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Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.38 no.1 México ene./jun. 2020  Epub 15-Jun-2020

https://doi.org/10.19130/iifl.nt.2020.38.1.0015 

Reseñas

Cussen, Antonio, El milenio según Virgilio, Santiago de Chile, Ediciones Tácitas, 2018, 3 vols., 495, 386 y 209 págs., ISBN 978-956-379-068-9.

aAcademia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, Argentina, hfbauza@yahoo.com.ar

Cussen, Antonio. El milenio según Virgilio. Santiago de Chile: Ediciones Tácitas, 2018. 3p. ISBN: 978-956-379-068-9.


Palabras clave: imaginario; memoria; olvido; suicidio; Virgilio

Keywords: Imaginary; Memory; Oblivion; Suicide; Virgil

I. Status quaestionis

Sorprende y agrada que, después de dos milenios de bibliografía sobre Virgilio, todavía puedan escribirse trabajos que provoquen nuevas miradas sobre la obra del poeta de Mantua. Apreciamos lo anterior en el estudio de Antonio Cussen, El milenio según Virgilio que su autor designa con el subtítulo tan ubicuo como sugerente de “Ensayo”. Dicho volumen viene acompañado de un tomo con la edición latina de la Eneida, en hipotética y sugestiva reconstrucción del propio Cussen, sin signos de puntuación (como debe haber sido la supuesta versión original atenta más que a la lectura, a la recitación), amén de doble numeración de versos (i. e., el ordenamiento canónico y el sugerido por este scholar) y un tercer volumen con Notas para la reconstrucción de la Eneida de inestimable valor. En este último, el estudioso hace una síntesis y exégesis de la reconstrucción filológica del texto siguiendo la lectura de códices, comentarios, ediciones principes y la compulsa con las más recientes como las de Sabbadini, Mynors, Geymonat, Conte y Rivero et al., atendiendo en especial a las dos de Mario Geymonat (1973 y 2008). En cuanto a aspectos formales, es una obra de impecable tipografía.

Como es sabido, Virgilio ha sido motivo de encendidos elogios -Dante, Garcilaso, fray Luis, entre los antiguos; Eliot, Haecker, Borges, entre los modernos- y de acusaciones arteras en tanto poeta áulico que exaltó a Octaviano, un personaje que, a los ojos de algunos historiadores antiguos -Tácito, por ejemplo- o estudiosos modernos -el neozelandés R. Syme-1 procedió con crueldad extrema. O el caso de Victor Hugo quien, en sus Voix intérieures, VII, “À Virgile”, celebra al poeta mantuano cantándole: “O Virgile, ô poète, ô mon maître divin!”, pero que, al final de su vida y víctima también él de los atropellos nacidos del poder -léase Napoleón III-, lo ve como a un hombre naïf, dangereux, manipulado por el Princeps, llegando a referir: “Sa muse s’apelle Dix mille sesterces”, tal como recuerda Joël Thomas.2

Cabe que nos preguntemos ¿cómo habrá sido la relación Virgilio-Augusto, en el último momento de su vida cuando el poeta, en su viaje postrero, lo encuentra en Grecia? ¿Cómo habrán transcurrido los últimos días del vate en Brindis?, podemos preguntarnos, además, ¿qué habría sido de Augusto si no hubiera sido cantado por Virgilio y Horacio? Probablemente -es posible conjeturarlo- con el paso de milenios hubiera sido devorado por el abismo insondable del tempus edax. Hermann Broch, durante el exilio, lucubró sobre este asunto en una novela memorable: Der Tod des Vergil (1945).

Antes de considerar El milenio según Virgilio, nos parece oportuno hablar de dos trabajos originales sobre el poeta que prenuncian el estudio de Cussen: uno relativo a la numerología pitagórica en Virgilio; el otro, una tesis doctoral, detractora de Octaviano-Augusto que, respetuosa de Tácito, pone de relieve el aspecto sombrío de la política del Princeps. El primero es un paper clarividente sobre las Bucólicas que Paul Maury publicó en la revista Lettres.3 En él, dejando de lado la Bucólica, X, compuesta tardíamente con motivo del suicidio de su amigo Galo -a la que Maury llama églogue surnuméraire-, el estudioso, con fundamento en la cuidada arquitectura de tales composiciones, entiende ese corpus de nueve cuerdas como un templo cuyo punto central está ocupado por la Bucólica, V, que exalta la apoteosis de Daphnis. Vale decir que Maury descubre, detrás de narraciones aparentemente pastoriles, un juego de cifras que nos alumbra a la hora de esclarecer algunos aspectos soterrados. Este artículo, tan breve como substantivo, se impone como orientativo de la labor de Antonio Cussen.

