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Secuencia

versão impressa ISSN 0186-0348

Secuencia  no.81 México Set./Dez. 2011

 

Artículos

 

El impacto de la guerra en los comerciantes minoristas de la campaña bonaerense, 1815-1821

 

The Impact of War on Retail Traders in the Buenos Aires Campaign, 1815-1821

 

Julián Carrera

 

Fecha de recepción: septiembre de 2010
Fecha de aceptación: diciembre de 2010

 

Resumen

El proceso revolucionario y las posteriores guerras civiles generaron un fenómeno de militarización asociado al bandolerismo que azotó sobre todo el ámbito rural. En este marco las pulperías de la campaña bonaerense, al igual que las haciendas, habrían sido afectadas especialmente por esta situación. Los registros fiscales indican que a fines de la década de 1810 se produjo un marcado descenso del número de pulperías de la campaña, muchos pulperos fueron "exonerados" del pago de los impuestos por haber sido saqueados por "tropas federales", por "montoneras" y en algunos casos por incursiones indígenas en la frontera. La información sugiere que, tanto para las sociedades indígenas como para los ejércitos intervinientes en la guerra civil, las pulperías eran un blanco seguro, pues allí se proveían de recursos y podían obtener, en algunos casos, dinero líquido.

Palabras clave: Guerra civil, militarización, pulperías, saqueos, contribución extraordinaria.

 

Abstract

The revolutionary process and subsequent civil wars created a phenomenon of militarization associated with the banditry that affected the countryside. Within this frame-work, general stores in the Buenos Aires campaign would have been particularly affected by this situation, as were the haciendas. The tax registers indicate that the decade from 1810 to 1820 showed a sharp increase in the number of general stores in the campaign. Many general store owners were "exempted" from tax payment due to having been looted by "federal troops," troops of mounted rebels and in some cases, by indigenous raids on the border. The information suggests that for both indigenous societies and the armies that intervened in the civil war, general stores were a safe target, since they could obtain resources there and in some cases, cash.

Key words: Civil war, militarization, general stores, looting, extraordinary contribution.

 

En el contexto de Buenos Aires y su campaña, el proceso revolucionario y las posteriores guerras civiles generaron un fenómeno de militarización que azotó sobre todo las provincias del Litoral y el ámbito rural bonaerense con el permanente tránsito de ejércitos tanto regulares como irregulares. Tulio Halperín Donghi planteó que la revolución y la guerra posterior tuvieron consecuencias económicas y sociales enormes. En ese periodo la obtención de recursos fue la preocupación fundamental tanto para los ejércitos regulares como para los nuevos cuerpos armados que surgieron en las guerras civiles.1 Este fenómeno de militarización y la necesidad acuciante de recursos tuvo sus repercusiones a escala local a través de mecanismos tanto legales (exacciones fiscales) como ilegales (saqueos). En este marco las pulperías de la campaña bonaerense, al igual que las haciendas, habrían sido afectadas especialmente por la coyuntura bélica. Halperín Donghi señaló que comerciantes y hacendados frieron los más afectados por la política fiscal del gobierno revolucionario; los primeros debieron contribuir con dinero (contribución extraordinaria) y los segundos con ganado. Pero estos grupos no sólo fueron afectados por las necesidades fiscales, también por las prácticas militares que se desataron tras la revolución y fundamentalmente con las formaciones armadas que emergieron en la guerra civil.

El propósito de esta investigación es explorar el impacto que sobre el comercio minorista tuvo la guerra entre facciones criollas a fines de la década de 1810 y la evolución de ese sector afectado en los años posteriores, cuando retornó la paz. En definitiva, el tema elegido es un aspecto más de las múltiples funciones que cumplían las pulperías en el ámbito moral. Intentaremos abandonar la mirada "desde arriba", que atiende a los hechos e ideas de los grandes protagonistas y que brinda una imagen panorámica del proceso general. El enfoque adoptado se enmarca dentro de los estudios que ven el fenómeno de la guerra en relación con el orden social más cotidiano.2 Esta perspectiva propone una observación más regional o local preocupada por "los de abajo" y los efectos de la guerra a escala micro, prestando especial atención a la participación de los actores subalternos. En el presente trabajo partimos del supuesto de que en contextos bélicos las necesidades de recursos suelen hacerse imperiosas y los blancos más perseguidos para satisfacer esa demanda serían los pulperos en el ámbito rural, pues eran los principales y a veces los únicos comerciantes de la campaña con disponibilidad de bienes de todo tipo y, en muchos casos, de dinero líquido. Por lo dicho, queda claro que aquí la atención se concentrará fundamentalmente en los saqueados y no en los saqueadores.

El contexto socioeconómico de los episodios historiados aquí es el de fines del periodo colonial e inicios del independiente, cuando la región pampeana experimentaba un proceso de crecimiento económico vinculado a la exportación de cueros hacia Europa que generó, entre otras cosas, un avance sobre tierras de frontera y la incorporación de migrantes del interior. En los años ochenta del siglo pasado se inicia la relectura de la vieja imagen del mundo rural rioplatense que aún tenía y tiene continuadores.3 La revisión más significativa fue aquella que puso en duda el predominio del latifundio y la clase terrateniente colonial en la campaña bonaerense. De la pluma de Halperín Donghi surgieron estos primeros cuestionamientos en los años sesenta; el autor demostró que el peso económico y social de los estancieros coloniales era muy modesto y le atribuyó a los comerciantes una influencia muy superior en la campaña.4 Más allá de los desacuerdos que surgieron en torno a la nueva mirada del mundo rural rioplatense existen algunos puntos básicos que están prácticamente fuera de discusión.5 En primer lugar se abandonó la visión de una campaña exclusivamente ganadera, la comprobación de una considerable producción agrícola y hortícola en vastas zonas de la campaña dio un golpe mortal a aquella imagen. En segundo lugar, y estrechamente vinculado a lo anterior, la idea de una pampa despoblada y surcada por un puñado de gauchos errantes también ha perdido toda fuerza; las posturas más extremas cuestionan incluso hasta la propia existencia real del gaucho, sin desestimar su fuerte arraigo ideal o imaginario.6 La presencia de numerosos productores rurales pequeños y medianos también ha sido demostrada en forma consistente; esto no implicaría desde luego la ausencia de la gran estancia.7 Finalmente, se ha dejado de lado la dicotomía ciudad-campo al descubrirse estrechas relaciones entre el espacio urbano y el rural a través del flujo constante de personas y productos en ambas direcciones.

