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Secuencia

Print version ISSN 0186-0348

Secuencia  no.82 México Jan./Apr. 2012

 

Artículos

 

El mercado matrimonial de las familias tradicionales argentinas, 1900–1940. Algunas dimensiones y tendencias

 

The Marriage Market of Traditional Argentinean Families, 1900–1940. Some Aspects and Trends

 

Leandro Losada

 

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina

 

Fecha de recepción: octubre de 2010
Fecha de aceptación: febrero de 2011

 

Resumen

El artículo estudia el mercado matrimonial de las familias tradicionales argentinas entre 1900 y 1940, a partir de una muestra de 550 casamientos y del análisis de sus pautas sociales y culturales. El periodo elegido incluye el momento de máximo esplendor de esas familias en la sociedad argentina (entre 1900 y mediados de la década de 1910 aproximadamente) así como el arco temporal en que se produjo el ocaso de su gravitación (las décadas de 1920 y 1930). El propósito es pensar la relación entre las pautas matrimoniales y el ascenso y la declinación de la elite tradicional, un problema hasta el momento descuidado por la historiografía argentina.

Palabras clave: Elite argentina, mercado matrimonial, endogamia, exogamia, centenario, entreguerras.

 

Abstract

The article studies the marriage market of traditional Argentinean families between 1900 and 1940 on the basis of a study of 550 marriages and the analysis of their social and cultural patterns. The period chosen includes the florescence of these families in Argentinean society (approximately between 1900 and the middle of the 1910s) as well as the are of time during which they declined (the 1920s and 1930s). The aim is to explore the link between marriage patterns and the rise and fall of the traditional elite, a problem that has so far been neglected by Argentinean historiography.

Key words: Argentinean elite, marriage market, endogamy, exogamy, centenary, interwar period.

 

El propósito de este trabajo es ofrecer un retrato de las pautas matrimoniales de las familias tradicionales argentinas entre los años 1900 y 1940. Conocer las tendencias del mercado matrimonial de estas familias a lo largo de los años referidos es relevante por varias razones.

La principal es que desde fines del siglo XIX integraron la alta sociedad argentina, alcanzando un esplendor y una primacía en la sociedad que se extendió, al menos, hasta mediados de la década de 1910. Estas familias pueden distinguirse en tres grandes ramas: familias porteñas de raíces coloniales; familias fundadas por inmigrantes y extranjeros que habían ascendido socialmente en los dos primeros tercios del ochocientos, y familias de las provincias del Interior del país. Los vínculos entre ellas se estrecharon hacia la década de 1880, al compás de la integración económica y política de Argentina: las últimas en sumarse al elenco de la alta sociedad fueron las familias del Interior que nutrieron el núcleo del nuevo partido en el poder, el Partido Autonomista Nacional (PAN), y que por esa razón se radicaron en Buenos Aires al comenzar los años ochenta. En consecuencia, entre 1880 y 1910 aproximadamente, estas familias formaron un actor colectivo; edificaron una identidad de pertenencia en la que se conjugaron los tonos aristocráticos y la noción de constituir el núcleo tradicional o fundacional del país (el patriciado), y disfrutaron de una belle époque facilitada por la prosperidad económica posterior a la crisis de 1890, gracias a la cual se convirtieron en el círculo de más alto estatus de la sociedad.1

Desde mediados de la década de 1910, y a lo largo de las de 1920 y 1930, el escenario se modificó profundamente. Los cambios políticos (la reforma electoral que estableció el sufragio secreto, obligatorio y universal en 1912; el triunfo de la Unión Cívica Radical en 1916 después de 36 años de hegemonía del PAN), económicos (las dificultades del sector rural), culturales y sociales (los avances educativos de la población; la metamorfosis provocada por la inmigración; la constitución de sectores medios) condensados por entonces, desplazaron, por su misma dinámica, la centralidad de las familias tradicionales en la composición de las elites argentinas.2

Por lo tanto, trazar una mirada que abarque las cuatro primeras décadas del siglo XX permite poner en perspectiva los años de mayor gravitación de las familias tradicionales y el arco temporal en el que se produjo el eclipse de esa gravitación. Este trabajo parte de la premisa de que el estudio de las pautas matrimoniales entre 1900 y 1940 puede ofrecer argumentos útiles para pensar cómo este actor social afrontó los efectos de un escenario que reacomodó su lugar en la sociedad argentina.

Vale agregar, finalmente, que entre las motivaciones del presente artículo también se cuenta la de que sus hipótesis y afirmaciones sirvan para reflexionar sobre las pautas matrimoniales de otras elites latinoamericanas. La porosidad de la clase alta argentina hasta bien entrado el siglo XIX, su definitiva constitución en las últimas décadas de dicha centuria y la heterogeneidad que, a raíz de ello, recubrió a su elenco, según se señaló más arriba, constituyen una singularidad de este grupo social en relación con algunos de sus pares latinoamericanos, cuya composición y mercado matrimonial hasta fines del siglo XIX tuvieron rasgos más cerrados, o, al menos, más estables y homogéneos.3 Por ello se espera que los resultados desplegados en las páginas que siguen abran la posibilidad de trabajos futuros orientados a una dimensión comparativa, así como que alienten el diálogo y la discusión con las investigaciones de otras historiografías dedicadas al estudio de las elites latinoamericanas y sus mercados matrimoniales.

 

EL PROBLEMA: PAUTAS MATRIMONIALES Y REPRODUCCIÓN SOCIAL DE LAS ELITES

En la historiografía argentina los estudios abocados a las elites tienen dos marcas preponderantes.4 Por un lado, son más abundantes para el periodo colonial y el siglo XIX.5 Es plausible señalar que la razón de ello es que el protagonismo histórico, la relevancia de dichos actores sociales como puerta de entrada a las coordenadas que marcaron el pulso de la historia argentina, es sin duda mayor para investigaciones ancladas en esos periodos que para las volcadas a la Argentina "democrática" del siglo XX.6 Las transformaciones ocurridas en las tres primeras décadas del novecientos, como ya se dijo, desplazaron por su misma dinámica la centralidad de las elites. Sin embargo, la inexorable declinación que delineó este escenario y la experiencia, ante ella, de los grupos sociales preeminentes hasta el Centenario de la Revolución de Mayo (1910), no han concitado, hasta el momento, demasiada atención entre los historiadores.7

El segundo rasgo de la historiografía argentina sobre las elites es que las investigaciones han sido mayoritariamente de historia política y económica, así como de las ideas. Problemas más estrechamente relacionados con la dimensión social (sociabilidades, composición, identidades) han sido objeto de menor cantidad de estudios, o incluso fueron incorporados en textos anclados en problemas políticos o económicos.

