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Acta poética

versión On-line ISSN 2448-735Xversión impresa ISSN 0185-3082

Acta poét vol.32 no.1 Ciudad de México ene./jun. 2011

 

Presentación

 

Introduction from the Editor

 

Ana Castaño

 

Hace ya casi dos años empecé a planear un número de Acta Poética que iba a tener un dossier sobre el sermón en nuestra lengua. Pensé en lo bueno que sería incluir ahí una colaboración de Antonio Alatorre y decidí llamarlo para pedirle un artículo. Después de pensarlo por unos momentos, me dijo: "El tema me interesa mucho, pero no puedo meterme en eso ahora. Puedo darte otra cosa, un trabajo que reúne sonetos sobre el Tiempo". Naturalmente, quedé encantada: no solo tenía ya un pretexto para ir a ver a mi queridísimo maestro y pasar con él uno de esos entrañables ratos llenos de su chispeante y sabrosa conversación, sino que además podía contar con un trabajo inédito de Alatorre para nuestra revista.

Pasadas dos o tres semanas fui a verlo. Casi lo primero que me dijo al entregarme el original con algunas correcciones suyas sobre el texto cuidadosamente mecanografiado fue: "Verás: ahora me encuentro como quien está haciendo las maletas." Quería decirme que no tenía ya tiempo para empezar trabajos nuevos y más bien estaba corrigiendo y organizando lo que tenía pendiente o terminado. En ese momento, claro, me hizo gracia la expresión. Ni por un momento consideré en serio la posibilidad de que ese 'viaje' estuviera tan cerca. Hay personas cuya sola existencia nos consuela y nos sirve de sólido contra peso a la estupidez y al horror humanos, cuya muerte es por eso tan inconcebible que no podemos planteárnosla seriamente antes de que suceda. Creo que algo así me pasaba con él.

Todavía pude verlo dos o tres veces más. Recuerdo que una mañana le hablé con cierto orgullo de un pequeño grupo de estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras, grandes lectores suyos y grandes lectores de sor Juana. También llegué a anunciarle que dos de ellos publicarían colaboraciones en este mismo número, una de las cuales era una reseña de su edición de la Lírica de sor Juana. Cuánto lamento no haber podido enseñarle la revista publicada y, sobre todo, cuánto lamento que nuestra pieza estrella se haya convertido en un artículo póstumo.

Naturalmente desde que Alatorre me entregó su artículo este número dio un gran giro y enderezó el rumbo hacia la poesía. Hasta tal punto fue así que ahora todas las contribuciones que aquí publicamos, salvo una, tratan sobre poesía en lengua española. Aparte de su artículo, que reúne un hermoso grupo de sonetos de artificio pertenecientes en su mayoría a los siglos XVI y XVII, y cuyo tema es el Tiempo y su implacable transcurrir, otros tres de los trabajos aquí publicados se refieren a nuestra poesía culta de los siglos XVI al XVIII. Uno más, de enfoque folclorista y comparatista, analiza la presencia de un tópico en varias baladas y canciones de la tradición popular hispánica. Otro artículo, que trata sobre el origen y evolución de las expresiones del concepto de 'valor' en nuestra lengua, las rastrea en dos obras medievales españolas (el Poema de Mio Cid y un tratado sapiencial traducido del árabe al castellano en el siglo XIII: Bocados de Oro). Al final incluimos una nota que propone rastrear la fortuna de cierto chiste sorjuanino entre algunos autores de villancicos novohispanos. De esta manera, el presente número de Acta Poetica terminó siendo, en su mayor parte, una celebración de la poesía de los siglos XVI al XVIII en nuestra lengua. Y sin embargo ahora, tras la muerte de Alatorre, queda la sensación de que esta misma poesía está en cierta forma de luto, pues ha perdido a uno de sus grandes y más generosos lectores.1