En este contexto historiografico hemos realizado en otros trabajos un análisis exhaustivo de la participación de los pulperos rurales en materia económica, política y social tanto en la campaña en general como en el interior de los pueblos. Allí destacamos, en primer lugar, la gran cantidad de pulperías existentes en toda la campaña y una clara tendencia a aumentar su número. La densidad de pulperías en relación con la población era muy alta: en casi todos los pueblos de la campaña había una por cada menos de 100 habitantes.8 Los pueblos con mayor número de pulperías eran los cercanos a la capital, con más de 50 locales habilitados, luego se destacan Chascomús y Lobos en el sur y San Nicolás en el norte. La posición privilegiada de muchos pulperos es otra característica que hay que resaltar; la misma se sustentaba en su patrimonio, en la diversidad de actividades económicas que desarrollaban y en sus vínculos con el poder local. La pulpería típica de pueblo manejaba un capital de 300 pesos, pero no era extraño encontrar algunas que superaran los 1 000 pesos en giro. Por otro lado la mercadería que ofrecían era muy variada: alimentos, bebidas, vestimentas, herramientas, etc.9 Distintos trabajos sobre el mundo rural pampeano coinciden en tipificar al pulpero como un personaje de suma relevancia económica pero, en general, dichos estudios se enmarcan en situaciones o contextos de relativa "normalidad" y no en coyunturas de abierto conflicto, ya sean guerras, malones o crisis económicas.10 Este tema específico no ha sido muy tratado hasta el momento y por lo general se encuentra diluido dentro de los estudios más generales sobre las guerras de independencia, el caudillismo y las montoneras, tanto para el contexto rioplatense como para el latinoamericano. No obstante, la referencia a los saqueos es habitual, y la idea del robo sistemático como fuente de financiamiento de los ejércitos (i)regulares está presente en muchos textos. Alberto Flores Galindo, en sus estudios sobre la insurgencia andina, planteó que el saqueo era la forma de mantenerse de las tropas (montoneras) que se formaron durante la guerra de independencia.11 Pero no sólo los grupos armados llevaban adelante esta práctica; como sostiene Charles Arnade, la guerra permitió a muchos una oportunidad para la "vida libre" por fuera de la ley.12 Charles Walker, en su estudio sobre bandoleros y montoneras, plantea que en las guerras de independencia surgen distintos tipos de actores, los soldados, los montoneros y los vándalos, y todos ellos conforman un gran número de individuos armados y mera de control.13

En el caso de las guerras civiles argentinas las imágenes tradicionales asociaron el robo con la anarquía y la barbarie encarnada en los denominados caudillos federales.14 Estos personajes habrían surgido en el periodo de alta conflictividad interna, entre 1815 y 1820, cuando el llamado poder central se enfrentó a los poderes emergentes en las provincias.15 Empero, la práctica del saqueo no es patrimonio exclusivo de un grupo político-militar sino de rodos los cuerpos armados que surcaban las campañas y los pueblos. José Busaniche describió el brutal ataque a Santa Fe protagonizado por el ejército porteño al mando de Díaz Vélez en 1815: "se mantuvieron 28 días continuando el saqueo, y cuanto dinero había, piara labrada, pulperías, trastos de las casas, lo que no llevaban a los cuarteles lo quebraban".16

El autor rechaza de plano la idea sobre los ejércitos directorales como representantes de la civilización... En este sentido, Halperín Donghi señaló hace tiempo que la brutalidad de los ejércitos porteños generó en los pueblos una visión negativa debido a su soberbia y a sus prácticas brutales.17 Otro ejemplo claro es el de Juan R. Balcarce y su actuación en la guerra civil en representación del Directorio; el propio Mitre remarcó los saqueos que practicó en sus incursiones a Santa Fe.18 En el mismo sentido Juan Alvarez señaló que la tropa de Balcarce actuó con la "ferocidad de pieles rojas" (citado por Busaniche).19 Los últimos enfoques sobre las guerras civiles retomaron la idea del empleo del saqueo como modus operandi necesario para el financiamiento de la guerra. Los trabajos de Raúl Fradkin y Silvia Ratto plantean que la militarización a escala local tuvo efectos devastadores por el accionar de contingentes militares y de distintos grupos indígenas. Fradkin caracteriza al bandolerismo emergente en la campaña como el accionar de gavillas que asaltaban caminos, pueblos y unidades productivas.20 Por su parte, Ana Frega, en un estudio sobre las montoneras artiguistas, plantea que la obtención de botines no es un simple acto de barbarie sino una expresión de los reclamos tradicionales que incluyen cierto contenido social.21 Como señalamos, el tema del saqueo no es nuevo; ya hemos visto a los detractores de los caudillos presentando el robo y la violencia como forma de financiamiento de los grupos armados irregulares. La novedad reside en ver los efectos de estas prácticas en el mundo cotidiano de los pueblos, captar la experiencia de la guerra en la base de la sociedad. Dentro de esta temática entendemos que los pequeños comerciantes rurales habrían sido afectados especialmente por las coyunturas bélicas, al igual que las unidades productivas ganaderas, y aquí intentaremos presentar un ejemplo del impacto de la guerra en la vida de los pueblos bonaerenses. En definitiva el presente estudio pretende articular los grandes procesos con las formas cotidianas de experimentarlos.

 

EL IMPACTO DE LA GUERRA EN LA CAMPAÑA BONAERENSE

El enfrentamiento entre tropas de Buenos Aires y del Litoral tuvo varios capítulos y fue mudando de escenario. A grandes rasgos podemos decir que hasta 1818 los principales encuentros se dieron en tierras del Litoral, sobre todo en suelo santafesino. A partir de 1819 el teatro de la guerra se trasladó a la campaña de Buenos Aires con una sucesión de episodios que durarán hasta fines de 1820. He aquí un breve repaso de los acontecimientos más sobresalientes que involucraron a la campaña porteña. En febrero de 1819 San Nicolás es invadido por tropas del Litoral inaugurando el periodo de incursiones federales en el espacio bonaerense. En octubre de ese año, Estanislao López y José Miguel Carrera asaltan Pergamino con más de 800 hombres; este es el primer hecho de envergadura en la zona.22 El máximo enfrentamiento entre los bandos en conflicto de este periodo de la historia argentina se produjo en febrero de 1820, y su consecuencia inmediata será la disolución del gobierno central. Nos referimos a la batalla de Cepeda, en la cual las tropas federales del Litoral derrotaron al ejército porteño justo en el límite entre las provincias de Buenos Aires y Santa Fe. Tras el triunfo, el ejército federal avanza sobre roda la campaña norte y oeste de Buenos Aires instalando su cuartel general en el pueblo de Pilar. Mientras tanto, el gobierno porteño, una vez disuelto el Directorio, organiza un ejército con el general Soler a la cabeza y se instala en el pueblo de Morón. En junio este cuerpo armado es derrotado en Cañada de la Cruz por las tropas de López, Carrera y Alvear. El 2 de agosto del mismo año Dorrego, al frente de las tropas porteñas, ataca a los caudillos del Litoral en San Nicolás, y a fines de ese mes López y Carrera saquean nuevamente Pergamino. Finalmente, a comienzos de diciembre el caudillo chileno arrasa el pueblo de Salto, siendo el último episodio de magnitud que asoló la campaña bonaerense.23

