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Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.29 no.2 México  2011

 

Artículos

 

El papel de las recitationes en la creación de los epigramas de Marcial: entre oralidad y escritura

 

The Role of Recitationes in the Composition of Martial's Epigrams: Between Orality and Literacy

 

Amalia Lejavitzer Lapoujade

 

Universidad Nacional Autónoma de México. alejavitzer@hotmail.com.

 

Fecha de recepción: 3 de octubre de 2011.
Fecha de aceptación: 26 de enero de 2012.

 

Resumen

Con base en los Epigramas de Marcial, principalmente, pero también en textos de otros autores contemporáneos, como Juvenal, Tácito y Plinio el Joven, este artículo estudia las recitaciones en Roma, en el siglo I d. C., como un fenómeno cultural que se encuentra entre la oralidad y la escritura. Demuestra que las recitaciones intervienen de manera directa en el proceso de invención, corrección y "edición" de los textos de la literatura latina del primer siglo de nuestra era. En conclusión, analiza el trascendente papel que desempeña la oralidad para la creación literaria.

Palabras clave: Recitationes, creación literaria, Epigramas, Marcial, oralidad, escritura.

 

Abstract

Based mainly on Martial' Epigrams, as well as on the texts of some contemporary authors as Juvenalis, Tacitus, and Pliny The Younger, this article studies the recitationes in Rome in the first century A. D. as a cultural phenomenon between orality and literacy. It demonstrates that recitations directly influenced the process of creation, correction and "edition" of latin literary texts of the first century A. D. As a result of this, the importance that oral performance had for literary creation is shown.

Keywords: Recitationes, literary creation, Epigrams, Martial, orality, literacy.

 

Las recitaciones

En numerosas ocasiones, Marcial refiere que sus poemas se recitan, se leen en voz alta.1 Estos términos remiten a distintas formas de expresión verbal, a manifestaciones que son propias de la oralidad, y que se practican, y de manera frecuente, en el siglo primero de nuestra era. A pesar de que en esa época el predominio de lo escrito resulta incuestionable, la literatura encuentra en las recitaciones un recurso de invención que paradójicamente se ubica entre la oralidad y la escritura, como espero mostrar a lo largo de estas páginas.

Si bien es cierto que en la antigüedad clásica "se daba por sentado que un texto escrito valioso debía y merecía leerse en voz alta",2 en tiempos de Marcial resultaba habitual que el autor diera a conocer su obra antes o casi al mismo tiempo de que circulara una edición escrita de la misma, por medio de las lecturas en voz alta. Estas lecturas, públicas o privadas, se llaman recitationes, y constituyen una práctica muy arraigada en Roma durante el siglo primero de nuestra era. Marcial, al igual que otros contemporáneos suyos, como Juvenal,3 Tácito4 y Plinio el Joven,5 nos dejó abundantes testimonios acerca de dónde y cuándo se llevaban a cabo, qué clase de público asistía a ellas y cuáles obras se leían.

El lugar y el momento habituales, y más apropiados, para llevar a cabo estas lecturas era durante la cena, aunque no faltan los personajes que recitaban a toda hora y en todo sitio, donde se encuentren con algún desprevenido, como muestra este epigrama contra un tal Ligurino:

Cuando estoy de pie me lees —dice Marcial—, y me lees cuando estoy sentado. Cuando estoy corriendo me lees, y me lees cuando estoy cagando. Huyo a las termas: suenas junto a mi oído. Busco la piscina: no me dejas nadar. Me apuro a la cena: me detienes mientras camino. Llego a la cena: me haces huir cuando estoy comiendo. Agotado, me duermo: me levantas cuando estoy acostado.6

Las recitaciones se volvieron una moda, difícil de eludir e incluso de soportar, porque casi cualquiera, poeta o no, buscaba recitar, y a fin de conseguirlo era capaz de llegar a excesos dignos de burla, como lo que sucede con cierto personaje que, incompetente para escribir poesía, con tal de recitar la compraba: "Paulo compra poemas, Paulo recita sus poemas. Pues lo que compras, puedes, con justicia, llamarlo tuyo".7

