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Relaciones. Estudios de historia y sociedad

versión On-line ISSN 2448-7554versión impresa ISSN 0185-3929

Relac. Estud. hist. soc. vol.37 no.146 Zamora jun. 2016

 

Reseñas

Oswaldo Estrada, Ser mujer y estar presente. Disidencias de género en la literatura mexicana contemporánea

Roberto Domínguez Cáceres* 

*Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México. rdomingu@itesm.mx

Estrada, Oswaldo. Ser mujer y estar presente. Disidencias de género en la literatura mexicana contemporánea. Textos de Difusión Cultural, México: Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura, UNAM, 2014. 310p.

En el México actual, la coyuntura política y social conmina a repensar la sociedad contemporánea desde sus obras trascendentes, desde sus personajes propositivos, desde los legados capaces de fundar una visión más optimista del futuro inmediato. Y éste es precisamente el acierto de este libro de ensayos: proponer una conjunción de escrituras y escritoras para desde ellas explicar cómo la creación de cuentos, ensayos o novelas escritas por mujeres mexicanas contemporáneas son indispensables en la configuración de una muy peculiar república de las letras.

Oswaldo Estrada estudia una novena de escritoras indispensables, pero no del todo comprendidas ni por la crítica ni por sus futuros lectores. Este libro de ensayos indaga cómo se ha leído este concierto de asombros y hallazgos literarios, cómo se ha situado a cada autora frente, en contra o dentro de una tradición renovada, cómo a veces son más conocidas fuera de México, en círculos académicos de investigación, mientras que para el "gran público" siguen siendo desconocidas. Estrada propone una forma de reencontrarse estas escritoras, pues, empareja con cada obra una serie de nociones teóricas explicadas sencilla y claramente.

Ser mujer y estar presente tiene como subtítulo una clave de lectura: todas las escritoras abordadas comparten una actitud disidente, gregaria, crítica, solitaria. Nellie Campobello, Rosario Castellanos, Elena Poniatowska, Carmen Boullosa, Mónica Lavín, Margo Glantz, Rosa Beltrán, Cristina Rivera Garza y Guadalupe Nettel sentadas en una mesa redonda en cuyo centro hay muchos temas para deshojar. Pero el centro de esta conversación polifónica toca temas en distintos tonos y con diferentes instrumentos. Como si se tratase de cuerdas, alientos, percusiones, Estrada va dando a cada una la pauta, las dirige para que suenen mejor una al lado de la otra. Por eso el arreglo del libro no sigue un desarrollo de un tema único. Las tres secciones en las que se divide la obra de Estrada acusan un estudio hecho con detenimiento y con gran habilidad quirúrgica para la pesquisa.

Las autoras estudiadas están distantes en la cronología, trabajan apartadas por la geografía, se conciben separadas de otras inquietudes literarias y se avocan cada una a sus preocupaciones estéticas, sin embargo, convergen en un destino común gracias a la hábil cartografía que les ha dibujado Oswaldo Estrada en este libro de ensayos: la condición de las mujeres escritoras les exige en acto de configuración de su escritura para desde ella fundarse un ser y una presencia.

La primera sección "Debates del silencio y la palabra" reúne: "Capítulo I Nellie Campobello: Fragmentos de revolución"; "Capítulo II Rosario Castellanos: Usos del silencio y la palabra"; "Capítulo III Elena Poniatowska: Murales de la crónica actual. La segunda sección "Historias, cartas y cuerpos" agrupa: "Capítulo IV: Carmen Boullosa: El futuro de la memoria"; "Capítulo V Mónica Lavín: Los enigmas de Sor Juana"; "Capítulo VI Margo Glantz: Apariciones de mujer". La tercera sección junta: "Capítulo VII Rosa Beltrán: Mujeres de armas tomar"; "Capítulo VIII Cristina Rivera Garza: En gustos se rompen géneros"; "Capítulo IX Guadalupe Nettel: Marcas de diferencia y sellos de otredad". Note el lector que la reunión de los ensayos no sigue un orden convencional cronológico o temático.

Las nueve escritoras disidentes del género como noción unívoca, las nueve rebeldes de su propia definición, renuentes a ser consideradas "feministas", "imaginativas" o "escritores", van alzando la voz para decir quienes son, qué hacen, qué proponen en cada texto. Estrada sienta las bases para hablar de una apremiante necesidad en la crítica literaria mexicana contemporánea: es necesario adecuar las teorías a las obras, dejarlas hablar, escuchar sus propuestas y no manipularlas para comprobar una visión estética.

