' para inducir la mejora en el desempeño de mercados altamente imperfectos, y el desarrollo de ventajas comparativas" (Kosacoff, 2002: 198). Ello queda patentado cuando al efectuar el balance de la experiencia de los países latinoamericanos, con respecto al patrón de desarrollo seguido durante las dos últimas décadas del milenio anterior, el saldo que arroja es negativo; una década perdida y la otra de reencuentro con las oportunidades, pero vilmente explotadas en beneficio de unos pocos. A esto se le suma el desaprovechamiento de las capacidades internas y de la experiencia acumulada, coadyuvando con el incremento de los problemas de orden estructural y social. Por lo tanto, dada la multiplicidad de efectos indeseados, a esta etapa se le puede calificar como destructiva. Se plantea entonces el problema de crisis agravada y, por ende, el agotamiento del modelo instaurado, que marcó la inserción de los países latinoamericanos en el proceso de globalización desde el punto de vista económico, pero a un costo social muy alto. Tenemos, pues, como lo expresa Rovira que: "[…] la rapidez e intensidad de los cambios económicos ha socavado las tradicionales formas de asociatividad, de confianza social y de reciprocidad" (2003: 34). En razón de lo cual no es casual que se vuelva la mirada al desarrollo endógeno como vía para revertebrar la estructura social en la que prime la decisión de los actores locales, regionales, sobre su propio desarrollo.

 

La legitimación del desarrollo endógeno en un medio de lo globalizado

La humanidad que vivió en tiempos pretéritos, diseminada en el hoy, está cada vez más interconectada, de manera que lo que ocurre en cualquier parte del mundo es conocido en tiempo real en todo el planeta, "[…] para lo mejor y lo peor […] cada vez más todo devenir local se halla en inter–retro–acción con el contexto planetario global y dentro de él" (Morin, 2002). Habida cuenta de ello, si bien es cierto que el desarrollo endógeno es desde lo local, no es menos cierto que hay un entorno global que incide sobre lo local y éste a su vez sobre lo global; estas circunstancias, como lo señala Morin:

[…] nos inducen a no abstraer nada del horizonte global, a pensarlo todo desde una perspectiva planetaria. Al mismo tiempo, nos vemos conducidos a replantear el problema del desarrollo y a rechazar la bárbara y grosera idea que ha reinado durante tanto tiempo y que nos ha hecho creer que la tasa de crecimiento industrial era signo de desarrollo económico y que el desarrollo económico era señal de desarrollo humano, moral, mental, cultural […] la palabra desarrollo ha de ser enteramente reconsiderada y ha de asumir una mayor complejidad (2002: 145).

Como ha ocurrido en el ámbito latinoamericano, siguiendo los dictámenes de los organismos que representan el poder hegemónico, se instauró un desarrollo sustentado en la industrialización y concentración de la actividad productiva en grandes industrias, filiales de corporaciones transnacionales, instaladas en centros urbanos con la inmodestia que la dinámica de mercado derivada de esos sectores productivos favorecería el desarrollo de regiones periféricas. Las expectativas de bienestar generadas por la implantación de este proceso se diluyeron en resultados no satisfactorios. De allí, pues, que el accionar en el marco del "desarrollismo cepaliano"1 se ha tornado irreverente, ha quebrantado la esperanza depositada en la posibilidad de crecimiento, aplicando esquemas importados que han dado lugar a un feroz impacto. Como bien lo expresa Vergara (2004), una década de grandes posibilidades, que en vez de afianzar el crecimiento económico en América Latina, lo que ha generado es un magro resultado, ocasionando la pérdida de fe en las capacidades del modelo instaurado porque lejos de reducir la pobreza, lo que evidencian los índices es un mayor crecimiento de la desigualdad social y territorial de la región, ubicándose como los más elevados del mundo.