Fue usual que los mismos escritores invitaran a cenar a sus amigos más cercanos, muchos de ellos también escritores,8 con el objeto de recitarles sus obras. Así lo hicieron Estela, poeta elegíaco admirado por Estacio, otro poeta de la época;9 Plinio el Joven, quien incluso colocaba mesitas frente a los lechos del comedor, para que sus amigos pudieran escribir las correcciones al tiempo que escuchaban la lectura,10 y el propio Marcial, que, en su afán por convencer a su amigo, asimismo poeta, Julio Cereal, recurría al artificio de ofrecerle una cena repleta de manjares:

Te mentiré para que vengas: peces, ostras, ubre de cerda y aves cebadas, del corral y también del estanque, todo lo que ni Estela suele servir en la cena, sino raras veces. Te prometo más: nada te recitaré, aunque tú mismo me releas una y otra vez tus Gigantes o tus Geórgicas.11

Al pasar del tiempo, y quizá también debido a la prohibición de las recitaciones públicas establecida por Domiciano12 —"nuestros oídos reconocen que te deben mucho",13 expresa el epigramatista—, las lecturas privadas cada vez fueron menos "privadas", porque se convirtieron en otra ocasión para demostrar el poderío de los romanos opulentos, quienes llenaban auditorios con sus libertos y sus clientes.14 Éstos tenían el deber no sólo de asistir a las lecturas ofrecidas o auspiciadas por sus señores, sino además de ponerse muchas veces de pie15 y alabar incluso al que recitaba malos poemas.16 Participar en las recitaciones de sus patronos, a veces a cambio de una mísera cena, era una obligación más que los clientes debían a sus protectores. He aquí la queja de Marcial:

Ésta, y no otra, es la causa de invitarme a cenar: para que me recites, Ligurino, tus versitos. Me quité las sandalias, enseguida se trae un libro enorme, entre las lechugas y el garo. Se lee por completo otro, mientras se demoran los primeros platos. Ya está el tercero, y todavía no viene el postre. También recitas un cuarto y, por último, un quinto libro. Estaría descompuesto si me sirvieras un jabalí tantas veces.17

Las recitaciones también fueron sitio predilecto de imitadores y plagiarios, ya que, siendo costumbre repartir cuadernillos (libelli, a modo de programa de mano, donde se incluía una parte o una síntesis de la lectura que se escucharía), brindaban la oportunidad de hacerse gratis de material poético para futuras recitaciones. "Pides que te recite mis epigramas —dice Marcial a uno de aquellos personajes—. No quiero: no deseas oír, Céler, sino recitar".18

Organizar estas lecturas exigía un enorme esfuerzo por parte del escritor, pues éste, además de enfrentar el proceso de creación y corrección de la obra, debía encontrar un patrocinador, acondicionar el espacio donde se llevaría a cabo la recitación, e incluso convencer al público de que asistiera. Tácito lo expresa de esta manera:

primero, durante días enteros y gran parte de las noches, el poeta compone un libro y, después, trabaja mucho, más allá de rogar y de obligarlos a ir, para que haya quienes se dignen a oírlo, y esto ni siquiera gratis, pues también pide prestada la casa, y arma el auditorio, y lleva los bancos, y distribuye los progamas.19

Sin duda, este montaje tiene mucho de farsa y de opereta, y nos sitúa frente a una puesta en escena. De hecho, "parece que los textos literarios eran concebidos por sus autores con miras [...] a una verdadera interpretación, así como hoy un músico escribe una partitura con miras a la interpretación antes que a la lectura silenciosa", afirma Françoise Desbordes.20 El público debía quedar satisfecho con el "espectáculo", pues del efecto que el lector provoque en el auditorio, depende la gloria del poeta y la aceptación de la obra literaria. Ésta deja de ser un "producto destinado a la lectura de unos pocos especializados, y se transforma en materia de entretenimiento para un vasto público, del cual era necesario suscitar las reacciones inmediatas para garantizar el éxito".21 Marcial lo dice con una metáfora culinaria:

El lector y el oyente aprueban, Aulo, nuestros libritos, pero cierto poeta niega que estén logrados. No me preocupo demasiado: prefiero que los platillos de nuestra cena agraden a los convidados más que a los cocineros.22

Ciertamente, el epigramatista pretende deleitar al público en general, pero también, según él mismo confiesa, le "agrada complacer a unos pocos [y selectos] oídos".23

La creación literaria

De esta tensión continua entre satisfacer el gusto de las masas y obtener la aprobación de los expertos surge el impulso creativo. Las recitaciones, entonces, devienen un recurso privilegiado para la invención literaria. Ellas ofrecen al autor la posibilidad no sólo de corregir, re-escribir o re-crear lo escrito en primera instancia, sino incluso de ir modificando los cánones literarios, de acuerdo con la aceptación o el rechazo del auditorio.