Las pautas matrimoniales, concretamente, a menudo fueron abordadas por investigaciones interesadas en la estructuración de negocios y empresas, o en la delineación de agrupamientos políticos. Por las razones arriba comentadas, esta literatura es característica de la historiografía colonial y del siglo XIX, en especial de la dedicada a la primera mitad, y de trabajos que, para abordar tales problemas, abrevaron en propuestas metodológicas también diversas, desde las historias de familia hasta los enfoques de redes.8 Los estudios más cabalmente preocupados por la dimensión social de las elites en el ochocientos no necesariamente abordaron las pautas matrimoniales, pues sus objetos de interés fueron otros, como las instancias de sociabilidad.9 Por ello, la bibliografía más abundante sobre problemas parecidos a los que aquí interesan se encuentra en las investigaciones abocadas a la inmigración masiva ocurrida en el cambio del siglo XIX al XX, en especial aquellas concentradas en los ritmos y en los modos de integración de los inmigrantes a la sociedad argentina, dado que, para ello, las pautas matrimoniales fueron una dimensión de análisis clave.10

El vacío historiográfico sobre las pautas matrimoniales de la elite argentina en el pasaje del siglo XIX al XX es curioso, considerando que es una dimensión crucial para explorar cómo afrontó su reproducción social en una sociedad estructuralmente transformada. La teoría de las elites, y algunas evidencias aportadas por la historiografía recién comentada, así como las brindadas por investigaciones dedicadas a otros casos nacionales, ofrecen sugerentes alternativas para pensar la relación entre mercado matrimonial y reproducción social de las elites. Mencionémoslas brevemente.

La teoría de las elites, en especial a través de Pareto, propuso que el cierre excesivo puede ser perjudicial para una elite dominante, al anquilosarla, y que la apertura, desde ya gradual y regulada, es necesaria para una saludable renovación.11 Esta última posibilidad ha sido demostrada para las elites argentinas del periodo virreinal e independiente: la renovación de sus filas, en general a través de las mujeres, fue una conducta extendida entre las elites mercantiles del Buenos Aires virreinal y también (aunque de manera más moderada), entre las elites virreinales del Interior, considerándose comportamientos cruciales para la perduración de su posición económica.12 En un sentido concomitante, para momentos más tempranos del periodo colonial en Buenos Aires, se ha mostrado que el cierre de sus sectores más tradicionales los perjudicó social, económica e incluso políticamente al bloquear la incorporación de nuevos poseedores de riqueza.13

Por otro lado, investigaciones abocadas a elites de otros países en el pasaje del siglo XIX al XX, han mostrado que la dilatación de las fronteras del mercado matrimonial (síntoma en sí misma de declinación social), provocó su erosión como grupo social, aunque no necesariamente el hundimiento de todos sus integrantes: ocurrió que la supervivencia social y económica de estos, facilitada por la exogamia, se dio de forma paralela al desdibujamiento de la identidad de grupo, generado, justamente, por el aflojamiento del mercado matrimonial. La aristocracia británica de entreguerras es ejemplar al respecto: algunos de sus miembros lograron evitar la debacle económica vinculándose con acaudaladas familias de Estados Unidos, pero a costa de renunciar a criterios de admisión vigentes hasta entonces y de pasar a integrar una elite de perfil plutocrático más que aristocrático. En este sentido, la endogamia que había prevalecido hasta fines del siglo XIX, fue la de una elite segura de sí, que no consideró necesario abrirse para renovarse.14 En cambio, otras elites aristocráticas que respondieron a un escenario similar (léase, ascenso y consolidación de la burguesía) con un cierre pronunciado, afrontaron un derrotero distinto: un ostracismo paulatino aunque inexorable, al quedar disociadas de las nuevas clases dominantes a pesar de los gestos de apertura ensayados después de la primera guerra mundial. El caso de la nobleza piamontesa es muestra de ello.15

En consecuencia, las sugerencias brindadas por la teoría y la historiografía muestran un amplio abanico de posibilidades: las pautas exogámicas pudieron ser clave para la perduración de las elites, pero también incidir —o causar— su ocaso. A su turno, la endogamia suele ser funcional a un grupo consolidado, pero también puede motivar su declive si se traduce en una clausura pronunciada.

¿Se advierte alguna de estas variantes en la elite argentina? Esto es lo que procuraremos contestar en las páginas que siguen. Para ello conviene tener claro cuál era la situación hacia 1900; precisar las coordenadas de nuestro punto de partida. Digamos al respecto que, para entonces, la elite argentina había cambiado notoriamente sus pautas matrimoniales en comparación con lo usual hasta el último cuarto del siglo XIX: la exogamia moderada (recurrente, como ya apuntamos, según varias investigaciones) dejó su lugar a una pronunciada endogamia entre las tres ramas que la compusieron (recordemos: familias porteñas coloniales; familias fundadas por inmigrantes tempranos y extranjeros; familias del Interior del país).16

Los problemas a abordar, en consecuencia, son dos: si el funcionamiento del mercado matrimonial de las familias tradicionales cambió entre la belle époque de preguerra y los años de entreguerras; y qué relación puede pensarse entre las conductas matrimoniales y el lugar ocupado por dichas familias en la sociedad argentina entre 1900 y 1940.

 

LA MUESTRA

Para nuestra indagación se ha construido una muestra de 550 matrimonios distribuidos entre 1899 y 1944, según puede verse en el cuadro 1 (apéndice). Vale hacer algunas precisiones sobre la muestra y las fuentes utilizadas, a fin de aclarar desde un principio los alcances de los argumentos que pueden inferirse de ellas.

Con relación a la muestra, los casos elegidos son aquellos casamientos en que uno de los consortes, o ambos, poseen apellidos que pertenecen a familias tradicionales. ¿Cuáles son esos apellidos? Aquellos que reúnen una serie de requisitos: aparecer en las membresías de los clubes "de elite" de la época (Club del Progreso, Jockey Club, Círculo de Armas); figurar en los listados publicados en la prensa de asistencia a eventos emblemáticos de la alta sociedad tradicional; estar incluidos en trabajos genealógicos que reconstruyeron la "sociedad porteña".17 Conviene subrayar, entonces, que los casos se eligieron por una variable específica: el origen social/familiar. La elección de este recorte para la muestra, quizá a riesgo de reiterar cosas ya dichas, vale resaltarse: el propósito fue identificar un elenco que fue preeminente en la composición de las elites argentinas hasta el Centenario, y que integró el círculo que por entonces se consolidó como el de mayor prestigio y sinónimo de alto estatus. En segundo lugar, este recorte permite calibrar el espesor que poseyó, y mantuvo a lo largo del periodo elegido un capital simbólico significativo por su singularidad en una sociedad inmigratoria (y que, además, fue un pilar identitario de las familias tradicionales). Precisemos al respecto que algunos apellidos fueron descartados porque, a pesar de que legítimamente podrían ser considerados como parte de la alta sociedad tradicional, también podrían no serlo (Fernández por ejemplo). Ahora bien, como toda muestra, esta tiene sus sesgos, que pueden tener implicancias interpretativas. Precisémoslos, para evitar tales riesgos.

En primer lugar, debido a que el objeto de análisis es una elite, es plausible suponer que la muestra puede tener un sesgo a favor de la endogamia, ya que es esperable que esta sea la conducta más recurrente en personas y/o familias con una posición social encumbrada. De algún modo se puede postular que el criterio de formación de la muestra no es totalmente independiente de lo que se pretende analizar. A modo ilustrativo, digamos que si nuestro estudio comenzara en un corte temporal distinto al aquí elegido (1860 en vez de 1900, por ejemplo), es probable que las pautas matrimoniales de nuestros casos presentaran un panorama distinto, debido al diferente estatus ocupado en aquella fecha más temprana. En síntesis, tomar como punto de partida una elite en su máximo momento de esplendor puede aparejar un sesgo en el retrato de sus conductas matrimoniales que no puede pasarse por alto. Por ello, el énfasis del trabajo no es el de "descubrir" la endogamia, sino el de ubicar los ritmos y el momento de aparición de la exogamia.