Si las cosas son así, resulta claro que al desarrollo exógeno se le contrapone el desarrollo endógeno: "[…] como un proceso de crecimiento y cambio estructural que mediante la utilización del potencial de desarrollo existente en el territorio, conduce a la mejora del bienestar de la población de una localidad o una región" (Vázquez, 2000). De este modo, se registra como característica diferenciadora que en el desarrollo endógeno, la comunidad local es capaz de liderar el cambio estructural, mientras que en el caso de un desarrollo exógeno dependerá de agentes externos a dicha comunidad.

Es importante subrayar que en el desarrollo endógeno los procesos de crecimiento y cambio estructural, y en consecuencia las acciones concernientes a la inversión y control que dichos procesos implican, deben estar bajo el tutelaje y responsabilidad de las empresas e instituciones locales, tanto públicas como privadas, así como de la sociedad civil. En correspondencia con Vázquez, la hipótesis de partida es que las localidades y territorios tienen un conjunto de recursos (económicos, humanos, institucionales y culturales) y de economías de escala no explotadas, que constituyen su potencial de desarrollo. En ese sentido el autor afirma:

Los procesos de desarrollo endógeno se producen gracias a la utilización eficiente del potencial económico local que se ve facilitado por el funcionamiento adecuado de las instituciones y mecanismos de regulación del territorio. La forma de organización productiva, las estructuras familiares y tradiciones locales, la estructura social y cultural y los códigos de conducta de la población condicionan los procesos de desarrollo local, favorecen o limitan la dinámica económica y, en definitiva, determinan la senda específica de desarrollo de las ciudades, comarcas y regiones (2000: 6).

Dentro de esta perspectiva, el transitar por un proceso de desarrollo endógeno amerita un compromiso consensuado, lo cual representa un gran desafío; en primer lugar, por su condición multifactorial; y, en segundo lugar, por las diferencias propias de la condición humana que marcan la necesaria búsqueda de igualdad y equidad.

 

Desarrollo endógeno frente a la heterogeneidad de espacios locales

El desarrollo endógeno no puede estandarizarse porque cada ámbito local tiene su propia configuración y los sectores productivos con los cuales cuenta están diferenciados en su capacidad de gestión, acceso a tecnología, capacidad de innovación, disponibilidad de recursos naturales e infraestructura, tradiciones, cultura, perfil de los recursos humanos con que cuenta y, principalmente, por el capital social existente. Evidentemente, esto delinea disímiles y heterogéneos espacios locales, que posen sus propias formas de interacción social tanto a lo interno, como con otras localidades y aquellas que se dan con el entorno nacional e internacional.

Dada la heterogeneidad de espacios locales y la complejidad implícita en cada localidad por ser sistemas sociales, amén de la complejidad propia de los nuevos tiempos, es fundamental en correspondencia con las ideas de Páez (1998) establecer relaciones desde abajo hacia arriba y que se den de manera sinérgica. Para tales efectos, es necesario estimular entre los actores involucrados un sentido de autodependencia grupal para estimularla también a niveles local, municipal, regional y nacional. En el marco de la teoría del desarrollo a escala humana, la auto dependencia es una categoría, señalada por Max–Neef y otros (2001), como un eje del desarrollo porque es creadora de un protagonismo real de las personas en los distintos ámbitos, además, puede impulsar a procesos de desarrollo en los cuales las necesidades se satisfacen, en gran parte, utilizando las capacidades, habilidades y recursos propios de las personas.

Según Max–Neef y otros, la autodependencia está en función de una interdependencia horizontal, lo cual no implica un aislamiento por parte de naciones, regiones, comunidades locales o culturas; se busca la capacidad de combinar los objetivos de crecimiento económico con los de justicia social, libertad y desarrollo personal, donde no se minimice la importancia de generar excedentes, sino que se subordine a la constitución de grupos, comunidades y organizaciones con capacidad para forjar su autodependencia y decidiendo sus propios destinos y el manejo de sus propios recursos. Confiriéndosele al Estado el papel de identificar a dichos grupos (embriones) para reforzarlos y multiplicarlos.

