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Relaciones (Zamora)

versão impressa ISSN 0185-3929

Relaciones (Zamora) vol.31 no.121 Zamora  2010

 

Sección temática

 

Santa María de Guadalupe, Atlacomulco ante los aciagos años de principios del Siglo XIX: conflictos locales, crisis agrícolas y epidemia, 1809-1814

 

Santa María de Guadalupe, Atlacomulco during the Ill–fated Years of the Early 19™ Century: Local Conflicts, Agricultural Crises and Epidemics, 1809–1814

 

América Molina del Villar*

 

CIESAS-DF. *avillar65@hotmail.com

 

Fecha de recepción del artículo: 14 de septiembre de 2009
Fecha de aceptación y recepción de la versión final: 23 de febrero de 2010

 

Resumen

En este artículo se analiza el impacto de la crisis agrícola de 1809-18011 y de la epidemia de tifo de 1813-1814 en la curva general de entierros, bautizos y matrimonios de la parroquia de Atlacomulco. El trabajo revela que se trata de acontecimientos independientes y con efectos diferenciados en la población. El estudio muestra que el tifo causó el mayor número de muertos.

Palabras clave: Crisis agrícola, epidemia, entierros, bautizos.

 

Abstract

This essay analyzes the impact of the agricultural crisis of 1809–18011 and the typhus epidemic of 1813–1814 on the general curve of burials, baptisms and marriages in the parish of Atlacomulco. Research reveals that those events were mutually independent and had differential effects on the population. Finally, the data show that typhus caused the largest number of deaths.

Keywords: agricultural crisis, epidemic, burials, baptisms.

 

En la primera década del siglo XIX en México se experimentaron disturbios locales, algunos de los cuales estaban vinculados con la revuelta general de Hidalgo. El occidente y el Bajío fueron escenarios de conflictos políticos. Con el tras-fondo de esta inestabilidad social y política, en este trabajo me interesa analizar el comportamiento demográfico de una localidad rural del centro de México, Atlacomulco, lugar en donde se conjuntaron revueltas locales, crisis de subsistencia y epidemias. A partir de 1809, comenzó en el centro del país una crisis de subsistencia y entre 1813 y 1814 se manifestó una fuerte epidemia de tifo.

Todos estos desastres ocurrieron en un momento crítico del país, ya que antecedieron o sucedieron al mismo tiempo que la rebelión de Hidalgo y la guerra de Independencia. En el caso de Atlacomulco, al norte del valle de Toluca, el 1 y 2 de noviembre de 1810 se presentó una revuelta local a consecuencia del asesinato de Romualdo Magdaleno Diez, hacendado, junto con otros tres españoles, entre los que se encontraba su hijo. Como consecuencia de este homicidio, una multitud de indios y de no indios se inconformaron contra los "españoles y el mal gobierno". Este conflicto ha sido ampliamente analizado por varios autores, principalmente por Eric Van Young, quien ubica este acontecimiento como un ejemplo de las múltiples y variadas revueltas locales que enmarcaron y estuvieron en el telón de fondo de la rebelión insurgente.1

Estos disturbios locales fueron antecedidos por una crisis de subsistencia entre 1809 y 1810 en el centro de México. Esta crisis comenzó con un retraso de lluvias en el mes de mayo de 1809, lo que provocó que los sembradíos no maduraran. A la falta de agua se sumaron heladas anticipadas y granizo en agosto y septiembre. La capital del virreinato y otras localidades del centro padecieron escasez y carestía de alimentos. Años más tarde, las mismas localidades del centro de México sufrieron el embate de una devastadora epidemia de tifo en 1813 y 1814, cuyas principales rutas de diseminación fueron el movimiento de las tropas insurgentes. La epidemia comenzó en el sitio de Cuautla y de ahí se propagó al Centro, Bajío y Occidente de la Nueva España.

En el contexto descrito atrás, el trabajo se plantea varios objetivos. Primero, me interesa explorar en la supuesta relación que se ha establecido entre crisis de subsistencia, hambre y surgimiento de epidemias a partir de la variable demográfica; principalmente, me interesa mostrar hasta qué punto las repercusiones de estos fenómenos tuvieron un impacto inmediato en el número de entierros, bautizos y matrimonios de la parroquia de Atlacomulco. A partir de este análisis exploraré en el debate historiográfico en torno a la vinculación entre crisis de subsistencia, hambre y surgimiento de epidemias. Otro de los objetivos del estudio consiste en vincular estas coyunturas de crisis con el conflicto de tierras, antecedente importante de la revuelta local de 1810. De manera particular, veremos hasta qué punto la dinámica demográfica repercutió en un exacerbamiento de litigios entre indios y hacendados por el control de las tierras, lo que fue allanando el camino para que Atlacomulco fuera un punto de resistencia y apoyo a las huestes de Hidalgo.

 

LA CRISIS DE SUBSISTENCIA DE 1809 Y 1811

Uno de los primeros estudios sobre la crisis agrícola de 1809 y 1811 apareció en Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia de la crisis agrícola, editado en 1985. Esta recopilación documental se editó después de la publicación de dos volúmenes sobre la gran crisis agrícola de 1785-1786, Fuentes para la historia de la crisis agrícola de 1785-1786, publicada por el mismo Enrique Florescano en 1981. Ambas obras concentraron ricas fuentes de información para analizar el impacto cíclico de las crisis agrícolas durante el México colonial. Al comparar el contenido documental de estos dos libros se observa que la crisis agrícola de 1785-1786 tuvo mayores repercusiones económicas y demográficas, debido a que durante dos años consecutivos se conjuntaron sequías, heladas y plagas.

