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Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.30 no.2 México  2012

 

Noticias

 

In Memoriam de Jean Bollack

 

(Textos de André Laks, John E. Jackson y Aude Engel)1

 

Presentación

Jean Bollack nació en 1923 y murió el 4 de diciembre de 2012. El lector de Noua Tellus tendrá aquí acceso a una traducción del bello homenaje que le hiciera John Jackson, profesor emérito de literatura comparada de la Universidad de Berna, mismo que fue publicado en Le Monde (París) y Le Temps (Suiza) después de su fallecimiento. El texto da una idea tanto de la amplitud de su obra como de sus orientaciones fundamentales. Le sigue un texto de Aude Engel, una de sus colaboradoras cercanas durante los últimos años, cuyo testimonio personal deja entrever algo de lo que podía ser como individuo. En mi calidad de miembro de una de las primeras generaciones de discípulos de Jean Bollack, a quien conocí hacia el año de 1971 durante mis estudios universitarios, y también de académico que el destino llevó a concluir su carrera aquí en México, quisiera añadir algunas líneas introductorias a estos dos retratos.

Jean Bollack fue un filólogo muy especial desde todos los puntos de vista, tanto por su impactante personalidad, como por su manera de acercarse a los textos, buscando incansablemente las huellas de un "autor", término poco acreditado en el ámbito intelectual de los años 70 —véase el famoso ensayo de Michel Foucault: "¿Qué es un autor?"—, al cual, sin embargo, como respondiendo al desafio, le dió un sentido preciso: tal y como usaba el término, "autor" refería a la instancia de la reflexión —una reflexión que había de entenderse siempre como crítica (en un sentido que también requiere precisarse) y marcada por una toma de distancia. Será necesario que pase algún tiempo para poder evaluar con exactitud su aportación tanto en el campo de las interpretaciones particulares (de Homero a Epicuro, en lo que respecta a Grecia, con el predominio de los presocráticos y los trágicos), como en los ámbitos de la literatura contemporánea y de la teoría hermenéutica. En efecto, Bollack dejó una obra no sólo abundante y diversa, sino también de difícil acceso, debido a la exigencia intelectual y a su escritura que, depurada de toda retórica, era una protesta permanente contra el lugar común, el visible y el menos visible, que ablanda los contornos y facilita el reconocimiento. Tanto las condiciones de lo que fue una verdadera trayectoria, como lo que ésta ponía en juego, exigen una reconstrucción; y es que Jean Bollack interpretaba desde un lugar que de entrada no podía ser identificable, porque no se apegaba a la autocomprensión tradicional de las disciplinas filológicas e históricas. En efecto, su ambición era redefinir la filología, de la cual conocía a profundidad tanto la historia y los recursos, como los demonios; se trataba para él, en términos mallarmeanos, de darle un sentido más puro a todos los nombres que configuraban a esa tribu. Esta reflexión en torno a la disciplina lo llevó a rebasarla, por decirlo así, desde su interior, y de hecho logró ser leído por quienes no eran especialistas sino intelectuales, psicoanalistas, gente de teatro, poetas y artistas. Uno de sus recursos fundamentales era la capacidad de pasar de la literatura griega, su ámbito de competencia académica, a las poesías moderna y contemporánea, por las cuales siempre tuvo un interés que, conforme pasaba el tiempo, no dejó de ir creciendo. Las problemáticas ligadas a la antigüedad y a la modernidad se entrecruzaban y se unificaban, fortalecidas tanto por sus similitudes como por sus diferencias. Sus trabajos sobre Paul Celan, del que fue amigo, tuvieron un impacto muy grande en los estudios consagrados a este poeta, un impacto mucho mayor del que tuvieron sus trabajos de helenista —como su monumental edición comentada del Edipo Rey— en los estudios clásicos, con excepción de su edición, también monumental, del poema físico de Empédocles (1965-1969). Será menester un día interrogarse sobre las razones de esa disimetría en la recepción de su obra.

