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Secuencia

On-line version ISSN 2395-8464Print version ISSN 0186-0348

Secuencia  n.80 México May./Aug. 2011

 

Reseñas

 

Luis Barrón, Carranza, El último reformista porfiriano

 

Patricio Herrera González

 

Tusquets Editores, México, 2009, 289 pp., ISBN: 978–607–421–105–4

 

Centro de Estudios Históricos, El Colegio de Michoacán

 

La historiografía de las últimas décadas nos ha ofrecido trabajos de una profunda agudeza analítica e interpretativa, modificando sustancialmente las primeras aproximaciones al proceso político y social de la revolución mexicana. Desde los años 1960 la profesionalización de la historia y las ciencias sociales ha contribuido a una investigación rigurosa y de una mayor diversidad temática, de tal forma que se ha elaborado una ciencia histórica más versátil y los investigadores hemos presentado una mayor disposición a responder las interrogantes que nos plantea esta problemática histórica en el tiempo presente. Bajo estas circunstancias no resultó extraño que hayan aparecido autores como John Womack jr. y Friedrich Katz,1 entre muchos otros, que con sus investigaciones sobre Zapata y Villa, respectivamente, inauguraron los nuevos derroteros de la historiografía política y el género de la biografía en la investigación sobre la revolución.

Carranza. El ultimo reformista porfiriano, de Luis Barrón, asume con perspectivas renovadas el propósito de reconstruir la carrera política —antes de alcanzar la primera magistratura— de uno de los hombres más preclaros que vio nacer la revolución, un líder que procuró construir sus plataformas políticas, tanto regionales como nacionales, tendiendo puentes entre las agotadas formulas del liberalismo decimonónico que detentaban sus antiguos aliados —los reyistas y los "magos del progreso"– y las prácticas revolucionarias de sus jóvenes oficiales, que esperaban conseguir junto a Carranza las promesas incumplidas del maderismo.

La investigación del autor es el resultado de años de trabajo dedicado de forma metódica a rastrear las huellas que identifican a la producción historiográfica sobre la revolución mexicana. La obra que reseñamos muestra un avance sustancial en el conocimiento de un protagonista indiscutible del periodo más violento que debió enfrentar la causa revolucionaria. Luis Barrón proporciona antecedentes novedosos sobre la vida política de Carranza en sus funciones como gobernador del estado de Coahuila, lo que permite comprender de mejor manera los alcances que tuvo su proyecto para el país una vez que consiguió el apoyo de una combinación de fuerzas políticas, sociales y económicas que buscaban controlar el cambio desde arriba.

La obra está conformada por cinco capítulos, cada uno de ellos muy bien presentado y argumentado con una variedad de fuentes y testimonios que le otorgan un valor agregado a su publicación. El primer capítulo, "Venustiano Carranza en el régimen de Porfirio Díaz", da cuenta de los aspectos familiares y personales del hombre de Coahuila. Su objetivo es manifestar los primeros pasos que emprende en la vida política local hacia 1908. Para Barrón es una etapa primigenia en la carrera política de Carranza pero a la vez fundante en su formación como estratega y administrador de los asuntos públicos. Carranza es presentado como un político que comenzó desde abajo en los asuntos de gobierno local, fue este entorno su fuente primordial que alimentó su carisma y su talante como futuro estadista.

Además, el autor subraya cómo sus vínculos con los políticos y legisladores locales le enseñaron a sacar ventaja de las condiciones políticas impuestas por el gobierno de Díaz, lo que, sumado a la alianza con sus amigos Miguel Cárdenas y Bernardo Reyes, rápidamente lo catapultó a convertirse en integrante de la elite que condujo las luchas por reformas políticas y sociales en el estado y el país.

"Un político porfiriano en la revolución de 1910", es el segundo apartado de la obra. El tiempo estudiado cubre entre los años 1908 y 1911. Es la etapa de Carranza como gobernador de Coahuila, que consolidó su base sociopolítica e incrementó su poder, asegurando su permanencia como jefe local. Según Barrón, esto lo facultó, a pesar de no ser maderista, para negociar con Madero, para quien fue un aliado político importante, pues fue difícil contrarrestar su peso político en el estado del norte.

La experiencia política de Venustiano Carranza entre 1908 y 1913 fue esencial para su gran salto en la política nacional. Las reformas que impulsó en su estado, muchas de ellas de carácter educativo y de moralización, buscaban superar la ciudadanía marginal que él contempló en sus habitantes, inclinados al vicio y carentes de "buenas costumbres". También se ocupó de la clase trabajadora, lo que incrementó sus alianzas políticas con diversos actores políticos y sociales, consolidando su liderazgo en la región. A la muerte de Madero la figura del primer jefe convocó a las fuerzas revolucionarias que visualizaron en su persona a un político avezado y comprometido con la causa. Fue esa legitimidad entre sus camaradas lo que lo ayudó a enfrentar y derrotar al "usurpador". Cada uno de estos aspectos es meticulosamente abordado por Barrón en el tercer capítulo, intitulado "Carranza gobernador y Madero presidente".