En la tesis doctoral de Jean-Yves Maleuvre, La mort de Virgile d’après Horace et Ovide, el autor, amparándose en el parecer de la Harvard School, subraya aspectos sombríos de la política augustal. Contrariamente a lo que viene sustentándose desde hace dos milenios, ve en el Virgilio de la Eneida a un crítico severo del accionar del Princeps, despótico en su apreciación, esto justificaría que el poeta, durante su agonía en Brindis, pidiera a sus amigos Tucca y Vario que quemaran los volumina que contenían la epopeya. Para demostrar su hipótesis, Maleuvre se funda en ciertas cuestiones desatendidas de las obras de Horacio y Ovidio -errores de cronología al catalogar algunas odas horacianas que el estudioso descubre, entre otras cosas, a partir de anagramas que pasaron inadvertidos pese a dos milenios de bibliografía-; dichas cuestiones revelarían un proceder hostil -hasta criminoso- del Princeps respecto del poeta. La lectura de esta tesis nos incitó a escribir el trabajo Virgilio. Memorias del Poeta. Una autobiografía espiritual,4 que el virgilianista Francisco García Jurado considera “novela-ensayo”.5

II. La obra de Cussen

Para explicar la idea vertebral de El milenio según Virgilio, Cussen comienza por advertir conexiones sustanciales entre Bucólicas, Geórgicas y Eneida. Destaca que, entre otras circunstancias significativas, estos poemas se relacionan ya por armonías numéricas de base pitagórica que dan fundamento a la noción de annus magnus,6 ya a través de la consagración de un templum prometido a Octaviano, i. e., el futuro Augusto, según lo anuncia en Buc., I, 41-42, y en Georg., III, 16; este templo, a los ojos del estudioso, sería la Eneida. Para avalar su conjetura atiende también a una curiosa composición -“poema-calendario” la llama Cussen-, escrita en griego, hallada en Egipto y llevada a Francia por las tropas napoleónicas (cf. pp. 345-347) sobre la que volveremos.

a) El annus magnus

Comenta Cussen que, luego de varias décadas de investigaciones sobre la cronología de la Eneida, en determinado momento, casi como si se tratara de una fulguración, se le hicieron patentes la Matriz, el Gran Año y la Maqueta de la Eneida. A partir de ese instante emprendió la labor de fundamentar su suposición, basada en datos históricos incontrovertibles y atenta siempre a los aportes de la filología. Su propósito era desentrañar la noción del magnus annus virgiliano.

Sorprendía al estudioso que la mayor parte de los comentaristas del poeta mantuano haya pasado por alto el significado, profundo en su opinión, del verso sobre el citado magnus annus. Atrapa al lector la manera como indaga tal asunto -por momentos con ribetes de pesquisa detectivesca- sin descuidar el rigor que exige toda investigación científica. Su intención es demostrar que un Gran Año comenzaba con la llegada de Eneas a Accio y concluía con Octaviano quien, en su tercer consulado, triunfaba frente a ese promontorio, en su lectura, amparado por el dios oracular.

Así, pues, su interpretación del magnus annus le permite entender la Eneida como una épopée à clef, conformando “un género nuevo” (p. 134), una composición con variedad de niveles y registros, siendo también “un contrapunto entre historia y fábula” (p. 135). Se trata de un poema alegórico cuya trama estaría urdida sobre la base de un doble elenco (así la leyó Suetonio): por un lado la llegada de Eneas a Accio donde el troyano habría rendido tributo al dios Apolo en su templo (libro III); por el otro, mil años más tarde, también en Accio, la victoria de Julio César Octaviano sobre la flota de Marco Antonio y Cleopatra, también frente al templo de la citada deidad (recordemos que, inmediatamente después de ese éxito, Virgilio compuso sus Geórgicas donde promete erigir un templum a Octaviano).7 Los mismos hechos, los mismos conflictos marcados en los ciclos históricos mostraban que el período que comenzaba con Eneas era igual al del futuro Augusto. Así parecían anunciarlo neopitagóricos y estoicos. La Eneida contendría la fundación de Roma merced al héroe troyano y, en clave alegórica, la repetición de este hecho con Octaviano; al respecto, en el escudo de Eneas, labrado por Vulcano, se anuncia un futuro que en tiempo del poeta ya se ha cumplido, no en vano muestra a Accio en el centro como una alegoría (VIII, 704-731). No olvidemos que Virgilio suele valerse de la alegoría como lenguaje cifrado: Títiro representa al poeta, del mismo modo que Octaviano a Eneas o Cleopatra a la reina Dido.