El trascendente papel que desempeña la expresión oral para la creación literaria no resulta una novedad; pensemos en el caso de Cicerón, sin duda el ejemplo más notable, quien no escribía sus discursos antes de pronunciarlos, sino después de haberlos pronunciado.24

No obstante, se puede decir que las lecturas en voz alta de obras literarias instauran un punto intermedio entre la oralidad y la escritura, dado que en la mayoría de los casos suponen la existencia previa de un texto escrito, el cual quizá sea válido llamar prototexto. Éste sufrirá innumerables modificaciones, durante las varias lecturas a las que será sometido por su autor, y, en consecuencia, además de superar las vicisitudes de la transmisión textual, el producto final llegado a nosotros probablemente tenga muy poco o casi nada que ver con su versión primigenia. En una de sus Epístolas, Plinio afirma "leo todo para que se me corrija todo",25 y, más adelante, advierte a su amigo Arriano acerca de la versión escrita del trabajo que leerá:

lo leerás, pero corregido, porque ésa fue la causa para recitarlo. Sin embargo, ya conociste mucho de él. Reconocerás los pasajes enmendados o los que, como suele pasar a menudo, están peores, hechos casi nuevos, y también los reescritos. En efecto, habiendo cambiado la mayoría de los pasajes, aquellos que se mantuvieron también parecen cambiados.26

En otra de sus cartas, Plinio afirma que cada persona tiene sus propias razones para recitar, para él son que "si me pierdo, como a menudo me pierdo, me lo adviertan",27 y más adelante defiende las repetidas lecturas de lo que previamente ya ha sido recitado, pues a lo largo del proceso de creación el producto literario se va transformando, de modo que el escrito final resulta muy distinto al texto primigenio, además de que los oyentes tampoco son los mismos:

dirán que es inútil recitar lo que ya has dicho. Esto valdría si recitaras todo igual a todos los mismos, ¿pero si cambias muchas cosas o insertas muchas otras?28

Avanzando en la misma carta, Plinio refleja este agotador proceso de escritura-corrección-reescritura, que obra y autor padecen por igual:

No omito, pues, de ninguna clase de corrección: primero, repaso conmigo mismo lo que he escrito; después, lo leo a dos o tres; en seguida, lo doy a otros para que hagan anotaciones, y, si tengo dudas de sus anotaciones, las sopeso de nuevo con uno u otro; por último, lo recito a muchos, y, si en algo has de creerme, nunca corrijo de manera más aguda que entonces.29

Al final de esta epístola, Plinio confeisa la responsabilidad que siente como escritor, cuando concluye el proceso de "edición", y la obra alcanza su autonomía y trasciende al propio autor: "Considero cuán importante es dar un escrito a las manos de los hombres, y no puedo persuadirme de que no se deba retocar con muchos y muchas veces, lo que deseas que agrade por siempre y para todos".30

Entre oralidad y escritura

Por consiguiente, al hablar de las recitaciones es necesario abordar un complejo universo de significados socioculturales: por una parte, representan un escaparate para el escritor y su obra literaria, es decir, cumplen una labor de difusión cultural, por usar un término frecuente en nuestros días; por otra, constituyen una forma de esparcimiento tanto para el común del pueblo como para los oyentes especializados, esto es, para otros escritores, críticos literarios, e incluso para los imitadores de profesión, por lo tanto resulta imprescindible hallar un equilibrio, entre los intereses poéticos del propio autor y los de un público tan disímil.

