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Relaciones (Zamora)

versão impressa ISSN 0185-3929

Relaciones (Zamora) vol.31 no.121 Zamora  2010

 

Sección temática

 

El impacto de la crisis en dos parroquias rurales y el movimiento de población, 1785–1787

 

The Impact of the Crisis on Two Rural Parishes and Population Movements, 1785–1787

 

Celina G. Becerra Jiménez*

 

Universidad de Guadalajara. *solbecmx@yahoo.com.mx

 

Fecha de recepción del artículo: 15 de enero de 2010
Fecha de aceptación y recepción de la versión Final: 22 de febrero de 2010

 

Resumen

El trabajo analiza el impacto de la crisis de 1784-1787 en la región de lo que actualmente conocemos como Altos de Jalisco. Se trata de un análisis realizado a través de los registros parroquiales de dos iglesias representativas de esa zona (Santa María de los Lagos y Jalostotitlán) y muestra que como consecuencia de la crisis, los pobladores de los lugares aislados, sobre todo del mundo rural, buscaban instalarse en las ciudades para tratar de asegurarse las garantías necesarias para resistir a una crisis alimentaria y sanitaria.

Palabras clave: Mortalidad, año del hambre, Los Altos de Jalisco, migración.

 

Abstract

This article analyzes the impact of the crisis of 1784–1787 on the region known as the Altos de Jalisco (Highlands of Jalisco). The research was based on an examination of the parish records of two churches that are representative of that area (Santa María de los Lagos and Jalostotitlán), and demonstrates that as a consequence of the crisis people from more remote localities, especially in the countryside, sought to settle in the cities as a means of securing the guarantees required to survive that alimentary and sanitary crisis.

Keywords: mortality, year of hunger, Los Altos de Jalisco, migration.

 

Al revisar las partidas de matrimonios de la década de 1780 en la parroquia de Jalostotitlán, en la región conocida hoy como Los Altos de Jalisco, llama la atención que hay un momento en el que, al mismo tiempo que aumentan las segundas nupcias, los viudos consignan que su anterior cónyuge había sido sepultado en Guadalajara. Este hallazgo llamó la atención por tratarse de localidades distantes casi 150 kilómetros una de la otra y porque durante las décadas precedentes la capital neogallega no aparece mencionada en las partidas. Para entonces lo común era que los viudos señalaran como lugar de entierro del primer consorte uno de los cementerios en la misma parroquia a menos que se tratara de recién llegados a la región, que habían enviudado antes de arribar.

Al observar las fechas de los primeros registros de alteños sepultados en cementerios tapatíos, se descubrió que se ubican entre los años 1785 a 1787, periodo identificado por los historiadores como "el año del hambre" a causa de la carestía y epidemias que se presentaron tanto en la Nueva Galicia como en la Nueva España y constituyen, por tanto, un testimonio de la presencia de población rural en los centro urbanos en momentos de crisis, cuando éstos se convertían en la esperanza para los sectores más pobres, que sabían que la concentración de poderes y recursos que allí se albergaban era su única posibilidad de sobrevivir. 1785-1786 ha sido señalado como el "año del hambre" por tratarse de una de las crisis de subsistencias más grave de todo el periodo virreinal, con efectos que cubrieron gran parte del centro, norte y occidente de la Nueva España,1 que se distinguió además por el temor que despertó entre los vecinos de ciudades como México y Guadalajara la presencia de pobres y enfermos que invadían calles, portales y plazas.2

Si bien se trata de un testimonio indirecto y de cobertura escasa, consideramos que los registros de segundas nupcias deben ser analizados con mayor detenimiento por referirse a uno de los efectos característicos de las crisis de subsitencias del antiguo régimen. Con este fin fue revisada también la serie de matrimonios de la parroquia de Santa María de los Lagos, vecina por el norte de Jalostotitlán, lo que proporciona un marco de referencia que cubre la mayor parte de la región de Los Altos.

El territorio de las parroquias estudiadas, se ubica en los límites de la Nueva España con la Nueva Galicia, sobre la ruta de la plata que iba de Zacatecas a la ciudad de México. Se trata de una región que había descubierto su vocación ganadera desde épocas tempranas, convirtiéndose en abastecedora de los reales mineros del norte y de sus vecinos del Bajío, lo mismo que de mercados urbanos neogallegos y novohispanos. La villa de Santa María de los Lagos era a la vez cabecera de la alcaldía mayor y del curato del mismo nombre. Fundada en 1563 como villa de españoles, para la segunda mitad del siglo XVIII su jurisdicción eclesiástica comprendía 181 haciendas y ranchos ubicados sobre la cuenca del río Lagos, afluente del Verde. Tenía una población mayoritaria de mestizos, españoles y descendientes de esclavos africanos y según el padrón presentado al obispo en 1776, la feligresía contaba con 21,160 almas, de las cuales 1,613 eran indios pertenecientes a los tres pueblos establecidos para proveer mano de obra a la villa mariana: San Juan de la Laguna, San Miguel de Buenavista y Moya.3 Aunque la fuente no lo aclara, había también un número importante de población india en las haciendas y ranchos de todo el curato.4 (mapa 1)

El curato de Jalostotitlán se caracterizaba por una mayor presencia de población india congregada en cinco pueblos (San Gaspar, Mitic, Teocaltitán, Temacapulín y San Miguel) además de la cabecera parroquial que, aunque mantuvo su categoría de república de indios y su organización por barrios, desde el siglo XVII había visto llegar españoles, mestizos y mulatos que se establecían dentro de la traza y convirtiéndose en un asentamiento pluriétnico. La parroquia incluía además 147 asentamientos de menor tamaño entre puestos, ranchos y haciendas con población mezclada.