En segundo lugar, aquí se analiza un conjunto de casos cuyo requisito para haber sido incluidos en la muestra es variable, no constante: es una posición social (no una nacionalidad, por ejemplo).18 De ello se desprenden, por lo tanto, dos aspectos a tener en cuenta: que la posición social de un individuo o de una familia haya cambiado entre 1900 y 1940, y, por otro lado, que los atributos o cualidades que hacían a una posición social encumbrada se hayan modificado entre 1900 y 1940. Teniendo esto en cuenta, un problema eventual es si lo que emerge como endogamia o como exogamia lo fue efectivamente, o si, en cambio, sólo son fenómenos existentes en la muestra, por los criterios elegidos (un problema que también hubiera surgido si hubieran sido otros los criterios o atributos para recortar nuestro universo de análisis). Por ejemplo, pudo haber uniones que hayan vinculado a individuos y familias en una situación social similar pero con backgrounds familiares y sociales diferentes; o, a la inversa, individuos o familias que, a pesar de tener distinto estatus económico y social, se habrían vinculado por compartir algunos rasgos identitarios, como el origen familiar. Como se verá en las páginas que siguen, la muestra no es absolutamente opaca para advertir estas posibilidades históricamente plausibles, sobre las que también echan luz los retratos contemporáneos que se trazaron del alto mundo social y sus dinámicas. Por eso, en el desarrollo de los argumentos, el cruce de fuentes cualitativas con los datos derivados de la muestra será una operación recurrente para superar las limitaciones de esta última.

En tercer lugar, los casos fueron extraídos de las guías sociales de la época (Libro de Oro, Guía Social Valuta, Anuario Social —véase apéndice). Está claro que estas guías no publicaron todos los casamientos realizados en un año determinado, sino sólo algunos: los de aquellas familias que, para sus autores, tenían cierta gravitación social. Como ya señalamos, ello puede motivar que la endogamia esté sobrerrepresentada en la muestra, razón por la cual nos interesará, ante todo, identificar los momentos y ritmos de aparición de la exogamia. Este sesgo eventual de las fuentes debe contemplarse, pero tampoco, sin embargo, sobreestimarse, pues los listados crecieron notoriamente a lo largo del periodo, sugiriendo que los criterios de inclusión en las guías fueron algo laxos: piénsese que de las 800 familias que se relevan en las de fines del siglo XIX se pasa a alrededor de 4 000 en las de fines de la década de 1920. La laxitud de los criterios bien pudo tener relación con la búsqueda de ampliar el mercado de subscriptores (la modalidad de venta de estas publicaciones). En otras palabras, los criterios sociales y los comerciales parecen haberse conjugado en la confección de las guías, un rasgo que, puede pensarse, nos enfrenta a un universo no exclusivamente circunscrito a las elites, sino ampliado a familias con cierta reputación y prestigio pero no necesariamente integrantes de los sectores más encumbrados de Argentina (lo cual hace suponer, a su vez, que el sesgo hacia la endogamia, del que se ha tomado nota, como ya dijimos, tampoco sea demasiado categórico). Por todo esto, a su vez, las guías no sólo publicaron casamientos de familias tradicionales, sobre todo a medida que se avanza en el tiempo. Este dato, sin embargo, no incide en los resultados obtenidos, pues, como se dijo, no se tomaron todos los casamientos listados, sino sólo aquellos en los que al menos uno de sus protagonistas puede vincularse con las familias tradicionales (por eso puede advertirse en el cuadro 1 que la cantidad de uniones relevadas difiere según los años). Por otro lado, en algunos años las guías publicaban los enlaces realizados el año anterior al de su publicación, y en otros anunciaban los casamientos a hacerse al año siguiente a ella. En este último caso, por lo tanto, no todos los casamientos pudieron concertarse efectivamente. Aun así, se consideró que esto no tiene demasiada importancia porque a pesar de ello sí ofrecen información sobre pautas de elección. Finalmente, las guías son fuentes parcas para conocer aspectos generacionales, pues no figuran las edades de los consortes.

A pesar de estas limitaciones o silencios, debidamente contemplados para que no incidan en los balances interpretativos, se ha considerado que tanto las fuentes como el criterio de armado de la muestra son pertinentes para obtener evidencias empíricas que permitan edificar un panorama general y en perspectiva de las pautas matrimoniales de las familias tradicionales argentinas a lo largo de las primeras cuatro décadas del siglo XX.

 

TENDENCIAS

De la endogamia a una paulatina exogamia

El primer aspecto a resaltar es que a mediados de los años 1910 parece haber un punto de inflexión. Hasta entonces, predomina la endogamia (matrimonios entre las tres ramas señaladas: porteñas coloniales; del Interior; fundadas por inmigrantes y extranjeros anteriores a 1880). De allí en más, aumenta la exogamia: los casamientos endogámicos no alcanzan en ningún momento 50% de los casos relevados en los años veinte, treinta y cuarenta. El descenso, además, es gradual, no abrupto: desde proporciones cercanas a 48% en 1917 y 1924, los enlaces endogámicos pasan a ser la cuarta parte en 1935 y la quinta en 1944 (esta evolución sólo se ve matizada por el repunte a cerca de 41% en 1941).

El avance de la exogamia se advierte asimismo con otros datos derivados de la muestra. Consideremos por ejemplo el apellido de los consortes exogámicos. Es plausible afirmar que el apellido español o italiano (los orígenes preponderantes de la inmigración ultramarina en la Argentina del pasaje del siglo XIX al XX) nos enfrentaría con casos más cercanos al de hombres o familias nuevas, léase que ascendieron socialmente desde orígenes modestos. Pues bien, algo más de 60% de los consortes exogámicos de nuestros casos son de apellido italiano o español (véase apéndice, cuadro 2). Además, la evolución de la endogamia a la exogamia se acompaña de la predominancia de este tipo de casamientos exogámicos: en un extremo del periodo, en 1899, cuando prevalece la endogamia, los consortes exogámicos con apellidos del norte europeo superan ligeramente a los de origen español o italiano (trece contra diez); en 1944, cuando prepondera la exogamia, los casamientos exogámicos mayoritarios son con gente de apellido italiano o español (43 contra 21 de apellidos del norte de Europa) (véase también cuadro 2). Desde ya, es aventurado concluir sobre el lugar social de las personas a partir del perfil que sugiere la procedencia del apellido. Pero vale subrayar que esta operación es el resultado de la dificultad de encontrar información sobre los consortes exogámicos en las fuentes relevadas (el detalle de ellas, en el Apéndice): esto es especialmente aplicable a los de los años 1930 y 1940. Si esta carencia de información, este "anonimato", se considera un indicio de relevancia social, en esos años los consortes exogámicos no parecerían provenir de familias nuevas y ricas, o poderosas. En consecuencia, y siempre a modo tentativo, para los años treinta y cuarenta habría, en los vínculos matrimoniales exogámicos (por el origen de los consortes) de las familias tradicionales, una probable incidencia de casamientos con individuos que no provenían de la cima de la pirámide social argentina. La pregunta, entonces, se impone: ¿por qué se produjo este cambio?, ¿por qué se dio el paso de la endogamia a la exogamia?