A modo de introducción a sus planteamientos teóricos, el lector de lengua española dispone de un libro de diálogos muy esclarecedor: Sentido contra sentido: ¿cómo leemos? Conversaciones con Patrick Llored (traducción de Ana Nuño), Madrid, Arena Libros, 2007. Existe una excelente traducción (de Yael Langella, Jorge Mario Mejía Toro, Arnau Pons y Susana Romano-Sued) del magnífico libro dedicado a Paul Celan: Poesía contra poesía. Celan y la literatura, Madrid, Trotta, 2005 (edición revisada en colaboración con Arnau Pons). No se puede, por desgracia, ser tan elogioso con respecto a la traducción del conjunto de estudios reunidos bajo el título La Grecia de nadie, publicado en 1999 por la editorial mexicana Siglo XXI, la cual es de utilidad sólo para darse una idea acerca de los temas abordados por Bollack, aunque el título, que corresponde al original (La Grèce de personne), da buena cuenta del combate, profundamente suyo, que libraba contra todas las formas de apropiaciones, en particular la de la antigua Grecia. Es preferible consultar dos textos publicados por Arena Libros, una pequeña editorial madrileña que se esforzó por dar a conocer la obra de Jean Bollack al público hispano: Empédocles, Las Purificaciones: proyecto de una paz universal (traducción de José M. Zamora), 2000, y La muerte de Antígona: la tragedia de Creonte (traducción de Arnau Pons y Xavier Riú, 2004). La misma editorial también publicó Piedra de corazón. Un poema póstumo de Paul Celan (traducción de Arnau Pons) en 2002. El lector deseoso de introducirse a la obra de Bollack y en especial a su idea de una "hermenéutica crítica" puede consultar el libro en francés de Denis Thouard: Herméneutique critique. Bollack, Szondi, Celan, publicado unos pocos meses antes de su muerte por las Presses Universitaires du Septentrion, es decir, por la editorial de la Universidad de Lille, donde Jean Bollack enseñó a lo largo de toda su carrera y en la cual fundó lo que ahora se conoce como L'École de Lille. Existe también un texto muy iluminador para entender el lugar ocupado por Jean Bollack en el campo de los estudios clásicos franceses, que es otra conversación, esta vez con Rafael Benthien, publicada en São Paulo en francés con una introducción en portugués: "Un homen entre varios mundos: sobre una entrevista com Jean Bollack" (PhaoS- Revista de Estudos Classicos, 9, 2009, pp. 5-27. Campinas, Unicamp / Instituto de Estudos da Linguagem). Se puede consultar en pdf en el sitio de Jean Bollack (http://www.jeanbollack.fr) y de paso asomarse, entre otras cosas, a su imponente bibliografía. Un libro póstumo, una suerte de diario intelectual escrito durante los últimos años de su vida, Au Jour le jour (Día tras día), ha sido publicado por la editorial Presses Universitaires de France el 15 de marzo de este año.

André Laks

Profesor emérito de filosofía antigua
en la Université Paris-Sorbonne /
Universidad Panamericana, México, D.F.
laks.andre@gmail.com

 

La obra de Jean Bollack

Fue sin duda uno de los pensadores más penetrantes de su tiempo. Su legado intelectual y emocional es considerable.

