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Relaciones. Estudios de historia y sociedad

versión On-line ISSN 2448-7554versión impresa ISSN 0185-3929

Relac. Estud. hist. soc. vol.36 no.143 Zamora sep. 2015

 

Reseñas

Sonia Pérez Toledo, Trabajadores, espacio urbano y sociabilidad en la Ciudad de México 1750-1867

Brian Connaughton* 

*Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Correo electrónico: tani@xanum.uam.mx

Pérez Toledo, Sonia. Trabajadores, espacio urbano y sociabilidad en la Ciudad de México 1750-1867. México: UAM-I, Miguel Ángel Porrúa, 2011. 280p.

Este es un libro que refleja fielmente largos años de investigación, de recopilación laboriosa de datos censales y testimonios diversos para someterlos a un severo y sostenido escrutinio. La obra tiene como su enfoque principal los grupos populares: artesanos, comerciantes en pequeño, sirvientas/sirvientes y otros empleados en los servicios, los cuadros comunes del ejército, o incluso los inmigrantes españoles de escasos recursos. Estos grupos no eran los que solían hacer la alta política o escribir memorias históricas, ni forjar la imagen de la nación en su expresión más articulada, pero eran por mucho la mayoría de la población de la ciudad de México y eran los que cumplían con la mayoría de funciones sociales de modo que la elite política, eclesiástica, comercial y militar pudiera ocuparse de lo que contemplaban como los altos destinos nacionales. El libro se ocupa de ubicar los espacios de la presencia femenina, ponderar la presencia y las particularidades del mayor grupo de inmigrantes extranjeros que constituían los españoles y sopesar los diversos esfuerzos, normativas, e instituciones que tuvieron como finalidad encausar, rectificar y en su momento castigar la conducta de los grupos populares. En ese sentido, es un libro que presenta una especie de radiografía de la urbe en funciones, pero con el énfasis puesto más en la ciudad de la gente común, los talleres y los sudores, y mucho menos en los encumbrados, los palacios y los aromas de grandeza.

Los sectores populares no eran homogéneos y su carácter complejo se reflejó en la distribución espacial. La fuerte concentración de talleres y comercios en el trazo original o centro histórico de la ciudad de México en la década de 1790 se prolongó hacia el siglo XIX pese a la supresión de los gremios, pero acorde con lazos humanos -o redes sociales- establecidos a través de un largo periodo previo. Pequeños talleres que habitualmente ocupaban sólo 2 o 3 empleados, salpicaban el mapa citadino, especialmente mientras más se acercaba al centro del poder político. Proliferaban oficiales y aprendices ya que la calificación y el capital deslindaban a éstos del núcleo menor de maestros. La confusión sostenida entre taller, punto de venta y hogar daba pie a la presencia de mujeres y niños no sólo convivencial, sino laboralmente pese a su exclusión por las ordenanzas gremiales primero y luego el predominio indiscutible de la mano de obra masculina incluso en el siglo XIX. Las mujeres, ausentes en las estadísticas de los 1790, como comerciantes, parecen haber logrado no obstante insinuarse en una actividad diversa de "tend[a]jones, puestos callejeros y [...] vendedores ambulantes" más que comercios de mayor capital y presencia ante los ojos oficiales.

La autora señala una alarmante reducción de talleres productivos entre 1794 y 1842 que llega a 18.4 % (p. 68), la proliferación de trabajadores de menor calificación quienes inmigraban a la ciudad, y alguna mudanza estadística de los espacios productivos hacia cuarteles nuevos, todo dentro de un proceso marcado por la supresión de los gremios y luego la apertura del mercado mexicano a las importaciones de ultramar. Para 1842, las estadísticas disponibles permiten a Pérez Toledo plantear que 32.8 % de la población -sobre todo personas entre 15 y 34 años- habían inmigrado de otras partes del país, sobre todo del entorno más cercano del altiplano central. La población dedicada a las armas había saltado a un 20.4 % a partir de sus tamaños verdaderamente modestos a finales del siglo XVIII. En cambio, los servicios -entendidos como trabajo doméstico y las labores de cargadores, aguadores, cocheros, porteros y lacayos- sostuvieron una fuerte presencia como la segunda ocupación después de la producción artesanal, lugar que guardaban desde cuando menos 1790. El 60 % de las mujeres y 34 % de los hombres hallaban su modo de sustento en este sector. Un 14.07 % de los habitantes se ocupaban del comercio, donde prevalecía la población masculina en una relación de 4 hombres por 1 mujer dedicada a esta actividad. Los cuarteles más céntricos lograron mantener o aumentar la porción de la industria textil que manejaban, pero en conjunto el número de talleres dedicados al textil disminuyeron y la disminución en los barrios indígenas de sur y suroriente fue particularmente pronunciado, lo que evidentemente merece el escrutinio que la autora señala como indispensable en una futura investigación. Hacia 1842, y más notablemente hacia 1865, los talleres dedicados a la madera crecieron para finalmente convertirse en la primera producción artesanal. El cuero y la piel descendían en importancia, pero el trabajo con el metal no precioso ascendía a la vez que la producción de alimentos conoció un alza impresionante que amerita analizarse a través de fuentes cualitativas. Hoy día parece que se dispara la venta de alimentos porcentualmente cuando la economía en su conjunto baja. El descenso en la importancia de la producción de cera y velas debe revelar, asimismo, un patrón relevante de alteración de consumos y gustos en la gran capital, mientras saltaban al escenario la relojería y fotografía como novedades atractivas.