La novena de escritoras estudiada ha dejado en claro la difícil trayectoria, doblemente compleja que enfrenta una escritora mexicana para dotar de voz a sus personajes, para conseguir lectores para sus obras, para hacerse de un espacio cómodo, no marginal, en el imaginario literario dominado por intereses que nada tienen que ver con el desarrollo de una intelectualidad. Y en cada momento, a cada una de las escritoras se la califica con una acción desde la que se puede releer su obra, por ejemplo: a Campobello hay que leerla a contra luz de la Revolución; a Castellanos entre el silencio (de sus personajes) y la palabra sonora en contrapunto; a Poniatowska integrada a un mural de crónicas que ayudan a entender el injusto presente. Las tres debaten, disienten, son las más beligerantes del conjunto.

En la segunda parte, estudia una tercia de autoras dedicadas a combatir el bronce de la historia y convertirlo en cuerpo de huesos, carne y piel. Este rasgo común une a Boullosa, Lavín y Glantz. En la tercera parte, se aborda la obra de Beltrán, Rivera Garza y Nettel. Entre ellas, según Estrada, el asunto afín es el inconformismo ante las etiquetas, cualquiera que éstas sean, pues, las tres autoras esgrimen argumentos en sus narrativas contra la definición (fijación) de la "identidad", a la que rehúyen narrándola. Esta sección demuestra que la identidad se aplaza para dejar ver otras nociones aún no nombradas, que están por definirse, que deben quedarse sin definición, deben permanecer siendo en su contradicción.

A lo largo de los ensayos de Ser mujer y estar presente. Disidencias de género en la literatura mexicana contemporánea, se abordan los problemas de la recepción, la edición y de crítica a los que se enfrenta la obra de estas escritoras para que se conozcan y estudien sus respectivos universos narrativos -ficcionales o ensayísticos-, pues muchas veces éstos han sido reducidos por ojos obtusos a los mismos tópicos más visibles -y vendibles- de la llamada literatura "contemporánea" en cuyo mercado compiten disparejamente las novedades y las consagradas; un mercado con pocos lectores en el que un nuevo título desplaza a otro, donde las "novedades" editoriales desfilan fugazmente por las librerías -físicas o en línea-, sin ser detectadas por el lector ocasional.

Para Oswaldo Estrada, estas autoras no sólo están presentes en la literatura mexicana, lo están también en el debate contemporáneo por la justicia, la ciudadanía, la memoria de los caídos y la paz que todos los días se lleva a cabo en medios de comunicación, redes sociales o en las -cada vez más exiguas- publicaciones culturales o de análisis literario en nuestro país. Su obra demuestra que la mejor crítica sobre la literatura mexicana es aquella que se hace desde perspectivas críticas combinadas, dialogales y sin afanes de denostación o elogio.

Como el título lo advierte, debemos considerar que en un país como México, en que no se puede dar por sentado que ser mujer equivale a tener presencia en la complicada tradición machista que ha dominado la edición, la producción y la distribución de la cultura letrada, escribir es una forma de resistencia, de permanencia, de lucha y de placer.

En la "Introducción" a los ensayos, Estrada explica estos indicios de disidencia, de trabajo arduo para combinar las varias jornadas que debe cumplir una escritora mexicana y va dibujando el panorama en que sería más fructífero iniciar o repetir la lectura de este discreto pero sonoro canon. Para plantearlo, se combinan en el ensayo la precisión académica de citas, referencias, bibliografía para ampliar los estudios, consejos para el estudiante de literatura, advertencias precisas para el crítico literario y muchas razones para leer la obra y la vida de cada escritora. Por ejemplo, Estrada aborda la biografía de Nellie Campobello con invitantes tonos de thriller; o bien a Cristina Rivera Garza la introduce sonriendo en el inciso "Los unos y las otras" cuando cuenta cómo para cada uno el asunto de escribir siendo hombre o mujer, le pasa y le llega de manera distinta: "Seguramente para cada autora es distinto", relata Rivera Garza en uno de sus ensayos, "pero para mí el asunto siempre estuvo signado por comentarios tipo 'pero es que escribes tan bien que casi pareces hombre' ("Asunto") Cierto es que algunas escritoras de su misma generación no siempre reflexionan sobe su posición como mujeres en el mundo literario" (23).