Jean Bollack murió la mañana del martes 4 de diciembre del 2012 de una hemorragia cerebral a los ochenta y nueve años de edad. Nacido en 1923 en Estrasburgo en el seno de una familia judía de Alsacia, recibió su formación en Basilea, donde la fortuna quiso que él pudiera aprovechar las enseñanzas tanto de Peter von der Mühl, especialista en Homero y discípulo de Ulrich von Wilamowitz-Moellendorf, quien fue su primer maestro en filología griega, como de Albert Béguin, cuyos intereses en los poetas y novelistas de la Resistencia lo pusieron desde un principio en contacto con la literatura de su tiempo. Esta doble formación, a la vez clásica y moderna, será determinante en toda su carrera: si bien Bollack se dará a conocer sobre todo como helenista, su trabajo sobre la poesía del siglo xx tanto francesa como alemana tiene una envergadura equiparable. Asimismo, su obra debe considerarse también a partir de esta confluencia franco-alemana. De la parte alemana, Bollack es heredero tanto de la más grande tradición de la filología clásica como de la tradición hermenéutica, cuyo interés se hizo más vivo aún por su amistad con Peter Szondi. Por la parte francesa —fue alumno de Pierre Chantraine, al igual que de Antoine Meillet y Émile Benveniste, además de haber frecuentado los cursos de Étienne Gilson y Henri-Irénée Marrou—, Bollack recibió una formación de especialista en gramática, que complementaron sus intereses en la historia de la ciencia enseñada por Alexandre Koyré o Georges Canguilhem. Su estrecha amistad con Pierre Bourdieu lo hizo muy atento al impacto de las instituciones sobre las formas de transmisión del conocimiento.

Profesor de literatura griega en la Universidad de Lille de 1958 a 1992, fundó una escuela de filología y hermenéutica en la cual se formaron pensadores prominentes como Heinz Wismann, André Laks, Philippe Rousseau o Pierre Judet de la Combe. Profesor invitado en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, la Universidad Libre de Berlín, la Facultad de Artes de Ginebra y miembro del Wissenschaftskolleg de Berlín, Bollack impartió una enseñanza de impacto internacional.

Él mismo distinguió cuatro vertientes en su obra. Sin duda, la más importante es la orientación helénica. Su punto de partida fue su tesis sobre Empédocles, en la cual abordó por primera vez la visión cosmológica como un sistema que tiene su lógica y su límite propios, cuya reconstrucción se debía llevar a cabo a pesar del carácter fragmentario del texto transmitido.

A la etapa siguiente pertenece su estudio sobre Heráclito, realizado en colaboración con Heinz Wismann (Héraclite et la séparation, Minuit, 1972), en el cual introduce una concepción de la diferencia que da un nuevo sentido al problema filosófico de la identidad. Los cuatro volúmenes de su edición del Edipo Rey de Sófocles (reimpresos por la editorial Septentrion) constituyen el ejemplo monumental de su método filológico. En 1995 se publicó en la colección Gallimard un volumen intitulado La Naissance d'Œdipe, el cual incluye, junto a la versión francesa, una serie de estudios que contienen una de las interpretaciones más innovadoras de la "culpa", que aquí se interpreta como el efecto de la "demasía" de poder atribuido al linaje de los Labdácidas en el recinto cerrado de Tebas. Otros estudios sobre la Antígona, Parménides, Las Bacantes, y numerosas traducciones de Sófocles y Eurípides —realizadas con Mayotte, su esposa, quien a su vez publicó una obra notable, La Raison de Lucrèce (Minuit 1978)— completan este conjunto de obras (acerca del cual se observará también que dio lugar a una fructífera colaboración con Ariane Mnouchkine).

La segunda vertiente comprende la historia de la filología y de las universidades. Se mencionará aquí el estudio sobre Jacob Bernays, el tío de la esposa de Freud: Jacob Bernays. Un homme entre deux mondes (editorial Septentrion, 1998).

La tercera vertiente concierne a la teoría literaria. Cercano a Peter Szondi, quien sin duda alguna influyó en su interés por los problemas de la hermenéutica, Jean Bollack publicó las obras de este pensador en la editorial Suhrkamp de Berlín, e hizo todo lo posible, en colaboración con su esposa y con Heinz Wismann, por dar a conocer lo más ampliamente posible en Francia a quien fue uno de los pensadores más ilustrados y rigurosos de su tiempo.

