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Relaciones. Estudios de historia y sociedad

versión On-line ISSN 2448-7554versión impresa ISSN 0185-3929

Relac. Estud. hist. soc. vol.37 no.146 Zamora jun. 2016

 

Reseñas

Gabriela Torres Mazuera, La ruralidad urbanizada en el centro de México. Reflexiones sobre la reconfiguración local del espacio rural en un contexto neoliberal

José Luis Escalona Victoria* 

*CIESAS, Sureste. joseluisescalona@prodigy.net.mx

Torres Mazuera, Gabriela. La ruralidad urbanizada en el centro de México. Reflexiones sobre la reconfiguración local del espacio rural en un contexto neoliberal. México: Cátedra Interinstitucional Arturo Warman, Universidad Nacional Autónoma de México, El Colegio de México, CONACULTA, CIESAS, CEAS, Universidad Iberoamericana, UAM, 2012. 260p.

El libro La Ruralidad urbanizada en el centro de México, de Gabriela Torres Mazuera, nos acerca a un conjunto de transformaciones sociales en un ejido del Estado de México, experimentadas a lo largo del siglo XX. Sin embargo, su perspectiva y sus hallazgos se podrían extender a muchos lugares del mundo rural de México, con diversas variantes. Se trata de una etnografía realizada en un conjunto de poblados del municipio de San Felipe del Progreso, Estado de México. Varios de ellos surgieron con el reparto agrario que inició en los veinte y treinta del siglo pasado, con la fragmentación de la hacienda Tepetitlán; otros se formaron con repartos posteriores. Sin embargo, a pesar del mito nacionalista del campesino y la política agraria de muchas décadas, muchos de los habitantes de los ejidos no se dedicaban primordialmente a la agricultura, ni siquiera al inicio de esta historia agraria. Entre ellos están los ejidatarios de Portesgil (como lo llama la población, a decir de la autora).

Los habitantes del ejido Portesgil habían sido peones de la hacienda Tepetitlán, incluso habían participado en huelgas de trabajadores. No obstante, la reforma agraria los volvió campesinos. Ya en el ejido, ellos y sus descendientes sembraban sus tierras, pero la agricultura no era su principal fuente de sustento. La producción de maíz absorbía recursos de la familia, puesto que no generaba ganancias sino gastos, por la existencia de un monopolio tanto para la venta del producto como para la compra de insumos. Así que muchos campesinos fueron también braceros y después trabajadores migrantes en los Estados Unidos, otros en México, o las mujeres fueron como sirvientas a las ciudades grandes, como Toluca o el Distrito Federal, y otros más se dedicaban al comercio de jarciería en todo el centro del país. A partir de los sesenta, con nuevas generaciones de campesinos sin tierras, el ejido empezó a sufrir la presión por los recursos y su población a dedicarse a otras actividades y a tener nuevos intereses. Aparecieron paulatinamente la urbanización de la localidad (la construcción de calles, banquetas, sistemas de agua y drenaje, electricidad), la educación secundaria, los créditos de BANRURAL, la CONASUPO, la formación de maestros y de promotores bilingües (entre la población mazahua de los pueblos cercanos), así como proyectos de granjas de puercos y de tractores, entre otros; eran los tiempos del desarrollo. Pero también, a finales de siglo, la política agraria dio un nuevo giro, cerrando el reparto agrario, convirtiendo a los sujetos rurales en objeto de nuevas políticas contra la pobreza.

Por largo tiempo, muchos aspectos del complejo mundo rural mexicano fueron escondidos detrás de la imagen del México campesino y agrarista; pero a partir de las últimas décadas del siglo XX muchos cambios sucedieron, y esas imágenes y las políticas que las acompañaban no eran suficientes para dar cuenta de lo que ocurría. Todos esos cambios han sido ya analizados ampliamente, en particular, por los estudios de la llamada Nueva Ruralidad que se han enfocado en el cambio demográfico y en la pérdida relativa de valor de las actividades agropecuarias, así como en la formación de nuevos actores en el medio rural. Lo que este estudio hace es agregar algunos elementos a ese análisis del cambio rural, como los que destacaré en esta reseña.