En "Del Palacio de Gobierno en Saltillo al Palacio Nacional", cuanto apartado de la obra, el autor esclarece los orígenes del Plan de Guadalupe y puntualiza que en sus fundamentos se revela la ideología de Carranza como el "último reformista porfiriano", un político que no aspiró a ser paradigma de un revolucionario, pues en su propia trayectoria estaban los resabios del viejo liberalismo juarista y las exigencias de la modernización capitalista, expresada en una economía de take off y una reforma social encauzada por la clase política y empresarial "ilustrada". En suma, en este capítulo Barrón expone con acierto la elaborada estrategia de Carranza, como parte de una trayectoria y no de una coyuntura, para imponer su liderazgo e instaurar un régimen legal y legítimo que lo condujo a la presidencia de la república en 1917.

"Carranza en la historiografía de la revolución mexicana", último capítulo, es una apretada síntesis donde el autor expone que los avances y retrocesos de la historiografía revolucionaria —terreno sobradamente manejado por Barrón— están en directa relación con la profesionalización de la disciplina, pues de una narración autodidacta, militante y excluyente se pasó a una interpretación académica. Esto permite explicar, según el autor, la disposición que hoy existe entre los historiadores a ampliar los estudios con nuevas temáticas, revisar las que merecen nuevas interpretaciones y considerar las insuficiencias de la investigación en muchas otras –como el caso de Carranza.

Luis Barrón desarrolla una investigación con claros signos de revisionismo, focalizando sus intereses en el protagonismo de Venustiano Carranza, líder revolucionario que dejó una huella profunda en las bases ideológicas de la revolución mexicana. Sin el "brillo épico de Villa, Zapata o Madero y con esa imagen de antiguo régimen, no es raro que Carranza haya sido desdeñado, ninguneado o repudiado, incluso por lo estudiosos de la revolución", sentencia el autor.

Una primera aproximación a la obra puede dar la sensación de que se trata de un trabajo exclusivamente biográfico, sin embargo, su lectura reposada deja traslucir una introspección en la atmósfera de un tiempo histórico pletórico de utopía, atiborrado de conspiraciones, de quebrantables lealtades y pavorosas ejecuciones. A través del trabajo de Luis Barrón la figura de bronce de Venustiano Carranza es privada del metal para narrar las historias de carne y hueso que el primer jefe fue edificando junto a los cientos de hombres, mujeres, jóvenes y niños por los campos y ciudades de Chihuahua, Coahuila o la ciudad de México. Es un intento —no fallido— por proclamar la real participación de Carranza en la revolución y esclarecer sus posiciones, sus temores, sus victorias, sus derrotas y su proceder político —de profundas raíces porfirianas— que lo convirtió en una "figura central durante los años más violentos de la revolución".

En la historiografía se han debatido por años las razones que tuvo Carranza para levantarse en armas y, finalmente, aceptar el liderazgo. Es un hecho que, después del golpe militar que derrocó a Madero, mostró ser un líder muy hábil al estructurar una coalición nacional que triunfó militarmente en la revolución. En 1913 comenzó la transformación social de México, y "sólo analizando con cuidado las razones que tuvo Carranza para iniciar la revolución constitucionalista se puede entender por qué, por ejemplo, no incluyó la promesa de reforma social en el Plan de Guadalupe" (p. 174). El primer jefe pensó que los terratenientes, el clero y los industriales eran más poderosos que el usurpador, por tanto había que ser cauteloso, planificando objetivos inmediatos, atacando un solo frente y no abriendo varios y nuevos.

El Plan de Guadalupe, proclamado por Carranza, buscó legalizar el alzamiento contra Huerta, pero también pretendió legitimarlo socialmente. Por esto consideró prometer a sus seguidotes aquello que era factible de transformar, sólo así su proyecto político y social sería apoyado por una mayoría del pueblo y los sectores medios, de lo contrario era improbable la consolidación del sistema político, consensuar las reformas sociales y promover un nuevo marco legal que diera gobernabilidad, estabilidad y viabilidad a la revolución. "Carranza había justificado la posposición de las reformas sociales en un intento por lograr, primero, una aspiración política: la restauración del orden legal" (p. 185), en este plano se distancia de su ideólogo Luis Cabrera en su manifiesto "La revolución es la revolución". El primer jefe juzgó que era indispensable reformar la constitución juarista si el objetivo era que las reformas se dieran en forma permanente.

Nos queda la duda si fueron Luis Cabrera y Alfredo Breceda, juntos o por separado, los ideólogos y creadores del Plan de Guadalupe. Sabemos, por Luis Barrón, que Cabrera influía mucho en Carranza, fue su consejero. Sin embargo, al menos a juzgar por la obra de Breceda,2 no hay presencia efectiva de Cabrera en la discusión inmediata de la redacción del Plan de Guadalupe, lo que hace discutible su autoría exclusiva.