Al igual que Szondi, Jean Bollack fue una persona cercana a Paul Celan, a quien dedicó dos ensayos fundamentales: Poésie contre poésie. Celan et la littérature (puf, 2001) y L'Écrit. Une poétique dans l'œuvre de Celan (puf, 2003). Celán es, según Bollack, esencialmente el poeta de la contra-palabra, que entendemos como de una palabra poética alemana vuelta contra el alemán, o si se prefiere, el poeta de una reapropiación judía de esta lengua. No existe en francés sobre este poeta nada con más fuerza que dichos dos estudios.

La pasión de Jean Bollack consistía en preguntarse qué es un texto y en determinar las condiciones en las que éste debía leerse. En oposición a todo romanticismo, no concebía que una obra pudiera ser otra cosa más que la reescritura de otra obra, la recomposición de una composición anterior que ésta prolongaba y criticaba al mismo tiempo. Temido por algunos por su intransigencia, era en cambio venerado por todos aquellos que, generación tras generación, se beneficiaron de la inmensa generosidad intelectual que lo caracterizaba. Un poco como sucedió antaño en el círculo del poeta Stefan George, el círculo de amigos de Bollack reunía a muchos de los mejores pensadores con los que cuenta la Francia literaria y filosófica de hoy.

John E. Jackson

Profesor emérito de literatura francesa
en la Université de Gèneve
y en la Université de Berne
john.jackson@rom.unibe.ch

 

 

Recorrer en los dos sentidos el camino que conduce de la lengua al sentido

Es raro conocer personas verdaderamente felices, durablemente felices. Jean Bollack formaba parte de esas excepciones. Ponía su felicidad en la búsqueda del sentido y su empecinamiento le hacía encontrar sentido en toda lectura. Y no sólo en la lectura, pues aplicaba su espíritu crítico a las cosas más pequeñas. De ahí que le bastara poder pensar para ser feliz.

En enero de 2004, subí por primera vez los cinco pisos del edificio B de la calle Bourgogne, un edificio excepcional, como el Señor Bollack me informó muy pronto, prometiéndome llevarme un día a visitar los sótanos de esta "prodigiosa" arquitectura. Todo lo que se hallaba alrededor de Jean Bollack se volvía instantáneamente "prodigioso" ante sus ojos chispeantes de malicia, a excepción de lo que caía bajo el machete de su espíritu crítico. Con él raramente había medias tintas.

Puse en manos de Jean Bollack una planta junto con mi tesis, dos objetos que no parecieron causarle gran impresión. Pero mi historia le gustó, pues logró arrancarme algunas confesiones, como sólo él sabía obtenerlas de sus interlocutores. ¿Por qué no había venido antes a buscarlo, ya que mi tesis trataba sobre los filósofos presocráticos? ¿Por qué dos de sus discípulos, Barbara Cassin y André Laks, aparecían en mi jurado de tesis, mientras que él no estaba? ¿No había leído sus trabajos sobre Empédocles y sobre Heráclito? ¡Cómo no iba a conocer esos libros que habían revolucionado para siempre los estudios presocráticos! "Sí, no", farfullaba yo antes de soltar la presa, tímidamente al principio, luego con todo el rencor que los escritos de Bollack habían hecho crecer en mí durante los cinco años anteriores. Y es que los libros de Bollack son difíciles, muy difíciles. Cosa de la que él estaba muy orgulloso. Le gustaba escuchar que alguien había tenido que leer tres veces sus libros antes de captar toda su profundidad.

En mi frustración de aprendiz de investigador, varias veces había arrojado al suelo los volúmenes del gran sabio. Finalmente, yo también me había obstinado, tanto que tenía siempre a la mano las dos obras concernientes a mis trabajos, que consultaba para los puntos de detalle. Cada vez que las releía, quedaba asombrada por la perspicacia, la ciencia y la originalidad del pensamiento de Bollack. Su redacción es abrupta, pero nunca se sobrecarga con lastres inútiles ni con jerga erudita. Su lectura es difícil porque el autor ve las cosas de forma tan original, tan personal, que su lector o su interlocutor también debe cambiar su punto de vista para seguirlo. Había hecho un cálculo rápido: si necesitaba un día completo para digerir una página de Bollack, no me alcanzaría toda una vida, incluso larga, para leerlo completo. "¡He ahí por qué no vine a buscarlo antes!" Sonrisa y ojos chispeantes.