En primer lugar, una explicación plausible es que el contraste entre una y otra conducta esté vinculado con el cambio en la situación social de nuestro elenco: en la belle époque de preguerra, y como reflejo de su apogeo y esplendor, las familias tradicionales argentinas fueron endogámicas; la declinación paulatina sufrida entre las décadas de 1920 y 1940, en cambio, estuvo ritmada por una distensión de esa conducta, por un giro hacia la exogamia.19

Sin entrar en el reacomodamiento político y económico sufrido por nuestro elenco en la Argentina de entreguerras, en sí sinuoso, y cuyas relaciones con las conductas matrimoniales exigirían un análisis que escapa a los límites de este artículo, entre antes y después del Centenario se produjo un importante cambio cultural que puede relacionarse con el cambio en las conductas matrimoniales: el mundo aristocrático heredado del siglo XIX cedió su lugar a un escenario más descontracturado.

En verdad, en los 20 años anteriores a la primera guerra mundial, la vida social estuvo fuertemente pautada, sobre todo para las mujeres. Las aspiraciones aristocráticas de la elite argentina de entonces motivaron, entre otras cosas, el abandono de códigos de relación relativamente espontáneos e informales (que rememoraron los nostálgicos cuando las nuevas tendencias cobraron fuerza)20 y la adopción de protocolos más rígidos. La etiqueta pasó a ritmar las conductas y los modos de relacionarse, y reinaron convenciones que llegaron a considerar indecoroso que un hombre entablara una conversación con una mujer de sociedad en la calle. En este nuevo escenario, según contó una contemporánea, "ni pensar salir solas con algún joven, el chaperonnage tenía fuerza de ley".21

Los nuevos códigos de comportamiento fueron réplicas locales de los usos europeos, y por ello, distaron de ser originalidades argentinas: la fuerte tutela sobre la mujer, por caso, estuvo en sintonía con la misoginia característica del siglo XIX en Occidente. Con todo, los testigos de entonces notaron que la alta vida social en Buenos Aires, si era menos encorsetada que en Europa, lo era más que en otras sociedades nuevas, como la estadunidense: "No es posible imaginarse la enorme diferencia que existe entre la libertad de que goza en el trato social la muchacha soltera de Norte América y la vida restringida de las jóvenes argentinas."22

Este mundo social hermético y estricto (que hemos explorado en otra oportunidad)23 parece haber respondido a una búsqueda de resguardo ante una sociedad efervescente, radicalmente transformada por la inmigración (el temor al advenedizo que tan reiteradamente aparece en la literatura de la época), pero más aún, fue el gesto de una elite que a comienzos del siglo XX, gracias a una prosperidad económica sin precedentes y a un estilo de vida que conjugó las pretensiones aristocráticas y las conductas plutocráticas, se sintió segura de su posición social y no consideró necesario abrir sus filas a nuevos integrantes. La relación entre clausura y rigidez del mundo social y endogamia resulta aún más nítida si se considera que hacia el 1900 los casamientos ya no fueron el resultado de las digitaciones de los padres, sino de las decisiones de los hijos e hijas. Como lo retrató ejemplarmente otra joven de la high life: "una muchacha debía casarse con el candidato que ella tenía la libertad de elegir, pero dentro del círculo en el cual la elección le estaba permitida".24

En coincidencia con esto, la muestra, según señalamos, nos devuelve una prevalencia de la endogamia hasta mediados de la década de 1910. Sin embargo, también vale señalar que la misma no es demasiado contundente: nunca superó 60% entre 1899 y 1912 (cuadro 1). La ausencia de testimonios que sugieran un alto mundo ineficaz en "cerrar el círculo" (por el contrario, como recién expusimos, el diagnóstico prevaleciente fue el éxito en circunscribir un mundo social dentro de cuyas fronteras la elite se reprodujo), invita a pensar que los incluidos en ese círculo fueron más que los integrantes de las tres ramas familiares aludidas (recordemos: porteñas coloniales, provincianas tradicionales e inmigratorias o extranjeras fundadas antes del último cuarto del siglo XIX). En otras palabras, es tentador pensar que hubo otros atributos o capitales al origen tradicional argentino para ser considerado un par por la elite del Centenario. Según lo que la muestra nos permite ver, el título de nobleza y la condición europea fue uno de ellos: aparecen casamientos entre mujeres de elite y nobles del Viejo Mundo (a menudo funcionarios diplomáticos en Buenos Aires), por ejemplo, el de Eleonor Martínez de Hoz con el barón V. Bussche–Haddenhauser en 1899 o el de Maura de Drysdale con el conde Bottaro Costa en 1904.25 Estos casamientos con personas ajenas a las familias tradicionales, en realidad refuerzan el retrato de una preponderancia de la endogamia social: el enlace con un noble europeo no era síntoma de declinación, sino de todo lo contrario, de consagración de estatus (ante la sociedad en su conjunto, y, por qué no, también en el interior de la elite).

El retrato de un alto mundo social que pierde eficacia en cerrar fronteras y en tutelar conductas emerge después de la gran guerra. Por entonces, las coordenadas culturales (otra vez en sintonía con lo que ocurría en el resto de Occidente) dieron un vuelco. Nuevos consumos (desde el jazz al tango; el cine; tendencias en la moda más sensuales), nuevas tecnologías (el automóvil), nuevas referencias (las estadunidenses por sobre las europeas) le dieron a las diferencias generacionales una estatura de ruptura. Los "modernos" años veinte enmarcaron el eclipse del mundo aristocrático proveniente del siglo XIX. Las dificultades de los mayores para controlar a los y las jóvenes, la vida autónoma que estos se daban y un contraste en conductas, en gestos corporales, en los modos de relacionarse (más íntimos, más desacartonados) es una semblanza que se repite al retratar el alto mundo social de la década de 1920. A tal punto, que se alertaba contra "el atolondramiento de esta nueva generación [...] esos jovencitos que huyen de nuestros salones, desdeñando alternar con niñas de su clase".26

En los años 1930, el diagnóstico fue aún más contundente: los espacios que habían enmarcado la vida social de comienzos de siglo eran para los jóvenes de entonces testimonios de lo obsoleto, vestigios del pasado, como lo precisó el presidente de uno de los clubes más exclusivos de la ciudad, el Círculo de Armas, al conmemorar su 50 aniversario en 1935:

las nuevas aficiones, la atracción del sport al aire libre, el vértigo de la velocidad y de la altura, el imán de los placeres más intensos y menos inocentes, han concluido para siempre con la grave cortesanía de los históricos salones, con la esgrima de la frase y con la charla jocunda que amaron nuestros mayores.27

Aunque es posible que los cambios hayan estado sobreestimados, excesivamente acentuados, como ocurre cuando las personas están convencidas de que viven un fin de época, las torsiones de las nuevas tendencias eclipsaron toda una serie de convenciones que habían guiado la vida de las familias tradicionales desde fines del siglo XIX.