Campos de poder

Uno de los aportes del libro Ruralidad urbanizada es insertar ese proceso de surgimiento de la nueva ruralidad en campos de poder más amplios, que permitan ver claramente las conexiones entre el proceso específico (el cambio del mundo rural, campesino y agrarista, a la urbanización, la terciarización de la economía, la expansión demográfica y la formación de actores múltiples) y los cambios en la política agraria, vista no sólo como un conjunto de medidas gubernamentales para un sector social o económico, sino como mecanismo amplio de poder (de control demográfico, económico y político). Es así como se analizan varias condiciones de política nacional que influyeron en ese proceso.

Una condición fue que el reparto agrario y los subsidios agrícolas fueron cancelados en los noventa, y los campesinos pasaron de ser los hijos predilectos a volverse los pobres, sujetos de nuevas políticas sociales (primero de desarrollo y después, en particular, de políticas contra la marginación y la pobreza). Para entonces, la agricultura ya se había vuelto paulatinamente, para muchos, una actividad secundaria, de los que se quedan en el pueblo, viejos y mujeres; además, la asamblea ejidal ya no recibía el interés de antes. La agrarización previa del campo, con su enfoque en el ejido (que tuvo éxito más bien político que económico y estableció la hegemonía ejidal en el campo) había impulsado una forma local de poder y un dispositivo de inclusión y exclusión de grupos de población en el mundo rural (entre ejidatarios, avecindados, agregando a los posesionarios en la reforma de 1992). En cambio, con el énfasis en el desarrollo posterior a los cincuenta y la cancelación del reparto en los noventa se daban las condiciones para desagrarizar el campo, es decir, para quitar la centralidad al campesino ejidatario y sus instituciones (la asamblea ejidal y el comisariado, por ejemplo), debilitar ese mundo rural campesino y agrarista que había sido creado por las políticas rurales previas.

Otra condición importante en esta historia fue el cambio demográfico, con la aparición de nuevas generaciones de habitantes rurales, la formación de asentamientos y barrios, y la aparición de mecanismos para su reconocimiento y administración, y de política poblacional en general. Por ejemplo, en los años ochenta se implementó la administración política por subdelegaciones y manzanas, lo que generó la aparición de nuevos intermediaros con el gobierno estatal y municipal (y con el PRI): los delegados. Además, surgieron nuevas áreas de manejo de recursos, lo que despertaba el interés en la elección de las personas para esos cargos. También hubo un cambio con el reconocimiento paulatino de la presencia indígena en la región, la aparición de estudiantes y profesionistas indígenas, el Movimiento Indígena Mazahua (MIM), la creación del Centro Ceremonial Mazahua y en 2003 la Universidad Intercultural, lo que modificó las relaciones entre la cabecera mestiza y los ejidos indígenas, y colocó la categoría "indígena" como parte de los asunto de interés en la competencia por las lealtades y los votos.

Otra condición importante fue la implementación de una serie de reformas que daban más capacidades a los gobernadores y a los municipios, otorgando más importancia a estas instancias como fuente de poder y recursos en la localidad. La descentralización administrativa y la aparición del ramo 33 (el presupuesto manejado por la autoridad local) dieron una influencia muy grande al ayuntamiento municipal y a figuras como el "enlace", creado para la comunicación entre la población local y el municipio para el manejo de los proyectos de inversión en desarrollo y obras públicas (aunque también juega un papel de reclutamiento político). Las relaciones entonces con estas instancias y los cargos en ellas se volvían un elemento más de interés y de disputa, mucho más la asamblea o los puestos en el ejido. Es como lo sintetiza la autora: la caída de la hegemonía ejidal y el surgimiento del municipio como centro de atención en la configuración del poder local.

Estado, gubernamentalización y discursos de poder

El estudio en estas localidades, en particular en Portesgil, nos permite plantearnos preguntas más generales sobre el cambio rural y el poder en el México del siglo XX. Por un lado, se puede reinterpretar la reforma agraria como un mecanismo territorial amplio, que implicó no sólo el manejo de la tierra sino un dispositivo de inclusión/exclusión social y de creación de jerarquías, una forma de ordenamiento político en el territorio que dio espacio a un espectro de formas de intervención para el desarrollo en el campo. El ejido era una entidad multifuncional y abarcaba la vida de la población rural en muchos sentidos, incluso en sus expectativas; todo ello se internalizó en la vida de las personas que vivían ese mundo agrario del México postrevolucionario. Al mismo tiempo que se creaba una hegemonía ejidal el gobierno central sustentaba su poder. Así, la centralidad de la agricultura y del campesino en el México postrevolucionario era en cierta forma un efecto de la política agraria misma, que ponía acento en esta imagen y la extendía a través de diversas políticas nacionales. Sin embargo, no se trata de un efecto simple y directo, ni conscientemente dirigido.