Bollack preguntó entonces a qué dedicaba mi tiempo y no pude esconderle mis proyectos como no había podido mentirle a propósito de sus libros: estaba iniciando un año sabático dedicado al canto lírico. Tuve suerte, pues la mayoría de los profesores del mundo académico francés me habría borrado al instante de la lista de las personas serias. Pero Bollack tenía una tolerancia única y poseía el don de encontrar interés a todo. Además, él mismo era un hombre de teatro. Sin embargo, antes de interesarse por mi canto, vio inicialmente una oportunidad de sacar fruto de mi disponibilidad. Me propuso una colaboración: estaba empezando precisamente una obra sobre Parménides. Mi tarea consistiría en ayudarlo a que ese libro se volviera accesible para un público más amplio que los anteriores. Halagada, acepté el reto y nuestra colaboración empezó de inmediato, a razón de dos a tres mañanas por semana y de un gran esfuerzo de trabajo personal. Mi papel era empujarlo hacia sus defensas, no solamente diciendo "Eso no lo entiendo", sino también "Con eso no estoy de acuerdo" y explicando por qué. Entonces él buscaba otros argumentos, afinaba su demostración, a veces cambiaba de opinión. Era sumamente estimulante para mí tener el papel de contradecir a un pensador tan grande.

Dos años después, cuando se publicó su Parménide, Jean me dijo: "Tengo una deuda con usted. Ahora me toca a mí ayudarle a escribir su libro sobre Hesíodo". Mi libro sobre Hesíodo estaba casi terminado al final de mi tesis, pero Jean no quiso leerlo. Me obligó a releer junto con él la Teogonía, a razón de dos a cuatro versos por sesión de trabajo. Me inició en lo que él llamaba modestamente la "lectura insistente", un enfoque que era el resultado de su empecinamiento y de su gusto por contradecir. De acuerdo con esta práctica, el sentido evidente se pone en duda sistemáticamente, los pasajes menos comentados se pasan a la lupa, cada palabra se lee como si fuera nueva, casi como si hubiera sido creada para la frase en cuestión. Los detalles más pequeños son pasados al cedazo de la crítica: repeticiones, nombres propios, palabras conectivas... Así es como, mucho antes de elaborar su monografía sobre Parménides, Bollack descubrió que el demostrativo to ocupa un lugar central en la teoría ontológica de un Parménides que él liberó finalmente de las proyecciones heideggerianas y platonizantes. Cuando los comentadores están de acuerdo entre ellos, uno sospecha que fueron arrastrados por el academicismo. Cuando un debate causa furor en su seno, uno se arroja gustosamente a la polémica, y una solución nunca antes considerada tiene cierta oportunidad de ser la buena. Bollack me inició en el espíritu crítico, como ya lo había hecho con una larga serie de discípulos, en lo que encontraba también su propio placer y su propio interés. Estaba consciente de que es más fácil disecar un texto entre varios que hacerlo solo, pues así se debate todo. A menudo me habló de las reuniones "clandestinas", como le gustaba llamarlas, que organizaba regularmente en la calle Bourgogne, al margen de la Universidad. Los estudiantes motivados venían desde Lille a París los sábados por la tarde. Bollack veía la calle Bourgogne como un cuartel general de la lucha en contra de la institución académica. Heinz Wismann, Jean Lallot, Didier Pralon, Barbara Cassin, Philippe Rousseau, André Laks, Pierre Judet de la Combe, Fabienne Blaise, Myriam Hecquet-Devienne, Jean-François Balaudé, Christina Viano, Myrto Gondicas, Rossella Saetta-Cottone, entre otros, se sucedieron en una de las tres habitaciones de trabajo del departamento de los Bollack, sin contar a Mayotte Bollack, su mujer, quien a menudo formaba parte activa de esas sesiones.