Las recitaciones son una muestra palpable de la influencia recíproca entre oralidad y escritura, son los vestigios de una tradición oral que todavía sobreviven en una cultura predominantemente escrita, donde —como señala Walter Ong— "la transición de la oralidad a la escritura fue lenta".31 Por ello, se puede decir que las recitaciones representan el momento privilegiado donde convergen el creador, la creación y el destinatario, el cual a su vez tiene la capacidad de darle al autor "una orientación precisa en la elección de sus argumentos".32

En conclusión, según espero haber demostrado a partir de los testimonios citados de los propios escritores romanos, las recitaciones intervienen de manera directa en el proceso de creación, corrección y "edición" de los textos de la literatura latina del primer siglo de nuestra era. De hecho, no me parece una casualidad que Marcial incluya en el prefacio del último libro de sus Epigramas las siguientes palabras, las cuales pueden ser leídas como una declaración programática de la importancia que, para la creación literaria, tuvo el diálogo con su auditorio: "necesito los oídos de la ciudad [...] —confiesa el poeta—, pues si algo hay en mis libritos que agrade, me lo dictó el oyente: la sutileza de juicios, la invención de materias".33

 

Bibliografía

Fuentes

Juvenal, Sátiras, introducción, traducción y notas de Roberto Heredia Correa, México, UNAM, 1984 (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana).         [ Links ]

Martialis, Epigrammaton liber, texte étabili et traduit par H. J. Izaac, Paris, Les Belles Lettres, 1930-1933.         [ Links ]

Pliny (The Younger), Letters and Panegyricus, english translation of Betty Radice, London / Cambridge (Mass.), Harvard University Press, 1969 (The Loeb Classical Library).         [ Links ]

Suetonio, Vida de los doce Césares, texto, revisión y traducción de Mariano Bassols de Climent, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1991 (Alma Mater).         [ Links ]

Tácito, Diálogo sobre los oradores, introducción, versión y notas de Roberto Heredia Correa, México, UNAM, 1977 (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana).         [ Links ]

 

Estudios

Cavallo, Guglielmo y Roger Chartier (dirs.), Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 2001.         [ Links ]

Desbordes, Françoise, Concepciones sobre la escritura en la antigüedad romana, Barcelona, Gedisa, 1995.         [ Links ]

Gentili, Bruno, Storia della letteratura latina, Roma, Edition Laterza, 1976.         [ Links ]

Lejavitzer, Amalia, Hacia una génesis del epigrama en Marcial: Xenia y Apophoreta, México, UNAM, 2000.         [ Links ]

Manguel, Alberto, Una historia de la lectura, Madrid, Alianza / Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1998.         [ Links ]

Ong, Walter J., Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, México, fce, 1987.         [ Links ]

Salemme, Carmelo, Letteratura latina imperiale. Da Manilio a Boezio, Nápoles, Loffredo, 1993.         [ Links ]

Shelton, Jo-Ann, As the Romans did. A Sourcebook in Roman Social History, Nueva York / Oxford, Oxford University Press, 1998.         [ Links ]

 

Notas

1 Cf. Mart., I, 63, 1: ut recitem tibi nostra rogas epigrammata; III, 9, 2: non seribit, cuius carmina nemo legit; V, 16, 2-3: scribere, tu causa es, lector amice, mihi / qui legis et tota cantas mea carmina Roma; VII, 88, 1: cantat nostros me Roma libellos; IX, 81, 5: mea carmina cantent, entre muchos otros.

2 Ong, 1987, p. 115.

3 Cf. Juv., Sat., I, 1-6; VII, 39-47 y 82-87.

4 Cf. Tac., Or., 9 y 10.

5 Cf. Plin., Ep., I, 13; II, 10; III, 15 y 18; VII, 17; VIII, 21.

6 Mart., III, 44, 10-16: Et stanti legis et legis sedenti, / currenti legis et legis cacanti. / In thermas fugio: sonas as aurem. / Piscinam peto: non licet natare. / Ad cenam propero: tenes euntem. / Ad cenam venio: fugas sedentem. / Lassus dormio: suscitas iacentem. Las traducciones presentadas son de la autora.

7 Mart., II, 20: Carmina Paulus emit, recitat sua carmina Paulus. / Nam quod emas possis iure uocare tuum.

8 He tratado el tema, con mayor amplitud, en Lejavitzer, 2000, pp. 38-39.

9 Cf. Mart., IV, 6, 5: in Stellae recitat domo libellos; XII, 2, 10; también Stat., Silv., I, 2, 7.

10 Plin., Ep., VIII, 21, 2-3: positis ante lectos cathedris amicos collocaui.

11 Mart., XI, 52, 13-fin.: Mentiar, ut uenias: pisces, conchylia, sumen, / et chortis saturas atque paludis aues, / quae nec Stella solet rara nisi ponere cena. / Plus ego polliceor: nil recitabo tibi, / ipse tuos nobis relegas licet usque Gigantas, / Rura vel aeterno proxima Vergilio. En V, 78, 25, Marcial invita a cenar a su amigo Toranio, al que promete que "el dueño de casa no te leerá un grueso volumen" (Nec crassum dominus leget volumen).