Ahora bien, numerosos trabajos monográficos sobre la historia de los pueblos de la provincia de Buenos Aires hablan de los ataques que sufrieron en distintos periodos de su historia; en general son estudios enmarcados en la visión tradicional del caudillismo y la montonera. José de la Torre dedicó un estudio al pueblo de San Nicolás y señaló que el norte de Buenos Aires, en la década posrevolucionaria, fue asolado por huestes enardecidas: "El robo, el incendio, el crimen, las ejecuciones capitales sin forma de proceso, el desenfreno de todas las pasiones... Tal es el panorama que nos ofrece este pueblo en el año 1820."24

Julio César Raffo de la Retta, en su obra sobre el chileno José Miguel Carrera hace referencia a las andanzas de este singular personaje:

ejercía una verdadera piratería terrestre al amparo del desorden [...] En los intervalos, de combare a combate, hacía correrías por las estancias de Buenos Aires y arreaba millares de ganados del que luego disponía con entera libertad.25

Luego menciona el episodio en el cual invade el pueblo de Salto junto a un grupo de indígenas cuyo principal objetivo era el saqueo y el pillaje. Jorge Newton describió el accionar de Ramírez y Carrera en la campaña bonaerense como un avance desenfrenado que arrasa y se queda con cuanto se encuentra a su paso.26

Los estudios de Raúl Fradkin y Silvia Ratto plantean que a mediados de la década revolucionaria la frontera norte de la campaña se transformó en una zona particularmente conflictiva.27 La situación se volvería crítica a partir de un hecho concreto: la invasión de López y Carrera a Pergamino en octubre de 1819; ahí pulperos y estancieros habrían sido el principal blanco.28 Aquí trataremos los efectos de estos ataques, en particular sobre el comercio minorista y en general en la vida de los pueblos de la campaña bonaerense.

La primera referencia historiográfica de los hechos que abordaremos aquí ya la encontramos en la obra emblemática de Bartolomé Mitre:

y López, después de hacer una correría por las inmediaciones, arrebatar caballos y ganados, y saquear rodas las expediciones comerciales que encontró en los caminos, regresó a su territorio cargado de botín dejando tras de sí el espanto y la desolación en toda la extensión del arroyo del medio.29

Quienes escribieron posteriormente la historia de Pergamino presentaron este episodio enmarcado en el periodo más difícil de su vida pueblerina:

vio sus calles y su campiña ensangrentada más de una vez, a raíz de esa guerra cruel y sanguinaria [...] Dio su contribución de carne humana a la boca voraz del caudillaje y la montonera y los cimientos de las pocas casas que constituían el núcleo de la población retemblaron más de una vez ante el galope de la caballería, cuyos hombres, lanza en ristre, entraban por su callejuela ya para cometer actos de pillaje capitaneados por López o Carrera, ya para castigar al enemigo guiados por Pico, Obando o Dorrego.30

El asalto de López y Carrera no sólo arrasó el núcleo del pueblo sino todo su entorno. Oscar Melli refiere que en dicho episodio los montoneros además de asolar el pueblo se retiraron con un arreo de 4 000 caballos, y que la falta de dichos animales debido a estos ataques en la frontera norte era una preocupación para los ejércitos directoriales.31 El asalto de Pergamino no es más que uno de los tantos episodios que afectaron la vida cotidiana de los pueblos bonaerenses tras desatarse el abierto conflicto entre el Directorio y las provincias del Litoral. Melli describe la situación del norte bonaerense tras la batalla de Cepeda:

En varios distritos, las poblaciones huyeron presa del pánico; los comandantes militares abandonaron sus puestos dejando a los habitantes sin autoridad, sin amparo y librados a su propia suerte [...] cundía el terror ante la audacia e impunidad con que actuaban los delincuentes, a los que se sumaba el peligro de los indios.32

En adelante intentaremos dimensionar el impacto de estos acontecimientos, en especial sobre los comerciantes locales, a la luz de los registros fiscales que gravaban su actividad.

 

ALGÚNOS NÚMEROS

Las contribuciones extraordinarias eran un impuesto implementado luego de la Revolución de Mayo para acrecentar los ingresos fiscales necesarios para el financia-miento de la guerra que llevó adelante el nuevo Estado independiente contra las fuerzas realistas. Para el caso de las pulperías, debían abonar una suma de acuerdo al capital en giro, aunque no era estrictamente proporcional.33 Estos registros permiten dimensionar, en parte, el impacto de la guerra en el sector comercial minorista elaborando una serie estadística del número de pulperías en buena parte de la campaña a lo largo de la primera década revolucionaria.34 Además, esta fuente aporta los nombres de los pulperos y ello facilita el seguimiento individual a lo largo de todo el periodo. La misma operación pudimos realizar con otro impuesto que gravaba las pulperías, nos referimos a los derechos de composturas o licencias que reñían que abonar anualmente los pequeños comerciantes para habilitar su negocio.35 Con estas series podremos determinar en qué grado el proceso revolucionario seguido de guerra civil afectó al comercio minorista. Por otro lado, las fuentes tratadas, sobre todo las contribuciones extraordinarias, no sólo ofrecen datos cuantitativos sino también cualitativos, en especial los relacionados con los contribuyentes exentos del pago del impuesto. A través de diversos testimonios de pulperos perjudicados por los ejércitos en conflicto vemos con claridad la relación entre la guerra y el comercio minorista, el impacto que la primera ocasiona sobre el segundo (gráfica 1).