"Escritura y comunidad" define el proceso de subjetivación que supone toda literatura escrita por mujeres en los que al decir del autor las escritoras mexicanas contemporáneas demuestran que la marginación, el confinamiento social interrumpen, desestabilizan y se enfrentan con los discursos dominantes al tiempo que logran formar una comunidad intelectual de base y apoyo para las generaciones actuales y futuras. Así, en este libro se haya una explicación abundante en referencias sobre cuáles han sido las claves de esta resistencia ante los discursos dominantes, cuáles han sido los asuntos irrenunciables a los que toda escritura debe responder o repetir, pero ante los que no se puede mantener indiferente. Estrada insiste en que más allá del ejercicio de escritura, las autoras emprenden también una labor ciudadana, de conciliación, de crítica, de resonancia para los muchos intereses en común que se deben mantener en la agenda nacional desde muy diversos ángulos.

La introducción también hace una serie de precisiones con respecto a las generaciones de escritoras nacidas antes de los años sesenta y en los años sesenta, en la que se podrían hallar las "abuelas y bisabuelas" literarias de las escritoras más jóvenes coetáneas. Para ello, Estrada convoca a la conversación a críticos diversos: Nelly Richard, Jorge Volpi, Mayra Santos-Febres, Emily Hind, entre otros.

En el "Capítulo I: Nellie Campobello: Fragmentos de revolución", Oswaldo Estrada afirma acertadamente que "a pesar de los descubrimientos más recientes con respecto a su nacimiento, desaparición y muerte, Nellie Campobello sigue siendo un misterio sin resolver en el rompecabezas de la literatura mexicana del siglo XX" (38). La define como una escritora "enigmática porque se retrata y retrata a otras mujeres de su entorno de manera fragmentada y ambivalente. La mujer que aparece en sus versos quiere ser fuerte, libre, audaz, independiente, pero constantemente se muestra débil, triste, intransigente, embargada por el silencio o la muerte, la desesperación" (39). En una prosa precisa va argumentando los hallazgos en la obra y la crítica revisada para cada autora, aparecen las conclusiones iluminadoras y novedosas. Sostiene Estrada que "Tal vez por esas coincidencias inexplicables que surgen entre la vida y la literatura, porque a veces la vida imita a la ficción, o porque la exclusión de las mujeres sucede dentro y fuera de las letras, Nellie Campobello también se pierde en el libro de su propia vida como otra más de sus protagonistas" (61, con énfasis en el original).

En el "Capítulo II Rosario Castellanos: Usos del silencio y la palabra", se declara a manera de inicio que "leer a Rosario Castellanos a principios del siglo XXI sigue siendo una tarea urgente" porque "escribe sobre sí misma y sobre otras mujeres, sobre la falta de acceso a la cultura de sus congéneres con el machismo y la otredad, la desigualdad entre blancos e indios, el determinismo histórico, la invisibilidad" (63). Con esta precisión Estrada deja claro su punto: nunca antes en México hemos sufrido tanto por causas tan viejas como estas mismas que señala Castellanos. Paradójicamente, esta urgencia que acusa el ensayo parece no ser entendida por el gran público que ve en el presente una suerte de génesis instantánea de atrocidades, de vejaciones, y se resiste a ir a las fuentes del problema, a verlas en una condición arraigada en las muchas formas del silencio con el que hemos decidido disimular o aplazar nuestra toma de conciencia frente a los otros. Castellanos más que nunca es una lectura indispensable para dirigir la mirada al sur, a la comunidad indígena, al norte a la frontera, al centro tan ocupado en sus luchas intestinas por la política que ignora los ecos que la narrativa guarda y conserva para que no caigan en el olvido estridente. Se hace una revisión detallada de las novelas y las aportaciones de la escritora que se descubre aquí en toda su apremiante actualidad. Ante ese silencio denunciado en su obra, Estrada concierta con Castellanos en que la consigna, si queremos evitar la catástrofe, es leernos en el otro, escucharnos para vencer ese silencio en el que se forja una suerte de tumba prematura e inestable que esconde los problemas sin querer enfrentarlos.