La crisis de 1809-1811 no afectó una zona tan extensa como la que cubrió la de 1785, ni tampoco tuvo las severas repercusiones económicas de esta última. Sin embargo, debemos tomar en cuenta que la crisis de principios del siglo XIX se sumó a otra serie de crisis de subsistencia y epidemias desde 1790, además de coincidir con un periodo crítico, como fueron los años que precedieron a la rebelión de Hidalgo y a la guerra de Independencia. Y, por si fuera poco, después de esta crisis y la guerra, entre 1813 y 1814 se manifestó la epidemia de tifo. Al respecto, Atlacomulco constituye un buen laboratorio de estudio, ya que con distinto grado se presentaron este conjunto de fenómenos.

A continuación veremos las repercusiones locales de la crisis de 1808 y 1810 en la zona de estudio. Para ello me baso en el trabajo de Florescano y San Vicente, así como en un catalágo de Desastres agrícolas, que contiene una primera recopilación documental bibliográfica y de algunos documentos de archivo.2 La revisión de estas dos obras muestra ciertas limitaciones para evaluar la magnitud de la crisis de 1809 y 1811 en Atlacomulco. Debemos destacar que los documentos derivan de los informes de las intendencias, de las inspecciones de los oficiales de la Alhóndiga, así como de las Cuentas del Pósito. Este tipo de documentos son producto de bandos virreinales que retomaban la experiencia de la gran crisis de 1785-1786, cuando se solicitó a los intendentes informes pormenorizados del estado de las cosechas. En los informes respectivos podemos observar el interés de las autoridades por garantizar el abasto de granos a la ciudad de México, así como las controversias entre los hacendados y el ayuntamiento para el envío de alimentos.

El catálogo de Desastres agrícolas reúne fichas de referencias bibliográficas y algunos documentos. En este trabajo se integra la obra de Florescano y San Vicente, así como otros documentos de archivo. La lectura de toda esta información permite apreciar cómo la ciudad de México demandó toda la atención por parte de las autoridades para asegurar la entrada constante de maíz y trigo procedente de los dos principales graneros: el valle de Toluca y Chalco.3

¿Qué repercusiones tuvo la crisis agrícola de 1809 y 1811 en Atlacomulco? Esta localidad está por arriba de los 2,500 msnm y la zona es semiárida. La zona estaba sujeta a riesgos debido a los cortos veranos e intensos fríos. Los principales dueños de la tierra, los españoles, enfrentaron los riesgos de la agricultura, principalmente a raíz de la crisis agrícola de 1785. Antes de adentrarnos en el impacto de la crisis en Atlacomulco, conviene señalar algunas características generales de la zona.

En Atlacomulco proliferaron los ranchos y haciendas agrícolas-ganaderas. La importancia comercial de la zona también se debió a su posición de frontera entre los valles centrales con el Bajío y Michoacán. Atlacomulco se encuentra asentado en la cuenca del río Lerma y formaba parte del valle de Ixtlahuaca-Atlacomulco a una altitud de 2,450 y 2,500 msnm. La zona limitaba al oeste con la sierra de las Cruces (2,800 msnm) y al este por una sierra de cerca de 3,000 msnm; ambas elevaciones separaban el lugar del valle de Toluca. El valle de Ixtlahuaca-Atlacomulco era muy fértil y ahí se desarrolló una agricultura de riego y de temporal en las laderas bajas. En general, el clima del lugar era templado subhúmedo con una temperatua media anual de entre 12 y 18 grados. En el área de Atlacomulco se observa la sabana grande adecuada a la agricultura y ganadería. Ahí se asentaron de manera dispersa diferentes asentamientos indígenas de distinto tamaño (mapa 1).4

A pesar de que Atlacomulco se encontraba en un área más seca, en el lugar se desarrolló una floreciente producción de cereales y ganado. El clima más frío y seco favoreció la ganadería. Los productos agrícolas y ganaderos eran vendidos en las ciudades de Toluca y México, así como en Michoacán. Otra actividad importante de la zona era la arriería.5

Como ya se mencionó, la crisis de 1809 se inició con una falta de lluvias en el mes de mayo, así como heladas anticipadas y granizos en agosto y septiembre. Todos estos fenómenos terminaron por arruinar los cultivos que lograron sobrevivir de la sequía. Ante la amenaza de la escasez, se retomaron las disposiciones emitidas en la Real Ordenanza de Intendentes del 4 de diciembre de 1786, en cuyo artículo 71 se ordenaba a las autoridades regionales enviar al virrey, o al comandante general de las fronteras, un informe cuatrimestral que especificara la escasez o abundancia de granos y semillas que hubiere en cada provincia. Lo anterior con el objeto de asegurarse si era necesario disponer de nuevas siembras en las tierras cálidas y de riego.6

Este tipo de informes permite conocer el estado de las cosechas y las repercusiones de los fenómenos meteorológicos antes señalados. De acuerdo con la concentración de estos datos, en las intendencias de Oaxaca, San Luis Potosí, Guanajuato, México, Mérida y Zacatecas la sequía fue prolongada y grave, lo que ocasionó la pérdida de entre 100 y 60 por ciento de las siembras de maíz, trigo y frijol. En Puebla y Veracruz se registraron lluvias regulares, por lo que se pudo salvar entre 50 y 60 por ciento de las siembras.7

El efecto inmediato de las pérdidas de cosechas fue la escasez de granos y carestía. En el caso de localidades rurales, como Atlacomulco, se intentaba cubrir la demanda a través de la compra de maíz en lugares cercanos y menos afectados por la sequía. Sin embargo, esta medida no solucionaba el problema, ya que provocaba un alza en el precio del grano por el costo del transporte. Otra de las repercusiones de la sequía fue la mortandad de ganado, lo que afectaba el transporte, la agricultura, el comercio y la minería, debido a la utilización de los animales. En la recopilación de Florescano y San Vicente, en el real minero de Temascaltepec, al sur del valle de Toluca, la muerte de ganado había ocasionado que: "Las minas en mucha decadencia [..] el tejido de rebozos destruido por el precio de las sedas; la pobreza casi general y el precio del ganado toruno subido por las antiguas mortandades que ha habido".8