Además de mi trabajo sobre Parménides y sobre Hesíodo, trabajé también en la traducción al italiano o al inglés de varios artículos de Bollack, le ayudé a preparar coloquios y artículos sobre los diferentes temas que lo absorbían, desde la Antigüedad hasta la poesía de Baudelaire, pasando por un comentario al ciclo "Winterreise" de Wilhelm Müller para una nueva grabación de la obra maestra de Schubert. Durante mis primeros años de colaboración con Jean Bollack, Rossella Saetta-Cottone ocupaba el puesto de asistente que la Maison des Sciences de l'Homme concedió a Bollack durante muchos años. Me convertí en su relevo cuando Rossella fue reclutada por el Centre National de la Recherche Scientifique, con un contrato que incluía muchos compromisos, algunos de los cuales siguen aún pendientes.

Jean dejó una multitud de manuscritos y una gran cantidad de textos más o menos listos, ya intervenidos por Chantal Cabanne, la más experta de nosotros en el desciframiento de la escritura de Bollack. También dejó inconclusos varios volúmenes casi acabados, a los que sólo falta agregar la introducción.

Cuando moría uno de sus colegas, Jean solía decir: "Cuando uno es filólogo, hay que llegar a viejo". A sus 89 años, él tenía una vivacidad de espíritu y un gusto tan grande por emprender cosas que, de las asambleas de sexagenarios en las que lo colocaban los coloquios, exclamaba con placer: "¡Soy el más joven del grupo!". Me decía con su sonrisa provocativa: "La juventud está en la cabeza". Era la persona más entusiasta que yo haya conocido jamás, y la palabra que empleaba más a menudo para describir sus experiencias era "prodigioso". La pronunció todavía entre sus dos estancias en el hospital, a propósito del camino recorrido hacia el no-lenguaje. Pues la hemorragia le había afectado el centro del lenguaje y, durante su primer ataque, decía frases que no eran más que secuencias de sílabas, como los miembros disgregados que, según Empédocles, se ensamblaban en forma de monstruos. Me veía con insistencia para que respondiera a esos ensamblajes que para él tenían coherencia. Una vez pasado el ataque, se consideró como un ser privilegiado porque él, el pensador de la lengua, pudo recorrer en los dos sentidos el camino que lleva de la lengua al sentido. No creo que haya sido una casualidad que precisamente esa zona del cerebro haya sido afectada, pues ésa era sin duda la parte de su cuerpo que más había sido sometida a demanda a lo largo de su vida. Así como Molière murió en escena, así Bollack se desplomó en la lengua.

Jean Bollack vivía el trabajo como una pasión y tomaba a mal a aquellos colegas suyos que no consagraran el mismo amor a la búsqueda del sentido. Se jactaba de no haber tomado nunca vacaciones y las fiestas no tenían ningún significado para él, como tampoco los domingos. Adoraba permanecer escondido en París durante el mes de agosto, aprovechando la calma para despachar todavía más trabajo que de costumbre. Y sus ojos brillaban de alegría al evaluar los avances que había logrado mientras los demás estaban en la playa. Pues él se consideraba "en progreso" incesante, como el alumno fuera de lo común que había sido durante sus años de estudio, cuando asistía únicamente a los cursos de los profesores excepcionales, independientemente de las disciplinas que enseñaran o de las que la institución le impusiera seguir.

Su oficio era aprender lenguas: la de Empédocles, de Heráclito, de los trágicos, de Celan, de Mallarmé, de Gide, de Jacques Dupin, y más recientemente de Kafka y de Baudelaire. Jean Bollack se sabía único en su género, pero sentía que todos tenían que actuar como él. Por eso, muchísimos domingos y días feriados los pasé aprendiendo con él la lengua de uno u otro de sus "amigos", muertos hace dos mil quinientos años o bien todavía vivos. Últimamente (poco antes de su fallecimiento), acabamos una recopilación de notas que él escribía "Au jour le jour" (título con el que va a aparecer, es decir, "Al día"), unas notas a las que daba un nombre X, seguido de un número, el cual rebasó los tres mil. Esta obra es el reflejo del espíritu analítico al que Bollack sometía todas sus lecturas, eruditas o comunes, pues él leía regularmente dos o tres periódicos. También se encuentran ahí pensamientos sobre todos los temas relativos a la sociedad, la política, la historia e incluso sueños, que él registraba con sumo cuidado. Estábamos acabando la revisión de la obra con el editor, cuando Bollack se fue, poniendo de manifiesto la misma brusquedad con la que colgaba el teléfono, sin decir adios.