En el "Capítulo III: Elena Poniatowska: Murales de la crónica social" se entiende la obra de la autora como una continuación de las voces de la disidencia en nuestro país; no sólo porque la autora discrepe de los modos y asuntos con los que el Estado mexicano insiste en aplazar el pago de sus deudas de justicia contraídas con sus gobernados, sino porque además delinea la obra de la escritora como una constante en el desarrollo de un género, la crónica periodística, que es el antecedente de la memoria, de la tan temible "verdad histórica" oficialista que termina por acallarlo todo. Ante esa voluntad de silenciamiento y olvido, Poniatowska propone no el grito, sino la voz constante de los muchos, la voz susurrante pero inquebrantable de los cientos, de los miles de ciudadanos victimizados por una condición que más parece una condena inescapable que una vida. Dice Estrada:

Aunque vivimos en un mundo donde la hibridez toma lugar del patrimonio nacional, las crónicas de Poniatowska sugieren que hay elementos culturales de la identidad mexicana que son inamovibles, precisamente porque ésta se sostiene en torno a la discriminación étnica y social a la desigualdad económica, al mal gobierno y a la estructuración piramidal de una sociedad anclada en un pasado que no avanza a la democracia (89).

Estrada ha visto bien en las crónicas revisadas que los problemas son los mismos de siempre, que las causas no han sido combatidas y que entonces los efectos de repiten en los múltiples escenarios en los que se puede dividir esta tragedia nacional. Estrada reconoce que su postura crítica está atravesada de presupuestos como una identidad cultural de América Latina definida y en definición constante a través de sus "múltiples narrativas extendiéndose con fluidez en el tiempo y el espacio del discurso escrito" (90). Así, la crónica fija y registra ese acontecer de lo que signa y seña la identidad.

El "Capítulo IV: Carmen Boullosa: El futuro de la memoria" está dedicado a la configuración de los textos en clave histórica y en clave ficcional para abrir la conversación sobre las voces individuales y su injerencia en la construcción de lo colectivo. La noción principal es el derecho a la verdad como resultado de la multivocidad que confiere toda narrativa al pasado. Así, Boullosa está en concierto con otras autoras como Rosa Nissan, Silvia Molina, Sabina Berman y Brianda Domecq que problematizan la escritura del pasado en sus obras. Con Boullosa la relación entre la historia y la ficción apunta hacia la destrucción de lo unívoco, lo certero, lo puro para dar entrada a lo polifónico, lo incierto y lo híbrido. Éstas son las condiciones en las que se recibe el trasfondo de la historia en la narrativa construida por la autora. Y al problematizar cómo se escribe la historia y contestarla con la intertextualidad, la metaficción y los anacronismos, la heteroglosia y la autorreflexión, ha logrado "hacerse presente como escritora dentro y fuera de México" (115). Estrada cita a la autora al declarar que "todo creador literario debe internarse en un territorio ambiguo de realidades y fantasías, de pocas luces e innumerables sombras, hecho de memorias intransigentes o destinos caprichosos que viajan del pasado al futuro hasta instalarse en el presente" (121).

La novela como escenario de la ficción y la historia es un asunto apasionante con el que se pueden revertir los procesos con los que los discursos dominantes, conscientemente o no, atraviesan muchas de las discusiones sobre la identidad, sobre la composición y destino de los anhelos de todos los que tratamos, como dice Boullosa, de darle un sentido a nuestra existencia para entendernos en lo múltiple, en lo abierto y para quienes toda conclusión que indague las relaciones entre el pasado y el presente es provisional. Dice Estrada: "Al reescribir el pasado y reactivar memorias culturales compartidas por una comunidad específica, Boullosa renueva una constante necesidad de definir y redefinir la identidad mexicana en una era contemporánea" (131). Y da pie para discutir el racismo actual, la separación de grupos en condiciones de sobrevivencia y opulencia mutuamente excluyentes e incomprensibles. Por eso, la autora traza en su obra "lienzos de identidad" que se ofrecen no para conseguir respuestas definitivas, sino para provocar más preguntas y abatir el olvido.