En el norte de la Nueva España, en Tampico, también se experimentó escasez de agua y, a consecuencia de la falta de agua, hubo "pérdida de ganados de toda especie", aunque afortunadamente las cosechas de maíz, pilón y frijol no sufrieron detrimento.9

Las referencias disponibles en el libro de Florescano y San Vicente sobre el valle de Toluca se concentran en la zona de Lerma y Toluca, así como en algunas localidades del sur del valle. Por ejemplo, en el informe de Intendentes se presentó una relación de los temporales y cosechas de la jurisdicción de Tenango del Valle para el segundo cuatrimestre de 1809. En el informe respectivo se señala que debido a las nevadas y "aguas extemporáneas" de marzo y abril se arruinó la cosecha de maíz y se esperaba que mejorara la situación con el objeto de no incrementar el precio de los granos.10

Otras referencias del valle de Toluca provienen de Lerma, en donde había una notable escasez de maíz, cebada, haba, frijol, alverjón y trigo. El maíz se había elevado a cinco pesos cuatro reales la carga, la cebada a tres pesos y el haba a cuatro pesos.11

Encontramos pocas referencias de la crisis de 1809 y 1810 en el norte del valle de Toluca, en comparación con otras provincias de la Intendencia de México, Guadalajara, Guanajuato y Zacatecas. En el informe de Intendentes y de la Alhóndiga se señalaba que de mayo a agosto de 1809 en Ixtlahuaca, al sur de Atlacomulco, las cosechas de maíz, alverjón y frijol habían sido escasas, lo que había provocado alza en el precio de estos productos. Sin embargo, se había obtenido una buena cosecha de trigo. Los informes de los intendentes señalaban que el estado general de las cosechas de maíz, haba, frijol y trigo fue de regular a mal.12

Las autoridades eclesiásticas también estuvieron involucradas con la crisis. En noviembre de 1809 se giró una circular a los curas de varias localidades del valle de México y Toluca para que dieran cuenta del maíz, frijol y semillas disponibles.13

Si bien, aparecen informes sobre el mal estado de las cosechas en el norte del Valle de Toluca, no encontramos más datos sobre las repercusiones sociales y económicas de esta crisis en esa zona. Al parecer, conforme transcurrió el tiempo, las cosechas mejoraron, aunque siguieron siendo malas en toda el área central y el Bajío. A lo anterior habría que agregar las repercusiones económicas del inicio del movimiento insurgente en 1810, cuyo impacto también hizo elevar el precio de los alimentos. Como se sabe, el estallido de Hidalgo comenzó a mediados de septiembre de 1810, cuando la escasez de maíz alcanzó su punto máximo.14

La relación entre esta crisis de abastecimiento y el estallido del movimiento insurgente ha sido analizada por Van Young. En su estudio, este autor establece que, a pesar de que la crisis agrícola de 1808-1810 fue severa en la Nueva España, resulta difícil establecer la vinculación directa de esta crisis con el estallido de la rebelión, aunque la crisis sí contribuyó a agravar la situación económica en el campo. Lo mismo ocurre con la relación entre el hambre, escasez y falta de alimentos con la aparición del brote de tifo de 1813-1814, debido al lapso entre ambos episodios, aspecto al que nos referiremos más adelante.15

Por nuestra cuenta, nos interesa relacionar este conjunto de fenómenos con la variable demográfica. En las siguientes líneas veremos de qué manera la crisis de 1809-1811 y la rebelión afectó la curva de entierros, matrimonios y bautizos en Atlacomulco.

 

LAS REPERCUCIONES DEMOFRÁFICAS DE LA CRISIS DE 1809–1811 Y LOS DISTURBIOS DE 1810

En la parroquia de Atlacomulco la crisis agrícola de 1809-1811 repercutió en el comportamiento demográfico. Entre 1799 y 1809 el promedio anual de entierros era de 120. En 1809 se reportaron 74 entierros, mientras en 1810 aumentaron a 95 y en 1811 fueron 101 decesos. Como veremos más adelante, el alza mayor en la mortalidad ocurrió hasta 1812 y sobre todo en 1813 a consecuencia de la epidemia de tifo que sí tuvo repercusiones inmediatas en las otras variables demográficas.

Los totales anuales de bautizos no muestran grandes cambios, aunque se observa una caída entre 1810 y 1811, de 428 a 316 registros. Entre 1799 y 1808, el promedio anual de bautizos fue de 359. En 1809 se registraron 327 bautizos, un año después aumentó a 428 y en 1811 se registraron 316. El aumento en el número de bautizos entre 1809 y 1810 quizá fue consecuencia de los flujos migratorios previos a la crisis y estallido del conflicto local. De cualquier forma, sorprende la caída de bautizos en 1811 debido seguramente al impacto de la crisis y del conflicto local.

Por su parte, el comportamiento de los matrimonios es más irregular. El promedio anual de los matrimonios de los diez años anteriores a la crisis fue de 232. Esta cifra descendió bruscamente entre 1810 y 1811, de 200 enlaces a 30 matrimonios. En 1812, sólo se reportaron 36 uniones y 54 en 1813. A consecuencia de la epidemia de tifo de 1813, los matrimonios volvieron a descender. Los matrimonios se recuperaron hasta 1830 con 162 matrimonios. De 1821 a 1829 hay un vacío de información. La caída en los bautizos y matrimonios sí puede constituir un indicio de las dificultades económicas provocadas por la crisis agrícola y el conflicto local.

¿Qué revelan todos estos indicadores numéricos? La crisis agrícola de 1809 y 1810 repercutió en la curva de entierros, aunque no tan drásticamente en relación con otras crisis agrícolas y epidemias. Por ejemplo, durante la otra gran crisis agrícola de 1784-1785, los entierros casi aumentaron al doble. En 1783, se registraron 55 entierros y 101 decesos en 1784. Para 1785, esta cifra aumentó a 111 y a 168 en 1786. En general, en el caso de Atlacomulco observamos que, excepto estos años, las crisis de mortalidad obedecieron principalmente a las epidemias, como la viruela, sarampión y tifo y en menor grado al impacto de crisis de subsistencia de principios del siglo XIX.