Nosotros, al matizar dicha posición de Barrón, asumimos que Alfredo Breceda, además de redactor, es autor o coautor al menos de la primera versión3 del plan. Al respecto, tenemos que puntualiza! que no podemos obviar el hecho de que Breceda fuera el secretario personal de Carranza por casi una década, además de ocupar funciones de primer orden en los ámbitos administrativo, ejecutivo y legislativo. Junto a sus funciones oficiales destacan las misiones de carácter secreto4 encomendadas por el primer jefe, lo que nos lleva a sostener la figuración de su secretario y amigo en un evento tan trascendental para la causa revolucionaria. Al menos así quedó expresado el acontecimiento en palabras de Breceda:

Provisto de un poco de papel y tinta, me senté frente al señor gobernador, con quien previamente había discutido el asunto de que se trataba [...] primero escribí algo que yo pensaba; no le gustó al señor Carranza, y tras cambiar algunas palabras, hubimos de producir el siguiente.5

Lo que está fuera de toda duda es que el Plan de Guadalupe Ríe la afirmación de la influencia y poder que adquirió Carranza. Ahí recibió el apoyo de sus oficiales sin condiciones.

El primer jefe deseaba una presidencia fuerte para administrar el cambio, por tanto fue enemigo de las huelgas y de organizaciones laborales autónomas; su proyecto político para México consistía en

un país de grandes capitalistas y de hombres educados que pudieran dirigirlo al progreso, dejando la responsabilidad al Estado de proteger la soberanía de México, de moralizar a la sociedad y de promover la redistribución de la riqueza por medios institucionales (p. 237).

Aunque Luis Barrón considera que los liderazgos de Zapata y Villa son regionales, "sin un proyecto real ele gobierno ni de nación", con "influencias mínimas", la verdad es que Carranza exhibe una considerable similitud con ambos en sus trayectorias revolucionarias. Paradójicamente siempre desplegaron propósitos revolucionarios antagónicos, de tal forma que siempre hubo una yuxtaposición en sus planes para la nación, lo que culminó en una política revolucionaria faccional y un resentimiento mutuo. De ahí que coincidentemente sus muertes fueran alevosas, pues en el transcurso de los tiempos violentos de la revolución habían acumulado muchas enemistades y pasiones.

Barrón, al concluir, reconoce el aporte ineludible de Venustiano Carranza al sustrato ideológico de la revolución mexicana pues, junto a los rostros de las multitudes que lo apoyaron, contribuyó a edificar el México moderno y a esculpir sus instituciones políticas, que extrañamente fueron resultado de su "conocimiento de la política porfiriana [que le posibilitó] dominar la revolución".

En un año especialmente recargado de eventos conmemorativos del centenario de la revolución, en su mayoría vacíos de contenido académico y con reflexión inconsistente, la investigación de Luis Barrón incorpora una serie de nuevos problemas que pueden seguir matizando las perspectivas sobre este magno acontecimiento. Su obra es una contribución de suma trascendencia para la historia política de uno de los periodos más divulgados, pero aún no del todo ponderado en sus verdades forjadas, pues las pasiones y las nostalgias se han sobrepuesto a la razón.

El autor logra dar un paso firme para resituar las prácticas políticas y sus amplios significados, su trabajo formula avances de consideración para interpretar, de manera más cabal, los cimientos del poder civil y el desarrollo de una vía institucional que buscó, desde un tiempo temprano, armonizar los principios de un nacionalismo revolucionario, la transformación social y la inserción en el capitalismo de la "economía–mundo". En este escenario, Carranza aún posee voz e historia que contar a través de la buena pluma y sólida investigación de Luis Barrón.

 

NOTAS

1 John Womack jr., Zapata y la revolución mexicana, Siglo XXI Editores, México, 1969,         [ Links ] y Friedrich Katz, Pancho Villa, Ediciones Era, México, 1998, 2 tt.         [ Links ]

2 Alfredo Breceda, México revolucionario, Tipografía Artística, Madrid, 1920, t. I.         [ Links ]

3 Arnaldo Córdova en su obra La ideología de la revolución mexicana, Ediciones Era, México, 1973,         [ Links ] señala que Carranza "dijo a Breceda la tarde del 25 de marzo de 1.913 que era preciso que se elaborara un plan de su movimiento", p. 195; por su parte, Javier Garciadiego, en su artículo "Actores y regiones en el proceso bélico de la revolución mexicana" en La guerra en la historia, Universidad de Salamanca, Salamanca, 1999,         [ Links ] puntualiza que Breceda es el autor de la primera versión del plan, p. 236.

4 John Womack jr., en su obra Zapata, op. cit., identifica a Breceda como un emisario de Carranza para pactar con Zapata una adhesión a la causa constitucionalista. Al respecto Womack escribe lo siguiente: "el 27 de julio el secretario privado de Carranza le escribió a Zapata ofreciéndole suministros militares a cambio de su apoyo al primer jefe", p. 194.

5 Breceda, México, op. cit., p. 395.

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