12 Cf. Suet., Dom., VII, 1.

13 Mart., IX, 83, 3: [...] sed plus aures debere fatentur / se tibi quod spectant qui recitare solent.

14 Cf. Juv., Sat., VII, 39-47.

15 Cf. Mart., X, 10, 9: Saepius adsurgam recitanti carmina?

16 Cf. Mart., XII, 40, 1: recitas mala carmina, laudo.

17 Mart., III, 50, 1-8: Haec tibi, non alia, est ad cenam causa uocandi, / uersiculos recites ut, Ligurine, tuos. / Deposui soleas, adfertur protinus ingens / inter lactucas oxygarumque liber: / alter perlegitur, dum fercula prima morantur: / tertius est, nec ahuc mensa secunda uenit: / et quartum recitas et quintum denique librum. / Putidus est, totiens si mihi ponis aprum.

18 Mart., I, 63: Vt recitem tibi nostra rogas epigrammata. Nolo: non audire, Celer, sed recitare cupis. También I, 29; 38; 53; 66; 72, entre otros.

19 Tac., Or., 9, 3: rogare ultro et ambire cogatur, ut sint qui dignentur audire, et ne id quidem gratis; nam et domum mutuatur et auditorium exstruit et subsellia conducit et libellos dispergit.

20 Desbordes, 1995, p. 223.

21 Gentili, 1976, p. 186.

22 Mart., IX, 81: Lector et auditor nostros probat, Aule, libellos, / sed quidam exactos esse poeta negat. / Non nimium curo: nam cenae fercula nostrae / malim conuiuis quam placuisse cocis.

23 Mart., II, 86, 12: Me raris iuvat auribus placere.

24 Cf. Ong, op. cit., p. 106.

25 Plin., Ep., VIII, 21, 4: Lego enim omnia ut omnia emendem.

26 Plin., Ep., VIII, 21, 6: Leges, sed retractatum, quae causa recitandi fuit; et tamen non nulla iam ex eo nosti. Haec emendata postea uel, quod interdum longiore mora solet, deteriora facta quasi noua rursus et rescripta cognosces. Nam plerisque mutatis ea quoque mutata uidentur, quae manent.

27 Plin., Ep., VII, 17, 1: Sua cuique ratio recitandi; mihi quod saepe iam dixi, ut si quid me fugit (ut certe fugit) admonear.

28 Plin., Ep., VII, 17, 5: Superuacuum tamen est recitare quae dixeris. Etiam, si eadem omnia, si isdem omnibus, si statim recites; si uero multa inseras multa commutes [...]?

29 Plin., Ep., VII, 17, 7: Itaque nullum emendandi genus omitto. Ac primum quae scripsi mecum ipse pertracto; deinde duobus aut tribus lego; mox aliis trado adnotanda, notasque eorum, si dubito, cum uno rursus aut altero pensito; nouissime pluribus recito, ac si quid mihi credis tunc acerrime emendo.

30 Plin., Ep., VII, 17, 15: Cogito quam sit magnum dare aliquid in manus hominum, nec persuadere mihi possum non et cum multis et saepe tractandum, quod placere et semper et omnibus cupias.

31 Ong, op. cit., p. 114.

32 Salemme, 1993, p. 101.

33 Mart., XII, pref., 3: ciuitatis aures quibus adsueueram quaero, [...] si quid est enim quod in libellis meis placeat, dictauit auditor: illam iudiciorum subtilitatem, illud materiarum ingenium [...].

 

INFORMACIÓN DEL AUTOR:

Amalia Lejavitzer Lapoujade, doctora en Letras Clásicas por la UNAM, es profesora de la Facultad de Filosofía y Letras, se ha especializado en los Epigramas del poeta latino Marco Valerio Marcial y en los temas relacionados con la alimentación en la antigua Roma y la cultura del vino en la antigüedad.

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