Como vimos en el apartado anterior, la información de carácter cualitativo parece confirmar la hipótesis con respecto al menor impacto de la crisis agrícola de 1809 y 1810 en el norte del valle de Toluca. No encontramos información relevante que denote repercusiones muy serias de la crisis en la economía de los pueblos y haciendas de esta parroquia. Al relacionar esta crisis con la curva de mortalidad en Atlacomulco coincidimos con el argumento señalado por otros autores, como Livi-Bacci y Canales, quienes bajo distintos enfoques señalan que la mayoría de los episodios de mortalidad extraordinaria y catastrófica fueron independientes del hambre y la inanición. Este último autor hace un análisis minucioso de cada uno de los años de sobremortalidad en una parroquia del valle de Toluca cercana, en Zinacantepec, en donde comprueba que la asociación entre precios elevados del maíz y aumento de la mortalidad no se cumple. Una población puede modificar su dieta ante una falta de disponibilidad de alimentos.16

En suma, podemos conjeturar que la crisis agrícola de 1809-1811 parece no haber provocado grandes trastornos en la vida de Atlacomulco, principalmente en lo que se refiere a los indicadores demográficos. Como veremos más adelante, también resulta difícil relacionar este episodio con el brote de tifo de 1813-1814, enfermedad que guarda una relación más estrecha con un deterioro en las condiciones de vida de la población. Antes de analizar en detalle esta epidemia, es necesario referirnos a los movimientos sociales y conflictos en Atlacomulco que antecedieron y coincidieron con la crisis agrícola de 1809-1811.

Uno de los fenómenos que más se ha vinculado con los movimientos sociales de la primera década del siglo XIX se refiere a las precarias condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población novohispana. En medio de la opulencia y riqueza, del aumento de extracción de plata y riquezas en la Nueva España, la población vivía peor. Todo ello ha sido caracterizado como una era de contradicciones, es decir "una era de paradoja":17

En el caso de estas contradicciones sociales, en el pueblo de Atlacomulco se observan dos fenómenos importantes. Desde fines del siglo XVIII y las primeras décadas del siglo XIX se presentaron diversos conflictos locales por abusos de autoridad y el control del poder. Estos litigios deben enmarcarse en un proceso de cambio en la composición económica y social de Atlacomulco. A partir de 1750, la población de esta localidad aumentó y se reportó un flujo importante de sectores no indígenas, los cuales empezaron a comprar tierras de antiguos caciques indígenas. Después de la epidemia de 1737, entre 1740 y 1743 hubo una importante transferencia de tierras; los antiguos caciques indígenas fueron perdiendo sus tierras en manos de españoles y comerciantes no indígenas.18

En su estudio sobre el descenso del poder económico y político de los caciques de Atlacomulco, Anne Bos señala que, en comparación con el siglo XVIII, la documentación del periodo de 1800 a 1821 es escasa. Sin embargo, esta autora muestra que los documentos encontrados revelan un fenómeno que inició un siglo atrás: la caída de los caciques y la declinación de su influencia económica y política en el gobierno local. A lo largo de estos años, se observa la creciente presencia y participación de la población no indígena en los asuntos locales, principalmente de los comerciantes españoles y artesanos. Del grupo de españoles emergió una nueva elite que empezó a ocupar los puestos del gobierno, la cual operó de manera independiente de las antiguas redes sociales y políticas del pueblo de indios. Todo esto provocó diversos conflictos con los indios por el dominio del gobierno local. El asesinato en 1810 del grupo de españoles con poder político y económico en la zona constituyó la consecuencia extrema de estas controversias.

Este conflicto comenzó en 1803, cuando el "común de Atlacomulco" solicitó remover a Rafael Sandoval, quien aparece registrado como teniente o "encargado de justicia", puesto que era designado por el subdelegado sin el consentimiento del virrey o de otra instancia superior. La designación del cargo marcaba una diferencia con los tenientes que sí eran ratificados por el virrey. Seguramente, la vía en el nombramiento de Sandoval generó una inconformidad en Atlacomulco. La demanda interpuesta contra este individuo fue signada por varios individuos representantes del gobierno local, tales como el alcalde ordinario, Ignacio Hernández, el escribano Felipe Blas, el alcalde José Lucas, así como de los regidores Lucas de la Cruz y José Aparicio. También Sandoval fue demandado porque no sólo recaudaba los tributos, sino también las obvenciones religiosas.19

Los demandantes se quejaban de que nunca habían tenido un teniente, oficial que actuaba como representante de la autoridad provincial. Al respecto, es importante referirnos a las características de la administración del gobierno en Atlacomulco. La localidad pertenecía a la alcaldía mayor de Metepec, pero en 1762 debido a la gran extensión de la jurisdicción se resolvió proveer de alcaldes mayores separados en Ixtlahuaca, que incluía Atlacomulco, Xiquipilco y Xocotitlan. En 1787, Ixtlahuaca como Metepec pasaron a ser subdelegaciones de la intendencia de México y se designaban tenientes. Entonces, se empezaron a nombrar tenientes en Atlacomulco, muchos de los cuales residían en Ixtlahuaca. Estos nombramientos provocaron inconformidad y disgusto con los vecinos de Atlacomulco, los cuales se consideraban cabecera de un pueblo.20

Es interesante mencionar que el gobernador no figuró en el litigio contra Sandoval, lo que hace suponer que aquél no estaba involucrado. Rafael Sandoval era vecino de Atlacomulco en el momento en que fue designado por el subdelegado de Ixtlahuaca. Las labores y tareas del encargado eran similares a las del teniente. De acuerdo con los demandantes, Atlacomulco nunca había tenido un teniente, ya que únicamente era un pueblo. Sin embargo, como ya vimos, la localidad empezó a crecer significativamente y muchos tenientes empezaron a actuar como representantes del gobierno provincial. Estos oficiales residían en Ixtlahuaca y viajaban constantemente a Atlacomulco para encargarse de los asuntos locales. La excepción fue Romualdo Magdaleno Diez en 1780, quien vivía en su hacienda en Atlacomulco y fungió como teniente. Este individuo fue asesinado en 1810. Los sucesores de Sandoval empezaron a ser residentes en Atlacomulco, lo que seguramente aumentó el conflicto de intereses locales con las demandas del gobierno provincial.

