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Contaduría y administración

versión impresa ISSN 0186-1042

Contad. Adm  n.225 México may./ago. 2008

 

Editorial

 

El Lenguaje en la investigación científica de las organizaciones

 

La ciencia está constituida por teorías, las cuales se expresan en lenguaje escrito. Esto significa que el conocimiento científico no puede existir sin dicho lenguaje, éste es una condición sine qua non de la teoría. El hecho de que el conocimiento teórico se exprese necesariamente por escrito es imprescindible no únicamente para su propia existencia sino también para su desarrollo, pues brinda la posibilidad de que lo pensado y escrito por un investgador sea sometido al examen crítico de la comunidad cinetífica correspondiente. Al ser leído por sus pares , el autor se inserta en lo que Eduardo Nicol llamó la relación dialógica del conocimiento, concepto complejo que incluye como elemento central el diálogo que establecen entre sí mediante lapalabra escrita, a través del tiempo y el espacio, quienes se dedican a la búsqueda de razones para explicar la realidad social o natural. Esta peculiar forma comunicativa permite a un pensador analizar, criticar, corregir, rechazar o aceptar las ideas del otro y, con ello, enriquecer el conocimiento. Es merced a esta relación dialógica que cualquier busacdor de verdades científicas puede conocer y analizar el pensamiento lo mismo de Fayol, Weber, Barnard y Mintzberg, que el último artículo de cualquier otro investigador célebre o no; de la misma manera que un investigador novato o experimentado puede someter al examen de sus colegas los productos de sus pesquisas y beneficiarse de sus réplicas. En pocas palabras: el avance del conocimiento teórico requiere forzosamente del diálogo, de las ideas del otro; no puede generarse ex nihilo. He aquí una coincidencia fundamental con aquellos que consideran que la ciencia es una construcción social. He aquí la razón de ser revistas como Contadiría y Administración, portadoras y promotoras de pensamientos.

En virtud de que el lenguaje es elemento vital del conocimiento científico —que le permite existir, ser comunicado y recreado—, su cultivo exige un cuidado particularmente concienzudo. Evidentemente, aquí las razones de elegancia literaria salen sobrando: si no se obra con la susodicha meticulosidad se estará actuando en contra de la vocación de la ciencia. El rigor que está exige para la elaboración de conceptos y teorías implica la demanda de un lenguaje igualmente riguroso. Ahora bien, el hecho de que explícitamente excluyamos las razones de elegancia discursiva de las razones que dan cuenta de lo imprescindible que es el lenguaje para la existencia misma del conocimiento científico y para su expansión, de ninguna manera significa que nos opongamos a la hermosura literaria que pueda tener la expresión de la ciencia. De ninguna manera. Creemos que la estética de un teórico y su rigurosidad científica son perfectamente compatibles y que incluso la primera puede auxiliar a la comprensión de lo escrito con rigor científico. Nicol va más allá: para él la verdad es bella instrínsecamente; por eso, entre otras razones, sostiene que "La belleza verbal reside en lo que Descartes llamó "la recherche de la verité"". Asimismo, además de los eminentes pensadores que se han ocupado de destacar mediante razones la posibilidad de belleza de la ciencia, incluyendo la de su expresión escrita, encontramos otros que han resaltado lo mismo implícitamente, pero con hechos: mediante la elegancia misma de sus textos teóricos. Ejemplo claro de ello lo tenemos en los escritos del mismo Nicol, así como en los de Juan Manuel Silva. Por otra parte, el empleo de bellas metáforas que sirven fielmente a la explicación teórica, recurrente en la ciencia en general y existente también en estudios sobre las organizaciones, es una muestra de la posibilidad de coexistencia armónica de elegancia y rigor.

Lo que pretendemos dejar claro al abogar por la diligencia en el lenguaje en virtud de su importancia metodológica y no por razones de elegancia literaria, es que dicho ciudado no es opcional y que, en todo caso, la belleza que pueda alcanzar la expresióm de la teoría debe subordinarse a los criterios de objetividad, precisión y lógica, en una palabra, de rigor, que rigen a la ciencia. De manera que en caso de que en la exposición teórica de algo se presentara la disyuntiva de tener que escoger entre elegancia literaria y rigor o entre la primera y la claridad —por ser en ese caso particular mutuamente exlcuisvos—, lo que debe predominar es el rigor y la nitidez, respectivamente. Ésta es la razón por la cual, por ejemplo, en los textos de pretensiones científicas, a diferencia de lo que sucede en el lenguaje ordinario y con mayor razón en el literario, se permite emplear siempre el mismo término para referirse a un concepto aunque ese término se repita muchas veces en el escrito. Así, por ejemplo, cuando Marx habla de la mercancía, de clases sociales o de capital, se ve precisado a utilizar estos mismo términos reiteradamente; no sacrifica el rigor ni la claridad tratando de emplear términos equivalentes. No obstante, muchos de sus textos, incluyendo los que requieren de la repetición una y otra vez del mismo término, están bellamente escritos. Este genial científico social es igualmente un buen ejemplo de lo que un maestro en la creación de metáforas puede lograr en abono del rigor científico y de la elegancia literaria a la vez.