Reiteramos que cuando Eneas llega a Accio, frente al templo de Apolo, dice: Interea magnum Sol circumvolvitur annum, “entretanto, el Sol gira en torno de un gran año” (Aen., III, 284); en su lectura, se trata del momento en que todos los astros se alinean en su punto de origen. Vale destacar que es la única vez que Virgilio utiliza la frase magnus… annus. El triunfo de Octaviano, ocurrido el 2 de septiembre del 31 a. C., mil años después del acontecimiento de Eneas, parecería anticipar el inicio de ese magnus annus o, en otros términos, de un nuevo milenio entendido de manera promisoria como el fin de las guerras civiles; empero, a medida que con el paso del tiempo se suceden hechos trágicos, el poeta, abandonando el optimismo inicial, muda a una visión desencantada como se ve al final de la Eneida. Sorprende a Cussen que la consideración sobre tal magno año haya sido descuidada prácticamente por todos los comentaristas virgilianos, aunque vislumbrada por J. Gagé quien, con base en estudios de J. Perret, advierte que el magnus annus no comienza con la caída de Troya, sino con el arribo de Eneas a Accio: indagarlo -reiteramos- es el propósito del trabajo reseñado.

De acuerdo con Dión Casio (LI), a partir de la victoria en Accio, Octaviano tuvo la suma del poder y por eso, desde entonces, en la visión augusteo-virgiliana, comenzarían a contarse los años. La victoria sobre Marco Antonio evitó un gobierno de “dos cabezas”, nocivo para el estado.8 Desde entonces Octaviano consolida su potestad, fortaleciéndose aún más cuando, en su séptimo consulado, mediante una estudiada maniobra política, se le conceda el cognomen de Augustus. En uso del poder silencia acontecimientos clave que, ciertamente, no aparecen en sus Res Gestae. Acorde con ese proceder consta, entre otros hechos de gravedad, que en el año 12 ordenó incinerar dos mil libros proféticos, también los Sibyllini libri, cuyo contenido político-religioso ignoramos, acto que constituye una atrocidad en lo que concierne a una historia de la religión; más tarde Tiberio repetiría ese accionar, aunque en menor número de volumina.

b) Los saecula

Para explicar su lectio, Cussen, tras preguntarse “¿cuánto tiempo dura una ciudad, un imperio, el cosmos?” (p. 39) analiza los desfases ocurridos en la Antigüedad en cuanto a las diversas maneras de entender y computar los siglos. Presta atención a la cronología etrusca que los concebía como de 110 años, lapso entendido como “el más largo tiempo de la vida humana”, cómputo propiciado luego por Augusto. Esto se aprecia, por ejemplo, cuando el Princeps decidió celebrar los “Juegos seculares” en el 17 a. C. -ya que los anteriores ludi se realizaron el 126 a. C.-, anticipándolos un año a la fecha en que supuestamente tendrían que festejarse, la antelación se debió a razones políticas pues en el 17 a. C. expiraba una parte de los poderes de Augusto que éste pretendía conservar. Ese ajuste estaría avalado también por una interpretación “antojadiza” de los Libros sibilinos debida a los quindecemuiri sacris faciundis, los varones encargados de la consulta de tales libros.

La celebración de los ludi en la fecha citada apuntaba al engrandecimiento de la figura de Augusto, lo que también se advierte en el Carmen saeculare horaciano, publicado, al igual que la Eneida, en ese mismo año. Cussen considera 110 años como el saeculum adoptado por Virgilio a la hora de articular sus composiciones. Los desfases temporales hablan de la ductilidad a la hora de establecer la datación, esto da cuenta del carácter “político” de ciertas fechas consideradas clave.