Precisamente el disparador de esta investigación surge del tratamiento de estos registros fiscales que a partir de 1819 muestran cómo se produjo un marcado descenso del número de pulperías en la campaña bonaerense.

Las cifras son contundentes, en todos los pueblos registrados, en su mayoría del norte y el oeste de la campaña, desciende el número de pulperías contribuyentes en los años 1819 y 1820. La caída que refleja la gráfica 1 sería incluso mucho mayor si tomamos en cuenta que varios pulperos cerraron sus negocios a mitad de los años 1819 y 1820, luego de abonar el impuesto, con lo cual figuran con sus cuentas pagas en dicha gráfica. El cierre masivo de pulperías coincide con el periodo de mayor conflictividad entre las tropas directoriales y las del Litoral que, como vimos más arriba, en 1819 traslada su escenario de Santa Fe a la campaña bonaerense. Los números del año 1818 son los más altos que hemos encontrado en toda la serie de contribuciones de pulperías rurales bonaerenses. Por ello podemos considerar aquel año como "normal" y por tanto muy adecuado para contrastarlo con los años siguientes, atravesados por el conflicto bélico. En efecto, lo más llamativo en estas cifras está en la caída abrupta entre el registro de pulperías de 1818 y el de los dos años posteriores; en el primero alcanza un total de 289 pagos, al año siguiente descendió a 247 y fue menor aún en 1820 con 194 contribuyentes. En algunos casos, como el de Pergamino, el número se redujo casi a cero, y en varios a poco más de la mitad. Para ratificar este descenso marcado de pulperías veamos si las cifras de las composturas presentan el mismo panorama que las contribuciones extraordinarias (gráfica 2).

El descenso del número de contribuyentes en los años 1819 y 1820 también se manifestó claramente en el pago de las licencias de pulperías. Los números absolutos son cercanos en uno y otro registros: para 1818 tenemos 275 pagos de composturas en los pueblos señalados, 205 en 1819 y 165 en 1820.36

La caída en los registros se explica por los oficialmente exentos del pago, por los que formalizan el cierre de su negocio o directamente por la desaparición de los registros de otros tantos que venían abonando regularmente hasta 1818. El recaudador del impuesto dejó registrados a varios de los que no abonaron la contribución, da las razones y luego vienen los testimonios de algunos de los damnificados, todo lo cual analizaremos en seguida. La mayoría de los casos se dividen entre el de Gregorio Bustos por ejemplo, quien cerró su pulpería de Pilar por encontrarse "insolvente" tras el paso del ejército federal, y el de Bernardo Suárez por ausentarse del pueblo. En realidad la causa excluyente de este descenso masivo de contribuciones de pulperías se debió a la expansión de los saqueos por buena parte de la campaña bonaerense entre 1819 y 1820. El número de pulperías reconocidas oficialmente como saqueadas supera los 80 negocios. Muchos de sus propietarios, al ser confirmada su situación, fueron exonerados o exentos del pago de las contribuciones, y tantos otros cerraron sus pulperías. No obstante, el número de damnificados fríe mayor al de los oficialmente exonerados, pues muchas bajas simplemente desaparecieron de los registros sin dejar rastro. Empero, los más de 50 casos que tenemos documentados son más que representativos para describir la situación que atravesaron los pequeños comerciantes rurales en los momentos más efervescentes de las luchas civiles. En definitiva los datos cuantitativos dejan en claro que el impacto de la guerra golpeó de manera contundente al comercio local bonaerense, ya sea reduciendo sensiblemente el número de pulperías o bien su capital en giro. No obstante, el impacto de la guerra no fue homogéneo en todos los pueblos del oeste y el norte de la campaña pues se advierten sensibles diferencias. En el cuadro 1 podemos ver las cifras de las contribuciones extraordinarias discriminando los pueblos.

Como ya hemos señalado, en rodos los pueblos considerados el número de contribuyentes desciende en los años 1819 y 1820 pero no de la misma forma. Los pueblos más afectados según estos datos parecen ser Lobos, Morón, Flores, Las Conchas, Pergamino y Rojas. Sin embargo estos datos no reflejan la totalidad del impacto de la guerra pues, como mencionamos más arriba, hay pulperos que contribuyeron a pesar de haber cerrado posteriormente o de haber sido saqueados, lo cual no queda reflejado en el cuadro 1. Para subsanar este inconveniente, la distribución de las pulperías reconocidas como "saqueadas" se muestra en el cuadro 2.

Las diferencias son mucho más claras en este cuadro,37 hay pueblos que Rieron sensiblemente más afectados que otros, se destacan claramente los del norte de la campaña, lo cual es bastante lógico pues era un paso obligado de las tropas provenientes de Santa Fe o en dirección hacia allí desde Buenos Aires. Pergamino y Rojas experimentaron prácticamente el saqueo de todas sus pulperías, las cuales, como muestra el cuadro 1, dejaron de contribuir al fisco en los años más conflictivos. San Nicolás fue el pueblo con mayor número de saqueos pero, dadas las características de la zona con gran densidad de comerciantes, no perdió casi todo su capital en giro como los pueblos anteriores. Más allá del lógico predominio del norte de la campaña en materia de saqueos a comerciantes, no es nada despreciable el impacto que sufrió la zona cercana a la capital. Los estudios que abordan el tema de la guerra civil entre Buenos Aires y el Litoral suelen reducir el área de conflicto al norte bonaerense; sin embargo, estos datos confirman que la zona afectada fue mucho mayor, llegando hasta los límites de la capital porteña (mapa 1). En las declaraciones del pulpero saqueado Nicolás Villamayor, el cura vicario y el alcalde de Hermandad de Morón ratifican lo dicho por aquel y agregan que todo el pueblo fue saqueado por los federales38 En efecto, los pueblos cercanos a la capital como Morón, Las Conchas y Flores sufrieron enormes pérdidas ante el paso de las tropas, y esto se reflejó tanto en el descenso del número de pulperos contribuyentes como en la cantidad de pulperos oficialmente exonerados del pago. El cuadro 3 termina de describir las consecuencias para los comerciantes locales tras la incursión de los ejércitos.