Tampoco deja de ser irónico que, en este artículo póstumo, el maestro nos ofrezca una colección de sonetos que hablan precisamente del paso inexorable del tiempo. Claro que, como siempre, Alatorre nos da mucho más de lo que nos ofrece: además de elegir con mirada experta cada una de sus piezas, la manera como las va engarzando y comentando nos lleva como de la mano por los caminos que han seguido tanto ciertos temas como las formas utilizadas para expresarlos, temas y formas que se originan en la latinidad clásica y que, en algunos casos, sobreviven hasta nuestros días. Su artículo parte de un par de pasajes de Ovidio (Ars amatoria y Tristia) cuyos temas y recursos formales pasan a los poetas italianos del Renacimiento, como Girolamo Angeriano y Vincenzo Colli ("el Calmeta"), Panfilo Sasso y Serafino Aquilano (o dall'Aquila), y de estos a varios traductores e imitadores ibéricos de la segunda mitad del siglo XVI. Un segundo apartado comienza con un soneto de Panfilo Sasso de esquema distributivo recapitulativo, seguido de traducciones e imitaciones ibéricas que siguen todavía, "aunque de forma algo borrosa", dentro de la tradición iniciada por Calmeta y Sasso. Alatorre aprovecha siempre sus ejemplos para señalarnos la introducción de imágenes novedosas por parte de algún poeta, o la inauguración de determinadas líneas temáticas o formales, como cuando un poeta anónimo introduce en su soneto al Tiempo el elogio de obras hechas por la mano del hombre. Esto le sirve al filólogo para llamar de paso nuestra atención sobre el recurso de la enumeración, tan frecuente en otro grupo de sonetos reunidos en este trabajo, y que ya en tiempos barrocos será explotado "a conciencia" por poetas italianos como Lodovico Paterno, y traducido e imitado por Cristóbal de Mesa y otros poetas españoles, portugueses y catalanes.

Sin dejar de registrar un grupo de sonetos "menos artificiosos y más sentidos", fuera de la tradición de Sasso y Calmeta, Alatorre reúne sobre todo sonetos "de ingenio", como el construido en eco ("juego típicamente ibérico aunque con vagos antecedentes en Italia"), el soneto continuo (este sí de origen italiano), y el soneto de "tiempo y cuenta". Como era de esperarse, introduce de cuando en cuando sabrosas observaciones sobre las piezas elegidas, y también una que otra precisión necesaria: señala errores heredados por los estudiosos —de Méndez Plancarte a Octavio Paz y a algunos seguidores suyos— o cometidos por los poetas, o sugiere el nombre del posible autor de alguna pieza anónima (por ejemplo, señala que el duque de Lerma —o bien su secretario, por encargo del duque— pudo haber escrito al menos uno de los sonetos en respuesta al famoso: "Pídeme de sí mismo el tiempo cuenta").

En la sección de "Homenaje" participa en primer lugar Tomás Segovia, con un precioso texto dedicado a evocar la figura de su amigo. En él nos deja presenciar los primeros años de Alatorre como protagonista de la vida cultural de México: en la Revista Mexicana de Literatura, invitado por Segovia, o impartiendo unos cursos libres de iniciación a la literatura organizados también por el poeta en la Casa del Lago, donde "era una gloria ver la evidente satisfacción con que Antonio hablaba de los clásicos a un grupo de personas sin ningún título académico, sentadas en el césped [...] él bajo un árbol como Carlomagno al pie de su roble". Nos habla también de la copiosa relación epistolar que tuvieron durante muchos años, así como de intereses y proyectos compartidos, como el de un gran estudio de la métrica española. Por otra parte, el poeta evoca su entrada a El Colegio de México, debida a las repetidas instancias del filólogo que, una vez dentro, lo apoyó en la creación de un programa de formación de traductores, al igual que un grupo de estudio sobre el estructuralismo. Es un placer, además de que resulta muy interesante, presenciar la evocación que hace Segovia de esta profunda amistad de toda la vida entre dos hombres de letras tan diferentes y tan complementarios entre sí. Indudablemente, dos de los más importantes de nuestro tiempo en México.