La literatura especializada ha señalado que una combinación de lluvias escasas y una fuerte granizada registrada en el mes de agosto de 1785 dieron origen a la crisis al perjudicar seriamente las siembras de maíz.5 La mala cosecha de ese año tuvo como consecuencia que el precio del maíz, que no había dejado de subir desde el año anterior, alcanzara el nivel más alto de todo el periodo virreinal: 40 reales por fanega.6 Sin embargo, hay evidencias de que los problemas iniciaron desde antes. La capital de virreinato había experimentado una fuerte mortalidad en 1784 que, si bien, no recibió mucha atención por parte de médicos y autoridades, sí tuvo un grave impacto en parroquias como Santa Catarina y cuya magnitud fue incluso más alta que la que se registraría en el "año del hambre".7 También en la parroquia de Atlacomulco, actual estado de México, los entierros subieron de manera súbita de 43 registrados en 1783 a 380 registrados al año siguiente, si bien tampoco allí se conoce el motivo del ascenso por falta de información en las fuentes.8 el precio del maíz, que no había dejado de subir desde el año anterior, alcanzó el nivel más alto de todo el periodo virreinal: 40 reales por fanega.9

En la Nueva Galicia, las señales de alarma se habían presentado también tempranamente, pues a mediados de 1784 ya era motivo de preocupación para el cabildo de Guadalajara "la escasez y carestía de alimentos por lo riguroso de la seca".10 Con los primeros fríos invernales llegaron fuertes y constantes vientos que la población asoció con la aparición de un padecimiento conocido popularmente como "la bola" que se extendió rápidamente causando gran número de muertes y para la primavera de 1785 se hablaba de la presencia de una peste de fiebres malignas y pulmonía. Es posible que no se tratara de una, sino de varias enfermedades infecciosas respiratorias y gastrointestinales, cuyos síntomas pueden identificarse con influenza, tifoidea y pulmonía.11

Alarmadas, las autoridades decidieron tomar providencias para auxiliar a la población y en marzo de 1785, el gobernador de la Nueva Galicia, Eusebio Sánchez Pareja, comisionó a uno de los regidores de la ciudad para que recorriera varias poblaciones para comprar por adelantado las cosechas previstas para el mes de octubre y asegurar así el abasto de Guadalajara. Al mismo tiempo, había girado órdenes a los corregidores y alcaldes mayores de los distritos que abastecían la capital, entre ellos el de Lagos, para que no permitieran la salida de maíces rumbo a la Nueva España.12 Con estas medidas se trataba de librar a la población urbana de quedarse sin alimentos básicos, objetivo que no se logró ya que hubo proveedores dispuestos a vender las cantidades de maíz que se requerían y hacendados y labradores preferían especular con los granos o dedicarlos a sus propias necesidades.

Los registros de introducción de granos a Guadalajara reflejan que las cosechas de maíz de 1783 y 1784 habían sido escasas lo que elevó su precio en esa ciudad a dos pesos por fanega, precio que no siguió en rápido ascenso durante la primera mitad del siguiente año gracias a las providencias tomadas por la Audiencia y el gobierno de la ciudad para asegurar las entrada de grano al pósito.13 Sin embargo, para mediados de noviembre de 1785 el maíz se vendía a tres pesos por fanega

y los habitantes más pobres de la ciudad se encontraban ya en una situación desesperada. Para agravar los problemas de abasto de granos de la ciudad, los hambrientos emigrantes de los distritos rurales empezaron a llegar a Guadalajara en busca de auxilio. A mediados de noviembre, en las deliberaciones del cabildo se señalaba la "afluencia de gentes, y familias errantes que acosijadas del hambre ocurre[n] ya, y ha[n] de ocurrir indispensablemente a esta capital, como patria común de todos los pueblos que componen este Reino.14

Mientras tanto, la demanda en la ciudad aumentaba constantemente con la llegada de un número creciente de hombres, mujeres, niños y ancianos que, al verse a merced de la epidemia y sin medios para sobrevivir en su lugar de origen, se dirigían a la capital del reino, único sitio donde podían encontrar socorro y alimento. Frente al aumento de los precios de maíz, trigo y frijol y de las muertes causadas por la combinación fatal de hambre y enfermedad, las autoridades multiplicaron sus esfuerzos, recurrieron al cabildo eclesiástico para solicitar fondos para la compra de semillas y convocaron a los notables para decidir sobre las medidas más eficaces para paliar los efectos de la emergencia de gran número de muertes. Cuando llegó noviembre los malos augurios que se habían formulado para el ciclo agrícola se volvieron realidad al no entrar maíz al pósito de Guadalajara.15 Para ese entonces también el virrey de la Nueva España, viendo la falta de aguas en todos los reinos, había dictado providencias para socorrer a los pobres con semillas,16 pero a pesar de las presiones ejercidas para que los labradores enviaran el cereal a las ciudades, de la prohibición de dedicar maíces a la alimentación de animales y de otras medidas, ni la sociedad colonial ni sus instituciones se encontraron con los recursos necesarios para hacer frente a la crisis que siguió.