Las consecuencias de los saqueos se ponen claramente de manifiesto en los registros fiscales. El gobierno porteño resolvió liberar del pago de impuestos a muchos pequeños comerciantes, seguramente para paliar el desabastecimiento de los pueblos y evitar la ruina definitiva de aquellos. Sin embargo, muchos tuvieron que cerrar las puertas de sus locales si es que quedaba algo en ellos tras los saqueos. No obstante, al final del trabajo veremos que este panorama sombrío del comercio minorista pueblerino experimentó una notable recuperación al año siguiente. Ahora pasemos a escuchar "la voz" de las víctimas de la sed de recursos desatada por la guerra.

 

TESTIMONIOS DEL SAQUEO

Las cifras dicen bastante por sí solas, pero comprenderemos mejor la experiencia vivida por los pueblos afectados "escuchando" a las víctimas directas de los saqueos. Varios pulperos se excusan de pagar la contribución por el mal que les ha ocasionado la incursión de distintas tropas que surcaron la campaña en aquellos años. La mayoría de los testimonios se producen en los años 1821 y 1822 esgrimiendo las razones de la falta de pago del impuesto en los años inmediatamente anteriores. Lorenzo Acosta, que tenía su pulpería en Baradero con un giro de 300 pesos, declara haber sido saqueado por las montoneras de Ramírez,

que en los meses de noviembre y diciembre del año pasado de 1819 cuando entró y salió la montonera de San Antonio de Areco robando y saqueando casas también llegaron a mi casa de trato está en las chacras de la Cañada Honda y saquearon y robaron toda que no me dejaron sino sólo las tablas quebrando los frascos y vasos que había se bebieron y derramaron todo el vino y aguardiente. Y se llevaron cuanto encontraron hasta la ropa de uso de mi esposa [...] es testigo ocular mi vecino el teniente alcalde don Antonio Salas que ha padecido igual saqueo.39

En 1821 este pulpero reaparece en los registros con un giro mucho más modesto, de 80 pesos. Por su parte, Felipa Rodríguez de Pilar parece haber corrido la misma suerte: fue exonerada por el saqueo de las tropas del caudillo Ramírez en 1820; su hija Rosa describe el hecho: "que habiendo tenido la segunda [la madre] una pequeña pulpería situada a distancia de una legua de dicho pueblo la cual dio fin el impulso rigoroso y despiadado de la gente del caudillo Ramírez".40 Tras el ataque, a esta pulpera sólo le quedó un principal de 20 pesos para habilitar un pequeño puesto de tortas, pan y cigarros.

Estos testimonios también permiten acceder a la imagen que tenían de la coyuntura política los vecinos de la campaña y su posicionamiento, sin embargo debemos tener cuidado al analizar estos discursos pues en general se dice lo que el interlocutor (el gobierno porteño) quiere escuchar. En su mayoría los testimonios señalan como responsables de los hechos a tropas "montoneras", "federales" o "anarquistas", e intentan demostrar que son contribuyentes leales al gobierno de Buenos Aires pero insolventes para seguir pagando por ser víctimas de aquellas. El relato de Tadeo Ramos ilustra muy bien este modo de declarar:

vecino del partido de San Isidro ante vuestra excelencia con mi mayor respeto me presento y digo: que habiendo puesto una pulpería en dicho partido con la correspondiente licencia del superior gobierno he pagado todos los derechos que me han tocado hasta el año 18 como consta de los recibos que tengo en mi poder del receptor de alcabalas don Francisco Pelliza, pero habiendo sido completamente saqueado por los montoneros el año 20 de tal suerte que ni para subsistir con mi familia me ha quedado nada por cuyo motivo me he visto en la precisión de cerrar mi pulpería y trato de entregar la licencia, sólo suplico a vuestra excelencia la gracia de perdonarme lo que me roca por los impuestos y derechos del año próximo pasado en atención a la triste situación en que he quedado como lo puede justificar el alcalde de esta hermandad.

Luego el alcalde ratifica el cierre de la pulpería de Ramos debido a la irrupción de los santafesinos "en consorcio de don Carlos Alvear y Carrera". Más explícito aún fue Bartolo Vivot en su intento de obtener el favor del gobierno:

por la montonera fui saqueado completamente en términos que quedé en tablas. La bondad de usted (el recaudador) ha dispensado a otros pulperos como yo de los derechos que debían en consideración a esta justísima causa.41

Vivot termina declarando que gracias a lo prestado por algunos amigos se puede mantener. En este sentido, las descripciones de los hechos vertidas por los comerciantes casi siempre intentan demostrar el grado de miseria en la que han caído tras el paso de las tropas. Seguramente hay buena parte de verdad en los relatos, pero también parece haber un interés en agravar las consecuencias para justificar la falta de pago del impuesto. El testimonio de Juan Vivot invita a la compasión:

teniendo un establecimiento de pulpería al norte de la ciudad en el Alto Redondo con la que atendía a las necesidades de mi crecida familia fui completamenre saqueado por los anarquistas el año de 1820, de cuyas resultas he quedado a las puertas de la mendicidad.42

Más desafortunado aún parece el caso del vecino de Morón José Ferreira:

que al año pasado de 1820 fui por tres veces saqueado completamente por los anarquistas de una pulpería que sostenía en mi dicho vecindario de cuyas resultas he aniquilado completamente el pequeño principal que giraba para poder atender a mi subsistencia.43

Más arriba señalamos que la mayoría de los testimonios indican a los "montoneros" o a los "federales" como responsables de sus desgracias, sin embargo también se encuentran algunas declaraciones que no hacen distinciones y que responsabilizan a todos los ejércitos de los saqueos. Fermín Rodríguez, un comerciante encumbrado de Morón, lo manifiesta claramente:

que el año pasado de 1820 corrí la misma lastimosa suerte que los demás traficantes de este partido, pues todos fuimos saqueados, depredados y robados en nuestras casas de trato por las tropas llamadas federales, como es notorio y como mi casa pulpería surtida con más 3 000 pesos se halla en el camino real, entrada de dichas tropas, fue una de las primeras que sufrió en los principios, medios y fines de aquel aciago tiempo el robo, ya de los federales, ya de los que les ¡miraban, vecinos o dependientes de ellos, que se esparcían a este objeto, como todo se halla comprobado por varios expedientes que tengo entendido se han girado a este intento. A más he sufrido en una estanzuela que tengo formada a una legua de distancia del río de las Conchas al norte, un consumo considerable de vacuno y caballar y esto no sólo de las tropas federales sino también de las de la capital al mando del señor Soler y Dorrego cuya perdida calculo en este nuevo establecimiento de más de 2 000 pesos.44

Relatos como este sobre los avatares de la guerra y surgidos desde el ámbito local reflejan la experiencia vivida por los pueblos que sufrieron en carne propia las prácticas de los distintos grupos armados, más allá de las banderías políticas. No obstante, la desgracia de estos pequeños comerciantes no parece haber sido terminal, muchos de los damnificados pudieron reabrir las puertas de sus pulperías y reanudaron su contribución al fisco porteño. Esto nos invita a pensar en cierta estrategia de resistencia ante las obligaciones impuestas por el gobierno en la coyuntura bélica. Lo que sigue es un breve panorama de la situación del pequeño comercio rural una vez terminados los conflictos más traumáticos que atravesaron la campaña bonaerense.