En una sociedad que idealmente ponía a la mujer al amparo del hogar y alejada de las rudezas de la vida productiva y callejera, la realidad económica y de estado civil obligaban a algunas casadas y muchas solteras y viudas a integrarse a las filas de la población laboriosa. La autora nos muestra los contornos y grandes limitantes de la inserción femenina en el mercado laboral. Aquí y en otros abordajes de su texto Sonia Pérez Toledo nos resalta la situación de depresión económica que caracterizaban las décadas a partir de la consumación de la Independencia. Con la competencia de textiles importados y la modernización industrial de los hilados en México, además del desplome del empleo en la industria del tabaco, era difícil para muchas mujeres acomodarse en esos sectores de habitual ocupación femenina en la época colonial, de modo que nos explica la autora que la costura, el pequeño comercio, la preparación y venta de alimentos -sobre todo preparación de tortillas- y de manera notable el servicio doméstico absorbían la mayor parte de la mano de obra femenina. Una pequeña si bien significativa capa de mujeres pudo hacerse presente como maestras, enfermeras/ parteras o incluso propietarias o actrices dentro de las profesiones liberales. Cuando menos algunas propietarias parecen haber sido viudas acomodadas o mujeres de buenos medios de largo arraigo en la ciudad. Muchas mujeres eran migrantes a la ciudad de México de modo que el padrón que estudia la autora, 43 % procedían de fuera de la ciudad y tenían entre 15 y 34 años de edad. Abundaban las mujeres solteras y viudas; tener pareja resultaba difícil en una ciudad que privilegiaba por contraste a los hombres en materia de matrimonio. Quizá el traslado a la capital no resultaba en jauja para las mujeres, porque de las trabajadoras sólo 37 % eran migrantes, lo que sugiere la existencia de buen número de mujeres migrantes desempleadas. Es posible que la competencia haya sido muy severa, porque 63 % de las citadinas originarias de la urbe laboraba dentro de un mundo de trabajo que no ofrecía grandes recompensas. Prácticamente dos de cada tres mujeres laboraban dentro de los servicios, la gran mayoría dentro del servicio doméstico, y estaban lejos de ganar el ingreso dos o tres veces mayor que podía obtener una ama de llaves que había ganado la confianza de su patrón. Un 8.97 % de mujeres trabajadoras se dedicaban al comercio, algunas al parecer en condiciones de relativo desahogo, casadas y establecidas en barrios céntricos, mientras que mujeres migrantes en la ciudad y que se dedicaban al comercio solían vivir en la periferia, probablemente indicativo de una mayor marginalidad relativa. Falta recordar que en ese rubro caben los alimentos -y especialmente la tortilla-, que no debe haber sido un oficio de amplio lucro para la mayoría.

Muchas historias políticas del siglo XIX han señalado el papel fundamental jugado por el antihispanismo en la formación del primer nacionalismo mexicano, destacan las expulsiones de españoles entre 1827 y 1834, y han puesto algún énfasis en la persecución e incluso asesinato de españoles tan tardíamente como en la década de 1840, cuando ya se anunciaba como futuro estado de Guerrero. Sin embargo, esta obra muestra fehacientemente que la península ibérica siguió aportando migrantes para México a lo largo del siglo XIX, mismos que solían llegar a lugares como la ciudad de México por medio de nexos de parentesco con sus paisanos ya establecidos aquí. Nuevamente la autora fija la vista en la gente del común, y no en los grandes comerciantes, industriales, mineros o prestamistas de origen ibérico. En 1842, esos españoles constituían 62 % de los inmigrantes en la capital, se concentraban en los barrios del centro, dedicándose al comercio, y eran primordialmente jóvenes varones de escasos recursos de entre 15 y 34 años de edad. Si había 1,058 en 1842, su número había subido a quizá 1,300 individuos en 1864. La fortuna de estos peninsulares, que procedían mayormente del norte de la península sin visos de antecedentes ostentosos, provenía de hallar trabajo mediante sus nexos sociales que -pese a largas horas tras un mostrador- prometía un ascenso paulatino y medios eventuales para buscar pareja y formar familia.

