SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.28 número2XI Symposium Platonicum (Tokyo, 2-7 Aug. 2010)Publicación de la obra La Real Expedición Botánica a Nueva España índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.28 no.2 México dic. 2010

 

Noticias

 

El himno neolatino de Cabrera al bicentenario de Hidalgo

 

Tarsicio Herrera Zapién*

 

* Doctor en Letras (Clásicas) por la Universidad Nacional Autónoma de México, es profesor de latín y etimología, y estudioso de Horacio, Tibulo, Ovidio y Marcial, así como de los autores neolatinos Fray Diego Valadés, Diego José Abad y Sor Juana Inés de la Cruz. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Correo electrónico: traherzap@prodigy.net.mx.

 

La campaña libertaria de don Miguel Hidalgo, truncada en sólo diez meses, era tan trascendente que le permitió quedar en la memoria de los hombres para siempre. Empero, Hidalgo acabó por reconocer, estando ante el pelotón de fusilamiento, que había iniciado esa campaña libertaria con poca visión política y militar, y por tal causa acabó en anarquía. Ya vendría la campaña más estratégica de Morelos, y finalmente la unión diplomática de Iturbide con Guerrero, la cual consiguió la independencia por vías pacíficas.

Por su audacia militar, don Miguel llegaría a ser exaltado no sólo en bellos poemas castellanos, sino inclusive en un himno de clasicismo latino y en la más elaborada de las formas estróficas de Horacio. El héroe de tal hazaña, no militar sino poética, ha sido don Francisco José Cabrera, el vate poblano que cursara cinco años de humanidades con los jesuitas de Ysleta College en los años 30, y que después hiciera una carrera de derecho, la cual lo llevó a más de cuarenta años profesionales.

Al jubilarse en 1985, Cabrera ha ocupado sus ocios en su quinta de Cuernavaca, llegando a crear 4300 hexámetros de sabor virgiliano.1

Pero, ya coronado su esfuerzo a sus felices 94 años, acaba de celebrar el bicentenario de la campaña de don Miguel Hidalgo con un himno en seis estrofas alcaicas, las cuales culminan su producción latina, que no tiene paralelo en América de dos siglos a esta parte.

 

Intermedio métrico

Ahora bien, ya resulta interesante que nuestro poeta neolatino se complazca en crear poemas enteros en hexámetros rigurosamente clásicos. Y todo humanista sabe que un hexámetro está formado por 5 pies dáctilos que pueden ser sustituidos acá y allá por espondeos (excepto en el 5° pie) y concluye con un espondeo.

Empero, resulta más llamativo que don Francisco Cabrera haya construido su himno a Hidalgo con seis estrofas alcaicas, las cuales están formadas con tres medidas distintas de versos en cada estrofa de cuatro de ellos. Se trata de dos endecasílabos alcaicos, un eneasílabo alcaico y un decasílabo alcaico. Precisemos. Un endecasílabo alcaico (como en 37 de las Odas de Horacio) está formado así: una sílaba suelta (anacrusis), 2 troqueos y 2 dáctilos. Como ejemplo, van estos versos alcaicos de las Odas de Horacio:

Vī/dēs ŭt/ āltā/ stēt nĭvĕl cāndĭdŭm
Sō/rāctĕ,/ nēc iām/ sūstĭnĕ/ānt ŏnŭs

(Oda I, 9, vv. 1-2)

El eneasílabo alcaico es una dipodia yámbica hipercataléctica, como en la misma Oda:

Sīlvāe/ lăbō/rāntēs/ gĕlŭ/quĕ.

(v. 3)

Y el decasílabo alcaico incluye dos dáctilos y dos troqueos. Dice así en Horacio:

flūmĭnă/ cōnstĭtĕ/rīnt ă/cūtŏ.

(v.4)

Ahora bien, para traducir este tipo de estrofas, en español se las suele simplificar, aun entre traductores muy ceñidos a Horacio. Por ello he traducido cada estrofa de Cabrera con 4 decasílabos de acentuación anapéstica y les he añadido una suave asonancia en los versos pares.

 

El himno a Hidalgo, de Cabrera

Así comienza don Francisco:2

Salve, minorum ductor mirabilis,
Hidalgo , belli fulmen olympicum
et nomen et lauros canentes
thuricremis veneramur aris.

Vierto en mis citados decasílabos himnarios, asonantando cada estrofa:

¡Salud, oh amable guía de humildes,
Hidalgo, rayo en guerras sagradas!
Al cantar tu renombre y laureles,
te honramos incensando tus aras.

