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Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.29 no.2 México  2011

 

Reseñas y notas bibliográficas

 

Veyne, Paul, Sexo y poder en Roma, prólogo de Lucien Jerphagnon, traducción de María José Furió

 

Paula López Cruz

 

Barcelona / Buenos Aires / México, Paidós, 2010, 171 pp.

 

Recepción: 24 de noviembre de 2011.
Aceptación: 5 de diciembre de 2011.

 

Palabras clave: Roma, religión, política, gladiadores, sexualidad, matrimonio, derecho romano.

 

Keywords: Roma, religion, politics, gladiators, sexuality, marriage, Roman law.

 

Es un libro ameno, breve y, sobre todo, muy aleccionador en torno a diversos temas sobre Roma y los romanos como su concepción de los dioses, sus relaciones de pareja, los gladiadores, el evergetismo, el suicidio, la corrupción, la homosexualidad, entre otros muchos; temas tan variados que, no obstante, logran dar una imagen clara de lo que fue la civilización romana: "que no es sino la civilización griega en lengua latina" (p. 29 ), explica Veyne. El libro reúne siete entrevitas y ocho artículos publicados en las revistas L’Histoire y Les Collections de L’Histoire entre los años 1978 y 2004. Lo comprenden cuatro capítulos: 1. ¿Qué es ser romano?, 2. Dinero y política, 3. La muerte como espectáculo, y 4. La pareja y la sexualidad en Roma.

En todo el libro, P. Veyne aborda más temas de los que la simple lectura del índice puede sugerir al lector. Voy a esbozar algunos de ellos destacando aquello que normalmente no tenemos en mente cuando estudiamos a los romanos. Por ejemplo, al referirnos a Cicerón, pensamos en él como político, como abogado, como el hombre que amaba la filosofía, pero nunca imaginamos al Cicerón empresario, que " ‘jugaba en la Bolsa’ con la compraventa de gladiadores" (p. 102), o recibiendo besos de su esclavo y secretario (p. 153); tampoco, al poeta Horacio o al filósofo Séneca entre los espectadores de un combate de gladiadores (p. 103).

En "Los paganos y sus dioses", el autor explica, entre otras cuestiones, por qué fue posible que los reyes helenísticos y los emperadores romanos fueran divinizados. Para ello, P. Veyne propone:

Dibujemos en la pizarra un círculo, que representará el mundo según el cristianismo: en función de su importancia, el hombre será la mitad del mismo. ¿Y Dios? Él es tan superior y tan sublime que permanecerá muy por encima de la pizarra. Nos limitaremos a hacer que de ese círculo parta una flecha hacia arriba, y al lado escribiremos el signo del infinito. Pasemos ahora al mundo según lo entiende el paganismo: dibujamos un cuadrado dividido en cuatro franjas horizontales, una especie de escalera de cuatro escalones. La franja inferior corresponderá al mundo inanimado, o más bien inmóvil: piedras y plantas. El escalón de encima será para los animales; el penúltimo escalón será para los hombres y el superior para los dioses. Consecuencia: el paso de los dioses a los hombres es una simple cuestión de grado. Para convertirse en dios no es preciso alejarse mucho de este mundo, pues los dioses se encuentran apenas por encima de los hombres en la escala de los habitantes del Universo. Podemos afirmar legítimamente que un dios no es nada más que un superhombre" (p. 51).

Algunos hombres como Epicuro fueron llamados "divinos", porque eran superiores al común de la gente. Así pues, "el adjetivo divinus acompañado por un ‘de alguna manera’ o cualquier otro correctivo, quería decir ‘genial’, ‘superior’, sin ningún matiz sagrado" (pp. 51-52).

Para los romanos, todos los dioses eran verdaderos, tanto los propios como los extranjeros; podían ser los mismos dioses, pero con otros nombres: Júpiter era el Zeus griego, el Taranis galo, el Iao hebreo, o podían ser dioses desconocidos. Sólo se resistieron a aceptar a los dioses con cuerpo de animal que se veneraban en Egipto, por considerar ridícula esta creencia. "Los judíos y los cristianos no escandalizaban a los demás porque tuvieran a sus propios dioses, sino porque ellos negaban, o más bien despreciaban, a los dioses de todo el mundo" (p. 47).

A la pregunta de por qué cambiaron de religión los romanos, P. Veyne responde (entre otras cosas): "El cristianismo poseía una cualidad particular: me parece que posee una riqueza intelectual y afectiva muy superior al paganismo" (p. 21). No obstante esta afirmación, en varios lugares del libro el autor manifiesta que su agrado por el paganismo radica en "su religión sin Iglesia". Se abría un templo como se abre ahora un negocio.