Las medidas tomadas por las autoridades tapatías hablan de que las circunstancias se habían agravado en la capital neogallega por el arribo incesante de pobres y enfermos procedentes del campo. El temor que despertaba el desplazamiento de población rural a las ciudades no era privativo de los tapatíos.17 El 11 de octubre de 1785 el virrey conde de Gálvez publicó una circular en la que, entre otras providencias, se trataba de obligar a los indios gañanes a permanecer en sus pueblos para atender sus cultivos. Como se vio que no cesaba la salida de pobladores de los pueblos y rancherías, en marzo del siguiente año, el virrey recurrió a los obispos para solicitarles que los párrocos insistieran a sus feligreses acerca del deber que tenían de quedarse en sus hogares y labrar la tierra.18 Al mismo tiempo, el conde de Gálvez intentó que se racionalizara la ayuda a los necesitados dirigiéndose a las autoridades eclesiásticas en los siguientes términos: "Por la escasez de semillas que hoy se experimenta en el reino, se ha reducido al estado de mendicidad un crecido número de gente en el cual se incluyen sin poder discernir, pobres verdaderos y fingidos y también muchos holgazanes voluntarios".19

Por ello pedía al obispo de Guadalajara que los párrocos instruyeran a las personas caritativas para que procedieran con discernimiento y que no se convirtiera en daño "su caridad practicada indistintamente".

Los testimonios hablan de la ineficiencia de bandos y exhortos. Las ciudades se llenaron de enfermos, hambrientos y vagabundos ante el temor de los vecinos que los consideraban delincuentes en potencia y portadores del contagio de la epidemia. En febrero de 1786, el fiscal de la Audiencia de Guadalajara estimaba que habían llegado a la ciudad más de 12,000 personas provenientes del campo.20 Por ello, autoridades y vecinos principales buscaron medidas para disminuir el peligro que amenazaba los principales centros urbanos del virreinato. En el caso de Guadalajara se procedió al establecimiento de un hospital para pobres conocido como "hospital del hambre"21 así como a la realización de obras de beneficio público para dar empleo a las masas de vagos y miserables sin ocupación, tal como se hacía en la ciudad de México, Valladolid y otras.22 Durante el periodo de la crisis, no fueron sólo las poblaciones más grandes las que recibieron migrantes forzados por la enfermedad y la inanición. Si bien poco se sabe de sus efectos en villas, pueblos y reales mineros de menor tamaño, la vida de sus pobladores también debió alterarse con el repentino desplazamiento de un número importante de gentes, ires y venires que no cesaron desde fines de 1784 hasta enero de 1787, fecha en que se clausuró el "hospital del hambre" por considerar que había terminado la emergencia. Es precisamente la pregunta de cómo se vio afectada la vida en el campo neogallego en esos terribles años, la razón que nos lleva a analizar los registros de las parroquias de Santa María de los Lagos y Jalostotitlán.

Los vecinos de pueblos y haciendas alteños no necesitaron noticias de las autoridades del reino para advertir la llegada de tiempos difíciles. Al observar el comportamiento de las partidas de entierros en Santa María de los Lagos y Jalostotitlán resulta claro que desde julio y agosto de 1784 habían empezado a aumentar. El primer salto significativo tuvo lugar en febrero del siguiente año cuando se registraron cuatro veces más defunciones que el año anterior en la jurisdicción mariana, y tanto allí como en Jalostotitlán los números siguieron subiendo hasta alcanzar su cifra más alta en abril en lo que podría ser un brote de enfermedad infecciosa, considerando que el periodo que coincide con la estacionalidad característica de las fiebres asociadas a la época de calor que se ha constatado en las parroquias novohispanas (véase cuadro 1).23

Si bien a partir de septiembre la mortalidad había iniciado una disminución, lo peor todavía estaba por llegar. Por la falta de lluvias, los graneros no se llenaron y los precios empezaron a subir. Aunque no se ha localizado información para la región de Los Altos, hay noticias de que en Guadalajara, donde el maíz rara vez subía más allá de un peso por fanega, se requirió del esfuerzo de las autoridades para contrarrestar los efectos de la mala cosecha registrada en 1784 y conseguir granos en haciendas de la región para mantener el abasto del pósito de la ciudad. De esta manera se logró que el precio de la fanega se mantuviera en dos pesos durante la primera mitad de 1785. Sin embargo, la sequía y los granizos tempranos que se presentaron este año, dispararon los precios a partir de noviembre, hasta llegar a los cinco pesos por fanega enabrildel786.24

La relación entre escasez de alimentos y los entierros registrados en las parroquias estudiadas se refleja claramente en ese mes de abril, cuando el número de muertes inició un nuevo repunte para alcanzar su punto más alto en septiembre, cuando se registraron 551 entierros en Santa María de los Lagos y 254 en Jalostotitlán. La curva de las dos parroquias alteñas no volvió a su nivel normal hasta marzo de 1787, momento en que los graneros neogallegos volvieron a contar con suficientes cantidades de maíz25 (véanse gráficas 1 y 2).

Esta crisis, que en el caso alteño abarcó el trienio 1784-1786, constituye el pico más alto de la curva de defunciones para la segunda mitad del siglo XVIII al combinar los efectos de la pareja epidemia-hambre sobre la población analizada a lo largo de casi 36 meses (véanse gráficas 3 y 4).