Para propiciar una conducta de autodependencia grupal es imperioso que se irrumpa en un proceso ecoeducativo como eje transversal, desde adentro; partiendo de los espacios más micro en la que la relación entre sus miembros sea directa porque es ahí donde se hace expresa de manera más diáfana la dimensión humana, donde lo social no despersonaliza al ser humano, sino que lo potencia como actor protagónico de los procesos sociales. Este planteamiento remite a las ideas de Luhmann en relación con que la sociedad resulta de las interacciones y que ésta:

No es una instancia organizada independientemente de lo que selecciona. No es un Dios. En cierto sentido es el ecosistema de las interacciones el que cambia, en la medida en que canaliza las oportunidades de interacción. La sociedad logra lo que la interacción por sí sola jamás podría: hacer siempre probable lo improbable; pero sólo lo logra […] por medio de la interacción. Así se puede afirmar que la sociedad selecciona las interacciones y las interacciones seleccionan a la sociedad […] La diferencia entre sociedad e interacción, por lo tanto, es la condición que posibilita la evolución sociocultural (1998: 386–387).

Lo expresado por Luhmann resume el sentido del desarrollo endógeno y sus posibilidades, tomando en cuenta que a partir de las interacciones debidamente canalizadas, que se den en lo local, es lo que hará posible que el desarrollo endógeno sea conducente a un cambio sociocultural, propiciador de interacciones satisfacientes, producto de la selección del propio colectivo.

 

Desarrollo endógeno y autonomía de los espacios locales

A medida que las líneas divisorias entre países se hacen más borrosas, se vez hace más nítido "[…] el paralelismo real entre la exclusión dentro de las naciones y regiones y la exclusión a escala mundial. Una prosperidad creciente para muchos deja a otros sin recursos y marginados (Giddens, 2000: 178). Es por ello que se profundiza la demanda por espacios locales más autónomos, emergiendo así el desarrollo endógeno como opción frente a la deslegitimación de los modelos prescritos desde lo externo, habida cuenta de los innumerables problemas que han acarreado. En este sentido, es pertinente la siguiente afirmación de Giddens: "No podemos dejar tales problemas a merced del errático torbellino de los mercados mundiales y de los relativamente impotentes cuerpos internacionales si queremos crear un mundo que combine estabilidad, equidad y prosperidad" (2000: 179). Sin embargo, es conveniente tener presente que la viabilidad del desarrollo endógeno sólo es posible en la medida que se delinee a la luz de las expectativas, necesidades y capacidades de los propios actores locales. Además, debe ser consonante con la incertidumbre y complejidad que invade todos los ámbitos sociales. Ahora bien, para que el desarrollo endógeno se produzca armónica y sosteniblemente tiene que apoyarse en la participación ciudadana, en un ambiente en el cual predomine una cultura de cooperación entre el sector público y privado para que las decisiones clave sean producto del debate plural y respondan al consenso e, indudablemente, para alcanzar dicho desarrollo es necesario el compromiso de los actores involucrados.

 

Una antropo–política para el desarrollo endógeno

Lo multifacético y complejo del desarrollo endógeno conlleva a la necesidad de dar respuestas pertinentes con el perfil de cada espacio societal. Esto amerita una política que adopte simultáneamente características asimilables a las señaladas por Morin (2002), tales como:

• El sentido del movimiento de la democratización social en curso.

• Una planificación humanista.

• Pasar del Estado de bienestar a la sociedad del bienestar.

• Despertar la conciencia gestora en el hombre productor.

• Despertar la conciencia política en el hombre consumidor.