III. La caída de Troya: diversas hipótesis sobre la fecha en que sucedió

Otro problema que enfrenta el estudioso a la hora de dar fundamento a su hipótesis sobre el milenio virgiliano era ver cuándo ocurrió la caída de Troya. Siguiendo el cómputo de Eratóstenes (s. III a. C.), se estimaba que habría sucedido entre los años 1194-1183 a. C., pero esta datación no tiene rigor de verdad ya que, desde la Antigüedad, fue cuestionada. Tito Livio, contemporáneo de Virgilio, “ponía en duda la fecha canónica y le restaba cien años, ya sea por un legítimo deseo de corregir los cálculos de Eratóstenes, o más probablemente para hacer calzar su nueva estimación con una nueva realidad histórica” (p. 209). Para el micenólogo Martín Sánchez Ruipérez,9 la Troya homérica (la VIIa, según la estratigrafía de Blegen) habría sido destruida por el fuego entre 1250 y 1225 a. C.

Sobre ese relativismo en cuanto a la datación, Cussen menciona que David Asheri, en “Il millennio di Troia”, recoge varias versiones milenaristas que dan a entender que la partida de Alejandro hacia el Oriente, según una tradición difundida en la Antigüedad, sucedió al cumplirse un milenio de la caída de Troya situando a ésta entre 1335-1334 a. C. Se deduce de ahí que la fecha que parecía tener más fundamento para establecerse como el cambio de un nuevo milenio sería el inicio de la campaña de Alejandro al Oriente de la que daban cuenta historiadores que formaron parte de su séquito. Pero eso no ocurrió debido a la temprana muerte del conquistador y, tras ella, al rápido desgajamiento de su imperio, circunstancias que desbarataron esa idea milenarista. Cussen pone en tela de juicio esas versiones legendarias que, a veces, parecen haber sido forzadas para hacerlas coincidir con determinados acontecimientos históricos, en este caso, el desembarco de Alejandro en territorio asiático. Estos hechos refuerzan cierta imprecisión a la hora de datar la caída de Troya, falta de certeza que puede ser tomada “como una licencia poética” (p. 209), una suerte de fecha hipotética. Esta ductilidad en torno a lo temporal hacía que no resultara descabellado que Virgilio la fechara en 1031 a. C. haciéndola preceder en mil años a la victoria de Octaviano en Accio. De ese modo, en el 31 a. C., se cumplía un milenio o magnus annus en la mirada del poeta. Ese lapso (longa dies evocado en Aen., VI, 745, o los mille annos, aludidos en VI, 748) es el tiempo que, en el otro mundo, demoran las almas para purificarse, tras lo cual pueden beber el agua del olvido y retornar a la tierra.10 Destacamos que esta suerte de reencarnación es el recurso del que se vale Virgilio para que los héroes de Roma ingresen en su epopeya. En tal sentido, Cussen añade que san Pedro refiere: “Un día es como mil años y mil años son como un día” (90, 4) o como dice Jámblico, apegándose a la tradición pitagórica: “La década es uno, y la quilíada es uno” (p. 355).

IV. La Bucólica, IV: nuevamente sobre su misterio

Frente a la ductilidad de esa cronología el estudioso remite a la Bucólica, IV, presuntamente del 40 a. C., año en que Polión es investido cónsul y se celebra la paz de Brindis mediante el matrimonio de Marco Antonio con Octavia, pero Cussen entiende que dicha bucólica habría sido “revisada con posterioridad a la batalla de Accio” (p. 202). A partir de eso considera que esta obra “es el bosquejo de una utopía milenarista que se impondría en todo el cosmos bajo la égida de los Césares” (p. 179). Esta composición celebra a un niño divino que acaba de nacer quien, en la interpretación del mantuano, “es una representación del cosmos” (p. 202), sostiene el estudioso.