El "Capítulo V: Mónica Lavín: Los enigmas de Sor Juana" estudia la relación entre la vigencia de la monja jerónima y la narradora con otras escrituras contemporáneas herederas de esta inquebrantable voluntad de fundar en los textos un espacio para lo propio, lo íntimo y lo placentero. Aporta una versión actualizada de la relevancia de Sor Juana en la letras mexicanas, pues ha sido motivo de estudios, ensayos y novelizaciones de muy diverso alcance y fortuna. Sor Juana como piedra de toque de elaboraciones que con ella asientan en el pasado una discusión que aún no está cercana a llegar a una conclusión, porque entre muchos motivos se ha convertido en un asunto abierto y común a muchas escritoras que cultivan diversos géneros con los que van trazando sus disidencias de género: Rosario Castellanos, Beatriz Espejo, Elena Poniatowska, Elena Garro, María Luisa Mendoza, María Luisa Puga, Ángeles Mastretta, Carmen Boullosa, Rosa Beltrán, Margo Glantz, Ana Clavel, Sara Poot Herrera, Kyra Galván, etcétera. Estrada explica la construcción de la novela Yo, la peor de Lavín como un ejemplo de la intertextualidad que la monja provoca hacia dentro del texto, conformado como novela de epístolas, y hacia afuera, como una tensión de la inteligencia femenina de Sor Juana conectada con la intelectualidad de su época.

Además, Estrada propone sugerentes preguntas con respecto al tema y alcance del tratamiento de Sor Juana en la escritura contemporánea, por ejemplo: "¿No es esta tarea de reinscribir lo femenino en un plano de poder también la de otras escritoras mexicanas que escriben en las últimas décadas del siglo XX y en los primeros años del XXI? (155) Sor Juana vista como isotopía en el universo de la literatura contemporánea promueve una respuesta más para entender el ser y el estar presente de la mujer en las letras y por su trascendencia en la escritura de otras.

En el "Capítulo VI Margo Glantz: Apariciones en clave de mujer" expone las constantes y sorpresas con las que se puede topar el lector en la obra de esta prolífica y consagrada escritora. La incansable viajera trasformada en escritura, en personaje de otras obras, si recordamos sus apariciones afantasmadas en la narrativa de Bellatín, Glantz ha promovido en el estudio y cultivo de los géneros académicos y los ha vuelto lúdicos. Sus novelas son travesías por esferas que agrandan el universo conforme lo van recorriendo sus personajes, descalzas, coronadas de moscas o con zapatos de diseñador. La versión de lo femenino, como lo destaca Estrada, en Glantz invita a pensar en las limitaciones a las que nos impulsa toda teoría, a las coincidencias que deben ser evidenciadas entre una época y otra cuando se trata del trato que han recibido los desarrollos intelectuales de mujeres en la cultura letrada. Así, Glantz reconstruye desde otra escala el encierro conventual, la inteligencia escamoteada como escritura del ser femenino. Sus asuntos son mujeres en diversas dimensiones del ser y del estar presente: Malinche, Sor Juana, Nora García llevan al lector a sus espacios para enseñarlos con la familiaridad con la que se narra un viaje reciente.

Dice Estrada: "Lo que en definitiva distingue a Margo Glantz de otras escritoras de su generación es que en ella se concentran, como en Castellanos, la crítica y la creación, la cátedra universitaria y la ficción -particularidad que hoy comparten diversas escritoras mexicanas [...] Por eso me interesa cómo los cuerpos de mujer que Glantz estudia en su obra ensayística se instalan en su propia ficción" (171). Este análisis cuidadoso de los rasgos de la escritura decanta en definiciones que seguramente podrán ser argumentos de nuevos estudios. Estrada afirma que Glantz "la literatura hecha con fragmentos deductivos, cabos sueltos, pistas, indicios de salida y senderos imaginativos de regreso" van "poniendo a prueba la porosidad de los diversos géneros literarios que enfrentados en un mismo relato, ratifican la fragmentación de toda identidad, pero sobre todo una conciencia feminista que a todas vistas busca desintegrar" (172).

El "Capítulo VII Rosa Beltrán: Mujeres de armas tomar" hace una revisión de la trayectoria de la escritora para conciliar los temas y sus afinidades con otras autoras como Ana Calve o Cristina Rivera Garza, pero más que hallar coincidencias propone una cierta semejanza de intereses y una marcada diferencia en los modos de abordar estas inquietudes comunes. Para Estrada, Rosa Beltrán "recrea la subjetividad e identidad social de la mujer como producto de experiencias históricas y culturales que cambian constantemente. Ésta es una de las mayores contribuciones a la nueva narrativa mexicana que aun a principios de este mileno sigue buscando una conceptualización de la mujer que pueda evadir los peligros del esencialismo" (198) Para Beltrán, según Estrada, una clave de los personajes en sus novelas es que los personajes se mueven más allá de lo complaciente, de las obras de tesis que se imponen por encima de lo literario; se preocupa por la formación del canon literario que sigue siendo excluyente y que menosprecia la extensa lista de obras y autoras que "dicen cosas que antes no se decían, que son atrevidas y arriesgadas" (199).