A partir del desglose de las características básicas de una política –que en el marco del discurso de Morin no es la política de lo absoluto, que se limita al gobierno y al ciudadano, sino que se inscribe de manera natural en el movimiento histórico global– se debe buscar coincidir con el destino del hombre no para devorarlo, sino para subordinarse al ser humano, que sea capaz de ir más allá de gestionarle las garantías cotidianas y que se constituya en lo que el autor denomina una antropo–política, lo cual implica la preocupación por ir al encuentro biunívoco entre la calidad de vida y el arte de vivir. Ahora bien, para que se fragüe una antropo–política necesariamente hay que planificar desde lo humano para dar al traste con la cosificación del hombre. Esto implica que la planificación debe utilizar como datos primordiales, para tejer el corpus de plan, los que permitan conocer al hombre, su naturaleza, sus posibilidades, limitaciones, expectativas, capacidades, esperanzas, sueños y afectos; es decir, todo lo que dé cuenta de la existencia y razón de existir del ser humano de manera integral. Desde esta perspectiva, la planificación no se circunscribe a un problema de participación, sino al encuentro del ser humano consigo mismo, con su identidad, sus necesidades y sus compromisos. Todos estos aspectos deben ser permeados a través del análisis del sistema cultural y las subculturas a las que responde cada localidad y a la sociedad como tal. De allí que hay que madurar las políticas de desarrollo endógeno a partir de los indicativos y el lenguaje que se trasmite desde lo inmaterial, pues la acción humana responde al aprendizaje que deviene de lo social.

En el marco de esa lógica, es relevante la democratización social por ser el discurso que gira alrededor de la inclusión de los excluidos, lo cual se posibilita al instaurarse verdaderos mecanismos de participación, legitimados en un quehacer que se evidencie en el desmontaje del autoritarismo y las desigualdades de poder, en asignación de recursos con equidad. Debiendo conllevar realmente a la incorporación de quienes no ejercen su condición de ciudadanos para que pasen de ser sólo actores desplazados, bien sea por su condición de pobreza, género, edad, lugar de origen, modo de vida o religión, a ser verdaderos actores sociales, no de manera decretada sino por el ejercicio real de su ciudadanía. Ahora bien, ejercer la ciudadanía plenamente amerita crear auténticos espacios de participación, que vayan más allá de lo político, se trata de participación para la vida.

Adscribir el paradigma del desarrollo endógeno, en dirección a la perspectiva señalada, da cabida a la posibilidad de propiciar la sociedad de bienestar, que pasa necesariamente por el desanclaje del estado de bienestar; esto significa que el Estado debe cumplir con el papel de creador del marco regulador que ejerza simplemente la función subsidiaria. El Estado, como lo afirma Termes:

[…] no debe, en principio, dar al hombre lo que necesita para asegurarse el bienestar, sino darle la seguridad de que por sí mismo puede ganarse el bienestar que necesita, espoleando en él, con los adecuados incentivos, el ímpetu para abrirse camino en la vida, es decir, fomentando la responsabilidad de forjar la propia existencia, generando en el individuo la garra suficiente para afrontar la lucha con vistas a la realidad presente y a las eventualidades del futuro. O sea, propiciando todo lo que el Estado del Bienestar ha destruido, pretendiendo dar a todos, una excesiva y, por ello, paralizante seguridad. (1997: s/n).

Esto amerita, ineludiblemente, desmontar la tesis del Estado benefactor enmarcado en políticas populistas por uno que potencie las capacidades humanas de sus ciudadanos, garantizando los medios y recursos necesarios para su desarrollo humano, social, material y espiritual. Para ello, el ciudadano debe reorientar su rol hacia la participación social, trascendiendo de un quehacer en función del beneficio individual, al quehacer colectivo en procura de mejorar su localidad.