Para Virgilio el arribo del puer es el comienzo oficial de la ultima aetas ya que magnus ab integro saeclorum nascitur ordo, “un magno orden de siglos nace de la totalidad” (Buc., IV, 5) lo que provoca una renovación cósmica. Para la astrología antigua esa fecha era lógica, pues era el momento en que los siete astros o esferas entonces considerados (Luna, Sol y los cinco planetas restantes) se encuentran alineados y, tras llegar al punto de partida, se ponen nuevamente en movimiento dando nacimiento a un nuevo ciclo cósmico (cf. p. 147), circunstancia de una apocatástasis determinante del retorno de los astros a su punto de partida. Y -sostiene Cussen- si contamos diez años desde esa fecha -la década transicional entre una edad y la otra que, en este caso, remiten al crecimiento del niño (vv. 26 y 27)- llegamos al año 31, i. e., el de la batalla de Accio. Esa fecha debía dar comienzo a los aurea saecula que, en verdad, no parecen haber sido tales si atendemos al desarrollo de acontecimientos históricos de carácter trágico que se sucederían de inmediato. Con la estructura del milenio “inventada por Virgilio, el poeta satisfacía la innovación de sus contemporáneos de concebir un saeculum de ciento diez años y seguía fiel a la tradición del milenio de la Sibila” (p. 190). Conviene mencionar que 990 años procedentes de nueve siglos de 110 años, más la década transicional (la ultima aetas) relacionada con el crecimiento del niño que hemos referido completa el milenio que, reiteramos, se habría cumplido en el 31 a. C. El estudioso señala también el descubrimiento de K. Kerényi relativo a que los 990 años (compuesto por un primer grupo de cuatro saecula de ciento diez años, más otro de tres y luego otro de dos) más la ultima aetas de diez años, diagraman una suerte de “tetraktys invertida” (p. 190). Digamos que Virgilio hace coincidir las tradiciones sibilina, etrusca y romano-troyana acerca de la datación del milenio, pero, de manera contraria a lo originalmente pensado por el poeta, tiene un final desastrado, ya que, apenas arribada la ultima aetas, ocurrieron hechos trágicos: las guerras civiles entre Octaviano y Marco Antonio, la tan llorada muerte de Marcelo y, entre otros, el asesinato de Murena.

Añadamos que cuando, al inicio de la Bucólica, IV, Virgilio invoca a las Sicelides Musae, “Musas sicilianas”, tradicionalmente se señala que se refiere a Teócrito de Siracusa -cuyos Idilios inspiran sus Bucólicas, lo cual es correcto-, pero tal interpretación descuida el plural que exige la consideración de otra figura, Empédocles en este caso. El filósofo agrigentino, en su magno poema sobre la physis, alude a ciclos alternativos de neîkos (‘odio’) y philía (‘amor’) que, cada uno a su turno, escande las edades cósmicas mediante prodigios de diversa índole, en este caso, el nacimiento de un puer tenido por divino. La ciclicidad referida en el poema de Empédocles abona en favor de la periodicidad cósmica a la que alude Virgilio en su composición. Esta mudanza de las edades del mundo solía ir precedida de circunstancias consideradas sobrenaturales, como la aparición de un cometa en el cielo de la Urbe en julio del 44, que el arúspice Volcacio interpretó como el alma de Julio César llamada desde lo alto -el Sidus Iulium- lo cual, según ese imaginario, corroboraba la ascendencia divina de la gens Iulia. Con ese milagro el arúspice interpretó que estaban en los albores de terminar el noveno saeculum para iniciar otro, sin importar la coincidencia de años. Al período que va de julio del 44 al final del 41/40 -nacimiento del puer de la Bucólica, IV-, Virgilio lo entiende como “la transición entre el noveno saeculum y el glorioso comienzo del décimo período, la ultima aetas” (p. 195), vale decir que ese año 41/40 sucedía exactamente diez años antes de Accio. Ante las hipótesis de los estudiosos que proponen diversos nombres acerca de quién pueda ser ese puer, J. Thomas señala que están en un error, porque en lugar de buscar un nomen, el poeta simbólicamente alude a un numen.

El magno orden de siglos, el milenio, profetizado por la Sibila cumana (v. 5), en consonancia con la renovación universal evocada por Empédocles, está a punto de completarse, pues ya ha llegado la última edad del canto cumeo. Cumplido ese magnus annus, para una lectura neopitagórica de la que participa el poeta de Mantua, empezaría a desplegarse la aurea aetas. Sobre ese asunto el gramático Servio aclara que Virgilio no sigue a los estoicos quienes entendían el fin del magnus annus mediante una ekpyrosis (‘una total combustión del cosmos’), tampoco a los libri fatales de los etruscos, sino a neopitagóricos como Nigidio Fígulo y a los maguseos que no hablaban de un fin, sino de una renovación tanto de Roma como del universo.