En este contexto de mutaciones culturales hubo una especialmente relevante para lo que aquí nos ocupa: cambió, paulatinamente, la consideración de lo que era un "buen casamiento". En las décadas del veinte y del treinta, las referencias al origen familiar como credencial satisfactoria para ganar lugar en el mercado matrimonial de las familias tradicionales, conviven con (cuando no se ven sustituidas por) la ponderación de otros atributos: "un buen nombre, una buena familia, una abundante fortuna, un título universitario, hábitos de trabajo y ningún vicio".28 Como se entrevé en esta cita, el "nombre" ya no remite necesariamente a un origen patricio, sino a la noción de mérito, de respetabilidad. Desde ya, la asociación de la respetabilidad con un origen social tradicional fue recurrente: las familias más respetables eran aquellas que, justamente, podían demostrar una continuidad de la virtud a través de las generaciones. Sin embargo, esa asociación supuso algunas novedades: la antigüedad familiar ya no era prestigiosa sólo o incluso principalmente por indicar la pertenencia a un grupo fundacional y por ello excepcional (el "patriciado"), sino por condensar valores reconocidos por el conjunto de la sociedad. Además, poco a poco la respetabilidad y el origen social fueron disociándose: se podía ser virtuoso y respetable sin proceder de familias antiguas, como resultado del propio esfuerzo. La virtud remitía así a una cualidad individual, no social.29 En este escenario, por lo tanto, la antigüedad familiar como capital social y simbólico recortó su alcance y su sentido: era importante, desde ya, y prestigioso, pero no algo imprescindible para demostrar reputación.

El cambio de la endogamia a la exogamia, en consecuencia, puede ponerse en relación con estas mutaciones culturales: con la erosión de los cánones que habían pautado la alta vida social hasta mediados de la década de 1910, y su sustitución por criterios, si vale la expresión, más permisivos o tolerantes. En estas coordenadas, posiblemente lo que hubiera sido escandaloso en 1900 dejó de serlo (o ya no lo fue tanto) en las décadas de 1920 y 1930. Por ello mismo, si bien la exogamia es un cambio notorio de conductas, no debe verse como algo estrictamente traumático, pues no fueron necesariamente conductas a contramano de las convenciones imperantes, sino comportamientos que tradujeron nuevos códigos, normas y criterios. El eclipse de una alta sociedad endogámica (y quizá más aún, su distensión como grupo social) no fue necesariamente el resultado de las inconductas de la nueva generación, como la presentaron a menudo los contemporáneos, sino el inexorable desenlace de una profunda transformación cultural.

La aparición y la evolución de la exogamia (mas no sus implicancias) deben evaluarse con moderación no sólo por ello, sino también por su verdadero alcance. La muestra nos permite aprehender matices que no deben descuidarse. Uno de ellos es que prepondera más entre las mujeres que entre los hombres. A lo largo de todo el periodo, los enlaces exogámicos siempre frieron más numerosos en el universo femenino que en el masculino (salvo en 1935) (véase cuadro 2). La tasa de endogamia masculina, por su parte, como puede verse en el apéndice, cuadro 3, es siempre superior a la femenina, tanto cuando la endogamia prepondera en el cuadro general, como cuando el escenario se reorienta hacia la exogamia (exceptuando, otra vez, el año 1935).

Estas tendencias, en verdad, pueden pensarse en sintonía con las convenciones imperantes en las familias tradicionales, más que a contramano de ellas: para una "niña", casarse con un hombre de mérito, aunque "nuevo", no era necesariamente un mal casamiento. Sí lo era, en cambio, que un hombre de la elite lo hiciera con una mujer ajena a la alta sociedad, debido a que era deseable que la esposa proviniera del mismo mundo social que el marido, pues era quien educaba y socializaba a los hijos en las tradiciones y costumbres imperantes.30 A su vez, el temor a la "soltería", más pronunciado y peyorativo entre mujeres que entre hombres, también pudo incidir en que la exogamia fuera más frecuente entre las mujeres y que la misma no haya sido necesariamente escandalosa o sinónimo de un eclipse de las convenciones tradicionales (era mejor casarse con alguien, que no casarse). Es cierto, sin embargo, que el límite que imponen nuestras fuentes con relación a cuestiones generacionales impide calibrar el alcance de esta posibilidad.

Otro matiz a la exogamia proviene de casos poco importantes en términos estadísticos, pero sí ilustrativos. Por un lado, el de aquellos consortes exogámicos, pues tienen orígenes ajenos a las tres ramas tradicionales, que en la Argentina de los años treinta y cuarenta, sin embargo, provenían de familias que para entonces ya tenían una actuación importante en alguna franja de la vida social. Es el caso, por ejemplo, de apellidos como Repetto o Dickmann (vinculados a protagonistas de la vida política), que tienen enlaces con personas portadoras de apellidos tradicionales en estos años.

Otro tipo de consortes exogámicos, que aparecen en las décadas de 1930 y 1940 (momento, reiteremos, en el que ese tipo de uniones pasa a tener una primacía nítida) y que son poco visibles en las décadas de 1900, 1910 y 1920 son aquellos que, para simplificar la exposición, denominaremos de "apellidos compuestos". Estos son quienes tienen un apellido asimilable a las familias tradicionales, y otro ajeno a él (Canale Demaría; Parodi Cantilo; Barruti Lanús; Soldatti Posse; Cichero Ayerza, por citar algunos ejemplos). Estos casos, cuya paulatina aparición es tentador ponerla en relación con la evolución gradual que presenta la exogamia en la muestra, tienen un cariz muy singular: evidencian una apertura dada en la generación anterior a la del consorte (por ello los incluimos entre los exogámicos), pero a la vez también son personajes con cierta familiaridad con el alto mundo tradicional, o, cuanto menos, no del todo ajenos a él. Lo interesante es que en los años treinta y cuarenta, la mayoría de los consortes con "apellidos compuestos" son mujeres. En otras palabras, cuando prevalece la exogamia, la exogamia más moderada, el casamiento con personas de "apellidos compuestos" fue una conducta más frecuente entre los hombres que entre las mujeres de apellidos Tradicionales, tendencia que, por lo tanto, también puede pensarse como una expresión de la supervivencia de las convenciones más asentadas (en este caso, la mayor censura que recibía la exogamia masculina que la femenina). Un último pliegue sugerente de los casos con "apellidos compuestos" es que en 1935, 1941 y 1944 el apellido nuevo es el del padre, y el tradicional, el de la madre. En consecuencia, muestran que en la generación anterior, en los padres del consorte, existió la pauta convencional ya señalada: fue una mujer de familia tradicional la que se casó con un hombre nuevo. Pasando en limpio, entonces: la mayoría de los consortes con "apellidos compuestos" de las décadas de 1930 y 1940 fueron mujeres que, a su vez, eran hijas de un hombre nuevo y de una madre de familia tradicional.

En síntesis, los "apellidos compuestos" nos recuerdan lo pausado que fue el giro hacia la exogamia: indican, en tanto que casamientos exogámicos "moderados", que las convenciones tradicionales no murieron de manera repentina, a pesar de las voces de alarma; y que la búsqueda de un consorte en una franja de la sociedad no del todo ajena al mundo tradicional (en especial entre los hombres) siguió siendo deseable o bien visto.