 

Desarrollo endógeno y el imperativo de primar lo humano

Para que opere el desarrollo endógeno, una vez trazadas las líneas maestras de la antropo–política, es necesario concertar las acciones a ejecutar por cada uno de los actores, que hacen vida en la localidad, para emprender un proceso desde lo humano y direccionado a satisfacer plenamente sus requerimientos; es decir, es un modo de proceder que se replicará tantas veces como localidades integren el mapa regional y nacional. Esto implica que cada localidad producirá bienes y servicios con el fin de satisfacer las necesidades de la comunidad. Por consiguiente, cada una de ellas es equiparable a organizaciones emprendedoras compitiendo unas con otras; una vez satisfecha la demanda interna, avanzarán hacia los mercados nacionales e internacionales. Para que esto ocurra, las políticas públicas deben espolear en los actores un involucramiento que propicie la ética del trabajo bien realizado, la innovación, la participación y la solidaridad.

En relación con la ética del trabajo bien realizado, ésta una categoría que se toma de los planteamientos de Bauman y que se aviene perfectamente al espíritu del desarrollo endógeno porque según el autor esta ética restituye las consecuencias desastrosas de la ética del trabajo que discrimina al que no esté empleado y que ha contribuido.

[…] a la disolución gradual, pero implacable, de la comunidad y los lazos barriales, de la "cohesión social" cuyo mantenimiento requiere tiempo, trabajo y dedicación. Dejan huellas profundas y, en general, negativas en la estructura y viabilidad de las familias. Erosionan gravemente en que se arraigan las relaciones humanas y todo vínculo moral entre las personas. En general, han hecho y siguen haciendo daño a la calidad de vida […] Este daño no puede ser reparado ni compensado por las ofertas de mercado, ni por el crecimiento en la capacidad de consumo, ni por el seudoasesoramiento del mejor consejero (2000: 149).

Como se puede apreciar, el discurso de Bauman conduce hacia el encuentro desde lo local con lo humano, propiciado por una ética del trabajo bien realizado y fortalecido desde el sentido asociativo, que le devolvería al ser humano la posibilidad de transitar por el espacio societal desarrollando su imaginación, ejerciendo su capacidad de obtener un ingreso y no el derecho a obtenerlo. De esta manera se desmarcaría un medio de exclusión, dando la posibilidad de coexistencia y participación.

Dentro de esta perspectiva, considerando que los espacios locales son sistemas complejos en continua transformación, donde se promueven y concretan interacciones dentro de dichos espacios y entre ellos dando lugar a la producción y comercialización de bienes y servicios; por consiguiente, las localidades se comportan como unidades de producción y, por ende, de intercambio, poseedoras de fortalezas y debilidades que desarrollan sus actividades en un medioambiente sumamente turbulento por la magnitud y la velocidad de los cambios que en él se producen, lo cual implica tener que lidiar de manera permanente con amenazas y oportunidades.

Siendo así, y tomando en cuenta que las localidades necesitan que en ellas se instauren unidades de producción, pasan a competir por recursos e inversión. Esto amerita, en linealidad con las ideas de Morin, establecer nuevas solidaridades próximas y locales, pero también ir hacia el encuentro con solidaridades más allá del estado nación donde no sólo se den competencias y acuerdos económicos, sino que se constituyan en grandes solidaridades asistidas por la conciencia de un destino común que es la sostenibilidad de la humanidad.

Lo anterior se traduce, a partir la perspectiva del desarrollo endógeno, que en el accionar desde lo local prime el desarrollo de lo humano, lo cual consiste en el desarrollo no sólo de la individualidad, sino que se centre en la dialéctica de las relaciones entre el individuo, la sociedad y la especie para hacer sustentable el desarrollo en aras de converger desde local hacia un destino planetario donde el tema central es la existencia y que las personas vivan digna y conscientemente la aventura humana de participar en el universo compartido, por no ser elementos aislados sino nodos de una misma red.

 

El necesario rearme del sistema productivo latinoamericano

El sector empresarial en el nivel mundial vive tiempos aciagos, las categorías tradicionales utilizadas para su direccionamiento enfrentan conflictividad operativa porque han pasado a ser estólidas frente a la variabilidad de cambios que han sumido al mundo de negocios en una turbulencia desmedida. Los sectores específicos de producción, independientemente del tipo de bienes y/o servicios que generen, tienen que responder a los desafíos que le imponen los nuevos tiempos.