Otro problema del conflicto de 1803 fue que el juez subdelegado de Ixtlahuaca coaccionó, al pueblo de indios de Atlacomulco, el pago de alrededor de 2,981 pesos. El número de tributarios era de casi 3 mil, lo que indicaba una población de 13,500, además de que residían cerca de 300 familias españolas. Según las autoridades locales, estas cifras revelaban que Atlacomulco no era un pueblo insignificante, sino un asentamiento populoso que ameritaba la presencia de un oficial provincial. Después de la demanda contra Sandoval, algunos de sus sucesores también cometieron agravios a los indios del pueblo. En suma, antes del conflicto mayor de 1810 y del asesinato de españoles, en Atlacomulco se enfrentaron diversas demandas contra la designación de estos tenientes y el poder económico que iban adquiriendo al cobrar directamente tributos y dinero al pueblo.21

Los sectores no indígenas que empezaron a residir en el pueblo invirtieron en la agricultura y dieron un giro importante a las actividades productivas, ya que las tierras se fueron destinando al cultivo comercial de trigo y maíz. Sin embargo, esta prosperidad económica vino aparejada de un empobrecimiento creciente de la población indígena local. El aumento de la población rural a fines del siglo XVIII provocó diversas tensiones, en virtud de que las tierras seguían siendo las mismas y los salarios se mantuvieron fijos.22

Así, en Atlacomulco los últimos años del siglo XVIII y principios del siglo XIX estuvieron marcados por una agudización de los conflictos locales, además de que las crisis de mortalidad fueron más frecuentes. Los problemas agrarios y políticos dominaron gran parte de los años de 1780 a 1800. La principal razón de tales disputas parece haber sido el crecimiento general de la población rural que empezó a presionar sobre la tierra disponible en los pueblos.23 En el nivel demográfico detectamos dos momentos importantes en la evolución de la población en los pueblos y haciendas.

Un primer momento está caracterizado por el incremento de los residentes en las haciendas y asentamientos cercanos, este fenómeno fue un factor importante en los conflictos suscitados a fines del siglo XVIII, en el sentido de que una creciente población sin tierras dependía cada vez más del trabajo y de las tierras de las haciendas. La indefinición en los límites de propiedad y en las condiciones laborales confrontaron a dos grupos: las multitudes de indios contra administradores y dueños de haciendas.

El segundo momento muestra una transformación en el siglo XIX, en virtud de que detectamos una recuperación más significativa en los pueblos en contraste con el franco decrecimiento poblacional en las haciendas. Lo anterior se detectó cuando analizamos el número de bautizos por localidad. Así pues, encontramos que el total de bautizos de residentes de las haciendas disminuyó entre 1788 y 1820. Sólo unas cuantas haciendas, como la de Toxi logró recuperarse después de 1821, mientras los registros de las haciendas de Xomexe y Mateje prácticamente desaparecieron. Debemos señalar que estas dos últimas haciendas contaban con gran número de habitantes en el siglo XVIII. En general, podemos ver que los pueblos continuaron aportando buen número de residentes y su disminución no fue tan pronunciada. Así, podemos conjeturar que, pese a los vaivenes demográficos, los pueblos sobrevivieron al siglo XIX y se fueron fortaleciendo, pero con características económicas y demográficas diferentes.

La gráfica 1 revela este fenómeno de recuperación y crecimiento de los pueblos durante las primeras décadas del siglo XIX. Por su parte, la gráfica 2 muestra que las haciendas fueron paulatinamente perdiendo presencia. Este descenso puede explicarse a consecuencia del colapso de las actividades productivas durante y después de la revuelta. Consideramos que esta relación entre pueblos y haciendas constituye un elemento importante en los conflictos agrarios de la década de 1810, más que la situación de escasez derivada por la crisis de 1809 y 1811. La conflictividad entre pueblos y haciendas aumentaba en épocas de crecimiento demográfico, fenómeno que se traducía en una mayor presión sobre la tierra, en la lucha por el control del agua y de la mano de obra.24

Es posible detectar un renacimiento de la comunidad rural conformada por grupos socioétnicos heterogéneos, quienes reivindicaron su pertenencia a una colectividad para defenderse de la pobreza y abusos de las autoridades locales. Quizá una manifestación de esta reivindicación fue la recuperación más rápida de los pueblos, como podemos ver a continuación.

La gráfica 1 relativa a la cabecera y pueblos muestra en 1814 la caída de los registros de bautizos, descenso perceptible con mayor intensidad en las haciendas (véase gráfica 2). En el caso de la cabecera y pueblos, observamos que después de esta fecha, estas localidades se fueron recuperando y mantuvieron una tendencia al alza hasta 1820, cuando nuevamente sufrieron otra caída. Esta misma tendencia se percibe en las haciendas, pero con mayor intensidad. Es decir, las haciendas dependían más de los vaivenes de la economía. La única hacienda que logró mantenerse fue la de Toxi, en tanto Mateje, que pertenecía a Diez y mantuvo largos litigios por agua y tierras contra el pueblo de San Juan de los Xarros, prácticamente desapareció en el siglo XIX.

Al comparar ambas gráficas también podemos confirmar que, a pesar de que durante el siglo XVIII los pueblos dejaron de ser atractivos para los viejos caciques, a fines de ese siglo y sobre todo en el siguiente lograron mantenerse con un discreto crecimiento gracias a la inmigración de personas de distinto origen. La presencia de población no indígena se revela en algunos padrones eclesiásticos. Así, un padrón de comulgantes de 1768 reportó que 36.4 por ciento de la población de la cabecera era no indígena, mientras 63.5 por ciento eran indios.25 Estos sectores no indígenas crecieron conforme avanzó el siglo, se casaron con hijas de caciques indígenas, adquiriendo sus propiedades y comenzaron a diversificar la producción.