Aunque la causa de muerte no aparece en ninguna de las partidas de entierro, es probable que se tratara de "la bola" o de las "fiebres catarrales" referidas en otras fuentes que se contagiaban con gran facilidad por el hambre reinante.26 En la parroquia minera de Bolaños, los entierros experimentaron un ascenso similar que alcanzó su máximo en el mismo mes a causa de "la bola".27

En 1770, las autoridades del obispado informaron que Jalostotitlán tenía 11,317 feligreses y Lagos 19,964.28 Con base en los datos de la visita pastoral de 1776 del obispo fray Antonio Alcalde y de varios padrones parroquiales, se puede calcular que antes del año del hambre el curato de Jalostotitlán tenía alrededor de 12,100 habitantes29 y el de Lagos 21,200.30 En 1786, los entierros registrados en el primero sumaron 1,136 y en el segundo 3,410 lo que permite establecer un cálculo de la tasa bruta de mortalidad alcanzada (cuadro 2). En ambos casos se trata de niveles muy elevados, especialmente en Lagos, donde se situó por encima de las tasas que se registrarían años más tarde durante la epidemia del cólera morbus de 1833 que alcanzaron 120 defunciones por cada mil habitantes en algunos barrios de Guadalajara.31 Si bien los totales de población parroquial empleados en este cálculo deben ser manejados con reserva, pues en la época era muy frecuente que no incluyeran a la población infantil (párbulos),32 se trata de un indicador del nivel que alcanzaba la mortalidad en zonas rurales, que tenían que enfrentar la hambruna con sus propios recursos pues difícilmente llegaban hasta ellas los beneficios de las providencias que las autoridades, temporales o eclesiásticas, dictaban para paliar los efectos de la crisis.

Considerada por localidad, se observa que la mortalidad causó estragos tanto en las repúblicas de indios como en la villa mariana y en las haciendas y rancherías. Gracias a un padrón eclesiástico de 1784, se conoce la población total de la cabecera y algunos ranchos de la jurisdicción de Jalostotitlán, aunque se desconoce la de los pueblos de indios, excepto Temacapulín. Estos últimos constituían los asentamientos más numerosos del curato y se vieron severamente afectados. Correspondió también a la población india el mayor número de muertes ocurridas en 1786 en la cabecera de este curato, 166 de las 280 registradas, por encima de la proporción encontrada sobre el total de las defunciones de la feligresía donde los indios representaron 46 por ciento (véase gráfica 5) Una cuarta parte de los entierros de ese año correspondieron al grupo español y enseguida se ubicó la población afroalteña con 15 por ciento. Los mestizos y los indios laboríos, la minoría de la población, contribuyeron con el siete y el tres por ciento respectivamente.

Las partidas de Santa María de los Lagos no incluyen la calidad étnica, por ello no es posible conocer el impacto del "año del hambre" a cada gupo sociorracial, sólo por la vía de observar el comportamiento de las defunciones en los tres pueblos ubicados en las goteras de la villa mariana, se puede obtener un acercamiento a lo ocurrido en las repúblicas de indios, sin olvidar que este ejercicio no incluye un porcentaje importante de población india que habitaba en las haciendas y ranchos. En conjunto los entierros registrados en San Juan de la Laguna, San Miguel de Buenavista y la Limpia Concepción de Moya pasaron de 89 a 464 entre 1784 y 1786 respectivamente, lo que supone que el incremento de la mortalidad en las repúblicas de indios rebasó 500 por ciento en este periodo (véase cuadro 3).

Los problemas que presentan los libros de entierros para el análisis de las crisis de mortalidad se vuelven evidentes al relacionar el número de difuntos registrados como residentes en Jalostotitlán con la población que para ese momento tenía el pueblo. La tasa bruta de mortalidad que se obtiene se eleva a 175 defunciones por mil habitantes, muy por encima de la encontrada para toda la feligresía. Esto se debe a dos causas principalmente. Por una parte, es probable que no pocas familias de rancheros y hacendados optaran por mudar su residencia a la cabecera parroquial durante los meses de mayor gravedad de la epidemia para contar con mejores posibilidades de asistencia para la salud de su cuerpo y su alma, por tanto, quedaron inscritos como vecinos del pueblo aunque residieran la mayor parte del tiempo en su rancho o hacienda. La segunda explicación probable es que ante el apremio de las circunstancias se descuidó la información relativa al lugar de origen de los fallecidos, optando por anotar como vecinos de Jalostotitlán a muchos de los feligreses de puestos y ranchos enterrados en su cementerio. Por esta última razón es que aparecen muy pocos registros de fallecidos en localidades donde los padrones parroquiales contabilizaban una población numerosa.33

Ante el aumento repentino de las defunciones, era imposible mantener los registros al día y seguir las rutinas de tiempos normales, cuando los tenientes de cura, responsables de cada una de las ayudas de parroquia, anotaban los bautismos, matrimonios y defunciones que habían celebrado en un cuaderno-borrador para enviarlo luego a la cabecera, donde estas notas se copiaban a los libros y eran firmadas por el párroco. En 1785, el clérigo a cargo de Temacapulín, el pueblo de indios más distante de Jalostotitlán, mandó los registros de 23 entierros realizados entre junio y agosto en su iglesia.34 A partir de ese momento no vuelven a aparecer registros de Temacapulín y al año siguiente, cuando la mortalidad alcanzaba su punto más alto, su única mención es la de una mujer originaria de ese pueblo pero fallecida y sepultada en el hospital de la cabecera parroquial.35 No será sino hasta noviembre de 1787 que vuelvan a encontrarse noticias de las defunciones de esa localidad.36 Al perderse los borradores de una ayuda de parroquia, se perdían también los registros de otras localidades que hacían uso del cementerio. Es el caso de Las Cañadas y Catachime, localidades cuyos habitantes acudían a sepultar a sus deudos en Temacapulín por razones de cercanía.

Otra consecuencia común del incremento de la mortalidad era que el registro perdiera calidad. Es el caso de la parroquia de Santa María de los Lagos donde la mayoría de los infantes quedaron anotados sin el nombre de sus padres y desapareció la información de la calidad étnica. Dadas las circunstancias, la prioridad del párroco y sus asistentes debió centrarse en prestar los auxilios espirituales a los moribundos y dar cristiana sepultura a los difuntos, además de seguir las disposiciones de sus superiores sobre el fomento de los cultivos y el reparto de limosnas entre los necesitados.