Tal es el plan original de Virgilio anunciado en la Bucólica, IV, pero que, a tenor de lo sucedido en los años siguientes a la batalla de Accio, no se inició una edad dorada sino, a los ojos del poeta, una trágica. Entre otros hechos aciagos, no se dio el aguardado ascenso de Marcelo a los grandes honores, dado que murió en el 23 a. C. según señalamos. Esto desbarató los planes poéticos que Virgilio tenía para su epopeya: ya no la edad de oro profetizada por los Libri Sibyllini, sino una edad férrea que llevó al poeta a mirar con otros ojos la supuesta paz augustal -recordemos que sobre ella Tácito decía: pacem sine dubio, sed cruentam (An., I, 10)-, así, también para R. Syme y ahora, Cussen.

En otras palabras, la Bucólica, IV, anunciadora de que ha llegado la última edad del canto cumeo -el milenio habría de cumplirse cuando concluyera el decenio de esta ultima aetas (cf. p. 201)- se ofrece como el Plan Maestro de la Eneida que consta de 9900 versos formados por 361600 letras. Cussen sí considera los 33 versos de la tradición indirecta que los primeros editores desestimaron por mandato de Augusto, expurga los apócrifos y especialmente tiene en cuenta la ortografía de Virgilio a partir de la última edición de la Eneida de la pluma de Geymonat. De ese modo, en contra de toda la tradición filológica, entiende que esta epopeya no es un poema inconcluso como desde la Antigüedad se viene reiterando -así se lo juzgó, por ejemplo, debido a un conjunto de versos, cerca de sesenta, supuestamente inacabados, sin tener en cuenta que, si bien no contienen los seis pies exigidos por el hexámetro, esa cuestión obedece, por un lado, a razones de fondo y, por el otro, en particular, a que debían ajustar el número total de las letras del poema-, sino una composición numéricamente estructurada: “De pronto -dice Cussen- me penetró la idea de que cada letra de la Eneida correspondía a un día del Gran Año” (p. 340).

Esa idea tan original como brillante estaría en consonancia con el citado poema-calendario de Alejandría, escrito en griego en letras capitales, que en 1850 descubrió Brunet de Presle y conocido como el “Primer Papiro del Louvre”. El lado frontal presenta un tratado de astronomía de Eudoxo; en el reverso hay doce versos en cuyas iniciales, a manera de acróstico, se lee: EYDOXOYTEXNE, “El arte de Eudoxo”.

Lo interesante de ese breve poema es que los versos 6, 7 y 8 dicen: “cada verso es un mes, cada letra es un día y el número de letras es igual a aquel de los días que contiene el Gran Año”, MÉGAS CHRÓNOS.11

Para demostrar que se trataba de un poema-calendario Brunet de Presle “contó las letras de los once primeros versos y dieron un total de 30 letras por verso. El último verso, el duodécimo, tenía 35 letras. La conclusión era sencilla y la pista la daba el mismo poema: se trataba de un poema de 365 letras, equivalente al número de días del año solar” (pp. 346-347).

Cussen descree que haya conexión entre el “gran año” del papiro del Louvre y el Gran Año de la Eneida; conjeturamos que sí la había, ya que Virgilio se documentó ampliamente a la hora de componer la epopeya; además, a través de Augusto, tendría un contacto privilegiado con Egipto que, después de Accio, se convirtió en una provincia “imperial”, no dependiente del Senado, sino del Princeps, quien había encomendado a Virgilio la composición de la epopeya. Lo sugestivo del caso es que ambos poemas -el alejandrino y la Eneida- están conectados “por el mismo experimento literario de hacer que cada letra del poema equivalga a un día” (p. 347). Hay otra coincidencia porque, en el poema-calendario de Alejandría, el cosmos está regido por el Sol -i. e., Apolo- que, como cosmocrátor, guía el destino de los restantes planetas, del mismo modo como a partir de Accio Apolo -o, en sentido metafórico, Augusto- guía el orbe entonces conocido.