A partir de 1800, el comercio empezó a adquirir gran importancia en las actividades económicas. Para 1810, la elite de Atlacomulco estaba conformada por comerciantes españoles y por una considerable población no indígena de artesanos.26 El comercio interregional estimuló el movimiento de personas y bienes a lo largo de estas rutas, trayectos que seguramente también recorrieron las huestes de Hidalgo. Como prueba de la presencia y poder económico de estos grupos no indígenas, Bos presenta un cuadro relativo a las transferencias de tierras entre antiguos caciques o indígenas a manos de comerciantes españoles o no indígenas, o bien a través de la herencia. En total aparecen 14 transacciones de ventas de ranchos y haciendas entre 1740 y 1782. Durante este periodo se vendieron las haciendas y ranchos de Acuisilapan, El Salto, La Cañada, Toxi, Mala Cara, Ti ti, Mateje, San Isidro, El Rincón, propiedades que consideramos en la gráfica 2. Estas propiedades habían pertenecido a familias de caciques, como Cortés Moctezuma y de los Ángeles.27

Como ya se dijo, otra evidencia de la existencia de estos grupos no indígenas se encuentra en los enlaces matrimoniales. Por ejemplo, el matrimonio de María de los Ángeles Villegas, hija de caciques indígenas, quien se casó con el español Gaspar de Oña y Ozores. Gracias a esta unión el español logró adquirir vía testamento varias haciendas que habían pertenecido a la familia de caciques. Otro caso fue el de la hija de don Alonso de Aranda, Patricia de Aranda Chimal, cuya madre había pertenecido a una familia de caciques indígenas, aunque su padre se había casado con dos viudas españolas. Patricia Chimal se casó con Cristóbal de Piña y, al igual que Gaspar de Oña y Ozores, reclamó el estatus de cacique. Estas descendientes de caciques contrajeron nupcias con españoles, quienes finalmente administraron las propiedades heredadas por sus padres.28

Para terminar con este apartado veremos de qué manera la revuelta y los conflictos locales afectaron las variables demográficas. Antes de la aparición de la epidemia de tifo, se detecta una caída importante en el número de bautizos: de 428 registrados en 1810 a 316 en 1811. Por su parte, los entierros muestran un ligero aumento: de 95 a 101 entre 1810 y 1811. En 1812 se reportaron 369 bautizos. Los totales de matrimonios tuvieron una caída después de la revuelta: de 200 a 30 entre 1810 y 1811. De este modo, podemos conjeturar que la rebelión local desalentó el número de enlaces y en consecuencia los nacimientos, aunque el fuerte descenso de estos últimos puede atribuirse a un problema de registro (véase cuadro 2, al final).

En el último apartado abordaremos el impacto de la epidemia de tifo de 1813-1814, cuyas repercusiones en las variables demográficas fueron evidentes. Es interesante mencionar que el impacto de esta epidemia ha sido poco relacionada con los conflictos sociales. Por desgracia, tampoco disponemos de mucha información sobre las repercusiones económicas de esta epidemia. Lo anterior, sin duda, por la conflictividad del periodo en cuestión.

 

LA EPIDEMIA DE TIFO DE 1813-1814

Después del matlazahuatl de 1737 en Atlacomulco, la epidemia de tifo de 1813 y 1814 causó mayor número de muertos. En esos dos años se contabilizaron 1,134 muertos. El tifo es una enfermedad infecciosa y su aparición se relaciona con la insalubridad y falta de hábitos higiénicos. Esta epidemia se inició en febrero de 1812 en el sitio de Cuautla. A fines de abril, la situación de los insurgentes era difícil debido a la carestía de alimentos y falta de agua, factores que repercutieron en el deplorable estado de la población y en las condiciones higiénicas. Lo anterior propició el surgimiento de una epidemia que afectó a varias poblaciones del centro, Bajío y occidente de México. En la ciudad de México, las primeras manifestaciones se presentaron en la primavera y verano de 1813, mientras en otra parroquia del centro, en Cuautitlán el pico de la mortalidad ocurrió en agosto y septiembre de 1813.29 En el caso de Atlacomulco, el mayor número de muertos se reportó entre octubre de 1813 a enero de 1814, es decir en los meses fríos, como se logra apreciar en la gráfica 3.

La comparación entre el número de muertos en Atlacomulco con otras localidades del área central puede ser un indicio del impacto demográfico de esta epidemia.

El número de decesos en Atlacomulco casi fue el mismo al reportado en la parroquia de Santa María de la ciudad de México, en donde se registraron 1,056 muertos.30 ¿Qué significó esta cifra de muertos para la población de Atlacomulco? Por desgracia no disponemos de un padrón de fecha cercana a la epidemia. Sólo contamos con una visita arzobispal de 1792, en la que se anotaron 6,598 habitantes. Si comparamos la cifra de habitantes de fines del siglo XVIII con el número de muertos, vemos que murió cerca de un tercio de la población. Los bautizos reportados en los años posteriores a la epidemia no aumentaron. Esta parálisis demográfica se comprueba con el total de población de un padrón de 1831, cuando se registraron 5,108 habitantes, es decir una cifra menor a la población de 1792. Por esta circunstancia la tasa de crecimiento promedio anual entre 1792 y 1831 fue de -0.65.31 Desafortunadamente el libro de entierros de la parroquia no permite conocer la edad y grupo socioétnico afectado, ya que únicamente se anotaba el nombre del occiso. La diferencia de género de los muertos fue insignificante, ya que murieron 587 hombres y 547 mujeres. Sin embargo, podemos presumir que la epidemia cobró víctimas entre la población económica y reproductivamente activa. En 1811 y 1814 hubo una fuerte caída en los bautizos, de 54 a 14 registros. Lo mismo se observa con respecto a los matrimonios, de 465 a 206. Los matrimonios y bautizos empezaron a recuperarse hasta 1815.