A lo anterior se suma el hecho de que el sector eclesiástico no escapaba del impacto de la mortalidad. En el territorio laguense, antes de que terminara 1785, murieron víctimas de la epidemia seis clérigos miembros de familias locales y uno de los tenientes de cura. El bachiller Juan José González fue sepultado en marzo,37 al mes siguiente ocurrió el deceso de los bachilleres Domingo Gallardo y Toribio Sanromán,38 lo mismo que el de Antonio Gamiño, auxiliar del cura párroco.39 En junio murió Luis Parada,40 integrante de una de las familia de la elite local y antes de que terminara el año lo siguieron su pariente el bachiller José Francisco Parada41 y el presbítero Rafael Gallardo.42 En octubre de 1786, cuando la mortalidad llegaba a su punto más alto murió otro de los tenientes de cura de la villa, Ignacio Susano Santana.43

En Jalostotitlán se observa que durante la crisis se presentó cierta inestabilidad entre los clérigos responsables del curato. Desde 1782, el cura beneficiado era el doctor Pedro Nolasco Díaz de León, pero a partir de 1785 fueron frecuentes sus ausencias, sin que haya información que indique si éstas se debieron a enfermedad o a que hubiera salido de la localidad por otros motivos. Desde principios de abril de 1786, firma como párroco interino el bachiller Antonio González44 y pocos días después es sustituido por el bachiller don Tadeo Castor de Aguayo quien, habiendo terminado su labor pastoral como cura beneficiado de esa jurisdicción en 1780, se había quedado a residir en el pueblo cabecera. Todo esto incidía necesariamente en fallas y desorganización en la anotación de los entierros. A pesar de ello, el registro demuestra que en esta crisis los efectos combinados de hambre y epidemia en los campos neogallegos fueron tan devastadores en el campo como en la ciudad.

El cuadro 4 sugiere que durante la crisis el porcentaje de defunciones de párbulos, población menor de 7 años según los criterios de la época, fueron más altos en Lagos que en Jalostotitlán, pero en ambos lugares estuvo por encima de 30 por ciento que se presentaba en años normales. Por otra parte, hay un comportamiento muy diferente entre las dos parroquias difícil de explicar, pues mientras en la primera la proporción de párbulos fallecidos disminuye al avanzar el calendario, en la segunda aumentó primero, para disminuir después. Estas variaciones no guardan relación con el ritmo del drástico aumento de la mortalidad a lo largo del trienio 1784-1786. El problema del subregistro de los entierros de párbulos, siempre presente en las fuentes coloniales, se agudizaba con la llegada de tiempos difíciles y por ello no se puede afirmar que el descenso de los porcentajes que se observa en la parroquia mariana sea una prueba de una baja de la mortalidad infantil en los momentos más álgidos, si bien, llama la atención que en las dos parroquias analizadas parece que el primer brote epidémico de 1784 afectó de manera más importante a los menores de edad que la carestía de 1786 donde la mortalidad causó mayor número de bajas entre los adultos.

 

LOS MOVIMIENTOS DE POBLACIÓN

En las cifras de entierros de las parroquias estudiadas están incluidos habitantes de otras parroquias que encontraron la muerte mientras estaban de paso por tierras alteñas, lo mismo que muchos feligreses de Jalostotitlán y Lagos debieron quedar sepultados en otros lugares. El hambre empujaba a hombres y mujeres a dejar sus hogares según se percibe a través de las actas de defunción. La primera evidencia aparece en febrero de 1785 cuando se registra un hombre "que se halló tirado junto al pueblo" de Temacapulín a quien se dio sepultura en el camposanto del mismo pueblo.45 A medida que avanzan los días aumentan los casos de sujetos que aparecían muertos sin nadie que pudiera dar noticia de sus antecedentes. En abril fue sepultado un hombre cuyo nombre, etnia y origen se ignoraban, probablemente un caminante que dirigía sus pasos hacia alguna villa o ciudad en busca de socorros.46 En otros casos, se logró saber que los fallecidos habían llegado desde los Pueblos del Rincón, en tierras vecinas del Bajío y de Aguascalientes.47

Para 1786, se volvieron comunes los registros de "pasajeros" que recibían cristiana sepultura en el cementerio de Lagos.48 En julio de ese año fueron sepultados en Jalostotitlán, José Basilio que declaró ser mulato nativo de Guanajuato,49 una "pasajera de San Luis Potosí"50 de nombre María Pascuala y "un cuerpo amanecido" en el pueblo,51 así como un hombre de quien no se supo nombre ni origen.52 Al mes siguiente, se dio sepultura a dos indios pasajeros del pueblo de San Pedro Teocaltiche y se procedió de igual manera con otros dos cuerpos encontrados junto a la cruz del cementerio parroquial.53 Poco después, el registro señala el entierro de una "creatura amanecida en el patio del hospital y no supo el mayordomo quienes eran sus padres".54

Las fuentes lo mismo hablan de "una mujer del pueblo de Teocaltitán que entró en el hospital [de la cabecera del curato] más muerta que viva" o de cuerpos que amanecían en alguno de los pueblos de la feligresía55 o "en el tejabán de la plaza",56 hasta llegar a la presencia de "un cadáver casi consumido por gusanos" sepultado en San Gaspar según dio cuenta el alcalde de ese pueblo.57 En octubre "una pasajera cuyo cuerpo trajeron" y todavía en noviembre se registró el entierro de un mulato que llegó muriéndose procedente de la hacienda de las Burras en la jurisdicción de Guanajuato.58 Por esas fechas en el pueblo de San Miguel recibieron sepultura un indio de Nochistlán y una párbula india de la hacienda de Pabellón.59