 

LA RECUPERACIÓN

Luego de pintar el panorama sombrío que dejó la circulación de tropas por la campaña bonaerense veamos qué fue de estos comerciantes al iniciarse el periodo relativamente pacífico en 1821. La información presentada en las gráficas 1 y 2 demuestra que la actividad de las pulperías se recuperó rápidamente, los aportes a la contribución extraordinaria, que en 1820 suman poco más de 190, la cifra más baja del periodo, en 1821 ascienden a casi 270, un incremento notable. Este salto también se refleja en los derechos de composturas, que ascienden de 165 en 1820 a 213 en 1821. El aumento significativo responde en parte a la aparición de nuevas pulperías, pero en general se debe al reinicio de la actividad de aquellos que habían sido afectados por los saqueos. Si a los datos brindados por las contribuciones extraordinarias de 1821 les sumamos las licencias de composturas de pulperías del mismo año, podremos dilucidar qué fue de la vida de aquellos comerciantes exonerados o que cerraron sus negocios, es decir, si volvieron a la actividad o la abandonaron definitivamente (cuadro 4).

Este cuadro muestra que varios de los exonerados siguieron en la actividad tras haber cesado durante los años conflictivos. Del total de pulperos que frieron exonerados o cerraron sus pulperías por los saqueos, número que ronda los 80, aparecen por lo menos 50 en actividad y contribuyendo a las arcas del estado en 1821. Esta cifra nada despreciable puede responder a distintas cuestiones, por un lado puede ser que algunos de los pulperos que se declararon poco menos que en la indigencia hayan exagerado su situación para evadir el impuesto aprovechando la situación conflictiva; pasada la coyuntura volverían a contribuir normalmente. Este parece ser el caso de Martín Cerdeyra, de San Isidro; para solicitar la exención del pago de la contribución extraordinaria presenta la certificación del alcalde del partido, quien ratifica que el pulpero fue saqueado por las montoneras "dejándole solamente los cascos vacíos y los frascos del mismo modo".45

Sin embargo el traumático episodio estuvo lejos de ser terminal para Cerdeyra, pues al año siguiente lo encontramos participando tanto en las contribuciones extraordinarias como en las composturas. Un caso parecido es el de José Vázquez Morón, residente en Lobos:

fui invadido e incendiado por los indios infieles en una casa de abasto de dicho partido de Lobos de cuya resulta no solamente perdí el principal que en ella reñía sino también la de un hermano de tierna edad, el que actualmente se halla cautivo.46

Fue exonerado del pago en 1820 pero al parecer la pérdida de su principal no fue completa, si no, no hubiera podido aportar a las contribuciones y las composturas en 1821.

Por su parte, José Ferreira, vecino de Morón, declara haber sido saqueado por tres veces, lo cual habría provocado la aniquilación completa del pequeño principal; para terminar de describir su crítica situación manifiesta que el alcalde "tuvo que prestarle una cobija para cubrir sus carnes". No obstante, Ferreira logró salir rápidamente de esa situación, al parecer no tan grave, pues aportó a las contribuciones y composturas en 1821.

En algunos casos la reapertura de la pulpería se da con mucho menos capital que el que reñía antes del saqueo. Nicolasa Insaurralde, con pulpería en San Nicolás, se ausentó del partido por las desavenencias con los santafecinos en diciembre de 1818, antes de cerrar tenía un giro de 1 000 pesos, y por las pérdidas volvió a establecerse en junio de 1819 con un giro de 350. En el mismo partido la impactante pulpería de Faustino Sánchez tenía un principal de 2 500 pesos en 1818, y "después de pérdidas y trastornos en la separación del pueblo a causa de las invasiones de los santafecinos", volvió a establecerse en mayo de 1819 con 800 pesos. Más arriba mencionamos el caso de Lorenzo Acosta, quien redujo su capital de 300 a 80 pesos tras los saqueos, pero continuó con el negocio.

Por supuesto que para algunos los saqueos fueron terminales, se trata de aquellos que no pudieron reabrir la pulpería y Tuvieron que buscarse otro medio de vida. El desafortunado Francisco Rodríguez representa a este grupo:

con motivo de la montonera que asoló el partido de mi residencia en la Matanza que fue saqueada mi pulpería que no llegaba a 200 pesos [...] no habiéndome quedado más que las tablas he tenido que cerrar la pulpería y buscarme otra ocupación con que proveer a mi subsistencia en dos fanegas de trigo que la caridad de un vecino me prestó para sembrar.47

Francisco Méndez parecía tener el mismo fin que Rodríguez; el alcalde de su pueblo, luego de comprobar la insolvencia de aquel tras el saqueo, le aconsejó el cierre de su pulpería pues el principal no alcanzaba ni a 40 pesos y debía más de 300 en impuestos. Sin embargo, Méndez desoyó el consejo y continuó con su negocio, y allí lo vemos aportando al fisco en 1821.

Si bien las exageraciones de los Testimonios son muy probables, también debemos tener en cuenta que muchos pulperos reñían diversificada su economía con inversiones en otras actividades. Las fuentes restamentarias permiten reconstruir en parte la economía de los Testadores, muchos pulperos además de comerciantes eran productores, mantenían ganado, usufructuaban tierras para sembrar y algunos producían harina con sus tahonas o las alquilaban a los pequeños productores agrícolas; por otro lado, ofrecían alquiler de cuartos, carretas o barcos.48 Esta diversificación económica de los pulperos les habría permitido sortear los saqueos de sus pulperías sin derrumbarse completamente y, ante el retorno de la paz, volver a la actividad comercial. Finalmente, quizá esta capacidad de recuperación de los pequeños comerciantes se pueda explicar en buena medida por las bondades que ofrecía la campaña de Buenos Aires en general y la práctica comercial en particular en este periodo de claro crecimiento económico regional. En este sentido, he comprobado en otro lado el crecimiento constante del número de pulperías a lo largo de la campaña en la primera década independiente, y esto sin duda se potenciará aún más con la expansión ganadera que se iniciará en los años veinte.