Por tanto, no resultaba -ni resulta- para nada absurdo ni inverosímil pensar que el poeta mantuano propusiera como fecha de la caída de Troya el 1031-1030, mil años antes de la batalla de Accio, ocurrida el 31 a. C., acontecimiento clave para la historia de Augusto y del mundo romano. Esas fechas marcarían un período simbólico: el annus magnus virgiliano. Cumplido ese ciclo, florecería una edad de oro que se habría visto interrumpida por un acontecimiento aciago: la muerte de Marcelo, un preciado miembro de la gens Iulia, como hemos comentado, acaecida en el undécimo consulado de Augusto. Este suceso frustró en el Princeps el proyecto sucesorio que tanto lo inquietaba, además de sumirlo en un estado depresivo dado el afecto que sentía por el hijo de su hermana Octavia; no sin fundamento Cussen, siguiendo a Dión Casio, recuerda que “algunos sospechaban que Livia había causado la muerte del joven” (p. 171), temerosa de que éste fuera el sucesor de Octaviano y no su hijo Tiberio, como ella deseaba y como sucedió.

Sobre tal cuestión el estudioso se pregunta “¿cómo explicar que el personaje invocado por Júpiter en la espectacular profecía al comienzo del poema, aquel llamado a ser el punto de unión entre los dos grandes ciclos cósmicos de Roma -el Gran Año que comenzaba con Eneas en Accio y el que iniciaba con Augusto en Accio-, desaparezca antes del final del poema?” (p. 172). ¿Cómo explicar la muerte de un joven que crecía en importancia en el entramado de la epopeya virgiliana? Marcelo, casado con Julia, hija de Augusto, debió continuar con vida al menos en los diez años que siguieron al acontecimiento de Accio en la mirada poético-milenarista de Virgilio. El inconveniente que se le presentaba al poeta con la fecha de esa muerte, para mantener la coherencia del “doble elenco de la Eneida”, era que también debía desaparecer Iulo, ilusión de los troyanos. Pero sucede que, en el último canto de la epopeya, la esperanza del poeta no está asociada a Iulo, sino a Ascanio, la otra esperanza de Roma tras la muerte de Marcelo.

Sin embargo, sostiene Cussen, como Virgilio no podía mostrar la desaparición de Iulo en el canto XI (que equivalía a la muerte de Marcelo), sustituyó a Iulo con una joven guerrera inventada por el poeta, Camila, reina de los volscos, que sucumbe ante Arrunte, al igual que Augusto, devoto de Apolo: “Virgilio transforma la vida y la muerte de Camila en una versión sublimada de su sueño hecho trizas” (p. 174). Así, por esos imponderables de la Týche, se desmoronó el renacimiento del annus magnus que debía haberse iniciado promisoriamente con la consolidación dinástica de la gens Iulia, lo que, como hemos dicho, no sucedió. El epílogo trágico de ese año -en principio imaginado venturoso- estaría marcado por el derrumbe político de Murena, cuya muerte, sin el debido proceso, ordena Augusto en el 22 a. C. Al quedar Mecenas apartado del centro del poder por decirle a Terencia, su mujer, que su cuñado Murena corría peligro, Virgilio, amigo dilecto de Mecenas, estaría colocado en una vereda opuesta a la de Augusto.

Cabe señalar que, cuando el poeta describe el escudo que Venus encarga a Vulcano para su hijo, en él está descrito el futuro de Roma -una profecía, ciertamente post facto-. En dicho escudo, junto a las imágenes alusivas a Augusto, aparecen las Furias, la Discordia y Bellona (VIII, 701-703) prefigurantes de las guerras civiles que el mantuano entrevé en un horizonte no lejano.

Otro aspecto que corrobora el “doble elenco” al que se refiere Cussen tiene que ver con la lectura del famoso pasaje de la katábasis del canto VI. Allí Anquises describe a su hijo la galería de personajes de la futura Roma y, cuando llega a Augusto César, le dice: divi genus, aurea condet / saecula qui rursus Latio regnata per arva / Saturno quondam (VI, 792-794), tradicionalmente traducidos como: “del linaje de un dios, el que fundará nuevamente los siglos dorados en el Lacio en los campos un día gobernados por Saturno”, pero Cussen interpreta de otro modo al traducir el verbo condet no como “fundará”, sino “ocultará o esconderá” (p. 63). Esa ambigüedad de significado abre la puerta a la doble lectura del texto propuesta por el estudioso: Augusto será quien ocultará los siglos de oro.