Con todo, y para restituir el cuadro general, conviene precisar también la importancia relativa de los "apellidos compuestos". En el conjunto de los casamientos exogámicos tienen una importancia relativa aproximadamente similar en las décadas de 1930 y 1940, y nunca mayoritaria: 19 sobre 63 casamientos exogámicos en 1935; doce sobre 50 en 1941; trece sobre 64 en 1944. Su carácter minoritario se suma a otros indicadores (la preponderancia de apellidos italianos o españoles; el "anonimato" de estos casos) que permiten concluir que, cuando la exogamia pasó a prevalecer en las familias tradicionales argentinas, la misma, dentro de un crecimiento gradual y rodeado de matices, tendió a unir a integrantes de familias tradicionales con personas que habían tenido un ascenso social relativamente reciente, o que, al menos, poseían escasa familiaridad con el universo y el mundo social del que provenían sus maridos o sus esposas.

De la endogamia, ¿a la endogamia?

Señalamos que un sensible cambio cultural, que distendió criterios y pautas de relación fue contemporáneo al cambio en las conductas matrimoniales (también lo fueron cambios políticos y económicos que, quizá forzadamente, sumaron motivos para la atenuación de la clausura y de los pruritos elitistas).

Estas circunstancias permiten pensar por qué las familias tradicionales giraron de la endogamia a la exogamia. Sin embargo, no nos explican por qué hubo gente interesada en casarse con ellas. La existencia de consortes exogámicos es precisamente el indicador que nos muestra que ese interés existió (algo que merece resaltarse, pues es válido pensar que la declinación o la pérdida de gravitación de nuestro elenco bien podría haber provocado una "endogamia forzosa": casarse entre sí ante la ausencia de interés de otros por vincularse a ellas).

Este hecho nos enfrenta con dos puntos muy sugerentes. Uno es la funcionalidad que mantuvo en la Argentina de entreguerras un casamiento con una familia de la elite tradicional: cuál era el rédito que podía conseguirse con él. Desde ya, una respuesta concluyente a este interrogante exigiría una exploración familia por familia (también, tener presente que no siempre existen cálculos utilitaristas al momento de casarse, porque la gente se enamora). En una mirada global y en perspectiva, está claro que el protagonismo político, económico o incluso cultural de miembros de las familias tradicionales perduró; que no hubo un eclipse rotundo y rápido de este elenco en la Argentina democracia. Sin embargo, como hemos explorado en otra oportunidad, es posible concluir que el casamiento con una familia tradicional en las décadas de 1920 a 1940 recortó sus alcances como medio de promoción social en comparación con la Argentina de la belle époque de preguerra. No sólo por la declinación que afectó a algunas de ellas, sino por una razón más estructural: la misma transformación de la sociedad argentina. La progresiva complejidad que adquirieron todas las dimensiones de la vida social (la política, la cultura, la economía), se tradujo en canales y espacios singulares, independientes del arbitraje de la elite tradicional, para escalar y hacerse un lugar en esas dimensiones (desde el partido político a los cenáculos y sociabilidades intelectuales).31

Si se contempla que plausiblemente el costado funcional de un casamiento con una familia de elite tradicional menguo en la Argentina de entreguerras, la búsqueda de respuestas a por qué hubo interesados en casarse con ellas debe cambiar de ángulo, o contemplar otros, complementarios a aquel. Aquí aparece el segundo punto al que nos referíamos en el párrafo anterior y que es un problema que merece en sí mismo una exploración en profundidad, también mayor a la que se puede desplegar en estas líneas: qué imagen o qué representación de la clase alta tradicional circuló en la Argentina de entreguerras; cuál fue su reputación.

El cuadro que puede trazarse al respecto a partir de la historiografía que ha rondado este tema es ambiguo. Por un lado, las conductas políticas (posiciones antidemocráticas cada vez más recalcitrantes) y las decisiones económicas (un giro de la producción a la renta, en el caso de la elite terrateniente, la más íntimamente referenciada con las familias tradicionales de todos los sectores propietarios de la Argentina de las décadas de 1920 y 1930) tomadas por nuestro elenco en estos años contribuyeron a desacreditar su imagen pública.32 El estilo de vida ostentoso, a su vez, se adecuó mal a una sociedad en la que los valores del ahorro, el esfuerzo y la respetabilidad ganaron fuerza, alentando una crítica moral que circuló en los medios de prensa y se extendió a distintas manifestaciones culturales, de la literatura al tango.33

Frente a esto, sin embargo, la contracara: la irradiación simbólica de la elite tradicional perduró. Siguió siendo sinónimo de prestigio y de alto estatus. Una demostración ilustrativa al respecto es que algunas marcas referenciaron sus productos con este círculo social para prestigiarlos.34 Podría afirmarse, entonces, que la irradiación simbólica de la elite tradicional, su estatura como grupo de referencia en lo tocante al estatus y el prestigio perduró, aunque fue menguando. Los "apellidos compuestos" podrían pensarse como las expresiones, en la muestra, de semejante situación: su existencia, en sí misma, muestra el interés por mantener una referencialidad con el alto mundo tradicional (expuesta en la marca identitaria de portar el apellido); su carácter minoritario entre los casamientos exogámicos, por su parte, sugiere que esa referencialidad no fue una aspiración muy extendida o valorada.

Ahora bien, todo lo argumentado hasta aquí supone que el elenco de las familias tradicionales mantuvo una posición social encumbrada. No obstante, y como ya hemos señalado, no fue necesariamente este el cuadro de situación de todas ellas. Aun cuando no podemos inferir, con nuestros datos, las causas (aunque algunas de ellas son bien conocidas, como el impacto de la gran depresión en las familias terratenientes), la muestra, recordemos, nos ofrece indicios que pueden vincularse con la declinación de las familias tradicionales: el "anonimato" de la gran mayoría de los consortes exogámicos de las décadas de 1930 y 1940 es uno de ellos.

En verdad, la carencia de información sobre estos consortes puede pensarse como un indicio de la situación de las propias personas con apellido tradicional que se casaron con ellas. En otras palabras, es plausible sostener que aquí estamos frente a uniones que vincularon a familias en una situación económico social relativamente similar, y cuyas diferencias estaban más que nada en su origen y procedencia: para acudir a expresiones ilustrativas (quizá en desmedro del rigor analítico), que sean casamientos entre familias de sectores medios de orígenes inmigratorios y otras de orígenes tradicionales.

De este tipo de uniones se infieren, entonces, dos fenómenos muy interesantes. En primer lugar, que estos casamientos serían socialmente endogámicos, no exogámicos, porque habrían vinculado a familias de similar estatus económico social que sólo habrían diferido en sus orígenes familiares. Esta endogamia, sin embargo, no oculta dos fenómenos relevantes (más bien los expone): la ya comentada declinación de parte del elenco de las familias tradicionales y, por otro lado, la pérdida de importancia del origen familiar como marca identitaria, y más en general, como atributo estratificante (algo que bien puede leerse como una demostración de las limitaciones de los atributos inmateriales en una sociedad capitalista). Es decir, poseer un apellido tradicional ya no fue en la década de 1930 un capital suficiente para tener un lugar en las elites argentinas o, al menos, una cualidad que por sí misma haya alentado a las familias tradicionales a casarse entre sí.