 

PALABRAS FINALES

Con el presente trabajo pretendimos iluminar un aspecto más de la polifacética participación que han tenido los pulperos y las pulperías en la vida rural bonaerense. En tiempos de paz, estos pequeños comercios, mucho menos rústicos de lo que se ha imaginado durante tanto tiempo, eran la vía de acceso casi exclusiva a infinidad de bienes de consumo para la población rural, formando parte sobresaliente en la vida cotidiana de los paisanos. En tiempos de guerra las pulperías, lejos de perder su protagonismo en la vida pueblerina, se convertían en uno de los objetos más deseados por un amplio abanico de grupos que incluía a soldados regulares, montoneros, gavillas, indígenas o simples ladrones. La guerra, por un lado, generó una furiosa demanda de recursos para los ejércitos participantes y, por otro, relajó las riendas del orden social desatando acciones delictivas que permitieron a sus protagonistas acceder a bienes de consumo inaccesibles en situaciones "normales". En ambos casos los pequeños comerciantes, quienes solían tener buena parte de su capital arriba del mostrador, al alcance de la mano, eran las víctimas inmediatas de la guerra. Si bien en este trabajo el foco de atención fue puesto en los saqueados y no en los saqueadores, entendemos que para los estudios de la participación de los sectores subalternos en la guerra el tema abordado aquí resulta de gran valor, pues se trata en parte de explorar la zona en donde se produce la acción directa de aquellos sectores.

Como demostramos, las pulperías rurales bonaerenses frieron claramente víctimas directas de la guerra, siendo saqueadas en gran número y, en algunos casos, eliminadas completamente de sus pueblos. La explicación entonces de la abrupta caída del número de pulperías en los registros fiscales se debe a que muchos pulperos frieron "exonerados" del pago de impuestos y otros tantos cerraron sus negocios por haber sido saqueados por "tropas federales" o por "montoneras", cuando no por incursiones indígenas en la frontera. La información refleja que, tanto para las sociedades indígenas como para los ejércitos participantes en la guerra civil, las pulperías eran un blanco seguro. El reconocimiento oficial de la situación desafortunada de los pulperos fortaleció aún más la imagen de víctimas que diferenciaba a estos actores de otros individuos acaso igual o más afectados por los avatares de la guerra. Pienso, por ejemplo, en el pequeño campesino que perdió el puñado de ganado que lo mantenía al límite de la subsistencia y no obtuvo ningún favor del gobierno. Empero, el impacto del conflicto bélico sobre el comercio minorista bonaerense no pareció haber tenido consecuencias dramáticas, la comprobada recuperación de muchos de los pulperos afectados es una muestra clara de la capacidad de resistencia de los mismos ante situaciones adversas y los beneficios que aporraba el comercio. Muchos de los saqueados continuaron en actividad o reabrieron las puertas de sus pulperías poco tiempo después, seguramente la capacidad individual de algunos comerciantes explique semejante recuperación, pero más bien creemos que esto respondería a las características generales del pulpero típico de la campaña, quien solía diversificar su capital para disminuir los riesgos. Si a dichas condiciones le sumamos la coyuntura económica favorable de la campaña bonaerense no resulta demasiado sorprendente la revitalización del comercio minorista tras el paso devastador de la guerra.

 

FUENTES CONSULTADAS

Archivos

AGN Archivo General de la Nación, Argentina.

 

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NOTAS

1 El autor trata este tema en distintos textos, véanse de Halperín, Revolución, 2000; Revolución, 1972, y Guerra, 2005.

2 Míguez, "Guerra ", 2003, p. 18. También se pueden ver los trabajos de Garavaglia, "Ejército", 2003, pp. 153-190; Di Meglio, "Soldados", 2003, pp. 39-66, y Fradkin, "Asaltar", 2003, pp. 87-122.

3 En la década de 1980 se destacaron Rodríguez, Historia, 1968, y Slatta, Ganchos, 1985, y actualmente Azcuy, Otra, 2002.

4 Véase Halperín, "Expansión", 1963.

5 Los principales desacuerdos surgieron en torno a la cuestión de la mano de obra entre los autores referentes de la llamada renovación de la imagen de la campaña rioplantense. Véase Anuario IEHS, núm. 2, 1987. La bibliografía que refleja la nueva imagen del mundo rural rioplatense es muy extensa, los principales postulados se encuentran reunidos en Fradkin, Historia, 1993; Mayo, Estancia, 1995; Gelman, Campesinos, 1998, y Garavaglia, Pastores, 1999.

6 Nos referimos sobre todo a las posturas de Garavaglia y Gelman. Véase Gelman, "Gaucho", 1995.

7 Actualmente se plantea la gran continuidad de estos pequeños y medianos productores incluso hasta mediados del siglo XIX y más. Véase Gelman y Santilli, Historia, 2006.

8 Este cálculo lo realizamos en otro trabajo cruzando los datos de los censos de población de la campaña en 1813-1815 con los registros fiscales que gravaban a las pulperías, derechos de composturas y contribución extraordinaria.

9 Véanse de Carrera, "Pulperos", 2010; "Pulperos", 2004, pp. 1-15, y "Pulperos", 2005, pp. 161-177.

10 Son muchos los trabajos que hacen referencia a las pulperías, aquí destacamos los que le dedican mayor atención: Halperín, "Expansión", 1963, pp. 57-110; Rodríguez, Pulperías, 1982; García, Buenos, 1976; Gelman, "Caminos", 1993, pp. 89-118; Garavaglia, "Carne", 1994, pp. 61-95; Mateo, "Población", 1995, pp. 161-190; González, "Producción", 1995, pp. 7-37; Mayo, Pulperos, 1996; Garavaglia y Gelman, "Mucha", 1998, pp. 29-50, y Mayo, Vivir, 2000.

11 Véase Flores, Buscando, 1993.

12 Véase Arnade, Dramática, 1964.

13 Véase Aguirre y Walker, Bandoleros, 1990.

14 Para ver el recorrido de la imagen del caudillismo puede consultarse Goldman y Salvatore, Caudillismos, 2005. No tenemos espacio aquí para desarrollar este tema tan apasionante pero sí quisiéramos aclarar que dentro de la historiografía tradicional la imagen del caudillismo no es monolítica, existe una fuerte asociación con la barbarie atribuida al ámbito rural y con la anarquía política pero en algunos casos se rescata al caudillo como exponente de un modelo político alternativo y no como simple expresión del salvajismo opuesto a la civilización.