El rasgo más magnetizador de la personalidad de Jean era esa pasión que prodigaba con generosidad. Consideraba siempre a su interlocutor con una tolerancia excepcional, antes de juzgarlo a veces con mucha dureza. Para él, ninguna pregunta era tonta, ningún problema fútil. Tenía el don de encontrar interesante todo, incluidas las pequeñas cosas de la vida cotidiana, que eran el reflejo de alguna lección por aprender sobre la sociedad. Si no se hubiera ido tan rápido, nos habría dejado un análisis pertinente sobre la sociedad en el ámbito hospitalario... Fue varias veces a oírme cantar en las óperas y me daba a continuación su análisis de la puesta en escena o sus reflexiones sobre la importancia de la obra en su contexto cultural. Cuando mis actividades líricas me absorbían demasiado tiempo, protestaba: "¡Tengo que defenderme!", pero nunca me obligó a elegir entre el canto y la filología, y sin él nunca habría desarrollado mi método de investigación que él llamaba "andar a la Aude", y que hoy estoy totalmente decidida a dedicarle, pues mi libro finalmente está casi acabado. Él leyó algunas partes, pero ¡cuánto habría yo querido que él tuviera el volumen en sus manos!

El jueves 29 de noviembre, después de su primera operación, me sonrió desde atrás de sus vendajes, estaba perfectamente lúcido y entusiasta, contento de enterarse de que yo iba a abandonar a Donizetti en aras de Monteverdi, pero que, para empezar, me tomaba una pausa de varios meses consagrados por completo a la filología. Como cada vez que yo salía de estar con Jean, el espejo del ascensor me devolvió la imagen de mi rostro lleno de alegría, la alegría de haber logrado "progresos", la alegría de conocer a un hombre tan "prodigioso".

Aude Engel

Colaboradora del Centre Léon Robin
(Université Paris-Sorbonne)
aude.engel@gmail.com

 

Nota

1 Traducciones de Nicole Ooms, Gerardo Ramírez Vidal y Omar Álvarez.

 

Información sobre los autores:

André Laks, profesor emérito de filosofía antigua en la Universidad Paris-Sorbonne, impartió clases durante mucho tiempo en la Universidad Charles de Gaulle, Lille (Francia), en la Universidad de Princeton desde 1990 hasta 1994 y actualmente en la Universidad Panamericana en la ciudad de México. Ha sido miembro del Institut Universitaire de France (1998-2007) y del Wissenschaftskolleg (Instituto de Estudios Avanzados de Berlín) de 1999 a 2000. Su línea de investigación se orienta al pensamiento arcaico, especialmente Diógenes de Apolonia y los presocráticos.

John E. Jackson, profesor de literatura francesa y literatura comparada en las Universidades de Ginebra y Berna. Su área de especialización es la tradición lírica europea y la tragedia, en particular Baudelaire, Bonnefoy y Paul Celan.

Aude Wacziarg Engel, doctora en Ciencias de la Antigüedad, ha sido profesora de griego en la Universidad de Toulouse, investigadora asistente de Jean Bollack en la Maison des Sciences de l'Hombre de París y becaria del Centre National du Livre, adscrito al Centre Léon Robin de Recherches sur la Pensée Antique (Paris-Sorbonne). Ha publicado artículos sobre Parménides y actualmente prepara una monografía sobre la Teogonía de Hesíodo.

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