La etnografía de estos cambios nos introduce también a la complejidad del poder, en sus formas y en la diversidad de posicionamientos y de manipulaciones de las opciones abiertas y de las expectativas creadas dentro de esos campos de poder, a través de las instituciones existentes. Más que hacer un análisis de la política y las instituciones como un conjunto de reglas claramente establecidas que orientan la acción, la autora nos acerca a las instituciones como ámbitos de organización y de manipulación, donde los resultados no siempre son los esperados. Por ejemplo, en el análisis de las empresas económicas de los habitantes de Portesgil lo que encontramos muchas veces es un fracaso del proyecto en términos de los propósitos del mismo. El ejido es un ejemplo de eso, pero la autora nos presenta también otros casos, como el de los "puercos del gobierno". Se trata de un programa de construcción de granjas de puercos que recibía financiamiento del gobierno, tanto para la construcción de las porquerizas como para la adquisición y alimentación de los animales, hasta la llegada del camión que los llevaría a vender en otras partes del estado. El proyecto nunca prosperó, por manipulación de los recursos que no llegaban a tiempo o por la venta de los puercos fuera del circuito mercantil convenido con las autoridades. No obstante hubo recursos y algunos se transformaron en dinero y en otros bienes para las familias (como algunas porquerizas que se convirtieron en extensiones de la casa, o por el hecho de que a raíz del proyecto de puercos fue que se pavimentó carretera y calles y se puso agua y energía eléctrica). También otros programas eran manipulados por los funcionarios, con fines económicos o de lealtad política (dando preferencia a los que votaban por el partido del funcionario, por ejemplo), o por los mismos beneficiarios, para obtener otro tipo de ganancias. ¿Entonces cómo se puede decir que las políticas gubernamentales tienen efectos si en general fracasan en sus objetivos?

La clave no está en los propósitos del programa, sino en los resultados que no estaban calculados, y que se pueden analizar como una aceptación implícita de ideas como la de desarrollo o la de corresponsabilidad (como lo muestran algunos testimonios de los pobladores sobre por qué fracasan los proyectos, en los que se atribuyen el fracaso a ellos mismos). Es decir, de alguna forma ciertas instituciones emergen al irse haciendo cotidianas, y al volverse parte de los intereses y las expectativas de las personas. Este estudio nos propone entonces un análisis distinto del poder, que se enfoca en los resultados del proceso no desde la perspectiva normativa de las políticas públicas y las instituciones, sino desde las manipulaciones y luchas de los actores involucrados de manera desigual, y sus múltiples respuestas. Pero, al mismo tiempo, el estudio llama la atención sobre esos resultados que implican una incorporación y reelaboración de los marcos mismos de la disputa, como lo fueron el ejido y el agrarismo en un momento, y ahora lo son el desarrollo y los "pobres" (cuando estar en la lista de los beneficiarios de Oportunidades es pensado como un "privilegio", por ejemplo). Esta sería una manera de hacer una aproximación etnográfica a lo que Foucault llama la gubernamentalización, la incorporación de ámbitos de la vida de la población en la estadística política, la regulación y la administración gubernamental, un proceso central de la configuración del poder contemporáneo. Esto además llevó a la autora a otra conclusión importante, relacionada con el llamado Estado neoliberal: lo que nos muestra la autora es que lo que presenciamos no es un retiro o reducción del Estado, como se entiende a veces la política neoliberal, sino un cambio en los discursos de poder, como se muestra en la etnografía de la vida de este ejido y su entrelazamiento con diversas políticas públicas como marcos discursivos.