Debido al cuidado que por razones metodológicas exige el empleo del lenguaje en la construcción teórica, merece ser estudiada la naturaleza del lenguaje científico en general y la del lenguaje teórico sobre las organizaciones en particular. En lo que respecta a la investigación del discurso científico en general, ya infinidad de eminentes filósofos —Ricoeur, Gadamer, Quine, Wittengstein, Carnap y Russell, entre ellos — se han abocado a él. Por lo que concierne al lenguaje teórico sobre los fenómenos organizacionales, por fortuna también han surgido autores, principalmente en la administración, en la teoría de la organización y en los estudios organizacionales que, reconociendo las importantes implicaciones que el lenguaje tiene para el desarrollo del conocimiento, se han interesado por analizar, desde perspectivas muy diversas, aspectos también variados del lenguaje sobre las organizaciones. Sin embargo, aún es menester profundizar, examinar críticamente y, en su caso, corregir o afinar las respuestas que tales pensadores han ofrecido para algunas interrogantes y plantear asimismo otras más. Por ejemplo, hace falta abundar en el estudio de los esfuerzos teóricos o prácticos en pos de la estandarización de la terminología administrativa que han emprendido muchos autores, incluyendo a Urwick, Koontz y Terry, así como múltiples comites terminológicos, desde fines de la decada de 1920 hasta nuestros días. Esto, con el propósito de mostrar su invalidad e inconveniencia, en vista de que las pretensiones estandarizadoras contravienen al espíritu de la ciencia: cuando ésta forja conceptos acerca de los fenómenos y los nombra mediante términos, no puede consentir otras restricciones que no sean la lógica y el rigor metodológico, ni puede admitir que se intente fijar el significado de los términos por grupos de notables; en su lugar, debe permitir que el debate abierto —no constreñido ni espacial, ni temporalmente — sea el que determine posibles consensos o disentimientos acerca de los conceptos, de su significado y de sus respectivos términos. Asimismo, hace falta iniciar trabajos de aclaración semántica y conceptual de algunos términos básicos relativos a las organizaciones, empezando por el propio nombre de la disciplina administración — para esclarecer, entre otras cosas, si es o no sinónimo de gestión dirección, gerencia e incluso managment, término a menudo usado en español para referirse a ella— y continuando con conceptos tales como organización, cultura y esrategia. De igual manera, es necesario profundizar las investigaciones tendientes a dilucidar si efectivamente el estudio de las organizaciones, dada su complejidad, requiere un lenguaje ambiguo, como sostienen Astley y Draft y Wiginton, o si por el contrario se debe, continuar aspirando a la precisión del lenguaje teórico qu dé cuenta de los fenómenos organizacionales. Es preciso, igualmente, estudiar los problemas terminológicos–conceptuales generados por las deficientes traducciones del inglés a nuestra lengua de libros de administración o sobre organizaciones, por ejemplo, las sucesivas ediciones de Curso de administración moderna de Koontz y O´Donnell (cuyo título y coautor han cambiado a través de los años), Las funciones de los elementos dirigentes ( The Functions of the Executive) de Chester Barnard, y Organizaciones y burocracia de Nicos Mouzelis, todas ellas obras sumamente influyentes, todas ellas tergiversadas en múltiples pasajes importantes de sus versiones españolas. Nuevas investigaciones como las sugeridas podrían contribuir también, más allá de sus aportaciones intrínsecas, a promover entre los investigadores de las organizaciones la concietización acerca de la trascendencia metodológica del lenguaje que pretende dar cuenta científicamente de los fenómenos organizacionales, y, a través de ello, quizás coadyuvar al mejoramiento de su propia labor investigativa. Los empeños que los estudiosos invierten en pulir el lenguaje de sus trabajos teóricos sulen redituar jugosos frutos en términos de comprensión de la realidad y acercamiento a verdades.

 

Jorge Ríos Szalay