Si la mayor parte de la población laboraba duramente y bajo condiciones onerosas para atender sus necesidades económicas, eso no daba seguridades suficientes a la elite política y social de su carácter pacífico y su ética del trabajo. El miedo a los vagos y viciosos entre la población capitalina ronda en las páginas de este texto como reflejo de las preocupaciones de burócratas, políticos y "gente de bien" en la época. Como lo ha señalado Juan Pedro Viqueira para fines de la época colonial, la miseria, desnudez, vida callejera y hábitos relajados -o percibidos como tales- de los grupos populares suscitaban hondos temores de desacato, freno a las actividades productivas y rebelión. En un mundo atlántico en el cual la competencia internacional se asomaba como una amenaza al acentuarse la disparidad de riqueza y poder entre las naciones, se atizaba entre la elite el deseo de disciplinar a los grupos populares propios, enseñarles el valor del trabajo como sustento de la virtud ciudadana y asegurar que el trabajo desplazara el ocio y que la disposición a mejorar por vía del esfuerzo laboral suprimiera cualquier asomo de rebeldía. La autora revisa la legislación y acciones de los gobernantes de la capital para detener y castigar o reformar a los vagos y limitar su crecimiento. Comenta también que a mediados del siglo el esfuerzo por controlar a los trabajadores no especializados incrementó, repercutiendo contra "sirvientes domésticos, panaderos y tocineros, cargadores, aguadores, e, incluso, [...] evangelistas" (p. 195). Como otros autores, sin embargo, halla que el empeño puesto en controlar la vagancia no se tradujo fácilmente en resultados palpables. Pese a que una situación generalizada de subempleo a menudo impidió que artesanos y otros trabajadores del común demostraran una ocupación cabal para deshacerse de las acusaciones de vagancia, la legislación misma y las prácticas de las autoridades eran poco congruentes con una persecución despiadada de vagos, y permitían que los acusados apelaran con testimonios a su favor. Un destino para vagos convictos era el ejército, pero la autora sugiere que en la ciudad de México la mayoría de los conscriptos eran fuereños y sólo la oficialía demostraba una tendencia marcada a ser de origen capitalino. Alejándose de los prejuicios de la época estudiada, la autora sugiere que la mayoría de los elementos de la tropa no eran la escoria de la sociedad, sino personas en edad productiva que reflejaban el complejo mundo laboral urbano y rural de la ciudad y su región de influencia. Asimismo, la campaña contra el ocio y a favor de reglamentar los oficios de menor calificación, o de emplear a las mujeres para propagar los valores del trabajo, tendieron a entorpecerse con las condiciones imperantes de subempleo, la persistencia de clientelismos y redes sociales, y la falta de instituciones efectivas capaces de poner en práctica los deseos utópicos del gobierno para construir al ciudadano perfecto.

Un importante capítulo de esta obra se dedica a explorar la adopción y promoción por artesanos de los nuevos valores de las clases dirigentes de la capital -quizá se trataba de maestros artesanos sin ser propietarios de talleres artesanales- quienes a tono con la época acudieron a la prensa para expresar sus puntos de vista. Sugiere la autora que, desde la década de 1840, este grupo de artesanos organizados en la primera asociación mutualista del país, la Sociedad Mexicana Protectora de Artes y Oficios, pudo publicar un periódico -El Aprendiz- y colocar editoriales importantes en otro -el Semanario Artístico-, órgano de la Junta de Fomento de Artesanos, de carácter oficial, que adoptaron valores fundamentales de competividad, dedicación al trabajo, aceptación de innovaciones técnicas y de métodos, negación del ocio y búsqueda de mejoría social, a la vez que promovieron prácticas que fueron electoralmente democráticas al interior de su asociación, promovieron la igualdad mediante el esfuerzo laboral, avanzaron el individualismo frente al corporativismo, y subrayaron la necesidad de fomentar la producción mediante inversiones y expansión, y no conformarse con simplemente socorrer las necesidades más indispensables de los socios.