Con horacianos rasgos, don Francisco ha comenzado por subrayar la sorprendente audacia con que Hidalgo llevó a las multitudes de campesinos durante su rauda campaña. En efecto, don Miguel fue un caudillo bélico aunque no quería serlo y al cual, sin embargo, le cedieron el mando los generales Allende y Aldama porque él imponía respeto a las masas.

La situación era tortuosa. Todavía existía la esclavitud en la Nueva España. Los pobres eran demasiado pobres, y de los campesinos, algunos se sentían encadenados a sus milpas, y otros despojados de ellas.

¿Qué mejor solución para sus angustias que seguir al padre Hidalgo? En sus interesantes conversaciones, ya lo habían oído hablar acerca de cierta Declaración de los Derechos del Hombre que corría desde Europa hasta Norteamérica.3 Hidalgo solía comentar, bajita la mano, acerca de la urgencia de que los españoles dejaran finalmente que los mexicanos fueran dueños de los campos de su país.

Por lo demás, Hidalgo demandaba, desde medio siglo antes que Lincoln, la abolición de la esclavitud. Por eso canta Cabrera:

Te servus ambit vincla rescindere,
Te pauper instat, te profugus lare
agrestis, arvo destitutus,
pone subit gradiente nisu.

Quiere el siervo librarse de vínculos,
ruega el pobre, el labriego escapando
de su campo, privado de siembras,
a ti acude con trépido paso.

Hidalgo gustaba de hablar del Siglo de las Luces. Era el siglo XVIII, el de la Enciclopedia universal que había venido planeando Diderot con el apoyo de varios intelectuales cuyo dominio de alguna especialidad le fuera conocido. O con ayuda de algún intelectual que fuera muy conocido, aun sin tener especialidad en nada, como era el caso de Voltaire, quien se limitó a redactar el artículo "Buen gusto".

Don Miguel era una mente verdaderamente enciclopédica.4 Le interesaba por igual estudiar la filosofía moderna para ampliar y corregir los saberes antiguos, que cultivar la literatura francesa, y hasta llegar a personificar al protagonista del Tartufo de Moliere. Gustaba de promover cultivos y oficios productivos, como el del gusano de seda y el de la morera, el del curtido de pieles y el de la industria de la porcelana. Inclusive, le entusiasmaba enseñar a los indios a ejecutar instrumentos musicales, con los cuales llegó a formar una aceptable orquesta para su uso en las fiestas sociales. Es cosa sabida que, en sus meses de gloria, fue nombrado "Alteza serenísima" en Guadalajara, y para festejarlo bailó una "pieza de honor" con bella dama jalisciense. Estos tópicos inspiran a Cabrera una nueva estrofa:

Legis severus cultor et artium
felix patronus, Luminis aureum
amplexus Aevum, sacra Juris
detulit Hesperiae relictae.

Tú, fiel guardia de leyes, patrono
de las artes feliz, cuando abrazas
de las Luces el Siglo, has traído
justicia a Nueva España humillada.

La situación de la Nueva España era de abuso del poder por parte de los dominadores españoles. Todo mexicano se sentía puesto en condición de inferioridad ante los españoles, los cuales menospreciaban incluso a sus propios hijos nacidos en el Nuevo Mundo. Esto es: los criollos no tenían las mismas oportunidades que los españoles, y eso en su propio suelo natal.

Eso no lo podían soportar ya los más despiertos hispano mexicanos. Fue por ello que hasta refieren que, en el asalto a la Alhóndiga de Granaditas, un hombre osado —acaso el propio Hidalgo— salió a un balcón para arrojar monedas de oro a los campesinos asaltantes, gritándoles: "¡Tomen, hijos! Todo esto les pertenece".5 En efecto, la plebe rebelde veía aquellas ocasiones como una fiesta bélica, un panem et circenses (pan y circo). En la Alhóndiga, después de saquearlo todo, los propios rebeldes se peleaban entre ellos para quitarse lo robado. A ello alude la siguiente estrofa de Cabrera:

Nostrae misertus plebis, inhospito
regno subactae, caeca pericula
ingressus et pugnas adortus,
justitiam revocavit aequam.

Comprendiendo a este pueblo sumido
bajo un mando desleal, los peligros
arrostraste, y te enfrentas a luchas;
la debida justicia has traído.