En su obra narrativa se definen de manera controversial y novedosa los asuntos que normalmente se consideraban tema de la literatura que se pensaba "propia" de las mujeres: el matrimonio, la relación sentimental, los hijos. Beltrán problematiza las nociones convencionales, abordando el tema del cuerpo como cárcel que atrapa, que muta, que se desmiembra para dar cabida a nuevas formas de estar en el mundo. También propone otros temas: mujeres conspiradoras, que matan, que defienden, que están en su tiempo de muchos modos distintos.

El "Capítulo VIII Cristina Rivera Garza: en gustos se rompen géneros" propone una manera de leer la obra de esta escritora que considera como rasgo fundamental de sus textos la porosidad y la ambigüedad. La complicada y a veces desconcertante escritura de Rivera Garza se explica con gran claridad, se alude a sus fuentes, sus intenciones estéticas, sus cavilaciones por escrito. También permite conocer cuáles son las constantes teóricas que aborda la autora, cuáles son sus puntos de vista sobre su propia obra y sobre sus críticos. Estrada hace una lectura ordenada pero no pacífica de la obra de Rivera Garza, pues comenta cuáles son los conflictos en los que se expresa una voluntad que afirma una vez más que el texto literario tiene una fuerza que debe exponerse y evidenciarse aunque por ello se configure un texto, como el de Rivera Garza, que es complicado de leer.

Ante esto, Estrada nos propone claves para comprender los postulados (y propuestas) de esta configuración intertextual en la que texto, personaje, narradores y autor se vuelven transparentes, pierden peso pero toman fuerza. La literatura de Rivera Garza al decir de Estrada es un reto y una provocación para el lector, es un artefacto para entender el mundo. Pero es justo en esa apelación que se encuentra la clave del asunto: es por medio de la imaginación estimulada por el texto que podemos regresar a la realidad cotidiana, luego de estar en la ficcional, con mejores instrumentos para pensar nuestra forma de ser en el mundo.

En el "Capítulo IX: Guadalupe Nettel: marcas de diferencia y sellos de otredad" el estudio se refiere desde el título al empleo en la narrativa de la autora del cuerpo como un texto, de la evidencia constante de la transformación del sujeto en sus contrapartes inquietantes. Nettel aborda la composición del texto como un espacio privilegiado para evidenciar la mutación constante de la realidad. La certidumbre queda relegada a esa zona de la realidad en la que no se puede ejercer el albedrio de decidir ser otro, indagar en los territorios vedados de la conciencia, descender a los subterráneos y aspirar un aire enrarecido que invita a pensar los límites del cuerpo, de los sentidos y del lenguaje que relata esa experiencia.

Guadalupe Nettel cultiva una estética disidente, fuera de los conservadores parámetros de lo que se considera agradable o placentero, su literatura explora los márgenes de las nociones de normalidad, de tranquilidad, pues, descubre en ellas una parsimonia mental peligrosa. Así, el cuerpo es un espacio de conversación con el mundo, que entra y sale de él, que deja sus huellas. En Nettel, cuerpo es una habitación y nosotros somos huéspedes en él, como lo propone la narrativa analizada por Estrada.

En la bibliografía de este excelente conjunto de atinados ensayos, el lector encontrará un programa de lecturas para actualizar los asuntos que son abordados en los análisis del volumen. Oswaldo Estrada apunta generosamente todas las fuentes que tienen relación con sus planteamiento y propone así una conversación entre la teoría, la crítica y la apropiación de los textos, las autoras y sus asuntos. El panorama que nos presenta de la literatura mexicana contemporánea escrita por mujeres debe considerarse como una referencia en el estudio de cada una de las escritoras estudiadas. La actualidad de las referencias y el rigor con el que exponen los argumentos y se comprueban las hipótesis hacen de Ser mujer y estar presente. Disidencias de género en la literatura mexicana contemporánea un excelente ejemplo del trabajo crítico, honesto y propositivo que se aprecia por su precisión y su claridad.

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