Etnografía del poder

Finalmente, otro aporte de este estudio es el acercamiento más claro al análisis del poder no sólo en el ámbito de las políticas nacionales y sus impactos locales, sino en la dinámica de formación de grupos y sus diversos arreglos y confrontaciones por los recursos y por las posiciones locales de influencia. El cambio rural es causa y a su vez resultado de esta reconfiguración de las relaciones de poder entre grupos, del surgimiento de agrupamientos nuevos y de los conflictos de valores e intereses entre todos ellos. Gabriela Torres estudia cómo el poder de los terratenientes y comerciantes de inicios del siglo XX fue desplazado por los campesinos movilizados y sus alianzas con el gobierno central. Eso abrió un espacio para la formación de líderes y mediadores, como el caso de Macario, referido en el libro.

Este personaje era el que controlaba los monopolios de compra de maíz y venta de fertilizantes y herramientas, así como la tienda del pueblo y el crédito; pero además intervenía en asuntos de orden civil y en celebraciones religiosas. Para unos era un cacique violento y abusivo; para otros era el líder modernizador, impulsor de la escuela, que intervino en el reparto de las tierras y lotes urbanos, y conocía cómo hacer trámites. Pero en los sesenta nuevos grupos de campesinos sin tierra se movilizaron y enfocaron su protesta contra ese líder. Estos grupos además incluían a maestros y trabajadores migrantes con otros vínculos fuera del ejido y de la política agraria. En las décadas finales del siglo, las divisiones sociales y los nuevos grupos se expresaron de diversas formas, combinándose con la fractura de las anteriores mayordomías dedicadas a las celebraciones religiosas, y con la formación de nuevos partidos políticos y de nuevas iglesias. Vemos así a otros personajes que queriendo colocarse en puestos de elección popular buscan el apoyo de políticos del gobierno estatal y del partido (PRI), y que cuando no lo logran se convierten en candidatos de los nuevos partidos que fueron apareciendo en la competencia política (¿Cuántas veces no se ha repetido esta trayectoria en diversos procesos electorales en México?). Es así también como la fiesta del pueblo, dedicada a San Isidro Labrador, o la formación de equipos de futbol y los mismos encuentros deportivos se volvieron escenarios de confrontación de los cambiantes agrupamientos sociales, políticos y religiosos. Es en este acercamiento fino a la vida política local donde se puede ver cómo, poco a poco, los campesinos ejidatarios y sus líderes, que fueron antes las figuras centrales del campo, iban perdiendo el peso que tenían en la política local, para dar paso a otros grupos y líderes. El libro es también una aproximación a la paulatina decadencia de la hegemonía del ejido como institución local, encarnada en grupos de una generación de habitantes de estos pueblos, a través una mirada etnográfica puesta en distintos escenarios de la vida pública.

Una aportación más de este trabajo sobre la ruralidad urbanizada es el análisis de las implicaciones de esos cambios en la vida y en las percepciones de las personas que los están experimentando. A través de fragmentos de relatos de distintas personas y familias, la autora nos acerca a diferentes formas en que esos cambios se expresaron en el consumo, en las preferencias por el tipo de trabajo y por la educación escolar, o las tensiones diversas entre las generaciones y entre los géneros. Hay, por ejemplo, un análisis comparativo de distintas formas en que se valora la producción de maíz, desde los que continúan la siembra regularmente, la asocian a la identidad campesina y la defienden como algo valioso en sí mismo, hasta los que prefieren comprar el maíz de los otros. También nos acerca, por ejemplo, al consumo ligado a las nuevas generaciones de migrantes, estudiantes y maestros, y a las mujeres con salarios regulares (maestras, comerciantes) y su gasto en la presentación personal (ropa, maquillaje, zapatillas, o una casa de dos pisos como en la ciudad, por ejemplo). El cambio entonces no se produce como un proceso político y económico separado de la vida de las personas; por el contrario, se encarna en las expectativas de vida de los lugareños.

En resumen, el libro Ruralidad urbanizada (originalmente tesis de doctorado y reconocida con el Premio Arturo Warman 2010) nos acerca a diversos niveles de la reconfiguración del poder en una zona rural del centro de México en el contexto del ajuste hacia una política neoliberal, y a sus consecuencias, analizadas etnográficamente, como un proceso de desagrarización y de urbanización del campo.

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