La presencia de forasteros en los cementerios alteños es un reflejo del intenso movimiento de pobladores que originaban las crisis de subsistencias en el campo neogallego (véase cuadro 5). Si en 1784 sólo fueron consignados unos cuantos entierros de personas ajenas a estas feligresías, dos años después quedaron registrados 71 en Lagos y 75 en Jalostotitlán. Estas cifras que dan cuenta de la cantidad de hombres y mujeres que vagaban de un lugar a otro en busca de alimento y socorro para terminar vencidos por la inanición o el contagio. Los registros parroquiales consignaron a quienes lograron llegar a las cercanías de un poblado, pero es imposible cuantificar el número de aquellos que perecieron en los caminos.

 

POBLACION ALTEÑA EN GUADALAJARA

Durante el siglo XVIII, los centros urbanos se convirtieron en receptores de una población cada vez más empobrecida. Como consecuencia del crecimiento demográfico, el alza secular de los precios y la escasez de tierras, Guadalajara se vió afectada por una constante migración de origen rural.60 El círculo de influencia de la ciudad se amplió en esa centuria hasta incluir territorios relativamente distantes como Jalostotitlán por efectos del crecimiento de la demanda urbana.61 La atracción de la ciudad sobre los habitantes de estas zonas rurales debió aumentar durante la crisis al tener noticia de las providencias dispuestas para aliviar el hambre y atendender a los enfermos. Aunque las fuentes que hablan de la llegada de migrantes a Guadalajara son principalmente cualitativas y no mencionan los lugares de origen, las evidencias de que la capital neogallega se convirtió en la esperanza para la población desesperada de regiones como la meseta alteña que se puso en camino para buscar algún socorro.

El primer indicio de la presencia de feligreses de las parroquias alteñas en Guadalajara durante la hambruna aparece en junio de 1787 en el registro de matrimonio de un indio viudo del pueblo de Teocaltitán que refiere que María Marcelina, su primera esposa, muerta un año y tres meses antes había sido sepultada en esa ciudad. Mientras que la nueva contrayente, india de Jalostotitlán, también era viuda de un hombre fallecido un año antes en Guadalajara.62

Tres meses más tarde tuvo lugar el enlace de María Alejandra, cuyo primer marido había sido sepultado en el Santuario de Guadalupe en febrero de 1786.63 En enero de 1788 fue María Sebastiana, india de Teocaltitán quien declaró que su marido, Manuel Fulgencio, había fallecido en la capital del obispado año y medio atrás.64 Igualmente, es a través de los registros matrimoniales de sus viudos, también indios de dos pueblos alteños, que sabemos que Manuela Concepción, José Julián Bernache65 y Manuel García quedaron sepultados en el Santuario de Guadalupe en 1786. Aunque en el caso de Petronila Trinidad Mora, india de Temacapulín y de Martin Luciano no se especifica el cementerio, sus cuerpos quedaron sepultados en Guadalajara en ese mismo año.66 Miguel Ortega otro indio del pueblo de Teocaltitán fue sepultado en Guadalajara en 1785 según declaró su viuda María Lucía.67 En 1797 se da cuenta de otra mujer del mismo pueblo que encontró la muerte en la capital neogallega. Se trata de Paula Meza, según la partida matrimonial de su viudo, Martín Rojas.68

El de José Cresencio Reyes habría sido el único caso de un español alteño de quién hay noticia que falleció mientras estaba en Guadalajara.69 Asimismo, José Antonio Isasi sería el único laguense sepultado en el cementerio de Belén de esta ciudad, aunque su viuda, una mujer mestiza, no precisó la fecha de su muerte.70

Los casos que fue posible documentar sugieren la mayor vulnerabilidad de los pueblos de indios de la región de Jalostotitlán ante la combinación epidemia-hambre pues fueron sus habitantes, quienes se vieron empujados a dejar sus localidades y emprender un camino que en no pocas ocasiones resultó fatal. Seguramente hubo más casos de parejas alteñas que tras abandonar sus pueblos lograron sobrevivir a la catástrofe, pero terminaron estableciéndose en otros sitios, así como otros en los que el cónyuge sobreviviente nunca regresó a su antiguo hogar. Todos ellos escapan de cualquier posibilidad de cuantificación.

 

SEGUNDAS NUPCIAS

Los periodos de incremento en la mortalidad producían un doble efecto sobre la nupcialidad. En un primer momento, mientras la población sufría los mayores estragos, el número de matrimonios disminuía tanto por la muerte de alguno de los futuros contrayentes, como por la decisión de posponer la ceremonia para mejores tiempos y, una vez que terminaba la emergencia, seguía un repunte de los matrimonios tanto por la celebración de las uniones retrasadas, como por la decisión, de quienes habían perdido a su pareja, de contraer nuevas nupcias. La rapidez para rehacer la vida en pareja fue una característica de las poblaciones novohispanas y, en consecuencia, los periodos de viudez eran cortos especialmente tras una crisis.71