Tanto en el nuevo mutualismo, destacado por la autora en el Reglamento de la Sociedad Protectora de Artes y Oficios, como en la decidida oposición de los gobiernos capitalinos a la mendicidad y la limosna como prácticas de antaño, la autora nos señala asomos de la temprana secularización del país al cultivarse nuevos valores no sólo orientados a la innovación productiva, sino críticos hacia la caridad como práctica habitual de la sociedad cristiana. Desde luego, había cierta continuidad innegable aquí con el reformismo borbónico del siglo XVIII. Pero probablemente había cierta intensificación de la transición acicateada por el vuelo que tomaba la prensa y el papel que en ella jugaban las ideas venidas de ultramar, ya no sólo de España, sino muy particularmente de Francia. En todo caso, los promotores del mutualismo, como lo plantea la autora, combinaban valores heredados con nuevas exigencias. Por ejemplo, a nivel educativo, deseaban promover "enseñanzas sobre moral, doctrina cristiana, urbanidad, elementos matemáticos y de geometría aplicada a las artes, dibujo lineal y natural, así como principios de economía y deberes del 'hombre de sociedad' y el oficio" (p. 226). Prevalecía una óptica moralizante que convergía con aspectos claves del combate gubernamental al ocio y la vagancia, a la vez que en escala menor se promovieron avances técnicos y la introducción de un nuevo discurso analítico de superación industrial. La autora ve la "impronta del pensamiento liberal, asociacionista y patriótico" en las ideas de los tempranos mutualistas, y ojalá en un futuro estudio pueda profundizar esa percepción mediante nuevos hallazgos documentales a la altura de su descubrimiento del periódico El Aprendiz que le permitió desarrollar este acercamiento a un grupo que no gozaba de los auspicios oficiales.

Todo buen libro deja inquietudes nuevas y despierta el deseo de abrir aún más horizontes inéditos en nuestra comprensión. La obra que abordamos satisface al brindarnos una visión enriquecida del habitante común de la ciudad de México entre 1790 y en los sesenta del siglo XIX. Pero a su vez, deja importantes preguntas por resolver sobre cómo, más allá de los esfuerzos por encauzar y coaccionar, interactuaban elites y grupos populares. ¿Quiénes establecían los nexos entre unas y otros en esta sociedad? Los funcionarios medios y bajos son una referencia constante, pero se antoja saber mucho más sobre ellos: su procedencia, sus ingresos, su forma de vida, la manera en que obtenía y mantenían o perdían su legitimidad ante la sociedad. Vemos asomarse en las páginas de este libro algunos empleados de confianza, junto con los maestros que aparecen con o sin talleres propios. ¿En cuáles fuentes podemos abrevar para hurgar más en la vida y función social -y no sólo económica- de estos personajes? Y aquellas mujeres que destacan por encima de la mayoría de su sexo, por sus conocimientos, propiedades, ingresos o la confianza que se les otorga, ¿simplemente gozan de una situación de relativo privilegio o juegan complejos papeles en la conformación de la sociedad y contribuyen a su movimiento y conformación más allá de sus números? La ciudad de México, con su abigarrada población en vías seguramente de trabar nuevas relaciones entre fuereños y originarios, ¿alcanza a ser un mosaico capaz de romper inercias, o la dinámica entre antiguos y nuevos pobladores conoce cortapisas demasiado abundantes por motivos de diferencias sociales y lingüísticas, alcurnias reales y soñadas, distinciones ocupacionales, y el simple peso de la tradición? ¿La sociedad urbana es tan limitada en su movimiento como el tope demográfico de 130,000 habitantes que nos señala nuestra autora, o ya están aquí las semillas del acelerado cambio que vendrá después? Y por fin, ¿lo abordado para la ciudad de México es comparable con lo sucedido en la época en otras ciudades principales del país, es un modelo por generalizar, o estamos ante un escenario urbano mucho más complejo?

Estas preguntas no restan valor alguno a lo que la autora logra en esta obra. Al contrario, son sus análisis los que en todo caso permiten soñar en que eventualmente tengamos un equipo más amplio de historiadores que en solitario o colaborando entre sí, quizá bajo la dirección de la Dra. Pérez Toledo, puedan ayudar a profundizar paulatinamente en la comprensión tan vital y central para la historia de la vida urbana en la transición entre el antiguo régimen y lo que se ha convenido de alguna manera en llamar lo moderno, o la modernidad de una sociedad en cambio constante y reconocido, y apreciándolo las más de las veces como un valor positivo.

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