En cuanto a las Geórgicas, en el “proemio” a la III, uno de los muy escasos momentos en que el poeta alude a su persona, promete a su tierra natal elevar un templum de marmore (v. 13), para añadir, in medio mihi Caesar erit templumque tenebit (v. 16): la erección de ese templo, según Cussen, simbólicamente sería la Eneida dedicada a Augusto (sobre el tópico de la imagen marmórea, recordemos que Horacio en III, 30, 1, aludiendo a sus carmina, señala: exegi monumentum aere perennius). La referencia a Augusto en la epopeya, laudatoria como siempre se ha señalado, si analizamos los 33 versos expurgados de la obra que el estudioso toma en consideración, plantearía exactamente lo contrario. Cussen encuentra testimonios sobre la existencia de dichos versos en Suetonio, a los que se suman los comentarios de Servio y de Servio Daniel (estos versos pasaron a formar parte de la tradición indirecta del texto, puesto que nos llegaron a través de biógrafos y comentaristas). Suetonio (Vita Verg., 42) refiere que Vario, editor oficial de la Eneida en el año 17 a. C., por orden de Augusto habría eliminado esos versos. Con el agregado de tales hexámetros, amén de la discrepancia en la consideración o no de otros -ya que la tradición manuscrita en ocasiones no es unánime, así lo demostró, por ejemplo, Geymonat al confrontar los manuscritos capitales con los carolingios-, Cussen “arma” un poema con un número de 9900 versos que contienen 361600 letras.

Esos números no serían arbitrarios, sino que estarían en consonancia con principios de una orquestación pitagórica a la que el mantuano fue particularmente afecto. Estos principios develarían una serie de claves que constituyen la esencia del trabajo El milenio según Virgilio, que sirve también para explicar el sombrío final de la epopeya. El pius Aeneas, en el momento postrero del poema, ante Turno que le implora piedad, duda al principio, mas, al ver sobre el cuerpo del vencido el tahalí de Palante, abandonando la pietas, con la que siempre se le exaltará, clava el hierro en el pecho del adversario (XII, 950). De ese modo el alma de Turno uitaque cum gemitu fugit indignata sub umbras, “y la vida gimiendo huyó, indignada hacia las sombras” (XII, 952), verso ominoso con el que concluye la Eneida.

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4 2011, obra traducida al alemán por Harald Holz en 2017.

6Cf. Aen., III, 284.

7Cf. Geor., III, 13.

8Así lo entiende Virgilio al explicar que, cuando en una colmena dos reyes disputan, es preciso sacrificar al más débil, cf. Georg., IV, 88-90.

10Cf. el Timeo donde Platón desarrolla la teoría de la metempsicosis.

11Cussen reproduce la composición en la p. 346.

Recibido: 14 de Octubre de 2019; Revisado: 24 de Noviembre de 2019; Aprobado: 22 de Diciembre de 2019

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*Hugo Francisco Bauzá es doctor en Letras (Universidad Nacional de La Plata, Argentina) y Docteur (Université de Paris IV-Sorbonne). Perfeccionó sus estudios sobre Filología clásica en las Universidades de Roma y en la de París-Sorbonne. Es Profesor titular consulto en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde ha impartido la materia de Lengua y Cultura Latinas por cuatro décadas. Ha sido profesor visitante en varias universidades europeas y conferencista, entre otros ámbitos, en el Dartmouth College (USA) y en la Scuola Normale Superiore di Pisa. Es miembro titular de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. Tradujo a Virgilio, Propercio, Terencio, Tibulo y el Corpus Tibullianum. Es autor de más de un centenar de artículos en revistas especializadas y de una veintena de volúmenes sobre el mundo grecolatino, entre ellos destacan Voces y visiones. Poesía y representación en el mundo clásico (con varias ediciones y traducido al francés), Sortilegios de la memoria y el olvido (Akal), Miradas sobre el suicidio (Fondo de Cultura Económica) y su novela-ensayo Virgilio. Memorias del Poeta (Biblos), recientemente traducida al alemán. Con los años orientó sus investigaciones al campo de los estudios del “imaginaire”; en la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires -donde dirige el Centro de Estudios del Imaginario (CEI)-, sus investigaciones están orientadas al ámbito de la Antigüedad clásica.

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