Por otra parte, Antonio Carreira nos narra el nacimiento de una amistad fundada en la mutua admiración entre dos grandes filólogos. Una admiración en estado puro: ajena a todo tipo de intereses bastardos, surgida y alimentada en el conocimiento detallado y responsable de la obra del otro y, como consecuencia de ello, en el reconocimiento del uno en el otro. Alatorre comenzó publicando en el año 2000 un artículo reseña sobre dos grandes obras del filólogo español publicadas un par de años antes: la edición crítica de los Romances de Góngora en cuatro volúmenes (Barcelona, Quaderns Crema, 1998) y el libro Gongoremas (Barcelona, Península, 1998); en este artículo decía: "Es posible que en mi aplauso a Carreira haya influido una razón muy personal. Me siento, en efecto, como identificado con él. Es reconfortante la idea de que avanzamos por el mismo camino y hacemos frente común". Por otro lado, Carreira se declara "ávido lector" de Alatorre y observa con generosa modestia: "Las afinidades que según él nos unían eran en realidad enseñanzas suyas y de maestros comunes bien asimiladas".

El tercer artículo de homenaje es de Luis Fernando Lara, hoy miembro de El Colegio Nacional y discípulo de Alatorre en El Colegio de México desde que el maestro tenía poco más de 40 años. En su semblanza se refleja la impresión que le produjo el primer Alatorre al joven estudiante que luego se dedicaría a la lingüística —en especial a la lexicografía— y que luego, ya como investigador, pudo presenciar el cambio "del erudito encerrado en sus conocimientos al escritor que logró brotar de aquel capullo, como hombre hasta cierto punto extrovertido que, apalancado en su erudición, nos regaló su mejor experiencia literaria". El director del Diccionario del español de México, sin dejar de apreciar la obra de Alatorre dedicada a los estudios literarios, presta especial atención a sus trabajos lingüísticos, como su gran historia Los mil y un años de la lengua española, o el artículo "Sobre americanismos en general y mexicanismos en especial", o su labor como traductor de varias lenguas. Finalmente subraya, y con razón, la dimensión del trabajo de Alatorre en la Nueva Revista de Filología Hispánica.

La sección de artículos comienza con el trabajo de Martha Lilia Tenorio, querida alumna y amiga de Alatorre desde sus tiempos de estudiante del doctorado. En él habla de los rasgos peculiares del gongorismo del último siglo novohispano, que fue, según observa la autora, no una imposición del ambiente literario imperante sino elección individual de algunos poetas. Tras comentar algunos bonitos ejemplos de tres poetas poco conocidos (José Gil Ramírez, Miguel de Reina Zeballos y Francisco Ruiz de León), la autora observa que el gongorismo novohispano tardío, antes que repetir los más sobados procedimientos formales del poeta cordobés (como es el caso del hipérbaton), concentró su atención en el trabajo de los detalles, como puede verse en la cuidadosa elaboración de viñetas naturalistas, algunas de sorprendente belleza y preciosismo, y no por ello menos realistas.

El trabajo de José Manuel Pedrosa, rico en ejemplos, es también en cierta medida un artículo antología. Documenta la presencia del tópico del amante que toca de noche (generalmente una noche fría y lluviosa) a la puerta de la amada —tópico conocido con el nombre griego de paraklausityron—, no solo en poemas y canciones hispánicas a lo largo de varios siglos y en territorios muy alejados entre sí, sino también en una balada romántica húngara y en una interesante composición tradicional cantada por grupos de mujeres en la India.

El artículo de David Galicia señala las sutiles diferencias entre dos temas igualmente relativos a la brevedad de la vida, ambos provenientes de la tradición poética española y presentes en sor Juana: el del carpe diem y el levemente distinto del vanitas vanitatum, que propone como más adecuado para clasificar todos los sonetos de sor Juana que tratan sobre el tema, con excepción de uno solo. Para ello revisa brevemente algunos tópicos relacionados (el collige, virgo, rosas) y motivos (el diálogo entre el poeta y la rosa, la azucena, la maravilla; el espejo, el retrato), haciendo de paso algunas observaciones en torno a los conceptos de motivo, tópico y lugar común. El cuidadoso análisis de las semejanzas y diferencias en el tratamiento que sor Juana y otros poetas renacentistas y barrocos hacen del tema del carpe diem —y de paso también de otro tema: el de la perduración por medio de la fama— lleva al autor a encontrar dónde reside, en este caso, la profunda novedad de la monja.