En segundo lugar, y en otro sentido, la declinación de parte de las familias tradicionales, quizá paradójicamente, pudo contribuir a la vigencia de la irradiación simbólica de nuestro elenco, pues el apellido tradicional, en vez de remitir a elites de creciente descrédito, pasó a ser un capital de distinción en el seno de los sectores medios. Así, es posible pensar que nuestro elenco retuvo una supervivencia (simbólica) cuando se estaba desdibujando como actor colectivo, debido a la diáspora que lo afectó bajo los efectos de la movilidad, ascendente y descendente, de la Argentina de entreguerras.

 

CONCLUSIONES

Una conclusión que puede desprenderse de la muestra, retomando lo señalado en el final del apartado anterior, es que si se mira en perspectiva el periodo 1900–1940, al comienzo del mismo el origen social tradicional fue un criterio de peso entre las familias tradicionales al momento de concertar matrimonio (la endogamia prevaleciente entre ellas es su principal evidencia), mientras que dejó de serlo al final. La pérdida de importancia de ese capital, sin embargo, no podría leerse necesariamente o en todos los casos como un giro de la endogamia a la exogamia, pues probablemente las familias tradicionales de las décadas de 1930 y 1940 se casaron, como lo habían hecho a comienzos de siglo, con gente a la que consideraron iguales sociales (aun cuando debieran hacerlo a regañadientes, como probablemente ocurrió entre las que declinaron socialmente). La exogamia, evidente al ponderar los orígenes familiares de los consortes, no habría sido en verdad tal si hubieran sido otros los criterios considerados. Vimos, después de todo, que hubo capitales compensatorios o equivalentes al del apellido tradicional: desde ya, seguramente, económicos; entre los sociales, la respetabilidad, posiblemente, fue el más importante en la Argentina de entreguerras. Algo así, incluso, ocurrió en los años de la belle époque: la endogamia social fue más pronunciada que la que se infiere de los casamientos que vincularon a las familias tradicionales entre sí (nunca superiores a 60%), debido a los enlaces con personas que fueron pares sociales o, más aún, que sirvieron para ratificar la condición de elite de las familias argentinas, a pesar de no provenir de los círculos patricios (los nobles europeos). En este sentido, retomando lo argumentado al comenzar este artículo, otra conclusión que se puede inferir de nuestro trabajo es la dificultad de identificar todos los criterios y pautas que mueven a la gente al momento de elegir consorte, pues los mismos, al compás de las mutaciones de la sociedad, y del lugar de la gente en ella, cambian.

Destilando la lectura, podría inferirse que en realidad la importancia del origen social en el funcionamiento del mercado matrimonial es resultado de la muestra aquí estudiada, y no necesariamente un fenómeno "real": esto es, la gente de elite a comienzos de nuestro periodo se casó entre sí, y también lo hizo al final, sólo que, como hubo una recomposición en las elites, la preponderancia del apellido tradicional en el mercado matrimonial menguó al compás de la renovación de los elencos de los sectores encumbrados. Desde este mismo punto de vista, el apellido como marca identitaria de las elites argentinas habría existido cuando las condiciones objetivas lo hicieron posible, léase cuando en su universo social preponderaron las familias tradicionales, y dejó de serlo cuando esa prevalencia declinó.

Semejante retrato, plausible, hace perder de vista algunos matices. El más importante es que subestima el peso del origen social, del apellido tradicional: en verdad fue un pilar central en la constitución y en la identidad de las familias tradicionales como un actor colectivo en el pasaje del siglo XIX al XX. Su pérdida de importancia como criterio al momento de concertar matrimonio merece rescatarse porque es un fenómeno relevante en sí mismo. Es decir: casarse con gente de distinto origen social pudo no haber sido un casamiento exogámico en sentido estricto y, más aún, ni siquiera una conducta que pueda asociarse únicamente con la declinación social. Así habría sido en el caso de aquellas familias tradicionales que retuvieron posiciones encumbradas y que se vincularon con familias nuevas de elite (una conducta, sin embargo, que en la muestra no es preponderante, como se infiere del anonimato de los consortes, signo verosímil de su escasa gravitación social). Pero, con estas nuevas pautas y conductas, las familias tradicionales distendieron sus relaciones recíprocas, en un escenario en el que sus caminos se bifurcaron (posiblemente, los caminos bifurcados alentaron la distensión). Así, algunas sobrevivieron individualmente en elites renovadas, mientras que otras declinaron. En consecuencia, mirar las cosas desde la perspectiva planteada en el párrafo anterior (la gente de elite se casó, a comienzos y a finales de nuestro periodo, entre sí, nada más cambiaron el elenco y los criterios) es válido y verosímil, pero nos impediría ver un fenómeno que aquí hay que destacar: la pérdida de densidad e incluso del carácter de actor colectivo de las familias tradicionales argentinas (algo que habían sido, al menos, hasta el Centenario).

Un segundo matiz se deriva, también, del peso identitario que el origen social tuvo en nuestro elenco. Es cierto, como hemos argumentado páginas arriba, que hubo cambios culturales en los años de la primera posguerra que seguramente las hicieron más permeables que en la belle époque de comienzos del siglo XX. Sin embargo, los ritmos de esos cambios fueron pausados (los casamientos exogámicos, por ejemplo, fueron más frecuentes a través de las mujeres, algo en consonancia con las convenciones más tradicionales), y no avanzaron sin resistencias. En este contexto, y a pesar de una tendencia, insistamos, conducente al cambio más que a la permanencia de conductas y cosmovisiones, parece difícil que las familias tradicionales encumbradas hayan abandonado rápidamente uno de sus pilares identitarios más asentados y más singulares, el apellido tradicional, a menos que las circunstancias lo hayan exigido.

Desde este punto de vista, es verosímil plantear que el casamiento con personas de orígenes sociales diferentes, siendo una pauta en extensión, haya sido una conducta más usual entre las familias tradicionales que declinaron socialmente, que entre las que retuvieron un lugar en las elites argentinas. Una hipótesis a profundizar en este sentido es que los casamientos endogámicos por origen social de las décadas de 1930 y 1940 (minoritarios, recordemos, en nuestra muestra) hayan sido los de las familias Tradicionales que por entonces mantuvieron poder económico o político. Es una conjetura interesante, porque abre la posibilidad de pensar que el mercado matrimonial de las elites argentinas, a medida que su elenco se renovó y a pesar de una tendencia general en la que el origen social perdió estatura y significación, tuvo segmentaciones que no habían tenido demasiado espesor en la Argentina del Centenario, cuando su composición había sido más uniforme. Más aún, es tentador pensar en mercados matrimoniales diferentes entre familias tradicionales de elite y de sectores medios: en aquellas, entonces, el origen social no habría perdido importancia rápidamente, debido a un interés por resguardar una distinción simbólica en unas elites renovadas, mientras que en las de sectores medios la unión con familias nuevas habría sido más rápida, o al menos, frecuente (y quizá, también, más forzada que entre aquellas que tuvieron estas conductas pero mantuvieron una posición de elite).