Esta fue la situación que se presentó en Los Altos una vez que pasaron los meses terribles de "la bola" y el hambre. De ocho viudos que contrajeron matrimonio en el año de 1786 en Jalostotitlán, la cifra pasó a 47 y 36 para los dos años siguientes, un número que nunca se había registrado y que no volvería a alcanzarse en esa centuria.72 En los dos curatos es muy marcado el repunte de las segundas nupcias (véanse los cuadros 6 y 7) Llama la atención especialmente que, en proporción, el aumento es más significativo para las viudas que se acercan al doble de uniones en la década marcada por el "año del hambre". Por lo demás, la diferencia por sexo observada aquí encaja con los hallazgos de otras parroquias novohispanas que han demostrado que las segundas nupcias eran más frecuentes para los hombres que para las mujeres.73

La información que proporcionan las partidas incluyen el tiempo transcurrido desde la muerte del anterior cónyuge y el lugar donde fueron sepultados sus restos. Así es posible saber que durante la década de 1771 a 1779, seis por ciento de las viudas y tres por ciento de los viudos que se casaron en Jalostotitlán declararon que su anterior consorte había fallecido fuera de la parroquia y que para la década siguiente estos porcentajes aumentaron a diez y trece por ciento respectivamente. Aunque en Santa María de los Lagos el número de mujeres que señaló que sus maridos habían fallecido fuera del curato pasó de 21 a 27, en proporción hubo una disminución de 13 a 9 por ciento entre la primera y la segunda década analizadas. Disminución que en el caso de los hombres fue de siete a cuatro por ciento.

Las evidencias parecen sugerir una mayor movilidad de los habitantes de la zona sur de Los Altos que de los laguenses. Para explorar las razones que llevaron a un mayor número de habitantes de Jalostotitlán a salir de su parroquia habrá que considerar factores como mayor escasez de alimentos y peores condiciones de vida en los pueblos donde se congregaba el mayor número de población india, pero también otros de carácter geográfico, como su cercanía con Guadalajara donde había más recursos para socorro de los pobres y los enfermos. No es posible determinar con los elementos disponibles si las haciendas y ranchos de la jurisdicción de Lagos se vieron menos afectados por la escasez que sus vecinos, pero es cierto que su población india estaba más dispersa y que la distancia que separaba su territorio de la capital neogallega hacía más arriesgado el viaje.

Los movimientos migratorios, acelerados por las crisis demográficas, pueden atenuar o agravar los efectos de las sobremortalidades,74 de aquí la importancia del acercamiento a ellos a través de las pocas fuentes disponibles y de profundizar en el análisis.

Se ha dicho que las epidemias generalmente afectan en mayor medida a los habitantes de las áreas urbanas depauperadas, mientras que en el campo, a pesar de las malas condiciones de vida, el aislamiento relativo de las poblaciones las protege de efectos severos.75 Para el caso de las dos parroquias analizadas se encontró que los pueblos de indios resultaron severamente castigados durante el bienio fatal de 1785-1786, no solamente por las bajas causadas directamente por una mortalidad que alcanzó los niveles más altos de todo el siglo y afectó tanto a adultos como a párbulos, sino también por la salida de efectivos en busca de ayuda hacia otros lugares. No se puede suponer que la recuperación llegara rápidamente tras este doble impacto.

Los testimonios sugieren que el "año del hambre" podría representar el inicio de una corriente migratoria de la población de la zona sur de la meseta alteña hacia Guadalajara que tendrá que explorarse si terminó con la desparición de la epidemia y la escasez de granos.

 

NOTAS

1 Enrique Florescano, Precios del maíz y crisis agrícolas en México (1708-1810), México, El Colegio de México, 1969, 118.         [ Links ]

2 Sherburne F. Cook, "El hospital del hambre en Guadalajara: un experimento de asistencia médica" en Enrique Florescano y Elsa Malvido (comps.), Ensayos sobre historia de las epidemias en México, tomo I, México, IMSS, 1982;         [ Links ] Lilia V. Oliver, "Los servicios de salud, el pensamiento ilustrado y la crisis agrícola de 1785-1786" en José María Muriá y Jaime Olveda (comps.), Demografía y urbanismo. Lecturas históricas de Guadalajara III, Guadalajara, INAH-Programa de Estudios Jaliscienses, 1992, 53-77;         [ Links ] Alma Dorantes, "El ayuntamiento tapatío ante la crisis de 1785-1786" en José María Muriá y Jaime Olveda (comps.), Sociedad y costumbres. Lecturas históricas de Guadalajara, Guadalajara, INAH, 1991, 93-106.         [ Links ]

3 Visita pastoral del obispo fray Antonio Alcalde a la Diócesis de Guadalajara 1775-1776, Estudio preliminar de Agueda Jiménez Pelayo, Guadalajara, El Colegio de Jalisco, 1992,24.         [ Links ]

4 Celina G. Becerra Jiménez, Gobierno, justicia e instituciones en la Nueva Galicia. La alcaldía mayor de Santa María de los Lagos. 1563-1750, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2008,124-126.         [ Links ]

5 Virginia García Acosta, Desastres agrícolas en México. Catálogo histórico, tomo I, México, Fondo de Cultura Económica, CIESAS, 2003.         [ Links ]

6 Enrique Florescano, Breve historia de la sequía en México, México, Conaculta, 2000, 179.         [ Links ] Un peso equivale a 8 reales.