En "El Imperio romano era una mafia", el autor trata el tema del derecho romano. Señala que, aunque los romanos son reconocidos como los inventores del derecho, no hay que olvidar que para ellos éste fue "una acumulación de jurisprudencias". Lo más destacable fue la reglamentación de los procesos; en cualquier parte del Imperio se aplicaban escrupulosamente de la misma manera: "el suministro de las piezas del proceso, la citación de los testigos, el sitio que las distintas partes ocupaban en el pretorio" (p. 70); todo era idéntico.

La justicia sólo se ejercía cuando el quejoso pudiera presentar en persona al delincuente. El magistrado se limitaba a pasar el caso a un jurado que era quien decidía "sobre qué debía deliberar y qué tipo de sentencia debía emitir" (p. 71). La ejecución de la sentencia corría por cuenta del afectado, que podía encerrar al condenado en la cárcel que tuviera en su casa y esclavizarlo hasta que cubriera con trabajo el equivalente señalado en la sentencia.

"El Imperio romano, atrevámonos a decirlo, tenía la estructura de una mafia" (p. 72). Hay testimonios, dice P. Veyne, de que los hombres poderosos se adueñaban de las tierras de sus vecinos pobres; éstos no podían defenderse a no ser que, como clientes, estuvieran bajo la protección de propietarios mayores que, a su vez, "contaban con la protección de otros más poderosos", y todos éstos se encontraban bajo el control del gobernador romano. Entre los notables había un "código de honor" que debía ser respetado para conservar el equilibrio de su casta.

P. Veyne relata algunas costumbres folclóricas de los romanos en el artículo "La obscenidad y el ‘folclore’ entre los romanos". Éstos acostumbraron enterrar a sus muertos a la salida de la ciudad, para que los viajeros pudieran leer los epitafios. "Cuando alguien leía en una tumba: 'Detente, viajero, y conoce cuál fue mi sombrío destino [...] Ahora, ¡adiós y buen viaje!', no se trataba de una convención literaria" (p. 76). Hay testimonios que demuestran que cuando un romano deseaba leer, iba a la salida de la ciudad a leer las inscripciones de las tumbas. Un rasgo sorprendente de los epitafios fue la "brutalidad con que el difunto" señalaba públicamente a aquellos de quienes tenía una queja. Por ejemplo, "un padre hacía saber a todos que había desheredado a su hija por indigna; una madre atribuía la muerte de su bebé a una envenenadora" (p. 76).

Otra costumbre fue el uso de palabras y gestos obscenos como "armas defensivas contra cualquier amenaza". Por ello, los romanos solían levantar en sus jardines estatuillas de madera de Príapo para protegerse de la envidia.

P. Veyne dice que los romanos tenían la manía de los procesos para disputarse herencias y patrimonios. Cuando una persona veía frustrada su esperanza de heredar alguna propiedad, solía denunciar, con el menor pretexto, al heredero más afortunado, ya que cualquier irregularidad de un testamento, por pequeña que fuera, "entrañaba la confiscación de la sucesión en favor del emperador, con una recompensa sustanciosa para el denunciante".

Menciono sólo otra costumbre más: los jóvenes de la nobleza salían, por las noches, a vapulear a los transeúntes que se encontraran. ¡Era una tradición! "Las damas de la buena sociedad gozaban de un privilegio comparable, aunque más amable: el de realizar placenteras expediciones nocturnas y hacer mofa de todo lo respetable" (p. 86).

P. Veyne trata el tema de los gladiadores en "Los gladiadores, artistas malditos" y en "Los gladiadores o la muerte como espectáculo". Las competiciones en Roma fueron espectáculos, y los gladiadores no eran delincuentes a quienes se les obligaba a luchar, sino voluntarios. Los bajorrelieves encontrados por los arqueólogos demuestran que el presidente del espectáculo daba la orden de degollar o perdonarle la vida al gladiador derrotado, "según los espectadores reclamasen con sus gritos la muerte o no del desdichado" (p. 96). Lo sorprendente es que el gladiador derrotado no estaba herido, o apenas lo estaba. El combate se decidía por el cansancio o el desánimo; entonces, el gladiador que se consideraba inferior levantaba el dedo índice como señal de derrota. El momento supremo era la decisión soberana del público sobre su vida: "lo apasionante era ver el rostro de ese hombre que esperaba, y luego la cara cuando lo degollaban, pues precisamente el honor profesional de los gladiadores residía en permanecer impávidos en esos instantes, que eran los momentos inolvidables del combate" (p. 98). Estos espectáculos eran ofrecidos por hombres ricos que deseaban hacer carrera política y que compraban gladiadores o los alquilaban. En cualquier caso, cada gladiador muerto era dinero perdido, pero era el precio que tenían que pagar para tener mayor popularidad entre sus conciudadanos.