Lo cierto es que, de la muestra, y a pesar de las limitaciones ya señaladas, surgen por lo tanto evidencias que nos indican la recomposición de las elites, y la diáspora de las familias tradicionales en la Argentina de entreguerras. A propósito de esto, una de las conclusiones más sugerentes que pueden inferirse de nuestro análisis es que esa diáspora pudo haber contribuido a que los pilares identitarios de las familias Tradicionales mantuvieran una significación simbólica cuando ya se había desdibujado su entidad como actor colectivo: las familias de elite que pasaron a engrosar los sectores medios permitieron que el origen Tradicional se desligara de una referencialidad estrecha o exclusiva con unas clases dominantes progresivamente carentes de legitimidad ante la sociedad. Los "apellidos compuestos", recordemos, minoritarios en términos estadísticos pero sugestivos, porque son casos que aparecen en las décadas de 1930 y 1940, son el indicio, en la muestra, de que el apellido tradicional siguió teniendo un lugar como símbolo de reputación. Por lo tanto, la perduración, en la sociedad argentina, de la vigencia (o si se quiere, cambiando el ángulo, la agonía paulatina) no sólo de remitir a una condición de elite, de ese capital simbólico que había sido sino del declive de este elenco en la Argentina marca identitaria muy fuerte de las tina de entreguerras. familias tradicionales, pudo así derivarse no sólo de remitir a una condición de elite, sino del declive de este elenco en la Argentina de entreguerras.

 

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Prensa

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Abonados a los palcos del viejo Teatro Colón, El Diario, 15 de mayo de 1884.         [ Links ]

Baile Anual del Club del Progreso, El Diario, 9 de julio 1884.         [ Links ]

Corso de las flores, El Diario, 3 de noviembre de 1888.         [ Links ]

Premio Jockey Club, Hipódromo de Palermo, El Diario, 7 de septiembre de 1896.         [ Links ]

Premio Nacional, Hipódromo de Palermo, El Diario, 5 de octubre de 1896.         [ Links ]

Baile Inaugural Palacio Jockey Club, La Nación, 1 y 2 de octubre de 1897.         [ Links ]

Gala Inaugural del nuevo Teatro Colón, La Nación, 25 de julio de 1908.         [ Links ]

Premio Nacional, Hipódromo de Palermo, La Nación, 9 de septiembre de 1911.         [ Links ]

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NOTAS

1 Losada, Aba, 2008.

2 Losada, Historia, 2009, pp. 207–23S. Véase también Germani, Política, 1962.

3 Véase Vicuña, Belle, 2001; Stabili, Sentimiento, 2003; Needell, Tropical, 1987, y Nutini, Mexican, 2004.

4 Para una visión de las tendencias actuales en esta historiografía, véanse los dossier: Paz, "Elites", 2007, y Losada, "Elites", 2009. El primero lo integran los trabajos: Bragoni "Linaje", 2007, pp. 13–34; Herrera, "Redes", 2007, pp. 35–54; Gayol, "Exigir", 2007, pp. 55–80; Losada, "Alta", 2007, pp. 81–96, y Castro, "Liberados", 2007, pp. 97–114. El segundo, por su parte, está compuesto por los artículos de Hora, "Grandes", 2009, pp. 307–337; Bruno, "Vida", 2009, pp. 339–368; Alonso, "Partido", 2009, pp. 369–388, y Paz, "Roquismo", 2009, pp. 389–410.

5 La investigación pionera y de referencia obligada al respecto es Halperin, Revolución, 1972.

6 Como excepción a esta tendencia, aunque con una marca sociológica más que histórica, citemos los trabajos, ya clásicos, de Imaz, Mandan, 1964, y Clase, 1959.

7 Una excepción, referida a los reacomodamientos económicos, es el trabajo de Hora, Terratenientes, 2002.

8 Con relación a estos últimos, véanse Moutoukias, "Réseaux", 1992, pp. 889–915, y "Negocios", 1996, pp. 37–55.

9 Véase González, Civilidad, 2001.

10 Véase Otero, "Endogamia", 2000.

11 Véase Pareto, Rise, 2000.

12 Véanse entre otros, Balmori, Voss y Wortman, Alianzas, 1990; Socolow, Mercaderes, 1991; Punta, Córdoba, 1997; Maca, Tierra, 2000; Bascary, Familia, 1999, y Paz, "Familia", 1997, pp. 145–174.

13 Gelman, "Cabildo", 1985, pp. 3–20, y "Economía", 1987, pp. 89–107.

14 Véanse Cannadine, Decline, 1990, y Stone y Fawcier, Open, 1986.

15 Véase Cardoza, Arístocrats, 1998.

16 Losada, Alta, 2008, pp. 1–44.

17 Remito al apéndice para precisiones sobre el armado de la muestra, y listado de fuentes.

18En la Argentina, recordemos, no hay criterios de estatus que "naturalicen" una posición de elite (como los títulos de nobleza en Europa, por ejemplo).

19 Hemos señalado que la endogamia en el mercado matrimonial de elites en apogeo ha sido planteada para Casos contemporáneos al aquí estudiado. Véase Cannadine, Decline, 1990; también Vicuña, Belle, 2001. La apertura como rasgo o causa de la declinación de elites puede verse formulada, como también comentamos, en Pateto, Rise, 2000.

20 Véase por ejemplo Wilde, Buenos, 1960; Calzadilla, Beldades, 1982; Quesada, Memorias, 1998.

21 Peers, Éramos, 1969, p. 105.

22 Impresiones, 1911, p. 374.

23 Losada, Alta, 2008.

24 Jurado, Descubrimiento, 1989, p. 163.

25 Véanse, respectivamente, Libro de Oro, "Casamientos, 1899", 1900, p. 146, y "Matrimonios", 1904, p. 170.

26 "Notas sociales de la Dama Duende", Caras y Cardas, núm. 970, año XX, 5 de mayo de 1917. Véase también García, Chiche, 1955.

27 Círculo, Centenaria, 1985, p. IS.

28 Loncán, Aldea, 1933, p. 124.

29 Estas nociones pueden leerse en distintos textos de los años veinte y treinta. Véase por ejemplo Gálvez, Espíritu, 1924, pp. 1(1 y ss. Véase también Míguez, "Familias", 1999, pp. 21–45.

30 Losada. Alia, 2008, pp. 93–147.

30 Losada. Alia, 2008, pp. 93–147.

31 " Losada, "Oligarquía", 2007, pp. 43–75.

32 Con relación a la elite terrateniente, véase Hora, Terratenientes, 2002, pp. 282–300.

33 Losada, Alta, 2008, pp. 357–364.

34 Véase Rocchi, Chimmeys, 2006, p. S3.

 

INFORMACIÓN SOBRE EL AUTOR:

Leandro Losada. Doctor en Historia por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). Investigador del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina) y del Instituto de Estudios Histórico Sociales (IEHS), de la UNICEN. Especialista en historia social, enfocado en las elites en Argentina. Autor de La alta sociedad en la Buenos Aires de la belle époque (2008) y de Historia de las elites en la Argentina. Desde la conquista al surgimiento del peronismo (2009). Editor de Esplendores del Centenario. Relatos de la elite argentina desde Europa y los Estados Unidos (2010). Obtuvo becas, subsidios y premios de varias instituciones: Fundación Carolina, Fondo Nacional de las Artes, Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, CONICET, Presidencia de la Nación, Academia Nacional de la Historia, entre otras. Se desempeña como profesor en la UNICEN y en la Universidad Torcuato Di Telia.