El tifo era una enfermedad que afectaba a los adultos. Este mismo comportamiento se observa en dos parroquias de la ciudad de México, cuyo estrato socioeconómico era opuesto. Al respecto, Márquez Morfín muestra que en la parroquia El Sagrario, en donde vivía la gente con recursos económicos murieron una gran mayoría de casados y viudos:32 casados, 46.41 por ciento; viudos, 22.02 por ciento; solteros, 10.94 por ciento; párvulos, 9.52 por ciento.

En la parroquia de Santa Ana, en donde vivían sectores más pobres de la ciudad, se observa que murieron un gran número de párvulos y doncellas, además de casados y viudos. Casados, 31.64 por ciento; párvulos, 33.57 por ciento; viudos, 15.35 por ciento; solteros, 19.42 por ciento.

A pesar de que ignoramos la edad y estado civil de los muertos en Atlacomulco, podemos presuponer que la epidemia cobró un gran número de víctimas entre la población adulta, aspecto que se constata con la caída de los bautizos y matrimonios al año siguiente del inicio de la epidemia. El último aspecto a tratar refiere al lugar de residencia de los muertos. Como se observa en la siguiente gráfica, más de la mitad de los muertos eran residentes de los pueblos, mientras el resto eran de la cabecera, haciendas y ranchos. Este mismo patrón se observa en Cuautitlán, en donde Concepción Lugo encuentra que en la cabecera y pueblos murieron más personas en comparación con las haciendas. Según esta estudiosa, esta situación quizá obedeció a que las haciendas gozaban de mejores condiciones de vida.33 En el caso de Atlacomulco también podemos atribuir este factor, aunque el mayor número de muertos en los pueblos y barrios obedeció probablemente a que concentraban más habitantes, tal como parece confirmarlo el número total de bautizos por lugar de residencia. Por desgracia, nos disponemos de un padrón cercano a la fecha del padrón para medir el impacto de la epidemia en cada localidad.

Los pueblos no sólo sufrieron el mayor número de víctimas por la epidemia, sino también otras circunstancias de desgracia. Por ejemplo, durante la crisis de 1809, tuvieron que aportar sus fondos comunitarios para hacer frente a la escasez. Por ejemplo, en 1809 se giró una instrucción para que de los caudales de propios, arbitrios o bienes de comunidad se extrajeran las cantidades necesarias de granos para el abasto público a la ciudad de México.

En atención a las varias solicitudes que podrán ocurrir por causa de la suma escasez de maíces en el presente año. Como lo acreditan las diligencias practicadas en este expediente, se acordó que para el más fácil y pronto despacho [... ] proceda su excelencia ilustrísima por sí solo a dictar todas las providencias que juzgue oportunas para el logro de tan importante objeto, concediendo los correspondientes permisos para que de los caudales del pósito, arbitrios y bienes de comunidades de indio se tomen o graven con las cantidades que le parezcan necesarias a este loable fin, cuya providencia se comunicará a los señores fiscales de los civil y protector de naturales para que la tenga presente en los casos que ocurran. Así lo acordaron y firmaron. Firma el arzobispo Cantani Monterde.34

En suma, los pueblos de la parroquia no sólo aportaron más muertos, sino también fondos comunitarios para afrontar la carestía de 1809 y fueron los principales protagonistas de lo conflictos locales. Los pueblos más afectados por la epidemia fueron San Juan de los Xarros y Santiago Acuizilapan, que estuvieron involucrados en un sinnúmero de conflictos en los siglos XVIII y XIX (véase cuadro 3). De las haciendas con más muertos figuraron Toxi, el rancho San José, la hacienda de Xomexe y, en menor grado, la hacienda del Tunal y del Manto. Es interesante referirnos a la hacienda de Mateje que reportó el número más bajo de entierros, lo cual quizá se encuentre relacionado con el hecho de que para entonces esta hacienda contaba con pocos residentes, tal como se muestra en la gráfica 2. Esta hacienda estuvo involucrada en el conflicto de 1810 y prácticamente desapareció en los registros de los años subsiguientes.

 

CONSIDERACIONES FINALES

Los pueblos del siglo XIX eran diferentes a los del primer siglo colonial, debido a la presencia creciente de sectores no indígenas y a un giro de sus actividades económicas y políticas. Desde mediados del siglo XVIII, Atlacomulco fue cambiando y el poder económico y político de los antiguos caciques empezó a declinar. En las tierras de los pueblos, los españoles y no indígenas compraron tierras y haciendas, que habían pertenecido a los caciques, además de ocupar puestos en el gobierno local. Los litigios de tierras, agravios y abusos de poder de las autoridades locales fueron condicionando las revueltas locales.

Como se ha visto en este trabajo, esta oleada de conflictos y revueltas fue acompañada por crisis agrícolas en 1809 y la epidemia de tifo de 1813-1814. Al parecer, el primer fenómeno no fue tan severo, ya que encontramos pocas referencias sobre sus repercusiones económicas y sociales. Empero, la epidemia de tifo sí tuvo un mayor impacto, ya que además de las muertes cayeron los bautizos y matrimonios.

Después de esta secuencia de conflictos, crisis y epidemias, sobrevendrían años de estancamiento demográfico y poco crecimiento. Es posible que podamos encadenar todos estos acontecimientos de crisis alimenticia, revuelta local y epidemia, aunque todavía no disponemos de más evidencias empíricas para relacionar todos estos eventos, dado el intervalo entre cada uno de ellos.

En los años siguientes a la revuelta de 1810, las haciendas fueron perdiendo población residente, en contraste con los pueblos que crecieron y se conformaron en el lugar de refugio no sólo de indios, sino de grupos de mestizos, mulatos y otras castas. Es posible que las diferencias entre un grupo y otro se hayan empezado a diluir. Por desgracia, en términos demográficos esto no puede investigarse, ya que en el siglo XIX los registros dejaron de asignar la categoría de indios a los residentes de los pueblos y ciudades.