A finales del siglo XX, el cúmulo de cambios en todos los confines del saber, de la praxis y de la empiria traspasaba lo imaginable, constituyéndose en un tema obligado en el discurso circulante en todos los contextos. El tema del cambio, visionado desde el ámbito empresarial, lo puntualiza Livingstone de la siguiente manera:

En el mundo de hoy manda el consumidor (el mercado). La flexibilidad en la producción, la calidad de los productos, la velocidad de su distribución, el bajo costo de producción, son variables clave para tener éxito en los negocios que se emprenden. Existen en los mercados una creciente diferenciación de productos… ciclos de vida de los productos cada vez más cortos [… ] y una rápida obsolescencia tecnológica (1999: 170).

De este modo, se presenta a escala mundial el escenario en el cual se desenvuelven las empresas que, desde luego, también está expreso en América Latina con el agravante de los efectos perversos generados por el neoliberalismo que son señalados por Fernández (citado en Martínez s/f) y de los cuales se tomaron sólo los vinculados directamente con la estructura productiva, específicamente los siguientes:

• Concentración del capital en manos de las corporaciones multinacionales.

• Extinción de la pequeña y mediana industria.

• Provocación del desempleo por la informatización y la robotización de los procesos productivos.

• Competencia hacia la baja de los salarios para atraer a los inversionistas extranjeros.

• Sobreoferta de mercancías como resultado de la depauperación o el paro de los trabajadores y el incremento, por vía tecnológica, de la productividad.

• Competencia desigual en el comercio internacional a causa de los subsidios y barreras arancelarias utilizados por las naciones industrializadas.

• Aumento insostenible de la deuda pública.

• Parasitación de la economía productiva por parte del capital financiero.

Esta lista comprimida de los efectos negativos del neoliberalismo dibuja la desarticulación del sistema productivo latinoamericano arrojando como saldo un lento crecimiento y una nula creación de empleos en el sector formal, derivando en un aumento excesivo de la economía informal, pobreza y profundos trastornos sociales. Esta situación evidencia que la distribución del quehacer económico entre las regiones y un nivel de vida satisfaciente no es garantizada por un modelo económico que se centre en los mecanismos de mercado. Es por ello que es necesario rearmar el sistema productivo desde lo local, correspondiéndole al Estado constituirse en un instrumento administrativo eficaz que despliegue acciones conducentes para evitar la corrupción, la concentración y las arbitrariedades de los grupos que detentan el poder económico, así como para tratar de reprimir los monopolios, desestimular el afán de alcanzar ganancias a corto plazo, luchar contra la especulación e impulsar el desarrollo de las pequeñas y medianas empresas. Además, el Estado debe auspiciar la libre competencia, promover la innovación, estimular la inversión privada para diversificar la capacidad productiva de bienes y servicios, mejorar las comunicaciones, transporte y formas de mercadear los productos. Todo ello a partir de un ordenamiento del territorio en función de las potencialidades de desarrollo de cada región y que no desfavorezca la incorporación de las zonas más deprimidas.

El proceso de rearmar el sistema productivo debe ser incluyente, dando cabida e incentivando la coexistencia empresarial donde el culto absoluto a la competencia se disuelva en una relación de competencia–complementariedad para que de esta manera se forme un tejido interindustrial, cuya trama esté constituida por profundos y extensos eslabonamientos entre grandes, medianas y pequeñas empresas, incluyendo los microempresarios y al sector de la economía social. Resulta claro que, en consecuencia, debe propenderse a moderar la rigidez burocrática y poner en práctica un mecanismo de control para evitar utilidades desmedidas a favor de unos pocos y en detrimento de muchos. Tal imaginario se ubica en una economía mixta, moldeada a partir de las especificidades de cada país, donde la única prescripción posible es que sea desde adentro, deslindada de una visión tecnocrática y economicista, en la cual el hombre sea el sujeto, pero no bajo la concepción del hombre insular, sino en franca interdependencia con el medioambiente, mediada por una conciencia ecológica internalizada y compartida, como lo señala Morin: "[…] hoy sabemos que no podemos valorar verdaderamente al hombre sino valoramos también la vida, y que el respeto profundo al hombre pasa por un respeto profundo a la vida. La religión del hombre insular es una religión inhumana" (2002: 142). Sólo así es posible el rearmar un sistema productivo humanizado, pertinente y autóctono.