15 En este periodo se desata el abierto conflicto entre el Directorio (gobierno central) con sede en Buenos Aires y las provincias de Litoral argentino que cieñen como principales referentes a José Artigas de la Banda Oriental y los líderes federales de Santa Fe y Entre Ríos. Las incursiones armadas de ejércitos directoriales para controlar las provincias se inician en este periodo, durante el cual se irán radicalizando cuando los cuerpos armados del Licoral ingresen al territorio bonaerense. El conflicto llega a su punto máximo en el año de 1820, cuando se disuelve definitivamente el gobierno central luego de su derrota militar en Cepeda.

16 Busaniche, Estanislao, 1926, p. 63.

17 Véase Halperín, Revolución, 2000.

18 Juan Ramón Balcarce fue en este periodo general del ejército y gobernador de Buenos Aires. Tuvo una activa participación militar en especial en el conflicto entre el gobierno porteño y Santa Fe. En 1818 comandó una expedición a Santa Fe en la cual llegó a ocupar la ciudad capital, luego fue sitiado por las tropas santafecinas y se retiró hacia Buenos Aires ocasionando robos y destrozos a su paso, incluyendo el incendio del pueblo de Rosario.

19 Sobre estos destrozos que produjeron las tropas de Balcarce véase Tarrago y Barriera, Nueva, 2006.

20 Véase Fradkin, "Bandolerismo", 2005, pp. 1-89; "Facinerosos", 2001, pp. 5-33, y Fradkin y Ratto, "Conflictividades", 2008, pp. 273-294.

21 Véase Frega, "Caudillos", 2002, pp. 75-111. La autora plantea que la historiografía tradicional asimiló las acciones radicales a actos de barbarie ocultando el contenido social.

22 José Miguel Carrera había sido general del ejército revolucionario en la guerra de independencia chilena y luego presidente provisional. Por desavenencias con O'Higgins y San Martín se exilió a la región rioplatense y se propuso desde allí organizar un ejército para volver a su patria y derrotar a O'Higgins. Su paso por la región incluyó distintas alianzas con líderes federales y el ex director Carlos Alvear para enfrentar a las fuerzas porteñas y obtener recursos para su futura empresa. Sus tropas ocasionaron saqueos y destrozos de pueblos y estancias en la campaña bonaerense. Por su parte Estanislao López es considerado uno de los principales caudillos federales del Litoral, fue gobernador de Santa Fe entre 1818 y 1838 y tuvo un protagonismo político-militar decisivo en el periodo estudiado aquí.

23 Estos episodios son narrados en varios textos que citamos aquí dedicados tanto a pueblos bonaerenses como a determinados personajes. Para un repaso cronológico de estos enfrentamientos véanse Best, Historia, 1960, y Benencia, Partes, 1973.

24 Torre, Historia, 1947, p. 74.

25 Raffo de la Retta, General, 1935, p. 376.

26 Véase Newton, Francisco, 1964.

27 Véase Fradkin y Ratto, "Conflictividades", 2008, pp. 273-294.

28 Fradkin, "Bandolerismo", 2005, pp. 1-89.

29 Mitre, Historia, 1927, p. 564.

30 Fernández y Peña, Reseña, 1926, p. 93.

31 Véase Melli, Historia, 1974.

32 Ibid., p. 107.

33 Por ejemplo una pulpería de 300 pesos de giro pagaba doce pesos anuales, y una de 1 000 pesos pagaba 24.

34 El lector podría objetar que la evasión fiscal es un obstáculo evidente para este tipo de análisis, lo cual es inevitable para roda fuente fiscal; sin embargo, cotejando las contribuciones extraordinarias con otros registros de pulperías (composturas) consideramos que el nivel de participación de los pulperos en las contribuciones es muy alto. La resistencia al pago acaso se daba ocultando parte del capital en giro, así se reducía el monto contribuido.

35 Para este periodo el monto era de quince pesos anuales.

36 Las diferencias entre los registros de composturas y de contribución extraordinaria se deben en parte a que no todos los pulperos llevaban sus cuentas al día con el Estado, comúnmente muchos se atrasaban con las licencias y pagaban dos o más años juntos. En este periodo conflictivo vemos que muchos pulperos pagaron menos de derechos de composturas que la contribución extraordinaria, acaso porque el gobierno porteño decidió priorizar el cobro de este último.

37 Es necesario aclarar que sólo figuran las pulperías registradas oficialmente como saqueadas, lo cual no incluye a todas las que desaparecen de los registros en los años de guerra. Esto implica que el descenso en los números que figuran en el cuadro 1 en los años 1819 y 1820 es mayor en algunos casos que los porcentajes que sugiere el cuadro 2.

38 Archivo General de la Nación (en adelante AGN), XIII -13-9-2.

39 AGN, XIII-13-9-2, 1820.

40 Ibid., 1821.

41 Ibid.

42 Ibid.

43 Ibid.

44 Ibid.

45 AGN-XIII-13-9-2, 1820.

46 Ibid.

47 ACN-X1II-13-9-2.

48 Me he dedicado ampliamente a este tema en "Pulperos", 2010.

 

INFORMACIÓN SOBRE EL AUTOR

Doctor en Historia por la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). Becario posdoctoral por el CONICET. Jefe de Trabajos Prácticos de la cátedra de Historia Americana I (FHCE-UNLP). Entre sus trabajos publicados se encuentran "Pulperías rurales bonaerenses a fines del siglo XVIII. Número, distribución y tipos" en Carlos Mayo, Vivir en la frontera. La casa, la dieta, la pulpería, la escuela, Biblos, Buenos Aires, 2000; "Pulperos rurales: entre la vida privada y la pública", Mundo Agrario, núm. 8, 2004, FHCE-UNLP, La Plata; "Los pulperos y la justicia rural bonaerense, 1770-1820", Anuario, núm. 5, 2005, Instituto de Historia Argentina-FHCE-UNLP, La Plata; "El pulpero rural en los expedientes judiciales" en Carlos Mayo (ed.), Mostradores, clientes y fiado. Fuentes para el estudio de las pulperías de Buenos Aires y la pampa (siglo XIX), Ediciones Suárez, Mar del Plata, 2007.