Finalmente, podemos concluir que la década de 1810 fue un periodo aciago para Atlacomulco. Además de la revuelta local y del movimiento insurgente, la población padeció otro terrible flagelo, la epidemia de tifo de 1813-1814 que envió a la tumba a miles de personas. La aparición de esta epidemia es un indicio más de la pobreza y deterioro en las condiciones de vida de la población, que vino a sumarse a los conflictos y guerra de la década de 1810.

 

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NOTAS

1 Eric Van Young, La otra rebelión, 620-674. En el trabajo de Anne Bos, The Demise of the Caciques, también se hace referencia al conflicto de Atlacomulco, el asesinato de los cuatro españoles y revuelta posterior.

2 Véase Virginia García Acosta et al., Desastres agrícolas.

3Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia...; Virginia García Acosta et al., Desastres agrícolas, pp. 438-449.

4Morrison Limón y Rubén Nieto, "El norte del Estado de México", pp. 145-162.

5 Stephanie Wood, "Corporate Adjustments", pp. 9-10.

6Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia..., p. 9.

7Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia..., pp. 9-10.

8AGN, Intendentes, v. 73, exp. 9, en Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia..., 10.

9AGN, Real Caja, vol. 126 en Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia..., p. 42.

10AGN, Intendentes, vol. 73, exp. 9, en Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia..., pp. 64-65.

11Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia..., pp. 64-65.

12AGN, Intendentes, vol.73 y 63, en Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia..., pp. 30 y 39, 98.

13Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia..., pp. 213-214.

14El estudio de Florescano, Precios del maíz, abrió un debate en torno a la relación de la crisis de subsistencia con el estallido insurgente de 1810, tal como había ocurrido en Francia a fines del siglo XVIII. En relación con este planteamiento en la historiografía mexicana, véase el estudio de Van Young, La otra rebelión, pp. 151-159.

15Eric Van Young, La otra rebelión, pp. 155-159.

16Massimo Livi-Bacci, "La relación", pp. 103-111; Pedro Canales, "Propuesta metodológica", pp. 67-115.

17Eric Van Young, La crisis, p. 21.

18Sobre este fenómeno, véase Anne Bos, The Demise of the Caciques, pp. 199-200.

19 Anne Bos, The Demise of the Caciques, pp. 260-282.

20Peter Gerhard, Geografía histórica, p. 181.

21Anne Bos, The Demise of the Caciques, pp. 262-263.

22"A medida que progresaba el siglo XVIII y junto con él un creciente desarrollo de la agricultura capitalista a gran escala, los roces entre un número creciente de aldeanos campesinos y los propietario se hicieron incluso más notables. Litigios, violencia, invasiones de tierra y propiedades parecen haberse vuelto cada vez más frecuentes en varias importante regiones agrícolas de la Nueva España". Eric Van Young, La crisis, p. 38.

23Después de 1720 se registraron 30 conflictos entre haciendas e indios que vivían en los pueblos sujetos del pueblo de Atlacomulco o en asentamientos de haciendas. Cinco conflictos fueron identificados entre hacendados no indios, y en un caso, un hacendado se enfrentó contra un vecino hacendado y un pueblo sujeto. Anne Bos, The Demise of the Caciques, pp. 216-221.

24 Al respecto, Bos señala que el balance de reciprocidad entre hacendados y trabajadores era inherentemente estable, como el propio balance con el pueblo de indios. En épocas de escasez de trabajadores era más urgente establecer relaciones personales y paternalistas que cuando había un excedente de trabajadores: la escasez de trabajadores estimulaba la necesidad de ligar a los trabajadores en una hacienda ofreciéndoles ventajas. "Los conflictos entre hacendados y las demandas de los indios por vivir en un pueblo ocurrieron en un momento de alto crecimiento demográfico. Bajo estas circunstancias el hacendado era menos benévolo hacia sus trabajadores porque su necesidad de atarlos a las haciendas no era tan grande, como ocurría en épocas de escasez. Bos, The Demise of the Caciques, pp. 237-238.

25América Molina del Villar, Diversidad socioétnica, p. 306.

26Anne Bos, The Demise of the Caciques, pp. 237-238, 250-252.

27Anne Bos, The Demise of the Caciques, p. 197.

28América Molina del Villar, "Indios principales", pp. 217-241; Anne Bos, The Demiseof the Caciques, p. 198.

29 Sobre el impacto de esta epidemia en la ciudad de México, véase Lourdes Márquez Morfín, La desigualdad. Para la ciudad de Puebla se dispone del estudio de Elsa Malvido y Miguel Ángel Cuenya, "El tifo de 1813", pp. 517-536. También el estudio de Lugo sobre Cuautitlán, "Una epidemia", pp. 75-92.

30 Lourdes Márquez Morfin, La desigualdad, p. 100.

31"Libro de visitas de 1792", AHAM, Episcopal-Secretaría Arzobispal, caja 30CL, libro 1, 206 fs; Manuel Miño y Marta Vera Bolaños, Estadísticas.

32Lourdes Márquez Morfin, La desigualdad, pp. 243-245.

33 Concepción Lugo, "Una epidemia", p. 85.

34 "Permiso para que de los caudales de propios, arbitrios o bienes de comunidad de indios se tomen o se graven las cantidades necesarias de granos para el abasto público. México 11 de octubre de 1809", AGN, Intendentes, v.73, exp.7. en Enrique Florescano y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia, pp.127-128.

 

Información sobre la autora:

América Molina del Villar es doctora en Historia por El Colegio de México e investigadora de tiempo completo del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (DF). Es autora de libros, artículos y capítulos de libros sobre la historia de las crisis agrícolas, epidemias y desastres en México durante el periodo colonial y siglo XIX. También se ha interesado en la demografía histórica y el estudio del tamaño y estructura de las familias en el medio rural del centro novohispano.