Hechas las consideraciones anteriores —que implica rearmar un patrón productivo desarticulado, frágil y sumamente heterogéneo que ha sobrepasado su capacidad de absorber productivamente el aumento de la fuerza de trabajo donde los intereses foráneos han prevalecido por encima de los intereses nacionales, por ende, los de las comunidades locales—, semejante tarea no es fácil, demanda instituir un acuerdo nacional que sólo es posible en la medida que el Estado asuma un papel concertador y promotor de la administración efectiva y eficiente de los recursos disponibles; requiriéndose, en consecuencia, una administración pública con bajos márgenes de centralización y despolitizada con el fin de garantizar que su gestión sea verdaderamente inclusiva y propiciadora del ejercicio de la ciudadanía.

Al respecto, Brunet y Belzunegui afirman que "en cualquier caso, las políticas de desarrollo local no dejan de ser mitologías de un cierto desarrollo autónomo que, en el fondo, acaban anticipando seguramente de manera involuntaria las políticas de competencia y rivalidad entre regiones y territorios" (2000: 97). Para evitar que ocurra lo afirmado por estos autores, amén de lo ya señalado, adquiere especial relevancia y prioridad la educación como eje trasversal, y en el currículo lo trasversal debe ser formar para la vida, considerando tanto las dimensiones personales como sociales, y en ellas los aspectos valorativos y cognitivos para que la formación sea acorde con el tipo de ciudadano que requiere el modelo de desarrollo endógeno, que se resume en el siguiente perfil básico: personas con autonomía moral e intelectual, con capacidad para comprometerse con su propio desarrollo y el de la sociedad, con conciencia ecológica, responsables, solidarias, activas, participativas, innovadoras y creativas.

 

Promoviendo reflexión sobre lo que no se puede concluir

El despliegue de las ideas contenidas en estas líneas, concerniente al desarrollo endógeno como opción para el rearme humanizado del sistema productivo Latinoamericano, ha suscitado, para quienes las suscriben, disímiles interrogantes que surgen de la confrontación entre dudas y esperanzas acerca de un imaginario someramente pincelado sobre el que habida cuenta de la inestabilidad y heterogeneidad de los espacios societales latinoamericanos y del mundo en general no se puede concluir, por lo que a manera de comentario se trascribe la siguiente idea de Bauman:

No será la primera vez en la historia que nos encontremos con una encrucijada. Y los cruces de caminos exigen decisiones. La primera, y para nada obvia, es reconocer la encrucijada como tal: aceptar que hay más de un camino para seguir adelante y que, a veces, la marcha hacia el futuro (hacia cualquier futuro) supone giros violentos (2000: 149).

La reflexión derivada de este encuentro con del desarrollo endógeno es una invitación a mirar la interdependencia entre los actores del desarrollo y la necesidad de complementariedad como la vía para lograrlo en aras de avanzar hacia una sociedad que propenda a la realización humana y con ello promover la madurez de una humanidad donde prevalezcan la justicia, la solidaridad y el respeto por la dignidad humana, aspectos determinantes para configurar la sociedad de bienestar.

 

Referencias

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Nota

1 Posterior a la Segunda Guerra Mundial, en América Latina, la Comisión Económica para América latina y el Caribe aentó en materia económica la implantación de la teoría de Keynes, a lo que se ha denominado "desarrollismo cepaliano".