Por su parte, la nota de Jorge Gutiérrez Reyna (que también publica aquí una reseña de la edición hecha por Alatorre de la Lírica de sor Juana) rastrea el tratamiento de cierto episodio de la vida de San Pedro por parte de algunos autores de villancicos en el siglo XVII, para mostrar cómo dichos poetas ponían a prueba su ingenio y su sentido del humor —hasta el punto de rayar a veces en la irreverencia— con tal de no aburrir al público con temas que necesariamente habían de repetirse año tras año.

El ensayo "Valor y crematística: el testimonio del castellano medieval" parte de un recorrido por el concepto de 'valor' —que no puede definirse en términos absolutos sino únicamente de manera relativa y metafórica— y por las formas que ha asumido a lo largo del tiempo en disciplinas como la economía, la literatura, la antropología, la filosofía, la filología y la lingüística. Benito-Vessels señala algunos momentos importantes en el desarrollo de las expresiones del valor en relación con la lengua a partir de las tres culturas del libro (musulmana, judía y cristiana), las cuales comparten una idea capital en relación con este tema: la ponderación de la palabra como bien común y como fuente de riqueza. Prestando especial atención a las expresiones crematísticas producidas en castellano durante el medievo español, la autora rastrea también el vocabulario que alude a ciertas transacciones económicas (tales como la apreciatura o la usura), así como la percepción social que se tuvo de ellas. En la última parte se hace una relación de las expresiones crematísticas que vinculan lo económico con lo lingüístico en dos textos medievales: Bocados de oro y el Poema de Mio Cid. El primero, un tratado sapiencial divulgado en lenguas semíticas y traducido del árabe al castellano en el siglo XVIII, tiene como tema central el valor contenido en la lengua: en él 'lenguaje' es intercambiable con 'valor' en sentido axiológico. En el segundo texto la autora encuentra una proliferación de expresiones crematísticas que no necesariamente aluden a cuestiones monetarias sino, entre otras cosas, al campo de lo moral, lo cual atribuye al ascenso social y económico de Rodrigo Díaz.

Por último, el artículo de Laurette Godinas es el único que no habla de poesía. Fiel al tema inicial de lo que iba a ser el dossier de este número, la investigadora belga residente en México —que también fue alumna de Alatorre en El Colegio de México— pasa revista a una serie de manuales de predicación escritos en el siglo XVIII novohispano, fijando su atención en la manera como los tratadistas estructuran la materia homilética, lo cual nos proporcionará más de un dato interesante sobre la manera como los intelectuales novohispanos enfrentaban la construcción del discurso. Todo ello con vistas a una valoración estética de los sermones.

Nos llevará muchos años hacer una relación más o menos justa de lo que perdimos con la muerte de Antonio Alatorre. En lo personal, puedo decir que esa labor resultará especialmente compleja para mí: todavía no he terminado de aprender de él; y, a la admiración, que solo ha crecido desde que lo conocí, deben sumarse el profundo agradecimiento por su magisterio sonriente durante toda mi vida adulta, el enorme cariño por su amistad generosa y su afecto paciente y natural, las inolvidables horas pasadas en el placer de su conversación y de su lectura.

Aunque mi relación con él como discípula desde luego no puede compararse con la amistad larga y ancha que tuvo con él Tomás Segovia, entiendo muy bien las reflexiones que este hace en su texto a "Antonio amigo" en torno a las diferencias entre el terreno de lo privado y el de lo íntimo, en torno a la posibilidad de coexistencia de lo íntimo con lo público, y sobre todo, creo, en torno al recelo que le provoca la posibilidad de que un homenaje íntimo se transforme en un acto público. Con ello Tomás pone el dedo en la llaga y, seguramente sin proponérselo, da voz al espíritu que guía este número: ser un homenaje íntimo a Antonio Alatorre.

 

NOTA

1 Ahora, estando este número finalmente en el departamento de publicaciones, nuestra poesía acaba de perder a otro de sus mejores autores —y lectores: Tomás Segovia, que irónicamente colabora también aquí con un entrañable artículo en honor a "Antonio amigo".

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