7 Juan Javier Pescador, De bautizados a fieles difuntos. Familia y mentalidades en una parroquia urbana: Santa Catarina de México, México, El Colegio de México, 1992, 100.         [ Links ]

8 América Molina del Villar, "Comportamiento y distribución de la población en Santa María de Guadalupe Atlacomulco, 1679-1860", en Molina del Villar América y David Navarrete Gómez (coords.), Problemas demográficos vistos desde la historia, México, El Colegio de Michoacán, CIESAS, 2006, 138.         [ Links ]

9 Enrique Florescano, Precios del maíz, p. 117. Un peso=8 reales.

10 Archivo Histórico Municipal de Gudalajara (AHMG), Actas de Cabildo, 1784, paq. 7, leg. 5, ff.75-77.         [ Links ]

11 Sherburne F. Cook, "El hospital del hambre" p. 358.

12 Alma Dorantes, "El ayuntamiento tapatío", pp. 95-96.

13 Eric Van Young, La ciudad y el campo en el México del siglo XVIII. La economía rural de laregión de Guadalajara, 1675-1820, México, Fondo de Cultura Económica, 1989, 107.         [ Links ] El autor presenta la curva de precios del maíz para Guadalajara que muestra una tendencia secular a la alza.

14 Eric Van Young, La ciudad y el campo, p. 108.

15 Alma Dorantes, "El ayuntamiento tapa tío", p. 95.

16 Archivo Histórico del Cabildo Eclesiástico de Guadalajara, Libro Capitular 13, f. 125f.         [ Links ]

17 Enrique Florescano, Precios del maíz, p. 156.

18 Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara (AAG), Gobierno, Obispos, Antonio Alcalde caja 2.         [ Links ]

19 AAG. Gobierno, Obispos, Antonio Alcalde, caja 2.

20 Eric Van Young, La ciudad y el campo, p. 108.

21 Lilia V. Oliver, "Los servicios de salud", pp. 63-64.

22 Enrique Florescano, Los precios del maíz, pp. 159-160.

23 Pedro Canales Guerrero, "Propuesta metodoloógica y estudio de caso. ¿Crisis alimentarias o crisis epidémicas? Tendencias demográfica y mortalidad diferencial. Zinacantepec, 1613-1816" en América Molina del Villar y David Navarrete Gómez (coords.), Problemas demográficos vistos desde la historia, México, El Colegio de Michoacán, CIESAS, 2006,67-116.         [ Links ]

24 Eric Van Young, La ciudad y el campo, p. 93.

25 Eric Van Young, La ciudad y el campo, p. 114.

26 Sherburne F. Cook, "El hospital del hambre", p. 357.

27 David Carbajal, La población en Bolaños. 1740-1848. Dinámica demográfica, familia y mestizaje, Zamora, El Colegio de Michoacán, 2009, 169.         [ Links ]

28 Matheo Joseph Arteaga y Rincón Gallardo, "Descripción de la diócesi de Guadalaxara de Indias" en Nueva Galicia y Jalisco, un esfuerzo continuado. Guadalajara, Banco Refaccionario de Jalisco, 1980, 102.         [ Links ]

29 Archivo Parroquial de Jalostotitlán (APJ), Bautismos, vol. 11, f. 121.         [ Links ]

30 Visita pastoral del obispo fray Antonio Alcalde, p. 24.

31 Lilia V. Oliver, "La mortalidad, 1800-1850" en José María Muriá y Jaime Olveda (comps.), Demografía y urbanismo. Lecturas históricas de Guadalajara III, Guadalajara, INAH-Programa de Estudios Jaliscienses, 1992,112.         [ Links ]

32 Aunque en la visita de Alcalde no se aclara si están sumados los párbulos, en 1765 en ocasión de la visita del obispo Rodríguez de Ribas la población reportada fue de 19,869 personas "incluidos los párbulos". AAG, Visitas pastorales, Guadalajara, Libro primero, caja núm. 5, año 1765.

33 Becerra, Una población alteña, pp. 63-64.

34 APJ, Entierros, vol. 7, f. 92v y 95f; vol. 8, f. 107f        [ Links ]

35 APJ, Entierros, vol. 7, f. 118v.         [ Links ]

36 APJ, Entierros, vol. 8, f. 42f.         [ Links ]

37 Archivo Parroquial de Santa María de los Lagos (APSML), Entierros vol. 10, f. 28v y 66v.         [ Links ]

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60 Eric Van Young, La ciudad y el campo, pp. 47-52.

61 Eric Van Young, La ciudad y el campo, pp. 360-365.

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70 APSML, Matrimonios, vol. 9, f. 354f.         [ Links ]

71 Cecilia Rabell, La población novohispana a la luz de los registros parroquiales, México, UNAM, 1999,24.         [ Links ]

72 Celina G. Becerra Jiménez, Una población alteña. Jalostotitlán 1770-1830. Tendencias histórico demográficas, Tesis de Maestría en Historia, El Colegio de Michoacán, 1996.         [ Links ]

73 Robert McCaa, "La viuda viva del México Borbónico: sus voces, variedades y vejaciones" en Pilar Gonzalbo Aizpuru (coord.), Familias novohispanas. Siglos XVI al XIX, México, El Colegio de México, 1991, 304-306.         [ Links ]

74 Cecilia Rabell, La población novohispana, p. 67.

75 Lourdes Márquez Morfín, La desigualdad ante la muerte en la ciudad de México. El tifo y el cólera, México, Siglo XXI Editores, 1994,328-329.         [ Links ]

 

Información sobre la autora:

Celina Becerra. Doctora en Ciencias Sociales por El Colegio de Michoacán. Profesora Investigadora del Departamento de Historia de la Universidad de Guadalajara. Autora de Gobierno, justicia e instituciones en la Nueva Galicia. La alcaldía mayor de Santa María de los Lagos. 1563–1750. Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2008. Sus intereses de investigación comprenden la historia de la población en el Occidente de México y el estudio de las instituciones de gobierno local y provincial en la Nueva Galicia.