Más sorprendente aún era que muchos hombres, de todas las clases (nobles, hombres libres y esclavos), se decidían por "la carrera de gladiador" para ser famosos. Según P. Veyne, lo llegaron a ser tanto como el futbolista Pelé o el piloto Fangio. Y como éstos, aquéllos también ganaban muchísimo dinero: después de cada combate se arrojaba al vencedor una bolsa llena de monedas de oro. Basado en el libro del arqueólogo Georges Ville, P. Veyne explica que este espectáculo fue la evolución de los duelos improvisados que se hacían durante el entierro de algún personaje importante; luego se empezaron a alquilar gladiadores que iban de funeral en funeral para representar estos duelos. Más tarde, el festín fúnebre se empezó a retrasar para cuando convenía: durante una campaña electoral.

En "Los gladiadores, artistas malditos", el autor dice que también fue la política la que acabó con estas luchas. Así lo explica: "En los años 300 surgió un nuevo clima político, muy distinto del paganismo y bastante cercano al de la Edad Media y de nuestro Antiguo Régimen, un clima en el que el soberano se convirtió en padre de su pueblo" (pp. 111-112). Pero en "Los gladiadores o la muerte como espectáculo" su explicación es un poco diferente: estos combates desaparecieron lentamente, pues "los últimos combates documentados se celebraron después del año 410" (p. 121) y poco después, los teólogos los prohibieron para hacer respetar el mandamiento de "No matarás".

En la cuarta parte del libro, "La pareja y la sexualidad en Roma", aborda temas como el matrimonio, el aborto, la homosexualidad y la virilidad. Sobre el matrimonio, P. Veyne señala que el romano solía casarse para aumentar su riqueza con la dote de la esposa y para cumplir con su deber como ciudadano a fin de procrear hijos legítimos que perpetuarían el cuerpo civil. En el siglo i d. C., no se sabe cómo sucedió este cambio, el romano, "si quería vivir de acuerdo con su tiempo, debía considerarse un buen marido y respetar oficialmente a su mujer" (p. 131). En esta nueva manera de concebir el matrimonio, a la que P. Veyne llama "la segunda moral", la mujer se convirtió en la compañera de toda la vida, y aunque elevada al rango de los amigos inferiores, se la seguía considerando una mujer-niña obediente de su marido. No obstante, es probable que en los hechos sólo haya cambiado el estilo que los hombres usaban cuando se dirigían a sus esposas.

Sobre el aborto, P. Veyne explica que en la antigüedad pagana no se consideró un crimen o delito abortar, porque el feto no era visto como un ser humano. No obstante, esta práctica no estaba muy extendida por el riesgo de muerte; sí, en cambio, se practicaba la "contracepción", el infanticidio de los hijos de los esclavos y el abandono de bebés, hijos de hombres libres que contaban con ese derecho para no matarlos. También se recurría a la exposición de niños como una forma de protesta política.

Los últimos dos artículos del libro, "La homosexualidad en Roma" y "Elogio de la virilidad", están dedicados a la sexualidad en la antigüedad grecorromana. Los ciudadanos romanos podían inclinarse libremente por las mujeres o por los hombres. Dos cosas eran verdaderamente importantes: primero, respetar a las mujeres casadas, a las vírgenes y a los adolescentes de condición libre, y segundo, la actitud que el hombre libre debía adoptar ante el acto sexual, pues debía obtener placer activamente. El hombre libre que era pasivo era tildado de impudicus, y la impudicia en un hombre libre era una infamia. P. Veyne apunta que en las sociedades antiguas se odiaba a los blandengues.

Antes de terminar, he de hacer una advertencia al lector sobre una errata. En la página 22 se lee: "Un magistrado romano... iba precedido por seis léctores portando los famosos fasces", debe decir: "seis lictores".

En la parte final del libro, el autor proporciona una bibliografía comentada por temas y un índice de nombres.

 

INFORMACIÓN DEL AUTOR:

Paula López Cruz, maestra en Letras Clásicas por la UNAM, donde actualmente realiza sus tesis de doctorado sobre la Historia de Roma de Tito Livio, es estudiosa de la historia de la Roma arcaica y de la retórica grecolatina.

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