Y estos matices tiene la grandeza de Miguel Hidalgo. Él lanzó el grito de la libertad a las puertas de su parroquia de Dolores, y fue el primero de los párrocos —criollos en su mayoría— que guiaron al pueblo mexicano hacia la libertad.

Utilizó la religión como instrumento fundamental para su campaña libertaria. Ello se ve en el hecho de que, apenas salido Hidalgo de Dolores con un puñado de gente del pueblo casi sin armas, llevó a su embrión de ejército hacia el santuario de la cercana hacienda de Atotonilco, Guanajuato, y de él arrebató un estandarte de la Virgen de Guadalupe. Allí nació la proclama: "¡Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los gachupines!" (era esta la denominación habitual que el pueblo mexicano daba a los peninsulares).

Por ello dice la siguiente estrofa del himno de Cabrera:

Quae vox superne gesta vel inclitum
aeternet ausum? Inpraeliaposcere
infractus armorum catervas,
impatiens juga ferre Iberum.

¿Qué voz de lo alto va a eternizar
tu osadía de enviar a la guerra
multitudes armadas, impávido
lanzado a quebrar yugos de Iberia?

Así era el hombre que se decidió a encabezar la rebelión independiente de México. En el momento necesario, Hidalgo supo ser hombre de acción, a pesar de que era ante todo un hombre de letras, un "reformador intelectual", como lo ha denominado Gabriel Méndez Plancarte.6 Inclusive, sus talentos ya lo habían situado antes hasta en el puesto de rector de la Universidad de San Nicolás en Valladolid.

Allí Hidalgo no fue siempre buen administrador, al grado de haber malversado la suma que su universidad le había proporcionado para que acudiera a la capital a doctorarse. No obstante, estaba bien informado de que ya se habían realizado en la Nueva España más de cien conspiraciones y rebeliones contra el predominio de los españoles. A lo largo del siglo XVIII las fuerzas aborígenes habían armado enérgicas huelgas, sobre todo las de los mineros de Real del Monte en 1766, seguidas por la de San Luis Potosí y la de Pachuca en años sucesivos.7

Ya era hora de que una mano firme encabezara una rebelión triunfadora. Hidalgo sospechaba que su levantamiento no llegaría fácilmente a su objetivo, pero sí sabía el valor de una chispa más poderosa que todas las rebeliones previas. Ahora Hidalgo lograba demostrar a los españoles que no eran invencibles y que incluso ya no eran tolerados en la Nueva España. Por algo los habían derrotado en Guanajuato, saqueado en Valladolid y doblegado en el Monte de las Cruces. Empero, los peninsulares desplegaban aún todo su poderío en Puente de Calderón. Tras ser derrotado, Hidalgo fue depuesto como generalísimo. Y aún negó haber sido excomulgado por el obispo Abad y Queipo, pese a que por haber tomado las armas había quedado excomulgado ipso facto. No obstante, la fuerza del bajo clero sobre el pueblo llano fue mayor que la de los prelados. Pero Hidalgo ya había mostrado a los mexicanos el camino para lograr la independencia y, sobre todo, hizo nacer en ellos la idea de Patria. Ello se vislumbra en la estrofa culminante del himno de Cabrera:

Sic alma tellus et maris aequora,
Sic te nivoso culmina vertice
Virtute spectatum suprema
Rite colant memores per aevum.

Así la madre tierra y las olas
y las cumbres con picachos níveos,
al mirar tu suprema osadía,
te veneran excelso por siglos.

 

Notas

1 Cabrera, Francisco José, Sor Juana y Nervo en latinidad lírica, Información en el prólogo, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007, pp. 8 ss.         [ Links ]

2 Poema inédito comunicado por Cabrera al autor de este texto, quien también es el traductor rítmico del mismo.

3 Humboldt, Alejandro, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, México, Porrúa, 1978 (3a. ed.), pp. 189-198.         [ Links ]

4 Schlarman, Joseph, México, tierra de volcanes. De Hernán Cortés a Ernesto Zedillo, Capítulo XIII "La insurrección de Hidalgo", traducido por Carlos de María y Campos, México, Porrúa, 1997 (16a. ed.), p. 213.         [ Links ]

5 Ib., p. 215.

6 Méndez Plancarte, Gabriel, Hidalgo, reformador intelectual, México, Bajo el signo de Abside, 1940.         [ Links ]

7 Cf. De la Torre Villar, Ernesto, "La independencia de México", en Historia Universal, Tomo XI, de José Pijoán, Barcelona-Madrid-México, Salvat Editores, 1980, pp. 1-14.         [ Links ]

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons